jueves, 2 de julio de 2026

Señorita

Anoche fui al recital de Ricardo Arjona. Después dejar pasar las funciones de mayo, decidí sacarme la entrada. Principalmente, porque hay cosas que no se pueden considerar totalmente en una planilla de Excel.

La última vez que lo había visto en vivo, yo tenía 17 años. Había ido con mi mejor amiga, que ya no es tal. Había pagado la entrada $312 pesos. Había juntado peso a peso, y la había sacado con meses de anticipación.  Hacía el conteo de días.  Deseaba volver a verlo, luego de haberlo hecho por primera vez con solamente 14 años.

Ir a ver a Arjona es, por eso, volver un poco a mi misma. Es inevitable comparar. Ésta vez, la de anoche, fue la primera vez que lo vi cerca. Y se me pusieron llorosos los ojos cuando entendí que mi versión de 14 años – que lloró de emoción cuando le regalaron de sorpresa la entrada para verlo la primera vez – no podría creer estar en esa secuencia. Pero estaba. Finalmente. Estaba.  

¿La niña que fui estaría orgullosa de esta mujer que hoy la lleva a los lugares donde soñaba estar?  Creo que sí. Y eso es algo que me conmueve mucho más que cualquier medalla, aplauso, beso, o ilusión de trayectoria.

 Ayer, sentí que vivir no es solamente pagar cuentas, deudas, trabajar, estudiar, esforzarse, hacerse cargo de cosas, dar batallas, luchar, sobreponerse. Eso lo hago mucho, lo tengo naturalizado, pero no así el disfrute, el espacio al placer, y a la vivencia del placer sin un gramo de culpa.  Todo eso, lo estoy aprendiendo recién ahora. Con 31 años. Despacio. De a poco. Permitiéndome, que es lo que más me cuesta. Hablando mucho conmigo misma. Tomando decisiones difíciles que hagan más consonancia con la vida que quisiera tener. Y así, entre muchas otras cosas, poniendo muros, límites o silencios en los momentos donde entiendo que no puedo salvar a nadie más a mi misma.  

Claramente, he vivido 30 años con muchísima culpa, llevando el lastre de muchas cosas que no me correspondían, más allá de mi historia personal. Y llevo viviendo 1 año de otra manera.  ¿Si es fácil? No. ¿Si es necesario? Muy. 

La culpa, o la ausencia de culpa, se mide en todas las decisiones que tomo. En absolutamente todo lo que hago cada día de mi vida, desde que tengo memoria. Hasta hace un año no sabía, o no había develado, que la culpa estaba 100% arraigada a mi identidad. Pero, a través de muchas situaciones – dolorosas, placenteras, buenas, malas, las que debían darse – y con ayuda de mi terapeuta, me di cuenta que la tenía metida hasta el centro y, después de sacar fuerza de algún lugar, empecé a separar la culpa de la vida.

Este proceso fue demasiado intenso. 

Para mí, en si misma, la vida era una deuda. Impagable. Con la salud que no debía haber tenido y tenía. Con mi familia, con mis padres, con sus frustraciones, con sus malas decisiones.  Con una necesidad desmedida de salvarlos. Y con una frustración permanente por no poder salvar, básicamente, a quien no quiere o no le conviene ser salvado.  Yo pensaba que era una justiciera, capaz de cambiarlo todo. Pensaba que si hacía más por ellos, ellos iban a estar mejor, sin darme cuenta que estaba cada día peor. Pensaba que si compraba más comida, que si me hacía cargo de mi madre económicamente como si fuera mi hija, algo iba a mejorar.  Pero no. Todo empeoró cada vez más y, ahora, diariamente, afronto las consecuencias de esas decisiones equivocadas. Sin quejas. Sin victimizaciones. A cara de perro, con gratitud por lo que sí tengo y lo que sí puedo, y convencida de luchar hasta el final.   Sí, cometí muchos errores. No puedo en este momento solucionarlos a todos. Pero sí, de lo que puedo hacer, estoy haciéndolo todo.

Sigo colaborando con mi familia, sí, pero desde una posición mas justa. Colaboro sin la presión, sin la culpa y sin dejarme correr.  Me cuesta y me costó mas aun no dejarme correr por esa vara, pero entendí que el equilibrio es la única solución.  Asi, cuando solté el peso de hacerme cargo económicamente y emocionalmente de los otros, conocí una paz que me dio ganas de vivir. 

Literalmente, descubrí que la vida es muchísimo mas que sentir culpa.  Mi actitud, cambió al 100%. Cada una de las herramientas que fui adquiriendo en terapia, para afrontar situaciones que antes me suponían una ruina, las aplico incansablemente, buscando fortalecer el ejercicio hasta que sea una práctica normal. 

Las situaciones siguen ahí, pero yo, no niego nada. Me hago cargo por completo de mi actitud y busco, dentro de lo que me es posible hoy, solucionar mis propios temas.  No ajenos. Propios. Relativos a mi única vida. 

 Con estas herramientas, por primera vez en 31 años, pude sentir un alivio que jamás en mi vida había sentido. Un alivio que me hizo darle otra oportunidad a la vida. Que me está enseñando diariamente que hay otra manera de vivir, que me gusta más,  y me hace sentir mejor.

 Y así, muy de a poco, me despego de una identidad familiar que a mi madre – sobre todo – le convenía: la de la hija que es un kamikaze.  Porque, claro, a un kamikaze desde la lástima se le pueden sacar muchas cosas; porque la impulsiva te da, porque sale corriendo a ayudarte, a sostenerte, a consolarte. Porque tiene demasiada empatía y se pone más en tu lugar que en el suyo.   Hasta que un día la loquita colapsa, se queda sin un mango, se deprime, se siente culpable por fallar, pone en palabras por primera vez lo mucho que desea morirse y ahí se da cuenta que todo ese esfuerzo desmedido no alcanzó – y jamás alcanzará – para salvar a nadie. Que solo alcanzó para hundirse en profundidades de todo tipo, que desconocía.

Mi mama no cambio, tampoco mi papá. En nada. Ella sigue induciendo al gasto de dinero por encima de las posibilidades. Sigue planteando exigencias que no existen. Sigue priorizando una imagen falsa por delante de una esencia verdadera y sigue presionando desde un costado de mucha frustración propia. Mi papá, sigue enterrado en su mundo, en su propia frustración y en su propio resentimiento.  

Para ambos, aunque le escapen a ese espejo que molesta, el que progresa es el malo de la película. Y progresar muchas veces no se trata de dinero. A veces, se trata de tener capacidad de revelarse y tomar decisiones por fuera del mandato familiar. 

Eso es justamente lo que yo estoy haciendo. Porque yo sí cambié, y miro desde otra orilla en donde entiendo que si sus individualidades fracasaron, no fue por mi culpa. 

La oscuridad que conocí, y las decisiones malas que me llevaron hasta ella, las afronto como parte de un cambio profundo. No estaría acá hoy si no fuera por esos errores y no seria la que soy. 

Porque cada día viviendo con eso, me ayuda a saber que la decisión de vivir otra vida es fuerte, y que los lugares de heroína no son los que me hacen feliz.  Por eso, desde mi lugar, cambié por completo mi conducta. Porque jugando a la víctima no llegaría a ningún lado. 

 Con mi tiempo, mis ingresos, mi carrera universitaria, y el manejo de la energía emocional en relación a mi  familia y su historial, particularmente, el de victimización y fracaso de mis padres; las personas a las que siempre sentí que más les debía, las que me inculcaron la culpa como medida de las cosas, y las que más intenté salvar – siendo una hija afín, boicoteándome para no traicionar, atrasándome para no relucir – sin tener ningún tipo de éxito. Y sin darme cuenta que me estaba arruinando.

¿Qué cambió, de la ecuación, en un año? Empecé a construir una vida propia, sin el arrastre de las frustraciones de los otros, o de las necesidades desmedidas, o de la victimización. Separando, principalmente, la culpa de todas las cosas.

Eso me llevó a sacar una entrada con plata separada, como un gesto calculado, para volver a ver a mi artista favorito de toda la infancia.  Sin sentir culpa. Sabiendo que ser adulta, además de todo lo que conozco, puede ser cumplirse los deseos y llevarse no solamente a lugares – físicos o metafóricos – de daño, sino, también y necesariamente, a lugares de calma, felicidad y gozo.

No, a mí, a disfrutar, no me enseñaron. Pero ayer, mientras sentía una felicidad incalculable en el recital, me di cuenta que estoy aprendiendo a hacerlo ahora. A los 31 años. De una manera propia. A mi tiempo. Con mis posibilidades. Mientras afronto las consecuencias de esta vida pasada, de esta forma pasada de pararme en el mundo. Porque si. A veces toca aprender a ser feliz en el medio de las tormentas. 

Este cambio, que se tradujo entre muchas otras cosas en ver a mi amado Arjona, tiene un valor simbólico muy especial. 

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