domingo, 31 de julio de 2016

Esta semana...

I

Para inaugurarla arranqué con el día lunes, siendo también el previo a un final. Si bien todo esto ocurrió después de haber pasado un sábado alucinante y un domingo de mucho estudio, tenía el tiempo justo - casi cronometrado- para no perderle pisada a ningún detalle a horas de la mesa de examen. Un examen final oral, en este sentido, requería de preparación extra, más allá de las instancias escritas que, mal o bien, suelen ser más habituales para mí. Lo que me importaba, después de haber estudiado, era contar con la gráfica abierta para imprimir los resúmenes con los que tenía que guiar mi exposición; etc. Me había organizado en torno a esa circunstancia ya que  no cuento con tinta para usar la impresora que hay en casa y, además, al ser un volumen amplio de hojas siempre termino yendo a centros de copiado más masivos - el de la facultad, o ésta gráfica - a fin de abaratar costos y preservar mis manos para actividades más placenteras que pasar resúmenes de módulos gordísimos a mano.  Así, y en estos términos, el domingo a la madrugada mi labor estaba a punto de terminar, al menos por esa jornada, siendo optimista. Finalmente el lunes me levanté, seguí contrarreloj ultimando detalles de las guías para mi exposición, me bañé, almorcé y me fuí a la gráfica con la esperanza de que sea una salida rápida.  A la vuelta me esperaba otro conglomerado de cosas para releer y resumir, ya que rendía en pocas horas y no tenía tiempo que perder; realmente estaba acelerada y en piloto automático para no perderle pisada a mí lista mental de condiciones.  Cuando llegué a la zona céntrica, bajo la lluvia, y me acerqué a la gráfica, descubrí que mis archivos no se habían copiado. <<Puta madre >> pensé, no por el accidente, sino, por la falta de tiempo. En el camino, intenté pensar cuál era el problema, y consideré que de tal nivel de nervios, cansancio y presión, podrían haberse copiado mal y por eso no había nada en el pen drive. <<¿Puede pasarme esto ahora? >> me pregunté. <<Obvio que puede >> me dije, con sorna y me tomé el colectivo de vuelta a casa entre la calentura y la esperanza de que no fuera nada serio. Llegué, mojada e inquieta - más acelerada que antes - y ni <<hola >> había dicho cuando ya estaba con la computadora y los archivos en cuestión. << ¿Cuál es el problema? >> pensaba, mientras miraba cómo copiaba los archivos al pen en cuestión y, simplemente, desaparecían.  ¿Qué hora era? Pasadas las seis de la tarde y, francamente ir al otro día, era arriesgarse a llegar a la facultad sin guía para rendir el examen, sin embargo, los archivos seguían sin copiarse, yo estaba totalmente desconcertada y todo el cansancio, la ansiedad y el agotamiento, decantó en unas lágrimas que necesitaban salir. La impotencia porque me pasara una cosa así, que no era tan grave, en un momento donde no tenía tiempo para solucionarla, hizo que me agarra bastante bronca y que, otra vez, tuviera menos tiempo para seguir con la lista de tareas.  << ¿Y si no voy mañana? >> me dije, buscando el camino fácil ante la desesperación  de ese momento.  Me reí de mi misma en la cara a los dos segundos y dije que, sucediera lo que sucediera en términos de impresión, yo iba a estar ahí al día siguiente, en honor a todo un cuatrimestre de trabajo. Del mismo empeño y del mismo esfuerzo por intentar hacer las cosas bien, tenía que resultar algo bueno; aún mismo, esto no fuera más que el mero intento de meter una materia más en la carrera. Si salía mal, entonces, recién ahí, volvería a la siguiente instancia, pero no sin antes haberme jugado al todo. Era la pequeña representación de lo que yo llamo morirse con las botas puestas. 

Llanto chiquilín mediante, inspiré hondo; no había tiempo de lamentaciones, había que ser prácticos. Volví a intentar con otra hipótesis respecto a los archivos y volví a fallar. Seguí descartando posibles problemas, no podía serme tan difícil y, a pesar de eso, los ojos me ardían de la bronca y mi papá me miraba sin saber cómo ayudarme en algo, desde el cabecero de la mesa. 

- ¿Y? - me preguntó. 
- Nada, no entiendo dónde está el lío. 
- ¿Es el pen? 
- No sé, no me llego a dar cuenta. 
- ¿Es la computadora? 
- No sé, ahora me estoy fijando - le respondí y eran menos de dos minutos los que habían pasado, cuando volvió a decirme "y " otra vez. 

Se ganó, sin ser real merecedor, unas cuantas puteadas. 

- ¿Qué vas a hacer ahora? - preguntó, impotente, de mala forma, enojado por no poder ayudarme en nada. 

Es que, yo lo entiendo, pensando desde la tranquilidad: a él le genera impotencia que me pasen estas cosas viendo que me esfuerzo por estar en todos los detalles y hacer las cosas exhaustivamente, me lo ha dicho. Sin embargo, se equivocó en las formas y yo esta vez no me moderé. 

- No tengo idea - dudé - Pasarlo a mano. 
- ¡Pero... no vas a llegar!  - exclamó. 
- ¡Y sí, ya lo sé eso, probablemente no llegue con todo, pero me quedaré hasta que lo termine, qué querés que haga, papá! - me saqué. 
- ¡Que no llores por esa mierda y que vayas a comprar un pen drive nuevo! 
- Dejame llorar, que la bronca no me deja pensar, no quiero un pen, quiero que esta mierda funcione! - me enojé, mientras intentaba otra cosa, él me hablaba no sé de qué - Esperá por favor, esperá - le dije. 
- ¡Tomá! - me dijo, impotente. Unos billetes que simbolizaban un pen nuevo descasaban sobre la mesa y me fui a la velocidad de la luz por uno nuevo.  Conseguí lo que necesitaba, gracias a Dios. Volví a llegar a casa esta vez por suerte menos mojada y me dispuse a copiar los archivos porque los problemas eran dos: el pendrive pero era, también, la configuración de la computadora. <<Genial >> me dije, porque hasta la última vez que hice la misma acción, no había ocurrido ningún problema. 

Cuando estuve en casa, me calmé considerablemente y volví a ser la persona de casi veintidós años que todos conocen. Supuse que la situación de nervios y cansancio, sobre todo cansancio, me había ganado por esas horas. Me preparé un café, estornudé un par de veces, me sequé los restos de lluvia, y me dispuse a leer otra vez, con el problema  a medias solucionado. Esa noche me quedé haciendo resúmenes, dormí casi cuatro horas y, sí, claramente, terminé con los resúmenes solo horas antes de la mesa, pasando un cuadro a mano a toda velocidad, que no se quiso imprimir - y que era casi lo más imponte de todo, y llegando. Llegando, finalmente, con las botas de lluvia puestas, lista para afrontar la instancia, la primera de ese estilo, tan protocolar y específico, al mismo tiempo.  

II 

El martes, finalmente, la recompensa llegó. <<Muchas gracias, estoy muy contenta, de verdad >> le dije al profesor, cuando me entregó la libreta, con la certificación de que la materia estaba adentro, es decir, aprobada.  <<No, por favor, Veinteava muchas gracias no, vos te lo merecés, lo hiciste muy bien  >> dijo, él, que se aprendió mi nombre y todo.  Hay un cierto grado de amabilidad instalada, así que lo saludé con un beso y me despedí, aliviada, muy aliviada, después de un examen oral donde no servía ir habiéndose preparado a último momento. Cuando salí, todavía tildada, me quedé un rato con mis compañeros, esperando la llegada de un texto literario que había prestado para la exposición de otro chico que estaba dando su tema y, a la vez, devolviendo los que me habían prestado a mí. Todos estábamos intentando dar una mano, como a mí me la habían dado un ratito antes, algunos de los que me quieren, con las malditas impresiones. <<Tranquilo, va a ir todo bien. Si te trabás, seguí, no te dejes acorralar, no les tengas miedo, que no te muerden >> creo que fue la frase que más repetí, después de desembuchar las preguntas - porque pasé primera a exponer - y contar qué había dicho, básicamente. Cuando estuve en casa, todavía no caía en si de que el estrés académico había terminado. 

III 

El miércoles, estuve absorbida por unas cuestiones de salud de mi abuela. Recibí ciertos correos un poco punzantes, pero no me quedó cabeza para ellos hasta casi el fin de la semana, donde me decidí a darles real atención. 

IV 

El jueves estuve absorbida entre mi madre y mi abuela.  Fulanito de Tal me invitó a salir. Otro individuo me preguntó cuando iba a ir a visitarlo, con las mismas intenciones que Fulani, sólo que con veinte y tantos años de diferencia; y a ambos, por diferentes razones, les dije que no o les rehuí el tema.  

 V 

El final de la semana laboral, al menos, me encontró leyendo, yendo a la farmacia por remedios de la abuela, estando con ella, sacándole la lengua a la preocupación e intentando estar atenta a sus necesidades más allá de mis propios miedos, de mis propias preguntas.  Fulanito de tal deslizó algunos manotazos de ahogado, nuevamente presente después de un tour en otros territorios, y yo sonreí inerte ante la circunstancia. Hablé con Alguien; me escribió y ahí le comenté que no tenía un buen día, que esperaba lo comprendiera, porque estaba meditando respecto a la salud de mi abuela y quería estar un poco sola, necesitaba no hablar con nadie, sino, hacer algo que me gustara, permitirse ser y estar conmigo misma. Alguien, por su parte, me comentó que tampoco lo tenía, nos escuchamos un ratito, y lo dejé, mientras se quedaba mirando una comedia, una comedia  con chiste fácil y tonto por demás, pero sanadora en términos del no pensar. Mientras, yo me quedé leyendo un poco, antes de dormir, como cuando era chiquita y hacía eso con textos que me gustaban. Este recuerdo, al igual que encontrar un señalador hecho por mi misma en El principio de cuando tenía ocho años - cosa que también sucedió esta semana -  me alegraron el día. Siempre fuí un poco ratoncita de biblioteca, me dije, sorprendida de haber ido dejando pequeñas estelas desde tan temprano. 

VI 

Sábado, zona céntrica, compras con mi abuela, que no puede cargar demasiado peso y necesitaba - en vistas de su cumpleaños - algunos productos extra. Cruzarnos con un amor muy importante de ella, salvar el momento en el intento de hacer algunos chistes, y, precisamente justo antes de volver a casa, el también verlo a Él: de buzo verdecito y cara seria, como un semejante lejano, como a nadie. 



Comprenderán, después de este resumen, el motivo de mi desaparición.
  Finalmente, el mantra de la entrada anterior, sirvió de resistencia para sus diversos relieves. 

domingo, 24 de julio de 2016

Mantra


<<Va a estar todo bien; a la larga o "a la corta" si así lo querés decir, va a estar todo bien >> me repito a mi misma. Como un mantra, como un recordatorio, como una manera de estarme tranquila, como una manera de juntar y rejuntar toda la fé, la esperanza, el empeño y la fuerza de voluntad que necesito. 

<<Va a estar todo bien >> insisto, en mi mente. 

¡Qué tengamos todos una hermosa semana por venir! 

PD: ¿será mañana "¿un hermoso día de lluvia?" ;)


jueves, 21 de julio de 2016

Cimbronazo.

Nunca, en veinte y tantos años, me había sucedido algo como lo que implica mirar a los ojos a un perfecto desconocido, y ser al mismo tiempo mirada por él, para que dos segundos después se me caiga todo el mundo encima. Todo el mundo encima, insisto, y razones tengo. 

<<Uy>> pensé, cuando me ví en la obligación de regresar a la vida todavía pensando en aquél individuo que, vaya Dios a saber, quién resulta ser. <<Fuertísimo >> pensé cuando agaché la cabeza y después parpadeé muchas veces seguidas, conmocionada, para volver a eje, cuerpo y también recobrar un poquito de alma que me llegaba después de encontrarme con esos ojos; ojazos, bah, que me cortaron la respiración y detuvieron todo contexto que, antes de eso, hubiera podido observar y describir con detalle. 

Todavía no puedo dejar de pensar en esa mirada, pese a que sólo sea una mirada que quede inmortalizada en su gloria; esa gloria propia de lo que muchos llaman rafagazos de vida, y nada más.  Todavía, tampoco, puedo detallar todo lo que pasó a implicar por dentro de esta tipa que, hasta hace unos días, sentía que tenía una película adherida a los ojos que la volvía incapaz de mirar. 

¿Quién sabe quién será, en realidad, cuáles serán sus sueños, móviles o inquietudes? No tuve ocasión de averiguarlo. Lo único que sé es que le debo un cimbronazo y en esto radica mi única certeza, pero también, mi única emoción profunda respecto a alguien más, después de dos años. 



sábado, 16 de julio de 2016

Vestidito rojo


El otro día, en el contexto de un cumpleaños de un matrimonio amigo de mis padres y un poco míos también, surgió la típica charla entre un matrimonio de padres primerizos y mis padres, que tienen tres chicas en sus espaldas. 

La misma tenía como eje central la postura activa de los padres, especialmente, en el caso de tener hijas mujeres. El muchacho que es padre primerizo, de una bebé hermosa, estaba echando humo anticipadamente, crucificando ya a los novios por venir y prendiéndole una vela a cada santo, poco más, para que la niña no creciera demasiado rápido. Mi papá, por su parte, le comentaba un poco que, cada hijo, pese a que tenga la misma crianza, la misma educación y los mismos valores trasmitidos, es distinto. Por lo cual, se tenía que centrar en disfrutarlas, porque crecían demasiado pronto, le aconsejó. 

Entremedio de este nutrido intercambio, al cual yo asistía atentamente, porque mis caras eran un caso según uno de los invitados, se coló la anécdota del vestidito rojo. ¿En qué consiste? En las salidas, más bien en las fugas, que teníamos con mi papá, especialmente en el período donde yo no tengo recuerdos para testificarlo pero donde, se dice, la pasábamos bomba. 

Tal como me han contado la historia, en casa, desde pequeña he sido la preferida indiscutible de mi padre. Mi madre, además, ahora que crecí, dice que lo prefiero porque no me pone límites, me apaña en todo lo que se me ocurre, y yo lo manejo como quiero; lo cual no es cierto, de verdad que no es cierto, sólo que teniendo otra llegada, el vínculo es distinto, y no es tan estricto conmigo como con mis hermanas mayores, ni yo nunca fui demasiado adolescente que digamos.  

Sumado a todo esto, y por circunstancias de mi vida personal - mi nacimiento, el tratamiento de salud posterior, la manera en que tuve que tomarme un montón de cosas, las fortalezas y debilidades que esto me hizo tener o anhelar en su falta - sé que maduré de golpe. Por eso, también,  hubo un montón de inquietudes y situaciones que resolví negociando de una manera más adulta. Es que según lo pintan, desde muy chica resulté diferente de las personas de mi edad, manifestando reacciones, intereses y planteos muy adultos, demasiado, por tener tan poquitos años.  Y, supongo, eso se mantuvo y trasladó, a lo largo de los años, vaya uno a saber por qué. 

Volviendo a ese domingo, lo central de esta distinción aspectual, sobre mis padres, al parecer  comenzó con las escapadas cuando yo tenía un año. Y no es que mis padres estén separados, hace treinta años que están casados, sólo que mi papá le pedía a mi mamá que me alistara y me llevaba a comprar ropa a una casa donde, lo veo a través de las fotos, vendían cosas re lindas para chicos. Ahora, también, tenemos salidas de padre e hija. Aunque, por su parte, también empecé a tener más salidas de madre e hija, después de un período donde las discrepancias eran muy notorias. 

Pero, siguiendo con la anécdota, según contó veinte años después de esos momentos, él me paraba en el mostrador sabiendo mi talle de antemano, e iba eligiendo la ropa. Camisitas con volados, vestiditos, remeritas y pantaloncitos; posteriormente polleritas, camperas y, lo que siempre, hasta el día voy a comprar consigo: las zapatillas. Dentro de lo que podía, y dentro de todo lo que me gustaba, hacía las compras en esas épocas en donde yo crecía por metro. Ese era, en el medio de trabajar mucho para que no nos faltara de nada ni a mis hermanas ni a mi madre, ni a mí; su momento de padre e hija.  

La manzana de la discordia, para tomarlo con humor, se dió el día en que mi papá me compró un vestidito color rojo y llegó a mi casa para mostrarlo. Es que mi mamá odia profundamente el rojo y era algo así como un insulto ver a su pequeño retoño vestida de pies a cabeza por ese color. Sin embargo, lo superó con los años, y más lo tuvo que superar, cuando finalmente éste se convirtió en uno de mis colores favoritos. Imaginen, mi mamá nunca me regaló nada rojo para que no me guste y yo... ¡macanas! 

Sin embargo,  yo creo que le costó un poquito más superar el comentario de mi padre, en esa reunión, al margen del vestidito de mi infancia, que era súper dulce, ahora que lo veo en fotos. 

- Vos me debés entender - le dijo el padre primerizo, al mío - Yo me muero el día que tenga novio... Me muero. Pero antes, al degenerado, lo mato. 
- ¿Qué te puedo decir? Con la edad que tiene, ya está todo hecho. Ella es la última, el desafío fue con las dos más grandes, porque tuve que negociar una barbaridad, me costó mucho. Ahora, uno está más entrenado. Además, ella, es una adulta, de verdad, siempre fue muy buena... - dijo, orgulloso. 

Yo hice un gesto chistoso y todos nos empezamos a reír. Me da vergüenza que haga ese tipo de comentarios en sociedad, sinceramente, porque ya estoy grande. Es como "papá, yo también te quiero, pero callado, calladito la boca ¿está bien?". 

- Mirá la cara que te pone - le dijo, muerto de risa. 
- Él no entiende que me da pudor, esto. Cree que todavía tengo cinco. 
- Siempre vas a tener cinco para tu papá, y para tu mamá también - me explicó el muchacho. 
- Yo entiendo que seremos las eternas niñas para ellos, pero el pudor de estas eternas niñas, viste, es un tema... - sonreí. 
- ¡Es que, encima, es la preferida del padre, imaginate! - intervino mi mamá. 
- ¡Uy, te compadezco! - el padre, se le rió a mi papá, en su cara. 
- No, nene, eso ya está... - suspiró - Ella ya sabe lo que pienso del tema.  
- ¿Sabe que lo vas a matar lenta y dolorosamente? - bromeó. 
- No, sabe que no se puede meter más, con la edad que tengo - añadí yo. 
- ¿Matar? No, ya está, yo me encargué de educarla bien, pero ella elige. Siempre le digo lo mismo, mientras que sea una persona que esté a su altura, lo demás, que se fije ella. 
- El tipo no pedía nada - intervine yo, y nos volvimos a reír. 
- Bueno, bueno, tampoco cualquiera - dijo mi mama, amada madre, metiendo la pata. Es que, ella desde hace siete años, más o menos, le está rezando incluso a los dioses paganos que yo no esté con una persona que me lleve años, desde el momento en que se dió cuenta que, por la edad que tenía, yo con los pibes de mi generación no sintonizaba de la forma esperada. Ya desde esa época quiere que salga, básicamente, con alguno de esos jovenes -por encima de todo jovenes- carilindos. Si me siento a gusto o no, a ella, al parecer, no le importa demasiado. Secretamente y a esta altura, ya sé que se centra en qué "quedaría bien", en qué "sería conveniente" o en qué "me merezco" según "la clase de chica que soy", como si alguien más, sea como sea, no se merece una persona que la quiera bien, tenga la apariencia que tenga y que le haga plin, cada vez que la vea. Ya que, si nos ponemos a pensar, yo entiendo que tenés que sentir todo esto para estar feliz al lado de otra persona, sino, no hay caso. Lo demás, son sólo circunstancias eventuales que no solventan, al menos en mi caso, siquiera la atracción. 

Como si Dios, desde el cielo, me leyera el pensamiento, la charla, decantó así: 

- Ahora se te aparece con un borracho - acotó el padre de la bebé hermosa, otra vez, con un amplio sentido del humor. 
- Che, qué malos pronósticos, por favor  - murmuré yo, jocosamente.  
- Mirá, si es un tipo joven o incluso mucho más grande que ella, ya sabe. Yo lo único que no quiero para mi hija es un boludito de esos que andan por ahí, que se piensan que esta piba es una tonta y la van a llevar de viaje a Disney. Porque ella fuma hasta debajo del agua, la verdad...  - aseveró, con cara de padre.  

Enarqué las cejas, burlándolo un poco, para disipar la tensión y se rieron. 

 - Ahora, si después es una persona joven o prefiere un hombre mayor que ella, mientras la vea bien y no la vea sufrir, chau... - simplificó. 

<<¿Por qué no nos quedamos hablando del vestidito rojo, mejor? >> pensé, queriendo no ser el tema.  


A saber: en las charlas de padres, donde se rememora desde la primera palabra hasta la actualidad, nunca tienen que estar los hijos. 

viernes, 15 de julio de 2016

Donde quería estar...

Hace unos años, digamos seis años atrás para ser exactos, a menudo solía pensar dónde estaría, qué estaría haciendo yo, al cabo de cierta cantidad de tiempo. Era una época donde, en el ante-último año de secundaria, tenía muy presente la fórmula aquélla que yo entendía como: el día de mañana voy a mirar para ésta etapa y voy a saber si lo que soñé para mi, es lo que estoy haciendo; o no, en esa decisión se basa todo lo que tengo que hacer ahora. 

Y así, con esa perspectiva casi como estandarte, crecí. 
Pasaron, de hecho, estos seis años.  

Ayer, mientras conversaba con mi abuela y tomábamos la merienda, pensé si estaba orientado mi día a día  respecto a aquéllos deseos que -hoy lo entiendo -fueron expresados con una simpleza muy propia de la adolescencia, donde uno es capaz de jugarse el todo por el todo, donde uno tiende a pensar que las cosas se obtienen de formas fáciles, y especialmente, rápidas; pero que no estuvieron nunca faltos de fundamentos reales. La pasión los movía en esa época y es, aunque ahora cuesta más alimentarla, la que los hace persistir hoy. 

En mi caso, ya en el piso de los veintiún años, recuerdo esas épocas con muchos sentimientos encontrados. Mis sueños, y mis deseos más chiquitos, eran el fundamento para resistir sus partes ásperas, que eran mayores en ciertos aspectos, porque tenía herramientas de menos. Pero también esos días se me aparecen hoy transformados en buenas constantes, esas nociones  que se mantuvieron hasta hoy y que tuvieron su espacio propio, de origen y decantación, en esa época. 

Hubo lugares en donde me soñé, o anhelé estar, y a los que finalmente, llegué. Hubo proyectos que supe ver, a tiempo, y hubo sorpresas que nunca me imaginé posibles, a mi edad, y en los que me valió ser caradura, hasta tanto se me pasara el temor. Hubo otros proyectos que tuve que reformular para poder sostenerlos en el tiempo. Hubo renuncias, dolorosas renuncias, que también tuve que hacer, porque en el decidir, también está el hacerse cargo. Hubo aventuras, conflictos, risas, peleas. 

Un montón de cosas, en seis años, para acá.  

Quizá por este motivo es que la conversación con mi abuela me dejó pensando. Quizá es que, por ese motivo, también me quedé pensando en este hoy donde, contrariamente a cuando era adolescente, lo vivo con mucho más sentido de realidad, aún mismo, siempre haya sido una chica muy lúcida, en términos de sentido de tiempo y espacio.  Quizá por eso es que, lo sé, la adolescente que era en ese entonces, le diría a la joven adulta de hoy, que siga haciendo todo lo que la hace feliz, que siga soñando con concretar todo eso que todavía no llega y que, dejando sus miedos- esos que ganó con el paso de estos años y las experiencias duras - no pierda las ganas de seguir luchando por estar donde quería estar... Porque se llega. Con reformulaciones, con alternativas, con coraje, con muchísima voluntad, con paciencia, con trabajo, con valores y con humildad, siempre se llega. 

Hay que actuar en consonancia a ese anhelo de, mirar para atrás, y saber que hemos hecho todo lo que fue posible para estar donde queríamos estar, en tanto sigamos deseando lo mismo, o al menos, el gérmen del deseo sea el mismo. Siquiera el mero intento ya es algo que vale la pena y da gusto que, en el, se nos vaya la vida. 



jueves, 14 de julio de 2016

¡Uy, ay!

- Bueno, bueno...  Acá vos sos la persona importante... - me dijo - ¿Contame, cómo anduviste? 

-  ¿Persona importante? Noooo, por favor - le dije, mientras le cambiaba enseguida de tema y le contaba mi día.  

Me convertí en una muchachita muy huidiza, en este último año, en materia masculina, donde me encontré pensando en términos de mucha distancia, respecto a los otros; con mucha, muchísima, cabeza. 

<<  ¡Uy, la que me parió!  >> me dije, como si se lo pudiera decir.  

Los elogios o este tipo de expresiones me incomodan. Me incomodan mucho, mucho, mucho, mucho. 

... y yo que pensé que era un asunto superado, por experiencias anteriores, donde me caían mejor que nunca. 

¡Nada, macanas, espejo para alondras, diría Cortázar! 

Me vuelven a incomodar un montón. 


Un montón. 

miércoles, 13 de julio de 2016

Papel borrador III

Quizá cuando llegue a la docena de entradas en borrador, por fin, me decida a publicar algo decente.  

Van ocho, y contando... 


lunes, 4 de julio de 2016

Cuatro de la madrugada II

Las últimas semanas en materia universitaria han sido muy muy muy intensas. Eso es lo que tienen los finales de cuatrimestre y, de forma innegable, hay que tratar de pasarlo con la mayor elasticidad posible. A pesar de que trabajé para tenerlo al día, creo que desde que empecé las clases el 29 de marzo, me tomé un solo fin de semana donde, durante sábado y domingo, me desentendí completamente de la facultad. Por estar, precisamente, con mis compañeros de la facultad, pero divirtiéndonos un poco, entre cosas que nos hacen tan de Humanísticas, que da calambre. 

En cambio, los últimos tres o cuatro que recuerdo, fueron de un enfrascamiento total. De hecho, antes tenía un poco de tiempo para mí los domingos por la noche, pero este último mes, no tuvo ninguno a favor. Me lo pasé quedándome a estudiar, hasta la madrugada, como el fin de semana pasada y, también, como hoy.  No me quejo, cabe destacar, sé que las cosas son así y punto, la vida universitaria es por excelencia esto y otras tantas cosas lindas.  Afuera llueve a baldes, me acompañan unos matecitos y buena música. Es lo único que me alienta ante un panorama donde, de verdad, no se a qué hora voy a terminar de estudiar, porque era un montonazo y lo fui reduciendo muy de a poco , aunque a paso lo más firme que pude. La cabeza, en la última semana del cuatrimestre, ya no me da para lujos, como en marzo o como en febrero; en julio ya estoy cansada... 

Hace un rato, por lo pronto, se levantó mi papá, en su excursión nocturna, donde pica algo de la heladera. Yo, a la madrugada, estudio en la cocina para no quedarme dormida en otro lado. Es mi espacio de tranquilidad y donde dispongo de lugar también para todas mis cosas. Él aterriza, mira todo con letanía y me acaricia levemente en la cabeza. Es cómico, realmente, por el tipo de conversaciones que se dan, dado que a veces se levanta lúcido y otras se levanta completamente dormido, y al otro día, no se acuerda nada. Entonces, aprovecho, y lo cargo. Invento cosas horribles o locas que me dijo, aunque después le cuento la verdad, porque la cara que pone es un caso.  

- ¿Cuándo viene Horacio? - me preguntó, hace un rato, mientras estaba calentando la pava. 
- ¿Horacio? - lo miré, con desconcierto y ojeras. Juro que por un segundo, pensé en el protagonista de Rayuela, hasta que caí en la cuenta de que nunca podría hacerme un chiste así mi papá, porque no sabe nada de mi novela en el mundo. 
- Guaraní - me cargó y yo me reí. 
- Me dijo que pasa recién para las cinco - se la seguí. 
- (...) 
- ¿Querés una galletita? - le señalé el paquete con la pera, mientras le cebaba un mate. 
- ¿Sabés cómo se llama esto, que tenés acá, en la azucarera? - me preguntó. 
- Fileteado - respondí. 
- Eso, fileteado. Eso se lo hacían a los carros, antes, y a los colectivos - me contó. Me sonreí un poco. Otra vez, pareciera que estábamos en la hora de la merienda - ¿Cómo vas con eso? 
- Ando... Me falta mucho todavía. 
- Mandalo al carajo y andá así, nena. Estudiaste todo el día...  - suspiró, y se tomó otro mate que le dí todo con la misma letanía - Gracias - dijo - ¿No paró de llover? 
- No, no afloja... 
- El viejo debe estar durmiendo adentro de una canoa, pobre - me dijo, en referencia a uno de sus ayudantes, en la obra. Es un señor mayor, que vive en una zona baja, tendiente a inundarse, y sin embargo se toma todo con tal sentido del humor y tal fuerza, que da gusto. Lo dijo de tal forma que me hizo reír. La cara de dormido total ayudaba a la causa y era todavía más gracioso. 

- Ay, qué malo que sos, pobre viejo... - me reí, un poquito. 
- No, es que nunca se llena de agua así acá... 
- Ya lo sé, sí. Llovió mucho, con truenos, todo...  - seguí leyendo. 
- Y el otro, ya me imagino, lo que debe parecer mojado - se rió, otra vez, en referencia a su otro ayudante. 

Me tenté, por el tema de conversación a esta hora, que siguió. Cuando se lo cuente mañana a la mañana, sé que no me va a creer; pero yo espero reírme un rato. 



domingo, 3 de julio de 2016

La vida y su banda de sonido

- ¿Qué hacías, vos? - me preguntó. 
- Dar vueltas. No tengo más ganas de estudiar, estoy muy cansada. 
- Tomate un descanso... relajate - consideró - Y escuchá esto - me sugirió, mientras me enlazaba una canción de Extreme.   
- Lo voy a cambiar a Ismael Serrano, pero por un rato... - dije, a modo de chiste.  
- ¿Qué estabas escuchando? 
- Un tema que se llama Para médicos y amantes  - dije, mientras de fondo sonaba Serrano, un gran compañero musical, cotidiano, al que adoro.  

"Y en mitad del silencio, alguna frase, metralla de antiguos bombardeos..." 

- La letra es durísima... - me dijo, unos minutos después. 
- Sí, la verdad es que es bastante triste - medité - No sé por qué escucho estas cosas, la verdad. 
- Escuchá ésta y prestá atención a lo que dice... - insistió, antes de mandar a Ismael cantando con Coti, Nueces, que sonaba de fondo, después de aquélla sugerencia. 

"¿Cuántos días, cuántos meses, cuántos años, esperando que la vida lave todo el desengaño? " 
La voz de Ismael, mi favorita por excelencia, en ese momento, estaba intentado resignificarse; adecuarse a nuevo contexto, dotarse de significado, precisamente, en torno a las reglas que plantea este mismo.

<<Mmmh; interesante... >> pensé. 

viernes, 1 de julio de 2016

Quiero vivir sola cuando...

 Lo cierto es que yo me imagino viviendo sola en el futuro, salvado la distancia de que económicamente eso implique mucha responsabilidad y mucha solvencia.  El anhelo, por llamarlo de algún modo, no es la respuesta a ningún problema que tenga con mi familia en particular, sólo que es una experiencia que me gustaría tener en algún momento de mi vida. Pese a que, muchas veces, en mi entorno más cercano no lo comprendan, yo disfruto mucho de estar sola, en especial, de unos dos años a ésta parte. No obstante también en el pasado, fui una persona solitaria, desde chiquita, pese a que tuviera la atención de todos. Antes necesitaba estar sola, muchas veces, porque tenía cosas internas respecto a las que pensar, y la verdad, me reconozco como una persona muy pensante en el buen y en el mal sentido. Ahora, en cambio, me parece una necesidad imperiosa sobre la que siquiera me cuestiono el motivo, y a través de la cual me siento yo misma. 

Hay que reconocer que todas mis actividades son solitarias. Paso casi todo mi tiempo estudiando, porque la carrera que sigo, se sabe, demanda mucha lectura. Durante la semana suelo irme temprano a la facultad para pasar un rato largo en la biblioteca, más tarde entro a clases y después llego a casa pasada la hora de la cena; la cual termina siendo el único momento donde veo a mi papá o a mi hermana, por ejemplo, y si alguno de los dos empieza a ponerse grumoso, o si las relaciones interpersonales de ellos tres - porque ahí se suma mi madre - comienzan a ponerse ásperas; yo ingreso dentro de mi burbuja mental y pienso que quiero vivir sola, también, porque si tendría mi casa sería condición central no pelear por idioteces. 

Analizo que lo que deseo, lo que realmente quiero, es llegar a mi casa y encontrarme con un silencio digno de disfrutar. Quiero no comer si no tengo hambre, no escuchar las noticias desde la televisión de la cocina o no quiero, tampoco, escuchar las quejas de los demás. Tengo tengo la cabeza perforada por la actividad del día y, aunque suene cruel, en esos momentos, quisiera no vivir con nadie a quien tener que darle explicaciones sobre como me siento, si tengo cansancio encima; etc. Al mismo tiempo pienso que existe un montón de gente que realmente está sola y no puedo darle el lujo de despreciar a quienes me aman, aunque, por otra parte, sé que lo único que necesito es mi espacio personal. Mi espacio personal, quizá, haciéndome cargo, es un poco más grande del que necesita una chica joven promedio, sí, lo sé. Quizá para tener veintiún años, digamos, no tengo un millón de amigos, ni una lista prendida fuego de pretendientes, ni un centenar de salidas canceladas en mi haber. Diría la gente que me conoce bien, que yo tengo mucha vida interior, soy muy para adentro, en muchas cosas. Si me leyeran por aquí, pienso, y sonrío, deseando que nunca en su vida lo hagan. 

En mis ratos libres, los cuales anhelo mucho, suelo escribir, leer, cocinar, juntarme con mi mejor amiga, hablar por teléfono con mi mejor amigo y vernos cuando él puede; o simplemente, sentarme a mirar una película sola.  Sin embargo, en términos de mi propia familia, la hipótesis de que me aíslo está fundamentada y, la realidad es que no lo niego, porque lo hago. Es que, a pesar de que los tengo a mano - lo cual para mí es una tranquilidad - yo disfruto de estar sola cuando lo necesito. Y la realidad es que, por obligación o por placer, eso pasa la mayoría del tiempo y yo lo necesito también la mayoría del tiempo. 

Ahí es donde me doy cuenta que estoy como buscando todo el tiempo un lugar metafórica y literalmente, que todavía no encuentro, para sentirme "en casa", de una forma mucho más... - insertaré el adjetivo aquí cuando lo encuentre - para cerrar el circulo.  La ficha se ajusta en seco dentro de mi cabeza cuando entiendo que el supeditar un poco el deseo propio a la necesidad del otro, es convivir. Y que, por ahora, me queda mucho por convivir de acá en adelante. 

Quizá la vida me pone adelante un tipo de familia como la que tengo porque, de otra manera, si de mi dependiera, no estaría en contacto con ciertas cuestiones, con las cosas de todos, con el mundo. Tengo, me lo han dicho varias personas, una increíble capacidad de estar sola, de abstraerme en mis asuntos y en mis actividades, al punto de que no se me escucha en la casa. Por otra parte, también, estoy mucho para los otros cada vez que me necesitan y cuando no me necesitan también, pero, no obstante, algo más hay, lo siento.  Y ahí es cuando no entiendo dónde está el punto de incomodidad que surge, por momentos. Es decir: si los demás están para mí, si yo estoy mucho para los demás y mucho con mis propias responsabilidades ¿cuál es el meollo del asunto? 

La pregunta, finalmente, decanta: ¿cuándo estoy para mi misma?