I
*almuerzo con Urtubey
- Acá te dejo un jarabe para la tos - le dije, seria mientras sacaba de la bolsa un vino exquisito y se lo extendía.
- ¡Mhm! - me miró, aunque luego miró el vino y se rió - Graciassss. Qué bueno.
Sonrió, por un breve instante más, mirándonos, y le puse cara de circunstancia. Creo que, si no fuera por esos breves atisbos de humor, el hablarle, se me haría demasiado complicado.
- Lo dejo por acá - musité
- Sí, sí, donde quieras vos - me dijo, y se fue. Ya, de entrada, me complicó su cara, su cara a los cuatro vientos, es decir, la cara que por momentos me pone, la cara con la que me mira.
Más adelante, nos dispersamos, cada uno en su tarea. Él cocinando con mi padre, por un lado y por otro lado, mi madre y yo cocinando otras cosas, jugando con el pequeño de Urtu y demás. Todo lo considerable y normal, de una situación así, en un contexto así.
- ¿Che, Urtu, querés que vaya pelando eso que está ahí arriba? - le pregunté mientras me asomaba a la parilla. Se adelantó unos metros, de espaldas a mi padre, y me miró. Otra vez esa mirada breve, simpática y reluciente, con una pequeña sonrisa solapada.
- Ehmmm - dudó, brevemente - ¿Los morrones?
- Supongamos que eso sean, dale - sonreí y me sonrió, asintiendo con la cabeza - Sí, dale, si no te jode, sería bueno.
Ahí fue Veinteava a ocupar sus manos en algo útil. Al rato, entró a la cocina y me miró, sumida en mi labor.
- ¿Cómo vas con eso? - dijo, y se sonrió, de nuevo.
<<¿Qué tienen los hombres con que yo intente cocinar? >> pensé, cuando lo ví divertido.
- Bien, supongo - me encogí de hombros - ¿O... mal? - le mostré.
Nos reímos, porque me había olvidado de un detalle del que ni me percaté, porque no sabía que se hacía. Se acercó, me dió unas indicaciones y me enseñó a hacer, lisa y llanamente, lo que necesitaba que hiciera.
- Podés hacerlo así, o quizá, de esta forma sea mejor... - me indicó - ¿Ves?
- Sí, entiendo...
- Bueno, es eso. No pasa nada igual; yo lo hago así, no me dí cuenta de decirte... - me mostró y le bajé la vista, ante ese tipo de situaciones que eran capaces de retrotraerme a otras, pese a las diferencias.
- No, es que tampoco yo tenía idea... - me dió un poco de vergüenza
- No pasa nada...
- ¿Y con lo otro? ¿Lo arruiné? - le pregunté, culposamente.
Se rió y me reía, aunque también me avergoncé lo bastante.
- No, no arruinaste nada... - lo arregló - Listo, ya esta.
- A costa de mandarme una cagada, aprendí algo... - le pedí disculpas.
Nos reímos.
- Ya está, olvidate. Y si se te complica, dejalo que lo hago yo, Veinte, de verdad.
- Persevera y triunfarás - musité - Dejá, que de paso, aprendo cómo se hace - le sonreí.
Se sonrió, despacio, y pasó a seguir con el paso siguiente de la preparación.
- ¡Veinteavaaaaaa! - el niño de Urtu me tiró de la ropa en el mismo momento.
- ¿Qué, qué pasa, mi amor? - lo miré.
Me indicó en qué plato, cada uno de distinto color, quería que fuera su comida. Él también, al parecer, tenía cosas, normas, para explicarme. Mi madre, en el mismo escenario, controlaba que no se le pasara ni un segundo la cocción de lo que el más chiquito de todos iría a comer.
- Acá, en el naranjaaaaa Veinteeeee, quiero mi poshito, ehhhhhh - me decía.
- Bueno, dale - asentí y mantuve contacto visual consigo para que supiera que le estaba dando mi atención - Ahora, cuando esté listo, te lo servimos.
- ¿Te vas a acordar, Veinteeeeeee? - me preguntó.
- Sí. Ya me quedó registrado.
- ¿Y me vas a poner mucho queso?
- Sí, papi.
- ¿Y me vas a dar juguito? - sonrió, mostrándome todos los dientes.
- Sí, también... - lo miré, con cariño.
- Bueno - me dijo y se fue, lo más canchero a mirar los dibujitos, sonriéndome y haciéndome una caída de ojos que casi me hace caer de espaldas a mí.
Fue un momento después de servirle su almuerzo, cuando nos quedamos solos, preparando las cosas, con Urtubey. Mis padres desparecieron del ambiente.
- Che, qué ruidos feos tienen esos dibujitos - le comenté, porque el silencio me incomodaba.
- ¿Viste? - suspiró - Eso estaba pensando, justamente - me dijo y me contó una anécdota breve.
<<Pese a todo, sigue siendo fácil hablar, aunque parezca mentira >> me dije, rendida.
II
- ¿Te gusta el vino, Veinteava? - me preguntó mi padre, mientras comíamos el manjar que preparó Urtubey.
- Sí, es muy rico - asentí - Se nota la diferencia respecto al que tomamos el otro día.
- Es que este es otra clase de vino - me dijo.
- ¿Por?
- Porque es un vino muchísimo más caro...
Revoleé los ojos.
- Con razón... - suspiré - Es exquisito. No sentís que te morís.
- Si te gusta el vino, te puedo recomendar un par. O preguntale a Urtubey, que él te puede recomendar.
Urtu, que venía de supervisar al pequeño, se unió a la charla de pronto.
- ¿Qué pasó? ¿De qué hablan?
- Le estaba diciendo a ella que vaya haciéndose la lista de vinos preferidos, para cuando un tipo la invita a cenar... - dijo mi padre, en plan cómico, justamente - Y que te podía preguntar a vos, en todo caso, sugerencias para decirle al tipo.
Me quedó atragantado el bocado de comida.
<<¿Por qué hace esos chistes? >> pensé.
- Ah - dijo Urtubey - No sé de vinos, yo.
- ¿Cómo, boludo? ¡Una idea tenés!
- Bueno, pero no sé lo que ella quisiera... - se atajó.
- Bueno, pero un par de nombres sabés... - insistió mi papá - Decile por dónde están los vinos copados, para que cuando venga un tipo y la invite a cenar, además, de que se la quiera levantar, puedan disfrutar de una rica comida, la pasen bien - enumeró - y disfruten de un buen vino - concluyó.
Yo no podía creer que mi padre estuviera hablando así. Urtubey lo miró, todos esperamos que se ría, aunque me miró a mí y se encogió de hombros.
- Qué tema más ventajoso - musité - Yo tomo vino blanco, también.
- Tenés que sentarte a ver lo que hay, en ese momento, depende al lugar donde vayas con el tipo, entonces - dijo él- El vino blanco se come con determinadas comidas.
- Eso lo sé - le aclaré - Y no es que tomo grandes marcas, sólo le resalté a él la diferencia, porque se nota- me reí.
No se rió.
- Blanco - me señaló a un exhibidor de vinos - Ese de allá. ¿Lo conocés?
- Sí, lo tomé.
- ¿Te gustó?
- Sí, es rico.
- Es muy bueno, ese vino.
- ¡Vino tinto, Urtu! - remarcó mi padre - Yo creo que con tres botellitas que se tomen, el tipo y ella, ya está... - vaticinó.
- ¡Che, qué te pasa, yo no me llamo tres botellas de vino! - lo frené.
- ¡No, eso ya lo sé, yo por vos no lo digo! Lo que digo es que, a vos te tienen que comprar veinte, si lo querés así... - dijo mi padre - Lo merecés, hija, es eso.
Mofé. <<¿Cuál es el objetivo de esta charla, a quién le está diciendo realmente mi padre cómo pretende que se me trate? >> me dije, rápidamente, porque me dió la sensación de que ese mensaje no era tan hipotético como parecía.
- Una cosa es un vino bueno en un restaurante y otra cosa es un vino bueno, comprado en otra parte. Así que no sé... - dijo Urtubey, y así dió vueltas, más vueltas, al asunto que podría haber sido resuelto con unos nombres inocentes, ante la hipótesis de un tipo desconocido con el que yo saliera y me acercara la carta de vinos, momento en el cual, dicho sea de paso, yo consultaría o lo dejaría elegir, simplemente, porque no sé, yo no soy así de pretenciosa.
- Es que, Urtu, acá no estamos hablando del precio del vino, sino, del vino que ella quiera, del que le guste. Del precio, que se ocupe el tipo que la invita, y tiene al lado semejante mina. Ella lo vale todo, todo lo que se le ocurra, y merece al lado a un tipo que pueda responder a eso... - dijo mi padre.
<<Le pegó el vino... >> confirmé y los miré a ambos. Urtubey no dijo nada. Hizo bien, creo.
- La pregunta que te está haciendo, Urtu - intervine, porque estaba todo muy grumoso - no es el vino en cuestión, no es la marca o el sabor, ni el precio, sino, el vino que creés que merezco según tu ojo de sommelier... - le sonreí, levemente, demostrando que no me dejaba cómoda el tema de charla.
Permanecía serio, pese al chiste.
- ¿Vos me dijiste que tomabas blanco, no? - me preguntó, para volver al punto.
- Comúnmente, sí.
- Bueno ... - dudó - Para mí, blanco, una buena opción es ése que está ahí - me señaló su bodega - A vos que te gusta el pescado, así que tranquilamente lo comés con eso.
- Seguramente queda rico, sí - musité
Nos quedamos todos callados, luego de un breve momentito.
No sé a qué vino tanto interés de parte de mi padre en una hipotética cena con un tipo que no existe, creyendo que yo me voy a centrar en la lista de vinos, en las marcas, sin importar el fulano a quien tenga en frente.
III
- Papáaa, le podemos mostrar a Veinte cómo jugamos a las artes marciales por favor - le pidió el peque a él.
- Dale, ahí vamos.
- ¡VAMOS PAPÁ!
- Vamos.
- ¡Veinteava, vení a ver cómo jugamos con mi papá, por favor!
- Dale, cuando vayan voy, no te preocupes vos, no hace falta que yo mire...
- Vamos ahora, dale, vengan los dos - nos tironeó.
Urtubey le puso unos accesorios necesarios para el juego. Él nos miró, intermitentemente, e hizo una morisqueta muy tierna, graciosa, pícara. Urtubey me miró y yo al mismo tiempo le busqué la mirada y nos empezamos a reír. Otra vez, porque no es la primera vez que pasa, ese decirnos "es hermoso este pibito" sin siquiera palabras.
- ¿Nos sacás fotos, Veinte? - me pidió Urtubey.
- Sí, claro.
- Agarrá mi teléfono, si querés o el que prefieras.
Los fotografié de lo lindo.
Los filmé de lo lindo.
Y, por momentos, no pude evitar pensar que son increíbles, cada uno, por distinta razón.
IV
- Para vos, Veinte - me dijo, Urtu, luego de los juegos, extendiéndome un vaso con Campari. Le pasó uno a mi padre, que, pocos minutos después, se fue afuera por un instante, con mi madre y se puso uno para él.
- ¿Le pusiste ***? - le pregunté, a modo de marcación de un detalle.
- Sí - me sonrió.
- Está genial.
- ¿Sí, no? - asintió levemente con la cabeza.
Me dí cuenta que le pasaba algo, que quizá hoy no tenía el mejor día de todos, sin embargo, no me animé a preguntarle si se sentía bien, porque ante la inminencia de las otras presencias, creí que era mejor no hablar, pese a que quería saber, y quizá él necesitaba hablar. Estábamos pero no estábamos solos, al final.
Pasó un rato más, largo, donde estábamos cada uno haciendo algo diferente.
- Veinte... - me señaló - elegí uno.
Lo miré, extrañada, señalar una colección de licores de todo tipo y color.
- Dale, ¿de qué querés?
- No sé, Urtu, cualquiera va a estar bien...
- ¡No, cualquiera no, elegí el que vos quieras! Te leo los sabores, dale - insistió.
Mi padre, atendiendo al cuadro, intervino.
- Probablemente elija el mejor, te lo aviso - dijo, creo que en chiste
- No seas mala gente conmigo - le dije a mi padre.
- Es la verdad... - lo miró a Urtubey - Vas a perder un licor de los buenos - le dijo, a él.
- No me importa - le contestó, rápido y punzante.
Me miró
- ¿Cuál querés? - me señaló
- Aquél - seleccioné mi sabor.
Se extendió, lo buscó, me preparó una copita breve y me lo sirvió.
- ¿Qué te dije? - acotó mi padre.
- Está perfecto, es el que le gustó respondió Urtubey, relajado - ¿Vos, cuál querés? - siguió la ronda de preguntas.
Cada uno eligió sabores diferentes. El mío era muy espeso, pero espectacular. Le dí a probar a mi mamá y tomé yo.
- ¿Y? - quiso saber él.
- Espectacular...
Sonrió.
- Éste es otro, mirá, probalo... - me alcanzó su copa breve.
Le dí la mía y tomé de la suya, apenas para probar.
- No está mal, me gusta.
- No es tan... - me hizo un gesto - como el tuyo.
- El mío es espeso.
- Exactamente, eso. No es tan espeso.
<<Lo que están espesos son los grumos de esta charla que, a cada rato, se forman de la nada >> pensé.
Es que, o yo estoy demasiado susceptible, o algo en esos chistes se empezó a poner de relieve, así, de a poco y yo todavía no termino de entender lo que es, pero me suena a advertencia a cada rato, me suena a cajita con dobles intenciones.
¿Qué son, en definitiva, estos códigos? Si nunca importó en nuestras juntadas un tema de esta clase ¿ por qué ahora? Prefiero quedarme afuera, por momentos, pero por otros, preferiría que mi padre (quizá inocentemente o quizá con intención) deje de pintarme como una persona inalcanzable, como una mina demasiado mina para los demás.
Es que, si bien yo soy la hija preferida, si bien yo soy la hija más compañera de ambos, si bien yo soy la consentida en mi casa, jamás le había dicho estas cosas a Urtubey. No entiendo para qué lo mete en un terreno pedregoso y no quiero pensar que sea para amputarle las manos y los pies.
Es que en realidad yo no valgo lo que otros estén dispuestos a pagar por mi, sino, a hacer. La valía pasa por cualquier otro motivo ajeno a la marca de un vino, a un precio, a un lugar donde comer o a todo lo que influya en ese sentido. Además, si todo lo que yo anhelo pudiera ser comprado con dinero, hubiera elegido ser la chica de un tipo como Divino, tal como me ofreció, porque eso es lo único que tiene y en gran cantidad. En cambio Urtubey, es totalmente distinto y, en ese sentido; está por debajo de Divino un millón de escalones en materia económica pero pero está un milón y medio por encima, en otros y, desde su manera de ser, sin mentir, todo se encausa por si solo.
No es la belleza, no es el dinero, no es la edad, no son sus bienes, no es su profesión, no es lo que puedan darme. Es quienes son ellos y, por añadidura, quién quiero ser yo. Quizá por eso yo elegí lo que elegí, aún sin quererlo, de entre esas dos personas. Quizá si yo fuera otra clase de persona, no estaría siquiera escribiendo esto y desde hace rato ya mi circunstancia sería otra... Y sin embargo, ya quedó todo a la vista.
Es que, o yo estoy demasiado susceptible, o algo en esos chistes se empezó a poner de relieve, así, de a poco y yo todavía no termino de entender lo que es, pero me suena a advertencia a cada rato, me suena a cajita con dobles intenciones.
¿Qué son, en definitiva, estos códigos? Si nunca importó en nuestras juntadas un tema de esta clase ¿ por qué ahora? Prefiero quedarme afuera, por momentos, pero por otros, preferiría que mi padre (quizá inocentemente o quizá con intención) deje de pintarme como una persona inalcanzable, como una mina demasiado mina para los demás.
Es que, si bien yo soy la hija preferida, si bien yo soy la hija más compañera de ambos, si bien yo soy la consentida en mi casa, jamás le había dicho estas cosas a Urtubey. No entiendo para qué lo mete en un terreno pedregoso y no quiero pensar que sea para amputarle las manos y los pies.
Es que en realidad yo no valgo lo que otros estén dispuestos a pagar por mi, sino, a hacer. La valía pasa por cualquier otro motivo ajeno a la marca de un vino, a un precio, a un lugar donde comer o a todo lo que influya en ese sentido. Además, si todo lo que yo anhelo pudiera ser comprado con dinero, hubiera elegido ser la chica de un tipo como Divino, tal como me ofreció, porque eso es lo único que tiene y en gran cantidad. En cambio Urtubey, es totalmente distinto y, en ese sentido; está por debajo de Divino un millón de escalones en materia económica pero pero está un milón y medio por encima, en otros y, desde su manera de ser, sin mentir, todo se encausa por si solo.
No es la belleza, no es el dinero, no es la edad, no son sus bienes, no es su profesión, no es lo que puedan darme. Es quienes son ellos y, por añadidura, quién quiero ser yo. Quizá por eso yo elegí lo que elegí, aún sin quererlo, de entre esas dos personas. Quizá si yo fuera otra clase de persona, no estaría siquiera escribiendo esto y desde hace rato ya mi circunstancia sería otra... Y sin embargo, ya quedó todo a la vista.
