domingo, 30 de abril de 2017

Grumos

I

*almuerzo con Urtubey

- Acá te dejo un jarabe para la tos  - le dije, seria mientras sacaba de la bolsa un vino exquisito y se lo extendía. 
- ¡Mhm! - me miró, aunque luego miró el vino y se rió - Graciassss. Qué bueno. 

Sonrió, por un breve instante más, mirándonos, y le puse cara de circunstancia. Creo que, si no fuera por esos breves atisbos de humor, el hablarle, se me haría demasiado complicado. 

- Lo dejo por acá - musité 
- Sí, sí, donde quieras vos - me dijo, y se fue. Ya, de entrada, me complicó su cara, su cara a los cuatro vientos, es decir, la cara que por momentos me pone, la cara con la que me mira.  

Más adelante, nos dispersamos, cada uno en su tarea. Él cocinando con mi padre, por un lado y por otro lado, mi madre y yo cocinando otras cosas, jugando con el pequeño de Urtu y demás. Todo lo considerable y normal, de una situación así, en un contexto así. 

- ¿Che, Urtu, querés que vaya pelando eso que está ahí arriba? - le pregunté mientras me asomaba a la parilla. Se adelantó unos metros, de espaldas a mi padre, y me miró. Otra vez esa mirada breve, simpática y reluciente, con una pequeña sonrisa solapada. 
- Ehmmm - dudó, brevemente - ¿Los morrones? 
- Supongamos que eso sean, dale - sonreí y me sonrió, asintiendo con la cabeza - Sí, dale, si no te jode, sería bueno. 

Ahí fue Veinteava a ocupar sus manos en algo útil. Al rato, entró a la cocina y me miró, sumida en mi labor. 

- ¿Cómo vas con eso? - dijo, y se sonrió, de nuevo. 

<<¿Qué tienen los hombres con que yo intente cocinar? >> pensé, cuando lo ví divertido. 

- Bien, supongo - me encogí de hombros - ¿O... mal? - le mostré. 

Nos reímos, porque me había olvidado de un detalle del que ni me percaté, porque no sabía que se hacía. Se acercó, me dió unas indicaciones y me enseñó a hacer, lisa y llanamente, lo que necesitaba que hiciera. 

- Podés hacerlo así, o quizá, de esta forma sea mejor... - me indicó - ¿Ves? 
- Sí, entiendo... 
- Bueno, es eso. No pasa nada igual; yo lo hago así, no me dí cuenta de decirte... - me mostró y le bajé la vista, ante ese tipo de situaciones que eran capaces de retrotraerme a otras, pese a las diferencias. 
- No, es que tampoco yo tenía idea... - me dió un poco de vergüenza
- No pasa nada...  
- ¿Y con lo otro? ¿Lo arruiné? - le pregunté, culposamente. 

Se rió y me reía, aunque también me avergoncé lo bastante. 

- No, no arruinaste nada... - lo arregló - Listo, ya esta. 
- A costa de mandarme una cagada, aprendí algo...  - le pedí disculpas. 

Nos reímos. 

- Ya está, olvidate. Y si se te complica, dejalo que lo hago yo, Veinte, de verdad. 
- Persevera y triunfarás - musité - Dejá, que de paso, aprendo cómo se hace - le sonreí. 

Se sonrió, despacio, y pasó a seguir con el paso siguiente de la preparación. 

- ¡Veinteavaaaaaa! - el niño de Urtu me tiró de la ropa en el mismo momento. 

- ¿Qué, qué pasa, mi amor? - lo miré. 

Me indicó en qué plato, cada uno de distinto color, quería que fuera su comida. Él también, al parecer, tenía cosas, normas, para explicarme. Mi madre, en el mismo escenario, controlaba que no se le pasara ni un segundo la cocción de lo que el más chiquito de todos iría a comer. 

- Acá, en el naranjaaaaa Veinteeeee, quiero mi poshito, ehhhhhh - me decía.
- Bueno, dale - asentí y mantuve contacto visual consigo para que supiera que le estaba dando mi atención - Ahora, cuando esté listo, te lo servimos. 
- ¿Te vas a acordar, Veinteeeeeee? - me preguntó. 
- Sí. Ya me quedó registrado. 
- ¿Y me vas a poner mucho queso? 
- Sí, papi. 
- ¿Y me vas a dar juguito? - sonrió, mostrándome todos los dientes. 
- Sí, también... - lo miré, con cariño. 
- Bueno - me dijo y se fue, lo más canchero a mirar los dibujitos, sonriéndome y haciéndome una caída de ojos que casi me hace caer de espaldas a mí. 

Fue un momento después de servirle su almuerzo, cuando nos quedamos solos, preparando las cosas, con Urtubey. Mis padres desparecieron del ambiente. 

- Che, qué ruidos feos tienen esos dibujitos - le comenté, porque el silencio me incomodaba. 
- ¿Viste? - suspiró - Eso estaba pensando, justamente - me dijo y me contó una anécdota breve. 

<<Pese a todo, sigue siendo fácil hablar, aunque parezca mentira >> me dije, rendida.  

II   

- ¿Te gusta el vino, Veinteava? - me preguntó mi padre, mientras comíamos el manjar que preparó Urtubey. 
- Sí, es muy rico - asentí - Se nota la diferencia respecto al que tomamos el otro día. 
- Es que este es otra clase de vino - me dijo. 
- ¿Por? 
- Porque es un vino muchísimo más caro... 

Revoleé los ojos. 

- Con razón... - suspiré - Es exquisito. No sentís que te morís. 
- Si te gusta el vino, te puedo recomendar un par. O preguntale a Urtubey, que él te puede recomendar. 

Urtu, que venía de supervisar al pequeño, se unió a la charla de pronto. 

- ¿Qué pasó? ¿De qué hablan? 
- Le estaba diciendo a ella que vaya haciéndose la lista de vinos preferidos, para cuando un tipo la invita a cenar...  - dijo mi padre, en plan cómico, justamente - Y que te podía preguntar a vos, en todo caso, sugerencias para decirle al tipo. 

Me quedó atragantado el bocado de comida. 

<<¿Por qué hace esos chistes?  >> pensé. 

- Ah - dijo Urtubey - No sé de vinos, yo. 
- ¿Cómo, boludo? ¡Una idea tenés! 
- Bueno, pero no sé lo que ella quisiera... - se atajó. 
- Bueno, pero un par de nombres sabés... - insistió mi papá - Decile por dónde están los vinos copados, para que cuando venga un tipo y la invite a cenar, además, de que se la quiera levantar, puedan disfrutar de una rica comida, la pasen bien - enumeró - y disfruten de un buen vino - concluyó.  

Yo no podía creer que mi padre estuviera hablando así. Urtubey lo miró, todos esperamos que se ría, aunque me miró a mí y se encogió de hombros.  

- Qué tema más ventajoso - musité - Yo tomo vino blanco, también. 
- Tenés que sentarte a ver lo que hay, en ese momento, depende al lugar donde vayas con el tipo, entonces - dijo él- El vino blanco se come con determinadas comidas. 
- Eso lo sé - le aclaré - Y no es que tomo grandes marcas, sólo le resalté a él la diferencia, porque se nota- me reí. 

No se rió. 

- Blanco - me señaló a un exhibidor de vinos - Ese de allá. ¿Lo conocés? 
- Sí, lo tomé. 
- ¿Te gustó? 
- Sí, es rico. 
- Es muy bueno, ese vino. 
- ¡Vino tinto, Urtu! - remarcó mi padre - Yo creo que con tres botellitas que se tomen, el tipo y ella, ya está... - vaticinó. 
- ¡Che, qué te pasa, yo no me llamo tres botellas de vino! - lo frené.
- ¡No, eso ya lo sé, yo por vos no lo digo! Lo que digo es que, a vos te tienen que comprar veinte, si lo querés así... - dijo mi padre - Lo merecés, hija, es eso. 

Mofé. <<¿Cuál es el objetivo de esta charla, a quién le está diciendo realmente mi padre cómo pretende que se me trate? >> me dije, rápidamente, porque me dió la sensación de que ese mensaje no era tan hipotético como parecía. 

- Una cosa es un vino bueno en un restaurante y otra cosa es un vino bueno, comprado en otra parte. Así que no sé... - dijo Urtubey, y así dió vueltas, más vueltas, al asunto que podría haber sido resuelto con unos nombres inocentes, ante la hipótesis de un tipo desconocido con el que yo saliera y me acercara la carta de vinos, momento en el cual, dicho sea de paso, yo consultaría o lo dejaría elegir, simplemente, porque no sé, yo no soy así de pretenciosa. 

- Es que, Urtu, acá no estamos hablando del precio del vino, sino, del vino que ella quiera, del que le guste. Del precio, que se ocupe el tipo que la invita, y tiene al lado semejante mina. Ella lo vale todo, todo lo que se le ocurra, y merece al lado a un tipo que pueda responder a eso...  - dijo mi padre. 

<<Le pegó el vino... >> confirmé y los miré a ambos. Urtubey no dijo nada. Hizo bien, creo. 

- La pregunta que te está haciendo, Urtu - intervine, porque estaba todo muy grumoso - no es el vino en cuestión, no es la marca o el sabor, ni el precio, sino, el vino que creés que merezco según tu ojo de sommelier... - le sonreí, levemente, demostrando que no me dejaba cómoda el tema de charla. 

Permanecía serio, pese al chiste. 

- ¿Vos me dijiste que tomabas blanco, no? - me preguntó, para volver al punto. 
- Comúnmente, sí. 
- Bueno ... - dudó - Para mí, blanco, una buena opción es ése que está ahí - me señaló su bodega - A vos que te gusta el pescado, así que tranquilamente lo comés con eso. 
- Seguramente queda rico, sí - musité 

Nos quedamos todos callados, luego de un breve momentito. 

No sé a qué vino tanto interés de parte de mi padre en una hipotética cena con un tipo que no existe, creyendo que yo me voy a centrar en la lista de vinos, en las marcas, sin importar el fulano a quien tenga en frente. 

III

- Papáaa, le podemos mostrar a Veinte cómo jugamos a las artes marciales por favor - le pidió el peque a él. 
- Dale, ahí vamos. 
- ¡VAMOS PAPÁ!
- Vamos. 
- ¡Veinteava, vení a ver cómo jugamos con mi papá, por favor! 
- Dale, cuando vayan voy, no te preocupes vos, no hace falta que yo mire... 
- Vamos ahora, dale, vengan los dos - nos tironeó. 

Urtubey le puso unos accesorios necesarios para el juego. Él nos miró, intermitentemente, e hizo una morisqueta muy tierna, graciosa, pícara. Urtubey me miró y yo al mismo tiempo le busqué la mirada y nos empezamos a reír.  Otra vez, porque no es la primera vez que pasa, ese decirnos "es hermoso este pibito" sin siquiera palabras. 

- ¿Nos sacás fotos, Veinte? - me pidió Urtubey. 
- Sí, claro. 
- Agarrá mi teléfono, si querés o el que prefieras. 

Los fotografié de lo lindo. 
Los filmé de lo lindo. 

Y, por momentos, no pude evitar pensar que son increíbles, cada uno, por distinta razón. 

IV

- Para vos, Veinte - me dijo, Urtu, luego de los juegos, extendiéndome un vaso con Campari. Le pasó uno a mi padre, que, pocos minutos después, se fue afuera por un instante, con mi madre y se puso uno para él. 

- ¿Le pusiste ***? - le pregunté, a modo de marcación de un detalle. 
- Sí - me sonrió. 
- Está genial. 
- ¿Sí, no? - asintió levemente con la cabeza. 

Me dí cuenta que le pasaba algo, que quizá hoy no tenía el mejor día de todos, sin embargo, no me animé a preguntarle si se sentía bien, porque ante la inminencia de las otras presencias, creí que era mejor no hablar, pese a que quería saber, y quizá él necesitaba hablar.  Estábamos pero no estábamos solos, al final. 

Pasó un rato más, largo, donde estábamos cada uno haciendo algo diferente. 

- Veinte... - me señaló - elegí uno. 

Lo miré, extrañada, señalar una colección de licores de todo tipo y color. 

- Dale, ¿de qué querés? 
- No sé, Urtu, cualquiera va a estar bien... 
- ¡No, cualquiera no, elegí el que vos quieras! Te leo los sabores, dale - insistió. 

Mi padre, atendiendo al cuadro, intervino. 

- Probablemente elija el mejor, te lo aviso - dijo, creo que en chiste
- No seas mala gente conmigo - le dije a mi padre. 
- Es la verdad... - lo miró a Urtubey - Vas a perder un licor de los buenos - le dijo, a él. 
- No me importa - le contestó, rápido y punzante. 

Me miró 

- ¿Cuál querés? - me señaló
- Aquél - seleccioné mi sabor. 

Se extendió, lo buscó, me preparó una copita breve y me lo sirvió. 

- ¿Qué te dije? - acotó mi padre. 
- Está perfecto, es el que le gustó respondió Urtubey, relajado - ¿Vos, cuál querés? - siguió la ronda de preguntas. 

Cada uno eligió sabores diferentes. El mío era muy espeso, pero espectacular. Le dí a probar a mi mamá y tomé yo. 

- ¿Y? - quiso saber él. 
- Espectacular... 

Sonrió. 

- Éste es otro, mirá, probalo...  - me alcanzó su copa breve. 

Le dí la mía y tomé de la suya, apenas para probar. 

- No está mal, me gusta. 
- No es tan... - me hizo un gesto - como el tuyo. 
- El mío es espeso. 
- Exactamente, eso. No es tan espeso. 

<<Lo que están espesos son los grumos de esta charla que, a cada rato, se forman de la nada >> pensé.

Es que, o yo estoy demasiado susceptible, o algo en esos chistes se empezó a poner de relieve, así, de a poco y yo todavía no termino de entender lo que es, pero me suena a advertencia a cada rato, me suena a cajita con dobles intenciones.

¿Qué son, en definitiva, estos códigos? Si nunca importó en nuestras juntadas un tema de esta clase ¿ por qué ahora?  Prefiero quedarme afuera, por momentos, pero por otros, preferiría que mi padre (quizá inocentemente o quizá con intención) deje de pintarme como una persona inalcanzable, como una mina demasiado mina para los demás.

Es que, si bien yo soy la hija preferida, si bien yo soy la hija más compañera de ambos, si bien yo soy la consentida en mi casa, jamás le había dicho estas cosas a Urtubey. No entiendo para qué lo mete en un terreno pedregoso y no quiero pensar que sea para amputarle las manos y los pies.

Es que en realidad yo no valgo lo que otros estén dispuestos a pagar por mi, sino, a hacer. La valía pasa por cualquier otro motivo ajeno a la marca de un vino, a un precio, a un lugar donde comer o a todo lo que influya en ese sentido. Además, si todo lo que yo anhelo pudiera ser comprado con dinero, hubiera elegido ser la chica de un tipo como Divino, tal como me ofreció, porque eso es lo único que tiene y en gran cantidad.  En cambio Urtubey, es totalmente distinto y, en ese sentido; está por debajo de Divino un millón de escalones en materia económica pero pero está un milón y medio por encima, en otros y, desde su manera de ser, sin mentir, todo se encausa por si solo.

No es la belleza, no es el dinero, no es la edad, no son sus bienes, no es su profesión, no es lo que puedan darme. Es quienes son ellos y, por añadidura, quién quiero ser yo.  Quizá por eso yo elegí lo que elegí, aún sin quererlo, de entre esas dos personas. Quizá si yo fuera otra clase de persona, no estaría siquiera escribiendo esto y desde hace rato ya mi circunstancia sería otra... Y sin embargo, ya quedó todo a la vista.


sábado, 29 de abril de 2017

Urtubey:

Si te escribo es porque quiero empezar a llamar las cosas por su nombre. En mi necesidad de nomenclar, la ciencia se halla justo con su descubrimiento en este pasaje dado través de la palabra. Nunca he encontrado forma más efectiva de ordenarme y ordenar la implicancia de los demás en mi vida, sino es a través de las cartas. Es por eso que te escribo a vos, como en realidad, le he escrito a muchos seres humanos con los que precisé hablar, de alguna manera u otra, independientemente de entregar las misivas o no. 

Hace mucho hay una carta en tu nombre que no sale, quizá porque intento decirte las cosas en lo concreto o callármelas, y casi no le queda cabida a la escritura. O quizá porque soy una cobarde y me niego a volver a escribir una carta que implique quedarme, formalmente, con el corazón en la mano. Sé que nunca me imaginé, nunca, escribir para vos, como destinatario oficial de este entramado. Sé, fácticamente, que las cartas que escribís no son para mí y que, a otras mujeres, no te tomás la molestia de escribirles. Y aún mismo todo, eso no hace desaparecer mis ganas de hablar, de explicarte, en medio de mi desesperación, cómo percibo, siento y veo todo, por qué hago cada cosa que hago, por qué tengo tanto miedo. 

No sé, sinceramente, cómo empezó todo. Hago memoria de un par de meses atrás, específicamente hago memoria sobre un domingo a la noche, donde estaba en un shopping y llamé a mi padre por teléfono, porque habíamos quedado en juntarnos a cenar; yo quería saber si pasaba por casa o no. <<No, Veinte, volvé. Urtubey está acá, con un quilombo >> me dijo y quedó entendido que se suspendía la comida, claro. Ese día no me animé a preguntar por vos, francamente, porque supuse que eran cuestiones que podían comprometerte en otro sentido ajeno a lo sentimental, a algo que fuera a traer tantas consecuencias y matices variado. Durante el viaje en colectivo, medité sobre lo que te podía estar pasando, con algo de intriga, pese a que tenía la cabeza en otro lado.  ¿Qué me iba a imaginar yo, que iban a cambiar tanto las cosas? Cuando llegué, entré a la cocina de casa y te encontré sentado en mi lugar de la mesa. Te saludé, sin decir absolutamente nada del tema, respetando esa distancia implícita, pero recuerdo que me llamó la atención verte tan triste. Sin romper el ritmo de dialogo que mantenías con mi papá, preparé el mate en silencio y me senté al lado tuyo, a escucharte, tal como estaba mi madre y mi padre. Te ofrecí de la infusión, mientras te desahogabas, confiando en que te iría hacer mejor, porque sostengo la teoría de que unos buenos mates aclaran todas las penas, si no las solucionan, llamando a la reflexión. Me lo aceptaste y seguiste contando. Estabas distanciado hacía casi un mes. Te habían dicho que se querían separar de vos, y que nunca habían sido feliz al lado tuyo, entre otras tantas cosas. 

Esa primera noche, te escuché hablar en silencio y a partir de ahí, empezaste a venir seguido, progresivamente más angustiado, para hablar con mi padre y eventualmente con mi madre. En tu ausencia, todos opinaban del asunto que estaba hablado a los cuatro vientos, menos yo, que me encogía de hombros y no me confiaba en que la pelea fuera perdurable. Te veía con tantas ganas de estar con ella que, supuse, no dudarías en ceder, en darle la razón, en someterte de nuevo. Y hasta ahí, mi querido Urtu, te puedo decir que era lógico, porque no había sucedido nada todavía, en relación a todo lo que pasó; porque nadie se imaginaba todo lo que te iban a hacer sufrir. Quizá unas tres semanas después de esa noche de domingo, fue el momento de quiebre. Eran días, horas enteras, donde te veía sufrir, sentada en una silla, en silencio, mirándote y, a veces, cebándote mate. Y si bien siempre te tuve un especial aprecio dentro mío, jamás se me pasó por la cabeza decirte algo en contra de ella, por si te reconciliabas, hasta que te ví llorar. 

Cuando te vi llorar, me pasaron dos cosas. La primera, fue que me dí cuenta, realmente, de que eras un tipo con todas las letras, capaz de llorar, de mostrarse a corazón abierto, sin quedarse con la angustia encarcelada, por esas idioteces de la virilidad. La segunda, por su parte, fue el sentir que yo no te podía ver llorar a vos, que a vos no te podían hacer sufrir, que algo tenía que hacer, más que verte y alcanzarte pañuelitos o cebarte un mate.  Así fue que te hablé por primera vez con total franqueza, de algo muy personal para vos, que me mostraba completamente de otra forma, ante tus ojos. Tuve noción de eso, y por eso también busqué las palabras. Te dije todo lo que ya sabemos. Te dije que no te merecías esto. Te confesé que siempre te había visto como un tipo bueno, como un tipo que apostaba a la familia y como un tipo valiente por el hecho. Te lo dije, Urtu, porque cuando yo te vi llorar por la culpa de ella, me dí cuenta que te quería, que te había querido siempre, de una forma especial. Y vos me dijiste, mientras te limpiabas las lágrimas de la cara, que te saltaban mientras te hablaba, que me agradecías mucho por lo que te estaba diciendo; que era increíble cómo pensaba con tanta claridad a mi edad, que era más coherente, que tenía más madurez que ella, que ojalá ella pensara así, como pensaba yo las cosas, que ojalá tuviera un poco de mi capacidad. Ese día, sin embargo, tus palabras no me hicieron daño ni me aturdieron con su efecto. Producto de tu dolor, creo que dijiste lo primero que se te vino a la cabeza y me resultó mejor pasarlo por alto sabiendo, además, que había un mundo de diferencia entre tu ex y yo, para bien y para mal.

Conforme fue pasando el tiempo, a partir de ahí, algo empezó a hacerme mucho ruido por dentro, mucho, demasiado ruido; aunque preferí no darle importancia. Pensaba en vos, seguido, pensaba en cómo deberías sentirte, en si se podía ayudar en algo más, en si desde mi lugar o desde el lugar de "hija de..." yo podía hacer algo. Yo pensé, me dije de muchas maneras, que eso no era amor, que eso no era atracción; que eso era, simplemente, un alto nivel de empatía ante tu dolor. Y esto es una salvedad que quiero hacerte, antes de seguir: nunca tuve intenciones diferentes, nunca me alegré de lo que te pasó y nunca sentí felicidad de tu dolor. Quizá, si no hubiera pasado nada de esto, yo seguiría sosteniendo solapadamente en mi fuero interno que ella es una idiota que nunca te mereció, por cómo te maltrató siempre, siendo un tipo especial; pero jamás mi cara hubiera dado cuenta de esto o de aquello, porque te respetaba, porque adoro a tu hijo y porque consideré que sería desubicado de mi parte. Había visto demasiadas veces la forma de ser de ambos y, aunque no hiciera falta que nadie me lo contara, yo estaba dispuesta a no decirte nunca mi punto de vista. Y cuando te separaste, menos aún. ¿Qué te podía aportar yo, con 21 años, en esos momentos de tu vida? ¿Qué te podía decir que te aliviara, qué podía consolarte? Nada, probablemente nada fuera suficiente; así que me mantuve en el molde hasta que te vi llorar y algo en mí se rompió, se rompió ese molde. Tu sufrimiento traspasó una órbita diferente de cercanía con las personas, me conmovió de una forma muy fuerte, me movilizó y me sensibilizó. 

De septiembre en adelante, producto de tus charlas sucesivas, ahora con mi padre, con mi madre y conmigo; nos fuimos conociendo mejor. Yo empecé a hablar con mi propia voz y, vos, a responderme con la tuya. Creo, ambos, nos sorprendimos de otro, aunque no sé si por la misma razón. Ambos, encontramos en el otro, una persona que había estado solapada y sujeta a otras cuestiones de roles, es decir, siendo "el marido de y la hija de" nunca siendo Urtubey y Veinteava, más allá de hablar de libros, de cine o de historia, a veces, cuando tu ex no se ponía en planes de llamar la atención, cuando no nos agasaja con su formidable cara de traste, cuando se levantaba de buenas y concebía como normal lo normal, es decir, que su propio marido hable y se desenvuelva como alguien ajeno a su control. Y eso fue, esencialmente, lo que empezó a verse de vos, a partir de que se alejó de tu lado, para mostrar su verdadera piel. 
Volviste, según lo dijo tu familia, a ser el mismo de siempre. Para mí, quien se mostró en carne viva durante todos esos meses fue la confirmación en carne y hueso de todo lo que silenciosamente había observado durante años de conocernos y vernos. 

Quizá fue esa primera vez donde me escribiste, para consultarme sobre una cuestión de gramática y me preguntaste más sobre la facultad y hablamos de poemas y de cosas lindas. Quizá fue esa otra mañana donde me agradeciste por haberte pasado un número de teléfono de un abogado de confianza, cuando ella te había puesto uno, para dejarte en bolas; y hablamos desde un lugar distinto a todo, hasta ese momento. Quizá fue ahí, en esas primeras charlas allá por octubre, cuando yo te dije por primera vez que hicieras el duelo en paz, que te tomaras todo el tiempo del mundo, que transitaras el dolor, y que no te apuraras a nada, que te enfocaras en vos, en lo que podías cambiar para mejor. Te dije que, pese a lo que opinaran todos, tu duelo era un proceso personal y ese camino te tocaba hacerlo solo; que el día de mañana, la vida, estaba segura, te iba a cruzar con una mujer adecuada para vos, que te explicara y te demostrara que el amor es otra cosa.  Fue en esas charlas donde te dije que no te sintieras presionado, que fueras tranquilo y me explicaste lo que sentías y cada vez fuiste a peldaños más profundos de vos mismo. Y cuando me pediste que esas charlas quedaran entre nosotros, al margen de tu familia y de la mía, así quedaron. Y cuando de una forma deliberada nos acercamos más, todos empezaron a hablar en mi casa, pero otra vez negué todo, atribuí todo al golpe bajo del momento y seguí adelante con mi vida. Es decir, hice lo mismo que ahora, con algunas diferencias.  El antes y el después creo que se dió, despacio, a medida que te fui conociendo mejor, en el peor momento de tu vida. 

Charlando, todo esto empezó a ponerse raro, difícil, demasiado puro, y me asusté. ¿Cómo es que nos podíamos entender tanto, en las cuestiones más profundas? ¿Cómo es que vos me decías que yo siempre te entendía aunque en realidad, lo que yo hacía era sentir como si fuera vos, como si esto pudiera pasarme también a mi?  Y es que, sí, estabas destruido, estabas devastado, y aún en medio de ese dolor, vos eras la persona capaz de conectarme conmigo misma, de hacerme sentir real, de hacerme sentir... esa vieja Veinteava que, pensé, me había abandonado hacía mucho tiempo. Y por eso, más allá de todo, voy a estarte siempre muy agradecida. Me fue fácil y natural entenderte, interpretarte, porque a través de tus valores , de tu forma de entender el mundo, vi mis mismos sufrimientos, mis mismos equívocos, mis mismas dudas, mis mismos miedos. A través de tu presencia, de tu vida, de tu educación, de las cosas que para vos son importantes, ví mi propia búsqueda, vi mi educación, vi mis prioridades. Pensé que era una lástima que no hubiera un Urtubey a mi medida, porque sinceramente, por esos días, me asaltó la certeza de haberte querido conocer antes, aquél anhelo de haber podido conocerte de esa otra manera. 

No sé si alguna vez llegue a decirtelo, pero siempre estuve segura de algo, sin importar el tiempo que lleva y lleve: vos vas a salir adelante de esto, vas a tener una vida distinta, vas a poder sobreponerte al dolor; porque sos una buena persona y una persona con coraje, con un buen espíritu. Pero también vas a tener que verte con cariño, tendrás que cuidarte y respetarte, y quizá partir de ahí, estas cosas, vayan pasando paulatinamente al olvido. Sin confiar en vos, Urtu, no vas poder volver a confiar en nadie y vas a seguir desorientado, buscando quien sabe qué cosas.  Y pese a todo esto, pese a que todos piensen que sos demasiado lento, yo sigo creyendo en vos. De alguna manera vas a ingresar en el camino correcto, en lo que merecés, tarde o temprano y vas a encontrar a una tipa increíble con la cual compartir la vida que no necesariamente tengo que ser yo, claro. Vas a encontrar, es mi deseo más puro, alguien con quien ser tan feliz como me dijiste que soñabas serlo y, de seguro, se va a querer casar si se lo proponés y le explicás que siempre fue un anhelo gigante para vos, con la misma cara que lo contaste en mi casa, lleno de hermosa vergüenza. 

No tengo idea de lo que te deparará el futuro, tampoco, de lo que me depara a mí. Hoy en día, no tengo certezas de nada, voy a tropezones con el mundo y con mis sentimientos. Lo único que sé, por momentos, es que no me explico lo que me pasa, pero me pasa; me pasa y me pesa un montón, francamente, porque sos un tipo buenísimo, porque sos lindo, pero estás en el lugar equivocado y eso lo tengo muy muy presente todo el tiempo.  Lo otro que sé, es que quiero que seas feliz, que sean felices, con tu pequeño que es un dulce de leche repostero y que la próxima persona que esté con vos, sepa verte como sos, sepa apreciarte y pueda hacerte muy feliz.  

Hay días donde pienso que soy una tonta, que no puedo sentir tantas cosas de la nada, y sin embargo, hay otros días donde lo que me pasa es esto que motoriza precisamente una misiva de éstas y me la aguanto. 

Por momentos tengo ganas de llamarte y decirte que vengas a casa, porque tengo ganas de hablar con vos. Por otros momentos, quisiera  invitarte a pasear, que nadie nos moleste, y pasarnos horas y horas hablando de todo, sin cansarme, sin desconfiar, sin miedos y sin necesidad de ser otros, porque cuando hablo con vos,  no siento que tenga que ser otra persona, sino, todo lo contrario, me relajo, confío en vos, creo en vos, no siento que tenga que ser fría, austera, diplomática o ajena. Vos conocés mi historia, sabés de primera mano cada cosa difícil que pasé, conocés a mi familia, conocés mi casa, conocés a mis amigos, conocés que me cuesta confiar en la gente, conocés que no creo demasiado en el amor romántico, conocés que yo nunca tuve experiencias buenas. Y yo no  me siento a la defensiva, no me siento en guardia, porque aún conociendo todo eso, me siento aceptada bajo tus ojos, de alguna forma que todavía no logro saber cuál es. 

 Hay días donde me da miedo todo esto, porque soy realista y temo. Hay días donde no quisiera seguir conteniéndome tanto. Hay días donde siento que estás super lejos de mí, que me ves solo como a una chica joven, buena, pero que para tener al lado tuyo, buscás otra clase de persona . Otros días siento que respetás demasiado a mi padre, y respetás demasiado a mi madre e incluso a mí me respetás demasiado y no querés exponerte a nada más y te entiendo, porque no es fácil. Otros días pienso que la querés a ella, que sos incapaz de mirarme a mí, justamente, en relación a todas las minas que podés encontrar en el mundo. Hay días donde trato de no pensar en vos, me aboco a mis estudios y todo pasa como si tuviera tapados los oídos y la nariz, y le siento gusto raro a las cosas, pero vivo igual. Me decís que soy diferente, que rompí el molde y que no tengo que cambiar y yo trato de no pensar, porque no sé cómo tomarlo y tampoco puedo ni quiero adjudicarte más cosas a vos, que quizá, no tengan respuesta nunca o bien, no sea éste el momento indicado para que las sepa. 

Hay otros días, estos, donde te escribo; donde no especulo más, no pienso, no me reto más, y te escribo. Sé que es dificilísimo todo, y no te juzgo, pero tampoco, tengo ninguna seguridad diferente a la camaradería respecto a vos. Si bien puedo "verte", no quiero poner más fichas en vos de las que te vayas ganando, en caso de que así sea, porque por momentos no entiendo mo me ves, me siento muy confundida y eso no me gusta, me desconcentra, me desordena. Por eso, aunque es incomodo porque todo cambia todo el tiempo, aunque al mismo tiempo, este "ni"  no sea lo que más me guste; es lo más veraz que tengo y con lo que quiero vivir. 

Por momentos, como te dije el otro día, te prestaría mis ojos para que te veas, aún así sé que es algo que te corresponde hacer solo y que no vale sufrir si eso no nos ayuda a reconocer mejor quiénes somos, así que me dejo ir y te dejo ir también a vos. 

Que por una vez la vida nos muestre el camino, aunque sea, en su inicio, ese es mi deseo. Espero que en tu sendero, a medida que lo vayas recorriendo, aparezcan las respuestas que necesitás y todo lo mejor. Espero que, en el mío, suceda exactamente lo mismo. Y espero que, si en una de esas tantísimas vueltas raras, de esas sorpresas extrañas que nos tiene reservada la vida, hay algún recoveco diferente al hoy donde podamos encontrarnos de esa otra manera, nos haga mucho bien a ambos, nos sirva mucho, nos traiga también lo mejor; porque no pretendería menos que eso. 

En el fondo, a nuestra manera, los dos tenemos el infinito anhelo de ser felices. Y realmente quiero con todas mis fuerzas, sin mentir, que de alguna manera u otra donde nos podamos sentir plenos, ese anhelo se nos vuelva realidad, sin condicionamientos, para ambos. Que de la forma en que sea mejor, de la forma en que estén escritas las cosas para nosotros, en caminos separados o juntos, o como sea que estén dispuestos, si algo tiene que cambiar sea solo para bien.



Que lo que tenga que ser, sea, por encima de todo, que sea.


Nada más.






jueves, 27 de abril de 2017

(Des)bloqueo II

I

Por lo general, me considero una persona sensible. No hay demasiadas vueltas al juicio ante mi misma, por bastarían unas pocas demostraciones del hecho: la música puede llegar a emocionarme hasta las lágrimas, la poesía me emociona, los testimonios de la gente que me encuentro por la vida hay veces hasta donde me sacan a flote muchas sensaciones inesperadas, la escritura, los gestos, la naturaleza; etc. Por otra parte, si es que estos no son síntomas de sensibilidad, estudio una carrera universitaria donde, por momentos, es necesario tener más sensibilidad que razón lógico-matemática.  Dedicar mi vida a la Literatura no me interesaría, si, a cambio, no sentiría que me llena tanto en un aspecto que me es difícil conmensurar. Entonces sí, me digo, sí soy una persona sensible, claro que lo soy, insisto, cuando retomo estas cuestiones tan básicas de mi persona.  

Lo que no entiendo, o lo que me está costando mucho entender últimamente, es dónde quedó esa misma sensibilidad, que a veces me nombra, frente al miedo que siento, frente al huracán que parece darse como una escena de fondo, en el centro de mi cuerpo.  No poder hablar del asunto - y no me refiero al miedo, ni a la sensibilidad- hasta hace unos dos meses, no me preocupaba. No poder reconocerme el asunto, hasta hace unas pocas semanas, no me preocupaba. Sentir angustia por el asunto y no entender si realmente era por eso, cuando no podía ser por eso, no me preocupaba. Porque, en definitiva, era muchísimo más fácil suscribir a cosas o a personas o a conductas que me proveyeran de esa carencia de sensibilidad, de esa negación declarada, ante lo que, si bien puede ser evidente para todos, para mí es muy difícil de reconocer.

 ¿Qué es, justamente, lo difícil de la situación? La mera existencia del asunto. Por medio de ella siento lisa y llana angustia. Una clase de angustia no se parece a nada que haya sentido antes, porque, paradójicamente, antes podía verme reflejada en mi propio sentir y podía seguir construyendo mi esencia real, a través del conmoverme y del no juzgarme; en cambio ahora, me cuesta muchísimo ser gentil, entender que no tengo que penalizarme por ver que me pasa algo genuino con alguien, después de tres años, por primera vez. Aunque durante todos estos años conocí muchas personas, especialmente muchos masculinos, ninguno me había desestabilizado de la forma en que, otra persona, a quien conozco desde hace tanto tiempo y quien pasó por encima de todos mis miramientos; sí logró hacer. Esta certeza es con lo cual, en determinados momentos, se me hace angustiante vivir. 

Yo no sé si estoy enamorada, francamente, no lo sé. Este desconocimiento no se basa en la incapacidad de pensarme a mi misma, sino, en la negación. Buscar dentro de mi las respuestas que necesito, en este momento de mi vida, es lo que más miedo me da. Sé que no es coherente este miedo, este terror ante lo inevitable, porque en algún nivel de mi está todo dispuesto para que un buen día me levante llena de certezas, sean las que sean, y tenga que tomar una determinación sobre cómo seguir con mi vida, sobre qué hacer. Y sin embargo mentirosamente, voy dilatando este careo conmigo a través de artilugios. Y sigo pensando que es dudosa la llegada de ese día, donde me levante y sepa que no puedo más, que sea lo que sea que yo sienta, sin importar el destinatario, lo tengo que poder reconocer, aceptar y asumir.  

II 

Yo no sé si estoy enamorada, me digo, como si esa duda fuera una defensa cuando,en realidad, es más bien una excusa. Como conozco bien la diferencia entre una duda y una excusa de mi parte más oscura, considero que para entenderme me conviene empezar... 

III 

No sé cuándo le tuve miedo, por primera vez, al amor, pero lo único que sí sé es que ahora, formalmente, lo esquivo y le temo.  La clave de todo es saber que, si bien nunca la gente me resultó del todo generosa, hubo una diferencia entre lo que fue sentir desconfianza o recelo sobre las intenciones del prójimo a tenerle algo que roza la fobia. Y en esa diferencia, sin ánimo de echar culpas ni perdones en cara, se remonta a la época de Él, la última persona por lo que sentí algo hasta el punto de trasgredir todos mis límites. 

<<¿Cuántas veces me dijo que yo era terrible? >> me pregunto, ahora, mientras escribo. <<¿Cuántas veces me dijo que esto que sentía, que todo lo que yo hacía, era terrible? >> insisto. Las respuestas desaparecen. No tengo modo de contabilizar cuántas veces, sin saberlo, asocie su rechazo, su propio miedo, su incapacidad de expresar sus sentimientos, con este ser terrible que me adjudicó y sin imaginarlo, me creí. 

Cuando lo miraba, enamorada, me miraba y su cara se debatía entre la culpa y el agrado, aunque el dicho era casi siempre el mismo: sos terrible. Cuando le hablaba de mi mundo, de mi familia o de mis cosas y concluía la anécdota con una salida disparatada, Él, solía decirme que era terrible. Cuando le decía que me gustaba, que me gustaba mucho, y que si se quería llamar viejo, entonces era  le decía que era un viejo que me gustaba mucho; Él sacudía la cabeza y me decía que yo era terrible. Pero además cuando lo tocaba, lo acariciaba, lo miraba, lo besaba o intentaba demostrarle aunque sea una migaja de amor, por cualquier medio que se me pudiera ocurrir, Él me decía que yo era terrible.    Y cuando le preguntaba si estaba asustado, si en algo podía ayudar, si tenía ganas de "dejarme", si no quería que nos viéramos más, Él nada más me decía "todo esto es terrible". Y cuando nos reímos porque le hacía burla, gestos, chistes subidos de tono y morisquetas, también yo era terrible.  Todo, por ende, lo bueno y lo malo que pudiera dar, en mi mente, quedó asociado sin remedio a lo terrible. Amándolo o no, lo mío hacia Él, fue el desconcierto, la aberración, lo equivocado. Mi amor fue eso, todo eso que si hubiera llegado al río,del que hablan muchas metáforas, habría sido más lamentable de ver que la propia sangre a la que se hace referencia. Y pese a lo terrible - en todos los sentidos -  nunca me imaginé que el cariño por alguien más, o mejor dicho, el sentir todo eso sin pretenderlo, hubiera quedado también asociado a lo terrible, ahora, desde mi lado del mundo.  Porque no solamente Él asoció, quizá de buen modo, mi amor con lo que excede, con lo terrible, con lo mortal, sino que también yo pensé, inocentemente quizá, que estaba haciendo las cosas mal o demasiado bien, por lo cual, era terrible, sí, era terrible, era mucho, era más de lo que podía soportar el otro, más de lo que podía manejar y en especial más de lo que podía negarse a si mismo. 

IV

Hoy por hoy la sola sospecha de poder querer nuevamente a alguien me desploma. Me siento frente a un abismo, un gran vacío, donde no me estoy tirando ni por decisión ni por placer, sino, más bien, por lo inevitable de la existencia misma. Las lágrimas se me caen, por momentos, y no entiendo qué hago ahora, cómo se arregla esto, qué hago con lo que me pasa. No sé si rifarlo, venderlo, escribir un libro, un blog o, simplemente, dejarlo sepultado adentro mío. No sé siquiera, si alguna vez tendré oportunidad de conversarlo con la misma valentía con la que ahora mismo lo estoy escribiendo.  

Lo único que sé es que primero fueron sueños, muchos sueños, todos los días soñar con el asunto. Más adelante fue un nudo en el estómago, más adelante fue algo de acidez, más adelante fue ansiedad, inquietud, angustia a la altura del pecho. Sé también que en otro plano fueron las malas contestaciones a todo el mundo, el enojo, la profundísima sensación de enojo hacia un algo o un alguien desconocido que sin embargo, entafizaba la violencia, las ganas de discutir sin necesidad, las ganas de molestarme a mi misma, haciendo y haciéndome cosas que, sabía, me iban a dejar en una situación desventajosa por mucho que las deseara o no, por mucho que me satisficieran en un determinado y fugaz momento.  Después de los sueños y de la actitud agresiva, se abrió paso una alergia que me trajo la angustia sorpresiva, la carencia de filtro, el silencio, la incapacidad de lidiar con la gente, el sentirme rara todo el tiempo, muy rara, el alterarme más, por la picazón. 

Y ahora, en estos instantes, es todavía la alergia que no me pasa con nada después de casi diez días; ha sido la charla con mi compañero de facultad, ha sido el dormirme anoche a cualquier hora, y será el decirme <<esto no puede ser>> ...

 Hasta que finalmente llegue el día donde a mi misma me diga <<sí, es >> y no me suba una inmediata angustia y no sienta que me muero, que me desplomo, que me pierdo, que quisiera borrar todo rastro suyo de la faz de la tierra. Es decir, un día donde finalmente sienta amor... de nuevo y no me dé terror el hecho, quedando al margen toda posible especulación de correspondencia. 

martes, 25 de abril de 2017

(Des) bloqueo



<<Para mí no existen las personas totalmente bueno o malas. No me interesa juzgarla a ella, además, no la conozco tanto. En cuanto a vos, por su parte, no me quiero ni siquiera acercar a lastimarte >> le dije, disponiendo el terreno << Lo único que no puedo dejar de decirte que como las macanas son de a dos, y en eso estamos de acuerdo, el amor también es de a dos >> argumenté. << Quizá ella no escribió lo que vos le pediste para guiarte, para ayudarte en lo que tengas que revisar, pero en esto que vos escribiste yo veo mucho más de vos que de tu separación, Urtu. Quizá pensás que todo lo que podés dar está perdido, y suena lógico, pero no es verdad. Porque que intentes hacerte una radiografía a vos mismo, por alguien más, es un gesto muy noble, que pocas personas hacen >> le expliqué. 

Urtubey me dijo que no tenía más nada que ofrecer, sinceramente, que no fuera esto, ante ella. Me dijo que el compromiso, que la fidelidad, que el respeto por la familia, que la unión, para él, iban por encima del vicio ante el dinero, por encima de las ambiciones, por encima de los lujos.

<<¿Y qué otra cosa se puede esperar de una relación sincera? >> le pregunté <<¿Si no es eso el amor, la familia, la dinámica de una pareja sana y feliz, qué otra cosa es, Urtu? No pongas en duda lo que vos sos capaz de dar, porque ella no lo aprecie. Entiendo que sea doloroso para vos, pero no te das una idea de cuánto estás poniendo por los dos, como si tu esfuerzo no valiera nada y tuvieras que convencerla. Es muy fácil juzgar lo que los demás nos pueden dar o no, cuando no estamos poniendo nada, cuando no apostamos nada. No es fácil, a la vez, hacer lo que estás haciendo vos, lo vea quien lo vea. Y hay algo todavía más fácil, echarle la culpa a los demás, especialmente, cuando sabemos que ese otro daría mucho porque todo vuelva a ser como antes y resignaría mucho >> opiné. 

Él me dijo que sí, que él pensaba lo mismo de todo este tema. Me dijo, además, que le daba la sensación de que ella no buscaba lo mismo, que él no le ofrecía lo que ella esperaba y que, bueno, no iba a pasarse toda la vida esperándola, por esa razón, necesitaba salir y encontrarse con personas nuevas, que le dieran un cambio de aire. Acordamos en esto, pese a que yo no puedo estar de acuerdo del todo, si me dejo llevar por mi propio egoísmo estúpido, solventado vaya a saber en qué cosas. Me dijo que la familia era vital para él, que primaba la unión, el compartir cosas con la pareja, el conciliar, el buscar la manera de no enojarse ni desconfiar, el ser demostrativos, el valorar las pequeñas cosas, el apostar al diálogo. Me explicó que su idea no era pedirle al otro que cambie y abandonarlo, sino, todo lo contrario. 

Mientras leía cada una de las cosas que me decía, no puedo ponerle nombre a las cosas que sentía. Era como si con cada palabra me acercaba cada vez más a un abismo y me alejaba más de mi rol de persona objetiva. Era como si la parte más pura, más privada de Urtubey, se me fuera abriendo por capas, frente a mis ojos, y yo no pudiera decirle que era un tipo increíble, ni mucho menos, que su manera de entender el amor es también la mía.  Si acordé con sus palabras es porque comparto realmente la forma de entender las cosas, los valores, las prioridades. Pero mientras él estaba hablándome de las diferencias entre las prioridades en relación a otra persona, me pareció insignificante decirle que yo lo entendía porque veía igual la vida que él, me pareció inútil, pese a que es algo real, porque... ¿a quién le importa, no? 

<< Es que acá no se superan los inteligentes, como vos resaltás en ella, sino que se superan los valientes. No es fácil levantarse todos los días con una mochila, pero la vida es eso: levantarse todos los días y hacer un poco más de fuerza para estar mejor y para hacer felices a quien tengamos al lado, de la mejor forma en que podamos. Uno puede haber sufrido mucho, mucho, Urtu, pero o te escudás en ese dolor toda la vida o todos los días te curás intentando cambiar la historia. Yo no te digo que sea fácil, pero como mínimo, la vida te da una oportunidad por día para hacer las cosas diferente. Y es elegir qué se hace con la vida, todos los días, cuando uno se levanta y se acepta y le pone ganas, por lo menos.  No hay recetas mágicas. Cuesta un huevo sí, cuesta cambiar, cuesta la felicidad, cuesta superar los miedos, cuesta todo, pero vale la pena elegir. Eso es lo que hace diferente a las personas y les confiere valor real, más allá de un trabajo o un título universitario >> le dije. 

Y él me dijo que no entendía, francamente, cómo teniendo muchas cosas para ser felices, no se había concretado eso, que le daba impotencia, por momentos, y que por otros le dolía.

<< Ustedes quizá tenían todo lo material que la gente pasa la vida anhelando, pero sin darse cuenta, no estaba el sustento básico de ambas partes, lo que las personas piensan que también se compra: el amor. No es una estupidez sentir el deseo de no estar en otro lado, el elegir y cuidar a un otro, y es hermoso el sentir que lo elegimos porque así lo queremos y no porque nos están presionando. Yo estoy segura que vos, por lo menos, la hubieras elegido igual, en cualquier situación, y de eso se trata. No hiciste nada mal >> argumenté, a modo de respuesta << Cuando vos querés a alguien de verdad, yo creo, personalmente, que lo demás no importa. No importa la cara que tenga, ni la plata, ni si comés fideos fríos o un pedazo de lomo; no importa si  esperan muertos de  frío un colectivo. Mucho menos importa si es elocuente o no sabe hablar, si tiene un posgrado o si tiene un laburo común. A esa persona la amás igual. Y porque hay amor, hay sustento, aún en lo imperfecto y raro, todo funciona >> consideré. <<Qué se yo, Urtu, yo mucho más no puedo decirte. Quizá la vida pasa por otro lado y todavía uno no se dió cuenta, pero allá los demás, si buscan cosas de cuentos.  Realmente, la vida es otra cosa, siempre es otra cosa... >> concluí. 

Y mientras me  explayaba y él se explayaba, no pude más que seguir agradeciendo a Dios que no me viera porque tenía los ojos llenos de lágrimas que no llegaba ni a comprender ni, menos, a justificar. No sé qué me ponía triste, o qué me angustiaba o qué me movilizaba tanto. Simplemente, se dió así y lo dejé ser, dentro de lo que pude, para mitigar de a poco este bloqueo emocional que empezó a hacerse desbloqueo, de a poco. 

 Urtubey me agradeció por esta la charla antes de irnos a dormir, ese día.

Dijo que yo sabía que él me quería a mí y a todos en mi casa. Me dijo que yo era diferente, que había roto el molde y que no tenía que cambiar.  Le expliqué que no hacía falta que me agradeciera nada, que estaba todo bien. <<Yo lo hago y ya está, no le busquemos motivos y punto >> pensé, como si se lo dijera, aunque me lo callé.

Adorable, mi mejor amigo. Extraño este ser Cacho, el cinco de Defensa y Justicia, ante su mirada.



lunes, 24 de abril de 2017

Bloqueo

- Aunque no no se lo digas nunca a mi viejo o se lo digas mañana, alcanza con que vos seas feliz. Eso es lo que quiere cada persona que te valora. Quiere que estés bien, que sonrías, que no pierdas la esencia. Pero la búsqueda final depende de vos, tanto como los resultados. Y por eso, para mí, es un gesto de valentía que quieras estar bien. Intentá, conocé gente, nadie te va a juzgar por eso. Me parece lo mejor, que te des esta oportunidad, que veas qué te pasa, que te puedas permitirte sentirse deseado por otra mujer, que te des cuenta que mucho de lo que te está pasando ahora son complejos inmerecidos, que te expandas el panorama, nada más, ni nada menos. Por vos, hacelo para vos, nada más... - argumenté, luego de un largo párrafo anterior. 

El destinatario de este y muchos otros mensajes, en la charla de hace unas noches, que duró horas, fue Urtubey. Empezamos hablando de un chiste y terminamos hablando del amor, de la felicidad, del dolor y de la familia. 

No tengo palabras que agregar. Me siento poco clara en todo lo que pueda escribir del asunto, es algo que, por momentos, conlleva demasiado esfuerzo. Por momentos la situación me empuja desde adentro, ese algo que es toda esta situación me empuja desde adentro y otros días, estoy más calma.

Pero la constante en una y es que, frente a eso... estoy bloqueada.  Bloqueada para los rótulos, los nombres, los conceptos, para poner las cartas sobre la mesa, siquiera, ante mi misma.  

viernes, 21 de abril de 2017

El lado oscuro del corazón

El martes iba de camino a la parada del colectivo, cuando me encontré con mi antigua compañera de primaria, o mejor dicho, con mi antiguo asedio del colegio primario. La autora de frases ilustres que, a modo de citas literarias, se quedaron dentro de mí, con su infinita crueldad. Cuando la vi, francamente, no sentí miedo, ni sentí angustia, ni sentí enojo; simplemente... no quería que la situación se dé. Desde los catorce años que no la veía y ahora estoy a dos años de cumplir los veinticuatro, si es que todo se trata de dar un parámetro. Ha pasado mucho tiempo, pero el detalle del paso del tiempo, a veces, parecería que mitiga dolores y otras que confiere a los recuerdos la posibilidad de construirnos una vida, un presente, que sea distinto, o al menos, manejable, pero no por eso más o menos cierto. 

En cuanto me vió, se me quedó mirando, fijamente con algo parecido al asombro. Yo ya la había visto de antes y me sentía, por primera vez, preparada para el ataque. Porque esa fue mi postura, defensiva, desde el minuto cero donde reconocí que la portadora de unas calzas violetas de lycra, era ella, junto con unos auriculares grandes, que le cubrían la base de la cabeza, que le enmarcaban exactamente la misma cara, ahora sin un resquicio de maquillaje, con la que me decía que era una renga de mierda teniendo apenas ocho años, durante un recreo.  Y ahí estaba, devuelta a mis orillas,  en esta parada del colectivo, igual a todas. Y yo, sin poder acordarme si hice algo o si le dije algo, que, de algún modo, hubiera justificado su agresión, es decir, aquellas palabras tan feas. 

 Claro - me dije - le debe dar mucha curiosidad verme después de tanto tiempo.  Pensé, no lo niego, en mirarla, corresponderla con falsa simpatía y saludarla. Pensé en inventarme, ante ella, un presente maravilloso, casi diría que envidiable, donde al menos le hiciera sentirse miserable, querer lo que yo tengo, pensar "qué hija de puta", ya que en esos estratos mentales se maneja. Pensé, de todo, durante esos segundos, minutos, de fatigosa observación, donde su mirada sobre mí, descubría cada uno de los detalles.  Sin embargo, en cuanto lo pensaba, con las ideas a la velocidad de la luz, me dí cuenta de la inutilidad de todo. Al fin y al cabo, ella, sentada, en la parada del colectivo, era la que me miraba a mí y la que lo hacía con una especie de hipnosis. Bastante con todo lo que me estará atribuyendo, en este momento, producto del desconocimiento y la brecha que se afianzó en estos años, me dije.  

Una vez que razoné eso, me sentí fuerte para todo, pero no desde una fuerza pacífica, silenciosa, como siempre, sino desde una fuerza guerrillera. Quería que me vea, ahora, y sepa que no soy mejor a ella, pero que ella tampoco es mejor. Quería que se le ocurriera preguntarme algo, a ver si esta vez era valiente, y dejaba de esconderse en su aspecto de gatito asustado, con el que, sin embargo, destilaba bastante veneno. Quería que me vea, que siguiera dándose cuenta que, con esa cara suya, no se podía reír de mí, no tenía ningún derecho. Por eso guardé la tarjeta magnética en la mochila, saqué un pequeño labial, me pinté los labios con parsimonia y me acomodé el pelo, que  planchado de casualidad, casi llegándome a la cintura, estaba luciendo su mejor día. Todas y cada una de esas acciones fueron hechas, esencialmente, para que sufra, para que sufra de verme tranquila, de verme vestida, entera,,  allí, esperando el colectivo para ir a estudiar, una vez más, pasándome por la nuca todos los "no sé si va a poder... " que me atribuyeron, con o sin maldad, desde los primeros años de mi vida. 

En cuanto me quedé quieta, tuvo la suerte de le viniera el colectivo pero tuvo el pesar de que yo estuviera, entre el colectivo y ella. Se levantó de su estadía en el asiento y, al mismo tiempo, yo me moví. 

La miré y me miró, ocho años después de esos momentos. 
La miré y me miró, tantas cosas después de esos años. 

Me miró digo, pero en realidad, me miró y parpadeó, nerviosamente, mientras yo le sostuve una mirada agresiva y fiera, lista para atacarla, a la primera que me dejara suelta, al margen del decoro y de la fortaleza con la que me estaba conteniendo. 

Ella, sin embargo, me bajó la vista y agachó la cabeza, como si no pudiera resistir ese careo, aunque estoy segura que me reconoció y que entendió perfectamente por qué la miraba como la miraba.  

Sorprendida por el hecho, por el que me baje la cabeza llena de vergüenza e incomodidad la dejé pasar, para que pudiera ascender en el colectivo. 

Es curioso pensar cómo, finalmente, los años ponen cada cosa en su lugar. Es ahora, es hoy, donde los idiotas son los que finalmente terminan agachando la cabeza (no solamente ella, cabe decir) y una puede, por fin, erguirse ante las cosas, con la certeza de estar mejor, de haber podido con la propia historia, cada día, un gramo más. 

Es curioso ver cómo mientras ella se sube, me quedo ahí sentada y cruzada de piernas, mirando pasar por delante de mi cara  ese espectáculo desagradable (para mí, por lo menos) que implicar sentir la total ausencia de empatía frente al destino, desagraciado o no eso no importa, de esta servil muchachita.

Todos tenemos un lado oscuro.




jueves, 20 de abril de 2017

No se culpe a nadie

- Adelante, pasen, por favor - recuerdo que dijo. 

Quedé algo rezagada, producto de impacto inicial, y me acerqué hasta la puerta unos minutos después de la persona a quien acompañaba. Me introduje en aquél espacio que parecía sacado de una revista de arquitectura. Sentí que faltaba algo, es decir, a mi personalmente me faltaba algo que permitía la entrada a los espacios y eso era, naturalmente, dar un beso a la persona en cuestión en la mejilla. Y sin embargo, los modos que estaban en juego, al parecer, se anticipaban como distintos a lo que yo acostumbraba a hacer o a sentir en todos los sentidos. 

- ¿Cómo le va, ***? - le dijo a mi pariente, aquél tipo que, por momentos, deseo no haber conocido nunca. 
- Muy bien, Doctor, muy bien - le respondieron. 

Me miró, ya más de cerca, formalmente interesado en mi cara. Lo que ví, en otro momento de mi vida, supongo, me hubiera delatado también, en mi pudor, pero aquél día hice un esfuerzo para mantenerme calma. Algo en él me dió, no digamos un mal presentimiento, pero sí, la clarividencia exacta de que ingresando allí, algo cambiaba para todos.  

- Hola ¿cómo estás? - me dijo a mí, en modo hombre, un modo hombre tan notorio con el que parecía haberse salido de su cuenca. 

Lo miré, asentí brevemente con la cabeza. El olor a perfume me impactó de lleno, por lo agradable y por lo masivo, al mismo tiempo. Siendo ésto un rasgo que destaco en cualquier persona, lo miré, como si con ello, le dijera "qué lindo olor tenés, Mengano, me encanta eso en la gente".  Y cuando lo miré entendí que el aroma era solamente el principio, porque éste era el tipo más elegante, pulcro y bello, en el sentido más superficial de todos, que conocí en mi vida. 

- Bien - hice un gesto con la mano, que denotaba cortesía - Permiso - murmuré, en cuento dí el primer paso más allá de la entrada a su oficina.  Me hundí en el infierno dantesco de su estudio jurídico, como si no pasara nada, lo cual hasta ese momento era tan cierto como estas palabras, porque no sabía, no tenía idea, la más mínima idea de todo lo que una persona así era capaz de decir, proponer y hacer. Pero, obviamente, desconociéndolo, no solamente me hundí en la oficina sino que además, me senté en una silla. 

No empezó a hablar, hasta que no terminé de sacarme el tapado gris oscuro y lo doblé sobre mi regazo. No había notado la forma en que me miraba, ni tampoco, esa deferencia simbólica. En cuanto me dí cuenta, levanté la cabeza, para corresponderlo y resumir la meticulosidad exagerada con mi abrigo, que me ayudaba a poder en orden las ideas.  Me miró, muy fijamente, con agrado y miró sus papeles. <<¿Qué le pasa que me mira así? ¿Estará mal algo, faltará algún papel? >> me dije yo, desconcertada.  Mal hecho, me digo ahora, muy mal hecho.  La entrevista se desarrolló con pericia, aunque, al mismo tiempo, fue un dialogo prolijo, que sin embargo se dió en más de un nivel. Y, en este sentido, yo no me dí cuenta del hecho hasta que salí de allí y mi acompañante me dijo que todo había estado demasiado raro, que este hombre no solía ser así, que no entendía, o mejor dicho, que ya se imaginaba lo que le había pasado para que se creara un clima tan distinto, en esta entrevista particular, a diferencia de las anteriores, donde había ido a acompañar yo. 

Estando adentro de aquel reducto, la dinámica propuesta era una, es decir, una entrevista. Todo lo demás, quedaba solapado al desconcierto. En medio de aquella bruma quería que me mirara, pero en cuanto caía en la cuenta del entorno, prefería quedarme con las ganas. Él, tiempo después, sin pensar en las consecuencias ni en nada más, me diría que le había pasado lo mismo, que quería que lo mirara pero que no podía soportar mi forma de hacerlo, porque se sentía demasiado evidente.  Y evidente o no,  en aquel instante solamente acomoda papeles que lee con fingida atención, teniendo una carpetita de un color pastel a su costado. Examina el rostro de mi acompañante, surcado por los años, que continúa su relato. 

Él asiente y hace foco como si leyera la hoja, casi a la misma vez que siguen poniéndolo a cuenta de la situación.  Piensa en algo, se le nota, porque el papel no es un escrito, sino, algo mucho más breve. Lo miro, aprovechándome de esa lectura, con un poco más de detenimiento. 

La piel de su frente es lo primero que me llama la atención, por la forma cómoda en que contrasta con su pelo, aunque no llega a ser transparente en su blancura, tampoco es trigueña. Levemente, diríamos que tiene la piel levemente tostada levemente. Es morocho, para variar, suscribiendo a mi inclinación por los de pelo oscuro y no tiene absolutamente un pelo, en ningún lugar de su rostro, a excepción de su caballera, con alguna que otra cana, perdida, cual cañita al aire, que, a mi ver, no son más que otro de los atractivos que observo. Las mejillas están limpias, parecen ser suaves al tacto, y no tienen rastro de ninguna imperfección, ni de un solo corte; pero sí dan la pauta de una afeitada reciente, quizá, de esa misma mañana. Está callado, leyendo, aparentemente tranquilo e inerte a todo mi análisis, por lo cual, lo sigo mirando. La camisa está impecable, salvo por un solo detalle que me muero de ganas de acomodar: una de las solapas de su cuello, está levemente levantada del marco que le deja su cárdigan azul. En cuanto asimilo el detalle del cardigan pienso que no he visto hombres en mi vida a los que esa prenda les quede bien y la sepan llevar con tanta masculinidad. Mofo en mi mente por ello, pensando de dónde salió este conglomerado de elegancia, en su apariencia pero además en sus modos, acompañado, por si algo faltara, de belleza. Hasta el momento, mi observación pasa por el agrado y el desprecio. Oscila entre la pulcritud, que toda mi vida aprecié de la gente, en general, y decanta en aires de lo que yo en mi mundo considero "un señor bien". Parecería que en ellos no puedo apreciar lo que agradezco y admiro en el resto de todos los mortales, como si ascendieran al terreno de las deidades. Me aburro de mi misma y  de mi propia ironía. En esos instantes tengo que reconocer que no le sienta mal, que se lo ve muy cómodo y muy pleno, aunque sí me revuelve un poco el estómago a mí, siendo distinta, pero que peor seria si no pudiera reconocer que aún mismo siendo un asqueroso burgués se anticipa también como un hermoso muñeco de torta.  

Mientras más profundizo en su cara, es peor, porque voy asimilando más detalles de su atractivo. Tiene un bronceado totalmente atemporal, que se nota, no es de cama solar y sin embargo, le sienta tan bien como a mí una buena novela.  La parte de sus ojos, rasgados en la fisonomía de su rostro, destacados por si solos, se roba mi atención durante algunos segundos, en exclusiva, porque parecen dibujados en su cara, perfectamente dibujados, a semejanza de su propio pedido; son verdes, un tipo de verde esmeralda, que los vuelve todavía más exóticos en medio de esa dermis diferente a lo que se puede esperar de un invierno porteño. Lleva anteojos, de moldura sencilla, del mismo color de su suéter abierto, de su cárdigan. <<Qué sentido estético que tiene este hombre >> me digo, con clara ironía, sin poder comerme mis propios juicios. 

Una vez que lo miro a los ojos, pese a la ironía defensiva, tengo que tomarme unos momentos para aflojar con la observación. Buscando la manera de distraerme de su cara, miré a su alrededor un segundito después.  Levantó la cabeza de su lectura, brevemente, me sonrió y volvió a ella. No le dije nada, porque consideré que se tenía que seguir ocupando de sus asuntos, sin fijarse donde yo pusiera mis ojos, escapándome de su belleza, que ya odiaba, a esa altura del partido. Luego de esa sonrisa, sin embargo, encontré la clave en el atractivo de sus ojos: no tenía una mirada fría, despiadada, inhóspita; y eso, siendo quien es, siendo lo que es, era lo peor de todo; realmente, lo peor. Tenía una mirada llena, expresiva, pícara. No había en ella rastro de intrascendencia ante el resto del mundo, no había rastro en ella de resignación o falta de entusiasmo, más bien, lo contrario. 

Llena de hastío, ante esta evidencia, le miro las manos y miro fijamente el papel que tiene entre sus dedos, fingiendo expectación. Las manos son más prolijas, más simétricas, más atractivas, de lo que hubiera esperado. Pasa, con eso último, aunque no quiera, todas mis pruebas a simple vista, al menos, en materia estética. Ya no puedo soportar mirar para la izquierda y que mire, mirar para la derecha y que me mire o mirar para abajo y sentir que estoy bajo su poder. 

Por lo tanto, me decido a mirar el papel, como si pudiera prenderlo fuego. Sin pensarlo, movida por la inquietud, me enderezo y en silencio empiezo a sacarme la bufanda tejida que me regaló mi abuela, sin interrumpir ese análisis silencioso. Mi acompañante se distrae también y busca algo en su bolso; lo sé, claro, porque tengo mi vista periférica detenida en ella desde que entramos, sabiendo que, a fuerza mayor, a mi visión frontal la acapararon otros menesteres. 

Él, en cambio, me observa, o mejor dicho, mira fijamente el recorrido de mi bufanda, pedacito inocente de tela. Yo también lo miro, sabiendo que en cuanto retome la mirada de ese gesto, se va a chocar con mis ojos. El defecto que tiene en la camisa no me deja pensar, en cuanto me percato otra vez de su existencia, pero, entre todo el conjunto, es algo más para mi diversión.

Todo él, sin embargo, es en un sentido la mejor, y en otro, la peor persona que conocí en mi vida. Y mientras lo miro, y mientras lo observo y mientras se deja mirar, yo no me arriesgo a pensar siquiera en qué pasaría o en qué dejaría de pasar, o en qué empezaría a pasar; ahora, es decir, exactamente nueve meses después de haberlo conocido.

domingo, 16 de abril de 2017

Pulmón de repuesto para los solitarios y tristes*

- ¡Vos sos una come-viejos, Veinteava! - me dijo, mi padre, el otro día - ¡Vas por la vida mirándole las billeteras y el porte a esos hombres! - insistió. 

Lo miré, me lo quedé mirando fijo, esperando que se afirmara en el chiste o en el prejuicio, especialmente con eso último. Se rió levemente y lo miré, con acidez. 

- ¿Otra vez con eso? - me quejé. Dejame de joder con el tema, en serio. No me gustan esos chistes, sabés que no soy interesada y sabés cómo veo a la gente... - lo increpé, enseguida. 

Volví la vista a mis poemas, materia de estudio para la Facultad. 

- Sí, es que vos a los tipos, abogaditos en especial, les ves la billetera. Te gustan todos los garcas, Veinteava. Reconocé, vamos - me pinchó. 

Lo miré y, aunque supuse que me estaba cargando, me saqué. 

- Esa perspectiva machista de mierda, que tenés, papá  - sacudí la cabeza - Pensás que una piba lo único que le ve al hombre es la plata y no es así. Si yo fuera de esa clase de personas, no estaría estudiando una carrera, no estaría pretendiendo tener mis cosas, no pondría voluntad. Así que no me cabe el poncho como para ponérmelo... - le advertí. 

Puso cara de aburrimiento, evidente, para que me enojara peor. 

- Hijaaaaaaaa, yo te jooooooodo, hija. ¡Ya sabés lo que pienso! No te calientes - se aflojó - ¡Sabés que te cargo con eso! Si notaría que sos así, ni te hago estos chistes. Te lo digo, justamente, porque sé como sos. 

(...) 

Suspiré. 

- Ella ya va a encontrar a una persona joven y buena - le dijo mi madre a mi padre. 
- Joven, dice - evidencié. 
- Che, no seas mala con ella vos - le respondió mi papá. 
- Bueno, es que es la verdad. ¿Por qué tiene que ser un viejo, no puede ser una persona joven? 
- ¿Para que estés tranquila de que la nena es normal, no? Dale, no me jodas. Ya te quedaste en el tiempo, mami. Asumí que crecimos, que tenemos gustos, y que a mí me gusta más la gente más grande, que mis pares etarios - insistí. 
- Y eso es porque la más chica de las hermanas, la más viva y la más inteligente, busca hombres que tengan buena billetera... - volvió a bromear, mi papá. 
- Andate a cagar, la verdad - le dije, exasperada, con mi poca paciencia - Si tuvieras una hija interesada, valorarías. 

Me calcé los auriculares y seguí estudiando. 

-Cheeeee, te estaba cargando, Veinte - me dijo, entre señas - No te enojes, boluda, no te enojes - insistió, mi padre. 

Lo miré, mal. Obviamente que lo iba a mirar mal. Me pidió perdón, con más señas. El "enojo" me duró poco y nada, pero me encargué de no quedarme con las ganas de decirle una última cosa: 

- Si me vas a seguir gastando, no tengo ánimos. Dejame estudiar - le advertí y le pedí, a la misma vez. 

- Vení a tomar mate, dale - hizo un gesto de risa - No te pongas mal, no te calientes al pedo, ni con tu mamá tampoco - aconsejó. 

Mofé, pero me levanté y preparé el mate en silencio. 

- Vos sabés que está todo bien. Ya sos grande, vas a elegir por vos misma. Uno te jode, pero, si es un viejo, o si es un pibe joven incluso, esa será tu decisión - resaltó.  
- Sí, ya sé. No es con vos, pero ya me tienen harta con este tema - le expliqué. 

Se quedó callado. 

- No entienden que esto que uno puede sentir, realmente, sea amor. Te miran como si estuvieras loca, en especial, cuanto más jovenes son y más te gustaría que te entiendan, por la similitud de gustos, quizá, o de códigos iguales en el lenguaje - argumenté - Y no sucede; la mayoría se te quedan mirando como si estuvieras hablando de compartir la vida con un ogro, no con un tipo o con una mina, un poco más grande - expuse - ¿Te das cuenta? - me quejé. 

- Bueno, hija, pero no te hagas mala sangre. A vos te pasa esto porque entendés la vida de otra forma, porque tenés otros gustos, porque desde siempre te gustaron otras cosas. Si te gustan los viejos y bueno, punto. 

Me quedé callada, todavía con enojo, por una cuestión mucho más de fondo que el chiste, inoportuno, quizá, de mi papá. 

- Y sí, lo único que falta es que me tenga que cagar la vida como tantos que no se reconocen lo que les gusta, sea lo que sea, por las críticas...  - le dije - Me muero, de verdad. 

- Mirá, hija, yo te lo voy a decir sin tanta didáctica - gesticuló - A vos te tiene que chupar todo un huevo. Así de simple ¿estamos? - sintetizó. 

- Yo entiendo sí, que hay muchos casos donde de ningún lado es amor, pero te aseguro que hay veces donde el amor está. Y es como cualquier otro, donde uno se alegra y sufre, y aprende y la pasa bien y comparte; como en cualquier relación.  No porque sea viejo o joven, sino por quién es el otro y listo... - sacudí la cabeza - Y la gente parece que no es capaz de entender el nivel de profundidad y de verdad que puede tener ese vínculo, entendés. 

- Lo tuyo es un razonamiento muy avanzado, hija. Ahí ya te das cuenta, en lo que me estás planteando, el nivel de visión. Vos, y tu amiguita también, tienen una visión amplia de las cosas. Por eso se entienden, porque están en la misma sintonía. Pero andá a explicarle esto a alguno que no sepa nada de la vida, que esté todo el día pelotudeando, sea viejo o joven... - me hizo un gesto, para restarle importancia - A vos, ya te digo, te tiene que chupar un huevo. 

Le pasé un mate. 

- Mirá las cosas que me dice mamá, por ejemplo. Me cansa, te juro. Que no sea viejo, que no sea viejo, que no sea viejo - repetí - Basta. Más de jodan, menos me van a salir las cosas en la vida. 
- Tu madre no te jode, ella piensa así. Vos no le des pelota y listo - respondió - Además, cuando caigas con el viejo acá, se la va a tener que bancar - dijo, muy seguro él, del futuro. 

Lo miré, con sorna. 

- Yo a esta altura, sinceramente te lo digo, no miro ni viejo ni joven. De verdad, no tengo interés en complicarme la vida con nadie ni con nada - le resalté. 

Me tomé un mate. 

Santo remedio para todo, en esta vida, el mate y el dialogo con la gente que amamos y que nos ama de forma incondicional. 


* Julio Cortázar, en Rayuela, define al mate con la frase que titula al post, entre otras. 


viernes, 14 de abril de 2017

Noción de oportunidad V: Reencuentro

En este cuatrimestre, me reencontré con un compañero de facultad, con el que solía llevarme re bien. Fue uno de mis primeros amigos de esa nueva Universidad; nos conocimos en el curso de verano, durante su transcurso, y atravesó un momento de freno con la carrera hasta que lo reconsideró y la retomó.  

Hacía mucho que no hablábamos, cuando lo crucé en la facultad. 

- ¡No puedo creer verte por acá, que liiiiindo! - le dije, en voz baja.  

Lo saludé y le dí algo parecido a un abrazo. 

- Vine, viste. Volví - me dijo. Recordé que es muy tímido, pero es al mismo tiempo, adorable su timidez. La mia se escondió, en el momento de saludarlo, pero después llegó a hacer presencia. 

Me enteré que somos compañeros en una materia. Me puse muy contenta, dicho sea de paso. Habíamos hablado por ultima vez en el verano, me había contado que estaba saliendo con una chica y yo le había contando en lo que andaba, para esas fechas. 

El otro día, luego de tantos meses sin hablar, coincidimos en la calma de las nueve y media de la noche, a la salida de una clase. Nos quedamos un ratito afuera, sentados, en un banquito, a la espera de irnos cada uno por su lado. 

- ¿Cómo estás, tanto tiempo, vos? - me preguntó - Seguís loca, como siempre, me imagino... 

Sonreí. Extrañaba eso de él. 

- Obvio - le expliqué - Sigo tan loca como cuando nos conocimos, sigo tan maldita, también. Pero me encanta que me revises la cartuchera y me robes las fibras ahora - reconocí. 
- ¡Menos mal! Volví, volví. 
- Me gusta que seamos compañeros. Qué bueno que volviste. Te hacía estudiando en otro lado y pensé que no te iba a ver más... 
- Naaah. Al final, me quedé, me voy a quedar. Fue un momento. Ya volví y con otra perspectiva. Me hizo bien pensarlo, lo necesitaba. Estoy motivado otra vez. 

Sonreí. 

- Qué lindo. Me encanta, de verdad, que vengas con esas pilas. Me parece lo mejor haberte tomado ese momento, porque ahora, estás más firme. 

Nos quedamos en silencio. 

- ¿Y vos? 

Me encogí de hombros y miré para otro lado. 

- Todavía acá, subida al barco, remando... Pero bien. 
- ¿Y qué onda, tus cosas? 

Lo miré. 

- ¿Los muertos en el ropero? - nos reímos. 
- Sí, eso. 
- No sé cómo me siento con eso - dudé - Estoy bien, creo - lo miré - En realidad, estoy mucho tiempo acá, con la cabeza acá. Supongo que no le doy el tiempo a lo demás. 
- Mhmmm - asintió. 

Otro silencio. 

- ¿Vos? 
- Bien, también. Muchos... cambios, estos meses. 

Le sonreí. 

- Te veo bien, igual... - dudé. 
- Yo siempre estoy bien - ironizó. 

Leí el terreno. 

- Uno siempre está bien, es cierto - nos reímos, ambos, sin demasiada fuerza. 
- Cansado de triunfar - admitió - Como siempre, todo está perfecto y ordenado - bromeó. 
- Yo ya estoy casi cansada de ser valorada, respetada, tenida en cuenta - admití yo, con la misma ironía. 

Nos reímos, levemente. 

- No estoy saliendo más con esa chica que te conté - lo miré - ¿Te acordás? 
- Sí, me acuerdo. Fue la ultima vez que hablamos esa... 
- Claro - acordó. 

Dudé 

- ¿Y cómo estás, con eso? - intenté ser cauta. 
- Es curioso, pero estoy bien. Pensé que me iba a hacer mierda, pero me siento bien. 
- Qué bueno, *** - me alegré, de corazón. 

Nos quedamos callados. 

- Es curioso ¿sabés? - se dió su instante de silencio - Verse madurar, verse crecer, desde adentro. Creo que no estoy permitiendo que me afecte tanto como antes, cada cosa que pasaba. Y me siento mejor.  
- Claramente que maduraste. Tu perspectiva, todo lo que me decís, ya da cuenta de eso. 
- Sí, creo que sí. Ya te digo, me siento diferente. Pero no me siento mal. 

Sonreí. 

-  Capitalizaste. 
- Sí, creo que aprendí a hacerlo. Uno se da cuenta que madura cuando las cosas no lo joden tanto... 
- Cuando uno aprende a ponerle un freno a su propio dolor y se saca de encima todas las limitaciones, esos otros frenos que se pone, la vida es otra cosa - reflexioné. 
- Y con el tema de esta chica, me propuse que no me afecte tanto. Hace unos meses que todo terminó. Le dije yo que terminemos, de todos modos, pero no me arrepiento de mi decisión. 

Sonreí, otra vez, contenta de verdad por él. 

- Bueno, creo que... - busqué las palabras - si hay algo valioso de todo esto, más allá del resultado, es el intento. Es un re salto, para mí. No cualquiera, en estos tiempos, se entrega al amor, intenta sacar lo bueno. Es muy buena tu postura. 
- Yo por ella sentí cosas que nunca había sentido. Y eso está bueno, me parece que fue lindo experimentarlo - se encogió de hombros - Pero también me parece que así está todo bien. 
- Es muy importante que cierres así las cosas. Te va a hacer bien, creo yo, vivir todo desde el afecto y el buen recuerdo. 

De nuevo, pensamos, en silencio. 

- ¿Y vos? - me miró. 
- Ya te conté la ultima vez que hablamos, de ese tipo que me enteré que iba a ser papá (Divino) - recapitulé - Me sigue llamando, pero nunca más. 
- Muy bien. 
- Al menos para mí, sí. Lo correcto. 
- Y después intenté ver qué tal me iba con un pibe joven - le expliqué, mirando la nada. 
- ¿Un chico joven? ¿Ahora te gustan los pibitos? - bromeó. 

Lo miré y me reí, enseguida. Caí en la cuenta de la denominación. 

- No, no - negué - Tenía 27 - le expliqué. 
- ¡No es un pibe, entonces! 
- Es joven, boludo, cómo que no es un pibe. 
- Bueno, pero es más grande que vos, que tenés veintidós - argumentó - Es un hombre... 

Me reí. 

- Conocés mis parámetros - le dije -  Yo no sé para qué estudiamos Letras, nosotros, si nos son infieles las palabras - nos reímos. 

Me quedé callada. 

- Entonces saliste con ese flaco... - retomó. 
- Sí, salí con ese chabón... - asentí - ¿Es adecuado el término, no? - acordamos. 
- Está muy bien. No denota nada en especial, al respecto. 
- Exacto, no hay rastro de lo etario - bromeé - Te decía: intenté con este pibe, pero salió todo... mal. 
- ¿Si? 
- Si, boludo, me sentí una mierda. Él estaba más entusiasmado que yo y a mi no me pasaba nada. Y lo intenté, lo intenté, porque era re bueno conmigo. Y nada. 

Sacudí la cabeza. 

- Me siento una cagada rechazando a la gente - le expliqué - Si me lo hacen a mi, es otra cosa. 
- No, claro... Uno siempre quiere evitarlo para los demás. 
- ¡Exacto! Yo no quería lastimarlo, ni nada. Prefería que fuera al revés, pero no... 
- Pero, cuando no es la persona, no hay caso. 

Asentí. 

- Sin dudas... 
- Ya vas a encontrar a la persona con la que conectes. No te preocupes, vos - me aconsejó. 

Me encogí de hombros. 

- Sí, igual, todo bien así, eh - le anticipé - Por algo pasan y no pasan las cosas. 


La charla siguió un ratito más. Al final, cada uno se fue a su casa por separado. 

Me gustó mucho haberme podido reencontrar también de esta forma, más humana, con mi antiguo compañero que, por momentos, siento mi amigo.  Me gustó hablar así con él. No abundanlos pocos varones jovenes que me parecen pensantes, sensibles y capaces de ponerse en el lugar de uno, que tiene una forma  de ser diferente, clara, que no se avergüenza de sus sentimientos ni de sus vivencias.  Me encanta que sea mi compañero otra vez, que podamos hablar, desde otro lugar. 

Encontrarlo fue una suerte y volver a coincidir no solamente en los pasillos, es un hallazgo.