sábado, 28 de abril de 2018

Sábado de tormenta

- ¿Hoy a la noche te vas? - me preguntó mi padre. 
- Sí, sí. 

(...) 

- ¿Qué están de moda, últimamente? ¿Los jovenes o los viejos? - me preguntó. 
- Ninguno de los dos. Se me pegan los pendejos, pero tengo la espátula a mano. 
- ¿Y los viejos? 
- Ya ni cuentan - musité. 

Seguí preparando el mate. 

- ¿Y qué vas a hacer? 
- ¿Con qué? 
- Digo, ¿y si no llega tu príncipe azul? Digo, si más adelante querés tener tus hijos, y esas cosas, se te va a pasar el tiempo esperando... Y quizá haya otras personas buenas, no sé, que sean buena madera más allá de que no sean profesionales como vas a ser vos o que no lean tanto como vos - consideró. 
- Nadie lo está esperando... - sonreí - Además, no me importa si no lee como yo. Pasa por otro lado... 
- Pero, no sé, quizá tenés demasiadas pretensiones... - musitó. 

Negué con la cabeza. 

- La única pretensión es entenderme. Y, siempre me pasa lo mismo con eso, yo no me entiendo. Igual, es mi culpa, papá, estoy desajustada. Tengo una cabeza que no se corresponde con la etapa de mi vida, con mi grupo de pertenencia, con los intereses de mi generación. Conozco chicos jovenes, pero les falta esa experiencia... - musité - Y cuando conozco un tipo grande, con el que mi cabeza da saltitos de alegria, con el que me entiendo mucho mejor, está en otra etapa de su vida, le pasan otras cosas... En definitiva, nunca logro encontrarme. 

Me hizo un gesto de asentimiento preciso. 

- Pero... - repensó - ¿A qué te referís con etapa de la vida? 
- Con la etapa de la vida, papá. Yo puedo estar estudiando, formándome, saliendo con mis amigos, pero en otro aspecto mi cabeza es distinta. Lo que pasa es que no encuentro a la persona con la que me entienda y no sienta que nunca nos vamos a encontrar... 

- Lo que tiene el pibe joven es que siempre le va a faltar aquello que el viejo tiene. Un viejo, por más pelotudo que sea, no es un zapato nuevo - meditó - No creo, honestamente, que vos estés con un zapato nuevo. Para mí, necesitás una persona curtida, con zapatillas gastadas - deslizó - Y aunque tu madre diga de los viejos, yo te apoyo, vos ya sabés eso. 

Le puse cara de nada. Francamente, al respecto, todos los preceptos y las cosas que consideraba tener como ciertas, desde hace un tiempo, se fueron desmoronando. Me encuentro en blanco, en un blanco que es silencio y ausencia, desinterés, pero no me animé a decírselo a mi padre. 

- Sí, sí. Todo bien, igual - lo corté, en seco. 
- Te voy a hacer una pregunta y pensá antes de responderme - me advirtió - No me respondas con una boludez, eh. 

Sonreí. 

- A ver, dale - le dije, sentándome. 
- ¿Qué pasa si te encontrás con un hombre que te lleva veinte años, por ejemplo, pero con el que te entendés y te gusta, y vos le gustás, pero te dice que sos demasiado joven, que no puede estar con vos porque sos demasiado joven, porque le da inseguridad, porque no se la banca? - preguntó. 

Se me hizo un nudo en la garganta. Un nudo muy muy muy fuerte en la garganta. 

Negué con la cabeza. 

- Puede pasar, eh. Y más con una piba como vos. Los hombres, en el fondo, son inseguros. Y te puede pasar que te enamores de un tipo que sea inseguro. ¿Qué harías? 
- Nada... 
- ¿Cómo que nada? 
- Ya me pasó, papá - musité. 

Mi papá, el pobre, se quedó atónito. 

- Y me la tuve que bancar - añadí - Porque si le da miedo que sea joven, y que lo deje, y por eso no quiere estar conmigo ¿qué voy a hacer? No puedo envejecer... 

- ¿Cuántos años tenía? ¿Treinta, cuarenta, mi edad? - me preguntó. 
-  Cuarenta en adelante... 
- ¿Y vos le dijiste o él te dijo? 
- Un poco y un poco, aunque yo fui la que puse las cartas sobre la mesa. 
- ¿Histeriquearon? 
- Un poco... Igual, yo soy más concreta. Le dije lo que me estaba pasando sin vueltas, porque no me gusta sentirme así. 

Mi padre se rió. 

- ¿Y él? 
- Al principio, yo era la pendeja, la pendeja, la chica joven con la que nunca le iba a pasar nada. Después, cambió, cuando lo senté a hablar y me hice entender un poco mejor. Ahí, supongo, se asustó. 

- ¿Y? ¿No se dieron la oportunidad? 
- Sí, sí.  Yo quise dársela, por eso se lo dije en su momento. Pero él no se la dió para si mismo, entonces, no sé, más allá de todo, no funcionó. Tienen una cabeza formulada, ya, y se ve que a algunas personas les cuesta mucho asumir o cambiar su manera de pensar. Lo mismo, si están con alguien más joven. 

- Es que, a veces, no es fácil porque ven que sos una piba joven, bella, independiente, y si son inseguros es peor, porque van a pensar todo el tiempo que todos se quieren comer a su pareja... Es difícil para un tipo más grande, pese a la experiencia que tenga, una situación así. 

Le puse cara, es decir, mi cara de decepción formal. 

- ¿Vos me preguntaste que haría? Bueno, es lo que hago ahora, hacer mi vida...  - le confirmé - Más allá de que la otra persona te diga que sos muy joven, y que esté re asustado, si uno le dice que no tenga miedo, que prueben, que estén juntos, y el otro insiste con que sos joven, todo el tiempo... - lo miré, con hartazgo - Qué se yo... 

Fui a buscar un libro que había dejado olvidado para traerlo a la mesa, dando cuenta que no quería hablar más. Disipé el nudo en la garganta. 

- Eso es cagazo... - musitó, en cuanto volví. 
- Sí, ya sé. 
- ¿Y no le dijiste que lo sabías? 
- Sí, claro que le dije, en su momento... Le dije eso y diez millones de cosas más. Lo senté, frente a frente, hablamos claro... Pero más hablábamos y más él se asustaba, porque le era difícil de soportar... - admití -  Yo le puedo decir mil veces que no tenga miedo, que no me tenga miedo, que soy una persona buena, que no lo voy a abandonar, que realmente me interesa;  pero si el tipo tiene miedo, lo va a tener toda la vida. Es así. 
- ¡QUÉ BIEN, QUÉ BUENA DECISIÓN TOMÓ ESE HOMBRE, QUE SE DIÓ CUENTA DE LA REALIDAD! - gritó mi madre, desde lejos, atenta a esa charla bisagra. 

Miré a mi padre, le señalé ese hecho y revoleé los ojos. Se me quedó mirando pensativo. 

- Mirá que eso no es por ser sensato, eh, es ser un tipo cagón... - le dijo a mi madre. 

Volví a mirarlo. 

- ¿No te digo? - musité - Mamá nunca descansa. Siempre tiene un ojo abierto y un ojo cerrado, con éste tópico - bromeé.  

-  Ya vas a encontrar, hija, a  alguien - me dijo, de una manera mucho más compasiva - Fijate en los confites del medio. 
-  No entiendo... 
- Claro... Ni un pendejo con el que no te entiendas ni un viejo que te tenga cagazo. Un punto medio. Quizá un tipo tan grande como el viejo, pero que no te tema. Quizá no sea profesional, quizá no escriba lindo como vos o se coma la "s" cuando dice alguna palabra - ilustró - ¿Y si antes de tener un título tiene un oficio? 

Sonreí. 

- Mientras que yo me entienda, y esté contenta... - sonreí - Tienen que tener un poco más de viveza, en el buen sentido, no esa viveza malintencionada. 
- Este tipo ¿era Licenciado en Letras como vos o algo así? 

Lo miré.  Mi padre sabía, en el fondo más profundo que yo me refería a Él pero, paradójicamente, nunca en cuatro años le había contado éste costado de la historia. Nunca jamas durante tanto tiempo... Necesitaba confirmar. , 

- No, no era. Igual, no quiero darte datos, papá. ¿Vos me preguntaste que haría?  Bueno, te lo contesté. 
- Como padre, no como amigo, te lo digo - me advirtió - si el tipo tiene miedo, salí de ahí Maravilla. 

Me reí y me sonrió. 

- Sí, hace rato... 
-  Y fijate en los confites del medio, capaz, en una de esas... De acá en adelante enfocate en esas cosas, seguramente habrá una persona con la que te entiendas vos y que no te tema.



Lo miré, escéptica.

- Ponele - murmuré. 
- Yo te banco, hija, por eso te digo estas cosas. 
- Ya lo sé. Decile a mamá, adoctrinala. 

Me hizo un gesto, al estilo "no le des bola". 

- Ya vas a encontrar un viejo, vos - dijo, de un modo de nuevo compasivo. 
- ¿Cambiamos de tema, dale? 
- Dame un mate más, dale, que me voy a laburar... 

Le pasé dos o tres mates más. 

Después, le cerré la puerta. 




jueves, 26 de abril de 2018

El chasquido letal

- La cosa es que con él las cosas son así, mamá - la miré, amablemente. 
- Y bueno, Veinte, qué vas a hacer... 
- Y nada, mami ¿qué voy a hacer? 

Sonrió. 

- No me puedo enamorar naturalmente, imaginate a la fuerza - ironicé. 

Me miró, pero no le dió mucha importancia al comentario. 

- No es fácil enamorarse... - me dijo - Cuesta conocer a una persona, no es como ahora se plantea, todo así, así, así - hizo un gesto propio de una secuencia imparable. 

Medité sus palabras. 

- No sé, yo las veces que me enamoré - me quedé callada - bah, la vez que me enamoré... Lejos estuvo de ser algo pensado. Al contrario.  
- ¿Cómo sabés que te enamoraste? - me preguntó, un tanto a la defensiva. 

Sacudí la cabeza, sin poder argumentar con firmeza algo que, sin embargo, había sentido con tanta intensidad. 

- Esas cosas no se saben con certeza, son contrafácticas. Se sienten. 
- Pero ¿y vos cómo sabés que te enamoraste? - insistió. 

El tema no es que yo me haya enamorado una vez, sino, más bien, el tema sigue siendo de quién me enamoré aquélla vez. Eso es lo que mi madre nunca ha aceptado y que, aunque le ponga toda su voluntad, nunca va a poder aceptar de mí. 

- ¿Por qué lo decís? 
- Porque a veces a uno le parece que se enamora, pero después, si se le da estar con la persona, descubre que no es lo que quería. 
- ¿Y eso quita el sentimiento o lo modifica? - le pregunté. 
- Eso no es estar enamorado... 
- ¿Y qué es estar enamorado? - le pregunté. 

Dudó. 

- No sé, así, universalmente... No es que uno se enamora de cualquier persona... 
- Es cierto... Pero ¿quién puede decir lo que es el amor? Imaginate que uno no sabe lo que se siente, que no está seguro si es eso, y vos ya  creés que sabes lo que yo sentí... - dije, mofando.  

Se rió, y me revoleó los ojos. 

- Bueno, pero el amor es una cosa... Vos te das cuenta. 
- El amor es subjetivo, mamá - argumenté, con tenedor en mano - Es como la Justicia, la Verdad, el Miedo. ¿Qué son todas esas cuestiones? ¿Quién las puede catalogar? Van en la vivencia. Y, obviamente, el amor es vivencia. 

(...) 

- Por eso, a veces, pienso que no me puedo fijar en él - consideré, hablando de un chico con mi madre - Sé que no me quiere solamente para tener sexo y listo, lo sé eh, pero inclusive siendo de esa manera... No puedo. 

- Son extrañas las relaciones... - se rió - Igualmente, vos, siempre, tenés algún pretendiente. 
- Para *** están todos, mami - espeté. 
- Sí, eso es cierto. En mi época, por lo menos, uno se conocía un poco más con la persona. O lo conocía de los amigos, de los ámbitos que frecuentaba, en la parada del colectivo... Ahora... 

Asentí con la cabeza. 

- Es distinto, sí. 
- Sí, nada que ver. 
- Pero no por eso implica que uno se tenga que quedar con el primero que encuentre - argumenté - ¿O te pensás que soy tonta? Sé que otra piba quisiera tener a un pibe como él, ahí, viendo siempre qué onda, pero yo siento que le falta profundidad. No es de mi palo, mamá. 
- Pero... - dudó - Hablás como si no te merecieras una persona así. 
- Te estoy diciendo que, aunque le sobren facilidades para su vida, yo no conecto. Sé que es bueno, sé que es de buena familia, sé que tiene un futuro super brillante, que el pibe quiere compartir conmigo sus cosas; pero... - me la quedé mirando - no me gusta como hombre, me gusta como amigo, creo. Es distinto a mí, pero distinto en serio. ¿Y sabés por qué? Porque cuando yo le cuento las veces que me sacrifiqué o me sacrifico por las cosas, o la idea de sacrifico que tengo sobre la vida, siento que él no la entiende. La tuvo fácil, las tiene fácil, en este aspecto. ¿Y cómo logro empatizar con una persona que siento ajena? 

Me escuchó con atención. 

- Pero a vos se te pegan, hija. 
- Sí, son mi karma. 
- Pero, por más que tengan mejores posibilidades que vos, o vengan de familias que estén en una mejor posición que nosotros ¿cuál es el problema? Si te quieren, que te quieran así. No sos menos. 
- Por descontado que no soy menos. Pero, si llego a progresar, quiero que sea a través de mi identidad. Éso es lo que yo no quiero perder, por nadie, ni por nada. Y mi identidad es el sacrificio por todo lo que quiero, el romperse el alma para todo. Por eso, cuando a mí me cuentan otras realidades, muchas veces, y yo les cuento cosas que para nosotros son normales, éste pibe por ejemplo, me dice "ay, qué linda sos". ¿Y qué hago yo con ser linda, eh? Le estoy hablando de algo mucho más profundo y no lo vé y éso a largo plazo es el que no entienda todo lo que para mí significa progresar dignamente.. - argumenté, con firmeza - Porque ¿cómo le explico a un pibe que me dice "viajar a Europa va más allá de la guita para mí", que ir a ése mismo lugar para mí es lo más groso del mundo en el que yo vivo? ¿No entendés? Los parámetros son otros. 

- Ummm - dijo, mi madre, atenta. 

Chasqué los dedos, sucesivamente.

- Ésto le falta, mamá, ésto - seguí con mi chasquido de dedos - Y eso no te lo dan las propiedades de tu papá, ni el título de Abogado, ni la facultad y tus súper amigos los Doctorcitos ni una mierda - me quejé. 

- Pero, ¿qué tiene de malo? El día de mañana, a vos también te pueden llamar Licenciada. 
- Pero yo antes voy a ser siempre Veinteava y me va a dar verguenza ajena que me llamen así, porque todos sabemos que es una cuestión idiota, que todo es normativa social... Una cuestión de status que no dá esto - volví a hacerle sucesivos chasquidos. 

- Sos terrible... Son como tu papá, ustedes, - dijo en referencia a mis hermanas y a mí. 
- Sí, tenemos carácter. Pero ustedes nos han criado así, dispuestas a hacerles frente a las cosas. Por eso, al lado mío, necesito a una persona de carácter... Y me choca que mientras yo tengo una forma de pensar más acentuada a los veintitrés años, él, casi a los treinta, me hable de dibujitos.... ¿Qué, me está cargando? 
- Y... pero ¿qué tiene de malo? 
- Que los dibujitos tienen la vida resulta por los guionistas. Nosotros dos, no. 

Se rió. 

- Bueno, pero vos hablás de libros. 
- Pero yo no hablo con un tipo en una cita de la Cenicienta o los Tres Chanchitos. No se me ocurre hablar con un tipo, para seducirlo, llegado el caso, de cuántos enanos acompañaban a Blancanieves.  ¡ÉL ME CUENTA DE SUPERHÉROES TODO EL TIEMPO! Yo lo banco un ratito, pero me cuenta todo el tiempo y te juro que no entiendo nada, y le pongo onda, pero no me importa en el fondo... ¿No le gusta algo más acorde a su edad? 

Se rió. 

- Bueno, pero mirá Urtubey... es igual. 
- ¡Y sí, es igual, también le falta ésto! - le dije, haciendo el chasquido. 
- Y sí, eso sí... 
-  No es que yo soy jodida. No pido un intelectual. Me gustaría una persona con el que las cosas fluyan mejor. ¿Te acordás lo que hizo Martín por ***? - le pregunté, mencionando a mi cuñado y a mi hermana. 

Mi madre lo pensó un momento. 

- ¿Cuándo? 
- Con lo del examen... 
- ¿Qué examen? 
- Ellos recién estaban empezando, los primeros meses desde que salían. *** había salido llorando de un recuperatorio, al pasillo, porque la habían humillado en la mesa de examen. ¿Y qué hizo Martín? 

Se rió. 

- El tipo agarró, la frenó en ese momento de bajón para ella, y le dijo "vos te vas a sonar la nariz y vas a volver a entrar al repechaje, porque vos estudiaste. Dale, después llorás, ahora vas a ir ahí y vas a aprobar" - le relaté - Y *** fue, y encima, aprobó. ¿Te das cuenta? Es una cuestión de tener al lado a una persona que tenga su carácter, que uno no tenga que andar despertando todo el tiempo... Una persona que te ayude cuando vos estás más vulnerable pero que, también, te haga pensar, te ayude a cuestionarte y te permita acercarte y ayudarlo sin sentir que te tenés que convertir en una segunda mamá...  - le confesé - *** no tenía carácter a la vista, y sin embargo, con Martín, eso lo sacó adelante y ahora nadie la pasa por encima... Pero no se hubieran entendido si no hubiera sido de otra manera, si uno hubiera tenido que andar despertando al otro siempre - acordé. 

Mi madre hizo cara, meditando al respecto. 

- Así que, el día donde yo encuentre una persona con la que pueda pensar conjuntamente, con la que me sienta al mismo nivel, con la que me entienda... - suspiré - ¿Sabés qué? - me reí, imaginándolo - Nos vamos a sacar chispas, pero me va a encantar que tenga un criterio sólido para hacerme frente y que yo pueda cuestionarlo, y que me cuestione, y que aprendamos uno del otro y que tenga ésto - chasqué los dedos, varias veces. 













miércoles, 25 de abril de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: "Pero yo sé que sólo hay miedo tras tu huida"

Había quedado en pasar por mi casa para llevarme un regalo y yo, crédula jovencita de entonces, lo había esperado. Incluso, había dejado de hacer cosas considerando que quería estar presente cuando, antes de ir para su casa, pasara por la mía. ¿Cuándo iba a ser? ¿Durante la semana, a eso de las ocho de la noche? ¿Cuándo iba a ser? ¿Durante el fin de semana? 

- ¿Cuándo vas a estar en tu casa? - me había preguntado. 

Yo lo había mirado extrañada. 

- Suelo estar - musité - ¿Por? 
- Porque voy a pasar a dejarte algo... - dijo, solamente. 

Lo miré, de nuevo, extrañada. 

- ¿Algo como qué, si se puede saber? - le pregunté, sin entender muy bien del todo el punto. 

El bajó la cabeza, muy serio. 

- Un regalo. Te lo prometí - me recordó. 

Negué con la cabeza. 

- No, dejame de hinchar - lo frené. 
- Cumpliste los años, te tengo que hacer un regalo... 
- No, no necesariamente... - musité - En serio, por mí pasá por casa cuando quieras, pero no quiero que pases para dejarme un regalo... 
Sonrió. 

- Pero si ya sabés lo que te voy a regalar... ¿Por qué no querés? 
- Porque no, no quiero... 
- ¿Te da vergüenza? 
- Sí, ademas, no lo veo necesario. 
- Pero yo te quiero regalar algo... ¡No me vas a frenar! 
- Pasá a verme por mi casa, sin bolsas - le advertí.  
- Bueno, el finde paso... ¿estarás?
- Si pasás, avisame y me quedo - reconvine. 
- Pero ¿vas a estar vos? 
- Si vos me decís que vas a venir, me quedo a recibirte ¿cómo me voy a ir? - me reí. 

Me miró, indeciso. 

- Te llamo - prometió. 

Y yo, días después, todavía seguía pensando en su promesa.  ¿Cuándo iría a venir? No quería preguntarlo, pero poco a poco, iba perdiendo la esperanza. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué prometía cosas que luego no iba a cumplir? ¿Qué tenía de malo que un amigo mío, tuviese él la edad que tuviese, me tocara el timbre y me dejara un regalo? Si había venido a mi cumpleaños, conocido a toda mi familia, a mis amigos y hablado con mis padres ¿cuál era el problema? Más allá de que me correspondiera a o no, todavía por esos momentos, yo podía sentir que al menos contaba con su amistad y, precisamente desde ese lugar, no entendía por qué se ponía todo tan difícil. 

A medida que fueron pasando los días, descarté la idea de que viniera. Me decepcioné lo bastante y me frustré, pero no dejé que eso se trasluciera, la siguiente vez que lo ví. Ni siquiera le toqué el tema. 

- Che - se acercó, dudoso - Perdoname, no pude pasar a verte el fin de semana. 
- No hay problema - le dije, solamente. 
- Estuve... con cosas - me explicó. 
- No pasa nada. Yo te dije que no quería que vinieras - ironicé.
- Iba a ir, pero... - suspiró y noté, extrañada, cómo se ponía algo inquieto. 

Me lo quedé mirando, a la espera. 

- ¿Cuándo puedo pasar? - reconvino. 
- Cuando quieras, no sé, no somos malas personas por mi calle. Me avisás, y pasás. Si no estoy, en mi casa, no te van a echar. Te recibirán el paquete - le expliqué. 

Asintió con la cabeza. 

- Igual, voy a pasar cuando estés... 
- Entonces avisame antes de salir - le dije, modificando la estrategia - Para ver si estoy. 
- Bueno - dijo solamente - Lo tengo en casa, ahí, hace un montón, en la bolsa. Lo miro y me acuerdo de vos - argumentó - Digo "ay, la puta madre, se lo tengo que llevar". 

Lo miré, con cierta indiferencia. 

- Como quieras, no pasa nada - le recordé. 
- En serio, te lo voy a dar... 
- No hay problema - repetí. 

Cuando pasaron un par de días, y ya no había vuelto a pasar por casa ni nos habíamos vuelto a ver, mi enojo con aires indiferentes se había convertido en tristeza. En el fondo, su regalo, no importaba; me asombraba su poca solidez en la palabra, el hecho de incumplir dos veces una misma promesa.  Había algo extraño en su comportamiento y no terminaba de entender qué era. No comprendía si la que estaba haciendo algo mal era yo, si esas cosas eran normales entre los amigos o si su vacilación reflejaba cuestionamientos más hondos; porque superficialmente, lo único que quedaba a la vista, era que me estaba fallando y que volvía a sacar el tema para continuar haciéndolo.  

El martes siguiente,  lluvioso, mis compañeros habían organizado una cena. Me había juntado a tomar una cerveza con una amiga antes, había pasado por mi casa para cambiarme y, paradójicamente, acababa de cruzarme en el mismo local de comidas a mi profesor de la antigua universidad, que me miraba y me saludaba, inusualmente. Entré, con una minifalda negra y unas sandalias que había dudado mucho en usar. Dándome cuenta de que Él no estaba allí, me senté con el resto de mis compañeros y esperé a que se largase a llover, aún mismo eso complicase la vuelta a casa, porque necesitaba que algo bueno aminorase la tristeza. 

¿Qué pasaba? Yo intuía, sabía que ocurría algo raro en su comportamiento, pero... ¿Qué le estaba pasando? 

A las cenas, siempre llegaba muy temprano. 
A las casas ajenas, del resto de mis compañeros, no dudaba dos segundos en ir. 
¿Por qué era diferente conmigo? ¿Por qué me juzgaba, al ser joven? 

II 

Sentada de espaldas a la puerta, de repente, se hizo un hondo silencio. Cuando me di vuelta para averiguar qué estaba ocurriendo, lo encontré a mi lado, con un paquete en la mano. En silencio, con una visible tensión, me lo tendió frente a todos. Los demás, se lo quedaron mirando, dando cuenta de que el detalle denotaba una consideración distinta sobre mi persona. Él, pese a ir a los cumpleaños de todos, no se ocupaba de comprarle regalos a nadie y, por lo general, tampoco tenía cara de tragedia griega al entregárselos. 

- Es para vos  - dijo - Te lo traje. 

Lo miré y agarré la bolsa. 

Era de una famosísima librería de Capital Federal, y de adentro, se sentía el olor a libro nuevo. 

- Gracias, no hacía falta - musité. 

Mis compañeros, todavía, en silencio. 

- Es de todos - dijo, mintiéndome, cubriéndose innecesariamente. 

Me dí cuenta que, definitivamente, las cosas se estaban tornando muy extrañas. 

- Bueno, sí, está bien, igual gracias - resumí, solamente mirándolo a Él. 

Unos días después de ese suceso, reunidos en el jardín de la casa de uno de mis compañeros, pensé qué diferencia había entre esa situación y la idea de que llegara a la mía. ¿Por qué no lo hacía, ahora, si unos meses antes había pasado sin decirme nada a dejarme otra novela y no lo habían ametrallado? ¿Qué había cambiado en su consideración, durante todos esos meses? 

- Qué porquería esto - se quejó, estando sentado a mi lado.  Miraba su teléfono, moderno para ese entonces, y se estaba peleando con la aplicación del clima y un pequeño widget que necesitaba poner en la pantalla principal.  Levanté la vista, considerando que lo estaba mirando sentada en el paso, pero preferí no decirle nada - ¿Podés creer que no se mueve? - se quejó, de nuevo, con algo de humor. 

Lo miré de nuevo y le tendí la mano. No planeaba acercarme a su lado. 

- ¿Querés que me fije? - le pregunté. 
- No, está bien, no te hagas problema... - dijo - Es que no se entiende, no sé, ya me fijé un montón de veces. 

Me encogí de hombros. 

- Bueno, andá a configuración y fijate si tiene accesos directos o otras maneras de llevarlo al inicio - le dije. 

Me miró, como si le estuviera hablando en chino. Sonriendo, estiró su mano y me dió su teléfono celular, servido en bandeja. 

- Explicarme a ver cómo se hace, si podés vencerlo - musitó, todavía manteniendo el humor. 
- Vamos a ver - le dije, sin mandarme la parte. 

Y mientras rebuscaba la manera de anclar ese dichoso dibujito de la nube en la pantalla principal de su teléfono, me crucé con un calendario. Y en dicho calendario, me llamó la atención el único nombre femenino de esa lista: Julia. 

¿Y quién corno era ésa Julia? ¿De dónde había salido, quién la conocía? ¿Sería finalmente el nombre de quien lo mantenía ocupado o era momento de pedirle cita al señor, a ver si se hacía unos quince minutos para pasar a verme por mi casa? De pronto, se me hizo un nudo en la garganta y, levanté la vista, desanimada. 

- No sé, no puedo - le dije, tendiéndole el aparatejo. 

Noté que estábamos solos en el patio, porque el resto de los participantes de la reunión se habían dividido entre ir al almacén y poner el agua para el mate. Eso, lejos de parecerme algo positivo, me angustió. ¿Cómo iba a disimular los celos, la incertidumbre, el enojo y la tristeza de saber que, efectivamente, podía estar saliendo con otra mujer y yo había sido incapaz de notarlo? 

- ¿No podés? - me miró, extrañado. 
- No, no puedo - le dije, y me lo quedé mirando, pensativa. 

Siguió intentándolo, con la misma naturalidad de los cinco minutos antecedentes, y me miré las manos. 

- Me parece que no estás tan canchera con la tecnología, eh - me toreó. 

Lo miré retornando al mundo real, posible, lejano a mis cavilaciones. ¿Quién era Julia, por qué era tan importante en su vida como para incluirla en un calendario, por qué tenía tiempo para ella y para mí, no? Seguramente de mí pretendía esconderse, y de ella, por su parte, acordarse sin falta. 

- Es raro ese teléfono - observé. 
- O vos no estás canchera - se rió, acercándose un poco, aún estando sentado en la silla y yo mirándolo todavía desde el suelo. 

Me acerqué, dejando a un lado la rabia por un momento y le indiqué: 

- Tenés que hacer ésto, ésto y ésto, para mí - tocando la pantalla de su celular, volví a llevarme puesto el nombre. 

Cuando levanté la cabeza, me estaba mirando. 

- Lo hago y no funciona. Seguramente, no sabés tanto - sonrió. 
- No, no debo saber... 
- No te la compliques. Las cosas, a veces, son más fáciles de lo que parecen... - admitió. 

Cuando volví a mirarlo, me pareció que ya no estábamos hablando de su celular. 

- Pensé que si lo intentaba un par de veces, iba a andar... Pero no, no debo saber cómo se usan del todo estos celulares nuevos... - dije. 
- Por eso, no te la compliques... - insistió - Lo dejamos así, y yastá. 
- Sí, hay que dejarlo así, y  yastá - consideré. 

III 

Con mi cámara en mano, andaba sacando fotos durante esa tarde, tal y como me habían pedido. 

- A ver, *** - le dije, suavemente - ponete que te saco una foto. 
- No, no quiero - dijo, de mala gana. 
- Es una foto nada más... 
- No me gustan las fotos...
- ¡Dale, boludo, nos sacó fotos a todos! - le gritó, de lejos, uno de los nuestros. 

¿Todo lo que yo hacía le molestaba? 

- Bueno, como quieras - musité. 
- Sacame, dale. 

Se acomodó, serio. 
Le tomé la foto. 

- ¿Y? 
- Saliste muy serio... 
- No me gusta que me saquen fotos... - dijo. 
- No te saco más - le avisé. 

Se me quedó mirando, a lo lejos, mientras le sacaba fotos al resto de mis compañeros. Ninguno había tenido semejante problemas con algo tan simple. Y, un rato después, mientras estaba sentaba en una silla y seguía ayudando con ciertas labores a mis compañeros, Él vino a sentarse a mi lado. 

- ¿Tomás mate?
- No - dije. 
- Ah, bueno... - bajó la vista. 

Lo miré, de reojo. 

- ¿Querés tomar? 
- Si vos tomás... 
- Yo no quería tomar sola, por eso. 
- Bueno, dale, yo te acompaño - me alentó. 

Le cebé algunos mates y conversamos brevemente. 

- ¿Te asustaste el otro día, cuando te robaron? ¿Dónde fue? ¿Qué estabas haciendo en el Centro? 
- Sí, la pasé mal, porque me quedé sin un peso. Estaba almorzando con mi mejor amiga. Habíamos ido a hacer trámites. 

Puso cara de amargura. 

- Qué hijos de puta... ¿Te hicieron algo más? 

Negué con la cabeza. 

- No, por suerte, no. 
- Y... - dudó - ¿en qué zona fue? 
- Pleno Microcentro, cerca de ****. 
- Ah, yo estoy muy cerca, muy cerca de ahí - comentó. 

Me pregunté qué sentido tenía su comentario, a quién le importaba. 

- Che, ustedes dos, no están haciendo nada, se la pasan hablando - saltó, recriminándoselo a Él en especial, el molestísimo Pedro. 
- Estaba hablando con ella, boludo, no ves que la asaltaron el otro día - argumentó, Él. 

Pedro me miró. 

- ¿Qué te paso? 
- Me asaltaron en el Centro. Me dejaron sin un peso.  
- Uh, qué cagada... ¿Pero todo bien, no? - dijo Pedro. 

Asentí con la cabeza, dando por terminada la intervención. 

Él, a todo esto, siguió pintando, es decir, haciendo lo que correspondía. La intervención del Paladín de la Justicia había tenido efecto. A los pocos minutos, sin embargo, levantó la cabeza: 

- ¿Me vas a convidar un mate? 
- Pensé que estabas pintando - le cebé uno y se lo pasé. 

Lo tomó, con total naturalidad. Pensé que era lindo, con esa cara de criatura inocente, chupando mate. 

- ¿Tenés que ir a la facultad por ahí? - me preguntó, como si hubiera seguido trajinando en su mente. 

Negué con la cabeza, sin sospechar el vuelto que estaban por dar los planes que parecían tan seguros a nivel académico. 

- Pedí otra sede para terminar el Ciclo Básico y ninguna es por Microcentro.  Me la tienen que conceder una o la otra - le expliqué, sin decirle cuáles eran. 

- Ummm - asintió de nuevo con la cabeza, pensativo - Gracias por el mate - sonrió.

 Permanecí callada, permanecí mirándolo. 

¿Quién era Julia? 

IV

*varios meses después

- Voy a presentarte a una amiga de toda la vida - dijo - Ella es Julia - la saludé, sin poder evitarlo, con el desagrado atrasado - Te presento a Veinte - le indicó. 

Nos miró, intermitentemente. 

- ¿Vos sos amiga del Negrito? - me preguntó, en seguida, la señora de las cuatro décadas. 

Mofé. 

- Compañera, amiga, sí, no sé...  - resalté. 
- Qué jovencita que sos, mi amor... 

De mal, pasó a caerme peor. 

- Gracias - ironicé. 
- Si yo tuviera tu edad, sabés qué... Sos muy linda. Tenés que aprovechar la juventud, linda, tenés que aprovecharla. ¿No te aburrís acá, con ellos? 

De peor, pasó a caerme mega-mal. 

- No, la verdad que no - evidencié. 
- Yo hace muchos años que lo conozco al Negrito. Me dijo de venir, aunque no conozco a nadie más en todo el cumpleaños. 

Le hice un gesto de despreocupación. 

- ¿Vos conocés al cumpleañero? - me preguntó. 

Asentí con la cabeza. 

- Qué divina, tan joven, en un cumpleaños de todos viejos... - se carcajeó. Yo la miré, pensé que era lo bastante idiota y me quedé callada. En cuanto pude, me levanté y me acerqué a la mesa, para servirme un trago. 

Vino el cumpleañero en cuestión, bastante tira tiros.

- ¿Qué viene a buscar, jovencita? - me miró, con perspicacia. 

Él nos miró, orbitando la conversación. 

- Bebida, jovencito - lo toreé. 
- ¿Qué te preparo? - me sonrió - ¿Cerveza, Campari, vino? Elegí, mirá, hay muchas opciones... 

Dudé. 

- Cerveza... 
- ¿Segura, eso? 
- Sí, si - lo miré, mientras me servía - Gracias, joven - me atajé. 
- De nada, belleza, que lo disfrutes - musitó.  

Él se acercó, a interrumpir la charla. 

- ¿Qué estás tomando? - me preguntó. 
- Cerveza - le señalé. 
- Dejá de tomar - suspiró - Todo el día tomando, todo el día tomando - parodió. 

Julia, la dichosa, también se sumó al cuarteto. 

- No inventes...  dije y ella me interrumpió. 
- ¡Negrito, me vas a buscar un trago! - le pidió, en un gesto suplicante. 
- Sos rompe, eh - se carcajeó, pero fue, el muy pollerudo, fue. 

Lo miré, intermitentemente, alejarse. Pensé que no en vano ya desde el primer momento ese nombre me había despertado los celos. 

- ¿Y vos, nena, qué estás tomando? 
- Una birra - le expliqué, por tercera vez. 
- ¿Qué hay en la barra? 
- Andá, porque es variado - le indiqué. 

Andá, sí, andá y tirate detrás de las botellas, ridícula, recuerdo que pensé. 

Los mire, en perspectiva, trajinando. Él no parecía estar en otra actitud, pero en ella, había un apego y una cercanía que no me gustaban para nada. 

Me alejé, dándome por vencida, hacia una hamaca paraguaya. 

Vino a sentarse al rato, cerca. 

- Levantate de ahí, borracha - la empezó. 
- No empecemos... - dije. 
- ¿Te sentís mal? 
- No, estoy bien... 
- Tomaste mucho... 
- No, no - insistí. 

Recostada en la hamaca, lo miré, de refilón. No me sacaba los ojos de encima, aún mismo, estuviese Julia ahí. ¿Y si realmente era su amiga, si Él la veía como la amiga de su infancia? 

(...) 

- Vos sos un mentiroso. Decís una cosa y hacés otra - argumenté, en relación a otro tema. 
- No te miento - me dijo. 

Yo seguí recostada con cierta indiferencia. 

- Te voy a dar vuelta la hamaca... - me amenazó. 
- Y yo, te voy a bajar lo dientes - le dije, y se rió. 

Julia nos miró de reojo, bebiendo, desde atrás. 
Él extendió la mano, pero no llegó a tocarme. 

Unos minutos después, lo explicitó. 

- Dame la mano. 
- No, salí de acá. 
- Encima de borracha, mala. 
- Nunca me lees, cobarde. 
- Siempre te leo. 
- No me mientas, te da miedo leerme, te doy miedo - le dije. 

Se rió, más relajado, gracias al alcohol. 

- No, no me das miedo. Siempre te leo. A la noche, cuando no me puedo dormir. En serio. Sé todo lo que dice en esa página. 

Mofé. 

- A vos mi escritura te da miedo... - dije. 
- Dame la mano, guacha - musitó. 

Se la extendí. 

- Sos vaga, todo el día acostada ahí - me sonrió, sosteniéndome la palma. 
- Sos San Cayetano, vos, dale... - mofé. 

(...) 

- Negro, negro, vení acá - lo llamó, como una nenita - ¿no tenés a nadie para presentarme? 
- ¿Cómo te voy a presentar, yo? 
- No sé, vos sabés... 
- No sé, fijate vos... - le dijo, relajado. 

Yo la miré y bebí, sin decir nada. 
Él lo notó. 

- Yo quiero a un hombre que me quiera, Negro, dale, vos sabés... 
- No, no sé, boluda - le dijo. 

Ya a esa altura yo le quería conseguir un burro, para montarla encima, y mandarla derechito al Desierto. De seguro allí, si todavía quedaba alguien, tendría mucho amor para darle. 

- No es que pretendo nada serio, pero me gustaría tener un hijo. Después, si al tipo no lo veo más, no importa... - arguyó. 

¿Qué más serio que una criaturita? 

- Salí, eh, a mí no me mires - le dijo, Él. 

Ella se rió. 

- Tarado... - le contestó - Vos, nena, buscate a un tipo que te trate bien, que te quiera, haceme caso...  - dijo. 

" El tipo que te estás intentando levantar, atrevida, es el tipo con el que tengo la duda " pensé. 

Él me miró. Le devolví la mirada con ciertos aires de desconcierto. Realmente, me costaba entender que fuera tan ridícula. 

- No creo que se trate de buscar - le contesté. 
- Vos, Negro, igual - le dijo a Él  - ponete las pilas. 
- Dejame de joder, boluda, qué te pasa. Andá por otro lado a buscar... 

Me miró. Terminé mi vaso de bebida y fui a dejarlo sobre la barra montada en el hermoso jardín trasero de mi vecino. 

- Vieja de mierda - murmuré. 

(...) 

- Che, yo me voy - me dijo - ¿Vamos? 
- No, está bien. 
- Vení un cachito - reconvino. 

Nos alejamos, en una esquina del patio. 

- La está pasando mal. Acaba de separarse. Me mandó un mail, re deprimida, y pensé que le iba a hacer bien venir a la fiesta. No sé qué le pasa... 

Lo miré, sin entender de dónde venían las explicaciones. 

- Qué lastima...  - argumenté, secamente. 

Se rió. 

- No seas hija de puta... 
- ¿Por? 
- Porque lo decís con una cara... 
- Guarda que a vos te van a encajar un pibito, eh...  - le advertí. 
- No, estás loca vos... 
- Cuidate, por favor, cui-da-te... Lo único que te falta, si no. 
- Shhhh, vos cuidate, vos...  - bromeó - Dale, vamos, vamos -  me fui llevando hacia la entrada - Las llevo a ella, también, no la puedo dejar sola. Está en pedo, la boluda. 

Me encogí de hombros. 

- Yo me voy sola, mejor... No me dá ir - me acerqué a darle un beso. 
- No, vos te venís conmigo. 
- ¿Y con la ebria...? - ironicé. 

Se rió, sin poder contenerse. 

- Por hija de puta, ahora, me vas a dejar que te lleve. Dale, sé buena... Ya te expliqué, dale, la está pasando mal... 
- Y yo entiendo eso. No tenés obligación de alcanzarme a mí, enfocate en ella. ¿La está pasando mal, no? Bueno, quizá necesitan hablar entre ustedes - le dije, poniéndome más empática.

Sonrió.

- Pero no, vos vení... Dame una mano, dale, que sólo es una cagada... 
- ¿De qué te quejás, si es tu amiga? ¡No seas mal amigo!
- No soy mal amigo, pero veni, dale. 

Revoleé los ojos.  Me subí al auto de mala gana, con la ebria. Durante aquéllas cuadras que se me hicieron eternas, no emití sonidos. Así, cuando llegué a mi casa, bajé del auto, y pasé por al lado de Él. 

- Chau a ambos - les dije, de lejos, apunto de empezar a caminar, hacia la puerta.

Él sacó un brazo por por la ventana.

- ¡Para, pará, veniii! - dijo, sin poder evitarlo. 
- Chau, Julia, nos vemos - seguí, sin darle pelota.
- ¡Chau hermosa, y haceme caso, buscate a un hombre bueno, aprovechá que sos hermosa y joven! - la siguió.

Además de pesada, parecía anhelar un poquito la idea de la juventud. Yo no le di importancia y seguí caminando, hasta dar la vuelta.

- Pará, saludame, dame un beso, vení - insistió, Él. 

Y ese gesto, desbocado, me sorprendió para mejor. Nunca me había pedido afecto de esa forma, nunca me lo había remarcado tanto. Era obvio que algo, todavía incierto, estaba ocurriendo. Faltaban solamente dos o tres semanas para averiguarlo, pero no lo sabía yo, ni tampoco, Él mismo.  Así que me asomé a la cabina y lo besé en la mejilla, todavía esa noche, sin sospechar que faltaba poquito para el primer beso.  No hice lo mismo con ella, que vivía a pocas cuadras, saludándola con la mano.

Él retuvo un segundo más... 

- ¿Vas a la facultad, esta semana? 
- Sí 
- Llamame el martes. Dale, así arreglamos - dijo. 
- Vemos, sí - reconvine. 
- Llamame dale. 
- Te llamo, está bien - insistí.
- ¿Nos vemos el martes?
- El martes vemos, dale - lo frené. 

Mentalmente, le mandé un besito grande a Julia. 

V

*unas dichosas semanas después. 

- ¿Vos te estás acostando con esa Julia, no? - le pregunté, una noche. 
- ¿Con Julia? ¿Estás en pedo? - se rió. 
- Sí, con esa... - lo miré, sin un mínimo de gracia.

Sentando frente a mí, me miraba desconcertado.

- No, por Dios, nena, es mi amiga... 
- Amiga, dale. 
- ¡Pero si no te acordás que te dije que mi amiga de toda la vida!
- ¿Y? Una cosa no quita la otra...
 - Pero sí... ¿Cómo me voy a estar acostando con ella? ¿Estás loca?
- ¿Y por qué no podría ser así? ¿Es una mujer o una piedra? Es una mujer...
- Ya sé, pero no es así - me miró, con ternura - Nosotros dos dormíamos juntos cuando éramos chicos... 
- Ah, arrancaron temprano - ironicé.

Sonrió, aguantando la risa.

- Es como una prima, no sé, es familia... Yo la veo como si fuera de mi familia, no me voy a acostar con ella. 

Lo miré. 

- Le gustás - espeté. 
- ¿Quéeeee? ¡Estás loca! Es mi amiga.
- Está "Negrito, Negrito, Negrito" - la imité - Como mujer te lo digo, le gustás.

Se rió.

- No- me - acosté - con - ella - repitió. 
- Mirá, en serio va esto: si vos te acostaste con ella o si está pasando algo con ella,  por favor te lo pido, no me mientas. Decimelo ahora, por favor, no me mientas. Yo te prometo que no voy a reaccionar mal, pero lo único que quiero es que vos no me mientras durante ésta charla. Quedamos en ser sinceros... - le pedí.

Mirándome con ternura, se acercó más a mí y me habló con calma.

- No pasa nada con ella. ¿Me creés? No pasa nada. Nosotros somos amigos desde hace muchos años. Desde que éramos chicos, sabés las de anécdotas que tenemos juntos. Es una piba buena, Juli, pero es mi amiga. Nunca tuve nada con ella, ni siquiera, antes. Ella está ahora de nuevo con el marido, además, viendo si se puede reconciliar... - me comentó.

Bajé la cabeza.

- Vos me decís que ella se está por juntar de nuevo con el marido, y a mí, en el evento pasado, me vinieron a decir que vos y ella se estaban acostando. E imaginate, está todo el tiempo encima tuyo, te toca todo el tiempo... ¡TE TOCA! - esgrimí - Para mí, la mina esa te tiene todas las ganas, más allá de todo... 

Se rió.

- No me toca, Veinte... Es así.
- ¿Vos también sos así, me tocás porque sos así? - le pregunté.

Me miró, con intensidad. 

- Qué caliente que estás, cabrona. 
- ¿Ella te gusta? En serio, podés decírmelo. Necesito saber. 
- Noooooooo- me aclaró. 
- ¿Seguro? 
- Sí - dudó - ¿Quién fue el hijo de puta que te dijo eso? 
- ¿Qué te importa? Yo sola puedo notar estas cosas... - distorcioné los hechos un poco. 
- Es que te dijo cualquiera, no le creas... Qué hijos de puta que son... 
- ¿Quién fue el pelotudo que me contó el secretito, no? 

Sacudió la cabeza. 

- ¿Me estás hablando en serio? ¡Nooooo! 
- Sí, me dijeron eso...  ¿Qué querés que te diga? 
- Nada que ver con ella, nada que ver. Ella no me gusta, no pasa nada. Nunca pasó nada. No me estoy acostando con ella. 

Suspiré. 

-  ¿Sabés la cantidad de años que hace que la conozco a Julia? 
- Un día ví que tenías agendado con ella un evento... La tenés presente, veo. 
- !Porque si no lo agendo me olvido...! Tengo muchos quilombos en la cabeza, muchas veces, con la oficina. Entonces, me agendo las cosas, porque como buen viejo que soy, sino, me las olvido. Y cuando salgo, salgo desgastado, pensando en otro montón de cosas... En otros temas... 

Me miró, con intensidad. 

- ¿Soy uno, no? - le dije, juguetona - A mi, como soy la peste, no me agendás en tu calendario de compromisos... 

Se rió, suspirando.  

- Sos tan pero tan jodida... - suspiró - ¿Así que estabas encabronada re mal por eso? 

Negué con la cabeza.
No estaba enojada, yo estaba celosa.  

(...) 

- ¿Cuando te referís a que hubo un momento donde ibas y venías, cuenta lo del libro? 

Sonrió. 

- Sí - lo recordó. 

- Me podés explicar, ya que nos estamos sincerando hoy, ¿qué pasó ahí? 

- Nunca se me complicó. Bah, sí, yo no sabía qué hacer... Si ir o no ir a tu casa, entonces te decía que iba a pasar, pero después llegaba a mi casa, miraba la bolsa y no podía. Te lo juro. 
-  ¿Por? 
- Porque estaba muy confundido con vos... 
- Te juro que yo pensé que tenía una peste. Me esquivabas y después volvías y me decías las cosas. Merecías que te pegue una trompada - me reí.  

Se rió, a la vez. 

- No, es que no sabía qué hacer. 
- Como si viniendo a mi casa yo me fuera a casar con vos... 
- No, es que... No podía. Iba más allá de eso, era por otra cosa. Es muy difícil para mi. Tenía miedo de ir a tu casa, tenía cagazo de que tus viejos me sacaran cagando ¿entendés? Pensé que no tenía que ir, que no estaba bien... 
- Igual que con todo - le dije, con cierta crueldad - Con mi cumpleaños, pasó igual. 
- No, pará, ahí fui. 
- Bueno, me alegro por vos... 

Suspiró. 

- Lo que quiero decir es que ahí te prometí algo y te lo cumplí. 
- No es el hecho, también cuenta el modo. ¿Por qué te cuesta todo tanto conmigo? Si no lo sentís no lo tenés que hacer. No importa si yo sufro, no lo hagas para darme el gusto, porque yo me confundo, si no, pienso que te importa... 

Negó con la cabeza, sonriéndome. 

- No lo hago para darte el gusto. Lo hice porque quería. Fui a tu cumpleaños, porque quería. Es más ¿sabés qué? Me escapé de una cena para estar en tu cumpleaños... No te lo iba a decir, pero ¿te das cuenta que quería ir? 
- ¿Cómo que te escapaste? 
- Sí, porque estaba comiendo con mi hermano y mi papá. Había llegado de la oficina decidido a no ir, pese a lo que te había dicho. Es más, llegué, me puse re croto y fui a buscar a mi papá para comer, y después, se sumó mi hermano. 

Me quedé pasmada. Había trazado todo un plan de evasión. 

- Sí, yo te ví con tu papá, un rato antes. Vos no me viste. 

(...) 

- Estábamos cenando, lo más bien y ... - suspiró - agarré, me levanté de la mesa, agarré las llaves del auto y  me fui hasta tu casa. Así, no me importó si estaba medio croto. Yo te había dicho que iba a ir y bueno... Tenía que ir. 

Repensé ese día, y encontré detalles que encajaban. 

- ¿Porque querías o porque me lo habías prometido? 
- Porque quería... 

Sonreí. 

- No podés negar que tan confundido, en el fondo, no estás conmigo... - me reí. 
- Sos muy brava, vos, muy muy brava. 
- Y vos sentís que soy una pestecita... - bromeé. 

Nos quedamos mirándonos, expeliendo atracción mutua hasta llenar el ambiente. 

Por suerte, esa vez, no estaba Julia. Por suerte, esa vez, tampoco estaba el compañero que me había ido con el cuento, y al mismo tiempo,me había ofrecido "un viaje de placer". Por suerte, ésa vez, no había intermediarios.

Finalmente habíamos dado con una pequeñita tregua, donde "la felicidad era un disparo" y esa vez, le tocaba al miedo sobrellevar las heridas. 

martes, 24 de abril de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: Postergación

“afuera, afuera sólo un mundo, puro aire para brujas 
y un tiempo que está y se fue, así, con vértigo y vacío (...)" 

“Me parece que hoy no; no te puedo entender. La verdad es que, si te digo todo que sí, es porque te estoy mintiendo. No, no estoy enojada. Creo que necesito un tiempo para pensar.  Perdí la frialdad por culpa de lo que me pasa. Pero, de todos modos, yo sé que no, no estoy de acuerdo con vos (…) ¿Cómo por qué? ¿Por qué me siento así, decís? Y, por muchas cosas, ***. Te juro que no es enojo, es frustración, es impotencia.  Sí, ya sé, ya sé que para vos es lo que me conviene, yo sé incluso que me lo decís de corazón porque realmente creés que es de esa manera (...) No, te lo juro, no lo estoy diciendo en broma. Para vos evidentemente debe ser lo mejor para mí. El asunto es que yo te quiero, y te voy a querer igual aunque vos me quieras mandar a casarme y a tener hijitos con un pendejo, porque es mejor ¿sabés? Eso es lo que me llena de bronca. Siento impotencia por vos, pero también, por mí; yo quisiera decirte que tenés razón, pero no puedo, porque a mi no me importa tener razón si se trata de vos... " 

Seguí: 

" En parte, me alegro de que para vos sea así, que lo puedas manejar. ¿Para qué querés saber eso? No te estoy pidiendo nada, es al pedo decírtelo. Lo sabés, está a la vista, estoy perdiendo toda la dignidad, así que, es obvio que si yo pudiera manejar esto con la cabeza, no estaría acá (…)  Quererte, para mí, ya que vos no me querés o no podés, pasa por otro lado; lo tuyo, te lo juro,lo entiendo, pero no lo comparto. ¿Cómo te voy a decir que lo entiendo en broma? Lo acepto, lo entiendo, me la banco; la idea es esa. ¿Qué? Sí, ya sé, no me digas esa mierdita de que voy a ser feliz, el día de mañana... En serio ¡es que me duele porque yo no lo veo así, para mí la felicidad es hoy! (…)  Mi mayor gesto de  amor hacia vos estará en respetar tu decisión, pero, por favor te lo pido, no intentes hacerme pensar, porque voy a decir cosas dolorosas para los dos (...) ¿Cómo que te las diga, vos estás loco? ¿No te das cuenta cuáles son?  Bueno, te lo digo, está bien: yo no veo las cosas de la misma manera, pero eso no cambia nada, porque estoy enamorada de vos. No te puedo odiar, ni aunque lo quiera. Justamente, por eso, estoy tan caliente; porque no me puedo enojar, y sé, te lo prometo para que te quedes tranquilo, que yo jamás voy a interferir en tu felicidad, ***, jamás…  Pero lo que no sé es cómo mierda voy a hacer para sacarme de adentro esta impotencia, lo que me pasa, lo que siento, todo lo que siento por vos... ¿entendés? En serio, yo te lo prometo, aunque no entienda por qué, aunque a mí me parezca una estupidez esto, yo jamás voy a volver a molestarte (...)  Bueno, molestar es una manera de decir pero sirve para que te hagas a la idea. ¿Por qué me mirás así? No me voy a poner a llorar, te lo prometo. No, no me voy a poner a llorar... Y sí, más vale, ¿cómo no voy a estar triste? Pero yo no te quiero para mí, así, como una loca; yo quiero que estés bien, que seas feliz y a mí me parece que no querés nada conmigo o que no estás contento por algo.   Tendré que respetar, entender, aceptar y bancarme no importarte  y ésta vez tocará esa, y con el tiempo, supongo, las cosas van a estar bien  de nuevo (…)  Escuchame, no me digas que yo te importo, no me mientas para que me vaya menos triste a mi casa ¿sí? Te juro que eso sí es tratarme como a una nena, no me subestimes. Decime ¿para qué me decís que yo te importo, si no te vas a quedar conmigo? ¿A vos te parece que demostrar importancia o cariño es dejarme porque “merezco otras cosas”, “porque sentís pero no podes conmigo”, “porque tenés miedo?” o “porque querés que haga mi vida como corresponde y no con vos, porque sos viejo”? Para mí, son todas mentiras, excusas, qué se yo, cosas que me querrás embocar para que no sufra tanto, supongo… Y, ojo, te lo súper agradezco, pero necesito que seas sincero, aún mismo, eso implique ser cruel conmigo (…) Imaginate que, a ésta altura, yo perdí como en la guerra, ya está, no tiene vuelta ésto ¿entendés? Yo sé, ya sé que con vos puedo hablar de todo, lo sé.  Pero me resulta humillante estar acá, en tu casa, hablando como si no me diera cuenta que, a veces, la cosa es sí o no. ¿Para qué nos vamos a engañar?  Decirme que no me querés es tu derecho. Esto es un no, más allá de todo, para vos. Bah, fue un no sé,  un sí, un sí, y… bueno, de nuevo no sé, y ahora no... ¿más o menos, así, no? Bueno, si no me río de esto nos rajamos un tiro los dos, hoy. Le estoy poniendo humor, un poquito de humor... ¿No me dijiste hace un rato que hiciéramos esto menos triste? Bueno, le estoy poniendo onda, boludo, no me mires embobado… "

"¿Qué me jode? Y... me jode que me hayas tenido en vilo tantos meses. Más que nada porque todo eso que a mí me pasaba con vos no es algo que se pasó por alto y se ocultó. Si hubiera sido así, yo entendería que hayas dudado todos estos meses, más allá de tu edad, por la situación. Pero hice todo lo contrario; yo te lo explicité, te lo dije, para evitar ésto, precisamente, ésto. Eso, nada más, me duele mucho.  Ahora que lo pienso, en su momento, nosotros fuimos a comer y hablamos del tema, por la carta, porque reventé. Pero, ¿vos sabés una cosa? En esa carta mía no había solamente el sentimiento de decir “che, loco, estoy hasta las manos con vos”; sino que además estaba el miedo. Y te lo decía también porque yo estaba enamorándome de vos y necesitaba que si no te pasaba lo mismo, frenaras con lo que venía pasando entre nosotros, no sé desde cuándo, pero más que nada, después de Año Nuevo.  Ésto, ésto es lo que me daba muchísimo miedo; y yo pensé que se iba a solucionar con que fueras apenas un poco más prolijo, nada más, un poco más prolijo (...) Con prolijo me refiero a decirme las intenciones, y eso aplica a todas las que fueran: si estabas caliente, si era otra cosa, si me querías para la joda, si tenías otra pareja. Si estabas prendido fuego porque yo era una piba joven y, además, te pasaban cosas, si solamente te querías sacar las ganas, si querías probar… Si no te pasaba absolutamente nada, y yo estaba loca… ¿Cuál era el tema? Saber, lo que fuera, pero tenerlo en claro.  Podía ser solo calentura, y no te iba a juzgar, sino, iba a decidir qué hacer en base a eso, por ejemplo… Pero ¿cómo carajo saber qué es esto, así? Esperaba que fueras coherente entre lo que hacías y lo que me decías, nada más.  Porque iba a confiar en eso, te lo confieso. Me ayudaba a saber qué esperar de vos, de la situación.

(…)

 "Yo no estoy triste porque digo “ay, vos no me querés”, va más allá de eso. No me pongas esa cara, es la verdad, no me querés, vos, ¿qué querés que te diga? Me pongo triste, en parte, porque siento que no puedo hacerte feliz y es lo que más me gustaría. Te lo juro, siento que me equivoqué en todo, que molesto, que te hago mal. Yo, ahora, por ejemplo, te veo mal y me da mucha bronca porque no sé qué hacer para ayudarte. Y si me enojo, la pasás mal, y si estoy cerca la pasás mal y si no te hablo, la pasás mal. ¿Qué carajo entiendo por esto, yo?  Pienso "bueno, si charlamos y me saca de encima, quizá sí se sienta feliz y... mirate la cara, boludo". Sí, no te estoy jodiendo, te lo digo en serio. Da la sensación de que te estoy insultando  cada vez que te digo que me enamoré de vos y es horrible ver cómo sufrís por esto, cómo sufrís que yo quiera estar con vos. No, no me estoy castigando. Te juro que te hablo así porque siento que no tengo nada en juego, no tengo nada que ocultar, ya está. No soy la persona que querés, no quiero aspirar a otra cosa, a ninguna otra cosa (...)  Lo único que me duele es verte la cara que tenés de destruido. Sí, incluso dejándote hacer la tuya a partir de ahora, no entiendo qué hago mal. No me digas que nada, dale... Hablo en serio. Ni siquiera puedo hacer algo para ayudarte a darte cuenta el potencial que tenés, lo capaz que sos, pese a que tengas esa traba adentro… " 

"  ¿Sabés? Yo siempre ví en vos, siempre, desde que nos conocimos, a una persona buena. Estoy segura que sos capaz hacer feliz a alguien, seguramente a otra persona, que no sea yo. Me doy cuenta que no soy la mujer para vos. No, te lo juro, te lo digo con sinceridad, no es un golpe bajo. Pienso que quizá con otra. Me acuerdo, además, cuando recién nos conocimos que yo pensé “éste tipo es cerrado, pero blandito, debe ser hermoso… “. Y sí, aunque vos me digas que ya no podés demostrármelo, que no podrías soportar que salgan mal las cosas conmigo, que yo merezco a otros chicos jóvenes y no a vos porque sos viejo, que no entendés porque te quiero, que sentís pero no podés conmigo o, incluso que no me querés hacer sufrir nunca; yo sigo sosteniendo que vas a poder volver a amar a otra persona. Te lo juro,  creo que vos vas a poder amar; no a mí, obviamente, a otra y cuando te vea con la otra voy a pensar "¿viste? (...) ¡Ay, ***, no digas que no va a haber otra mujer, no digas que nunca va a haber otra, que no te va a pasar eso, que no va a pasar! ¿Qué sabés, vos, del futuro boludo? ¿Qué sabés lo que te puede pasar? (...) Pará, basta, no, no, no me digas esas cosas. De verdad, no hace falta que me digas esas cosas. ¿Cómo por qué? Es que me hacen mierda, viniendo de vos. No, es que no lo entendés:  lejos estoy de sufrir menos. ¿No te das cuenta que ya estoy hecha mierda yo? El tema es que no te lo demuestro porque no suma, pero, por favor, no me digas esto, que me pongo peor. ¿Sabés cuál es el tema? A mi manera de ver, si vos me quisieras no estaríamos hablando de esto, sino que estaría sentada arriba tuyo, como querías hace un ratito mientras estábamos cenando y no podíamos porque había gente y yo estaría haciendo de las mías y vos de las tuyas, es así... 



... no estaríamos discutiendo por la edad, que veinte años de acá, que veinte de allá, que sos viejo, que soy joven. No te escaparías, yo no me enojaría, ni ésto sería tema de un sábado a la noche que pasamos juntos, cuando venís de un viaje. No estaríamos los dos pasando éste momento de mierda. No, no me importa que me des tus regalos ahora... ¿Qué te hace pensar que me importan más los regalos? Bueno, perdón, sé que me los trajiste... Pero, no quiero tus regalos, boludo. Para mí ésto es una despedida. ¿Y si no puede ser, eso, qué va a ser, cómo hacemos? ¿Qué te pensás que es, esto? ¿Una charla más de las tantas, hasta cuándo? ¿No te das cuenta que no podés tener todo en la vida? No me puedo quedar toda la vida cerca tuyo, aceptándote regalos, queriendo estar con vos y esperando un milagro porque tarde o temprano, nosotros dos vamos a terminar sufriendo muchísimo más. Yo, por lo menos, ya estoy sufriendo demasiado. Sí, tomar distancia es una forma de poner una pauta, un freno, porque nos vamos a hacer mierda, mal. Un día vas a entender que no soy solamente yo la que se confunde. ¿Ah, y lo reconocés entonces? No, no te estoy toreando, es que no lo puedo creer. ¿Me decís que te vuelvo loco, que te das cuenta de todo lo que hago, que te querés matar cuando te das cuenta que lo hago porque cada día que pasa es peor? ¿Recién ahora, hoy, reconocés que a vos se te pelan todos los cables, conmigo y que no es que yo me confundo siempre? Bueno, por fin, me alegro que me digas una verdad, por lo menos, que puedas hacerte cargo de una sola cosa que acá está pasando (...)  ¿Si me estás diciendo que no tenés control conmigo, que ya no podés manejar la situación, que no podés permitir que siga adelante con vos porque serías un hijo de puta, que te querés morir si me pasa algo, para qué nos sirve seguir así? Me decís que no podés dormir, que merezco algo mejor, que sentís conmigo pero no podés, que no tenés nada para darme... Me decís que no podés amarme como yo merezco, que no te podés quedar toda la vida conmigo, que no me vas a poder dar todo lo que yo desee, que los hijos, que la casa... Bien, lo entiendo. Sí, también me decís eso, que serías un hijo de puta, bueno, bien. Pero entonces ¿en qué quedamos? Después me decís que cómo no te van a pasar cosas conmigo, que claro que te pasan, que obvio que te pasan, pero que ya no tenés fuerza a los cuarenta  dos años para una relación conmigo, que no sabés lo que me podés llegar a dar, que no tenés energía para revivir viejos planteos… Bárbaro, lo entiendo. ¿Y entonces? ¿Qué querés? Porque si vos me estás diciendo que no tenés la fuerza para bancarte esto, después me decís que no podés demostrar amor a nadie, después que creés que no vas a poder replantearte las cosas, que ya es tarde para vos, que no es momento en la vida para ponerse a retomar eso y, encima, con una persona como yo. Es más, me decís que no podés sentir amor, que no sos capaz de demostrar verbalmente tus sentimientos, o que a tu edad y a la mía son dos formas distintas de amarse y después me decís que no me querés exponer, que sentís pero no podés conmigo, que a los cuarenta y dos y a mi edad se quieren de formas distintas, que son dos etapas de la vida diferentes, que tengo que tener una vida normal, poder formar mi familia con un hombre que no me deje nunca sola... Me llegaste a decir, hace dos minutos, que te miraste por dentro y que dijiste que ni en pedo, qué cómo te iba a pasar una cosa así a ésta altura de tu vida, que no ibas a exponerme a que todo saliera mal, porque ya no ibas a poder soportarlo y que te ibas a querer cortar los huevos si me veías sufrír… Y menos, si del otro lado estaba yo. ¿Y entonces?  ¿Qué hacemos nosotros acá, discutiendo por ésto? Digo ¿qué querés que haga si no es alejarme? 

" Por favor, no digas nada que pueda prestarse a poner más difícil todo ¿sí? (…) ¿Vos me decís que no es todo tan así, blanco o negro, sí o no; pero que yo te importo? Bueno, supongamos sea gris esto ¿eh? Tampoco te veo feliz. ¿Te das cuenta que no termino de cagarla nunca, no? Te veo que tenés una cara re triste, yo estoy hecha mierda y digo “es una mierda esto, amar no sirve para nada ” porque lo que más quisiera es que estés bien ¡y mirá cómo estamos, los dos hechos mierda! (...) No vale hacer de ésto algo más triste de lo que es, dale, ya dijimos ¿eh? Yo quisiera, de verdad, que no sufras.  Te mataría, te juro que estoy muy enojada con vos, pero...  si vos me decís que te haría feliz que yo no te quisiera,  buscaría el modo de darte el gusto. Te lo juro, sé que no se puede cambiar lo que uno siente, pero si hubiera una sola chance yo renunciaría a lo que siento para decir "bueno, por lo menos no me mira con esa cara que me parte el alma, con esos ojos de perro mojado...". Sí, así me estás mirando ahora; con ojos de perro mojado.  ¿Cómo qué significa eso? Uh, es difícil de explicártelo. Bueno, te lo explico: quizá no te das cuenta pero siempre me ponés unnnnna mirada, bobo, que es como una carita de perrito mojado. No, ya sé que seguramente no te das cuenta cómo me mirás. No, tampoco, yo no digo que me estés mirando mal, es todo lo contrario. Ése es el tema, que vos me mires así, con esa carita que me ponés, y me digas todo lo que me estás diciendo. No te ves de afuera para darte cuenta que una cosa es la cara que tenés en este momento y las cosas que me estás diciendo.  Sí, ya sé que es lo que corresponde lo que me decís, e igual, no cambié mi postura y me sigo sintiendo impotente.  Lo único que yo te digo es que con tal de que vos seas feliz, y estés bien, yo no quisiera haberme enamorado nunca de vos" 

"¿Te puedo pedir algo? No, lo que sea, no te voy a pedir. Es algo puntual: por favor,  el día de mañana, no interfieras en mi vida ni para preguntarme si estoy feliz, casada con mi marido joven y tengo hijos ¿si? Si nos volvemos a ver, en algún momento, no me lo preguntes. No, te lo juro que no es de mala. Pasa por una cuestión de voluntad ¿me entendés? Voy a poner toda mi voluntad para olvidarme de vos y seguir adelante, toda la voluntad del mundo.  Yo te lo prometo: siempre vas a poder estar tranquilo y vas a poder seguir adelante con tu vida ,de la forma en que quieras y jamás voy a hablar de nadie con esto, y jamás voy a dejarte mal parado. Para mí, con los demás, vas a ser siempre un señor... pero, por favor, si vos me ves feliz, pensá en esto que te digo, y nunca te me acerques.  No es que yo sea cruel, estoy tratando de hacer un trato para que el día de mañana me pueda ahorrar dolor. Me conozco, de verdad, sé por qué te lo estoy pidiendo.  Ni aún tengas las mejores intenciones y ni aún te haga feliz verme bien, jamás me lo digas, ni me felicites, ni me preguntes nada. ¿Cómo por qué? Sos vos, Negro, no sos otro. ¿Cómo no me va a doler verte venir a preguntarme si estoy feliz con otra persona? Es meter el dedo en el herida, y lo va a ser siempre, porque para mí, ese tipo, dure lo que dure, eras vos. ¿Te das cuenta que es mejor, a veces, hacerse el boludo? (...) ". 

"Sí, estoy triste... Y pero, escuchá ¿ para qué te lo voy a decir? Y claro, boludo, no suma, no te quiero lastimar, ni hacer sentir culpable, ni manipularte, ni joderte. Sí, me siento mal, pero bueno... Es el precio.  Bueno, ¿qué querés que te diga? No va a cambiar nada de lo que vos me dijiste que yo te diga que estoy triste, ni que me ponga a llorar, ni que te putee, ni que te diga que sos un hijo de puta... ¿De qué nos sirve? ¿Suma, nos hace bien? Si me pongo a putearte me destrozo yo, porque lastimarte a vos es peor que si me lastimasen a mí, me duele más a mí que a vos, decirte algo malo.  (...) Así que eso. No tengo nada más para decirte. No, en serio, no tengo nada más para decir. ¿Cómo que hago? Y, me voy a ir a dormir a casa ¿qué voy a hacer? (...) 

Se me quedó mirando, sentando en la silla. 

(...)  Bueno, ya que me decís que no te molestaría verme con otro, que yo te digo que jamás te voy a molestar, que dejamos eso en claro, sumado a todo lo otro... ¿Puedo hacerte una pregunta? Necesito una respuesta sobre una sola cosa. No, ya te dije, lo que sea no te voy a pedir, es solamente que me respondas a una cosa, porque éso es con lo que yo me voy a quedar, es como la conclusión. Bueno, te digo: al margen de todo lo que estuvimos hablando, y de lo que va a ser todo a partir de ahora, yo quiero saber una sola cosa: ¿Vos y yo no nos queremos de la misma manera, no? " 

Esperé.
Esperé.
Esperé. 
Esperé. 
Esperé. 
Espe... 

" Por favor, no te quedes callado... Yo necesito saber, porque con eso, cuando pasen los años, va a ser el cierre, entendés... Al margen de que hoy se fue todo a la mierda, y de todo lo que ya sabemos...    " 

Esperé y lo miré a los ojos.  Estaba desesperada, necesitaba mi no, ni no final, mi no definitivo, ni no del futuro, mi no para después.  Me sostuvo la mirada, hasta que la bajó. 

"No me agaches la cabeza. Mirame, enfrentame... " 

Me miró. 

" No me bajes los ojos...  " 

Se levantó, se pasó una mano por la frente, y se quedó con ella pegada a los ojos unos instantes. 

"En serio, no puedo más, basta por favor, basta... " fue lo único que me dijo. 

Me lo quedé mirando unos instantes más esperando.  La respuesta a ésa pregunta, la pregunta clave, la del millón, la que trascendía todo lo demás y al mismo tiempo lo acaparaba, nunca llegó. 

Desde ese día hasta el día de hoy, más allá de todo, yo pienso cuán difícil puede ser decirle a una persona que no. O al menos, cuál puede ser el motivo de sostener un silencio que, ya lo sabemos, trae aparejado tanto dolor en la otra persona.  ¿No podía mentir? ¿No podía cerrar la puerta del todo, diciéndome que no?  ¿No podía decirlo? ¿Y si era un sí, no podía enfrentarlo y hacerse cargo de ello pese a todo? 

Esa sílaba quedaría siempre al margen de todo.
Esa sílaba sería mi respuesta, sería la lección.
Esa sílaba era el punto final, acababa de decírselo. 

Jamás la enunció. 
Nunca me contestó. 
Nunca me dijo que no. 
Tampoco me dijo que sí, al margen de todo. 
Simplemente, no me  contestó. 

Y cuando le dije al borde de las lágrimas, un "listo", tampoco me contestó.  

Un rato después, sólo me pidió que lo abrace. "Por favor, no seas mala, dame un abrazo. Te prometo que es un abrazo.  Me quiero quedar con eso, nada más que con eso", dijo, y me parece que todavía puedo escucharlo. 

Entonces lo abracé, pese a que en un primer momento no podía ni siquiera tocarlo. Y cuando lo abracé, pegándome a su camisa con grave esfuerzo y dejando que me pasee sus manos por debajo de la ropa, y me huela el pelo y el cuello, me olvidé de que existía afuera de esa casa un mundo donde no había una respuesta para aquélla pregunta. 

"Me quiero quedar con esto, nada más que con esto, yo" dijo. 

No le contesté, solamente, seguí abrazándolo con fuerza. 

"Fuerte-fuerte, abrazame fuerte-fuerte" - musitó. 

Seguí, sí, abrazándolo con fuerza durante esa última vez.  
Hoy, pienso en una canción que, vaya paradoja, me mostró.  Comprendo que tenían ciertas cosas en común, grandes cosas en común, más allá de lo aparente.