- ¿Puedo
hacerte una pregunta muy importante? – dije, pasando mis uñas rojas por los
nudos de la madera de aquélla mesa barnizada prolijamente.
- Lo
que vos quieras, sí – musitó.
Vacilé
un poco, buscando el modo menos agresivo para hablarle. Quería que la nuestra fuera una
charla adulta y no una discusión permanente. Quería que hubiera sinceridad y no
llantos, ni métodos de persuasión. Por eso me aguantaba las ganas de
irme a mi casa, intempestivamente, sin haber terminado de aclarar todos los
puntos del asunto… Porque aunque una parte de mi sentía la necesidad de
escarparle al dolor, la otra, sabía que tenía que afrontarlo; que era parte de
haberse fijado en un hombre con los conflictos a su medida y toda una vida a
cuestas; que era parte de asumir las consecuencias de una decisión previamente
tomada.
- ¿Vos sentís culpa conmigo, no? Es decir ¿sos capaz de
decirme lo que sea con tal de sacarte de adentro la culpa… que te podría
generar verme sufrir? - dije. Negó con la cabeza, fuertemente.
- No, yo sé que soy culposo… - admitió – pero esto no es
culpa...
Asintiendo, le creí.
- ¿Entonces, si no te da culpa, qué pasa que no me decís la posta? – le pregunté - La
edad que nos llevamos no es lo que realmente pasa acá, el problema real por el
que llegamos a esta conversación - advertí - ¿O qué, hoy te diste cuenta que yo tengo
diecinueve años y vos no? Los dos sabemos que no es impedimento para un montón
de cosas, que nos hubiera servido que lo fuera… – ironicé, despojada de toda timidez.
Sonrió y yo sonreí.
- ¿Si no es culpa, Javi, qué es lo que pasa que no
largás todo y ya está? - pregunté - Nosotros ya cagamos... ¿Tenés miedo de lastimarme si me decís “no, mirá Veinte, a mi no me pasa lo mismo que a vos” ?
– me sonreí, animándolo, y sonrió, con dulzura, aflojándose.
- No, es que no es eso. Yo no me siento culpable, no siento culpa... – me dijo.
-
Entonces te pido por favor que seas totalmente franco conmigo – inspiré,
soltando el aire – Te juro que no te voy a juzgar; de la misma manera en que vos
no me fuiste a buscar peros cuando necesité hablarte de lo que me estaba
pasando. De alguna manera voy a saber entender las cosas que me digas, no soy tonta.
- Ya sé que no sos tonta... No pienso eso.
- Bueno. Entonces, tratame de esa manera. No como a una nena tonta - lo miré, con sorna.
Sonrió, sin mostrarme los dientes y lo correspondí.
- Necesito que me las
digas algo mejor que “esto no puede ser por la edad”¿viste? No es una novedad
la edad, ni tuya ni mía, a ésta altura… – lo miré, seguramente con un gesto cómico que rozaba la ironía y la defensa – Más que juzgarte yo necesito saber cuál es el problema real acá. No me
interesa si sos bueno o malo, si sos un tipo de mierda, si sos un buen tipo que
no se dio cuenta; a mi lo único que me importa para salir de esta situación,
es que seas claro, honesto y me lastimes si es necesario, pero que me digas la
verdad… - lo confronté - La verdad, Javi. No más que eso.
Me miró con su cara de real estupefacción. No estaba enojado
conmigo, solamente se lo notaba golpeado por la causa, un poco desorientado, aunque
al mismo tiempo, se mostrara físicamente entre muy duro y muy débil. Se mantuvo callado. Yo me quedé esperando a
que se comportara finalmente como un hombre, al menos, haciéndose cargo de su
verdad por una vez en su vida. ¿No
había dicho meses antes que, frente a mi, por primera vez no se estaba
escapando, que por primera vez en su vida se estaba haciendo cargo? Deseaba que
diera muestras de eso, en un momento así, como mínimo gesto de respeto, ni
siquiera de afecto y mucho menos de amor.
Mofé, como para adentro, notando su silencio. Era decepcionante en toda regla su forma de ser. Siempre me decepcionaba. Sacudí la cabeza y suspiré. Me miró como si necesitara que lo comprendiera pero yo le cambié la vista, indignadísima.
- Me
alegro que por lo menos puedas dormir a la noche con todo ese silencio – musité. Me miró, extrañado. Ambos
sabíamos que él tenía oscilaciones con el sueño en esa época (no ha cambiado
hasta ahora…) – Evidentemente es más fuerte poder apoyar la cabeza en la
almohada diciéndote: "no le cagué la vida, menos mal, no le cagué la vida”,
que admitir lo que sea - le marqué, con sorna,
sabiendo que de alguna forma tenía que hacerlo correrse de esa postura
intransitable.
Javier me miró, vacilando nuevamente, y dijo:
- No,
no es así… - se puso serio – Veinte, todo esto no es así, no es así como
pensás. No es como vos creés. Para mí esto es muy difícil. Y
no, no me importa solamente irme a dormir a la noche con la cabeza tranquila…
No es así, ya te digo, no es todo blanco y negro en la vida… No es todo o una
cosa o la otra… – me advirtió – Sos muy
tajante. No podés decirme que no me importa nada, que yo me cago en vos, porque
no es así… - me informó.
Asentí
con la cabeza, tajante, claro. En el fondo yo no creía que se cagara en mí ni que no le importara nada. Solamente, se lo decía para provocarlo, a ver si así se sentía tocado y me decía algo cercano a la verdad.
- Yo
no te digo que sea exclusivamente así – admití - Pero ¿cómo
puedo adivinar lo que vos pensás, Javi? – pregunté, con total sinceridad- ¿Nunca
sentiste que ya no podés especular más, que necesitás saber lo que le pasa a
otra persona aún mismo eso te destruya? - le dije, buscando empatía - No me importa sufrir en este momento; me
importa saber qué te pasa. A vos. Por qué hacés las cosas que hacés - le indiqué - Lo que me pasa a mi ya lo sé, me importa lo
que pensás vos más allá de decirme lo de los años… – le demostré, sin tanta
dureza - ¿Realmente creés que quedándote callado me protegés del dolor, en el
fondo, creés que sirve? – lo miré.
Javier me miró con enorme tristeza. Pero siguió sin decirme nada. Ni una palabra.
– Tranquilo, Javi, vos no sos la primera persona que me dice que no a algo. Antes de que me conozcas, yo ya había pasado por momentos de
sufrimiento, las cosas no me habían salido bien y salí adelante. ¿Cómo estoy acá, con vos, sino hubiera salido adelante, eh? ¿Por qué vas a subestimarme, porque sea más joven que
vos? – le planteé – Vos creés que yo me
conformo si vos me decís todo que sí, lo noté, – le confesé – pero a mí no me interesa tener razón.
- Entonces
no discutamos mas, por favor te lo pido – me dijo.
- Esto
no es discutir, esto es hablar… - le sonreí con cariño.
- Esto
no es hablar como siempre… - remarcó, con algo más de dulzura.
Suspiré,
admitiéndolo.
- Si
vos y yo cambiamos el tono de ésta charla, no charlamos, nos vamos a empezar a
reír, nos vamos a ir al sillón y nos vamos a olvidar de como hablar directamente – sonreímos- y vos lo sabés.
Sonrió,
agachó la cabeza y asintió, pensativamente.
- Realmente necesito entender qué te pasó en los últimos quince días. ¿No
te das cuenta que te cuesta acercarte? ¿Qué cambió? ¿Qué cambió desde que volviste de
Brasil? Ésa es la pregunta que me vengo haciendo hace cuatro días…
- Nada,
no pasó nada en el viaje… Estoy igual que siempre, no cambié. Y no te ignoro. Hoy fuimos
juntos al teatro.
Negué
con la cabeza. Iba más allá de esa noche donde se puso celoso porque,
supuestamente, “todos los tipos me miraban” en el restaurante donde fuimos a
cenar con su familia y conocidos en común. Iba mucho más allá, incluso, de que
me hubiera ido a buscar puntualmente a mi casa y de ahí hubiéramos ido a buscar
juntos a su madre, moviéndonos en par, como una pareja. Su actitud era diferente, parecía que tenía una daga caliente apoyada en la garganta.
- ¿Tuviste sexo con otra mina, pasó algo con otra? ¿Viene por ahí?
- No,
no, ni en pedo… – sacudió la cabeza –
Estás loca, vos.
- No, loca no... Podía ser…¿En Brasil la gente no tiene sexo? - me reí – Tampoco me mires como si fuera una aberración, las
brasileras son lindas… - se sonrió – y yo, con tal de saber, si es eso, te regalo un pasaje para que vuelvas a visitarla... – ironice, riéndome, un poco en broma, aunque no lo
contagié del todo.
Desolado,
sentado frente a mí sin saber qué hacer o qué decirme, quizá, se quedó con los
brazos al costado de su cuerpo y las palmas abiertas.
- ¿Estás
enojada conmigo, no? – resaltó.
- No, estoy cansada. Esto no se reduce a mi enojo o al desencanto de una piba
joven que se enamoró de un tipo grande; vos lo sabés muy bien – le advertí – O
quizá no lo sabías muy bien, y te estás enterando ahora...
Sacudió la cabeza.
- Yo entiendo que esto te duela – dijo solamente – te lo
juro que te entiendo. Pero necesito que pienses. Pensá, por favor, pensá. Tengo
más de cuarenta años, yo. Sé, te lo juro, que te duele. Sé que estás enojada,
que me odiarás en este momento, pero… Entendé, por favor, que es lo mejor.
- ¿Para quién es lo mejor?
- Para vos – dijo.
Mofé.
- Qué
generosidad… Demasiada… – murmuré –Yo te estoy diciendo que no es lo mejor para
mí. Pero sé reconocer que, desde tu lugar, sí es lo mejor. Te conviene mucho
más que estar conmigo no estarlo. Lo entiendo.
Se
me quedó mirando, oscilante.
- Es
lo mejor para los dos – bajó la mirada – En algún momento, te vas a dar cuenta.
Te voy a parecer un pelotudo, no vas a entender qué me viste. Te lo prometo, va
a ser así. Yo sé que va a ser así, haceme caso.
Lo
miré con un nivel de decepción imposible de estimar. Era el deber ser personificado. Era, al mismo tiempo, el estar evitando lastimarme por todos los
medios. Y era un tonto.
- Al margen de que sea lo mejor, a partir de ahora, lo que
se plantea acá – especulé, mientras hablaba - ¿Vos te diste cuenta que yo tenía
más de veinte años menos antes o después de dejar pasar las cosas?
Se me quedó mirando, callado.
- Porque, una
de dos: o caíste en la cuenta en Brasil que yo era una pendeja, pese a que casi
hace un año nos conocimos y no me encogí
en quince días – ironicé, con voz calma – ó dejaste pasar las cosas aún
sabiendo la determinación que ya tenías tomada de antemano. Dejaste que me acerque a vos, dejaste que te confiese todas mis cosas,
dejaste que me encariñe con vos, buscaste que creyera y confiara en vos de mil formas, enojado porque te marqué distancia incluso… - le indiqué – Y, la
verdad, te lo digo con honestidad: hay que ser muy hijo de puta para hacer una
cosa así, habiéndotelo avisado como te lo avisé, y hay que ser muy cínico para
tenerla tan clara de antemano sin que se te pelen los cables en el medio – lo miré, con profundo dolor – En este momento
pienso ¿ Javier, el Javi que yo conocí y que siempre fue tan bueno, podría ser tan hijo de puta? Me cuesta pensarlo.
Lo miré, largamente. Estaba decepcionada, muy decepcionada.
- No,
por favor, Veinte, yo no soy un hijo de puta – me dijo – Te juro que no soy un
hijo de puta que solamente quiere joderte la vida, que hace todo lo que hace
pensando en cagarte y en hacerte sufrir - tomó aire - Lo que menos quiero, aunque te parezca
una cargada que te lo diga en ésta situación, es que sufras. No quiero que
sufras. Nunca quise lastimarte, por nada, nunca
quise que sufras…- insistió - Nunca tuve la intención de hacerte poner triste, ni de
que te enojes, ni de nada, pero para mí esta situación es muy difícil – admitió – ¿Cómo te explico lo
difícil que es, a los cuarenta y dos años, poder corresponderte? - dijo.
Ahora la que se quedó mirándolo callada, estaqueada al piso de la cocina de su casa, fui yo. Era su turno de usar la palabra y lo estaba haciendo.
- Vos tenés una
forma de querer, de quererme a mi, que me parece increíble. ¿Cómo te correspondo,
me querés decir, a ésta edad? ¿Con qué? ¿Qué te ofrezco, con todo lo que vos me
das a mi? – negó, como si se lamentara – Permití que te acerques, y que te
acerques cada vez más, ya lo sé, me hago cargo de todo eso, no me arrepiento de nada– me miró - Pero ¿cómo
hago con vos, si no te puedo poner los límites? No puedo ponerte los límites y
tengo miedo… de verte sufrir por mi culpa.
Se quedó esperando a que respondiera ese planteo.
- ¿Te
acordás que en febrero nos sentamos a hablar del tema de la edad, del miedo? - le pregunté - Salió el tema de nuevo en mayo, cuando me viniste a
buscar vos, y yo de nuevo te dije que no tuvieras miedo, que habláramos las
cosas, que me dijeras lo que te asustaba - le recordé - No lo hice para arruinarte ni enojarme, sino
para ayudarte a atravesar el miedo.
Agachó la cabeza y miró el vaso de whisky con tristeza. Me miró al instante.
- Javi, yo me di cuenta que estabas todo cagado, y yo también tenía miedo, entonces
pensé que si hablábamos iba a ser un poco mejor, porque íbamos a tener la posibilidad de ayudarnos a pasarlo… - le confesé - ¿Te pensás que
no me imaginé todo lo que te estaba pasando? ¿Por qué te pensás que te decía
todo lo que te decía? - suspiré - Yo sé que esto es, o era, una situación rara
para vos. Sé que tengo una forma torpe de reaccionar, sí, porque
me cuesta relacionarme con la gente; sé que te costó muchas veces acercarte a
mi porque soy tímida, porque no parezco una chica normal de diecinueve años –
le aclaré, haciendo un amplio mea culpa.
Nos miramos profundamente.
. – Ni en lo bueno ni tampoco en lo malo cómo pienso representa la edad que tengo. Yo te juro que sé que te puedo
parecer una persona rara, como que te quiere mucho de golpe, y hasta podés
pensar mal de mi, si querés – mofé – pero yo te juro que siempre hice todo
pensando en estar bien con vos. Te juro que pensé que acercándome a vos también te hacía
feliz; pensé que hablando, que estando con vos, que haciendo todo lo demás,
ibas a estar contento como estaba yo. Nada más. No pensé que te ibas a poner a medir con una balanza a
ver cuánto amor me ibas a dar, cómo, cómo ibas a devolverme el amor, si en
cuotas, si todo junto – me reí con enorme tristeza.
Ahora, el que me miró, agachado la cabeza, fue él. Se rió, suspiró, retomó mis ojos y me miró con afecto, como si fuera terrible.
-
Es que... – suspiró, con dulzura- ¿Vos no ves la edad que tengo?
-
Sí, ya sé, claro. Cuarenta y pico.
-
¿Y no te mirás lo que sos vos? - me preguntó.
-
No te entiendo… - le dije, susurrando.
- Decime
qué carajos te puedo dar, si vos querés así… - evidenció.
No le respondí nada. Sacudió
la cabeza.
- Vos
tenés una manera de querer que es… - juntó las cejas, y cerró los ojos
– y yo ¿cómo hago para estar a la altura a mi edad? ¿Qué te doy? ¿Cómo hago todo perfecto para vos?
Asentí con la cabeza. Finalmente comprendía algo de lo que le pasaba realmente.
-Pero esto no es cosa de altura, de medidas, de
conveniencias… El amor se siente o no se siente, después uno piensa sobre esa base - objeté - ¿Qué vas a poder
darme? No sé, la verdad, no tengo la más puta idea, tampoco yo tengo una lista de pautas. ¿Y sabés por qué? Porque el
amor que yo siento por vos no es especulativo, no lo siento porque me conviene, me pasa. Te quiero y lo mejor
que podría pasarme es que vos me quieras, pero realmente yo te quiero y no lo puedo cambiar o esconder. De ahí a exigirte que me des
esto o aquello, no, estamos frente a otra cosa ahí... No es esto que siento – negué con la cabeza, enérgicamente – Sí, en este momento, te
pido que seas sincero, sí te pedí siempre que no me faltes el respeto – le
aclaré – pero eso es algo normal, básico.
- Obvio - musitó.
– Yo no sirvo para
querer a medias. Si te quiero, voy a querer verte bien, y me sale
cuidarte, y no sé, quiero estar cerca de vos para cuidarte y pienso “que no le
pase nada malo, que no sufra, que todo lo que le importa esté bien, que no
tenga problemas en el laburo, que se cuide con la comida, que esté contento,
que gane **** el partido” – se rió, aunque yo bajé la cabeza, porque estaba muy
avergonzada y me reí levemente – No sé, quizá la mía no es la forma
mejor planteada para querer, pero yo quiero así… Me sale así, no lo puedo
manejar… - le confesé, en susurros – Perdón si te molestó algo de lo que hice.
En serio, perdón. Lo que pasa es que yo quiero mucho a pocas personas. Para mí encontrar a una persona y llegar a quererla es un montón... Me cuesta mucho. Pero cuando pasa, uf.
Me miró, con una intensidad y una expresión que me pusieron
la piel de gallina. Su cara era una mezcla de tristeza, ternura, afecto, dolor,
cansancio y pesadumbre.
- Vos no te das una idea… de la forma en que querés a la
gente… - musitó - Tenés una forma de querer tan... - sacudió la cabeza, despacio, como
si no encontrara palabras, haciendo un gesto de amplitud con sus dos manos – Te
lo juro por Dios, que yo lo veo y es una cosa de locos para mí, es maravillosa - me explicó-
Pero, con más razón, no puedo corresponder a todo eso a mi edad. Siento
que merecés algo mucho mucho mejor. ¿Me entendés?
Asentí con la cabeza, rendida. No quería hablar más. Quería irme a casa.
- ¿Qué hago, decime, qué hago yo si te llega a pasar
algo justamente a vos? Yo me tengo que matar si te pasa algo a vos. Sería un hijo de puta,
sí, si vos sufrís por algo que yo haga, aunque no tengo la menor intención de hacerte ningún mal. Imaginate, hago algo que no me de cuenta, y que te haga mal, y vos sufrís… - me planteó - ¿Cómo
hago después para seguir?
- No me voy a morir.
- Vos no me entendés, Veinte, yo no podría…seguir... después...
Me reí, con sorna.
- ¿Tenés miedo que sufra, que llore, que me bajonee
después de esto? –le pregunté, con amargura – Porque, por momentos, vos actuas
como si no me estuvieras lastimando con el silencio, con el alejarme de vos,
con el dejar que me acerque… ¿Eso no me lastima? ¿No cuenta? - le pregunte - Vos un día hacés algo que yo digo “ese es mi pollo” – se rió – y
a los quince días volvés de viaje y sos otro…
- No, no es que soy otro... – suspiró.
- Entonces siempre
fuiste así – dije – y yo recién ahora me di cuenta que soy una más, dentro de
la enorme lista de minas que cayeron en
la volteada – mofé – literal…
Lo miré, por un segundo y nos sonreímos. A veces, me pasaba, sí, me pasaba usando cada
palabra que ¡por favor!
- Ay,
Dios mío, ese humor... – se rió.
- ¿Eso
es?
- No,
no va por ahí Veinte… Ni hablar.
- Cambio
la pregunta ,entonces: ¿vos y yo dimos tantas vueltas por una calentura?
- No, no es eso - musitó, por lo bajo.
- Podría entenderlo si fuera eso - le dije.
- ¿Entender qué?
- Si me decís que te calentaste conmigo solamente, y que te pasó lo que le pasa a
muchos hombres con una pendeja, yo lo entiendo. Me duele menos, inclusive –
sonreí, con amargura– Porque si no, es ver que no sos capaz de sentir nada… Nada. Que no te conmovió nada de lo que pasó.
Negó con la cabeza, y se levantó. Empezó a cambiar lo
bastante nerviosamente, por la cocina.
- No, no, no es así. No es así - me frenó - No tenés que pensar eso, vos. No es eso.
- Te juro que a veces pienso eso - musité - Javier, a veces yo te veo y siento que por dentro no te pasa nada.
Como que estás re inmune a todo esto, a que hace dos horas esté acá hablando y
preguntando e intentando saber como una tarada - recapitulé - ¿Porque yo te quiera y vos no, no tengo derecho a saber la verdad? Decime, de
última: “mirá, vos sos como las otras, hice lo mismo, queriendo o no, pero para
mi, sos igual a ellas. No siento nada por vos, desde ahí no te correspondo, así
que no te calientes, porque para mi sos una pendeja con la que patiné. Hacé lo
que se te cante el culo, porque a mi no me importa tu vida… “ – le planteé -
¿No es esa la verdad?
Y con esa pregunta, en mi tono de sorna, fue la primera vez
que lo vi enojado.
- ¡No,
no, no! ¡Con vos no, yo no hice lo mismo con vos que con las otras, con vos, no!
– insistió, prendiendo su mecha - ¡Nunca en mi vida me esforcé tanto para
hacer las cosas bien con una mujer, nunca quise esquivar tanto las cagadas como
con vos! ¡No digas que yo no siento nada, que a mí no me pasan las cosas por
dentro, no soy un monstruo! – gesticuló, gravemente - ¡No te imaginás, vos no tenés idea de que es
estar todo el tiempo pensando en esta situación, pensar todo el día en hacer
las cosas bien, estar todo el tiempo loco para no mandarme ni una cagada, para
no hacer nada mal, para no irme a la mierda con vos! – resaltó, con otro tono
de voz, considerablemente herido - Yo no
te quiero dar menos, no te quiero cagar la vida, no te quiero hacer sufrir, no
te quiero exponer.
Me sorprendió su estallido.
- Entiendo que estés enojada, entiendo que esto te duela, pero
te pido por favor que atiendas a lo que te digo, te pido que me entiendas, por
favor. Entendeme. Sé buena, no te enojes, tratá de entender lo que te digo. No
soy un hijo de puta, necesito que me entiendas, aunque te enojes, que me
entiendas igual por qué hago las cosas – se desahogó.
Le hice un gesto de desolación, agitando mis manos a ambos
costados de mi cuerpo, como si hubiera dicho algo clave.
- Es la primera vez que me decís esto,
jamás me habías dicho esto. – insistí-
¿Cuándo mierda dije que me dabas menos, cuándo te dije que me estabas
exponiendo? Jamás. ¿Cuándo te hice un planteo así? - lo miré,
incrédula - ¿Y ahora es por eso? - mofé- ¿Sabés lo que pasó? Estaba
hasta las pelotas con vos, te consulté como una persona normal a ver si te
pasaba lo mismo y, esa misma noche, te dije que no tenías obligación en hacer
nada. Además, también te pedí que si no te pasaba lo mismo conmigo, toda esa
situación la usaras para poner un poco de distancia entre nosotros… – le aclaré
– Que si hacías algo, fuera porque lo sintieras… ¿Por qué hiciste todo lo
demás? ¿Por qué tenías ganas de joder conmigo?
Suspiró, enojado.
- Sé que no me dijiste nada ni me obligaste, ya lo
sé, Veinte, ya sé todo yo, me dí cuenta…
- suspiró - Pero, entenderme, por favor, quiero que al lado tuyo tengas a una
persona que te dé todo, todo lo que se te ocurra, que comparta toda la vida con
vos... ¡Y yo no puedo dártelo, no puedo, perdóname, pero no puedo! Cuarenta y
dos años tengo yo, Veinte. Me vas a pedir cosas y yo no te las puedo dar, ya.
Vas a querer tener hijos, más adelante; vas a querer tener tu familia, más
adelante; vas a querer vivir con tus hijos, con tu marido, más adelante. Y yo no te puedo dar hijos, ni un hogar como vos te merecés, ni tampoco me puedo
quedar al lado tuyo toda la vida. Soy viejo, ya, es una cagada pero es así. No puedo retroceder, tengo la edad que tengo ya. Tenés que conseguir una
persona joven, que no te deje sola nunca,
vos – manifestó.
Me
sacó de mis cabales con la cantinela de la familia feliz. Estaba poniendo deseos en mí que yo no tenía y expectativas que no me interesaba cumplir.
- Vos
no me querés. Si no, estarías conmigo - le dije, tajante.
- Pensá - dijo.
- Y
vos sentí un poco, la puta madre – me exasperé - ¿No te das cuenta, no sentís?
¿Qué tenés ahí adentro? – le señalé el pecho - ¿Una piedra? ¿Te das cuenta por
qué siento que no sentís nada por mí, que todo esto es mentira? Fijate lo que me planteás, como si fuera una inversión de guita... - me quejé.
- No,
yo si siento las cosas – me dijo, más agresivamente.
- No
parece…
- Pero
yo sí las siento.
- Con
otras, no conmigo. A mí me decís lo que me conviene pese a que yo siento otra cosa...
- No,
estás confundida, no es así, basta, Veinte, basta… – me negó, firme como pocas
veces visto - ¿No entendés? Yo si siento
con vos, pero no puedo. ¡No puedo, la puta madre, no puedo! No quiero que sufras, ni ahora, ni más
adelante. No, basta.
Me
quedé paralizada. Se pasó una mano por su cara, de aspecto considerablemente
cansado, y suspiró:
- No
puedo darte nada - dijo – Yo no le puedo
dar nada a una persona como vos.
Guardé silencio.
- Javier - suspiré - ¿A vos te parece que yo estoy acá con vos, a ésta hora, porque pretendo que me formemos una familia con dos pibes, y un perro Golden? - le pregunté,
desorientada y asombrada - ¿No te das cuenta que yo no sufro al lado tuyo? ¿No
te das cuenta que soy, o era, no sé, feliz? Por una puta vez era feliz, y vos
me decís que no me podés dar nada… - resoplé - ¿No te diste cuenta que yo soy feliz con vos? ¿Eso no cuenta?
- Sí, puta madre, sí... – espetó.
- Jamás pensé en hijos. Quiero estar con vos ahora – le dije,
marcando una diferencia - Ahora estoy acá, ahora siento esto que siento, hoy. Hoy tenemos la oportunidad, nosotros, mañana puede ser tarde - argumenté .
- No, Veinte, yo ya lo sé
– me atajó, abandonando su enojo - Ni
hablar, no me dijiste nada de eso, y yo ya lo sé… Pero también sé, estoy
segurísimo, que cuando vos quieras todo eso, porque va a llegar un momento de
tu vida donde lo vas a querer, y va a ser re normal que lo quieras; yo no voy a
poder dártelo. Voy a querer pero no voy a poder. Ése es el tema. Y vas a sufrir viviendo así, y yo no quiero que sufras. Y sé que vas a sufrir a
la larga, porque vas a querer un tipo que te de las cosas que deseas. Vas a querer una persona que pueda darte hijos, un matrimonio de muchos años, envejecer al lado tuyo… ¿No te das cuenta que nadie te podría decir
que no, a vos?
Sonrió, con amargura. Mofé en su cara.
- Vos
sí – dije ,sin pensar.
Por culpa de los
nervios, de la angustia, de la idea de tener un hijo... No
podía creer que me estuviera alejando así. Tenía tantas ganas de llorar a
medida que iba conociendo sus razones. Muchas
de ellas hablaban de haber tomado una determinación sobre mi vida, y no sobre
la suya, basado en su experiencia y en su cargamento cultural; pero no en mis
deseos. No me estaba consultado, no estaba prguntándome, no me estaba dando opciones.
- Pero
no, Veinte, no es que uno te dice que no, es otra cosa, va más allá… - insistió – No quiero lastimarte ¿si?
- ¿Y
tampoco querés lastimarte vos, no?
- No,
no quiero – admitió, muy firme.
Bajé
la cabeza.
- Ah, claro... Por ahí viene la mano. Perdón,
entonces, si me equivoqué. No tenía la intención de cagarte la existencia –
dictaminé – Me equivoqué. Lo entiendo.
- Pero,
no, pará, escuchame – me frenó y lo miré – No puedo, Veinte.
Volví
a mirarlo.
- No
me puedo volver a hacer esas preguntas. Te juro que yo no puedo. En su momento me las hice, y lo que pasaba no se comparaba con esto. No puedo revivir esos planteos viejos. No tengo la fuerza.
Asentí,
oficialmente entregada.
- Yo
siempre pensé que vos eras capaz de hacer lo que quisieras– dije – por eso,
entre otras cosas, me enamoré de vos. Siempre te vi como un tipo capaz de
lograr las cosas, con capacidad – le confesé – ¿Sabés? Yo sé que vos podrías hacerte esas preguntas…
Que tenés condiciones, que podrías soportarlo.... Pero no tenés ganas.
Se
puso muy serio.
- No,
no tengo ganas - dijo, como si estuviera enojado.
- Me
alegra saberlo, ahora, por lo menos – musité - No tenés ganas. Ok.
- Es
que... – sacudió la cabeza, rectificando - ¿Cómo hago para hacerme esas preguntas? Son planteos
viejos, preguntas que ya me las hice hace muchos pero mucho años y quedaron
así. No quiero volver a preguntarme, exponerme, fallar... No tengo energía ni fuerza para volver a
hacerme todas las preguntas, para revivir esos viejos planteos.
Se
me hizo un nudo en la garganta.
- Mala
mía, entonces – admití- Ya me dejaste todo en claro. Lo entiendo – afronté y se desarmó la
postura - Agradezco que me lo hayas dicho, finalmente. ¿Viste que no era la edad, que eran las ganas, Javi?
Empecé a pensar dónde estaban mis cosas. Me iba a ir.
- Pará,
es que… - su voz se cortó.
- No,
está bien… Entendí el concepto. Entendí también la posición donde estoy. Todo
bien, fui yo la pelotuda – lo frené.
Se
quedó en silencio, con las manos pegadas a la boca, como si estuviera rezando.
Una vez que las bajó, y las extendió a lo largo de la mesa, como si quisiera
alcanzar mi cuerpo, yo me replegué para atrás, pegando mi espalda a la silla de
enfrente, donde estaba sentada. No quería que me alcanzara.
- Vos
no fuiste la pelotuda. Al contrario.
Lo fulminé con la mirada.
- Sí,
fui una pelotuda. Me enamoré de vos - le dije secamente - ¿Cómo no voy a ser tonta?
- No
sos tonta. Yo soy el pelotudo. Vos hiciste todo bien. Demasiado bien. No
pienses que está mal que quieras… No, vos al contrario, vos estás haciendo las
cosas bien. Soy yo el que no está haciendo las cosas bien. Para vos, tendría
que tener el mejor amor para ofrecerte y no puedo exponerte... Lo que yo tengo para
ofrecerte, es demasiado poco, ni siquiera sé si podría abrirme y poder hacer todo bien para vos...
- No
digas eso – musité.
- Vos
no digas eso – sonrió, amargamente.
Al enojo lo reemplazó la tristeza.
- Será
poco para vos, pero para mí es lo que vos me podés dar; son tus tiempos, es tu
forma y me gusta, gustaba mucho, bah – reconocí – Quizá lo que para vos hubiera sido insignificante, para mi,
estaba bien ¿nunca te pusiste a pensar en lo que deseo? – quise saber - ¿Sabés
qué significaba para mí el amor por vos? - le pregunté.
Quería que escuchara eso.
- No
– dijo - ¿Qué?
- Verte
como cuando estás conmigo acá, pero en todos lados - le dije - Me gustaba poder ver al tipo que vos sos, sin que te hagas el superado, eso es el amor con vos para mí - Me hubiese gustado poder acompañarte. Jamás se me ocurrió
pensar en hijos, en familia, en lo que es la institución, porque valía más
pensar en vos - puntualicé - El amor para mi no es
casarse y tener hijos, pero sí, es saber que yo estoy ahí para lo que necesites.
Es ver una noticia por la televisión que habla de Comercio exterior y pensar en
vos. Es pedir que siempre estés bien, que no tengas un problema en Aduana, que no te pase
nada en la calle. Que manejes tranquilo, que vivas tranquilo… que no te falte nada - susurré – Eso
es lo que vos no entendés de mí. A vos te parece que el amor para mi es casarme con
vos, y no, para mi antes importan otras cosas- suspiré, con sinceridad - ¿Sabés
lo que pensé, de hecho, al principio? Que como yo te sentía asustado, y como
vos me habías dicho que todo esto era muy fuerte para vos, lo mejor era
jugarse, dejar que me conozcas, para que no tuvieras miedo y para que te sintieras seguro de dónde estabas pisando... - argumenté - Y vos
no querés hacerte ninguna de las preguntas conmigo, porque es así y bueno. Me enamoré y me jodí, esa es la conclusión - le recordé.
Se me quedó mirando, amargado, negando con la cabeza.
- Yo también estaba muy
pero muy asustada. Pero ya está.
Ahora ya sabés toda mi estrategia, aunque no juguemos más. Yo no juego más.
Una vez que me sinceré con eso me miró con los mismos ojos
intensos de siempre y la cara se le transformó a una expresión cálida,
enternecida, de la que me dió la sensación nunca se percató.
- ¿Vos pensás que no lo noté? – musitó – Me volviste loco
vos a mí, con todo lo que hiciste, lo que hacés, y lo que yo sé que harías.
Pero me da terror lastimarte. Y sé que vas a sufrir, si no es ahora, al menos a
la larga.
- ¿Te dabas cuenta?
Asintió, fuerte
- De todo - sonrió, desanimado
- Y no sirvió – dije, formalmente decepcionada.
- No, no – me frenó - ¿Cómo que no sirvió? ¿Vos te pensás que a
mi no me pasa nada cuando hacés las cosas que hacés? ¿No te das cuenta que me
enloquecés con las cosas que me haces?
De hecho, pienso que con una sola cosa que le hagas a cualquier tipo, con una sola cosa de todas las que me
hacés a mí se muere… – se rió, amargamente.
-
Sos la excepción a lo que me estás diciendo, Javi - argumenté.
- No, no soy la excepción. Yo me quiero morir,
también. Sin ir más lejos, Veinte, el otro día… - suspiró – Llegué y me puse a
ver tu dibujo, tu carta; todo eso, todo lo que me escribiste… – me miró, con una sonrisa como de admiración
– Me matan esas cosas. Vos me volvés loco a mí. Todo el tiempo me siento
seducido desde todo punto de vista con lo que sea que me digas, que hagas, con
lo que me escribís, con la forma en que me tratás. Pero, de mi lado, ¿cómo hago
para corresponder a algo así, a mi edad?
- ¿Leíste la carta?
-
Obviamente.
-
¿Por qué nunca me dijiste nada en estos días? ¿Por la edad? ¿No se te permite?
-
¿Qué se dice ante una cosa así? Te tenía que ir a buscar a tu casa y decirte “Dejá
de hacer esto. No seas así, como sos, porque me voy a morir... Eso tenía que hacer. Ir y decirte: "dejá de hacer eso con la gente vos, que
no sé ni cómo hacés, pero me está enloqueciendo”.
-
Nah, te tenías que dejar Javi… bah, si querías, obvio.
Se
rió.
- Vos
no sabés lo que es que te vuelvan loco así. Que todo el tiempo te estén
seduciendo como vos me seducís a mí. Vos me mirás, te reís, me hablás, me
escribís una carta así, o me hacés un dibujo y me lo dejás adentro del auto y
se me estalla la cabeza.
- Vos
también me rompés la cabeza.
- No,
Veinte, vos merecés un tipo cien veces mejor que yo. ¿No entendés? Yo sé que
quizá ahora no te parece que puedas sufrir… pero, a la larga ,te lleva a pasar
algo y yo me muero. No sé qué es lo que pasa con vos, tampoco sé por qué me
pasa con vos; pero me desespera verte sufrir. No lo puedo manejar. Y no es que no te quiero ver
sufrir, ni hacer sufrir, ahora. Yo sé que ahora andaría todo bien, ¿pero
después? No quiero que sufras nunca en tu vida, yo. Ése es el tema. Yo quisiera
que no sufras, que no te pase nada malo nunca en tu vida ¿entendés? Me
desespero de pensar que, imaginate, te puedo hacer sufrir por algo que haga,
por algo que no me de cuenta, por algo que me equivoque y no note que me estoy
mandando un moco – admitió - ¿Y qué hago si te veo sufrir por mi culpa? - se quedó callado y sacudió la cabeza.
- Vos
no podés estar así de preocupado porque yo sufra.
- Bueno,
sí, ya lo sé, pero me pasa así.
- Sufrí
por otras cosas antes de conocerte. No podés estar pensando que nada me va a
pasar en la vida, que siempre vas a poder atajarme de todo el dolor, que vas a
ponerme en un pedestal… - le expliqué – Jamás vas a poder evitarme el sufrimiento,
es parte de la vida, y yo sé eso. No quiero a un tipo que piense que no me
aguanto el sufrimiento, porque después, va a pensar que yo no soy capaz, y yo soy fuerte, Javier – me reí.
- Es
que vos tenés todo… No merecés sufrir.
- Bueno,
pero, tu función no es atajarme. Si me tengo que romper, me voy a romper. Yo
también quisiera que no sufras en tu puta vida. Te juro que si me dicen no lo
quieras más, y así Javi es feliz, renuncio. Supongamos que se pueda, y que esa
sea la solución para que no estés así, lo hago. Pero también entiendo que ni
aún habiendo hecho todo esto, yo pude modificarte algo, ni pude sacarte de
donde estas. Y no lo voy a poder hacer, y vos no te querés hacer más preguntas
en tu vida, conmigo… Así que ya está. No puedo hacer más nada. Me rindo - le dije.
Bajé
la vista.