lunes, 29 de octubre de 2018

La supervivencia del más apto...

Como método de supervivencia, ahora, recaí en los audiolibros para poder estar al día - o al menos no tan atrasada - con los tupidos requerimientos de la Facultad. 

 Así, mientras limpio mi cuarto, mientras me baño, o cuando ya tengo muy cansada la vista de leer otras cosas o de haber asistido a clase; escuchando lo que no me dan los ojos para asimilar,  puedo seguir de algún modo adelante con las novelas, o al menos, puedo aprovechar al máximo el tiempo libre, dándole al asunto un poco más de velocidad.  

Hasta ahora, en cuatro años que llevo en esta Universidad - desde 2015 hasta aquí - nunca lo había hecho.  Prefería tener las novelas aunque sea en versión digital, y leerlas, porque quizá son esa clase textos donde necesito anotar muchas cosas; y porque analizar las novelas para estudiarlas me ha dado esa costumbre de ser fiel a ciertas normas... Pero ¿qué remedio? Si no lo hago así, a ésta altura del partido, probablemente no lo pueda hacer de otra manera. 

Por semana, de una sola materia, me dan un juego de fotocopias teóricas y una novela de más de trescientas hojas. A veces la novela es más breve y las fotocopias son más extensas, pero lo cierto es que tiene un caudal muy fuerte de lectura. De otra de las materias, semanalmente, me dan una batería de cuentos - entre cinco o seis -, más algún artículo crítico y también - ésta fue la última locurita, la de moda - dos novelas.  Es decir, una barbaridad.  ¿Cómo resiste una sola persona a todo ese caudal semanal, y especialmente, a nivel mensual?  Por si me faltaran ganas, de la otra materia, es decir de la tercera, también me dan varios capítulos de libros o artículos para leer que son bastante peludos y que no se pueden leer en el colectivo, "así nomás"... 

Por lo que, para mí, los audio-libros y todo concepto que me ayude a facilitar el aprendizaje en un momento donde nada está promoviendo la calma, es un aliado, al margen de lo que se deba o no hacer. 

Todos los profesores, en definitiva, piensan que son los únicos. Todos, creen que su materia es la más bonita, la más importante e interesante. Todos piensan en su programa, en su grilla, en sus feriados.  Y yo, trato de pensar en mi, rebuscándomela, y engañando mi propia ortodoxia con los atajos de la tecnología. 

Ojalá que, si alguien está leyéndome del otro lado, me mande sus buenas energías. Y me preste un ratito sus ojos, también, que eso a ésta altura, y en mis circunstancias, es un gran gesto de humanidad. 

A fin de año, a modo de balance, voy a hacer una lista de todo lo que leí.  Seguramente, así, me haga una idea de mis capacidades y empiece a valorar un poco más mis esfuerzos. 



jueves, 25 de octubre de 2018

Diálogo subjetivo

En  épocas así, o momentos como éste, o luego de meses esquivos  o en medio de semanas largas o días muy pesados; sólo puedo decirme: 

"no te resquebrajes nunca" 

En algún momento, algo - algo, algo, algo - tiene que empezar a salirme mejor. 
Ojalá ése momento llegue pronto. 

martes, 23 de octubre de 2018

Un momento...



 “ (…) hay un momento en que las contradicciones cesan porque la razón tiene un límite y la fe es omnipotente (…) Tu razón es un perro que te sigue (…) Muy en la entraña de los días está el futuro para que podamos deletrear su voz. Hay que escucharse y después ser leal consigo mismo”. 
(El hombre que está solo y espera – Raul Scalabrini Ortiz)

sábado, 20 de octubre de 2018

La Otra

Por esas extrañas razones que tiene la vida, al menos la vida que llevo vivida hasta el momento, nunca me propusieron un noviazgo, pero sí, más de tres veces, me propusieron un "¿amantazgo?" ¿quizá? Es decir que sé perfectamente lo que es postular, según la mirada del idiota de turno, para el rol de amante ideal pero jamás, asimismo, he descubierto lo que implica ser lisa y llanamente la novia "bien" de alguien. 

Cuando estábamos saliendo con Él, había una distancia generacional tan grande que no podía pensar en ese concepto. ¿Novia, de verdad? Ser la novia de un hombre que me llevaba veintitrés años me generaba un gusto extraño, porque la idea de un noviecito de la juventud jamás se asociaba al nivel de compromiso que yo tenía conmigo misma, ni tampoco, a la cantidad de responsabilidades que estaba dispuesta a asumir por él.  Miraba a los novios de mis contemporáneos y la relación que llevábamos con el susodicho era diametralmente distinta, pese a que a mí me gustaba ese estado de las cosas y, a diferencia, repelía a la nomenclatura. Mientras que los novios de mis pares salían a boliches, muchas veces yo lo miraba a Él, quien consideraba que su planazo era salir a cenar o quedarse mirando cine en su mini-cine y eso me encantaba. Era como si, precisamente en donde debíamos chocar, extrañamente, halláramos un poco más de entendimiento del que pudiera preverse. 

 No obstante eso, la idea de ser la mujer de o la señora de... tampoco me cuajaba en la cabeza. Yo solamente quería estar con Él, y punto... Porque los únicos títulos que existían para mí, tanto a los diecinueve años como ahora, eran los universitarios. 

II 

Pero... ¿qué es decir que me propusieron ser más amante que novia? Pues eso. Me lo pintaron de diferentes colores, pero el fin siempre fue el mismo: que yo sea la otra, porque para ser la oficial, no parecía ser buena candidata. 

Me ofrecieron viajes. 
Me ofrecieron viajes y dinero. 
Me ofrecieron "cinco o seis veces pactadas" a cambio de un mutuo pacto de tener sexo sin hacerle al otro demasiadas preguntas, en los lugares más pitucos, y los que yo decidiera. 
Me ofrecieron absoluta reserva. 
Me ofrecieron cenas, regalos, salidas o todo lo que se me ocurriera. 
Me ofrecieron (no hace mucho ,y aunque no en carácter de amante explícita pero sí de candidata a la otra), un porcentaje de dinero X vinculada a una recomendación profesional que, en realidad, bien pasaba como una buena excusa para comprarme o para intentar llamarme un poco la atención en plan "yo soy un joven de negocios" (seh, dale, y yo soy Alfonsina Storni).   

Y, constantemente, mi capacidad de asombro se re rebalsando. Se fue rebalsando y endureciendo tanto que, al cabo de todos estos años, acabó por trastocarme del todo. 

Me convertí en una mujer muy fría de cara a cualquier hombre. En una chica a la que le podés poner lo que sea frente a sus ojos y perdió la capacidad de asombro sobre lo fútiles que pueden ser algunas personas. Tripliqué mi desconfianza a límites descollantes.  Me convertí en una mujer incapaz de expresar sentimientos edificados desde el costado auténtico, es decir, ese donde nos sabemos vulnerables y donde hemos salido de nuestra zona de confort. 

Aprendí a manejar las emociones desde el cerebro, con cuidado, y tomé una asombrosa capacidad de pensar en los pro y los contras antes de tomar cualquier decisión. Desde el imperio de la razón, también me convertí en una joven muy pensante, demasiado pensante. Especulativa, si se quiere, respecto al gestionar esfuerzos y energías sólo hacia el propio bienestar, sin darle ni un centímetro de margen a ningún tipo a la redonda, sea quien sea y tenga la edad que tenga. 

Me convertí en una chica que no quiere que la conozcan. En una persona que agradece que no le hagas preguntas, que no quiere mostrarse como es y que prefiere dejarte contento con un par de palabras sin sentido, aunque lo sepa perfectamente, y aunque en el fondo le importes muy poco, al punto de ser mitad desinteresada y mitad falluta sólo para no ser invadida ni molestada.  Acabé siendo, en efecto una persona que, siendo honesta, repele a los tipos que dan vueltas pero que, al mismo tiempo, ya no quiere compromisos con nadie.  Me convertí en una de las chicas más de mi generación que, por culpa de la degradación humana de estos tiempos, tiene otro lóbulo frontal donde antes se hallaba su corazón. 

Y cada vez, esa postura, le parece completamente cómoda, cierta y ajustable a los propios objetivos. 

III 

Por motivos fortuitos, hoy conocí a La Amante de Divino. La vi, casi por entrar a su Estudio Jurídico, vestida para matar... (lo).  Y, en el preciso instante donde cotejé todos los puntos a favor que ella tenía respecto de mí - cuerpo escultural, aspecto escultural, pelo escultural, maquillaje escultural, aunque no muy bella de cara -, me di cuenta que, en su momento, ni para ser su amante encajaba. 

La mina que lo esperaba, el mismo día y a la misma hora que tantas veces me había invitado a mí a ir, lucía unos tacos que en mi vida podré calzarme, junto con un busto que yo jamás tendré - producto de mis 49,50 Kg - y una figura espigada y tonificada, producto de horas y horas y horas de Gym. 

Cuando la vi, acompañada de mi amiga, sorprendida, realmente sorprendida, le pregunté: 

- ¿Me podés explicar qué me vió este tipo, en su momento, si ahora se puede acostar con minas así? - mofé - Está bien, de cara no estaba muy bien, pero ¿vos viste el cuerpazo que tenía? ¿Viste las tetas, viste el culo? - se reí, tentadísima - No en vano, siempre me extrañó que este tipo estuviera tan caliente conmigo. 
- Ay, *** no digas eso - me retó, mi amiga. 
- No, es que lo digo sin maldad. Estoy sorprendida... ¿Cómo se puede acostar con esa mina que lo va a visitar en tetas? - me reí. 
- Terrible, eh, se re notaba que iba ahí... - observó mi amiga - Toda impecable a las cinco de la tarde, igual... 
- Ya sabemos que, según la actualización pertinente del Código, no encajo en su perfil ni para amante, ahora - me sonreí, socarronamente. 

Mi amiga mofó, dándome una negativa a eso último. 

- Nah, ¿sabés cuánto le dura ésta? 
- Ahora que los veo a los dos, te aseguro que no me sorprende que se atraigan, porque son dos productos bien cotizados - ironicé - En especial, Divino, que no le pasan los años... - me reí, sacudiendo la cabeza. 

Luego de un momento, reflexioné en voz alta. 

- ¿Te acordás todo el planteo moral que yo me hice cuando descubrí que tenía mujer? ¿Te acordás todo lo que me sorprendió cuando me enteré que iba a ser papá, y me decía "zafé, zafé, menos mal"? - le pregunté a mi amiga - ¿Por qué era tan tonta, tan inocente, pensando que éste no iba a ser tan mierda? - insistí en la idea - Ahora, que ya no tengo más corazón, veo todas estas cosas mucho más claramente. 

IV 

*una semana atrás 


- Che, ¿a vos no te pasa que mirás a las parejitas y sacás especulaciones de ellas? - me preguntó mi hermana mayor. 

La miré de reojo. 

- ¿A qué te referís? 
- A si no sacás conclusiones, si no te preguntás quién ama a quien, si no notás quién es el que está más enganchado; cosas así... Si hace mucho que están, si hace poco...

La miré, seguramente, expresando la extrañeza. 
Negué con la cabeza. 

- ¿No mirás a las parejas, vos? 
- No, la verdad que no - le expliqué. 
- ¿Ay, por qué no? 

Me encogí de hombros. 

- No me llaman la atención... 
- ¿Cómo que no? ¿No te llama la atención el amor? 
- Yo no creo en el amor. La idea de pareja es cada vez más ficcional, no sé, quizá por eso no me llaman la atención - pensé , en voz alta. 

- Pero ¿y yo, y ***? ¿Y *** y ***?  - me preguntó, haciendo referencia a mi hermana y su marido, y a ella misma y su pareja, 

Me volví a encoger de hombros. 

- ¿Viste que en la vida no todos tenemos el mismo destino, no? Hay como un bagaje de experiencias que cada uno tiene que atravesar, pase lo que pase, que son parte de la lista de su vida. Hay algunas personas, como ustedes y muchas otras parejas, que tienen la fortuna de encontrarse con una persona que los conmueve. Y sí, yo creo en eso, pero no creo que sea lo mismo para todos.  

Asintió con la cabeza. 

- ¿Y qué para vos no? 

- Del mismo modo en que hay gente que se va a Europa de vacaciones y otra que no tiene la gracia de vivir esa experiencia jamás, por diversos motivos, habrá otras personas que vivirán el amor plenamente y habrá otras, que jamás sepan lo que es corresponderse con otro, estar con la persona que realmente quieren y no tener que conformarse con otra un poco por resignación y otro poco por miedo a estar solo toda la vida... 

Frunció las cejas. 

- Ay, no seas amargada... Vos porque no querés salir con nadie... Seguramente, si te pondrías a salir con gente diferente, o con gente más joven, o con gente más grande, pero que sea diferente a lo que esperás, te pondrías de novia en dos minutos... ¡A vos no te gusta nadie! ¡Y si te gustan, te gustan todos feos! 

Puse un poco de cara de asco. 

- Es que para mí se derruyó todo tanto que llegué a un punto donde no quiero compromisos  - le dije, dando por terminada la charla - El día que alguien me conmueva, acordate - le advertí - va a ser un milagro. Voy a venir y te voy a decir: " boluda, sabé que presenciaste un milagro... " - me reí, junto con mi hermana, que se rió por la salida. 

*ese mismo día, un poco más tarde 

- ¿Por qué rechazaste a ese pibe que te invitó a salir, Veinte? - me preguntó mi papá, porque mi madre reflotó una anécdota que le había comentado indignada. 

Lo miré, extrañada. 

- Porque no tengo ganas... 
-¿ De qué no tenés ganas? 
- De salir con un pibe... 
- Pero... era un buen partido... - se rió - Jamás voy a entender a una tipa como vos. ¿Por qué a todos les decís que no? ¿Qué o a quién buscás? - me preguntó - ¿No hay uno solo, uno solo que te guste aunque sea un poco? 

Lo miré con una enorme calma. Una calma infinita, esa calma que solo se siente cuando sabemos que ya no conservamos ninguna esperanza por dentro. Una calma de quien se ha convencido. 

Negué con la cabeza. 

- No, no hay nadie que me guste. 
- Yo entiendo que éste pibe no te guste, si es inmaduro, pero no va a ser fácil encontrar una pareja para vos si estás en esa postura. Ni siquiera para un tipo grande es fácil llevar a una persona asi, que lo hace sentir poco importante en su vida. 

Le puse cara de "y bueno, papá, paciencia... ". 

- Yo no digo que, si alguna vez llego a tener una pareja o lo más parecido a eso, sea poco importante... Lo que yo digo es que no quiero saber nada con nadie. 
- ¿Por qué? 

Suspiré. 

- Porque hace bastante más de un año que , sean como sean, ya no me conmueven los hombres, papá. 
- ¿Cómo que no te conmueven? 
- Claro - me extendí un poco más - ¿viste cuando nada te toca las fibras más profundas? ¿Cuando ya no creés en nada de lo que te puedan decir, sea quien sea? 

Asintió. 

- Bueno, yo hace más de un año que estoy así, y en el último año, todo se hizo más fuerte todavía.  No tengo ganas, no quiero gastar energía, ni perder el tiempo. Prefiero enfocar mi energía, y mi juventud, en otras cosas más... productivas - le dije. 

Me miró como si fuera un caso perdido. 

- ¿Y si te enamorás? 

Me reí, con sorna. 

- No creo que ocurra semejante milagro. 
- Pero... ¿si te pasa, qué vas a hacer con tu estructura, todos los proyectos que formaste sola, para incluir a un tipo en tu vida? ¿No le vas a dar un lugar, aunque sea, que sea importante para vos? ¿O lo vas a tener de adorno? 

Volví a reírme con sorna. 

- Empezá por el principio, partí de la base que yo no me conmuevo por ningún hombre que conozca. ¿Hablás de enamorarme? Para mí, no existe esa palabra. Y si alguna vez ocurre el milagro de que yo me enamore, capaz que me pongo a negociar con ese otro, y le doy el lugar que se merece... Si es que me lo dá él también a mí - le aclaré, con mi tono de dulce y perversa. 

- ¿Qué querés decir con eso? - me preguntó. 

- Que yo no me quiero hacer malasangre por amor... No estoy dispuesta, racionalmente al menos, a sufrir por amor. 

- Mirá, Veinte, el día que te enamores, date por avisada eh, pero te vas a hacer malasangre. Quizá vas a sufrir, te vas a enojar, sí, pero el amor es así... Uno, muchas veces, se hace malasangre cuando se enamora... - me dijo, a modo de consejo, pobre, mi padre - Aunque te enamores de un hombre mayor y no de un chico de tu edad, te hacés malasangre igual. 

Asentí con la cabeza, antes de irme del living donde charlábamos. 

- Por eso no me enamoro... - ironicé, de nuevo, riéndome - No me quiero hacer malasangre, papá, no me quiero amargar sufriendo por un pelotudo, ni mucho menos, malgastando mi tiempo al lado de un tipo - le expliqué - Prefiero seguir buscando laburo, seguir estudiando, seguir proyectando desde mi vida, sólo para mi vida. Abocar mis energías ahí, que por lo menos, me hago malasangre pero me da satisfacción. 

 Mi padre sacudió la cabeza.

- Ay, Veinteava... Cuántos tipos quisieran una mina como vos y pensarán que no existe... 
- Yo soy la que piensa que un tipo que quiera estar con una mina como yo, bien, no existe. 
- Ya te va a tocar algún "jovie", ya te va a tocar algún viejo que te sepa llevar a vos... - me dijo, dos veces - Pero eso sí, cuando lo encuentres, aprendé a negociar. Aprendé a cambiar los planes, a hacer espacio para el tipo en tu vida... 

Le puse cara de "bueno, sí, te entiendo papá, pero no te metas en mi vida". 

- No existe tipo que me conmueva al punto de hacerme esas preguntas...  Supongo que sí, que negociaría mis espacios un poco, pero sólo lo supongo, bien de lejos, lo supongo... - bromeé
- ¿Y si viene uno y te parte la cabeza? ¿Un viejo? ¿Qué?
- Ya ni con un viejo, ahora, regalo minutos de mi juventud - le dije, en broma, revoleándome el pelo como en las publicidades de shampoo. 

Si mi papá supiera que ya no tengo ganas ni de que me ofrezcan ser siquiera La Otra, quizá entendería mejor por qué me convertí en lo que ahora soy.  Aunque, eso sí: muchas veces escuchando mis propios pensamientos y palpando mis propias perspectivas sobre el tema, ni yo me reconozco.

 ¿Qué le quedará a alguien más?



domingo, 14 de octubre de 2018

Cantar las cuarenta...

Cierto hombre tenía la característica predominante de remachar cualquier dialogo con el siguiente comentario: "vos le cantás las cuarenta a todos", refiriéndose a que yo le decía las cosas a las personas en la cara, pese a ser tímida en lo cotidiano. 

Con el paso de los años cada día me he tenido que volver más diplomática por diversas cuestiones. He tenido que aprender a negociar, a soportar y a no explotar a la primera de cambio, muchas veces, por pura conveniencia; por puro cálculo.  Otras veces, en cambio, llegado el límite entre mi honestidad y la farsa del otro, de una forma nada agresiva, no me privé de decirle las cosas. Sostengo que, con respeto, uno siempre puede expresar su punto de vista sin sentirse condicionado ni tampoco incómodo por ello.

Precisamente por eso último creo que "volví a las andadas", y no en vano me acordé de Él Viejo, claro, diciéndome: "Ay, Veinte, yo te imagino cantándole las cuarenta a todo el mundo, ¿siempre sos así, vos?", con una sonrisa de esas que nacen cuando uno se agarra la cabeza y se ríe de si mismo, de su propio "genio" interior, mandado a hacer macanas. 

II 

Hace unos días me invitaron a un cumpleaños de una vecina que vive frente a mi casa. Son un matrimonio de gente mayor con la que mis padres se dieron desde antes de que yo naciera y que se caracterizan por dos cosas: son muy chusmas y muy asiduos de fanfarronear.  Sabiendo cómo venía la mano, le hice señas a mi madre para que le dijera que yo no podía ir, sin embargo, la mujer cumpleañera le insistió especialmente, por lo que no me quedó remedio. "Decile a Veinteava que venga, que deje de estudiar un rato, que sólo tiene que cruzar la calle", le dijo, sin perder el humor, considerando que suelo esquivar el compromiso...  Y sí, claro, ahí no me quedó más remedio que ir. 

No suelo ser una persona conflictiva respecto a las invitaciones. Si quiero ir, se me nota, y voy siempre con la mejor disposición, exceptuando aquéllos lugares donde no me siento cómoda. Y éste es uno de ellos. ¿Qué es lo que me irrita? Lo mucho que compiten los diferentes miembros de la familia entre sí y el grave interés que presentan en la vida de los demás, en este caso, mi propia familia.  Y me pregunto, al respecto: ¿por qué yo tengo que andar contándoles mis cosas, si por poco los registro?    Pese a que ellos me conocen desde que nací, para mí, muchas veces, son gente que roza la vulgaridad. Permanentemente, están parándose de cara al otro haciendo una ostentación innecesaria. Permanentemente, intentan demostrar poder adquisitivo, desde lo verbal, desde lo ideológico, desde un tema cualquiera donde no tenga nada que ver la posición social.

 ¿Cómo me van a gustar?

III

Una de las hijas de éste matrimonio de gente mayor (40) es bastante particular. Una especie de consecuencia, exacerbada, de los humos de sus progenitores. ¿Siendo concreta? Ésta mujer tiene tantas aspiraciones por encima de lo que realmente es, como pelos aferrados a su cabeza.  Desde  ese lugar, encaja con el perfil de la típica persona que tiene tantas ganas de aparentar lo que no es, al punto de terminar por agotar al resto, que no es tonto y que se dá cuenta que lo que quiere es, lisa y llanamente, figurar.  Y esa pretensión llega a límites tan desagradables que uno, asimismo, llega a pensar: "pero callate, ridícula, si sos una interesada de mierda, no tenés cara"... cuando no suele ser tan agresiva.

Su "marido" (42), curiosamente, es lo opuesto a ella. Un tipo discreto, callado, inteligente, educado; con una  concepción del mundo diametralmente diferente; que de alguna manera extraña  se embarcó en la empresa de "civilizar" a la susodicha. ¿En qué consistió el aprendizaje? En recomendarle ser más discreta, más reservada, menos soberbia, menos engreída... (imaginen, si no hubiera hecho eso). En hacerla más humilde, en una palabra.

Evidentemente, éste hombre ha tenido otra educación porque, no sólo tiene otro perfil, sino que  jamás se ocupó de ostentar ni de hablar de sus bienes, ni de su infancia en San Isidro, ni de su paso por los mejores colegios, pero tampoco, jamás recayó en la típica pregunta de vecino chusmeta, respecto a cuándo terminás de estudiar en la Universidad.  ¿Si le importa, si no le importa? Eso jamás nadie lo va a saber, porque el susodicho es el  silencio en persona.

Sin embargo, y ya volviendo a su esposa, no es la primera vez que tiene actitudes patéticas. Siempre, desde que tuve uso de razón, consideré que era así; chusma, competitiva y envidiosa, buscando a toda costa ascender en el escalafón social. Y, a medida que fueron pasando los años, y mis hermanas estudiaron, y mantuvieron la discreción, y formaron sus familias, y mantuvieron la discreción; la pretensión de saber se fue intensificando.  Y eso, particularmente, fue algo que siempre odié de todos ellos (es decir, de la madre de ésta mina, de la mina, etcétera).  Los he visto a llegar a límites tan vergonzosos de bajeza para enterarse de algo - bueno o malo, no importa - que, en su vida real, no modificaba ningún parámetro que tomé tanta distancia de su forma de pensar como me fue posible, a partir de mi adolescencia, donde empezaron a preguntar idioteces.  Pasé, miles de veces por asquerosa, a costa de contestarles poco, saludarlos de lejos, y marcando mucha distancia también desde el lenguaje, porque no quería exponerme frente a ellos. 

Lo que pasa, puntualmente con ésta tipa, es que todos vemos un intento tan grande de ser lo que no es; lo vemos tan alevosamente, como si quisiera que todos nos enterásemos de su vida, mirándolo de afuera, que es fácil distinguir que se trata de una cuestión de vanidad. No pasa porque lo haga sin darse cuenta, sino que lo hace deliberadamente, creyendo que pone en inferioridad de condiciones a los demás.

Aunque claro, uno será asquerosa y "corta", pero, primero su marido, y luego ella, me mandaron la solicitud a una de mis redes sociales hace más de un año; y sí, de compromiso, los acepté, porque ¿cómo es que iba a justificar mi desagrado sin mandarlos a la mierda? 


Demás está decir que el objeto de la pesquisa - principalmente de ella, y no tanto así de su marido, radicó siempre en conocer buena parte de lo que yo no cuento. Ése es, en efecto, el punto conflictivo: no les cierro. No hablo de lo que ellos hablan, no les pregunto nada, no hago alarde de mis cosas, no suscribo al chusmerío del barrio y no me meto en la vida de la gente. No me la mido con ellos, no juego su juego, no me parece que el dinero les de algo atractivo.

Sabiendo, desde su lugar, que yo no hago alarde de nada, muchas veces no saben qué preguntarme y se dedican, especialmente ésta cuarentona, a mirarme. Te miran la ropa, si estás gorda, si estás flaca, si estás prolija, si tenés algo de marca, si no... ¿Y cuánto más desagradable puede ser una persona así? ¿Cuánto más desagradable se puede ser?

Si por la calle, rara vez, me encuentro con su marido, la actitud es opuesta. Me dice hola con una enorme timidez, yo le digo lo mismo, y no hay una sola pregunta demás, aunque quizá, una sonrisa de camaradería.  No obstante eso,  sé por boca de mi padre, que el tipo le preguntó por mí, muchas veces. Le dice cosas como "sí, tu hija lee mucho", o "¿qué tal, Veinte, cómo está? " o "¿Veinte tiene novio, no sale con nadie?" o "¿Tu hija, le va bien en la Facultad, no?"; con una intención mucho más sana que la de su concubina, que apunta a respetar mi espacio, a hacer la suya, y no venir a obligarme a contar lo que yo no estoy eligiendo contar. 

IV

Hace un rato llegué del cumpleaños. La situación que esperaba se dió tal y como la esperaba. Cayó la lluvia de preguntas: si tengo novio, cuánto me falta para recibirme, de qué me voy a recibir, cuántas materias me quedan, cómo me está yendo, si tengo laburo, si ya conseguí laburo de lo que estudio; y demás.  

¿Qué hubiera hecho en otro momento de mi vida? No les hubiese jugado el juego. Me hubiese ocultado mirando el celular, llena de vergüenza por mis pequeños o grandes logros, no queriendo sentirme orgullosa públicamente de nada de lo que pueda conseguir por medio del trabajo duro. Y mientras, hubiera tenido que escuchar la catarata de vulgaridades sin poder ser fiel a mi pensamiento, y hubiera vuelto a quedar como una tonta que, casi a los veinticuatro años, es incapaz de interactuar con los demás. 

¿Será por eso que me decidí a plantear mi verdadero punto de vista? 

V

Aquí algunos ejemplos... 

El primer "entre" de la fiesta, fue con la mamá de la otra señorita: 

- ¿Ése celular que tenés es el de $20.000, vos? ¿Es el mismo que se compró ***?  - me preguntó, la vieja, haciendo referencia - obvio - a que la nieta (18), se compró un celular de ese valor con su primer sueldo.  Porque ¿qué más importante para una persona que no tiene sentido común que un celular, que las marcas, que los bienes susceptibles de tener por medio del dinero?  

La miré, saliendo de mi mutismo, y le dije que no con la cabeza, fingiendo una sonrisa leve, sin mostrarle los dientes.  

- No, yo ni loca me gasto $20.000 en un celular - mofé, y medio que me sonreí, como si me diera gracia, porque lo cierto es que ya me esperaba algún tipo de recibiendo similar - Eso equivale a veinte docenas de libros...  E imaginate, en qué va a ser más importante gastar para mí...  - volví a sonreír, con ironía.  La mujer me respondió con un sí, sí, claro, claro, cosa que no abrió demasiado el campo para que me hiciera otras preguntas.

Mentalmente, especulé con que no me preguntara más nada y pensé que se había acabado la idiotez, pero de pronto, apareció la cuarentona,  a quien  ya tengo media montada en un huevo, producto de lo mencionado con anterioridad ; y ya me dedicó una mirada de soslayo que no me perdí en lo absoluto. 

Aunque lo peor, fue cuando la tonta de mi madre hizo el comentario - cosa que detesto, también, porque si uno está orgulloso de sus hijos lo debe estar de la boca para adentro, en especial cuando al hijo en cuestión todo le cuesta trabajo, todo le implica esfuerzo, todo es su propia vida... - sobre una invitación a salir, por parte de un compañero de la primaria...

Le dijo: 

- La invitó a salir un pibe de la primaria, que fue con ella al colegio y ella le dijo que no. Entonces mi marido le preguntó qué hacía de su vida, si estudiaba, si laburaba, y demás. Resulta que el pibe tiene un buen trabajo, tiene auto, está estudiando para ser Ingeniero y ella le dice que no... - se rió - Con mi marido, nos reíamos tanto.

La vieja me miró. La Cuarentona, paró la oreja.
Yo, me enderecé, y le hablé sólo a mi mamá, a sabiendas de que estaban esperando que dijera el segundo o tercer comentario de la noche. 

- Es que tendrá lo que tendrá, mamá, pero es un pibe goma, narcicista. No me gusta - sinteticé. 
- Es que para vos no tiene cerebro ¿no? - mi mamá sonrió, porque me conoce, y sabe que no me gusta ni un poco que hable de mi en público. 

Me reí, brevemente. 

- Es un cerebro de goma... - dije, siendo breve, sabiendo lo expuesta que estaba. 

- Pero qué te importa que tenga cerebro - dijo una de las hijas del matrimonio, sin una mala intención velada, sólo como chiste. 

Me reí, nada más y cuando pensaba que no había derrapado... 

- Nena, lo importante es que tenga plata - dijo, infaltable, la cuarentona desdemoriada, con su marido de San Isidro, alias: "me creo la mujer de Mauricio Macri", "mis hijos van al College X", "ay, sí, me encanta exponerme en redes y hacerme la mamá cool".  

Y ahí mismo, me dije, ¿cómo no decírselo?  No me pude resistir... ¿¡Cómo me iba a decir eso, con tanta liviandad, sabiendo que siempre le miró la billetera a todos los hombres!? Logró darme asco, claro, y por eso: 

- Lo importante es que tenga cerebro y educación, no plata - resalté, con mi tono frío, irónico, como si ella misma fuera mi propia validación para lo que estaba diciendo.  Hubiese estado bueno agregarle un "y, si no, mirate a vos... ", ahora que lo pienso... 

La tipa me miró como diciendo "qué idiota", mientras que yo me encogí de hombros, reafirmando mi posición. 

- Importa más la plata que si tiene cerebro, es así...  - sostuvo, tan caradura.

Mofé, y de verdad, lamenté que su marido fuera en apariencia tan ingenuo, considerando que es obvio por dónde le vió "el amor", o de qué "se enamoró". ¿Nadie le dijo que a ésta mina lo que le gustó de él fue la plata, o es que él también accedió a ese convenio, creyendo que no podía aspirar a tener a una mujer que lo quisiera no necesariamente por un billete de más? "¿Esta pelotuda se piensa que tiene la vaca atada, no? ", concluí, en pocos segundos, mientras la escuchaba decirme eso con tanta desfachatez. 

-  Con educación y cerebro, se hace la plata, eventualmente... - contraataqué. 
- Pero es preferible que tenga la plata... - exclamó.

Y a mí, eso, me motivó...

- Es que la guita no compra el sentido común - dije, esperando que se sintiera bien tocada. 
- Pero a vos qué te importa la educación... - insistió - Si el tipo tiene plata, ya está. ¡Qué te importa si tiene cerebro, nena, tiene plata! - reforzó, inclusive, por si me quedaba alguna duda de su pensamiento.

Yo me mantuve en mi postura:

- Es que vos podés tener educación y no tener plata, y está todo bien, porque tenés estudios, te sacrificaste, laburás dignamente...  - le marqué - pero lo terrible es tener plata y no tener educación; porque esas cosas, tengas lo que tengas, se notan siempre - espeté -  La plata la tenés igual, sí, pero si te falta la educación, ¿qué hacés? Cosas así, chorrean grasa...  

Me puso cara de refutación, pero no me dijo nada.  Yo le hice la misma cara, y tampoco le dije más nada, demostrando mi alto nivel de convicción. 

"No sé para qué pone esa cara si nunca agarró un libro en su vida y se buscó un tipo con plata, la caradura. Mínimo, le toca quedarse callada y no hacerlo quedar, al otro, como semejante pelotudo, demostrando abiertamente que le chupa un huevo"; pensé. 

La tipa, no me habló más en toda la noche. La madre de la tipa, no me hizo más preguntas pelotudas. El marido de la tipa, siguió con su actitud de "si Veinte dice algo la miro callado, porque la piba nunca habla, pero no parece mala" y, el pobre, no se dió cuenta todavía de que le están contando el cuento equivocado.  

Mi madre, silenciosa testigo de todo aquéllo, se quedó con su cara de inocente paloma hasta que pasó el temblor. Mi padre, que se enteró un rato después, se enorgulleció de norte a sur y no dejó de reírse, sorprendido, por un buen rato, de que haya sido "tan hija de puta". Tan dulce y pervesamente hija de puta.  Yo, por mi parte, me saqué el gusto de decirle lo que le dije, precisamente, a una mina tan interesada, tan vulgar, y por encima de todo, tan ignorante...  ¡Porque, si quiere hacer gala de algo, estaría bueno que no use el status social de su marido, para creerse algo que no es con ello! ¡Y no crea que los demás no sabemos de dónde viene, qué es lo que hizo de meritorio para hacerse "la señora" y qué es lo que no viene con ella, no le es propio...  ¿O en éste mundo alguien tiene algo garantizado? ¿Creerá que engaña a alguien, en verdad? 

VI

Hoy fue uno de esos días donde me cansé de ser buena, y me puse... un poco más con la frente en alto, a riesgo de quedar como soberbia, sin que me importase nada de lo que pudieran pensar esas personas.  Les dije, con tono calmo, y cara de angelito, haciéndome la tarada, algo que me tenía guardadito hace años, a modo de generosidad. 

Mañana, todo volverá a los cauces normales y, si Dios quiere, mi frente bajará en dirección a los apuntes de la Universidad, como todos los días, con tanto esfuerzo. 

Que las demás, sigan haciendo usufructo del señor de San Isidro. Que éste último, siga dándome like en las fotos que cuelgo en las redes - cosa que me da más gracia que gusto -, a modo de paradoja universal y grotesca (y no precisamente la de los libros, ni la de las plantitas, ¿vió?), y  que cada una siga pensando como piensa. 

Total, a lo esencial, nunca se lo puede comprar con plata.


jueves, 11 de octubre de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: Me divierte

I

Comparto un algo en mis redes sociales (sí, otra vez, que para eso están en cierto modo). Es algo referido al miedo y, la secuencia que expresa, va más o menos así: 



Un ejecutivo se levanta a la mañana y, enseguida, la primera orden que le da su cerebro es la de ir al baño. Sus músculos se reactivan, su corazón toma noción espacio temporal y la rutina emerge como por debajo de las sábanas. Se da una ducha y, mientras tiene el impulso de cantar bajo el agua, acorde al sonido de la radio, piensa que se puede resbalar, se puede "quedar pegado", y obviamente... se puede morir.  

Entonces, deja de hacerlo. 

Saliendo de camino al trabajo, se le antoja comer un menú cargadísimo en grasas. Su corazón lo alienta, diciéndole que sí, y lo impulsa, inclusive, representando eso con unas riendas que parecen llevarlo para todos lados. Pero el cerebro le indica que puede engordar si come dicho menú, que puede darle un infarto, y obviamente... se puede morir. 

Entonces, deja de hacerlo. 

De camino a la oficina, mira con anhelo una playa donde todos los demás están disfrutando del sol, o de un rico platillo. También detecta un puesto de lentes, deseoso de probarse unos nuevos, e inclusive, se siente atraído por la vendedora.  Pero en su mente, enseguida, se pegotea la sombra del fracaso y lo único que se reproduce en ese cuadro es el pensar que la chica se reiría de él, y de cómo le quedarían las gafas de sol. 

Entonces, no lo hace. 

Sigue su camino, ya a punto de entrar a la oficina, pero su corazón, literalmente, encara para la frontera del sol pidiendo sus cinco minutos más de vida. Aunque la razón, objetiva y mandona, toma de nuevo las riendas y tracciona hacia adelante, o mejor dicho, hacia adentro.  Porque pese al deseo frente al ocio, si no entra, se puede quedar sin trabajo, terminar durmiendo en el banco de una plaza, congelándose, y obviamente... se puede morir. 

Entonces, no lo hace. 

Una vez dentro de la oficina, el mecanismo de todos los días se repite. Modo automático, el modo automático y penetrante del siempre lo mismo lo avanza y lo vence. De hecho, si faltan evidencias, su cerebro le quita las riendas al corazón y se pone en un modo automático indeclinable.  Pero justo ahí, algo cambia. 

Entonces, se detiene. 

Sí, algo cambia a tal punto que el ejecutivo por primera vez se mira en el reflejo de la computadora y se encuentra con un tipo triste, privado, que ya no escucha a su corazón. Mira también a su alrededor, y se encuentra con lo mismo, es decir, una foto de su vida hacia adelante...  El reflejo de sus compañeros igual de apáticos, igual de vacíos. Y comprende, finalmente, cuál será su destino. Finalmente, éste hombre, se ve: envecejiendo frente a ese escritorio, llevando los papeles de un lado al otro, mecanizado, cubriéndose de canas, en su ilusión se levanta del escritorio y va derechito a la tumba, ésta vez, sin especulaciones sobre el modo. 

Entonces, no lo aguanta.  Y la razón, pese a todo, le baja las riendas al corazón.  

Ahí es cuando el hombre se levanta, y va derecho a almorzar lo que deseaba, dándole el gusto a su estómago; y va derecho a comprarse las gafas y la chica del puesto lo mira embelesada y el corazón se alborota de alegría.  

Y corre hacia la playa, a sumergirse, a dejarse barrer por la fuerza de las olas. Y se divierte. Y sonríe. Y su corazón no da más de contento.   

Entonces, vuelve a la oficina, a la misma oficina de siempre, pero, se nota, se nota a la legua, él tipo ya no puede más de contento.  

De hecho, pasa sus papeles, unos a otros, disfrutándolo, buscando nuevos modos de marcar los mismos códigos sobre el mismo teclado, frente a la misma computadora que un rato antes lo había mostrado desabrido, moviéndose.  

Su felicidad contagia y se expande en la medida de que todos, compañeros y superiores en su empleo, terminan bailando lo que él baila, moviéndose también... Y la oficina deja de ser tal para convertirse en una pista de baile... 

Y el lema es: "que el miedo no te quite la vida". 

II

Cuando lo compartí, siendo honesta, me recordó remotamente a él, pero el final me resultó tan conmovedor y valiente que evacuó esa idea por completo. Pensé, sin una pretensión egoísta, que ojalá el miedo no me quitara la vida, o por lo menos, la predisposición a vivirla de alguna manera en que me aporte felicidad. 

 El cambio del ejecutivo del video, ese pequeño cambio que marcó un modo de encarar la situación, acabó por sacarme una carcajada y darme esperanza en un momento donde estoy un poco desanimada (cosa al margen).  Al caso, en medio de un contexto como el que estoy viviendo, el video, acabó por parecerme divertido. 

III

Pasado un rato, me sorprendí de ver que Él, casi cinco años mediante, pareja mediante, vidas mediante, resoluciones mediante, y decisión tomada mediante, también reaccionara a mi publicación... con un me divierte (aprendió a usar las reacciones, éste hombre...  )

¿Alguna vez se habrá dado cuenta lo parecido que es, o quizá era, a ése ejecutivo?  Ojalá, a su manera, esté bailando.  Ojalá, a su manera, haya hecho ese cambio respecto a mí, y a la época donde se agachó, y pueda ir, siguiendo los términos del cortometraje animado, a encarar a la chica de gafas, comprarse unos lentes, comer rico, meterse en el mar, y volver al laburo moviendo las cachas. 

Yo, por mi parte, ya no me siento afectada por esas estelas que va dejando en mi presente. Estoy pasando y transitando tantos otros silencios y vacíos en aspectos que nada tienen que ver consigo; que por un lado, su presencia se ha diluido y por otro lado, éste tipo de actitudes me sorprenden desde la extrañeza misma de un desconocido.  

IV

A tal punto cambió mi paradigma mental en éste último año que sólo me acuerdo que existe, precisamente, porque veo su nombre y su apellido en mi lista de notificaciones y sí, claro,  caigo en la cuenta de que vive. Que sí, que está, que todavía lo tengo entre mis contactos, que sigue viviendo a siete cuadras de casa, que bueno, que ojalá esté bien, que qué se yo, a ésta altura del partido...

 Tanta es la distancia física y mental de mi parte que de inmediato, puedo recordarlo de punta a punta, pero su imagen lo mismo se borra del panorama y vuelven las otras preguntas, esas que hablan de mi vida, del futuro, de lo difícil y de lo simple, del sacar fuerzas, del salir adelante, del hacerle frente a las cosas, del poder encontrar el modo de hacer mis objetivos realidad. Preguntas donde no existe. Una vida en la que simplemente ya ni cuenta. Una vida donde su evocación se reduce a la escritura en un ámbito privado en el que necesité contar nuestra historia desde el comienzo, y de la ahora estoy contando el final (quizá, a modo de charla conmigo misma), desde una perspectiva absolutamente diferente respecto a cómo me imaginé poder contarlo. Y eso es, sin mentir, un gran hallazgo para mí, un logro positivo, un motivo de crecimiento personal fuerte.

En la actualidad, todo lo que no es distancia, no es sólo lo físico o el hecho de que pase por la calle de su casa volviendo de la facultad tres veces a la semana y no la reconozca en la penumbra - y no, no es un decir, realmente me pasa -, como si mis ojos no pudieran volver a verla. Es el hecho de que estoy atravesando cuestiones y planteándome cosas (lindas, tristes, que me asustan, que me llenan de valor) ante las que me debo el poner tanto que... No me detengo a pensar demasiado en él. Y, de hecho, ahora soy yo quien no le da importancia a sus redes, quien no las mira aunque las tenga a la mano, quien... no está más.

Supongo que es lógico y sano que todo sea así como es. Hay cuestiones que Él, naturalmente, hace veinte años se respondió (o quizá no, pero al caso...) y a las que yo, a diferencia, estoy intentando encontrales un cómo, un para qué, un modo o un aliciente en el presente; por lo que es esperable que todo eso me insuma absolutamente mi tiempo y mi energía luego de tantos años de tristeza por su causa, sus miedos, sus motivos, y qué se yo cuántas cosas más...

V

Totalmente alejada del rencor, de la bronca, o incluso de la soberbia, con una mano en el corazón, de cruzármelo en la actualidad no sabría ni qué decirle. No sabría ni qué decirle mientras que, hace casi cinco años, era el único hombre en el que había podido confiar ajeno a mis familiares o amigos. 

Incluso, quizá, debería volver a presentarme porque, me arriesgo a decir que nosotros dos ya no nos conocemos. Que estamos a más de veinte años y una vida nueva de distancia. Que nos hemos alejado tanto en estos años, a tal punto que nos une una red social paupérrima, y lo único que queda es su nueva costumbre de ponerme likes en muchos de los posteos... Vaya a saber desde qué lugar.

Y eso... nada más.

Que yo escribo para sacarme el regusto raro, pero que me asombro. Todos los días me asombro del cambio. De su actitud pasada tanto tiempo. De su actitud vinculada a la edad. De su actitud vinculada a su decisión, y en especial, de su actitud vinculada al hecho de que éste es un hombre que eligió racionalmente no estar conmigo, que padeció no poder ponerme los límites, que hizo lo que le pareció en su momento y con quien sólo intercambié un saludo de cumpleaños hace un año para cerrar y no, claramente, para abrir una amistad virtual, faltaba más... 

V

A mi, por lo menos, me divierte recordarlo diciéndome que detestaba las redes sociales, que las usaba para mirar determinadas cosas. Me divierte recordarlo diciéndole que - supuestamente - leía mi página de escritura cuando no se podía dormir, con vino en mano, porque ya estaba declarado que escribía para él por esos días. Me divierte imaginármelo todo tecno, ahora, más modernizado, poniendo reacciones a las publicaciones de una pendeja con la que supuestamente siempre estaría a destiempo. 

Esa pendeja que, finalmente, un día, sin alboroto, sin hacer ruido, sin preciarse de tal cosa y habiéndose tomado todo el tiempo del mundo; dejó de quererlo... Y pudo verlo como realmente es: un buen tipo,de seguro, que eligió - no a mí - y que seguramente tuvo sus razones. Un tipo que me queda trasmano. Que se halla lejos. 

VI

Sí, definitivamente, si tendría que sentarme a hablar con Él hoy, no sabría que decirle.  

O quizá le diría que estoy estudiando como una descocida porque estoy pasando por un momento muy especial con la carrera que elegí; que estoy buscando trabajo como una descocida, porque tiene mucho que ver el momento especial a nivel académico y profesional; y que estoy esperando que me paguen como Penelope a Odiseo en su viaje a Ítaca, del trabajo anterior. Y sí, claro, que entre más tiempo pasa la inexistencia de su persona abarca tanto y hace efecto por periodos tan largos, que - ahora -  me extraña acordarme de él. Me extraña pensar que fue parte tan esencial de ésta misma vida.  

La gente cambia... Está a la vista. La gente con el trascurrir de los años, muchas veces, cambia. 

Qué lo parió (III). 



domingo, 7 de octubre de 2018

La (otra) metamorfosis


Con Alguien hacía mucho tiempo que no hablábamos, aunque me escribió hace poco más de una semana rompiendo el silencio (y estando de novio, o al menos, en veremos con una chica, según lo esgrimido en redes). Realmente me sorprendió bastante el hecho porque lo hacía muy feliz con ese nuevo estado sentimental y también lo consideraba un muchacho lo bastante leal como para evitarse – especialmente conmigo – “los tiroteos”. Es que Alguien básicamente se centró en escribirme varios meses después para hacerme saber su sorpresa respecto de una foto que subí donde no estaba hablando, precisamente, de Literatura o de Derecho.  

Y sí, me hice la pregunta del millón: “¿no estaba de novio, éste?”, sin entender muy bien cuáles eran sus intenciones conmigo, si sabe que no tiene chance y si eso ha quedado súper claro. Con Alguien no ocurrió que tuvimos algo y terminamos mal, ya que a mi manera de ver, ni siquiera empezamos a tener algo. Nunca me afectó de una manera seria en que se me hiciera imposible tolerar, como para empezar, una miniatura digital embutida dentro de un teléfono, ni tampoco, nunca sentí un compromiso tan grande como para que su número en mi agenda de contactos me pusiera en apuros de conciencia.  

Sabía, de alguna manera u otra, que le había dicho la verdad sobre mis sentimientos. También, sabía que dentro de todo el meollo interior atravesado por esa época donde salimos algunas veces, yo intenté que la verdad fuera la solución ante la falta de interés. Me dije  - y le dije – que lo mejor era que conociera a otra persona en todo momento, y le expliqué que no era su culpa que yo no quisiera estar con nadie, ni salir con nadie, ni conocer a nadie en éste momento de mi vida. Reconocí absolutamente todas mis falencias y mis aciertos, intentando que se sintiera bien y que siguiera adelante con su vida, evitándose perder el tiempo. Él me dijo que todo lo que pensaba sobre mí se lo guardaba, pero que deseaba que me diera la oportunidad algún día con alguna persona. Yo le agradecí sus palabras, le pedí disculpas de nuevo por si había sido demasiado dura en mi accionar y nos despedimos.

Nuevamente, tampoco quedamos del todo bien, ni del todo mal.

Fue varios meses después cuando me enteré que estaba saliendo con su mejor amiga de la infancia, o al menos con una amiga que él consideró siempre muy cercana; y me puse realmente contenta. Desde ese lugar, más allá de que siguió dejándome algunos likes perdidos, jamás los devolví ni le hice un comentario en ninguna de sus publicaciones, respetando sus elecciones y, sí, siendo honesta, mirándolas con una sonrisa a la distancia, pensando que siempre la vida tiene reservado algo bueno para las personas que edifican desde la buena madera.

Sin embargo, todo cambió el martes del mensaje.  Su actitud de ladri me generó curiosidad: no podía creer cómo se daba el tupé de estar en algo con alguien y, además, pensar que podía comentar con cara de estupefacción mis fotos de cuerpo entero como si no pasara nada y, además, cómo si yo fuera la opción de repuesto.

Le contesté un rato para ver de qué lado de la cancha se hallaba. Su actitud, salvando ese primer acercamiento “bananil” (y no varonil) se fue diluyendo en la marea de la charla a medida que los tópicos profesionales y/o académicos fueron también dándose con naturalidad, siendo un horizonte que tenemos en común (el único, ahora que lo pienso). Precisamente, estando embarcados en la charla sobre dichos menesteres me contó que estaba elaborando el escrito inicial para una Sucesión, ya que es Abogado. Por mi parte le comenté que estaba preparando un parcial, que había hecho una Suplencia como Profesora de Literatura, que había sido una experiencia nueva, y además, para no monopolizar la charla, pregunté si era muy difícil el escrito y si estaba contento con esos pasos jurídicos. 

Cuando empezó a hablar del tema, se forma de hacerlo, se debatió entre lo críptico y lo canchero, cosa que me sonó ajena a él, del mismo modo en que me había resultado ajeno su mensaje. ¿Dónde estaba el pibe bastante más blanduzco que yo había conocido? La preguntaba me latía como por detrás de las orejas, atrayéndome junto con la conversación en el afán de develar mi propia duda.

La charla avanzó unos cuantos mensajes después. Me pasó su tarjeta, su contacto profesional, y esbozó un “por cualquier cosa”, que yo comprendí muy bien en los terrenos del servicio que brinda, claro. De hecho, le dije que si tenía algún conocido  lo iba a recomendar – porque no dudo que con el tiempo se irá a convertir en un buen Abogado -, y que me alegraba – fui totalmente franca en este punto – porque estuviera empezando a vivir de lo que había estudiado. Consideré, en mi fuero interno, que era bueno para él tener esas oportunidades de hacerse su propio camino, teniendo en cuenta que son sus primeros años de graduado con tesis incluida y todo ese rollo académico tan estresante; consideré que a la larga le iba a ir, que si estuviese en su lugar la estaría remando de la misma manera, que ojalá tuviera suerte.

Y Alguien, con sólo responderme ése “me alegro que te salió esto de la Sucesión, qué bien”, terminó por revertir todas esas buenas cosas que acababa de pensar sobre él, y en general, todas las buenas cosas que pude haber pensando alguna vez sobre él.

¿Qué me dijo el Doctor?  

“En caso de que me recomiendes a alguien y eso salga, tenemos que arreglar un porcentaje que te va a corresponder”.  

II

¿Cuán… insultante puede ser una frase de esas, no solamente por el momento personal que estoy pasando, sino por la intención inicial de éste cuasi treintañero?

Espero, de verdad espero, que me estés haciendo un chiste “, le contesté. “No, para mí, es lo que corresponde. Hay que hacer un arreglo, para que te lleves un porcentaje”, insistió. “Yo por lo menos hay cosas en mi vida que las hago de onda, por ayudar al otro que se está esforzando para formarse, nada más, ***. No hace falta que me des nada a cambio, ni tampoco, lo quiero" , le aclaré, furiosa, y en especial, algo así como asqueada por pensar en lo que se había transformado.

¿Cuándo había sido el día, o el momento preciso, en que durante una charla nuestra se había filtrado un elemento que tuviera que ver con el dinero? Jamás. Incluso, sabiendo que éste muchacho venía de una mejor procedencia social, eso nunca me importó a la hora de apreciarlo o no.  Mientras todas las personas que me rodeaban me decían que yo era una tonta, cuando no le daba demasiada bola, porque él era un buen partido;  a mí ni su vida, ni su dinero, ni sus bienes, me representaban un salvataje.  

Siendo honesta, como no me terminaba de convencer a nivel humano, lo demás pasaba a importarme un carajo. Ni siquiera yo lo había buscado por interés, nos habíamos conocido por gente en común y meditar respecto de quedarme a su lado, jamás había significado salvarme. A mi manera de ver, del mismo modo en que yo asistía a una Universidad – no privada, como en su caso, sino pública – y estudiaba X carrera, él estudiaba lo suyo. Del mismo modo en que él vivía en X lugar, yo vivía en X lugar, pero del lado Oeste y no del lado Este donde estaba “la parte más cara de ***”.  Éramos, a nivel de nuestros orígenes, muy similares. Si bien había momentos donde me cohibía un poco la soltura que tenía frente a ciertos tópicos, no lo sentía superior, ni tampoco inferior. Para mí, era un chico más con el que estaba intentando entenderme, bastante inmaduro en ciertas cosas, con quien muchas veces sentía que le faltaba experiencia, un poco más de tacto, de camino andado, como para comprender que había cosas donde, necesariamente, se tenía que manejar con más humildad… Es que, no importaba si para él era lo dado irse a Europa, o si me decía que no era una problema la plata para ese viaje en el medio de una charla donde el eje estaba puesto en otra cosa; sino que lo central estaba en ser humilde. En entender que no todos viven la misma realidad, en saber que hay gente que no tiene ni para comer, en comprender que lo que para él es lo dado para muchos – dentro de los cuales me incluyo, claro – puede tratarse de un sueño, de algo enorme, de un montón de sacrificio.

III

¿Si los padres estaban llenos de propiedades y mis viejos eran albañil y ama de casa respectivamente? Sí, claro, eso era y es totalmente cierto y, desde ese lugar, en un gran esfuerzo, yo entendía que los demás me dijeran eso del “buen partido” pese a no compartir el mismo concepto en el mismo sentido… Pero cuando escuchaba a Alguien hablarme, desde otra posición mental, desde otra conciencia de clase, a mí no me parecía algo bueno.  Supongo que si la gente tiende a escapar de sus raíces, y rechazar sus orígenes, yo consideraba  que no es un lugar del cual quería huir ni del cual me atreviera a renegar el día de mañana, donde pudiera progresar mucho más (si Dios quiere), respecto de mis orígenes.

  A mí, la realidad en la que viví, siempre me pareció natural, la única posible. Siempre pensé en superarme a mi misma, en salir adelante, en estudiar, en trabajar y en esforzarme por obtener mis propios resultados. Siempre, desde pequeña, me propuse romperme el lomo para tener todo lo que yo, ya desde ese momento, soñaba. Nunca fue mi idea, ni nunca fue el mensaje que recibí por medio de la educación, buscarme a una persona que tenga dinero “para salvarme” o “para tener una mejor calidad de vida”; al contrario. Siempre me pareció totalmente vergonzosa esa postura, ese afán de progreso malogrado por parte de algunas personas ordinarias y mediocres que creían que sólo importaba el dinero cuando, ni siquiera, sabían – por decir algo – lo que era la concordancia entre sujeto y predicado.  Siempre sostuve que precisamente esa ignorancia es el peor de los males, que no hay dinero que la camufle, que no hay nada capaz de comprar valores y educación. Que por mejor sea tu apariencia, la calidad, y lo apreciable, muchas veces se ve en el contenido de las personas y no tanto en su envase.

Quizá se cae de maduro pero precisamente por ser férrea creyente de todas estas cuestiones, yo me dediqué a estudiar, a trabajar y a trazar mis propias metas, totalmente independientes de la figura de un hombre, a medida que fui creciendo;  y también, me enamoré muy pocas veces.  Con el paso de los años, paradójicamente, en mi vida se fue dando un común denominador: todos los tipos que me quisieron invitar a salir fueron hombres o muchachos con dinero, con los que yo me sentía ajena o con los que me entendía muy bien en algunos casos, sin que ningún billetín se pusiera en medio.

De tanto que se repitió esta situación, pasé de amargarme a tomármelo a gracia, porque en mi familia comenzaron a bromear con el tema. Acabaron por considerar que era mi karma y terminaron por reírse a carcajadas cuando les contaba – indignadísima - algunas reacciones que tenía respecto al marcarles el límite en el afán de proteger mi independencia sin dejarlos que me inviten ni un cortado en jarrito, ni una bolsa de caramelos duros, no aceptándole invitaciones a lugares determinados, bajándolos de un hondazo con mi visión de la realidad o, sin ir más lejos, enojándome porque me hicieran regalos en las primeras citas (¡cosa que me sigue pareciendo re raro! ¿A quién le hacen regalos en la primera cita? ¡Dale, no es normal!).   Por eso, cuando Alguien se refirió a un porcentaje de dinero para darme, yo me sentí ofendida. O lo que es más preciso: me sentí insultada, como si lo único importante no fuera el hacer las cosas desinteresadamente, en honor a que alguna vez se comportó bien conmigo, sino pactar un modus operandi basado puramente en el afán de lucro.

Porque, digamos que yo entiendo que no hubo onda entre nosotros, que no teníamos electricidad, que yo le gustaba un montón – modestia al margen – y que a mí no me gustaba de la misma manera… Pero ¿qué tiene que ver ese ofrecimiento en toda esa base anterior del vínculo?

Realmente me lo pregunto: ¿cómo esperó que me sintiera interesada en él a través de un compromiso total y absolutamente monetario? ¿Cómo esperó, diciéndome esa estupidez, ganarse un poco de mi interés, o al menos, de la empatía que puede sentir cualquier persona frente a otra?  ¿Qué se le habrá pasado por su cabeza de colibrí, respecto a mí?  ¿Qué yo valgo un porcentaje X de dinero, fruto de su labor, y no de la mía propia?

En esta oportunidad, Alguien, pese a que no se lo dije directamente, acabó por darme asco. Especialmente por la situación laboral-profesional que estoy viviendo, donde lo que yo busco – aunque él no lo sepa – es laburo, y no un porcentaje abultado de un tipo. Especialmente porque para mí las cosas son, en tantos sentidos, tan distintas, que no me dá la cabeza para comprender ni ver alguna buena intención en todo esto.

Que Alguien, oficialmente, se vaya al billete que lo parió, y que el porcentaje ése se lo guarde donde mejor le quepa; es decir, banco, caja fuerte, lugar donde no dá el sol, colchón de la casa; u otra lista de largos etcéteras.  

jueves, 4 de octubre de 2018

"La situación"

Ayer fue uno de esos días donde estuve de bajón. Hacía rato, pese a las asperezas cotidianas, que no andaba con el ánimo tan por el piso.  Hoy, por suerte, y a diferencia del día anterior, me levanté mejor, más centrada, con una mejor actitud. 

Anoche, después de haberme quedado mandando Curriculum Vitae, me fui a dormir pensando que estoy haciendo absolutamente todo lo que esté a mi alcance para conseguir trabajo, que no es mi culpa fallar en ésta búsqueda, que no me quedé de brazos cruzados, que todo lo que pude hacer para solventarme desde fines del año anterior, lo hice, y con la mejor voluntad. 

Sé que me estoy moviendo, que me estoy esforzando con los estudios y  que me estoy manteniendo atenta para no dejar pasar una oportunidad. Sé que es a veces es cuestión de suerte, de que tengas que estar en determinado lugar y en determinado momento, cuando la vida lo dispone de ésa manera más allá de cuanto lo hayas intentado.   Sin ir más lejos, en el lugar anterior donde trabajé dando clases, yo había mandado mi CV hace buen tiempo y terminé enterándome de la convocatoria por otro medio, por lo que me postulé y quedé en dos días como si fueran dos caminos paralelos para llegar a un mismo sitio donde, finalmente, sea por la razón que sea, yo tenía que encontrar.



Desde este lugar interno, sé que no tengo nada que reprocharme, sé que estoy siendo totalmente elástica con esta búsqueda, que me estoy comiendo las idas y venidas de "la situación" como corresponde, o al menos, como yo siento que corresponde por la edad que tengo.  En mi familia, desde el lugar externo que ellos ocupan al seno más intimo de mi vida, todos me dicen lo mismo: que sólo es cuestión de tiempo, que no me tengo que desanimar, que soy re joven, que es normal que en ésta Argentina actual no consiga laburo o que consiga "puchos". Que no es porque yo sea tonta, ni no esté capacitada, sino porque "la situación" está muy complicada. 

II 

*un mes atrás 

- Hija - me dijo mi padre hace un tiempo - vos no te pongas mal, acá no te va a faltar nada. Ni plata para que termines de estudiar, ni comida, ni nada. 

-  Bueno, pero es que me da bronca, porque yo ya me quiero independizar del todo... Ya estoy grande para pedirte plata, papá. Yo te tengo que ayudar a vos, no vos a mí - le expliqué. 

Se sonrió. 

- ¡Estás loca! Cuando cobres, esa plata, te la tenés que gastar toda en vos. Comprate todo lo que necesites, salí con tus amigos, o con algún viejo, andá y disfrutá. ¿Cuándo vas a disfrutar, si no? 

Me reí, por la soltura con que dijo lo del viejo... 

- No, igual, no hay que hacer muchas jugadas por cómo está todo... - observé - Me la quiero guardar para fotocopias, por las dudas.  

Me puso cara de cansancio. 

- ¿Yo qué te dije siempre? Que nunca te iba a faltar plata para estudiar, ni para comer. Si pudiera darte más, te daría más, pero te doy mi palabra que te voy a pagar hasta el último café que te tomes de la Facultad. 
- Pero no es el hecho, no te tenés que ocupar. Ya bastante que me pagaste todo mientras recién empezaba... O cuando no trabajaba estas horas... A mi no me gusta depender tanto ¿entendés? 

Negó con la cabeza. 

- Para mí, va a ser un orgullo enorme el día en que te recibas. Dejame que te lo pague, aunque trabajes, no importa, esa plata tenés que ahorrarla para vos, porque es un doble mérito que seas la única de las tres que además de estudiar lo que estudiás,  labura, que busca horas... - me recordó  - lo miré, y me encogí de hombros, considerando que eso fue lo que yo siempre quise hacer, más allá del deseo de mis padres tan bien intencionado, por otro lado - Tus hermanas, cuando estudiaron, estudiaron. Vos, con la edad que tenés, te movés un montón, en lo que sea que te puedas mandar para laburar, vas y lo hacés, estudiás esa carrera del culo que te la pasás leyendo a todos esos personajes - me hizo un gesto de pesadez sólo por imaginárselo - Quedate tranquila, tené paciencia, éso es lo único que tenés que hacer: tener paciencia. 

Inspiré hondo y asentí con la cabeza. 

- Sí, ya sé. Lo que pasa es que a mi me gusta trabajar por las cosas. Me gusta tener lo mío, esforzarme, que nadie me lo regale. 

- Acá jamás se te va a cobrar absolutamente nada. Y, si necesito algo, te prometo que vas a ser a la primera persona a quien se lo voy a pedir, como ya te he pedido - me recordó. 
- Sí, yo no tengo drama. 
- Ya lo sé, boluda, por eso te lo digo. 

Puse cara y seguí sumida en mi mundo. 

- Yo estoy segurísimo de que vas a ser exitosa en lo que hagas. No sé si lo voy a ver, pero estoy seguro que se te va a dar todo lo que querés, lo que deseás ahora. Date tiempo. ¿Qué te preocupa, no tener laburo? 

Asentí con la cabeza. 

- Si, en este tiempo que te resta de carrera, ves que no se te dan las posibilidades, cosa que no creo, yo te voy a ayudar a que salgas adelante. No te voy a dejar tirada, hija, ¿estás loca? 

- Igual, yo no me voy a rendir - negué con la cabeza, terca como una mula - Voy a hacer todo lo que esté a mi alcance, eso te lo aseguro. 

- ¿Sabés lo que tenés que hacer vos, el día que te recibas y ya tengas tus horas? 

Negué con la cabeza. 

- Disfrutar. Irte con el viejo que ya te vas a levantar, seguramente para esa época, a donde se te ocurra. Dormir, salir todos los fines de semana que ahora te estás comiendo acá estudiando, irte de vacaciones los veranos que te los comés acá estudiando... ¿Qué, te vas a seguir preocupando, no?- se rió -  Tenés que salir con tus amigos, disfrutar de tu sobrino, si te cae el gracia algún viejo, darle para adelante y hacer que se le mueva la dentadura de la alegría - me empecé a reír, tentadísima por las cosas que dice mi padre -  Si vos que te rompés el culo no lo hace ¿quién? ¡Dejame de joder!

III 

Hoy me levanté, tomé el desayuno, me alisté y preparé todo para irme a la Secretaría de Asuntos Docentes de mi distrito a anotarme en un listado abierto sólo por casos de Emergencia. 

Por suerte, no hice demasiada cola. 
Ésta vez, también me había olvidado de llevar conmigo el mate. 

Cuando volví, almorcé y me encomendé a las palabras de Tomás Moro, a quien tenía que estudiar. 

IV

Creo que, en la situación donde estoy, más no puedo hacer.  Sé que quizá las cosas no estén siendo viento a favor, especialmente ahora, donde me he quedado sin mis dos changas. Sé que como todo se dió, así, con el espacio suficiente y la esperanza suficiente, en medio de ésta situación general de malestar social, puede volver a darse. 

Dentro de todo lo que estoy afrontando, no descarto nada. Porque si pierdo la voluntad, la esperanza y la entereza,  lo sé, estaría todavía más desolada que si perdería de nuevo mis dos mini-trabajos.

Hoy en día, la esperanza de que algo bueno pase, es mi único capital. 


lunes, 1 de octubre de 2018

Resonancia

Si bien no estuve demasiado tiempo cubriendo aquélla suplencia como Profe de Literatura, me tomó algunas semanas reflexionar sobre el rol. No sólo porque era la más joven del plantel, sino también, porque todavía no me creo demasiado el rollo de ser Profesora y todo lo que implica. No me lo creo, porque habiéndome cruzado con cada maestrita ciruela, ya desde el ámbito universitario, y considerando que me resultan insoportables, me resisto a plantarme frente a los chicos como una sabelotodo, carente de humor y de empatía. 

Hace un tiempo atrás, antes de experimentar lo que es el ejercicio de la profesión que estoy estudiando, yo creía que iba a ir directamente a enseñar mi materia y que a los chicos no les iba a interesar, pero que tampoco, les iba a interesar lo que les pudiera decir.  No por eso, sin embargo, adopté una postura temerosa o me puse a la defensiva, pero sí me mantuve con las expectativas bajas, sin saber lo que me iba a tocar. 

Sabía, creo que desde un costado introspectivo, que antes de ser cualquier cosa soy una persona y que, eso, en cualquier lugar donde esté, iba a intentar salirme por las entrañas. Sabía, por lo demás, que yo también estuve donde ellos están, que tuve diecisiete años, que para mi el secundario consistía en un aburrimiento masivo. También recordé que estaba bueno cuando algunos profesores se salían un poco del protocolo y te pedían una opinión. 

Entonces, ya que todavía soy joven, me propuse hacer eso con ellos. Especialmente, con un grupo de egresados, que están en sus últimos meses de clase. 

II 

- ¡Profesora! - me dijo uno de los chicos. 

Bravo, de por sí , pero al mismo tiempo, intrigado frente a la novedad que le supone alguien que no conoce y a quien está midiendo. 

- ¿Qué? 

- ¿Cuántos años tiene? 

- ¿Cuántos años me dan? - les pregunté, mientras borraba el pizarrón. 

- No sé. De cuerpo parece joven, pero de mentalidad, parece una persona grande. ¿Veintisiete? 

- Casi, casi - intenté amenizar el primer contacto, porque eran un grupo muy... especial.  

- ¿Veintiocho? - insistió el mismo varón. 

- En enero, cumplo los veinticuatro - les expliqué. 

Sonrieron, con cierto asombro. 

- ¿Qué estudiaste para estar acá? ¿Cómo hiciste? 

- Un profesorado y una Licenciatura en Letras - les dije, aunque no les aclaré que no estaba recibida por una recomendación de los Directivos, y hice de cuenta que sí, que no eran ni por asomo mi primer grupo. 

- ¿Dónde? 

- En una Universidad Pública, la de ****. - seguí borrando, hasta que me apoyé en el escritorio - ¿Ustedes, qué van a estudiar? - pregunté, sin tono acusatorio, para conocerlos mejor. 

De inmediato, se quedaron callados, todos, como si hubiera pasado un fantasma. 

- ¿Ni idea todavía? - los miré, y dije, con sincera curiosidad. 

De nuevo, todos callados. 

- Ni idea, entonces - ironicé. 

- Yo quiero estudiar Publicidad y Marketing en UADE - me dijo el mismo chico rubio, con pinta de jugador de rugby - de hecho, lo es -, haciendo gala de todo su potencial como "líder de grupo". 

- Bien, bueno, muy bien - asentí - ¿Y los demás, tienen algo en mente? 

- Yo no sé - dijo una chica y siguió pintando la consigna que le había dado, que venía con un dibujo, de pura casualidad. 

- ¿Pintás? - le pregunté. 

Me miró, con gesto culposo. 

- Sí. 

Me dió ternura. 

- ¿Y te gusta dibujar o algo así? 
- A veces. Más me gusta pintar, en realidad - admitió. 

Asentí con la cabeza, otra vez. 

- Bueno, es bueno tener en claro qué nos gusta más y qué menos. Es un paso. 

Me miró, no me dijo nada, y bajó la vista. 

- Yo creo que quiero estudiar Criminalística- dijo otra de las chicas. 

Asentí, y le pregunté qué tenía pensado sobre esa carrera, porque me llamó la atención su elección y dónde se dictaba. 

Noté que, en general, esa pregunta, los había inhibido. 

- Seguramente, se los habrán dicho miles de veces, pero van a terminar una etapa de sus vidas y lo que sigue, es una búsqueda. 

- ¿Una qué, profe? 

- Una búsqueda. De todos modos, y ésto es algo que quizá no se dice tan seguido, no se preocupen si no saben ya mismo lo que quieren, disfruten de buscar, pero eso sí - me reí - busquen. Hasta debajo de las piedras, lo que les guste hacer... No se frustren. A veces, de hecho, lo que primero se elije no nos gusta y es bueno seguir buscando. 

- Yo no sé si quiero estudiar, profe, creo que quiero trabajar en algo... Estudiar, no sé, no sé qué estudiar... 

- Depende lo que quieras hacer, quizá, se te da la chance de trabajar y de estudiar. 

- Yo pensé en hacerme un test vocacional - me dijo la chica que pintaba. 

- Bien, esa es una posibilidad que te va a orientar - le sonreí y me miró, un poco más amena -  Yo me hice uno, en su momento - le confesé. 

- ¿Ah sí? 

- Si, y cuando terminé de hacérmelo, yendo para mi casa, pensando en base a lo que había respondido, me di cuenta que lo que tenía pensando estudiar, ésto, era lo que tenía que hacer - suspiré - La clave, chicos, es buscar, averiguar, sacarse las dudas. Es lógico que tengan dudas, porque decidir las conlleva... 

- Mi abuelo es Director de Investigación de la Universidad ***, capaz le puedo preguntar - me dijo la chica que pintaba. 

- ¡Seguramente! - la animé - Preguntale, en general, a donde sea que vayan, pregunten si ofrecen algún programa de orientación para egresados,  alguna visita guiada, esas exposiciones donde muestran las diferentes ofertas... - les comenté - Un buen dato es fijarse si tienen Secretarías de Extensión Académica, y si cuentan con departamentos de orientación vocacional, planes de estudio para mostrarles... - enumeré - Van a ser sus herramientas, sus fuentes. 

La chica, ésta misma chica de mirada oscilante, se quedó callada, seria, y no respondió nada específico.  La charla siguió un momento más, creo que fue uno de los momentos más amenos de la clase, y yo me di vuelta para seguir explicándoles Platón. Creí, en cierto modo, que no me habían dado ni pelota, pero me pareció lindo hablar con ellos, saber qué piensan, intentar... empatizar. 

III

Al rato, cuando ya había acabado la actividad, noté que esa misma alumna de apariencia esquiva, se levantaba de su silla y mandaba un audio, alejándose un poco de los ruidos molestos. La miré, solapadamente, mientras llenaba el temario en mi zona. 

Escuché que le decía, a ese hipotético receptor:  "Hola, Abu, ¿cómo estás? Perdón que te moleste, pero te quería hacer una pregunta sobre la Facultad... ". Y tuve que hacer mucho esfuerzo para disimular la alegría. 

Recién ahí tomé verdadera noción de la enorme resonancia que, a veces, las palabras tienen en los otros. Ojalá, desde algún lugar, el mensaje haya sido positivo porque incluso para mí, sin ir más lejos, ese instante, sin que ellos lo supieran, constituyó el primer aprendizaje de mi vida profesional; lo que no es poco, entremedio de tantos años de estudio. 

La resonancia, al parecer, es infinita. 

Ojalá tengan suerte en su búsqueda.
Ojalá yo también tenga suerte en la mía.