Cierto hombre tenía la característica predominante de remachar cualquier dialogo con el siguiente comentario: "vos le cantás las cuarenta a todos", refiriéndose a que yo le decía las cosas a las personas en la cara, pese a ser tímida en lo cotidiano.
Con el paso de los años cada día me he tenido que volver más diplomática por diversas cuestiones. He tenido que aprender a negociar, a soportar y a no explotar a la primera de cambio, muchas veces, por pura conveniencia; por puro cálculo. Otras veces, en cambio, llegado el límite entre mi honestidad y la farsa del otro, de una forma nada agresiva, no me privé de decirle las cosas. Sostengo que, con respeto, uno siempre puede expresar su punto de vista sin sentirse condicionado ni tampoco incómodo por ello.
Precisamente por eso último creo que "volví a las andadas", y no en vano me acordé de Él Viejo, claro, diciéndome: "Ay, Veinte, yo te imagino cantándole las cuarenta a todo el mundo, ¿siempre sos así, vos?", con una sonrisa de esas que nacen cuando uno se agarra la cabeza y se ríe de si mismo, de su propio "genio" interior, mandado a hacer macanas.
II
Hace unos días me invitaron a un cumpleaños de una vecina que vive frente a mi casa. Son un matrimonio de gente mayor con la que mis padres se dieron desde antes de que yo naciera y que se caracterizan por dos cosas: son muy chusmas y muy asiduos de fanfarronear. Sabiendo cómo venía la mano, le hice señas a mi madre para que le dijera que yo no podía ir, sin embargo, la mujer cumpleañera le insistió especialmente, por lo que no me quedó remedio. "Decile a Veinteava que venga, que deje de estudiar un rato, que sólo tiene que cruzar la calle", le dijo, sin perder el humor, considerando que suelo esquivar el compromiso... Y sí, claro, ahí no me quedó más remedio que ir.
No suelo ser una persona conflictiva respecto a las invitaciones. Si quiero ir, se me nota, y voy siempre con la mejor disposición, exceptuando aquéllos lugares donde no me siento cómoda. Y éste es uno de ellos. ¿Qué es lo que me irrita? Lo mucho que compiten los diferentes miembros de la familia entre sí y el grave interés que presentan en la vida de los demás, en este caso, mi propia familia. Y me pregunto, al respecto: ¿por qué yo tengo que andar contándoles mis cosas, si por poco los registro? Pese a que ellos me conocen desde que nací, para mí, muchas veces, son gente que roza la vulgaridad. Permanentemente, están parándose de cara al otro haciendo una ostentación innecesaria. Permanentemente, intentan demostrar poder adquisitivo, desde lo verbal, desde lo ideológico, desde un tema cualquiera donde no tenga nada que ver la posición social.
¿Cómo me van a gustar?
III
Una de las hijas de éste matrimonio de gente mayor (40) es bastante particular. Una especie de consecuencia, exacerbada, de los humos de sus progenitores. ¿Siendo concreta? Ésta mujer tiene tantas aspiraciones por encima de lo que realmente es, como pelos aferrados a su cabeza. Desde ese lugar, encaja con el perfil de la típica persona que tiene tantas ganas de aparentar lo que no es, al punto de terminar por agotar al resto, que no es tonto y que se dá cuenta que lo que quiere es, lisa y llanamente, figurar. Y esa pretensión llega a límites tan desagradables que uno, asimismo, llega a pensar: "pero callate, ridícula, si sos una interesada de mierda, no tenés cara"... cuando no suele ser tan agresiva.
Su "marido" (42), curiosamente, es lo opuesto a ella. Un tipo discreto, callado, inteligente, educado; con una concepción del mundo diametralmente diferente; que de alguna manera extraña se embarcó en la empresa de "civilizar" a la susodicha. ¿En qué consistió el aprendizaje? En recomendarle ser más discreta, más reservada, menos soberbia, menos engreída... (imaginen, si no hubiera hecho eso). En hacerla más humilde, en una palabra.
Evidentemente, éste hombre ha tenido otra educación porque, no sólo tiene otro perfil, sino que jamás se ocupó de ostentar ni de hablar de sus bienes, ni de su infancia en San Isidro, ni de su paso por los mejores colegios, pero tampoco, jamás recayó en la típica pregunta de vecino chusmeta, respecto a cuándo terminás de estudiar en la Universidad. ¿Si le importa, si no le importa? Eso jamás nadie lo va a saber, porque el susodicho es el silencio en persona.
Sin embargo, y ya volviendo a su esposa, no es la primera vez que tiene actitudes patéticas. Siempre, desde que tuve uso de razón, consideré que era así; chusma, competitiva y envidiosa, buscando a toda costa ascender en el escalafón social. Y, a medida que fueron pasando los años, y mis hermanas estudiaron, y mantuvieron la discreción, y formaron sus familias, y mantuvieron la discreción; la pretensión de saber se fue intensificando. Y eso, particularmente, fue algo que siempre odié de todos ellos (es decir, de la madre de ésta mina, de la mina, etcétera). Los he visto a llegar a límites tan vergonzosos de bajeza para enterarse de algo - bueno o malo, no importa - que, en su vida real, no modificaba ningún parámetro que tomé tanta distancia de su forma de pensar como me fue posible, a partir de mi adolescencia, donde empezaron a preguntar idioteces. Pasé, miles de veces por asquerosa, a costa de contestarles poco, saludarlos de lejos, y marcando mucha distancia también desde el lenguaje, porque no quería exponerme frente a ellos.
Lo que pasa, puntualmente con ésta tipa, es que todos vemos un intento tan grande de ser lo que no es; lo vemos tan alevosamente, como si quisiera que todos nos enterásemos de su vida, mirándolo de afuera, que es fácil distinguir que se trata de una cuestión de vanidad. No pasa porque lo haga sin darse cuenta, sino que lo hace deliberadamente, creyendo que pone en inferioridad de condiciones a los demás.
Aunque claro, uno será asquerosa y "corta", pero, primero su marido, y luego ella, me mandaron la solicitud a una de mis redes sociales hace más de un año; y sí, de compromiso, los acepté, porque ¿cómo es que iba a justificar mi desagrado sin mandarlos a la mierda?
Demás está decir que el objeto de la pesquisa - principalmente de ella, y no tanto así de su marido, radicó siempre en conocer buena parte de lo que yo no cuento. Ése es, en efecto, el punto conflictivo: no les cierro. No hablo de lo que ellos hablan, no les pregunto nada, no hago alarde de mis cosas, no suscribo al chusmerío del barrio y no me meto en la vida de la gente. No me la mido con ellos, no juego su juego, no me parece que el dinero les de algo atractivo.
Sabiendo, desde su lugar, que yo no hago alarde de nada, muchas veces no saben qué preguntarme y se dedican, especialmente ésta cuarentona, a mirarme. Te miran la ropa, si estás gorda, si estás flaca, si estás prolija, si tenés algo de marca, si no... ¿Y cuánto más desagradable puede ser una persona así? ¿Cuánto más desagradable se puede ser?
Si por la calle, rara vez, me encuentro con su marido, la actitud es opuesta. Me dice hola con una enorme timidez, yo le digo lo mismo, y no hay una sola pregunta demás, aunque quizá, una sonrisa de camaradería. No obstante eso, sé por boca de mi padre, que el tipo le preguntó por mí, muchas veces. Le dice cosas como "sí, tu hija lee mucho", o "¿qué tal, Veinte, cómo está? " o "¿Veinte tiene novio, no sale con nadie?" o "¿Tu hija, le va bien en la Facultad, no?"; con una intención mucho más sana que la de su concubina, que apunta a respetar mi espacio, a hacer la suya, y no venir a obligarme a contar lo que yo no estoy eligiendo contar.
IV
Hace un rato llegué del cumpleaños. La situación que esperaba se dió tal y como la esperaba. Cayó la lluvia de preguntas: si tengo novio, cuánto me falta para recibirme, de qué me voy a recibir, cuántas materias me quedan, cómo me está yendo, si tengo laburo, si ya conseguí laburo de lo que estudio; y demás.
¿Qué hubiera hecho en otro momento de mi vida? No les hubiese jugado el juego. Me hubiese ocultado mirando el celular, llena de vergüenza por mis pequeños o grandes logros, no queriendo sentirme orgullosa públicamente de nada de lo que pueda conseguir por medio del trabajo duro. Y mientras, hubiera tenido que escuchar la catarata de vulgaridades sin poder ser fiel a mi pensamiento, y hubiera vuelto a quedar como una tonta que, casi a los veinticuatro años, es incapaz de interactuar con los demás.
¿Será por eso que me decidí a plantear mi verdadero punto de vista?
V
Aquí algunos ejemplos...
El primer "entre" de la fiesta, fue con la mamá de la otra señorita:
- ¿Ése celular que tenés es el de $20.000, vos? ¿Es el mismo que se compró ***? - me preguntó, la vieja, haciendo referencia - obvio - a que la nieta (18), se compró un celular de ese valor con su primer sueldo. Porque ¿qué más importante para una persona que no tiene sentido común que un celular, que las marcas, que los bienes susceptibles de tener por medio del dinero?
La miré, saliendo de mi mutismo, y le dije que no con la cabeza, fingiendo una sonrisa leve, sin mostrarle los dientes.
- No, yo ni loca me gasto $20.000 en un celular - mofé, y medio que me sonreí, como si me diera gracia, porque lo cierto es que ya me esperaba algún tipo de recibiendo similar - Eso equivale a veinte docenas de libros... E imaginate, en qué va a ser más importante gastar para mí... - volví a sonreír, con ironía. La mujer me respondió con un sí, sí, claro, claro, cosa que no abrió demasiado el campo para que me hiciera otras preguntas.
Mentalmente, especulé con que no me preguntara más nada y pensé que se había acabado la idiotez, pero de pronto, apareció la cuarentona, a quien ya tengo media montada en un huevo, producto de lo mencionado con anterioridad ; y ya me dedicó una mirada de soslayo que no me perdí en lo absoluto.
Aunque lo peor, fue cuando la tonta de mi madre hizo el comentario - cosa que detesto, también, porque si uno está orgulloso de sus hijos lo debe estar de la boca para adentro, en especial cuando al hijo en cuestión todo le cuesta trabajo, todo le implica esfuerzo, todo es su propia vida... - sobre una invitación a salir, por parte de un compañero de la primaria...
Le dijo:
- La invitó a salir un pibe de la primaria, que fue con ella al colegio y ella le dijo que no. Entonces mi marido le preguntó qué hacía de su vida, si estudiaba, si laburaba, y demás. Resulta que el pibe tiene un buen trabajo, tiene auto, está estudiando para ser Ingeniero y ella le dice que no... - se rió - Con mi marido, nos reíamos tanto.
La vieja me miró. La Cuarentona, paró la oreja.
Yo, me enderecé, y le hablé sólo a mi mamá, a sabiendas de que estaban esperando que dijera el segundo o tercer comentario de la noche.
- Es que tendrá lo que tendrá, mamá, pero es un pibe goma, narcicista. No me gusta - sinteticé.
- Es que para vos no tiene cerebro ¿no? - mi mamá sonrió, porque me conoce, y sabe que no me gusta ni un poco que hable de mi en público.
Me reí, brevemente.
- Es un cerebro de goma... - dije, siendo breve, sabiendo lo expuesta que estaba.
- Pero qué te importa que tenga cerebro - dijo una de las hijas del matrimonio, sin una mala intención velada, sólo como chiste.
Me reí, nada más y cuando pensaba que no había derrapado...
- Nena, lo importante es que tenga plata - dijo, infaltable, la cuarentona desdemoriada, con su marido de San Isidro, alias: "me creo la mujer de Mauricio Macri", "mis hijos van al College X", "ay, sí, me encanta exponerme en redes y hacerme la mamá cool".
Y ahí mismo, me dije, ¿cómo no decírselo? No me pude resistir... ¿¡Cómo me iba a decir eso, con tanta liviandad, sabiendo que siempre le miró la billetera a todos los hombres!? Logró darme asco, claro, y por eso:
- Lo importante es que tenga cerebro y educación, no plata - resalté, con mi tono frío, irónico, como si ella misma fuera mi propia validación para lo que estaba diciendo. Hubiese estado bueno agregarle un "y, si no, mirate a vos... ", ahora que lo pienso...
La tipa me miró como diciendo "qué idiota", mientras que yo me encogí de hombros, reafirmando mi posición.
- Importa más la plata que si tiene cerebro, es así... - sostuvo, tan caradura.
Mofé, y de verdad, lamenté que su marido fuera en apariencia tan ingenuo, considerando que es obvio por dónde le vió "el amor", o de qué "se enamoró". ¿Nadie le dijo que a ésta mina lo que le gustó de él fue la plata, o es que él también accedió a ese convenio, creyendo que no podía aspirar a tener a una mujer que lo quisiera no necesariamente por un billete de más? "¿Esta pelotuda se piensa que tiene la vaca atada, no? ", concluí, en pocos segundos, mientras la escuchaba decirme eso con tanta desfachatez.
- Con educación y cerebro, se hace la plata, eventualmente... - contraataqué.
- Pero es preferible que tenga la plata... - exclamó.
Y a mí, eso, me motivó...
- Es que la guita no compra el sentido común - dije, esperando que se sintiera bien tocada.
- Pero a vos qué te importa la educación... - insistió - Si el tipo tiene plata, ya está. ¡Qué te importa si tiene cerebro, nena, tiene plata! - reforzó, inclusive, por si me quedaba alguna duda de su pensamiento.
Yo me mantuve en mi postura:
- Es que vos podés tener educación y no tener plata, y está todo bien, porque tenés estudios, te sacrificaste, laburás dignamente... - le marqué - pero lo terrible es tener plata y no tener educación; porque esas cosas, tengas lo que tengas, se notan siempre - espeté - La plata la tenés igual, sí, pero si te falta la educación, ¿qué hacés? Cosas así, chorrean grasa...
Me puso cara de refutación, pero no me dijo nada. Yo le hice la misma cara, y tampoco le dije más nada, demostrando mi alto nivel de convicción.
"No sé para qué pone esa cara si nunca agarró un libro en su vida y se buscó un tipo con plata, la caradura. Mínimo, le toca quedarse callada y no hacerlo quedar, al otro, como semejante pelotudo, demostrando abiertamente que le chupa un huevo"; pensé.
La tipa, no me habló más en toda la noche. La madre de la tipa, no me hizo más preguntas pelotudas. El marido de la tipa, siguió con su actitud de "si Veinte dice algo la miro callado, porque la piba nunca habla, pero no parece mala" y, el pobre, no se dió cuenta todavía de que le están contando el cuento equivocado.
Mi madre, silenciosa testigo de todo aquéllo, se quedó con su cara de inocente paloma hasta que pasó el temblor. Mi padre, que se enteró un rato después, se enorgulleció de norte a sur y no dejó de reírse, sorprendido, por un buen rato, de que haya sido "tan hija de puta". Tan dulce y pervesamente hija de puta. Yo, por mi parte, me saqué el gusto de decirle lo que le dije, precisamente, a una mina tan interesada, tan vulgar, y por encima de todo, tan ignorante... ¡Porque, si quiere hacer gala de algo, estaría bueno que no use el status social de su marido, para creerse algo que no es con ello! ¡Y no crea que los demás no sabemos de dónde viene, qué es lo que hizo de meritorio para hacerse "la señora" y qué es lo que no viene con ella, no le es propio... ¿O en éste mundo alguien tiene algo garantizado? ¿Creerá que engaña a alguien, en verdad?
VI
Hoy fue uno de esos días donde me cansé de ser buena, y me puse... un poco más con la frente en alto, a riesgo de quedar como soberbia, sin que me importase nada de lo que pudieran pensar esas personas. Les dije, con tono calmo, y cara de angelito, haciéndome la tarada, algo que me tenía guardadito hace años, a modo de generosidad.
Mañana, todo volverá a los cauces normales y, si Dios quiere, mi frente bajará en dirección a los apuntes de la Universidad, como todos los días, con tanto esfuerzo.
Que las demás, sigan haciendo usufructo del señor de San Isidro. Que éste último, siga dándome like en las fotos que cuelgo en las redes - cosa que me da más gracia que gusto -, a modo de paradoja universal y grotesca (y no precisamente la de los libros, ni la de las plantitas, ¿vió?), y que cada una siga pensando como piensa.
Total, a lo esencial, nunca se lo puede comprar con plata.