- ¿Cóoooomo que no conoces este disco? Es del 86.
Estábamos cenando. Javier cantaba. Se lo veía cómodo. Ambos disfrutábamos de la música. "Ella tiene una forma de hacerme creer, que es para mí , la mejor manzana", me canta. Lo miro y le sonrío, en silencio.
- Lo conozco pero no es de mi época. Lo conocí hace algunos años, voy descubriendo... - le expliqué.
- Y pero... - lo miro, viendo a ver qué locura me dice, con qué argumento tirado de los pelos me sale.
- Voy a cumplir 30, Javi.
- Osea que ni habías nacido - me burla.
- Exactamente, señor.
- No estabas pero ni en huevo - dice y se ríe - ¿En qué año exactamente?
- En el 95.
- Dios mío - dice
Lo miro con falso rencor.
- ¿Como queres que con casi 30 tenga vivencias del 86? ¿Cuantos años tenes vos?
- Quiero que conozcas los discos - dice- Tengo 24.
- Yo tengo 29. No me dan los números.
- Vieja chota - musita y nos reímos.
- No podemos estar asi, tan pelotudos. Mostrame y yo te digo qué conozco. Conozco mucho, pero vos sos un erudito, discuuuulpe, lo burlo.
Se ríe. Nos quedamos escuchando música.
- ¿Y ese ruidito?
- ¿Cúal?
- Ese ¿lo escuchás? - le señale - Ese. Ahí.
- Es del vinilo - me dice, sonriendo - Pero claro, esto no es de tu generación, no conocés estos sonidos.
- Yo te muestro mis listas de Spotify, vos no lo usás y no te digo nada. Mi generación tuvo otras maneras, nada más.
Se ríe.
-Yo no digo nada. Solamente, que no conocés. Además te estoy respetando, te demuestro que podemos llevarnos bien - dice, con cara de jodon.
Lo miro y me carcajeo despacio.
- Y si. No espero menos de vos. Por eso cuando me invitaste, te dije cual es el estado de situación. Con todo esto del odontologo, me siento rara. Acomplejada.
Sacude la cabeza.
- Ni se nota. Ni te preocupes, vos, por eso. Todos tenemos que ir al odontologo. Es incómodo pero haces bien. No te queda mal.
- Si, lo se. Es una inversión por salud. Muy incomodo y carisimo, pero no podía seguir posponiendo el gasto.
- ¿Mucho?
- Millones de pesos, si. No sabes como me quedo el bolsillo, por no decirte otra cosa.
Asiente. Nos reímos.
- Pero vos, yo mismo te diría que lo pago con eso. Vos ni hablar.
- Javieeeeer- digo - ¿Por qué esos comentarios taaaan machirulos? Te voy a matar.
- No, no, no lo digo mal - me frenó - Te lo digo porque es tanta plata que tenes que poner hasta... Pero todos, no vos. Yo tendría.
- Lo se. Vaya si lo se. Pero ni loca, que te pensas.
- No, que quizá... - me dice en joda y sonríe.
Lo miro, picada. Se ríe. Sabe que me domina la ira con esos chistes.
- Vos vas a tener que ir a ver a mi odontologo si seguis deslizando que tener sexo es un método de pago que podría usar. Nos vamos a cagar a piñas.
- Yo no te digo que lo uses. Te digo que si existiría, sería más fácil porque cuando es tanta plata... Hasta yo lo pienso - dice y se ríe.
- No tengo sexo por obligación, ni por compromiso, ni por interés - le digo y lo miro, fijamente. La cara le cambia, pone cara de boludo, se ablanda, como si le hubieran puesto azúcar en el semblante - Solo si quiero y puedo. Toma nota. No se que te pensaste, que yo resuelvo todo con el cuerpo. Yo no soy así.
Javier me mira de otra manera.
- Ya lo se. Lo tengo en claro.
- Ah - digo y tomo un poco más de vino.
Me sonríe , como si jugara.
- Hablando del tema, hoy viniste, por suerte. La vez pasada, no.
- La vez pasada tenia que estudiar. También te lo avise. Yo tengo una vida. Vos tenes otra. Por eso.
- Yo no entiendo algo... - dijo - ¿Por que no viniste media hora aunque sea?
- Porque tenía que estudiar. Cuando tengo que estudiar, son días donde no podes contar conmigo. La respuesta va a ser no. Y fue no.
- Pero ¿no podrías venir un ratito y después volver a estudiar? ¿Tanto te costaba venir, pasábamos un rato y después seguías estudiando? Era un recreo. Sólo un recreo te pedía.
Lo miré y aproveché que había sacado el tema para decírselo en persona:
- No. Tenes que entender que no iba a ser un recreo. Me iba a perjudicar. Dos putas horas dormí ese día porque se te ocurrió que me querías ver y me llenaste de mensajes y de cosas. Hay días donde vos tenés que saber que yo no puedo.
- Pero venías, me contabas lo que estabas estudiando, me dejabas relajarte. Eso era. No era la gran cosa. Podías coger antes de un parcial. ¿O dsta prohibido?
- Esta prohibido para mi y con vos. Se trata de entender que yo no voy a hacer lo que vos quieras. Nunca. Jamás. No vas a poder lograr eso jamás.
- No sé. Yo quiero que me digas que si.
- ¿Cómo que no sabés? ¿Eso es lo que querés?
- No sé - dijo y se rió.
Javier me miró y yo lo miré largando la risa.
- Ay, pero que pelotudo por faaaaavor...
- Es que, mira - me explico - podías venir, yo te relajaba, y despues al otro dia vos rendías. Ibas a ir a rendir tranquila, era una maravilla la idea. Pero no, vos, tenías que dar el parcial y que no voy, que no voy, que no quiero. Qué pérdidaaaaa por favor. ¿Te das una idea de lo bueno que hubiera estado ese día, donde estabas tan tensa?
Nos reímos.
- Yo pongo primero el deber y después la recompensa, con la facultad.
- No es una recompensa. Es sexo.
- Es placer. Cuando estudio, el deber primero y después el post parcial, donde uno duerme, come, coge si quiere... Aprobé el parcial. Cumpli con el objetivo. Se trata de tener foco. Mi foco estaba ahí. No en acostarme con vos.
Lo miro y pienso que, francamente, no dejaría ese foco académico descubierto por ningún tipo. Pero que además, por Javier, no rifaría el escaso tiempo libre para salir corriendo a sus brazos. El pasado me grita y me dice "hay que cuidar nuestros espacios con la gente, ya lo sabés" y francamente tiene razón.
- Ya se. Bueno. Esta bien. Tenes razón igual.
- Cuando nos vimos en tu oficina, te deje terminar. Es lo mismo. No te dije ni una sola palabra fuera de lugar hasta que terminaste con esos papeles. Y me ubiqué, eh, porque entiendo que no puedo tocar la puerta y decirte: "dejá ya lo que estas haciendo".
Me miro.
-Cuando nos vimos en la oficina - dijo - fue breve. Quería más.
- ¿Ves por que ni vine el día que tenia que estudiar? Porque no iban a ser diez minutos. Siempre queres más, siempre. En tu oficina fue tremendo.
- Cinco capaz- se río.
- No te creo. Nada - le dije, burlonamente.
Javier se río. Seguimos comiendo y charlando.
- ¿Por que fue tremendo en la oficina?
Lo mire. Negué con la cabeza.
- No, por nada.
- ¿Te arrepentiste de vernos ahí? - me pregunto.
- No es eso... Es un poco todo. No podía sentirme del todo cómoda, es tu laburo.
- Noooo. Olvídate de eso vos. Si la pasaste bien, no pienses en eso ¿Mmm?
- Ok.
- ¿Que te incomodó?
- No poder expresarme del todo. No podíamos hacer ruido ahí.
- Si podíamos.
- No daba.
- ¿Qué no daba?
- Para él todo dá, conmigo. Qué tipo.
- Exactamente.
II.
Un rato después, mientras sentía muy presente a Javier en mi cuerpo, no podía para de vociferar cosas. Para peor, me hablaba y eso hacía que mi excursión por el cielo se hiciera más extensa. Más extensa la exclamación. Más intensa. Más cargada.
- Me encanta. Así. Es perfecto.
- Disfruta. Muy bien. ¿Qué querés? No me voy a ir hasta que me lo pidas.
- Que me agarres.
Javier se ríe. Me agarra con ferocidad e inyecta potencia.
- Qué hijo de puta - gimo.
- ¿Cómo, cómo no te agarran así? Yo te agarro ¿sabés?
- Sí. Tenés el punto.
- Esto no es nada. Quién te tocó a vos, que no te tocó así, la puta madre...
Me río. Inspiro y exhalo, volando.
-Disfrútalo mucho- dice.
Y lo que le sigue es sentirme en una línea fina entre los confines que no viví jamás y una adrenalina adictiva. Lo peor, o lo mejor, es que cuando Javier me vé así no se detiene en absoluto. Al contrario. Se potencia. Hace uso del hallazgo sexual hasta el fondo, como si hubiera entendido toda la sensibilidad que traigo.
Gimo más alto, casi como un gritito. Tapo mi boca aterrada y nos empezamos a reír.
- Perdón - le pido.
Javier se ríe y lo miro.
- ¿Qué pasa, te asustaste? - dice, sin irse, consciente de lo que hace, de cómo lo hace, de cómo está logrando cosas.
Me río.
- ¿Qué carajo me estás haciendo?
- Cogerte como te merecés - me dice, jadeando, dando su mejor esfuerzo, toda su fuerza - Así hay que hacerlo con vos.
Logrado el objetivo, mi devolución es notable. Lo siento como una causa personal. Algo inexplicable que tiene que ver con saber que tengo que devolverle ese punto con la intensidad que me caracteriza, con la fiereza. Pero Javier no me deja del todo. Me dice que sí, que quiere, pero que él se ocupa.
Unos minutos después, de nuevo, se pone de pie. Me deja boca arriba, mirándolo. Sé que no termina acá. Javier parece haberse olvidado del tiempo.
- Me das miedo, te lo juro por Dios - le digo, y me río. Realmente, la intensidad, la manera, y la turbulenta bruma que se desprende de él, me estremecen por completo. Me pierden. ¿Cómo le explico a alguien más, que no nos vea, que el tipo está teniendo sexo conmigo y lo hace mientras conjuga todos los estímulos? La música, el vino que se toma, lo relajado que está, lo perceptivo de las reacciones.
Javier se ríe. Me mira y disfruta la música de fondo, mientras me acaricia. Toma un pequeño sorbo de vino, como si decidiera qué quiere hacer ahora, y sonríe. Una vez que pasó un instante donde no me pierde mirada, dice:
- Te quiero tocar más.
- ¿Más? ¿En serio?
- Sí, más.
- ¿Te puedo mostrar cómo?
- Eso quiero, sí.
Me acaricia la panza. Sobresalen mis costillas enseguida y me río.
- Dame la mano.
Lo miro, por un segundo, y recorro cada una de las venas de sus mano, que sobresale para mí.
- Si algo me gusta de vos, son tus manos.
- Mostrame cómo usarlas.
Inhalo y cierro los ojos. Lo guío. Qué facil es guiar cuando uno se conoce, pero qué locura es guiar a Javier. Le conozco las manos desde hace diez años. Más de una vez se las miré, en cualquier momento. Más de una vez me sirvió con sus manos, gesticuló los argumentos sobre por qué yo era demasiado joven para él, se tapó la boca con las manos cuando se sintió incómodo y hasta me sujetó con esas manos la noche donde ocho años después me lo dijo todo... Sin embargo, es la primera vez en una década que me está pidiendo esto. Entonces, se lo enseño. Y cuando aprende, lo dejo solo. Me toca mirándome, lo sé, pero yo no lo puedo mirar más. Estoy en mi mundito, el mundito que estallará en breve, y sólo lo siento.
El mundito estalla por segunda vez. Libera fuerza, aquélla tensión contenido, y me deja liviana.
- Vení - le pido. Javier se une.
- Arriba mío.
- Te voy a aplastar.
- Vas a ver que no. Tranquilo.
Me acerco a él y hago lo propio. Gime. Todo su cuerpo se tensa. Lo voy preparando de a poco. Lo miro. Lo espero. Y para qué mentir, no sé si alguna vez he vivido un encuentro más pesado emocionalmente que éste. Pero en ese momento, floto. Javier me pide que empuje y yo empujo. Me muestra como le gusta y yo atiendo la consigna. Necesito devolver ese punto. Es una cuestión precisa.
Cuando estalla para mí, antes de hacerlo, me mira. Hace algo que yo había deslizado y que él había terminado por adivinar. Es un detallecito, no constituye el mundo, pero es el detalle en el momento donde me gusta.
Después sí, languidece, nos dipersamos un momento cada uno en una parte distinta de la casa y vuelve en un tono renovado. Canta un tema de soul. Sacude la cabeza al ritmo suave de la música y chasquea los dedos.
Me reincorporo y comienzo a vestirme. Manoteo en la penumbra, y por error, algo suyo:
- Mío, nooo, ojo - dice, en broma.
Me río.
Me calzo mi ropa, mofando.
- Te quiero mostrar más jazz. Vení - dice.
¿Qué, todavía no terminó la noche? Eso pienso.