jueves, 31 de octubre de 2024

La forreada chiquita

 Me tomo una cerveza para relajar. Relajar y pensar. Aunque suene contradictorio, para pensar en esto necesito relajarme un poco. Porque no es fácil.  Porque tengo mucho de responsabilidad y porque me enojo mucho conmigo misma por no poder dominarme. 

Le escribo a Javier, hoy. Me contestó tan secamente que, como era de esperarse, suspendió todo germen de deseo o de ganas de recomendarle algo. Porque fue eso nada más: le mande un mensaje y dos fotos mostrándole los precios de algo a modo de: mira, Javi, esto te moris. Y resulta que quedé como una pelotuda. Escribiendo sola. 

Esto me recuerda mientras digo "que se vaya a cagar este viejo", a algo que me dijo mi terapeuta la semana pasada cuando le conté como lo había visto el sábado anterior y con quien. Es decir, que Javier simbólica y literalmente dejaba a las mujeres solas. Las abandonaba con su deseo cuando a el no le convenía.  No las registraba si no las necesitaba para un fin. 

Y así, exactamente,  así me sentí. Y me di cuenta que cuando yo le digo que no a Javier me insiste. Pero cuando el me pone un límite, yo me comporto.  Eso es lo que nos diferencia.  

Pero ¿por que necesito que el me ponga un límite, por que no puedo respirar en un límite qué yo me pongo, contra el? Mejor que nadie se lo oscuro que es y sin embargo se me hace difícil no acercarme. 

Su oscuridad es adictiva para mi. Lo admito. Me cuesta mucho reconocerlo porque soy la clase de chica que te dice que ella no necesita nada de ningún hombre.  Pero no es así. Yo no necesito a Javier para nada pero lo deseo para muchas cosas. Y desearlo siempre es caer en el vacío y en la oscuridad de una vida llena de renuncias.  

Por otro lado, trato de ser sociable. No busco el amor pero si busco conocer gente nueva. Trato de ser sociable en el ámbito deportivo, en la oficina o con cualquiera. Y en el fondo, es un intento más de los quinientos por escapar de la oscuridad de Javier. De su maltrato, traducido en no tratar coherentemente al otro. De ese afán de destruir todo lo que toca, aunque una sea firme y sepa que nadie se muere por desamor. 

No quiero quedarme toda la vida renegando por este viejo sorete. Esa es la verdad. La verdad que puedo ver y escribir con alcohol encima post oficina.  No quiero permitir que este viejo sorete qué amé taaaaanto, se de el lujo de tratarme así. Yo soy mejor que él. Por eso, preferiría conocer a veinte docenas de tipos, "perder tiempo con ellos", o dejarme llevar por nuevas propuestas.  Javier tiene que desaparecer de mi vida. No hay otra chance. Hay que cortar el contacto, además, porque de otra manera no sirve. Lo tengo que ignorar y saber que yo no puedo ser servil con un tipo. Que no nací para estar atrás de ninguno. Que no nací para depender de uno. Que puedo prescindir de los malvados, de los crueles, de los machistas. Y que a los únicos que debo aceptar cerca, aunque ni nos parezcamos en lo blanco del ojo, es a los buenos. 

Con los buenos tipos, seguro voy a ser más feliz en algún futuro de lo que hoy ya no soy con esta peste eterna de Javier y yo y yo y Javier, siendo dos tóxicos de mierda. 

¿Como voy a deteriorar mi criterio con esto? Lo deseo, obvio, soy humana, tengo un cuerpo, pero también trato de pensarlo y me indigno de mi propia pasividad. Ya no puedo preferir este presente. Ya sufrí un montón en el pasado por esto y no voy a dejar que se repita. Antes, estoy dispuesta a cambiar todo. Hasta la última cosa. Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa, en este sentido, para dejarlo de querer y de perdonar maldades y de perdonar actitudes de mierda. 

Para coger, hay que tratar bien. Y Javier últimamente esta muy desalineado para bien y para mal. A veces se pone osco. Otras veces, es un dulce que da asco. Otras veces, se paraliza. Y yo, por mucho menos, puedo mandar a cagar a cualquiera. ¿Por que a él no? 

¿Qué hay peor que querer a una persona que no te quiere, pero que tampoco te trata bien?

Esto es un límite distinto. Jamás había sentido maltrato de parte de Javier y eso que en diez años pasamos muchas cosas. Pero ahora, no sé por que, siento y veo un trasfondo de maltrato en todo lo que hace.  

Puede ser una tontería responder corto. Pero en su caso, no quiero tener más consideración. En el fondo, soy la primera que desea perderlo y la primera que sabe que se tiene que alejar y la primera que se odia por no poder hacerlo y por no dejar de levantar la mano para seguir cagandola.  


martes, 29 de octubre de 2024

La vida que se ve y la vida que ocultamos

 Ayer rendí un examen de Administración.  Otro examen más, otro examen duro. Otro examen donde lo di todo, es decir, que hice mi mejor esfuerzo y donde ni loca "me tiré a la pileta". 

También, ayer hablé con Javier. Otra charla más, otra batalla perdida, es decir, la mezcla de sentirse bien y de sentirse mal porque te pasa lo que te pasa y porque lo que necesitas que se modifique (tu propio sentir) no cambia. 

Con cada charla, con estos contactos más frecuentes, noto dos cosas. La primera: no quiero ser parte de algo que repudio. De hecho, me cuesta mucho y me angustia entender que soy parte de aquello que yo nunca quise para mi. ¿Por moralista? No tanto. Sino, por algo mucho más importante para mi que la moral: el saber que estoy haciendo algo (por la acción misma o la omisión) que no es bueno para un otro.  

No soporto vivir con la idea de que mi accionar puede perjudicar indirectamente a alguien. Ni me da lo mismo. No logro tragar la píldora de que el otro no importa. En este sentido, la pareja de Javier me importa.  Aunque a él no tanto como para no engañarla, yo no quiero ser parte de ese engaño. ¿Si me vínculo con ella? No. Al contrario. Siempre me tuvo desconfianza con Javier,  por él,  pero yo jamas me imagine que iba a terminar teniendo razón tanto por el como por mi.  Es imposible, además, más allá de que es un vínculo que el tiene y no yo, que pueda negar su existencia. Por momentos, lo aconsejo para que vuelva a su camino porque en el fondo me parece todo un gran error. No entiendo por que insiste cuando le digo que no, pero el no tiene que ver con "no puedo vivir con esto sabiendo que lo que hacemos esta mal". ¿Si lo que está mal es que Javier no toma la decisión que tiene que tomar? Eso es un tema suyo. Mi responsabilidad radica en no ser cómplice. Y cuando me veo metida en un vínculo con Javier, me doy cuenta que es mucho más grave de lo que pensé.  Que Javier tiene conmigo, al menos desde su posición, una relación de amantes. Y que yo todavía no puedo procesar ni siquiera que nos sigamos hablando.  

Para mi lo natural no es que Javier me busque a mi estando con ella por sexo, atención, escucha, o vicio. Lo natural es que yo no exista y que él solo esté con ella.  Ha sido así los últimos diez años y creo que así debería ser para siempre. Es como que mi cabeza no soporta ni entiende el cambio y mucho menos si es un cambio que me deja en una posición con tantas contradicciones.  

Soy hija, soy hermana, soy tía. Compañera de trabajo. Amiga. Compañera de facultad. Que se yo cuantos roles. Pero eso si: no puedo ser amante. No puedo vivir con esa certeza y listo. No lo acepto. No me acomodo. Ni me da lo mismo.  No puedo ser amante de Javier y no por celos o por eso de la segunda opción. No puedo porque no puedo, porque yo no puedo, porque ni me veo ni me quiero ver ahí. Porque no me gusta sostener eso, aun mismo, Javier sea alguien que yo haya querido. Porque no quiero tener compromisos con nadie y aunque parezca increíble ser la amante de un tipo que vos amaste y que fue tan importante,  es un compromiso.  Un compromiso injusto, turbio, feroz y desprolijo, pero un compromiso al fin. 

La segunda cosa que me di cuenta con la charla de ayer es que este vínculo con Javier es una consecuencia (principalmente de su lado) de no saber o querer cerrar el vínculo sexual. Es decir, que para mi el no quiere perder esa expectativa de posibilidad futura y por eso ni hace caso cuando hablamos de cerrar el vínculo. O cuando yo le digo pensa. O cuando me pregunta si estoy bien (porque sabe que esta haciendo mal las cosas y sabe que yo me resisto) cuando terminamos de tener sexo y mi única aspiración es pedirme un Uber. 

Lo miro y le digo que si. Pero el sabe que ese si es un no. Un "te deseo, me podes, pero jamás voy a afirmar que estas haciendo las cosas bien o que no importa lo que haces pese a lo que te digo". 

II. 

En paralelo, cuando hablamos, Javier es más abierto conmigo. Eso me extraña mucho. Es como si lo conociera recién ahora a fondo, después de tantos años en aspectos muy sensibles.  

¿Qué hago con eso? ¿Qué hago con su costado más frágil, qué me confía todo? El me dice que esta en mis manos porque el conmigo dice y hace todo banquinear. Pero de mi lado no quiero que se apoye en mi. No quiero construir emocionalmente nada consigo. Pero las emociones no se pueden controlar y nunca termino de entender hacia dónde voy del todo. 

Para mi esto es una secuencia de relaciones sexuales,  no un vínculo. Pero que son los vínculos para mi, sino la equiparacion de lo sexual y lo emocional. Precisamente, aquello que yo no quiero ver en él.  

Perñ el me pregunta como ando y yo digo que bien para cumplir. Me pregunta por mi trabajo y como voy a hacer con los paros esta semana.  Yo le cuento lo visible, es decir, lo que le diria a cualquier persona con la que hablo seguido. 

Le pregunto por él.  Siendo sincera, lo hago por cortesía. En el fondo, siento que la escucha, la palabra afectiva, el consuelo o el tiempo, debe dedicárselo a su pareja o su pareja a el. Y no espero grandes revelaciones. 

Pero Javier me dice que esta semana se siente mejor. Que la semana pasada estuvo para atrás. Que tuvo una semana complicada con Comercio Exterior y que, además de los lios del laburo, estuvo triste por el día de la madre y por lo que hubiera sido el cumpleaños de su mamá. Añade que está levantando y me pasa la pelota. 

Yo me siento incomoda con la información. No quiero darle contención (no porque no lo pueda hacer, sino, porque yo no dejo de ser una mujer con la que no debe abalandarse), y me mido muchísimo en la respuesta.  

¿Como ser buena pero no ser emocionalmente generosa? Le digo que son fechas que inevitablemente ahora lo ponen en otro lugar, donde su madre está de otra manera y la tristeza es lo inevitable. Me dice que son fechas de mierda y le digo que si, que lo son, y que son fechas donde la sociedad le va a exigir un duelo silencioso. Pero - le aclaro- el duelo es suyo y no debe exigirse demas. 

Después, le cambio de tema. No quiero decirle lo que le deben decir todos. Ni quiero decirle boludeces de sobre de café. Quiero decirle solo lo que veo de afuera, que creo que puede ayudar: que se permita esto, que se haga parte de su duelo, porque eso es lo único que luego devolverá la imagen de su madre desde una significación nueva. Ni se si digo algo correcto. Pero si es algo en lo que yo realmente creo: hay que pasar el dolor para poder después apropiarse de la experiencia con una mirada distinta. Y la muerte es lastimosamente la mirada distinta que ocurre de forma inevitable.  

Haberlo escuchado durante estos meses ¿pudo haberlo confundido? No lo sé. Javier es un hombre que (me le dijo) conmigo particularmente se pone complicado. Da vueltas. Duda. Se enrosca. Y es un hombre que con los demás se muestra más simple, evasivo y poco vulnerable; mientras conmigo siento que siempre habla demás o se desborda. 

 Ahora se abre en un contexto complicado, donde yo ni quiero ni puedo recibir esa información. Donde ni corresponde ni me relaja saberla porque se que yo no soy nadie en su realidad y así debe seguir siendo. 

Me dice además de algunas bromas si paso algo malo en nuestro último encuentro. Que a él le importa que yo la pase bien. Y que, si me parece bien y tengo ganas, podemos repetirlo.  Él - añade - me escribirá para consultarme si tengo ganas. 

Después de varios comentarios me saluda. Tiene la costumbre de mandarme besos con destino ahora y siempre tienen que ver con lugares donde me gusta su presencia. 

Yo, sin embargo, le mando besos. Secos. Más cordiales. Y le deseo que se cuide. 

Ni se como explicar que se siente todo esto por dentro.  De verdad. 

lunes, 28 de octubre de 2024

Fin de semana invertido

 Este fin de semana, no descansé nada. De hecho, traigo un cansancio mental pronunciado y dolor de espalda. 

Es que mañana rindo un parcial más de Administración y me la pase estudiando tanto sábado como domingo. Pause el sábado para ducharme y salir a hacerme los pies para un evento cercano (porque después ya no llego) y hoy domingo pause para pegarme una ducha relajante e ir al supermercado. 

Mi habitación es un desorden total. Tengo ropa doblaba por todos lados y el cambio de estación pendiente. El escritorio está colapsado y ordene el tocador como una emergencia nacional dado que no encontraba nada para bañarme. 

Salvando todo esto, no se como estoy para mañana. Hice todo lo que pude, que no es poco, habiendo leído también en la semana. Este finde analice la teoría y leí más. Apliqué conceptos a un caso de como se modificó la estructura y la mecánica de trabajo en una empresa y me hice algunos resúmenes. Los temas me encantan, a decir verdad.  También, este costado de analizar casos de empresas que conozco y entender como han superado los desafíos. Ya sea como mejoraron luego de crisis económicas o como se adaptaron y adaptaron sus estrategias para crecer y permanecer. 

Es curioso pero yo antes pensaba que lo único que me podía gustar era la literatura y me equivoqué. La literatura me encanta, sigo disfrutando de ella como cuando estudiaba, leo por placer cuando puedo y me sigo perdiendo en librerías. Pero eso si: la Administración de Empresas me interesa mucho más cada cuatrimestre que curso. Es como si me fuera enamorando de un proceso, de a poco, y no de un resultado. Y es también ver que la información que incorporo hoy me ayuda en mi propio recorrido profesional para evaluar las organizaciones donde quiero trabajar.  

A diferencia del parcial anterior, fue un fin de semana más tranquilo para estudiar pero también me note mucho más cansada. El ritmo de trabajo que yo llevo en la semana es muy intenso por lo que los fines de semana realmente los necesito para descansar... Pero con la facultad, no siempre puedo. Los fines de semana donde me toca estudiar, son para estudiar. Si o si. 

Y este finde, se lo dediqué a mi proyecto. ¿Es este un proyecto de vida? En parte. Haber cambiado de carrera porque yo también cambié como persona, al principio me pareció un camino oscuro. No sabía lo que hacía del todo, había abandonado todo lo que conocía y una versión de mi que todos conocían.  ¿Por que?Habia algo muy finito qué me decía que era por acá, ese algo que no se podia ver ejerciendo "para  siempre" la docencia en colegios secundarios o profesorado. Durante mucho tiempo, ese algo peleaba con aquella perspectiva que me obligaba a elegir. Parecía que no me daba el permiso de disfrutar otra cosa. 

Hasta que me lo di. Y ahí entendí que tengo dos privilegios. Haber encontrado lo que me apasiona como hobby (la literatura, la enseñanza, el arte en general) y lo que me despierta curiosidad, lo que me da satisfacción diaria y lo que me ayuda a ir más allá de mis límites, es decir, la Administración de Empresas.  

Abrazaría a la mujer que en 2021 se anoto con mil miedos. Le diría que va a terminar disfrutando la osadía. 

jueves, 24 de octubre de 2024

Votos oficiales para una renuncia

 Me encuentro a la cuñada de Javier, es decir la esposa de su hermano, en la parada del colectivo. Casi no me reconoce pero se me queda mirando tan fuerte que me acerco, le sonrío y la saludo. Me dice que estoy muy distinta y me pregunta si vengo de trabajar. Le explico que si, me pregunta si laburo en CABA y le comento que trabajo en Puerto Madero. Por eso, el viaje largo y la predominancia del tránsito. 

Viajamos juntas en el mismo colectivo, sentadas una al lado de la otra, y en eso estábamos cuando me contó cosas de sus hijas, es decir, las sobrinas de Javier estaban enormes. Me contó que ya labura una de ellas y detalles más o menos. Me preguntó por mis padres, les conté lo justo y reserve todo de mí. 

Mientras viajábamos en el colectivo y charlábamos, pensé qué estaba esperando para irme del barrio. Fue una ficha que me cayó. Pensé: ¿que hago viajando en el mismo colectivo que la cuñada de Javier, viviendo una situación muy incómoda, si yo puedo no vivir más acá? ¿Qué hago acá, por qué tengo tanto apego con este lugar, por qué no quiero irme? 

Siempre lo dije, livianamente hasta hoy: "no quiero vivir en otro lado que no sea este barrio". Y si, amo mí barrio, amo mí ciudad, pero se en el fondo que la amo porque es el lugar donde nací y el lugar donde siempre encuentro todo lo que amé.

 Inclusive, a Javier. A Javier, a la cuñada, al hermano, al papá, a la novia, a las sobrinas. Es decir, a él y a su todo. 

Cuando pienso en irme del barrio, mudarme de casa, me entra una angustia indescriptible. No tiene que ver con vivir sola. Tampoco tiene que ver del todo con vivir sin grandes lujos porque yo vivo con mil carencias a nivel confort y la verdad es que el día que me mude lo veo como sinónimo de no gastar plata jamás en un televisor pero si en un aire acondicionado para no pasar frío ni calor. ¿Por qué la angustia? ¿Que se abandona en realidad si yo me voy, no? 

La angustia frente a irme tiene que ver con un motivo políticamente correcto que es ayudar a mis padres económicamente y con otro, oculto, que no se soluciona con una trasferencia: no moverme de este barrio, es decir, de este lugar. Del lugar físico y emocional donde siempre espere que Javier me mirara. 

Del lugar que me tiene a Javier como vecino. Del lugar que me lo deja a la mano. Del lugar que posibilita que nos veamos a veces tres veces en una semana porque nos fichamos en el súper o porque nos encontramos y todo sigue conviviendo mezclado. Mezclado. Pero también, en una eterna repetición. Del lugar que todavía muy en el fondo, lo espera. Espera que se porte bien, por ejemplo, o que se de cuenta que querer que sea su amante está mal. Espera que no insista. 

Si, en definitiva, aunque no lo espere en un sentido jamás deje de esperarlo en otro. Y es un hilado muy fino pero que tiene el sentido claro: si yo me quedo viviendo donde vivo, tengo más chances de verlo. Y si yo me mudo, eso sería un gran gran paso para dejarlo lejos.  Porque se que Javier tendría que moverse mas para acceder a mí, y que no lo haría. Porque está acostumbrado a lo contrario, a que yo siempre le quedé "a mano". Y si. En especial, si me quedé cerca por las dudas, si elegí no mudarme antes, para no reconocer que estaba esperando algo. Porque mudarse no sería solo abandonar el barrio. Es abandonar la etapa y la historia. 

II.

Las veces que hable de mudanza con Javier, me preguntó si me iba a ir lejos. Y me dijo que espere, que el gobierno, que la inflación, que era complicarme la vida si no me alcanzaba la plata, etc. También me dijo que lo pensara bien, que no fuera impulsiva. Y que no me apurase. 

Siempre que hablamos del tema, además, me lo patea. Nunca me dijo "va a estar bueno, vas a estar más tranquila sola, ya estás en edad". Más bien, me dijo que me fijara, si estaba pensando en capital o si me quedaba en provincia por los valores. Si convenía realmente que me fuera a alquilar, siendo que en casa no estaba casi nunca.  Es cierto, si, yo en mí casa estoy bastante menos que antes. Cada vez menos. Porque también me gusta más la vida afuera de lo que me gustaba antes. Pero, se que no me voy a quedar acá para siempre. 

Cómo mucho, le calculo un año más. Y lo pienso de esa manera porque en enero, cumplo 30 años. Recién ahora, en parte,  voy consiguiendo los recursos económicos para mantenerme sola. Recién ahora, voy pudiendo hacerme cargo del tratamiento odontológico o gastos mayores y siempre postergados. Pero de lo que todavía no termino de hacerme cargo es de reconocer que me tengo que ir. Del barrio. De esta historia. De su vida.  Y me doy un último año para trabajar esto.  Una última chance. 

Irme del barrio será definitivamente renunciar a uno de los motivos que más me atan a este lugar: la posibilidad de siempre encontrarlo. Y por eso, se hace bueno poner una fecha límite. 

Tengo un año para irme de este barrio. Un año para irme de esta historia. Sin un otro, sola con mí gatito o con un otro. Me da absolutamente igual. 

¿Por qué? Porque irme va a aliviar aunque angustie. Porque no soporto más encontrarme con escombros de este hombre en cada esquina de mí vida.  Y cuando uno no soporta algo, y no lo puede cambiar, se tiene que resignar y se tiene que ir. 

Seguramente, sea muy feliz en otro lugar. Y no cambie nada de lo básico: seguiré viendo a mí familia, seguiré estudiando y trabajando. Seguiré con salud. Seguiré siendo yo.  Pero hoy toca saber que no, Javier y su fantasma no me pueden ni deben acompañar. 

La vida es hoy en día para mí la obligación de dejar de esperar. De encontrarle la manera para resignarme e irme. 

Nada más.


martes, 22 de octubre de 2024

Escombros y réplicas después del temblor

La imagen del sábado me tortura. La repito en mi mente varias veces hasta digerirla. No es algo que no sepa, pero  ver y saber son dos cosas muy distintas.  No es una imagen linda; y no, no por lo que se supone: es una imagen triste por lo que se puede ver cuando conoces el trasfondo. Conocer el transfondo tampoco es lo mejor, pero eso es inevitable. Conozco el trasfondo básicamente porque formo parte de él, aún en la resistencia, en la aceptación, en lo que no puedo controlar, en el no poder decirle lo que - creo, sinceramente - que se dice en estos casos. Formo parte, inclusive, de aquéllo que repelo en esa imagen, porque se conecta con la impotencia de no entender qué necesidad tiene de engañar. Formo parte por la negativa, haciendo un papel funesto, que no podés explicar tan livianamente como parece. Porque yo sé, lo sé con toda mi fuerza interior, que no haría esto con otro. Pero lo que no logro saber, lo que me muero de ganas de saber, es cómo encontrar el contrapeso preciso, que anule a Javier para siempre. 

Si lo pienso, en función a lo que veo, me parece tremendo lo que hace. Porque ¿por qué vas a buscar tener de amante a la persona que le dijiste que sentías pero no podías tener una relación con ella? Diez años pasaron de eso. Sí, lo sé, yo era más chica que ahora, tenía apenas 19 años, pero ¿para qué venir a buscar a la piba cuando ya pasó tanto tiempo? ¿Para qué no escucharla cuando te dice que no, y no porque no quiere, sino porque no corresponde?   No tiene sentido mentir tanto, si en definitiva, la resignación va con él a cada paso que da en una vida que no quiere. No tiene sentido mentir así, formar un papel, esconder.  Y yo, mientras los veo caminar uno atrás del otro, desordenadamente por la calle, y le veo a él un poco de cara de culo, pienso: ¿y para mí, qué sentido tiene?  Tampoco. Tampoco tiene sentido.  Es solamente revisar de adelante para atrás una historia, una escritura, que no puede corregirse. 

¿Espero que se corrija, espero que algo cambie? No. Pero no puedo dejar de reconocer, al menos para mi, que mucho de lo que hago tiene que ver con dos cosas: saber que no hay futuro posible y saber que pasé ocho años tapando el tema, hasta que Javier una mañana de un domingo hace dos años ya me dijo: "creo que llegó el momento de que hablemos". ¿Desde ese día, desde ese día donde ésto se descolocó, cuánto pasó? ¿Cuánto estuvimos sin hablar? ¿Cuánto se considera falta en un contacto infrecuente, pero que jamás se cortó? ¿Cuánto más podemos seguir hablando, peleando, haciendo chistes, encontrándonos a la salida del super y al mismo tiempo, viéndonos como si nada pasara quince cuadras más adelante, en el centro, cada uno haciendo su papel? 

La imagen de ellos juntos, pero no juntos de verdad, me resulta triste porque una parte mía desea genuinamente que Javier sea feliz y el suyo es un semblante lejano a la felicidad. Parece vencido y exasperado al mismo tiempo, como si cumpliera un deber, como si ese caminar lejos aunque esté al lado, sea además una muestra de algo más. ¿Puede que sea casualidad, sólo ese día, y que después se lleven bien? Eso espero. Cuando los cruzo, además, evalúo eso: ¿estará feliz realmente éste tipo y lo mío lo hará para divertirse nada más? Puede y no puede ser. 

II.

Sé que hacer lo que hace a Javier le conlleva un esfuerzo bárbaro, pero no entiendo justamente por eso, para qué lo hace; qué necesidad tiene de mentir, de engañar, de ocultar y de llevarme a mí la contra cuando apelo a su razón y trato, de corazón trato, de controlarme y de manejar con enorme dificultad lo que me pasa. 

- ¿Por qué no querés venir, hay algo más? No me estás diciendo todo. No me mientas, dale, decime, no tengas vergüenza. 

- Javi, yo te digo que no porque vos vas a perder mucho si algo pasa y te vas a poner triste y no quiero eso. ¿Vos no te das cuenta que algo puede salir mal? ¿No te pusiste a pensar si un día hacés algo y sale mal? - le pregunté, realmente, para que tomara conciencia. 

-¿Si pasa qué?- me pregunta. 
- No sé, qué se yo, si algo sale mal...  Yo jamás te haría daño,  pero no sé ¿y si un día sale algo mal y perdés? 
- No va a pasar nada. No pienso en eso, yo. Realmente, trato de no pensar. 
- Nadie está llamando a la desgracia. Sólo te lo digo para que entiendas, por qué, te digo que no. Sin pensar que es porque soy una jodida. 
- No sos una jodida, para nada, yo sé que no me harías nada malo.  Y yo te cuido también. Soy respetuoso, me cuido y me ubico. No le contaría jamás a nadie. 
- Ni yo. Jamás. Pero pensá. Pensá bien, sin que se te crucen otras cosas. 
- ¿Qué querés que piense? Me la estoy re jugando con vos. Todo lo que te digo, lo que hago, lo que haría... Estoy en tus manos. 
- Sí, pero sabés que son manos que no te van a soltar. El tema es que pienses y dejes de tirarme de la cuerda, dale. No seas sonso. 
- No, acá el tema es que vos me digas que sí. Dale, deja de estudiar por un ratito. ¿Querés que te pase a buscar por la esquina de tu casa? 
- No, Javi. Sos un caso perdido ¿sabías, no? Me hace sentir mal eso. No quiero colaborar para destruirte.
- Vos no te tenés que preocupar, yo me tengo que hacer cargo de eso, porque la responsabilidad es mía - añade. 
- Y el compromiso también - le agrego
-  Yo te cuido. Tenemos que confiar entre nosotros, además, no se puede así - dice.  
- Yo no confío demasiado en vos, pero jamás te haría daño. Nunca te lo hice y no lo haría. Eso es lo que te puedo dar. 
- ¿Por qué no confiás en mi? ¿Cómo que no? 
- No, y no me pidas que confíe en vos - le aclaro
- Confiá en mí. ¿Qué tengo que hacer para que me creas? - me pregunta. 
- Nada. No podés hacer nada - le digo y le cambio de tema, porque la seriedad que está tomando la charla me repele. 

  ¿Qué otra cosa, si no es la felicidad, lo haría dejar de venir a este puerto? 

III. 

 De corazón pienso que, por lo menos, no está solo y que justamente por eso debería hacer las cosas bien. Pienso además que, por lo menos, alguien le sostiene la vela y que, por honestidad y por reciprocidad, debería tener una conducta más limpia.  ¿Pero cómo lidiar con su otra cara, que es como si jugara en contra de su moral y a favor de su propio deseo?  Es una contradicción permanente.  Por un lado repudio profundamente su actitud, y por otro, no puedo repudiar aquéllo en lo que participo. 

 Javier actúa compone bien su papel de buen tipo. ¿Pero lo es? ¿Es realmente un buen tipo? Las respuestas a los argumentos que le pongo me hacen dudar. Las respuestas a mis peros, me hacen dudar. El afán con el que me retruca cuando le digo: "podés perder mucho si algo sale mal con nosotros", no parece pertenecer al hombre que camina por la zona céntrica cargado con bolsas jugando al marinovio feliz.  

¿Quién le desconfiaría a un tipo que hace las compras, reposado y tranquilo, por la zona céntrica, un sábado a la tarde? ¿Quién atinaría a desconfiar de ese hombre que, después, por debajo, le manda mensajitos y mensajitos y mensajitos a la mujer joven de siempre?  De siempre, sí, porque hace más de diez años que me conoce y parece que soy la única persona con la que no puede cerrar las cosas bien y llevarse bien, que siempre tiene algo de lo que agarrarse para decirme "hola, Veinte" de nuevo.  Porque eso también es un detalle. Ahora no soy en tono chistoso "pendeja", ahora soy "Veinte", en tono serio, como si hubiera integrado todas las piezas en su mente. Menos, eso sí, las que se asocian al deber y al tomar noción de todo lo que rifa y desconoce al mismo tiempo. 

sábado, 19 de octubre de 2024

Azul

 Camino por la zona céntrica de mi ciudad. Nos movemos con mi madre a través del gentío. La estoy acompañando a comprar su regalo. 

- Pensé en regalarte una cadena con dije azul - comentó. 

- ¿Para? 

- Para el evento - dijo, aludiendo al evento de mi trabajo donde van cientos de personajes de renombre en nuestros días y donde se trasluce la necesidad de una etiqueta elegante.  Es en dos semanas. 

- Nah. Deja que me compro yo. Valoro la intención y pago yo el gasto, mami. Graciassss. 

- Con el conjunto, vas a estar ... 

- Combinada, en principio - la burle. 

Seguimos caminando. Nos cruzamos a una vecina que le pregunta a mi mamá si soy su hija

 - Si, es mi hija la más chica. 

- Ay, pero sos una modelo. 

- Muchas gracias- asiento y le sonrío. 

- Realmente, preciosa. Hay que andar con fusiles con vos, eh. 

Me río. 

- Gracias - digo, y nos despedimos.  

Seguimos camino hacia una joyería y elegimos una cadena con un dije azul y unos aros. Algo muy hermoso. Para la ocasión y para después. Al evento corporativo anual voy a llevar un traje azul. Pantalón y bleazer a juego. El detalle del dije era algo en lo que ni había pensado. 

Cuando salimos de allí, le propuse invitarla un helado por el hecho de pensar con cariño y me ella me recomendó una heladería distinta a la que vamos siempre.  Entonces, allá fuimos. 

II. 

Estaba siendo feliz con mi mamá, haciendo chistes y charlando de cosas, cuando veo a través del vidrio un hombre de remera azul caminando al lado de una mina. Lo reconozco en un segundo. Los reconozco en un segundo. Ambos con cara de culo. El hombre cargado de cosas. La mujer, seria,  sin maquillaje, buscando algo en un comercio. El hombre camina un poco delante de la mujer. Después, un poco la espera, ni hablan entre ellos, no se dicen nada.  Van separados en ese transito pero finalmente, se pierden juntos por la esquina. Que mal viaje. Que espanto de instante verlos. Y que natural me parece ese paisaje de plástico. Que eterno. Qué gran pantalla. 

Verlo a Javier con ella siempre fue difícil. Recuerdo que un día los vi, estando con una amiga, y me preguntó como hacía para soportarlo. Notando que Javier me miraba como desesperado y sin embargo estaba al lado de ella, dijo: "es muy demoledor, yo no podría".  Pero yo ¿qué podía hacer? Nada. Javier ni me quería. Había elegido a otra. Había que olvidarse de todo eso. 

Si, costaba verlos jugando a la pareja feliz. Inclusive, cuando no sabia nada de esto. Cuando ni me lo imaginaba.  Cuando me obligaba a mi misma a que ella me cayera bien y no podía del todo, porque ella (sin saber nada concreto) me hacía el vacío. Veía que estaba hablando con alguien conocido en común y se cruzaba y le ofrecía bebida y a mi no me ofrecía. O le decía al tipo con el que yo tenia onda que todas las compañeras de su trabajo (porque de ahí se conocían en común), estaban felices de tener a un hombre como el. O simplemente cada vez que estaba sola y Javier se acercaba (porque el otro siempre fue un inútil para eso), ella lo miraba y alejaba. O me miraba mal a mi. O se hacía la boluda para saludarme en la calle y cuando Javier me saludaba se me hacía la simpática. 

Diez años después, en esta situación, verlos es distinto.  Por suerte ellos no me ven, por suerte Es mi mama no se entera de lo que veo. Pero yo se que ese cuadro sigue siendo demoledor, aunque no por lo mismo que antes. 

Cuando los veo, siento una presión muy fuerte en las piernas. Por suerte, ese hombre no me ve. Ni se percata y eso me permite observarlo todo. Con detalles. Punzadas inclusive. Si. Yo los veo. Por desgracia, no me ahorro ese disgusto. Y una punzada de odio, bronca, arrepentimiento, culpa, y tristeza por esa doble vida, me drena la felicidad. 

No puedo evitarlo. Se que esta con ella, pero es justamente por esto que insisto en que no da. Porque lo veo así, con una mueca de mal humor y pienso que eso merece. Que eso solo merece por ser un cobarde. Que no merece tener además la aventura con una piba qué lo amaba cuando era una adolescente o una adulta muy joven de 19 años. 

¿En que se parece este hombre caraculico, serio, ensombrecido previo al día de la madre sin su madre por primera vez, con el fiestero que me cantaba Los Redondos? ¿Con el que me cargaba chistoso porque yo tengo casi 30 y no conocía un disco del 86? ¿En que se parece ese al tipo que me desnudo, que me pidió con susurros suplicantes que disfrute? ¿En que se parece este con el que me mostró jazz, y mientras me embestia me decía "te vas a acordar de mi"? 

Parecen dos personas distintas y ese es el mayor engaño. El engaño magistral. La farsa que sostiene por un lado y el señor descontrol que hace por el otro. 

¿Qué tienen en común el tipo mal viajado de azul, con el hombre que hace una semana me decía que consigo me tenia que acostar, con el que se retorcía bajo mis manos o con el que me miraba con intensidad mientras nos comíamos? ¿Que tienen en común el tipo que me encontró dos veces esta semana y una no sabia como abrazarme para no pasarse y la otra se freno de la nada para llevarme a casa y me llamó con una cara que desprendia miel y me sonrió pelutudizado?  Eso es fuerte. Demasiado. 

Javier de azul, y Javier de la remera roja que le saqué, mientras se reia y me miraba embobado, es la misma persona. El que camina con cara de orto por la ciudad y el que carga cosas como una mula y juega al novio bueno y el otro. El que parece incapaz de hacerle a ella algo deshonesto y el que me pregunta de donde vengo, me manda mensajes y quiere saber si me acuesto con otros. El que no tiene apariencia de matar ni un pajarito con el que me torea.

 Son la misma persona. La misma que me escribe, me llama, se enoja conmigo, me pregunta lo que hago, si me voy de viaje sola, si me acuesto con otros, que deseo, como lo deseo, cuando voy a terminar Letras (la misma carrera que siguió ella, chicos, porque casualidades sobran) sabiendo que yo ahora estudio Administración y me gusta eso. La misma que se ubica con una y se desubica o excede en sus atribuciones con otras.  

Son la misma persona, si. El Javier que vi hoy y el Javier que estuvo conmigo hace dias. El de la madrugada del sabado y el del miercoles que sd mostró amable. Es el mismo que me dice: "te vas de viaje para mi cumpleaños", como si me tuviera que quedar esperando que me mande un mensaje descolocado. El mismo, si, el mismo viejo zorro, que camina con ella muy serio. Casi como si pudiera desdoblarse y jugar al novio bueno, y cumplir con la sociedad y la norma. Con Dios. Con la familia. Con la Patria. Y después, hacer lo que hace conmigo sin el menor reparo. Sin una pizca de remordimiento.  Sin la menor inhibición o culpa. 

Me quiere envolver a mi, que ni salgo a caminar con el. Que no le dejo mantener la cara seria por más de dos segundos. Que le llevo la contra. Que le camino adelante. Con quien nunca podrá cumplir. Con quien no existe Dios, Patria o familia. Quien es demasiado mejor que el. Quien no merece ni a palos ser la sombra de otra vida. Quien es demasiado gente para que la tengan escondida. Me quiere envolver por algo más que coger y eso no puedo perdonarlo. En especial, cuando lo veo componiendo el otro papel y se que es tan mentira como lo que me dice a mi. 

La próxima vez que vea su nombre en un mensaje, volveré a leer esto... Hoy termino el día con un único deseo: que nunca más, en ninguna vida, en ninguna calle, de ningún barrio, en ninguna situación,  nosotros nos volvamos a encontrar.  Principalmente porque no puedo explicar lo que se siente. Saber que formas parte de eso. Que no queres pero estas. Que jamás va a cambiar ni la infelicidad que le ves en la cara ni la sonrisa que te pone. Jamás. Nunca. Pero que ya basta de mirar el dolor en primera fila.

Eso si: pediría una única excepción, a modo de cobranza. Una sola. Que si nos encontramos, ojalá se quede sin voz. Así me evita escucharlo suplicarme, y proponerme, e insistirme. Que siga cumpliendo con Dios, Patria y Familia. Que yo pueda irme pronto de esta ciudad, de este barrio y de esta etapa tan difícil de mi vida. Mudarme a una casita linda, prolija, soleada. Lejos de toda esta historia. Lejos para siempre. Sin tener que ver este espectáculo tan patético e hiriente. Tan doloroso. Tan innecesario. 

Yo no tengo dudas de la posición que ocupo. Pero verlo, verlo en vivo fingir, es demasiado. Demasiado complejo de explicar. Demasiado pesado. Es una burla a la persona que ni sabe, ni lo merece. Y eso es algo, un cargo de conciencia,  con el que no naturalice vivir. 

Ansío encontrar un sentido mejor de la vida en otro lado.  No tengo ganas de pasarme otros diez años viendo como todo lo que no es socialmente aceptado me lo termina pidiendo a mi y después desfila con cara de culo,  como un condenado. 

Entre lo que sé y lo que no veo

 - Yo se que me tengo que ir - le digo - De hecho te juro que me acorde de vos en ese momento diciendo esto del vínculo y pense que tenias razón- me reí y ella sonrió notablemente- pero es como si algo me atornillara a la silla. Y se que tengo que irme, porque es un precio alto, porque después más disfruto y más me atormenta la culpa, pero... no puedo. No puedo levantarme e irme. 

- Y más tensión hay , mayor es el disfrute con el. Más tensiones o disgustos hay y mejor la pasas con el. Pero también es más grande el castigo. Las últimas 3 veces donde pasaste situaciones de estrés fuerte, se presentó la misma respuesta.  Destructiva. Porque después te sentis mal. 

- Si. Estoy mal en el 80% de esto. Me doy cuenta que lo que me pasa es que coincidir ahora me trastorna. Si nosotros no coincidimos,  yo me armo el bolso, voy a la pileta y descargo. Pero el viernes pasado, no me fui ahí. Me fui a su casa. Y obviamente que descargué pero también veo muy cómodo a Javier. Yo me siento cómoda con el pero entiendo que esto no puede ser normal para nosotros porque nos pasamos. 

- Se da cada vez más habilitación y hace que vos también corras esos límites. 

- Si. Mientras teníamos sexo, el otro día, yo me di cuenta eso. Que estábamos ahí, los dos, en el mejor momento y fue terrible. Podía ver la construcción de algo y lo viví con miedo. Pero también, hay un argumento muy puntual para mi que explica por que hago todo esto. Lo encontré.  

- ¿Cual es? 

- Saber que esto es por ahora. Hasta que vuelva a imperar la regla. 

- ¿Y cual es la regla? ¿De quién? 

- Que no nos demos bola. La regla de Javier. Para mi esto es una excepción. Tarde o temprano va a volver a comportarse. 

- ¿Crees que el va a cambiar de comportamiento? 

- Lo espero, sí- dije. 

- ¿A quien? 

Suspire. 

- Espero que simplemente se canse. Y deje de hacer esto. Y yo en medio sigo porque se que no voy a tener posibilidades de arrepentirme en diez años. 

- En otros diez años... 

- Si. En otros diez años. Cuando dentro de unos años sea un viejo choto, no voy a poder disfrutarlo.  El mucho menos a mi, porque yo me prometí no terminar dentro de diez años siendo la amante y tomando juntos un aperitivo mientras me cuenta cosas. En diez años yo no puedo estar ahí. Lo sé. Pero al mismo tiempo, ahora lo veo y es como "todo lo que no pudimos antes, ni vamos a poder mañana, es ahora". 

- Es esperarlo. Vos sabes que otros diez años no vas a esperar. Pero llevas mucho tiempo esperando igual... 

- Que cambie. Antes yo esperaba que se la jugara, ahora es como que pienso que en algún momento se va a cansar. Que va a entender.  Me gustaría que se de cuenta que no puede rifar todo. Pero también, yo no puedo resistirme a lo que hace. Es horrible. Nos envolvemos. 

- Si, hay todo un juego de atracción en la constitución de la intimidad. Y es mucho lo que se pone en juego. Para vos sobre todo. Si Javier se pone en juego, será otro tema. También a vos te expone. 

- Sin dudas. Yo no debería jugarle los puntos por eso. O sea, yo me doy cuenta que lo más prudente seria no contestarle porque para mi la imagen es algo muy importante y esto es negativo para mi imagen.   Pero en el momento, cuando lo tengo en frente, me envuelve,  yo se que me esta envolviendo y lo peor es que lo envuelvo también. 

Me quede callada. 

- Nunca le hice eso a una persona. Buscar deliberadamente envolverlo, pero con Javier me nace.  O saber que me juega los puntos igual y no controlarme. El otro día me preguntaba con quien me había acostado antes, que no había disfrutado así. Y yo le dije "no con vos". ¿Que importa el antes? 

- ¿Y que respondió? 

- Es verdad, no conmigo y sonrío agrandado. 

Mofe.  

- Javier nuestra esa necesidad de querer participar. Quiere que te acuerdes, además de que compite con otros hombres. La música, las recomendaciones, y como va construyendo representaciones, es algo suyo. 

- Claro, pero no es a mi a quien tiene que cuestionar si viajo sola, o como me trataron los otros. Yo simplemente considero que la experiencia y lo sexual, le serán propios. Una cosa será mi experiencia con el. Otra con otro tipo. Me preocupa lo liviano que se siente para hacer esas observaciones.  O sea, tiene una novia. Por algo esta ahí. No puede ser tan alevoso conmigo. Yo no voy a su casa a festejar su cumpleaños.  Voy y sabemos los dos que no tenemos ni que pasar cerca del otro, pero vos lo ves ahí cargándome,  riéndose,  lavando los platos... 

- Se lo ve muy habilitado, si. Es como si no pasara nada con la otra señora. Te recibe en su casa mientras lava los platos y charla. ¿No esperabas eso? 

- Ni loca. Yo soy más tajante. Sexo es sexo. No es tooodo el anticipo y lo cotidiano y la próxima vez agarro una escoba y barremos y después cenamos y si, obvio, garchamos - irónicè-  Una cosa es tener sexo de vez en cuando, y otra distinta es que te escriba seguido. Que se te meta ahí en la vida y vos no te des cuenta y termine estando en las 6 de las 8 cosas que haces y que te gustan. 

miércoles, 16 de octubre de 2024

Está vez sí me equivoqué

 Una vez más, termino de trabajar y salgo a comprar. La rutina es calcada al día de ayer. Quiero ir además al club para retirar mi pase de natación pero el colectivo se niega a venir. 

Cuarenta minutos después, me canso y camino una cuadra hasta el supermercado para comprar un pan dulce, un paquete de yerba y un paquete de alfajorcitos para llevarme a la oficina mañana. 

En el supermercado, de pronto, lo veo entrar a Javier. Parece joda pero coincidimos de nuevo, entonces, pienso que si no me ve no pasa nada. Estamos haciendo las compras en el mismo lugar, a la misma hora, por segundo día consecutivo.  Nunca, como en este momento, nos peso tanto ser vecinos porque nunca, como en este momento, nos cruzamos dos días seguidos de casualidad en el mismo lugar. 

Sin embargo, me hago un poco la tonta porque el no me vio y espero que se vaya. Cuando se va, pago y me voy.  Pienso que ya está, que todo bien, que esquive un encuentro y la incertidumbre. Pero no. Me equivoco en eso. No me doy cuenta que Javier se queda afuera, en el auto, guardando una bolsa de carbón y que me ve salir del supermercado. 

Solo escucho un pizzzz-pizzzz, cuando se estaciona a mí lado unos metros después. Yo estoy mandando un audio a mí madre por lo que le hago señas para que me espere y proceso en un micro segundo la sorpresa. 

Termino de mandar el audio y me acerco. 

- Hola, Javi. ¿Cómo va? 

- ¿Vas para tu casa? 

- Si. 

- Vamos - dice y me sonríe con un gesto simpático. 

Subo rápidamente y lo saludo. 

- ¿Cómo andas, todo bien? 

- Tratando de llegar a casa. Recién vuelvo del centro. 

- Si, te veo cansado. ¿Todo bien hoy? 

- Seeh. Fui a comprar para comer un asado. 

- Qué rico. Muy buena idea. 

- Si, juego a la pelota hoy y después hacemos asado. 

- Buen plan. 

- ¿Vos, conseguíste la pipeta? ¿De dónde venías?

"¿De dónde venías? Mmmmhmmm", pienso.  

- Si, hoy a la mañana. Se la aplique y se dejó de rascar. Más bueno, el, se dejó agarrar enseguida, le tocaba la pancita y se quedó quietito - argumenté - Intenté ir al club para retirar el pase, pero al final me dejó esperando el colectivo y cruce a comprar. Nado mañana a la noche. 

 - Ah. Está bien - dice - Pero la pipeta se la pusiste donde... ¿En la panza? 

- Noooo. En la nuca, van. 

- Ya se, pero como dijiste la pancita dije donde se la puso. 

Se rió y me reí. 

- Noo Javi. Se poner una pipeta. 

- Bueno, no se, que se yo - dice, sonriendo. 

Frena en la esquina de casa, como últimamente ocurre seguido. Me sonríe cuando me saluda. Se lo ve cómodo, más que ayer a la vista de todo el mundo. 

- Que tengas buenas pelotas hoy en el fútbol - le digo, amablemente. 

- Si, siempre. La paso bien. 

- Si, divertirte. Gracias - cierro la puerta. 

- Cuídate - dice y me mira hasta que doblo la esquina y los pocos metros a casa están despejados -  Nos vemos. 

Lo saludo con la mano, como si fuera lo más normal del mundo lo que hicimos, lo que charlamos, lo natural que es todo lo incorrecto. La distancia de ayer no vuelve hoy y parece mas cómodo. Yo también lo estoy.  Nadie nos mira y podemos bajar las lanzas. Nos reímos. Nos contamos cosas y está como siempre. Más ubicado, amable, pero naturalizando la práctica sexual junto a la charla o el contexto normal, como algo tan nuestro que me da escalofríos. 

¿Qué clase de normalidad es esa? 

Sobre el resto, no se qué decir. Necesito un descanso de las casualidades. No puedo manejarlas pero ellas tampoco me pueden manejar a mí. Tampoco puedo manejar el continuado que se genera con Javier. Lo cotidiano, lo simple, lo inmanejable. 

Mañana será otro día. 

martes, 15 de octubre de 2024

Mala pisada

 Termino de trabajar hace un rato,  me baño porque estoy molesta con la humedad y salgo. Pelo mojado, calzas otra vez, remera lisa, campera deportiva. Estoy yendo a comprar por dos cosas: piedras sanitarias y una pipeta antipulgas para mi gatito.  

De camino al super, veo un tipo de lejos que se parece a Javier, pero no estoy segura si es. Viene caminando en diagonal, yo estoy en la otra vereda y eso me hace dudar porque ademas el es auto-dependiente. Lo ando invocando tanto con la escritura que ni me extraña confundirlo con otro. Pero si, cruzarnos. 

Voy al supermercado.  Compro piedras, hago rápido para salir de ahí cuanto antes. Me digo que me equivoqué pero también me voy.  Salgo del super, estoy guardando las piedras, y efectivamente Javier viene caminando.  Frente a frente nos vemos. No, no me equivoqué.  

Caminando o adentro de una lata, me doy cuenta que lo invoque tanto al punto de tenerlo ahí. De carne y hueso. Después de todo lo que paso el viernes. O mejor dicho, del tremendo encuentro del viernes. 

Tiene una apariencia algo desanimada y me doy cuenta que se pone incómodo como raro cuando me ve. La verdad: no quiero preguntar nada. No quiero saber mas nada. Ni quiero sumar tiros. Yo también estoy así. Me siento culpable y se que Javier es un culposo también.  La otra vez, paso algo similar. Me dijo que se sentía culpable y varias cosas más. 

El tipo que esta limpiando la vereda donde nos encontramos, me deja pasar y le agradezco. Me enfrento a Javier. No queda remedio. No se con que me voy a encontrar. 

Esta vez, sonríe, pero algo es mentiroso. Le sonrío. Nos miramos como sabiendo lo que paso pero no queriendo tocar el tema. 

- Hola- me dice, despacito y nos medimos en el saludo. 

Javier me abraza rápidamente, suave, pero las connotaciones son sabidas. Lo toco con una confianza sexual muy precisa y me cuesta disimularlo. Por eso, lo abrazo, pendiente del entorno. Quiero abrazarlo normal, porque me siento una pelotuda haciendo ese teatro, pero lo entiendo.  Nada es normal. 

- ¿Venís de nadar? - me pregunta. 

Me incomoda su pregunta. Recuerda que hago deporte en la semana. Me incomoda más pensar que escucha y retiene info de una vida a la que yo no quiero que pertenezca del todo. Me incomoda todo. Esa es la verdad.  

- No, estoy buscando donde comprarle una pipeta al gato. Tiene pulgas. ¿Me tenes? - le paso mi celular. 

Cierro bien la mochila y se lo agarro. 

Sonríe. 

- Esta así- lo imite- desde que nos levantamos. Pobre,  mi amor. 

- Es normal. ¿Donde vas a ir a comprar? Esta todo cerrado. 

- ¿Pero no esta abierta la de la curvita? Pasa que el veterinario es el hijo de mi vecino. Le pedí una pero no me la trajo hace varios días. No puede estar así el gato. 

- No, a esta hora, no vas a conseguir. Cierran. No es grave. No te pongas loca. 

Sonreímos. 

- Mmm. No se. Pobre. No sabes como se rasca. 

- Traaaanquila. Son pulgas - me dice y me mira como si le hubiese ablandado el rostro. 

- Voy a fijarme eso en el que esta más allá. A ver si hay. 

Se ríe. Me río. Se me acerca para abrazarme.  

- Chau- dice. 

  Vuelve esa expresión blanda. Como si lo pudiera. Como si dijera "ay, dios, por que la tengo que ver". 

-  Chau - le digo. 

Me da otro abrazo cuidado. Que molesto el barrio. Estamos casi en la puerta de un supermercado. Hay vecinos. Gente con cara conocida. No podemos abrazarnos libremente ahí. Ni decir nada. Somos dos conocidos con muchos años de diferencia que hablan de la pipeta de un gato. No podemos hacer ningún comentario de la noche del viernes. Ni uno solo. Nada. Ni siquiera con la mirada. 

Es como si lo del viernes ni hubiese existido. Pero pasó y hay que aceptarlo. Lo sabemos. Creo que por eso le da un poco de pudor estar a la luz del día, rodeados de gente, conteniendo las vocales.  Lo del viernes no tuvo antecedentes. Fue tremendo.  Nunca habíamos disfrutado así ni dicho tantas tonterías juntas en medio del sexo.  Y vernos, vernos con todo tan vivo, se hace difícil. Para mi, más que para el, por ser un continuo. Un permanente recorrido de la culpa, el miedo y el deseo. 

Yo estoy queriendo desaparecer. No queriendo verlo. Pero sucede. Qué mala pisada. Sucede. Hay que hacerse cargo también de esa incomodidad como un precio a pagar por el placer.  Eso si: un precio elevado, casi como si estuviera regalando o desperdiciando plata. 

Siento, francamente, que la farsa publica es intolerable. Algo me dice que Javier está lleno de culpa. Pasando por el proceso donde no le interesa nada mas que huir. Parece en esos momentos incapaz de verme desnuda otra vez. 

Me hace dudar. ¿Todo esta realmente bien? Siento que no se siente comodo conmigo. ¿Me importa? No. Siento que yo tampoco estoy cómoda. Que no puedo adivinar su arte. Que no me voy a hacer cargo de sus problemas. Que esto es una consecuencia de esas que yo le digo que pueden existir y el me dice que me preocupe. Que el se preocupa, que yo no. Pero yo no soy tonta. Y por eso, no pregunto absolutamente nada. Ni donde va. Ni de donde viene. Ni como le fue.  Lo dejo escapar. No me interesa más correrlo. 

Es como que recibirnos en el ámbito público, después de todo el ámbito privado, cuesta. Mucho.  Su actitud tiene algo diferente, un dejo esquivo, que quizá es un reflejo mio, y que no me preocupa del todo. Yo tampoco lo quería ver, pero ocurrió. Mala suerte. Hay que saludarnos y seguir. Igual que seguimos dándonos atenciones el viernes pasado. Aprender a separar es importante justamente para esto. Para poder sostener. Para poder disimular. Para tener todo en claro. 

¿Tendra todo en claro? No se. Yo trato de estar lo más clara que pueda. No tengo control sobre eso de los cruces. Es casualidad.  Pero tampoco paciencia para entender qué le pasa.  Si, lamentablemente,  comerse de esa manera no es gratis... Después hay que poner la cara, cruzarse por el barrio, jugar a que no paso nada de nada y seguir.  Aunque se te caiga la cara de vergüenza, una imagen queda todavía por sostener. 

lunes, 14 de octubre de 2024

La eterna duda

Hoy lunes, mientras procuro trabajar en la oficina, fingiendo la máxima de las demencias, el flashback se da sin buscarlo:

- Estoy en amo de casa, hoy. Amo y señor de la casa - dice, burlón, mientras lava los platos.

- Muy bien ese ser hacendoso - musito y bajo el cierre de mi campera, a la vez que saludo a sus mascotas.

- Me relaja. Hoy estuve muy tranqui. No salí en todo el día.

- Si, esta bueno. De vez en cuando.

- Ya termino, eh. Como ves, estoy así nomás.

- ¿Cómo así nomás?

- Vestido asi nomas, digo - me aclara.

Lo miro y me encojo de hombros. ¿Desde cuándo Javier se siente presionado por eso? Tiene una remera roja y un short deportivo negro. Yo tengo unas calzas negras, una remera negra y una campera con colores. ¿Qué diferencia hay? Javier esta afeitado, como me gusta. Tiene el pelo prolijo. Está recién bañado. Definitivamente, lo veo y me atrae, aunque esté en modo lavaplatos.

- Es normal, para mí. No hay problema.

- Vos viniste - dice y me imita, aludiendo a que yo estoy mejor vestida y coqueta.

Lo burlo con un gesto. Si, estoy pintada, huelo rico, pero eso también es lo normal. Yo voy así a todos lados. ¿Por qué dejaría de hacerlo? ¿Para disimular qué?

- Siempre ando así - digo - ¿Te paso esta bandeja para lavar, también?

- No, sólo estas dos. Gracias. ¿Cómo estás vos?

- Tranqui. Acá ando. Descansando este finde. Labure con loca esta semana.

Javier se da vuelta un momento, mientras yo merodeo por la cocina y me mira. Sonrío.

- No se te nota nada lo del odontólogo. Y vos no querías venir por eso, deja de joder...

- Que ni se nota- me acerco y le muestro - mírame. ¿Ves?

- Para mi esta bárbaro - dice serio.

- Es un paso más. Pero a mi me da vergüenza todavía. Los provisorios son grandotes, no se parecen del todo a mis dientes y me da un toque de cosita... Me siento ridícula.

- Pero te dejo la sonrisa alineada. Perfecta. ¿Qué cosita, qué cosita te dá? - se ríe.

- Ya lo sé, pero bueno... - le digo y sonríe.

- En serio, no te preocupes. ¿Que paso que te mentiste en esto, te dolía?

- No siempre. Pero - dude - viste que yo nací prematura

- Si - dijo.

- Bueno, cuando nací y en los años subsiguientes me administraron muchísima betametosa. Primero, para madurar los pulmones cuando era un micro bebe y después con los años por otras cosas. Eso hizo que con los años mi sustrato fuera pésimo, y tuviera mucha tendencia a hacer caries complicadas. Propias del consumo de medicación, en lugares complejos o profundas. Y por otro lado, que yo iba al odontologo particular y todos arreglaban pero nadie me planteo la seriedad del tema. Este, de entrada me dijo, necesitas una rehabilitación profunda. Me evaluo íntegramente.

- Claro- dijo - es una mierda. Menos mal que lo hiciste entonces. ¿Y te falta mucho?

- Si, ahora vas a comer con La máscara - lo burlo - No, ésto es la totalidad. Me faltan los arreglos definitivos que me los tiene que mandar a hacer.

- ¿Y cuánto tenés que estar así?

- Poquito. Quizá un mes. No lo sé aún.

- ¿Y eso es poquito? - dice.

- Desde marzo que estoy con esto, te aseguro que un mes y pico, es poco. Aunque no sé qué carajo voy a comer...

Me mira con una mueca amena.

- Tengo queso, mira, que me dijiste que podías comer. Sentate que voy a buscar el vino.

- Gracias - le digo.

Me lo muestra.

- No son los del supermercado, eh. Este es un vino mejor- dice.

- Ah, pero que rico - lo miro, apreciando la elección- Es un bleeend. Este ni lo probé, sólo probé el malbec y es riquísimo.

Sonríe.

- No te voy a convidar cualquier cosa. Con ese blend también limpias muebles - dice y pone las copas alusivas al Diego. Me río levemente. Parece que estamos de gala.

Descorcha el vino largo rato, como si toda su vida se fuera en ello. Me sirve primero. Brindamos.

- Salud - me dice.
- Salud- le contesto.

Yo se que no tengo que estar ahí. Lo se racionalmente. Lo entiendo. Estoy cenando con una persona que hace todo mal, que se equivoca conmigo y con los demás; que no sabe lo que quiere porque teme y no define, que no tiene más para ofrecer; que no suelta nada ni decide nada; y sin embargo, en ese momento, no tengo el valor para levantarme e irme. No lo consigo. Es como si algo me dejara hundida en la silla, y yo pudiera percibir su efecto sobre mí, pero no pudiera manejarlo.

Después, más tarde, cuando estoy sentada a upa suyo, lo escucho, y resistirse es imposible. Una puerta está entreabierta hacia el jardín trasero y la luz refleja todo. ¿Podrán ver aquellos vecinos con planta alta? Me lo pregunto. No me importa. Sé que me tendría que preocupar si se ven, aunque sepa que no, pero no se gana un espacio suficiente en mi cabeza. Javier me acaricia, vulnerando el corpiño verdecito de encaje y me estremece, diciéndome que por favor lo deje, que reciba, que no me preocupe. Me huele el cuello, me besa la cintura y sube por mis vértebras. Me afloja del todo la ropa interior y las tiene en sus manos. ¿Como logro entender que por ahí me muero con eso? Ha tomado nota de todo. De todo en absoluto. 

 Quiero que me desnude ahi mismo, que no se demore ni un segundo mas, pero me resisto a admitirlo y lucho por no excitarme en medio de esa tormenta de sensaciones encontradas. No puedo. Mi mente me dice que haga una cosa y mi cuerpo lo deja.  Y Javier lo hace. Parece tan convencido, tan receptivo. Yo no entiendo como cambio tanto su labor, pero sin dudas, cambio demasiado.  Javier se levanta, apaga la luz, cierra la puerta y lo que le sigue es el erotismo y convencimiento se convierte en lo absoluto. 

Lo que más me perturba de él es que tenemos la misma mente. Él hace lo que siempre quise y jamás me animé a pedir. ¿Por vergüenza? Quizá. Y además, por sentir que eran simplemente ideas mías, fantasías, habituales en todos, sobre una intensidad y mística sexual que no existía.  

 Javier ahí me tiene y yo lo tengo, diez años después, un viernes en su casa, repartiendo gemidos como trompadas. ¿Y el futuro? Seguramente, Javier no sea así como es, en ese momento donde está entre mis brazos, y eso es una punzada. En éste momento, en éste presente, en éste instante, está dentro mío. Nos miramos en ese instante y lo que es muy grave, es que parece no haber ni pasado ni futuro, solamente, ese momento. Pero hay pasado, hay futuro, y creo que los dos sabemos clarito que todos los caminos nos separarán. Que esa es la regla, que ese es el destino consumado. No hay manera de estar juntos a excepción de esos ratos. Ratos que yo sé, internamente, que me tengo que ir pero no me puedo ir.

¿Por qué no puedo? Como si fuera una novela erótica en permanente desarrollo, no dejo de insistir con eso. ¿Qué gana, cuál es su mérito? Su pasión, el deseo que lo desborda, hace que consigo me gusten cosas que, con los otros, no me gustan. ¿Eso es definitivamente convocarse? ¿Por qué no puedo irme? La respuesta es, al final del túnel, algo clara: no puedo irme porque yo ya sé que nosotros coincidimos ahora, pero que probablemente, no volvamos a coincidir más. Es ahora donde estamos, donde no estuvimos antes y donde no vamos a volver a estar. Javier en el futuro aparecerá así, quizá, pero yo en el futuro no puedo quedarme ahí. No puedo aspirar a eso como única motivación en el mundo. ¿Se trata esto, entonces, de vencer el deseo? ¿De cambiarle el rumbo, de moldearlo hasta que se convierta en una cosa manejable, entendible, y poco destructiva? 

El después del después de Javier, es muy preciso. Me mantengo algunos días bastante callada y me aboco a procesar la vivencia. Son enormes las contradicciones internas. La culpa. Las dudas. El sentir que sos una boluda. Pero al mismo tiempo, el deseo está ahí, chispeando, trate de ignorarlo o me aboque exclusivamente a él. ¿Se puede matar eso, podré despertar un día y decir "ay, no me pasa más, qué bueno"? Sé que según lo analizo en terapia yo no puedo naturalizar este placer, sé que no puedo pagar un precio tan alto, sé que no puedo tampoco quedarme en esto porque "ésto" no es solo esto. Implica convertirse en el otro lado, el lado dos, de la vida de una persona que se expone, que me pone en situaciones donde todo el tiempo tiendo a querer separar lo físico de lo que siento que él hace demás.  Pero en la práctica es todo muy distinto. No se trata de fichas, sino, de dos personas que no saben ni están aprendiendo a ponerse límites que puedan sostener. 

El otro día, en el intermedio de los cuerpos, le digo a Javier que determinada cosa me gusta. Eso está ok. Estamos en un contexto sexual, somos dos adultos, y puedo decirle que algo me gusta. Me responde que lo puedo llamar siempre, que siempre puedo pedírselo, que él va a estar a gusto. Y eso ya no me parece tan ok porque instala la excepción como una habitualidad. 

¿Cómo explicarlo? Para mí, Javier es alguien que conozco desde siempre con quien nos llevamos muy bien y nos atraemos de una manera impresionante.Cada uno es la debilidad declarada y confesada del otro. Es algo que siempre pasó, desde que nos conocimos, y nos valió desagrados de muchos, pero que no justifica lo que está pasando ahora, de lo que nosotros dos somos totalmente responsables.  Una vez mi hermana me contó que estaba buscando un evento en el que yo estaba participando para saludarme. En eso, se cruzó a Javier y a su novia, que iban caminando adelante de mi hermana. Mi hermana  no tuvo mejor idea que decirle a mi cuñado, que estaba junto a  ella, caminando también:  "vamos a saludarla a Veinte". Javier se dió vuelta, como si hubiesen dicho el nombre de su jugador preferido de fútbol, cuando escuchó que me mencionaban y dice que, obviamente, no en vano, la mina lo fulminó con la mirada.  Por eso, esto, me parece que es un precio demasiado abultado. ¿Qué quiere, perderlo todo? 

A Javier lo conozco como vecino, como compañero de un círculo cultural, como amigo, como hincha del equipo del barrio, como profesional, como hijo, como hermano, como tío, como cobarde, como el que me dejó de un día para el otro y me dijo que íbamos a tener que aprender a vivir con lo que nos pasaba, porque sentía pero no podía. Lo conozco como novio de otra, hace muchos años, y mil veces le he aconsejado por el bien de todos que pensara lo que me decía, que se diera cuenta, que lo pensara en serio. Más de una vez le ofrecí mi negativa, mi compromiso durante casi los últimos dos años, para que siguiera en su carril. ¿Si estuvo bien? No sé, yo lo hice tratando de que razone, para razonar juntos, pero se lo ofrecí. Le dije: "mirá, lo que pasó entre nosotros ya está, tenés que volver a tu vida habitual y listo, ya resolvimos esto que había quedado pendiente" y nada ha dado resultados.  Javier siempre está. Como vecino, como conocido, como amigo que dice que es y se ríe porque sabe que no lo es, y como prospecto de amante. 

 Pero es alguien a quien me cuesta mucho ver como amante.  Porque cuando me pongo a pensar en las consecuencias indirectas que ese tiempo compartido tiene para los demás, es inevitable no sentirme una mala persona. Por un lado, todas mis intenciones se tratan de no lastimar y por otro, todo se reduce a no poder controlar mis impulsos. Unos impulsos fuertísimos, apasionados, de esos que te hacen pasar todos los límites del bien y el mal. Algo que te descontrola por completo. Algo en lo que me cuesta reconocerme, en lo que me cuesta verme, porque pensé que jamás me iba a tocar a mí. Pero me tocó. Me tocó y es de lo que pensé que nunca jamás iba a hacer, en relación a la conducta de toda una vida, de 30 años, siendo honesta.  Yo soy una persona en extremo racional con todo, pero ésto, me demuestra que no soy imbatible. Al contrario. Y eso me preocupa, porque me deja incierta frente a mi misma. 

Sé que me tengo que ir, pero no sé cómo sostener esa huida porque el otro lado de Javier, que no sostiene la suya, es de una atracción increíble. Francamente, superadora de la que haya tenido con cualquier otro. Algo totalmente distinto, más profundo, visceral, imprecisable. Se ve en la profundidad de las charlas, en las discusiones, en las risas, en el sexo, en la intensidad de cada una de nuestras interacciones. ¿Por qué vas? Eso podrían preguntarme. Eso me pregunto yo también. Pero no tengo una respuesta clara. Simplemente, nos pasa. Él que no debería levantar el teléfono y lo levanta, y yo que no debería atenderlo y lo atiendo. Una parte mía, además, no se perdonaría jamás, en lo que le quede de vida, no ir porque sabe que en algún momento va a habitar un mundo donde Javier, y su campo de representaciones y posibilidades, no va a estar más. 

¿Cómo te puede atraer tanto alguien? Eso no me dejo de preguntar. ¿Cómo una persona brumosa, oscura, atrayente, me lleva a lugares de mi misma que no tenía idea que existían, que ignoré por casi 30 años? A ésta altura, no se trata solo de sexo. Se trata de la dinámica que se repite y yo no freno. Porque no puedo. Porque no puedo hacerlo sola. Yo necesito de un Javier que no me escriba. Que no esté. Que no exista. Y Javier está, me escribe, se acerca... y eso es lo que no puedo controlar. No puedo controlar si el otro lo hace o no, pero tampoco, puedo predecir mi reacción. Y aquí es donde me mando las grandes cagadas.

¿Pero son cagadas? Por la forma, por el contexto, por la gesta, absolutamente que lo son. Y también son batallas pasadas, cosas que no le puedo explicar a nadie, que me juegan, y que me devuelven en el espejo la imagen de una mujer que está teniendo - mal que le pese - una historia con un tipo con quien no puede estar, porque ya tiene su historia con otra.

Si fuera por mí, si dependiera solo de mí, me desconectaba el cuerpo y el corazón, además de la memoria para no sentir absolutamente nada por él. Y listo. Pero no es posible. No soluciona nada. Simplemente, la única esperanza hoy por hoy, es poder poner mi deseo, y orientar mis acciones, hacia otro lado. ¿Pero qué hago, qué hago con ese pensamiento recurrente que me dice: "vos sabés que no tienen toda la vida por delante para seguir dudando"?  Es una dualidad permanente. 

Siempre que pasan unos días, después de los encuentros con Javier, me hago la misma pregunta frente al espejo: ¿por qué fallaste de nuevo? Y eso es algo que no sé responder aún. No sé por qué un día le puedo decir que no, porque tengo que estudiar, pero otro día le puedo decir que sí, que acepto su invitación. ¿Qué me juega que no veo, qué me juega tanto que no advierto, para que un día pueda manejarlo con muchísima resistencia y que un día simplemente acepte?

"Si no tenés planes, y si querés, esta noche, podrías venir a casa. ¿Te parece?", dice, todo correcto. Y yo no le digo que no, no le invento un plan, no le pongo una excusa. Le digo que más tarde hablamos, y aunque me tome mi tiempo para pensar, aunque me dé el espacio de desaparecer, en realidad, cuando más tarde me escribe para reconfirmar la invitación, yo no puedo decirle: "no, no voy a ir". Yo voy, me expongo a sus influencias, lo expongo a las mías y después caigo en la cuenta de lo terrible que es eso.

Terrible para lo placentero y terrible para lo abrasador. 

domingo, 13 de octubre de 2024

Oktubre

 - ¿Cóoooomo que no conoces este disco? Es del 86. 

Estábamos cenando. Javier cantaba. Se lo veía cómodo. Ambos disfrutábamos de la música. "Ella tiene una forma de hacerme creer, que es para mí , la mejor manzana", me canta. Lo miro y le sonrío, en silencio. 

- Lo conozco pero no es de mi época. Lo conocí hace algunos años, voy descubriendo...  - le expliqué. 

- Y pero... - lo miro, viendo a ver qué locura me dice, con qué argumento tirado de los pelos me sale. 

- Voy a cumplir 30, Javi.  

- Osea que ni habías nacido - me burla. 

- Exactamente,  señor. 

- No estabas pero ni en huevo - dice y se ríe - ¿En qué año exactamente? 

- En el 95. 

- Dios mío - dice 

Lo miro con falso rencor. 

- ¿Como queres que con casi 30 tenga vivencias del 86? ¿Cuantos años tenes vos? 

- Quiero que conozcas los discos - dice- Tengo 24. 

- Yo tengo 29. No me dan los números. 

- Vieja chota - musita y nos reímos. 

- No podemos estar asi, tan pelotudos. Mostrame y yo te digo qué conozco. Conozco mucho, pero vos sos un erudito, discuuuulpe, lo burlo. 

Se ríe. Nos quedamos escuchando música. 

- ¿Y ese ruidito? 

- ¿Cúal? 

- Ese ¿lo escuchás? - le señale - Ese. Ahí. 

- Es del vinilo - me dice, sonriendo - Pero claro, esto no es de tu generación, no conocés estos sonidos. 

-  Yo te muestro mis listas de Spotify, vos no lo usás y no te digo nada. Mi generación tuvo otras maneras, nada más.  

Se ríe. 

-Yo no digo nada. Solamente, que no conocés.  Además te estoy respetando, te demuestro que podemos llevarnos bien - dice, con cara de jodon. 

Lo miro y me carcajeo despacio. 

- Y si. No espero menos de vos. Por eso cuando me invitaste, te dije cual es el estado de situación. Con todo esto del odontologo,  me siento rara. Acomplejada. 

Sacude la cabeza. 

- Ni se nota. Ni te preocupes, vos, por eso. Todos tenemos que ir al odontologo. Es incómodo pero haces bien. No te queda mal. 

- Si, lo se. Es una inversión por salud. Muy incomodo y carisimo, pero no podía seguir posponiendo el gasto. 

- ¿Mucho? 

- Millones de pesos, si. No sabes como me quedo el bolsillo, por no decirte otra cosa. 

Asiente. Nos reímos. 

- Pero vos, yo mismo te diría que lo pago con eso. Vos ni hablar. 

- Javieeeeer- digo - ¿Por qué esos comentarios taaaan machirulos? Te voy a matar. 

- No, no, no lo digo mal - me frenó - Te lo digo porque es tanta plata que tenes que poner hasta... Pero todos, no vos. Yo tendría. 

- Lo se. Vaya si lo se. Pero ni loca, que te pensas. 

- No, que quizá... - me dice en joda y sonríe. 

Lo miro, picada. Se ríe. Sabe que me domina la ira con esos chistes. 

- Vos vas a tener que ir a ver a mi odontologo si seguis deslizando que tener sexo es un método de pago que podría usar. Nos vamos a cagar a piñas. 

- Yo no te digo que lo uses. Te digo que si existiría, sería más fácil porque cuando es tanta plata... Hasta yo lo pienso - dice y se ríe.

- No tengo sexo por obligación, ni por compromiso, ni por interés - le digo y lo miro, fijamente. La cara le cambia, pone cara de boludo, se ablanda, como si le hubieran puesto azúcar en el semblante - Solo si quiero y puedo. Toma nota. No se que te pensaste, que yo resuelvo todo con el cuerpo. Yo no soy así. 

Javier me mira de otra manera. 

- Ya lo se. Lo tengo en claro. 

- Ah - digo y tomo un poco más de vino. 

Me sonríe , como si jugara. 

- Hablando del tema, hoy viniste, por suerte.  La vez pasada, no. 

- La vez pasada tenia que estudiar. También te lo avise. Yo tengo una vida. Vos tenes otra. Por eso. 

- Yo no entiendo algo... - dijo - ¿Por que no viniste media hora aunque sea? 

- Porque tenía que estudiar. Cuando tengo que estudiar, son días donde no podes contar conmigo. La respuesta va a ser no. Y fue no. 

- Pero ¿no podrías venir un ratito y después volver a estudiar? ¿Tanto te costaba venir, pasábamos un rato y después seguías estudiando? Era un recreo. Sólo un recreo te pedía. 

Lo miré y aproveché que había sacado el tema para decírselo en persona: 

- No. Tenes que entender que no iba a ser un recreo. Me iba a perjudicar. Dos putas horas dormí ese día porque se te ocurrió que me querías ver y me llenaste de mensajes y de cosas. Hay días donde vos tenés que saber que yo no puedo. 

- Pero venías, me contabas lo que estabas estudiando, me dejabas relajarte. Eso era. No era la gran cosa. Podías coger antes de un parcial. ¿O dsta prohibido? 


- Esta prohibido para mi y con vos. Se trata de entender que yo no voy a hacer lo que vos quieras. Nunca. Jamás. No vas a poder lograr eso jamás. 

- No sé. Yo quiero que me digas que si. 

- ¿Cómo que no sabés? ¿Eso es lo que querés? 

- No sé - dijo y se rió. 

Javier me miró y yo lo miré largando la risa. 

- Ay, pero que pelotudo por faaaaavor... 

- Es que, mira - me explico - podías venir, yo te relajaba, y despues al otro dia vos rendías. Ibas a ir a rendir tranquila, era una maravilla la idea. Pero no, vos, tenías que dar el parcial y que no voy, que no voy, que no quiero. Qué pérdidaaaaa por favor. ¿Te das una idea de lo bueno que hubiera estado ese día, donde estabas tan tensa? 

Nos reímos. 

- Yo pongo primero el deber y después la recompensa, con la facultad. 

- No es una recompensa. Es sexo. 

- Es placer. Cuando estudio, el deber primero y después el post parcial, donde uno duerme, come, coge si quiere... Aprobé el parcial. Cumpli con el objetivo. Se trata de tener foco. Mi foco estaba ahí. No en acostarme con vos. 

Lo miro y pienso que, francamente, no dejaría ese foco académico descubierto por ningún tipo. Pero que además, por Javier, no rifaría el escaso tiempo libre para salir corriendo a sus brazos. El pasado me grita y me dice "hay que cuidar nuestros espacios con la gente, ya lo sabés" y francamente tiene razón. 

- Ya se. Bueno. Esta bien. Tenes razón igual. 

- Cuando nos vimos en tu oficina, te deje terminar. Es lo mismo. No te dije ni una sola palabra fuera de lugar hasta que terminaste con esos papeles. Y me ubiqué, eh, porque entiendo que no puedo tocar la puerta y decirte: "dejá ya lo que estas haciendo". 

Me miro. 

-Cuando nos vimos en la oficina - dijo - fue breve. Quería más. 

- ¿Ves por que ni vine el día que tenia que estudiar? Porque no iban a ser diez minutos. Siempre queres más, siempre. En tu oficina fue tremendo. 

- Cinco capaz- se río. 

- No te creo. Nada - le dije, burlonamente. 

Javier se río.  Seguimos comiendo y charlando. 

- ¿Por que fue tremendo en la oficina? 

Lo mire. Negué con la cabeza. 

- No, por nada. 

- ¿Te arrepentiste de vernos ahí? - me pregunto.  

- No es eso... Es un poco todo. No podía sentirme del todo cómoda, es tu laburo. 

- Noooo. Olvídate de eso vos. Si la pasaste bien, no pienses en eso ¿Mmm?

- Ok. 

- ¿Que te incomodó? 

- No poder expresarme del todo. No podíamos hacer ruido ahí. 

- Si podíamos. 

- No daba. 

- ¿Qué no daba? 

- Para él todo dá, conmigo. Qué tipo. 

- Exactamente. 

II. 

Un rato después, mientras sentía muy presente a Javier en mi cuerpo, no podía para de vociferar cosas. Para peor, me hablaba y eso hacía que mi excursión por el cielo se hiciera más extensa. Más extensa la exclamación. Más intensa. Más cargada. 

- Me encanta.  Así. Es perfecto. 

- Disfruta.  Muy bien. ¿Qué querés? No me voy a ir hasta que me lo pidas. 

- Que me agarres. 

Javier se ríe. Me agarra con ferocidad e inyecta potencia. 

- Qué hijo de puta - gimo. 

- ¿Cómo, cómo no te agarran así? Yo te agarro ¿sabés? 

- Sí. Tenés el punto. 

- Esto no es nada. Quién te tocó a vos, que no te tocó así, la puta madre... 

Me río. Inspiro y exhalo, volando.  

-Disfrútalo mucho- dice. 

Y lo que le sigue es sentirme en una línea fina entre los confines que no viví jamás y una adrenalina adictiva. Lo peor, o lo mejor, es que cuando Javier me vé así no se detiene en absoluto. Al contrario. Se potencia. Hace uso del hallazgo sexual hasta el fondo, como si hubiera entendido toda la sensibilidad que traigo. 

Gimo más alto, casi como un gritito. Tapo mi boca aterrada y nos empezamos a reír. 

- Perdón - le pido. 

Javier se ríe y lo miro. 

- ¿Qué pasa, te asustaste? - dice, sin irse, consciente de lo que hace, de cómo lo hace, de cómo está logrando cosas. 

Me río. 

- ¿Qué carajo me estás haciendo? 

- Cogerte como te merecés - me dice, jadeando, dando su mejor esfuerzo, toda su fuerza - Así hay que hacerlo con vos. 

Logrado el objetivo, mi devolución es notable. Lo siento como una causa personal. Algo inexplicable que tiene que ver con saber que tengo que devolverle ese punto con la intensidad que me caracteriza, con la fiereza.   Pero Javier no me deja del todo. Me dice que sí, que quiere, pero que él se ocupa. 

Unos minutos después, de nuevo, se pone de pie. Me deja boca arriba, mirándolo. Sé que no termina acá. Javier parece haberse olvidado del tiempo. 

- Me das miedo, te lo juro por Dios - le digo, y me río.  Realmente, la intensidad, la manera, y la turbulenta bruma que se desprende de él, me estremecen por completo. Me pierden. ¿Cómo le explico a alguien más, que no nos vea, que el tipo está teniendo sexo conmigo y lo hace mientras conjuga todos los estímulos? La música, el vino que se toma, lo relajado que está, lo perceptivo de las reacciones.

Javier se ríe. Me mira y disfruta la música de fondo, mientras me acaricia. Toma un pequeño sorbo de vino, como si decidiera qué quiere hacer ahora, y sonríe. Una vez que pasó un instante donde no me pierde mirada, dice: 

- Te quiero tocar más. 

- ¿Más? ¿En serio? 

- Sí, más. 

- ¿Te puedo mostrar cómo? 

- Eso quiero, sí. 

Me acaricia la panza. Sobresalen mis costillas enseguida y me río. 

- Dame la mano. 

Lo miro, por un segundo, y recorro cada una de las venas de sus mano, que sobresale para mí. 

- Si algo me gusta de vos, son tus manos. 

- Mostrame cómo usarlas. 

Inhalo y cierro los ojos. Lo guío. Qué facil es guiar cuando uno se conoce, pero qué locura es guiar a Javier. Le conozco las manos desde hace diez años. Más de una vez se las miré, en cualquier momento. Más de una vez me sirvió con sus manos, gesticuló los argumentos sobre por qué yo era demasiado joven para él, se tapó la boca con las manos cuando se sintió incómodo y hasta me sujetó con esas manos la noche donde ocho años después me lo dijo todo... Sin embargo, es la primera vez en una década que me está pidiendo esto. Entonces, se lo enseño.  Y cuando aprende, lo dejo solo. Me toca mirándome, lo sé, pero yo no lo puedo mirar más. Estoy en mi mundito, el mundito que estallará en breve, y sólo lo siento. 

El mundito estalla por segunda vez. Libera fuerza, aquélla tensión contenido, y me deja liviana. 

- Vení - le pido. Javier se une. 

- Arriba mío. 

- Te voy a aplastar. 

- Vas a ver que no. Tranquilo. 

Me acerco a él y hago lo propio. Gime. Todo su cuerpo se tensa. Lo voy preparando de a poco. Lo miro. Lo espero.  Y para qué mentir, no sé si alguna vez he vivido un encuentro más pesado emocionalmente que éste. Pero en ese momento, floto.  Javier me pide que empuje y yo empujo. Me muestra como le gusta y yo atiendo la consigna.  Necesito devolver ese punto. Es una cuestión precisa. 

Cuando estalla para mí, antes de hacerlo, me mira. Hace algo que yo había deslizado y que él había terminado por adivinar. Es un detallecito, no constituye el mundo, pero es el detalle en el momento donde me gusta. 

Después sí, languidece, nos dipersamos un momento cada uno en una parte distinta de la casa y vuelve en un tono renovado. Canta un tema de soul. Sacude la cabeza al ritmo suave de la música y chasquea los dedos. 

Me reincorporo y comienzo a vestirme. Manoteo en la penumbra, y por error, algo suyo: 

-  Mío, nooo, ojo - dice, en broma. 

Me río. 

Me calzo mi ropa, mofando. 

- Te quiero mostrar más jazz. Vení - dice. 

¿Qué, todavía no terminó la noche? Eso pienso.