domingo, 30 de diciembre de 2018

Failed

La realidad es que, cuando me envió la solicitud de amistad por mayo o abril, no le di demasiada importancia. O, al menos, la importancia radicó en pensar: ¿y éste, quién es", al punto de pasar cinco minutos dudando... Para después declinar por un "ya fue" y dar la afirmativa.  Vecino de vecinos, amigo de amigos, de amigos de años atrás. Del Barrio, de Relaciones Públicas del Club. Amigo de amigos de Él. ¿Se conocerán? ¿Y eso qué importa? La realidad es que, después de mirar su muro una sola vez, rara vez volví a aquéllas órbitas. Hincha hasta los dientes del mismo Club que él, y del que yo soy simpatizante, no me hacía demasiada gracia la similitud de ver aquélla verde camiseta de fútbol por todos lados. Pero... ¿qué culpa tenía de vivir en el mismo lugar y adorar al mismo Club? Al fin y al cabo, me podía pasar con cualquier amigo que tuviera en mis redes sociales (y lo cierto es que así era, la mitad, alentaban a esos colores).  Lo dejé pasar. Al fin y al cabo, el tipo, lo único que hacía, era arengar al Club. ¿De qué podía hacer daño tener uno más de esos, si no me molestaban? 

Todavía recuerdo ese día donde me dije, socarronamente, que mi gusto con los hombres era de manual: ¿por qué todos terminaban siendo hinchas de ***, y por qué, además, eran morochos? ¿Y por qué todos los habitantes de *** tienen la misma onda, esa especie de huella característica donde vos sabés que es tu vecino, tu coterráneo, aunque no lo conozcas de frente?  Terminé riéndome de mi misma, aunque unos meses después me encontré pensando si mi atención se resumía a determinar qué lo hacía tan de mi barrio, es decir, tan como son los hombres de mi barrio.  ¿La camiseta de fútbol o esa especie de aspecto de boy scout futbolero? ¿La típica vestimenta de camisetas verdes en sus numerosas ediciones y la infaltable dupla con los lentes que, a lo lejos, los hacía parecer a todos un sólo modelo, un sólo referente de una determinada generación? 

No supe, durante todos estos meses, cuál era la raíz de los hinchas de éste Club, que parecían todos tan igualmente pitucos. Lo que sí entendí es que siempre que subía una foto me la quedaba mirando. Y eso, en mí, ya era un montón. Aunque incluso a ese montón lo dejé ahí y seguí adelante con mi vida. 

II

¿Cuándo y quién dejó el primer like? Ya casi es imposible de determinar, porque lo que ha seguido, en especial, ha sido una competencia indiscriminada de "me gusta", mutuos. Como si estuviésemos insertos en un rodeo moderno. 

¿Cuándo me dispuse, de nuevo, a revisar sus redes sociales? Hoy... Porque, ya que una vez en La Historia de la Humanidad me dispongo a suscribir a estas idioteces modernas, de puro aburrimiento... ¿Qué remedio, si él, hace una semana, me hizo lo mismo sin ningún tipo de remordimiento y dejó constancia de ello? 

"Ya fue", me digo, por segunda vez y buceo, chusmeo, saco mis conclusiones, inclusive aquéllas etarias, y el panorama va... bastante bien. En realidad, siendo como soy, que ya me llame la atención implica que vaya realmente bien, considerando que pasé un año entero donde no tuve capacidad de fijarme en nadie. No entiendo cómo, ni siquiera yo, pero me detengo en cada una de las fotos, sin poner nada, solamente, para ver. ¿Qué quiero ver? ¿Cómo se lleva con los hijos, lo dulce que es con ellos? ¿Qué quiero ver? ¿La colección de camisetas de fútbol de ése Club? ¿O las labores sociales que hace, recolectando juguetes y alimentos para chicos que no tienen? ¿Qué quiero ver? ¿Que me gusta cómo se viste, que lee a Sacheri y que, si fuera por mí, tengo entre dos o tres títulos más para recomendarle, sin contar a Soriano o a Fontanarrosa? 

Ni yo sé qué quiero ver, o en realidad, en el fondo sé lo que NO quisiera ver, aunque lo esté buscando, como por las dudas... Y justo cuando entiendo, cuando entiendo qué es lo que no quisiera encontrar, ahí mismo nomás,  alineándose con mi suerte de infarto, también me entero que sale con una... señora, bah, con una mina (que a mi me parece una tipa grande - a eso me refiero con señora - porque le llevo décadas, y porque no hay punto de comparación en ningún sentido posible, si estamos a dos costados distintos del río, pero que es bastante más afín, en teoría...). 

Y luego de eso, cerrando rápidamente todas las pestañas, confirmo que mi maldición está sellada: siempre, pero siempre, llego tarde para los morochos - tan prolijitos, para colmo - con las camisetas de ése Club. No importa lo que pase. Es nada más amagar y decir "upa, qué interesante" para que el globo se autodestruya en la canasta. 

No hay vueltas. No hay atenuantes.  Ellos terminan saliendo con La Señora de turno. Lo cual es una lástima, porque fue la única persona que me llamó la atención en un año. Lo cual quizá no sea una lástima, porque por lo menos, descubrí que cuando todo se puede manejar con la cabeza, y podés pensar el devenir patético de los acontecimientos, ya no gastás pólvora en chimango... O en realidad, te cuidás de no cruzártelo por la calle, porque el vecindario es tan pero tan chiquititititito que... 

Mejor tocar madera. 

Y sí, "ya fue". 

viernes, 28 de diciembre de 2018

Apostar

- (...) Tenés que disfrutar tus vacaciones... 
- Sí, qué se yo - le dije a mi hermana, evitando ahondar en esos temas. 

Suspiré. 

- ¿Cuándo empezás las clases? 
- Empiezo con finales. 
- Ah, cierto... - recordó sus momentos de estudio - Igual, descansá. En serio. Tenés que descansar un poco, para poder estudiar a ese ritmo de nuevo... 
- Sí, sí. Me estoy tomando estos días para eso... - le comenté - Pero al mismo tiempo, si descanso, siento que pierdo el tiempo... Es raro. 

Frunció el ceño. 

- No, es una obligación descansar. 
- Pero ¿a vos no te pasaba que por momentos lo único que querías era concluir? Por esa noción de empezar y terminar, nada más, por esa cuestión en si misma... 
- Sí, obvio que me pasó. Pero tenés que quedarte tranquila... Yo cuando estaba cerca de recibirme estaba igual, pero lo que pasaba en mi caso es que teníamos más apertura y no tenía que esperar para cursar... - me comentó, en relación a las cuestiones administrativas que le había estado contando. 

(...) 

- ¿Sabés cuál es mi principal y única, te diría, preocupación? - le confesé. 
- ¿Cuál? 
- Tener la lucidez para tomar todas las decisiones que, el día de mañana, sean un bien para mi vida. Saber que lo estoy haciendo todo para estar mejor, todo lo que tengo ahora al alcance...  Ése es el punto. Tengo una noción muy precisa del tiempo, yo, sé lo importante y lo valioso que es. Y creo que, esa noción tan fuerte sobre el tiempo, es porque el día de mañana no quiero estar preguntándome por qué no hice ésto o aquéllo, por qué no me esforcé más, por qué no hice más...  

- No, claro que no. Vos tenés que hacer todo lo que quieras ahora, pero tenés que descansar.  Seguís siendo una puber, y hay gente que se da cuenta re tarde de todo esto que vos me decís del tiempo. Es bueno que lo tengas en claro desde ahora, tenés que aprovecharlo...  - bromeo, porque ella solía decirme así, cuando estaba estudiando las etapas de crecimiento y yo era la pequeñuela de la familia. 

Suspiré. 

Me quedé callada, pensando en muchísimas cosas remitidas al tema. 

Tomé aire nuevamente y sólo le dije: 

- Es cuestión de apostar. De hacer todo lo que creamos que nos va a ayudar a estar mejor. Después, veremos qué sale... 

Asintió, enérgicamente. 

- Vos apostá. Siempre apostá. Seguí apostando, porque después el día de mañana... - sonrió. 

- Cosecharé... - le devolví la sonrisa. 

Y seguí haciéndole masajes en los pies y las piernas, para aliviarla en sus últimos tiempos de embarazo. 



viernes, 21 de diciembre de 2018

"Vamos de paseo... "

Hoy a la mañana me levanté temprano para ir con mi padre al Hospital Penna, ubicado en CABA. Producto de la doble fractura de muñeca que tuvo hace un mes, cuando se cayó de una escalera por accidente, todavía está con un yeso que cada día la pesa más. Al ser una lesión relativamente seria, una de las hipótesis consistía en una resolución quirúrgica, pero eso es, básicamente, lo que mi padre sería capaz de evadir con tal de seguir trabajando y, haciendo sus cosas, con yeso y todo, considerando lo enloquecedor que le resulta estar incapacitado como está.   Por eso, fue que lo acompañé.  ¿Y si le decían que se tenía que operar y nadie estaba ahí aunque sea para intercambiar una mueca? Mi viejo es bastante arisco con estas cosas. No quiere que sepa ni que lo acompañe, y menos, al médico, sabiendo que me pongo muy juiciosa con el tema. Sin embargo, ésta vez, se dejó... (porque lo intimé un poco...).



- Qué linda que estás hija - me dijo, cuando me vió cambiada, maquillada y lista para salir. 

Le sonreí, aunque estaba un poco nerviosa por lo que le pudieran decir, por lo que no le dije nada. 

- Te llegan a tocar el culo en la calle, y vos no te preocupes, que tengo un yeso en una pero la otra está cargada - bromeó. 

- El bollo se lo doy yo. Acostumbrate, papá, tengo 24 años. Si la gente me quiere mirar, me va a mirar. Vos pensá en tu brazo, no en mí - le expliqué, con parsimonia. 

II

Cuando subimos al colectivo, al rato, saqué los dos boletos. Lo obligué a sentarse y yo me quedé parada, porque no había otro lugar, cargando en la mochilla dos botellas de buen vino para los médicos que lo están observando en su recuperación. Mi padre fue con cara de circunstancia todo el viaje y me ofreció infinidad de veces sentarme en su lugar. Le dije que no, y que no hasta que llegamos al Hospital. 

Luego de un rato de esperar, según lo convenido, se encontró con los dos médicos que están supervisando la recuperación. Ambos lo saludaron muy amablemente y me presentó, aclarando, claro, que yo era su hija (como si no se notara, viste... ) en modo padre. 

- Buen día, Doctor - le dije a uno de ellos, el primer traumatólogo. 

- Buen día - me dijo, con una sonrisa - Pasen por acá , vengan - dijo enseguida. 

Cuando lo ingresó a mi padre a la sala, yo me quedé afuera, por puro sentido de la ubicación aunque quería pasar. 

- Vení, pasá - me dijo, amablemente. 

Le sonreí y le agradecí en voz baja. 

Cuando entré al consultorio, me encontré con el Cirujano especialista en Traumatología que lo estaba examinando. Mi padre lo estaba saludando, por lo que detrás lo hice yo también: 

- Hola, Doctor, buen día - le dije y me saludó con un beso.  

Y al tipo, quizá de unos cuarenta y tantos, le cambió la cara al mismo tiempo que yo me aguanté la risa. 

- Qué tal, ¿cómo estás? - me preguntó, sonriéndome. 

- Bien, todo bien - le respondí. 

- Ella es mi hija, Doctor - le señaló mi padre. 

- ¿Cómo estás, ***? - le preguntó a él - ¿Trajiste tus placas?  - mi papá me miró, porque las tenía yo.  Se las tendí, recién salidas de mi mochila y dejé que lo revisara. A medida que le daba las indicaciones, que le decía que no le podía sacar el yeso, que explicaba la progresión de la fractura en pos de mejorar, mi papá prestaba atención, haciendo algunas preguntas. 

- ¿Y esto no se puede sacar, Doctor? Te juro que no lo aguanto más. Me pica muchísimo. 
- No, no se puede sacar. Si te lo saco ahora, corre peligro tu recuperación. Tampoco te lo puedo cortar, porque ganarías movilidad y eso haría que se desplace. Tiene que quedar así. 

Mi padre asintió, muy serio. Yo miré al Doctor y me quedé callada, asintiendo con la cabeza, dando cuenta de que le íbamos a tener que hacer caso. 

El resto de toda la consulta, se dirigió a mí, que le hice dos preguntas respecto a una indicación en particular. 

Luego de todo el veredicto, es decir, confiar y esperar que salga todo bien, saqué las dos bolsas que contenían las botellas de vino tinto y se las tendí. 

- Un detalle, que es la época - le dije al chico más joven, traumatólogo, que me había dejado pasar. 

El otro, quien todavía estaba hablando con mi padre, me miró por detrás de su hombro. Le tendí la otra botella. 

- Tome, Doctor - le sonreí - Gracias - le dije, en relación a la atención amorosa que le brindó a mi papá. 

- No, por favor, no hacía falta... - sonrió, levemente - ¿Entendiste todo? - le preguntó - Primero una visita y después otra. Lo que te recomiendo en que te saques la placa el mismo día, por la mañana - le comentó.  Él asintió con la cabeza. 

De nuevo, me miró a mí

- Tiene que venir en enero ahora, en ésta fecha - me explicó - y después tiene que venir éste día. Ahora vas por ventanilla y le sacás el turno para Radiología. 

- Dale, perfecto - le dije, solamente.

- Perfecto - dijo, y miró a mi padre - Nos vemos entonces en esa fecha - puntualizó. 

Mi papá le tendió la mano sana y se la estrechó. 
Yo me acerqué a saludarlo con un beso. 

- Muchas gracias, Doctor - le dije, realmente aliviada. 
- Por nada - sonrió - Felicidades. 

III 

Cuando salimos, y solamente después de hacer un par de pasos, me lo dijo: 

- Pero la puta madre, che - sacudió la cabeza - Yo pensando que te iban a mirar por la calle y resulta que al que se le transformó la cara fue al Cirujano... ¡Le aclaré que eras mi hija, para que se ubique, el gil! - esgrimió, argumentando como si alguien le hubiera preguntado. 

- Ay, papá, está trabajando, qué me va a mirar a mí - le dije para tranquilizarlo. 

Se rió. 

- Sí, dale, hija, dale... ¡Ese viejo te estaba re mirando! - insistió. 

- Bueno, paciencia, *** - le dije su apodo - ¿Qué vas a hacer? Paciencia. 

- Nunca un pelado, ella - se rió - Cirujanos, ahora... La que faltaba. 

Nos reímos, porque sé que me suele cargar con eso. 

Salir de paseo con mi padre es, en esencia, no poder evitar que sea menos padre y al mismo tiempo, ayudarlo a cruzar la calle con el yeso. 

- ¡Me siento un anciano, me llevás del brazo! - se rió. 
- No te quejes, dale, haga caso, haga caso, anciano - lo burlé. 

martes, 18 de diciembre de 2018

Mesa de final

Ayer rendí el último final de éste año en la Universidad. Me presenté más que desgastada a la mesa, luego de una semana donde me la pasé encerrada para poder llegar con los temas.  Lo cierto es que después de celebrar el baby shower de mi sobrino, de lidiar con los preparativos y de pasarme los pocos resquicios de tiempo entre el fin de cuatrimestre y la organización, durante todo noviembre y la primera semana de diciembre; no me quedó tiempo para prepararme bien. Estudié todo, sí, pero a la velocidad de la luz, bajo una presión que me detonó los tiempos para la reflexión y ni qué decir los tiempos para que el conocimiento decante. 

Sin embargo, presentarme, era una obligación por razones que no vienen ahora al caso, especialmente ésta vez. Por lo que llegué, me arrimé a la mesa acompañada de un compañero que rendía la misma materia que yo, y nos anotamos en la lista. 

A él lo llamaron primero, y luego de veinticinco minutos, lo liberaron. 

En mi caso, cuando me llamaron y ví que me tocaba la jefa de cátedra y el profesor que me había intimidado con sólo haberlo visto en un teórico; me envalentoné. Al caso ¿qué podía pasar? ¿Me bochaban? Y bueno, me dije, me bocharán; yo lo doy, que no estudié en vano. 

Cuando me acerqué a la mesa, me senté en una silla, el profesor que me atemorizaba por la actitud totalmente dictatorial que había tenido durante ése teórico, observó largamente mi libreta. Hoja por hoja, es decir, nota por nota, de todas las demás asignaturas que llevo ya aprobadas. 

- ¿El chico de atrás es tu compañero de carrera? - me preguntó. 

Asentí con la cabeza. 

- Sí, y fue mi compañero de grupo durante la cursada - los anoticié, sabiendo que esa asignatura es común a varias materias. 

- ¿En el trabajo práctico cómo les fue? 

- Bien. Nos sacamos un siete - dije, solamente. 

Me miró, y bajó la vista de nuevo hacia mi libreta. 

- ¿Cómo es tu nombre? - preguntó. 

- *** - le dije sorprendida porque a la gente le siga llamando la atención mi nombre y me lo resalte en un examen final. 

- ¿Y *** es el segundo nombre? 

- Sí, exacto. 

- ¿Es unisex? 

- No que yo sepa. No he escuchado a ningún varón que se llame así. 

Se quedó pensativo. 

- ¿ Y ***, será la variante masculina? 

- Quizá. 

- ¿Está codificado éste nombre? - me preguntó. 

- Ya te digo, siempre me pareció de mujer...  No considero que sea unisex, quizá está codificada otra variante. 

Asintió con la cabeza, serio, muy muy serio, y continuó mirando mis notas hasta llegar a la última hoja, donde había anotado los datos de la materia para que, luego, me pusieran allí la nota. 

Sacando eso, en cuanto llegué a mi casa, le recriminé a mi madre, en broma: 

- ¡Mami, podés creer que en la mesa de final me anduvieron preguntando por el nombre! ¿No me podían poner un nombre común? 

Mi madre empezó a reírse. 

- ¿Todavía les extraña? 

- A mí lo que me extraña es que en las situaciones más insólitas la gente me pregunte por el nombre... ¡Encima, a falta de uno, dos! ¡Dale!  - me reí. 

Por suerte, el final, estuvo bien, aunque exponiendo haya dado lástima. Considerando que no es una materia específica de mi carera, lo único que alego es la felicidad por habérmela sacado de encima. 

Eso, a ésta altura, es lo único que me importa. 

Es una menos... 
Y una más... 

domingo, 16 de diciembre de 2018

El vestido rosa

La foto nuestra aparece compartida en las redes sociales; forma parte de un álbum donde hay varias más. Me cuesta detenerme en ellas, pero me vence la curiosidad de expandirla, porque en ese mismo instante caigo en la cuenta de que, respecto a todo eso, se abrió una distancia de cinco años.  Recién llegada era en esa época, me digo mientras avanzo en el álbum con una sonrisa de cariño y me extraño, de pronto, cuando veo un recuerdo muy personal hecho foto. Y me doy cuenta que, precisamente, lo que llevé años dentro de mí como una evocación, ahí está, representado en una imagen, signo de que fue real. 

En la foto, Él y yo estamos frente a frente, tratando de enderezar un cartel del viento. Ambos muy concentrados, casi con las manos superpuestas, trabajando, serios casi sin mirarnos. 

 Él, estaba mucho más joven y mejor arreglado, al punto de que la seriedad le sumaba belleza. Cuando lo miro entiendo, aunque remotamente, por qué me gustó en su momento, y mofo un poco al pensar cuánto cambió en estos años, cuánto ha envejecido. La chica de la foto, es decir yo misma, estaba mucho más joven también y peor arreglada, al punto de que usar ese vestido se parecía a un hallazgo cuasi histórico. Tenía el pelo recogido, porque hacía mucho calor, una bandolera muy linda - mi única cartera en ese entonces, con la que iba para todos lados porque no tenía otra que fuera sólo mía -, y mis sandalias hiper-mega chatas. Pero, por encima de todo, yo llevaba puesto el vestido rosa. 

II

13 de diciembre de 2013

- ¿Por qué no trajiste la remera? - me preguntó, considerando que todos teníamos una remera personalizada, del grupo, como distintivo. Lo miré, avergonzada, porque no había notado que era tan necesario llevarla y me había puesto algo que me resultara más fresquito un día de cuarenta grados: un vestido rosa claro, liso, corto por encima de las rodillas, con escaso vuelo, y con la espalda cruzada. 

muy parecido a éste, pero de color rosa


- Porque hace un calor... - le expliqué. 

- Ah, cierto, vos tenés coronita - sonrió, bromeando - Por eso, la señorita, mientras todos están mmuuuuertos, se pone un vestido... 

- ¿No hay una remera que sobre? - pregunté, mofando. 

- Dejate el vestido, ya está - sonrió, levemente - La hiciste bien, en el fondo, fuiste la más viva de todas... 

Le sonreí. 

- Todos me dijeron lo mismo del vestido... - le comenté. 

Me miró, asintió con la cabeza y sonrió, callado. 

-A mí me parece que querías ponerte algo así, con lo que se todo el mundo te viera a dos cuadras y se diera vuelta para ver cómo te queda - me dijo, sólo para molestar - Porque a vos te encanta eso ¿no? 

Lo miré, sabiendo que me estaba cargando, por lo mucho que me conocía ya para esa altura. 

- Callate, ni en joda lo digas - le recordé - Si hubiera sabido que ponerme un vestidito era para tanto, me calzaba unas ojotas... - ironicé. 

- No, ahora ya está... - bromeó - No tiene nada de malo ponerte un vestido ,ahora bancate si te mira todo ***... 
- Lo decís en un tono que te falta agregar un "jodete" - le comenté - No es tan corto. 

Se rió. 

- No, al contrario. Yo lo único que te digo, porque sé que sos así, es que te tenés que bancar resaltar, nena..
- A mi no me gusta resaltar... Vos sabés eso. 
- Yo lo único que sé es que no te queda otra que bancártela hoy - sonrió. 

Sacudí la cabeza, agradecida por sus elogios pero abrumada por no dejar salir todos los que tenía para decirle. 

- ¿Me queda ridículo? - le pregunté. 
- No, no - se mantuvo firme - Lo digo porque... - se detuvo unos segundos - se luce el vestido entre tanta gente que hay. Cuando viniste a saludarme, me di cuenta que eras vos enseguida, a vos cuadras, venías con ese vestido rosa que te pusiste; te reconocí. 
- Todo por culpa del vestido éste de mierda - me reí, yéndome un poco de su lado, porque había terminado de hacer mi tarea - Ahora me hacés sentir observada. ¡Maldito! - le hice una cara de enojo falsa y me fui. 

Siguiendo con las actividades, yo iba y venia. A veces, pasaba por dónde él estaba, pero no lo molestaba ni le hablaba. Sólo hacía mis cosas, sabiendo que me estaba mirando un poco, pero decidiéndome en mi fuero interno respecto a qué podía significar eso. Todos mis compañeros habían hecho comentarios elogiosos sobre ese vestido rosa y quizá Él - pensé - era otro de los tantos. ¿Por qué tomarlo diferente, pese a que de su boca esa clase de dichos me pegaran de una forma diferente respecto a los demás?

Seguí en mi mundo, aunque pasado un rato, Él me llamó de lejos. Me acerqué, pensando que necesitaba algo. Sonreía con toda paciencia y en su mirada no había un rasgo de lascivia.  Enseguida me contagió, lo cual era extraño, porque eso significaba una sola cosa: la afinidad crecía a pasos agigantados. 

- ¿Qué? - pregunté - ¿Me llamaste, no?

Se puso un poco serio, aunque no del todo. 

- Basta, vos - me dijo solamente. 

- ¿Eh? 

- Basta, en serio - se rió, solo. 

- ¿Basta qué, boludo? - mofé, riéndome - ¿Qué hice ahora? - pregunté, porque entendí que me seguía buscando la veta. 

-  Basta de ser así,  linda, haciendo sus cosas ella...  - dijo, y se me dibujó una sonrisa automática en el rostro. 

- Ay, no me cargues de nuevo con lo del vestido... - le pedí, ruborizada - ¡Me da vergüenza, en serio! 

¿Me estaba diciendo lo que yo creía que me estaba diciendo? 

- En serio vos, de verdad, ya es mucho... ¡ basta, dale, ya todo el mundo se da cuenta!- exclamó, un poco más serio - Pasa para un lado, ella, pasa para el otro, como si no supiera que es linda. 

Empecé a reírme. Le pegué despacito en el hombro, hice un gesto con mi mano como si lo mandara a vender boletines y me empecé a reír. Alejándome, enjuciándolo con un dedo, le dije: 

- Callaaaaate - me alejé - Sos un boludo - me reí, y me fui a mi lugar, sacudiendo la cabeza. 

III

junio 2014

 - ¿Te acordás de ese día? - le pregunté, haciendo referencia a aquélla fiesta, por otro tema del que estábamos charlando.  

Sonrió. 

- Sí. El tipo de la Comisión Directiva del Club te traía agua solamente a vos, en persona, y a nosotros nos cagaba de calor... - recordó. 

- ¡Ay, qué risa ese día! ¿Te acordás? - me reí - Yo me acuerdo que se las daba a ustedes, porque me sentía re mal... Te juro que fue mortal porque, en un momento, me di cuenta que la única que estaba tomando agua era yo y todos los demás se habían ido a comprar helado y esas cosas... Hacía mucho, mucho calor. 

- La única que tenías agua mineral fría, un día de cuarenta grados al aire libre, eras vos... - me recordó - Qué hijo de puta, el otro te buscaba y te acercaba a vos nada más... - dijo, en voz algo baja. 
- ¡Pero te convidé! 
- Si, me acuerdo... - admitió - Yo le pedí y me dijo que las tenía que ir a buscar o le teníamos que decir a César... - se carcajeó - Ahora, a ella, se la traía en dueño de la batuta en persona, fría, sin que se tuviera que mover, porque sí, porque ella es así ¿viste? - me dijo, con dulzura - ¡Por Dios, qué lo parió! 
- Fue el día del vestido rosa - le recordé, con un otro tono - ¿Te acordás? 
- Sí,  ya te digo, yo me acuerdo que todos estábamos muertos de calor y eeeeella se habia venido con un vestidito rosa, que todos la miraban y le traían agua, y le hablaban los tipos- se carcajeó - Y eso por linda, porque a los demás, nada... 

Le pegué levemente con un almohadón que tenía a mano y me acomodé más cerca suyo. 

- ¿Yo sabés por qué me acuerdo de ese día, tarado? 
- ¿Por qué? Además de porque te trataron como una reina, me imagino... 
- Porque vos me dijiste linda, no por el "trae agua" personalizado, que en definitiva, nos salvó a los dos... ¡Además, yo te compartí mis ganancias! - sonrió - ¡Es más, vos me preguntaste de dónde las sacaba cuando te ofrecí y cuando yo te conté y me dijiste que nadie te había venido a ofrecer nada, porque esas bebidas eran para los del Club, en persona te fui a buscar una para vos y me las consiguió en dos minutos y así como me las dió te las dí a vos! - le recordé.  
- Y sí, si no aprovechaba que te le acercaste, era un pelotudo - se rió. 
- Vos sos un boludo... - le recordé - ¿Todo ese revuelo por el vestido rosa? Qué exagerados, dejame de joder, ni que se me viera el culo... 

Se rió. 

- A todo el mundo le gustaba... - bajó la vista ,riéndose. 
- ¿Y a vos? De vos solito estoy preguntando - le aclaré. 
-  Sí. Era guau, se te distinguía a la distancia... - recordó - Yo me acuerdo que me saludaste ese día y  pensé que llamabas la atención un montón, no sé, me quedé... - reconoció. 

Me reí. 

- Lo sigo teniendo... - le avisé - y creo que me va todavía - me reí. 

Se rió, avergonzado. 

- No pensé que te acordabas de ése día... - musité, entre sus brazos - Me voy volver a poner el vestido, eh  - le prometí. 

- Guacha que sos, me carga, ella, se ríe de mí...  - musitó. 

- ¿Me vas a traer agua? - me reí. 

- Salí, salí de acá, salí - estalló en exclamaciones y carcajadas - ¡Y encima de todo me pide agua, Dios mío, qué caradura esta piba, cómo me goza! 

- Mentiiiiiira, yo no me río de vos, te jodo, pero con cariño, eh...  - le dije, intentando comprarlo - Cuando haga calor de nuevo, te prometo que me lo pongo... Ahora ni en joda lo haría, no por mala, sino porque hace frío, mucho frío - me apreté contra él.

- Siempre estás desabrigada, vos - me señaló, arropándome - Siempre desabrigada, ella, te vas a enfermar así...  - se rió - Sufrís muchísimo el frío...
- Sí, eso sí. Nunca le pego a la ropa que me tengo que poner los sábados a la mañana, siempre me muero de frío... - le comenté.
- Ya lo sé, por eso llevo ropa en el auto - se rió.
- Es verdad eso, vos me prestás tus sweters y no tengo más frío...
- Y sí, porque vos andás siempre así, desabrigada, rebelde, hacés lo que querés... - se rió.

Me reí, perversamente.

- Hay algo que te quiero pedir...
- Mhhh  - se rió - Me das miedo, te juro que no sé con qué vas a salir...
- Ay, qué boludo que sos...  - me reí - No te voy a morder, no es nada del otro mundo...
- Ya sé, ya sé cabezona - me calmó - Pedime lo que quieras, en serio, cualquier cosa...  - me dijo, hablando en serio.

Me reí, levemente.

- ¿Me traés agua?
- Noooo, no, no no - Él se rió, quejándose, poniéndose verde rabia, y haciéndome cosquillas - ¡Yo no te voy a traer agua en tu vida! - exclamó - Pero si querés, te puedo hacer un café de capsula de esos de allá y tengo muchos chocolates que te van a encantar, son espectaculares... - sonrió, manso.

Me dió ternura.

- ¿Esos chocolates raros que comes vos? - lo cargué.
- No son raros, no seas mala... Son los que comimos el otro día, que no me lo querías agarrar, mala y lo tuve que pelar yo y dártelo en la mano para que lo comas porque si no...  ¡Todo lo que te ofrezco, es un no! ¡Los chocolates, los bombones, todo es siempre no!
- Es que no son chocolates como los que como yo, los comunes, esos son chocolates top, querido...
- ¿Y qué tiene que ver?
-  Que me parece mucho... No sé, no es de mi palo todo eso - admití - Son ricos, pero no vengo a decirte "che, vos, dame todos los chocolates importados, eh, porque si no me voy".

Se rió

- Por Dios, te pido por Dios, no me digas esas cosas... - atinó a levantarse - Te voy a traer, esperá, a ver... Son lo mejor que hay... - mumuró.
- No, no, no, no quiero... - lo retuve, con fuerza  -  Ni agua, quiero. Quedate acá.

Cuando le dije eso, es decir, el quedate acá, me miró asombrado.

- No me digas esas cosas - sonrió - ¿Segura que no querés? No me cuesta nada, voy y vengo. ¿Por qué no querés comer?
- Porque ésto - le dije, en referencia a nuestro abrazo - equivale a mil chocolates de esos. No nos movamos más... 

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Mirá cómo nos ponemos


Una de las noches en la que nos decidimos a encontrarnos, pasó a buscarme por mi casa con su auto. Como ya es sabido, en ésa época, tenía diecinueve años y Él todavía tenía cuarenta y dos. Antes de salir, yo había tenido un intercambio de palabras con mi madre, referido a la actitud de éste hombre que, doblándome en edad, sin embargo, incurría en estos gestos. Es que mi madre lo odiaba, claro, y lo ha hecho siempre, pero también yo lo amé y, aunque ya no lo haga, lo he defendido siempre por saber que, durante los momentos donde tuvo absolutamente todo a su favor, fue incapaz de aprovecharse.  Sé que nunca lo dije, que jamás lo escribí, pero quizá por una noticia aberrante que hoy se dió a conocer en la televisión, recordé que, al contrario de lo que le sucedió a aquélla chica, quien tenía casi la misma diferencia de edad que teníamos nosotros respecto de su violador; Él, por fortuna, me protegió. ¡Y es que resulta tan pero tan importante, especialmente frente a los hechos que comprometen la integridad sexual, que te cuiden, que te respeten, que te entiendan como ser humano!   Sí, yo durante tantos años estuve enojada por su agachada, e incluso ahora sólo veo en su semblante la imagen de un hombre muy distinto a que conocí, que ya no me representa ese amor; pero estoy segura de que jamás voy a olvidarme de cuánto me cuidó, de cómo me contuvo y condujo sólo hasta los lugares donde yo, a mi edad,  en mi etapa de la vida, bajo mis tiempos y no bajo los suyos, estaba lista para explorar. Ni más, ni menos. Sólo me acompañó hasta donde yo estuviera lista para aventurarme y me quiso, a su manera, con todo el tiempo que tuviera que darme hasta que me sintiera cómoda para confiar en él, ,para hablar con él y para dejar que me tocase un pelo (sí, en ése orden).

No en vano, siempre, yo le agradecía su forma de ser. Hoy entiendo por qué lo hacía, aunque en ese momento, pensaba que era lo necesario. No en vano, siempre, yo le agradecía que me tuviera paciencia y Él se espantaba con ese gesto porque me insistía constantemente de que así se debía tratar a una mujer como yo, que jamás tenía que permitir otra cosa y me insistía e incluso decía “vos, en tu vida, jamás dejes que un hombre no te trate como te merecés, te merecés que un hombre te trate bien, te de todo lo que le pidas, con lo que sos”. Pero cuando yo volvía a decirle gracias, que también era mi forma de halagar esa manera de pensar, de nuevo, Él me respondía  "Nada de gracias", pudoroso, como siempre, El Negro, inclusive aunque estuviera intentando por todos los medios enseñarme algo valioso y sano que, hasta el día de hoy, me guía.  Con el tiempo, y especialmente según la lupa con que mido ahora circunstancias del pasado, tengo que reconocer que aunque no tenga que darle las gracias por algo que debería ser normal para todas las mujeres del mundo, yo igual agradezco que lo haya hecho. Y lo agradeceré siempre, porque lo cierto es que fue un hombre con todas las letras y no, en cambio, una más de tantísimas bestias que, detrás de las apariencias más amigables, esconden un depredador.

II

No sólo esa noche, en la que pasó a buscarme por casa y me llevó a la suya me cuidó, sino que a lo largo de todos los momentos en que pasé ahí, hizo exactamente lo mismo. Y lo cierto es que no fueron ni muchos ni pocos, fueron los necesarios para que yo lo conociera mejor y me fuera animando a hacer cosas y a demostrar mis sentimientos con mayor claridad y mayor confianza. Y para que Él me recibiera siempre de la misma forma, haciéndome dar cuenta de que me deseaba y admitiendo mis propias demostraciones de afecto, sin que eso supusiera que yo tuviera que ir a visitarlo sólo para mantener relaciones sexuales, sin que pudiéramos hablar de otras cosas, sin que pudiéramos hacer otras cosas o sin que pudiéramos necesitar empezar a tomar dimensión de nuestra historia particular yendo un poco más despacio, precisamente, porque la diferencia de edad es también diferencia en la cantidad o calidad de las experiencias vividas en gran parte de los casos.

 ¿Y qué tiene que ver esto con la violencia? El saber que, quizá, al ver ésta misma situación desde afuera,  muchos dirían que a los dicienueve años una chica no tiene por qué estar en la casa de un tipo de cuarenta y dos si no quiere que la violen, o que la ultrajen o que la acosen o, incluso, si no quiere tener sexo consentido con él en un primer momento. Otros dirán que las chicas inteligentes y buenas, no se tienen que meter en la casa de un tipo si no quieren tener sexo con él de movida, y que si lo hacen, se la tienen que bancar porque la modernidad es así, una etapa donde la gente tiene sexo antes de saber el nombre de la persona. O quizá dirán que “no puede ser que una pendeja no lo sepa, y menos, que pretenda que un tipo que le lleva veinte años no se la quiera voltear de movida, si total, es lo único que quieren de las pendejas…”. Aunque lo cierto, lo realmente cierto, sea que nada tiene que estar reglamentado por fuera del consentimiento y los tiempos de las DOS personas que estén formando el vínculo. Como mujer de ésta generación que soy y como joven mujer que era entonces, puedo decir que sí iba a su casa y lo que buscaba era pasar un momento íntimo que, no necesariamente, tuviera que ver con el tener sexo inmediato. Y la pregunta es ¿acaso eso puede tener algo de malo?  Por suerte, para ninguno de nosotros dos, en ese momento, hace casi cinco años atrás, lo tuvo.  Al contrario, para nosotros era tan fuerte lo que pasaba, desde nuestros paradigmas personales, que necesitábamos ir adaptándonos al otro muy despacio, pese a que cuando lo hiciéramos todo se condensara en una marea de química indescriptible y de pasión inesperada que nos arrastraba y nos encandilaba mutuamente.  Sí, pero ése es el punto: incluso sabiendo que yo le gustaba, que lo seducía, que le atraía mucho físicamente, en todo momento éste hombre en particular me cuidó. Y que sintiera deseo por mí, no justificó jamás una cosa diferente a ese cuidado y a ese afecto con el que llevaba adelante todos sus gestos ya sea en lo público o en lo privado.  

El siempre me cuidó hablándome, me cuidó dándome tiempo y dejándome ubicarme en relación a mis deseos y a mis miedos sin manipularme.  Me cuidó al acercarse, al tocarme, al besarme y al acariciarme, siempre preguntándome cómo me sentía. Me cuidó pidiéndome permiso SIEMPRE hasta para darme un abrazo. Me cuidó no queriéndome arrancar la ropa cada vez que yo me acostaba a su lado. Me cuidó cuando yo le decía que no sabía qué me estaba pasando, pero que tenía ganas de ir a visitarlo todo el tiempo y eso me volvía loca, me hacía sentir que no era yo misma.  Me cuidó las veces donde , en el camino de entender mi propio deseo, lo miraba sin saber bien cómo hacer para canalizar lo que me pasaba y él solamente esperaba con paciencia que pudiera explicarme y cuando lo hacía me decía que era terrible, que era una loca, que cómo le iba a decir eso, que si estaba buscando matarlo o volverlo loco, producto de mi forma de ser edulcorada con la que , se ve, lo hacía reblandecerse.

Me cuidó las veces donde se preocupó por cómo llegaba a casa, llevándome hasta allá o diciéndome que no saliera en determinado momento porque afuera llovía.  Me cuidó mientras otro compañero me quería avanzar y me decía que se había puesto en pedo por mi culpa, que yo tenía la culpa de se pusiera así, porque no le daba bola, porque no aceptaba que fuéramos a cenar; cosa que jamás le conté del todo, para que no se fueran a las trompadas. ¿Y cómo es que sabía? Me cuidó solamente a partir de que él se dio cuenta con nada más mirarme cuando le dije que no me dejara sola en la cocina de su casa, luego de una reunión, con ése tipo ahí medio alegre sólo porque se había ido a buscar una bolsa de consorcio y yo no había podido decirle que se quedara, que estaba incómoda. Me cuidó cuando esa noche me miró a los ojos, se dio cuenta de cómo me sentía sin que le dijera ningún detalle y me creyó, y le dijo que se había acabado la fiesta, que se fuera a su casa. Me cuidó cuando me preguntó si se había propasado conmigo, si había pasado algo más, si estaba bien, sabiendo quién era yo, sabiendo que incluso habiéndole dicho lo que le había dicho a Él, eso no implicaba que me iba a acostar con todos los otros viejos del grupo.  

 Hasta podría decir que quizá hasta me cuidó cuando me dejó, esgrimiendo que merecía otra vida con un hombre joven que no me dejara sola nunca. Que quizá a ésas garantías se refirió siempre y yo no lo entendí hasta que pasaron muchos años.   Pero también me cuidó cuando esperó a que yo más o menos pidiera por favor que me besara por primera vez, porque lo deseaba y quería más que nada en el mundo que lo hiciera, y no entendía por qué no lo hacía. ¡Si hasta pensaba que yo no le gustaba lo suficiente y por eso no me daba un beso, cuando en realidad quería asegurarse de hacer todo de un modo donde yo me sintiera segura! Me cuidó mientras yo le preguntaba si no le gustaba lo suficiente, mientras que desde su lugar, Él se preguntaba cuál era el modo de llevar adelante las cosas conmigo. Claro que me cuidó, y cada día, entiendo que realmente estaba haciendo todo lo mejor que pudo, dentro de su propia elasticidad moral.

Sin ir más lejos, la noche en la que me pasó a buscar por mi casa, para que fuéramos a la suya, ni siquiera me había besado por primera vez. Si bien estaba todo explicitado y claro, si bien iría a ser plenamente consentido por mí, Él jamás se había levantando sobre  mis tiempos y mis complejos, para apurar los procesos.  Habíamos decidido vernos en su casa, un lugar seguro para nosotros, lejos de las miradas inquisidoras y de los prejuicios ajenos, porque allí podíamos ser más aunténticos y nadie nos andaba mirando. Nos sentíamos, de alguna manera, tranquilos. Y hoy sé que yo estaba tan segura como en mi propia casa, dentro de la suya, por estar al lado de un hombre que me respetaba.

Sí, hoy sé que inclusive me protegió cuando esperó a ver qué reacción tenía mi cuerpo cuando me tomaba de la mano un día, mientras estábamos comiendo en grupo. Sí, solamente agarrarme de la mano y esperar que se me dibujara una sonrisa de amor en el rosto. Me protegió cuando esperó un tiempito más y se animó a acariciarme la nariz, del mismo modo en que recién cuando formalizó su rendición y yo lo festejé, se animó a correrme un mechón de pelo de la frente, a acariciarme, a desplegar otro racimo más de su hermosa masculinidad. Y esperando siempre con una mirada o una frase que buscaba el permiso, fue esa noche donde nos decidimos a “saltar de la mano al precipicio”, sólo cuando empecé a besarle toda la cara a cambio de que me diera finalmente el primer beso en los labios, el momento en que lo hizo. Y con lo que, definitivamente, terminó por conquistarme.  Sí, me cuidó cuando  primero me dió un beso cauto, después me miró a los ojos, yo me reí de felicidad y sólo cuando volví a acercarme para una segunda vuelta, correspondió a ese gesto de consentimiento con otro beso más profundo, al que le siguió otro, en el que cada vez podía comprobar mejor mi entrega pero en el que yo misma también iba ganando seguridad. 

 Me cuidó cada vez que me preguntó si estaba bien en cualquier momento que supusiera caricias más privadas. Me cuidó dándome besos en el pelo.  Me cuidó las veces en las que me dormí sobre él y cuando me desperté no lo encontré queriendo manosearme o intentando hacerme cosas feas, sino, mirándome y acariciándome la cabeza, haciéndome sentir en casa, finalmente, al lado de mi hombre con cara de bueno.  Me cuidó también cuando la primera vez que nos acostamos a ver una película juntos, y yo lo miré sin saber qué esperar de la situación mientras se sacaba el buzo,Él con total simpleza se acostó a mi lado y me tapó diciéndome " abrigate con ésto, que siempre estás muerta de frío, cabezona" y me sonrió con todos y cada uno de sus dientes a la luz y me abrazó. Me cuidó las veces donde me dijo que Él quería que yo estuviera tranquila a su lado, que estuviera tranquila consigo, que no le tuviera miedo.   Me cuidó, sí, y tanto, que lo único que yo pude sentir fue el amor más profundo de todos, por estar segura. Por saber que no me iba a lastimar, ni a hacer nada malo, aun mismo yo hubiera ido a su casa, aún mismo cualquier otra persona se aprovechase alevosamente de esa situación, aún mismo un porcentaje de ésta sociedad piense que eso hubiera justificado cualquier aberración... Cuando en realidad, y gracias a Dios, lo que sucedió esa noche entre nosotros, fue lo normal.  Fue el lado sano de dos personas sanas. Fue, personalmente, el parámetro que yo tomé para medir el nivel de respeto que me tienen el resto de los hombres cuando se me acercan. Y fue, en esencia, una escuela que me ayudó a entender cómo demuestran amor, o buena educación al menos, los hombres de verdad. 

II

Con el correr de los años, incluso a partir de esa misma época, viví situaciones que de no haber sido por la concepción de las cosas que vislumbré a los diecinueve y que, especialmente, tengo en la actualidad, yo no hubiera considerado ofensivas contra mi integridad.

 Sin ir más lejos, hace un año atrás, estaba atravesando una situación en extremo desagradable con un Docente de mi Universidad del cual me costó un verano entero salir y por la cual, a principios de éste año, yo tenía miedo de volver a estudiar.  Y, aunque no fue nada en extremo grave, necesité por encima de todo que personas que me creyeran y entendieran que yo no merecía que éste tipo estuviera acosándome por celular, por Facebook y por correo electrónico, sólo por haberle respondido correos en tono informal donde me estaba felicitando por haberme sacado un nueve en una final, después de tener muchas otras buenas notas en esa materia y luego de haber hablado con mi grupo - de todos varones, donde la única chica era yo - consigo durante varias clases anteriores a ése episodio. 

¿Si teníamos una relación entre todos amigable, cuál hubiera tenido que ser mi sospecha? ¿Cuál fue la "estupidez" de ese momento? Pensar que, en ésta sociedad, los hombres y las mujeres somos iguales, evidentemente, ¿no? Pensar que como éste cerdo hablaba tan bien con mis compañeros varones y estábamos todos bastante avanzados en la carrera, conmigo, quería hacer lo mismo, si yo era igual de capaz que todos ellos e igual de estudiante ¿no?  ¿Cuál fue la ingenuidad, el pecado que cometí en ese momento? Pensar que no me iba a denigrar basándose en la situación de poder, pensar que solamente tenía un buen contacto con sus estudiantes casi graduados porque, estando detrás de proyectos de Maestría como está actualmente, buscaba gente para conformar una Comisión de Investigación y de Planificación para un proyecto de tener nuestro posgrado donde pueden participar estudiantes avanzados y graduados (de la que forma parte actualmente, junto a muchas otras chicas y chicos, y en la que yo decidí no estar por esta razón). 

Sí, lo peor que hice, fue pensar bien de él.  ¿Pero no será la estupidez y la ingenuidad naturalizar éstos casos? ¿No será excepcional lo de Él, contado más arriba desde el amor, en una sociedad como la actual, y normal lo de El Cerdo? Eso también me tomó tiempo procesarlo. Pero, quizá por la escuela anterior, supe que aquello que me estaba diciendo no era una broma. No era como debía tratarme un hombre. No era lo que correspondía que me dijera una persona sana mentalmente hablando. Es que, por muy joven que yo fuera, había tenido al lado a un hombre de verdad… Y El Negro jamás había sido ni por asomo cruel conmigo.

IV

Siempre, para sacarme el miedo, durante todo este verano, lo principal fue poder hablarlo con mi familia y que me creyeran. Las mujeres de mi familia me creyeron, aunque a mi padre no se lo conté, por temor a que fuera a querer agarrarlo a las trompadas y yo no pudiera volver nunca más a estudiar en esa Facultad y todo se hiciera todavía peor de lo que ya era para mí. Lo principal fue  que me hicieran tomar fuerzas para poder ir el primer día a la Facultad, sin miedo a nada... Porque puede parecer tonto, pero es inexplicable cómo de un día para el otro, dentro de una situación así de tóxica, te encontrás sintiendo culpa y miedo por hablar, por ser, o por vivir. 

Desde el principio, gracias a la enseñanza de Él - en un pasado más lejano - y gracias al apoyo de mi familia, de todos quienes por éste medio dejaron su cálido comentario, supe que yo no había hecho nada malo. Que no merecía tener a un enfermo mandándome mensajes a las tres de la mañana diciéndome que lo escuchara. Que no merecía tener a un loquito que pasara de leerme Adán Buenosayres, de Marechal, a decirme cosas hirientes sobre el porcentaje que yo tenía aprobado de la carrera y añadir: "ésto es por no responderme los mensajes hoy, y quedarte con tu amiga". Que no merecía, ni siquiera por haberme prestado a contestarle los mails que, en principio parecían del todo amigables, a vivir en carne propia lo que es decirle que NO ES NO a una persona y que ése hombre no lo entienda. 

Por eso, creo fervientemente que aún mismo una yo hace un año atrás hubiera estado dentro del calzoncillo de cualquier hombre, no merecía que me acosara ni que me echase en cara que él estaba recibido y yo no. Tampoco que me dijera que podía revisarme las monografías antes de entregarlas para que no me las bocharan, como si yo, no pudiera hacer las cosas bien por mis propios medios. Ni que me dijera que era una persona muy solitaria, que siempre estaba sola en la Facultad, a quien nunca veía con nadie dando cuenta que había tenido un año entero de cursada para estudiarme, para analizarme, para saber dónde estaban mis debilidades no como estudiante, sino, peor, como mujer. 

 Ni mucho menos merecía que me dijera que le daba ganas de desaprobar a mis compañeros de equipo - que integraba para su materia-, porque me rondaban cuando él quería hablarme. Ni que me dijera que, en realidad, me había dado un libro que me era útil a mí, y no a mis compañeros varones, porque quería que lo tuviera en mi casa y se lo devolviera (como, finalmente, por esas cosas de la vida, hizo un compañero y no yo, ya que le compartí el material) yo al final de la cursada para poder confesarse.  O, como yo lo traduje tiempo después: "que me había dado un libro difícil de conseguir porque él intentaba comenzar a acosarme, y para eso, necesitaba hacerme sentir en deuda; comprometerme de algún modo". 

Como intentaba hacerlo ofreciéndome carpetas de las profesoras, todas perfectas, de las materias que yo tenía que rendir con final. Como intentaba hacerlo diciéndome que me iba a ayudar con la carrera. Como intentaba hacerlo diciéndome que me iba a corregir los trabajos de investigación, los avances monográficos y que me podía dar clases de cualquier materia que estuviera preparando, así estudiábamos juntos en verano. Como intentaba haciéndolo diciéndome que lo tenía que ayudar a elegir los libros que iban a ver durante la cursada en la misma materia, de éste año, que compañeras mías están cursado y yo no quiero ni escuchar nombrar. 


Ahora, en el presente, no mantengo ni charlas ni nada parecido con un hombre. Sí, con los hombres que conozco, que trato, con algún que otro compañero de Facultad, con un eventual compañero de trabajo en una suplencia esporádica, pero siempre, desde la línea de la distancia y la frialdad.  Hace un año, ya, desde que todo esto pasó, que no tengo ganas de conocer personas en plan romántico,  que me muestro más reticente de lo que ya era y que prefiero no hablar con nadie nuevo. 

 Y eso que lo mío no fue una cuestión que llegó a mayores (aunque decir ésto, no es minimizarlo, sólo darle su justa dimensión).   Y eso que yo pude contar con el apoyo de las mujeres de mi familia, y eso que hasta pude conocer antes de El Cerdo a Él para saber cómo se debe tratar a una mujer, cómo se me debe tratar. Y eso que pude hablar con una compañera de la universidad para sentirme protegida en ese ámbito, y ella siempre me apoyó, y yo la apoyé a ella, y me comentó de otros casos de éste mismo hombre con el mismo modus operandi sobre otras alumnas que se lo tomaron a gracia y se dedicaron a hacerle la mala fama en los pasillos; y me tranquilizó, y me ayudó a entender que, en realidad, el que estaba cercado, era El Cerdo y no yo. 

VI

Ojalá, todo esto, sólo sea una etapa que esté empezando a acabar, luego de haberse cobrado tantas vidas.Quizá, los hijos de mis hijos, o los hijos de mi sobrino, tengan la posibilidad de contar otra historia. Ojalá, dentro de unos cuantos años, cuando estas generaciones retrógradas ya se hayan reemplazado por una mentalidad menos machista y más abierta, el "mirá cómo nos ponemos" sea sólo un recuerdo que ayudó a crecer y a transformarnos como sociedad para estar mejor. 

miércoles, 5 de diciembre de 2018

El Doctor Incansable.

Actualizo mi foto de perfil en redes sociales. Es una fotografía que me tomó mi hermana, quien practicaba con su cámara para un curso de fotografía que estuvo haciendo hasta hace unas pocas semanas. La foto, en sí, no tiene mucho encanto o detalle: sólo soy yo, sonriendo, de esa manera en que le suelo sonreír a mis hermanas, es decir, sonriendo de verdad. 

Al rato, me llega un mensaje privado de Alguien (30), de quien ya he contado la historia. El mismo decía algo como "qué fotito, che... ¡Te digo que es una lástima que no me tiraste onda jamás, y que yo ahora estoy saliendo con alguien, porque, si no fuera así, no me aguantaría las ganas de encajarle me encanta a esa foto...  No te enojes, es humor pre-lunes". 

A lo que le respondí (haciendo a un lado todo lo que se viene arrastrando, sea malo como bueno en él): " La foto me la sacó mi hermana. Soy malísima para tirar onda, ¿no me conocés? Me alegra que estés saliendo con alguien, de verdad te lo digo, me pone contenta por vos. Beso". 

Diría mi mamá: "éste chico, si le dieras un poco de calce apenas, deja a la novia y se pone a salir con vos. Ya hace años que está esperando, el pobre". 

Digo yo: " ¿por qué, si está saliendo con alguien y es receptor de melosas declaraciones de amor - ay, el amor, ay -, no se sube a ese tren que lo está dejando bien parado y no tira piedras innecesariamente, no? 

Creo que ya lo he comentado, que he explicado el quid de la cuestión : él es un pibe buenísimo, a quien yo aspiro a tener de amigo, no de novio. Al principio, creí que me podía enamorar de su bondad, salimos en plan de cita, porque intenté ver si me pasaba algo más; pero comprendí que no y, él, en cambio, reconfirmó su sí por todos los aspectos posibles. 

De mil maneras, fue y volvió. Yo siempre le dije que no podía corresponderlo, que no era mi momento, que no estaba interesada de ese modo. Hace ya años de ésto. Y sin embargo, jamás me eliminó y, eventualmente, cada algunos meses, me escribió para preguntarme en qué andaba, qué tal estaba mi familia y qué tal estaba yo. 

 Aunque siempre mete la pata conmigo, y muchas veces parece un nene con los gestos que tiene, siendo justa, tengo que reconocer que constantemente trató de hacer y de pintarme la vida lo mejor posible; el asunto es que yo no... pude.  Y se lo expliqué, de la mejor manera posible, y lo entendió, aunque nunca dejó de hablar conmigo de lo que fuera, sólo por hablar, porque dice que conmigo  "hablar es entretenido, que le gusta porque siempre le sigo las charlas sin acartonarme y que nunca se aburre, que no le representa un esfuerzo..." (cosa rara ¿no?) Y eso es, justamente, porque lo veo como un amigo. O un pretendiente, sí, pero con el que ya no hay misterios.  

Sinceramente, y de todo corazón, me alegra que esté saliendo con otra chica. Ojalá, cada uno a su manera, podamos encontrarle la vuelta.  Yo, a él por lo menos, no sé tirarle una onda que no existe.  De hecho, con su no te enojes, sabe muy bien a quién se lo está diciendo. Por eso, no me enojo más y me lo tomo con cariño. 

¿Qué remedio? 

Esta es otra causa que, el Doctorcito, no quiere archivar. Para mí,  y sin ánimo de ser cruel, ni Juez tiene.  Este caso, sin embargo, me recuerda a muchos donde estuve del otro lado y no se lo deseo a nadie. 

sábado, 1 de diciembre de 2018

Continuando...

Ayer, terminé de cursar - obligatoriamente, al menos - mi cuarto año en ésta Universidad donde estoy ahora, instaladísima, con ganas de recibirme pero al mismo tiempo de no dejar de pisarla.  

Ayer terminé la rutina de cursar tres veces por semana, con carga horaria de cuatro horas por vez, y mermó también la inundación de novelas. 

Ayer terminé, y al terminar, caí en la cuenta que ya me queda menos de la mitad de la carrera por cursar; que de treinta y seis materias - con la posibilidad re necesaria de una doble titulación , a la que aspiro - , ya cursé veintidós. 

Ayer terminé, y al terminar, sé que me tengo que poner en campaña para ir rindiendo todos los finales que contraje como deuda luego de un año de regularizar seis materias tan pesadas de mi carrera.  

Ayer terminé, y sé que me tengo que poner a investigar para las monografías que me exigen como instancia previa antes de poder presentarme a dar estos dichosos finales. 

Ayer terminé, sí, pero al mismo tiempo, lo hice teniendo plena noción de que se me iba un año más - particular, en cuanto a todo el ámbito profesional y por momentos amargo -, en relación a esta elección.  Y, un rato antes de irme a mis clases, de pasada, en una librería, también compré un cuaderno con un estampado de palmeras, dos resaltadores de colores pasteles y saqué fotocopia a mi DNI. 

Ojalá no esté todo perdido como lo hace parecer la angustia. Ojalá no esté yo misma tan perdida, como también lo hace parecer la incertidumbre. 

Mientras, sigo caminando...  Y seguir caminando, inevitablemente, me recuerda a una canción. La misma que escuchaba cuando estaba por empezar en ésta Universidad, cuando no habían pasado estos cuatro años, cuando muchas eran mis esperanzas pero también mis carencias. Cuando yo no sabía, siquiera, si en algún momento iba a poder avanzar más allá de todo lo que había avanzado estando en la UBA y no me reconocían a la hora de empezar la misma carrera, pero en otro lugar.    La canción, sí, ésa que escuchaba cuando lo único que necesitaba era, por algún medio, continuar.  La canción que acompañó la primera entrada en este blog, el primero de enero del 2015 y la que, otro primero, pero de diciembre, y de 2018, por algo volvió a mi mente. 




" aunque sientas dolor 
sigues continuando, subiendo, continuando
aunque tengas temor
sigues continuando, cruzando, continuando 

pues la vida siempre te dara,
un camino, único a ti
con tiempo veras 
con tiempo veras ... "