La foto nuestra aparece compartida en las redes sociales; forma parte de un álbum donde hay varias más. Me cuesta detenerme en ellas, pero me vence la curiosidad de expandirla, porque en ese mismo instante caigo en la cuenta de que, respecto a todo eso, se abrió una distancia de cinco años. Recién llegada era en esa época, me digo mientras avanzo en el álbum con una sonrisa de cariño y me extraño, de pronto, cuando veo un recuerdo muy personal hecho foto. Y me doy cuenta que, precisamente, lo que llevé años dentro de mí como una evocación, ahí está, representado en una imagen, signo de que fue real.
En la foto, Él y yo estamos frente a frente, tratando de enderezar un cartel del viento. Ambos muy concentrados, casi con las manos superpuestas, trabajando, serios casi sin mirarnos.
Él, estaba mucho más joven y mejor arreglado, al punto de que la seriedad le sumaba belleza. Cuando lo miro entiendo, aunque remotamente, por qué me gustó en su momento, y mofo un poco al pensar cuánto cambió en estos años, cuánto ha envejecido. La chica de la foto, es decir yo misma, estaba mucho más joven también y peor arreglada, al punto de que usar ese vestido se parecía a un hallazgo cuasi histórico. Tenía el pelo recogido, porque hacía mucho calor, una bandolera muy linda - mi única cartera en ese entonces, con la que iba para todos lados porque no tenía otra que fuera sólo mía -, y mis sandalias hiper-mega chatas. Pero, por encima de todo, yo llevaba puesto el vestido rosa.
II
13 de diciembre de 2013
- ¿Por qué no trajiste la remera? - me preguntó, considerando que todos teníamos una remera personalizada, del grupo, como distintivo. Lo miré, avergonzada, porque no había notado que era tan necesario llevarla y me había puesto algo que me resultara más fresquito un día de cuarenta grados: un vestido rosa claro, liso, corto por encima de las rodillas, con escaso vuelo, y con la espalda cruzada.
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| muy parecido a éste, pero de color rosa |
- Porque hace un calor... - le expliqué.
- Ah, cierto, vos tenés coronita - sonrió, bromeando - Por eso, la señorita, mientras todos están mmuuuuertos, se pone un vestido...
- ¿No hay una remera que sobre? - pregunté, mofando.
- Dejate el vestido, ya está - sonrió, levemente - La hiciste bien, en el fondo, fuiste la más viva de todas...
Le sonreí.
- Todos me dijeron lo mismo del vestido... - le comenté.
Me miró, asintió con la cabeza y sonrió, callado.
-A mí me parece que querías ponerte algo así, con lo que se todo el mundo te viera a dos cuadras y se diera vuelta para ver cómo te queda - me dijo, sólo para molestar - Porque a vos te encanta eso ¿no?
Lo miré, sabiendo que me estaba cargando, por lo mucho que me conocía ya para esa altura.
- Callate, ni en joda lo digas - le recordé - Si hubiera sabido que ponerme un vestidito era para tanto, me calzaba unas ojotas... - ironicé.
- No, ahora ya está... - bromeó - No tiene nada de malo ponerte un vestido ,ahora bancate si te mira todo ***...
- Lo decís en un tono que te falta agregar un "jodete" - le comenté - No es tan corto.
Se rió.
- No, al contrario. Yo lo único que te digo, porque sé que sos así, es que te tenés que bancar resaltar, nena..
- A mi no me gusta resaltar... Vos sabés eso.
- Yo lo único que sé es que no te queda otra que bancártela hoy - sonrió.
Sacudí la cabeza, agradecida por sus elogios pero abrumada por no dejar salir todos los que tenía para decirle.
- ¿Me queda ridículo? - le pregunté.
- No, no - se mantuvo firme - Lo digo porque... - se detuvo unos segundos - se luce el vestido entre tanta gente que hay. Cuando viniste a saludarme, me di cuenta que eras vos enseguida, a vos cuadras, venías con ese vestido rosa que te pusiste; te reconocí.
- Todo por culpa del vestido éste de mierda - me reí, yéndome un poco de su lado, porque había terminado de hacer mi tarea - Ahora me hacés sentir observada. ¡Maldito! - le hice una cara de enojo falsa y me fui.
Siguiendo con las actividades, yo iba y venia. A veces, pasaba por dónde él estaba, pero no lo molestaba ni le hablaba. Sólo hacía mis cosas, sabiendo que me estaba mirando un poco, pero decidiéndome en mi fuero interno respecto a qué podía significar eso. Todos mis compañeros habían hecho comentarios elogiosos sobre ese vestido rosa y quizá Él - pensé - era otro de los tantos. ¿Por qué tomarlo diferente, pese a que de su boca esa clase de dichos me pegaran de una forma diferente respecto a los demás?
Seguí en mi mundo, aunque pasado un rato, Él me llamó de lejos. Me acerqué, pensando que necesitaba algo. Sonreía con toda paciencia y en su mirada no había un rasgo de lascivia. Enseguida me contagió, lo cual era extraño, porque eso significaba una sola cosa: la afinidad crecía a pasos agigantados.
- ¿Qué? - pregunté - ¿Me llamaste, no?
Se puso un poco serio, aunque no del todo.
- Basta, vos - me dijo solamente.
- ¿Eh?
- Basta, en serio - se rió, solo.
- ¿Basta qué, boludo? - mofé, riéndome - ¿Qué hice ahora? - pregunté, porque entendí que me seguía buscando la veta.
- Basta de ser así, linda, haciendo sus cosas ella... - dijo, y se me dibujó una sonrisa automática en el rostro.
- Ay, no me cargues de nuevo con lo del vestido... - le pedí, ruborizada - ¡Me da vergüenza, en serio!
¿Me estaba diciendo lo que yo creía que me estaba diciendo?
- En serio vos, de verdad, ya es mucho... ¡ basta, dale, ya todo el mundo se da cuenta!- exclamó, un poco más serio - Pasa para un lado, ella, pasa para el otro, como si no supiera que es linda.
Empecé a reírme. Le pegué despacito en el hombro, hice un gesto con mi mano como si lo mandara a vender boletines y me empecé a reír. Alejándome, enjuciándolo con un dedo, le dije:
- Callaaaaate - me alejé - Sos un boludo - me reí, y me fui a mi lugar, sacudiendo la cabeza.
III
junio 2014
- ¿Te acordás de ese día? - le pregunté, haciendo referencia a aquélla fiesta, por otro tema del que estábamos charlando.
Sonrió.
- Sí. El tipo de la Comisión Directiva del Club te traía agua solamente a vos, en persona, y a nosotros nos cagaba de calor... - recordó.
- ¡Ay, qué risa ese día! ¿Te acordás? - me reí - Yo me acuerdo que se las daba a ustedes, porque me sentía re mal... Te juro que fue mortal porque, en un momento, me di cuenta que la única que estaba tomando agua era yo y todos los demás se habían ido a comprar helado y esas cosas... Hacía mucho, mucho calor.
- La única que tenías agua mineral fría, un día de cuarenta grados al aire libre, eras vos... - me recordó - Qué hijo de puta, el otro te buscaba y te acercaba a vos nada más... - dijo, en voz algo baja.
- ¡Pero te convidé!
- Si, me acuerdo... - admitió - Yo le pedí y me dijo que las tenía que ir a buscar o le teníamos que decir a César... - se carcajeó - Ahora, a ella, se la traía en dueño de la batuta en persona, fría, sin que se tuviera que mover, porque sí, porque ella es así ¿viste? - me dijo, con dulzura - ¡Por Dios, qué lo parió!
- Fue el día del vestido rosa - le recordé, con un otro tono - ¿Te acordás?
- Sí, ya te digo, yo me acuerdo que todos estábamos muertos de calor y eeeeella se habia venido con un vestidito rosa, que todos la miraban y le traían agua, y le hablaban los tipos- se carcajeó - Y eso por linda, porque a los demás, nada...
Le pegué levemente con un almohadón que tenía a mano y me acomodé más cerca suyo.
- ¿Yo sabés por qué me acuerdo de ese día, tarado?
- ¿Por qué? Además de porque te trataron como una reina, me imagino...
- Porque vos me dijiste linda, no por el "trae agua" personalizado, que en definitiva, nos salvó a los dos... ¡Además, yo te compartí mis ganancias! - sonrió - ¡Es más, vos me preguntaste de dónde las sacaba cuando te ofrecí y cuando yo te conté y me dijiste que nadie te había venido a ofrecer nada, porque esas bebidas eran para los del Club, en persona te fui a buscar una para vos y me las consiguió en dos minutos y así como me las dió te las dí a vos! - le recordé.
- Y sí, si no aprovechaba que te le acercaste, era un pelotudo - se rió.
- Vos sos un boludo... - le recordé - ¿Todo ese revuelo por el vestido rosa? Qué exagerados, dejame de joder, ni que se me viera el culo...
Se rió.
- A todo el mundo le gustaba... - bajó la vista ,riéndose.
- ¿Y a vos? De vos solito estoy preguntando - le aclaré.
- Sí. Era guau, se te distinguía a la distancia... - recordó - Yo me acuerdo que me saludaste ese día y pensé que llamabas la atención un montón, no sé, me quedé... - reconoció.
Me reí.
- Lo sigo teniendo... - le avisé - y creo que me va todavía - me reí.
Se rió, avergonzado.
- No pensé que te acordabas de ése día... - musité, entre sus brazos - Me voy volver a poner el vestido, eh - le prometí.
- Guacha que sos, me carga, ella, se ríe de mí... - musitó.
- ¿Me vas a traer agua? - me reí.
- Salí, salí de acá, salí - estalló en exclamaciones y carcajadas - ¡Y encima de todo me pide agua, Dios mío, qué caradura esta piba, cómo me goza!
- Mentiiiiiira, yo no me río de vos, te jodo, pero con cariño, eh... - le dije, intentando comprarlo - Cuando haga calor de nuevo, te prometo que me lo pongo... Ahora ni en joda lo haría, no por mala, sino porque hace frío, mucho frío - me apreté contra él.
- Siempre estás desabrigada, vos - me señaló, arropándome - Siempre desabrigada, ella, te vas a enfermar así... - se rió - Sufrís muchísimo el frío...
- Sí, eso sí. Nunca le pego a la ropa que me tengo que poner los sábados a la mañana, siempre me muero de frío... - le comenté.
- Ya lo sé, por eso llevo ropa en el auto - se rió.
- Es verdad eso, vos me prestás tus sweters y no tengo más frío...
- Y sí, porque vos andás siempre así, desabrigada, rebelde, hacés lo que querés... - se rió.
Me reí, perversamente.
- Hay algo que te quiero pedir...
- Mhhh - se rió - Me das miedo, te juro que no sé con qué vas a salir...
- Ay, qué boludo que sos... - me reí - No te voy a morder, no es nada del otro mundo...
- Ya sé, ya sé cabezona - me calmó - Pedime lo que quieras, en serio, cualquier cosa... - me dijo, hablando en serio.
Me reí, levemente.
- ¿Me traés agua?
- Noooo, no, no no - Él se rió, quejándose, poniéndose verde rabia, y haciéndome cosquillas - ¡Yo no te voy a traer agua en tu vida! - exclamó - Pero si querés, te puedo hacer un café de capsula de esos de allá y tengo muchos chocolates que te van a encantar, son espectaculares... - sonrió, manso.
Me dió ternura.
- ¿Esos chocolates raros que comes vos? - lo cargué.
- No son raros, no seas mala... Son los que comimos el otro día, que no me lo querías agarrar, mala y lo tuve que pelar yo y dártelo en la mano para que lo comas porque si no... ¡Todo lo que te ofrezco, es un no! ¡Los chocolates, los bombones, todo es siempre no!
- Es que no son chocolates como los que como yo, los comunes, esos son chocolates top, querido...
- ¿Y qué tiene que ver?
- Que me parece mucho... No sé, no es de mi palo todo eso - admití - Son ricos, pero no vengo a decirte "che, vos, dame todos los chocolates importados, eh, porque si no me voy".
Se rió
- Por Dios, te pido por Dios, no me digas esas cosas... - atinó a levantarse - Te voy a traer, esperá, a ver... Son lo mejor que hay... - mumuró.
- No, no, no, no quiero... - lo retuve, con fuerza - Ni agua, quiero. Quedate acá.
Cuando le dije eso, es decir, el quedate acá, me miró asombrado.
- No me digas esas cosas - sonrió - ¿Segura que no querés? No me cuesta nada, voy y vengo. ¿Por qué no querés comer?
- Porque ésto - le dije, en referencia a nuestro abrazo - equivale a mil chocolates de esos. No nos movamos más...