"Stop, ya está bien
así. También puedo ser grosero, fijate.
Pero fijate bien, porque
no es gratuito"
(Julio Cortázar, Rayuela)
No sé si sea algo normal o esperable, pero lo que si se, es que una vez que
suelo enterarme de algo capaz de considerarse sospechoso; para mí
cambia todo, como si las piezas se reestructuraran. Y eso es lo que me paso con Urtubey, después
de recordar aquella tarde donde examine su biblioteca; y caer en la cuenta de
una pequeña cuestión: el libro que me pidió, lo tiene repetido. Lo mismo
sucedió después de decirme de una manera mucho más seria que el
objetivo quizá no era leer el libro, sino, algún otro motivo aledaño
que desconozco por ahora, dicho sea de paso, pero que soy capaz de considerar
fuera de lo normal. Si habláramos otra persona, esto, nada de esto, pasaría. Si
fuera otra situación, por descontado, nada de esto estaría expuesto a la duda.
Es que, el libro apenas puede ser un pretexto o no, francamente, es lo que
menos me interesa, porque reconozco que lo central, precisamente, para atender
aquí, es lo inusual.
Para muchos viendo la situación desde afuera, un detalle puede parecer un
aspecto intrascendente, porque para eso sirven los detalles en lo ordinario de
la vida. Pero para mí, a veces, todo es cuestión de detalles. En el caso
de Urtubey, a raíz de detalles - porque nunca hubo algo tácito del todo, hasta
ahora- familiares, conocidos y amigos, de una forma u otra, me dijeron que: yo
le gustaba, que había onda
entre nosotros y/o en los casos más locos, llegaron a decirme que estaba
enamorado de mí. Por eso valen tanto los detalles a esta altura del
partido, especialmente, cuando no se sabe de que la juega el otro y, a uno, ese
juego le hace ruido, luchando con el embate de los vientos para que nada de
todo esto se malinterprete.
Por lo general, observo mucho a la gente. Pequeños registros de normalidad o
anormalidad en lo cotidiano de sus actitudes, despiertan otras alertas o al
menos, ponen de relieve ciertas cosas. ¿Alguna vez mencione lo importante
que fueron con El, los detalles, a la hora de ir corriéndole muchos
de sus velos o de impedir que se siguiera justificando, en esos días donde la
culpa tenía acciones en nuestras vidas? Los detalles son claves , cuando ya
habiendo pasado por la experiencia, uno sabe que no todo
es cuestión de ir y encarar a una persona desbocada, quemadose en
medio de la confusión, porque no puede ordenar los detalles y se está
dejando la vida en eso. Observo, por eso, observo mucho. De hecho,
en algunos pocos meses, hará un año que yo observo a Urtubey y a sus pequeños
detalles, en relación a todos, para ver hasta donde es congruente entre lo que
dice y lo que, finalmente, resuelve hacer. Y mes a mes, semana a semana, pese a
que no hubiera querido admitirlo, todo empezó a evidenciar una doble
moral predominante, una noción del mundo donde o es todo como el pretende o,
sino, no siente que las cosas marchen bien.
La constante es una: no entiendo nada.
Lo que hizo el fin de semana con la novela fue uno de los puntos
donde mi observación se quedo desenfocada. Sucede que, entre más lo pienso,
menos lo entiendo y más me indigna no comprender, no poder saber a lo que me
tengo que atener, no poder saber donde, realmente donde, estoy pisando. Considero que
ya no puedo justificarlo más, aunque quiera, porque este tipo de sucesos son la
culminación de un montón de pequeños detalles que ya están pasando de claro a
oscuro, siendo yo una mujer de blancos-blancos o negros-negros, en
dichos tópicos, y la ausencia de estimaciones lógicas, me intranquiliza. En
lo cotidiano, no juego a nada consigo, más bien, todo lo contrario; todo
el tiempo, usando la cabeza, estoy evitando tener que jugarme mucho, porque se
lo que en mi contexto significaría algo así y se a la innumerable cantidad de
dificultades que, en caso de confirmarse
mutuas hipótesis, deberíamos tener que enfrentar.
El último fin de semana mi forma de dejarle la novela arriba de la mesa fue
solamente un aviso de que veo esos detalles y no estoy dispuesta a callármelos
mas; porque si los tiene, y no tienen nada de raro o de malo, entonces, bien
que pueden lucirse en la sociedad que es mi familia; y tan tranquilos
estaríamos todos. Me pone en un lugar muy incomodo, muy pedregoso, el doble
discurso donde lo que habla conmigo o cosas muy simples, como pedirme prestado
un libro, no se evidencian en sociedad, no se dicen, como si hubiera algo de
malo en todas ellas, pero, como conozco la mecánica interna de mi familia mejor
que nadie, también agradezco la discreción, pese a que me haga sentir culpable.
¿Y la culpa, por qué? Si nada de esto fuera algo extraño, bien que
yo podría comentar que me pidió una novela, que me lo encontré en la calle, que
me comento una foto, o que, hace unos cuantos meses, cuando yo le dije que
todos lo queríamos mucho durante una charla donde estaba mal, el me respondió
diciendo que el también me quería a mí, y a todos. Pero no puedo. No puedo decir, como
si tuviera que cuidarlo, o cuidar el hecho de que sea amigo de mi padre, de
todos en mi casa, y que, al mismo tiempo, tenga una cercanía conmigo que ha
llegado a tildarse de especial.
¿Quizá porque a nivel inconsciente ambos
sabemos más de lo que parece, mantenemos detalles entre nosotros? ¿O quizá
porque, de un momento para el otro, yo me puse más discreta y el noto la
salvedad existente entre mi vida privada y la vida que podía compartir con mis
padres, oh casualidad, cuando lo involucraron?
Todavía esa pregunta no ha obtenido
respuesta.
II
No sé bien desde cuando empecé a notar que había actitudes inusuales, y por
consiguiente, también empecé a negarlas. No sé si soy yo que me hice un
largometraje en la cabeza o sucede que me asusto de lo que no es, ni será
nunca, al divino botón. Mucho menos sé si efectivamente esto existe, aunque no
me lo haya dicho con palabras y todo sea una cuestión de abandonarme a la
lectura de los detalles, sin poner la moral de por medio, como es mi
tendencia. Lo único que quiero saber, y
necesitaría, es decirme con todas las letras a mi misma la verdad en sus
gestos, por mas difícil que sea
De solo pensar que este tipo a quien tanto aprecio, a quien
tanto quiero, y tan bueno me resulto siempre, ahora, me está mirando con algo
mucho más complejo que las ganas; se me cierra el estomago. Sobreviene un
angustia, un miedo, que conozco muy poco, que nunca antes sentí de este modo. Y
pese a todo, estoy dispuesta a sopesar incluso esa posibilidad, la de que se
confirme lo que muchos han dicho antes, a costa de encontrarle un poco de
lógica a sus acciones. No importa el miedo o la angustia. O en realidad, no
importarían tanto como hallarle una lógica a sus actitudes y poder dormir
sabiendo lo que sea, pero sabiendo, claro.
¿Cómo saber, si negamos? Negar nunca fue algo que quise elegir
como modo de vida, pero que hacer ante esto que me hace sentir culpable y me
angustia. Si todo se mantuvo así, hasta hace unos meses, fue porque me obligue
a reconocer una verdad ancha y grande como un catedral: aun me gustara y
lo correspondiera, algo entre nosotros distinto a una amistad, era y es
imposible de sostener. Pero… ¿cómo seguir sin mirar el punto desde donde
todo me hace ruido? ¿Cómo eludir lo que a esta altura son murmullos
permanentes? Por otro lado, las preguntas se invierten y me digo, ¿para qué
darle calce a la imaginación sobre algo que vamos a alimentar aunque no
queramos, sin poderlo decir y puede doler mucho? ¿De qué sentido positivo
estamos hablando en todo esto? ¿Qué valor tiene algo como esto, si uno lo lleva
adentro y no puede gritarlo; compartirlo con la gente que quiere o sentirse
feliz porque alguien lo conmueva? Sinceramente, no me parece que sirva de
nada bueno, de nada que nos pueda dar a ambos la felicidad que merecemos, ni
negar, pero tampoco, esconder. No
obstante, conociéndolo y conociéndome, considero que negué todo esto por
algo mucho más importante que la culpa o la angustia, es decir, la plena
conciencia de que puede ser cierto. De ahí que elegí escribirlo,
charlarlo con mi amiga, darme la posibilidad de pensarlo, pero no del todo,
porque sobrevenía una angustia muy fuerte, difícil de explicar. Si nunca me
sincere del todo conmigo misma fue porque aquello actuaba como una construcción
equivalente al hacerme. Pero no puedo hacerme cargo, no me entra en la cabeza,
todavía, como una persona que siempre me había parecido tan clara y tan
autentica, ahora, motoriza preguntas.
¿Y si solo somos amigos? ¿Y si solo nos estamos conociendo y
terminamos siendo amigos? No puedo descartar esa posibilidad, porque, en cierto
modo, me parece que puede llegar a ser una especie de premio consuelo ante lo
difícil que es estarme de cara a lo otro y reconocer que lo quiero o que creo
que lo quiero, que todo parece decirme que lo quiero, que más de uno se va a
caer de espaldas si supiera que me pasa lo que me pasa; lo que no quiero ni
elijo que me pasa, lo que me gustaría arrancarme, y de lo que me tengo que
hacer cargo, me guste o no me guste.
Pero… Todavía no puedo. No me da vergüenza decirlo: yo no tengo
suficiente valor, en este caso, para poner en palabras las cosas sin asustarme
de mi misma. Internamente, algo me dice que sería incapaz de perdonármelo si lo
hago, y también, si permanezco impasible. Aunque, al mismo tiempo, no puedo
lidiar con la vergüenza que esto me implica de solo pensarlo, porque
simboliza hacer todo lo contrario a lo que me dije – siempre – no debo hacer ni
siquiera pensar, porque no sirve, porque es una locura, porque pasa solamente
en las ficciones de la televisión.
¿Alguien entenderá? ¿Alguien me entenderá?
No puedo lidiar el hecho de pensar lo decepcionado que se sentiría
mi padre, no solo por mí, sino, por ambos, si todo esto es lo que muchos
dijeron que podía ser. Ni quiero imaginarme lo mucho que se enojaría con
su amigo, lo cruel que sería consigo en caso de darse cuenta que “en todas
partes se cuecen habas”. Ni que decir sobre lo estúpida que
me sentiría yo por no haber seguido siendo fría y cauta,
como siempre, para que todo se guardaba bajo la normalidad. No puedo siquiera
imaginar que me pasaría, si los veo pelearse o discutir, si los veo separados,
y siento que en eso, un porcentaje, es mi culpa. Porque, casualmente, mi padre
mismo en el verano me lo dejo en claro, ya que sostenía la teoría de que yo, a
su amigo le gustaba: “si uno le abre las puertas de una casa en un momento
jodido a un amigo, y resulta que te viene a querer levantar a una de tus
hijas, hay que cagarlo a trompadas. Y yo, te aseguro, lo cago a
trompadas”.
¿Cómo convivir con esa idea? ¿Y que será convivir con la idea, si
esos dichos, me indican cómo está el terreno pero no me hacen cambiar de
estado, para nada?
Cuando pienso siquiera en un pequeño instante de discusión, me doy
cuenta que no podría, que no puedo, por mucho que sienta, esta vez, no puedo poder.
Que no puedo ser tan egoísta de
ponerme a pensar en lo que yo deseo sabiendo que por encima de eso hay cosas más
importantes, como una amistad de hace casi siete años, con el treintañero en
cuestión. ¿Alguna vez les hable del sincero cariño que siente hacia el mi
padre? El nunca ha sido una persona de muchos amigos, y sin embargo con Urtu,
tiene mucho de camaradas. Mutuamente, en sus diferencias, durante estos años,
se han aceptado; Urtubey lo conoce y lo respeta, a la legua se nota que lo
quiere mucho. Mi padre lo aprecia y lo
aconseja, y a su modo un poco mas
esquivo, curtido por el paso de los años y los innumerables desencantos;
también lo quiere. Conozco a mi padre, y se que lo quiere, pero además, conozco
a Urtubey, y sé que lo corresponde abiertamente. Entre ellos son capitalmente distintos, se
llevan una cantidad de años considerables, pero igualmente, se acompañan en lo
que pueden. Mi padre suele preservarlo en sus apuros y, este último, suele
consentirlo con manjares elaborados en la parilla; y le pone el oído a sus
indecibles anécdotas. A menudo, me da ternura ver con que pericia Urtubey le
elige los regalos de cumpleaños a mi padre, y para esos, no me pide ayuda. Sabe
el vino que toma, sabe que le gustan las antigüedades, sabe que le gusta tal o
cual platillo que le prepara. A menudo, me enternece silenciosamente escuchar a
mi padre decirle “dale, changüiiiiiiiito, daleeee, Urtu”, solo para bromear o hacerle chistes, cuando lo
ve llegar a mi casa. Me ha enternecido como me llamaba, su amigo, mientras a mi
papa lo operaban hace unos meses y como, lo primero que le dijo mi padre, a través mío, fue que lo consintiera con algo
rico, que con eso se le pasaban las ñañas.
Así, reúno ejemplos a lo pavote, solo del último año, es decir,
desde que Urtubey se separo y todo el trato se volvió inclusive más profundo.
¿Cómo convivir con la idea de que algo de eso tan lindo se estropee? ¿Y cómo es
que se procesa bien, algo así?
III
Cuando toco verlo sufrir, justamente, fue cuando no solo estuvo mi
padre, sino, también mi madre, una de mis hermanas, y yo. Aunque estrecho
relaciones con todos los integrantes de mi familia, lo admito, entre nosotros,
el cambio fue considerablemente más notorio aunque me cueste mucho trabajo
reconocerlo.
Pasamos a hablar de libros, nada más, a mirarnos y sonreírnos, sin
decir demasiadas palabras. Empecé a demostrar que todo lo que pensaba no lo
leía en los libros y, conjuntamente, lo hice en función de que alguien amigable
para toda mi familia, se estaba cayendo a pedazos. Pero… ¿Cómo se explica la
transformación? No fue de un día al otro, pero llego un momento donde esta
cercanía empezó a molestarme y comencé a necesitar
escapatorias.
Deje pasar hechos, miraditas, mensajitos, o tonitos, que me
llamaron la atención y, especialmente, que me agradaron. ¿Y qué me
dije? Que no, que yo me estaba volviendo loca, que era el amigo de mi viejo,
que nos conocíamos desde hace casi siete años, que hemos pasado
cumpleaños, incluso el ultimo año Nuevo; que no... Que era imposible, una locura
y el peor de los absurdos, que sí, que claro podía ser joven como es a sus treinta
y pico, e incluso un lindo tipo; pero que no; que-no. Que – por favor, destino
– no. Que apelaba, que no había fallos irremediables, que no, que se me iba a
ir la vida en eso, pero que no me podía permitir fallar a todo lo que – siento
– le fallaría.
Fue por eso, también, que luego de dejar pasar todo
intente reírme de las cosas que hacía; intente no darles mayor importancia;
intente cargarlo en mi mente para restarle afecto y hasta llegue a aconsejarlo
en relación a otras muchachitas durante los meses donde Urtubey era
un "no se" andante. Pero lo que nunca me imagine es que iba a
tomar posturas tan infantiles conmigo, comportándose como un adolescente
que se prepara para ir a la matiné, con lo del libro, precisamente, por sopesar
todo lo que antes mencione.
No suelo decir estas cosas ni mucho menos pensarlas pero, a
menudo, es como si quisiera llamarme la atención cuando me alejo. ¿Y qué
es lo que más rabia me da en todo esto? No ser indiferente a su existencia, por
un lado, y por el otro, tener que darle la razón a mi padre, de lo
que consideraba ideas de su mente podrida, cuando me decía que todo
el tiempo buscaba que yo lo mire, que todo el tiempo le gustaba mantener
mi atención, que estaba demasiado interesado en que yo supiera todos los
movimientos de su reciente separación. ¿Qué le decía yo,
totalmente segura, convencía, sin titubeos? Que eran estupideces, que eso
solamente me lo decía porque a su ego le interesaba ser
el único protagonista, que se dejara de joder con Urtubey, porque
estaba loco. Pero… ¿y si tiene razón?
El vaso se fue llenando a tal punto que termino por mandarme
un mensaje pidiéndome un libro, con un fragmento conocido del capítulo 93 de
Rayuela, que habla del dichoso "A Beatriz no se la elige, a Julieta no se
la elige..."; para después venir a casa y no mencionar nada del asunto; para
hacerme pensar, en cuanto se lo puse arriba de la mesa, que
mi acción era un modo de pedirle por favor que se hiciera cargo, por
una vez, de esos arranques masculinitos que tiene; para hacerme dudar, de
nuevo, sobre cuán mentira es la verdad y viceversa.
Las preguntas, mis preguntas, son millones…
¿No se dio cuenta que tenía el libro repetido visiblemente
instalado en su casa y me lo pidió por impulso? ¿Quería compartir la frase que
le había gustado mucho, por pura amabilidad, y no sabía cómo hacerlo sin
un pretexto? Solo Urtubey lo sabe.Sin embargo para mi, hay una respuesta para
todo esto, y es muy clara: no está en edad ni en situación de hacer estas
cosas, porque si le pasa algo, o no le pasa, debería ser claro para que del
chiste nos podamos reír todos.
IV
En cuanto empecé a notar los puntos ciegos, los comentarios, las
formas de tratarme, lo inusual de los mensajes en cualquier momento; me debatí
en dos opciones: o yo me había convertido en el cinco de Defensa y Justicia,
siendo su amiga, o le estaba jugando por detrás a toda mi familia, posando sus
ojos de otra manera sobre mí, bajo actitudes capciosas.
Si, es cierto, nosotros nos tenemos aprecio, nos llevamos bien, y,
de ser un poco más libres,
nos podríamos llevar todavía mejor. Creo, incluso, que de
habernos conocido en otras circunstancias, de mi parte al
menos, habría sido incluso natural quererlo… Porque es natural para
mi hablar con él; porque no me lleva demasiados años, porque lo que tiene de
joven lo acerca a mi orilla y lo distancia de la de mi padre, inevitablemente;
y al mismo tiempo, lo que tiene de amigo, parecería, que hace el proceso
contrario.
Urtubey tiene, y en esto tengo que ser justa, cualidades o formas
de ver el mundo que he buscado siempre, sin poder encontrar, por eso siempre
dice que lo entiendo. ¿Cómo no entenderlo, si somos tan similares en muchas
cosas? Lo que los demás ven de
lento en el, yo por lo menos, lo veo de prodigioso en la gran mayoría de
los casos; y el, en ese sentido, nunca me ha sentido como atípica o lenta en el
mal sentido. Sostiene, de hecho, que no debería cambiar y yo pienso que no me
lo está diciendo alguien que me conoce hace dos días, sino, alguien que me vio
ser y crecer durante casi siete años.
De mi lado, lo que
los demás ven de chapado a la antigua, a mi por lo menos, me conmueve
muy profundamente y, viendo sus valores, e
incluso viéndolo engancharse con un libro, con la cocina o con una
peli; todo parece decirme que es casi una injusticia del destino ponerte
delante de una persona que concierne todo de lo que siempre has buscado, y que
ésta esté bajo el rol equivocado o en la
botella de cuello más angosto.
Si, probablemente, luego de este pequeño resumen, entiendo
que sería natural querernos, siempre y cuando, estuviéramos en
otra dimensión donde nada de lo que existe nos sucediera llenando el
camino de obstáculos. De haber podido ser mi compañero de facultad o yo su
compañera de trabajo, de seguro, en mi caso, el ochenta por ciento de lo que él
es me hubiera desarmado y quizá, quizá pudiera entender, si otro fuera el caso,
si las hipótesis ajenas y parte de mis propias dudas, adquieren algún
sentido. Pero, pero, pero… (la palabra
más puta que conozco …)
IV
Por mi parte, además, no preciso a nadie que me desenfoque de mis objetivos. Es
el momento en la vida donde tengo que pensar en gestarme los logros, y Urtubey
con su histeria, por momentos, logra correrme de un eje que trace por encima de
muchos de mis propios deseos, olvidándome de ellos, por un logro a largo plazo.
Eso no es algo que pase sin generarme resquemor, al contrario, me gustaría ser
inmune, por momentos y me enfurece no poder mantenerme impasible como con todas
las personas o al menos, como con todas las personas que quiero – y puedo –
hacerlo.
Pese a que es un buen muchacho, pese a que tiene un buen corazón,
últimamente está haciendo cosas que no son propias de un tipo de su edad, que
no se pueden asociar a la madurez que debería tener, para ser claro, a la hora
de afrontar lo que le pasa o lo que no le pasa; por eso, sumado a toda la culpa
que me genera el cuadro, a mí me canso. Y sin embargo, no puedo odiarlo,
no puedo sostenerle rencor, no puedo atribuirle características demoniacas,
porque lo conozco, y su bondad me envilece peligrosamente.
V
No es justo que venga un domingo a mi casa y me mire sonriendo con cara de
boludo y que, después, salga con otras y le cuente a mi papa, como si le
pidiera aprobación. No es justo que me agregue a la fuerza a un
grupo que comparto con su familia y donde esta mi padre, después de que me fui,
por otros motivos, sin siquiera preguntarme si quiero volver, si me puede
agregar por segunda vez. No es justo que me pregunte, cada vez que me ve,
a donde voy y que no lo haga delante de mi padre, ni aunque yo misma manifieste
– adrede, ahora – “que me voy a bañar porque tengo que salir”, a ver qué pasa,
si tiene la misma cortesía. No es justo que eluda el tema de sus citas, cuando
estoy yo. No es justo que me pregunte con quien voy a comer o donde estoy
un sábado a la noche, pero yo no pueda reunir la suficiente confianza
- al parecer - para que me diga "no sabes, Veinte, lo contento que me dejo
esta chica". No es justo que me
mande mensajes para desearme suerte en los parciales, para preguntarme como me
fue con mis cosas o para preguntarme que cuento; y que al otro día, o a la
semana, a mi padre le cuente otra historia. Tampoco es justo
que, así como al pasar, le conteste a toda mi familia el saludo
de cumpleaños apenas lo lee y, a mí, aun habiéndolo leído en el
momento, sea incapaz de decirme gracias. ¿Qué le puse en ese mensaje? Que
le agradecía por querer tanto a mi padre, que
le agradecía por permitirme conocer a un niño tan maravilloso como es
su hijo; y, principalmente, que le deseaba que fuera feliz, que sus decisiones
lo hicieran feliz. Hoy me pregunto si no habría sido mejor no decirle
nada sincero, más que un "feliz cumple" común y silvestre,
a ver si quizá se evitaba el peso de contestar el mensaje (un mensaje
de cumpleaños no una declaración de amor) un día después. ¿Qué
pasa cuando no le contestas un mensaje? Urtubey se preocupa, no entiende que
puede pasar que no estás allí, para darle su respuesta. Yo pienso que
pasa conmigo cuando no se afirma o se desmorona en sus dudas. Si tiene
ganas de ser mi amigo, yo lo entiendo y lo acepto, pero si Urtubey quiere
ser mi amigo y además quiere tomarme para la chacota, las
circunstancias cambian. Allí no hay dudas, hay deliberación sobrada e implica
una diferencia.
¿Qué pasa cuando yo no entiendo, o la gente es poco clara?
Sufro, me desordeno, padezco las relaciones de toda clase. En cambio, cuando a
mi me explican las cosas, sean las que sean, me relajo y no me enojo, por más
que me propongan planes muy lejanos a quien soy o a lo que quiero. Y si no me
enojo es porque con las explicaciones, sean creíbles o no, me dan la
posibilidad de elegir que hago y no me dejan navegando siempre en la niebla,
sintiéndome una estúpida que vaga por la ciudad, sola con sus dudas. En mi vida
es muy importante y valioso que vengan a hablarme de frente, en este caso, todavía mucho más importante y necesario
que nunca.
¿Hasta cuándo vamos a poder seguir así, o es que estamos igual-igual que
siempre? Es difícil saberlo. Parece que tiene todo muy claro o no
tiene ni idea de cuánto puede hacer sufrir el confundirse con quien no se debe
y que al otro se le haga el mismo pastiche de temor, confusión
y miedo al qué dirán, en la cabeza. Parece que Urtu no sabe que terminan
todos hechos pedazos, que el amor tiene la potencialidad de dejar arruinadas
cosas que más adelante no se recuperan, rifando a lo loco todo por pasiones que
atenuadas pueden seguir siendo algo posible.
Si bien en un comienzo trate de no tomarme nada de esto como
algo tan personal, porque pensé que sería pasajero, me di cuenta que, a mi
parecer por lo menos, está demasiado cerca de atormentar mi calma. Arruina las
cosas, siempre arruina las cosas con si maldita ambigüedad, desde que se
separo. Cuando lo controlo en mi mente, cuando de nuevo todo vuelve a la
normalidad; cuando puedo relajarme y pensar "no, alucinaste Veinte,
tranqui, ya paso", pierdo. Pierdo con actitudes como las del fin de semana
pasado que me descolocan y que me indignan, porque veo como nos miente a
todos. En especial, cuando a mi padre le dice una cosa y a mí, me muestra otras
aristas como las del tipo bueno, siempre bueno, sano, decoroso, incapaz de
faltar el respeto, que a veces anda triste, a quien yo entiendo y lo agradece
mucho, dicho sea de paso. ¿Es decir? Una real postal de chico bueno, gran
candidato. ¿No se quiere dar cuenta de lo mucho que puede hacerme sufrir
con ello? ¿O es que no se da cuenta todo lo que puede perder, por hacerse el banana en pijama? ¿O es que no
entiende que, del otro lado, yo soy una persona que tiene la misma clase
de sentimientos que cualquiera?
Porque podre ser distinta para él, podre entenderlo siempre – como me dice –
podre saber siempre a lo que se refiere cuando esboza una idea – como me dijo,
también – pero esto no puedo ni aceptarlo, ni entenderlo ni nada que se le
parezca, porque intervienen otros condimentos que me vuelven hacia la
encrucijada mayor: o dejo que sigas pensando que podes hacer esto o te corto la
cara y pierdo a alguien a quien siempre le tuve especial cariño
y consideración.
VI
¿Por qué - me pregunte miles de veces - las cosas no pueden volver
a ser como antes? Entiendo que a través de su dolor nos hayamos conocido mas,
claro que lo hicimos, pero eso no justifica muchas de las cosas que hace ni les
aporta un velo de claridad. No todas las personas a las que las une el dolor,
de la índole que sea, terminan en esta clase de berenjenales. Ese es el
punto. Antes, sin ir más lejos, si me decían que Urtubey iba a exasperarme
tanto, yo apostaba una mano - y la perdía - asegurando que no, que no era
posible que estas cosas pasaran. Pero lo
único que sé es que, ahora, a diferencia de hace un año atrás, el tiene un
doble discurso y es un idiota por tenerlo, o por el contrario, un gran
estratega.
Si, yo entiendo todo, incluso, lo entiendo a él, en su etapa y con
sus ansias de probar todo lo que no probo. Lo re entiendo, me parece bien que
viva lo que no tuvo la chance de vivir antes porque eso lo va a ayudar a
crecer, a elegir mejor, a encontrarse con personas diferentes a las que lo
lastimaron... ¿Como no lo voy a entender, si quiero todo lo mejor para él, si
quiero verlo feliz del todo, si quiero verlo reluciente? Claro que lo entiendo,
claro que podría ponerme en su lugar como siempre lo hice; pero no sin antes
resguardarme y re-conocer mi rol. Deseo que sea feliz, no es un decir, se lo
desee siempre, especialmente, desde hace un año... ¿Pero cómo puede ser que esté
haciendo estas cosas, justo conmigo, si sabe que no puede tomarme para la
joda? Hace un año, yo lo entiendo, en todo, incluso, cuando muchos fueron
incapaces de comprenderlo; lo entiendo y lo quiero, lo entiendo y lo escucharía
siempre que lo necesite.
Lo único que no sería capaz de perdonarle es que en caso de que le
esté pasando algo conmigo, se pase la vida tirando la piedra, escondiendo la
mano y mirándome de lejos.
No podría perdonarle que se pase la vida sin jugársela, sin
ser claro, sin siquiera dar el pie clave para hacerme entender por qué hace lo
que hace. No podría perdonarle, al margen de lo difícil que
pueda ser todo, porque eso yo no lo cuestiono ni un poco, que haga esto de puro
cobarde o de puro banana. Y no es porque ahora sea
cruel, sino, porque me sulfuro ante la sola idea de una agachada. Porque
entiendo - de nuevo, entiendo - que es preferible cortarla con la histeria
antes, porque después, duele. Porque me digo que Urtubey no sabe - como
yo no se otras lecciones - el dolor que es enamorarse, engancharse y
sentir algo mucho intenso que deseo, por una persona que nunca vas a poder
tener, siendo la vida como es y debiendo aprender a aceptarlo.
¿Qué pasaría, llegado ese caso? ¿Cómo soportaría sin sufrir más de
la cuenta? Paso, realmente, paso solo de pensar en estar haciéndome estas
miedosas preguntas. No, no podría perdonarle que siga comportándose así a
menos que la recompensa sea algo que valga muchísimo más la pena y hasta
altura, yo conozco mucho de “escapistas perfectos” y muy poco de “hermosos
santos”.
Y, no olvidemos la razón principal, esto puede ser duro porque, aunque nunca se lo haya
confesado, prefiero seguir teniéndolo presente, de algún modo
posible, antes de no verlo venir a mi cumpleaños; antes de no verlo sentado en
la mesa, tomando mate con mi mate o antes de no reírme con su
niño. Si, yo no quiero perderlo de vista, pese a que me da mucha culpa
reconocerlo y por eso prefiero callarme y ocultarlo, prefiero que se quede en
el molde, en cierto modo, si nunca se animara a dar el siguiente paso. Le
perdono todo, o casi todo, antes de no poder pensar, siquiera una solita vez más:
" qué lindo seria poder encontrar un tipo así de bueno, de culto y de
sano, que me corresponda, algún día", mientras lo miro.