sábado, 30 de septiembre de 2017

Literatura, cuanto menos, ficción: Epilogo

Llego un día en que me di cuenta: El se habia convertido en un señor.  No era por su pancita reluciendo debajo de una remera gris topo. No era por la ausencia de botines ni de las zapatillas Montagne. No era, tampoco, por el pelo mas largo y canoso, ni mucho menos, por la barba tupida y descontrolada.  La expresión que aparecía en esa imagen me lo confirmo, mas allá de su desapego de todo lo que antes frecuentábamos: hubo un día donde convirtió en un señor y yo pensé que jamas iba a llegarle el turno al suyo, un cuerpo para mi, tan deseado. Después de evaluar su ropa, me detuve en su pelo, su barba y guarde lo mas resonante para el final: los ojos.  No diría que me cayo bien comprobar que, el mismo señor, ademas, era un tipo triste; no diría que me cayo bien, ni mucho menos que me hizo feliz adivinarle en el rostro cansado una figura cansina, ese no se que de antaño, como si luego de un año sin vernos la vida le hubiera caído en encima. Mucho menos me gusto verlo desalineado, mucho menos me gusto verlo como esa clase de tipo donde la costumbre y la monotonía se le aparecieron en su vida, ya, como hechos consumados. Me dije, por consiguiente, que podía ser un mal día... ¿pero como podia ser que tuviera la misma expresión en todas las fotos, sin importar donde estuviera? 

Hace unos seis meses, su padre, me mando una foto de El cuando era pequeño. Un rato después, en el contexto del día del padre, solapadamente, saco una foto del almuerzo familiar y también me la envió. Alli estaba, de nuevo, tantos años después de su infancia, directo a mi vida del presente. Me detuve a mirarlo, mas despacio, cuando todavía era junio y supongo que, ya desde ese momento, empezó a llamarme la atención su aspecto vencido, desgarbado, como si hubiera dejado pasar los momentos de ponerse bello, de sentirse bien, de reconocerse atractivo; como si tuviera la lucha ganada - o perdida -, el asado comido y el partido jugado.  Nociones pasadas, tópicos comunes, empezaron a hallarse en mi mente, respecto a su vida actual, ya muy separadas de lo emocional: trabajo asegurado, bienes, amigos de la pre-historia, pareja consumada. Rutina, costumbre, conformismo, quietud, racionalidad, negación a revivir viejos planteos, moralidad imperante, gesto sin expresión, mirada algo triste, opacidad... Muerte. 

Mas adelante, ya no me llegaron fotos de pura casualidad, ni mucho menos, las busque. Fui participe de muchas charlas, vía grupos de mensajería, de sus palabras y su humor me apareció gastado, repetido, vieja reliquia de cosas que me habían llenado de color la vida. Aunque lo mas llamativo de todo siguió siendo aquel detalle de que, en cuanto yo salia de las sombras con un comentario o con mi presencia en un evento, era El, ahora, años después, el que se ausentaba, no por falta de dinero, ni de tiempo, ni de buena salud; sino, por falta de interés (de ver personalmente a gente con la que hablaba por el grupo en común, tan simpático) o quizá, por mera precaución.  

¿Pero, precaución, de que? Me hubiera gustado responder esa pregunta, que tantos conocidos míos, conocedores de esta historia, acabaron formulándome. 

Si evaluó la forma en que luego de años volví a tratarlos a todos se que eso dio una pauta sobre mi herida: cicatrizada. No presente en mi grupo a ningún chico, no publique el amor o su ausencia en redes, no hice alharaca de nada, durante mas de tres años. Solamente un día volví al grupo y empece a escribir en hoja nueva, al punto de que muchos - generosamente - me dijeron que me encontraban muy bien, que se alegran de verme. Inclusive con El Canciller, las cosas se fueron encaminando y retome la relación la cautela, pero sin rencores; tanto es así que, la ultima vez que nos vimos, fue el primero en decirme que le alegraba mucho mi presencia, que me quería, que valoraba cuanto lo habia ayudado en aquella u otra ocasión. Sin embargo, con El, no tuvo la vida la generosidad para que pudiera hacer lo mismo. O, según lo que dicen los demás, quizá El prefirió resignar los lugares en común, pese a que era elemental allí, para no cruzarme.  Con todas esas cosas, no me quedo mas remedio y asumí que ese hombre que yo habia amado - mi primer amor - ahora era un "Señor", es decir, era igual a todos aquellos tipos de mi barrio que van a comprar ropa deportiva a la misma casa, comen en los mismos lugares, alquilan la misma platea en la cancha y conocen al carnicero que ya les tiene preparada la tapa de asado para comentar los resultados del partido. Era un señor, por lo acostumbrado, por lo rutinario y quizá, en cierto modo, por el estar hecho. 

Lo que mas me sorprendió de todo, y de este señor, es que no hace tanto prefiriera quedarse metido adentro de su casa, con el auto estacionado fuera como para no dar vueltas, cuando parte de su familia, su amigo desde hace mas de veinte años, y una propuesta cultural; lo habían invitado a salir. Ese día, sentada al lado de su padre estaba disfrutando el espectáculo, cuando escuche el teléfono sonar y mire de puro reflejo, para señalarle a mi acompañante que la interrupción provenía de su bolsillo. Sonrió en medio de la luz tenue, mientras sacaba su aparato, dejándome de frente el nombre de El, rebotando en la pantalla y yo le devolví la sonrisa aunque desvié la vista para darles intimidad.  Sin embargo, un rato después, comprendí que aun mismo en la ausencia habia tejido sus redes: llamaba a todos porque estaba aburrido en su casa, porque quería organizar una comida, porque quería prender la parrilla y poner a cocerse la misma tapa de asado que le tiene siempre reservada el carnicero amigo, con el que puede debatir, empecinado, la táctica innegable para aquel triunfo veinte a uno. Porque, seguramente, su amigo le habia contado de mi retorno. Porque, seguramente, su padre le habia contado que me habia visto. Porque quizá su tía le habia contado que nos habíamos cruzado, porque quizá su amigo - aquel que siempre me la tuvo jurada - le habría hecho llegar algún tipo de comentario, del estilo "la vi a la pendeja, de nuevo, saliendo de una cafetería y la salude, con cara de sos un caramelito". O porque de seguro me habia dado cuenta ya - o el se habia dado cuenta, mejor dicho - que si se le mira los estados a la pendeja después de tres años y medio sin hablar, en las horas mas insólitas y en los momentos mas insólitos - ya que no se han vuelto a ver - la pendeja se puede llegar a dar cuenta, viste, que hay una distancia entre esencia y apariencia.  O quizá por ninguno de estos motivos, decido ausentarse ese sábado, y ese otro jueves, y aquel otro martes, y en muchas otras ocasiones, apareciendo solo por mensajito para la política o el fútbol.   

La cosa es que si hubiera dependido de mi, yo me habría parado frente a El de nuevo, tantos años después, no ya con diecinueve sino con casi veintitrés, para decirle un "que haces, todo bien, cuanto tiempo" con toda la naturalidad del mundo, sin nada de rencor, con la herida cicatrizada, el impacto asumido y el fracaso metabolizado. La cosa es que le hubiera plantado cara, con mi cara de ahora y mis ojos de ahora, con mis cincuenta kilos, con mi pelo llegándome a la cintura, con mis intenciones de no pelear, con tanta agua transcurrida bajo el puente... Pero, como se sabe, en la vida, cada uno enfrenta, supera, dilata o evade las cosas de manera muy distinta y supera la falta - se sobrepone a ella - como mejor puede. Quizá sea eso, ahora, años después, todo aquello que nos distancia siendo que hemos aprendido, finalmente, a vivir con lo que nos pasaba tal como - según me habia dicho - debíamos hacer. Yo, lo reseque hasta lo indecible, lo trascurrí por entero, lo padecí y lo venere cuanto me hizo falta, hasta que lo hice carne, como un tercer tatuaje. El se lo guardo; lo sublimo, se lo comió y lo escondió como fruta prohibida. 



Muchos dicen que se evito el disgusto - o mejor dicho, el gusto revivido - de verme mas grande, porque volvería a representarle el mismo dolor de cabeza que hace tres años y pico, o quizá, un poco mas fuerte, viéndome mas mujer que por aquellos días y viéndose a si mismo, de nuevo, imposibilitado por su propia historia y sus propios miedos, aquella forma de ver ese tercio del mundo.  Yo, sinceramente, entendí que es esta ultima una hipótesis mas de las tantas expuestas durante todos estos años y pese a que la desacredito mucho, también la dejo pasar. Comprendo que cada quien supera la falta y el dolor como puede, de la misma manera en que acepta o no al amor.  Y donde este, le deseo suerte, le deseo vida, le deseo tiempo para dar y, si quiere, para darse, porque no me da vergüenza asumir que lo quise mucho, mucho. 

Aunque parezca mentira, este epilogo de lo que ha sido una historia con momentos duros y tristes, termino de escribirlo con una sonrisa que refleja toda la enseñanza, no solo el haberse quedado casi ufanamente con lo bueno, sino, la integración de lo malo, la aceptación de lo malo hasta llenarlo de color por mi misma. 

Hoy convencida, se que sane.  Si, llevo mucho tiempo, muchisimo tiempo si se quiere; pero es una bendición poder decirlo... 

Sane. 

viernes, 29 de septiembre de 2017

Permitirse sentir

La ultima semana, me habían dado ganas de volver a escribir; tenia ánimos, y a la vez, con ello, también tenia palabras. Ahora mientras les escribo, no tengo ánimos pero me dispongo a contarles la buena noticia de la semana, para hacer un poco mas espeso al blanco sobre el negro. 


Hace unos meses, para ser mas exacta en abril de este año, empece a hacer una materia en la facultad que tiene tres niveles, es decir, se trata de una literatura de determinada región vista en tres partes que tiene una particularidad, respecto a las otras: analizar piezas líricas, mas allá de la cantidad gruesa de narrativa que uno mastica a lo largo de las casi cuarenta materias. Y hago un parate aquí, para plantear la pregunta del millón - que hace meses, con esto, me ronda -: ¿se pueden analizar piezas líricas? La respuesta, según la bajada de linea didáctica de la cátedra se que vendría a ser un amplio y simpático "claro que si, Veinteava, de hecho, de esto depende tu promedio"... Pero mi pregunta va mas allá. ¿Se puede, realmente, mecanizar las sensaciones? 

Cuando empece a cursar, a principios de este año, y me pare frente a determinados poetas de la tradición española, me surgieron dilemas encontrados. Desde el punto de vista de alumna, intente aprender sin cuestionar la mecánica desde donde y hasta cuando se tomaban en cuenta los recursos; para después, poder cuestionarlos, defenderlos o defenestrarlos. Aunque, al mismo tiempo, me sucedió algo que - seguramente - es lógico dado el seguir adelante con mis estudios: me genero curiosidad saber, o intentar pensar como enseñarlo; cuestione en mi fuero interno el método de una cátedra. Todo esto me hizo dar cuenta de lo mejor de todo: va aflojándose de a poco una perspectiva profesional de lo que hago. Y considero que por eso surgieron muchas preguntas, pese a que no las compartí con nadie. 

 ¿Como alguien podía evaluar la relación concreta de semejanza, que debe darse en la metáfora, si uno la considera otra figura? ¿Como se puede justificar lo que refleja, para cada lector determinado campo semántico, intentando ser coincidente con un pequeño rejunte de hojillas? ¿Que, le iba a tener que decir a mi profesora que donde ella observa una alusión a la mitología, yo veo un encuentro sexual, o al menos, que lo parece? ¿Me dirá que soy una aluminita de mente muy muy podrida? Quizá. Aunque en ese caso, me digo ahora, intentare pensar y justificar sin miedo, mas allá del campo semántico, dónde es que puedo ver ese doble juego tan presente en la literatura, que por otro lado, no es casual. 

Los meses pasaron mas allá del principio de un año y enfrente a autores diversos, hasta que encontré el problema, mi problema particular. Lo que me pasaba era así: buscaba metáforas en Lorca, buscaba la luna o los cuchillos, olvidándome de sentir cada palabra; olvidando el apasionamiento, olvidando la marginalidad circundante, olvidando el magma esencial de cada ser humano que no se resume en unas hojitas.  De hecho, a la hora de rendir el examen parcial hace unos meses me saque una muy baja nota, no por falta de estudio respecto de los recursos, sino, por incapacidad de encontrarlos, de justificarlos, pudiendo ser mil cosas diferentes para mi. Según me parecía en el examen, X verso podía ser una metáfora, o podía ser un símbolo engarzado a una metáfora. ¿Para el caso, habia una diferencia? Pues si la habia, hasta ese momento, no la encontraba.  Pase por lecturas sobre teoría lírica, trabaje en grupo, repase autores, repase recursos... Hasta que hice lo esencial, y lo que mas se desprestigia pero es tan importante en mi carrera: sentí. A Lorca, al filo de sus cuchillos y la luna como compañera indivisible; a Garcilaso, "tomando ya la fe por presupuesto"; pero también a Storni, a Vilariño, a Cristina Peri Rossi y a todas cuantas puede leer disfrutándolas, mas allá del análisis veloz, formal, encorsetado. Y solamente cuando sentí la poesía, habiendo sido casi siempre amante de la narrativa o los ensayos, la encontré. Empece a entender la diferencia entre una metáfora que contiene un símbolo a un símbolo que puede funcionar aludiendo a algo, por ejemplo, cuestiones que para mi no se entendían muy bien. A partir de que considere dos niveles de análisis distintos que a menudo, se confunden en lo cotidiano; empece a abrir el abanico al momento de leer poesía. 

Y por propia experiencia descubrí por ejemplo, que nos enseñaron la metáfora como algo sellado. En el colegio, me decían -lo recuerdo- que era "algo que simbolizaba... ", cuando en realidad, en el caso de la metáfora, prima la relación de semejanza. La cosa cambia mucho si en medio hace presencia un símbolo, se pone mucho mas interesante. Ya que ¿como podemos realizar ese ida y vuelta de semejanza clara, si dentro de ella encontramos un símbolo? Hoy me digo que una de las cosas que me salvo, es interpretar esos símbolos, según lo precise el autor y lo entienda el lector. De ahí que según la lectura (emocional y no tan formal), el símbolo entra o no en relación de semejanza con otro elemento presentado o aludido. A simple vista, sera metáfora, o no, decir que "sus labios, pequeños volcanes", dependiendo de nuestro ojo captador. Pero, ¿cuando la metáfora se esconde -  eso me pasaba a mi - que hacemos? Dejar que cobre sentido todo aquello que podamos comprender en mas de un nivel porque justamente esta especie de multi-lectura es lo que posibilita su nacimiento. 

Así las cosas que, finalmente, comprendí que Lorca no era solo lo gitano y los cuchillos como me habían enseñado, aunque la cuestión radico, entonces, en pasarlo en limpio y defenderlo en un examen, porque en el examen se me notaba la tibieza a raudales, yo notaba mi tibieza a raudales.  Sin pudores, entonces, la leí en voz alta, la busque recitada, la reproduje mil veces mientras me bañaba, la pensé y repensé, la analice y cuestione, me hice amiga de ella; pero lo mejor, sin dudas, fue sentirla.  Cuando sentí la poesía, el análisis, se facilito. Sintiendo, de hecho, me conecte con el aprendizaje de una mejor manera; me conecte con la profesora, prestando mucha mas atención a sus clases y con otros autores.  Y lo esencial: no tuve miedo de hipótesis arrojadas o alusiones múltiples, porque me di el permiso de ser libre, lo mas libre posible en mi educación y, por consiguiente, en el pensar como responder a mi profesión. 

"Cuando estábamos haciendo el parcial, en un momento, mire para el costado y vi tu parcial todo marcado, me asuste", me dijo una compañera que es brillante en lírica, hace unas semanas luego del ultimo examen. Yo también me asuste, le dije, a modo de broma y la salude antes de irme.  En el, habia marcado metáforas, pero ademas, alusiones de todo tipo que junto con el tema del poema, y el uso puntual de los símbolos, exigía mucha justificación.  Habia volado al punto de no saber, realmente, que tan mal o bien podría haberme ido; sabiendo que para analizar poesía hay que tener presente muchas cosas: métrica, rima, recursos formales, morfología, sintaxis, uso de los símbolos, mitos y  toda posible intertextualidad con lo que uno se pueda imaginar. 

Parece que la cuestión estaba en perderle el miedo a sentir, a jugar, a meterme en pieles ajenas, en ajenos sufrimientos y ajenas alegrías. Sumergirme en otros, en otras, con sus otros y sus otras, plasmados allí, en su trabajo y su propuesta.  Quizá también, este descubrimiento personal pueda ser un buen consejo para pensar la poesía - y la literatura toda, claro, pero mas que nada la poesía - cuando me toque y pretenda enseñarla. 

Mientras tanto, seguimos leyendo en voz alta, jugando y tendiéndonos en pieles ajenas. Después, si, claro, buscaremos epítetos y metáforas como una buena y futura Licenciadita en Letras (¿ya dije que el pensarme como "Licennnnnnnciada" me parece suntuoso, no? De aquí el uso en diminutivo). 



viernes, 15 de septiembre de 2017

Tiempo

Aviso en breves lineas: este espacio entra en periodo de vacaciones, aunque como se sabe, es algo que suelo hacer y este, un sitio al que siempre vuelvo. Del otro lado, todo esta bien; simplemente,  necesito escribir "para adentro" por un tiempito - que de seguro sera mas breve de lo que creo - en esta ultima porción del año. Necesito hacer silencio, como lo he hecho en diciembre o mayo pasado; nada mas. 

Como es lógico,  el silencio, para que sea efectivo, tiene que ser completo. 

No tengo en claro del todo quien esta ahí, del otro lado, leyendo estas palabras; pero si hay alguien le dejo dicho que, con entradas anteriores, tiene para entretenerse hasta que vuelva y no va a sentir ni un pelito la ausencia... En el fondo, esto es solo una cuestión de tiempo. 

Mientras tanto... 



Que el camino salga a tu encuentro. Que el viento siempre esté detrás de ti y la lluvia caiga suave sobre tus campos.Y hasta que nos volvamos a encontrar,que Dios te sostenga suavemente en la palma de su mano.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

La noche debilita los corazones III

- ¿Como te lo explico, ****? - Urtubey interpelo a mi padre, en medio de un dialogo algo acalorado, entre la esfervencencia de dos personas que intentan escucharse a medida que se les caen de la boca las palabras. 

Mi padre arremetió, de nuevo, solo para pincharlo, probando la solidez en los argumentos de su amigo. Urtubey me miro, buscando confirmaciones, yo lo mire, le sostuve la mirada, y le sonreí. Sabia de antes lo que le intentaba contar a mi padre y estaba dispuesta a no esconder una realidad como lo son muchas de nuestras charlas. 

- Esto es como lo que el otro día estuve hablando con ella, y se lo dije, también... - me señalo, en el medio de la mesa, que tenia como otros ocupantes, a mis padres -  no es que me importe, es que yo elijo que no sea de esa manera... - simplifico. 

"Lo blanqueo, muy bien " pensé.  Me quede callada, aunque nosotros, nos miramos de común acuerdo, asumiendo también el silencio de mis padres. En especial mi padre, que lo miro, se lo quedo mirando unos momentos y asintió calladamente con la cabeza antes de continuar con la charla. Pese a los nervios y al miedo, yo note que es la primera vez que alude a la existencia de una llegada paralela entre nosotros y alude a la existencia de algo que puede ser normal, real: el que hablemos en otros contextos. 

Pese al miedo que me da admitirlo, veo que un modo honesto y leal es hacerse cargo de sus gestos y, a través de esa sutil referencia, abre la partida. ¿Se hace cargo de sus gestos, es decir, de mandarme mensajes a las diez de la noche de un domingo, estando solo en su casa, mientras yo estoy encerrada en mi dormitorio, para variar, terminando con lecturas de la Universidad? Empieza a hacerlo y eso me sorprende, porque no apostaba por el, ni siquiera un poco. Reconozco que me gusta que se haga cargo, porque eso significa dos cosas: que esto no tiene nada de malo, pero tampoco, de inusual y que, pese a como reaccionen mis padres por el hecho, el no tiene problema en contarlo porque, al otro, le parece natural que suceda. 

II

Lo dije hace unos días, hace casi dos semanas atrás: me molestaba mucho su doble discurso, o al menos, me inquietaba pensar que podía pensar toda mi familia del hecho. Ahora, también, me toca admitir algo en Urtubey: me parece correcto que haga esto; y me gusta que haga esto, especialmente, sentado en mi mesa, comienzo una pizza, con camisa a rayas y pantalón de vestir, haciendo innumerables gestos con las manos, frente a mi padre, frente a mi madre y, en definitiva, de frente. 

¿Por que? Porque pese a que no da detalles de la charla, pese a que no cuenta nada de su contenido, pese a que no dice mas que esa alusión al respecto; lo dice. Y al decirlo, pone en evidencia que no es un motivo de vergüenza, que no quiere esconderlo y que parece lo mas natural del mundo que podamos ser amigos, o al menos, tener una relación amistosa que no este tutelada o vedada; sino, que sea sana, honesta, transparente; pase lo que pase. 

Cuando el se va a su casa, nadie, a diferencia del pasado, me pregunta nada. Nadie me hace alusión a nada de lo dicho. Mi padre tampoco me pregunta de que hablamos, ni cuando se dio esa charla. Solo esta al corriente de que esto sucede, de vez en cuando, y aquella salvedad le saca todo el tono de culpa o de "cosa sucia" que pueda haberse atribuido. Urtubey abre la baraja, usando su voz, mostrándome como un ente independiente y yo lo sigo, sin darle pelota al miedo que me atosiga desde atrás, usando mi voz.

Vuelve a ser, a través de este pequeño gesto, el tipo del fondo de la olla, ese clase de tipo que...




domingo, 10 de septiembre de 2017

La noche debilita los corazones

 " Si cualquier charco te basta 
por favor no mires mi agua..."

Desde ayer que Urtubey quería que nos juntemos a comer consigo, mis padres y yo. Como ninguno de nosotros teníamos ganas y mi padre no se sentía nada bien de salud, le dijo que no. Durante la mañana del domingo, mi padre me explico que no tenía ganas de verlo, que quería estar con su familia, lo cual, me pareció muy bueno. Para ser sincera, yo tampoco tenía ganas de dejar pasar a Padre Coraje, con sus visitas del silencio y mucho menos disponía de paciencia para aguantarlo, teniendo mis propios embrollos y mis propias incertidumbres, en su nombre y mas allá de este mismo.

Ya entrada la tarde, mientras me hallaba mirando una película argentina de 1985, me mando un mensaje, o en realidad, me mando varios. Le extrañaba que mi papa no le respondiera, pero mas, evidentemente, le extraño que no lo hiciera yo; de ahí que le escribió a mi madre, inquieto, diciéndole algo como “le escribí a *** y a Veinte y no me contesto ni él, pero ella tampoco… ¿Están bien?”, a lo cual, mi madre, le respondió que sí; que mi padre estaba descansando porque no se sentía bien, y que yo, estaba mirando una película encerrada en mi dormitorio, desde hacía horas.

Mofe, internamente, cuando la mujer que me dio la vida me lo contaba, desconcertada por la insistencia del fulano. Mofe, porque de eso, al parecer, recién cae en la cuenta y empieza a resultar extraño que no se limite a comportarse como lo que es, es decir, un amigo de la familia que no necesariamente tiene que saber vida, obra y movimientos de todos nosotros. Pero, más que nada, mofe con ganas cuando luego de cenar y ya a punto de irme a acostar, me di cuenta que me había enviado otro mensaje. Y otra vez, un pretexto, la necesidad de acercarse, la necesidad de hablar. Conmigo. Ni con las fulanitas que frecuenta, ni con mi padre – su amigo -, ni con mi madre, ni con su familia; sino, conmigo…  Es decir, con la versión femenina de Lacan, considero, si es que me ve como la persona que siempre tiene respuestas a todo, o debe tenerlas, o si no las tiene, habla lindo, entonces, esa es la respuesta a su necesidad de decir.  Pero, lo que Urtubey no esperaba, es que yo también quisiera decir. Y ya desde hace mucho tiempo eso es una realidad que existe, algo que vengo necesitando y algo para lo cual vengo trabajando silenciosamente. Porque soy un ser humano, porque tengo sentimientos y porque, de alguna manera, necesitaba hacerle saber dos o tres cositas que me andaban dando vueltas en la cabeza. Es decir, dos o tres consideraciones que me han ido quedando en la garganta, después de sus retrocesos, sus silencios, sus visitas del silencio y sus inusuales pedidos, vio.

Me conto que había tenido un resbalón durante el día, y mofe, de nuevo, porque sea tan predecible. Sin que se lo pidiera, volvió a abrirse conmigo, volvió a poner en palabras muchas cosas y volvió a poder ser un poco más sincero de lo que es, a esta altura, con mi propio padre. Y, tal como me cedió el espacio, a través de su relato, puedo decir que me di el gusto de decirle todo lo que necesitaba decir, mas allá de lo que él pueda hacer o no con eso; mas allá de lo que piense, de lo que pase o de cómo termine todo esto. Hechos en los cuales, por lo menos de mi lado, no me conviene detenerme a pensar.

Me conto, después de un periodo sin charlas de noche, como estaba. ¿Y qué fue lo más intenso de todo? Que mas allá de el tono de nuestra charla, me mostro cuan mentira es la verdad que le dice a los otros y cuanto hay de desorientación en sus acciones, aunque conmigo pueda decirlo, aunque a mí, milagrosamente, me pueda poner en palabras todas aquellas cosas que han sido dudas. Porque, lo que más me mortificaba hasta el momento, era escuchar los relatos de mi padre, escuchar las anécdotas condicionadas que contaba en las reuniones o escribía en un grupo donde está su familia, junto con mi padre y yo; e intuir, siempre, que atrás, se estaban cocinando otras cosas. Y que esas cosas iban mucho mas allá de acostarse con mujeres, de salir con algunas, de pasar el rato, de venir a mi casa a tomar mate edulcorado por mi padre o de pedirme prestado un libro repetido, a mí. Iban mucho más allá al punto de hacerme dudar sobre quién era el mismo; sobre que le estaba pasando al tipo que, por momentos, ha sabido conectarme con lugares sagrados de mi misma, pero también, recordarme sobre aquellos lugares hacia los que nunca quiero volver a mirar.

“¿Estas contento con vos mismo, sabes quien sos después de todo esto, conoces al tipo que miras en el espejo, estas conforme con él?”, le escribí, sin sobresaltarme, aprovechando la oportunidad. No esperaba respuesta alguna, pero si, necesitaba hacérsela, al margen del él, para no perderme la chance de decirle las cosas, es decir, de ponerle en el tapete dichos que hubiera querido gritarle hace dos días, de pura impotencia, por sus puntos ciegos sobre mi persona. Y esa pregunta era, por el momento, el primero de los modos. Seguimos hablando, hablo de otras cosas, y unos cinco minutos más tarde, saco a colación la pregunta que le había hecho. Y su respuesta – tal como lo supe en mi fuero interno – fue diferente a la que le dijo a mi padre, pero quizá, fue un poquito más honesta, especialmente, cuando me dijo que, a través del paso del tiempo, estaba rencontrándose con el mismo, con el viejo Urtubey, de hace muchos años. Suspire y, de afuera, pensé como le mentía a todos y, sin embargo conmigo podía hablar de ese modo, pero después, mentirme con un libro repetido, mandarme un cartelito del amor cortazariano y así…  “¿Ves que hablando claro y simple, es fácil, mi querido, ves?” pensé, mientras lo leía y lo leía y lo leía. Y me explicaba, me mandaba audios (como si fuera común esto en nosotros) y me escribía, respecto a cosas que no le dice a su amigo, mi padre, ni tampoco informa en grupos.  

Pero lo mejor de todo quizá nació en la pregunta. Quizá fue que me altero su respuesta o quizá yo sentí que, de alguna forma, se lo tenía que decir, incluso, a riesgo de que “tanto querer hiciera su obra, me salvara o me matara”. Quizá fue decirme a mi misma que, tal como me dijo mi mejor amiga, tengo un patrón de valor que, siempre, a la larga, sigo. 

Por eso, luego de que me dijera como se sentía, realmente, hablando como dos personas adultas, metiéndonos en el bolsillo los roles, olvidando la diferencia de edad y apelando a la esencia humana, le conteste:


“Bueno, quizá, de esa mezcla entre quien eras y todo lo aprendido, sale algo mucho mejor de lo que te imaginas. Yo no veo en vos a un mal tipo, al contrario. También se, con conocimiento de causa lo que es enamorarse de alguien, sufrir o romperse a través de eso y que no te quede otra que preguntarse “¿qué hago ahora, con esto”, le dije y, a medida que iba escribiendo, me convencía mas de mis propias palabras, por lo cual, seguí adelante y no pensé en nada ni en nadie más que en mi y en lo que tenía que decirle, a esa altura, de cualquier modo. “Pero...¿vos sabes una cosa? Lo único que te salva en estos casos, cuando estuviste al fondo, o cuando estás en el fondo, es tener poder de decisión y entender que nadie va a estar toda la vida con uno – ni con vos, ni conmigo – mas allá de lo que uno esté dispuesto a hacerse de bueno a sí mismo. Esto no implica ser el ombligo del mundo, Urtu, esto significa y es justamente lo que implica crecer” apunte.

Urtubey permaneció del otro lado, tildando mensaje tras mensaje en el mismo instante, es decir, leyéndome en simultáneo; por lo cual, yo seguí, cansada de estar cansada.  

“Crecer es decidir, hacerse cargo, aceptarse, quererse y tomar decisiones, pero además, pensarse y reinventarse. Hay que tener mucho valor para hacer eso. Hay que ser muy valiente para hacerlo, por eso, la mayoría de la gente vive engañándose, prefiere mentirse en la cara, prefiere no ser sincero consigo mismo. Vos, a diferencia de muchos, estas en el momento justo. Hay hombres que se la pasan toda la vida sin sacudirse, viviendo nada mas, obedeciendo; pero a vos, por alguna razón, la vida te pateo el tablero y te puso al frente de tus incertidumbres para resolverlas. Ahora, a mi manera de ver, resta saber si a través de tus elecciones, de tu actitud, podes hacer, ser y vivir algo que sea lo más parecido a lo que quisiste. No siempre fuiste el marido de tu ex-mujer; no siempre fuiste el hijo de tus viejos o el hermano de ***. Yo creo, a mi me parece, que hay un Urtubey después de todo… (y tiene voz…)”.  

Y tiene voz, me repetí, luego de enviarle todo eso, mientras esperaba que terminara de escribir su respuesta, y observaba como escribía y borraba. Me dije que, seguramente, estaría un poco apabullado, siendo como es y siendo yo como soy, tan hermética, cuando quiero, tan formalita, tan protocolar.

Con ironía sonreí, confirmándolo,  cuando leí su modo tan sincero, y desconcertado en cierto modo, al escribirme:

“¿Y decime, qué mierda pongo después de todo esto que me escribiste, Veinte? Sos una bestia, nena, de verdad… ” me dijo, a modo de decirme algo bueno con lo de bestia, tal como antes, me habia dicho algo elogioso, quizá, con lo del ser distinta. 

Parecía algo así como pasmado. Yo, por el contrario, permanecí algo avergonzada con su pregunta y saque la vista de su mensaje, como si pudiera verme a través de una pantallita. Me di cuenta que para mi también es muy fácil decir, poder decir, con Urtubey. Me di cuenta, incluso, que pese a que nunca en su vida use conmigo su voz, la mía no está del todo perdida; que aunque me lo haya parecido durante años, no se la ha comido el miedo… 

Y eso me da una indecible felicidad, pase lo que pase. Es decir, suponiendo que pase solamente lo que tenga que pasar....

 ¿Como siempre, no? 

lunes, 4 de septiembre de 2017

Cínico Horacio..

"Stop, ya está bien así. También puedo ser grosero, fijate. 
Pero fijate bien, porque no es gratuito" 
(Julio Cortázar, Rayuela)

No sé si sea algo normal o esperable, pero lo que si se, es que una vez que suelo enterarme de algo capaz de considerarse sospechoso; para mí cambia todo, como si las piezas se reestructuraran.  Y eso es lo que me paso con Urtubey, después de recordar aquella tarde donde examine su biblioteca; y caer en la cuenta de una pequeña cuestión: el libro que me pidió, lo tiene repetido.  Lo mismo sucedió después de decirme de una manera mucho más seria que el objetivo quizá no era leer el libro, sino, algún otro motivo aledaño que desconozco por ahora, dicho sea de paso, pero que soy capaz de considerar fuera de lo normal. Si habláramos otra persona, esto, nada de esto, pasaría. Si fuera otra situación, por descontado, nada de esto estaría expuesto a la duda. Es que, el libro apenas puede ser un pretexto o no, francamente, es lo que menos me interesa, porque reconozco que lo central, precisamente, para atender aquí, es lo inusual. 

Para muchos viendo la situación desde afuera, un detalle puede parecer un aspecto intrascendente, porque para eso sirven los detalles en lo ordinario de la vida. Pero para mí, a veces, todo es cuestión de detalles. En el caso de Urtubey, a raíz de detalles - porque nunca hubo algo tácito del todo, hasta ahora- familiares, conocidos y amigos, de una forma u otra, me dijeron que: yo le gustaba,  que había onda entre nosotros y/o en los casos más locos, llegaron a decirme que estaba enamorado de mí.  Por eso valen tanto los detalles a esta altura del partido, especialmente, cuando no se sabe de que la juega el otro y, a uno, ese juego le hace ruido, luchando con el embate de los vientos para que nada de todo esto se malinterprete. 

Por lo general, observo mucho a la gente. Pequeños registros de normalidad o anormalidad en lo cotidiano de sus actitudes, despiertan otras alertas o al menos, ponen de relieve ciertas cosas.  ¿Alguna vez mencione lo importante que fueron con El, los detalles, a la hora de ir corriéndole muchos de sus velos o de impedir que se siguiera justificando, en esos días donde la culpa tenía acciones en nuestras vidas? Los detalles son claves , cuando ya habiendo pasado por la experiencia, uno sabe que no todo es cuestión de ir y encarar a una persona desbocada, quemadose en medio de la confusión, porque no puede ordenar los detalles y se está dejando la vida en eso.  Observo, por eso, observo mucho. De hecho, en algunos pocos meses, hará un año que yo observo a Urtubey y a sus pequeños detalles, en relación a todos, para ver hasta donde es congruente entre lo que dice y lo que, finalmente, resuelve hacer. Y mes a mes, semana a semana, pese a que no hubiera querido admitirlo, todo empezó a evidenciar una doble moral predominante, una noción del mundo donde o es todo como el pretende o, sino, no siente que las cosas marchen bien.

La constante es una: no entiendo nada.

Lo que hizo el fin de semana con la novela fue uno de los puntos donde mi observación se quedo desenfocada. Sucede que, entre más lo pienso, menos lo entiendo y más me indigna no comprender, no poder saber a lo que me tengo que atener, no poder saber donde, realmente donde, estoy pisando. Considero que ya no puedo justificarlo más, aunque quiera, porque este tipo de sucesos son la culminación de un montón de pequeños detalles que ya están pasando de claro a oscuro, siendo yo una mujer de blancos-blancos o negros-negros, en dichos tópicos, y la ausencia de estimaciones lógicas, me intranquiliza.  En lo cotidiano, no juego a nada consigo, más bien, todo lo contrario; todo el tiempo, usando la cabeza, estoy evitando tener que jugarme mucho, porque se lo que en mi contexto significaría algo así y se a la innumerable cantidad de dificultades que, en caso de confirmarse mutuas hipótesis, deberíamos tener que enfrentar. 

El último fin de semana mi forma de dejarle la novela arriba de la mesa fue solamente un aviso de que veo esos detalles y no estoy dispuesta a callármelos mas; porque si los tiene, y no tienen nada de raro o de malo, entonces, bien que pueden lucirse en la sociedad que es mi familia; y tan tranquilos estaríamos todos. Me pone en un lugar muy incomodo, muy pedregoso, el doble discurso donde lo que habla conmigo o cosas muy simples, como pedirme prestado un libro, no se evidencian en sociedad, no se dicen, como si hubiera algo de malo en todas ellas, pero, como conozco la mecánica interna de mi familia mejor que nadie, también agradezco la discreción, pese a que me haga sentir culpable.  ¿Y la culpa, por qué? Si nada de esto fuera algo extraño, bien que yo podría comentar que me pidió una novela, que me lo encontré en la calle, que me comento una foto, o que, hace unos cuantos meses, cuando yo le dije que todos lo queríamos mucho durante una charla donde estaba mal, el me respondió diciendo que el también me quería a mí, y a todos. Pero no puedo. No puedo decir, como si tuviera que cuidarlo, o cuidar el hecho de que sea amigo de mi padre, de todos en mi casa, y que, al mismo tiempo, tenga una cercanía conmigo que ha llegado a tildarse de especial.

 ¿Quizá porque a nivel inconsciente ambos sabemos más de lo que parece, mantenemos detalles entre nosotros? ¿O quizá porque, de un momento para el otro, yo me puse más discreta y el noto la salvedad existente entre mi vida privada y la vida que podía compartir con mis padres, oh casualidad, cuando lo involucraron?

Todavía esa pregunta no ha obtenido respuesta.

II 

No sé bien desde cuando empecé a notar que había actitudes inusuales, y por consiguiente, también empecé a negarlas. No sé si soy yo que me hice un largometraje en la cabeza o sucede que me asusto de lo que no es, ni será nunca, al divino botón. Mucho menos sé si efectivamente esto existe, aunque no me lo haya dicho con palabras y todo sea una cuestión de abandonarme a la lectura de los detalles, sin poner la moral de por medio, como es mi tendencia.  Lo único que quiero saber, y necesitaría, es decirme con todas las letras a mi misma la verdad en sus gestos, por mas difícil que sea

De solo pensar que este tipo a quien tanto aprecio, a quien tanto quiero, y tan bueno me resulto siempre, ahora, me está mirando con algo mucho más complejo que las ganas; se me cierra el estomago. Sobreviene un angustia, un miedo, que conozco muy poco, que nunca antes sentí de este modo. Y pese a todo, estoy dispuesta a sopesar incluso esa posibilidad, la de que se confirme lo que muchos han dicho antes, a costa de encontrarle un poco de lógica a sus acciones. No importa el miedo o la angustia. O en realidad, no importarían tanto como hallarle una lógica a sus actitudes y poder dormir sabiendo lo que sea, pero sabiendo, claro.

¿Cómo saber, si negamos?   Negar nunca fue algo que quise elegir como modo de vida, pero que hacer ante esto que me hace sentir culpable y me angustia. Si todo se mantuvo así, hasta hace unos meses, fue porque me obligue a reconocer una verdad ancha y grande como un catedral: aun me gustara y lo correspondiera, algo entre nosotros distinto a una amistad, era  y es imposible de sostener. Pero… ¿cómo seguir sin mirar el punto desde donde todo me hace ruido? ¿Cómo eludir lo que a esta altura son murmullos permanentes? Por otro lado, las preguntas se invierten y me digo, ¿para qué darle calce a la imaginación sobre algo que vamos a alimentar aunque no queramos, sin poderlo decir y puede doler mucho? ¿De qué sentido positivo estamos hablando en todo esto? ¿Qué valor tiene algo como esto, si uno lo lleva adentro y no puede gritarlo; compartirlo con la gente que quiere o sentirse feliz porque alguien lo conmueva?  Sinceramente, no me parece que sirva de nada bueno, de nada que nos pueda dar a ambos la felicidad que merecemos, ni negar, pero tampoco, esconder.  No obstante, conociéndolo y conociéndome, considero que negué todo esto por algo mucho más importante que la culpa o la angustia, es decir, la plena conciencia de que puede ser cierto.  De ahí que elegí escribirlo, charlarlo con mi amiga, darme la posibilidad de pensarlo, pero no del todo, porque sobrevenía una angustia muy fuerte, difícil de explicar. Si nunca me sincere del todo conmigo misma fue porque aquello actuaba como una construcción equivalente al hacerme. Pero no puedo hacerme cargo, no me entra en la cabeza, todavía, como una persona que siempre me había parecido tan clara y tan autentica, ahora, motoriza preguntas.

¿Y si solo somos amigos? ¿Y si solo nos estamos conociendo y terminamos siendo amigos? No puedo descartar esa posibilidad, porque, en cierto modo, me parece que puede llegar a ser una especie de premio consuelo ante lo difícil que es estarme de cara a lo otro y reconocer que lo quiero o que creo que lo quiero, que todo parece decirme que lo quiero, que más de uno se va a caer de espaldas si supiera que me pasa lo que me pasa; lo que no quiero ni elijo que me pasa, lo que me gustaría arrancarme, y de lo que me tengo que hacer cargo, me guste o no me guste.

Pero… Todavía no puedo. No me da vergüenza decirlo: yo no tengo suficiente valor, en este caso, para poner en palabras las cosas sin asustarme de mi misma. Internamente, algo me dice que sería incapaz de perdonármelo si lo hago, y también, si permanezco impasible. Aunque, al mismo tiempo, no puedo lidiar con la vergüenza que esto me implica de solo pensarlo, porque simboliza hacer todo lo contrario a lo que me dije – siempre – no debo hacer ni siquiera pensar, porque no sirve, porque es una locura, porque pasa solamente en las ficciones de la televisión.
¿Alguien entenderá? ¿Alguien me entenderá?

No puedo lidiar el hecho de pensar lo decepcionado que se sentiría mi padre, no solo por mí, sino, por ambos, si todo esto es lo que muchos dijeron que podía ser. Ni quiero imaginarme lo mucho que se enojaría con su amigo, lo cruel que sería consigo en caso de darse cuenta que “en todas partes se cuecen habas”. Ni que decir sobre lo estúpida que me sentiría yo por no haber seguido siendo fría y cauta, como siempre, para que todo se guardaba bajo la normalidad. No puedo siquiera imaginar que me pasaría, si los veo pelearse o discutir, si los veo separados, y siento que en eso, un porcentaje, es mi culpa. Porque, casualmente, mi padre mismo en el verano me lo dejo en claro, ya que sostenía la teoría de que yo, a su amigo le gustaba: “si uno le abre las puertas de una casa en un momento jodido a un amigo, y  resulta que te viene a querer levantar a una de tus hijas, hay que cagarlo a trompadas. Y yo, te aseguro, lo cago a trompadas”. 

¿Cómo convivir con esa idea? ¿Y que será convivir con la idea, si esos dichos, me indican cómo está el terreno pero no me hacen cambiar de estado, para nada?

Cuando pienso siquiera en un pequeño instante de discusión, me doy cuenta que no podría, que no puedo, por mucho que sienta, esta vez, no puedo poder.   Que no puedo ser tan egoísta de ponerme a pensar en lo que yo deseo sabiendo que por encima de eso hay cosas más importantes, como una amistad de hace casi siete años, con el treintañero en cuestión.  ¿Alguna vez les hable del sincero cariño que siente hacia el mi padre? El nunca ha sido una persona de muchos amigos, y sin embargo con Urtu, tiene mucho de camaradas. Mutuamente, en sus diferencias, durante estos años, se han aceptado; Urtubey lo conoce y lo respeta, a la legua se nota que lo quiere mucho.  Mi padre lo aprecia y lo aconseja, y  a su modo un poco mas esquivo, curtido por el paso de los años y los innumerables desencantos; también lo quiere. Conozco a mi padre, y se que lo quiere, pero además, conozco a Urtubey, y sé que lo corresponde abiertamente.  Entre ellos son capitalmente distintos, se llevan una cantidad de años considerables, pero igualmente, se acompañan en lo que pueden. Mi padre suele preservarlo en sus apuros y, este último, suele consentirlo con manjares elaborados en la parilla; y le pone el oído a sus indecibles anécdotas. A menudo, me da ternura ver con que pericia Urtubey le elige los regalos de cumpleaños a mi padre, y para esos, no me pide ayuda. Sabe el vino que toma, sabe que le gustan las antigüedades, sabe que le gusta tal o cual platillo que le prepara. A menudo, me enternece silenciosamente escuchar a mi padre decirle “dale, changüiiiiiiiito, daleeee, Urtu”, solo para bromear o hacerle chistes, cuando lo ve llegar a mi casa. Me ha enternecido como me llamaba, su amigo, mientras a mi papa lo operaban hace unos meses y como, lo primero que le dijo mi padre,  a través mío, fue que lo consintiera con algo rico, que con eso se le pasaban las ñañas.

Así, reúno ejemplos a lo pavote, solo del último año, es decir, desde que Urtubey se separo y todo el trato se volvió inclusive más profundo. ¿Cómo convivir con la idea de que algo de eso tan lindo se estropee? ¿Y cómo es que se procesa bien, algo así?

III

Cuando toco verlo sufrir, justamente, fue cuando no solo estuvo mi padre, sino, también mi madre, una de mis hermanas, y yo. Aunque estrecho relaciones con todos los integrantes de mi familia, lo admito, entre nosotros, el cambio fue considerablemente más notorio aunque me cueste mucho trabajo reconocerlo.

Pasamos a hablar de libros, nada más, a mirarnos y sonreírnos, sin decir demasiadas palabras. Empecé a demostrar que todo lo que pensaba no lo leía en los libros y, conjuntamente, lo hice en función de que alguien amigable para toda mi familia, se estaba cayendo a pedazos. Pero… ¿Cómo se explica la transformación? No fue de un día al otro, pero llego un momento donde esta cercanía empezó a molestarme y comencé a necesitar escapatorias. 

Deje pasar hechos, miraditas, mensajitos, o tonitos, que me llamaron la atención y, especialmente, que me agradaron.  ¿Y qué me dije? Que no, que yo me estaba volviendo loca, que era el amigo de mi viejo, que nos conocíamos desde hace casi siete años, que hemos pasado cumpleaños, incluso el ultimo año Nuevo; que no... Que era imposible, una locura y el peor de los absurdos, que sí, que claro podía ser joven como es a sus treinta y pico, e incluso un lindo tipo; pero que no; que-no. Que – por favor, destino – no. Que apelaba, que no había fallos irremediables, que no, que se me iba a ir la vida en eso, pero que no me podía permitir fallar a todo lo que – siento – le fallaría.

 Fue por eso, también, que luego de dejar pasar todo intente reírme de las cosas que hacía; intente no darles mayor importancia; intente cargarlo en mi mente para restarle afecto y hasta llegue a aconsejarlo en relación a otras muchachitas durante los meses donde Urtubey era un "no se" andante.  Pero lo que nunca me imagine es que iba a tomar posturas tan infantiles conmigo, comportándose como un adolescente que se prepara para ir a la matiné, con lo del libro, precisamente, por sopesar todo lo que antes mencione.

No suelo decir estas cosas ni mucho menos pensarlas pero, a menudo, es como si quisiera llamarme la atención cuando me alejo. ¿Y qué es lo que más rabia me da en todo esto? No ser indiferente a su existencia, por un lado, y por el otro, tener que darle la razón a mi padre, de lo que consideraba ideas de su mente podrida, cuando me decía que todo el tiempo buscaba que yo lo mire, que todo el tiempo le gustaba mantener mi atención, que estaba demasiado interesado en que yo supiera todos los movimientos de su reciente separación. ¿Qué le decía yo, totalmente segura, convencía, sin titubeos? Que eran estupideces, que eso solamente me lo decía porque a su ego le interesaba ser el único protagonista, que se dejara de joder con Urtubey, porque estaba loco.  Pero… ¿y si tiene razón?

 El vaso se fue llenando a tal punto que termino por mandarme un mensaje pidiéndome un libro, con un fragmento conocido del capítulo 93 de Rayuela, que habla del dichoso "A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige..."; para después venir a casa y no mencionar nada del asunto; para hacerme pensar, en  cuanto se lo puse arriba de la mesa, que mi acción era un modo de pedirle por favor que se hiciera cargo, por una vez, de esos arranques masculinitos que tiene; para hacerme dudar, de nuevo, sobre cuán mentira es la verdad y viceversa.

Las preguntas, mis preguntas, son millones…

¿No se dio cuenta que tenía el libro repetido visiblemente instalado en su casa y me lo pidió por impulso? ¿Quería compartir la frase que le había gustado mucho, por pura amabilidad, y no sabía cómo hacerlo sin un pretexto? Solo Urtubey lo sabe.Sin embargo para mi, hay una respuesta para todo esto, y es muy clara: no está en edad ni en situación de hacer estas cosas, porque si le pasa algo, o no le pasa, debería ser claro para que del chiste nos podamos reír todos.  


IV

En cuanto empecé a notar los puntos ciegos, los comentarios, las formas de tratarme, lo inusual de los mensajes en cualquier momento; me debatí en dos opciones: o yo me había convertido en el cinco de Defensa y Justicia, siendo su amiga, o le estaba jugando por detrás a toda mi familia, posando sus ojos de otra manera sobre mí, bajo actitudes capciosas.  

Si, es cierto, nosotros nos tenemos aprecio, nos llevamos bien, y, de ser un poco más libres, nos podríamos llevar todavía mejor. Creo, incluso, que de habernos conocido en otras circunstancias, de mi parte al menos, habría sido incluso natural quererlo… Porque es natural para mi hablar con él; porque no me lleva demasiados años, porque lo que tiene de joven lo acerca a mi orilla y lo distancia de la de mi padre, inevitablemente; y al mismo tiempo, lo que tiene de amigo, parecería, que hace el proceso contrario.

Urtubey tiene, y en esto tengo que ser justa, cualidades o formas de ver el mundo que he buscado siempre, sin poder encontrar, por eso siempre dice que lo entiendo. ¿Cómo no entenderlo, si somos tan similares en muchas cosas?  Lo que los demás ven de lento en el, yo por lo menos, lo veo de prodigioso en la gran mayoría de los casos; y el, en ese sentido, nunca me ha sentido como atípica o lenta en el mal sentido. Sostiene, de hecho, que no debería cambiar y yo pienso que no me lo está diciendo alguien que me conoce hace dos días, sino, alguien que me vio ser y crecer durante casi siete años.
 De mi lado, lo que los demás ven de chapado a la antigua, a mi por lo menos, me conmueve muy profundamente y, viendo sus valores, e incluso viéndolo engancharse con un libro, con la cocina o con una peli; todo parece decirme que es casi una injusticia del destino ponerte delante de una persona que concierne todo de lo que siempre has buscado, y que ésta esté bajo el rol equivocado o en la botella de cuello más angosto.

 Si, probablemente, luego de este pequeño resumen, entiendo que sería natural querernos, siempre y cuando, estuviéramos en otra dimensión donde nada de lo que existe nos sucediera llenando el camino de obstáculos. De haber podido ser mi compañero de facultad o yo su compañera de trabajo, de seguro, en mi caso, el ochenta por ciento de lo que él es me hubiera desarmado y quizá, quizá pudiera entender, si otro fuera el caso, si las hipótesis ajenas y parte de mis propias dudas, adquieren algún sentido.  Pero, pero, pero… (la palabra más puta que conozco …)

IV   

Por mi parte, además, no preciso a nadie que me desenfoque de mis objetivos. Es el momento en la vida donde tengo que pensar en gestarme los logros, y Urtubey con su histeria, por momentos, logra correrme de un eje que trace por encima de muchos de mis propios deseos, olvidándome de ellos, por un logro a largo plazo. Eso no es algo que pase sin generarme resquemor, al contrario, me gustaría ser inmune, por momentos y me enfurece no poder mantenerme impasible como con todas las personas o al menos, como con todas las personas que quiero – y puedo – hacerlo.

Pese a que es un buen muchacho, pese a que tiene un buen corazón, últimamente está haciendo cosas que no son propias de un tipo de su edad, que no se pueden asociar a la madurez que debería tener, para ser claro, a la hora de afrontar lo que le pasa o lo que no le pasa; por eso, sumado a toda la culpa que me genera el cuadro, a mí me canso. Y sin embargo, no puedo odiarlo, no puedo sostenerle rencor, no puedo atribuirle características demoniacas, porque lo conozco, y su bondad me envilece peligrosamente.

V

No es justo que venga un domingo a mi casa y me mire sonriendo con cara de boludo y que, después, salga con otras y le cuente a mi papa, como si le pidiera aprobación.  No es justo que me agregue a la fuerza a un grupo que comparto con su familia y donde esta mi padre, después de que me fui, por otros motivos, sin siquiera preguntarme si quiero volver, si me puede agregar por segunda vez.  No es justo que me pregunte, cada vez que me ve, a donde voy y que no lo haga delante de mi padre, ni aunque yo misma manifieste – adrede, ahora – “que me voy a bañar porque tengo que salir”, a ver qué pasa, si tiene la misma cortesía. No es justo que eluda el tema de sus citas, cuando estoy yo. No es justo que me pregunte con quien voy a comer o donde estoy un sábado a la noche, pero yo no pueda reunir la suficiente confianza - al parecer - para que me diga "no sabes, Veinte, lo contento que me dejo esta chica".  No es justo que me mande mensajes para desearme suerte en los parciales, para preguntarme como me fue con mis cosas o para preguntarme que cuento; y que al otro día, o a la semana, a mi padre le cuente otra historia. Tampoco es justo que, así como al pasar, le conteste a toda mi familia el saludo de cumpleaños apenas lo lee y, a mí, aun habiéndolo leído en el momento, sea incapaz de decirme gracias. ¿Qué le puse en ese mensaje? Que le agradecía por querer tanto a mi padre, que le agradecía por permitirme conocer a un niño tan maravilloso como es su hijo; y, principalmente, que le deseaba que fuera feliz, que sus decisiones lo hicieran feliz. Hoy me pregunto si no habría sido mejor no decirle nada sincero, más que un "feliz cumple" común y silvestre, a ver si quizá se evitaba el peso de contestar el mensaje (un mensaje de cumpleaños no una declaración de amor) un día después. ¿Qué pasa cuando no le contestas un mensaje? Urtubey se preocupa, no entiende que puede pasar que no estás allí, para darle su respuesta. Yo pienso que pasa conmigo cuando no se afirma o se desmorona en sus dudas. Si  tiene ganas de ser mi amigo, yo lo entiendo y lo acepto, pero si Urtubey quiere ser mi amigo y además quiere tomarme para la chacota, las circunstancias cambian. Allí no hay dudas, hay deliberación sobrada e implica una diferencia.

 ¿Qué pasa cuando yo no entiendo, o la gente es poco clara? Sufro, me desordeno, padezco las relaciones de toda clase. En cambio, cuando a mi me explican las cosas, sean las que sean, me relajo y no me enojo, por más que me propongan planes muy lejanos a quien soy o a lo que quiero. Y si no me enojo es porque con las explicaciones, sean creíbles o no, me dan la posibilidad de elegir que hago y no me dejan navegando siempre en la niebla, sintiéndome una estúpida que vaga por la ciudad, sola con sus dudas. En mi vida es muy importante y valioso que vengan a hablarme de frente,  en este caso, todavía mucho más importante y necesario que nunca.

¿Hasta cuándo vamos a poder seguir así, o es que estamos igual-igual que siempre? Es difícil saberlo. Parece que tiene todo muy claro o no tiene ni idea de cuánto puede hacer sufrir el confundirse con quien no se debe y que al otro se le haga el mismo pastiche de temor, confusión y miedo al qué dirán, en la cabeza.  Parece que Urtu no sabe que terminan todos hechos pedazos, que el amor tiene la potencialidad de dejar arruinadas cosas que más adelante no se recuperan, rifando a lo loco todo por pasiones que atenuadas pueden seguir siendo algo posible.

 Si bien en un comienzo trate de no tomarme nada de esto como algo tan personal, porque pensé que sería pasajero, me di cuenta que, a mi parecer por lo menos, está demasiado cerca de atormentar mi calma. Arruina las cosas, siempre arruina las cosas con si maldita ambigüedad, desde que se separo. Cuando lo controlo en mi mente, cuando de nuevo todo vuelve a la normalidad; cuando puedo relajarme y pensar "no, alucinaste Veinte, tranqui, ya paso", pierdo. Pierdo con actitudes como las del fin de semana pasado que me descolocan y que me indignan, porque  veo como nos miente a todos. En especial, cuando a mi padre le dice una cosa y a mí, me muestra otras aristas como las del tipo bueno, siempre bueno, sano, decoroso, incapaz de faltar el respeto, que a veces anda triste, a quien yo entiendo y lo agradece mucho, dicho sea de paso. ¿Es decir? Una real postal de chico bueno, gran candidato.  ¿No se quiere dar cuenta de lo mucho que puede hacerme sufrir con ello? ¿O es que no se da cuenta todo lo que puede perder, por hacerse el banana en pijama? ¿O es que no entiende que, del otro lado, yo soy una persona que tiene la misma clase  de sentimientos que cualquiera? 

Porque podre ser distinta para él, podre entenderlo siempre – como me dice – podre saber siempre a lo que se refiere cuando esboza una idea – como me dijo, también – pero esto no puedo ni aceptarlo, ni entenderlo ni nada que se le parezca, porque intervienen otros condimentos que me vuelven hacia la encrucijada mayor: o dejo que sigas pensando que podes hacer esto o te corto la cara y pierdo a alguien a quien siempre le tuve especial cariño y consideración. 

 VI

¿Por qué - me pregunte miles de veces - las cosas no pueden volver a ser como antes? Entiendo que a través de su dolor nos hayamos conocido mas, claro que lo hicimos, pero eso no justifica muchas de las cosas que hace ni les aporta un velo de claridad. No todas las personas a las que las une el dolor, de la índole que sea, terminan en esta clase de berenjenales.  Ese es el punto. Antes, sin ir más lejos, si me decían que Urtubey iba a exasperarme tanto, yo apostaba una mano - y la perdía - asegurando que no, que no era posible que estas cosas pasaran.  Pero lo único que sé es que, ahora, a diferencia de hace un año atrás, el tiene un doble discurso y es un idiota por tenerlo, o por el contrario, un gran estratega.

Si, yo entiendo todo, incluso, lo entiendo a él, en su etapa y con sus ansias de probar todo lo que no probo. Lo re entiendo, me parece bien que viva lo que no tuvo la chance de vivir antes porque eso lo va a ayudar a crecer, a elegir mejor, a encontrarse con personas diferentes a las que lo lastimaron... ¿Como no lo voy a entender, si quiero todo lo mejor para él, si quiero verlo feliz del todo, si quiero verlo reluciente? Claro que lo entiendo, claro que podría ponerme en su lugar como siempre lo hice; pero no sin antes resguardarme y re-conocer mi rol. Deseo que sea feliz, no es un decir, se lo desee siempre, especialmente, desde hace un año... ¿Pero cómo puede ser que esté haciendo estas cosas, justo conmigo, si sabe que no puede tomarme para la joda? Hace un año, yo lo entiendo, en todo, incluso, cuando muchos fueron incapaces de comprenderlo; lo entiendo y lo quiero, lo entiendo y lo escucharía siempre que lo necesite.

Lo único que no sería capaz de perdonarle es que en caso de que le esté pasando algo conmigo, se pase la vida tirando la piedra, escondiendo la mano y mirándome de lejos. 
No podría perdonarle que se pase la vida sin jugársela, sin ser claro, sin siquiera dar el pie clave para hacerme entender por qué hace lo que hace.  No podría perdonarle, al margen de lo difícil que pueda ser todo, porque eso yo no lo cuestiono ni un poco, que haga esto de puro cobarde o de puro banana.   Y no es porque ahora sea cruel, sino, porque me sulfuro ante la sola idea de una agachada. Porque entiendo - de nuevo, entiendo - que es preferible cortarla con la histeria antes, porque después, duele. Porque me digo que Urtubey no sabe - como yo no se otras lecciones - el dolor que es enamorarse, engancharse y sentir algo mucho intenso que deseo, por una persona que nunca vas a poder tener, siendo la vida como es y debiendo aprender a aceptarlo. 
¿Qué pasaría, llegado ese caso? ¿Cómo soportaría sin sufrir más de la cuenta? Paso, realmente, paso solo de pensar en estar haciéndome estas miedosas preguntas. No, no podría perdonarle que siga comportándose así a menos que la recompensa sea algo que valga muchísimo más la pena y hasta altura, yo conozco mucho de “escapistas perfectos” y muy poco de “hermosos santos”.

Y, no olvidemos la razón principal, esto puede ser duro porque,  aunque nunca se lo haya confesado, prefiero seguir teniéndolo presente, de algún modo posible, antes de no verlo venir a mi cumpleaños; antes de no verlo sentado en la mesa, tomando mate con mi mate o antes de no reírme con su niño. Si, yo no quiero perderlo de vista, pese a que me da mucha culpa reconocerlo y por eso prefiero callarme y ocultarlo, prefiero que se quede en el molde, en cierto modo, si nunca se animara a dar el siguiente paso. Le perdono todo, o casi todo, antes de no poder pensar, siquiera una solita vez más: " qué lindo seria poder encontrar un tipo así de bueno, de culto y de sano, que me corresponda, algún día", mientras lo miro. 

domingo, 3 de septiembre de 2017

Moralista Horacio...

El jueves al levantarme, me encontré un mensaje en mi celular que tenia esta imagen: 



El mensaje, extrañamente, era de Urtubey.  

En cuanto lo vi, me pareció absurdo. Hace un tiempo dejamos de hablar de una forma mas sentida, por razones que nunca entendí del todo, pero que asocie con su salida a flote. Es decir: ahora que estaba mejor, ya no necesitaba alguien que lo entienda, mientras los otros lo apedreaban; y yo, en este sentido, habia perdido toda mi rentabilidad.  En cambio - a la vista quedo -  en ese punto de su mejoría se le volvió necesario conocer otras mujeres capitalmente diferentes a una persona que lo entienda ya que, al parecer, tiene esos dos términos muy bien separados y en el auge de un discurso "nosotros nos llevamos bien, la pasamos bien y nada mas", esta despachando a señoritas, campo abierto. 

En mi caso, como no solamente soy distinta - rompí el molde y no tengo que cambiar - sino, que soy ademas la hija de su amigo, al parecer desde su imaginario se puede dar algunos permisos, como por ejemplo, despertarme así. De ahí que, como hija de su amigo que soy es normal que me envíe estas imágenes un jueves a la mañana, en relación a un radio amplio de puntos ciegos en torno a su persona, que desde hace muchos meses vengo acumulando. Acompañando a la imagen, en otro de sus permisos, me decía que estaba con ganas de leer Rayuela, y si no tenia problemas en pasárselo, porque ese fragmento de la foto le habia encantado. 

Me quedo mirando algunos segundos mas la pantalla, sabiendo que habia algo raro en toda esa secuencia y no lograba darme cuenta donde estaba fallando mi observación. Me quedo mirando la pantalla... seria, ya sin gracia ni entusiasmo, por intuir esto como algo con doble filo y no poder corroborarlo en la realidad. Pero, sin mas remedio, le contesto que no tengo problema, que es maravilloso - sabe, de primera mano, todo lo que lo para mi representa, claro - y que lo leyera sin apuro. Le explico de donde viene ese fragmento, en especial, y le envío el capitulo que - me dijo - leería a la hora del almuerzo. Si bien nunca antes me habia demostrado sentir demasiada urgencia en esta clase de lectura, ni este autor en especial; jamas pensé en dejar de abonar ese súbito interés porque me condena mi alma de futura Profesora de Lengua y Literatura. 




Pero lo mas extraño de todo no fue su repentino interés en un escritor que amo, sino que cuando vino a casa, luego de esa charla, casi no podía mirarme.  De hecho, por alguna misteriosa razón, no cruzamos la mirada prácticamente en ningún momento, ni tampoco, me hizo ninguna pregunta directa. Hablo solo con mi padre, como en los viejos tiempos y yo espere, realmente, a ver si mencionaba el libro o algún tema alusivo. 

Espere, espere, espere y espere; pero Urtubey no dijo nada. No dijo nada de eso, ni de sus citas, pese a que mi padre lo interpelo directamente. No dijo nada de su ex-mujer, ni de lo cambiado que esta, respecto a ella. No dijo nada de su forma actual de ver las cosas, de sus inquietudes, ni de sus ganas de hacer cosas nuevas. 

Pienso que no puede seguir haciendo las cosas por izquierda, porque todo esto, va a terminar mal. Pienso que no puede llegar a mi casa, sentarse en mi mesa, e implantarse un chip para ser, estando yo al menos, el mas bueno de todos los tipos de treinta y largos que existen en el mundo.  De hecho, si yo no supiera por boca de mi padre las andanzas, jamas me hubiera enterado que estaba haciendo uso de su deseo y su fisiología, al contrario. Lo que tendría es la imagen de un tipo separado hace un año, que ha intentado salir con algunas pibas, que se ocupa de su niño, que hace deporte y se queda en casa comiendo pizza y mirando la televisión, con su alma sensible... Inclusive, tendría la imagen de un tipo que tiene ganas de leer libros, buena literatura, de un momento para el otro que me requiere una obra compleja, pero esencial para mi, de mucho peso en mi vida literaria. Tendría la imagen del chico bueno, que sale con amigos a comer, no a bailar, "porque no tiene edad para ese tipo de cosas".

Y ahí es donde bendigo a mi padre.

Porque, si solo debería atenerme a lo que Urtubey me muestra, yo tengo que pensar que, evidentemente, anda a la caza de una de las mejores obras literarias de 1963, y de todo El Boom Latinoamericano, en general. Pero ademas, andar con ganas de leer pasajes como  "pero el amor, esa palabra, moralista Horacio..." y quedar como un romántico total, porque se levanto así de la cama, pobre pichoncito con su roto corazón.  Y si, claro, dicho sea de paso, sacarse de primera mano las dudas de que es lo mágico de una novela que casualmente, a Veinte, le gusta como le gusta y viste que ella lee ¿no?  

IV

 Demas esta decir que no menciono la charla o el libro, mas bien, todo lo contrario, fue como si nada de eso hubiera pasado en la realidad, estando en casa. Siguió siendo frente a mi padre, su amigo; y frente a mi, el emisor de variados mensajes. Y yo, seguí con la sensación de que algo no estaba tal cual como aparentaba. 

Silencio. 
Indiferencia. 
Silencio. 
Doble cara.
Doble discurso.
Doble moral. 
Dobles intenciones. 

Me repetí esas palabras, mientras tomaba mate y pensaba que, si no hubiera tenido todos los mensajes guardados como prueba, me hubiera costado creer el talante de mis propias preguntas, mirándolo, en su otra manera de comportarse

 Observando el cuadro de lejos, muy de lejos y de un momento para el otro, entendí lo que me enojaba de su silencio. Y es que Urtubey con sus actos me recordó a cuando El intentaba justificar las cosas, de cara a si mismo, en los momentos donde se sentía culpable porque le pasaran cosas conmigo que - por ser como era - no podía soportar. Me recordó al desconcierto que yo misma sentía cuando no entendía lo que estaba haciendo, ni por que. Me recordó al día donde saco a colación la misma frase, del mismo escritor y me hizo pensar, llena de rabia, por que me pasaba lo mismo con Urtubey, salvando todas las distancias posibles.  Me recordó a los momentos donde El escondía la piedra, la mano, y a la siguiente oportunidad, me arrojaba un contenedor de ellas, junto con algunas caricias.  Me recordó, ademas, a los momentos posteriores donde llego a confesarme que se echaba para atrás, todo el tiempo, porque se daba cuenta de "las cosas que le estaban pasando" y que, sin poder detenerse, tendía a avanzar nuevamente, porque "no podía controlarse". Me recordó, en especial, a la incapacidad para hacerse cargo de sus actos y la comodidad que le representaba pensar, en un punto, que la confundida era solamente yo. 

IV

Tome mate en silencio, se lo cebe a mi padre.  Me levante de la silla, entre a mi habitación, me pare frente a la biblioteca y tarde breves instantes en localizar el ejemplar buscado. Lo agarre y, sin decirle ni una palabra,  fui caminando hacia el y se lo apoye arriba de la mesa, sin frenarme, como quien deja un paquete de galletitas.  

Quería ver como reaccionaba y que tanto le importaba el libro, en realidad, especialmente, a los ojos de mi padre que lo miraba desconcertado, por su interés en un autor que es complejo, que adoro y que, siempre y cuando me hables de el, conmigo, tenes charla aseguraba y, en especial, interés casi casi asegurado. 

- Uh, ah, el libro... - fue lo único que me dijo, Padre Coraje.  Mi padre, asimismo, se quedo en silencio, como si lo hubiera sobresaltado con el gesto, cosa que buscaba hacer, en cierto modo. 

- Es enorme - me dijo y me miro, aunque yo estaba dada vuelta, trajinando en la cocina. 
- ¿Viste? - le conteste, con algo de sorna - Te va a gustar, lee tranquilo. 

Mi padre permaneció callado. 

- ¿Viste lo grande que es, ***? - le dijo, Urtubey. 
- Si si, es un librazo - se limitaron a contestarle. 

En un punto, luego de eso, me sentí aliviada, pero su reacción, no me aclaro las dudas.  De una forma totalmente normal habia hecho lo que necesitaba: dejarlo en evidencia, en este caso, para cuidarme las espaldas de su histeria.  Si, claro, el que tuviera que llevarse ese libro de mi casa, era también, frente a mi padre, asumir que me lo habia pedido, que habia hablado conmigo, y que habia "apuntado" - al menos desde la perspectiva de mi padre - hacia un punto de fuerte interés para mi: la literatura; mi autor preferido, y por si algo faltara, mi novela preferida.

Yo me quede callada, esperando que saliera de esa, ahora. 
Se hizo un silencio que mamita... 

Mi papa siguió mirando la situación, es decir, a su amigo de 37 pirulos pidiendo novelas y ojeandolas con avidez.  Urtubey no dijo nada, solamente, lo abrió, lo ojeo. 

- ¿Lo subrayaste? - me pregunto, falsamente alarmado.  

- Si, porque esa es mi edición de batalla, para hacerle de todo... - le explique - La de colección, que es otra mucho mas linda, y mas grande, con tapa dura y todo, la tengo impecable, ni una marquita. 

- Esa es la biblia de mi hija - le dijo mi padre. A mi, me dio mala espina el modo - A  ella le encanta ese libro - insistió. 
- Casi casi que te otorgo mi riñón...  - bromee, interrumpiéndolo, para alivianar la carga atmosférica que se habia producido. 

El se lo quedo mirando en silencio, y cuando salí de bañarme, un largo rato después de que se hubiera ido, mi padre me comento, escueto, que se habia llevado el libro. Yo le dije, simplemente, un esta bien. Nadie hizo mas preguntas, al respecto lo cual también estuvo bien. 

VI 

Lo que me acabo de dar cuenta, mientras escribía, es que yo hace un tiempo, de casualidad, examine la biblioteca de Urtubey... y preste especial atención a sus libros.

Parece imposible no haber advertido antes que en esa casa hay una edición del mismo libro que me dijo tener ganas de leer, luego de mandarme esa frase. De hecho, ese mismo libro descansa en uno de los anaqueles, el tercero, a la izquierda, para ser exactos, lo recuerdo con firmeza, ahora, una vez que se corrió el velo. Se que de este autor le faltan dos o tres, pero estoy segura de que a ese, lo tiene. Estoy convencida, porque recuerdo haberlo visto, y sonreído, en mi mente.

Automáticamente, miro mi estante, con el espacio vacante... 

Me siento mas inocente que La Maga y bajo ningún concepto logro comprender a Urtubey.