Hace cinco años, hoy, era uno de los días más tristes de mi vida. Me levantaba esa mañana queriendo irme lejos, lisa y llanamente, porque había caído tan bajo en un pozo del que me llevaría años levantarme. Se desplomaba mi vida, en tantos aspectos, que costaba enumerarlos. Todos mis costados estaban repletos de líos, problemas, y la posibilidad inevitable de rendirse o salir adelante. Hace cinco años atrás, un día igual al de hoy, es decir, un veinte de julio, yo me rendí. Y así empezó un declive que terminó en rincones oscuros a los que nunca volví pero de los que me escapé luego de haber aprendido muchísimo.
Él, ése tipo que en su momento para mí era el único hombre sobre el planeta, me decía algo como: "nosotros dos vamos a tener que aprender a vivir con lo que nos pasa", y yo, personalmente, sentía que lo último que me restaba era vida. Si bien racionalmente comprendía que no me iba a morir, que era joven, que me iban a pasar millones de cosas lindas después de; me dolía tanto aquél presente que no me daba margen para creer; para habitarme y despertar esperanza.
Cinco años después, volviendo de mi trabajo, estando de vacaciones de la Facultad, pensando en planes posibles para un fin día y medio libre, me sumerjo en una plaza cuando bajo del tren. La Plaza del Campeón. La plaza del Club de sus amores, pero también, obviamente, la plaza de mi barrio. Hay una feria con chucherías que veo desde el andén, mientras empiezo a relajarme, y me decido a ir. No hice planes en especial para un día como hoy. Soy reacia a festejarlo, porque todo está repleto, y mi mejor amiga, al igual que yo, labura. Pienso en pegarme una vuelta antes de volver a casa y me parece una buena idea. De cara al primer stand, decido arrancar por la izquierda. Me digo que estoy empezando al revés, con ironía, pero al segundo me encojo de hombros. Las ferias tienen ese permiso de ser recorridas como se quiera y , quizá, por eso me gustan. Luego de un paneo rápido por cada puestito no me detengo en ninguno. No tengo demasiado dinero encima y no hay nada que me guste. Enfilo, enseguida, para esa salida que en realidad es entrada... y, de repente, de frente, aparece Él. Venía caminando dispuesto a entrar por el lado correcto, mientras que yo, salía, haciendo la mía.
En cuanto me ve, su cara se ablanda y se para a saludarme. Estamos solos, frente a frente, un año después desde la última vez que nos vimos para cuando quiero darme cuenta. Estamos solos, frente a frente, por primera vez en cinco años desde que aprendimos a vivir con lo que nos pasaba.
Me cuesta creerlo, de primera mano, pero ése es Él. Y ésta, de ahora, soy yo. Es como si jamás hubiéramos dormido en la misma cama, pero al mismo tiempo, es como si que eso hubiera pasado o no ya no importara en lo absoluto.
- ¡Eh! - exclama - ¿Qué hacésssss, ***? - me dice, llamándome por mi apodo.
Lo que veo, honestamente, es a un tipo viejo, desgreñando, con el que supe entenderme bien y con quien aprendí a conocerme mejor de la mano de su tiempo, sus besos, mis miedos, sus caricias, sus limitaciones y toda su falta de valor. Pero de eso pasó ya mucho tiempo y lo sé por la postura que adopta mi cuerpo cuando lo ve, y por la naturalidad increíble con la que hablamos.
- ¿Cómo estás, ***? - lo saludo, de lejos, y me saco los auriculares para dar la cara.
Intentamos algo muy parecido a abrazarnos. Me da un beso en la mejilla y me agarra de los hombros. Hay calidez en su gesto pero, curiosamente, no siento nada cuando me toca aunque lo correspondo, claro, porque en el fondo, no es alguien a quien no haya querido hace años. Absolutamente nada, ese vacío, ese blanco por dentro se realza ocupando todo. Permanece más allá de la sorpresa por entender que cuando me ve estando con ella se pone tan nervioso y es tan ajeno, que en realidad es un alivio encontrarnos a solas porque parece que finalmente nos estamos encontrando como debería haber sido siempre, es decir, sin la angustia y sin la tensión en el aire. Al contrario, más bien, con la paz.
- Bien, ¿cómo estás? - me dice, mientras se separa un poco luego de ese intento de saludo afectuoso y enseguida arranca - ¿Venís de estudiar?
- No, de laburar - le digo.
Me mira, extrañado.
- ¿Laburas? - dice y parece interesado en saber.
- Sí, sí , me toca laburar los sábados también - le informo, esquivando el paquete.
Sé lo que me está preguntando, en el fondo, pero no tengo ganas de hablar tanto.
- ¿Dónde estás laburando?
- En Capital, en ***** - le digo.
- ¡Uh! - exclama, y se agarra la cabeza, sonriéndome - ¡Te queda reee lejos! - me dice.
- Sí, es el traste del mundo a la vuelta, pero...
Me encojo de hombros.
"No todos laburan cómodamente como vos" , pienso, sin un gramo de maldad, pero con honestidad.
- Es así... - admito.
Me mira, sonríe y sacude la cabeza.
- Dios mío... ¿Qué tomás para ir? ¿Cómo hacés? Además, ¿vos estudiás acá, todavía, no?
- Sí, sigo estudiando en Provincia pero también laburo en Capital - le dije y le comenté mi itinerario diario.
- No te puedo creer, la puta madre, estás re lejos...
Me reí.
- ¿Y qué hacés? ¿Dónde es, dentro de Capital?
- Es una empresa de Servicios Electrónicos, trabajo con unos aparatitos. Los ***. Es en la zona de ***.
Me miró, sonrió, y puso cara de desconcierto.
- Ay, dale ¿no los conoces? - me reí.
Son conocidos, sólo que uno no les da pelota. Me causó gracia la cara que puso, porque es la misma que me pone todo el mundo cuando los menciono.
- No - admitió, sonriéndome.
- Son esos aparatos donde... - le dije, explicándole todo, con gestos.
- Ah, sí, sí, ya sé... - admitió.
- Bueno, laburo ahí. Con esas máquinas. Dentro de la empresa hay un sector de técnicos de campo, otro de servicio técnico, instalaciones de las máquinas y esas cosas... Estoy ahí, en el servicio técnico - le expliqué.
- ¿Y qué tarea hacés?
- Cuando no les anda, me llaman y me rompen las pelotas - ironicé, riéndome.
Se rió, apoyándome una mano en el hombro.
- ¡Uh, noooo!
- Imaginate el tono de conversaciones que manejamos - me reí, y le dije, con mi natural sarcasmo sin malicia.
Se rió.
- Y, para ir a allá, tenés un re viaje - pensó - A la vuelta, qué tomás?
- Algún colectivo que me deje en Plaza y de ahí el tren hasta acá.
Se agarró la cara con las dos manos, y me miró sonriendo. Le sonreí y me encogí de hombros. Fue el modo de decirle "esto es lo que hay por el momento, mi querido" siendo honesta con mi presente y mi realidad.
- Y estudiás acá.... - recordó, o al menos, resaltó.
- Exactamente...
- Claro - me miró, pensativo, con algo parecido al interés o a la curiosidad.
¿Serán los efectos del paso del tiempo? ¿O el darse cuenta que la chica que él conoció no tomaba un tren, sólo estudiaba, era arisca, cerrada, y a quien adaptarse a las cosas le costaba?
Pero bueno, paciencia - le sonreí.
- No, claro... - asumió, pensando todavía en el viaje - Bienvenida al mundo.
Nos reímos.
- ¡Más vale - exclamé - No te preocupes que nosotros nunca vivimos en Parque Norte, así que... - sonreí - ¿Vos, todo bien? - le pregunté.
Esperaba que me dijera que sí para irme. En el fondo, no me interesaba saber más detalles porque siempre sus novedades me dolieron y, a diferencia de su curiosidad, para mí la mejor manera de seguir adelante con mi vida fue dejar las posibles buenas nuevas junto a los recuerdos.
- Sí, todo bien... - dijo, con un gesto cansado.
Sus ojos, la matriz inconfundible de toda su verdad, me mostró el mismo reflejo de siempre. Un tipo cansado, una especie de gesto agotado, como si tuviera buen semblante en ese momento mientras hablábamos pero detrás sobrevinieran las ojeras, pequeños derrames en sus ojos y demás residuos del insomnio y el estrés. De la vida que vivió y eligió cómo vivir. De las cosas por las cuales apostó y ganó, del mismo modo de las cosas que perdió por cobarde.
- Me alegro, entonces - le dije, atinando a continuar con mi marcha con una sonrisa mediana - Nos vemos, *** - lo despedí, llamándolo por su apodo.
Nos saludamos con algo muy parecido a un abrazo, más relajados de lo que estuvimos en muchos años.
- Chau, Veinte, cuidate - me despidió, ambos, con dos gestos sonrientes.
Ambos, en un costado diferente de la vida y con una concepción diferente de la vida y sus comodidades. Me di media vuelta y seguí caminando con una sonrisa.
Lo sé, porque es cantado; Él trabaja en el Centro, al igual que yo. Sabe del tráfico, del agotamiento, del viaje, pero supo también que sólo se podía reír y escuchar. Todavía me acuerdo cuando íbamos a buscar juntos su auto a la cochera donde lo guarda, burgués como él solo, para volver escuchando música, comiendo golosinas y riéndonos como dos pibes. Siempre pendiente del viaje, no quería que me canse de regreso de la Facultad y me acortaba la vuelta a casa aún a costa de esperarme solo en su oficina.
Cinco años después, ya con veinticuatro y él cerca de los cuarenta y ocho, las cosas cambiaron mucho. Por suerte, hay una sonrisa después del túnel. Cada uno viaja y vuelve cotidianamente a la casa en la que vivía antes, durante, y después de conocer al otro y demás está decir que aprendió a vivir con lo que nos pasó, al punto de encontrarse por la calle y sentir que ya no se respira amor, sino, el recuerdo de un viejo amigo.
No sé qué habrá visto él, pero yo, ví a un viejo, por sobre todo, viejo amigo.
Quizá por eso entendí que ahora, el viaje, cada uno, lo hace sólo o con las nuevas compañías que eligió.Que todo es como debió ser.Que al final, de alguna forma menos angustiosa, aprendimos a vivir con lo que nos pasaba.Y que hasta nos encontramos, cuando ya no nos pasa nada más.