domingo, 28 de julio de 2019

Dos

Hay dos palabras que, en este momento, tengo mas presente que nunca:

 ORDEN

Y

PROGRESO

En especial, la primera, porque llevara a la segunda.

domingo, 21 de julio de 2019

No estés triste

Ayer, después de cruzarme con Él de casualidad, llegué a mi casa, me puse la pava, me cebé un impar de mates y me quedé en silencio. Un rato después, escribí para relajarme y desagotar la marea de sensaciones, de reflexiones, que me había dejado ese encuentro en tanto acontecimiento positivo, impensado, que me había tomado por sorpresa. 

Mezcla de tristeza, felicidad, alegría, fortaleza, sorpresa, introspección, etc. 

 Mientras escribía, tomando mate y escuchando música, me llegó un mensaje de El Reo. Cabe decir que yo seguí, durante todos estos días, en un plan de distancia tal como comenté hace poco. 

El mensaje, en realidad, era una canción. 

No estés triste, se llama. 

Y dice algo de ésto:  

"y sentir que un nuevo día es una nueva oportunidad para hacerlo bien (...) escucha y no estés triste; hay un lado positivo, de lo malo algo aprendiste" 

Yo, en respuesta, le grabé un pedacito de éste tema, En el fondo de tu vida, y se lo mandé: 

Tiempo al tiempo, mi amor, así nos aseguramos de tenerlo un poco menos en cuenta (...) nuestra impaciencia es la que embarra todo el terreno de juego, que no dejamos de pisar; lo único real del tiempo es que pasa, como la vida misma". 

Después de eso, no nos preguntamos nada, ni retomamos las charlas, ni averiguamos mucho del día del otro. 

Parece que algunas cosas llegan en el momento justo.  Contra todo pronóstico, contra toda previsión, casi porque sí. Y no hay explicaciones lógicas para derrocar la magia del acontecimiento. 

Se dá y punto. 

Dios sabrá para qué. 




sábado, 20 de julio de 2019

Literatura, cuanto menos, ficción: La sonrisa al final del túnel

Hace cinco años, hoy, era uno de los días más tristes de mi vida. Me levantaba esa mañana queriendo irme lejos, lisa y llanamente, porque había caído tan bajo en un pozo del que me llevaría años levantarme. Se desplomaba mi vida, en tantos aspectos, que costaba enumerarlos. Todos mis costados estaban repletos de líos, problemas, y la posibilidad inevitable de rendirse o salir adelante.  Hace cinco años atrás, un día igual al de hoy, es decir, un veinte de julio, yo me rendí. Y así empezó un declive que terminó en rincones oscuros a los que nunca volví pero de los que me escapé luego de haber aprendido muchísimo. 

Él, ése tipo que en su momento para mí era el único hombre sobre el planeta, me decía algo como: "nosotros dos vamos a tener que aprender a vivir con lo que nos pasa", y yo, personalmente, sentía que lo último que me restaba era vida. Si bien racionalmente comprendía que no me iba a morir, que era joven, que me iban a pasar millones de cosas lindas después de; me dolía tanto aquél presente que no me daba margen para creer; para habitarme y despertar esperanza. 

Cinco años después, volviendo de mi trabajo, estando de vacaciones de la Facultad, pensando en planes posibles para un fin día y medio libre, me sumerjo en una plaza cuando bajo del tren. La Plaza del Campeón. La plaza del Club de sus amores, pero también, obviamente, la plaza de mi barrio. Hay una feria con chucherías que veo desde el andén, mientras empiezo a relajarme, y me decido a ir. No hice planes en especial para un día como hoy. Soy reacia a festejarlo, porque todo está repleto, y mi mejor amiga, al igual que yo, labura.  Pienso en pegarme una vuelta antes de volver a casa y me parece una buena idea.  De cara al primer stand, decido arrancar por la izquierda. Me digo que estoy empezando al revés, con ironía, pero al segundo me encojo de hombros. Las ferias tienen ese permiso de ser recorridas como se quiera y , quizá, por eso me gustan.  Luego de un paneo rápido por cada puestito no me detengo en ninguno. No tengo demasiado dinero encima y no hay nada que me guste. Enfilo, enseguida, para esa salida que en realidad es entrada...  y, de repente, de frente, aparece Él.  Venía caminando dispuesto a entrar por el lado correcto, mientras que yo, salía, haciendo la mía. 

En cuanto me ve, su cara se ablanda y se para a saludarme. Estamos solos, frente a frente, un año después desde la última vez que nos vimos para cuando quiero darme cuenta. Estamos solos, frente a frente, por primera vez en cinco años desde que aprendimos a vivir con lo que nos pasaba.

Me cuesta creerlo, de primera mano, pero ése es Él. Y ésta, de ahora, soy yo. Es como si jamás hubiéramos dormido en la misma cama, pero al mismo tiempo, es como si que eso hubiera pasado o no ya no importara en lo absoluto. 

- ¡Eh! - exclama - ¿Qué hacésssss, ***? - me dice, llamándome por mi apodo. 

Lo que veo, honestamente, es a un tipo viejo, desgreñando, con el que supe entenderme bien y con quien aprendí a conocerme mejor de la mano de su tiempo, sus besos, mis miedos, sus caricias, sus limitaciones y toda su falta de valor. Pero de eso pasó ya mucho tiempo y lo sé por la postura que adopta mi cuerpo cuando lo ve, y por la naturalidad increíble con la que hablamos. 

- ¿Cómo estás, ***? - lo saludo, de lejos, y me saco los auriculares para dar la cara. 

Intentamos algo muy parecido a abrazarnos. Me da un beso en la mejilla y me agarra de los hombros. Hay calidez en su gesto pero, curiosamente, no siento nada cuando me toca aunque lo correspondo, claro, porque en el fondo, no es alguien a quien no haya querido hace años. Absolutamente nada, ese vacío, ese blanco por dentro se realza ocupando todo. Permanece más allá de la sorpresa por entender que cuando me ve estando con ella se pone tan nervioso y es tan ajeno, que en realidad es un alivio encontrarnos a solas porque parece que finalmente nos estamos encontrando como debería haber sido siempre, es decir, sin la angustia y sin la tensión en el aire. Al contrario, más bien, con la paz. 

- Bien, ¿cómo estás? - me dice, mientras se separa un poco luego de ese intento de saludo afectuoso y enseguida arranca - ¿Venís de estudiar? 
- No, de laburar - le digo. 

Me mira, extrañado. 

- ¿Laburas? - dice y parece interesado en saber. 
- Sí, sí , me toca laburar los sábados también - le informo, esquivando el paquete. 

Sé lo que me está preguntando, en el fondo, pero no tengo ganas de hablar tanto. 

- ¿Dónde estás laburando? 
- En Capital, en ***** - le digo. 
- ¡Uh!  - exclama, y se agarra la cabeza, sonriéndome - ¡Te queda reee lejos! - me dice. 
- Sí, es el traste del mundo a la vuelta, pero... 

Me encojo de hombros. 

"No todos laburan cómodamente como vos" , pienso, sin un gramo de maldad, pero con honestidad. 

- Es así... - admito. 

Me mira, sonríe y sacude la cabeza. 

- Dios mío... ¿Qué tomás para ir? ¿Cómo hacés? Además, ¿vos estudiás acá, todavía, no? 

- Sí, sigo estudiando en Provincia pero también laburo en Capital - le dije y le comenté mi itinerario diario. 

- No te puedo creer, la puta madre, estás re lejos... 

Me reí. 

- ¿Y qué hacés? ¿Dónde es, dentro de Capital? 

- Es una empresa de Servicios Electrónicos, trabajo con unos aparatitos. Los ***. Es en la zona de ***. 

Me miró, sonrió, y puso cara de desconcierto. 

- Ay, dale ¿no los conoces? - me reí. 

Son conocidos, sólo que uno no les da pelota. Me causó gracia la cara que puso, porque es la misma que me pone todo el mundo cuando los menciono. 

- No - admitió, sonriéndome. 

- Son esos aparatos donde... - le dije, explicándole todo, con gestos. 

- Ah, sí, sí, ya sé... - admitió.  

- Bueno, laburo ahí. Con esas máquinas. Dentro de la empresa hay un sector de técnicos de campo, otro de servicio técnico, instalaciones de las máquinas y esas cosas... Estoy ahí, en el servicio técnico - le expliqué.

- ¿Y qué tarea hacés?
- Cuando no les anda, me llaman y me rompen las pelotas - ironicé, riéndome.

Se rió, apoyándome una mano en el hombro.

- ¡Uh, noooo!
- Imaginate el tono de conversaciones que manejamos - me reí, y le dije, con mi natural sarcasmo sin malicia.

Se rió. 

-  Y, para ir a allá, tenés un re viaje - pensó - A la vuelta, qué tomás? 

- Algún colectivo que me deje en Plaza y de ahí el tren hasta acá. 

Se agarró la cara con las dos manos, y me miró sonriendo. Le sonreí y me encogí de hombros. Fue el modo de decirle "esto es lo que hay por el momento, mi querido" siendo honesta con mi presente y mi realidad. 

- Y estudiás acá.... - recordó, o al menos, resaltó. 
- Exactamente...
- Claro - me miró, pensativo, con algo parecido al interés o a la curiosidad.

¿Serán los efectos del paso del tiempo? ¿O el darse cuenta que la chica que él conoció no tomaba un tren, sólo estudiaba, era arisca, cerrada, y a quien adaptarse a las cosas le costaba?

Pero bueno, paciencia - le sonreí.

- No, claro... - asumió, pensando todavía en el viaje - Bienvenida al mundo. 

Nos reímos. 

- ¡Más vale - exclamé - No te preocupes que nosotros nunca vivimos en Parque Norte, así que...  - sonreí - ¿Vos, todo bien? - le pregunté.

Esperaba que me dijera que sí para irme. En el fondo, no me interesaba saber más detalles porque siempre sus novedades me dolieron y, a diferencia de su curiosidad, para mí la mejor manera de seguir adelante con mi vida fue dejar las posibles buenas nuevas junto a los recuerdos. 

- Sí, todo bien... - dijo, con un gesto cansado.

Sus ojos, la matriz inconfundible de toda su verdad, me mostró el mismo reflejo de siempre. Un tipo cansado, una especie de gesto agotado, como si tuviera buen semblante en ese momento mientras hablábamos pero detrás sobrevinieran las ojeras, pequeños derrames en sus ojos y demás residuos del insomnio y el estrés. De la vida que vivió y eligió cómo vivir. De las cosas por las cuales apostó y ganó, del mismo modo de las cosas que perdió por cobarde. 

- Me alegro, entonces - le dije, atinando a continuar con mi marcha con una sonrisa mediana - Nos vemos, *** - lo despedí, llamándolo por su apodo. 

Nos saludamos con algo muy parecido a un abrazo, más relajados de lo que estuvimos en muchos años. 

- Chau, Veinte, cuidate - me despidió, ambos, con dos gestos sonrientes. 

Ambos, en un costado diferente de la vida y con una concepción diferente de la vida y sus comodidades.  Me di media vuelta y seguí caminando con una sonrisa. 

Lo sé, porque es cantado; Él trabaja en el Centro, al igual que yo. Sabe del tráfico, del agotamiento, del viaje, pero supo también que sólo se podía reír y escuchar. Todavía me acuerdo cuando íbamos a buscar juntos su auto a la cochera donde lo guarda, burgués como él solo, para volver escuchando música, comiendo golosinas y riéndonos como dos pibes. Siempre pendiente del viaje, no quería que me canse de regreso de la Facultad y me acortaba la vuelta a casa aún a costa de esperarme solo en su oficina.

Cinco años después, ya con veinticuatro y él cerca de los cuarenta y ocho, las cosas cambiaron mucho. Por suerte, hay una sonrisa después del túnel. Cada uno viaja y vuelve cotidianamente a la casa en la que vivía antes, durante, y después de conocer al otro y demás está decir que aprendió a vivir con lo que nos pasó, al punto de encontrarse por la calle y sentir que ya no se respira amor, sino, el recuerdo de un viejo amigo.

No sé qué habrá visto él, pero yo, ví a un viejo, por sobre todo, viejo amigo. 

Quizá por eso entendí que ahora, el viaje, cada uno, lo hace sólo o con las nuevas compañías que eligió.Que todo es como debió ser.Que al final, de alguna forma menos angustiosa, aprendimos a vivir con lo que nos pasaba.Y que hasta nos encontramos, cuando ya no nos pasa nada más. 



viernes, 19 de julio de 2019

Decisión

Con El Reo nos distanciamos un poco. Fue una especie de pausa que yo busqué y el continuó, más que nada, porque necesitaba no acostumbre a nada consigo. Ni siquiera, a nuestros mensajes de la mañana. Y, en especial, porque cuando me invitó a salir le dije que no - y no sólo por mi piecito maltrecho - sino porque al mismo tiempo, tenía todas las ganas de decirle que sí y no quería... comprometerme a descubrir qué me podía pasar consigo. 

Hoy, de casualidad, encontré un video del cumpleaños de su hijo menor. Hace unos días le había escrito una carta muy emotiva por las redes y yo lo saludé por privado. Me contestó con un gracias que me alcanzó para ubicarme, igual que a todo el mundo, pero recibido por mí como una especie de señal sobre sus consideraciones y, en especial, sobre su vida. Sobre cómo es su vida teniendo dos chicos chiquitos.  

En el video que ví se mostraba al cumpleañero junto a su mamá, la ex mujer de él, junto a su otra hija, abriendo todos un regalo. Había risas, comentarios, advertencias para que no se corte el chiquito, retos al estilo: "Pepito, estás recién bañado, no andes descalzo", y demás frases hechas. El Reo, cumpliendo activamente su papel, le daba indicaciones sobre cómo desenvolver el regalo que le había recubierto de papel cuatro veces, a modo de broma.  Ví en ellos una familia, además de un cuadro muy lindo sobre la felicidad de un niño abriendo un regalo que, a su papá y a su mamá, les costó mucho sacrificio.  A él, solamente, lo ví como el papá de esos chicos. Un tipo que está en una etapa de su vida demasiado distante de la mía. No me acordé que me dice que soy linda, ni de cómo me elogia otras cosas, ni mucho menos, de la edad que tiene ni de lo que hizo de su vida antes. Lo vi y, de pronto, entendí que esa parte de su identidad eclipsa para mí el resto, de algún modo.  El video termina con la mirada de sorpresa del nene, emocionado, y un abrazo a su papá. 

- ¡Nooooooo! ¡Graciassssss! - se lo escucha decir al peque, feliz de la vida con su play último modelo.  

- De nada, pa - dice él y lo abraza. 

Cerré la pestaña, tiré el celular sobre la cama, y suspiré. 


jueves, 18 de julio de 2019

Ser su tía

Hoy, reconocí a mi sobrino a la distancia.  Podría reconocerlo incluso aunque estuviera muerta en medio de una multitud. Me acerqué a él y me lo quedé mirando en su belleza y en su sorpresa. Lo besé y lo dejé seguir paseando, tranquilo como estaba, entre su mamá y su abuela, yendo en su carrito. 

Pasado un rato, se quedó mirándome con ojos fijos. Le hablé y le sonreí, diciéndole lo hermoso que estaba, cuánto lo había extrañado, explicándole que estábamos de paseo, entre otras cosas. 

- ¿Después lo puedo tener un rato así le doy un abrazo? - le pregunté a mi hermana, porque al nene lo respeto un montón y siempre le consulto lo que sea mejor para él dado su estado de ánimo, aunque me muera de ganas de apretujarlo y besarlo. 

- Obvio. Creo que quiere ir con vos ahora, igual... Te está mirando hace un rato y a mí me está haciendo fuerza, no lo noto incómodo, para mí sólo quiere ir con vos...  - me comentó. 

- ¿Vos decís? 

- Sí, me parece que sí... Probá, porque te está mirando y haciéndose el lindo... 

Me acerqué a su lado, expectante. 

- Hola, mi amor, ¿vos querés venir conmigo? ¿Querés que te de besos tu tía? - le pregunté. 

No terminé de decirle eso que, ni bien le hice el gesto para recibirlo, me tiró los brazos, sonriéndome. Mi hermana tenía razón; estaba haciendo fuerza mientras me hacía muecas porque quería venir conmigo. 

Lo recibí con el corazón en la mano. Lo abracé. Lo besé. Lo amé tanto tanto en ese momento, pese a que lo ame tanto a cada momento que... 

- ¡Ay, sí que querías venirrrrrrrr, bieeeeen! - grité, mientras se reía y yo me reía enamorada a su lado. 

Pasé diez años de mi vida esperando ser la tía de este nene que me tiró los brazos. Diez años soñando con algo así. Diez años. Por eso, no me alcanzan las palabras cada vez que él es objeto de mi discurso. 


martes, 16 de julio de 2019

Parecido no es lo mismo

Bajo a mi descanso de media mañana. Bajo con mi celular para despejarme durante los minutos de dispersión. Bajo, de camino al lugar de fichado, y saludo a los técnicos de campo mientras paso por su sector. A algunos, les doy un beso. A otro, un abrazo, porque es un amor. Bajo, y deslizo un buenos días mientras camino de regreso hacia la cocina, para esconderme, y picar algunas galletitas. Necesito tirar hasta el almuerzo, me digo, así que chequeo el celular rápido. 

- Lindo martes - decía el mensajito de El Reo. 

Sonrío, levemente. 

"Uh, mirá vos quién apareció... " me digo, y le respondo con un mensaje de voz. 

"Buenos días para vos... ¿Cómo empezaste tu mañana? ¿Te despertaste bien?" 

Vuelvo a subir, porque se me acabó el tiempo. 

Cuando bajo a comer, pasado un buen rato, veo que me respondía el mensaje y me mandaba una foto. Está haciendo las valijas para irse de vacaciones relámpago con los hijos a Uruguay y, tal como enseña a través de la imagen, hay doblaba perfectamente una cantidad austera de ropa. 

Es prácticamente toda verde y blanca, es decir, del equipo del cual es hincha-enfermo. 

Miro la imagen durante un momento antes de responderle. A nivel racional me paralizo cuando la observo. No entiendo por qué pero, a nivel interior, hay un eco, una evocación lejana de malestar. Algo me pone triste de esa imagen y no sé, pienso mientras la miro y almuerzo, lo que es.  Hasta que me cae la ficha. Y el miedo, y el rechazo, las ganas de no responderle más ni un solo mensaje, las ganas de no hablar más con él y de escaparme, se acompasan a un motivo. 

En esta misma época, hace cinco años, un tipo que también era hincha-enfermo de ese mismo club de fútbol armó una valija y me contó durante todo el día de ese acontecimiento. Viajaba a Brasil. A la vuelta, habíamos prometido un encuentro, un reencuentro, con espuma de champán para festejar y todos los besos y abrazos y mimos adeudados. 

Ese reencuentro, al menos tal como lo habíamos pensado y deseado, jamás se dió. Vino, simplemente, para irse de mi vida. 

Cuando un día cualquiera, es decir, hoy, veo una imagen parecida... bastante-bastante parecida, pero con otra connotación completamente diferente, lo entiendo... 

Sí, una vez que el miedo se va, lo entiendo, aunque quedo algo resentida luego del impacto. Puede ser, éste hecho, en un solo aspecto parecido, pero no es lo mismo.

Yo misma, sin ir más lejos, no soy en muchas cosas la chica de entonces. 
Él, por suerte, y en apariencia, es y no es en varios aspectos ése otro tipo. 

jueves, 11 de julio de 2019

La situación ideal


De pura casualidad, la otra semana encontré fotos del pasado de El Reo por redes. Fue bastante extraño porque, con motivo del cumpleaños de su hija mayor, y de una carta que le escribió públicamente, no sé muy bien por qué pensé en su pasado. O al menos, me generó un leve ápice de curiosidad pensar cómo era ese tipo hace más de diez años atrás, cuando todavía estaba esperando a su primera hija. Me pregunté si estaba al lado de su mujer, si se hizo cargo, si disfrutó de la familia, más allá de haberse separado. Y pese a que leí la carta, y morí de amor por sus palabras para su pequeña, hubo algo que me conectó con la vivencia de la familia más que con la vivencia de algo que pueda decir un tipo X. 

Cuando encontré las fotos, en las redes, de casualidad, o mejor dicho, producto de un comentario que hizo en un viejo álbum un amigo, me detuve a verlas. Me pareció irónico que, después de la pregunta, el Universo me hubiera mandado la respuesta, pero no me extrañó. Pasé unas cuentas, donde conocí el rostro de su ex-mujer, donde la ví embarazada de su primera hija, donde lo ví a él muy muy joven, donde pude hacerme la imagen de la familia que había formado más de una década antes. 

Me di ternura, por un momento, pero por otro, me dejó pensando en muchas cosas. Es como si, frente a mí, hubiera un resucitado. 

II

Con El Reo tocamos poco el tema de sus hijos. Es decir, sé que los tiene, me habló de su existencia y muchas veces me cuenta que los lleva, los trae, los lleva a fútbol, los lleva de vacaciones o salen a comer; pero no suele hablar directamente de ellos. 

Yo, por mi parte, soy muy cuidadosa con el tema. No es que los niegue, obvio, sé que los tiene, pero respeto mucho los espacios que comparten y  si estamos hablando y me dice que sigamos después porque están los nenes, yo sólo mando un "dale, disfruta con ellos, beso", muy sintético y ubicado.  

Creo que distanciarme de esa situación, por el momento, es lo más maduro que puedo hacer, básicamente, porque no tengo en claro qué quiero y qué no quiero con el papito en cuestión; pero lo que sí tengo en claro es que no hay persona que le importe más que sus hijos y eso me parece bien.  Me centraría, en caso de que tuviera más consistencia el asunto, es decir, en caso de que me decida y ponga primera,  en conocerlo a él primero y en que me conozca, sin pensar en sus hijos... Porque, si pienso en los hijos, en el grado de responsabilidad, en que el tipo es un tiro al aire y en otros detalles, seguiría en la misma postura en la que estoy ahora.  Teniendo en cuenta, además, que para mi actualidad, mi edad, el tipo de vida que llevo y las ocupaciones que tengo, no sería lo que dice "la situación ideal".  

Pero ¿qué es con él la situación ideal? De movida, éste tipo, se desajusta y repele a todos mis preceptos, a todos mis "ni loca", a todos pero todos mis "ni en pedo". Y eso, también, más que nunca, lo tengo presente. Pero, a diferencia de todo el resto de los hombres que no se han ajustado a ésto, éste tipo en particular tiene una cuota de ventaja que no sé muy bien en que se basa. 

III

- ¿Qué tenés tatuado ahí? - le pregunté. 

El centro de la imagen era otro, pero me ganó la curiosidad. Desde el momento uno se lo había visto en una foto y no me había animado a preguntárselo hasta que se dió la situación y me animé. 

Ya lo dije cien veces; El Reo tiene varios tatuajes y me entrama ir descubriéndolos uno por uno. Aunque suene extraño es la primera vez en mi vida que me interesa una persona que tiene tatuajes. No es porque sea prejuiciosa ni nada de eso, ya que yo misma tengo hechos algunos, sino que fueron así las circunstancias y, ahora, me encuentro frente a lo contrario. 

- jajaja - me respondió y pasó a explicarme. 
- Un cangrejo, por mis hijos, y un mandala, por mi mamá - me dice y me cuenta al mismo tiempo. 

Caigo en la cuenta de que todo en su cuerpo habla de los hijos y de su mamá. 

IV 

- ¿Por qué no sabés con este que me contaste, Veinte? - me preguntó mi hermana. 
- Porque no estoy segura todavía. No sé qué quiero. No es normal en mí, pero no sé lo que quiero. 
- ¿Y por qué no lo averiguás? 

Me río, socarronamente. 

- Tampoco sé - admito - Lo que me frena es que el tipo éste es un desastre. A mi criterio, es todos mis no concentrados, pero no sé, entonces, para qué prosigo. 

- ¿En qué sentido es un desastre? 

- Le gusta la joda, los amigos, el asado, el fútbol, como a cualquier tipo, pero siento que más allá de eso no tiene grandes metas. No tiene aspiraciones. 

- Quizá no tuvo oportunidades - resaltó mi hermana, sabiamente. 

- No, claro, yo también lo pensé así. Pensé eso mismo, inclusive. Pero... lo veo muy laxo para ciertas cosas, como si todo le importara sólo un poco... Sale de gira y parecería que todo se concentra en eso, por momentos... No entiendo, y te soy re honesta, qué quiere con una clase de mina como yo... ¿No ve que soy más rescatada que Caperucita? - le dije, en broma, a mi hermana. 

- Quizá, si está con vos, todo eso sea un capítulo cerrado. Tendrías que verlo. 

Mofé. 

- ¿Desde cuándo un tipo va a aminorar la gira por una pendeja? - me reí, con sorna - Ay, Dios, yo y mis prejuicios... Me siento una vieja chota - suspiré, cayendo en la cuenta. 

V

¿Cómo acumulé tantos pero tantos pero tantos prejuicios, no? 

Ni yo lo sé. 

Sólo escribo para dejármelos en claro a mi misma. 

Porque eso son, acertados o no, fundamentados o no; pre-jucios. 

Juicios de valor previos. 




martes, 9 de julio de 2019

Se tenía que decir y no se dijo

Duermo. Unos brazos me rodean hasta cansarse y me despiertan de a poco con su peso muerto sobre mi espalda. No entiendo cómo llegué ahí, a ése estar durmiendo, cómoda, abrigada, en paz, pero respiro felicidad.  

Al fin y al cabo, no sólo llegué, sino que está él a mi lado, durmiendo, desabrigado, también en paz. Lo miro y me sonríe. Parecería que lo único que alcanzo a percibir son colores aunque también entrecierro los ojos porque hay sol. Las imágenes de todos sus tatuajes, distribuidos estratégicamente por todo su cuerpo, van copiándose en mi mente. Lleva consigo los nombres de su gente, como también, llevo yo símbolos que me han marcado la vida.  Los rayos se van metiendo por entremedio de mis pestañas y me resisto a despertarme, aunque enseguida me rindo, levanto la vista y me lo encuentro, así, riéndose, para variar, aflojando sus manos, deshaciendo el abrazo de pronto. 

- ¿Podemos seguir durmiendo acá? - le pregunto. 

Se ríe y me dice que sí con un gesto. 

Vuelve a abrir sus brazos. 

Me abraza. 

Apretándome contra su pecho, me dice que sí, ahora, con su voz... Volvemos entonces a dormir, abrazados, tranquilos, en paz.  

Y yo, recién ahí, me despierto porque suena el despertador. En ese instante ya no sé, honestamente, si tengo que ir a trabajar, si se me hizo tarde o es la primera alarma. Lo único que sé es que ésta es la primera vez que sueño con El Reo, que quiero seguir durmiendo, y que no puedo pensar en muchas cosas a la misma vez.  

Contárselo es demasiado cursi, me digo y dejo pasar los días. Mejor me lo guardo. Creo que, de saberlo, se va a hacer demasiadas preguntas respecto de mis consideraciones. Las mismas que yo me niego de lleno a hacerme. 

Unos días después, me invita a tomar una cerveza. Me avisa con poco tiempo, para variar, y en medio de un reposo laboral producto del golpe. Se lo explico. Le digo que la próxima, que no hay problema, porque entre sus compromisos y los míos no estamos siendo ordenados con los tiempos en ningún sentido.  Dale, me dice, descansá y cuidate. Yo le mando un beso, y recuerdo cuando me dijo que los quería.  Me río sola.  No, no le puedo decir "soñé con vos", porque éste tipo va a estar cerca de morirse y yo ya voy a estar enterrada. Dejémonos de joder, me digo. 
En todo sentido, dejémonos de joder,  me repito. 

Los chistes a veces terminan de modos muy extraños.
Por eso yo lo he dicho, ya, a pie juntillas:  los tipos grandes ya no califican como una opción. 




sábado, 6 de julio de 2019

Perder para ganar

Siempre pienso que no tengo que decir "ay, qué laburo de mierda" en una época donde hay gente que no tiene y está desesperada por hacer cualquier cosa digna que lo ayude a comer. Y siempre, del mismo modo, pienso que éste trabajo es muy desagradable, que cada día me explotan más y como quien no quiere la cosa siempre sale una opción más para explotarme al punto de no poder creer cómo se pueden creer tus dueños por un sueldo bajito. Quizá la búsqueda para comenzar de nuevo no radica en desprestigiar el que tengo, que me ha dado sustento durante estos meses, sino que se enfoca en mi salud mental. En entender que cuidarme no está mal. En entender que realmente merezco otras cosas. En entender que no siempre todo tiene que ser complicado o difícil para que en eso se refleje el esfuerzo que pude haber hecho. En entender que no siempre las cosas tienen que ser rebuscadas para poder sentir que me las gané. En entender que darse la chance de volver a empezar es uno de los mejores gestos de amor para tener disponibles ante nosotros mismos. 

Es un lugar que ya lo he mirado desde muchos límites y desde muchos contrastes para darme cuenta que me ayudó y me ayuda a crecer como persona cada día, pero no desde lo bueno, sino, enseñándome cómo sobreponerme a lo malo. Porque, la gran mayoría de las condiciones, son desventajosas para mí estando allí y porque, desde esa misma matriz, se activó una gran gran capacidad de sostenerme aún en los momentos donde pensé que no iba a tener más fuerzas para dar. 

Es un lugar donde me acostumbré a no ser nadie para ninguna persona. Es un lugar donde me afilé en las relaciones interpersonales y, con ese mismo filo, entendí lo que son las ganas de degollar a una persona que te trata mal o se te ríe socarronamente cuando te equivocás. Es un lugar donde aprendí a salir de la frustración, a saberme más allá de eso, a tenerme paciencia, a comer vidrio y a seguir sintiéndome una persona capaz, más allá de cometer errores porque lo importante, más allá de equivocarse, muchas veces, es ponerle voluntad para aprender ; y eso, incluso con lo dura que soy a veces conmigo misma, no considero que me falte. Yo vivo, en una palabra, movida por la noción de que la voluntad te lleva a cualquier lado. Que la voluntad desploma cualquier muro.  Y quizá por eso, ese tesón que a veces se me cruza frente a las cosas, perdí muchos miedos y gané otros tantos. Perdí muchas inseguridades y gané otras tantas. Perdí muchas perspectivas limitantes y entendí lo valiosos que son los límites para otras cosas. 

Por eso, hoy en día, siento que fundé una cátedra del perder. 

En momentos como éstos en mi vida considero con total honestidad que perder me baja las revoluciones. Me anula mi signo regente en ésta búsqueda, es decir, me quita la voluntad; el goce de querer salir adelante todo el tiempo. Pero del mismo modo en que anula esa energía vital, el perder, también la exalta. Me lleva a hacerme preguntas, me lleva a salir de mi razonamiento estructurado y replantearme lo que deseo, lo que es realmente importante a largo plazo; el lugar donde quiero estar. 

Y lo cierto es que, en éste preciso momento, no sé dónde quiero estar. No sé qué quiero, en realidad, frente a todo lo que me está pasando. No sé qué sería mejor a largo plazo. No sé qué podría darse para mí y que será definitivamente imposible. No sé si terminaré trabajando en un banco, en una tienda de ropa, dando clases de Literatura o haciendo barquitos de papel con las hojas del contrato de mi actual laburo; pero lo cierto es que... finalmente, me estoy haciendo todas las preguntas del caso para determinarlo, o al menos, para entender cuál es la mejor dirección hacia la que tendría que ir. 





En estos siete meses, cambié, o en realidad, crecí mucho. Todo lo que me parecía familiar dejó de serlo. Primero fue el nacimiento de mi sobrino que vino a configurar toda la dinámica familia, que vino a cambiarme la vida y a darme una sensación de permanencia en este mundo incluso más fuerte que la generada por mis padres o por mis dos hermanas.  Después, fue todo lo que implicó e implica este trabajo. Después, la consideración sobre la Facultad y el tiempo disponible para ella. Más adelante, fue la interacción con toda clase de personas totalmente diferentes a mí, las cuales ni me imaginé que iba a conocer y con las cuales, de algún modo, iba a lograr vincularme (para bien e inclusive también para muuuy mal). 

Al punto de que, estando acá, ahora, escribiendo, la desorientación es amplia y todo lo que creía y todo lo que parecía tener el peso de una catedral, ha empezado a remojarse en un lago de dudas, de incertidumbre, vistas desde una perspectiva más grande. Más universal, si se quiere, teniendo en cuenta que a todo aún así no lo controle, ahora, le busco un para qué. 

¿Para qué pierdo en mi trabajo? Para ganar fuerza, temple, plasticidad frente a las cosas que no me gustan y que no son como quiero. ¿Para qué pierdo comodidad frente a lo adverso? Para volverme más fuerte, para ir a otro lugar preparada, para no dudar más de mí. ¿Para qué pierdo de vista la atención monotemática sobre la literatura? Para darme cuenta que siempre vuelvo a ella, y me encanta todo lo que la comprometa, pero que es una disciplina totalmente apta para alejarme de la vida. Y por estar tantos años alejada de la vida, sumida en su estudio, también entendí que no toda la felicidad era susceptible de ser hallada en los libros. Que era posible ser más feliz o estar más triste de lo que en los libros dice que se puede. Sí, porque el mundo académico es lo mío, porque estudiar me gusta, pero además, me ayuda a sentirme en mi casa, porque me encantaría saber de todo y aprender de todo, toda mi vida, porque me da placer hacerlo. 

Pero, al mismo tiempo, lo más importante que aprendí  en estos siete meses, fue a habitarme. Y ésta lección se convirtió en el verdadero motivo. En la respuesta al para qué. 

Es muy difícil de explicar. Digamos que aprendí a ser mi propia casa y a llevarme de la mano hacia donde quiera ir, dándome esa sensación de cariño y hogar de adentro hacia afuera.  Aprendí a estar más al lado mío que nunca,  y saber que mi bienestar tiene que ser independientemente de las circunstancias un puerto que me salve cuando todo se va de órbita y el entorno te daña.  E incluso ahora, donde esta casa tiene más muebles, aprendí también a convivir con la felicidad y los miedos del caso sin morirme en el intento. 

 Mi presente ahora es una casa que estoy ordenando de a poco, a veces con una esperanza inesperada, y otras veces, con un desánimo infalible. Pero siempre con voluntad. Esa voluntad que, siento, es lo único que me puede sacar de la desorientación y puede ayudarme a sobrevivir en ambientes hostiles como en los que estoy y de los que espero salir. 

Pero , además, este presente me hizo entender que cada decisión configura realmente una vida posible y modifica cosas que, a la larga, serán las que nos dejen en un determinado lugar o nos saquen a patadas de allí.  

Hoy por hoy, no tengo demasiadas certezas. 

"¿Para qué todo esto?", me suelo preguntar de modo aleatorio entre actividad y actividad. 

Para seguir aprendiendo. Para perder. Para ganar. Para aprender a habitarme. 

Todas son correctas.  

viernes, 5 de julio de 2019

Caídas tontas

Ayer cuando salí del trabajo me tomé un colectivo hasta la estación de tren. Cuando tomé el tren me bajé en la estación que me deja a un colectivo más de distancia de la Universidad. Tenía que entregar una monografía que llevaba en la mochila impresa desde el día anterior sólo porque las impresoras huelen el miedo. Y como estoy muy cansada de estar nerviosa y de tener miedo, me volví, con ciertas cosas, hiper previsora. 

Así, llegué a la Facultad, merendé, me encontré con unos conocidos, entregué el trabajo y después nos fuimos a un barcito de la zona céntrica a festejar que habíamos finalizado la cursada. Cuando estaba bajando las escaleras del bar para volver a casa a bañarme y acostarme, pensando que no iba a cenar, que me tenía que levantar temprano; no ví el último escalón de dos centímetros y me resbalé, doblándome el pie.  Honestamente, en el momento, me levanté rápido y hasta incluso me causó gracia. Sentí un dolor en el pie pero, supuse, era algo pasajero. Vivo cansada últimamente por lo que no es anormal que me duelan las piernas de viajar en el día o que me duela la espalda, un jueves a las 21.00 si salí de mi casa a las 07.00 de la mañana. A todo el mundo le pasa, me dije y no le dí importancia.   El papá de una de mis compañeras de Facultad, por suerte, me alcanzó hasta mi casa a la vuelta por lo que casi no caminé más. Llegué, me bañé y me vestí para acostarme con el dolor que persistía así que tomé un analgésico y me dormí. 

A las tres de la mañana, me levanté por el dolor y las puntadas que me habían reflejo en el gemelo izquierdo.  Ahora, casi no puedo casi apoyar bien el pie sin que me duela y para girarlo, es otro capítulo.
  
Mientras escribo estoy esperando que pase por casa el doctor que, entre nosotros, ni siquiera me lo mandan del trabajo, es decir que no es médico laboral ni nada de eso...  No, no, si son un desastre, claro... Por esa razón vos llamás, lo encargás, y lo tenés que pagar para que convalide lo que no podés demostrar de otra manera. 

Espero que no sea nada grave y que con un par de días en la cama con el pie en alza se solucione. 

Un resbalón tan tonto no será caída,  finalmente ¿no? 




martes, 2 de julio de 2019

Reflexiones de eclipse

Volver de trabajar en tren leyendo los Diarios de Franz Kafka. 

Hace un meses atrás, no tenía trabajo. Desde hacía años no tomaba trenes. Tampoco hubiera esperado elegir a Kafka, precisamente, como tema de monografía. 

Hoy caí en la cuenta de la cantidad de situaciones silenciosas que han cambiado durante estos últimos seis meses.  Desde cuestiones muy concretas hasta pequeños detalles que invitan a una consideración diferente de los acontecimientos, de la vida, de las circunstancias. 

El deseo férreo es que todo siga cambiando para mejor en los seis meses siguientes. Que todo sea una buena nueva a la vuelta de la esquina en recompensa a la lucha constante planteada en especial las veces donde hemos creído no poder levantarnos. Que todo vaya cayendo, lentamente, en su lugar. Que pueda encontrar, finalmente, el modo, el qué, el cómo, a tantas lecciones, a tanto aprendizaje.

Que sea sí.  
Que sea mejor.