Durante la tarde de ese día, lo recuerdo, pensé mucho en el asunto. Había llegado a tomar una decisión difícil : dejaría todo atrás, dejaría de darle importancia al asunto. Por primera vez, pese a que hubiera un mensaje pendiente, pese a que hubiera un encuentro latiendo, yo me dije que lo mejor era dejar todo como estaba. Y pensé: "espero ser lo suficientemente fuerte, porque las cosas son así. Ya está, a partir de ahora, me rindo ". Recuerdo que escribí un largo texto acerca de esa renuncia. Expliqué cada motivo. Cada detalle. Cada argumento. Y luego de eso, decidí ir a bañarme temprano porque al otro día tenía que ir a trabajar, pero además, entre otras cosas, para relajarme y para darme un espacio protegido donde liberar mis emociones.
Cuando salí de bañarme, y cumplí con cada paso de mi rutina, me acosté en la cama a mirar redes sociales. Ese día era libre para mí, por lo que, no tenía ganas de leer o mirar pelis. Solo quería estar ahí, así, digiriendo esa renuncia. Sin pensar. O más bien, tratando de no pensar en Javier y nuestra historia que revivía como el más inesperado de los muertos.
Mientras miraba mi celu y deslizaba una publicación tras otra en redes, un mensaje se apareció en la parte de arriba de la pantalla. "Veinte", decía, cómo si me estuvieran llamando en imperativo. "¿Cómo estás? Disculpame por no escribirte... Estuve con muchos temas".
Yo acababa de rendirme y Javier me mandaba un mensaje. Era inédito. Cuando había tomado la decisión de no rendirme, y ya comenzaba a no esperar nada más, Javier me mandaba un mensaje. Me temblaron las manos y el corazón se me desbocó en dos segundos. Parecía una broma. ¡¿Dónde estaba la cámara?! ¿Qué tan fuertes iban a ser mis argumentos?!
"¿Desde cuándo se siente en la obligación de escribirme, éste?", pensé. Le contesté el mensaje y le dije que ni se preocupara. Acto seguido, me dijo que la oferta de ayudarme con dudas o problemas de mi trabajo seguía en pie. Ambos, ahora, trabajamos en Comercio Exterior y eso, creo, mirándolo a la distancia, le sirvió de consuelo o de excusa para acercarse sin tanto miedo. Le comenté que tenía dudas sobre cuestiones puntuales y le dije que era posible resolverlas por mensaje. Comenzamos a hablar de cosas muy muy técnicas y específicas. Lo cierto es que en lo suyo es muy bueno, y me sacó cada una de las dudas, con largas argumentaciones.
Una vez que terminamos, me preguntó si necesitaba algo más y yo le dije que no, que así estaba bien. Consultó si quería que nos juntáramos a cenar, sin otros fines, para que pudiera mostrarme algunos papeles y que le contara todo sobre la nueva oficina. Le pregunte, por segunda vez, si estaba seguro de poder mantener los papeles dados los antecedentes. Me dijo que sí, que me esperaba, y que iba a ser todo amistoso.
Cuando llegué a su casa, esa noche de mayo, de otro mayo distinto al de hace ocho años atrás, noté que había abierto un vino y se había sentado en la mesa a esperarme. En cuanto dejé mis cosas me ofreció una copa de algo y lo acompañé en su empresa de saborear un cabernet de una bodega chiquita pero con vinos de puta madre.
- Bueno - me dijo - quiero que me cuentes todo de tu trabajo. ¿Con qué laburás ahora?
Acto seguido, le detallé todo lo que hacía y lo que sabía hasta entonces de mi nuevo empleo.
- Perfecto - dijo - ¿Vos serías de **** ? - me preguntó.
- Sí.
- ¿Conocés quién despacha? - quiso saber - Seguro lo conozco.
- No, por ahora, reconozco la documentación. Las O, las P, y los conceptos que es necesario contabilizar - le dije - No tuve contacto con el Despachante de Aduana que se encarga. Todavía. No sé si más adelante voy a tratar con él.
Javier me miraba de una forma tan intensa que me costaba hablar. Y a mí, mientras me explicaba, aunque estuviéramos hablando de temas profesionales, me pasaba lo mismo. No podía evitarme calcinarlo con la mirada. Y entre más lo calcinaba sin quererlo, a él más se le complicaba concentrarse. Mientras se adentraba en largas explicaciones, y de paso me contaba un poco más de si mismo, recorrí su rostro con mis ojos. Hacía tantos años que no lo miraba tan de cerca que necesité aprovecharlo. Jamás pensé, aunque lo había deseado, que se me concedería la posibilidad de tenerlo frente a mí a solas, y sin dudas, mucho menos, en un contexto para los dos tan complicado.
Una vez que terminó, asentí con la cabeza, y me preguntó muchas cosas más de mi puesto específicamente.
- ¿Me estás haciendo una entrevista y no me enteré? - le dije, en broma.
Me miró con un gesto derretido y me dijo:
- No. Hacía mucho que no hablabas tanto conmigo. Me gusta que hablemos.
- Años, sí - dije - Pasamos muucho tiempo sin hablar.
- ¿Por qué será, no? ¿Porque la señorita se enojó conmigo?
Se rió y me sirvió más vino.
- Porque vos no sabías distanciarte y se te notaba todo... - le dije , secamente.
- ¿Yo? ¿Y vooos?
- Y a mí se me complicaba, también. Entonces pensé que sin hablarnos iba a ser mejor.
- ¿Fue mejor? Para mí, no fue mejor.
- No sé. Fue lo que pude hacer. Qué se yo - suspiré - ¿De qué querés que hablar? ¿Qué querés saber?
- Todo - dijo, entre risas - ¿Por qué no estudiás más Letras? ¿Qué te pasa, por qué?
- Ay, Javier... ya te lo conté el otro día.
- Sí, pero, me quedé pensando.... ¿En serio no te gusta más? Si a vos te encanta. ¿Te gusta la otra?
- Sí.
- ¿En serio estás estudiando eso? O me lo dijiste para mentirme... ¿Me mentiste el otro día, no?
- En serio, tonto - dije - Y no te mentí en nada.
- ¿En nada? - preguntó.
- En casi nada - dije, y me concentré en comer. Le sonreí y escondí mi vista para volver a temas seguros.
Suspiró. Sonrió y se me acercó un poquito. Sólo para mirarme más de cerca. SIn tocarme. Sin interrumpir.
- ¿Te puedo decir algo?
- Sí, Javi. ¿Qué?
- Cuando me mirás así, como hiciste recién, se me complica mucho. Me encanta cuando ponés esa cara.
- ¿Qué se te complica?
- Pensar.
- ¿En que no deberías hacerme este tipo de comentarios? - le dije, sonriendo.
- No, en que no querés saber nada conmigo... - dijo.
Lo miré y le hice cara de pocos amigos.
- Jaaavi - le advertí - ¿por qué provocás?
- Vos, me provocás.
- ¿Y vos no, no? Santo, cierto, Santo.
Se carcajeó.
- Los dos.
- Bueno, suponiendo que a los dos se nos desborda la situación con el otro, está bueno solo hablar de lo que vinimos a hablar. Amistoso.
- ¿Cómo hacés, vos? ¿No te pasa nada? - me preguntó.
- Sí, obvio que sí. Por eso no tendría que haber venido. Y vine. Soy humana. Me pasan las cosas.
- ¿Te puedo contar algo?
- ¿De la Aduana?
- No, mío.
- Si, contame. ¿Que pasó?
- Estas dos semanas me acordé todo el tiempo de lo que pasó. Sentí mucha culpa. Mucha. Me sentía muy mal.
- Sí, es muy difícil todo.
- Pero además pensé mucho en vos. Estaba trabajando y me distraía, me acordaba de cómo nos besamos, de las cosas que pasaron y... te quería llamar, te juro por Dios. Y me moría de la culpa.
Lo miré, seria, y tragué saliva.
- Sí, fue una situación muy intensa. No es fácil. A nosotros nos costó, pero quizá lo podemos manejar ahora. Lo hablamos y quizá eso nos ayuda ¿no?
- No sé. Yo te quería llamar, buscarte... Cuando te fuiste así de acá, la otra vez, convencida de que no ibas a acostarte conmigo... Y había pasado todo lo que pasó. Te fuiste enojada.
- No, me fui alterada. Me fui como pude, porque me iba a ir en cuotas.
Javier se rió.
- Es difícil para mí. Yo pensé un montón en vos, todos los días lucho conmigo misma... ¿Qué te creés? Pero para mí Galeno importa mucho, lo quiero, y estoy con él - me apuré a decirle - Si... si yo no estuviera con nadie, y vos no estuvieras con nadie, todo esto sería diferente.
No pensé ese último comentario. Francamente, se me escapó. Y creo que dejó traslucir algo que hasta el momento no había advertido. Me miró, y sonrió colorado como un tomate, antes de decir:
- ¿Vos me decís que no porque estoy con alguien o porque no queres?
- Porque no se puede. Los dos estamos con alguien más. Y no importa si uno quiere o no quiere. Ya está. Se la perdió. Es tarde. No vale preguntarte eso porque, total, no se puede. ¿De qué te sirve? Es desear al pedo.
Javier se me acercó
- Me mentiste el otro día....
- ¿En qué?
- En que no querías estar conmigo... Porque sí querés... ¿no?
No le contesté a su pregunta y, a cambio, le hice otra:
- ¿Qué querías que te dijera?
- La verdad. Lo que sea. Quiero saber, yo. Te lo dije todo, sin guardarme nada, y vos te estás guardando cosas.
- Y sí, no te voy a venir a decir de todo casi diez años después, como otros - lo burlé, con sorna.
Javier se rió.
- Pero ya esta, esto. Es el momento. ¿No te das cuenta?
Se acercó a mi cuerpo, me acarició el pelo sacándomelo del rostro, y me dió un beso casto. Su contacto me desequilibró los sentidos por saber que estábamos haciendo las cosas mal.
- No - dije - por favor. Basta.
- Uno. Estás muy linda. Es un beso nada más.
- No es un beso y nada más, Javier - le dije, enojada.
- No, es cierto. Están muy buenos.
Nos reímos y me enojé mas porque nadie me hace reír cuando estoy en ese estado. "¿Cómo hace?", me pregunté.
- ¿Qué es ese juicio de valor? - le dije, exasperada.
- Besás como una hija de puta, eso. Me encantan.
Me di cuenta que yo a Javier lo besaba sin sonreír pero con una intensidad inexplicable. Con una intensidad de tormenta. De transgresión. Expresaba en eso todo lo que sentía. Todo lo guardado. Todo lo que no había podido ni decir ni hacer durante el plazo exacto de ocho años.
- Bueno, igual, basta. En serio. Hablemos de cosas serias - le insistí.
- Esto es algo serio.
- Sí, pero que no está bueno. O bien, en realidad - le aclaré.
- ¿Eso estás esperando? ¿Que yo no esté con nadie y vos no estés con nadie?
- No sé.... No estoy esperando nada en concreto pero me parece que sería lo mejor. El día donde no estés con nadie, si pasa, me venís a buscar. Y si yo no estoy con nadie, podemos hacer lo que queramos. Aunque sea algo de una noche, no joderíamos a nadie.
- Pero, seguro yo te voy a buscar y vos estás con alguien...
- ¿Qué sabés?
- No tengo tanto tiempo de vida, yo - dijo.
- No te vas a morir mañana , Javier - le indiqué.
- No sé, por eso te lo digo ahora. Hoy es el momento.
Me agarró de la mano y me sentó encima de él. Suspiré y me lo quedé mirando fijamente sin decirle nada. Javier se puso más colorado aún. Me abrazó y me apretó por detrás, dándome besos en la espalda y me dijo:
- ¿De verdad no querés estar conmigo?
- ¿No entendés el concepto de en otro momento? Cuando ninguno de los dos esté jodiendo a otros con esto, será otra cosa.
- Sí. Pero ahora también.
- No, por favor, por favor - le pedí - Quiero volver a mi silla...
- No, no vuelvas... - me susurró y se quedó apoyado en mi cuerpo.
- Si en algun momento nos separamos, y nos encontramos, no sé.. Lo vemos. Pero ahora no.
- Te voy a ir a buscar y vas a estar con otro - me dijo, mientras me acariciaba con fuerza - y no vas a querer estar conmigo.
Cerré los ojos. Tomé aire.
- No digas eso. Sería otra cosa. Pero esto, por favor, no está bien - le insistí.
- Sí que está bien. Está bien ahora, y en otro momento también te voy a ir a buscar... y va a estar bien.
- Estás loco, boludo - me quejé, y me quedé mirándolo - No sé cómo explicarte, ya.
- No me importa más nada - dijo , y me besó.
A ese beso le siguieron otros. Una tormenta comenzó a caer en nuestras vidas. Y lo que se consideró como el momento inadecuado, acabó siendo finalmente el momento. Días después, todavía pude sentir los dolores en el pelo y en el cuerpo. Había sido un episodio permitido por un colapso mental que se había reflejado en utilizar mi cuerpo como si fuera un objeto que ofrecerle. Ponerle el cuerpo a una experiencia que en otro tiempo me había negado. Poner el cuerpo y pensar: "que termine pronto" mientras sentía su cuerpo modificarse e incrementarse a mi lado. No porque me hubiera forzado, si no, porque comenzaba a entender que lejos de olvidarse, el dolor iba a a refrescarse con esa práctica. Nada más, sólo poner mi cuerpo, el cuerpo de la chica de 19 años que lo amaba y había rechazado. Ése cuerpo, solamente, con ocho años de demora.
II
Hoy a la distancia sé que mi desempeño no fue el mejor. Y no me arrepiento. Puse el cuerpo todo lo que pude, pero en realidad, apagué lo más preciado y fue el corazón. Quise que nuestro sexo fuera sintético, despojado de atenciones o ternuras, solamente, para que terminara de una vez el sistema de la duda. Y Javier creo que lo vivió como una gran descarga. Como un hito que tuvo que ver más con su propia historia de cobardía y represión, que conmigo y mi cuerpo en sí, aunque lo catalogara de hermoso, de suave, de perfecto, y de lindo. Y aunque me dijera todo el tiempo que no me contuviera, que disfrutara, que era hermosa, yo estaba en cuerpo pero no podía estar en alma consigo. Que me desvistiera, que me tocara, que elogiara mi cuerpo de múltiples maneras, que me besara o que me tocara el pelo, no significó nada para mí. Sólo saldar una cuenta. Sentirme una cosa. Quedarme con ese gusto amargo en la garganta.
Por suerte, a Javier, en estos largos meses, no se le ocurrió buscarme. Y lo cierto es que lo agradezco porque desde ése día yo no volví a ser la misma persona y no quiero acercarme a él. Creo que si tenía que pasar algo con nosotros era ésto y nada más.
Si bien esta experiencia me hizo madurar un montón, ver la vida de otra manera, también me hizo sentirme culpable y no quiero convertirme en una mala persona naturalizando errores tremendos como fue éste. Hoy sé que sigo por ese camino, es muy probable que suceda, y quiero para mi vida otras cosas, entonces, me he alejado para siempre de él.
Al día de hoy, y después de todo lo que significó para mí éste suceso, poder reconocerme cuando me miro en el espejo es mucho más importante que cualquier deuda con un ajeno. Durante muchos meses, cada vez que me miré al espejo, vi a una extraña y sigo en deuda conmigo misma.
Sé que esto me hizo cambiar para siempre, pero siendo franca, trato de poner lo mejor de mí para aprender de los errores. Cada día. Un poquito más. Una enseñanza más. Con la misma fortaleza para sostener mi decisión de no volver a saber de su persona nunca más pero con la voluntad de perdonarme. Con el enorme deseo de que mi felicidad no deje damnificados de ningún estilo. Y de merecerla. Porque si un error lo comete cualquiera, creo que puede poner cualquiera lo mejor de sí para no volver a cometerlo y ser íntegro ante si mismo.
III
Cuando Galeno, muchos meses después de esto, durmió la primera noche conmigo entendí que si hay algo que se parezca al amor romántico en esta etapa de mi vida, se lo debo. Es completamente suyo. Una vez más, sin siquiera saberlo, logró ser la persona que me sanó en sentidos que jamás podría explicarle. Me trató bien, me respetó y me hizo sentir como hacía rato no me sentía. Mi reacción, mi primera reacción, cuando me abrazó y me dió un beso en la frente, mientras con otra mano acariciaba mi rostro, fue sentirme protegida y querida después de mucho tiempo. Y muchas cosas.
Eso no se trató de ponerle el cuerpo y ofrecerlo como objeto para que lo usen y el dolor de una historia de mierda termine. Ésto se trató de Galeno abrazándome, queriéndome, y de mí, sintiéndome algo más que una cosa, mientras lo hacía.
Y fue fuertísimo.