miércoles, 31 de agosto de 2022

Recuento de miércoles

Después de haber pasado la mitad del martes con una migraña, me desperté, no tan fácilmente, a la segunda alarma. El martes me dormí muy temprano porque no podía resistir la luz, después de la oficina con el cierre mensual contable, pasar a hacerme la manicuría semipermanente, bañarme, tomarme un comprimido de un gramo de analgésico y comer alguna porquería rápida. 

El día en la oficina lo arranqué en modo avión. Metida en mi mundo. Me hice un café, se me rebalsó dentro del microondas, y largué la primera puteada. No dejé que eso me desanime. Limpié todo y retomé el café. De vuelta en el escritorio, mandé algunos correos electrónicos para pedir refacturaciones. Asimismo, analicé ventas impactadas en el sistema contable y estuve horas con AFIP cotejando algunas cuestiones.  Por la tarde, atendí algunas consultas muy breves, contabilicé otros comprobantes y facturé algunas cosas urgentes que me pidieron.  Pero, una vez más, no quise dejar que eso me desanime porque la migraña del martes fue muy muy fuerte y sé que en buena parte la generó el enganche con la mala onda de la oficina - cosa que a veces sucede - y el estrés mal regulado de la vida personal. 

Escuché bastante radio, pero esta vez, no de las que traen noticias políticas. Necesitaba descanso de eso para poder enfocarme en el cierre mensual porque Mito estaba a plena vagancia, mirando escabullida perfiles de hombres en aplicaciones de citas.  Si pensé en hombres, Galeno volvió a mi mente varias veces en la mañana pero me decidí a no escribirle.  Primero, porque ayer martes hizo poco por contactarse. Segundo, porque no tenía ganas de depositar energía en él y no tenía ganas de contactarme.  Unos minutos antes de salir de la oficina, cuando se desocupó de su puesto prestigioso pero hiper demandante, me mandó un mensaje. Hablamos durante todo el viaje hasta mi casa pese a que estaba poco comunicativa hoy, y en parte, por eso no había querido vincularme demasiado con los demás.  Al final, me terminó haciendo bien hablar con Galeno porque fue relajante poner en palabras algo genuino en todo un día fuera de casa.  Cuando le dije que no me gustaba que me conociera tan bien - un poco en chiste y otro poco en serio - porque sabía sacarme la ficha, me dijo que él me conocía pero me cuidaba.  Y eso, me dejó pensando.

Llegué a casa, me bañé, merendé y me conecté a una videollamada que tenía pautada desde antes, por lo que no pude conectarme a clases.  Eso me llevó su tiempo así que, cuando terminé, me preparé la ropa para mañana, fiché la comida que me voy a llevar, y preparé parte de la cena mientras conversaba con mi madre. 

Ya cené. Me tomé éste ratito para escribir. Y es obvio lo próximo por hacer. Llegó la hora de dormir. Agradecida por poder descansar. 

lunes, 29 de agosto de 2022

Recuento de lunes

 Me levanté a las seis y pico. Me cambié. Me alisté. Salí de mi casa. Viaje hasta el trabajo. Trabajé a partir de las ocho hasta las cinco. El día fue largo. Lunes. Con dolor de espalda. Tomé café rico. Escuché música y trabajé en silencio para ponerme al día con las cosas. Mito tenía cara de culo hoy, así que me resultó fácil que no me hablara. Yo tampoco hablé mucho.  Trabajé y trate de cuidar mi energía de todos los demás, a quienes alejo de mi. Todavía sigo media rota después de la gripe de hace unos días y el menor estrés me generó un dolor de cabeza pesado. Hablé con Galeno en la oficina, que estaba postguardia, con muy poco sueño pobrecito. Quedé en mandarle algo que me parecía lo iba a animar. Y a mi me animó saber de él en un lunes denso. 

Cuando termine por fin el horario de oficina, me tomé el colectivo. Treinta y cinco minutos después, bajé. Compré algunas cosas en la zona céntrica.  Para el pelo un baño de crema porque lo tengo largo y una funda neutra de almohada para reemplazar la que tengo. Ayer limpie profundamente y note que en blancas había que reemplazar las actuales. 

Me fui hasta mi casa en otro colectivo. Llegué a casa. Lave trastes. Lave mis recipientes donde me llevo de comer a la oficina. Me prepare la ropa para mañana. Conversé poco y nada con mi papá porque tenía horario para todo.   Me bañé y trate de relajarme lo que más pude. Me hice una merienda especial para mimarme. La tomé. Hablé un poco más con mi papá de temas actuales. 

 Mientras merendaba, le mandé a Galeno lo que le había prometido para que se sienta consentido.  Hablamos bastante para ponernos al día, pero en si, para "encariñarnos"

Me conecte a mi clase de Contabilidad. La escuché . Tomé pocas notas porque es muy práctica y preste atención. Ejercicio largo de cómo elaborar asientos contables. Clasificación de cuentas. Plan de cuentas. Manual de cuentas. Confección de asientos. Variaciones patrimoniales.  Todos esos temas en pocas horas. O muchas. Depende. 

Recibí fotos de mi sobrino. Le dije que lo amaba y que estaba lindo. Seguí en clases. 

Cuando me desconecté, cené con mi papá. Me prepare la vianda. Lo saludé, deje todo más o menos ordenado, y me acosté recién hace veinte minutos. 

Estos, son los minutos que en días así de XL valoro mucho.  Me duele la cintura pero es normal al final del día. Voy a hacerme un bollito y a dormir. Ha sido un lunes largo. Aunque valoro este recorrido. De eso no me olvidó jamás. 

Más de doce horas después de cuando empezó mi día, y con la certeza de haber dado todo lo mejor con lo que tengo a la mano, me iré a dormir. 

Que quien esté del otro lado tenga un generoso descanso :)


domingo, 28 de agosto de 2022

Esa noche, en perspectiva

Durante la tarde de ese día, lo recuerdo, pensé mucho en el asunto. Había llegado a tomar una decisión difícil : dejaría todo atrás, dejaría de darle importancia al asunto.  Por primera vez, pese a que hubiera un mensaje pendiente, pese a que hubiera un encuentro latiendo, yo me dije que lo mejor era dejar todo como estaba. Y pensé: "espero ser lo suficientemente fuerte, porque las cosas son así. Ya está, a partir de ahora, me rindo ".  Recuerdo que escribí un largo texto acerca de esa renuncia. Expliqué cada motivo. Cada detalle. Cada argumento. Y luego de eso, decidí ir a bañarme temprano porque al otro día tenía que ir a trabajar, pero además, entre otras cosas, para relajarme y para darme un espacio protegido donde liberar mis emociones. 

Cuando salí de bañarme, y cumplí con cada paso de mi rutina, me acosté en la cama a mirar redes sociales. Ese día era libre para mí, por lo que, no tenía ganas de leer o mirar pelis. Solo quería estar ahí, así, digiriendo esa renuncia. Sin pensar. O más bien, tratando de no pensar en Javier y nuestra historia que revivía como el más inesperado de los muertos. 

Mientras miraba mi celu y deslizaba una publicación tras otra en redes, un mensaje se apareció en la parte de arriba de la pantalla. "Veinte", decía, cómo si me estuvieran llamando en imperativo. "¿Cómo estás? Disculpame por no escribirte... Estuve con muchos temas". 

Yo acababa de rendirme y Javier me mandaba un mensaje. Era inédito. Cuando había tomado la decisión de no rendirme, y ya comenzaba a no esperar nada más, Javier me mandaba un mensaje.  Me temblaron las manos y el corazón se me desbocó en dos segundos. Parecía una broma. ¡¿Dónde estaba la cámara?! ¿Qué tan fuertes iban a ser mis argumentos?! 

"¿Desde cuándo se siente en la obligación de escribirme, éste?", pensé. Le contesté el mensaje y le dije que ni se preocupara. Acto seguido, me dijo que la oferta de ayudarme con dudas o problemas de mi trabajo seguía en pie. Ambos, ahora, trabajamos en Comercio Exterior y eso, creo, mirándolo a la distancia, le sirvió de consuelo o de excusa para acercarse sin tanto miedo.  Le comenté que tenía dudas sobre cuestiones puntuales y le dije que era posible resolverlas por mensaje.  Comenzamos a hablar de cosas muy muy técnicas y específicas. Lo cierto es que en lo suyo es muy bueno, y me sacó cada una de las dudas, con largas argumentaciones. 

Una vez que terminamos, me preguntó si necesitaba algo más y yo le dije que no, que así estaba bien. Consultó si quería que nos juntáramos a cenar, sin otros fines, para que pudiera mostrarme algunos papeles y que le contara todo sobre la nueva oficina.  Le pregunte, por segunda vez, si estaba seguro de poder mantener los papeles dados los antecedentes. Me dijo que sí, que me esperaba, y que iba a ser todo amistoso. 

Cuando llegué a su casa, esa noche de mayo, de otro mayo distinto al de hace ocho años atrás, noté que había abierto un vino y se había sentado en la mesa a esperarme. En cuanto dejé mis cosas me ofreció una copa de algo y lo acompañé en su empresa de saborear un cabernet de una bodega chiquita pero con vinos de puta madre. 

- Bueno - me dijo - quiero que me cuentes todo de tu trabajo. ¿Con qué laburás ahora? 

Acto seguido, le detallé todo lo que hacía y lo que sabía hasta entonces de mi nuevo empleo. 

- Perfecto - dijo - ¿Vos serías de **** ? - me preguntó. 

- Sí. 

- ¿Conocés quién despacha? - quiso saber - Seguro lo conozco. 

- No, por ahora, reconozco la documentación. Las O, las P, y los conceptos que es necesario contabilizar - le dije - No tuve contacto con el Despachante de Aduana que se encarga. Todavía. No sé si más adelante voy a tratar con él. 

Javier me miraba de una forma tan intensa que me costaba hablar. Y a mí, mientras me explicaba, aunque estuviéramos hablando de temas profesionales, me pasaba lo mismo. No podía evitarme calcinarlo con la mirada. Y entre más lo calcinaba sin quererlo, a él más se le complicaba concentrarse.   Mientras se adentraba en largas explicaciones, y de paso me contaba un poco más de si mismo, recorrí su rostro con mis ojos. Hacía tantos años que no lo miraba tan de cerca que necesité aprovecharlo. Jamás pensé, aunque lo había deseado, que se me concedería la posibilidad de tenerlo frente a mí a solas, y sin dudas, mucho menos, en un contexto para los dos tan complicado. 

Una vez que terminó, asentí con la cabeza, y me preguntó muchas cosas más de mi puesto específicamente. 

- ¿Me estás haciendo una entrevista y no me enteré? - le dije, en broma. 

Me miró con un gesto derretido y me dijo: 

- No. Hacía mucho que no hablabas tanto conmigo. Me gusta que hablemos. 

- Años, sí - dije - Pasamos muucho tiempo sin hablar. 

- ¿Por qué será, no? ¿Porque la señorita se enojó conmigo? 

Se rió y me sirvió más vino. 

- Porque vos no sabías distanciarte y se te notaba todo...  - le dije , secamente. 

- ¿Yo? ¿Y vooos? 

- Y a mí se me complicaba, también. Entonces pensé que sin hablarnos iba a ser mejor. 

-  ¿Fue mejor? Para mí, no fue mejor. 

- No sé. Fue lo que pude hacer. Qué se yo - suspiré - ¿De qué querés que hablar? ¿Qué querés saber? 

- Todo - dijo, entre risas - ¿Por qué no estudiás más Letras? ¿Qué te pasa, por qué? 

- Ay, Javier... ya te lo conté el otro día. 

- Sí, pero, me quedé pensando.... ¿En serio no te gusta más? Si a vos te encanta. ¿Te gusta la otra? 

- Sí. 

- ¿En serio estás estudiando eso? O me lo dijiste para mentirme... ¿Me mentiste el otro día, no? 

- En serio, tonto - dije - Y no te mentí en nada. 

- ¿En nada?  - preguntó. 

- En casi nada - dije, y me concentré en comer. Le sonreí y escondí mi vista para volver a temas seguros. 

Suspiró. Sonrió y se me acercó un poquito. Sólo para mirarme más de cerca. SIn tocarme. Sin interrumpir. 

- ¿Te puedo decir algo? 

- Sí, Javi. ¿Qué? 

- Cuando me mirás así, como hiciste recién, se me complica mucho. Me encanta cuando ponés esa cara. 

- ¿Qué se te complica? 

- Pensar. 

- ¿En que no deberías hacerme este tipo de comentarios? - le dije, sonriendo. 

- No, en que no querés saber nada conmigo... - dijo. 

Lo miré y le hice cara de pocos amigos. 

- Jaaavi - le advertí - ¿por qué provocás? 

- Vos, me provocás. 

- ¿Y vos no, no? Santo, cierto, Santo. 

Se carcajeó. 

- Los dos. 

- Bueno, suponiendo que a los dos se nos desborda la situación con el otro, está bueno solo hablar de lo que vinimos a hablar.  Amistoso. 

- ¿Cómo hacés, vos? ¿No te pasa nada? - me preguntó. 

- Sí, obvio que sí. Por eso no tendría que haber venido. Y vine. Soy humana. Me pasan las cosas. 

- ¿Te puedo contar algo? 

- ¿De la Aduana? 

- No, mío. 

- Si, contame. ¿Que pasó? 

- Estas dos semanas me acordé todo el tiempo de lo que pasó. Sentí mucha culpa. Mucha. Me sentía muy mal. 

- Sí, es muy difícil todo. 

- Pero además pensé mucho en vos. Estaba trabajando y me distraía, me acordaba de cómo nos besamos, de las cosas que pasaron y... te quería llamar, te juro por Dios. Y me moría de la culpa. 

Lo miré, seria, y tragué saliva. 

- Sí, fue una situación muy intensa. No es fácil. A nosotros nos costó, pero quizá lo podemos manejar ahora. Lo hablamos y quizá eso nos ayuda ¿no? 

- No sé. Yo te quería llamar, buscarte... Cuando te fuiste así de acá, la otra vez, convencida de que no ibas a acostarte conmigo... Y había pasado todo lo que pasó. Te fuiste enojada. 

- No, me fui alterada. Me fui como pude, porque me iba a ir en cuotas. 

Javier se rió. 

- Es difícil para mí. Yo pensé un montón en vos, todos los días lucho conmigo misma... ¿Qué te creés? Pero para mí Galeno importa mucho, lo quiero, y estoy con él - me apuré a decirle -   Si... si yo no estuviera con nadie, y vos no estuvieras con nadie, todo esto sería diferente.

No pensé ese último comentario. Francamente, se me escapó. Y creo que dejó traslucir algo que hasta el momento no había advertido.   Me miró, y sonrió colorado como un tomate, antes de decir: 

-  ¿Vos me decís que no porque estoy con alguien o porque no queres? 

- Porque no se puede. Los dos estamos con alguien más. Y no importa si uno quiere o no quiere. Ya está. Se la perdió. Es tarde. No vale preguntarte eso porque, total, no se puede. ¿De qué te sirve? Es desear al pedo. 

Javier se me acercó 

- Me mentiste el otro día.... 

- ¿En qué? 

- En que no querías estar conmigo... Porque sí querés... ¿no? 

No le contesté a su pregunta y, a cambio, le hice otra: 

- ¿Qué querías que te dijera? 

- La verdad. Lo que sea. Quiero saber, yo. Te lo dije todo, sin guardarme nada, y vos te estás guardando cosas. 

- Y sí, no te voy a venir a decir de todo casi diez años después, como otros - lo burlé, con sorna. 

Javier se rió. 

- Pero ya esta, esto. Es el momento. ¿No te das cuenta? 

Se acercó a mi cuerpo, me acarició el pelo sacándomelo del rostro, y me dió un beso casto. Su contacto me desequilibró los sentidos por saber que estábamos haciendo las cosas mal. 

- No - dije  - por favor. Basta.  

- Uno. Estás muy linda. Es un beso nada más. 

- No es un beso y nada más, Javier - le dije, enojada. 

- No, es cierto. Están muy buenos. 

Nos reímos y me enojé mas porque nadie me hace reír cuando estoy en ese estado. "¿Cómo hace?", me pregunté. 

- ¿Qué es ese juicio de valor? - le dije, exasperada. 

- Besás como una hija de puta, eso. Me encantan. 

Me di cuenta que yo a Javier lo besaba sin sonreír pero con una intensidad inexplicable. Con una intensidad de tormenta. De transgresión. Expresaba en eso todo lo que sentía. Todo lo guardado. Todo lo que no había podido ni decir ni hacer durante el plazo exacto de ocho años. 

- Bueno, igual, basta. En serio. Hablemos de cosas serias - le insistí. 

- Esto es algo serio. 

- Sí, pero que no está bueno.  O bien, en realidad - le aclaré. 

- ¿Eso estás esperando? ¿Que yo no esté con nadie y vos no estés con nadie? 

- No sé.... No estoy esperando nada en concreto pero me parece que sería lo mejor. El día donde no estés con nadie, si pasa, me venís a buscar. Y si yo no estoy con nadie, podemos hacer lo que queramos. Aunque sea algo de una noche, no joderíamos a nadie. 

- Pero, seguro yo te voy a buscar y vos estás con alguien... 

- ¿Qué sabés? 

- No tengo tanto tiempo de vida, yo - dijo. 

- No te vas a morir mañana , Javier - le indiqué. 

- No sé, por eso te lo digo ahora. Hoy es el momento. 

Me agarró de la mano y me sentó encima de él. Suspiré y me lo quedé mirando fijamente sin decirle nada. Javier se puso más colorado aún. Me abrazó y me apretó por detrás, dándome besos en la espalda y me dijo: 

- ¿De verdad no querés estar conmigo?  

- ¿No entendés el concepto de en otro momento? Cuando ninguno de los dos esté jodiendo a otros con esto, será otra cosa. 

- Sí. Pero ahora también. 

- No, por favor, por favor -  le pedí - Quiero volver a mi silla... 

- No, no vuelvas... - me susurró y se quedó apoyado en mi cuerpo. 

- Si en algun momento nos separamos, y nos encontramos, no sé.. Lo vemos. Pero ahora no. 

- Te voy a ir a buscar y vas a estar con otro - me dijo, mientras me acariciaba con fuerza - y no vas a querer estar conmigo. 

Cerré los ojos. Tomé aire. 

- No digas eso. Sería otra cosa. Pero esto, por favor, no está bien  - le insistí. 

- Sí que está bien. Está bien ahora, y en otro momento también te voy a ir a buscar... y va a estar bien. 

- Estás loco, boludo - me quejé, y me quedé mirándolo - No sé cómo explicarte, ya. 

- No me importa más nada - dijo , y me besó. 

A ese beso le siguieron otros. Una tormenta comenzó a caer en nuestras vidas. Y lo que se consideró como el momento inadecuado, acabó siendo finalmente el momento. Días después, todavía pude sentir los dolores en el pelo y en el cuerpo. Había sido un episodio permitido por un colapso mental que se había reflejado en utilizar mi cuerpo como si fuera un objeto que ofrecerle. Ponerle el cuerpo a una experiencia que en otro tiempo me había negado. Poner el cuerpo y pensar: "que termine pronto" mientras sentía su cuerpo modificarse e incrementarse a mi lado. No porque me hubiera forzado, si no, porque comenzaba a entender que lejos de olvidarse, el dolor iba a a refrescarse con esa práctica.  Nada más, sólo poner mi cuerpo, el cuerpo de la chica de 19 años que lo amaba y había rechazado. Ése cuerpo, solamente, con ocho años de demora. 

II 


Hoy a la distancia sé que mi desempeño no fue el mejor. Y no me arrepiento. Puse el cuerpo todo lo que pude, pero en realidad, apagué lo más preciado y fue el corazón. Quise que nuestro sexo fuera sintético, despojado de atenciones o ternuras, solamente, para que terminara de una vez el sistema de la duda. Y Javier creo que lo vivió como una gran descarga. Como un hito que tuvo que ver más con su propia historia de cobardía y represión, que conmigo  y mi cuerpo en sí, aunque lo catalogara de hermoso, de suave, de perfecto, y de lindo.  Y aunque me dijera todo el tiempo que no me contuviera, que disfrutara, que era hermosa, yo estaba en cuerpo pero no podía estar en alma consigo.  Que me desvistiera, que me tocara, que elogiara mi cuerpo de múltiples maneras, que me besara o que me tocara el pelo, no significó nada para mí. Sólo saldar una cuenta. Sentirme una cosa. Quedarme con ese gusto amargo en la garganta. 

 Por suerte, a Javier, en estos largos meses, no se le ocurrió buscarme. Y lo cierto es que lo agradezco porque desde ése día yo no volví a ser la misma persona y no quiero acercarme a él. Creo que si tenía que pasar algo con nosotros era ésto y nada más.  

Si bien esta experiencia me hizo madurar un montón, ver la vida de otra manera,  también me hizo sentirme culpable y no quiero convertirme en una mala persona naturalizando errores tremendos como fue éste.  Hoy sé que sigo por ese camino, es muy probable que suceda, y quiero para mi vida otras cosas, entonces, me he alejado para siempre de él. 

Al día de hoy, y después de todo lo que significó para mí éste suceso, poder reconocerme cuando me miro en el espejo es mucho más importante que cualquier deuda con un ajeno.  Durante muchos meses, cada vez que me miré al espejo, vi a una extraña y sigo en deuda conmigo misma. 

Sé que esto me hizo cambiar para siempre, pero siendo franca, trato de poner lo mejor de mí para aprender de los errores. Cada día. Un poquito más. Una enseñanza más. Con la misma fortaleza para sostener mi decisión de no volver a saber de su persona nunca más pero con la voluntad de perdonarme. Con el enorme deseo de que mi felicidad no deje damnificados de ningún estilo. Y de merecerla. Porque si un error lo comete cualquiera, creo que puede poner cualquiera lo mejor de sí para no volver a cometerlo y ser íntegro ante si mismo.  

III

Cuando Galeno, muchos meses después de esto, durmió la primera noche conmigo entendí que si hay algo que se parezca al amor romántico en esta etapa de mi vida, se lo debo. Es completamente suyo. Una vez más, sin siquiera saberlo, logró ser la persona que me sanó en sentidos que jamás podría explicarle. Me trató bien, me respetó y me hizo sentir como hacía rato no me sentía.  Mi reacción, mi primera reacción, cuando me abrazó y me dió un beso en la frente, mientras con otra mano acariciaba mi rostro, fue sentirme protegida y querida después de mucho tiempo. Y muchas cosas. 

Eso no se trató de ponerle el cuerpo y ofrecerlo como objeto para que lo usen y el dolor de una historia de mierda termine. Ésto se trató de Galeno abrazándome, queriéndome, y de mí, sintiéndome algo más que una cosa, mientras lo hacía. 

Y fue fuertísimo. 



viernes, 26 de agosto de 2022

Endorfinas

Galeno, siempre que dormimos juntos, me calienta los piecitos. Se acerca, con cuidado, y me los calienta con los suyos porque los míos están todo el tiempo helados. Para dormir, además, me abraza siempre y eso hace que nuestros pies queden cerquita.  Es sin dudas una de las pocas personas que me toca, acaricia y se aproxima con sus pies, y a mí no me impresiona ni genera rechazo.  Creo que esto es una de las tantas cosas que me dicen, indicialmente y físicamente, que con Galeno estoy segura. Que mi cuerpo y mi historia se sienten seguros también.  Sin miedos. 

La última vez que nos vimos, una noche, luego de ducharme no me di cuenta y me deje puestos los soquetes con motivo de leopardo rosita. Pero no fue por rechazo a que se acercara, sino,  porque cuando camino mucho y me duelen mucho los pies, dejarme las medias me alivia. Es como si mantuviera mis pies contenidos y sintiera con eso menor dolor.   Él sabía, porque me puse unas botas coquetas para ir a cenar, que me dolían un poco bastante los piecitos. 

Así que, cuando se acercó para hacerme saber que quería estar conmigo, y hacerme mimos para dormir, yo correspondí a su cercanía y me pegué a su cuerpo, con medias y todo, de una forma cariñosa.  Ahí fue cuando el hizo algo que me mato: en cuanto se dió cuenta que sincronizamos, se reincorporó, me destapó, me quito parte de la ropa que me pongo para que me la saque cuando nos vamos a dormir... y me quito las medias. 

- ¿Hasta las medias me vas a sacar? - musité, en un tono chistoso. 

Sonreímos. Me reí. 

- Si, todo esto se va... - musitó - ¿Te duelen los piecitos todavía? 

- Si. 

- Ya no te van a doler más - me prometió. 

- ¿Ah si? 

- Voy a hacer que ese cuerpito libere endorfinas y se te va a pasar - me prometió. 

Y cumplió a la perfección. Enseguida se concentró en apropiarse de mi cuerpo y yo me dejé encantada por su delicadeza, su pericia, la forma en que conoce todo lo que me gusta... Y lo generoso que es para que disfrute.  Algo que le agradezco desde el primer día porque me enseñó a no tener vergüenza por ser suave, tierna o entregada en el sexo. Al contrario, es siempre algo que valoró y algo que disfruta. Por suerte. 

Y por suerte también que, una vez desparramados por la cama, exhaustos luego de un round muy intenso, me preguntó: 

- ¿Te duelen los piecitos? 

- Siento todo el cuerpo como si estuviera flotando - musité - es muy lindo eso. 

Sonrió. 

Abracé a Galeno. 

- No me duelen más los pies. Me hiciste olvidar que tengo pies, cuerpo, soy toda una sensación de placer...  - musité. 

Nuestras risas sonaron a la vez.  Me dió un golpecito breve en la cola y me acarició con cariño.  

- Yo también - añadió. 

Y puso la mejor cara, la carita que más me gusta, aquella expresión de placer y felicidad mansa que me puede. 

jueves, 25 de agosto de 2022

Bajando cambios

Hoy es un día atípico. Para ser exacta en éste momento tendría que estar en la oficina trabajando como cualquier jueves. Después de eso, tendría que viajar a la facultad para cursar hasta las diez de la noche Contabilidad.  ¿Qué pasó?  Todos estos planes quedaron aplazados, porque me agarré el resfriado del año. 

Ayer no fui a la oficina. A la tarde parecía estar mejor, así que me bañé, me preparé las cosas y me quedé sin ir a mis clases de Derecho Civil de la noche en la facultad porque no quería tomar frío ni acostarme tarde.  Lo cierto es que hoy me levanté peor que ayer, así que le escribí nuevamente al Gerente y le avisé por audio que no iba a ir.  Casi no puedo hablar de la congestión por lo que, sospecho, se me está desarrollando el resfriado que inicialmente temí que fuera Coronavirus. 

Mis días por suerte tienen mucha actividad ahora. Todo eso conlleva un gran esfuerzo y un gasto de energía que, siento, no es muy compatible con no resfriarse... Pero es parte de un proceso que estoy llevando.  Estudiar y trabajar todo el día , como lo hago ahora, es algo realmente sacrificado. Más de lo que para mi era antes hacerlo.  Sin embargo, dejar de hacerlo, no está en discusión.  

Trato de organizarme porque el tiempo libre escasea.  En la semana aprovecho el tiempo al máximo dado que el objetivo es poder desconectarme los fines de semana.  Entre el trabajo y las clases semanalmente me quedan seis horas libres. Las invierto en leer, preparar trabajos, y acomodar pendientes ya sea revisando el Classroom de la materia o dándome una idea de cantidad de material.  Más adelante, ya sé que de esas horas semanales, al menos cuatro, las dedicaré a practicar Contabilidad.  Pero, por ahora, a dos semanas de haber comenzado, el despliegue no fue total. 

Son solo dos días libres de universidad que me quedan en la semana. Uno de ellos, tengo terapia. El otro, lo dejé para cualquier eventualidad que pudiera aparecer y para, si no aparece nada, poder descansar o hacer las cosas más tranquilamente.

   De todos modos, estoy en duda en seguir cursando Derecho. Es una materia que la puedo hacer en verano y eso me reduciría la carga semanal que se me hace tan intensa.  Las clases a mí la verdad es que me aburren un poco. Mandan esos trabajos aúlicos que apuntan a que los estudiantes desarrollen constancia en la lectura, pero para mí es un gasto de dinero, tiempo y recursos que siento, podría resolver de otra manera.   Es decir, en verano, haciendo la materia intensiva como he hecho otras... De todos modos, es algo que tengo que evaluar y todavía tengo unos días para hacerlo. 

  Además y dato no menor, cuando salgo de la oficina, y antes de  cursar la materia, tengo una actividad personal virtual que es muy importante y desearía poder hacerla tranquila en casa porque  siento que la facultad no me dá suficiente privacidad. Y creo que ocuparme de como estoy por dentro, es tan tan tan importante, como trabajar por el futuro que quiero ver manifestado afuera en algunos años. 

Veremos. 

Por lo pronto, sigo haciendo reposo. 

miércoles, 24 de agosto de 2022

Resolana

Ese día nos levantamos, bajamos a desayunar rápidamente, y enseguida volvimos a la habitación. Galeno me miró, cerró las cortinas lo suficiente, aunque no del todo. Lo siguiente fue dedicar todo el tiempo del mundo a estar juntos, disfrutarnos y acariciarnos. 

- Entra el solcito - apreció. 

Noté que el solcito daba sobre el colchón. Un invitado tibio y muy bonito. Galeno puso sus manos donde el sol atravesaba mi cuerpo y me reí despacio antes de rodar para su lado, abrazarlo, ponerme mimosa otra vez. 

- Me alegra mucho ver a mis manos de nuevo ¿sabés? 

Galeno se rió. 

- Las traje para que te diviertas con ellas - me dijo. 

Lo miré, enterré mi cara en su cuello, y me reí. 

- Amo que las traigas - le dije, saliendo del escondite. 

Galeno sonrió y me acarició la espalda desnuda. Me dió un beso en la frente y me abrazó mejor. 

El solcito que entraba por la ventana pronto llegó a nuestros cuerpos unidos. Noté que aunque hayan pasado años y cosas desde que nos conocimos, con la única persona que sonrío cuando me besa, es con Galeno. 

- Me estás chapando para que reparta, qué lindo - musité. 

Cerré los ojos, inspiré hondo y me reí por lo bajo. 

Se rió y volvió a besarme. 

- ¿Te gusta? 

- Sí, mucho, mucho - le contesté. 

Un instante después, Galeno siguió besándome. Pero yo ya estaba sobre él, agarrándolo del pelo, devolviéndole el gesto con intensidad. A medida que iba deslizando sus manos por mi cuerpo, notó que estaba con ganas de una sesión de sexo/amor/vinculo afectivo o lo que sea que hacemos. 

Se frenó, me acostó y acomodó según su necesidad, me abrió un poquito las piernas para que comprendiera lo que deseaba hacerme, y me preguntó:

-  ¿Puedo? 

Sonreímos. Lo miré de costado, enternecida y me mordí los labios sin pensarlo.  

- Claro que sí, podés - musité. 

Y eso fue lo último que le dije antes de que me hiciera ver estrellitas aunque todavía pudiera sentir la luz del sol que continuaba entrando por la ventana. 

domingo, 21 de agosto de 2022

El precio de las preguntas

Empezar terapia con esta nueva profesional fue un acierto. Noto que semana a semana van saliendo cosas para trabajar del último tiempo.  Por momentos, me cansa un poco eso. Anhelo que vengan temporadas de paz física, mental, de orden y de estabilidad. Pero también creo que sí no revuelvo, cambio, ordeno y emprolijo, no habrá manera de encontrar progresivamente solución a las cosas. 

Miro ahora todo el proceso que tengo por delante. Me debato entre conformarme o buscar algo que sea mejor en más de un aspecto de mi vida. Pienso en el trabajo, en la universidad, en las cuentas a pagar, pero principalmente pienso en mi, en cómo me siento. 

Mi nueva psico me dijo que estaba a la puerta de procesos intensos. Que veía muy bien el hecho de que se me hubieran empezado a mover fibras internas. Yo le dije que lo sentía incómodo, que me costaba salir de la angustia que a veces me generaba sentirme mal... Pero que esperaba poder hacer algo mejor. Que fuera distinto a decir "me siento mal" y punto. 

Cabe decir que en el último viaje con Galeno, si bien fue un lindo tiempo, también fue un tiempo donde me sentí enormemente vulnerable. Y me desarmé. Desarmé la coraza con la que había enfrentado la vida estos últimos meses. Especialmente, desde abril. 

En lo que va de éste año, si puedo decir que aprendí algo, eso es a caer en cuentas de la realidad. De que la realidad es, a fin de cuentas, una magnitud de posibilidades. Que nada tiene de ideal. Que la mayoría de las veces se opone a lo que pensábamos. Pero que, a la vez , es capaz de fabricar sus propias sorpresas y victorias. 

La realidad de cometer errores, de no ser perfecto, de que las cosas te cuesten, de reconocer los propios vicios. Eso es lo que vengo aprendiendo y viviendo de diferentes maneras hace más de un año y medio. Que no todo es virtud y prolijidad.  Que la vida no es lo que parece. Y que convertirse únicamente en un adulto funcional al sistema, sin tener contacto con tus pasiones, puede ser terriblemente angustiante y aburrido. 

Lo único que sé, por el momento, es que tengo que ir a buscar respuestas a un montón de preguntas y no se por qué tema empezar. Seguramente, el análisis terapéutico, me sirva para esto... Para ir acomodando. Para darle un poco de orden a algunas cosas de mi vida. 

Si miro para atrás, la última vez que me sentí en orden en mi vida, fue en marzo de 2021. Ya ha pasado más de un año y siento que me sigo acomodando, que todavía no encuentro un lugar laboral, académico y/o personal, donde me sienta plena del todo. Y también creo que me seguiré acomodando hasta formar un orden nuevo. Porque está incomodad tiene que ser servir para algo. Y para quejarse no es opción. Para algo bueno. Si, sería lindo que sirviera para algo bueno. 

Habrá que asumir las consecuencias de hacerse preguntas. El resto, es vivir dormido. Y eso es imposible porque siempre habrá un viaje que nos despierte.  





jueves, 18 de agosto de 2022

No hay espacio para el amor

 Mientras espero para entrar a cursar Contabilidad, desde el bar de la facultad de Economía, pienso en la situación vivida hoy con Galeno y en el rumbo que tomara nuestra relación. 

En nuestro último encuentro del fin de semana, noté que Galeno tiene profesionalmente una responsabilidad muy grande. A eso, se le suma su labor en uno de los hospitales de su provincia.  

Si bien como dicen el refrán "si quieres estar con un hombre (o mujer) exitoso/a, tendrás que aguantar a una persona ocupada", en la práctica, es bastante duro. 

Yo tengo también muchas responsabilidades hoy en día. Trabajo en una oficina jornada completa. Curso tres veces por semana en la facultad hasta las 22.00 (llegando a casa re tarde) y me levanto todos los días muy temprano. A las siete de la mañana ya estoy en la calle, de camino a agarrar un colectivo hasta la oficina.  Aunque ahora no viajo tanto porque trabajo a media hora de casa y estudio a quince minutos , trabajo y curso más.  

Con Galeno los días para hablar cada vez se hacen menos. Quizá yo le escribo y siento que estoy molestando. Quizá le escribo y me deja en visto porque se durmió, está con su hija o en una reunión con gente importante. Y... No es algo lindo sentir que la persona que tenés al lado se convirtió en alguien tan solicitado que no tiene ni tiempo y que eñ tiempo que sí tiene, lo dedica además a otra cosa. 

Le comuniqué hoy que a raíz de estás cosas que estábamos pasando, es decir, la enorme sobrecarga de tareas, trabajos, estudio, y las responsabilidades que tenemos, estaba buena la idea de repensar la comunicación. 

Le expliqué además que hablarle y sentir que lo molestaba, me generaba inseguridades que yo no quería incrementar. Que preferia que me escribiera él si le daban ganas de hablar y así poder liberarme de la sensación de que estoy en una relación que se me escapa. Con una persona a la que parecería tengo que pedirle un lugar. 

Yo a partir de ahora, seré libre. Haré lo que quiera con el tiempo que me sobre. Seguro esto consista en estudiar, dormir y salir a algún lado, meditar, hacer terapia, anotarme en un curso de guión para televisión y disfrutar de todo el mundo de cosas que no sean nosotros. Haber podido decirle que esto me generaba inseguridades no es poca cosa. Al contrario, es un logro para mí. Solo que lo sepa. Que sepa que se lo estoy avisando. Que sepa que no quiero desaparecer para que esa inseguridad se vaya. Que haré todo mi esfuerzo. Pero que si él no pone algo más de su lado, salpicada por sensaciones dispares, no me quedará más remedio que retirarme. Él ya sabe que no lo quiero invadir, que lo quiero acompañar... pero si desaparezco, es porque nadie quiere ser acompañado. Y lo demuestra con silencio y con prioridades diferentes. Cosa que no está mal, siempre y cuando, uno no esté suponiendo cosas o perdiendo tiempo en el medio. 

Estar con una persona que en tantos sentidos logro más que vos, además, te hace pensar cuánto tiempo tardará en notar que necesita al lado una mujer más exitosa. Mejor.  Obviamente, una mujer que todavía (y quizá en veinte años lo sea, es por lo que trabajo hoy), no soy yo. 

Yo no tengo un trabajo importante. Tampoco lo quiero por ahora. Yo casi soy profesional de una rama que no es prestigiosa. Yo estoy estudiando una carrera para dedicar el aspecto profesional a otra cosa, porque me lo piden para los cargos que sí quiero ocupar. Yo quiero hacer talleres de escritura y guión. Quiero saber liquidar impuestos. Quiero tantas cosas... Pero para todo eso, necesito invertir bien el tiempo que tengo. 

Hasta ahora, en mis pocos tiempos libres, incluso a veces desde la oficina, le escribía siempre a Galeno. Pero me cansé un poco de todo eso. De ese dar incondicionalmente para recibir algo distinto a lo que siento que merezco.  De entender todo. 

Estoy orgullosa de Galeno. Es un hombre brillante. Eso no lo dudo. Cuando estamos juntos, nos potenciamos en todos los sentidos.  Pero cuando estamos separados, yo siento que en cualquier momento se va a dar cuenta que estoy demasiado lejos para seguir el contacto.  

Veremos en qué termina todo. Si sirvió o no de algo abrir la boca. Él - dijo- que hablaría conmigo en cuanto estuviéramos tranquilos, es decir, fuera de todo el trabajo, la oficina, la facultad y todo el resto. 

Creo que quizá para 2024, tengo un espacio en su agenda y le puedo hacer un espacio en la mía y ... 


martes, 16 de agosto de 2022

Sensibilidad

Galeno me dió un beso profundo y largo. De esos que me logran dejar sin aliento pese a que no sea la primera vez que lo hace.  Aquel estimulo tan simple pero intenso desembocó en un encuentro esperado durante meses. Y para mí, implicó además volver a abrirme y a mostrarme vulnerable. 

Cuando quise darme cuenta, y en un momento donde el contacto no tenía que ver con el sexo, Galeno me dijo: 

- Estos mimos no tienen fines sexuales

Lo mire, sonreí y le dije: 

- Me di cuenta, sí. Son mimos. 

- Claro. Te dije que te iba a tocar y a mimar -me recordó. 

- Y me encanta - le contesté. 

Me abrazó tiernamente hasta tenerme a su costado. Me dió un beso en la frente y mientras yo escuchaba el bombeo de su corazón, me acarició la cara durante largos minutos. 

Sin nada de ropa, y sin nada de distancia, mire a Galeno de costado. Abrazada a su cuerpo como una garrapata.  Su barba morocha con reflejos plateados estaba toda para mí. Sonreí y me acurruqué en el hueco de su cuello. Pase una mano por encima de su pecho y le acaricié las clavículas. 

Después de todo esto, no se por que me sorprende sentir que este viaje me dejó vulnerable en mil sentidos.  Creo que me sentí cuidada. Segura. Cómo si nada malo fuera a pasar. 

Hacía mucho tiempo que no me permitía ser vulnerable. Ser yo. Y este viaje, lo sacó todo. Lo logró todo en ese aspecto. 

lunes, 15 de agosto de 2022

La mañana siguiente...

 - Buendi - me dijo Galeno. 

Después de haberse quedado dormido. Y después de que yo me hubiese quedado dándome manija y sintiéndome insuficiente buena parte de la noche. 

Me acarició suavemente y me atrajo hacia su cuerpo.  Me dió besos en los hombros y me aflojé.

- Buen día - le dije, dejando el celular en la mesa de luz , ya que acababa de consultar la hora. 

- Uh, me quedé dormido pero mal... - dijo- ¿Vos te dormiste? 

- Si, pero más tarde... 

- Uh - dijo - ¿Te aburriste? 

- Mas o menos. Me quedé escribiendo y me agarró sueño - le dije. 

- Estaba cansadísimo... - agrego como disculpándose. 

- No pasa nada - musité. 

Galeno me acarició de una manera más intensa. Sentí placer y paz. Me abrazo por detrás y me rodeó por completo entre sus brazos. Me dió besos por el cuello.  Y no dudo un solo instante en hacerme el amor de una manera intensa. 

Un rato después, me animé a decirle: 

- Galeno, ayer te había preparado una sorpresa. Que vos querías ¿te acordás? 

- ¿En seriooo? 

- Si. 

- ¡No! Me dormí como un pelotudo... Y vos esperándome y yo roncando... - dijo. 

- Y... Sí. Pero bueno, estabas cansado. Noté como recuperaste ¿sabes? 

Abrazada a su cuerpo, cansados por el ritmo adquirido, le acaricié la barba. 

- Seguramente vos te preguntaste qué hacías acá. Toda preparada para el tipo y el tipo roncando - se rió. 

- Creo que no elegí el mejor momento del día. Nos relajamos mucho anoche con el baño y te dormiste... 

- Soy un señor mayor, cosas de señor mayor- musitó. 

Se carcajeo. Yo también me reí. Le acaricié la barba una vez más. 

- ¿Y que hiciste con la sorpresa? - preguntó. 

- Me la saqué y  guardé. 

- Nooo - dijo, lamentando eso - Ella se sacó todo porque el viejo se durmió. Guardó **** y dijo qué es esto, por favor, qué estoy haciendo acá con este viejo - añadió, con un tono de broma. 

- Si,  guardé todo - le dije, y logré reírme para superar la frustración y el exabrupto.  Me dió la sensación que el humor fue el camino para superar el bajonazo de la expectativa incumplida. Del haberse quedado con gusto a poco. Con las ganas. Con la sensación de que faltó tiempo. 

Lo abracé por un momento más. Suspiré. Y me tranquilizó su cercanía. Volví a conectarme consigo y dejé de conectarme con mis inseguridades. Supe que tenía que aprovechar ese rato, aunque no me alcanzara para que pudiéramos vivir la sorpresa. Que peor hubiera sido no habernos conocido nunca. Que lo peor hubiera sido no vivir nada de esto por miedo. Que el día de mañana me voy a acordar de esta historia por todo lo que sí fue. Y que eso debe alcanzar. 

Me dije que lo vivido juntos, fuera poco o mucho para las expectativas que intentan sacarle la lengua a la rutina feroz, era valioso por suceder. Por tener una infinidad de razones para no suceder, y sin embargo, haber sucedido este fin de semana. Porque la vida me hubiera guardado este regalo después de tiempos difíciles. 

Mientras escribo esto, Galeno seguramente debe estar por abordar su avión. Regresará a su casa. A continuar con su rutina, obligaciones y responsabilidades. Igual que yo.  Pero hay que decir que algo hemos ganado con este encuentro y es combatir un poquito a la muerte, la rutina, sus espejos de repeticiones infinitas y la alienación cotidiana.  Hacía rato que no me divertía así, más allá de lo ocurrido la noche anterior. Hacía rato que no me reía frente a frente con confianza y cariño de algo que solo comparto consigo. Hacía rato que no lo miraba de lejos, pero tan cerca, para guardar su gesto en mi memoria.  Y eso, es disfrutar Consigo lo aprendí, sin ir más lejos. Aprendí a disfrutar. Y cuando nos reencontramos, siento que sigo aprendiendo. 

Después de noches accidentadas como las de ayer, está bueno que exista la mañana siguiente. Y otra. Y otra. Y otra. Quizá, alguna de ellas, logra que nos volvamos a reunir en algún punto del mapa. O quizá no. No sé. Pero... ésto lo disfrutamos. Y es lindo. 

Yo mientras tanto, pase lo que pase, trataré de trabajar más en mi autoestima. Porque lo cierto es que por ahora mi proceso terapéutico indica que muchos de mis malestares cotidianos se centran en la falta de seguridad. En la falta de autoestima. En la falta de amor e incondicionalidad hacia mi. En sentir que cualquier mina podría haberlo hecho mejor que yo. Pero... ¿y si la gracia está en otro lado? 

Quizá lo bueno sea pensar qué puedo ir haciendo a partir de ahora para que lo cotidiano no sea la oficina con su manto, el cansancio, el dinero y la apatía de los otros. Trabajar en mi me parece adecuado. 

domingo, 14 de agosto de 2022

Fallido

 Escribo esto mientras Galeno duerme a mi lado. Sí. Le preparé una sorpresa traviesa y se me quedó dormido, pienso, decepcionada y doy vueltas en la cama mientras no puedo dormir.  ¿Estaré condenada a la soledad tambien en este sentido?  A veces pienso que estás son las consecuencias de salir con gente que no está en la misma etapa de la vida, que saber entender cosas cuando mi cuerpo me pide otras se trata un poco de eso, del mirar al otro más allá del placer y ponerlo en un contexto que además contenta comprensión y afecto. 

Mientras escucho su respiración cansada a mi derecha, congestionado por el cambio de clima entre su provincia y Buenos Aires, me replanteo seriamente si continuar tiene algún sentido. 

No es un mal tipo pero... ¿Qué razones tengo para seguir?  Hay trabas internas que no me dejan avanzar en campos que quiero vivir consigo y no sé cómo resolverlas. Y también hay algunas actitudes suyas que me molestan un poco. Pero al final del día, cuando nos vamos a dormir a la misma vez, y me abraza dándole besos a mi frente se hace difícil tomar una decisión. Él tiene una forma de demostrar su cariño que al principio me alcanzaba pero que ya no se si sea así. Es un cariño que se ve en formas de un hombre de 53 años. Y yo, aunque sea muy diferente a las mujeres de mi generación en algunas cosas, comparto con el promedio de mi edad algunas necesidades.  Quiero al lado mío una persona que esté hasta las manos. Que además de sexo o anécdotas divertidas, sea capaz de hacer cosas en serio por mí. 

Y no digo que Galeno sea un mal tipo con esto. Pero es una persona que en su capacidad de dar, lo dió casi todo. Está en una instancia de su vida donde busca disfrutar y donde el disfrute hoy puede tener mi rostro pero mañana tendrá seguramente el de otro con mejor cuerpo o mejor rendimiento sexual. 

Y del otro lado estoy yo, que (sonara pelotudo pero lo digo) soy mucho más real cuando estoy consigo. Aparece una versión feliz de mi que desearía poder sacar a relucir todos los días. Una versión íntima y vulnerable que no quisiera solo poder mostrar cada un par de meses.  Todo esto se traduce en una palabra: más. 

Y no hay más.  Esto siempre ha sido así y está ocurriendo lo que me temía: me replanteo la diferencia de edad, la distancia, y el tiempo que llevo en una relación que no puede darme nada más que momentos de enorme felicidad pero otros (cómo este) de sensaciones feas. 

Miro a las mujeres caminar a nuestro alrededor. Galeno las observa a todas. Me molesta eso pero no se lo digo porque el observa perros, gatos, culos ajenos y monumentos. Me hace sentir insegura y no se lo digo porque eso no es culpa suya. Eso es culpa mía y de mi baja autoestima. Yo también miro hombres, porque es algo que sucede, pero cuando lo veo hacerlo, francamente me enoja tanto que tomo mi celular y lo ignoro.

Esa situación tan sutil sin embargo no deja de hacer sentir menos que las otras mujeres bajo los ojos de Galeno. Cómo si todas pudieran acceder a él y yo me tuviera que correr. Cómo si todas fueran más lindas, mejores en la cama, más despiertas o más flacas de lo que yo estoy en este momento. 

Como si yo fuera un accesorio. 

II

Sigue durmiendo. Es súper temprano y yo todavía no tengo sueño. No se qué hacer con tanto tiempo y sin ninguna de mis cosas. Trato de pensar en algo que me levante el ánimo pero estoy decepcionada y se me caen algunas lagrimas. Me siento una tarada por estar llorando sola en la oscuridad, con el roncando al lado, pero no puedo evitarlo. 

Me quito todo lo que le había preparado como sorpresa. Siento que se aburre conmigo y que el ole olímpico que me como es una demostración de eso.  Una mezcla de enojo, de comprensión y de resignación me domina. No le puedo decir nada porque ¿qué se le dice a alguien que se durmió porque está cansado, porque camino todo el día, porque te hizo el amor en la mañana y después del desayuno y porque caminaron una tonelada y porque tiene más de 50 años y es re contra normal que no tenga la energía mental, física y sexual que yo tengo a los 27 años. 

Otro viaje que se va. Yo sigo con pendientes consigo que nunca puedo resolver. Frustrada. 

 Busco este rincón y dejo un poco de angustia acá. Quizá, más liviana, y mientras trato de llorar sin hacer ruido, encuentre las respuestas que ando buscando. O el sueño. Y me saque la sensación de sentirme una pelotuda por hacerle sorpresas a alguien que ni siquiera está despierto para verlas. Pero además, por estar en una relación con comillas hace tanto tiempo y no saber ni siquiera qué pasará mañana. 

Definitivamente, quiero para mí otras cosas. No sé cómo son. Pero me doy cuenta que las quiero. 

martes, 9 de agosto de 2022

Estar sola

 Nunca estuve tan sola como en este momento de mi vida. Es raro, pero, parece que lo hubiera buscado siempre para encontrar mi verdadero yo y recién ahora se hubiese dado la oportunidad. 

Ya no tengo amigos. Deje de darme con mis amigos de toda la vida por cuestiones diferentes. Pero ya no tengo amigos. 

Tampoco hablo demasiado con mis hermanas. Solo de mis sobrinos y por algún favor puntual. Con el tiempo, empezaron a juzgar mi vida y yo dejé de contarles la realidad de mis vivencias, pero pese a eso soy una tía presente y soporto actitudes de terror por tener una relación sana y fuerte con mis sobrino ... Y puedo decir que el es el único ser humano que amo hoy por hoy con una fuerza descomunal. Mis hermanas hace más de un año ya que me ven pero no tienen ni idea de cómo es mi vida personal en realidad. Ya no me importa que sean familia. Nuestro vínculo es distinto. 

Con mis padres las cosas están normales. Ellos saben que me quiero mudar en cuanto pueda y que si no lo hago es porque por el momento con mi sueldo no alcanza para todo. Por eso, colaboro en lo que puedo y hago mi vida. 

Así, esto da como resultado que paso mucho tiempo sola. Y lo cierto es que cada día me gusta más estar sola. Es como si lo necesitara demasiado y fuera para mí un alivio. 

En la oficina, tengo un perfil muy discreto. El ambiente me obliga a ser más cuidadosa que nunca. Soy la callada que está con AFIP y a quien se le piden las facturas. Y soy la que "trabaja demasiado".  La realidad es que me escondo en mi trabajo para ignorar el grado de ignorancia, mal gusto y falta de educación que tienen los varones de ese lugar. Por eso trabajo mucho. Porque todo me gusta más que tratar con ellos. Y porque no les voy a dar el gusto de que menosprecien mi actividad por ser mujer. Todas las mujeres para ellos son tontas. Y yo, me estoy volviendo cada día más contestaría y combativa con sus idioteces. Además, en la oficina ya se aproximo un empleado externo que me rinde cobranzas semanalmente. Obviamente lo pare en seco. Pero por estos motivos, tengo muy poca profundidad en la relación con mis compañeros. 

 En la facultad de Economía recién comienzo. Tengo un solo amigo que en el verano se me declaró. Hablamos y quedamos amigos, pero no es una amistad donde me sienta cómoda del todo. Temo dar señales erróneas y me alejo. Aunque el sabe que yo salgo con Galeno, me da miedo que se confunda. 

Y así se fue componiendo este año. Con bastante soledad pero bien recibida. Eso es lo peligroso. Me siento muy en paz estando sola. Cada vez menos me interesa la otra gente. 

Sin embargo, Galeno sería aunque s distancia un poco la excepción a esta soledad que me transformó en tantos sentidos.  Y eso también hay que decirlo. A veces es la única persona con la que puedo ser "de verdad" en todo un día. Increíble. 

Pero estar sola me encanta. Creo que me encanta demasiado. 

¿Será que no tendré ganas de relacionarme s partir de ahora? 

sábado, 6 de agosto de 2022

Dejar no es abandonar

 Tardé una cantidad de meses descomunal en tomar esta decisión. Le dí vueltas por todos lados y, más de una vez, pedí a la vida, a Dios, o al Universo, que me enviara señales de lo que fuera o no conveniente. Y las señales, una por una, fueron llegando. 

Decidí entonces, y por tiempo indeterminado, dejar de cursar mi Licenciatura en Letras. Confieso que lo escribo y se me estruja el corazón, pero que me repito de informa inagotable que dejar de cursar no es abandonar.  ¿Por qué llegué a este punto de inflexión de dejar algo en lo que llevo invirtiendo tiempo y dinero durante los últimos siete años de mi vida en forma sostenida? ¿Por qué cambiar la ruta así, de un manotazo? 

Porque no encontraba trabajo de lo que estudié durante esos siete años. Porque con lo que encontraba, lamentablemente, no me alcanza para tener un sueldo fijo a fin de mes, y eso es un limitante muy grande en mi caso, y con mi edad, porque constituye la única entrada segura todos los meses a fines de mes en mi hogar.  Porque si bien podía dedicarme a la corrección de textos, o a clases particulares, este ritmo de vida no era aplicable con un trabajo jornada completa y una cursada presencial de mis últimas materias en la Universidad.  Letras, donde yo la estudiaba, es una carrera muy compleja (y hermosa), que no tiene buena apertura horaria en su recta final. Está pensada para docentes en ejercicio y no para oficinistas como yo, que trabajan nueve horas por día. 

Asimismo, y esto también constituyo uno de los motivos de mayor peso, es que no me convencía la idea de ser docente de secundaria y ya. Y esto es una crisis que compartimos con muchos de mis compañeros, donde nos hemos quemado las pestañas estudiando una barbaridad por años - de verdad, lo que he leído en estos años no tiene nombre - para obtener como resultado un título que nos habilita a muy pocas cosas. Entre ellas, y con mas rápida salida laboral, está la docencia. Ahora, la pregunta que surge entre los estudiantes muy avanzados como yo, a partir de ésto es: ¿si hubiese querido solo dar clases, no hubiera sido mejor hacer la carrera en un profesorado, donde dura menos tiempo y la inserción en la docencia es aún mejor, por su gran base pedagógica (en la que la facultad, al ser un título de grado, no se apoya tanto)? 

Todas estas cuestiones, sumada a una muy particular, me llevaron a pausar mi carrera.  Y la cuestión más particular de todas es que encontré algo que no me apasiona estudiar, pero en lo que sí me gusta trabajar. Y eso es en la rama de la administración y las ciencias económicas, donde ya he trabajado durante años y donde actualmente me sigo desarrollando. Primero como empleada administrativa, más adelante como auxiliar contable y auditor externo, y ahora, como Responsable de Administración. 

 ¿Cuál es el asunto en todo esto, la paradoja? Para ganar mejor sueldo, para trabajar en mejores lugares, para acceder a otro tipo de oportunidades profesionales en la rama en la que sí me gusta trabajar, tengo que estudiar.  Y es por eso que empecé a estudiar. Otra cosa. Algo que no es Letras, que no me enloquece de pasión como si fuera el primer amor, pero que me parece muy interesante, muy útil, muy disfrutable en otros sentidos que nada tienen que ver con el arte, la escritura, la literatura y el lenguaje. 

¿Qué decir? Amo la Literatura. Toda mi vida la amé. Pero también en el camino descubrí que no me veo viviendo de ella. Que veo la vida que llevan mis compañeros como docentes y no es la vida que yo deseo para mí.  Que me veo trabajando en una oficina, a diario, entre reportes e informes de cuentas corrientes deudoras, y me siento orgullosa por entender, por estar aprendiendo tanto y por sacar adelante esas cuestiones, y que ese trabajo sí me gusta.  ¿Si esa es la vida que quiero para mí? Inesperadamente, parece ser una vida que se complementa perfectamente con mi lado más racional, estructurado, analítico y pensante. Donde la literatura ha pasado de ser lo que yo estudiaba para ser realmente el refugio que siempre fue en mi vida. Con lo que yo me aislaba cuando la vida se me rompía o no entendía el mundo real. Y de lo que creí que iría a poder vivir, pese a que siempre tuve dudas de qué hacer con ella, de qué más hacer con ella de lo que ya me daba. Y frente a lo que sentí que no me daba las posibilidades que yo esperaba. 

Hay una parte mía donde guardo el amor el arte, la sensibilidad frente la literatura y la escritura y puedo decir que eso no lo he abandonado. Y creo, no lo haré jamás. Pero a medida que fueron pasando estos años, y a través de la experiencia de vida laboral, me encontré con cosas que también me gustaron.  Y la rama de la administración, dentro de las Ciencias Económicas, fue algo que me interesó mucho a medida que fui introduciéndome en el trabajo. 

Ahora, porque me lo piden para ocupar los espacios que quiero ocupar, me debo estudiar Ciencias Económicas. ¿Y lo más paradójico? Me gusta. Me interesa. Aprendo y me fascina encontrarle la vuelta a cosas que siempre me parecieron chino, pero además, me da satisfacción cuando veo la gran cantidad de posibilidades y de opciones que ese tipo de carreras brindan.

 ¡¿Quién lo hubiera dicho?! 

Hace diez años atrás, pensaba que Letras era todo lo que quería hacer en la vida. Ahora, la vida llama otras puertas y las abro. No obstante eso, en algún momento, quisiera terminar de cursar Letras. Quizá, cuando el apremio profesional no sea tan grande, y cuando ya esté posicionada un poco mejor en lo laboral. Cuando lo que hoy me exigen para ocupar mejores posiciones, ya esté logrado. 

Me digo que dejar no es abandonar, porque la literatura está conmigo, incluso, mientras escribo esto.  Pero me digo que también empezar al revés, como yo he empezado en Ciencias Económicas, puede ser uno de los descubrimientos más zarpados e insólitos de la vida. 

De hecho, lo es. 

Ahora, estudio para ser Contadora Pública, trabajo en una oficina, entiendo qué es un activo y la chica que leía para evadirse de una realidad que le resultaba incomprensible, sale a la luz los fines de semana, al sol, donde hunde su cabeza y sus ojos en todo tipo de literatura. 

Necesito esa dualidad. Soy esta dualidad. Curiosamente. 

miércoles, 3 de agosto de 2022

Nada más

Algún día pasado de 2022

Unos instantes después de que todo terminó nos quedamos mirándonos en silencio. 

- Perdón si hice algo que no te gustó o si fui demasiado brusco - me dijo, producto del desconocimiento. 

Lo cierto es que todo entre nosotros había sido raro, incluido el sexo, porque somos dos personas que se repelieron durante mucho tiempo y que se atrajeron en un contexto contaminado por otros sentimientos.  No se trató de un encuentro puro o idealizado si no que fue otra variante de las tormentas verbales, emocionales y mentales que se gestaron hasta hoy para nosotros. 

No le contesté nada. Me di vuelta y me hice más pequeña sobre mi propio cuerpo. Necesitaba silencio. Lejanía. Distancia. Ni siquiera afecto, porque no eran suyos los brazos donde me gustaba relajarme después de hacer el amor. Necesitaba silencio porque estaba cerrando una etapa de mi vida de la manera en que jamás lo hubiera imaginado. Una manera en que no me hacía sentir orgullosa. Que me dejaba confundida. Que representaba a la chica de 19 años y no a la mujer de 27 quien ya estaba muy enganchada con otra persona. Mucho más de lo que había admitido jamás. A quien esperaba siempre con una fidelidad totalmente sencilla. Hasta ese momento. Hasta ese maldito momento. 

- Perdón - me repitió Javier. 

Me di vuelta, sin siquiera mirarlo, y le acaricié el brazo y una parte baja de la pierna como una manera de tranquilizarlo. 

- Tranquilo - le dije, tratando de ser cuidadosa -   Estoy entera ¿si? - musité. 

Seguí dándole la espalda. Javier se levantó y fue al baño, al tiempo que yo cerré los ojos, agradecida por su ausencia, y me tapé parte del cuerpo con lo que encontré a mano. Miré hacia el marco de la puerta hasta que lo ví aparecer y le ví la expresión de su rostro. No estaba triste, tampoco estaba rozagante, sino, más bien, que tenía un racimo de sentimientos encontrados impreso en el rostro. 

Me di cuenta por la forma en que empezó a caminar por la habitación que el no quería compartir nada más. 

- Buah - dijo, cuando me vió y se sonrió apenas. 

Me miró, acostada en su cama, después de diez años de espera, y se puso aún más raro.  Me tapé del todo y me lo quedé mirando, pero enseguida corrí la vista.  Pensé en Galeno. Una oleada de enojo conmigo misma me absorbió por completo. "Sos una tarada", me dije y cerré los ojos. 

-  Nos costó diez años vernos de esta forma -le comenté, abriéndolos - y ahora resulta que somos igual a todos. 

Javier sonrió y se acercó, aunque dejando un espacio necesario entre nosotros. El espacio del no afecto. Como debía ser. 

- Nunca pensé que fuera a pasar, en serio te digo - me dijo. 

- Ya sé.  Ahora ya te sacaste la duda de cómo soy - musité. 

- Sí, ahora ya nos sacamos la duda - dijo. 

- Yo tampoco pensé que iba a pasar - le dije - con los años, me fui olvidando de esa chance. 

- Para mí, quedaba todo así - insistió - pero bueno... 

- Pasó - dije, y sonó como "pasó, la puta madre, cómo pasó". 

- Sí, pasó - avaló. 

Lo miré seria. Desorientada. Tan perdida en esa oscuridad. Tan necesitada de volver a casa en tantos sentidos. 

- ¿Deuda saldada? - me preguntó. 

- Deuda saldada - le dije, como si hubiera cerrado un contrato comercial. 

 Me levanté de su cama de un salto y empecé a buscar mi ropa. Javier comenzó a juntar la suya. La dejó a un costado y eligió cambiarse de ropa por completo. 

- Me falta ropa - le dije, y me lo quedé mirando. 

- ¿Qué? 

- Si, que me falta ropa. ¿Dónde la tiraste? 

- No se. A ver - dijo, y empezó a buscar. 

Había una prenda que no aparecía. Y el había estado limpiando hacía un instante. 

- ¿Cómo puede ser que no esté? - dije - Tiene que estar. No me puedo ir sin eso. 

- Tranquila. Ahora la vamos a encontrar. Vestite, tranquila. 

Lo mire. Me vestí y seguí buscando la prenda faltante. 

- Javi, fíjate de nuevo dónde guardaste tu ropa. 

- No está ahí. No creo... 

- Por las dudas. Quizá fue algo que hiciste por error. 

- Busquemos, a ver... 

Continuamos buscando mi ropa perdida. Le insistí nuevamente a Javier que buscara sobre su ropa guardada. 

Abrió el placard dónde había guardado todas sus cosas.  Entre ellas, estaba mi ropa. 

- La guardaste en el apuro... - dije. 

Nos miramos con una especie de desconcierto y desconfianza mutua. 

Sin dudas, si hubiera soñado algo parecido a un encuentro con Javier de éste estilo, jamás imaginé que hubiera en mí tanta frialdad para abordar los puntos del acuerdo. Como si con esa frialdad quisiera reservar todo lo genuino, lo dulce, lo tierno y lo vulnerable para la única persona con la que realmente me sentía y me siento capaz de compartirlo. Y como si con eso le diera cuenta de que para mí no hubo en medio de las actividades que acabábamos de compartir ninguna confusión. 

II

 Miro los días a través de las agujas del tiempo que corre. Pienso que no me hubiera gustado llegar a esta situación tan oscura para saldar una deuda. Pero me hago cargo de que no pude encontrar en ocho años la manera de no querer tenerlo frente a frente y que si no encontré la manera la otra salida a ese asunto era ésta. 

. Al menos, una vez, al menos, por todo lo que a partir del 31 de mayo de 2014 nos había quedado pendiente. Había fantaseado con la idea de un reencuentro casual, muchos años después por la razón que la vida quisiera. Había fantaseado durante años con que llegara el día donde me dijera todo lo que yo sospechaba que estaba pendiente.  Pero en mis fantasías, como suele suceder, no pensaba que los dos tendríamos pareja.  En mi fantasía, todos éramos libres y las consecuencias de nuestra toxicidad no las pagaba nadie. 

Lo que inicialmente fue una fantasía, con el tiempo, se convirtió en algo sepultado. Esa noche del 31 de mayo del 2014, la primera vez que nos dimos un beso y nos hicimos algunas caricias, parecía no reservar ninguna otra cosa.  Sin embargo, tuve que esperar hasta otro mayo, sí, la misma época del año, pero muchos años después, para al menos saber que la oscuridad por más intensa que sea no siempre se soluciona metiéndose adentro y haciéndole frente.  A veces, hoy lo entiendo, la lucha consiste es dejarla transcurrir lejos de nuestro rostro.  Porque las fantasías son de lo más peligrosas cuando se acercan a la realidad y nos arrojamos a ellas como a un océano sin medida. 

Lo de Javier y yo fue un momento, un ratito, que simbolizó demasiadas cosas pero que no tuvo que ver al cien por ciento con el placer. Hubo culpa, miedo, y dolor. Éste, el que ejecutamos, no fue un engaño pelotudo, algo naturalizado en la actualidad, una cuestión de mediciones. Ni una infidelidad por una crisis. Ni algo gestado porque él se enojó con su novia o yo me enojé con Galeno. No, no se trató de validarse ni de sentirnos más vivos y más inteligentes que todos.  Acabamos sintiéndonos dos mierdas porque ni él ni yo somos malas personas y sufrimos inclusive por sentir lo que sentíamos, por no poder manejarlo, por no querer vivir así, comiéndose toda la vida algo que atraía tanto y por saber que la única manera de no comérselo más era... hacer algo que está totalmente fuera de línea.   Esto no fue por diversión. No fue por aburrimiento. No fue por soledad.  Esto fue saldar una deuda dolorosa de una manera dolorosa para darle fin a una relación muy dolorosa. No fue una infidelidad vulgar y corriente, de dos personas idiotas que no valoran lo que tienen. Esto fue una salida desesperada. Un intento más de sepultar toda esta mierda. 

¿Cómo puede ser ésto un intento desesperado? Pues haciendo por única vez algo que los dos deseamos muchísimo durante casi diez años. Desoyendo por única vez las voces del qué dirán, de la moral, del bien y del mal. Esas voces que nos habían castigado, condicionado o importunado tantas veces por tanto tiempo. Eso es en realidad lo que hicimos.  El sexo fue solamente un medio. Una manera de hacer. Pero no significó nada en si mismo, ni se constituyó como una instancia de intimidad, más bien, funcionó como una descarga a las privaciones de tanto tiempo, fue haber podido dejar por primera vez en todo este tiempo el mundo aparte.  También fue, al menos para mí, la posibilidad de cerrar una historia que estuvo mucho tiempo escupiendo sangre.  Y seguramente para el fue el medio para sacarse las ganas de mi, un trámite nada más, una calentura que perduró demasiado tiempo, algo que nunca tendrá en claro. 

 ¿Si podría haber elegido otra cosa? Si. Siempre se puede elegir otra cosa. Pero está vez, la verdad, no pude elegir dejar mi deseo de lado como durante casi diez años porque hacerlo me dolía tanto y quedarme con la duda me parecía insoportable.  Toda mi vida traté de no ser una persona egoísta y esto, francamente, me parece lo más egoísta que hice. ¿Cómo perdonármelo? 

Años atrás, todas las noches pensaba qué hubiera pasado si con Javier las cosas hubieran sido distintas... y me sentía presa de esa pregunta, torturada sin poder hacer nada. Tanta impotencia. Tantas dudas.  Esa era una pregunta que en el pasado, sin estar con nadie, yo me había hecho mil veces y que en algún lado de mi cuerpo se hallaba sepultada hasta el día de hoy, al haberme convencido de que no le encontraría jamás la respuesta.  Pero la respuesta apareció junto a la oportunidad y eso me trastocó el último tiempo de mi vida. 

III

¿Cuánto sufrí por no poder responder esa pregunta, por el pendiente, por la sensación de haberme perdido de algo que necesitaba vivir para no quedar con el corazón cojo? No me estoy justificando en lo absoluto. Podría haberme quedado con la duda y seguir sufriendo. Pero para mí, haber hecho lo que hice, fue una manera de tratar de borrar el odio, el dolor y la frustración que me había producido lo trunco de nuestra historia con Javier. No fue algo que hice consigo para lastimar a nadie, sino, para calmar mi propio dolor.   Sea o no sea justo, sea o no sea correcto, sea o no sea digno de una buena persona, tenía que intentar que el dolor por lo pendiente se acabe porque ya no podía cargar con el, y menos, cuando la vida me estaba dando una oportunidad histórica de cerrar el círculo. 

Después de haber intentando tantas técnicas en todos estos años, con dolor a cuestas, comprendí que la única manera era, honestamente, aniquilar las cosas desde el origen, es decir, anular ese pendiente. La confesión de Javier estaba ahí y yo también estaba ahí.   ¿Qué hacer, qué elegir, frente a algo que pensaste no iba a pasar nunca y se abre ante tus ojos como un milagro? ¿Qué elegir si algo que deseaste durante mucho tiempo se te acerca a tal punto que te pone en jaque una vida? 

A veces pienso que fue eso, la necesidad de terminar esta historia para siempre, lo que hizo fuerza para que aún con medios repulsivos fuera a buscar las respuestas que necesitaba y del lado de Javier, lo que sea que le pase conmigo, lo que sostuvo el puente para que el otro cruzara el interior de ese infierno. 

La necesidad de completar el sentido, de finalizar y de cerrar, la desesperación por el anhelo amputado,  fue lo que me cegó al punto de olvidarme de mis propios valores. Fue lo que impulsó que todo se derrumbara el día donde, por la razón que sea, Javier y yo nos encontramos de casualidad y terminó confesando todo lo que en casi una década no había podido decir.  

¿Esto tenía que pasar? A veces, por cómo se gestó todo, me pregunto eso. Si esto estaba escrito en alguna parte, si los planes del destino eran ponernos en esta situación de mierda jugando dos papeles de mierda y para qué.  Pero después entiendo que pensar en eso no tiene sentido. Que todo, finalmente todo, terminó. Que si tenía o no que pasar no importa, porque pasó. Pasó y eso es para siempre. Tal como hubiese sido una segunda agachada. 

Ahora es como si hubiera salido de un trance.  Respondí la pregunta.  Saldé la deuda.  Cerré la historia. Y nada fue como pensé que lo sería.  Pero hay también una única certeza: ya no nos une nada, ni siquiera una duda.