1.
El auto de Javier se estaciona en la puerta de mí casa. Cuando lo veo, algo por dentro me pasa. Es como si juntara partes que acaban de saltar por dentro. La foto de su auto, con el adentro, en la puerta de mí casa, en plena noche, me sobresalta. La última vez que hizo lo mismo, fue hace 12 años. Y cuando veo la imagen repetida, asumo la realidad, mi me dá una descarga.
Avanzo y me subo sin pensarlo. Es la primera vez en años desde que nos vemos a escondidas que le permito pasarme a buscar por la puerta de mí casa.
Por lo general, no quiero exponernos, pero está noche es tarde y todos duermen. Ademas, no anda la luz de la calle, recientemente quemada y eso hace una boca de lobo. Yo, mientras estoy subiendo al auto de Javier, pienso que estoy loca, que quizá hice mal en pedírselo, pero que ya está ahí y se está jugando la visibilidad en una casa donde lo han odiado.
Él es suicida, pero yo a veces también hago locuras. Cuando ingreso en la cabina, Javier, me recibe alegremente:
- ¡Hola! Por fin me dejaste venir a buscarte... Muy bien, eh, me dejaste... bien.
- Gracias. Es que no se vé nada. Ya hice el reclamo para que reparen la luz. No quería pedir un Uber.
- No, pero está bien. Hiciste bien en decirme. ¿Cómo estás?
- Bien, todo bien. ¿Y vos, todo bien?
- Si. Fui a ver la película al final ... - dijo y manejo hasta su casa, contándome con detalles.
Cuando estacionamos en la puerta de la casa de Javier, por un sexto sentido, me pongo la capucha de mí campera antes de bajar del auto. Ahí no está oscuro, y no creo que a las 23.30 haya alguien afuera, pero algo me dice que me cubra. Asi, de atrás, no soy perceptible.
Cuando llegamos, la seguridad privada de nuestro barrio está en la puerta de su casa. Baja la ventanilla y le pide por favor si se corre. El auto se corre, pide disculpas con una mano y bajamos hablando de cualquier cosa.
2.
Esta noche, tengo un pantalón negro ajustado, una campera negra y una cartera negra, además de zapatillas negras. Con la capucha, me tapo el pelo, que es mí distintivo en este look.
Escucho que desde la vereda de enfrente, una voz masculina, le grita:
- Pero ... Siempre entrás con masculinos vos - en tono acusatorio - Nunca con una mujer.
Y ahí, doy gracias a ese latido interior que me hizo taparme. El vecino de Javier es insoportable. El mismo que hace muchos años atrás, le dijo algo parecido cuando lo vió conmigo. O mas bien, con mi versión de 19 años. ¿Qué diría el viejo fantasma si supiera que no es la primera vez que se desubica, si le dijera que soy la misma persona? Me parece una estupidez que acote, porque la vida ajena no le importa. Menos, esta parte de la vida de Javier.
Yo no emito palabra y me limito a no darme la vuelta. Solo me paro al lado de Javier y espero que abra la reja, que hoy, como el no estaba en su casa y me pasó a buscar por la mía, no estaba abierta.
- Ah, no. Perdón. Discúlpame. Hoy sí que venís con una mujer - añade, el viejo.
- Hola, Rubén - le dice Javier, de mala gana y enseguida se ocupa de abrir la puerta principal.
- Dejá de meterte, Rubén - murmuro yo.
Entramos rápidamente en la casa y me saco la capucha.
- Menos mal que me puse esto - comento - Qué denso, el viejo.
- Sí. Encima ese viejo, justo, que es re chusma.
- Tranquilo. No me vió la cara. Por eso me traje capucha - le digo y levanto un pulgar.
- No, todo bien- dice y me sonríe, por la salida.
2.
Unos instantes después, Javier avanza y me sienta sobre el. Me corre el pelo, apoya su rostro en mi cuello y así, dice:
- ¿Así que el viernes me mandaste cosas pero arrepentiste?
Me pide que explicaciones sobre el episodio del viernes. Le digo la verdad. Lo mismo que le dije por mensaje cuando me escribió para pedirme explicaciones. Es decir, que en un momento de debilidad por haberme pasado de copas, se me ocurrió mandarle un mensaje y que después cuando tome dimensión del gesto, del contexto, de que me estaba dejando llevar mal, los borré.
Mientras recibe la información, me da besos en la nuca. Después, cuando me va desnudando, también en la espalda. Me dice que cuando vio los mensajes borrados una parte suya no supo que sentir, si dudas o miedo. Me río y le explico que no le dije nada porque consideré que había sido una equivocación y que sentía vergüenza. Le dije que ademas había preferido no decirle nada el sábado, porque consideraba que lo puro era dejar todo como estaba. Así, no se nos complicaba.
Javier me mira y me desnuda con pericia. Me da da por la espalda, mi punto débil y sigue escuchando. Hace preguntas muy breves.
Hasta que se desnuda, se levanta y me lleva consigo a la cama, donde de nuevo me besa la espalda aunque ya no le cuento nada. Me dice que no me preocupe y me pregunta qué es lo que decía en concreto cada palabra borrada.
- ¿Y qué hiciste después? - insiste.
- Me fui a dormir. Había tomado, mas de lo que debia, y dormí mucho.
- ¿Nada mas?
- Si. Nada mas. Borre todo y me dormí.
- ¿Sola? ¿Sola dormiste el viernes? - indaga.
<<Pregunta equivocada>>, pienso.
- Si. Sola - musito.
Cuando nos metemos dentro de la cama, su cuerpo me parece tan familiar que me sorprende. Es como el cuerpo del que te queres abrir y sobre el que terminas sin camino de regreso. No sé qué esperar del encuentro. Estoy abierta a ver qué sucede, no sin la incertidumbre de siempre.
Javier me acaricia y me doy cuenta que esta vez será distinto. Hace bastante no nos vemos, yo sé ademas perfectamente la diferencia entre lo que haré consigo y lo que haré con mi Programa. A mi Programa, lo quiero. Pero con Javier es bestial, todo. Y esta noche no me puedo hacer la boluda.
Estamos entibiandonos debajo de las sábanas y le pido disculpas por tocarlo con las manos frías. Es algo que en otoño no puedo evitar. Él me dice que nada pasa, y me besa como si hubiera estado guardando todo aquello en una caja. Yo lo toco, lo busco, lo acaricio. Todo el cuerpo de él y el mismo me corresponde con fiereza.
Por esto no lo saludo en la calle, últimamente, si lo veo con ella. Porque es terrible verlo cogotear para saludarme y pensar que estos son los recuerdos que tenemos. El se vuelve loco por saludar y a mi me cuesta no hacerlo, pero no lo hago. Los diálogos, las formas, la manera de conocerse. Es algo que va más allá de la intimidad sexual. Es además el hecho de que me pase a buscar por mi casa muy tarde porque ansiamos tener sexo y que se ponga feliz porque lo dejo venir a la puerta como si le diera un sonajero con una vuelta más en la calesita. Es verle la cara cuando tenemos sexo. Es ver como me mira mientras me tiene y parece que lo que más desea en la tierra es verme disfrutar.
Mientras nos acariciamos, me doy cuenta. Mi propio cuerpo me lo avisa, como un secreto nuestro, de espaldas a él: estoy al límite. Si Javier me sabe acompañar, pienso, va a sacar de mi hasta el último gramo de deseo. Él sin saberlo, busca con cada movimiento un foco distinto de placer. Va probando. Ve si me engancho. Si no. Yo me fijo lo mismo. Es una entrada al juego con bastante cabeza.
Hasta que finalmente se acuesta, me encaja sobre el con fuerza y me besa. Le acabo de hacer algo que le encanta y elogia, como siempre, la pericia. Me dice que soy una hija de puta, sonrie cuando lo miro sabiendo lo que hago, y me atrae hacia el, para morderme la boca como antesala a un beso.
Rápidamente, ese beso, es como un chispazo. Yo me alejo, lo miro, me sonrio con timidez porque sabe que yo no lo beso y comienzo a jugar consigo. Lo acaricio, le tiro un poco del pelo, mientras lo huelo. Lo preparo.
Y Javier, no pierde el foco ni un solo segundo. Hasta que me lo dice:
- Te encanta coger. No me digas que no, porque te encanta.
- El que es capaz de pasarme a buscar a cualquier hora para coger, sos vos - le respondo.
Se ríe. Lo acaricio y lo beso en la frente, mientras me muevo suavemente.
- Sos perra. De verdad. Sos una perra. Una perra, sos.
Me hace reír la forma en que me lo dice. Es como si no me conociera y estuviera sufriendo. Como si no se dejara de sorprender. Como si eso es lo que piensa realmente.
- ¿Te gusta?
- Siiii - sonríe - ¿A vos te gusta? Quiero que me digas todo.
- ¿Ahora mismo? Tengo algunas dudas.
- Ya mismo. Quiero saber si te gusta. No quiero que tardes días, como siempre. Quiero saber ahora.
- Es que no lo sé - le digo, burlandolo - Quizá sí.
- Pero decimelo, por favor, quiero escucharte.
Me río. Pienso. ¿Todo? Con Javier nos unimos al instante. Mi cuerpo lo recibe rápido, inusualmente dispuesto. Y durante todo el tiempo que duran las embestidas, no deja de mirarme.
Cuando abro los ojos, porque su mirada fija en mi me pone los pelos de punta, sonríe. Yo se que le estoy sonriendo y por primera vez me permito mirarlo a los ojos mientras nos vamos moviendo. Sé que eso nos conecta, que nos une. Pero también se que no puedo evitarlo más.
Mientras nos miramos, Javier está enfocado de una manera animal en que disfrute. No hay ningún gesto que pueda hacer lejos de su radar y cuando lo miro y asiento, cambia su mirada seria por una sonrisa más cálida.
- Ahora si, ves. Ahora sí, perfecto, mira como estas - dice, rebalsando de placer.
- Si. Tenes créditos a favor.
Se ríe.
- Me voy a agrandar un poquito. ¿Puedo? Me parece que te gusta mucho coger conmigo. Me decis que te abro puertas. Y yo creo que me la voy a creer un poco.
- No seas engreído - lo reto, y lo cacheteo suavemente - Vos estas muy creído de que sos el más bandido conmigo, no te hagas el superado, Javier.
Javier se ríe y se mueve para molestarme.
- Decirme que no te gusta y no lo hago más.
Me rio, y lo agarro del pelo, para molestarlo. Me manotea del pelo, me acerca y se rie.
- Agrandado. Lo haces bien - le digo, y revoleo los ojos - Dejá de copiarte.
Javier no me deja de sonreir.
- ¿Como que bien? ¿Solo bien? No me mientassss. Dale.
Me reclina sobre él, me besa suavemente y no deja de moverse suave.
- Muy. Bien. - digo y me río.
Feliz por su veredicto, Javier insiste. Nos vamos tatuando uno sobre el otro, hasta que de pronto, ese juego erotico sube de nivel. Lo bombeo con una fuerza qué no sé ni de donde me sale y el entiende la propuesta. Y eso, esa intensidad, hace que Javier se sienta el hombre más desafiado del mundo.
Yo suelo ser guerrillera, pero lo de esta noche, es devastador. Lo empujo con mis 49 kilos y él, con su contextura sólida, asume el desafío sexual sin achicarse. Coordinamos y hace uso de las prácticas más fuertes hasta la fecha.
Mientras me tiene agarrada de todo mi cuerpo, con una brutalidad encantadora, lo miro. Me ha entendido la demanda a la perfección. El grado, la potencia, el ritmo. Es una salvajada total, si, pero es la salvajada que siento por dentro.
- Esto - llevo su mano por mi cuerpo, mientras el me apierta con fuerza y la ubico estrategicamente. Lo miro, porque sé que me va a entender y le digo:
- Repetilo. Con fuerza.
- ¿Lo hago bien entonces? - dice y hace lo que le pedí.
- Si, bastante.
Javier se rie. Quiere que le diga que es el más bravo del barrio, del condado, de la provincia. Pero yo, mezquino elogios. Apropósito, claro. Y eso lo único que hace es potenciar la búsqueda de aprobación y la intensidad, y eso es justamente lo que quiero. Desesperarlo un rato, jugarle un partido, darle intensidad por intensidad recibida.
Mientras Javier me tiene sobre el, y literalmente me toma con fuerza, yo no puedo disfrutarlo más. Si me encontraba al límite, como lo sentía al comienzo, este era el contrapunto.
De nuevo, me aprieta y me hace todo con fuerza.
- ¿Como no me decis que te encanta? Mira como estas. Me decís que solo lo hago bien pero yo creo otra cosa.
Me rio, me acerco a él y pegada a su boca, le confieso:
- Con el resto, tengo que pedir más. A vos, te tengo que pedir que por favor pares - admito.
Javier me besa, como un niño. Sonríe, victorioso.
- Te odio por eso, justamente. Me estas volviendo loca.
Sonrisa va y viene, hasta que Javier se queda mirándome porque me muevo de una forma distinta. Lo agarro de sus hombros, inspiro hondo, y arranco. Devolviendo, en mis términos, todo lo que recibo. Intensamente. Agarrándolo por mi cuenta, poseyéndolo, apropiandomelo como nunca, inyecto fuerzas desconocidas hasta para mi. Aferrándome a su pelo, su rostro, su cuello, sigo esperando que se dé cuenta que para hacer lo que estoy haciendo, él de su lado lo tiene que hacer muy bien.
- Oh - gime - Muy bien, eso, asi - se desarma- Cómo me cogés hija de puta. No puede ser.
Me rio pero no me desconcentro. Quiero ver hasta donde soy capaz de llegar. Cuanto mas tengo de intensidad, cuanto mas de resto. Javier sube su mano hacia donde antes la había ubicado y gimo. Empieza a hacerme la guerra, de su lado, y yo no me bajo del desafío y todo se descontrola como jamás imaginamos.
Nos matamos. Mientras estamos dándonos con total intensidad, nos miramos a los ojos y nos sonreímos, asombrados. Creo que jamas llegamos a esta intensidad. Nos tenemos agarrados de todos lados, apretados, con una violencia que no es tal, que es mas bien, pura pasión, y puro fuego y lucha a ver quien lo hace mejor y ganas de complacer y ser complacido en sus humores mas íntimos.
Ninguno se suelta. Ninguno de baja. Solo nos miramos y seguimos, subiendo la apuesta.
Yo, estoy en mi techo. Disfruto demasiado. Y Javier, que encuentra su mayor gratificación en dar, en hacerme disfrutar, no se queda lejos.
De pronto, me besa con suavidad, cosa que me sorprende, así que me repliego lo mas cerca de su cuerpo y lo beso chiquito, suave, humanamente, varias veces.
-Tenes 2 puntos a favor, me parece. Lo hiciste muy bien.
- ¿Querés cambiar algo?
- No. ¿Vos?
- No.
- Pedime.
Javier me embiste, cálido, y yo ya entiendo que quiere.
- ¿Estás bien?
- Si. Perfecto. Flui, que estoy bien.
Como puedo, buscando aire, muevo mi cabeza. Javier se acerca y me muerde la boca. Lo beso, chiquito, mientras gime, olvidándome por un rato de la licencia. No va a cambiar nada besarlo, me digo, despues de todo lo que estamos viviendo.
Llegamos a un orgasmo feroz. Cada uno doblegado por el otro, en una batalla entre lo que desea y lo que recibe. Mientras llega a su final, y toca su cielo, Javier me sigue besando y yo se lo permito. Le permito esa licencia mientras gime, tiembla, se derrumba. Soy incapaz de contarle el mambo. Es un mambo compartido. Y en el momento, lo único que me importa es llegar.
Ni bien relajamos, Javier se levanta de la cama, como aterrado. Huye, no hay otra palabra. Huye. En silencio, lo miro y en su cara se vislumbra un pánico de quien sintió mas de la cuenta. De quien quiere escaparse de eso. Como si yéndose rápido de mis ojos pudiera sentir menos.
- Una revolución - dice, en voz baja - Esto fue una revolución - insiste.
Y desaparece.
3.
Yo necesito mi momento. Respiro hondo. Me enfoco. Vuelvo a mi. Evaluó mi cuerpo. Tiene millones de marcas. Me hizo de todo, yo le devolví a lo loco. Suspiro. Las revoluciones son así. Se llevan puesto todo. Incluso, a los de los propios bandos.
Tengo miedo de acercarme a Javier. Realmente. Tengo miedo de verle la cara. De saber. De decir. No estoy pisando tierra firme.
- Ya está libre, acá si vos queres- dice.
Me acerco desnuda, me paro frente al espejo y me miró. Ato mi pelo en una colita y Javier aparece. Me mira ahí, parada, sin vergüenza y lo miro.
Nos reímos.
- Tremendo, hoy - dije.
- Me hiciste sudar la gota gorda.
Javier se enfrenta a mi, por suerte, ya con menos terror en sus ojos. Le pido una toalla y cinco minutos a solas. Abro la ducha, el agua caliente me lava sus restos, su miedo, su desafío inexplicable y me relajo.
Necesito el baño por su calidez, su intimidad y su silencio. El ruido del agua me relaja. Pienso que sale bien. Inspiro hondo. Cierro los ojos.
4.
Al ratito, mientras me lleva a casa, me dice:
- ¿Soy un Uber, entonces?
<<Sos el tipo que mas amé en la vida>> pienso.
- Si queres jugar al Uber, dale - le digo y sonrie levemente.
No se si me esta preguntando lo que creo, pero por las dudas, me hago la estúpida.
Cuando frena en casa, lo agarro de la mano y lo saludo.
- Gracias.
Me sonríe con toda la boca. Y me tironea para que lo salude mas de cerca.
- Un placer - musito.
- Seeeh.
- Negocios son negocios.
Me mira, sacude la cabeza y se rie. Vuelve a tener brillo y no miedo en el semblante.
- Por supuesto - dice.
- Chau, Javi.
- Hablamos - musita.
Yo no le respondo nada. Acabo de vivir una experiencia física tan intensa que necesito procesarla. También, dormir 3 días.