domingo, 31 de mayo de 2026

Lo que llevamos dentro

 Hoy lo vi de lejos a Javier, manejando en la suya, mientras yo también estaba en la mia, yéndome a tomar un café.  No nos saludamos, fue cosa de un chispazo. De andar por la misma calle, un sábado a la tarde y de no querer preguntarse más nada.  Pero ese chispazo, y esa no pregunta, me generó la tensión de quien no quiere volver a ver a alguien porque no quiere pensar en eso. Ni en él. Ni en lo que pasó hace una semana. 

No sé, francamente, cómo llevar adelante el contacto después de lo que se vivió el domingo pasado entre nosotros. Necesito tomar distancia. Alejarme. Y quizá con tiempo reconocer qué partes de mi hay en eso, por qué esta vez me resultó tan intenso el encuentro y por qué Javier salió corriendo y me dijo que había sido una revolución como quien sabe que si se queda dos segundos mas bajo ese calor, se prende fuego. 

Los flasbacks me llegan como olas. ¿Esa soy yo? Eso me pregunto. Evidentemente, me dice mi cabeza, porque sabe que esos recuerdos me pertenecen. Pero mi interior, mis sentimientos, la idea que tengo de mi misma, se descuadran con ese elemento nuevo. 

 Javier rodea mi cuerpo con sus manos y yo lo agarro del cuello, mientras lo arrastro con un movimiento violento, profundo y descarnado. No lo quiero lastimar, ni maltratar. Al contrario. Acabo de tomar el control de la secuencia y estoy eligiendo cómo hacer las cosas, con mucho menos recato. Si siempre me había guardado esa fuerza, aquella noche, me es imposible.  

Sonrio. La sorpresa en el rostro de Javier me sorprende. Hasta ahora venía dándole mucho físicamente, pero nunca así. Nunca jugandole el desafío con el mismo nivel de locura. 

- Si. Cógeme vos. Todo. Por favor. - me pide, suplicando. 

<<Dios. Mira lo que dice el que no sabia recibir... >>, pienso, mientras lo escucho, sin ironías. 

- ¿Todo? - le pregunto, suavemente. 

- Si. Por favor. 

- Mm mm- dudo, mientras lo miro, disfrutar- Vamos a ver si te gusta lo que hago. 

- Me encanta. Cómo me cogés, Dios - dice, pelotudizado. 

Sonrie. Cierra los ojos. Trata de abrirlos. Me sostiene la mirada mientras murmurando cosas distintas se me deshace. 

Inspiro hondo y le acaricio la frente. Me acerco, lo beso, estoy rompiendo todas mis reglas. Javier me besa con intensidad. Yo lo recibo, lo bajo, hasta que termino dándole besos suaves. De esos que desesperan.  

Me mira, en cuanto me separo de su pecho y me acaricia entera. Fascinado. Como si me estuviera volviendo a mirar una y otra vez. Yo, estoy en una versión muy especifica: la desacatada, que no mira a su cuerpo con rencor, sino que disfruta del momento. La que no quiere tener mas lolas, la que sabe que es lo que tiene, la que no tiene vergüenza de sus imperfecciones normales, porque se está abonando a brindar una experiencia real. 

- Mirá cómo estas. Mírate - dice y me acaricia mirándome- Qué perra, qué perra que sos. 

Sonrio y lo miro, sé que está en su punto. Asi que apoyo ambas manos en sus hombros para anclarme en su cuerpo fijamente mientras empiezo a aumentar la intensidad de las embestidas. Lo estoy dejando todo.  Después, apoyo mis manos en su pecho, con una lluvia de pelos negros y grises, iguales a su cabeza, a su barba, a todo lo que estoy viendo y me encanta. Presiono suavemente y continuo. 

Solo le pido a mi cuerpo resistencia. Que me permita seguir un poco mas. Inspiro y no le saco los ojos de encima, mientras lo tengo abiertos. No es mi intención engatusarlo. Yo simplemente quiero complacerlo, como disfruto de complacer a las personas con las que tengo sexo. Sin embargo, este nivel de complacencia y de intensidad, es nuevo.  Y me doy cuenta que de esa forma, sin calcularlo, se pueden vivir experiencias que te afecten profundamente. Sin querer engatusar, pero engatusando. 

Jamás en 31 años, jamás desde que tuve sexo por primera vez con otro hombre que no fue él, me hice tan presente en un encuentro. Creo que nunca antes me había expresado con ese nivel de energía, ferocidad y presencia. 

Siempre digo lo mismo:  Javier es el tipo mas sexual que conozco. Es imposible que yo sea la mas perra, pero considero que nadie (de verdad, nadie) puede imaginar la cantidad de cosas que se me pasan por la cabeza y pasan al cuerpo en esos momentos. 

Sigo dándole duro al ejercicio. Javier participa a la misma intensidad y sonríe. Creo que no lo puede creer y yo, menos. Nosotros, que fuera de la cama somos muy distintos, nos acabamos de poner en el mismo escalón. 

Entrelaza sus manos con las mías. Me agarro de él, inmediatamente. Me muevo suavemente y cierro los ojos. Cuando los abro, unos segundos después, la cara de Javier es una obra de arte. 

- ¿Así queres todo, vos? - me pregunta. 

- Si. Así lo necesito - le digo y me mira como si no le pudiera responder eso. 

Sigo bombeando. Apoyo mi mano en su mandíbula y presiono suavemente. Le muerdo los labios con pericia, hasta que Javier enloquece. Me agarra del pelo y me empuja hacia él, mientras me besa con desesperación, como si yo me escapara. 

De pronto, me apierta una zona crítica, algo que disfruto demasiado pero que no permito siempre. Él no sabía lo que iba lograr y veo su sorpresa. 

- Basta. No me hagas eso. 

- ¿Te gusta? Se nota. Déjate. No me digas que no te lo haga porque te está encantando. 

- Mucho. Pero es una locura. 

Javier insiste. Me aprieta. Y yo, tengo que controlar el placer porque no puedo ni hablar. Abro los ojos como puedo y lo miro pensando que sí, que sí. Qué todo entiende bien, el hijo de su madre, porque no le tengo que pedir que ajuste casi nada. 

Enajenada, como jamás me vi en mi vida, agarro a Javier del pelo y lo beso, mientras saco de mi cuerpo una fuerza renovada para hacerlo sentirme. Nos miramos, apretados los dos por el otro, moviéndonos como dos locos, y sonreímos. 

- Repetilo. Con fuerza. 

  Porque fue terrible, apasionado, una completa locura.

Javier lo repite. No sé lo que está viendo en mi, pero sonrie. Como plena intención de ganarme el partido. 

Cuando cambiamos de posición, toma el mando. Vuelve a mi suavemente, me pregunta si quiero, si me gusta, y me da besos en la cabeza mientras se inmiscuye en mi, desafiandome a sostener su peso, su fuerza y su fiereza. Yo le doy algunas indicaciones qué entiende y respeta. Enseguida, logramos mimetizarnos. 

- ¿Está bien? - susurra y me dá un beso en la frente. 

- Si - le respondo, con cariño - Hacelo despacio. Por favor. Estamos locos. 

- ¿Así te gusta? 

De nuevo, me besa.

- Así es perfecto - le digo. 

Javier se relaja. Escala su propio camino hacia el orgasmo. Su llamada le llega entre mis brazos. Temblamdo. 

Y siento que para ser sexo ilícito, se nos fue de las manos. A los dos.  De pronto, lo confirmo. Javier parece que sale corriendo. Casi como si a mi alrededor flotara algo que yo no veo. Tiene cara de haber sentido demasiado y yo sé que me pasé de rosca. Que me tome todas las atribuciones qué me ofrecía. Que le hice el amor intensamente, tanto que rompió las bolas con que me prepare. 

Sin embargo, me dá miedo su miedo a confundirse. Lo que estará pensando. El por qué de su espanto. 

Se queda parado al lado de la cama, un segundo, y me dice: 

- Fue una revolución, esto. Una revolución. 

Desaparece. 

2. 

Quien aparece, por su lado, es Mi Programa. Hoy vuelve de Europa después de casi un mes. 

Me ha escrito varias veces. Más de lo que esperaba. Yo le he escrito alguna que otra vez. 

Sé que tengo que seguir y la revolución con Javier debe comenzar a matizarse cuanto antes. 

viernes, 29 de mayo de 2026

Representación y bla bla

 Tengo insomnio. Es que, anoche, me dormí antes de las diez. Traía un sueño conmigo bastante prominente porque durante la semana tengo otras actividades además del trabajo. Así que llegué, y ni bien pude resolver los deberes cotidianos, me desmayé en la cama. 

Ayer además tuve actividades extras. Me mandaron a representar a la corpo a la planta de un cliente como parte del equipo de Finanzas. Ahí fui, claro, con mi bleazer negro, compañero de batallas, y prolijamente arreglada. Me puse un pantalón, botas, tapado corto, una camisa negra muy linda y un maquillaje sobrio. Ademas, me avisé el cabello así que eso implicó madrugar más. 

Es raro pero, cuando tengo que ir en nombre de, siempre trato de ir muy protocolar, como una extension de la imagen dentro de la oficina. Pero después caigo en cuentas de que capaz el resto de la gente va a cumplir y se pone la misma ropa que un dia normal. Y pienso qué bueno que no tienen una bajada tan especifica. 

Sucede que, tal y como lo charle con mis compañeras, en la corpo se naturalizan prácticas "estéticas" que en otras empresas no existen. Y eso hace que cuando tratás con algunas otras personas que hacen tareas similares a vos en otras compañías, sigas confirmando que lo coherente es lo que vos sentis. Es decir, que no tenes que andar por la vida emperifollado. 

Al margen de esto, me trataron super bien en la otra empresa. Nos recibieron con un desayuno, luego dieron la charla y se hizo ameno. Nos dieron "merch" como le digo yo a los cuadernos de cortesía y se ocuparon específicamente de ayudarme a localizar al auto de vuelta qué me había asignado la corpo.  

Yo aproveché por mi lado a hacer sociales necesarios con compradores y administrativos de la firma. Básicamente, acercarme a ponerle rostro a la gente con la que intercambio emails e imprimir un poco de energía humana. Es extraño presentarse y que te asocien mas rápido de lo que esperas, pero supongo que si no traes problemas, eso es bueno.  Ademas, en Finanzas, y en lo que respecta a la facturación multidivisa que hago yo, a veces es necesario mandar correos de acá para allá y cuando todas temas de dinero siempre es mejor poner una voz. 

Cuando volví a la oficina, las chicas me esperaron con el almuerzo. Aproveché ese largo rato para ponerme al día, porque en la mañana desvincularon a un chico. Me sentí mal por él. Es una buena persona y todo por culpa de la Directora que le tocó en suerte, una tipa jodida, con la que tengo que tratar a veces y no me cae nada bien.   Por suerte, mi Director es distinto. Pero me ha pasado de tener que soportar a muchos personajes antes de este hombre. 

Al chico no pude siquiera despedirlo, lo cual me dio un poco de pena, porque solía hablar con él. Ambos nadabamos, y siempre me seguía el resultado de los partidos del equipo de mi ciudad, por lo que me hubiese gustado poder decirle algo. Me comentaron que se dio una situación hostil, así que estaban todos tratando de hacer control de daños. Yo pensé, además, que es un momento feo para perder el trabajo y mas que nada de un dia al otro. Solo le deseo lo mejor de lejos, hasta que quizá lo enganche por LinkedIn y quedemos en contacto. 

Cuando salí de la oficina, a las seis en punto porque a la mañana llegué pasadas las nueve, ya era de noche. Caminé con mi compañera por Puerto Madero deseando mas un café que un Negroni.  Tomé el colectivo que me deja en Provincia y me calcé los auriculares como un bebé con su mantita de apego. 

Antes de dormir, anduve leyendo una novela de Roberto Arlt que compré de oferta en La Feria del Libro. La anterior que estaba leyendo, ya la terminé y me mató. Han Kang es alucinante. Bien ganado ese Nobel. Quiero más de la sensibilidad de esa mujer y mas de su narrativa hermosa, pero me lo tomaré con calma porque el final de La clase de Griego, me dejó en pedazos. 

Ahora, hace un ratito, mi gato me despertó. Son casi las cinco de la madrugada. Él se volvió a dormir a mi lado, bien pegado, haciendo las veces de roll de canela. Yo estoy escribiendo y un poco agradezco que no se me haya dormido encima literalmente porque es muy pesado para sostenerlo toda la noche.  

Lo palpo mientras releo este último párrafo y lo acaricio. Me lo permite con dulzura. Irradia un calor tan hermoso y, como detalle que me mata de amor, tiene la punta de las orejitas levemente frías.  ¿Decir que lo amo es repetirme? Me repito entonces: lo amo profundamente. 

Por suerte, este insomnio, ha llegado en la madrugada de un viernes. Veremos si puedo dormir un poco más.  


miércoles, 27 de mayo de 2026

Las filas de la revolución

Ayer martes, ventajosamente, tocó sesión con mi terapeuta. Luego del encuentro con Javier el finde, de la oficina, mis clases de inglés, y los pendientes de la facultad; sentarme frente a esa situación y tratar de ponerla en palabras, fue bastante intenso. Es que, habitualmente, yo en terapia hablo del tema, entre otros temas que toco, pero ayer sentí que todo estaba demasiado fresco para poder bajarlo a tierra.

-           No sé qué pasó, en concreto, pero creo que me permití hacer consigo todo lo que no me había permitido antes. Desde decirle que si quería verme, pasara por mi casa, cuando fue una regla que mantuve intacta durante años.  Besarlo. Mirarlo, inclusive, que siempre le rehuía un poco la vista, con vergüenza. Ésta vez, no hice eso.  Al contrario. Me consustancié completamente – dije – y es terrible. Yo no sé cómo mirarlo a la cara de nuevo.

 

Suspiré y apoyé la mano en la frente.

 

-           ¿Porque no querés hacerlo más, o porque lo que pasó fue distinto a lo que se venía dando?

Me quedé pensando.

-           Primero, porque yo sé que no está bien lo que hacemos. Eso es una base que no se modifica. Creo eso, genuinamente. Considero que lo que pasa es un error.  Pero además, me di cuenta que yo participé muchísimo para llegar a ese punto de locura. Y no sé, salió otra cosa mía que no estaba. Que no está, habitualmente. ¿Y cómo hago, yo, entonces, para darme vuelta, ver la realidad y hacer como si eso no fuera mío?

Mi psicóloga asintió.

-           Porque sí es tuyo. Y quizá, eso es lo que más te llama la atención y te desorienta de esto. Viste una parte tuya que te resulta desconocida, extraña. Pero que no por eso es mala. Vos estás poniendo esto en términos de lo bueno o lo malo, pero también es necesario ver cuánto de uno hay en todo esto, que no es lo que vos quisieras que sea, sino, que es lo que es.  Esta situación con Javier, es parte de la realidad.  Aunque no encaje dentro de la caja, por ejemplo, como sí encaja el otro.

Asentí.

-           Cuando me estaba bañando en la casa de Javier el otro día, tuve un pensamiento que se me estacionó en el medio de la frente y fue: “no se compara”.  Porque, literalmente, no se compara lo que yo puedo aportar en cada encuentro con Mi Programa, a lo que puedo tratar de no aportar en los encuentros como el último con Javier.  Yo no entiendo, todavía, cómo me dio la cara, para decirle al tipo que me viniera a buscar a la puerta de mi casa; cuando fue suicida.

-           Y Javier, fue.

-           Sí – hice una pausa, porque no sabía cómo explicarlo - ¿Sabés qué fue lo peor? Que yo pensé que no iba a venir, y un poco por eso se lo dije.

Ella asintió.

-           Y cuando lo ví, pensé: “ah, este está loco en serio”.

-           Porque Javier no se achicó. Esto de haberle dado una nueva habilitación, fue también una invitación al desafío.

-           Sí, porque se venía haciendo el cancherito, como diciéndome que me iba a comer viva, entonces pensé: “bueno, si le digo que venga, va a evitarlo, porque se expone frente a mi familia y es un cagón de mierda”.  Y le importó un carajo. Vino, y contento me dijo, “ay, me dejaste venir a buscarte, por fin”, como si fuera re normal que lo hiciera.

Sacudí la cabeza.

-           Y yo ahí dije: “este tipo está loco”. Porque no mide nada. Pero también es mi culpa, entendés, porque yo le dije vení a buscarme a mi casa si querés estar conmigo y después pensaba: “¿acaso no sé con quién estoy tratando? ¿Todavía tengo dudas de que si es capaz de saludarme con la novia al lado, como si la señora no existiera, es capaz de venirme a buscar a cualquier hora, sin el menor reparo?

 

-           Aceptó el desafío, sí. No pareció importarle demasiado si alguien lo veía.

-           No. Pero así como te digo esto, asumo de mi lado que yo bajándome en la puerta de su casa, también hice todo mal. Todo lo que había estado conteniendo de lo social, que se juega acá en que no nos tenemos que mostrar juntos bajo ningún concepto, me lo pasé por alto. Y me siento una desquiciada haciendo esas cosas.

-           ¿Te costó reconocerte?

 

Asentí.

 

-           Mucho, sí. Y se lo dije a Javier, cuando me pidió explicaciones sobre lo que pasó el viernes. Le dije que yo no era así, que me disculpara. Y él, la verdad, parecía un borracho, estaba pelotudizado.  Igual que cuando me pasó a buscar, que me recibió diciéndome por fin me dejaste, como si yo fuera mala por no dejarlo.  ¿Y sabés qué sentí, cuando me subí? Que no medía riesgo. Él estaba ahí, pero a mí también me faltaba poner un cartel que dijera: “es él, eh, es este tipo”.

-           Claro, como si le estuvieras prohibiendo algo. Aunque el sintió que cuando le permitiste que te pasara a buscar, le estabas haciendo una invitación.

Me quedé pensando.

-           Sí, creo que esto es un poco parte de las tensiones que nos describen. Con Mi Programa, hay unas. Con Javier, no se trata de que me haya pintado el amor súbitamente. Cuando nosotros dos nos vemos, todo el tiempo, estamos desafiando al otro.

 

(…)

 

-           El tema acá es que después, cuando uno de su lado suscribe al desafío, y pone todo lo que tiene, no es fácil volver de esos lugares. Yo lo sé, siempre lo supe, y por eso, me guardé cosas en todos los encuentros. Menos, en este, donde me pasé por el traste todas mis licencias. Y cuando ví que Javier se levantó y salió corriendo un poco más, dije: “cagamos”. Vos no sabés la cara de pánico que tenía este tipo.

Me quedé callada.

-           Me dijo: “una revolución, esto fue una revolución”, y desapareció.

-           Oh – mofó, ella, y me hizo una cara como diciendo “ahí está”.

-           Y sentí miedo. Te juro, tenía miedo de enfrentarme a su cara, porque sentía que me habían desordenado todos ms papelitos. Sin guion.

-           Y vos con el otro señor – dijo, simpáticamente – estás siempre sosteniendo un poco un guion. Pensás en  cómo llevar el pelo, en la ropa que te vas a poner. Inclusive, cuando encontraste esa nota adentro del libro, que no te gustó, pudiste elegir no preguntar.

Suspiré.

-           Es que qué le voy a preguntar, entendés, si yo no sé qué decir. Estoy sin estar, ahí. Me escribe desde Europa, en modo turista, me pregunta qué onda mi finde, y yo lo aprecio, lo valoro, obvio. Estoy feliz por él y por su hija.  Pero siento que no le puedo decir nada de lo que me pasa.

       -           Quizá, porque no te pasa. O porque te pasa algo distinto a lo que vos querés que te pase. No es sólo con Javier. Con él, también. Lo bueno es, por lo menos para empezar, reconocer lo que no te pasa.

martes, 26 de mayo de 2026

Piel pecado

Me rozo, sin querer, debajo de las clavículas. Justo ahí. En esa zona cercana a los huesos de mi cuerpo que sobresalen, haciéndome la señal justa para que ingrese comida más seguido. Duele. Vuelvo a tocar debajo de la mandíbula, duele. Y sé perfectamente por qué duele. Recuerdo lo que pedí: “Repetilo. Con fuerza” mientras miraba a Javier. También, me acuerdo cómo Javier lo repitió después de que le hubiera mostrado cuánto me gustaba que me sostuviera más bruto. Y de su cara, su cara de goce profundo y absoluto. Como si hubiera descubierto otra llave de todas las que tengo en el manojo secreto, para así, seguir indagándome por dentro.  

Yo, devuelvo. Sin embargo, siento que habitualmente me quedo corta. Me dice que soy una perra, claro, pero yo siento que me estoy quedando debajo. Y esto tiene una explicación: Javier es el tipo con más energía sexual que yo conozco. Nunca conocí a un tipo que fuera tan atorrante como él. Y eso se choca con algo propio: en lo sexual, me gusta controlar, manejar, guiar. Controlar es, para mí, llevar la delantera, pero, sin duda, siempre me corre del foco para recibir. Porque, claramente, el que controla, no puede recibir si no se brinda. Y brindarme, quedarme a merced del otro, estar expectante hacia el otro, esperándolo, disfrutar de su pericia, no es lo que primero suele salir a flote en mí.

Javier, por su parte, también disfruta dando placer. Por eso, me desafía a recibir todo el tiempo, nuclea todo el encuentro en función de lo que puede hacerme para que se me vuele la cabeza; y yo, que nunca me había chocado con alguien así, me encuentro con un contexto donde todo el tiempo me están desafiando a desquiciarme. Ninguna mecánica nuestra, en el sexo, creo yo, tiene que ver tanto con el amor, pero todas, tienen que ver con el poder.

Cuando yo le pido algo, Javier accede. Cuando él me pide, yo accedo también. Pero cuando se trata de quedarse a merced de las devoluciones del otro, de competir a ver quién es el más picante, de ver cuál explota primero, cuánto se puede enloquecer; ambos estamos cortados por la misma tijera. Y ahí, surgen encuentros como los del fin de semana, que ni siquiera sé cómo poner en palabras, porque no tienen justificación.

¿Qué hacés, cuando te ves en esa situación? Esa noche de hace apenas unos días, hubo un momento de tensión máxima donde nosotros nos miramos, desesperados, jadeando, sonriéndonos, y creería que nos sorprendimos de nuestra propia demencia. ¿Cómo se vuelve de ahí? ¿Con qué cara se enfrenta el resto de la realidad?

Todavía hoy, la sensación de sus manos suaves y tensionadas sobre todo mi cuerpo, acompaña. Suele pasarme eso. Durante unos días, hasta que se van las huellas de los encuentros sexuales feroces, pienso en esto. Me retuerzo. Me indago, proceso, y camino por la vida sin justificación. Javier cae en bucles de culpa inmensos, hasta que lo procesa, bajo sus códigos, y entro en esa porción de vida donde no lo puedo ni ver.

“Fue una revolución. Una revolución”, dice, y desaparece. Va a bañarse y a vestirse porque ninguno de los dos puede volver a la vida real sin antes darse una ducha.  Fue un verdadero combate sexual con resultados difíciles de creer.  Y lo peor es que nada de esto se construye sobre la adrenalina, ni sobre la transgresión, ni sobre el sentirse orgullosos de las mentiras. Más bien, se construye sobre lo inevitable de encontrarse y saber que el cuerpo a cuerpo es explosivo. Que los límites cuestan un montón. Que fuera de cuatro paredes a solas, apenas nos podemos mirar.

Cuando Javier me sienta sobre sí, y me pregunta todo, le confieso que me equivoqué.

-        ¿Me perdonás? No medí. No pensé en el día, en la hora. Y yo no soy así.

 

Javier me besó en la espalda y me susurró al oído:

 

-        Sí. Yo te perdono. Pero quiero que me cuentes todo lo que decían esos mensajes borrados.

 

Suspiré.

 

-        Te había compartido algo. Era una estupidez. Y en el momento, no sé, Javi, fue un impulso. Pensé en vos y te lo mandé.

-        Mmhm – dice, besándome los hombros – Está bien. Zafaste, porque estaba durmiendo.

-        Menos mal.

-        No ¿cómo menos mal? Borraste todo. No me dejaste ver nada.

-        Quise… - le digo, y Javier me besa la mandíbula.

-        ¿Qué quisiste?

-        Dejar las cosas frías. Porque cometí un error.

Se levantó, y sin soltarme, me levantó de un tirón.

-        Yo, cuando ví todo eso, primero tuve dudas y después sentí miedo.

Se rió.  

-        Sos tremenda, vos, podés hacer cualquier cosa. Me generaste mucha curiosidad.

-        Sí, pero nada feo. Te juro que no te aclaré nada para evitar eso.

-        No, de eso estoy seguro. Pero te cuento lo que me pasó. Me encontré con los mensajes tuyos, borrados, el sábado a la mañana y no entendía por qué los eliminaste.

-        Porque me di cuenta que era una locura – insistí – Pero sacando eso, no te haría nada.

-        ¿Nada?

Se acostó conmigo, en la cama, y me cubrió con sus sábanas.

-        Yo te haría de todo – dijo, y se rió, abrazándome – Vení para acá.

Abrazo a Javier con necesidad de tenerlo cerca, pegado, lo agarro del pelo y se lo tironeo despacio, para marcarle la cancha. Me besa, enseguida, y se ocupa de mi cuerpo.  Directo, al hueso, de la forma y en los lugares donde lo prefiero.

Más tarde, mientras está en su cénit, me la vuelvo a agarrar con su pelo suave, que se me escapa entre los dedos. Me está volviendo loca con sus movimientos, así que opero una breve venganza.

Lo tomo del cabello, acerco hacia mi su cabeza y sus ojos negros que sonríen y muerdo sus labios con pericia, antes de besarlo apasionadamente.

-        Basta de jugarme así, vos, odioso.

-        Mirate cómo estás – dice, y me acaricia entera, sonriéndome, con una expresión que no necesita ni una sola palabra. Una igualación en los términos del poder, un encastre perfecto.  

Esa expresión de Javier, y la que yo sé que tengo aunque no pueda vérmela, me genera un pánico inexplicable. Sonreímos y nos miramos, mientras nos tenemos aprisionados por cada parte de nuestro cuerpo.  Ninguno de los dos es más que el otro. Ambos, batallamos hasta llegar a ese punto donde solo podemos comunicarnos a través de jadeos ahogados.

La pregunta del millón, hoy, parece ser: ¿cómo volvemos de esto?


lunes, 25 de mayo de 2026

Una boca de lobo

 1. 

El auto de Javier se estaciona en la puerta de mí casa. Cuando lo veo, algo por dentro me pasa. Es como si juntara partes que acaban de saltar por dentro. La foto de su auto, con el adentro, en la puerta de mí casa, en plena noche, me sobresalta.  La última vez que hizo lo mismo, fue hace 12 años. Y cuando veo la imagen repetida, asumo la realidad, mi me dá una descarga. 

Avanzo y me subo sin pensarlo. Es la primera vez en años desde que nos vemos a escondidas que le permito pasarme a buscar por la puerta de mí casa.  

Por lo general, no quiero exponernos, pero está noche es tarde y todos duermen. Ademas, no anda la luz de la calle, recientemente quemada y eso hace una boca de lobo.  Yo, mientras estoy subiendo al auto de Javier, pienso que estoy loca, que quizá hice mal en pedírselo, pero que ya está ahí y se está jugando la visibilidad en una casa donde lo han odiado. 

Él es suicida, pero yo a veces también hago locuras. Cuando ingreso en la cabina,  Javier, me recibe alegremente: 

- ¡Hola! Por fin me dejaste venir a buscarte... Muy bien, eh, me dejaste... bien. 

- Gracias. Es que no se vé nada. Ya hice el reclamo para que reparen la luz. No quería pedir un Uber. 

- No, pero está bien. Hiciste bien en decirme. ¿Cómo estás? 

- Bien, todo bien.  ¿Y vos, todo bien? 

- Si. Fui a ver la película al final ... - dijo y manejo hasta su casa, contándome con detalles. 

Cuando estacionamos en la puerta de la casa de Javier, por un sexto sentido, me pongo la capucha de mí campera antes de bajar del auto. Ahí no está oscuro, y no creo que a las 23.30 haya alguien afuera, pero algo me dice que me cubra.  Asi, de atrás, no soy perceptible. 

Cuando llegamos, la seguridad privada de nuestro barrio está en la puerta de su casa. Baja la ventanilla y le pide por favor si se corre.  El auto se corre, pide disculpas con una mano y bajamos hablando de cualquier cosa. 

2. 

Esta noche, tengo un pantalón negro ajustado, una campera negra y una cartera negra, además de zapatillas negras.  Con la capucha, me tapo el pelo, que es mí distintivo en este look. 

Escucho que desde la vereda de enfrente, una voz masculina, le grita: 

- Pero ... Siempre entrás con masculinos vos - en tono acusatorio - Nunca con una mujer. 

Y ahí, doy gracias a ese latido interior que me hizo taparme.  El vecino de Javier es insoportable. El mismo que hace muchos años atrás, le dijo algo parecido cuando lo vió conmigo. O mas bien, con mi versión de 19 años. ¿Qué diría el viejo fantasma si supiera que no es la primera vez que se desubica, si le dijera que soy la misma persona? Me parece una estupidez que acote, porque la vida ajena no le importa.  Menos, esta parte de la vida de Javier. 

Yo no emito palabra y me limito a no darme la vuelta. Solo me paro al lado de Javier y espero que abra la reja, que hoy, como el no estaba en su casa y me pasó a buscar por la mía, no estaba abierta. 

- Ah, no. Perdón. Discúlpame. Hoy sí que venís con una mujer - añade, el viejo. 

- Hola, Rubén - le dice Javier, de mala gana y enseguida se ocupa de abrir la puerta principal. 

- Dejá de meterte, Rubén - murmuro yo. 

Entramos rápidamente en la casa y me saco la capucha. 

- Menos mal que me puse esto - comento - Qué denso, el viejo. 

- Sí. Encima ese viejo, justo, que es re chusma. 

- Tranquilo. No me vió la cara. Por eso me traje capucha  - le digo y levanto un pulgar. 

- No, todo bien- dice y me sonríe, por la salida. 

2. 

Unos instantes después, Javier avanza y me sienta sobre el. Me corre el pelo, apoya su rostro en mi cuello y así, dice: 

- ¿Así que el viernes me mandaste cosas pero arrepentiste? 

 Me pide que explicaciones sobre el episodio del viernes. Le digo la verdad. Lo mismo que le dije por mensaje cuando me escribió para pedirme explicaciones. Es decir, que en un momento de debilidad por haberme pasado de copas, se me ocurrió mandarle un mensaje y que después cuando tome dimensión del gesto, del contexto, de que me estaba dejando llevar mal, los borré. 

Mientras recibe la información, me da besos en la nuca. Después, cuando me va desnudando, también en la espalda. Me dice que cuando vio los mensajes borrados una parte suya no supo que sentir, si dudas o miedo.  Me río y le explico que no le dije nada porque consideré que había sido una equivocación y que sentía vergüenza. Le dije que ademas había preferido no decirle nada el sábado, porque consideraba que lo puro era dejar todo como estaba. Así, no se nos complicaba. 

Javier me mira y me desnuda con pericia. Me da da por la espalda, mi punto débil y sigue escuchando. Hace preguntas muy breves. 

Hasta que se desnuda, se levanta y me lleva consigo a la cama, donde de nuevo me besa la espalda aunque ya no le cuento nada. Me dice que no me preocupe y me pregunta qué es lo que decía en concreto cada palabra borrada. 

- ¿Y qué hiciste después? - insiste. 

- Me fui a dormir. Había tomado, mas de lo que debia, y dormí mucho. 

- ¿Nada mas? 

- Si. Nada mas. Borre todo y me dormí. 

- ¿Sola? ¿Sola dormiste el viernes? - indaga. 

<<Pregunta equivocada>>, pienso. 

- Si. Sola - musito. 

Cuando nos metemos dentro de la cama, su cuerpo me parece tan familiar que me sorprende. Es como el cuerpo del que te queres abrir y sobre el que terminas sin camino de regreso. No sé qué esperar del encuentro. Estoy abierta a ver qué sucede, no sin la incertidumbre de siempre. 

Javier me acaricia y me doy cuenta que esta vez será distinto. Hace bastante no nos vemos, yo sé ademas perfectamente la diferencia entre lo que haré consigo y lo que haré con mi Programa. A mi Programa, lo quiero. Pero con Javier es bestial, todo. Y esta noche no me puedo hacer la boluda. 

Estamos entibiandonos debajo de las sábanas y le pido disculpas por tocarlo con las manos frías. Es algo que en otoño no puedo evitar. Él me dice que nada pasa, y me besa como si hubiera estado guardando todo aquello en una caja. Yo lo toco, lo busco, lo acaricio. Todo el cuerpo de él y el mismo me corresponde con fiereza. 

Por esto no lo saludo en la calle, últimamente, si lo veo con ella. Porque es terrible verlo cogotear para saludarme y pensar que estos son los recuerdos que tenemos. El se vuelve loco por saludar y a mi me cuesta no hacerlo, pero no lo hago.  Los diálogos, las formas, la manera de conocerse.  Es algo que va más allá de la intimidad sexual. Es además el hecho de que me pase a buscar por mi casa muy tarde porque ansiamos tener sexo y que se ponga feliz porque lo dejo venir a la puerta como si le diera un sonajero con una vuelta más en la calesita. Es verle la cara cuando tenemos sexo. Es ver como me mira mientras me tiene y parece que lo que más desea en la tierra es verme disfrutar. 

Mientras nos acariciamos, me doy cuenta. Mi propio cuerpo me lo avisa, como un secreto nuestro, de espaldas a él: estoy al límite. Si Javier me sabe acompañar, pienso, va a sacar de mi hasta el último gramo de deseo. Él sin saberlo, busca con cada movimiento un foco distinto de placer. Va probando. Ve si me engancho. Si no. Yo me fijo lo mismo.  Es una entrada al juego con bastante cabeza. 

Hasta que finalmente se acuesta, me encaja sobre el con fuerza y me besa. Le acabo de hacer algo que le encanta y elogia, como siempre, la pericia. Me dice que soy una hija de puta, sonrie cuando lo miro sabiendo lo que hago, y me atrae hacia el, para morderme la boca como antesala a un beso. 

 Rápidamente, ese beso, es como un chispazo. Yo me alejo, lo miro, me sonrio con timidez porque sabe que yo no lo beso y comienzo a jugar consigo.  Lo acaricio, le tiro un poco del pelo, mientras lo huelo. Lo preparo. 

Y Javier, no pierde el foco ni un solo segundo. Hasta que me lo dice: 

- Te encanta coger. No me digas que no, porque te encanta. 

- El que es capaz de pasarme a buscar a cualquier hora para coger, sos vos - le respondo.

Se ríe. Lo acaricio y lo beso en la frente, mientras me muevo suavemente. 

- Sos perra. De verdad. Sos una perra. Una perra, sos. 

Me hace reír la forma en que me lo dice. Es como si no me conociera y estuviera sufriendo. Como si no se dejara de sorprender. Como si eso es lo que piensa realmente. 

- ¿Te gusta? 

- Siiii - sonríe - ¿A vos te gusta? Quiero que me digas todo. 

- ¿Ahora mismo? Tengo algunas dudas. 

- Ya mismo. Quiero saber si te gusta. No quiero que tardes días, como siempre. Quiero saber ahora. 

- Es que no lo sé - le digo, burlandolo - Quizá sí. 

- Pero decimelo, por favor, quiero escucharte.  

Me río. Pienso. ¿Todo? Con Javier nos unimos al instante. Mi cuerpo lo recibe rápido, inusualmente dispuesto. Y durante todo el tiempo que duran las embestidas, no deja de mirarme. 

Cuando abro los ojos, porque su mirada fija en mi me pone los pelos de punta, sonríe. Yo se que le estoy sonriendo y por primera vez me permito mirarlo a los ojos mientras nos vamos moviendo. Sé que eso nos conecta, que nos une. Pero también se que no puedo evitarlo más.

Mientras nos miramos, Javier está enfocado de una manera animal en que disfrute. No hay ningún gesto que pueda hacer lejos de su radar y cuando lo miro y asiento, cambia su mirada seria por una sonrisa más cálida. 

- Ahora si, ves. Ahora sí, perfecto, mira como estas - dice, rebalsando de placer. 

- Si. Tenes créditos a favor. 

Se ríe. 

- Me voy a agrandar un poquito. ¿Puedo? Me parece que te gusta mucho coger conmigo. Me decis que te abro puertas. Y yo creo que me la voy a creer un poco. 

- No seas engreído - lo reto, y lo cacheteo suavemente - Vos estas muy creído de que sos el más bandido conmigo, no te hagas el superado, Javier. 

Javier se ríe y se mueve para molestarme. 

- Decirme que no te gusta y no lo hago más. 

Me rio, y lo agarro del pelo, para molestarlo. Me manotea del pelo, me acerca y se rie. 

- Agrandado.  Lo haces bien - le digo, y revoleo los ojos - Dejá de copiarte. 

Javier no me deja de sonreir. 

- ¿Como que bien? ¿Solo bien? No me mientassss. Dale. 

Me reclina sobre él, me besa suavemente y no deja de moverse suave. 

- Muy. Bien. - digo y me río. 

Feliz por su veredicto, Javier insiste. Nos vamos tatuando uno sobre el otro, hasta que de pronto, ese juego erotico sube de nivel. Lo bombeo con una fuerza qué no sé ni de donde me sale y el entiende la propuesta. Y eso, esa intensidad, hace que Javier se sienta el hombre más desafiado del mundo. 

Yo suelo ser guerrillera, pero lo de esta noche, es devastador. Lo empujo con mis 49 kilos y él, con su contextura sólida, asume el desafío sexual sin achicarse. Coordinamos y hace uso de las prácticas más fuertes hasta la fecha. 

Mientras me tiene agarrada de todo mi cuerpo, con una brutalidad encantadora, lo miro. Me ha entendido la demanda a la perfección. El grado, la potencia, el ritmo.  Es una salvajada total, si, pero es la salvajada que siento por dentro. 

- Esto - llevo su mano por mi cuerpo, mientras el me apierta con fuerza y la ubico estrategicamente. Lo miro, porque sé que me va a entender y le digo: 

- Repetilo. Con fuerza. 

- ¿Lo hago bien entonces? - dice y hace lo que le pedí. 

- Si, bastante. 

Javier se rie. Quiere que le diga que es el más bravo del barrio, del condado, de la provincia. Pero yo, mezquino elogios. Apropósito, claro. Y eso lo único que hace es potenciar la búsqueda de aprobación y la intensidad, y eso es justamente lo que quiero. Desesperarlo un rato, jugarle un partido, darle intensidad por intensidad recibida. 

Mientras Javier me tiene sobre el, y literalmente me toma con fuerza, yo no puedo disfrutarlo más. Si me encontraba al límite, como lo sentía al comienzo, este era el contrapunto. 

De nuevo, me aprieta y me hace todo con fuerza. 

- ¿Como no me decis que te encanta? Mira como estas. Me decís que solo lo hago bien pero yo creo otra cosa. 

Me rio, me acerco a él y pegada a su boca, le confieso: 

- Con el resto, tengo que pedir más. A vos, te tengo que pedir que por favor pares - admito. 

Javier me besa, como un niño. Sonríe, victorioso. 

- Te odio por eso, justamente. Me estas volviendo loca. 

Sonrisa va y viene, hasta que Javier se queda mirándome porque me muevo de una forma distinta. Lo agarro de sus hombros, inspiro hondo, y arranco. Devolviendo, en mis términos, todo lo que recibo. Intensamente. Agarrándolo por mi cuenta, poseyéndolo, apropiandomelo como nunca, inyecto fuerzas desconocidas hasta para mi. Aferrándome a su pelo, su rostro, su cuello, sigo esperando que se dé cuenta que para hacer lo que estoy haciendo, él de su lado lo tiene que hacer muy bien. 

- Oh - gime - Muy bien, eso, asi - se desarma- Cómo me cogés hija de puta. No puede ser. 

Me rio pero no me desconcentro. Quiero ver hasta donde soy capaz de llegar. Cuanto mas tengo de intensidad, cuanto mas de resto. Javier sube su mano hacia donde antes la había ubicado y gimo. Empieza a hacerme la guerra, de su lado, y yo no me bajo del desafío y todo se descontrola como jamás imaginamos. 

Nos matamos. Mientras estamos dándonos con total intensidad, nos miramos a los ojos y nos sonreímos, asombrados. Creo que jamas llegamos a esta intensidad. Nos tenemos agarrados de todos lados, apretados, con una violencia que no es tal, que es mas bien, pura pasión, y puro fuego y lucha a ver quien lo hace mejor y ganas de complacer y ser complacido en sus humores mas íntimos. 

Ninguno se suelta. Ninguno de baja.  Solo nos miramos y seguimos, subiendo la apuesta. 

Yo, estoy en mi techo. Disfruto demasiado. Y Javier, que encuentra su mayor gratificación en dar, en hacerme disfrutar, no se queda lejos.

De pronto, me besa con suavidad, cosa que me sorprende, así que me repliego lo mas cerca de su cuerpo y lo beso chiquito, suave, humanamente, varias veces. 

-Tenes 2 puntos a favor, me parece. Lo hiciste muy bien. 

- ¿Querés cambiar algo? 

- No. ¿Vos? 

- No. 

- Pedime. 

Javier me embiste, cálido, y yo ya entiendo que quiere. 

- ¿Estás bien? 

- Si. Perfecto. Flui, que estoy bien. 

Como puedo, buscando aire, muevo mi cabeza. Javier se acerca y me muerde la boca. Lo beso,  chiquito, mientras gime, olvidándome por un rato de la licencia. No va a cambiar nada besarlo, me digo, despues de todo lo que estamos viviendo. 

Llegamos a un orgasmo feroz. Cada uno doblegado por el otro, en una batalla entre lo que desea y lo que recibe.  Mientras llega a su final, y toca su cielo, Javier me sigue besando y yo se lo permito. Le permito esa licencia mientras gime, tiembla, se derrumba. Soy incapaz de contarle el mambo. Es un mambo compartido. Y en el momento, lo único que me importa es llegar. 

Ni bien relajamos, Javier se levanta de la cama, como aterrado. Huye, no hay otra palabra. Huye.  En silencio, lo miro y en su cara se vislumbra un pánico de quien sintió mas de la cuenta. De quien quiere escaparse de eso. Como si yéndose rápido de mis ojos pudiera sentir menos. 

- Una revolución - dice, en voz baja - Esto fue una revolución - insiste. 

Y desaparece. 

3. 

 Yo necesito mi momento. Respiro hondo. Me enfoco. Vuelvo a mi. Evaluó mi cuerpo. Tiene millones de marcas. Me hizo de todo, yo le devolví a lo loco. Suspiro. Las revoluciones son así. Se llevan puesto todo. Incluso, a los de los propios bandos. 

Tengo miedo de acercarme a Javier. Realmente. Tengo miedo de verle la cara. De saber. De decir.  No estoy pisando tierra firme. 

- Ya está libre, acá si vos queres- dice. 

Me acerco desnuda, me paro frente al espejo y me miró. Ato mi pelo en una colita y Javier aparece.  Me mira ahí, parada, sin vergüenza y lo miro. 

Nos reímos. 

- Tremendo, hoy - dije. 

- Me hiciste sudar la gota gorda. 

Javier se enfrenta a mi, por suerte,  ya con menos terror en sus ojos. Le pido una toalla y cinco minutos a solas. Abro la ducha, el agua caliente me lava sus restos, su miedo, su desafío inexplicable y me relajo.  

Necesito el baño por su calidez, su intimidad y su silencio. El ruido del agua me relaja. Pienso que sale bien. Inspiro hondo. Cierro los ojos.

4. 

Al ratito, mientras me lleva a casa, me dice: 

- ¿Soy un Uber, entonces? 

<<Sos el tipo que mas amé en la vida>> pienso. 

- Si queres jugar al Uber, dale - le digo y sonrie levemente. 

No se si me esta preguntando lo que creo, pero por las dudas, me hago la estúpida. 

Cuando frena en casa, lo agarro de la mano y lo saludo. 

- Gracias. 

Me sonríe con toda la boca. Y me tironea para que lo salude mas de cerca. 

- Un placer - musito. 

- Seeeh. 

- Negocios son negocios. 

Me mira, sacude la cabeza y se rie. Vuelve a tener brillo y no miedo en el semblante. 

- Por supuesto - dice. 

- Chau, Javi. 

- Hablamos - musita. 

Yo no le respondo nada. Acabo de vivir una experiencia física tan intensa que necesito procesarla. También, dormir 3 días. 

sábado, 23 de mayo de 2026

Sabor a culpa y agonía

 Esta vez, siento algo que no he sentido antes, y es que no puedo encontrarlo. Su imagen, su persona, su cuerpo, se me ha vuelto inaccesible y lejano a través de una capa de indiferencia diseñada, precocida. Casi como quien construye un velo artificial que te distancia, o te rompe, de cara a lo permitido y lo prohibido. Matrimonio o engaño. Fidelidad o mentira. El bien y el mal. Lo que deseás y lo que hacés.

¿Podría permitirme estar triste, por un alguien que no existe, que no merece una sola lágrima? Es extraño sentirlo, pero sí, estoy triste. Me he ido a comprar expresamente un vino para acompañar esta tristeza, que me estoy tomando mientras escribo; he faltado a la facultad, me he envuelto en una manta, todo, para asumir que acepto cómo se muere el deseo en mi corazón, pero me duele, loco, me duele. Soy un ser humano con órganos, palpitaciones, tejidos y neuronas, pero también, soy una minita cansada de hacerse la pelotuda. Así que lo digo.  Bien triste estoy, qué mierda, para qué mentir, si yo me muero de amor por este tipo que ni pelota. Que si no lo veo mejor, aunque sienta las manzanas vacías del barrio, porque cuando lo veo me desespera. El corazón se me desboca, el estómago me pesa, y quiero salir corriendo. Mi cuerpo, todo el cuerpo que ha tocado, besado, cogido como una bestia y acariciado con necesidad de poseer, lo siente como una amenaza.  Porque lo es. El desgraciado es un tipo que me pone triste, y hay noches como las de hoy, en el medio de una renuncia, donde me pone más triste que de costumbre. 

Pero claro, me cansé de morirme de amor al pedo. De desear a una persona que jamás tendrá las pelotas puestas. De estar siempre un poco mirando hacia su orilla y pensando ay, qué pena, como quien mira al río y piensa en un tango. Basta. Basta de hacerse mierda gratis, que después nadie paga los patos, más allá de uno mismo. Basta de esperar algo que no va a pasar nunca. Basta de sufrir y de juntar años pensando por qué no te quiere, si te querrá, si capaz un día.

No te quiere, minita, me repito, un flaco que realmente te quiere, hace de todo por vos. Y esa oración, además de dolor, me dá mucha paz. Porque me libera de algo, porque me apertura hacia otra cosa, porque le pone palabras a lo que Javier nunca le puso. Porque no me obliga a quedarme, solamente, viendo su infelicidad o su felicidad aleatoria con la otra doña. Sino, que me impulsa a construir la propia.

Hoy, con mi programa, mañana con otro, pasado quizá con otro. Pero nada comparado con mirarlo a él y sentir lo que yo sé que siento y saber que nunca vamos a estar juntos. Es una certeza devastadora, pero una certeza al fin. La desesperación más grande mi vida, por no poder hacer nada más que asumir que no me están eligiendo, pero aún así, la oportunidad para dejar de sufrir al pedo por esto, y decidirme a ser feliz.

 

Estar triste, como me siento hoy, pero a la vez, ser consciente del motivo, de lo que encarna, de lo que simboliza, te dá cierta dignidad. Estoy triste con causa, y es la de dejar atrás a alguien que me seguirá viendo y se seguirá poniendo re idiota, o que me saludará a cualquier costo, a quien no le importará que esté su novia al lado para cogotear, con tal de mirarme, cuando nos cruzamos de casualidad y fingimos ser dos extraños. 

En su momento, sé que fui la última mina que todo su entorno le decía que no se cogiera, a excepción de su padre que quería que yo fuera su nuera; también sé que fui la pendeja inocente, la que iba de la facultad a su casa, la que leía demasiado y a la que no se le conocía un novio con quien caminase por el barrio.

Sin embargo, los últimos años, una parte mía sí pudo ser la de verdad. Y fue tan caro el precio como revelador porque, a partir de esa experiencia, jamás volví a ser la misma persona, ni a ver las relaciones de la misma forma, ni a conectar con el amor desde el mismo lugar.  Durante los últimos años,  desde aquél tres de abril de 2022 cuando el muy tarado me confesó todo, hasta el 05 de abril de 2026, cuando cogimos por última vez y me dijo: “así se acaba, qué lo parió, esto es tener un orgasmo, sos una hija de puta”, sonriente, derribado en la cama, desnudo, extasiado; lo mío fue pasarme por las orejas todos mis límites. Fue colpasar mis antiguas maneras de ver el mundo y verme haciendo cosas que en mi vida me había imaginado hacer. Fue meterme en el traste todos los “es imposible que yo lo haga, si yo tengo códigos”. 

¿Tengo códigos? Sí. Pero hoy en día no sería capaz de enunciar yo nunca, porque la vida a veces te pone en encrucijadas donde romper tus reglas es una opción. Y es la opción que tomás por otro montón de motivos que no son solamente los códigos o los no códigos. ¿Qué hacés con un deseo que había sido postergado a los palazos, si viene el portador de ese deseo ocho años después y te ofrece llevarlo a cabo? ¿Te detienen los códigos cuando es lo que deseaste días y noches enteras?

A mí, el deseo con Javier me ganó. Y lo viví como me he permitido vivir muy pocas cosas en mi vida: arriesgándome la piel, jugando del lado oscuro, sin preocuparme por cómo iba a quedar, sacando mi lado luminoso y también todas y cada una de mis miserias. 

¿Si me arrepiento de haber vivido esta historia a la que estoy renunciando, con Javier?  No, no me arrepiento.

Solamente, no quiero sufrir más como una condenada a muerte, cuando todavía estoy viva. Principalmente, porque de nada valdría la pena arrepentirse. Un día, Javier se va a morir. Capaz antes que yo, porque es considerablemente más viejo el tipo. Y se va a morir bien muerto, nada de muertes tibias, medias muertes. No, no señor, se va a morir de verdad, sin tiempo, sin retorno. Y yo también. Pero capaz, capaz me muero después que él, y la sola idea de pensar que un día él se va a morir, y que me voy a quedar en un mundo donde  no esté más, es tan horrible que me impulsa al precipicio. ¿Verlo morirse sin haber hecho nada o saber que murió habiéndolo amado, sintiendo culpa por haberlo gozado cuando pude, por haberlo besado y codigo cuando todavía podía, aunque no debía?

Yo elegí saber que el día que se muera, se habrá ido sabiendo cómo era estar conmigo, que era una duda que me dijo lo había atormentado ocho años. Yo elegí que el día donde se muera, se muera sabiendo cómo lo podía besar, cómo lo podía acariciar, admirando mis lolas, con el registro de cómo es mi pelo bajo sus dedos o de lo linda que dice que soy, o de lo pelotudo que dice que yo lo pongo ( o lo ponía).  El día que se muera Javier, por lo menos, no vamos a tener esta cuenta pendiente.  

Por eso, no me arrepiento. No me enorgullece lo que hice, porque no es lo correcto, pero tampoco podría decir que me arrepiento de habérmela puesto. Como ahora me la estoy poniendo con el vino, y tomo un sorbo tras otro, para poder darme el permiso de escribir todo lo que estoy escribiendo. Porque andaba triste, y me cansé de estarlo, de contener las palabras como si fuera un buzón, de mantener las formas.

Váyanse todos a la mierda. Javier no me querrá, ni me quiere, pero yo sí a él. Yo sí. A mí sí me pasa, yo sí siento, no soy un robot, soy una mina de 31 años que sabe es un amor que no es viable en una elección racional, pero que es un amor inevitable desde el corazón y la piel.

Lo amé desde que tenía 18 años, así que no podría ser algo que me pese más sentir esto. Yo esperé queriendo y sin querer, una década para que me dijera: “haceme el amor, por favor, no aguanto más”. Y la noche donde me lo dijo, ¿cómo no hacérselo, si parecía que todo lo que había aprendido era una antesala a la verdadera lujuria? Tocarlo, aspirarle el olor, saber cómo era entero, guardarme paso a paso el registro de su voz, sus gemidos, esas experiencias que en mi puta vida me hubiera imaginado vivir, ¿cómo iba a decir que no?

 Andá y decime cómo te arrepentís de haber vivido lo que soñabas, ante estuviera todo para el orto, porque ambos en pareja y ambos todo, y ambos mal, y ambos bien. Decime cómo hacía para vivir con ese no, no lo hice, no, lo dejé pasar, si yo no me lo hubiese perdonado nunca.

 Lo amaba. Lo odiaba también, porque el mal parido me exaspera, me hace temblar, me enloquece.  Pero menos mal que lo viví, sí. Menos mal que supe lo que era temblar de deseo, menos mal que supe, aunque me muera casada con otro hombre, aunque nunca más le toque un pelo de su barba mixta entre el negro y el gris.

Yo entiendo todo, sí. Entiendo que digo una cosa y siento otra, entiendo que estoy con otra persona porque me cansé de pasarla para el orto, y porque me cansé de que el sexo sea sólo consigo. Entiendo que está pareja, que me dice que la tiene que dejar, que se obliga, que todo ese chamuyo barato de cobarde con los huevos en conserva; pero noches como hoy, donde me relajo, me tomo un vino, y me recibo de ser humana y le mando un mensaje y le digo emborráchate así, voooo porque lo que quiero es que se emborrache conmigo, el careta éste.

¿Si mañana me voy a arrepentir? ¿Qué mierda me importa mañana, entendés? O sea, estoy harta de pensar en mañana, mañana, mañana, mañana. ¿Qué hago pensando en mañana? Hoy me tomé la cantidad de vino suficiente para decirme todo esto, para recordarme que me voy a morir y que no me puedo morirrrrrrrrrr así, Dios, no me puedo morir así, sintiendo pena por mis sentimientos, pasándola mal, mal, todo porque un tipejo se obliga a no mirarme con amor que se le sale por los ojos, al muy idiota. ¿Por qué yo me tengo que hacer la boluda también, como si no viera lo que sé que pasa? 

Al menos, quiero asumirlo para vivir una vida más justa, para poder decir si este tipo no hace nada yo me voy a la mierda, pero no andar dudando si yo pensé mal, o pensé bien.  No, que las dudas se queden de su lado. Yo no tengo dudas: siento amor por una persona que no me corresponde, pero es amor pura cepa. Es ese amor por el cual se prende fuego la vida. Un amor por el cual mandarías todo a la mierda. Un amor por el cual cambiarías cosas. Un amor con el cual te compartirías apasionadamente, sin guardarte nada, porque no podés, me entendés, no podés ni siquiera mezquinarle orgasmos, ni maneras de sentir, ni gemidos, ni caras de pícara.  Un amor que no sirve para nada, de esos que te guardás en el bolsillo. Un amor que  si alcanza o no alcanza, SE OBLIGAN a disuadir del otro lado.

Dios, qué dolor, malnacido, cuando me dijo eso. Qué hijo de puta, yo me obligo, yo me obligo me dijo, a no mirarte como sos porque enseguida me confundo y se va a ir todo a la mierda. Sí, yo ya sé cómo soy, sé que te gusta mi culo, mi cara, mi cuerpo, mi pelo, mi manera de; pero además sé que te ponés tonto con mi humor, que admirás mi fuerza, que te encanta provocarme para que saque la acidez de mi carácter, que te ablandás si te abrazo, que te pone nervioso como te miro y que si realmente me decidiera a hacértela difícil, cosa que no hago, te la haría pasar peluda.

Vos te obligás y yo, la verdad, me contengo para no hacer mucho porque siento que no es la manera. Te dejo ahí, en tu decisión y en tu infelicidad, como último resto de amor. Pero, a veces, también, me dá ganas de sacarte, de tironearte, de traerte acá, conmigo, a vos, únicamente, y apalabrarte.

¿Sabés qué fácil me sale con los otros con los que no tengo semejante amor, Javier? ¿Sabés qué fácil me sale decir sí, chamuyar, sostener sentimientos, responder con afirmativas, porque no me ponen en jaque como vos? Podría construir toda una vida, casarme, tener hijos, sobre una mentira. Podría tener 14 años de relación, gran parte con la sombra de una mentira, como vos. Podría, podría, podría. Podría preguntarme durante años cómo sería hacer el amor con una mujer que no es mi pareja, como hiciste vos, durante diez y como me lo dijiste en la noche del colapso, y yo casi me muero, porque me había preguntando lo mismo, pero que te lo preguntaras vos, me atormentaba más, por el contexto. ¿No se suponía que ibas a ser feliz, por lo menos? Podrís haberlo sido, o podrías haber venido a buscarme y plantearme cualquiera, buscarla, como hiciste vos, reincidentemente, los siguientes cuatro años. Y eso también hiciste vos. Así que yo podría hacer lo que quisiera, a esta altura del partido, si está todo despatarrado.

Pero no quiero. No quiero hacerme la boluda y sí, eso también aplica sobre la vida que deseo vivir.

Te amo, a vos, el que menos se lo merece, el que no tiene nada bueno, el que anda penando por la vida. El que me mira con ojos y manos cálidas y me abraza más de la cuenta. Podría quedarme detenida para siempre en este amor, podría quedarme pensando por qué no me querés, por qué no me querés elegir, ni te permitís verme, por qué te obligás – qué palabra de mierda usaste – a pensarme solo para el sexo, y durante el sexo, me terminás diciendo cada cosa, Javier…

Podría, en fin, ya lo sabés.  Pero no quiero seguir perdiendo el tiempo. Así que elimino los mensajes, porque no tiene sentido pudrirla ahora. Me tomo el último resto de vino. Subo el volumen de la música. De fondo, suena La Ley, una banda chilena que ni conocés. Casualmente, suena Mentira.