Aquél día habíamos quedado en salir a comer algo a la hora del almuerzo para recuperar el aliento. Era un mediodía de un calor infernal que amenazaba con declinar en una buena tormenta, como efectivamente sucedió.
- ¿Te parece si vamos acá? - me consultó Galeno, caminando por los diques de Puerto Madero.
- Sí, por mí sí, no tengo problema - le dije, y entramos a un local con cierta onda capitalista, aunque con una decoración muy linda y un aspecto muy limpio para almorzar.
Galeno tomó la posta, se anunció, y pidió mesa para dos. Yo, en silencio, caminé por delante, después de que me cediera el paso, eligiendo mesa que me gustaría visualmente, con cierta anticipación. Los dos nos sentamos casi sin mediar palabra. Lo miré, le sonreí y esperamos a que nos trajeran la carta, lo que ocurrió en cinco minutos.
Mientras la ojeábamos, y yo no encontraba ninguna opción de comida como la que acostumbro a comer, es decir, algo que sepa de antemano si me va a gustar o no, lo miré de nuevo.
- ¿Qué vas a comer? - le pregunté, para orientarme un poco.
Me miró, dudoso, y se encogió de hombros.
- No sé... ¿Vos viste algo?
- No te veo mucho comiendo este tipo de comida - lo burlé.
- No, la verdad es que no... - sonrió.
- ¿Vos, qué querés comer? - me preguntó, evaluando las opciones en la carta, de atrás para adelante.
Lo miré, con franqueza, aunque algo avergonzada, entonces dije:
- Comida común... - y acabé por reírme.
Galeno sonrió con ganas y me acarició la mejilla con sus pulgares. No tuvo vergüenza en ese gesto. Fue como si nadie estuviera allí , a nuestro alrededor, evaluando la situación. Fue como si la mesita de atrás no estuviera, ni tampoco, cualquier otra persona en kilómetros a la redonda.
- Acá no sé si vas a tener suerte... - admitió, todavía cariñoso - Yo también quiero comer comida común...
- Y vamos, entonces, buscamos otro lugar... donde sea más clásico el menú... A mí no me dá no entender lo que como - le dije.
- Seeeh, vámonos a la mierda - admitió, divertido.
Ni bien salimos, buscamos con más atención otros lugares bonitos. A decir verdad esa zona, no sólo es paqueta, sino que además tiene calidad en la comida, por lo que yo no tenía demasiadas pretensiones sobre el dónde. Sólo quería conocer lo que comiera y estar segura de que me iba a gustar por ser habitual para mí, independientemente del costo.
Así, dimos con un restaurante hermosísimo donde, claramente, había entre sus muchas opciones, comida común. Una vez que nos sentamos ambos entendimos que ése era el lugar. Estaba todo bien, la atención era buena y, la comida, variada. El mozo se acercó enseguida. Lo trató de usted sin pensarlo, y conmigo, lo dudó un breve segundo. Un rato después, sin embargo, ya sabíamos hasta el nombre y con ese potencial de foráneo en Buenos Aires que tiene Galeno, habíamos intercambiado algunas sonrisas y oraciones.
Había transcurrido buena parte de la comida cuando Galeno me miró de un modo tan certero que, supe, me iba a hacer una pregunta importante.
- Me gustaría preguntarte algo - dijo, cuando me lo quedé mirando, con curiosidad.
- Decime - dije, ocultando un poco los nervios.
- ¿Cómo estás después de ayer? - me susurró.
Bajé la vista, enseguida y me sonreí, absorta, porque jamás esperé que le interesara saber cómo me sentía. O quizá sí lo esperé siempre pero, secretamente, me lo había negado por miedo a que no cumpliera con mis expectativas.
- Bien - musité, casi sin palabras, por la sorpresa.
Sonrió, e intercambiamos una mirada cómplice.
- Creo que... - dudé - se notó... La pasé bien, en serio, bien-bien - enfaticé.
Me miró, enarcando una ceja, con un gesto divertido.
- Me dijiste ocho veces bien - resaltó - Creo que necesitás un momento para pensar...
Me reí, y con ese chiste, me relajé. Suspiré y, finalmente, le dije:
- No esperaba que te importe saberlo...
Mofó.
- ¿Cómo no lo voy a querer saber, Veinteava? - exclamó.
Revoleé los ojos.
- Ella me sacude los ojos - observó, riéndose - ¿Vos pensás que no íbamos a hablar de ésto?
Me reí.
- No esperaba esa pregunta. Pensé que te habías dado cuenta de la misma manera que yo...
- Sí, obviamente que sí. Quiero saber cómo te sentís, que me lo digas, que lo podamos hablar sin pudor - reflotó.
¿Cómo decirle a Galeno que nunca habían tenido interés en eso? ¿Que nunca me lo habían preguntado? ¿Que yo no lo esperaba porque me parecía que a ningún tipo le interesaba, realmente, cómo te sentías después de...?
- Yo me siento bien. Aunque sea la novena vez que diga bien, esa la verdad - le dije sonriéndole - La verdad es que, tal y como te dije, te portaste super bien conmigo, fuiste muy... sensible a todo lo que necesité - le expliqué, abriéndome.
Miré hacia afuera, haciendo foco en el Puente de la Mujer, y sus alrededores.
- No tengo nada que reprocharte ni nada de qué quejarme. Me sentí re contra respetada, que tuviste en cuenta todos los miedos que yo sentía, todo lo que habíamos hablado, y eso fue...
Me quedé callada.
- Genial - dije, descartando en mi mente la palabra "mágico".
- Para mí es importante que lo hablemos, que me puedas decir si algo pasó y no te agradó, o lo que quieras, para que todo fluya y se dé bien... ¿Te arrepentiste, te genera incomodidad algo al día de hoy? - me preguntó.
- No - dije, sin dudarlo - No hay nada que hayas hecho que no me haya gustado, nada por lo que me sienta incómoda y, honestamente, no me arrepiento- admití - Estuviste seguro y me ayudaste a estar segura, no me juzgaste, no nos juzgamos... - reflexioné - Creo que todo eso es síntoma de que las cosas se disfrutaron - le dije, más cómoda en la charla - Yo no sé, honestamente, si vos lo disfrutaste en el mismo nivel que yo, pero desde mi...
Mofó.
- Yo disfruté un montón - admitió, sonriéndome - Lo más invaluable que hay, Veinteava, es tener la posibilidad de disfrutar de tener complicidad con la otra persona, que la intimidad no sea el sexo como se lo conoce y ya está, sino que haya otras cosas... Yo por mi parte sentí que habíamos logrado un nivel de intimidad muy concreto... - dijo.
Morí de ternura, aunque no se lo dije.
- Te juro que sí - me reí, sin mostrar los dientes del todo - Ésta charla, en éste preciso momento, dá cuenta del nivel tremendo de intimidad que logramos más allá del sexo como se conoce según la sociedad...
- Según las exigencias y los condicionamientos de la sociedad - añadió.
- Creo que nosotros, por suerte, somos personas normales - bromeé - Y que lo más importante más allá del libro sobre cómo disfrutar, es cómo está todo para nosotros en ése momento.
Asintió con la cabeza.
- Claro que sí. Obviamente. ¿Ves por qué te pregunté? - dijo, haciéndomelo notar.
Me lo quedé mirando pensativa y le sonreí.
- Sí, entiendo...
Se hizo un silencio largo.
- Estoy entendiendo muchas más cosas de las que te podés imaginar - dije, y volví a mirarlo - Para mí no es que vos hayas sido bueno conmigo, solamente, es que me hayas entendido ahí donde yo no podía explicarme. Si tuviera que ponerle a lo que pasó anoche una sola palabra, ésta sería resignificación.
- ¿Por qué esa palabra?
- Porque yo venía con una idea... determinada, bastante de mierda... Y vos, por todo lo que pasó, y por el modo en que se fueron dado las cosas, derribaste lo que estaba y pusiste otra cosa. Ahora entiendo que un montón de miedos, de ideas, de temores que yo... cargaba o traía conmigo, cosas que incluso no sabía que estaban ahí asustándome, se resignificaron.
Me quedé en silencio de nuevo. Galeno me miró con firmeza, tomó un poco más de vino, y me dió el tiempo.
- ¿Cómo me voy a arrepentir? Pensé que no había otra posibilidad, otra manera de... Y ahora... - busqué las palabras - me mostraste que sí. Que no todo es mecánico. ¿Cuántas mujeres tendrán la idea de que el hombre sólo es lo que es por su rendimiento y que parece un robot, donde tocás un botón y se enloquece? - le pregunté, meditabunda.
Sonrió.
- Me gusta ver que en frente mío tengo a una persona, igual que yo, un ser humano. No un tipo al que le toco un botón y se acabó. Me gusta eso de poder interpretarte, entender lo que querés, aprender lo que te gusta... - sonreímos - Para mí vos no sos una bolsa ,sos un ser humano como yo con deseos, necesidades, ganas de que lo escuchen y lo entiendan para saber lo que desea, de sentirse apreciado, tenido en cuenta, elegido... - le confesé - Y la verdad es que yo sentí que, más allá del deseo, y de las ganas de acostarte conmigo, nunca te olvidaste de que yo soy una persona.
- No, claro que no.
- Siguiendo ésta idea, todo lo que se dió, fue gracias a eso, a que ninguno de los dos se olvidó de que el otro era una persona que se estaba exponiendo y que tenía las incertidumbres de uno, cada uno a su manera, las ansias, las expectativas... - le expliqué - Yo me sentí humana, vulnerable... pero vos no te echaste atrás y no tuviste problema en mostrarte igual. Para mí, éso nada más, ya es un montón, Galeno - dije - Que estemos acá, sentados, comiendo , hablando de ésto con tanta franqueza, ya es bingo. De verdad - afirmé.
Galeno me sonrió. Arrastrando las palmas de sus manos abiertas por la mesa, me agarró fuerte las mías.
- Qué bueno - dijo, enfáticamente.
- Bue-ní-si-mo - musité, acariciándolo, con mis pulgares, en esos instantes de aprendizaje.
Sonrió con cara de bueno y, acto seguido, me preguntó si quería comer postre.
Me reí y me mordí el labio inferior, sacudiendo la cabeza.
- No, suficiente para mí - admití - ¿Me vas a dejar que te invite a tomar un helado de ser humano a ser humano?
Galeno sonrió.
- Te van a arrancar la cabeza - dijo, negándose.
- Ah, no, porque a vos acá no ¿no? - me reí, haciéndole un gesto de disgusto porque no me dejó pagar mi parte - Dale, un helado, dejate, dale... - lo burlé - No hay justicia si no...
Se rió y lo miré con picardía.
- Me lo pide así ella - dijo y me devolvió la misma mirada.
- Te exijo que elijas tus gustos y que nos tomemos terribles helados en Don Freddo. Dale, mové las cachas, dale... - le dije, y se rió.
Eso, nada más. Dos personas. Dos seres humanos. Dando y recibiendo.