martes, 31 de diciembre de 2019

Gratitud

Me desperté con el sonido de la alarma que Galeno había puesto puntualmente en el celular. Como él tenía que irse más temprano a esperar la salida de su vuelo desde Ezeiza, lo dejé despabilarse sin rechistar. Continué dándole la espalda después de haber vivido juntos estos últimos cuatro días y lo único que pensé fue que lo extrañaría. 

Galeno apoyó, casi en el mismo momento de un breve movimiento su mano en mi espalda. Me acarició para que me despierte igual que las anteriores mañanas y me arrastró consigo, pegándome a su cuerpo, para darme los buenos días.  Lo abracé y acaricié, acompañando ese contacto. ¿Cómo no iba a despertar así , si me despertaban así?



- ¿Tenés cinco minutos? - le pregunté, mientras me rodeaba desde atrás con los brazos y disfrutaba del plácido roce que tanto explica. 

Sonrió, me mordió levemente la piel de la nuca, y me dijo que sí.  Entonces hice lo que pude. Es decir, me acerqué, removí todas las sábanas hasta dejarlo completamente al descubierto, y lo abracé para que nos sintiéramos antes de separarnos. No quería sexo, sólo quería acercarlo, compartir unos instantes de silencio y de contacto antes de partir. 

 Llevé su cara a mi pecho, acaricié su pelo y lo acaricié a él por entero, intentando devolver sólo un poco de todas las caricias que había recibido.  

Pensé, sin poder evitarlo: 

"Gracias Dios por haberme dado la oportunidad de volver a estar juntos y de haber pasado estos días tan hermosos" 

Por último, lo abracé por un instante más.  Después de ése momento energéticamente tan fuerte, y de amplia gratitud, le dí muchos besos en su pecho. 

- Ahora sí, podés volver a casa - le dije.

Ésa era mi forma de despedirlo. Agradecida. 

Galeno me abrazó una vez más y se rió, con ternura.  Se levantó, se fue a bañar, y mientras yo escuchaba el agua caer desde la cama, yaciendo al aire libre en todos los sentidos, me di cuenta que si bien cada uno volvería a su provincia en breve, ésos últimos cuatro días, juntos, en ése lugar, había sido estar en nuestra casa.   Así que no pude más que agradecer profundamente a la vida porque, si bien el futuro sea incierto, el presente que habían constituido esos cuatro días, se había grabado en nuestra memoria.

E instantáneamente comprendí que todo lo que soñé alguna vez, que todo lo que me parecía imposible de lograr, que todo lo que yo pensé que no existía, que todas las veces donde me habían sentido excluida e incomprendida y que todas las veces donde me habían rechazado; no habían sido más fuertes. Que el sufrimiento anterior no me había quitado, ni privado, de la posibilidad de encontrarme con Galeno.   Y que poder vivirlo, ya sea por su parte,pero también porque me lo he permitido, es realmente un milagro que casi me emociona hasta las lágrimas. 

Despedida

La habitación está en un silencio puro y extraño. Extraño porque, después de convivir cuatro días con Galeno, me había acostumbrado a su presencia. Y puro, porque cuando vuelvo a estar sola, después de esos cuatro días, me doy cuenta que es lo único que necesito.



¿Por qué será que verlo irse, aunque lo sepa, me genera esta tristeza? Ahora sí me dí cuenta. Es tristeza. Porque todo lo que pienso que no va a funcionar en nosotros, funciona. Y porque eso es un milagro. 

Todavía sigo acostada en la cama donde dormimos juntos y falta una hora para que empiecen a servir el desayuno en el comedor.  No tengo ganas de bajar. Aunque lo bueno sea que dentro de un ratito ya estaré de nuevo en casa, con mis afectos, disponiendo las cosas para la cena de Fin de Año. 

Fui feliz este fin de semana, Galeno, volví a decirle después de despedirlo con un beso y abrazándolo con fuerza. 

Si él supiera lo feliz que fui este fin de semana, considero que no se animaría a creerlo. 

jueves, 26 de diciembre de 2019

Corazón en bandeja

Aquél día habíamos quedado en salir a comer algo a la hora del almuerzo para recuperar el aliento. Era un mediodía de un calor infernal que amenazaba con declinar en una buena tormenta, como efectivamente sucedió. 

- ¿Te parece si vamos acá? - me consultó Galeno, caminando por los diques de Puerto Madero. 

- Sí, por mí sí, no tengo problema - le dije, y entramos a un local con cierta onda capitalista, aunque con una decoración muy linda y un aspecto muy limpio para almorzar. 

Galeno tomó la posta, se anunció, y pidió mesa para dos. Yo, en silencio, caminé por delante, después de que me cediera el paso, eligiendo mesa que me gustaría visualmente, con cierta anticipación. Los dos nos sentamos casi sin mediar palabra. Lo miré, le sonreí y esperamos a que nos trajeran la carta, lo que ocurrió en cinco minutos.

Mientras la ojeábamos, y yo no encontraba ninguna opción de comida como la que acostumbro a comer, es decir, algo que sepa de antemano si me va a gustar o no, lo miré de nuevo. 

- ¿Qué vas a comer? - le pregunté, para orientarme un poco. 

Me miró, dudoso, y se encogió de hombros. 

- No sé... ¿Vos viste algo? 

- No te veo mucho comiendo este tipo de comida - lo burlé. 

- No, la verdad es que no... - sonrió. 

- ¿Vos, qué querés comer? - me preguntó, evaluando las opciones en la carta, de atrás para adelante. 

Lo miré, con franqueza, aunque algo avergonzada,  entonces dije: 

- Comida común... - y  acabé por reírme. 

Galeno sonrió con ganas y me acarició la mejilla con sus pulgares. No tuvo vergüenza en ese gesto. Fue como si nadie estuviera allí , a nuestro alrededor, evaluando la situación. Fue como si la mesita de atrás no estuviera, ni tampoco, cualquier otra persona en kilómetros a la redonda. 

- Acá no sé si vas a tener suerte... - admitió, todavía cariñoso - Yo también quiero comer comida común... 

- Y vamos, entonces, buscamos otro lugar... donde sea más clásico el menú... A mí no me dá no entender lo que como - le dije. 

- Seeeh, vámonos a la mierda - admitió, divertido. 

Ni bien salimos, buscamos con más atención otros lugares bonitos. A decir verdad esa zona, no sólo es paqueta, sino que además tiene calidad en la comida, por lo que yo no tenía demasiadas pretensiones sobre el dónde. Sólo quería conocer lo que comiera y estar segura de que me iba a gustar por ser habitual para mí, independientemente del costo.



 Así, dimos con un restaurante hermosísimo donde, claramente, había entre sus muchas opciones, comida común.  Una vez que nos sentamos ambos entendimos que ése era el lugar. Estaba todo bien, la atención era buena y, la comida, variada. El mozo se acercó enseguida. Lo trató de usted sin pensarlo, y conmigo, lo dudó un breve segundo. Un rato después, sin embargo, ya sabíamos hasta el nombre y con ese potencial de foráneo en Buenos Aires que tiene Galeno, habíamos intercambiado algunas sonrisas y oraciones. 

Había transcurrido buena parte de la comida cuando Galeno me miró de un modo tan certero que, supe, me iba a hacer una pregunta importante. 

- Me gustaría preguntarte algo - dijo, cuando me lo quedé mirando, con curiosidad. 

- Decime - dije, ocultando un poco los nervios. 

- ¿Cómo estás después de ayer? - me susurró. 

Bajé la vista, enseguida y me sonreí, absorta, porque jamás esperé que le interesara saber cómo me sentía. O quizá sí lo esperé siempre pero, secretamente, me lo había negado por miedo a que no cumpliera con mis expectativas. 

- Bien - musité, casi sin palabras, por la sorpresa. 

Sonrió, e intercambiamos una mirada cómplice. 

- Creo que... - dudé - se notó... La pasé bien, en serio, bien-bien - enfaticé. 

Me miró, enarcando una ceja, con un gesto divertido. 

- Me dijiste ocho veces bien - resaltó - Creo que necesitás un momento para pensar... 

Me reí, y con ese chiste, me relajé. Suspiré y, finalmente, le dije: 

- No esperaba que te importe saberlo... 

Mofó. 

- ¿Cómo no lo voy a querer saber, Veinteava? - exclamó. 

Revoleé los ojos. 

- Ella me sacude los ojos - observó, riéndose - ¿Vos pensás que no íbamos a hablar de ésto? 

Me reí. 

- No esperaba esa pregunta. Pensé que te habías dado cuenta de la misma manera que yo... 

- Sí, obviamente que sí. Quiero saber cómo te sentís, que me lo digas, que lo podamos hablar sin pudor - reflotó. 

¿Cómo decirle a Galeno que nunca habían tenido interés en eso? ¿Que nunca me lo habían preguntado? ¿Que yo no lo esperaba porque me parecía que a ningún tipo le interesaba, realmente, cómo te sentías después de...? 

- Yo me siento bien. Aunque sea la novena vez que diga bien, esa la verdad - le dije sonriéndole - La verdad es que, tal y como te dije, te portaste super bien conmigo, fuiste muy... sensible a todo lo que necesité - le expliqué, abriéndome. 

Miré hacia afuera, haciendo foco en el Puente de la Mujer, y sus alrededores. 

- No tengo nada que reprocharte ni nada de qué quejarme. Me sentí re contra respetada, que tuviste en cuenta todos los miedos que yo sentía, todo lo que habíamos hablado, y eso fue... 

Me quedé callada. 

- Genial - dije, descartando en mi mente la palabra "mágico". 

- Para mí es importante que lo hablemos, que me puedas decir si algo pasó y no te agradó, o lo que quieras, para que todo fluya y se dé bien...  ¿Te arrepentiste, te genera incomodidad algo al día de hoy? - me preguntó. 

- No - dije, sin dudarlo - No hay nada que hayas hecho que no me haya gustado, nada por lo que me sienta incómoda y, honestamente, no me arrepiento- admití - Estuviste seguro y me ayudaste a estar segura, no me juzgaste, no nos juzgamos... - reflexioné - Creo que todo eso es síntoma de que las cosas se disfrutaron - le dije, más cómoda en la charla - Yo no sé, honestamente, si vos lo disfrutaste en el mismo nivel que yo, pero desde mi... 

Mofó. 

- Yo disfruté un montón - admitió, sonriéndome - Lo más invaluable que hay, Veinteava, es tener la posibilidad de disfrutar de tener complicidad con la otra persona, que la intimidad no sea el sexo como se lo conoce y ya está, sino que haya otras cosas... Yo por mi parte sentí que habíamos logrado un nivel de intimidad muy concreto... - dijo. 

Morí de ternura, aunque no se lo dije. 

- Te juro que sí - me reí, sin mostrar los dientes del todo - Ésta charla, en éste preciso momento, dá cuenta del nivel tremendo de intimidad que logramos más allá del sexo como se conoce según la sociedad... 

- Según las exigencias y los condicionamientos de la sociedad - añadió. 

- Creo que nosotros, por suerte, somos personas normales - bromeé - Y que lo más importante más allá del libro sobre cómo disfrutar, es cómo está todo para nosotros en ése momento. 

Asintió con la cabeza. 

- Claro que sí. Obviamente. ¿Ves por qué te pregunté? - dijo, haciéndomelo notar. 

Me lo quedé mirando pensativa y le sonreí. 

- Sí, entiendo... 

Se hizo un silencio largo. 

- Estoy entendiendo muchas más cosas de las que te podés imaginar - dije, y volví a mirarlo - Para mí no es que vos hayas sido bueno conmigo, solamente, es que me hayas entendido ahí donde yo no podía explicarme. Si tuviera que ponerle a lo que pasó anoche una sola palabra, ésta sería resignificación. 

- ¿Por qué esa palabra? 

- Porque yo venía con una idea... determinada, bastante de mierda... Y vos, por todo lo que pasó, y por el modo en que se fueron dado las cosas, derribaste lo que estaba y pusiste otra cosa. Ahora entiendo que un montón de miedos, de ideas, de temores que yo... cargaba o traía conmigo, cosas que incluso no sabía que estaban ahí asustándome, se resignificaron.  

Me quedé en silencio de nuevo. Galeno me miró con firmeza, tomó un poco más de vino, y me dió el tiempo. 

- ¿Cómo me voy a arrepentir? Pensé que no había otra posibilidad, otra manera de... Y ahora... - busqué las palabras - me mostraste que sí. Que no todo es mecánico. ¿Cuántas mujeres tendrán la idea de que el hombre sólo es lo que es por su rendimiento y que parece un robot, donde tocás un botón y se enloquece? - le pregunté, meditabunda. 

Sonrió. 

- Me gusta ver que en frente mío tengo a una persona, igual que yo, un ser humano. No un tipo al que le toco un botón y se acabó. Me gusta eso de poder interpretarte, entender lo que querés, aprender lo que te gusta... - sonreímos - Para mí vos no sos una bolsa ,sos un ser humano como yo con deseos, necesidades, ganas de que lo escuchen y lo entiendan para saber lo que desea, de sentirse apreciado, tenido en cuenta, elegido... - le confesé -  Y la verdad es que yo sentí que, más allá del deseo, y de las ganas de acostarte conmigo, nunca te olvidaste de que yo soy una persona. 

- No, claro que no. 

- Siguiendo ésta idea, todo lo que se dió, fue gracias a eso, a que ninguno de los dos se olvidó de que el otro era una persona que se estaba exponiendo y que tenía las incertidumbres de uno, cada uno a su manera, las ansias, las expectativas...  - le expliqué - Yo me sentí humana, vulnerable... pero vos no te echaste atrás y no tuviste problema en mostrarte igual.  Para mí, éso nada más, ya es un montón, Galeno - dije - Que estemos acá, sentados, comiendo , hablando de ésto con tanta franqueza, ya es bingo. De verdad - afirmé. 

Galeno me sonrió. Arrastrando las palmas de sus manos abiertas por la mesa, me agarró fuerte las mías. 

- Qué bueno - dijo, enfáticamente. 

- Bue-ní-si-mo - musité, acariciándolo, con mis pulgares, en esos instantes de aprendizaje.

Sonrió con cara de bueno y, acto seguido, me preguntó si quería comer postre.  

Me reí y me mordí el labio inferior, sacudiendo la cabeza. 

- No, suficiente para mí - admití - ¿Me vas a dejar que te invite a tomar un helado de ser humano a ser humano? 

Galeno sonrió. 

- Te van a arrancar la cabeza - dijo, negándose.  

- Ah, no, porque a vos acá no ¿no? - me reí, haciéndole un gesto de disgusto porque no me dejó pagar mi parte - Dale, un helado, dejate, dale... - lo burlé - No hay justicia si no... 

Se rió y lo miré con picardía. 

- Me lo pide así ella - dijo y me devolvió la misma mirada. 

- Te exijo que elijas tus gustos y que nos tomemos terribles helados en Don Freddo. Dale, mové las cachas, dale... - le dije, y se rió. 


Eso, nada más. Dos personas. Dos seres humanos. Dando y recibiendo. 


miércoles, 25 de diciembre de 2019

Silencio

Creo que si algo deseé siempre es encontrarme con una persona que fuera capaz de respetar mis espacios. 

Desde muy pequeña he sido de esa clase de niñas que no se escuchaban en la casa, no por estar retraída, sino, por estar leyendo o dibujando. Con el paso de los años, en la adolescencia, el arrebato por la lectura se intensificó y el silencio se acentuó porque el dibujar fue reemplazo por el escribir, lo cual seguía constituyendo una actividad silenciosa. Con mi familia era un niña sociable, llena de atenciones, mimada, y sin embargo, no era por eso revoltosa ni traviesa, en búsqueda de la atención todo el tiempo.  Cuando pasé la adolescencia, e ingresé a la vida universitaria, mis hábitos relacionados al estudio fueron haciéndome una jovencita muy silenciosa. Estudiar una Licenciatura en Letras, esto es, estudiar Literatura implica leer muchísimo, analizar muchísimo e interiorizar mucha información; es decir, hacer mucho silencio para poder interpretar lo necesario en los textos críticos como literarios. 

Al día de hoy, no sólo que sigo estudiando la misma carrera universitaria, sino que también trabajo en un lugar donde me debo el escuchar a gente cuando, francamente, no me interesa hacerlo.  Y es por eso que revaloricé el silencio de una manera abismal. Hay momentos donde no quiero oír a la gente decirme nada - aturde estar tantas horas hablando por teléfono por día, a decir verdad - y existen otras veces donde siquiera soporto la música.  Sólo necesito eso, silencio, para relajar mi mente. 

En relación a ésto, y manteniendo el aturdimiento, el primer fin de semana que pasé con Galeno a mí había algo que me preocupaba un poco: hablar tanto. Si bien tenía deseos de hacerlo, hacía muchísimos años que no me exponía físicamente a una persona capaz de conmoverme para darme a conocer... Y, claro, como es de suponer, aquéllo lo sentía como un gasto extra de energía que no sabía si me iba a terminar hartando o iba a terminar disfrutando... Yo solamente anhelaba lo mismo de siempre: un hombre que respetara los espacios propios para poder elegir quedarme a su lado libremente; movida por la decisión real de preferirlo cada uno de los días por sobre el resto de las otras personas. 



La primera vez que ocurrió ese silencio tan especial, con Galeno, fue cuando estábamos cenando en la pizzería en plena Calle Corrientes y mirábamos a nuestro alrededor. Había tanta gente del otro lado de la ventaba que, mientras disfrutábamos de una de las pizzas más ricas que he comido, de pronto nos quedamos callados. Y lo cierto es que no fue algo que pensé, ni por lo que me incomodé, sino que ocurrió de pronto como desarrollo natural de nuestras formas de ser, y encajó. Porque el silencio se pronunció hasta que unos largos minutos después retomamos la charla y, sin embargo, aquéllo no simbolizó una irrupción en el equilibrio inusual que se estaba estableciendo.  La segunda vez fue mientras caminábamos por Plaza Serrano, mirando los puestos de diversos artesanos, y buscábamos un regalo para Frutillitas, su hija, que le había pedido que le llevara algo como recuerdo de ese viaje.  El resto de las veces fueron, siempre, después de un contacto físico intenso y tierno que fuera capaz de reemplazar las palabras. 

Pero hubo una muy especial y fue, claro, la última noche que estuvimos juntos antes de volver cada uno a su casa.  Porque allí nos quedamos callados durante muchísimo tiempo, abrazados, disfrutando de esa paz y esa forma de compartir que no implica estar encima del otro todo el tiempo. 

Galeno me acarició, me peinó y me besó la frente y la cabeza, pero no habló, porque tampoco tiene la necesidad plena de estar todo el tiempo diciendo, sino, más bien, corre más del lado de la observación.  Y yo me di cuenta que había encontrado finalmente al hombre con el cual el silencio no me incomodaba. Con el que podía estar en la misma habitación, en el mismo colchón, en el mismo momento, después de haber pasado muchos días, casi todo el tiempo juntos, y no me agotaba.  Porque era un hombre con el que no tenía que fingir, ni explicar muchísimas cosas, ni mentir... Porque nuestros dos silencios, se llevaban, gracias a Dios, de maravillas.  Porque podíamos estar allí, acostados, recién bañados, como hemos venido al mundo, y en silencio, sin sentirnos fuera de lugar, aún mismo, nos lleváramos muchos años de diferencia.  

Sí, siempre deseé encontrar una persona con la que pudiera compartir todo, pero también, el silencio. Siempre deseé con todo el corazón cruzarme con una persona que no viera nada de malo en eso de estar con el otro desde la presencia del cuerpo, desde la respiración, desde la certidumbre de que su espíritu está con nosotros y no tanto desde la palabra, como si hubiera que rellenar huecos. 

Porque hay momentos que solo pueden ser disfrutados así, sintiéndolos, no hablando. Y con Galeno, en nuestro fin primer fin de semana juntos, descubrimos que eso no suele darle con tanta facilidad y con tanta comodidad, tan seguido. Por eso, lo volvimos a revalorizar una vez más. 

No es , entonces, decirle a ése otro todo, todo el tiempo. Es, más bien, estar con ese otro mucho tiempo, y que cuando un silencio no te incomode, te sientas finalmente satisfecho. No es que el otro se acuerde de memoria, haciéndote reír sorprendida, el color de toda la ropa interior que usaste a su lado. No es que le encante la producción. No es que te mire las uñas esmaltadas en el medio de una heladería y sonría , ni tampoco, que te huela el pelo mientras te lo peina, larguísimo, y te pide que no te lo cortes, porque le encanta.  No es que se ría de tu tonada. Tampoco es que te confiese que además de deseo físico, en esos momentos donde no tiene límite de espacio con vos, le da una enorme ternura ser acariciado y besado por tu boca o tus manos. Mucho menos es, aunque parezca lo contrario, que privilegie tu propio disfrute antes que el suyo, sólo para enseñarte a tocarlo sin miedo al rechazo o al arrepentimiento intempestivo. Tampoco es el hecho capital de que se dedique a besarte todo el cuerpo, sin pedirte nada a cambio, sólo que lo disfrutes. No es compartir un helado, parecer dos turistas, caminar mucho o sacar fotos. No es admirarnos por ediciones de libros o conversar mientras miramos los anaqueles de una librería. No es, únicamente, charlar de Medicina o de Literatura, con naturalidad. No es que le haga chistes sobre el médico más codiciado de su servicio.

 Es todo eso y además que, cuando se dé, el silencio no dé miedo. Que el silencio nos una, cuando lo vivimos juntos. Porque lo más curioso de todo sea ese juntos. Que haya tenido que esperar veinticinco años y 900 kilómetros para encontrar a mi compañero en el silencio, y que exista, contra todos mis pronósticos y las dudas que haya tenido. 

Sí, increíblemente, todo es aprendizaje.

Inclusive, lo que no se dice.

martes, 24 de diciembre de 2019

Nochebuena

Hace una semana me avisaron que, en Nochebuena, trabajaba (desde la comodidad de mi hogar) atendiendo como guardia de emergencia desde las doce del mediodía hasta las dieciocho.  Si bien me molestó un poco porque yo tengo otro horario para trabajar, apelé a pensar que me ahorraba el viaje y no objeté nada. Le dije que mi jefa que estaba todo bien y me organicé para hacer las compras en el supermercado antes, y lo mismo, con los regalos del Principito que ya los tenía incluso desde antes y sólo me faltaba envolver. 

Ayer llegué y envolví los paquetes. Hoy por la mañana me levanté temprano, desayuné, saludé a Galeno y ayudé a mi madre antes del mediodía con todo lo que me solicitó y varias cosas más. 

Quince minutos antes de la hora, cuando estaba apurando mi almuerzo y rezando porque ojalá no estuviese álgida la jornada, escuchando reclamos hasta las 18.00 hs, me llega un mensaje desde el trabajo que decía: 

"Dictaron asueto hoy. Nos estamos yendo todos. No se conecten. Feliz Navidad"

¿Si salté, si grité y si festejé? 

Sí, todo ese junto. ¡La alegría que me dió, no tiene nombre! En especial, porque si me hubiese correspondido mi horario normal, no zafaba. En cambio, lo que pensé que era una desventaja, resultó ser un beneficio inestimable. 

Creo que recibí el milagro de Navidad que anhelaba. Más que nada, porque quería disfrutar desde temprano el día con mi familia, teniendo en cuenta que yo no tengo nunca fines de semana de dos días, porque todos los sábados también trabajo, y por una u otra razón, obtuve un descanso doble y muy necesario. 



¡Ahora sí! ¡Puedo ayudar a mi mamá para que termine más pronto de cocinar! ¡Y puedo dormir la siesta! 

¡Feliz Nochebuena y mejor Navidad para todos! 
¡Los mejores deseos, de todo corazón! 

lunes, 23 de diciembre de 2019

Interrumpime

Con Galeno somos, desde el primer día prácticamente, ordenados con los espacios del otro. Aprendimos la agenda y el itinerario tan rápido como se estableció, sin control alguno, la necesidad de que cada uno tenga su espacio.  El hecho de estar lejos, en éste aspecto, modifica las pautas. No quiere decir que porque nos separen muchos kilómetros tenemos que estar en contacto todo el día, y en eso, fue en lo primero que acordamos; se dió de base, así, casi sin charlarlo mucho. Creo que, ambos, cada uno desde su etapa de la vida, entendió las ocupaciones y responsabilidades del otro y, a su vez, que ese otro, dejó bien claro cuáles eran sus negociables y sus no-negociables. 

Sin embargo, luego de casi seis meses de contacto diario, hace unos días, Galeno me confesó que anhelaba que lo interrumpiera a veces. Es decir que, por un segundito, no me preocupase que estuviese en el consultorio o de guardia, porque él no se iba a molestar por eso. Yo le expliqué que no temía que se enoje , si no, que yo estaba acostumbrada a respetar mucho los espacios de los otros porque, desde la otra orilla, era tremenda y recelosa con los míos... Y aunque entendió lo que los espacios son para mí, y mantuvo su perspectiva sobre los propios, Él me explicó que yo que tenía permitido ese espacio de transgresión porque era evidente que,  ya había notado, respetaba sus tiempos, sus espacios de socialización y de trabajo con un recato total. Que sí, que cuando quisiera, le mandara mensajes con cualquier tipo de contenido, que no le dé tanta rigurosidad al deber. 

Y hoy, se dió que me crucé con un cartelito de esos muy visibles en Instagram, y se lo mandé: 

 "Te van a criticar por todo; vos comeme la boca cuando me veas " 

Galeno me respondió con una larga carcajada y algunas cosas más. Sin dudas, no había otra persona en todas mis redes a quien se la deseara mandar que no fuera él.  Me encantó la "interrupción" , admitió, cuando le expliqué que lo dejaba porque había llegado mi jefa. 

Grises, grises, grises, me dije, después de eso. 
También se aprende de los grises. 

domingo, 22 de diciembre de 2019

Aprovecha el día

Esta última semana, en el trabajo, ha sido muy intensa. Trabajar en cualquier cosa que implique contacto directo, o casi directo, con el público (esa nebulosa funesta e irreverente, que da tanto asco como empatía, a veces), fue una cuestión de armarme de paciencia y recordar que tengo que recibirme pronto.  El explicarle a la gente que sus deseos no son órdenes y que no se puede hacer lo imposible, en fechas como las que bordeamos, constituye una odisea. Hacerle entender que uno realiza todo lo que tiene a su mano, y que no carga con la real responsabilidad sobre el tema, es diez veces más complejo. Porque... especialmente en diciembre, la gente quiere tener razón, ser complacida, y todo lo que no entre en eso, es motivo de repudio y de insultos, y de ira y de displacer. 

¿Cómo será de fuerte el mandato que, en épocas festivas, las personas no aceptan un no como respuesta ante ese diagrama de días felices que se baja desde los medios, la publicidad, y se refleja en el consumo masivo de todo tipo de productos?  En ésta última semana, por momentos, tuve momentos de angustia. Me han insultado, gritado, y se han quejado conmigo.  ¿Cómo se le explica a una persona que del otro lado de un teléfono hay otra, que también tiene sus necesidades, sus días malos y buenos, sus problemas, sus anhelos; y que, fundamentalmente, si podría hacer algo, lo haría y ya, sin tener que aguantárselo?   Del otro lado, hubo gente muy amable, que me deseó unas bonitas fiestas y me agradeció las gestiones que pude hacer para ayudarlos; que comprendió, que no me gritó, que no se la agarró conmigo y, asumió, que no podía hacer más de lo que dictaminan mis funciones porque, los poderosos, en realidad, están ya de vacaciones. 

Pero, para mí, hubo un detalle que me bajó a tierra; que me recordó que éso que en ése momento me angustiaba, y que ésto con lo que lidiaré de aquí hasta Navidad inclusive (porque trabajo ese día hasta tarde); es sólo una etapa de mi vida... Y fue un audio que me mandó Galeno, quien sabía de éstos días difíciles y quien estaba al tanto con detalles de la situación; donde leía para mí unas palabras que fueron sanadoras para mí.

Y, creo que, por si alguien lo necesita del otro lado, es preciso compartir.  Hay que recordar en relación a Navidad, a Año Nuevo, y a todos esos eventos masivos, los seres humanos simplemente cambiamos un calendario y eso nos habilita a ser felices igual que el día anterior, sin embargo, nos debería inhibir a la hora de enloquecernos y sentir que se acaba el mundo si no logramos todo en el mismo momento.  Hay que enfocar en aprovechar el día, como uno más, como uno igual de importante que todos los demás, porque afortunadamente, al otro día... será otro día.  Y habrá pasado todo, cayendo en su lugar... Habrá que recordar que los calendarios, y los eventos, si se corren del verdadero eje, sólo son correas que nos pone la sociedad - de la misma manera que lo hace el público-, son sólo excusas para hacernos pomada la cabeza.  

En el mientras tanto, entonces, transcribo lo que me fue de tanta ayuda ése día, para que llegue donde sea más necesario y dé paz en tiempos de tanto alboroto innecesario: 


Carpe Diem

No dejes que termine sin haber crecido un poco,
sin haber sido un poco mas feliz,
sin haber alimentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie
te quite el derecho de
expresarte que es casi un deber.

No abandones tus ansias de hacer de tu vida
algo extraordinario…

No dejes de creer que las palabras, la risa y la poesía
sí pueden cambiar el mundo…

Somos seres, humanos, llenos de pasión.
La vida es desierto y tambien es oasis.
Nos derriba, nos lastima, nos convierte en
protagonistas de nuestra propia historia…
Pero no dejes nunca de soñar,
porque sólo a través de sus sueños
puede ser libre el hombre.

No caigas en el peor error, el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.

No te resignes…
No traiciones tus creencias. Todos necesitamos
aceptación, pero no podemos remar en
contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.

Disfruta el pánico que provoca tener
la vida por delante…
Vívela intensamente,
sin mediocridades.
Piensa que en tí está el futuro y en
enfrentar tu tarea con orgullo, impulso
y sin miedo.

Aprende de quienes pueden enseñarte…
No permitas que la vida
te pase por encima
sin que la vivas…”

(Atribuido a Walt Whitman)

Y sí, claro, cómo para no bajar a tierra después de leerlo o escucharlo, o las dos cosas. 


miércoles, 18 de diciembre de 2019

A cerca de las paradojas incluídas en el aprendizaje

Casi todos los martes, con Galeno, tenemos un pequeño ritual. Quizá para personas que se estén conociendo y que estén cerca físicamente, pueda parecer tonto... Pero para nosotros, que no vivimos cerca, y que buscamos maneras para salvar esa distancia, los rituales se instituyen como elementos importantes.  Uno de ellos, es, como decía, el ritualito de los martes. 

¿Cómo se originó? Fue cuando recién comenzamos a chatear allá por agosto y descubrimos que con el paso del tiempo empezábamos a intercambiar mensajes todos los días. Y asimismo, nos dimos cuenta que el día martes es uno de los que hay menos chance de contacto. Es que, mientras que yo trabajo y a la salida del trabajo voy directo a terapia, Galeno tiene  consultorio por la mañana y guardia por la noche. 

El ritualito se dió, por ende, como consecuencia de la apretada agenda... Y gracias a que existe un bache entre su salida del consultorio hasta su entrada en la guardia, del mismo modo en que éste espacio horario  coincide con mi salida del trabajo, y mi posterior entrada a mis sesiones de terapia; Galeno siempre me pide que le avise cuando estoy libre así me llama por teléfono y charlamos un rato. 

Éste martes, entonces, ni bien bajé del último colectivo a las 16.00 hs le mandé el mensajito. " Ya estoy, ya bajé del colectivo" , le dije, y el teléfono empezó a vibrar. Para no pasarme y llegar tarde, otro de los detalles, es que me pongo una alarma en el celu. Siempre, antes de comenzar a parlotear, Galeno me pregunta si puse la alarma y así se despacha tranquilo. 

Cuando me llamó tuvimos, como nunca, problemas de señal, por lo que tuve que caminar algunas cuadras y sentarme en otra parte donde, paradójicamente, se escuchaba perfecto. Estaba sentada en una galería interna, la única galería de la zona céntrica de mi barrio, totalmente metida en mi burbuja. 

En eso, cuando ya había sonado la alarma, y quedaban apenas dos minutos, me levanté del banquito donde reposaba, y mientras me iba despidiendo de Galeno diciendo cosas lo bastante chistosas y edulcoradas, de frente, de lleno, me lo crucé a Él. 

- ¡Pero si vos sabés que sos mi negro preferido, nos vamos a tomar un vino juntos, dale! - acababa de decirle, sin fijarme en el volumen de mi voz, hablando súper relajada. 

Y Él ahí, a dos centímetros, parado con dos bolsas en la mano, mirándome, habiéndome reconocido, un poco frenado para saludarme... Y del otro lado, Galeno, riéndose de mi chiste y yo riéndome consigo por la misma razón... y en simultáneo, Él, apareciendo de la nada. 

Lo saludé a Él con la mano, y le di un beso rápido, sin dejar de hablar con Galeno ni un solo segundo. 

Sé que escuchó lo que dije, que vió mi cara, que se dió cuenta que estaba hablando con un hombre - porque estaba flotando en mi nubecita de boludez - pero francamente, no me importó. 

Le hice una sonrisa sin palabras y mientras me iba dando vuelta, le dije a Galeno: 

- Yo también te mando muchos besos. Que tengas una buena guardia. No te olvides de comer ¿si? 

Y seguí caminando. 

Aunque al cabo de unas pocas cuadras me di cuenta que, en realidad, la distancia, es una paradoja. Porque Galeno está más cerca mío de lo que Él se permitió estar desde que me conoció a los dieciocho años, hasta ahora, cuando tengo casi veinticinco. Y mientras a uno puedo saludarlo, y cruzármelo por accidente por la calle, al otro, al que tengo que tomarme un avión para ver, es al que ahora elijo, por el que ahora apuesto... Porque cuando tuvo todo para rendirse, no se corrió. ¿Y cómo no preferir la atención de una persona que, siento, vino a enseñarme tantas cosas sobre cómo vivir mi propia vida con paciencia , pero, por encima de todo, con veracidad y valor? 

Sí. La vida es paradójica y la distancia relativa.

A esos dos tipos lo maravilloso que los diferencia no es la lejanía o cercanía ,sino, el valor de salvar todo lo que pueda desalentar a alguien y aún así seguir pensando que algo, por mínimo que sea, es posible todavía. 

Hoy más que nunca sé, y entiendo también, que tuve que haber conocido primero a uno para, más adelante, y muchos años después, haber podido apreciar el arrojo del otro y acompañarlo en ese encuentro aún con miedo... Porque podría haberme echado para atrás... y quizá no hubiera aprendido todo lo que, en este período tan breve y largo a la vez, he ido descubriendo... Pero creo que el descubrimiento de uno mismo y de ese otro que nos mira con su propia experiencia; vale cada minuto de éste proceso, de éste aprendizaje. Sí. Aprendizaje.  Para mí por lo menos, todo ésto, se resume en una palabra: aprendizaje.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Máquina de sentir

Habíamos llegado al hotel cansados después de andar todo el día. Ninguno de los dos tenía hambre, solo necesitábamos tirarnos un rato a descansar, darnos una ducha, y pasar un poco el rato.  Así que, después de ponerme en condiciones, busqué entre las mudas de ropa disponibles, un short y una remera con tirantes para relajarme del todo.  Galeno me miró con curiosidad. Mi short era del tipo de prendas juveniles que no usaría si no estuviera en confianza, simplemente, porque son demasiado cortas y ajustadas, pero tan cómodas que... En cuanto me lo calcé disimuló una risa breve y se quedó callado, mirándome. 

- ¿Qué? - le pregunté, aguantando la risa. 

- Me gusta la ropa que te pusiste - admitió. 

Me miré y lo miré, como reflejo. 

- Sí, ni idea - le expliqué - El short es cómodo y la remera es fresquita, suelta... 

- Me gusta esa remera, sí - la miró y tocó la tela - ¿Es de marca? - preguntó. 

Sonreí y negué fuertemente con la cabeza 

- Sí, es marca "Pepito" - ironicé - Es una casa de ropa que venden cerca de mi casa y que hace cosas muy lindas, no son tan caras y me salieron re buenas... ¿Desde cuando el señor evalúa todo, no? 

Se rió. 

- Vos me miraste todo el día hoy - dijo. 

Me acosté en la cama, manoteé el celular y lo miré, apropósito. 

- Quiero aprovechar que te puedo mirar... ¿Está mal? 

- Nooo - se rió, acostándose a mi lado, oliendo como los ángeles - Yo hago lo mismo ... Por eso quiero ver bien toda la ropa que trajiste... 

Me reí, socarronamente 

- Callate... - musité. 

- Cashate - me burló. 

Dejé el celular a un costado y lo miré fijamente. 

- Yo te miro porque así te conozco también, bolú - le expliqué. 

- Ya lo sé - dijo, y me corrió un mechón grueso de pelo que se volvió hacia mi rostro - Me da curiosidad cuando me mirás. 

- No te voy a matar... 

- No, ya lo sé. Tenés una mirada... que es como muy tuya... 

- Vos también me mirás a mí - le recordé. 

- Obviamente... ¿Cómo no te voy a mirar? 

- Hace al conocernos... - le recordé y lo agarré de la mano, acariciándole los brazos con la punta de mis dedos.   

- Exactamente... Además ya sé qué sos suave, el olor que tenés... - me acercó a su lado , y enseguida lo correspondí  - Tu pelo... y ahora cuando me doy vuelta también me estás mirando  - se rió. 

- Todo lo que te dije que era, es verdad... 

- No, es mejor - me corrigió , antes de besarme. 

Le devolví el beso. 

- Vos sos totalmente, pero totalmente, comestible - admitió, con tonada  - Es mejor...  - musitó. 

- Mentiras - lo burlé. 

Y comenzó a besarme todo el cuerpo, deshaciéndose muy despacio de los posibles obstáculos, con una delicadeza superior. 

- De verdad que me gusta esta remera - insisitó, mientras la miraba y la extendía en el aire , antes de tirarla a un costado  - Te queda relinda - dijo. 

Me reí con ganas 

- Sos un sonso, no me po...  - le dije, pero enseguida me quedé callada, porque de nuevo estaba desmoronándose mi atención habitual si se empeñaba en besarme el cuerpo de esa forma. 

Se rió y levantó la vista. 

- ¿Qué? 

- Me olvidé - dije, con dificultades serias para hablar de corrido, riéndome. 

Galeno sonrió y siguió besándome a la altura de las costillas, la cara interna de los brazos, y una maravillosa lista de largos etcéteras aledaños. Me desnudó así, reemplazando la ropa exterior e interior por besos que me hicieron perder el sentido. 

¿Cómo lograba semejantes reacciones en mí? Eso recuerdo haberme preguntado después de notar, y no poder controlar, que mi propia piel se estremecía por completo. No podía hablar,  ni tampoco explicarle, o decirle, cuánto lo estaba disfrutando. Ni yo misma había sentido algo así antes como para poder atajarme. Era, en toda regla, un mutuo descubrimiento. 

- Ohh - dijo, sorprendido por la batería de reacciones casi instantáneas - Mirá cómo se te eriza la piel - se rió - Es tremendo Veinteava - reconoció, contento. 

- Atrevido - me reí , mientras me acariciaba - Esto es estímulo-respuesta. 

- Nooo, no es solo eso... 

Me dió un momento sin ningún contacto 

- Galeno, vos no me podés besar todo el cuerpo y que yo no sienta nada - le expliqué, entre risas. 

¿Es que, realmente, no se daba cuenta que era y es muy bueno en eso? 

- Ése es el punto - reconoció , besándome el esternón - Sentís todo - dijo, riendose de mi propio cuerpo charlando con él y se aplicó en su tarea. 

Yo no pude contradecirlo o argumentar acordando con su perspectiva.  Sí, estaba sintiendo muchas cosas que mi mente y mi cuerpo buscaban procesar. Es que, en ese contexto, Galeno me estaba consintiendo y de la misma manera en que habría podido decirle "sí, realmente, me gusta que seas tan considerado" de estar en condiciones, ésta vez, mi cuerpo se encargaba de hacérselo saber. Donde besaba, tocaba , mordía o rozaba, mi cuerpo contraatacaba. 

No, no se lo podía decir. No, ni loca se lo iba a decir, además, si ya me estaba delatando... ¿Cómo se lo iba a decir? "Dios, éste Galeno que me dice que siento todo, cómo para no...  ", recuerdo que pensé, con un dejo de humor. 

Galeno siguió besándome, ahora por detrás, adueñándose de mi espalda, de mi cintura, de todo lo que encontró a su paso y en dirección hacia mis tobillos. 

Yo, solamente, hablaba a través de mi cuerpo, consintiendo en todo momento todo aquél contacto tan delicado y, al mismo tiempo, tan preciso para hacerme saber siempre de su deseo. 

- No puedo creer que seas tan receptiva - dijo, siguiendo con el trabajo magistral de recorrer el órgano más grande, la piel, que estaba teniendo una lindísima conversación consigo. 

- Yo no puedo creer cómo me encontraste el punto - contesté, riéndome - Conocés el cuerpo humano... 

Se rió. 

- Por algo sos médico...  - dije, en cuanto recuperé el aliento y nos reímos brevemente , cada vez más compenetrados. 

- Esto es otra cosa... - musitó, antes de besarme el cuello y la mandíbula - Tu cuerpo me responde muy bien... - argumentó , dándome un beso lento en los labios, mordiéndome, para que me rinda.   

Y yo ya no pude contestar nada.  Era, ciertamente, otro lenguaje. 

Porque, frente a la lentitud complaciente de Galeno, y entre mi desesperación por su gran labor, es decir, frente al complemento perfecto de atención, respeto y excitación, ¿qué iba a poder decirle? 

Ni yo tenía tantas buenas expectativas. Pero lo cierto es que él lo dijo, ya en su casa, cuando reflexionamos sobre el tema : "sos una maquina de sentir". 

Nunca mejor definición. 

jueves, 12 de diciembre de 2019

Miedo

Desde el primer momento, aquél momento donde lo que para mí parecía imposible se concretó a través de su propuesta, el miedo se hizo muy presente. Tan presente como nunca. Tan presente que, al parecer, habíamos estado juntos desde siempre y yo, sin querer admitirlo, sólo había dejado crecer la cuenta... y los pendientes.   Creo que, siendo totalmente honesta, pocas veces hacía sentido tanto miedo como cuando me enfrenté a la posibilidad de conocer a Galeno.  Sin embargo, muchas menos veces, había podido comunicarlo. Tomarlo entre mis manos, entenderlo, aceptarlo, sustituirlo por resoluciones, conmensurándolo, sin taparlo. Éso era también un motivo de temor; todo aquéllo estaba siendo nuevo. Galeno era nuevo. El ámbito era nuevo. La situación, el contexto en el que se daba, era nuevo.  Y por detrás, el miedo... ¿Cómo evitarse el miedo? O mejor ¿cómo derribar el miedo, trabajando en el? 

El día que nos conocimos, con Galeno, él viajó sabiendo todos mis miedos. Sabiendo de dónde venía, hacia dónde me sentía lista para ir, y, en especial, lo muchísimo que me estaba costando dar ese paso a su llegada. Porque lo cierto es que, a nivel emocional, Galeno es el vínculo más genuino que he tenido en éstos últimos cinco años. El más participativo. El más real. Con el que me siento más viva, y, concretamente, aunque lo afectivo vaya por otra vía, también más involucrada. ¿Y cómo así? Yo era la que no quería involucrarme. Yo era la que nada quería saber de los tipos grandes. Yo era la que, ésta vez, había agolpado mis prejuicios y elegido otra cara de mi vida. Sí, me había rendido, había renunciado a éso que me dictaba el corazón desde la primera charla con Galeno, a kilómetros de distancia. Esa naturalidad, esa autenticidad, ese no impostarse a uno mismo, se esté frente a quien se esté, sin importar el qué dirán.   

Frente a éste panorama, ese imposible para mí no tener miedo. Se me estaban cayendo las pilas de papeles con instrucciones sobre cómo vivir la vida durante tantos años y no me daban las manos para acomodar lo roto. Mi estructura, la pobre, empezaba a ajarse en sus bases. Yo no podía pararlo, me llevaba puesta mi propia capacidad de descubrir, de descubrirlo y principalmente de descubrirme. 

¿Cómo no sentir miedo? 

II 

Pasados cinco meses de la primera charla, el día donde nos conocimos, luego de tomar algo, cenar y charlar mucho, Galeno y yo nos frenamos en una plaza. Era de noche. Había algunas parejas caminando y disfrutando de las atracciones. 

- Bueno... - tomó aire, un poco nervioso - ¿Qué querés hacer? - me preguntó - ¿Querés venir un rato conmigo, te querés ir a tu casa, querés quedarte a dormir? 

Nos miramos. Frente a frente. Estaba cumpliendo todas sus promesas. Sonreí al notar que todo lo que me había asegurado se estaba dando, me lo estaba brindando. 

- No me quiero ir a mi casa - dije, con dificultad - Y sí quiero ir un rato con vos - lo burlé. 

A pocas cuadras del hotel, caminamos. Una pareja nos preguntó si sabíamos donde quedaba una calle. 

- Uh, me mataste - les dijo, con tonada - No soy de Buenos Aires, no te puedo ayudar... - respondió 

- Yo sí soy de acá pero estoy igual de perdida - admití, porque la zona no la conocía del todo. 

Nos reímos, los cuatro, y nos deseamos suerte.   Unas cuadras después llegamos al hotel hablando de los chicos que nos habíamos cruzado. Saludamos al ingresar y subimos a la habitación. De nuevo, el miedo. De nuevo el pensar que me iban a tocar con miedo. De nuevo el pensar que no iba a parecer suficientemente linda. De nuevo el pensar que ojalá me respetara, que fuera realmente comprensivo con lo importante que era para mí poder brindarme a otro después de tantos años, de una manera incluso muchísimo más profunda que lo físico, sino, desde la confianza de estar allí, en aquél contexto, con una persona que, acababa de entender, me gustaba.  

Era demasiado miedo, por lo que inspiré hondo y me senté en la cama, mientras él me hablaba con una naturalidad y una cancha maravillosas. Era bastante miedo, mientras él me contaba más cosas, ponía nuestra banda favorita y yo sentía que estaba cuidando todos los detalles necesarios para que ese momento fuera, para mí, una reivindicación de cómo debía haber sido querida (y si querida en éste punto es mucho, digamos más bien deseada) mucho antes, cinco años antes, con otros, sin rollos, estando a la altura de la circunstancia.  Era miedo, no tanto como bastante, mientras Galeno, me preguntaba cosas y me abordaba. Era casi nada de miedo, mientras me besaba por primera vez y constataba yo, finalmente, la diferencia presente cuando te están tocando con miedo y cuando te están tocando con seguridad. 

Era cero miedo cuando me vi desvalida de toda ropa, frente a un Galeno admirado, realmente admirado, que se tomó todo el tiempo del mundo para mirarme. 

- ¿Qué? - llegué a decirle, abrumada de pronto. 

- ¿No te puedo mirar? - me preguntó . 

- Sí, está a la vista que sí - bromeé. 

Sonrió. 

- Impresionante - dijo. 

Miré para abajo. 

- ¿Por qué te avergonzás? Te estoy mirando, admirando... - me explicó. 

- Son los minutos más largos del mundo... 

Chasqueó la lengua en señal de relajación. Estaba seguro. Muy seguro. Y eso me ayudaba a entender que no valía la pena asustarse de su juicio. 

- Vale la pena detenerse a mirarte... No te escondas conmigo, por favor, no tengas vergüenza conmigo. Está todo bien - musitó. 

Enfoqué la vista y lo miré, fijamente, observarme. Miedo, a ésas alturas, casi no quedaba. Era pura, la más pura, resignificación de cualquier otro vínculo afectivo que hubiera tenido antes. Levanté la vista, de nuevo, y lo dejé mirarme con más decisión.  Galeno estaba, realmente, embelesado. Miraba mi cuerpo, la forma en que mi pelo largo hasta la cintura lo encuadra, el modo en que me paraba frente a él, inclusive la forma en la que soportaba el contacto... y le gustaba. 

Suspiré y me reí, aliviada. 

Todos los miedos, los miedos anteriores, las manos anteriores, los modos anteriores, los mambos anteriores, se diluyeron.  Agradecí a Galeno secretamente por una cuota de compasión, de aceptación y de deseo tan grande de su parte. Y allí, justo en éste momento tan simbólico, tantos años después, comprendí que había encontrado, finalmente, a un maestro. Que no era simplemente un tipo más.  Comprendí que las personas, a veces, llegan a nuestra vida y rompen con todo lo conocido porque nos tienen algo que dejar como lección.  Y es que, él por lo menos, estando frente a mí y observándome estar frente a él chocándose con mi vulnerabilidad más profunda, con ese pequeño detalle Galeno me demostró lo que es ser deseada y respetada en todo sentido...  Pero, especialmente, sin miedo. 

Seguramente por eso, también, dejó que aprendiera a actuar en consecuencia... y sin temor. 

martes, 10 de diciembre de 2019

La despedida

Era el último ratito; las últimas horas de Galeno en Buenos Aires. Yo ya empezaba a sentirlo, básicamente a la altura del estómago. Incapaz de poder ponerlo en palabras, sabía que se iba a ir, que éstas eran las reglas del juego y que no había espacio para las lamentaciones. Sin embargo, desde siempre, sentir y saber han sido cuestiones muy diferentes atravesadas por planteos profundos que, la razón, es incapaz de conmensurar. 

Todavía acostada sobre su pecho, totalmente encima de su cuerpo, pagándome de mi poco peso para poder intervenirlo físicamente de ese modo, apoyé la cabeza sobre él. No le dije nada. Solamente me quedé en silencio, dejándolo acariciarme, y abrazándolo. Como si no quisiera que el tiempo se escurriera y como si supiera que, irremediablemente, eso iba a pasar. Con un pie en el tierra y con el otro en el cielo... Casi como si estuviera jugando a la rayuela que tengo tatuada en el brazo. 

Galeno me acarició la cabeza y se las rebuscó dignamente para darme un beso en la cabeza como si me dijera "todavía estoy acá" mientras seguía acariciándome.  Yo solamente lo acaricié en respuesta muda a ese gesto cariñoso y traté de no pensar, de no arruinar el momento, con el sentimiento de un desconcierto anticipado. 

- ¿Estás cómoda? - me preguntó. 

Levanté la cabeza, le sonreí y le dije que sí. 

- ¿Vos estás incómodo? ¿Me alejo? 

Negó con la cabeza, enérgicamente. 

- Nooo - admitió - Vos sos acariciable, por mí quedate, que te voy a acariciar todo el día... 

Levanté la vista otra vez y me acerqué levemente a su cara. Me quedé mirándolo, con las manos apoyadas en su pecho, como si fuera una mesa de algún comedor diario. Me miró fijamente y sonrió. Le devolví la sonrisa y le acaricié la cara muy despacio, como si quisiera llevarme todos los recuerdos posibles. Recorrí con mis dedos todo espacio habilitado para hacerlo, es decir, todo su espacio facial. Cuando llegué a su labio inferior, meditabunda, me mordió despacio uno de mis dedos.

Nos reímos, levemente.

- Él me muerde... - aludí.
- Por supuesto...
- Pero bien...
- Sí, bien - asintió - Siempre bien. 

Me detuve unos pocos instantes a sentir la situación.

- Fuiste muy bueno conmigo, Galeno - le dije - Gracias. 

- No tenés nada que agradecerme... 

- En serio - reforcé. 

- Yo también lo digo en serio - sonrió, acariciándome las mejillas. 

- ¿Éste fin de semana estuvo de acuerdo a lo que esperabas? - le pregunté. 

Me acarició la naríz, siguió el recorrido de mi boca con sus dedos suaves y asintió con la cabeza. 

- Yo tenía buenas expectativas, la verdad, sentía que iba a salir todo bien - admitió - Pero creo que salió mucho mejor de lo que esperaba, pese a que para mí iba a resultar bien. De estar en el café el sábado a ésto, superó mis expectativas. 

Me reí, levemente, sin mostrarle los dientes. No me moví ni un centímetro. Aquélla posición y aquélla forma de hablar, despejados de toda ropa, en las últimas horas antes de despedirnos, eran algo así como lo sacro para mí. 

- Para mí salió todo genial, muchísimo mejor de lo que esperaba - admití. 

- Y eso que vos tenías otros miedos - me recordó. 

- Justamente por eso. Porque pensé que podían pasar cosas relacionadas con el miedo que yo tenía, y al final, pasó todo menos eso - le dije - Por suerte, obvio - enseguida, añadí. 

- Tenés que confiar... ¿Por qué iba a salir mal, si venía todo bien, no? ¿No pensabas eso? 

- Sí... Pero también tenía miedo. 

- ¿Y ahora? ¿Tenés miedo? 

- No, ahora ya creo que está totalmente a la vista que superamos la prueba de conocernos, encontrarnos, vernos, saber quiénes somos. Pasamos a la realidad. 

- Exactamente... Ahora ya sabés que yo soy real, que siempre lo fui - me burló, con dulzura, en referencia a mis argumentos del principio. 

- Tremendo el nivel de realidad que manejamos - lo burlé - Ojalá no me bloquees cuando vuelvas a tu casa - le dije, a modo de chiste. 

Se rió.

- Ojalá vos no me bloquees a mí , Veinteava - me dijo - Así la próxima podemos ir a comer un Big Mac como a vos te gusta . Te lo debo. Es una promesa. 

Lo miré, le sonreí y me quedé callada. 

- Galeno... - le dije, muy seria - ¿Nosotros dos nos vamos a volver a ver algún día? - le pregunté. 

Me acercó a su cuerpo, encajándome en su figura con simpleza y me apretujó con un poco más de intensidad. Primero, a esa pregunta, me la respondió el cuerpo de éste hombre que hace meses yo no conocía en lo absoluto y, después, me la respondió su cabeza. 

- Sí, claro que nos vamos a volver a ver... - dijo.

No esquivó el bulto. Me contestó sin "no sé", sin "quizá". Se mostró, como en otro montón de cosas, concreto y se lo vió seguro. ¿Será que la seguridad se construye individualmente pero también se contagia en la intimidad del vínculo posible entre dos personas? 

- ¿No lo decís sólo para consolarme? 

- No. Que yo te dijera una mentira no te consolaría... ¿Vos realmente pensás que yo no voy a venir más? 

- Puede pasar - admití. 

Se rió y sacudió la cabeza. 

- Pero también lo que puede pasar es que, como lo pudimos hacer una vez, logremos hacerlo una segunda. Vamos a buscar la manera, se va a dar - afirmó - ¿Por qué no se repetiría? 

- ¿Vos querés volver? 

- ¿A vos te parece que no? Claro que quiero volver... No puedo decirte ahora mismo cuándo, pero nos vamos a poner en campaña, nos vamos a poner de acuerdo de nuevo...  

- Sí, son las reglas del juego - le dije. 

- ¿Vos no me creés? ¿Creés que yo solamente vine acá a pasar un fin de semana con una pendeja? - me miró, frunciendo el ceño - No es todo sexo, Veinteava, en la vida...  - dijo - A mi edad, por lo menos, ya no lo es. 

Le sonreí, con malicia y ternura al mismo tiempo. 

- ¿Y qué más hay? 

- Voy a venir a dormir la siesta con vos - se rió - No seré tu Leo Sbaraglia que tanto te gusta, pero... 

Le dí un beso. 

- Callate.... - le dije. 

- Cashaaaate - me burló - La tonada porteña que tenés es una locura - musitó. 

- Vossssss, vosssssss tenés tonada, callate - le insistí.

Porque, realmente, él me cargará por mi tonada pero yo lo escucho hablar y, en especial, cuando lo hace rápidamente, y tiene una musicalidad que no tienen ninguno de los porteños, obvio. ¿Si eso no es tonadita, qué es? 

- Voy a volver porque quiero que me hables con tonada y me digas que me "cashe" - dijo, burlándome otra vez. 

- Entonces ustedes, los ****, ni tonada tienen , claro... ¡cierto! - lo toreé. 

(...) 

- Vos creés que yo no voy a venir nunca más... Qué pibiiiita que sos - remarcó, y cuando dice eso es como cuando yo le digo "cashate"... Es decir, tonada total.  

Nos dejamos caer de costado. Pronto, yo estaba hecha un bollito delante de si, mirándolo, tomándome todo el tiempo en asir sus detalles para poder conservarlos. 

- Es una posibilidad... - musité. 

Galeno me abrazó fuertemente. 

- Pero que yo vuelva a verte también es una posibilidad... - dijo. 

Le sonreí, abrumada de pronto por le enorme vulnerabilidad que sentía, en todo punto de vista. 

Después me besó con más firmeza, como para sellar sus palabras.  Yo lo correspondí, poniéndole el pulso a la otra parte del acuerdo. 

sábado, 7 de diciembre de 2019

Piel con piel *

Me levanté, procurando no hacer demasiado ruido, y fui caminando en puntas de pie hasta el baño. A tientas prendí la luz del pequeño recibidor en la entrada de la habitación del hotel y me escabullí.  Lo primero que hice, considerando el estado de situación, fue mirarme al espejo. Recogí el enorme caudal de pelo que me caía sobre todo mi torso e intenté hacerme una especie de peinado recogido. Y, un rato después, cuando ya estaba lista para volver a mi normalidad, con mi neceser de productos de belleza y aseo cerradito, opté por cerrar el ritual cepillándome los dientes. Entonces, lo ví. El papelito del avión que indicaba procedencia y destino del pasajero descansaba en uno de los estantes del baño. Curiosamente, cuando Galeno había ido depositando sus productos de aseo y el resto de sus cosas, aquéllo se le había olvidado allí. 

Ésa fue la primera vez, en medio de todas esas horas juntos, que yo tomé noción de que iba a tener que volver a su casa. Porque, la procedencia del pasaje, marcaba otra provincia distinta, aunque cercana, a Buenos Aires. De nuevo miré el ticket una vez más y seguí cepillándome los dientes. Las muelas, los molares, las paletas. Punto de salida y punto de llegada. ¿Nosotros? Punto de encuentro.  Escupí en el lavamanos los restos de pasta de dientes y me mojé la cara. Suspiré. Di una última mirada en el espejo a mi reflejo antes de volver a la habitación. 

Y entonces, lo ví. 

Galeno había girado hacia el medio de la cama, buscándome, y estaba considerablemente más despierto. Me miraba pasear ligera de prendas por toda la habitación, evitando hacer ruido, lo que me hacía incurrir en acrobacias. 

- ¿Qué? - dije muy despacito, para no molestarlo. 

- ¿Te vas a ir? 

- No, no - volví a susurrar - Fui al baño. 

- Pensé que te ibas a ir 

- No señor, no - musité. 

Y lo miré, cuando acabé de divisar mi ropa, suspirando. 
Galeno me miró y apoyó la cabeza en la almohada. 

Sin dudas, ésa sería otra de las imágenes que me quedarían tatuadas en la memoria. Galeno mirándome, despacio, sin hacerme sentir avergonzada por mi cuerpo o por mi peso o por mi piel o por lo que fuera. Galeno siendo igual que yo, un ser humano, vulnerable, en esa situación, sujeto a mis ojos y a la observación. 

- Vení un ratito - dijo. 

Y es que, cuando Galeno quiere decir ratito, en realidad, me está diciendo vení un cachito, vení un poquito, acercate. 

- No me voy a ir, no temas - le dije, acercándome, y sonriéndole levemente porque decirle que no tuviera miedo, a secas, me había parecido demasiado solemne.  

Me senté de su lado de la cama y le acaricié los brazos. 

- Tranqui . Dormí. Descansa que no te voy a morder - le dije, acariciándole la frente para que concilie el sueño de nuevo. 

- Ya sé. Pero yo quiero que te acuestes de nuevo conmigo... - dijo, y me atrajo suavemente hacia él - Así puedo dormir abrazado a vos 

Me reí. 

- No me lo digas con tonada... No, porque me muero - bromeé. 

- Sí, dale, vos sos la que tenéeeeés tonada - se defendió, riéndose, porque me ha dicho que los porteños hablamos marcando mucho la doble ele.  

Yo todavía pensaba en el ticket olvidado en el baño. *** - Buenos Aires. Buenos Aires - ****

Galeno me atrajo hacia él del todo y yo me dejé llevar, sin pensar en ese papelucho. Corriendo las sabanas de donde molestaran, en la oscuridad más sensorial de todas, pasó sus dedos finos y prolijos por la unión entre mi oreja izquierda y mi cuello, acariciándome. Su cuerpo entero expelía ese olorcito al perfume francés que yo había elegido para que se pusiera esa noche. Era mi gloria, mi gloria personal y privada, que me tocase con sus manos suaves y acercara al mío su cuerpo perfumado. Me gusta mucho éste, le había dicho, mientras me mostraba las cajas y los envoltorios de los frascos que se había traído de su última instancia en París... Y lo había mirado con cara de circunstancia, anhelando comprometerlo sensorialmente para que usara uno. Ése. El que quería.  Sí. Aquél olorcito del primer día, tapándome los pensamientos. Era mi olfato festejando y todo el resto de mis sentidos complacidos. Sí, un hallazgo. Mi gloria personal. Sí, un hombre con sensibilidad social, detalles burgueses, y sin embargo, la compilación de cualidades necesarias para lograr que yo estuviera así, feliz, entre sus brazos. 



 Después, sucedió lo obvio, ya que me desmoroné ante ese contacto, y el ramalazo de sensaciones tan intensas que me convocó y desconecté le camino de la sinapsis. Él se rió por lo bajo, complacido, y me cubrió de besos la frente, la nariz, los pómulos, la barbilla, el maxilar, el cuello... Se reservó la boca para el final, cuando yo ya estaba rogando que me besara para poder corresponderlo y me dió un beso tierno, lento, pero muy grato. Se lo devolví, más mimosa que intensa, aflojándome bajo sus manos y pasando mi nariz desde su cuello hasta su pecho, dejándole algunos besos más, pequeñitos, como de yapa. 

Después de eso me di la vuelta, él pasó una mano a través de mi cuerpo, para abrazarme y deposité la mía encima de la suya para acompañar y consentir el contacto. Estiré el cuello mientras me acercaba a una almohada y lo apoyé. Galeno olió aquel punto donde confluyen el cuello, la nuca y el cuero cabelludo y depositó muchos besos. Besos suaves, intensos, húmedos, pero siempre, bien dados.  Increíblemente bien dados. Al punto de anhelarlos como pocas veces quise algo. 

- Dormí, dormí - musitó - Dormite tranquila - dijo. 

- Sí, estoy tranquila - dije y suspiré.

Ese suspiro, fue mi entrega. 

Nunca pensé, y lo noto ahora, mientras escribo, ordenando los acontecimientos y los detalles vividos aquéllos días, que fuera a estar tan tranquila, tan realmente tranquila en sus brazos, después de cinco años de tener el corazón, y buena parte del cuerpo, totalmente cancelados. 

* expresión utilizada por el individuo antes mencionado,  para caracterizar nuestro contacto físico, que, dicha con su tonada, me puede.