La cocina de su casa quedaba casi a la misma distancia entre el living y el jardín trasero, ubicada en el medio de ambos ambientes. Cuando Él caminó hasta allí, lo miré pero mantuve mi posición dentro del living, es decir, lo más lejos posible de Pedro y su mala onda. No quería salir afuera, ver su victoria, pero tampoco quería que lo maltratara porque, de sólo pensarlo, me llenaba de indignación. De hecho, me enojaba que no se defendiera ni impusiera guardando su carácter siempre para después. Un después que no llegaba nunca, aprovechando que la lluvia de críticas caía sobre su espalda y, por ese entonces, no alcazaba a salpicar la mía. Había algo, en esa dinámica, que me enojaba: el sentir que no me estaba dejando cuidarlo ni protegerlo de la misma forma en que él lo estaba haciendo conmigo, especialmente, sin que yo lo supiera, todo el tiempo. Aquéllo era, per se, lo que me encandecía.
Masticando el contexto quedé dando vueltas, y mirando todo de lejos. Necesitaba pensar, interpretar e intentar entender la cuestión. Mi carácter era bastante explosivo por esos tiempos, si no se lo frenaba a tiempo. Sabía que en ese contexto iba a hacer las veces de invasor en un terreno y en un dialogo que no me correspondían por lo que conté hasta veinte y me dije que tenía que ser inteligente y calculadora, porque Pedro lo era aún más. ¿Ganaba algo con encararlo y cantarle las cuarenta a él también? No, claro que no. Me debía intentar ser un poco, apenas, más astuta. Quedaba establecido. Yo ya lo sabía, sabía a pie juntillas que tenía motivos para enojarme, porque desde que había salido de la puerta de mi casa estaba sintiéndome intimidada por una situación que no había elegido y que no había podido evitarme; pero también sabía y muy racionalmente que el punto no estaba en ganarle ninguna disputa tonta a Pedro, sino, en quedarme con Él, al margen de todo el mundo. Había que vengarme de éste enemigo, extrañamente, siendo y haciendo a mi otro cada día más feliz a mi criterio. No existía, ni era conveniente, la chance de pensar en otra cosa.
En cuanto estuve más centrada me acerqué a la cocina a hacerle compañía. Fue la única manera en que encontré para demostrarle que me importaba más estar cerca suyo que todo lo que pudieran decir para entorpecerme la jornada o para hacerme poner nerviosa. Recién cuando estuve orbitándolo de lleno, y salí definitivamente del living, lo encontré clavado bajo el marco de la puerta anterior al jardín trasero, es decir, el punto donde tenía la misma distancia entre Pedro y yo. Me quedé mirándolo, procesando de a poco su imagen y las connotaciones que suponían. Ese gesto simbólico, lo recuerdo muy bien, me llamó la atención enormemente. Noté cómo Él intentaba luchar contra esas dos fuerzas contrapuestas que se disputaban su calma y tragué saliva ya que estaba reavivándose mi bronca. ¿Por qué, ése tipo, tenía que soportar una situación así y no se jugaba todo por primera vez en su vida? Porque mientras más cerca suyo me encontrase las cosas se iban a poner cada vez peor y empezaba a entenderlo. Si mi cercanía tenía un precio, a saber, quedaba establecido cuál era. Pero yo no quería exponerlo... Entonces, ¿qué iba a hacer?
Pedro estaba lo suficientemente lejos como para que yo lo observase a la distancia. No es que pensara cosas malas, pero sí, sentía ganas de que se fuera, mientras escuchaba la conversación que los dos mantenían:
- El problema viene de allá arriba - le indico El señalando la cuestión con una mano pero sin salir del marco de la puerta, tomándolo como línea divisoria “del tedio a la pasión”- No sé, fijate si queres probar, y cualquier cosa, subí... – explicitó, como para que no quedasen dudas de que no lo iba a ayudar.
De nuevo observé en silencio, y muy seria, todo el cuadro de situación sin intervenir. Hoy, a tantos años de distancia, me recuerdo pequeña frente a la situación porque lo cierto es que lo era. Pedro estaba, en efecto, dispuesto a meter mano; así que echando chispas sin decir ni una palabra se encaminó del todo hacia el objetivo. Y, estando arriba del techo, no le quedó más remedio que dejarnos solos... ya que yo no me iba a ir y Él no había quedado en ayudar.
Sola, con la intuición propia de una chica de diecinueve años, volví a mirarlo con intensidad y en cuanto puso un pie sobre la primer teja, Él me devolvió la mirada pidiéndome disculpas. Desde ese momento en adelante yo lo supe: al margen quedaba absolutamente todo lo que por esos días se nos pasaba por la mente; nosotros nos gustábamos. Pese al tiempo, a los años, a las diferencias, y a las críticas por la buena onda, nos gustábamos de verdad y, por lo mismo, aunque pareciera una mentira, dudábamos. Nos costaba muchísimo asumir el verdadero peso de esa atracción, aunque la juventud permitía ciertas licencias que el paso de los años va recubriendo con el musgo del pudor y de las buenas costumbres en algunos casos. Aunque ésto, en ése momento, era incapaz de notarlo. En aquél presente sólo valía la duda, la atracción y el deseo. Y junto con la duda… ¿Existía cosa peor por hacerle a una persona miedosa como Él, que no fuera hacerlo perder la propia seguridad frente a una posibilidad con una chica mucho más joven que él, lo quisiera honestamente? No en vano, Pedro se movía con aires de Paladín de la Justicia y me caía tan mal a esas alturas. No en vano sabía sus puntos débiles, intuía los míos, y ya empezaba a picar allí donde nos ardía. Porque quien divide – dicen; casi siempre - reina. Pero Pedro era su hermano, no era un primo lejano. Y a mi criterio, la persona que te toca a tus hermanos se merece la ruina, por eso, no podía entender cómo siendo su hermano era incapaz de darse cuenta que lo amaba. Que no le iba a hacer daño. Que sólo quería estar cerca suyo, aún mismo nos lleváramos muchos años. No podía, por una cuestión moral, incluso, decirle nada de ése tipo. Porque yo también tenía hermanas, y a ellas, tampoco Él les gustaba y me había sentido ya entre la espada y la pared tiempo antes de ese período juntos.
¿Entonces, qué hacer?
Todavía unos instantes después de su mirada, que más bien era unas disculpas flotando en el aire, persistía el silencio. Él miraba para afuera, muy serio, y yo mientras tanto pensaba qué iba a hacer con mi vida de seguir en ese camino lleno de incertidumbres. Desde mi cosmovisión quedaba parada frente a él, lo hallaba sin falsificaciones y ya no me quedaban dudas: si la ingenuidad tenía un precio, la experiencia también. Ahí estaba El, realmente, con su cara curtida, su semblante cansado, sus mejillas grandes y sus bolsas debajo de los ojos; tapándose la boca con una mano, cruzando de brazos, repleto de impotencia, a sus cuarenta y dos años. Ése era Él, del todo. Ésas eran sus limitaciones y esas eran sus incertidumbres. No había ya lugar para leyendas viejas, ni tampoco, para cuentitos de hadas. La realidad empezaba, vertiginosamente, a imponerse con toda su fuerza. Y yo lo quería. De éso estaba segura.
II
Cuando por fin me miró le dedique una sonrisa breve para calmarlo, afín de demostrarle que yo no estaba enojada consigo, pese a que en realidad estaba angustiada y asustada. Devolvió mi sonrisa y, mirándola, me quedé pensando en muchas cosas atravesadas entre el corazón y la memoria, más bien a la altura de la garganta. Estaba, ya a esa altura, algo alicaída por las dudas pero no le hacía ningún favor dejándoselo saber. Así que, disimuladamente, me di media vuelta y fui hasta su biblioteca para refugiarme en mis mejores amigos, los libros, hasta que aquélla situación se terminara definitivamente.
Había perdido ésa batalla … O en realidad… ¿Había perdido esa batalla?
- No, para. No te vayas, vení, vení... - dijo Él, haciendo clara su vacilación por primera vez a lo largo de la tarde. Frene en mi escape y, sin capacidad de sonreírle nuevamente, volví a mirarlo, atendiendo a sus ojos, al gesto que me estaba haciendo con sus manos, sin entender demasiado bien lo que pretendía de mí.
- No me voy a escapar... - avise, disimulando la rabia con una broma - Pensé que vos querías ir afuera. Andá, ayudalo, en serio, yo te espero … - musité.
Se le relajó el rostro y, cómplice, me dijo:
- Dejalo, no le des bola, es un rompe pelotas - su tono de voz dulce, pausada, con el que siempre me tranquilizaba, tuvo su magistral efecto. De nuevo, nos miramos por unos breves segundos y le sonreí con más ganas. También repetí el gesto de coserme la boca antes de embarcarme en la aventura de mirar sus libros con intermitencia.
Recién cuando estuve del todo calmada y presentable, volví a la cocina, donde El seguía parado y dividido entre las actitudes de uno y de otro, que representaban el alimento a sus fuerzas opuestas.
- ¿Qué pasa? - me pregunto, sacando charla.
- Nada... - musite - ¿Por?
- Te pregunto nomás… - imitó mi cara.
Esas maneras suyas de “entrarme” me dejaban llenas de ternura.
- ¿Tengo carita de que te quiero ladrar o morder, hoy? – dije, solamente.
- Tenes cara de guuuacha... – sonrió, con picardía - Cara de que sos terrible – remachó.
Las sensaciones, escuchándolo hablar conmigo en ese tono, hicieron reflejo en mi estómago a punto de hacerme escupir mariposas. Me reí para disimularlo, mirándome las manos.
- Mis amigos también me lo dicen - le confesé
- ¿Que tenés cara de guacha? – me la siguió.
Sí, con razón la bronca ajena... Sin dudas, nos gustábamos.
- No precisamente – me aclaré, dando vueltas alrededor de la mesa, inquieta – Ellos dicen que hay momentos donde tengo una cara entre dulce y perversa – musite y me lo quedé mirando… Me lo quedé mirando haciéndole sentir el momento. El Negro se rió, sin negar la hipótesis, miró para afuera de refilón y volvió la vista en un segundo: - Decile a tus amigos que además pones una cara de guacha que mamita... – dijo, con cara de pícaro, señalándome con un dedo que se balanceaba de arriba hacia abajo, muy lentamente.
Le sonreí, levemente.
- Me reservo todos y cada uno de mis comentarios, porque si no, se va todo... de tema... - dije con ironía ante la apreciación.
Se cruzó de brazos, más cerca de mí, con una mueca divertida, ya adentro del juego.
- No te bancas nada vos, eso es lo que pasa... - operó, buscándome la veta.
Sonreí, negando con la cabeza, lentamente. Continué moviéndome cada vez menos alrededor de la mesa, aminorando mis nervios, tratando de controlar mi cuerpo que, en su impulsividad física, misteriosamente, y con éste hombre en particular, casi siempre me traicionaba.
- No, no, no – musité, haciendo otro gesto con mi dedo, de izquierda a derecha, en reclamo a su ofensa anterior: – Hoy, así, no me vas a sonsacar nada... Ni siquiera, vas a lograr provocarme de esa manera. Busca otro método, sé creativo, éste venció – mofé.
Puso cara de “sos tremenda” y yo sonreí sólo para molestarlo.
- No estoy buscando provocarte, yo … - sonrió, provocándome, claro – Estamos manteniendo una conversación ¿no es cierto?
Me reí. Obvio, me estaba ablandando de una manera sólo con ese "¿no es cierto?" que ni yo misma lo podía creer.
- Entonces ya que te gusta hablar, charlatancito, buscá métodos novedosos... – apelé, tratando de ser dulce y él me sonrió - Porque pincharme, mmmh está caduco… - agregué, cinco segundos después, con el toque de perversidad que me faltaba para hacer de la cuestión algo más.
Y aunque se rió con la aclaración; enseguida volvió su expresión preocupada, cuando recordó que otra porción de su vida, en ese momento, consistía en mirar para afuera, como si eso implicara negar el adentro. Ese algo más era, precisamente, como una vacuna y una alerta contra el accionar del miedo al mismo tiempo porque lo curaba e incentivaba en partes iguales.
- Anda a subirte al techo, Hombre Araña, de verdad. No importa, yo espero - insistí.
- No, dejalo, está bien así... - contesto, repentinamente tenso.
- ¿No entendes que quiere que vayas, o te tiene que llamar tirándote una teja? - especulé con algo de humor y de nuevo, siendo un poco guacha. Se me quedo mirando, inseguro, pero después de otra sonrisa algo traviesa, me regaló su sonrisa mansa, su sonrisa de derrotado.
- Igual, no te voy a dejar sola, nosotros podemos venir después y lo hacemos tranquilos... - espetó - No entiendo qué quiere... – unos segundos después, evaluando la demora de aquél otro, resopló.
Observé sus gestos preocupados, concienzudos, y me acerqué un poco más a él.
- No pasa nada, aguantá un poquito, yo te espero, en serio, no me jode, todo bien... - le dije, con dulzura, y hablando en serio - Mejor que lo arregle ahora, así cuando llegas tenes todo listo para cenar algo, mirar el partido, pasar un buen rato… ¿eh?
Sonrió, porque me conocía y yo sabía perfectamente que rara vez mostraba esa parte de mi, es decir, mi parte blanda, la región de mi personalidad y de mi carácter con la que consolaba - y consuelo - a la gente que quiero y a la gente en la que confío.
- Cuando me decís esas cosas, hasta parecés buenita… - musitó, volviendo a la carga.
Puse mi boca fruncida, sacando un poco los labios para afuera, y asentí despacito, como si pensara sobre el asunto muy seriamente. Después, le dije:
- Parece ser que las pequeñas cosas de la vida pasan en silencio, todos los santos días. Dentro de esas excepcionales, a veces, soy buena ¿viste? - le pregunté, retóricamente, y sonreí, acercándome a Él otro poco estando movida por la inercia.
Enseguida frené, de todos modos, porque note la alarma en sus ojos e imaginé la poca imparcialidad presente de seguro en los míos. Para disimular un poco, según lo recuerdo, fui observando largamente ése jardín trasero, evitando mirar la obra de arte que debía ser, a cierta altura, el rostro de Pedro. Él me observó largamente, estando cada uno de perfil. Dejé que lo hiciera durante unos largos minutos antes de mover la cabeza y con ello modificar mi perspectiva.
- ¿Qué? - insistió.
- Nada... Miro tu jardincito...
- Estás callada... Te quedaste callada... – traslució, siendo un poco más claro respecto a sus inquietudes.
Le devolví la mirada, sólo por unos instantes, para corroborar el sentido de sus palabras: noté que tenía sus ojos de bueno.
- Las pequeñas cosas pasan en silencio, todos los días, hay que saber pisssspear – bromeé - Hay que mirar... bien.
- ¿Que tiene mi patio? – preguntó, siguiéndome el juego.
Lo miré, como si estuviera pensándolo seriamente:
- ¿Pasto sintético?
Se rió.
- Que es lo que estas mirando, eso quiero saber… - me dijo.
Suspiré y me quedé mirándolo a Él.
- Pienso como decorarlo, quizá – admití – Le pondría plantitas… Igual pienso qué le pondrías vos, más que nada, porque es tuyo.
- ¿De verdad?
Sonreímos.
- Si, de verdad; yo le pondría plantas, flores… ¿En qué otra cosa me voy a fijar? – le pregunté, desorientada, mirando con más detenimiento aquél espacio, ansiosa por algún detalle que me estuviera perdiendo.
- Para allá - me señalo, en susurros, haciéndome recordar sobre la presencia de un jacuzzi de exterior, rodeado por una glorieta trabajada en madera en una zona del jardín que, claro, en mi imaginario de esa época, yo había censurado por completo.
Mofé.
- Ahí no caben plantas… - espeté, y reí, bajándole la mirada - así que no me interesa… Y no creo que vos lo tengas para poner plantitas precisamente... - le aclaré.
Por suerte, se rió también. De refilón vi cómo se volvió a tapar la boca con una mano, ya, sin embargo, con una intención muy diferente a la primera vez.
- Te confieso que ése es el sector de tu casa que menos me gusta... – dije, para molestarlo.
Me miró, con curiosidad.
- ¿Por qué? No tiene nada de malo… - enseguida, se atajó.
- No, no tiene nada de malo, al contrario, debe ser cómodo – le aclaré con sorna – Pero es el típico artefacto que tiene un tipo soltero, para sumergir sirenitas de procedencia que no sé, eh... – espeté.
Se empezó a reír con ganas, sacudiendo la cabeza y suspirando. Parecía a gusto, por primera vez en largos minutos.
- ¡Sirenitas me decís, por Dios! - inspiró hondo pero no pudo aguantar la sonrisa a todo trapo, que se le escapó - Me matás ¿vos tenés idea de eso, no? ¡Mematás, hija de su madre! – exclamó, al aire – Por favor, yo siempre me guardo millones de cosas que podría decirte, que pienso, que se me pasan por la cabeza con las cosas que me decís… ¿no podrás vos guardarte una solita conmigo?
Lo miré, dejando en evidencia que era un exagerado.
- Es que en eso, precisamente, vos y yo somos diferentes… - me reí, más relajada, a sabiendas de lo que le estaba queriendo decir en realidad: – Las sirenitas esas vendrían a ser como la mercadería adulterada de tu gremio, la truchada... - ironicé, haciéndole un chiste por su trabajo.
- No entiendo una sola cosa… – me frenó, usando su palma en mi hombro - ¿Por qué, precisamente en este momento, pensás eso?
Dudé, pero se lo dije:
- Porque para mí es mirar ese coso que tenés ahí metido - le aclaré - y pensar cuánta mina pestilente habrá pasado por ahí… ¿Qué querés que te diga?
Se empezó a reír de nuevo. Definitivamente, ahí estaban otra vez "mis cuarenta".
- Acá no se mete nada raro, ni nadie... - me contesto, en un chispazo de buen humor – Yo ya te lo dije antes, hace mucho, además, te conté que ésta es mi casa, acá vivo yo, Veinte... No es un bulo, es mi casa, yo vivo acá...
- ¿Qué me habías dicho? - lo pinché, fingiendo amnesia.
Me hizo un gesto con la mano, una especie de barrida sobre el aire.
- Por favor, sé buena conmigo, no me provoques – me pidió - ¿Sabés lo que pasa después?
Asentí con la cabeza.
- Sí. Más vale que sé.
Se quedó pasmado.
- Pasan cosas como las de ayer - dije, parca.
- ¿Y qué pasó ayer?
- Te fui a buscar a la oficina para volver de la facultad - le dice, iniciando la enumeración - Manejaste como una hora y pico hasta mi casa, en un gesto de amabilidad, pero me cargaste todoooo el camino. Como no conocía la música, no me querías dejar salir del auto y te pedí por favor que me contaras más durante todo el trayecto, y no me contaste nada de nada, como buen mezquino que sos - me reí, intentando no hacerlo - Llego a casa, nos escribimos, y de nuevo, me dejás así... ¿Y? ¡Después soy yo la terrible! – exclamé, con una sonrisa, mostrándole cada dedo, cual si fuera una razón válida para amarlo, broma de por medio.
Me mordí los labios haciéndole un gesto con la pera, tirándola levemente para adelante, connotando el tono de desafío. Puso su cara de "perro mojado" - algún día lo explicaré mejor, supongo - y, entonces, de nuevo, me conquistó por encima de todas mis estrategias para cuestionarlo.
- Ayer te mostré un montón de música buenísima, cállateeee – sonrió – Y, además, no digas así, porque podría haberte dejado encerrada en mi oficina hasta el lunes ¿y ahíiiiiii eh? ¿Qué ibas a hacer si te dejaba ahí encerrada?
Me reí, con sorna, por imaginarme la situación. Se rió, seguramente, por imaginar algo bastante parecido.
- Volverte loco - espeté - En un fin de semana, en caso de que hubieras tenido la desgracia de dejarme encerrada ahí… - le dije, en tono de advertencia - le hago un llamadito a todos tus clientes, y vamos a bien quién tiene oficinita para el lunes… - ironicé.
-¿Ah, si?
- Hola, cómo le va, le hablo de parte del Señor **** **** - les digo - y se te acaba la joda, a vos, querido… - parodié - Te lleno de poemas la computadora, de fotos, mando mails a todos desde tu cuenta... - ejemplifiqué - Te volvería loco. Llegarías el lunes y no lo podrías creer.
Se le dibujó una sonrisa en la cara, de esas que no dejan en evidencia los dientes, pero sí de las que aflojan los ojos, diluyen las tensiones y, por lo general, revelan sentimientos.
- Poné, sí, poné esa cara de santo - dije, solamente, disfrutando de su expresión - No tenés cara, eso es lo que pasa con vos, no tenés cara. Te morís si me quedo un fin de semana en tu oficina, te agarra un ataque... Te morís si me quedo encerrada ahí y caés el lunes a trabajar y me encontrás sentada en su silla con el escritorio patas para arriba, leyendo Cortázar - me reí.
Sacudió la cabeza como si se estuviera diciendo a si mismo " ésta chica no me da tregua".
- Basta, Dios mío, por favor - se tapó la cara - ¡Es que vos sos terrible! – se empezó a reír, a carcajadas por mi respuesta – No puedo joder con vos, no puedo, no puedo… - insistió, tapándose la cara - Basta, guacha. No se puede así, es impresionante... - se rió, por lo bajo, algo angustiado.
- Sí que podés...
- ¡No, Veinte, no puedo! – reafirmó.
- ¡Ay! - me quejé - ¿Por qué sos tan amargo conmigo? ¿No te das cuenta que yo soy la amarga acá, que vos sos el que hace chistes? - le recordé - Va a llover que hago bromas, ¡va a llover! Te estoy jodiendo, jamás te pondría en riesgo. Si me dejás encerrada, bueno, es otra cosa, porque vos no salís vivo de ahí, eh... Yo te tiro del balcón, porque son los dos o ninguno... - lo burlé.
Se acercó, levemente, como si quisiera agarrarme de la cara y estamparme un beso apasionado. Juntó las manos casi a un centímetro de mi rostro y respiró profundo.
- ¡Basta, por Dios! - dijo, riéndose.
En un primer momento, nunca había una cosa así, y aunque me dió un poco de miedo por Pedro, no pude evitar celebrar que había hecho algo distinto, que estaba causando un efecto más profundo semana a semana. Que estaba haciendo las cosas bien, que ése era finalmente el camino. Se corrió de la línea de guerra, y cambió de posición, yéndose de la línea de fuego, resistiéndose. Me lo quedé mirando e, instintivamente, me puse a dar vueltas por el ambiente, haciendo tiempo, mirando los adornos, las cosas desperdigadas arriba de la mesa y mirándome las uñas. Había sido ese un intento que quedaba demasiado cerca de la meta...
Él, que me había bajado la vista en principio, interrumpió la enorme cantidad de pensamientos que estaba procesando, con su pregunta:
- ¿Vos entendés que uno no es invencible, no? – dijo, sonriéndome con dulzura.
Me extrañó su pregunta. Nunca me la había hecho.
- ¿En qué sentido?
- ¿No entendés que yo soy una persona también? – me preguntó
- Sí, más vale - me puse seria - ¿Te molestó el chiste? Te juro que no te lo estaba diciendo en serio, eh, es todo broma, jamás jodería con tu laburo, ni con nadie, me sé ubicar... - le aclaré.
Sonrió y se le aflojaron las facciones.
- No, eso ya lo sé, ya sé que es chiste, y me encanta... - mofó - Al contrario. Lo digo por vos, por los dos, bah - reconoció.
- ¿Qué es lo que decís?
- Que terminan mal estas cosas...
- ¿Qué significa que terminen mal? - le pregunté.
- Que terminan mal - dijo, con una leve sonrisa.
Mofé.
- Ya veo que terminan mal, sí... - dije, solamente - No me lo digas con esa cara porque no te creo... - me reí.
- ¿Qué querés decir con eso? - preguntó, esperando.
Vigilé a Pedro, totalmente fuera del mundo, y entonces, hablé:
- Que si vos metés a cada una en esa piletita, es obvio que va a terminar mal - le contesté - pero conmigo no tiene por qué salir todo mal. Lo bueno, además, es que vos mismo me decís que no sos invencible ¿no? - reconvine – Eso es genial, porque no te hacés tanto el superado conmigo, ni el hombre de hielo, y con esa cara de perro mojado me comprás - sonreímos - ¿Te mordí, yo, acaso? No es todo tan terrible, acá.
Mofó, sacudiendo la cabeza, divertido, y con carita de sonso.
- Por ahora no, por ahora no - musitó.
Suspiré.
- Yo gruño, pero casi nunca muerdo - me sinceré - Me tenés que hacer algo jodido. Si no, no. Y a vos, encima... - chasqueé la lengua.
Sonrió.
- ¿Y qué querés, entonces? – preguntó, mientras se ponía casi de espaldas a la puerta trazada entre el jardín y el interior... Mientras miraba, por suerte, para adentro y no tanto para afuera.
- Hablame clarito, no me hagas más preguntas cerradas… - le advertí – Porque después, viste, termina mal, dice uno que yo sé - ¿Qué quiero, sobre qué tema?
Sonrió.
- ¿Vos querés volver loca a la gente, no? ¿Me querés matar a mí? ¿Vos querés que me muera de un infarto acá?
- Nooooo - le aclaré - Yo digo lo que pienso… De vos, en especial, porque me caés bien. Si no me caerías bien, ni te hablo... ¿no te diste cuenta cómo soy de parca con la gente que no me cae mucho?
- Ya veo… - aceptó, cazando la indirecta – Siempre tenés una opinión. De mí, del jardín, del jacuzzi; personalmente, por mail, por carta – enumeró, riéndose.
Y me avergoncé, porque ante Él, era una máquina de decir verdades, mis verdades. Y algo con lo que solía perseguirme, sólo porque lo había impactado mucho en su momento, era con el tópico de la carta. Sí, definitivamente, nunca dejó de recordarme la existencia de esa carta, es decir, la carta donde le confesé abiertamente que me estaban pasando cosas consigo, donde le evidencié que no me importaba nadie más, si llegado el caso, le pasaba lo mismo.
- Sí, bueno, es verdad… - asumí, acorralada, y me buscó la mirada.
- ¿Qué es verdad?
- Que me da a bulo tu jacuzzi... - admití - Y que de todo tengo un cierto juicio; en especial, de vos. Pero eso no es malo, al contrario, es bueno.
Asintió con la cabeza, una sola vez.
- ¿De verdad es el lugar que menos te gusta? – repensó, extrañado.
Le dije que sí.
- Me extraña, es eso… – le confesé y me rei, porque en realidad, yo ya sabia que esa afirmación acababa de cambiar todo el clima - Y además, lo veo y me da a cualquier cosa, *** - me reí - Pienso y me digo "ay, que ni me cuente nada del pasado que tendrá esto, por Dios, porque me tengo que mudar del barrio… " - admití.
Se tapó la cara con las manos y empezó a reírse debajo de ella, inevitablemente colorado por el tono de la conversación. Unos minutos después, se me quedó mirando, muy pensativo, pero con una expresión linda en la cara. No era, en efecto, la extrañeza de quien no te acepta sino de quien está intentando conocerte a fondo, comprender cómo te vas mostrando en todos los sentidos.
- Es increíble cómo le ponés semejante cara de asco, la verdad... – sonrió – ¿Vos sabés que está muy bueno, no? Digo, no tiene nada de malo, no hace mal... - argumentó.
- Yo no digo que haga mal... Me da asco pensar en el pasado de éso – le contesté, mofando, en broma - Y no, la verdad, no sé si está bueno o malo, no es mi mundo - deslicé.
- Pero ¿por qué pensás que lo tengo para esa finalidad? ¿No puede ser para mí, para relajarme, para distenderme? – me preguntó.
Le revoleé los ojos.
- También, sí , claro… El señor montó un spa pero sin velitas… - le dije, con sarcasmo.
Se rió, despacio. Yo también me sonreí.
- Me carga la hija de su madre - suspiró, y se rascó la barba - ¿Te pensás que yo tengo minas por todos lados, no? ¿Pensás que soy un desastre? ¿Que me acuesto con todas, que a todas las traigo acá y las meto allá?
Me reí socarronamente.
- Vos sos un atorrante...
- ¡No, te lo juro que no! - exclamó.
- Dale, no me mientas... - le dije, con desconfianza - Es obvio.
- ¿Obvio, qué es obvio? ¡Nada es obvio, mujer! Veinte - me hizo un gesto de rezo - A mí no me da bola nadie... - afirmó.
Me indigné.
- Nadie, claro, sí, está bien, la gente es nadie ahora... - dije, sin pensar - Total, la gente habla, dice, hace y todo, pero nadie le da bola...
Se quedó callado.
- ¿Qué? ¡Decimelo, dale, que me ponés una cara! - exclamó.
- Nada, dejá, ahora me borro la cara - le dije, terminante - Mejor cierro mi boca de jarro... porque “terminan mal estas cosasssss” – lo imité, con su tono juicioso.
Sonrió y me miró, cambiándose de posición, con los brazos cruzados sobre el pecho.
- No sé por qué te enojás cuando te digo que no tengo minas, si es obvio, oooobvioooo, que no todos tenemos tu suerte - dijo, solamente.
Lo miré, en silencio.
- No entiendo de qué me hablás.
- Que no a todas las personas le pasa lo que te debe pasar a vos, en todas partes... - se encogió de hombros, hablándome muy serio - Es más, por la calle, estamos en algún evento o donde sea, y pasan y todos se acercan a vos... - me tiró - ¡Te saludan! Decime cuándo viste a algún otro lo saluden como te saludan a vos. Los tipos te dicen que no, pero te saludan y te miran...
Mofé.
- Eso no es suerte... - le dije, de mala gana.
- No, es cierto - reconvino - Está a la vista lo que es.
Sonrió, sin una gota de lascivia mal avenida. Sonrió con esa carita con la que me mataba.
- Si, es verdad – dije, sólo para salir del paso.
- ¿Qué es? – me preguntó sonriendo.
- Desconocimiento de lo que realmente soy - me reí, bromeando de nuevo - Vos, date cuenta, que me conocés como realmente sos y, sin embargo, me decís que te quiero matar; que soy mala con vos, no sé cuántas cosas... - lo pinché - Encima, después, la querés arreglar y me decís que tengo ese coso - señalé cierto lugar de su jardín cuidadosamente elaborado -, para hacer un "al agua pato" si me siento mal, donde estuvo medio país.
Se rió, de improviso.
- Me tenés muy mal conceptuado. No sé, te pensás que yo me puedo levantar a todo el mundo. ¿No te das cuenta que yo soy feo? Vos porque sos linda, entonces, no te cuesta nada... Pero no todos tenemos esa suerte.
Negué con la cabeza.
- No pensé que eras tan hueco...
- ¡No soy así, pero digo la verdad!
- ¡Decime la verdad, entonces! ¿Esto es un bulo, una trampa, no? - me reí.
- No, es mi casa. Y pongo todo a tu disposición, en caso de que lo quieras, sin ningún tipo de doble intención, ni de nada - me señaló - ¿Ves allá? Bueno, éso, hace masajes. Yo también me siento mal de la espalda, y a veces, me acuesto un rato ahí. Me hace bien. Si no querés usar eso, porque decís que es de bulo, bárbaro, podés usar otra cosa...
- No. - me negué - No sé, no es importante.
- ¿ Por quéeeee sos tan cerrada? ¡Te lo estoy ofreciendo, no me lo estás pidiendo, Veinte! ¿Qué? ¿Te da vergüenza pedirme algo? ¿Me tenés miedo, te doy verguenza, qué pasa? - susurró.
Le sonreí.
- Te contesté que no, simplemente, porque nunca me metí en uno de esos y porque no sé si realmente te relaja – le expliqué, hablando en serio - Toda mi vida tuve problemas en la espalda, y por eso, nadé diez años - le comenté - Yo me acostumbré a que me duela, y yo no estoy acostumbrada a que me ofrezcan así , cosas... - me avergoncé - Yo soy más de que me hagan masajes, cosas más sencillas, no meterme dentro de un jacuzziiiiiii - le escupí, con sorna.
Me puse colorada, sentí que me subió un calor por el rostro.
- Pero no, en serio, ya sé... Yo también soy así, no pienses cualquiera - me calmó - Te lo ofrezco porque está a mi alcance, nada más. No te quiero ofender, ni nada.
- No, no me ofrendo. Pero – dije, aunque enseguida me arrepentí, haciendo una mueca de desinterés.
- Yo insisto en que, cuando quieras, todoooo está a tu disposición ¿eh? - consideró - ¿Me creés un poco más?
Lo miré, con cierta distancia y le hice una cara que mediaba entre la desconfianza y el cariño.
- Estoy tratando de ofrecerte algo, para que te sientas mejor... – se confesó - Es una circunstancia, nada más, donde tengo a mi alcance algo que te puede hacer bien. Te lo ofrezco. No hay condiciones.
Me reí y lo miré, por unos segundos, evaluándolo.
- Es que me parece raro que me quieras poner en remojo… - admití, riéndome, mientras me hacía la sonsa - La gente te ofrece un mate, un té, cuando llegás a la casa... O si te duele la espalda, te hace mimos... ¿no? - reflexioné - No sé, no me des bola.
Sacudió la cabeza, encantado.
- No podés con tu genio, siempre cantando las cuarenta.
Volvió a la normalidad todo.
- No podés con tu genio, vos, que nunca vas a tener una reposera en el patio de tu casa ¿no?
Se rió, de nuevo, recuperando la sintononía, habiendo salidos fortalecidos del intercambio anterior. Lo miré, pensando en muchas cosas, en una manera de cortejarme que no terminaba de ser como yo la deseaba, y en especial, como sabía que él podía tener conmigo.
Me miró, estudiándome.
- ¿Qué pasa con esa cara?
- Estoy planificando cómo romper tus remitos – dije, sin pensarlo - Y que ese secuestro que me hiciste anoche también merece venganza... - me sonreí, volviendo a la carga.
Hizo un gesto hacia el cielo, juntando las palmas, como si le pidiera algo a Dios.
- Ah, no sólo me querés dejar sin laburo, sino que encima me rechazás un buen gesto y además, ahora, me provocás – espetó.
- No, no es una provocación, es reconocer que te podés arrepentir de secuestrarme... - lo toreé.
- ¿Arrepentir?
- *** ¿no me conocés todavía, no? – le advertí, llamándolo por su nombre - ¿Qué soy yo? ¡Una bruja, una guacha, una mala! ¿O no? ¿Qué más me decís? - me reí, pensando en voz alta.
Sonrió, picado, y se cruzó de brazos, apoyado del todo contra la puerta, mirándome, enfundando en un abrigo negro. Y el negro era, por excelente, el color que le quedaba más lindo, junto con el rojo y el verde...
- ¿Te puedo pedir una sola cosa? ¿Por favor? Es una sola cosa que te pido... – me preguntó, sonriente, juntando sus manos en un rezo.
Asentí.
- Decime, dale ...
- No me pongas esas caras, ni me hables de esa forma, y no me cagues a pedos – enumeró - ¿Puede ser? Portate bien, conmigo.
Mofé, riéndome.
- ¿Perdón? – pregunté, picada - ¿Portarme bien? ¿Justo vos me vas a decir que yo me tengo que portar bien, precisamente, en ésta dulce morada? - ironicé.
Se rió, mucho más animado.
- Ya que es mi morada, y no un bulo, justamente, te recuerdo que está a tu disposición… – murmuró - Pero te pido por favor, que no me mires de esa manera, porque yo me voy a morir un día de éstos... ¡Me voy a morir!
Miré para afuera, preventivamente.
- Mirá, acá hay dos cuestiones: o estás siendo generoso conmigo porque me vas a cagar de alguna forma o estás buscando la manera de sacarme de encima y por eso querés que me resfríe.
Sonrió.
- ¿Cuál de las dos, es?
- Ninguna de las dos.
- No te entiendo, honestamente... ¿Sos bueno, ahora?
- Siempre lo soy con vos.... - me dijo, extrañado.
- Menos mal que aclaraste, eh - lo burlé, sacándole la lengua.
- Acá la jodida, la guacha con todos, sos vos... - me recordó - ¿Qué te dicen tus amigos? Que sos perverrrrrrrsa... - me hizo reír.
Me quede callada y lo miré, enarcando una ceja, pensando en cosas que nos incluían a ambos. Recuerdo que la principal intranquilidad residía en que, a esa altura, yo tampoco podía dar garantías de sobrevivir a una relación tan extraña... Porque a mí también Él me gustaba y a medida que lo iba conociendo mejor, no hacía otra cosa que gustarme más. Y más hablaba consigo, y más me divertía, y más nos íbamos envolviendo mutuamente... Y Él más me enamoraba. Avergonzada de mi misma, por sentir y pensar de esa manera, no le dije absolutamente nada de eso. Yo todavía estaba volando, en mi mente, asombrada de mi misma, y además, de cómo pese a tantos años de distancia podía hacer que cada segundo a su lado valiera la pena, que cada pequeño chiste o comentario fuera el motivo de una hora de elucubraciones y de festejos internos.
- Me creíste al final - dijo, después de unos minutos.
- No, no necesariamente... - dije.
- ¿Y entonces? ¿En qué pensás?
Sonreí e hice un esfuerzo enorme por controlarme.
- En lo que me dijiste... – le confesé, entre risas.
Se rió.
- Me das miedo, te lo juro por Dios, podés salir con cualquier cosa – admitió.
Lo frené, con una mano, restándole importancia.
- Pensaba en mis cosas privadas, que vos no podés saber... - musite, con sorna
- ¿Ni una?
- Que seguramente vos te vas a quedar del lado de afuera del jacuzzi, mirándome con una toalla en la mano, por las dudas, si quiero salir – suspiré, apropósito - Es más, sos tannn bueno conmigo, que comprarías patitos de esos que hacen ruidito, pero meterte, ni hablar... - lo cargué.
Se agarró la cabeza con las manos.
- No seas mala conmigo, por favor... – sonrió, así.
- No soy mala. Soy sincera, muy sincera, con vos... - le confesé, viniendo de otro mundo muy distinto al suyo. Tenes una forma extraña de ser complaciente. Me ofrecés cosas raras para lo que yo no estoy acostumbrada … – le expliqué, siendo clara - Y yo pienso ¿qué se piensa que soy, éste pancho? - se rió, de pronto, por esa denominación.
- No, yo no pienso nada de eso... No, no no - me calmó.
- Por eso, te vas al otro extremo, con los patitos...
Se rió.
- ¿Vos te pensás que me molestás, no? ¿Que me molesta que uses mis cosas? Estás loca. No me molesta para nada. Es más, las cosas están para usarlas. E insisto, si yo pudo hacer algo, lo voy a hacer. Hacé lo que quieras, usá lo que quieras, a mí me tiene sin cuidado – sostuvo.
Pensé que Él, desde ese lugar, por mi, quizá podia hacer cosas. Pero ¿qué le podía dar yo a Él, en qué podía aportarle significativamente para que ésa fuera una amistad - al menos de momento - más pareja, más justa? No me animé a preguntárselo, porque Pedro andaba por ahí, dando vueltas, ni a confiarle mis dudas.
– Si me duele la espalda, si no doy más de las contracturas, yo no quiero meterme en tu jacuzzi - le exprese – Te lo juro: me hace sentir mejor que me hagan masajes, o de última, que me den una pastilla para que se me pase. No es que a mí me duele la espalda y te voy a decir “Che, ****, voy yendo para allá, ponelo en marcha, quiero que esté preparado de tal manera, dale, moverte, eh" - parodié - No me gusta todo ese pi- ri- pi – pí … – lo ilustré, avergonzada.
De nuevo, me subió un calor a la cara. Apuesto a que me puse colorada, porque estaba siendo demasiado transparente. Rió, como si con algo de lo dicho, lo hubiera detonado por dentro.
- ¿Ese que, no le gusta a la señora de Letras?
Le sostuve la mirada.
- Ese pi-ri-pi- pi - repetí, apropósito.
Hizo un gesto con las dos manos, abiertamente, sacudiéndolas, en señal de rendición, como si quisiera decirme que hasta allí había llegado, que basta, que no se aguantaba más.
- ¿Te das cuenta, no? - me dijo, mirándome, resignado - No podemos hablar vos y yo. No se puede, es así. Ayer pasó lo mismo... - reconoció.
- No tengas miedo a que me desubique… Sé reconocer la presencia invasora.
Se rió, brevemente.
- No, yo no tengo miedo. Solamente reconozco que no puedo hablar normal con vos. Me confundo, me... pongo mal, no sé ni lo que digo - admitió.
- Tenés cagazo, vos... - le susurré.
- No, no, yo estoy muy bien – sonrió, afectado.
Tenía el mismo miedo que yo.
- Ayer no quisiste aportar conmigo, arrugaste. Sí que tenés miedo. ¡Reconocelo!
- No quise apostar por otro tema… - susurró – A vos te dio miedo.
Mofé
- ¿Te puedo pedir un favor? – lo miré, ocultando la tentación - ¿Te portás bien y me decís la verdad?
Nos reímos, ingresando a nuestros códigos ese chiste, como un pedido desesperado de auxilio.
- ¿Qué le pasa al valiente ? – le pregunté, y su rostro reblandeció.
- Por favor…
- Sos exagerado… Era una apuesta inofensiva, para jugar – me acerqué, sonriéndole - ¿Te das cuenta que no pasa nada? Si no querés, no ponemos prenda para ninguno de los dos, es para que hiciéramos algo. Yo te quería regalar algo, comprar algo porque nunca me dejás que pague los peajes y me molesta eso - le confesé.
- No, es que me chupan un huevo a mi los peajes... - confesó - A mi lo que me preocupa sos vos, el hecho de que termina mal esto... - sonrió, levemente.
- ¿Cómo que terminan mal? – avancé, por inercia, un paso.
Quedó apoyado entre la puerta de la cocina y mis ojos, a metros de Pedro.
- Ah, sos más brava de lo que pensaba… - reconoció, acorralado.
- No, yo con vos soy buena – le aclaré - Y si termina mal, vos también, no sos ningún santo.
- No, sí, claro, vos sos una excelente persona.
- Tengo mal carácter o modos raros, pero jamás haría nada que te pusiera mal, en serio – admití, y dejé súbitamente la broma, volviendo a mantener las formas.
El hizo lo mismo, sonriendo, quizá teniendo las cosas un poco mas en claro por la cantidad de reclamos que le hacían todos en su entorno, y todavía me ocultaba por ese entonces.
- Che... - me dijo, mientras dejaba de mirar hacia el sitio donde estaba Pedro definitivamente, metido dentro de mi mundo y de su cocina. - ¿No buscaste lo que hablamos ayer?
- Si, anduve mirando algo por Internet, cuando me dejaste en casa - le conté.
- ¿Y?
- No entendí un carajo, te juro... - le dije y lo hice reír por mi expresión tan sincera - Encontré versiones más contemporáneas. No la que me mostraste vos...
- Por favor, qué boca sucia – se carcajeó – Un carajo, me dice, un carajo…
- Boca sucia, me dice, y después terminamos mal... - le advertí, con los ojos - Escuchame y respondeme, la adivinanza: ¿es una pelicula, una obra de teatro, un artista, o simplemente un cantorrrr? - pregunte, poniéndole caras, como a El le gustaba.
Mantuvo los papeles en un gran esfuerzo.
- Me imagine que no lo ibas a conocer... – dijo solamente.
Enarque una ceja, ya que ese gesto lo ponía dulcemente de los nervios.
- No se para que usted me manda a buscar lo que no voy a entender, habiendo tantas cosas buenas, artistas sobre los que podemos debatir... - reconocí, con naturalidad.
- Para que conozcas... - me respondió.
- Me gusta, eso – le dije, hablando muy en serio - Lo gracioso es que después vengo y te pregunto, porque quiero conocer, y no me tiras una línea. Ponés la cara así - lo imité - y me decís "termina mal, termina mal, termina mal " - se rió, sabiendo que ya había perdido todo el peso dramático esa frase.
- Si yo te ayudo, no descubrís nada… Es la idea de que lo descubras sola.
- Vos me nombras un concepto, sin contexto, y pretendes que haga magia. Son dos cosas distintas.
- Rebuscatelas.
- ¿Perdón?
- Estudias en la facultad una carrera Universitaria donde te la pasas leyendo. Para seguir yendo bien en eso, tenes que ser inteligente, culta, saber de todo - me pincho.
Y ese pinchazo no me gusto demasiado, entonces, deje un poco de lado el humor.
- Hay una diferencia: vos no queres que yo conozca, vos queres que yo adivine. Reconozco mis falencias y te digo, por ende, que me tires más datos, así investigo y me nutro - le remarqué, mientras lo miraba y sacudía la cabeza, en silencio - Cuando te lo digo, me escribís un mail a las diez de la mañana, recién llegadito a la oficina, y ¿qué dice? Nada concreto, más datos de cosas que intento relacionar y no cuajan - le recordé y me miró, complacido - Eso no es inteligente de tu parte, es pedante. Lo que yo no entiendo es, desde donde y hasta donde, se te subieron los humos para ponerte en señor conmigo... - le recrimine – sabiendo que si yo empiezo a hablarte de escritores del tiempo de Colón, es probable que no los conozcas. No hay que usar el conocimiento para mal, compartilo...
Sonrió.
- Te puse a prueba... - me contesto, juguetón, mirándose los dedos.
- Jugando con mi desconocimiento... - lo mire y ante tal intensidad, baje mis ojos.
- Mostrándote para que conozcas, pero al mismo tiempo, dejándote que elijas sola... - me recalco - Si eso te gusta, si el género te gusta, te muestro otras cosas... Yo no te voy a decir qué te tiene que gustar. Pero comparto cosas con vos, por eso, te mando mails - sonrió.
- No, eso por descontado. Obviamente – dije, a la defensiva, aunque enternecida.
- No, eso por descontado – me repitió, sonriéndome.
Me lo quede mirando, pensativa y seguramente con cara de boba.
- Conoces todo lo que yo disfruto, sin que juegue con tu desconocimiento generacional – me animé a decirle.
- Sí, porque soy viejo…
- Y también porque yo te conté las cosas que me interesan que de no ser por tener que bancarme a mi no hubieras conocido – consideré - Compartir es eso, no hay que darle tantas vueltas. No importa si no lo conoces, o si yo no se quien ese artista del año de Ñaupa; importa que el otro te muestre y punto. Eso es ser terrenal, compartir cosas con el otro, gustos... - chasquee la lengua, diciéndoselo, entre risas - Por eso quería apostar... De esa manera, vos me mostrás. Por eso no te pedí nada preciso si la ganaba, porque mi objetivo era otro... - le dije, demostrándolo abiertamente.
Me acompaño en el gesto de mi cara y rió.
- Ay, ay, ay, siempre queda bien, ella - suspiró, con una mueca que después observaría muy a menudo y que siempre me pareció que era una dosis enorme de ternura - ¡Bien, bien! Buen punto - me susurro, varias veces - Me lo ganaste a este, bien ganado, cabrona, bien eh – insistió - ¡Cómo se nota que te la pasás todo el día leyendo para estudiar esa cosa rara que seguís en la facultad! Después hablás así, y claro... – recriminó y me hizo reír, porque para Él no era ninguna cosa rara.
- Boludo… - murmuré.
Se mordió el labio inferior. Hice el mismo gesto, solo para molestarlo y no le dije nada más.
- ¿Que te pareció? Muy de viejo ¿no? - dijo, volviendo a la carga, luego de unos minutos.
- De 1810 en adelante no es viejo... - ironice - Algo normal, digamos...
Se rió, descolocado.
- No mientas. Encima de mala, cruel... No te tenía así, a vos, pensé que eras completamente diferente. Es más, yo siempre pensé que vos eras alguien sensible, dulceeee, buena piba, – tiró de la cuerda, una vez más – Que no ibas a ser capaz de decime nada malo, que nos llevábamos bien. Es más, te ofrezco todo lo que tengo, y me ponés caras muy raras… - sonrió, a medida que hablaba – Te juro que yo me confundo mucho…
Era, aunque no lo pareciera, una broma... pero como quedó a la vista con el tiempo decía muchísimo de verdad.
- Que le queda a los demas, si soy mala con vos – murmuré.
- El infierno – suspiró, sonoramente - Debe ser terrible, pobre de la gente que vos odias.
Me reí, sin mirarlo.
- No hay gente que odie. Hay gente que amo, y otros, a los que ni registro – le confesé, sin pensarlo - Pero ya que yo soy el infierno y te maltrato… - lo pinche, ya dispuesta a tirar tiros en serio – ¿vos sos muy valiente conmigo, no?
Se dio cuenta de eso, al instante.
- Ay, esta señora de Letras - suspiro, agarrándose la cara, como si rezara -Mirame un cachito, mirame... - me pidió hasta que le devolví la mirada, y nos quedamos frente a frente.
Inspiró hondo.
- No me hables así, por favor te lo pido, no me hables de esa manera, con ese tonito, no me pongas caritas... - dijo, en voz muy baja y alli me hizo un gesto que mas adelante se convertiría en delator.
- Vos también medite... - le advertí - porque me ponés tus caras y hacés tus propios gestos.
Y otra vez, por segunda vez en un instante, esbozó el mismo gesto que hacia cuando le contestaba con algo imprevisto y le ganaba el punto. El mismo gesto que hacia cuando le decía una puteada intercalada con ejemplos de teoría literaria. El mismo gesto que hacia cuando solamente le contestaba con "mh-nm" y me lo comía con la mirada, peleándome internamente entre el miedo y el poder decir. Ese gesto con el que ya nada nos separaba, porque yo sonreía al verlo y el me apoyaba una mano en las clavículas. Ese gesto con el que me llamaba para que lo abrace. El mismo gesto con el que me llego a preguntar que iba a hacer, como iba a hacer después, por la piel.
- Además, no te pongo caritas – me defendí.
- No, si señor, ponés todo.
- Porque sos bravo, vos también ponés caras, hacés cosas con los ojos, con la boca, con las manos… - dije y dí por terminado el gran chiste.
- Y bueno… sí, qué querés que haga…
- Por mí, nada, está todo bien así, mucho mejor – espeté.
Se me quedó mirando unos segundos y nos sobresaltaron los ruidos.
- Esta charla no sigue porque hay gente.
- Qué lástima señor, qué lástima… – espeté, con gran doble sentido. Se rió, vislumbrando la cercanía de Pedro, que ya casi estaba por terminar con sus manejos.
Busque mi celular en la cartera y me puse a chusmear mis redes sociales, cosa que nunca hacia en su presencia, sencillamente, porque no me interesaba nada mas.
Me miro y se rió.
- Maldita... - susurro, con muchos gestos, cuando se alejó de nuevo el enemigo - ¿Señor? Claro, te estás ubicando en serio – apeló – Ahora soy un viejo, me decís señor…
Le señale para afuera, porque sabía que eso lo crispaba.
- Sabes que no... - musite, riéndome y le advertí con el gesto.
- Yo lo único que se es que, vos, sos una señora de Letras...
- Sí, muy obvio lo tuyo… ¿Qué estudio, si no, Ingeniería Nuclear ? – contesté.
- Que escribe misivas... – me recordó y recuerdo la innegable vergüenza que me dio su mención.
- Sí, a veces, hay gente que las recibe – admití
- Y en esas misivas siempre te canta las cuarenta, siempre. Y son una bomba de la Señora de Letras, que uno no se imagina, donde le dice tododeuna y te morís, eh, te morís – apeló.
Me quede callada.
- Pinchame, dale, un poquito mas, que casi me duele… - le respondi - ¿Te gusta asi o te queda por criticarme algo? - le pregunte, picada.
Se rió.
- ¿Qué yo te critico a vos? Estas loca. Yo nada más hablo de lo evidente: vos escribís cartas que son asesinas... ¡Criminales! - sonrió.
- No te quiero matar, yo... - le sonreí, con picardía.
- ¡Menos mal! - mofó, con un gesto de alivio sólo a modo de broma.
- ¿Me vas a contar lo que me escribiste ayer, antes de ese otro mail, ahora que estamos cara a cara?
- No, señora... - jugueteó.
- ¿Y cuál es la gracia de tooooodo esto, a ver?
Suspiró.
- Que no lo conozcas... - sonrió, brevemente - Y que te quedaras pensando.... en todo eso - dijo, luego de un silencio - Y lo logré. – me explicó.
Mofé.
- No hacía falta... - le dije. "Pienso todo el día en vos, pienso todo el tiempo en vos... Como si me hiciera falta" me dije - Igual, ¿te gusta perder apuestas, no? - le pregunte, mientras caminaba por la cocina, algo inquieta, de nuevo.
Me siguió con la mirada.
- No pierdo - musitó.
- No apostamos nada. No seria perder, era jugar un ratito nada más… - le expliqué - ¿No sos vos el que me dice que me falta buen humor? - lo pinche.
- Siempre me cagas a pedos. Y, ademas, sos cabrona.
- Yo no te cago a pedos a vos, me muestro como soy.. - dije - Me molestan los tipos como vos, mucho me molestan, cuando se hacen los misteriosos por eso yo no quiero hacer lo mismo que vos... - lo anoticie con ironía.
- A mi me molestan muchisimo las tipas de Letras...
- Uy, qué pena… - le dije, siguiendo con los susurros y me reí - ¿Las de tu gremio no escriben misivas, no? Pobre de ellas. Ese es un recurso que ha hecho estragos...
- No, la gente normal no escribe esas clase de cosas… - dijo, y se quedo callado, mirándome, durante unos cuantos segundos.
Le baje la mirada porque así también descendían mis innumerables ideas.
- Las de Letras nada más lo hacen… - me aclaró, pero no le dí mucha importancia.
Me quedé pensando en algo, fugazmente.
- ¿Te da miedo, no? – lo interpelé cruzado.
- ¿Qué?
- La apuesta del otro día. Eso es, en realidad, lo que pasó... Que te dió miedo.
- No.
- ¿Y por qué no me querés contar más ?
- Ya te dije, quiero que descubras más a fondo... Que conozcas, que vos lo conozcas, no que yo te lo cuente.
- Pero es muy difícil encontrar datos. Te juro que busqué por todos lados, pregunté y nadie conoce de mi entorno y por Internet no hay casi nada, por eso estoy re fastidiosa - le confesé - Admito que ganaste la apuesta, asumo la derrota, pero contame.
Sonrió.
- No apostamos nada... No gané - musitó - Seguí buscando.
- ¿Cuando va a ser el día que me escuches? Ay, te juro que ese día hago una fiestonga. ¿No me escuchás, de verdad? ¿O no querés?
Sonrió, más dulcemente.
-No iba a perder de ninguna manera ¿no entendés? En el fondo aunque no haya adivinado yo gane de todas las maneras, porque conocí algo nuevo... Me lo mostraste - le explique.
Negó con la cabeza, otra vez, descolocado.
- ¿Cuál es el problema? ¿Te da cagazo perder o ganar la apuesta?
Sonrió y finalmente, unos segundos después, se rió.
Había entendido el chiste.
- ¿Y vos qué, Señora de Letras? ¿Qué querés? Ya que estás tira tiros...
- Que apuestes de verdad, que le pongas precio, valor a la apuesta… – musité, alertada por los ruidos que anunciaban la llegada definitiva de Pedro.
- Zafaste porque hay gente – dijo, con un gustito prometedor y me miró, con un gesto reblandecido.
Lo miré con una sonrisa de expectación, pero no le contesté porque Pedro nos cortó la inspiración. Pese a que éste hubiera creído que con su gesto lograba entorpecer algo, hoy entiendo que con su previsión había llegado muy tarde. Para bien o para mal, las cartas con su suerte, estaban echadas.
La batalla no estaba perdida, ni por asomo. Más bien, se vislumbraba todo lo contrario y, lo que parecía un final, solamente era el comienzo.