En la última entrada dije que lo que tenía era miedo a equivocarme, pero lo cierto es que me pasa algo diferente que no tengo ganas de hacer extenso y público, que no me interesa detallar, que me costó mucho trabajo reconocer, pero que pese a todo, me pasa igual.
No es que tenga miedo a equivocarme, a secas, y sea un esquivar el escollo para no meter la pata. No es que no sepa manejarme con nada de lo que sucede. No es, tampoco, que los estímulos normales me están dominando la cabeza. No es que palabras como belleza, luminosidad, miedo y desconfianza, a pesar de ser diferentes, parecen tener todas un significado distinto, cuando en realidad tienen un significante en común: lo que me está pasando, lo que me está pasando me guste o no me guste.
No es, solamente, todo eso. Es eso y muchas cosas más, que interfieren en los intereses tanto como les dan sentido. Y esto me hace pensar que, definitivamente, pasará lo que tenga que pasar pero que eso no me salvará de elegir, de tener que hacerme cargo de lo que me está pasando previamente a lo desconocido que encierra la vida misma. Es el sentir algo, por más idiota y chiquito que sea, por más loco que sea, por más todo que sea, que se me aparece como un milagro, poco más.
Dos años pasaron sin que pudiera sentir algo digno. De hecho, a veces, no hice absolutamente nada por nadie que se me cruzara en el camino, lo cual resultó ser algo muy incómodo de ver, porque me sentía vacía, como entumecida, y al mismo tiempo, no me molestaba porque incluso eso me daba igual, hacía las cosas por hacer. Salía con alguien para despejarme de la facultad, para despejarme de la rutina, para dejar de sentirme alienada. Lo hacía y punto. No quería reconocerme, de tanto en tanto, que me estaba convirtiendo en esa clase de gente que tiende a explorar este otro tipo de cariño, esa especie de afecto, que nada tiene que ver con el amor, pero sí con la costumbre, con los mandatos, con lo que debe ser. Nunca, definitivamente, pensé que en mi vida me fuera a poner a pensar seriamente en estos términos, y sin embargo ahí estaba, pensándolo así, pensándolo de la forma más fría y desencantada del mundo, lejos de mi sensibilidad, claro, pero lejos también de mis miedos. Me convencí de que me iba a tener que acostumbrar a esta forma tan desértica de vivir, de convivir con los otros y de ver a los demás. Me creí eso, me convencí de ello, pero principalmente, me resigné a ello.
Cuando pasó un año en este estado no me molesté en analizar lo que me estaba pasando; cuando pasó un año y medio, tampoco y cuando pasaron dos, muchísimo menos. Definitivamente me había convencido de que tanto tiempo sin una sensación - sentimental al menos- por un otro; era algo irreversible, era un asunto serio. Dos años vividos a ciegas, en un total de veintiuno, no eran una simple circunstancia, y no obstante eso seguí adelante, como si estuviera en una especie de lapsus. Dos años no eran seis meses, ni ocho, ni cinco, tampoco era la obligación social de querer a alguien a cualquier precio, de siempre estar amando a alguien. Sin embargo dos años en si mismos tenían otro significado. Significaban que me había quedado, a mi pesar, aletargada. Significaban que, si bien había tenido citas o encuentros con gente, por dentro, no era casualidad que no me pasara nada, que todo me diera igual, que no se generara ni un poco de entusiasmo. Significaba que, definitivamente, yo no era capaz sentir por algo más profundo y verdadero al mismo tiempo.
Estuve dando muchas vueltas el último año con este asunto. Me decidí después de muchos meses con este pendiente, por darle paso a un afecto conmensurable, a algo que pudiera razonar y manejar, con la persona que eligiera desde la razón, dentro de todo lo que se me presentaba. Digamos que pasé diez meses, promedio, en modo automático, aceptando con la cabeza, haciendo por hacer, como una autómata, con personas que no me generaban entusiasmo, pero que... se presentaban. Dentro de los filtros normales, por decirlo de algún modo, salí, hablé, y me encontré con muchos masculinos dispares.
Y digamos que cuando estaba plenamente convencida de que me tenía que entregar sólo a las historias que me convenían desde la razón, porque así era la vida... La vida, la misma vida, se impuso muy fuerte con sus reglas y me demostró que era podía ser como quisiera y yo no tenía motivos para encasillarla.
Es por eso que, cuando menos lo hubiera querido, la vida me hace sentir muchas cosas, demasiadas cosas, todas a la misma vez. La vida hace como si dos años se me hubieran caído encima, de pronto, y un muro se hubiera derribado. Como si hubiera cedido, finalmente, el muro que existe entre una represa de gravedad y el agua que ataja, que contiene, de forma permanente.
Así es que me encojo de hombros y empiezo a buscar la manera de empezar a vivir con, y sin ésto, por más idiota que suene, porque se supone que si se siente, se va a allí de inmediato. Y esa es la segunda novedad: no, no siempre se puede ir allí de inmediato, no siempre.
Porque sentir es un milagro, pero todo lo demás, es demasiado. Siento que es lo que me corresponde, al margen de lo que quiero, es alejarme de ese exceso, de eso complicado, de eso por lo que no quiero sufrir, de eso que puede generarme mucho dolor. Siento que es lo que tengo que hacer, no quiero explicar los motivos, pero siento que es lo que debo hacer. Atrás queda lo que me pasa, porque quizá la finalidad de todo eso, haya sido esto, haya sido el despertarme. El despertarme de la angustia, del tedio, de lo pre-moldeado, de cara a una realidad mucho más intensa, que merece ser vivida desde las vísceras.
Siento angustia, claro, pero al mismo tiempo, pienso que ya se me pasará, que debo aprender a vivir con esto de sentir nuevamente, ahora, en torno a la persona correcta. Siento enojo, porque entiendo que me parezco mucho a alguien a quien quise un montón y no me quiso nada. Siento rabia, porque me gustaría que las cosas fueran más fáciles, ya de entrada. Siento que todo se me va a ir de las manos. Siento que quisiera no ser esta en la que me convertí.
Porque sentir es un milagro, pero todo lo demás, es demasiado. Siento que es lo que me corresponde, al margen de lo que quiero, es alejarme de ese exceso, de eso complicado, de eso por lo que no quiero sufrir, de eso que puede generarme mucho dolor. Siento que es lo que tengo que hacer, no quiero explicar los motivos, pero siento que es lo que debo hacer. Atrás queda lo que me pasa, porque quizá la finalidad de todo eso, haya sido esto, haya sido el despertarme. El despertarme de la angustia, del tedio, de lo pre-moldeado, de cara a una realidad mucho más intensa, que merece ser vivida desde las vísceras.
Siento angustia, claro, pero al mismo tiempo, pienso que ya se me pasará, que debo aprender a vivir con esto de sentir nuevamente, ahora, en torno a la persona correcta. Siento enojo, porque entiendo que me parezco mucho a alguien a quien quise un montón y no me quiso nada. Siento rabia, porque me gustaría que las cosas fueran más fáciles, ya de entrada. Siento que todo se me va a ir de las manos. Siento que quisiera no ser esta en la que me convertí.
Siento.
Siento.
Siento.
Siento, pese a todo, y por eso la angustia, el miedo, la culpa, las ganas de salir corriendo. Siento y el miedo que aparece, que crece, que está, y no sé si remite a rechazar o a encontrarme con todo lo que desestimé siempre. Siento, pero no tengo la fuerza suficiente para ir detrás de ello, porque quien me hace sentir algo, finalmente, después de tanto tiempo, de tanto tiempo, es alguien que yo califico como demasiado.
Él es... - Dios, cómo me cuesta describir mis propios sentimientos que se me aparecen tan ajenos - la última persona del mundo en la que me fijaría si no querría sufrir. Él todo lo que repudié siempre, es todo lo que rechacé, es todo hacia lo que tuve prejuicios, es todo lo que siempre critiqué. Eso, precisamente eso, ese, es todo lo que, paradójicamente, me puso en jaque después de tanto tiempo. Es quien tuvo la potencialidad, es quien hizo mella en mis resistencias, en mi escudo, es quien me pegó en el punto débil de la coraza. Es quien, también, fui yo en una época.
Él es... - Dios, cómo me cuesta describir mis propios sentimientos que se me aparecen tan ajenos - la última persona del mundo en la que me fijaría si no querría sufrir. Él todo lo que repudié siempre, es todo lo que rechacé, es todo hacia lo que tuve prejuicios, es todo lo que siempre critiqué. Eso, precisamente eso, ese, es todo lo que, paradójicamente, me puso en jaque después de tanto tiempo. Es quien tuvo la potencialidad, es quien hizo mella en mis resistencias, en mi escudo, es quien me pegó en el punto débil de la coraza. Es quien, también, fui yo en una época.
<<Yo sí siento, pero no puedo; tengo demasiados prejuicios, toda mi vida critiqué este tipo de situaciones y ahora no puedo entender, ni siquiera sé cómo me pasó una cosa así >> me dijo alguien a quien quise mucho - pero no me quiso o no quiso- una vez. En esa época, es decir hace dos años y pico atrás, cuando me animé a decir que me gustaba y quería estar a su lado, yo sentía muchísimo, es decir que me moría de amor por alguien que me hacía cometer los desatinos más grandes. Con el tiempo comprendí que del otro lado, no había la misma intención ya sea porque ganaba el prejuicio, el miedo, el desinterés o lo que sea que haya sido. Lo repudié y critiqué muchísimo, lo tildé de muchas cosas, hasta que lo perdoné con toda la bondad que me fue posible,aún sin entenderlo, en honor a todo lo que me enseñó, y finalmente me resigné.
Seguí adelante con mi vida, seguí con mis cosas, seguí con todo, de buena y mala manera, haciendo lo que pude y otras veces lo que quise. Seguí, seguí, seguí, con la terquedad de un caballo, hacia adelante, de una manera muy sólida pero también trabajosa. Seguí porque no podía volver atrás y tampoco adivinar el porvenir.
Seguí, sin imaginar que me pasaría exactamente lo mismo. Porque si algo puedo dar por seguro es que nunca - lo juro, nunca - creí que iría a pasarme algo así y no pudiera actuar en consecuencia. Yo nunca pensé, insisto, que podía pasarme una cosa así.
Estoy despierta, siento, me han conmovido; y también me han invertido los papeles respecto a la última historia: ahora la que siente, pero no puede, soy yo.
Estoy despierta, siento, me han conmovido; y también me han invertido los papeles respecto a la última historia: ahora la que siente, pero no puede, soy yo.