lunes, 29 de junio de 2015

Me tomo cinco minutos

Madrugada de lunes. Intenso pre parcial el que ando atravesando hace ocho días. Intensa semana también, cargada, cerrada, repleta de apuntes y obligaciones. Ese fue el denominado común de los siete días pasados. 

Intensa semana también la que se viene. Cosas que cumplir para las que no alcanzan humanamente veinticuatro horas. Intentos de no desesperar. Saber que, al final, todas estas situaciones tienen solución, que uno las sobre-dimensiona solo porque le importan, porque se encierra en ellas, porque se abstrae en los estudios, porque les dedica mucho tiempo, cada día, todos los días. Y quiere... Y hace todo lo posible... Y es humano... Y errar y acertar son probabilidades que debemos conmensurar del mismo modo. Y podría continuar horas con mi voz racional en off... 

Pero si me vine a escribir fue porque necesité y quise tomarme estos cinco minutos para contar hasta diez, nada más. Respirar, hacerme sonar toda la espalda, mentalizarme en el "estás haciendo lo mejor" y saber que así es, que realmente estoy haciendo lo mejor. Realmente, esta circunstancia me tiene inusualmente angustiada y quiero verme calmada porque sé cuáles son las facturas del estrés.  Pocas veces estuve tan nerviosa ante un examen durante este año, además. Venía muy bien con este asunto, realmente, mostrándome fuerte ante las tempestades que implica cursar cuatro materias a la vez. 

Creo que porque la profesora es terriblemente laxa y, por ende, me mata la ansiedad por que no haya puesto parámetros es por lo que estoy así. Específicamente así. Los parámetros lógicos de todos los profesores universitarios son necesarios, sin embargo, me han mandando muchas cosas para hacer, realmente, sin límites claros. Me siento bastante perdida a pesar de haber leído todo. Me está comiendo la cabeza este tema, estúpidamente. Así, no se especificó fuente de investigación válida, análisis y demás puntos y mi estructura pensó un "¡uy, no, qué hago!" a la primera de cambio. Todo esto me dejó rodeada de papeles con una cantidad infinita de información y yo no sé qué hacer con todas estas cosas.   Estoy modificando mis técnicas de estudio habituales cosa que tampoco me da seguridad. Sin embargo, es por fuerza mayor, porque evidentemente mi modalidad habitual no concursa con esta cátedra y por eso me está yendo mal como no acostumbro a que me suceda en materias para las que tengo predisposición natural, con las que jamás tuve dramas ni nervios de éste tipo. 

Estoy haciendo de todo para que esto salga bien, sin embargo, también estoy bajo un ataque de ansiedad insoportable donde quiero que esto sea algo bueno y no que me lleve a explotar. Siento la presión de cerca y esto es lo que menos me gusta de estar en la facultad. El grado de inquietud que siento refleja el costado oscuro de lo que soy. La presión, la responsabilidad que deposito en mi misma por querer hacer las cosas bien frente a la obstinación de los hechos, frente a que no todo sale siempre bien, frente a lo imprevisible, es un combo para no tomar. Tiendo a, en puntos donde deposito toda mi voluntad, ponerme muy concienzuda, muy estricta porque me insume y le doy mucha energía, mucha garra, mucho de todo lo que tengo y que a veces no es tan fácil poner siendo persona y además, pretendiendo vivir la vida que no incurre sólo en las paredes de la facultad y los apuntes, en casa. 

Porque aunque la presión está siempre dada la modalidad y todos los tópicos habituales de una formación universitaria, esto es diferente.  Quien es mi docente además de ser un desastre  es una porquería tan enorme que me da ganas de prender fuego todo el material. Toma cualquier cosa que se le ocurre y yo me pregunto ¿con qué necesidad, la puta madre?  ¿Cómo puede haber gente tan idiota? ¿Cómo a esos se los puede llamar docentes de nivel universitario si antes de promover el aprendizaje lo retuercen hasta que no haya posibilidad de entender nada?  Extraño mucho a mi profesor de la otra facultad, que me explicaba todo como un angelito y con el que tenía además de chispazos académicos geniales, un disfrute académico real y buenas notas. Extraño que aunque me tenía de punto y me preguntaba todo, incluso cosas no académicas, yo le entendía. Y no, no me desesperaba así. 

Realmente no sé por qué estoy tan nerviosa. No es común en mí asustarme así ante los exámenes, realmente, por más incidencia que ellos tengan. Este tipo de ansiedades responden a un cuadro de situación acumulativo y específico, el cual, no me perjudicaba hace mucho tiempo. Hasta ahora me venía tomando super bien las cosas y así también venían saliendo. Sin embargo, esta instancia me tiene angustiada sin motivo valedero, incluso, para el lado b de mi razón que sabe que tiene cuatro parciales en una semana y ya viene estudiando desde hace mínimo dos, sin haber salido de una serie evaluativa como para meterse en la otra.  

Justamente cuando más peso tienen los examenes yo más entregada me muestro después de estudiarme todo, pero no sé qué me pasa esta vez. Que no sepa qué me va a tomar, a dónde va a ir, cómo complementar los apuntes de mierda de la cátedra me está generando una intranquilidad importante y absurda, de verdad. Yo tengo noción de eso. Absurda porque no me tengo que poner así por un parcial que saldrá como salga, como tenga que salir, por haber estado ocho días con el traste en la silla o porque a pesar de eso mismo nada sirvió. No sé por qué me angustia tanto, si realmente, hay cosas muchísimo más importantes que un enojarme por el ejercer la docencia de manera pésima y mandar a tu comisión a la buena de Kant mientras que no dejo de ser una estudiante con más ganas de meter materias (que no son del todo específicas), que de tomarme un café latte de Starbucks. Y juro que hace como un mes que vengo con deseos fervientes de darme un tiempo para mí y gastarme cincuenta pesos en un café y decir: "me abstengo del ahorro habitual y los estudios, para darme  un momento épico, para pensar en mí, en honor a mi ello que necesita satisfacer sus deseos sin capacidad para postergarlos". Creo que uno termina así por postergarse y eludir el café, por pensar que no, que mejor después... 

Respiro mientras escribo esto a modo de descargo, intentado relajar. El sueño pesa, quiero acostarme y dormir. La idea de continuar con toda esta "hecatombe" mañana, se hace cada vez más tangible. A su vez, reconozco que sí, es necesario descansar para fijar los conocimientos. Es necesario relajar para rendir en todos los sentidos. 

Necesito permitírmelo, he dicho. Me voy a dormir.  En horas me levanto de nuevo, espero, con más tranquilidad. ¡Menos víctima de las afecciones que me dominan, siguiendo la línea académica de la materia que estoy preparando! 


sábado, 27 de junio de 2015

¡Otra vez, mamá!

Me da pena que nunca podamos entendernos profundamente. Me da pena, me da rabia, me duele que no nos toque la vida de la misma manera. Me da fuerza, a su vez, tu ejemplo: sos lo que no seria nunca y sos una madre que, a la vez, es la mejor que me podría haber tocado. Me da lástima  mamá que nunca hayamos podido compartir detenidamente esas cosas que para mí siempre han significado mucho.Me da pena no haber podido confiar nunca en vos porque siempre siento que se lo estoy contando a un juez y no a una madre, no a la persona que me peinaba, me preparaba la leche o me llevó durante muchos años a natación, para que me cambie la vida, para que mi salud prospere, para que tenga la vida que disfruto hoy.  Me da pena que siempre hayas preferido juzgarme, intentar aleccionarme o cosa parecida sin entender antes mi mentalidad, sin confiar en ella, conociéndome, conociéndome los valores. Sabiendo todo, sabiéndome cerrada, sabiéndome abierta, sabiéndome buena, torpe, emocional, mala; siendo yo, tu hija, no la vecina; yo. 

Vieja me gustaría que tuvieras apenas un poquito de anchura, en el corazón, en la cabeza, para no andar implantando mensajes estúpidos en una cabeza que está completamente pervertida, dirás vos, mientras me ves a mí inclinarme hacia un sector etario, sin que me quede remedio.  Enterate que no lo hago apropósito. Que el amor me excede y que por eso es acotadísimo el radio en el que lo brindo de manera verdadera y totalmente desinteresada. Enterate que hago lo que puedo, que me gustaría poder haber contado con vos, porque sos mujer como yo, porque tenés experiencia, y sin embargo, las charlas determinantes las tengo con la abuela, porque vos me juzgás en el presente por lo de antes y probablemente por lo que vendrá, sin siquiera saber qué será.  Porque ni yo lo sé. Porque hace rato ya me encomendé a mis creencias más hondas y dije " que sea lo que tenga que ser". 

Mamá, me gustaría que primero te fijaras en mi felicidad y no en intentar insertarme en un mundo de cristal, del que aunque sea cómodo como lo es a veces, yo quisiera salir ante todos tus intentos de ahogarme. Quisiera que te des cuenta que no vas a lograr que cambie para mejor, atacándome ni ahora ni nunca.  El dolor no me hace cambiar para mejor, las críticas menos. Quisiera que comprendas que no vas a lograr cambiar el aire que respiro, las preferencias que tengo o la gente con la que me trate. 

Mamá yo te quiero tanto... Pero punza el no encontrar un referente en vos de tantas de mis luchas personales sino encontrar un juez. Un alguien con quien puedo ser yo misma pero siempre tengo el sexto sentido de esconderle cosas que, después, tiene que preguntar a los demás o escuchar detrás de las puertas. ¿Por qué no indagarme, respeto a cómo pienso, sin atacar, eh?  Me gustaría que alguna vez me entendieras sin juzgarme, me gustaría que te sientas querida sin ese menosprecio por el mate que no compartimos o por las caminatas que no hacemos o quizá por todas esas veces que te ofrecí ir a hacer algo juntas y me dijiste que no, que no tenías ganas o porque no tenés esto, o porque te falta aquello. ¿Y lo que está, mamá? ¿Y cuando ya no te pida que me levantes así te acompaño a pagar impuestos o cuando ya no te intente explicarte que me gusta y me gustará Mercedes Sosa, Almendra, e incluso Gabo Ferro?  ¿Y cuando haga mi vida? 

Mamá, me gustaría saber de qué tenés ganas... Me gustaría saber qué podemos compartir más allá de que me considero una buena hija, una buena persona, con un único defecto a tus ojos: no ser la princesa rosa que has querido criar.  No, no te salí como esperabas. No, me corrí de tu diseño de hija. Soy otra cosa. Soy distinta a mis hermanas, soy la que se hace problema por todo según vos, la que tiene que ser feliz sin importar, pero también soy la que piensa en equipo siempre y la que muchas veces se amarga porque los demás son "felices sin importar", cuando en realidad son egoístas y tienen actitudes donde impera el ello, al por mayor. 

Si, efectivamente, yo no sirvo para estudiar una carrera que no me guste, sino que elegí algo que no tiene el prestigio social de Medicina, pero que amo con todo el corazón. Que me apasiona, que me reinventa y que - si Dios quiere - me dará de comer el día de mañana. Sí, también suelo decirte lo que pienso en la cara porque creo que la sinceridad - de esa que no hiere - es una forma del respeto que te debo, por ser mi madre. Y porque creo, además, que si no intento ser franca con vos me estaría defraudando por encima de todo, a mi misma. Sí, claro, entiendo que pueda molestarte el que pueda asumirme en lo que me gusta frente a todos, contarte si un tipo tal o cual por la calle me miró, a modo de chiste. Y aún mismo entiendo todo me  gustaría poder hablar con vos. Me gustaría poder recorrer mi historia sin que la simplifiques, pensando que me hago demasiado problema por todo, como si tirar la mugre abajo de la alfombra solucionara alguna cosa.   Me gustaría sentirme un poco más cerca de tu mirada en las cosas profundas y no en las banalidades de los favores, de las cosas cotidianas. Vos me esperás todos los mediodías con la comida y yo te traigo de regalo sahumerios... Pero a la vez, jamás puedo terminar de ser yo misma cuando estoy en frente. 

Mamá, nos pelearemos y tendremos conversaciones sobre éste tema quizá durante toda nuestra vida... Esto no me hace dejar de quererte, pero tampoco me hace quererte un poco más. Me aleja de vos que me juzgues. Me duele. No quiero eso para nosotras. No quiero tener que imponerme para mal también ante vos, no quiero enemistarme con vos, que sos familia, que sos importante para mí. No quiero que la vida me lleve a seguir dejándote cada día más de lado en un montón de cosas. No quiero hablarte y ver cómo no te interesa el tema o cómo se te desvía la mirada o cómo cuando me interrumpen alguna de mis dos hermanas, siempre las escuchás a ellas. Y no importa que las chicas interrumpan, no pasa nada, sino importa que nunca volvemos a comenzar el díalogo. No quiero que hablemos de todos los parientes que tenemos en común pero que jamás podamos sentarnos a hablar de nosotras mismas. 

Deseo que algún día podamos compartir lo profundo y no sienta ese umbral de cosas que me debo esconder, para pararme ante vos y tener una relación estable. Mamá ojalá que la vida te demuestre que aunque me quieras comprar el mundo, a veces, mi verdadero consuelo radica en un porcentaje de cosas que ni vos ni nadie podrán comprar.  Me gustaría que formaras parte de mi mundo de una manera diferente. Me gustaría que hablemos de otras cosas que no sean de la facultad, me gustaría que no hubieras esperado a que ganara un premio literario para decirme que escribía bien, sino que me hubieras alentado con verdadero interés durante el proceso.  Me gustaría que no seas tan superficial, tan simplista, tan vacía en ciertas cosas. Me gustaría que realmente comprendas cuál es el verdadero valor del prestigio en mí, en mi presente y en mi vida. Me gustaría que compartiéramos todo lo que no tiene precio y le hiciéramos frente a todo lo que implica esa distancia, erigida en el no poder. 

Sé que el día que no estés voy a quedarme con lo bueno. Espero construir lo realmente bueno para mí a futuro. Quiero quedarme con recuerdos bellos, profundos, exponentes vitales, y no con esa banalidad que remite a decir "si tiene cuarenta años te mato", cuando sí los tenía. Y sigo viva. Y sigo viva aunque no salió como esperaba, aunque me genera un dolor profundo y permanente, aunque me hubiera gustado que todo girara a favor y no en contra. Aún ese profundo carbón quemándome, sigo, vieja. Y ojalá algún día veas que por cosas como éstas no me tenés que matar ni galardonarme. Simplemente estar ahí para cuando necesite de vos, no querer prevenir lo imprevisible y lo que se lee a veinte metros de mi.  Sigo viva y sigo queriéndote. Sigo queriendo que comprendas que cuando te digo "voy a estar con la persona que quiera y no con la que vos quieras, sino, esperame con la tabla en una mano y con el mate en la otra... vos elegís", sepas que te lo digo sin un ápice de rebeldía sino con la mayor naturalidad.  Porque no puedo vender ni nunca he podido corromper mis verdaderas preferencias.   ¿Y si me gustaran las mujeres, mamá, te pensás que no haría lo mismo? ¿Y qué si me han gustado determinados hombres? ¿Qué voy a hacer con eso que no puedo evitar?   No todo en la vida son tus medidas ni tampoco las mías, lo sé. No todo en la vida es totalidad. Quisiera que entiendas que al final, e inevitablemente, tendrán lugar todas las historias que estén destinadas a ser.  ¿Y qué importa lo demás? 

Quizá nunca has llegado a comprender la profundidad del dolor que pasé por no sentirme cómoda durante veinte años conmigo misma. Crecí con esa sensación perturbadora de deferencia y diferencia ante los otros. Me tocó vivir esto, y a nivel interior, modificó todo conforme pasaron los años.  Quizá no hayas entendido el alcance de vivir así, quizá nunca sepas en el fondo cómo pienso y cómo me transformó la manera en que viví mi infancia. 

Mamá, aprendí a confiar en mí misma aún todas las equivocaciones del mundo. Estoy aprendiendo a disfrutar de eso. Estoy sanándome de a poco, lastimándome por otras cosas, respirando hondo... Queriendo más y mejor.  Me llevó mucho, o dirás vos, mucho drama por todo, entender que tenía que compartir esa quemazón y esa angustia con alguien más, para poder vivir en paz. No tenía paz, mamá, lo veo ahora cuando veo también mi propia valía. 

 Aprendí que valgo y eso no me lo transmitió un par de botas, una cartera o una chomba. Eso me lo dió haber seguido mis deseos, que me hayan fallado, lastimado, cuidado, acompañado y todos los "ado" que vos evitás pensar. El seguir mis decisiones en muchas oportunidades me lo dió el ser
 valiente, el tener que ser fuerte. Me lo dieron las épocas frías donde no podía ni quería salir a la calle al no saber cómo  lidiar con el pánico cuando se me cerraba la garganta y tenía 18 años. Y me sentía chica para todo lo que me sobrepasaba, y me sentía firme tiempo después para azotarlo. Y me endurecía y llegaba hasta hoy, con grandes ayudas. Y vos me preguntabas qué problema podía tener yo... Y yo no podía creer cómo no eras capaz de comprender todo lo que había vivido manifestando cada día de mi vida, durante 18 años. 

 Siendo que cada  rasgo de mi forma de ser se construyó a partir de no haber sabido cómo defenderme y cuidarme del todo de esas cosas que no eran lo que después decantó, quizá diez u doce años después, en un ataque de pánico, me gustaría que supieras que hice más de lo que podes imaginar. Y no es sentirme víctima, sino no querer ser justamente víctima de la situación. ¡¡¡Yo tengo hambre ante la vida, mamá, eso es lo que pasa!!! Quiero progresar y realizarme, elegir por mi misma, seguir eligiendo, seguir perdiendo, seguir ganando. Seguir siendo fiel, obstinadamente fiel quizá, a mis valores. No hay más que eso. 

Mami... yo hubiese querido que entiendas que necesito y quiero elegir lo que sienta en todos los aspectos porque todas esas cosas de mierda que no pude elegir, por las cosas de la vida que nadie elige (todos cargamos con designios propios), me han sobrepasado y me han dañado mucho.  Quiero elegir y voy a elegir siempre por toda la imposición que me marcó tanto, en contra y a favor. Por esas cosas de mierda que han impuesto casi toda mi vida, y mi día a día, pero que ahora me dejaron enseñanzas de lo más potentes, me debo el elegir.    ¿Te acordás cuando mi médico me hablaba de los cinco deportes que podía seleccionar a modo de rehabilitación? Cada vez que tenía que empezar una nueva etapa de rehabilitación siempre me extendía la mano y me los nombraba por opciones. Yo elegía, solita, a conciencia, por gusto. ¿Lo ves?  Era chica y él me dejaba elegir... Siempre me pareció algo maravilloso porque a través de eso y a partir de ese momento, con ocho años, yo entendí lo importante que era. Y con los años, a través de los años, todavía más.  Con ello me  garantizaba algo nada tonto como es el disfrute, el poquito de aire entre todo ese manojo de hechos que no, nadie puede elegir.  

¿Entendés lo que me molesta que me critiques y saber que esto no es de hoy, sino que se va sedimentando desde los trece años? Con ese silencio infinito ante mis preferencias ya me dejaste expuesto desde chica lo que para vos estaba bien. Y para mi muchas veces está horrible ¿qué remedio?  Entiendo que quieras que vele por mi formación y mi futuro y que por eso seas tan molesta a veces con tus comentarios respecto a mis preferencias... ¿pero, decime, qué tiene que ver? Con ponerte un día en mis zapatos, comprenderías que es una de las cosas más valiosas para mí es mi carrera... Ahí elegí. Elegí con la pasión y con el amor propios de lo que quería y quiero hacer.  Porque la literatura me curó. Porque leer me mejoró la vida potencialmente. Porque aunque me contracture, me exija y me demande... Me gusta esto. Sino, hace rato, hubiera largado todo. Sino hubiese dejado la carrera cuando se complicaron las cosas y no hubiera buscando con todas las fuerzas que tenía las alternativas que busqué, agradeciendo al cielo encontré, y ahora tomo. 

Quizá jamás entiendas que ese otro lado por donde para mí pasa la vida, no coincide con el lado en que debe pasar para vos. Quizá me sigas jodiendo con las mismas cosas, quizá se sigan armando debates agresivos sobre los hombres longevos, que empiezan por reírnos con papá de la propaganda de Cofler.  Él a la vez es padre, y a la vez se resigna... Y a la vez, me conoce. Y miles de veces me lo ha dicho: no quiero criarte en una caja de cristal. El mundo es otra cosa. Tengo que dejar que te golpees, aunque no quiera. Y a veces no puede con su genio, me ataja, me compra galletitas, putea mi pasado, le teme a mi futuro. E intenta aprender de todos los errores anteriores que determinaron las relaciones al día de hoy, con mis hermanas. 

Mientras tanto, yo no pierdo la esperanza de que algún día captes que puedo ser diferente a mis hermanas, diferente a vos, matizada por otras cuestiones... Porque mi crianza, mi vida, mis amigos, mis círculos sociales, mis gustos, mi cuerpo, mi color de pelo, mis ojos, mi punto de vista del mundo... Toda Veinteava es diferente. Y aún diferente sigo siendo la misma hija que si te ponés a llorar, es capaz de escucharte durante horas... Porque... ¿con quién te has desahogado tantas veces? ¿Quién siempre te ha defendido?  La misma personita a la que vos condicionás por los pies que elige o eligió para enrredarse.  La misma persona a la que no le perdonás, como si fuera un delito, haber elegido a un "viejo" e incluso haber tenido la valentía que implica reconocérselo a sus allegados sin vergüenza.  Yo al "viejo" lo elegí con el amor más grande que sentí hasta ahora. Y aunque grande, más grande que yo, lo elegí con la certeza de hacerlo de corazón.  Aunque haya salido todo mal, aunque nunca termine de entender si me eligió o no, qué fue realmente lo que pasó y lo que quedó más que pendiente entre nosotros. 

Mamá... Para mí la verdad prima en muchas cosas. Y justamente a pesar de saber que me has mentido por no poder enfrentarme en situaciones donde no estuviste bien parada, yo sigo respetando tus silencios, tus evasivas e incluso estas cosas. Intento mirarle el lado opuesto a casi todos tus errores, procuro comprenderte. Intento barajar en silencio, dar de nuevo...Trato con todo lo mejor de verte lo bueno. Pero no me pidas que cambie a costa tuya. Tengo miles de defectos vieja y vos tenés otro montón. Yo te acepto como sos en tanto y en cuanto vos no esperes que cambie para que así te sientas conforme.  

Mis cambios son de adentro hacia afuera. ¿Cuántos años estuve y me sentí profundamente lejos de tantas cosas que acuñaban el pertenecer, cuántas veces me miraron con ignorancia, lástima, pena, admiración, o cariño diferentes personas? ¿Pensás que, realmente, voy a seguir cagándome la vida con las apariencias? Mi apariencia física es el mejor y más cercano ejemplo.  Mis defectos físicos son casi casi casi imperceptibles... Pero se notan si me mirás más de una vez. ¿Cómo creés que me hizo sentir el que sean casi y no verdaderamente imperceptibles? Mientras que otros pueden esconderlos, yo no puedo. Nada me podría causar el dolor o la vergüenza que me ha causado cada episodio de cargadas, preguntas incómodas, miradas fijas y risas junto con apodos.  La mirada de los otros me pesó durante años, cada día. 

Imaginate ahora, cómo me siento respecto a que me digan que era un viejo o que me gustan los viejos. Imaginate ahora, cuán poco le llega la vergüenza a ésto después de haber podido con tanto y tener que seguir pudiendo, porque como me  repito desde muy chica yo no puedo ni quiero que ésto que me pasó me determine la vida entera.  Imaginate má, el efecto que ese mantra, esa especie de paragolpe, tiene diez o doce años después. Imaginate en ciertos aspectos, cuán arraigado tengo el que hay que ir más allá de eso que nos signan los demás, que a veces nos signa la vida. 


Espero que el día de mañana me esperes con un mate conciliador. Aunque no tomes, aunque no te guste, aunque no sea eso lo que compartamos. ¿Quizá con un café de esos que te salen riquísimos? Espero que sí, que el día de mañana me esperes con un café y no con la estupidez superflua de las apariencias. No hay héroes como en los cuentos, má, sino que nosotros lo somos.  García Márquez, que también escribía cuentos, decía: 

...Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez...”

viernes, 26 de junio de 2015

Procesión

Dicen que la procesión va por dentro. Si atendemos al significado de procesión éste refiere a una sucesión de personas - marcha - que camina de manera ordenada por la calle con un motivo ceremonioso.  Siempre, de todos modos, cuando pienso en esta frase me imagino que no es una sucesión de personas sino un descenso hacia lo más íntimo de nuestra persona. Como si en vez de caminar para adelante, se descendiera usando una escalerita hasta el fondo de nosotros, bajando un escalón atrás de otro.  En Argentina esta expresión remite - por lo que la entiendo yo - a decir algo como: "quizá por fuera no se refleje lo que te pasa, o cómo te afecta lo que te pasa, pero por dentro se siente todo".

Así que... ¿para qué evadir la bajada, el descenso, si bien sabemos que existe?  Salí de la facultad retomando esa idea que había estado circulando ante mis ojos - evidente, clara y distinta - durante toda la clase mientras me exigía atención por las entregas, parciales e investigaciones que tengo que entregar, hacer para los parciales o en su defecto, para complementar información de éstos. Suspiré y me dije: "sabés que la facultad es así" y aquello fue como reconocer que ésta misma ha de estar demandándome mucho, pero por sobretodo, es mucho lo que me estoy demandando yo. 

Me demando poder cursar y promocionar la mayor cantidad de materias posibles. Porque cuando hacía dos me parecía poco y ahora que hago cuatro, reniego de los finales. Me demando poder soportar todo lo intrínseco que se está jugando cada día, porque antes de ser estudiante universitaria, siempre fuí persona. Me demando poder, poder con todo, poder sobre todo, inclusive, sobre mi misma para sostener las decisiones que tomé. Me demando no llorar en el camino, mantenerme fuerte, como sé hacer, sin que eso desemboque en el explotar de la manera en que no podría controlar, en el momento menos pensado. Me demando olvidarlo sin que me duela. Me demando no pensar quién es el, me demando entender que ya es tarde. Me demando aún mismo todo seguir adelante, me demando sentir esa ruina abrazadora que es el deseo en mí, por un individuo que de tan bueno que es conmigo quisiera que sea mi amigo de aquí a los confines. Me demando seguir demandándome, porque siempre pude. No importó el precio. 

El punto es que desde hace ya poco más de un año, me importa el precio. Importo yo, si es que a cambio de todo eso que me demando, dejo de vivir y conectarme con las cosas de todos. 

Lo único que me demando, entonces, es un poquito de calma. Un poquito nada más, ni siquiera un contenedor de calma, sólo un racimo. Lo único que quisiera es, paradójicamente, tener la capacidad de llorar para no explotar como una bomba atómica. Lo único que necesito es poder canalizar todas estas exigencias absurdas en móviles comunes. Lo único que pido es que se me pase el dolor de cara por los tres pinchazos de la anestesia post dentista, que se me pase la contractura que me tiene tomado el cuello, la cervical, parte de la columna y me hace doler la cabeza. Que se aparte de mí toda esta pesadumbre... Que pueda ser una persona normal, que resista el ser más nena, que no sea siempre tan fría, rígida, obstinada, cruda e incluso cruel con lo que hago. 

Lo único que quisiera, sintetizando, es poder conducirme a mi misma de la mejor manera posible. Conciliando con lo que hay que hacer y lo que necesito hacer. Siendo fuerte, sí, pero de la manera más verdadera: estando decidida por dentro. 

miércoles, 24 de junio de 2015

35

Empezaron siendo 36 materias nada más de una planilla - dividida en años-  que decantará en un título universitario. Tengo la alegría de decir que, después de ayer, son 35.  Treinta y cinco, pese a todo. 

Treinta y cinco que a la vez implicaron volver a empezar la misma carrera, en otro lugar. Treinta y cinco que hablan de  estar rehaciendo seis materias que no me reconocieron que por momentos me cuestan como la vez primera, porque son costados diferentes de las mismas ciencias.  Treinta y cinco que son menos que treinta y seis. 

Caigo en la cuenta de que ya puedo tachar la primera de esa planilla y me invade una sensación de alegría perdurable. 

Es una menos. Una menos, carajo. 


lunes, 22 de junio de 2015

"Hasta, tal vez, algún día"

Lo difícil de las decisiones es sostenerlas, acuerdo en mi fuero interno. Hoy, mientras caminaba la distancia promedio desde la estación de colectivos hasta la calle principal para tomarme el último y definitivo medio de transporte hasta casa, insistía con eso. 

Mientras bajaba las escaleras dentro del túnel me quedé casi petrificada adelante de un cartel que rezaba " disculpe las molestias, estamos reparando". Ese imprevisto desorientó mi modo automático post parcial. Por un momento, tomando la otra alternativa de salida para afrontar aquél túnel, me ví recayendo en la misma calle pero de otra manera. Lo mismo, lo relacioné con este otro axioma: tiene que haber alternativas para sostener la toma de decisiones, otros caminos,algo más.  

Sonaba la música de fondo, desde mi celular. Caminaba con la cartera adherida a mi cuerpo y bufanda copiosa, extensa, como muchas vueltas en torno a mi cuello. Caminaba mofada de mi suficiencia por creer que los parciales, las lecturas, las responsabilidades son el mejor medio para sostener lo acordado con nosotros mismos.
<<No queda otra >> insisto, y aunque sucesos del día a día constantemente parezcan hablarme de que sí, de que realmente hay otra... Estoy negada a ver esa alternativa. Necesito ponerme firme, aquí está el meollo de la cuestión, para sostener mi decisión. Pero la firmeza es algo que se desarrolla sólo con el tiempo y con la evasión de aquellos puntos que, todos los sabemos, pueden sabotear nuestra empresa. El uso de vocabulario casi ajeno a manera de narrar esta historia, es uno de éstos puntos, qué paradoja.  

Hace mucho tiempo la meditación radicaba en un sólo eje: ¿qué pasará más adelante? ¿en qué terminará esto?  El punto fundamental aquí es que esos ejes se han convertido con el paso del tiempo en las bases de un futuro dogma. El dogma de los miedos, de la incertidumbre, del combate ante lo imprevisible. Un dogma absurdo, o más bien, incongruente. Un dogma... Una creencia extrema, sin posibilidad de vueltas de tuerca. Sin revisiones, sin otras meditaciones que puedan modificarla sea para enriquecerla o para alterarla. Desde hace muchos meses, apoyándome en esta especie de aversión a este dogma sentimental, vengo amasando esta decisión dentro de mí: tengo que hacer algo más, algo que no he hecho hasta ahora. Desestabilizar lo que me desestabiliza. Apoyarme en lo que me apoya cada día. Motivarme con lo que me enciende, con lo que me predispone. 

Está claro que me desestabiliza su cercanía. Creo que una cosa es verlo, que mantenga distancia, que se acomode en su orilla y que no me diga nada; y otra cosa es que intente recrear el vínculo, hablar, saber, querer tener todo. Una cosa es que me baje la mirada como hizo durante tantos meses y otra es que me desintegre con ella en apenas quince segundos donde nos las sostenemos. 

Yo nunca me enamoré de esta manera, nunca pasé por las experiencias que compartí con un hombre como él y mucho menos nunca soporté todo lo que me fue posible. Estoy orgullosa de mi misma por ello, no es motivo de victimización, porque las contrapartidas del amor son una realidad para todos, sin distinción posibles entre cobardes y valientes. Lo que me pasa es, supongo, algo lógico: soy incapaz de ser la misma persona que era antes de él. Soy realmente incapaz de esa plasticidad suya, de jugar con límites tan cruzados, tan frágiles, tan tontos. Si él sabe que irreductiblemente siempre terminamos en frente del otro, hablando, mirándonos así, queriendo saber todo lo que día a día nos negamos... No es un misterio donde terminará esta historia si alguien no hace algo para modificar el curso, ahora, que todavía hay tiempo. 

 La necesidad de cambiar las cosas, de definir las cosas, es fuerte, es casi todo, pero no completa la totalidad.  Hay algo que es muy evidente, para qué eludirlo: todo lo que hace con ella parece que es para el afuera. Ella es lo que debe ser, es quien debe estar a su lado a su edad, en su tiempo. Es la persona con la que no siente culpa por creer que está interfiriendo en el curso normal de su vida.  Es la que se mueve dentro de lo esperado. 

Por mi parte, yo no sé si soy - no debo creer que soy - lo que quiere, pero sí soy lo que en base a todos sus preceptos morales en completísimo auge durante toda su vida, no debe. ¿Y por qué? Porque estaría metiéndose en algo de lo que después no va a poder salir, o al menos, no ileso, no como siempre, no impermeable, no inmune. Porque después de años y años de evasión cae en la cuenta nauseabunda de que hay circustancias a las que no se les puede escapar toda una vida y, claro, el miedo es más. Las ganas de decir " esto no es lo que imaginé en mi vida", juegan mucho. Y juegan fuerte.  El amor, el hecho de perderle el miedo, se tenga la edad que se tenga, es una de esas cosas que acuñan algunos de estos "riesgos". 

Soy la persona que no debería haber compartido nada más que una amistad con él. Soy la persona que sus amigos miraban bajo el ritmo masculino de "sos un ganador", cuando en realidad, es un concienzudo y mientras me peinaba enfrente suyo me miraba como nadie, nunca, me miró. Recuerdo esa mirada ahora y no puedo creer cómo se la sostuve, y con qué claridad le pregunté "qué, que te pasa" y me conforme, claro, con un "nada... Nada" que me dejó el gusto a duda, pero de esas lindas, indoloras. Un nada que era todo mientras juntaba mi pelo para hacerme una cola de caballo y extendía mis brazos encima de la cabeza y no me avergonzaba por estar frente a él, tan feliz, tan relajada, tan cotidiana. Y él no advertía que estaba  idiotizado, así. No era deseo, no era rabia, no era miedo, no era preocupación, no era tristeza, lo que decía su mirada. Era otra cosa. 

 Soy la joven, la chica, pero sin embargo soy la que lo ha sentado repetidas veces para sincerarnos porque qué peor miedo que el no saber la verdad. Soy la que se dejó interferir sin mediaciones e interfirió en su tiempo mal que le pese. Soy algo más que su pedazo de carne, que una piel tersa, una cara joven que pueda salir sin maquillaje,  un número de tatuajes y las manos siempre excesivamente bien arregladas, punto para su encantamiento. A pesar de que  no se deba, de que "esté mal", de que "se puede ir todo a la mierda", de que "no me interesa saber más nada de tu vida" e incluso más allá del "vamos a tener que aprender a vivir, a bancarnos lo que nos pasa". Yo soy el nunca me pasó una cosa así, el respetarlo siempre en todo lo que eligió, el amarlo indiscriminadamente. Soy el haberme aferrado por lo que era. Por lo muy cómoda que me sentía a su lado, por lo incuestionable que era para mí la necesidad de tenerlo al lado mío. Incluso, soy todo esto al margen de sus "No es que no siento nada... yo sí siento, pero no... Yo sí siento, a mí sí me conmueven las cosas " acompañados de una mirada totalmente mandada a hacer.  Y ahí se esboza otra mirada... Una mirada que sigue siendo la misma, casi un año después.  Una mirada que no borran los años, increíblemente. Una mirada que prevalece incluso a las decisiones y los compromisos asumidos con posterioridad. Una mirada que parece gritarme todo el tiempo algo que soy incapaz de interpretar, algo con lo que no quiero volver a sufrir, algo que intuyo y niego, que sé y desconozco, de lo que estoy segura y de lo que todo el tiempo dudo. Una mirada que cuando emerge me hace sentir en casa, una mirada que, en caso de ocultarla, le hace endurecer la mandíbula. Y yo evado, esquivo o acomodo en un cajón para seguir adelante con mi vida. Porque sí, así debe de ser. Porque así es que puedo sonreírle al señorito que no tiene la culpa de nada. 

Tuve motivos por los que siempre creí que lo que hacía conmigo - con su consabido disimulo, que daba un tinte de adrenalina sumamente demoledor - lo hacía para nosotros. Aún lo sospechara el afuera, aún pesara el afuera le bastaba una mano en mi cintura para reunir los extremos. Le seguía una sonrisa tímida mía, un guiño de ojos suyo, unos ojos en ascensión y una mordedura de labios para esconder la risa que declinaba, momentos más tarde, en un susurro, un ruido apenas, un ceño fruncido, una ceja enarcada, un llamado con el dedo índice, un olerme el pelo y besarme la cabeza si existían otros ojos en simultáneo mirándonos ser, que se mostraban en contra. Un usarle las camperas y los buzos. Un << vos sos terrible >> que cuando lo recuerdo me hace suspirar y enderezarme ante el vértigo de los recuerdos. De... Miles de códigos internos, chistes, música, poemas, lugares, palabras, apodos, juegos. Miles de interpretaciones únicas de los dos, subterráneas, impensadas. Formas de vincularnos, formas de hablarnos, de tocarnos, de disfrutar de las cosas más burdas. 

Y justamente porque soy terrible, porque es terrible para mí, hay algo donde me tengo que parecer a él siquiera un poco: hay veces en que debemos querer a quien nos quiere, a quien, sabemos, nos podría hacer bien, usándolo como sinónimo de feliz. A quien no nos trae problemas, desatinos, adrenalina, a quien esté aceptado por nuestras reglas morales, a quien no atente contra nuestra estructura, a quien no nos obligue a regenerarnos cuando pasamos la frontera, ya hace enorme rato, de los veinte años. 

Y sin embargo, acá sigo yo: dos décadas, mundo universitario, proyectos, tiempo, varones, mujeres, amigos, afectos, mascotas, cervezas, golosinas, boleros, películas, libros, novelas, parciales, entregas, sobra para los ojos, esmaltes de uñas, ropa y botas. Acá sigo yo, estructurada, amoldada, resignada, fiel amiga del "respirá hondo y no des bola a nada", fiel al "lo más difícil de tomar las decisiones es sostenerlas... Y yo la voy a sostener. Como pueda. No importa cómo sea, sino más bien como pueda". 

Cuánta exigencia ante algo tan incierto y tan irremediable a la misma vez. Cuánta exigencia ante lo que siento casi imposible de argumentar, cuánta obstinación a lo que en definitiva, tiene un desenlace más que prefijado, me beneficie o no, a posteriori. Cuánta presión ante el evitar lo que un día explota, nos levanta, nos vuelve a sacudir...Y nos deja de cara a lo mismo, pero siendo diferentes, siempre diferentes, una y otra vez. Cuánto de todo, hasta que se acaba.   Hasta que un día sea el último día... El último día ajeno, inclusive, al simple hecho de pretender postergar lo que es casi irremediable.  Para bien o para mal. 

Confío en la existencia de ese último día. 



Gabo Ferro - Adiós 

sábado, 20 de junio de 2015

Dos pares de ojos

Sus ojos con rebordes marrones. Sus ojos, enmarcados por anteojos. Sus ojos mirándome mientras charlamos entre todos. Sus ojos cuando hablo, cuando los otros me hablan. Sus manos llevándome el bolso mientras me abrigo. <<Muchas gracias >> le digo y seguimos la charla en general. 

Sus ojos enmarcados en líneas casi invisibles.  Hay arrugas, rastros de edad, su tono de piel haciéndolas más evidentes. Sus ojos evidencian el tiempo.  Sus ojos, mirándome, mientras se acerca a conversar aún sabiendo que en la nuca tiene una mirada rodeada de desaprobación.  Sus ojos... Otra vez. Sus ojos, marrones, intensos. Sus ojos sin bajarme la mirada, sus ojos que parecen incapaces de parpadear, sus ojos que aparentan concentración en el planteo, en mi duda superficial. Sus ojos que me estudiaban, que procuraban ser amables pero estaban fijados en mi con una intensidad que no coincide con lo blando de la amabilidad. Sus ojos que intentan ser deliberadamente intensos, y claro, lo son, transmitiendo esa especie de sed, que crece, de forma exponencial. <<Cambiá la mirada >> suplico. Y la cambio yo, porque tanta carga me marea. 

Sus ojos entusiastas, prestando atención al pizarrón. Sus ojos cansados, post parcial, sus ojos achinados en señal de burla. Sus boluda, sus deliberadas molestias para no dejarme pasar por espacios reducidos y sus chistes. Sus <<se te nota >>, sus visiones, sus códigos, sus pretensiones, sus fanatismos, sus preferencias que conozco y las que no descubrí todavía. 


En dos pares de ojos uno puede definir lo que miles de palabras no podrían: gustar o estar enamorado. 

martes, 16 de junio de 2015

Meditaciones II

Se acercó a hablar ante una pregunta de mi interlocutor. Fue directo al foco y siguió la charla conmigo. Le respondí con normalidad. Me miró, directamente a los ojos, sin pestañar. Como si lo hubieran llamado, miró para atrás. Ella nos miraba un poco más de lejos. Se quedaba ahí, más lejos, evidenciando desacuerdo. Con los demás, incluso con las demás, no es así. 

Él sigue hablando, como si esa mirada le perforara la nuca sin darse vuelta del todo para ella. Intento ser concisa para acabar todo rápido. Repregunta, indaga, quiere saber sobre el tema más idiota, más cotidiano del mundo.  Ella disfrazaba un gesto de desaprobación detrás de sus lentes de sol, su postura por otro lado, evidenciaba lo que no se oculta con dos vidrios engarzados entre sí. 

<<¿Cuántas veces hice lo mismo? >> pensé yo. 

Él siguió con la intensidad visual, con el puente tendiente, colgándose de lo que sea para seguir hablando. <<Cómo te conozco >> pensé, mientras lo miraba y   miré para el costado, porque yo tenía los ojos desnudos. 

Apreté los dientes cuando se dió vuelta completamente dándole la espalda. Insisto, me hablaba de algo insustancial, insignificante, tomado como excusa. <<Dejame que me fije y yo te aviso, porque es raro. Tiene que funcionarte... Es raro, la verdad. Raro... >> insistía, con simpatía.  <<Dejá, ya está. No hay drama >> dije pensando que raras eran otras cosas de las que me despedía sin decírselo a nadie, con esa última visita. Retomé el contacto visual.  Siguió mirándome con intensidad. No le bajé la mirada y se la sostuve, explicándole, siendo medida, siendo yo... Como siempre, auténtica hasta las pelotas, legible para sus ojos.  Lo miré a los ojos como hacía muchísimo tiempo que me negaba a hacer. Él jamás cambió la vista de mí, una vez dándole la espalda a ella. <<Date vuelta >> pensaba y él me miraba con algo más que interés por una cuestión banal, realmente, banal. 

Estaba serio y yo también, pero a la vez, estábamos siendo otros. Algo estaba raro.  Es como si una distancia enorme se hundiera bajo nuestros pies y no sirviera espalda incapaz de tapar esa presión implícita. Es como si algo más le molestara a ella, es como si por una razón aún más profunda, lo tuvieran agarrado de algún lado. Y él estuviera haciendo algo fuera de lugar. Seguimos intentando conversar pero algo interno se asemejaba al cartón. Lo dejé dejar de insistir con la nada misma de esa brecha urdida en el usar a los otros como escudos humanos. En el engrudo que implican los demás, en todo lo que se trasluce y no se puede manejar. Porque todo lo que depende de mí lo manejo lo mejor posible, pero no puedo manejar el porcentaje que se trasluce de afuera. 

No sé cómo nos vemos, pero sé que no tenemos que vernos más, aunque nos vivamos cruzando por otros lados de forma efímera. Un semáforo, una avenida, esas cosas... (maldita sea). 

Lo cierto es qué es lo que me estoy perdiendo, en algún aspecto, que implica esa mala onda. ¿Por qué esa falsedad femenina, que conozco, por ser también mujer? ¿Por qué conmigo, justamente? No puede ser casualidad. No me voy a hacer la inocente en este punto, y justamente, por eso me cuido sobremanera. 

Siempre tuvo razones y, precisamente ahora, cuando no entiendo el desencadenante, las razones en contra empiezan a pesarle. Empieza a picarle. No se cree que realmente, está todo bien. Ve algo que yo no, y no se qué es. No se confía de mí, y lo mal que hace porque sería incapaz de hacer nada para perjudicar lo que sea. Sería incapaz de perjudicarlo a él. Ella me importa un carajo. 

<<Soy lo que siempre mira de costado, lo que siempre va a mirar de costado, pero a la vez, lo que jamás va a elegir >> me repito, estoy segura de eso. Quisiera que también ella lo estuviera, que conociera realmente al que es el hombre que duerme con ella, en cuanto a mí. Que se quedara tranquila, porque aunque tengo mis competencias como mujer, yo no soy competencia para nadie. 

Y él me mira de frente, claro, pero no es lo mismo si de atrás, literalmente, lo están apurando. Lo están domesticando.  Corto la conversación a los segundos y me decido a irme cuando es el mejor momento para salir sin escapar; porque el pedido se explicita y el "ya voy" que lo frena y el gesto silencioso de "se va a armar" toma más cuerpo. <<Me fijo y te aviso >> insiste y la atmósfera es rara. . <<Como quieras. No le des importancia. Me fijaré yo >> cierro evadiendo, mientras me alejo. <<Chau >> les digo a los tres de los cuales uno ya había saludado. <<Chau *** >> me despide, dejando de lado su conversación, mientras me voy. Es el único que me responde de los dos a quienes había despedido. 

 Por estas cosas siento que ya no hay más cabida para mí. Por estos gestos siento que estoy y que soy, y que sirvo, para otras cosas. Que no hay más lugar ahí. Que nada tiene que retenerme. Que nadie es lo suficientemente cool para hacerme sentir menos ni para pretender lograr cosas imponentes con caras de pocos amigos.  <<Que se vaya a cagar >> pienso, por ella, por todo y por todos.  Jamás fui una joven de temer, asidua al puterío.  Mucho menos, ahora.  No hago nada, ni nunca lo hice, a pesar de que bronca no me faltó. Me retiré del juego, me corrí del medio, no le veo gracia.  No hay necesidad, no se puede obligar ni forzar las cosas. Las personas no son premios. Las personas no son intereses económicos. Las personas son contradicciones, desidia, historias, internas, externas, constructos. Siempre el que eligió fue él. Siempre sostuve eso, por esto mismo, jamás lo provoqué. Creo que es actuar por la lógica, aunque ésta escasee en cuestiones de la poca razón.
 Me la banqué,como pude, y me la sigo bancando. 

¿Qué desagrado puede causarle una persona que jamás hizo nada en su contra? ¿Qué desagrado le puede causar una persona que aún habiendo estado en la vida de su pareja, ve todo lo que ve y lo respeta, guardando silencio, ocultándolo todo, cada día?  No voy a levantar banderas en su honor ni propiciar campañas de matrimonio pero tampoco voy a meterme en un campo de minas.  No me gustaría destruir la alegría de los otros, por más que me haga sufrir un poco, porque entiendo que siempre hay damnificados. Son las reglas amargas de un juego ineludible. Si yo estuviera del otro lado, no quisiera que destruyeran lo que construyo con mi energía, cada día. 

¡¡Ni insistir en el hecho de que no podría atentar contra la sonrisa que más amor, deseo y vida me dejó!! Yo lo dejé libre cuando me dejó a un lado por razones que sólo entendí a medias. (llamémosle edad, desidia, falte de interés, falta de huevos, 23 años menos o el ir en contra de todo lo que conoció y con lo que vivió) Y aún dejando a un lado todo esto y aún tomando atención a estas razones, es por eso que jamás volví a intentar n-a-d-a. Nada, siquiera una charla. Nada.  Soy plenamente honesta si digo que cuando él y yo estamos cerca siento que muchas de cosas se complican, y es por eso no cedo en mi postura. La inmanencia crece, la cuenta pendiente pesa, lo no aclarado parece susurrarnos de a poquito. La utopía de conversar largamente, como antes y poder reírnos como antes, se hace palpable. Pero es eso, una utopía y por ello, cada uno hace su vida. 

No volví a intentarlo a pesar de que me contrariaba en profundidad. Me cuesta, a veces, entender qué fue lo que pasó en realidad, qué fue lo que quería pero lo respeté.  Porque siempre mi forma de amarlo fue respetar su decisión. Hace un año, aún cuando estas decisiones me beneficiaron e inclusive cuando no, las respeté.  El respeto, especialmente cuando pesa, cuando acuña una reflexión y un esfuerzo interno, es un gran símbolo de amor a mis ojos. Y esto aplica a muchas relaciones que establezco en mi vida, no sólo de lo que ha sido amor entre un hombre y una mujer jovencita, como yo.   Mantener mi actitud coherente es el mejor exponente ante lo que me propuse siempre, sin embargo, no puedo manejar lo que verá, lo que le generará descontento, lo que la hará "apurarlo" o, a mí, mirarme mal cuando antes se acercó sin problemas y la recibí, en la misma actitud.  No me iría a meter en internas a las que no me invitan. No me voy a ajustar a dilemas ajenos a mi tiempo. No voy a jugar más este juego. 

Se dió lo que esperaba para irme, y además, se dió esto. Así que me llevo mis fichas. No estoy refulgente pero estoy bien, pero estoy en paz, intento estar bien, procuro hacer las cosas bien, a mi manera, con arreglo a mis valores. Asumo que no me queda otra alternativa que este renunciamiento.  La paz para mí, es todo, aunque al mismo tiempo duela un poco.

 Y porque todo no se puede... Porque es así...  Hay "chau" que son adioses. 



Hace mucho, una historia empezaba con esta canción. Me dijo que la película le gustaba muchísimo, que tenía que verla. Nunca la miré. El viento entraba por las ventanas de su auto, viajábamos a poca velocidad, él me cantaba, yo me reía, escuchándo la canción a todo volumen. Fue un recuerdo que siempre, pese a todo, reservé con ternura. 

(y así, descubro este video justo ahora... )

No hay mejor forma que despedirnos de las cosas, de los lugares, de la gente, que quedándonos con lo bueno. Yo me quedo con Guerra, que me recuerda la mejor versión de mi amor. 

domingo, 14 de junio de 2015

Díalogos

Después de una discusión de esas picantonas, volé de casa. Ya me iba a ir  y ante los gritos, el susto que me genera percibir tanto odio y la carga negativa que me inyecta, junté mis pocas pertenencias, me abrigué y salí casi rajando hasta la parada del colectivo. 

- Si me ves llorar no te asustes - le anticipé a mi amiga, porque estaba a dos cuadras del punto de encuentro y se me caían las lágrimas de la rabia. De haberla ligado de rebote, de estar como siempre, en el medio. De pensar en los que más quiero como extensiones de mí y no a mi misma como una persona que necesita preservarse, porque sino, de nada sirve toda su propia voluntad para pintar su vida de la mejor manera. Porque sino, los otros aún sean familia, van a terminar por estropéarsela. 
- ¡Uy, no, no llores, boluda! - me atajó, porque le había dicho que salía antes a encontrarla, ante el sismo - Llevo Elite - añadió y me hizo reír sacándome parte del enojo. Los Elite son una marca de pañuelitos de nuestro país.  Las lágrimas retrocedieron. 
- Yo llevo un poco de rollo de cocina - le comenté, porque sólo había alcanzado a agarrar un par de papeles que en Argentina llamamos rollo de cocina y se usan, claramente, para absorber o limpiar superficies diversas. Algunos, como verán, les damos otros usos. 

Sin embargo, la fortuna sonrió para mí. No necesité hacer uso de nada de eso. 
Mi día, a los trompiscones, creció para bien. "Y con creces".  

viernes, 12 de junio de 2015

Sin contrapartidas

Así definiría esto que pasa. Es un mate, un teórico, unos apuntes, lapiceras, chistes, gestos. Es una conversación, una conciliación y la posibilidad de sentirme cómoda. Las cosas con él se dan y las siento sin contrapartidas.  Es raro todo. 

No acierta demasiado con nada de todo lo anterior que haya conocido ni que haya vivido. Ahora la que lleva la delantera en edad soy yo, con eso digo todo. Esto mismo, a la vez,  implica que aunque sea una diferencia de dos años a mí se me aparezca por momentos increíble y por otros momentos, pase inadvertida. Todo avanza tan rápido en la sociedad de hoy en día que, aún mismo todo, siento que hay un montón de sus preferencias que no conozco pero un cúmulo de cosas en las que me hallo, sin pensarlo, exactamente de acuerdo.

Me parece extraño el hecho aunque sepa que aún mismo esa extrañeza, puedo conocer este mundo porque los medios para llegar a éstas no me son ajenos.  Creo que todo depende de lo llevadera, concentra y sólida que sea la conversación, la película en cuestión, la clase o la temática sobre la que andemos encima.  Todo depende de lo amable de mi cabeza para no establecer comparaciones, porque sé que pierde, porque sé que no es lo mismo y porque sé que es muy feo de mi parte. Hay 25 años de diferencia entre un extremo y otro, si me pongo a comparar. 25 años es una enormidad en éste caso, pero en eso se traduce mi pasado y mi presente. 25 años son muchas cosas, mucho dolor, mucho menos dolor, mucha experiencia, mucho menos experiencia. Pero a la vez, 25 años que entre ellos se llevan, para mí hoy son la calma. Tanto ha terminado por cansarme. Y de tan cansada que estaba, ahora me encuentro mejor cuando veo las cosas fluir sin que el otro que está a mi lado, compartiendo un mate, piensa en la sociedad toda para halagarme, charlar de algo serio o comer galletitas.

En el medio está lo que yo pueda elegir, seguir eligiendo o no volver a elegir, de momento.

En la generalidad de las cosas nunca me sentí atraída por nadie de mi propia franja etaria. Como tampoco nunca antes había dejado que nadie de aquella otra franja estuviera cerca, hasta que lo estuvo y consecuentemente, me enamoré con el tiempo. Siempre fuí una persona extremadamente cerrada en las cosas que me pasaron, durante muchos años. No estaba enojada con los demás ni tampoco con el mundo. Quería evitar que me lastimaran, discriminaran, segregaran o volvieran a hacer vivir todo lo feo que había vivido sintiendo un peso - en su mayoría inexistente - por parte de la sociedad. Ese nombre, la sociedad, me generaba mucha molestia. Me sentía presa de la lástima o de la incomprensión, nunca de una normalidad, nunca de un punto medio. No me dejaba vivir en paz, literalmente, esta noción. 

Con los años, el crecer, la voluntad, los cambios, la ayuda de los otros, la ayuda de mi misma; yo también cambié. Y el punto culminante de este cambio que viene hace años, es esto. Es hoy. Son estas conversaciones, estas charlas. Todo este proceso que personalmente siento como una reivindicación. Si la vida da revancha, dicen, no están mintiendo. Lo cierto es que me la está dando de primera mano. Lo cierto es que estoy teniendo la oportunidad de sentir, de sentirme bien, de abandonar uno de los prejuicios de los que quise desprenderme. 

Estoy aprendiendo eso de no sentir miedo ahora, ante los que me generaron heridas. Hoy sé, estoy feliz de saberme, lo suficientemente fuerte para bancarme lo que sea de los otros. Ya no me interesa si me ven linda, fea, mejor o peor. Ya no me interesa si les gusta mi cuerpo, si me miran las piernas, si me dicen barbaridades porque no entienden realmente lo que yo tengo, porque no lo quieren entender, porque no les interesa que les explique, porque tampoco ya yo tengo energías para explicarlo... O me miran, lisa y llanamente y concuerdan o no en lo buena que estoy.  Desde ese punto de vista sostengo que si tengo que tener en claro algo es que con la firmeza de carácter y con poder captar la propia valía, un ser humano sea como sea en apariencia puede ser feliz. Puede y debe, porque los otros, los pequeños otros que nos quieren juzgar, no tienen que tener acceso a algo tan fundacional como es el ser feliz o no, el  de disfrutar o no de ésta vida. Nuestra vida. La única, la que está, la que nos ha tocado. 

 Años me llevó encontrarme el valor y creo que está bien que lleve años, porque en el medio, se aprenden muchas cosas y todo el tiempo se sigue aprendiendo. Cada tanto, uno recae, hasta que al día siguiente se vuelve a tomar de las manos con quien es, y sigue adelante. Esto es la vida, para mí. Así sí merece la pena ser vivida, aún con sus problemas, aún con sus incógnitas, historias inconclusas e imposibles reconciliaciones. 

Es por todo esto que quiero desenvolverme con la misma seguridad que me da el hablar con personas de 28, 30, 40, o demás años, con el señorito o con quien sea. El disparador es él, pero podría haber sido alguien más como también no, podía haber sido alguien de menos.  Me debo el no sentir pudor de mí, de mis gustos ni de mis preferencias. Me debo el exhibirlas con el orgullo que merecen, porque fueron gestadas desde el amor, la honestidad conmigo y la prevalencia de lo verdadero antes de lo que impone la masa de gente que controla las corrientes de opinión. 

Me debo vivir esto. 
Disfrutarlo. 
Relajarme. 
Intentarlo. 

miércoles, 10 de junio de 2015

Cinco años... (continuación)

De todo lo que ustedes hicieron y hacen por mí, me doy cuenta ahora, con los años. Sumo veinte en total pero me parecen por momentos una eternidad. Ha sido una eternidad en los momentos felices - que fueron varios - y en los momentos de debilidad - que fueron también variados-, balancéandolo todo, al final. 

Me cuesta definir qué palabras podría usar para agradecerles. Hace años que no les escribo, supongo, porque aprendí a decirles a mi manera todo lo que los quiero, porque hay temas de conversación con ustedes a los que ya no les tengo miedo. Porque aprendí a entenderlos, porque aprendieron a comprender que no todo es efervescencia para mí, porque nos conocemos mejor, porque nos falta mucho por conocer. 

Muy seguido me pregunto qué hubiese pasado si ustedes no habrían tenido la entereza que tuvieron, ante todo lo que pasamos. ¿Cómo hacían para mantenerse fuertes, cómo hacían para infundirme fuerzas a mí? ¿Cómo se mostraban altivos, constantes, persistentes, en cada uno de todos los pasos que dí, hasta llegar hasta hoy?  El día que sea madre (porque quiero serlo aunque les diga que no, aunque me de miedo que me pase algo así), de seguro voy a entender todavía más y a dudar mucho menos de lo que ahora dudo, respecto a su fortaleza. Me parece increíble, me genera admiración y creo que reaccionaría de la misma manera, por la forma en que ustedes me han criado. Yo también cuidaría de mi hija como cuidaron ustedes. Yo también resignaría todo, sin dudarlo, como lo han hecho por mí.  Hoy el presente es distinto. Tengo cosas que agradecerles ajenas a lo fundacional de mi infancia y a la vez, intrínsecamente unido a toda esa etapa. Les diría que estoy agradecida por lo que me dan, a nivel humano. Por la posibilidad de estudiar, de formarme como profesional. Ese/a profesional que ustedes no son, porque no pudieron, porque tuvieron otras responsabilidades. Gracias por soportarme cuando lo necesito. Gracias por dejarme crecer, a pesar de todo el miedo que les da, cada ocurrencia mía. Gracias por apuntalarme cuando se me vino todo abajo, gracias por no soltarme las manos, igual que cuando me atrajaban - literalmente - de algunos tropezones y tenía unos seis, siete o nueve años. 

Papá, sos un ser huraño, impredecible, genial e importantísimo para mí. ¿Cómo decirte que no quisiera que me faltes nunca? ¿Cómo a veces, demostrarte lo mucho que te quiero, más allá de  todos tus defectos? Gracias papá, por todo, todo, todo lo que hacés por mí. Gracias... Por tus deferencias, por tu comprensión, por la crianza que me diste y por los esfuerzos que todavía seguís haciendo por mí.  Gracias por hablar conmigo. Gracias por escucharme, gracias por no juzgarme, gracias por conocerme tanto. Gracias por tus consejos, papá, a veces no puedo llegar a decirte cuánto significan para mí. Gracias por acompañarme en las cosas más insólitas, por compartir cafés conmigo o por hablar de hombres todas las veces que lo necesité. 
Gracias, viejo... No sabés cómo me encantaría y lo feliz que estaría pudiéndote ayudar el día de mañana. No sabés los gustos que quisiera que te des, los que voy a hacer posible que te des, las cosas que te llevaría a la cara para que conozcas.  Gracias papá, porque cada día me das mucho más que cosas materiales y me hacen una hija que no quiere enemistades.  Gracias papá por apoyarme en mis estudios, por confiar tanto en mí, por siempre pero siempre verme lo bueno. Gracias por estar orgulloso, por alentarme, por creer que me equivoque o no, estoy en camino. Gracias por tenerme confianza, por dejarme elegir, por acompañarme todas las manañas a esperar el colectivo tan temprano ó por comprarme mis galletitas preferidas. Gracias por compartir un mate, un partido de fútbol o parar en los puestos de diarios para comprarme libros de autores que no conocés. Gracias por hablar de mí con tanto cariño. Gracias por consolarme siempre que estuve triste, gracias por mantenerme en tierra. Por respetar mi amor por otros, por no fijarte en la edad que tienen, por respirar hondo y respetar mis tajantes "no te metas, porque sino no vuelvo a confiar en vos, papá". Gracias por apretar los dientes y asentir, demostrando que puedo seguir apoyándome en vos.  Gracias por los tatuajes que compartimos, por los que nos hicimos mientras el otro miraba, por defenderme de todos. Por ser mi papá. Por ser aún mismo los defectos de los dos, un gran tipo. 


¿Y vos, mamá? ¿Qué decirte? Sos una mujer que tiene de todo. Tan diversa sos que por momentos quiero matarte y abrazarte. Me enseñas mucho, mujer. Me demostrás que tu amor no tiene límites, no tiene techo. Gracias a vos entiendo lo que es el desinterés, la bondad y el poner la piel por los que se ama. Vos hacés todo eso por mí, todos los días. Gracias por el café con leche de todas las mañanas, por hacerme siempre las comidas que prefiero, gracias por los apodos y tus habituales frases. ¿Sabés, mamá? Hubo un día donde no te lo pude decir, pero voy a estar agradecida con vos, porque ese día me dijiste las palabras necesarias sin juzgarme, como siempre. No lo insultaste, sino que susurraste: "no llores... ya vas a encontrar una persona que te quiera como lo querés a él", y por primera vez, sentí que me entendías. Gracias mamá por ser muy diferente a mi, para que me encuentre y desencuentre todo el tiempo con vos. Gracias por soportarme cuando estoy de mal humor, gracias por decirme - literalmente - que sea feliz todas las mañanas. Gracias por calmarme cuando estoy a mil.  Gracias por respetar las confidencias con mi papá, sin enojarte. Gracias por ver nuestra relación con cariño y no ponerte celosa porque un poco lo prefiero [ ;) ], gracias por pensar siempre en tus hijas y aveces, aunque me de un poco de rabia, replegarte a vos. Gracias por el café imprevisto o por el que te pido casi todas las noches. Gracias vieja. Gracias por levantarme a las seis, a las tres, a las dos de la madrugada o a las cuatro cuando tengo que estudiar. Gracias por los momentos de minas que tenemos, a veces. Gracias por ser mi madre, la persona que me dió la vida. 


Supongo que ya soy redundante, pero por última vez, vuelvo a agradecer para los dos.  
Estos últimos años trajeron muchas cosas. Sé que cambié mucho, que me hice una mujer quizá muy distinta a mis dos hermanas, a la que ustedes supieron más que aceptar. Sé que ustedes cerca de la frontera con los cincuenta años, entendieron muchas cosas y siguen aprendiendo.   Ustedes vivieron conmigo muchas situaciones y fueron atravesándolas creyendo siempre en que podía. En que todo, a la larga, suele mejorar. 
Nunca voy a olvidarlos, nunca voy a olvidarme de todo lo que compartimos y todo lo que, gracias a Dios, nos queda por vivir. 

Los quiero muchísimo. 

martes, 9 de junio de 2015

Hace cinco años atrás

Hace cinco años atrás, en vistas de mi cumpleaños de quince, quise hacer algo especial en retribución a todo lo que implicaba en mi familia esa instancia en lo particular (lo arduo de esos quince años) y en lo general (la fiesta y los gastos que implicó, además de los regalos  y el famoso pasaje de niña a mujer, según todos dicen).  Por este motivo les escribí una carta a mi papá y a mi mamá para explicarles todo lo que no me salía decirles a la cara. Lo que para mí significaba haber podido llegar hasta aquél punto como llegué.  

Fue muy emocionante encontrarme con mis propias palabras, un lustro después. En cinco años me volví mucho más fuerte y comprendí más profundamente lo que soy, lo que verdaderamente esto significó para mí con todo lo bueno y todo lo malo. Fue lindo en especial porque sé lo difícil que era en ese momento tocar el tema para mí, la necesidad que tenía de hacerlo, y todo el esfuerzo que conllevó verme como me veo hoy en un sentido por completo ajeno a las palabras. 



Decía algo más o menos así: 

Gracias, porque junto a papá me ayudaron mucho cuando era chiquita (...) superaron y festejaron cada uno de mis logros y NUNCA me dejaron sola por más difícil que parecían las cosas con respecto a mi salud, en un futuro. En los momentos en que yo me sentía débil siempre estaban para contarme todo lo que había superado, cuánto había mejorado desde que nací (...) Sí, estoy agradecida con Dios por darme la oportunidad de vivir, pero es igual el agradecimiento que tengo hacia ustedes dos por acompañarme siempre. Y nunca dejarme sola cuando más lo necesité.  Son padres maravillosos. Tratan constantemente de que sea feliz. 
Mamá te voy a agradecer de por vida el hecho de ofrecer tu vida si las cosas no salían como salieron. Gracias má
(...) 
Papá gracias por todo. Gracias por acompañarme siempre, por ocuparte de mí. Por defenderme de todos los que me cargaron o por putear a los que hablaron sin saber.  Pero tranqui... Ya con quince años aprendí a saber hay gente que vale la pena, y ese tipo de gente, no se anda fijando en tus defectos sino en las virtudes (...) Gracias por hacer que nunca me falte nada. 

En general, a los dos, gracias por darme todos los gustos. En especial por darme la posibilidad de rehabilitarme en un lugar tan lindo, como es el club. Por esperarme cuando me baño, por comprarme Propel cuando salgo de jugar al tenis.

Bueno... Espero que les guste y que se enteren de lo mucho que los amo.
Gracias por todo.
Los quiero.  

Creo que les debo otra, pero de cinco años después.
Veremos si tengo la misma soltura.

domingo, 7 de junio de 2015

Meditaciones

Muchos dirán que me escapo de el.Muchos que estoy haciendo bien. Muchos dirán que me voy a arrepentir. Muchos creerán que es lo mejor, porque más adelante puede ser tarde. Otros quizá crean que es fácil, otros supondrán que se complica. Terceros sospecharan lo que realmente sucede. Aunque, para ser franca, ni siquiera yo misma se que consecuencias me dejara esto. O para ser aún más franca, ni yo misma me entiendo.

Para ordenarme digamos que quiero definir la situación. Desandar el camino, sacarme las botas, históricas botitas, con las que marque cada paso e irme caminando en patas. Quiero, pretendo, suspirar y decir: me rindo. 
¿Rendirse qué viene a ser? "Me rindo incluso ante el pretender tolerarte. Te deseo todo lo mejor del mundo,y exactamente por eso, comprendo que no podemos estar más en la misma habitación. No puedo sentir que te incomoda mi cara, que mis ojos te hablan sin que los pueda callar, que cometes fallidos nada pensados.  Me gustaría quedarme, me quiero quedar, pero al mismo tiempo no me puedo seguir aguantando todo lo que implica quedarme. Siento que se mezcla la aautonomía con el control, las palabras no dichas con los millones de chistes. Su cara, mis ojos, la forma en que te toca, la forma en que te tocaba yo. Siento que nada bueno puede salir de eso. Me encanta que me leas de lejos, pero tengo toda mi vida para escribir. Me encantaría que mis cartas no hubieran terminado en la basura, pero para eso y para tantas otras cosas ya no tengo repuesta. No se si seguirás leyendo mis "me interesa cuidarte" o mis " te adoro " o mis "los cafés que me haces son los más ricos del mundo. Gracias" pero son cosas que no tolero retrotraer en cuanto me miras de determinados modos y agachas la cabeza". 
 Eso es rendirse.

Por otro lado, en pro del orden, espero que esto sirva. Espero que todo se asiente estando lejos, moviéndonos poco, viendonos casi nunca, no digamos nunca más porque parece que entre más me empeño y menos salgo a la primera de cambio ahí lo tengo a él, al perro que no tiene, a su padre, su madre o su empleado siempre tan amable conmigo.
Espero que mi distancia sea un motivo para que viva feliz. No siento que sume nada, ni de mi ni de lo que estamos haciendo. No siento que importe realmente lo que vamos a hacer, en contraste con todo lo implícito que se juega con lo que estamos haciendo.

 Se que es lo que debería haber podido hacer desde hace más de un año. Se que él no lo ve así, pero se también que ya verlo o verme no lo desvela.  Soy plenamente consciente de que le importa todo un carajo y en el fondo estoy segura que exagero para poder tomar la decisión. Porque sino, no puedo. Se que verlo triste, oler su tristeza, conocer como la esconde es peor. Se que verlo feliz y verlo triste a la vez es en lo que no tengo que hacer foco. Sé que tengo que pensar en mi, sólo en mí, así pueda pensar tranquila y transparente en los dos a la vez. 

Con todo esto, no quiero decir que importo, pero se que no paso inadvertida, para que mentir. Si le importo nunca voy a saberlo y como suelo repetirme creo que si fuera una persona que el quisiera hubiese vuelto desde hace rato. Creo también que eso no es excusa, porque de ejemplo me pasa todo lo que me pasa.
Sin embargo, también supongo que el mejor modo de quererlo es hallanarle el camino. Como no me puede echar, quizá sea mejor que me vaya; aunque eso implique varias renuncias personales que no son él, pero que lo añaden indefectiblemente. Se que si me voy pierdo cosas mías, ajenas a su halo, se que voy a extrañar todo pero que soy incapaz de terminar de saborearlo cuando lo tengo. Se que no se puede todo. Ni tenerlo ni hacerlo todo a la vez.

Soy profundamente obstinada cuando quiero. Soy masoquista dirán muchos, soy estructural digo yo, y si empiezo algo me cuesta mucho desperdiciar la oportunidad y mirarlo desde afuera. Eso me hace estar, el no rendirse, el pretender sacar de lo malo algo mejor, el no dejar todo en manos de otro.

 ¿Pero y todo lo demás? 

Lo único que puedo decir es que no me arrepiento, inclusive cuando se que no tenemos que volver a vernos, de haberlo amado. No me arrepiento ni un solo día de haberlo conocido. No me arrepiento jamás de cada beso, cada todo, cada intento. No me arrepiento de él, lo volvería arte incluso. No es un resbalón en mi vida. No es mi factor de vergüenza. No soy lo que quisiera en su vida. No quiero estar más en ella. 

Por todo lo que lo quiero, se que me tengo que ir. Por todo lo que veo, necesito cortar. Por todo lo que nos amarra, es sano cortar. Ya no soporto verlo queriendo y no haciendo. Ya no puedo esperar nada, ya no sumo en nada. Lo veo feliz, lo veo lleno de consensos internos falsos, lo veo lleno de contradicciones y caretas ubicadas racionalmente. Pero creyendo sus motivaciones, considero que no necesito otro exponente más claro para saber que ni suma ni resta en forma tajante estar cerca para que esté calmo. De su salud, parece estar mejor. Si explotó fue a medias. No me da la cabeza para seguir deseando estar al tanto de cómo está y no poder preguntar, de que no me lo permita mi orgullo, mis convenios internos y esa certeza de saber que en cuanto me arriesgo cinco segundos, el apuesta a diez y todo se arruina de nuevo. Yo también estoy feliz y triste a la misma vez. 

No quiero escuchar sus pálidas. No quiero seguir sufriendo por ver cómo siempre seré lo que nunca va a elegir pero lo que nunca desistirá de mirar usando el rabillo del ojo. Su vista periférica no alcanza para matar nada pero tampoco para hacer andar algo. Por más positivo que esto sea.  No lo alegro, sino que presiento hacer todo lo contrario. Quizá si no me ve seguido no sienta culpa. No sienta ganas de acercarse y como no se anima por todos los compromisos que asumió,ya no mire con su habitual cara de " se que vas a mandarme a la mierda"porque definitivamente le conviene creer que yo estoy sumamente enojada. Es el enojo de uno, el rechazo de uno, el límite del otro. Quizá si me ve cada dos meses, tres semanas o cuarenta y cinco días, realmente yo también logre creer que terminamos bien.

Tengo que acelerar el trance, tomar la decisión por los dos. Por un lado voy a sacar ese peso que veo en él todo el tiempo donde nos reúne una responsabilidad. Por el otro voy a acortar el camino ante ese paso que parece no va a dar nunca. Tal como me dijo una vez, "tenemos que aprender a vivir con esto que nos pasa". Qué frase más ambiciosa y ambigua para decirle al otro que no lo queres. Qué bien que aprendió, pienso. Y por frases de esas creo que aún tanto tiempo después, si yo no estoy, no hay necesidad de hablar. No hay necesidad de nada. No hay necesidad de aclarar nada. La base de toda claridad es no vernos me tengo que repetir, como mantra aún sabiendo que prometí quedarme hasta el final como una de las tantas maneras de no  dar el brazo a torcer.  Pero también estoy casi convencida de que no soportaría escucharlo otra vez, estoy segura del miedo que tengo. De lo idiota que sería hacerlo, de lo hondo que iría a caer.  Por eso... También lo hago por mí. No me llevo bien con las tensiones que acuña su figura. Quiero permitirme volver a sentir algo y que lo sientan por mi, quiero definitivamente aprender a vivir con lo que me pasa incluso más de lo que lo hice hasta ahora. No quiero que si estoy saliendo con otro lo vea, ni que nos crucemos a la hora, porque hay cosas que nos congregan a todos. 

No es lo que quiero hacer esto que medito llevar adelante, eso es seguro. No es mi forma habitual de resolver las cosas. Suelo enfrentar el miedo y comerme el orgullo. Suelo hacerlo distinto a esto, pero eso no es garantía de nada.  Se que no va a afectar nada malo en él. Sé que quizá a mi me ayude, o no. Realmente, no se. Ni idea. Realmente ni sé que le va a pasar a una persona que aparenta tanto. Nunca podré saberlo. Supongo que el alcance es más personal. Supongo que para mi si va a ser distinto. 

Espero, no demasiado.
Espero poder irme.
Espero encontrar algo mejor que hacer.
Espero estar casi por hacer lo correcto. 

Me gustaría tener alguien con quien hablar de esto. Por eso escribo.
No hay mejor curita que un par de palabras.

Iremos día a día.