viernes, 30 de junio de 2017

Literatura, cuanto menos, ficción: De salvarse y escapar

- ¿Te parece ésta mesa? - me preguntó. 

Nerviosa como estaba, asentí con la cabeza y esperamos hasta que viniera la moza. Tenía tantas cosas para decirle, y al mismo tiempo tanto miedo, que me sentía incapaz de hablar, como si esas dos emociones fueran en un contrasentido interno que antes de ayudarme estuviera dándole pie a una cerradura emocional. 

- Estás nerviosa - evidenció y asentí con la cabeza - Quedate tranquila, Veinte, que no vamos a poder hablar ... - comentó. 
- Vos tenés la misma cara de espanto que yo, solamente que no tenés un espejo para vértela - le aclaré - Los dos, tranquilos, que no nos vamos a morder - le dije, intentando consolarme a mi misma con ello. 

Esa charla, la primera de todas, fue la más intensa quizá pero no la más difícil; aquélla clasificación le cabe a la última, aunque sea otro tema. Lo que tuvo esa conversación inicial que no tuvieron otras fue el ser una especie de piloto respecto al cómo sería, cotidianamente, estar. 

- ... para mí, todo esto que me dijiste, fue muy loco, muy loco... - me decía, bien que lo recuerdo - Pero no estoy en condiciones de nada. Me pasaron muchas cosas en la vida, Veinte, y no puedo entender cómo vos me mirás a mí de esta forma... - argumentó. 

Pensé mi respuesta unos segundos, conteniendo mis sentimientos, intentando no reaccionar de una forma brusca teniendo en cuenta de que estaba siendo Él muy delicado desde todo punto de vista. 

- Considero que es porque no te juzgo, que te puedo ver el lado bueno - le expliqué - Trato de entender que si no fueras este tipo que sos, vos y yo no estaríamos tomando una cerveza ahora, sino, haciendo otras cosas y eso me gusta de vos... - lo pinche. 

Mofó. 

- Eso es cierto - me dijo, sin pensar - Si vos le decís esto a ***, a **** o incluso a ***, no te das una idea... - enumeró a conocidos nuestros, todos de su edad.

Me sentí brevemente incomoda, porque para esa época, yo no me había dado cuenta de tantas cosas ya que tenía la atención orientada hacia un sólo lugar, que me despertaba real interés.

- ¿Y vos, sí te das una idea? - le pregunté, con mi mejor cara de pocker.

Me miró y, con la forma en que lo hizo, me dejó claro todo.

- Por favor... - me pidió, sonriéndose.

-Hasta hace diez minutos me decías que cómo te ibas a atrever, que era pecado, más o menos... - me reí. 

Se me quedó mirando y se pasó una mano por la frente. 

- Es que, Veinte, por favor... Mirate. No sé, es decir, no sé... De esa manera, no lo busqué, me pasó. No me quise dar cuenta, lo dejé pasar, lo dejé pasar, lo dejé pasar, hasta que no pude más...  - empezó a darle vueltas - Sos una chica muy especial, muy muy joven, y eso todavía es más extraño, no sé. 

Enarqué una ceja. 

- ¿Especial? ¿Sabés cuántas veces me dijeron que yo era especial, ***? - le confesé. 
- ¿Y no te gusta?

Me reí.

- No lo soy, eso es lo que pasa. Yo, de hecho, sé que no soy especial para vos, solamente querés ser cortés, amable, porque si hay algo que no te falta y me encanta es educación... - reconvine y me lo quedé mirando - ¿Puedo preguntarte algo? 
- Lo que sea - asintió y se me acercó, un poco más, intentando crear una especie de semicírculo con su cuerpo cada vez más inclinado sobre la mesa. 

Lo miré y me sobresalté con el ruido de la puerta de entrada, pero en un principio, no le dí mi atención. 

- ¿Puede ser que vos te hayas confundido un poco conmigo, no? ¿Se te mezclaron un poco los cables o yo consumí algo previamente a verte y aluciné? - le pregunté, muy muy seria, obviamente, con un fuerte dejo de sorna. 

Sonrió. 

- ¿Qué quiere decir confundirme con vos? - me preguntó - Ahora, de hecho, estoy confundido. No pensé que iba a ser así esta charla con vos. 

La que se rió fue yo. 

- A lo que me refiero es a mirarme de otra forma - puntualicé - Yo puedo ser joven, pero no soy boluda. En mi cumpleaños, cuando viniste a casa, yo me terminé de dar cuenta de la forma en que me miraste cuando me levanté... 
- Veinte... - me frenó. 
- ¿Qué? 
- Yo me quiero morir, perdón.  
- ¿Por qué me pedís perdón? ¿Lo reconocés, entonces? 

Asintió con la cabeza, sin dudarlo. 

- Por eso no te quedaste para la torta - dije, en voz alta, sin pensarlo. 

Lo miré, entendiendo todo. 

- ¿Qué pasa con la torta? - me preguntó, para entender ese último comentario.

Pensé en que finalmente yo no estaba tan loca.

- Que no pudiste soportar  la torta con las velitas de los diecinueve. Y por eso te fuiste.
- Me escapé de una comida en familia, con mi hermano y mi viejo, esa noche - me confesó. 
- ¿Para venir a verme el día de mi cumpleaños? 
- Sí - dijo, y agachó la cabeza.
- Sabiendo que cumplía diecinueve años...
- Sí - me miró, dudoso.
- Y a mí eso me encantó, porque yo te ví pasar por ****, con tu papá y sabía de esa comida, un rato antes de que empezara el festejo.
- ¿Cómo me viste?
- Fui a encontrarme con un compañero de la facultad que me quería ver por ser mi cumpleaños.
- ¿El chico ese de anteojitos? - me preguntó.
- Sí, ése.

Sonrió.

- ¿Qué?
- Nada.
- Es un buen chico.
- Me imagino, sí, yo no dije nada sobre eso...

Dudé.

- Dicen que está enamorado de mí - musité - Mi mejor amiga, de hecho, dice que cuando viniste vos le cambió la cara.

Sonrió.

- ¿Ah, si? - fingió sorpresa.
- Pero viste que uno no siempre donde pone el ojo, pone la bala - me lo quedé mirando, un poco más seria - Yo te juro que no me dí cuenta, hasta que me lo dijeron todos.
- Suele pasar...
- Supongo... - dije, solamente. 

Cambié la vista y me decidí a darnos un poco de aire. Si bien el ritmo de la conversación era muy bajo, calmo y aparentemente civilizado, el lenguaje no verbal nos superaba a sus anchas. 

- Más allá de que vos no me quieras, me gustó que hayas venido... 

Me miró, con esa mirada mansa, tan característica, que me ponía cuando le decía esas cosas. Me miró con infinita paciencia y con algo parecido a la ternura que sin embargo no era la misma ternura que sentía por cualquier otra mujer jovencita como yo. 

- ¿Terminó bien el cumple? - reconoció - ¿La pasaste bien, al final? 
- Estaba triste, pero sí, la pasé lindo. Me pone nostálgica, como triste, cumplir años.  Es largo de explicar. 
- ¿Te pone triste cumplir años? - me miró, sorprendido -  ¿Qué me queda para mí, entonces? 
- Seguir cumpliéndolos, como todo el mundo, eso te queda ... - espeté - Lo mismo que a mí, aunque pudiendo elegir si querés hacer una fiesta o no...  
- Pero lo tuyo es diferente... 
- No quiero hablar de mi negatividad hacia mi cumpleaños y ser el centro y toda esa rosca... - lo corté, en seco - Solamente te digo que me alegré de verte, más que nada, porque me prometiste algo y cumpliste. Nada más que eso. Lo valoro, más allá de todo lo que estamos hablando hoy. 
- No tenés que agradecerme - sonrió - Te lo prometí y cumplí. Además, tenías cosas ricas. ¿Cómo no voy a ir a comerte todo? - nos reímos. 

Bajé la cabeza y aunque sentía su mirada en mi coronilla,  no me animé a levantar la vista. 

- ¿Por qué no te gustan tus cumpleaños? - me preguntó. 
- Antes me gustaban... - recuerdo haberle dicho - Pero, cuando pasaron los años, mucha gente que consideré parte de mi familia, me decepcionó. Y no te estoy hablando de gente pasajera, porque de esa ya lo espero todo, te hablo de mi padrino que siquiera me llamó para éste cumpleaños y yo me quedé esperando que viniera a verme, ya que es casi la única vez que me visita en todo el año, y nunca vino ni tampoco me saludó, por eso estaba triste - le confesé. 

Se quedó en silencio al verme más auténtica que nunca. 

- ¿Pero, hubo algún problema? 
- No, no pasó nada - le conté -  Sé que no es muy expresivo, y yo tampoco, pero a mi forma... Lo quiero. Y durante todo este año siempre me dije "bueno, vendrá para mi cumpleaños", sabiendo que yo hablaba con su novia y con la hija de ella y sentía que estaba manteniendo el contacto y le dejaba saludos - le expliqué - Pero no apareció ni me llamó. Hizo como si no existiera... - lo miré -  Creo que nunca se los dieron los saludos - sonreí, levemente, pero Él se puso serio. 

- No entiendo que pasó y hasta mi cumpleaños había tenido esperanzas... Pero cuando ví que pasaba la hora y no venía y no venía... - me encogí de hombros - Bueno, aposté por lo que estaba, que en definitiva, me recordó lo real. Cuando tocaron el timbre yo no pensé que fueras a venir, porque tengo que reconocer que no esperaba que te animaras, pensé que era mi padrino. 

Asintió, firme.

- Bueno, pero yo te avisé ya unos días antes que iba a ir.
- ¿Y vos te pensás que si faltaba parte de mi familia iba a esperar que vinieras?
- Sí, ya sé, claro...
- Por eso, te agradezco que hayas venido especialmente porque me puse un poco más contenta. Además te comiste todo lo que él se podría haber comido y conociste a mi familia, a mis perros y a mis amigos sin despreciar nada... - le dije, en broma, para distender el clima íntimo que se había generado de pronto, sin poderlo yo evitar. 

Se rió. 

- Yo no iba a ir - me confesó - Dí muchísimas vueltas antes, muchas vueltas.
- Por eso no acostumbro a esperar nada...
- Pero fuí.
- ¿Cómo fue que decidiste?

Meditó.

- Tenía la idea de llegar de la oficina, darme una dicha, cambiarme de ropa, pasar a comprarte un regalo que ví y me gustó y después ir.

Me reí.

- ¿Y qué pasó?
- Llegué de la oficina más tarde y dí vueltas. Pensé mucho y dije "listo, no voy".
- Qué trabajo todo, conmigo...
-  Cuando me cansé de dar vueltas me bañé y me puse cualquier cosa. Me junté a comer con mi viejo y con *** (su hermano) - esclareció.
- ¿Y cómo caíste en mi casa?
- Estábamos comiendo, me levanté de la mesa, agarré las llaves del auto y le dije a mi papá que me disculpara, que me iba, que después volvía.

Sonreí.

- Qué placer me da entender... Te juro.
- ¿No me odiás? ¿No te enojaste conmigo? 

Me extrañó la forma de llamar ese sentimiento que no era, ni por asomo, odio. 

- ¿Por qué tendría que enojarme? - lo miré - El amor es corresponderse. Y vos por la razón que sea no parece que me correspondas... - afronté -  Podía pasar esto, yo ya lo sabía de antes, que podía pasar.  

Me miró, seriamente. 

- Sí, ya sé, pero, es que no es...  - intentó decirme algo más pero se quedó tieso.  
- No te hagas cargo de todo. Vos no tenés obligación de corresponderme. Sos libre. 
- No, pero, esperá... - se afirmó - Te quiero pedir perdón.  Yo quise negar esto, no me quise dar cuenta a tiempo de lo que estaba pasando, pensando que lo podía negar, como hago con todo, pero con vos no... - me confesó, ligerito, sin dejar de mirarme.
- Pudiste
- No, no pude - suspiró, largando el aire contenido. 

Asentí con la cabeza como si dijera, a los gritos, <<la puta madre, esto yo ya lo sabía, no estoy loca>>. 

- ¿Tan fea soy que te querés escapar de mí? 

- No, Veinteava, por favor... - sacudió la cabeza - No me digas esas cosas.  Preguntale a cualquiera de los pibes, que tienen la misma edad que yo, a ver qué te dicen. 
- ¿Qué me van a decir? 
- Que... - se pasó una mano por la cara - Dios mío - me miró, descolocado - Vos a mí me estás poniendo muy nervioso, carajo, qué desastre - me dijo con algo de humor. 

Miré para mis costados y noté que las personas que antes habían hecho ruido al entrar, eran conocidas para nosotros, y nosotros, para ellos. En el momento, elegí no decirle nada, para no arruinar ni tensar más las cosas, haciéndome la sota. 

- *** - lo llamé, por un diminutivo de su nombre para que se relajara - ¿Tanto lío para decirme que vos me miraste con ganas? Sos hombre no un marciano. 
- Ya lo sé, Veinte, pero justo a vos... 
- Te lo digo porque quiero que le restemos moralidad a ésto, para dejar todo en claro... - nos reímos, ante la necesidad de términos inequívocos, aunque menos formales - Si lo que te pasa conmigo es calentura, me lo decís, brindamos y por lo menos sé qué te pasa por esa cabeza desde hace dos noches... - le expliqué. 

Negó con la cabeza. 

- No, no. 
- ¿No qué? 
- Que no, que no es que estoy caliente con vos. 
- Entonces soy fea - le seguí la corriente. 
- No, la puta madre, que no sos fea. ¿Me estás hablando en serio? - se mantuvo firme. 
- ¿Y entonces, cuál es el problema en decir que sí, siendo un hombre como sos, me echaste el ojo como un campeón?  
- Que yo no puedo, que esto es una locura ¿entendés? ¿Vos te das cuenta la edad que tengo? ¿Vos te paraste a pensar en eso? ¿Me viste a mi? Soy un tipo viejo, estoy hecho polvo. 

Hice un gesto de agradecimiento al cielo, intentando ser discreta. Me miró y sonrió. 

- Aleluya, gloria, aleluya - me reí - ¿Ése es el problema, entonces? 

Lo reconoció, casi con la cara descompuesta, entre la risa y el miedo. 

- ¿A vos no te parece raro, Veinte? 

Asentí con la cabeza. 

- ¿Y no te parece que está mal? ¿Que es una locura, no sé, que esto es raro? 
- No. De hecho, si con algo hubiera podido frenar lo que me pasa, yo no estaría acá. 

Sacudió la cabeza. 

- ¿Te puedo contar algo? 
- Sí. 
- ¿Sabés lo que me molesta de vos? 

Se tapó la boca con ambas manos y negó con la cabeza. 

- No saber qué significa la manera en que me mirás. Lo único que sé de tu mirada es que no es común y que no es la misma de agosto, cuando recién nos conocimos, sea lo que sea que pase entre nosotros - tomé aire - Te senté acá para saber, para traducir y ahora estoy intentando ponerle palabras, digamos, que sean más simples - abordé, de lleno, el punto más álgido del problema - Por eso si vos me decís que tenés ganas de acostarte conmigo y nada más, yo pongo una etiqueta mental que diga <<*** sólo se quiere acostar con vos>> ó << mirá que al otro día éste tipo no te llama >> - le dije, afronté el camino sin retorno y cuando mencioné el asunto sonreímos - Lo mismo si te pasa otra cosa al estilo de <<este tipo se quiere suicidar desde que te conoció, porque le estás cagando la vida, nena, a la noche ya ni de casualidad duerme. Cree que estás loca, que lo estás acosando, que lo vas a matar ni bien se duerma...  >> - bromeé - O la tercera, y la más dura de todas en cierta forma, que es la etiqueta de la lástima y la vergüenza. 

Me miró, extrañado, y la sonrisa que venía poniendo se le borró enseguida. 

- No, pero... 
- Seria la etiqueta del << a mí esta piba me da entre lástima y verguenza por todo lo que me dice, no sé cómo sacármela de encima y me quiero matar, porque yo ya estoy grande para sus pelotudeces>> - concluí - Y esa también es válida, como las otras dos, pero no es un chiste. 

Se me quedó mirando, sabiendo que otra vez, había vuelto a dar un revés la charla. 

- Es que yo no tengo lástima, ni nada de eso. ¿Lástima de qué? ¡No, por Dios! 
- Entonces lo que vos tenés es vergüenza... - musité y no me lo negó. 

Mastiqué esa pequeña revelación, por un instante.  

- ¿Yo te doy vergüenza? - le pregunté, seria. 
- No, vos no me das vergüenza. Soy yo el que se siente mal con esto. 
- ¿Qué estás haciendo de malo, acá, comiendo un picada conmigo, por ejemplo? - lo cuestioné - ¿Alguien me preguntó qué edad tengo para comer con vos o me ofreció el menú infantil? - bromeé. 

Me sonrió de una forma más dulce que jocosa. 

- Yo no te voy a convencer de nada. Grande sos para tener tus ideas propias, eso queda más que claro. La cosa es que no importa lo que digan los demás. 
- Tengo cuarenta y dos años - susurró. 
- Y yo tengo diecinueve - espeté. 
- Vos te das cuenta lo que eso quiere decir. A mi edad, es una locura - expresó. 

Por primera vez en toda la charla, el tono suyo, fue de una realidad angustiosa. Me dí cuenta por primera vez, además, que el asunto lo afectaba en serio, tanto como a mí, aunque no me lo demostrara tan seguido. 

- Y a la mía ni te digo... - me reí - Pero bueno, sí, seré un poco loca, entonces, si depende de mí. Te lo escribí y ahora, te lo digo personalmente: - A mí no me importa lo que diga la gente de nosotros y no porque no tenga noción sino porque lo veo y me parece que no debe importar. ¿Cuándo me siento mejor hablando con vos, por ejemplo, de lo que pasó en mi cumpleaños, ves algo de malo? 
- No, no, para nada... 
- Bien. Eso es bueno - resalté - ¿Y cuando vos te sentís inquieto como ahora o yo me sentía con ganas de decirte que estoy hasta las manos con vos, alguien de afuera vino a ofrecernos ayuda, a hacernos la vida más fácil, a darnos felicidad?  

Se me quedó mirando, fijamente, con muchísima intensidad. 

- Yo no ví a ninguna de todas esas personas que desde afuera tiran mierda, que me dicen que estoy re loca venir a darme una mano con todo esto que me pasa con vos para ver de qué se trata.  No ví venir a ningún careta que no tienen pelotas a decirme "Veinteava, lo importante es que seas feliz, en el fondo, eso es lo que importa". 

Otra vez, me miraba como si lo estuviera arrastrando por el suelo con mis palabras. 

- Como la gente que critica y juzga solamente es gente de porquería, que no es capaz de hacer nada realmente para vernos bien, que no se jugaría por nosotros como la gente que sí nos quiere y nos acepta. Si uno quiere estar medianamente satisfecho me dí cuenta que hay que hay que cagarse en lo que digan.  Cuando uno necesita una mano sincera, a veces te la da la persona que menos esperás, porque es la que más te quiere - concluí. 

- Tenés razón... 
- Pero vos no vas a cambiar de opinión ni porque yo tenga razón - advertí. 
- Yo pensé que esta charla iba a ser diferente, pero no dejo de sentirme un pelotudo con vos. ¿Te das cuenta, no? 
- ¿Está siendo mejor o peor? 
- Diferente. 
- ¿Esperabas llanto y mocos? ¿Drama de novela mexicana? ¿Culebrón latino? 

Se rió. 

- No, no, no - se tomó unos instantes - Vos a mí me ponés en un estado terrible y entre más hablamos, es peor. Cuando leí todo lo que me pusiste en esa carta tuya, casi me muero. ¿Sabés cuántas veces la leí, no? Leía y leía y pensaba <<no me puede estar diciendo esto, la puta que lo parió >> - me dijo. 
- Perdón - musité. 
- Estaba en la oficina hoy y no podía trabajar... - me relató - Tengo la cabeza destruida, pero me acordaba de la carta y... - suspiró, sacudiendo la cabeza. 

Me avergoncé. 

- ¿Tiene estilo literario, por lo menos? - me animé a decirle y me hizo un gesto, espantándome, mientras sonreía. 
- No seas boluda... 
- Hablando en serio... - suspiré - ¿ ***, de verdad no podés dormir? - me preocupé, por su estado. 
-  Estuve durmiendo muy poco estos últimos días, desde que me escribiste hasta ahora. Intenté dormir, cuando llegué de trabajar, a la noche, acostarme temprano, de cualquier forma, pero fue muy poco. Estoy fusilado, hoy. No me da más el cuerpo.

Me lo quedé mirando, fijamente, indecisa. En ese estado que estaba atravesando, entendí que lo suyo no podía ser una simple y laxa calentura, pero me negué a afirmar, y de hecho, no lo confirmé nunca, si podía ser compatible con el amor. 

- ¿Tan terrible es para vos que yo te diga que me gustás? 
- Es que sos re joven, vos. 
- Pero soy mujer, no una marciana - me reí - Y soy una piba joven, sí, que no se guía por lo físico, que valora otras cosas en la gente y que toda su vida se sintió cómoda con otra clase de personas. Oh casualidad que, esa misma piba, un día, conoció a un tipo un poco más grande, que le gustó, que le pareció inteligente, ocurrente y especialmente buen tipo, y se lo dijo - me encogí de hombros. 

Tomó cerveza y me miró. Esa mirada me gustó mucho más que las anteriores porque parecía menos atormentada, al menos, por un instante breve. 

- Estoy segura que alguna vez, a lo largo de tu vida, te habrán sentado o se te habrán declarado, no sé - simplifiqué - Esto no tiene que ser diferente a esas cuantas minas que habrás rebotado a lo largo de tu vida. Una más en la lista. Sin tanto drama. 

Negó con la cabeza. 

- Vos no te das cuenta... - fue lo único que me dijo - Yo me estoy volviendo loco. Pienso en absolutamente todo, por eso no puedo dormir ni trabajar. ¿Sabés la cantidad de prejuicios que yo tengo, especialmente, respecto a éste tema? - me dijo, siendo sincero - Siempre tuve prejucios con la edad, toda la vida los tuve y mirá lo que me está pasando... 

- Te los tenés que meter allá, allá, a lo profundo - me reí. 
- Es que yo no puedo con ellos, ése es el problema. 

Lo acepté, en silencio, con un asentimiento firme de cabeza. 

- No te das una idea la cantidad de mujeres que dejé pagando en estos años. Me escapé, después de pasar tantas cosas feas, me escapaba de ellas. Salía un par de veces, la pasaba bien y después - me hizo un gesto de despedida - Me escapaba sin dar explicaciones de nada. 

Enarqué una ceja ante su confesión. 

- La hacías muy fácil, claro, elementos descatables... - mofé - ¿Cómo no te vas a querer matar si yo me declaro y te escribo una carta y nos juntamos a hablar de esto, si vos descartás a todas? - me reí. 

- Yo no me quiero matar, nada más me estoy volviendo loco porque antes me quise escapar, me quise seguir haciendo el boludo y me doy cuenta que no puedo. 
- Porque todavía te quedan escrúpulos ¿no? 

Negó con la cabeza 

- No, porque yo no puedo hacer lo mismo con vos, con vos no... - reconoció -  Yo te conozco a vos, sé la persona que sos, sé los valores que tenés, sé lo tímida que sos, sé lo valiente que fuiste cuando me dijiste todo esto. ¿Querés saber si te veo? Sí, obviamente, me vuelvo loco.  Te veo, Veinte, claro que te veo, no soy ciego ni boludo, claro que te veo. Preguntale a cualquiera de los nuestros si yo no te veo... - tomó aire -  Lo que pasa con esto es que por primera vez en mi vida, me estoy haciendo cargo y no me estoy escapando. 
- ¿Si no fuera yo, qué hubiera pasado? 
- Es obvio. 
- ¿Y después? 
- ¿Qué? 
- ¿Te hubieras escapado, no? 
- Sí. 
- ¿Sí qué, ***? - pinché. 
- Sí, yo me hubiera escapado. 

Asentí. 

- Hemos cantado bingo... - le dije, con ironía. 

- Pero esto es otra cosa - me aclaró - Con vos yo no puedo escaparme. 
- Ni siquiera aunque quieras... 
- Esto es diferente a lo que podría pasar con las otras...  - fue lo último que me dijo. 

Me lo quedé mirando, un largo instante, en silencio. 
Bajé la cabeza para seguir procesando la información. 

- Gracias, de todos modos - murmuré, cuando consideré que había salido del impacto. 
- ¿Por qué? 
- Por intentar hacer algo distinto conmigo. Y por ser realmente sincero, ahora, a diferencia de cuando empezamos a hablar - sonreímos.  
- ¿Qué pasa que tenés esa cara? 
- No me imaginé que fueras un tipo tan cómodo de elegir el camino fácil, siempre, dejando a la gente así. 

Mofó. 

- No es el camino fácil, te lo garantizo. No quisieras saber cómo se vive escapando de las cosas todo el tiempo - afrontó - Por eso me pareció re valiente pero muy valiente todo lo que hiciste y lo que me dijiste. 
- Y ahora resulta que nunca falta la pendeja  que viene y te pone en órbita... - lo burlé - Como tampoco falta el tipo que viene... y bueno, viste, viene, viene, hasta que llegó y cagamos - le dije, riéndome. 

Él también se rió. 

Y yo que, supuse, ahí terminaba la historia, que ese era el final. 


viernes, 23 de junio de 2017

La vida da (muchas) vueltas

Lo miraba de lejos, lo miraba de lejos, lo miraba de lejos. Lo que más me gustaba, pese a que era muy chica, se resumía en una cosa peculiar para mi edad: a él le salían las cuentas difíciles y tenía la cartuchera ordenada. Ah, sí, además, era el nene más lindo de todo el grupo. Por eso lo miraba de lejos.  ¿Fue el primer chico que me gustó en la vida? Sí, me parece que sí, porque es hasta el día de hoy que lo recuerdo. También me recuerdo a mi misma, velándolo, de lejos. También recuerdo que a él le gustaba otra chica, compañera nuestra, que era la más linda de todas, la que tenía más amigos y la que todos los chicos apreciaban; etc.

 A partir de ahí, los recuerdos comienzan a cambiar de color, y es como si no hubiera habido espacio para noviecitos escolares en mi memoria, porque de hecho, no los tuve. Nunca, de hecho, los chicos que a mí me gustaban me daban bola y, asimismo, nunca le gustaba a los chicos que me hicieran posible corresponderlos. Desde ahí, eso es lo único que me acuerdo. No sé, algo habrá empezado a pasar con el asunto de las cargadas, porque fue como si toda la atmósfera se hubiera desarmado. Sólo sé con certeza que la mayoría de los recuerdos que tengo de esa época son extraños y siempre me dejan un regusto amargo que no sé bien de dónde viene, porque no conservo detalles muchas veces y porque tampoco me empeño en revolver, claro. 

Un día, lo último que supe de él,de este chico que era El principito en pinta, es que se cambió a un colegio de un nivel alto, con algo parecido al prestigio, pero de todo lo demás no me enteré hasta que se puso a salir con una compañera del secundario, muchos años después, y cuando ella me contó de su nuevo novio me dí cuenta que a aquél chico lo conocía. El crecimiento, lamentablemente, le había sumado músculos y alguna que otra neurona, pero en especial, músculos lo cual me parecía muy desalentador, porque si hay algo que me vuelve candidata a monja, son los hombres musculosos, artificiales; esculpidos, ellos, en una palabra. 

 Sé que salió un tiempo bastante largo con mi compañera, pero en realidad, para mí había pasado a ser un desconocido total, básicamente, por la falta de interés que me generaba. Me enteré, durante esos años, producto de los chismes habituales, que la relación que tenía con esta chica era bastante tóxica, lo cual, me hizo lamentarlo por ella. 

II 

Hace unos meses, volvía de tomar un café con una amiga, cuando se subió al mismo colectivo que yo. Me miró y lo miré de soslayo, sin corresponderle la mirada, porque si hay que evito es saludar a mis ex-compañeros de escuela, casi desde que tengo memoria. 

Llego a casa, esa mismo día, y veo que tenía una nueva solicitud de amistad y que era suya. 

Lo acepto; me escribe, me explica que me había reconocido en el colectivo y me cuenta de su vida. Él, está estudiando en la facultad una carrera compleja, llena de cuentas. Le cuento que estoy estudiando la carrera que sigo.

Eso me recuerda a algo en particular: de chica me gustaban los poemas que leía la señorita pero decirle que me gustaban me daba vergüenza (a todos le daban gracia los poemas y a mí me gustaban, no me parecían graciosos, me gustaban de verdad), entonces, no lo decía a nadie por miedo a que se burlaran de mí por eso. Y más, porque como había aprendido a leer lindo, me mandaban a leer en los cafés literarios poemas o ese tipo de cosas, frente a los padres de mis compañeritos. 

Sonrío, cuando a través de la charla, recupero un recuerdo. 

Él me sigue hablando y, siempre que puede, elogia lo que hago, me chusmea las publicaciones, me escribe comentarios en los estados y le da me gusta a muchas de mis fotos de perfil. 

Y yo me río, claro, me río por pensar la de vueltas que tiene la vida. 

Ahora quien era El principito se convirtió en sapo. Ahora, mientras me escribe para hacerse el "los años que pasamos sin vernos, juntémenos Veinteava, qué carrerón estás haciendo, qué grosa que sos", yo me río...  <<Dale, sí, cualquier cosita te llamo >> pienso y me río. 

Mucho, me río, de hecho, porque entre El Principito que me quiere levantar, la señorita de las calzas violetas que me encuentro en la parada y me baja la vista, y "Esteban el malo" como le decía al principal burlón de mi vida, que le preguntaba a amigos míos si yo lo odiaba o no lo odiaba, con culpita, casi, con culpita el pobre, tantos años después; me estoy riendo mucho. 

Y se sabe que el que ríe último, siempre ríe mejor. En especial, si no es de nadie. 

Porque yo sólo me río de las vueltas que suele dar la vida y de cómo la persona a la que se le rieron y a la que cargaron y a la que burlaron porque se caía o porque se llevaba todo por delante, ahora, tiene la posibilidad de elegir qué hacer con todo eso. Y yo elijo reírme, reírme y reírme. Considero que lloré lo suficiente y que, en muchas ocasiones, en relación al origen de mis lágrimas, fueron muy en vano. Considero que si lloré por personas que no se lo merecían ni un poquito; por gente que, de verdad, no se podía reír de nadie; ahora, me tengo que reír por ver cómo todo va llegando, se va ordenando, se va ajustando y se va cerrando sobre lo ya cerrado, incluso, sin haberlo esperado, sin haberlo buscado; solo como regalo de la vida.  

Hoy en día, todos ellos, han dejado de importarme; incluso poco me interesa si yo le gusto a El principito, si Esteban el malo se siente odiado o si vive con culpita.

Allá ellos, de verdad, les llegará o no todo lo que merezcan, como pasará conmigo, y cada uno vivirá y transitará la adultez como pueda, teniendo su trabajo, criando a sus hijos, pensando cómo educarlos, pensando qué valores dejarles. 

Yo prefiero leerme un poema de Wisława Szymborska y pensar que, si un día llego a tener un niñito le voy a leer poesía desde la panza, lo voy a llenar de frases de Cortázar y le voy a meter poemas de Benedetti hasta adentro de la bañadera, junto con patitos de juguete y shampoo Johnson & Johnson. 

Pensar en estas cosas, de ésta forma, me hace feliz.

Yo ya elegí qué hacer con mi historia. Yo ya elegí qué llevarme a modo de enseñanza, para el día de mañana. Lo sigo eligiendo, día a por día, cada vez que me levanto y cada noche que me acuesto. Y sobre todo, insisto, la clave es siempre la misma: ser feliz con lo bueno y con lo malo que me tocó en suerte.

Lo demás, carece de importancia.

El resto de las cosas, finalmente, se acomodan solas.

La vida da un montón de vueltas.







domingo, 18 de junio de 2017

Ni cosmos ni tres mil mundos

Urtubey entra con su niño a casa, de visita, en estas fechas especiales. Saludo a su niño, lo saludo a él murmurando un escueto feliz día y me dedico a mirar el juego de fotocopias que estoy leyendo. Se sienta y, a la primera de cambio, donde su niño empieza a rondarme, lo noto mirarme pero esta vez estoy segura de lo que voy a hacer, y eso es, simplemente, mantenerme distante. Me mira, me sonríe, buscando complicidad, mientras le sonrío poco y me dedico a ignorarlo.  Sí, pese a que lo tengo muy cerca y sé que me está mirando, yo no pienso dejar de hacer lo que estoy haciendo para escuchar lo que sea que quiera decir, contar, ni llevar adelante. No me interesa estar en el medio de nada, porque, si quiere relativizar las cuestiones, sé que tiene otros medios, que no le hace falta complicarle a existencia a una tipa como yo, es decir, sin dobles fondos, sin grises para estas cuestiones. 

Lo dejo hablar, lo mismo, al niño a quien le doy bola, aunque menos, porque realmente no quiero dar ni un mínimo margen para que deslice sus miradas, para que me pregunte cosas. Tomo nota, además, de la última vez que me escribió esta semana para preguntarme, simplemente, qué contaba porque hacía mucho tiempo no nos veíamos. <<¿Para qué, Urtubey, para qué, si vas a volver con tu samaritana señora? >> pienso, mientras escribo y siento su mirada encima de mí.

- ¿Qué estás estudiando? - me dice, finalmente y levanto la cabeza. 

- Española - le digo, escueta y me mira, extrañado, sonriéndome - Literatura Española. 
- ¿Qué tema? 
- La obra de *** - respondo. 

Duda y me dice un dato técnico, que si bien no es exacto, tiene mucho que ver. Lo odio en esos instantes pero me sonríe y le sonrío, haciendo un esfuerzo categórico, aunque no tengo ni un poco de ganas de sufrir con su causa. Le sonrío sin mostrarle los dientes, cansada, vencida, por las circunstancias. 

Cansada porque no tengo, tampoco, ganas de hacerme preguntas. No tengo la paciencia que se necesita, ni tampoco, dispongo de la energía. Quiero, simplemente, estar tranquila y de la única forma donde lo estoy es no involucrándome más de la cuenta con su situación, porque entiendo que con ilusionarme sola no llego a ninguna parte.

Desde que me enteré de buena fuente, gran parte de las cosas que omite, abandoné la causa, me alcanzó, y no estoy dispuesta a revisar los planteos que me hice ni a poner en duda las cosas.

Nos confundimos, intentó acercarse de una manera más auténtica, que todos, malpensados que somos, intuímos mal. Esa, al menos, es mi hipótesis y, de acuerdo a ella, las cosas son así, sencillamente y por eso las acepto como me son dadas. De hecho, por primera vez decido no cuestionar nada sino aceptar las cosas como me son dadas. Porque, más allá de todo, me encuentro evaluando si ésta, finalmente, no es la estrategia correcta a la hora de vivir en paz mi vida,sin que nadie quiera enturbiarla con sus indecisiones, sin que nadie pretenda llevarme puesta con su confusión y termine sufriendo.

II

Y yo no estoy confundida, al contrario, hoy en día tengo todo perfectamente claro y defiendo mi claridad contra lo que sea, porque si salgo de ella, no encuentro nada valioso. Esa es la diferencia, respecto a hace algunas semanas, donde todavía no tenía a mano la información que consideraba providencial y creía en un Urtubey que me decía que estaba pasando momentos complicados porque tenía problemas en el trabajo, que después me iba a contar todo bien.

Aunque, en realidad, esos no eran los problemas o las cuestiones que lo tenían disperso y yo me terminé enterando por cualquier otra persona. Aunque, en realidad, sé que algo lo llevó a considerar el hecho de guardar silencio ante el estado de las cosas, como si yo, que nunca lo juzgué, pudiera juzgarlo recién en ese entonces, al menos, cuando creía conocerlo un poco mejor; siendo además que él sacó el tema, que bien podría haberme dicho que estaba bien y bien yo le hubiera creído, porque no pensé que iba a ser tan tonto también ante mí, cuando meses antes, mientras que se había sentido señalado por los demás, siempre resaltaba que yo lo entendía o que yo entendía enseguida al punto donde él pretendía ir, en cada planteo o charla con los míos, o en cada charla, dada entre nosotros.

¿Y todo eso, de qué sirvió?

De ahí se sirve mi indiferencia que es, antes que nada, un ajuste de límites que nos deja casi, casi, como al principio de esta historia, es decir, como esa noche de domingo cuando le ofrecí un mate y pensé <<pobre pibe, ojalá se le pase pronto >>.

III

De la única forma que cambiaría mi hipótesis, de hecho, es si él mismo me dijera con palabras claras lo contrario, es decir, que no entendí mal, que lo hizo queriendo. Pero, como todo lo que está a la vista es muy difuso, yo elegí interpretarlo de la forma en que más me convenga y esa es, siendo clara, la de no darle real importancia. Y si se aparece esto último cuando algo tan claro, es porque no descarté la posibilidad de que pasara y me amparé en ella, para devolverme a la realidad, siempre.


La posibilidad -porque eso sigue siendo por ahora- de que vuelva con su mujer. La existencia de fotos de chicas con las que habla por redes sociales - que son jóvenes tanto como yo, con mi color de pelo, señores - que le muestra a mi padre, para que lo "aconseje". El que mi padre me cuente el hecho y me diga que la chica era una pendejita y que yo, cuando note el estilo general de la elegida, asienta con la cabeza y piense que estamos todos, pero todos, re locos. El incómodo hecho que mi padre me cuenta esas cosas de chicas exactamente en el mismo momento donde me comenta que es Urtubey está lento, como cosa interna de nuestra familia, algo desconcertado por su accionar. Pero Urtubey como si estuviera en vivo con nosotros,  ante los mensajes de mi padre del estilo <<dale, animate, salí y conocé gente >>, normales por la situación deja de responderle y me escribe a mí - en el mismo momento, insisto - para preguntarme qué estoy haciendo y qué cuento, siendo que hace mucho tiempo que no nos vemos. 

<<¿Y desde cuándo te importa no verme, Urtubey? >> me digo yo, fría, muy retirada de la persona que alguna vez se enamoró de alguien.  ¿Los demás no lo quieren entender o no se entiende que yo soy una persona capaz de sentir cosas, de confundirme, de equivocarme, como cualquier otra y que tampoco puedo pasarme la vida atragantada? ¿Será difícil considerar que soy humana y no sencillamente, siempre, la chica buena, que escucha y que entiende?

IV

Ignoro a Urtubey que unos días después de esa charla de "amigos" del jueves y ahí está en mi casa, sentando en mi cocina, tomando mate de mi mate, y me pregunta qué estudio. O me muestra videos tal como se los muestra a mi papá. O le dice a su niño que me cuente cosas, o me mira, simplemente, me mira estudiar, me mira leer, creyendo que yo no me doy cuenta y que la cara de tonta la tengo a modo de ornamento. 

De verdad, me cansa, me parece de antemano una real estupidez. Siento que no tengo edad, ni ganas, de pasarla mal por estas cosas que no me corresponde resolver ni donde me interesa ayudar.

Es que, es una cuestión de sentido común: si está oscilando en la órbita de su ex, si tiene la intención de conocer chicas, independientemente de que le den bola o no; que se encargue de eso y no intente estrechar lazos justamente conmigo, porque hasta hace unos meses atrás Urtubey ni se inmutaba si yo desaparecía del mundo o pasaban tres semanas sin vernos. Jamás, en todos estos años que nos conocemos, ni siquiera en estos ocho meses, me había mandando un mensaje un jueves a las once de la noche para preguntarme qué estaba haciendo, qué contaba después de tanto tiempo, siendo que soy la hija menor de su amigo y que, sencillamente, a mis hermanas no les manda este clase de mensajes, ni por asomo, teniendo apenas un cuarto del trato que tuvo conmigo, suponiendo que sea ése el móvil.

¿Y cuál es el móvil?  Ninguno.

Porque lo que Urtubey busca, en este momento, es una ficción para sobrevivir y yo prefiero sobrevivir a mi manera, es decir, con mis propias tácticas que no lo incluyen, ya, en ninguno de los planos. 

viernes, 16 de junio de 2017

Noción de oportunidad VI: La vida que deseo

El primer sorbo a un caldo de verduras, adentro de la cama, después de que llego de la facultad a las once menos veinte de la noche. La sensación de privilegio, cuando veo que mi papá viene a buscarme, en esos días donde la térmica marca cero grados y yo tirito de frío en ese gran campo abierto donde se sitúa mi facu, esperándolo, pese a lo abrigada que salí de casa, varias horas antes, para leer en la biblioteca antes de clases, deseando llegar bien con las materias. 

El guiso de mi mamá, de arroz o de lentejas, que me prepara durante estos días de frío, sabiendo que es mi comida favorita desde que era chica. Y que, como cuando era pequeña lo comía de desayuno si sobraba de la noche anterior, ahora, lo anhelo cuando vuelvo a casa congelada y necesito algo caliente. <<Estás heladaaa >> <<Muerta de frío >> le dije, y todo mejora cuando ella me dice << Te hice las lentejas que me pediste, Veinte >> y yo festejo mientras saludo a mi perro que me mueve la cola, dejo la mochila, me saco el tapado de paño y corro al lado de la estufa. Todo, casi a la misma vez, por la alegría de volver a casa y de poder combatir el frío. 

Los matecitos de mi abuela en su recipiente cerámico de color violeta y beige. Los matecitos donde  me calienta en agua cada cinco minutos, manteniéndolo a punto, siempre a punto para mi alegría con su yerba saborizada que es tan rica. Los matecitos que nunca rechazo, que extraño si no tomo y que son tan ricos, como en ningún otro lugar. Los matecitos con los que me tomo un recreo del estudio, los fines de semana, donde siento que me tengo que quedar encerrada y muchas veces con poca voluntad de hacer; aunque sé y tengo muy en claro que es, a la vez, la única posibilidad que me queda si a cambio quiero progresar. 

El despertarme, a eso de las siete de la mañana, cada día que toca cursar y muchas veces cuando no me toca, para poder aprovechar el día antes de irme o para poder aprovecharlo a cambio de salir a tomar algo con mi mejor amiga, durante el fin de semana. O para poder pasar un tiempo con mi abuela, con mis hermanas, con mi mejor amigo, porque siempre tuve el mismo miedo: levantar un día la vista de cualquiera de los libros que esté leyendo, y darme cuenta que todo lo que quiero, lo que más disfruto y lo que tengo valoro, se haya esfumado de un momento al otro. El volver y al otro día, saber que me espera lo mismo, casi de la misma forma, corriendo otro día más detrás del mismo objetivo, porque soy incapaz de descuidarlo.

Quizá para muchos, para muchísimos jovenes que estudian una carrera universitaria, que llevan adelante una tecnicatura, que están terminando el secundario, que vienen de trabajar y de estudiar, que vienen de renegar y de pelear por una vida mejor, por la noción de progreso; estas cosas, pasan de forma intrascendente. Forman parte de lo dado, de lo que casi parece ser una obligación de la vida, de lo que toda su vida percibieron como normal, sin ningún sobresalto.Pero para mí, sinceramente, cada día lo confirmo más, es un regalo.

El sacrificio de hacer una carrera que además considero mi vocación, es un regalo, pese a que me esté costando tanto en estos días. El sacrificio que hacen mis padres, especialmente mi papá para que nada me falte o para hacerme entender que no tengo que apurarme, es también un regalo. El saber que ellos lo harían miles de veces más y el saber que yo estoy cada día en mejores condiciones para, es lo que me sostiene, pese a todo.

Es innegable que muchas veces, siento que esto, mi vocación, mi futura profesión, me anula. Es que me gusta y me demanda tanto que, por momentos, no me importa si existen otra vida, ni lo que dicen los medios de comunicación, ni la novela de moda en la tele, ni la ropa que se usa, pese a que, a veces, deseo cosas materiales, como cualquier chica. No me importa quién engañó a quién, el nuevo hit del año o quién se va a casar. Importa mi familia, mis amigos y lo que hago. Importan mis sueños, mis ganas de, mi hambre de, la necesidad imperiosa de cambiar mi propia historia todos los días y estar un poco mejor, y hacer un poco más allá, y de romper mis límites. Importa olvidar el miedo, el agotamiento, la incertidumbre hacia el futuro. Importa no dejarme asustar por mi cabeza, inspirar un ratito, escuchar algo de música, salir un poco afuera, y ordenarme. Importa pensar, repensar todas las veces que haga falta, para qué hago esto, más allá del placer, que muchas veces, entre el estrés, la ansiedad y la exigencia, si bien alcanza también queda corto.

 Sí, es innegable que muchas veces siento que le estoy dedicando los mejores años a algo, a una única cosa, con el miedo de no ser nada más que un título universitario. Pienso que mientras todos los demás cambian, cambian y cambian, yo persigo un único objetivo que se dilata, se acerca, se dilata y se acerca, como si fuera una ilusión óptica, un camino interminable, uno de esos horizontes de los que Galeano habla, es decir, aquéllos que sirven para caminar, para caminar y para caminar; para mantenerse en movimiento, para no secarse.

 Es innegable que muchas otras veces me canso, pienso qué sería de mi si hubiera elegido otra cosa que no fuera una carrera, es decir, en muchos sentidos, si hubiera elegido otra vida, si muchas veces no tuviera que respirar hondo y decirme << El estudio, el estudio es una de las mejores formas de progresar, de tener herramientas para ayudar a los tuyos, de tener herramientas para hacer realidad sueños.  Hay que aprender, hay que formarse, hay que aprovechar la oportunidad>>.

Pienso qué hubiera pasado conmigo si hacía como hizo una de mis hermanas, que sintió que el sacrificio académico no era lo suyo, y  ahora suele preguntarme para qué sirve, en la vida, estudiar literatura; para qué sirve enseñarle a los chicos análisis sintáctico; para qué sirve que me entusiasme la idea de llegar algún día a poder publicar mis artículos en revistas, como un gran sueño personal. Pienso en la otra, la mayor de mis hermanas, que cuando tenía ocho años le dijo a mi mamá que, ella, quería ser como la neonatóloga que me cuidaba mientras estaba internada apenas nací. Pienso que ella estudió una carrera compleja, en una universidad prestigiosa, y que todavía sigue estudiando; lo cual me genera una profunda admiración por su entrega. Pienso que pasó por las mismas cosas que pasé yo, que leía en el contexto de una abuela que todavía vivía y padecía Alzheimer e iba y venía todo el tiempo, la pobre.  Pienso que yo, a mi forma y en mi tiempo, paso otras cosas que también interfieren y que tampoco dependen de mí. Pienso ahora, cuando me dice que disfrute esto, cuando me dice que todo va a llegar para mí, cuando me asegura que voy a extrañar esta etapa de mi vida. Pienso cómo se ríe cuando le digo que esto recién empieza y me dice que sí, que ya sabe, que a ella le pasa lo mismo, pero que disfrute un poco, que ese es su consejo principal.

Pienso, mucho, últimamente, en todas estas cosas, en este recorrido que voy haciendo, en qué voy dejando pasar y qué voy eligiendo, todos los días. En qué me motiva, en el para qué, en dónde recae mi interés y desde qué punto tracé mis prioridades, solamente, en muchos sentidos, con veintidós años.

Pienso la vida que estoy eligiendo todos los días para mí, especialmente, cuando las cosas son difíciles, cuando hay que tener mucha paciencia, cuando hay que medirse y dar pasos fríos, no arrebatados, pensando en el beneficio a futuro, en el largo plazo, en lo que es más inteligente hacer y no más pasional.

Pienso que más allá de todo, de todo, lo que pueda desear y hoy no tengo, está presente la oportunidad y en su presencia o su falta, muchas veces, se cifra el destino de las personas. Todos los días, de hecho, lo veo en mis padres, en toda mi familia, y me digo que sí, que quiero algo más, que quiero aprovechar la oportunidad para tener un poco más de lo que ellos pudieron, para poder ayudarlos, para poder devolverles todo, absolutamente todo, lo que hicieron por mí desde que nací.

Y que como mis aspiraciones son de querer algo más y mejor, el esfuerzo tiene que ser el que doy, porque la recompensa será todo lo que añoro. Todo lo que, confío, algún día sea realidad para mí. Todo lo que, además, podré disfrutar con mi papá, con mi mamá, con mi abuela, con mis hermanas, con mis amigos, con mis conocidos que me apoyan y se alegran sinceramente de todo; con la gente que hoy está, y que cuido, mientras leo; que trato siempre de cuidar, mientras leo.



lunes, 12 de junio de 2017

Literatura, cuanto menos, ficción: Palabras de otros tiempos

Era un sábado a la mañana, temprano, donde había cita en su morada. Llegué, toqué el timbre y salió a recibirme enseguida. 

- ¡Hola! - se acercó a abrirme la puerta - ¡Qué temprano! 
- Era esto o quedarme dormida - bromeé y me puse en puntas de pie para saludarlo. 

Sonrió. 

- Pasá, pasá, por favor - me hizo el gesto indicado y en cuanto enfiló para rehacer el camino hacia el interior de su vivienda, lo miré, con atención. 

Expelía un aroma a perfume que me representaba un hermoso trastorno al olfato. Llevaba una remera negra, estando considerablemente ligero de ropa para la época y unos pantalones que le quedaban geniales. Me guardé en el rincón más recóndito de todos mis apreciaciones y me adentré en su casa, hasta que descubrí que estábamos solos.  Sí, nosotros justamente, teníamos la habilidad increíble para meternos en situaciones cantadas como por ejemplo, llegar temprano un sábado a la mañana y que no me avisara de aquél detalle. 

Me saqué el abrigo, me saqué la cartera y me quedé parada por un breve instante, vacilando. 

- Sentate, Veinte, por favor - murmuró, riéndose. 

Lo miré, reparé en la música que era lo que me había llamado la atención antes y me senté. 

- ¿Desayunaste? - quiso saber. 
- Sí, comí algo antes de salir. 

Me miró, incrédulo 

- ¿Qué comiste? 
- Tomé un té... 

Mofó. 

- Eso no es desayunar... - esclareció, mientras se levantaba a poner la pava urgente y preparaba el mate.  Lo miré, en silencio, realizar cada movimiento. Disponer las masitas sobre la mesa, disponer el termo con agua caliente, el mate gigante y la yerba dentro de si, con su santa paciencia. Hoy sé que me gustaba todo de Él y por eso lo miraba de una forma tan atenta, como si quisiera grabármelo de por vida en la memoria, a costa del porvenir tan incierto. 

El reflejo del sol, que entraba desde una de las ventanas laterales de su cocina, le daba en su cara con intermitencia. Se sentó, en una de las sillas y abrió cada una de las bolsitas de la panadería ofreciéndomelas. 

- De verdad, estoy bien - insistí - Un mate te acepto, eso sí - sonrió. 

Nos quedamos callados, por un buen rato, tomando mate, mirándonos. Eran de esos silencios que trascurrían en una calma perfecta, de esos silencios que no había que llenar desde la desesperación ni desde la incomodidad. Eran, definitivamente, los silencios que más me gustaba sostener.  

- ¿Cómo estás, vos? - me miró - ¿La facultad, cómo van los estudios? 
- Anda - me encogí de hombros - Viajando mucho, leyendo mucho, pero funcionando - argumenté. 

Me sonrió. 

- Toda seria, me lo decís - comentó, y me reí. 
- Soy seria, *** - lo burlé. 

Tomó mate, en silencio. 

- ¿Seguís cursando tan lejos? 
- Sí, sigo. Son casi tres horas de viaje de ida y lo mismo para volver- le comenté. 
- ¿Y, cómo hacés, Veinte? - sacudió la cabeza, indignado por la lejanía. 

Me encogí de hombros 

- Me tomo un colectivo, el tren y dos colectivos más - le expliqué - No hay un subte que me deje directo, y de otra manera, no sé si lo tomaría. 
- No, claro, no te gustan mucho... - repensó - ¿Y ésto, por cuánto tiempo es? - sonó preocupado. 

Sonreí. 

-  Es como si me muriera ahí adentro del subte. Parezco un animalito que no tiene racionalidad - se sonrió, por mi forma de decirle las cosas - Lo de la facultad es hasta que termine el cuatrimestre. 

Se quedó callado, meditando la información que acababa de sacarme un poco con tirabuzón. 

- ¿Y tu escuela? 
- ¿Qué pasa con mi escuela? - lo miré, extrañada, por la pregunta. 
- Te quedaba cerca... - relacionó. 

Asentí. 

- Evidentemente estabas acostumbrada y quizá eso es lo que te pone ansiosa... - me dijo, haciendo referencia a otra cosa diferente a mi secundario. 

Lo miré, con el interés despierto, porque me estuviera intentando entender más allá de todo lo aparente. 

- Sí, quizá sea eso... - murmuré y le acepté el mate - ¿Dónde hiciste el secundario, vos? 

Sonrió. 

- Hace muchos años - se atajó, en seguida. 
- Yo dije dónde, no cuándo - le señalé. 

Sonrió, de nuevo. 

- En una escuela comercial, que queda por **** - me indicó. 

Mofé, por dentro, porque era muy propio de su época, de la zona donde residía - a tres cuadras de la casa, mi casa, donde yo iría a nacer y a crecer- el que hubiera concurrido a ese colegio. 

- Contame, por favor, con detalles, tus andanzas - le pedí. 
- ¡Nooooo! 
- ¡Sí, por favor, por favor! - le supliqué, en broma - Yo te cuento las mías, después. 
- Empezá vos y te prometo que te cuento... - me sobornó. 

Lo miré con sorna, porque no tenía ganas de hablar de mí, para variar, siendo el hermetismo algo que Él siempre me resaltaba, argumentando que la timidez y el pudor y la vergüenza, no servían, siendo yo como era, no pudiendo avergonzarme por nada. 

- Colegio católico, como bien dice el nombre. Oración de entrada, siete de la mañana, y uniforme con pollerita a modo de carmelitas - lo burlé. Se rió, captando la ironía - Me levantaba a las puteadas, a la mañana, porque no quería ir al colegio - le hice un gesto de pesadez y se tentó, juntando las manos, como si rezara - Hacía todo, cumplía, pero no me interesaba juntarme con ellos, ni salir a bailar, esas cosas habituales de la adolescencia. 

Me miró, con interés, porque era la primera vez que le contaba tantas cosas mías. 

- ¿No? 
- No, ni loca, suficiente eran las horas que pasaba ahí y suficiente era levantarme a las seis de la mañana para poder ponerme las medias y la pollera al derecho - negué, con la cabeza y nos reímos - Tenía compañeros, me hablaba con algunos, pero el resto me parecían infantiles. Me tocó una división bastante de mierda, que se fueron de viaje por empresas separadas, para que te des una idea - se sorprendió, y lo noté en los ojos. 
- ¿Y cómo, viejo? 
- Así como te lo cuento... - sacudió la cabeza. 
- ¿Y vos, tu viaje de egresados? - me preguntó, con picardía. 

Me reí, de antemano 

- No fuí, claramente - contesté 
- ¡Amargaaaaaaaa! 
- Muy, sí, muy - nos reímos, de nuevo. 
- ¿Por qué? 
- Porque no quería que mis viejos gastaran tanta plata en algo que iba a padecer. En ese momento eran cerca de $11.000  e imaginate el esfuerzo que irían a hacer mis viejos para que me fuera de excursión con mis amiguitos del colegio - le respondí, con sorna. 

Sacudió la cabeza, riéndose. 

- ¡Qué tremenda que sos, por favor! 
- No me conocés, vos a mí... - le advertí - En esa época era más terrible que ahora, toda malhumor, toda asquerosidad, toda mufada puteando al mundo porque me moría de frío con la pollera - le relaté, tentada. 
- ¡Ay, yo ya me imagino, cantándole las cuarenta a todo el mundo! ¡Como a mí, pero con los compañeros de curso, cuarenta de acá, cuarenta de allá, con esas caras encima! - me respondió. 

Negué con la cabeza

- Ahora estoy más feliz - admití - Y no muerdo. 
- ¿Segura? 
- Bueeeno, no muerdo tanto... 

Sonrió. 

- A vos te muerdo, sí, tenés razón, te ladro y todo, pero es un mordisco suave, chiquitito - intenté convencerlo. 

Sacudió la cabeza y me sonrió así, con esa actitud de buen tipo al que se le ablandaba la cara cuando le tocaba escucharme o cuando me esforzaba en contarle de mi vida. 

- Contame tus aventuras, ahora - le dí el pie. 

Sacudió la cabeza y se mordió el labio inferior. 

- ¡Era un atorrante! - reconoció, riéndose - Era una locura mi curso, pero estaba muy bueno, porque organizábamos de todo. 

Le sonreí. Era capaz de imaginarlo, una versión en miniatura de lo que era en aquél presente, organizando salidas, actividades, cosas buenas, con grupos de gente posiblemente dispar, que conciliaba con mucha gracia. 

- ¿Qué hacían? 
- Había un centro de estudiantes y yo era el presidente... - sonreí y me tapé la cara con las manos, riéndome - No te das una idea de la cantidad de bailes que organizábamos, por cualquier cosa hacíamos un baile y ahí estaba yo metido, encantado, con la joda que se iba a armar - lo miré, con dedicación y amor, porque me encantaba escucharlo hablar de tiempos felices con esa certeza del tener recuerdos buenos. 

- ¡Taaaaaaan sociable como siempre, vos, qué me vas a decir de nuevo! - lo cargué. 
- Es que estaba buenísimo, te juro.  Nos divertíamos, en definitiva, la pasábamos bien. 

Me quedé callada, por un momento, mirándolo. 

- Me encanta cómo me lo contás... - admití - Ponés una cara de vago - se rió. 
- Y... - meditó, un poco - Vago era, también. 
- ¿No estudiabas? 
- Sí, estudiaba, estudiaba - remarco - No me llevaba muchas materias, tenía buenas notas, pero no estaba nunca en casa. Mi viejo no me decía nada, pero mi vieja se ponía loca, porque salía del colegio y no volvía hasta la noche a mi casa - me relató. 

Me reí, al imaginármelo. 

- ¿Y qué te quedabas haciendo, tantas horas? 

- En la esquina del colegio, había un viejo que tenía un kiosco. Al principio, iba a comprar normalmente, pero después me terminé haciendo amigo del viejo y el kiosco se lo atendía yo a veces, o me quedaba ahí metido, mientras él atendía. Por eso llegaba a mi casa muchas horas después que salía del turno mañana. 

- Qué loco... - reconocí - Ya me doy una idea de lo que deberías ser vos, en versión pocket, atendiendo un kiosco, mmmmmmmh - sonreí. 

<<Quién hubiera podido ir a ese kiosco unos años antes ... >> recuerdo que pensé. 

- ¿Qué significa ese mmmmmmmmmh? - me preguntó, todavía atorrante, pese a que no me lo reconociera. 

- Que sos atorrante, en todo sentido. Y me gusta, no es algo que repudio. Sólo que se nota a la legua, me es fácil imaginarte en las andanzas que me contás. Son propias de vos, es eso - le expliqué. 

Sonrió 

- Realmente atorrante era con las chicas - se rió, solo - Me acuerdo, ahora y pienso lo caradura que era, te lo juro. 

Le sonreí, pero me quedé callada, con una especie de celos históricos, muy raros de experimentar. 

- Escucho atentamente - mofé, haciendo el gesto de sacar una libreta imaginaria y tomar nota. 
- No, no, no, pará - me frenó - ¡Vos pensás que yo estaba con muchas chicas a la vez y te voy a contar que ninguna me daba bola, Veinte! 

Le hice un gesto con la mano como diciendo "dale, no te hagas el modesto, acá", pero Él insistió. 

- Con todo ese carisma, te habrás levantado a más de una, dale, no me mientas. 

Sonrió. 

- Era caradurez, no carisma, te lo aseguro - se quedó callado, por unos segundos - ¿Sabés lo que hacía? Me aprendía poemas y se los recitaba a las chicas... - me confesó. 

Me lo quedé mirando, por un instante, y me tenté de risa. 

- ¡Y después me decís que no te daba bola nadie, chanta, mentiroso, ladrón! - le respondí, todavía tentada. Nos causó gracia, supongo, el traer a cuento la situación completa que consistía en que Él se aprendiera poemas de Girondo - pura vanguardia, dicho sea de paso, totalmente rupturista y fenomenal - para recitárselos a las chicas. 

- Es que, imaginate, iba por la calle con el pelo largo, porque tenía pelo largo, con una especie de enterito - me relató y pasaba una chica y yo le decía una cosa de esas, un versito - insistió. 
- ¡Girondo, el señor usaba al pobrecito de Girondo, que le escribía poemas para sus conquistas ocasionales! - me reí. 

Suspiramos 

- Igual, no me daban bola. No rindió el negocio de los poemas. De esos poemitas que estudian ciertas personas, esas personas que son raaaaaaaaras - me cargó. 

Sonreí. 

- Yo tengo la decencia de no ir por la calle con un enterito puesto y los pelos al viento, dejame de joder...  - le respondí. 
- ¡No, es cierto, vos no recitás poemas sino que escribís cartas que son una bomba y después si hace falta, se lo decís a la gente en la cara! - me recriminó falsamente- ¡Me olvidé, la señorita que canta siempre las cuarenta, es cierto! - me insistió, en ese punto, de nuevo. 
- Es que no puedo pretender seguir sacándole jugo a la literatura, más allá de escribir.. - bromeé - Ya bastante que me va a dar de comer como para que vaya por la calle así...
- Yo porque era feo... No me quedaba otra - se defendió.
- *... - lo llame por su nombre para advertirle.
- No me mires así, guacha, vos porque no necesitas poemas para esas cosas...

Sonrió.
- Realmente me daría vergüenza... - me sonrió

- Bueno, yo quería que me ayude a conquistar a algunas chicas, en ese momento. Era pendejo, hacía cualquier cosa. Ellas igual me sacaban cagando - reconoció, sonriendo como si esa imagen le diera un cariño atemporal.  

- Eran demasiado chatas para vos, un atorrante vanguardista - bromeé y sonrió, al entender el chiste. 

Me quedé callada, procesando toda la información nueva, con alegría.  Luego de un instante de silencio le pregunté

- ¿De verdad, hacía falta lo de Girondo, con el pintorcito puesto y los pelos al viento, ***, de verdad era necesario? - se rió - Te imagino y me tiento...

Todavía en silencio pensé qué hubiera hecho yo, en esa situación, siendo la de esa época pero a su tiempo. Pensé fugazmente qué hubiera sido de nosotros, siendo contemporáneos entre sí. ¿Lo querría así? ¿Me hubiese gustado estar cerca? Lo de los poemas me daba una ridícula ternura, como si anhelara el haber podido conocerlo antes, para que me los dijera. No me imaginé que, menos de un mes después, cuando estábamos volviendo de su oficina, iría a recitarme un pedacito de un poema de Benedetti mientras manejaba para ganarme otra pulseada de esas que me hacían amarlo. Y para que le dijera, otra vez, que era un atorrante, un atorrante, que era un atorrante tan grande... ¡que con los poemas de ese autor no, porque lo iba a matarrrrrrrrr!

Y para que me respondiera, con cara de pícaro, <<¿era así, no? >>. 


domingo, 11 de junio de 2017

Comparaciones

Hace unos días me levanté con la cara inflamada, especialmente en la zona de los ojos. Pensé que era una reacción alérgica no solamente por la época del año en la que estamos situados, sino también por una cuestión del uso de maquillajes. Especialmente en la zona de los párpados, que era donde radicaba toda la cuestión, tenía dos grandes focos de inflamación; como si me hubieran golpeado en ambos ojos.  Descarté, luego de repensarlo bien, la hipótesis del maquillaje porque no me había maquillado los ojos en la última semana. Descarté el factor alérgico, luego de probar con una pomada específica, y que no me hiciera nada en absoluto. Durante todo ese día traté de no preocuparme y de ocuparme a través de estas estrategias. Ante la cantidad de cosas que tengo pendientes para la facultad, necesitaba desentrañar la cuestión cuanto antes, pero no podía hacer nada contra mis propios procesos. Me dediqué a esperar a ver cómo amanecía al día siguiente.  

Pero, al otro día, me desperté peor y ahí caí en la cuenta de que tenía otra cosa

Me impacienté un poco, ante el apremio que implican los menesteres universitarios. Ni qué decir cuánto necesito leer últimamente.  Ha dejado de ser el leer  novelas o poesía, y ahora es además de pasar largas horas en la computadora, también juntarme con mis compañeros a trabajar en grupo y/o leer para las investigaciones extras - con su consabida bibliografía extra- que me exigen además de los parciales escritos y los trabajos prácticos. Por eso, ya había perdido un día y no estaba en condiciones de perder dos. 

Cuando me levanté el viernes, los ojos además de estar inflamados, me lloraban. 

De una materia sola me piden seis notas diferentes. La otra, consiste en seguir  de forma constante las clases, porque el eje es aprender una lengua muerta no solo desde su vocabulario, sino, desde su gramática, es decir, analizar sintácticamente oraciones como bien podría hacerlo en español. 

No podía perder otro día más, no, de verdad, necesitaba no perder ni un día más. 

II 

Fui al centro de ojos más cercano porque en estas ocasiones no me ayudaba el ofrecimiento de mi obra social que me mandaba hasta la otra punta de la ciudad para poder atenderme en una guardia oftalmológica. Esperé hasta que me atendieron con paciencia e intentando no tocarme los ojos por la picazón, el dolor y el ardor, que me estaban castigando lo bastante. Después me fui a comprar la medicación. 

- ¿Después podemos parar en un kiosco? Tengo sed - le pedí. 
- ¿Y si vamos a tomar un café? - me ofreció. 
- ¿Decís? 
- Sí, dale - se rió - ¿Querés? 
- Sí, má, estoy convaleciente pero no tonta - bromeé, pese a la molestia persistente. 
- Ahora te  pongo las gotas, si querés - me consoló mi madre - Ya te vas a sentir mejor, vas a ver. 


Acepté la invitación y emprendimos camino para la confitería para una merienda de chicas. Siendo la hora propicia, examiné la carta con detenimiento y decanté por la opción clásica: un café con leche con dos medialunas. Mi madre me miró, sonrió maliciosamente y me preguntó si no quería cambiarlo por otra opción realmente tentadora. 

- ¿Decís? Yo con el café me conformo, en serio - le expliqué. 
- No, no, pidamos ésta torta - dijo, y me señaló una imagen de una torta suculenta que tenía una pinta exquisita, acompañada de otras cosas. 

Acepte, nuevamente, aunque algo dudosa. 

- Pero, podés pedir vos la torta y yo como lo que te dije, mami - le expliqué. 
- ¡No, Veinteava, dejate de joder, dale, no te fijes más en el precio de las cosas que me ponés loca! - me retó - ¡La vida hay que disfrutarla, nena, disfrutarla! - bromeó- Dale, elegí, elegí. 

Acepté y me reí, sacudiendo la cabeza, porque a veces parece ella la jovencita de veintidós años y yo la señora de cincuenta.  Cuando llegó la torta me encontré con un manjar. Realmente, la mejorcita que he comido en mucho tiempo y, además, una opción que desconocía por completo tratándose de dicha confitería. 

- ¡Esto es un manjar! - exclamó - ¿Te gusta? 
- Sí, la verdad, está genial - la miré, analizando qué buena calidad de ingredientes siendo que les sale tan rica - ¿A vos te re gustó, no? - la burlé porque mi madre es una persona súper golosa. 
- Siiiiiii - exclamó - ¡Es un ... esto! - se quedó en suspenso, porque sabía que iba a adivinar. 
- ¿Un orgasmo, no? - se tentó de risa, cuando dije la palabra precisa.  
- ¡Sí, es un orgasmo!  - susurró. 

Me empecé a reír con ganas, por la comparación y por confirmar el hecho de que mi madre se pasa. Todavía tentada, sacudí la cabeza 

- Mirá si te habrá gustado que vale la comparación... ¡Mamita! - le dije, mientras miraba por la ventana con una sonrisa. 

III

De los ojos todavía me estoy reponiendo, pero ya me siento mucho mejor. Finalmente tenía tapada una de las glándulas de Meibomio y eso me produjo semejante reacción. Menos mal que me acerqué pronto a un centro de atención porque de otra forma hubiera sido algo más serio. Sigo con las gotas recetadas y hay una que tendré que usar de manera permanente, por otra cuestión, pero que tampoco es nada serio. 

Lo que tampoco fue nada serio, pero muy gracioso, fue lo de mi madre que me hizo el día con su comparación. 

¡Se pasa, ella, se paaaasa!

jueves, 8 de junio de 2017

Me alcanzó

<<Que pase lo que tenga que pasar >> me dije, dos millones y medio de veces durante todo este tiempo. Que pase, me dije, lo que sea mejor para todos.  Y mientas deseaba, mientras esperaba que el tiempo siguiera pasando a su ritmo, producto de experiencias anteriores, mantenía solamente una cosa en claro, que en realidad, eran dos. La primera: que todo lo basado en Urtubey, es decir, las especulaciones de toda mi familia,conocidos y de un porcentaje de mi misma; podían ser solo eso, solo un mar de dudas o supuestos. Y además, que hasta que no fuera capaz de ver cosas concretas y provenientes de él, no iba a arriesgarme a nada, como quizá lo hubiera hecho en otros momentos de mi vida, frente a otras circunstancias, con una dosis considerablemente más fuerte de coraje. 

En definitiva, desde el principio, esta especie de obligación al letargo, la ví como la mejor decisión teniendo en cuenta el escenario donde estaban dispuestas las cartas y hasta qué punto estaban vinculadas con la gente que quiero, y que me importa, en todos los sentidos desde los que se pueda considerar el interés humano por alguien más. 

Más adelante, entendí, bajo esta misma consigna de repensar las cosas más allá de mi mis,a, que las miradas solapadas no me alcanzaban, que el amor no podía volver a quedar sujeto a ese montón de cosas, que el amor no tenía que ser especulación

Pese a que todos, a favor o en contra, hayan dejado caer un comentario capcioso, un dicho tácito, una alusión clarísima; pese a que yo me seguí repitiendo desde el minuto cero que no, que no y que no, sabía que la situación se iba a resolver en algún momento, sabía que sólo era cuestión de tiempo. 

II

Hace unos días finalmente me enteré de todo lo que me tenia que enterar. Y la noticia es que Urtubey está cada día un poco más cerca de volver con su mujer, pese a todo lo que pasó, teniendo como pauta un gran gran borrón y cuenta nueva por delante. Lo más llamativo de todo, salvando eso, fue que quizá como creo que me hubiera gustado mas, por todo el vínculo estrechado en estos meses - que en definitiva fue lo que levantó las sospechas equivocadas en todos quienes nos conocen -, enterarme por él de esta vuelta al ruedo cada vez más próxima, pese a que sé por qué lo hace, en el fondo, a través de todo lo que me dijo desde octubre hasta ahora: cree que su felicidad puede llegar a estar ahí, al lado de ella pese a todo, e irá a buscarla también pese a todo, a costa de hacer borrón y cuenta nueva con su propio sufrimiento.  

III

La noticia me sorprendió y, al mismo tiempo, no. Era algo que consideraba, que sospeché desde un principio, por la clase de persona que es él, es decir, altamente influenciable. Este cuadro frente a otro perfil de persona como el de su mujer, daba como resultado algo clave: la sumisión del más débil, es decir, en este caso, de Urtubey. 

Lo más incómodo de todo es que, a raíz de estas nuevas consideraciones, dejó de hablarme. Es como si mi utilidad se hubiera terminado, como si ya se me hubiese sacado todo el rédito posible y hubiera que desechar la fruta gastada. Pero ¿no era esto acaso algo normal? ¿No podía ser tomado como algo sin ningún tipo de doble intención? Evidentemente no, estábamos frente a un vínculo incompatible y yo recién acabo de darme cuenta hasta qué punto así era. 

IV

Quizá mintió y ahora esté mostrándose como realmente es. Quizá esté haciendo un poco lo que hablamos hace un tiempo: ir por si mismo a donde considera que está su felicidad y darse cuenta, también por si mismo, qué es lo que quiere de su vida. Crecer de una vez, en definitiva, ver cuál es el camino de la felicidad que le interesa seguir en su vida. Crecer, de una vez, y educar desde el ejemplo de su propia experiencia, a un pequeño niño que cosechará de esa siembra más adelante.  De mi parte no estoy en ninguna condición de juzgarlo, ni tampoco, de enojarme consigo. Es su decisión y, equivocada o no, reconozco que de esta manera únicamente va a comprobar por si mismo lo que es hacerse cargo de la responsabilidad que implica elegir, en todo sentido, la vida que queremos dentro de lo que se puede. Lo entiendo, entiendo sus móviles y sé que es una situación difícil, pero yo sé que actuaría diferente y elegiría cosas distintas.  Quizá por eso, pese a ser personas afines, los seres humanos somos siempre tan distintos entre sí. 

V

En un segundo plano, todo esto, me parece su forma personal de conformarse, creyendo que no puede conseguir nada mejor; creyendo que la próxima tipa que "le toque" (porque aparentemente no tiene facultades para elegir algo desde su conciencia, desde su deseo), puede que no quiera a su niño, puede que sea mala, puede que no lo acepte; en palabras de su propia madre, según la reproducción que me hizo la mía, cuando me lo comentó hace unos días. 

¿Entonces, con ese criterio, todo el mundo tiene que conformarse con lo malo conocido porque no habrá bueno que conocer? ¿Se anulará progresivamente, en las personas, la capacidad de cuestionarse por el miedo a las crisis, al fracaso, al sentirse inseguros? ¿Hasta dónde llegará a meterse, en las cosas más sencillas de la vida, la estructuración de un mundo que no incluye el fracaso como una opción, sino la curita, la permanente curita, el conformarse y el seguir arrastrando esa frustración de por vida? 

Sí, pasó algo que ya me esperaba, desde el principio, casi como una especie de profecía auto-cumplidora; pero me da un poco de desánimo que suceda, visto desde este punto de vista del no poder darse la chance de encontrar algo mejor, del intento con lo que salió mal, como si las personas no fuéramos capaces de querernos a nosotros mismos al punto de elegir lo que no nos lastime (de nuevo).  

VI

Respecto a mí, si es que se puede decir así, finalmente considero que aquí pasaron dos cosas. 

El estaba confundido en un período de su vida, hizo cosas que pensó que eran adecuadas, seguramente sin malas intenciones y, quizá, incluso, por una necesidad de "devolver" el apoyo o la compañía que sintió durante esos mismos meses. Desde ese lugar se justifican las charlas largas, los mensajes, las solicitudes de amistad en todas las redes posibles, el libro divino que me regaló en el verano, las alusiones suyas a que teníamos que ir a jugar al tenis, con su cuñado y mi hermana, formando nosotros un equipo de dobles. Las caras, la forma de sonreírme, la simpatía toda e, inclusive, dichos tales como "vos sos distinta, rompiste el molde..." . 

De mi parte, pese a que no fue la intención de ninguno de los dos, supongo, dudé. Por un momento, pensé qué pasaría si los demás tuvieran razón y me dí cuenta en un punto, no me disgustaba tanto como parecía.  Sin embargo, dudé en el contexto que supone el estar  evitando con todas las fuerzas disponibles un hecho claro: que la confusión ajena me lleve puesta, poniendo mi razón por encima de lo que parecían verdades que se caían de maduro, cuestiones donde solamente hacía falta un poquito más de tiempo.  

No me faltas ganas de decirle, especialmente a todos los que me decían lo contrario: " ¿Viste que tenia razón desde el principio? ¡Al final, Urtu, va a volver con su querida, fiel, samaritana y comprometida mujer!". 

Otra vez la realidad se impuso con su fuerza incorruptible a cualquier especulación. Y a mí, finalmente, eso me alcanzó.