Tres años pasaron hasta que me senté a escribir un epílogo; hasta que puse en palabras e hice literatura, aquellas partes tan difíciles en esa despedida.
Muchas de las cosas que ocurrieron sirvieron, a modo de fomento, para que lo lograra. Hasta antes de ésos momentos, por encima de cada intento, también se antepuso alguna cuestión- al parecer- siempre más urgente. Mi familia; la facultad, exámenes, lecturas académicas, salidas con amigos, citas con otros hombres, o al menos, momentos donde pretendiendo sentirme bien no tenía ganas de revivir circunstancias viejas. Pero... ¿cómo seguir pateando para adelante lo que realmente nos está haciendo falta? ¿En ningún momento, durante tantos años, pude hacerme un espacio o algunos espacios, para poner en palabras la parte más difícil de todas, es decir, qué pasó después de... ? Sin dudas de inocente, esta circunstancia, nunca tuvo nada. La carencia de una escritura mucho más necesaria que ninguna me dejaba en la misma posición, y me impedía poner en palabras los acontecimientos.
Más adelante, a medida que se fueron presentando las primeras fisuras en mi ánimo, una confesa actitud de eludir mi necesidad, se anunció como otra cosa: la imposibilidad de escribir sobre el asunto, más allá de la buena voluntad. Pasé largos ratos sentada frente a la notebook e intenté perfilar un pafarro, dejando de lado horas de estudio o de diversión, precisamente, porque durante esos otros momentos "lo no dicho" me quemaba. Y aún mismo lo supiera, mi propio proceso de resistencia tenía sólo una respuesta para mí: olvidate de esto y seguí adelante con tu vida, Veinte, no reflexiones más, no te sirve para nada. Por éstos argumentos, y con cualquier excusa, me perdía en el texto, incapaz de retomar lo esencial: hablar de cosas nunca mencionadas, al menos, de una manera que por mi parte sí supe, con mayor o menor claridad, todo el tiempo.
Más adelante, a medida que se fueron presentando las primeras fisuras en mi ánimo, una confesa actitud de eludir mi necesidad, se anunció como otra cosa: la imposibilidad de escribir sobre el asunto, más allá de la buena voluntad. Pasé largos ratos sentada frente a la notebook e intenté perfilar un pafarro, dejando de lado horas de estudio o de diversión, precisamente, porque durante esos otros momentos "lo no dicho" me quemaba. Y aún mismo lo supiera, mi propio proceso de resistencia tenía sólo una respuesta para mí: olvidate de esto y seguí adelante con tu vida, Veinte, no reflexiones más, no te sirve para nada. Por éstos argumentos, y con cualquier excusa, me perdía en el texto, incapaz de retomar lo esencial: hablar de cosas nunca mencionadas, al menos, de una manera que por mi parte sí supe, con mayor o menor claridad, todo el tiempo.
Luego de un proceso bastante pronunciado de introspección, de profunda introspección a través de los años, logré darme cuenta de que había llegado el momento de finalizar ciclos, específicamente, a través del ámbito que nos unió a Él y a mí - pese a los veintitrés años de diferencia - y a través del cual nos conocimos: la escritura. Quizá, lo entiendo ahora, era ésa la razón de mi imposibilidad tan manifiesta y contundente, ese era el motivo por el cuál yo no podía escribir sobre ciertas reacciones o consecuencias de mi elección. Quizá porque, si bien toda su estela se había ido consumiendo con los meses, una parte mínima de mí no podía soltarlo desde la única fuente que me había hecho posible el conocerlo y desde la cual suelo explicarme todo el mundo, suelo curarme por dentro. ¿Qué hacer, entonces, con todo esto? Por primera vez en más de veinte años, en el remedio de siempre, sobrevenía la enfermedad y a la enfermedad, precisamente, para que no nos consuma del todo, era necesario ponerle esas palabras, hacerla materia concreta, alejarla del interior y ocuparla por completo con el aire y la vida, propias de la exterioridad.
A mí, pese a que lo intenté, no me fue de ayuda contárselo a las personas. La gente suele mirarte raro cuando uno le dice que se enamoró de una persona mucho mayor, y eso no pasó ni por el acomodo, ni por el bolsillo, ni por la belleza, ni por ninguna otra cosa diferente al sentimiento genuino. A la gente le cuesta entender, de mi generación en especial, cómo siendo una chica tan joven (y muchos agregaron bella, a ese otro adjetivo), yo tuve ojos para fijarme en un viejo, y, también, tuve lágrimas para dedicarle. Pero... ¿cómo explicarles lo que siquiera para mi misma yo podía verbalizar del todo? Todavía necesitaba un poco más de tiempo.
Hubo momentos, a lo largo de estos años, donde consideré que era más fácil sentarme a tomar un café consigo o decirle que nunca iba a ser un hijo de puta; antes que escribir algo que tuviera que ver con el después (de Él). Hubo momentos donde pensé que nunca iba a poder escribir de un después si ni siquiera habíamos podido cerrar, si ni siquiera nos habíamos podido terminar riendo de ésto, mirándonos a los ojos, sin tantos sentimientos encontrados, saludándonos por la calle, en honor a todo lo que vivimos. Pero un día me dí cuenta de algo esencial, en todo esto, que vino a rescatarme: nada en absoluto iba a modificar el devenir de los hechos, a excepción de una sola cosa en el mundo. Y ésa única cosa en el mundo, por más terminante que suene la denominación, era lo que pudiera hacer yo con los hechos puntiagudos del pasado. Dependía de mí, de nuevo, en otro ámbito de mi vida, poder cambiar la historia una vez más. Dependía de mi girar la rueda, mover las piezas para sanarme, encontrar luz y ponerle palabras a un dolor profundo y permanente, para convertirlo en amor, en una enseñanza sobre la vida, en una enseñanza sobre lo que debo cambiar y lo que nunca más debo hacer. Dependía de mí no seguir diciéndome, a modo de reproche falso - porque en realidad jamás me lo reproché - que jamás tendría que haber probado de ese veneno, sabiendo que pasaría el resto de mi vida celándolo.
Fue entonces que decidí empezar con esto, de a poco, hace unos seis meses atrás. Si bien escribí mucho en el transcurso de los últimos cuatro meses, hasta ahora, nunca había podido publicarlo; a diferencia de otros textos que se basan en esta etapa de mi vida. En el proceso que me llevó construir todo este recorrido personal del después, costó intuir por dónde era mejor empezar, atravesada por angustia de su elaboración, si me tocaba disecar la parte más complicada, es decir, qué me pasó en tres años, para llegar al presente, en qué cambié luego de su paso por mi vida, en un momento donde era extremadamente joven. Pero quise salvar esa dificultad, de una vez por todas, pese a que no fuera sencillo hacerlo para mí, en particular.
No fue fácil escribir, ni ponerle palabras, y muchas veces, me encontré con las mejillas llenas de lágrimas, mientras ahondaba en ciertos pasajes. Y me dije que sacar la mierda dolía, pero además, valía la pena con los años. Lo único que me alentó a seguir adelante, fue algo que me repetí hasta el cansancio: poder poner en palabras esto, especialmente, depende de mí y de mi fuerza para encontrarme con cosas mejores en la vida que vendrá. Poder poner en palabras esto, dejará de darle fuerza a ese meses, dejará de cargarlos de dolor, dejará de anudar al primer amor de mi vida - que no fue malo en todos los sentidos - con la anatomía de un fantasma.
Me prometí, hace muchos años, cuando todavía no podía decir, que hablaría del después solamente cuando hubiera agotado todas - realmente, todas- las instancias necesarias para el caso. Para mí era muy muy importante poder hacer esto; sentía que era algo que "me faltaba", sentía que tenía que ponerle un final a esta historia, al menos, desde mis valores; desde mi manera de enfrentarme al mundo, desde mi forma de hacer las cosas, al margen de dónde pueda quedar mejor o peor, en el imaginario de los demás. Me dije, por esto, que no deseaba cargar más con la falta, porque en este caso, no motorizaba ningún deseo más del que querer verbalizar las cosas y no poder.
No hace demasiado, agoté la última instancia, desde mi lugar, cerrando un círculo que giraba en torno a una vivencia fundamental para mí. Es decir, le puse un punto final a la barrera que más me costó superar en mi vida: nuestro silencio. No hace demasiado tiempo, casualmente, me dí cuenta dónde SIEMPRE estuvo el problema y por qué NUNCA lo nuestro terminaba de esclarecerse. En base a eso, lo demás, cuando ya no duele, ni pesa, saldrá a la luz con una única funcionalidad: cumplirme las promesas, seguir siendo fiel a mi misma, "...sobre el bien y sobre el mal..." y terminar de desgranar lo que necesite.
No espero ver bajo mis ojos lo excepcional en términos gramaticales, ni lo mejor que pueda escribir, pero sí me propongo un único elemento en altísimas dosis: la sinceridad, sobre el después de una historia - quizá mediocre, quizá esperable, o quizá fallida - de amor. Porque, y éste es el primer rasgo de sinceridad: yo considero que esto ha sido una historia de amor (trunco, si se quiere, pero de amor al fin).
Necesité valor para asumir y reconocer que no había hecho el duelo cómo correspondía, necesité valor para ponérmelo a hacer bien, aunque con años de atraso, necesité valor para aprender. Necesité cordura extra para no decir que " se me había trabado algo", como modus operandi para resolver una situación. Y, hoy, todo el valor que me queda, lo pongo el juego, al decir.
¿Qué es - en relación a muchos de los títulos de entradas anteriores - hablar de amor? Pues, es ésto. Hablar de amor es, en definitiva, hablar de lo que sumó, lo que restó, lo que dejó y, esencialmente - que fue mucho - de todo pero todo lo que me enseñó. Hablar de amor, es hablar con la verdad, de cara a mi misma, al menos, de cara a como siempre creí las cosas.
No hace mucho tiempo, alguien me dijo que cuando uno podía ponerle palabras a su vivencia, ésta, se había convertido en experiencia; y uno ya no era el protagonista de una vivencia sino el que podía trasladar una experiencia, con la distancia suficiente de los hechos. Y es por eso que hoy puedo contar que significa o, en realidad, a que iba con esto de hablar del amor.
Enseguida sobreviene la pregunta, obvia, cuando está tomada la determinación. ¿Por dónde empiezo, ahora que puedo hablar? Mi yo del pasado, presente más que nunca, me dice que arranque por donde crea que me vaya a resultar mejor y que siga hasta donde mejor pueda.
Es hora de empezar a darle un poco de atención…
PD: Las próximas entradas, al menos hasta que termine en su consecución, tendrán una modalidad especial con los comentarios. Hoy, más que nunca, agradezco a todo aquél que esté dedicándole a esto, cinco minutos, detrás de la pantalla.
A mí, pese a que lo intenté, no me fue de ayuda contárselo a las personas. La gente suele mirarte raro cuando uno le dice que se enamoró de una persona mucho mayor, y eso no pasó ni por el acomodo, ni por el bolsillo, ni por la belleza, ni por ninguna otra cosa diferente al sentimiento genuino. A la gente le cuesta entender, de mi generación en especial, cómo siendo una chica tan joven (y muchos agregaron bella, a ese otro adjetivo), yo tuve ojos para fijarme en un viejo, y, también, tuve lágrimas para dedicarle. Pero... ¿cómo explicarles lo que siquiera para mi misma yo podía verbalizar del todo? Todavía necesitaba un poco más de tiempo.
Hubo momentos, a lo largo de estos años, donde consideré que era más fácil sentarme a tomar un café consigo o decirle que nunca iba a ser un hijo de puta; antes que escribir algo que tuviera que ver con el después (de Él). Hubo momentos donde pensé que nunca iba a poder escribir de un después si ni siquiera habíamos podido cerrar, si ni siquiera nos habíamos podido terminar riendo de ésto, mirándonos a los ojos, sin tantos sentimientos encontrados, saludándonos por la calle, en honor a todo lo que vivimos. Pero un día me dí cuenta de algo esencial, en todo esto, que vino a rescatarme: nada en absoluto iba a modificar el devenir de los hechos, a excepción de una sola cosa en el mundo. Y ésa única cosa en el mundo, por más terminante que suene la denominación, era lo que pudiera hacer yo con los hechos puntiagudos del pasado. Dependía de mí, de nuevo, en otro ámbito de mi vida, poder cambiar la historia una vez más. Dependía de mi girar la rueda, mover las piezas para sanarme, encontrar luz y ponerle palabras a un dolor profundo y permanente, para convertirlo en amor, en una enseñanza sobre la vida, en una enseñanza sobre lo que debo cambiar y lo que nunca más debo hacer. Dependía de mí no seguir diciéndome, a modo de reproche falso - porque en realidad jamás me lo reproché - que jamás tendría que haber probado de ese veneno, sabiendo que pasaría el resto de mi vida celándolo.
Fue entonces que decidí empezar con esto, de a poco, hace unos seis meses atrás. Si bien escribí mucho en el transcurso de los últimos cuatro meses, hasta ahora, nunca había podido publicarlo; a diferencia de otros textos que se basan en esta etapa de mi vida. En el proceso que me llevó construir todo este recorrido personal del después, costó intuir por dónde era mejor empezar, atravesada por angustia de su elaboración, si me tocaba disecar la parte más complicada, es decir, qué me pasó en tres años, para llegar al presente, en qué cambié luego de su paso por mi vida, en un momento donde era extremadamente joven. Pero quise salvar esa dificultad, de una vez por todas, pese a que no fuera sencillo hacerlo para mí, en particular.
No fue fácil escribir, ni ponerle palabras, y muchas veces, me encontré con las mejillas llenas de lágrimas, mientras ahondaba en ciertos pasajes. Y me dije que sacar la mierda dolía, pero además, valía la pena con los años. Lo único que me alentó a seguir adelante, fue algo que me repetí hasta el cansancio: poder poner en palabras esto, especialmente, depende de mí y de mi fuerza para encontrarme con cosas mejores en la vida que vendrá. Poder poner en palabras esto, dejará de darle fuerza a ese meses, dejará de cargarlos de dolor, dejará de anudar al primer amor de mi vida - que no fue malo en todos los sentidos - con la anatomía de un fantasma.
Me prometí, hace muchos años, cuando todavía no podía decir, que hablaría del después solamente cuando hubiera agotado todas - realmente, todas- las instancias necesarias para el caso. Para mí era muy muy importante poder hacer esto; sentía que era algo que "me faltaba", sentía que tenía que ponerle un final a esta historia, al menos, desde mis valores; desde mi manera de enfrentarme al mundo, desde mi forma de hacer las cosas, al margen de dónde pueda quedar mejor o peor, en el imaginario de los demás. Me dije, por esto, que no deseaba cargar más con la falta, porque en este caso, no motorizaba ningún deseo más del que querer verbalizar las cosas y no poder.
No hace demasiado, agoté la última instancia, desde mi lugar, cerrando un círculo que giraba en torno a una vivencia fundamental para mí. Es decir, le puse un punto final a la barrera que más me costó superar en mi vida: nuestro silencio. No hace demasiado tiempo, casualmente, me dí cuenta dónde SIEMPRE estuvo el problema y por qué NUNCA lo nuestro terminaba de esclarecerse. En base a eso, lo demás, cuando ya no duele, ni pesa, saldrá a la luz con una única funcionalidad: cumplirme las promesas, seguir siendo fiel a mi misma, "...sobre el bien y sobre el mal..." y terminar de desgranar lo que necesite.
No espero ver bajo mis ojos lo excepcional en términos gramaticales, ni lo mejor que pueda escribir, pero sí me propongo un único elemento en altísimas dosis: la sinceridad, sobre el después de una historia - quizá mediocre, quizá esperable, o quizá fallida - de amor. Porque, y éste es el primer rasgo de sinceridad: yo considero que esto ha sido una historia de amor (trunco, si se quiere, pero de amor al fin).
Necesité valor para asumir y reconocer que no había hecho el duelo cómo correspondía, necesité valor para ponérmelo a hacer bien, aunque con años de atraso, necesité valor para aprender. Necesité cordura extra para no decir que " se me había trabado algo", como modus operandi para resolver una situación. Y, hoy, todo el valor que me queda, lo pongo el juego, al decir.
¿Qué es - en relación a muchos de los títulos de entradas anteriores - hablar de amor? Pues, es ésto. Hablar de amor es, en definitiva, hablar de lo que sumó, lo que restó, lo que dejó y, esencialmente - que fue mucho - de todo pero todo lo que me enseñó. Hablar de amor, es hablar con la verdad, de cara a mi misma, al menos, de cara a como siempre creí las cosas.
No hace mucho tiempo, alguien me dijo que cuando uno podía ponerle palabras a su vivencia, ésta, se había convertido en experiencia; y uno ya no era el protagonista de una vivencia sino el que podía trasladar una experiencia, con la distancia suficiente de los hechos. Y es por eso que hoy puedo contar que significa o, en realidad, a que iba con esto de hablar del amor.
Enseguida sobreviene la pregunta, obvia, cuando está tomada la determinación. ¿Por dónde empiezo, ahora que puedo hablar? Mi yo del pasado, presente más que nunca, me dice que arranque por donde crea que me vaya a resultar mejor y que siga hasta donde mejor pueda.
Es hora de empezar a darle un poco de atención…
PD: Las próximas entradas, al menos hasta que termine en su consecución, tendrán una modalidad especial con los comentarios. Hoy, más que nunca, agradezco a todo aquél que esté dedicándole a esto, cinco minutos, detrás de la pantalla.

