jueves, 30 de noviembre de 2017

Literatura, cuanto menos, ficción: "Si no pudimos entonces, entonces podamos hoy".

Tres años pasaron hasta que me senté a escribir un epílogo; hasta que puse en palabras e hice literatura, aquellas partes tan difíciles en esa despedida.  


Muchas de las cosas que ocurrieron sirvieron, a modo de fomento, para que lo lograra. Hasta antes de ésos momentos, por encima de cada intento, también se antepuso alguna cuestión- al parecer- siempre más urgente. Mi familia; la facultad, exámenes, lecturas académicas, salidas con amigos, citas con otros hombres, o al menos, momentos donde pretendiendo sentirme bien no tenía ganas de revivir circunstancias viejas. Pero... ¿cómo seguir pateando para adelante lo que realmente nos está haciendo falta? ¿En ningún momento, durante tantos años,  pude hacerme un espacio o algunos espacios, para poner en palabras la parte más difícil de todas, es decir, qué pasó después de... ? Sin dudas de inocente, esta circunstancia, nunca tuvo nada.  La carencia de una escritura mucho más necesaria que ninguna me dejaba en la misma posición, y me impedía poner en palabras los acontecimientos.

Más adelante, a medida que se fueron presentando las primeras fisuras en mi ánimo, una confesa actitud de eludir mi necesidad, se anunció como otra cosa: la imposibilidad de escribir sobre el asunto, más allá de la buena voluntad. Pasé largos ratos sentada frente a la notebook e intenté perfilar un pafarro, dejando de lado horas de estudio o de diversión, precisamente, porque durante esos otros momentos "lo no dicho" me quemaba. Y aún mismo lo supiera, mi propio proceso de resistencia tenía sólo una respuesta para mí: olvidate de esto y seguí adelante con tu vida, Veinte, no reflexiones más, no te sirve para nada. Por éstos argumentos, y con cualquier excusa, me perdía en el texto, incapaz de retomar lo esencial: hablar de cosas nunca mencionadas, al menos, de una manera que por mi parte sí supe, con mayor o menor claridad, todo el tiempo.


Luego de un proceso bastante pronunciado de introspección, de profunda introspección a través de los años, logré darme cuenta de que había llegado el momento de finalizar ciclos, específicamente, a través del ámbito que nos unió a Él y a mí - pese a los veintitrés años de diferencia - y a través del cual nos conocimos: la escritura.  Quizá, lo entiendo ahora, era ésa la razón de mi imposibilidad tan manifiesta y contundente, ese era el motivo por el cuál yo no podía escribir sobre ciertas reacciones o consecuencias de mi elección. Quizá porque, si bien toda su estela se había ido consumiendo con los meses, una parte mínima de mí no podía soltarlo desde la única fuente que me había hecho posible el conocerlo y desde la cual suelo explicarme todo el mundo, suelo curarme por dentro. ¿Qué hacer, entonces, con todo esto? Por primera vez en más de veinte años, en el remedio de siempre, sobrevenía la enfermedad y a la enfermedad, precisamente, para que no nos consuma del todo, era necesario ponerle esas palabras, hacerla materia concreta, alejarla del interior y ocuparla por completo con el aire y la vida, propias de la exterioridad.

A mí, pese a que lo intenté, no me fue de ayuda contárselo a las personas. La gente suele mirarte raro cuando uno le dice que se enamoró de una persona mucho mayor, y eso no pasó ni por el acomodo, ni por el bolsillo, ni por la belleza, ni por ninguna otra cosa diferente al sentimiento genuino. A la gente le cuesta entender, de mi generación en especial, cómo siendo una chica tan joven (y muchos agregaron bella, a ese otro adjetivo), yo tuve ojos para fijarme en un viejo, y, también, tuve lágrimas para dedicarle. Pero... ¿cómo explicarles lo que siquiera para mi misma yo podía verbalizar del todo? Todavía necesitaba un poco más de tiempo.

Hubo momentos, a lo largo de estos años, donde consideré que era más fácil sentarme a tomar un café consigo o decirle que nunca iba a ser un hijo de puta; antes que escribir algo que tuviera que ver con el después (de Él). Hubo momentos donde pensé que nunca iba a poder escribir de un después si ni siquiera habíamos podido cerrar, si ni siquiera nos habíamos podido terminar riendo de ésto, mirándonos a los ojos, sin tantos sentimientos encontrados, saludándonos por la calle, en honor a todo lo que vivimos. Pero un día me dí cuenta de algo esencial, en todo esto, que vino a rescatarme: nada en absoluto iba a modificar el devenir de los hechos, a excepción de una sola cosa en el mundo. Y ésa única cosa en el mundo, por más terminante que suene la denominación, era lo que pudiera hacer yo con los hechos puntiagudos del pasado. Dependía de mí, de nuevo, en otro ámbito de mi vida, poder cambiar la historia una vez más. Dependía de mi girar la rueda, mover las piezas para sanarme, encontrar luz y ponerle palabras a un dolor profundo y permanente, para convertirlo en amor, en una enseñanza sobre la vida, en una enseñanza sobre lo que debo cambiar y lo que nunca más debo hacer. Dependía de mí no seguir diciéndome, a modo de reproche falso - porque en realidad jamás me lo reproché - que jamás tendría que haber probado de ese veneno, sabiendo que pasaría el resto de mi vida celándolo.

Fue entonces que decidí empezar con esto, de a poco, hace unos seis meses atrás. Si bien escribí mucho en el transcurso de los últimos cuatro meses, hasta ahora, nunca había podido publicarlo; a diferencia de otros textos que se basan en esta etapa de mi vida. En el proceso que me llevó construir todo este recorrido personal del después, costó intuir por dónde era mejor empezar, atravesada por angustia de su elaboración, si me tocaba disecar la parte más complicada, es decir, qué me pasó en tres años, para llegar al presente, en qué cambié luego de su paso por mi vida, en un momento donde era extremadamente joven. Pero quise salvar esa dificultad, de una vez por todas, pese a que no fuera sencillo hacerlo para mí, en particular.

No fue fácil escribir, ni ponerle palabras, y muchas veces, me encontré con las mejillas llenas de lágrimas, mientras ahondaba en ciertos pasajes. Y me dije que sacar la mierda dolía, pero además, valía la pena con los años. Lo único que me alentó a seguir adelante, fue algo que me repetí hasta el cansancio: poder poner en palabras esto, especialmente, depende de mí y de mi fuerza para encontrarme con cosas mejores en la vida que vendrá. Poder poner en palabras esto, dejará de darle fuerza a ese meses, dejará de cargarlos de dolor, dejará de anudar al primer amor de mi vida - que no fue malo en todos los sentidos - con la anatomía de un fantasma.

Me prometí, hace muchos años, cuando todavía no podía decir, que hablaría del después solamente cuando hubiera agotado todas - realmente, todas- las instancias necesarias para el caso. Para mí era muy muy importante poder hacer esto; sentía que era algo que "me faltaba", sentía que tenía que ponerle un final a esta historia, al menos, desde mis valores; desde mi manera de enfrentarme al mundo, desde mi forma de hacer las cosas, al margen de dónde pueda quedar mejor o peor, en el imaginario de los demás. Me dije, por esto, que no deseaba cargar más con la falta, porque en este caso, no motorizaba ningún deseo más del que querer verbalizar las cosas y no poder.

No hace demasiado, agoté la última instancia, desde mi lugar, cerrando un círculo que giraba en torno a una vivencia fundamental para mí. Es decir, le puse un punto final a la barrera que más me costó superar en mi vida: nuestro silencio. No hace demasiado tiempo, casualmente, me dí cuenta dónde SIEMPRE estuvo el problema y por qué NUNCA lo nuestro terminaba de esclarecerse. En base a eso, lo demás, cuando ya no duele, ni pesa, saldrá a la luz con una única funcionalidad: cumplirme las promesas, seguir siendo fiel a mi misma, "...sobre el bien y sobre el mal..." y terminar de desgranar lo que necesite.

No espero ver bajo mis ojos lo excepcional en términos gramaticales, ni lo mejor que pueda escribir, pero sí me propongo un único elemento en altísimas dosis: la sinceridad, sobre el después de una historia - quizá mediocre, quizá esperable, o quizá fallida - de amor. Porque, y éste es el primer rasgo de sinceridad: yo considero que esto ha sido una historia de amor (trunco, si se quiere, pero de amor al fin).

Necesité valor para asumir y reconocer que no había hecho el duelo cómo correspondía, necesité valor para ponérmelo a hacer bien, aunque con años de atraso, necesité valor para aprender. Necesité cordura extra para no decir que " se me había trabado algo", como modus operandi para resolver una situación. Y, hoy, todo el valor que me queda, lo pongo el juego, al decir.

¿Qué es - en relación a muchos de los títulos de entradas anteriores - hablar de amor? Pues, es ésto. Hablar de amor es, en definitiva, hablar de lo que sumó, lo que restó, lo que dejó y, esencialmente - que fue mucho - de todo pero todo lo que me enseñó. Hablar de amor, es hablar con la verdad, de cara a mi misma, al menos, de cara a como siempre creí las cosas.

No hace mucho tiempo, alguien me dijo que cuando uno podía ponerle palabras a su vivencia, ésta, se había convertido en experiencia; y uno ya no era el protagonista de una vivencia sino el que podía trasladar una experiencia, con la distancia suficiente de los hechos. Y es por eso que hoy puedo contar que significa o, en realidad, a que iba con esto de hablar del amor.

Enseguida sobreviene la pregunta, obvia, cuando está tomada la determinación. ¿Por dónde empiezo, ahora que puedo hablar? Mi yo del pasado, presente más que nunca, me dice que arranque por donde crea que me vaya a resultar mejor y que siga hasta donde mejor pueda.

Es hora de empezar a darle un poco de atención…


PD: Las próximas entradas, al menos hasta que termine en su consecución, tendrán una modalidad especial con los comentarios. Hoy, más que nunca, agradezco a todo aquél que esté dedicándole a esto, cinco minutos, detrás de la pantalla.


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Especular (mal)

El otro día me ocurrió un hecho muy curioso, más bien gracioso en realidad, con mi padre. Estaba a punto de salir de mi casa, cuando llegó de trabajar, y fui a abrirle la puerta, ya que mi padre detesta usar las llaves, viniendo tan cargado como viene siempre. 

Apenas me vió, cambiada, maquillada y perfumada, me preguntó dónde me iba, no sin cierta curiosidad. 

- Me voy a encontrar con una amiga de la facultad - le dije, porque era cierto. 
- ¿Tienen que terminar algo? - me preguntó 
- No, vamos a salir... - simplifiqué. 

Me miro y asintió con la cabeza, mientras dejaba sus innumerables bártulos. Le pregunté cómo había sido su día en el trabajo, mientras terminaba de prepararme mi carterita y el seguía observándome. 

- Hija... - me dijo, con aires solemnes. 
- ¿Qué? 
- Yo ahora, en un rato, me voy al hospital - me anticipo, por otros menesteres que no involucran la salud de ninguno de mis familiares - a la vuelta, si querés, nos encontramos... - me dijo, y enseguida, se arrepintió - Bueno, no sé, si vos querés. No te estoy invadiendo, ni nada, solo te aviso. 

Lo miré y me empecé a reír un poco. 

- Sí, está bien, no pasa nada. Después, cuando me vuelva a casa, te llamo y veo dónde estas. 
- Bueno, bueno. Vos ya sabés, si querés, no sé, me llamás y volvemos juntos. 
- Bueno - musité, y seguí respondiendo un mensaje a mi compañera de la Universidad. 

Mi padre siguió almorzando tardíamente. 

- ¿Tu compañera es buena? - me preguntó, cargándome. 

A veces, me da la sensación de que mis padres no me creen capaz de tener fuerza de voluntad para hacerme de nuevos amigos, o al menos, no me creen capaz de salir a tomar algo, porque sí, con alguien nuevo. 

- Sí, es buena. Vamos a ir a festejar que ya rendimos el parcial - le comenté, con un gesto de alivio. 

Se rió de algo que no llegue a comprender del todo. 

- ¿Y cuántos años tiene tu compañerita? - me gastó, de nuevo. 
- Treinta años, tiene. 
- Ahora resulta que, en realidad, vas a encontrarte con un abogado de cuarenta años y le estás mintiendo a tu padre - se carcajeó. 

Empecé a reírme, porque entendía desde qué lugar estaba pensando las cosas, pese a que yo estaba diciéndole una verdad más real que una catedral. 

- ¡Nah, dejame de joder! - contesté - No hay tipos en mi vida. 
- Tipos jóvenes no habrá... - ironizó. 
- En serio, no hay... - le dije la verdad, de nuevo. 
- Ya sos grande, igual. No tenés que caretaerla si vas a salir con un tipo. Y más si es un tipo mayor que vos, boluda... - insistió. 
- Pero, en serio, no es el caso de hoy - me reí. 
- Bueno, ponele que hoy no sea el caso, llegará el momento. No te pido que me cuentes cómo es el viejo, ni nada, pero nadie te va a cuestionar si querés salir con un tipo. 
- No, está bien, yo lo sé. 
- Nomás, a mí no me lo digas, pero decile a tu madre si llegás más tarde o eso, así no nos preocupamos ¿sabés? 

Asentí, con la cabeza. 

- Siempre hago eso, con ella - señalé a mi madre. 
- ¿Ah, si? 
- Sí. Yo, esté con un tipo o esté con amigos, le aviso a ella si voy a llegar tarde, si me tomo un remis, si me traen - le expliqué. 

Mi padre me sonrió, tranquilo. 

- Bueno, entonces, no digo más nada - me miró, con picardía - Que te diviertas con tu compañerita, hoy - musitó, con sorna. 

- De verdad, es mi compañera. 

- Por ahora... - se rió - En unos meses nos vas a estar presentando al viejo, todo enamorado el viejo - me cargó. 

- ¡Uh, basta con los viejos! - me reí - Después, cualquier cosa, hablamos. Suerte hoy en la clínica - me despedí. 

II 

Lo cierto es que me iba a encontrar con una compañera. Aunque, intentando comprender a mi padre, digamos que sigue procesando el momento donde, no hace muchos meses, tuvimos una charla sobre los hombres. Una charla de esas que, pese a que nos llevamos muy bien, nunca habíamos mantenido en casi veintitrés años... 

Para mi padre, como es natural de todos, todos los hombres están detrás mío. Él cree que yo tengo un séquito de pretendientes, viejos en su mayoría, que me andan arrastrando el ala. Aunque, la realidad, dista muchísimo de ser así, en especial, porque no estoy muy atenta a esas cosas. 

Hace unos meses, a colación de esta idea suya sobre mi propia vida, me preguntó algo que nunca antes me había preguntando: 

- Veinte... ¿por qué sos desconfiada, vos? 

Me lo quedé mirando. 

- No sé, qué sé yo. 
- Pero... ¿nunca se te acercó un hombre bueno, alguien que te gustara? - quiso saber. 

Asentí con la cabeza. 

- Se me acerca gente, si, por temporadas digamos, pero... no sé. No son de hacerme mucho ruido, o tienen otras cuestiones insalvables - le dí a entender. 
- ¿No te gustan los pibes, no? - se rió. 
- Salí con ellos, sí. Pero... no sé... - me encogí de hombros. 

Se rió. 

- Está a la vista lo que no sabés... 
- ¿Qué? 
- Vos te aburrís con un pendejo... 
- Sí, con los que salí, me faltaba algo... No sé. 
- No ves... 
- Conocí tipos un poco más grandes, todo, pero... resultó que por otras cosas no resultaba... - me reí. 
- ¿Saliste con gente de cuánto? 
- Con un pibe de veinticinco, con un pibe de veintiocho, con un tipo de treinta y nueve... - enumeré - Más o menos ese rango etario - le dije, con sinceridad. 

Se me quedó callado. 

- Claro, entre diez o más años que vos, todos... - medito. 
- No, porque también estuvo el de veinticinco... - me recordé. 
- ¿Y el de treinta y nueve? - se rió. 

Sacudí la cabeza, recordando a Divino. 

- Un tipo demasiado complicado. 
- ¿Te gustaba? 
- Sí, ese si me gustaba. 
- ¿Y entonces, qué pasó? ¿No me digas que como un pancho no le gustaste vos? - me miró, con incredulidad. 

Negué con la cabeza. 

- No, no. Yo le gustaba, el asunto es para qué. 
- Ahhhh - se rió, cayendo en la cuenta. 
- Y sí, yo hago esa salvedad. No me gustan los tipos que se las quieren llevar a todas puestas, por eso, en parte, estoy soltera. Tipos se me acercan, pero no llega el ser humano real que me guste... - le expliqué, contándole cosas de los distintos casos mencionados.  

Asintió con la cabeza.

- ¿Vos sabés que te va a costar, no? - me preguntó. 
- Está a la vista... 
- No, pero no te lo digo de malo... - me anticipó - Sos una mina que se aburre con los chicos de su edad, y que no se deja deslumbrar por un tipo grande, por lo que te pueda dar, esas cosas... - explicitó. 

Le contesté con una mueca. 

- Y no, la verdad, para mí no es así... 
- No, está perfecto... - sonrió - Pero, sin dudas, el tipo que esté al lado tuyo, para tener al lado a una mina como vos, va a tener que tener pelotas ¿sabés? 
- Cada día lo confirmo más - le confesé  - Están faltando pelotas en el mundo. 
- Para mí, lo sigo sosteniendo, vas a terminar con un tipo que te lleve bastantes años... Pero me parece que vas a ser feliz, así, por cómo sos vos... 

Lo mire y no le dije nada. 

- No sé. Vamos a ver qué me trae la vida. 
- No, eso más vale. Por mí, si venís acá con un pibe, todo bien. No me importa eso. Me va a dar mucha alegría verte, el día de mañana, contenta al lado de alguien. A mí, en serio, con vos no me importa la edad del tipo. Quizá si me lo decían tus hermanas, dudaba, me llamaba más la atención, porque nunca fueron como vos. Pero, no es porque sea tu papa, ni porque esté nadie presente - me dijo, resaltando el hecho de que estábamos charlando los dos solos - para mí no va a ser ninguna sorpresa cuando te aparezcas acá, nos presentes a tu pareja, tu novio, no sé cómo le dirás, y veamos a un... - dudó - lindo viejito... - se rió. 

Sonreí. 

- Tan viejo, no, che... - suspiré. 
- ¿Más de treinta? 
- Podría ser... Eso no es viejo, igualmente. 
- Bueno, cerramos en cuarenta - lo miré - cuarenta y pico... - sacudió la cabeza. 
- Ni idea... 
- Yo, como padre, ya tengo asumido que a mi hija le gustan los tipos mayores... - me dijo, riéndose. 

- Vos asumí que me gustan los tipos, como todo padre, y ya está. Lo otro, es accesorio. 
- ¡Come viejos, resultó la nenaaaaaa! - dijo, mientras tomaba el mate que acababa de pasarle. 

Me cebé uno, sonriéndome. 

- Re - repliqué. 
- Y bueno, si vos sos feliz con un viejo, dale para adelante... ¿qué te voy a decir, a esta altura? 
- Y sí, el día que encuentre al tipo con los huevos suficientes para quererme, a quien yo también pueda querer, sin mezquinarme; le voy a dar para adelante - le sonreí, no muy convencida, o al menos, algo escéptica con el tema. 

III 

Pobre mi viejo... No sé en qué se basarán sus desatinadas especulaciones, al menos, en todo lo concerniente a la actualidad afectiva y sentimental de mi vida, pero el caso es que "no la pega, por ahora". 

Ojalá, sin embargo, en algo acierte de cara al futuro, y exista un día donde  me vea entrando feliz a la cocina de mi casa, para presentarle a quien le esté destinado ese lugar o, al menos, ese lugar, durante esa etapa.  

(no sé quiénes son estos dos, pero representan bastante mi tipo)

lunes, 27 de noviembre de 2017

La lógica de los pliegues


Hacía ya bastante que no conversaba con Urtubey. Para ser más precisa, desde "la noche del bloqueo" que no conversaba con Urtubey, no precisamente por eso, pero si, aprovechándolo muy bien, dicho sea de paso. ¿Por qué el silencio? Quizá porque no fueron necesarias, de ninguno de los dos lados, las palabras. Durante las semanas donde todo volvió a ser como antes entre nosotros – si es que alguna vez cambio, en realidad -, me sentí muy tranquila, en eje, y por encima de todo, en correlato con mis proyectos, enfocada en ellos, con el deseo formalmente orientado allí.  

No hace muchos días, yo me había olvidado completamente del asunto. Ni siquiera me molestaba enterarme que estaba en sus habituales entreveros, porque agradecía que no se me acercara, valorando el hecho implícito de que aquello podría complicarme las cosas. Según novedades pequeñas que me había ido enterando, la conclusión a la que llegue era precisa y sin muchos rebusques: Urtubey no iba a cambiar, ni por casualidad, enroscado en las cuestiones de siempre. Pero, a diferencia de otras veces, yo tampoco iba a cambiar mi postura, y continuaría mirándome el ombligo con una parsimonia asombrosa. La mala memoria, sin embargo, no es algo que pueda servirle a dos personas y, al parecer, con Urtubey los silencios no suelen durar mucho, o al menos, nunca son definitivos.

Antes de entrar a rendir, luego de semanas sin contacto alguno, me hizo un comentario por mensaje acerca de una frase que había compartido y que, siendo completamente honesta, no era para nadie en especial. Lo leí, enseguida, pero me tome todo el tiempo del mundo en responderle, considerando que no merecía mi velocidad, ni tampoco, que descuidara mi repaso.

Paso más de una hora, cuando estando ya de camino a mi examen, le respondí el comentario, escueta. Me pregunto, tal y como me ardía que iba a hacer,  por mi. Es decir, como estaba y que contaba; es decir, vida personal que, por su parte, me recortaría peligrosamente.  A sabiendas de esa salvedad, y porque no tenia ganas de escucharlo – ni leerlo – le dije que estaba bien, con mis cosas, yendo a rendir un parcial. Creo que eso es bastante ilustrativo, y fino al mismo tiempo, para dar cuenta que necesitaba estar sola. Bah, quizá lo es para todos, menos para Urtubey, que siguió hablándome e, incluso, cuando le di a entender que tenia deseos de eyectarme de la tierra, no me dejo pasar ese punto y lo trajo de nuevo a flote. ¿Esperando que? Quizá, que me apoyase en el. Es decir, que le contara mis cosas, que me abriera consigo; mientras que, por su parte, me encuentro con una versión considerablemente recortada de su verdadero fin de semana.

Absurdo, eso es, y por lo demás, innecesario, siendo el amigo de la familia. Porque… ¿Cómo es que hay que contarle y aun uno sepa que le vive eludiendo cosas? ¿Para qué conversar si nos vamos a ocultar cosas todo el tiempo, porque no nos consideramos amigos, porque no se sabe en realidad como nos consideramos? Innecesario, tonto, redundante, cansador. Era mejor, definitivamente, mantenernos en la órbita de la distancia y de lo protocolar que intentar acercarnos y mentir o omitir, cuando no tenemos ningún compromiso ni ninguna obligación a la hora de mantener un contacto fluido y mas intimo.

Pero Urtubey no lo ve así.
Hablamos un ratito antes de mi examen.
Dejamos de hablar un ratito antes de mi examen.

II
*fin de semana*

-       Che, hija ¿tenes ganas de comer pizza, hoy? – me pregunto mi padre, sin mirarme, con los ojos en el monitor de la computadora de escritorio.

Sin prestarle mucha atención, con los ojos en mi portátil, continúe tipiando a velocidad supersónica.

-       Sí, yo me prendo – acepte, creyendo que íbamos a pedir que nos la trajeran a casa.
-       Bueno, entonces le digo a Urtubey, si quiere venir con nosotros a comer algo allá..  – dijo, y, distraía con la computadora, no tome en cuenta lo que eso significaba.

Mi padre me miro.

-       ¿Te parece? – pregunto.
-       Si, está bien. Me doy una ducha – le dije, sin darle demasiada atención, muy concentrada en una ráfaga de inspiración literaria que venía buscando desde hacía rato.


Se quedo callado largos minutos, distraído también, y me sobresalto escucharlo:

-       Entonces ¿vos queres dormir con Urtubey? – me pregunto, y confundido, sacudió enseguida la cabeza -  Digo…  – chasqueo la lengua - ¿Queres salir con Urtubey, hoy?
-       Lo de dormir, paso – bromee, por su fallido – Acepto comer, de todos modos – se rio, como si quisiera golpearse a si mismo.
-       - Ay, por favor, mira lo que te pregunte – me dijo.

Me reí, de los nervios, considerando que el asuntito de los actos fallidos viene de familia.

-     -   ¿Qué paso? – intervino mi madre, que no había escuchado nada.
-       - Le pregunte a Veinteava si quería dormir con Urtubey, antes de preguntarle si quería salir – le comento mi padre - ¡Mira lo que le digo!  - insistió.

Sacudí la cabeza, agradeciendo que no pudieran notar el calor que subió rápidamente por mi cara.

-       Freud se hace un festín analizando ese fallido… - musite, con sorna.
-       Encima, vos, toda educada: “y... yo paso” – se rió.
Yo, de inmediato, pensé en una frase que no hace demasiado tiempo leí respecto a los actos fallidos: “no es lo que quería decir y no dijo; es lo que no te quería decir y dijo…”

Paso un rato, consulte mis redes, y me encontré con la sorpresa: Urtubey me habia vuelto a mandar, sin preguntar nada, una solicitud nueva de amistad. 

La acepte, sin mas remedio, siendo que lo iba a tener que encarar lejos de la virtualidad y desee que pasara lo que tuviera que pasar, sin demasiadas expectativas, ni buenas, ni malas. 

III

*un rato después*

Estábamos yendo al lugar convenido para cenar. Pasamos a buscar a Urtubey, y en el silencio de la cabina del taxi, sentado a mi lado, con poquísimo espacio, me dijo:
-        

          - Despues tengo que hablar con vos - se me hizo un nudo en la garganta.

-       ¿Conmigo? – le pregunte, frente a todos, sin pensar, notablemente sorprendida. 

-       Si quiero preguntarte algunas cosas, en realidad, si podrías ser intermediaria de algo – me anticipo, dele meter misterio innecesario. 

A todo esto, todos los demás, en el pequeñísimo hábitat, completamente en silencio. Me pareció, quizá porque suelo ser discreta en muchas cosas, que no era el momento para encabezar así las charlas. 

-       Bueno, dale, no hay problema – musite, teniéndolo más cerca con nunca, con nuestros brazos rozándose, pegados el uno al otro, sin que ninguno de los dos lo quite, por dejarlo pasar o por no querer dejarlo pasar. 

Tragando saliva, con mucha dificultad, pensé que era el momento en que me debía el hacer una broma, a toda costa, para banalizar el dialogo, es decir, esa complicidad que sobrevolaba en el aire, como desde hace tiempo, de cara a todos los demás que leen cosas donde no las hay; y a menudo, con ello, me llenan la cabeza de preguntas a las que no les tengo una respuesta preparada.  

-       Pedime todo, menos que te consiga un abogado ¿si? – mi madre, cachando el chiste, se rió y mi padre, aunque estaba mas callado que un muerto, no hizo ningún comentario que pusiera los tantos todavía mas incómodos. Urtubey, sin embargo, no me dijo nada porque, claramente, no entendió demasiado cual era la gracia del chiste. 

Lo que si hizo fue explicarme el motivo de su duda. Busco rápidamente pinturas abstractas y me las mostró, comentándome que quiere pintar. Pensé que estábamos demasiado cerca para ponernos a mirar arte desde su celular y el, encima, se empeñaba en ladearse lo suficiente para mirarme a la cara mientras yo me estaba muriendo. Pero...  ¿que remedio?Hubo que comulgar con el absurdo mismo de la vida y considerar la cuestión del arte mas allá de toda la otra cuestión humana que se estaba enmascarando. 

 - Y bueno, como quiero pintar, quería saber … - me comento y me dijo, frente a todos, de lo que pretendía hablar conmigo, específicamente, presentando muchísimo menos misterio.

Me resulto peor: si Urtubey no hubiera reconocido su tono como algo raro, no habría aclarado nada. Pero aclaro, y quizá, oscureció la mente ajena otro poquito. Yo ya no se.  Mi cabeza por lo pronto, funciono a grandes velocidades y sentí su mirada demasiado cerquita, cuando saco su teléfono celular, y me mostró pinturas que le habían gustado. 

- Abstracto – dijimos, a la vez, el uno para informar al otro, en cuanto vimos las imágenes.
- ¿Pensabas abstracto a secas o con lineas con relieve? - le pregunte. 

Dudo. 

- No se, no tengo idea de esto. 
- Yo tampoco se mucho, solo que he visto pinturas con esta técnica y que, ademas, tienen juegos con la espesura y el relieve. Son muy buenos - le comente.  

Con su celular, en silencio, me mostró variadas imágenes

- Ves... - me señalo - este me gusta. ¿Que te parece? 
- Me gusta, si - le dije, observándolo, hasta que me mostró otras fotos - ¿Y ese de aquel? - le pregunte. 
- También esta bueno. Viene así, mira - volvió a mostrarme. 
- Mhmm - intervine, metiendo el dedo, sin pensarlo, para ampliar la imagen del todo - ¿No es esto relieve? - dije, descubriendo un poco mas la pintura e intentando olvidarme lo inevitable de tenerlo pegado a mi cuerpo, rozándome el antebrazo, pegándose y alejándose no solamente por las curvas del recorrido, sino también, por la conversación que bien podría haberse dado en otro momento, con exhibición de fotos incluida.  

Urtubey, sin notarlo, en su burbuja personal y autónoma del contexto, siguió mirando  imágenes desde su celular, metiendo el dedo en la pantallita cada dos por tres, ampliando y achicando fotos, rozando nuestros brazos y nuestras piernas… Es decir, haciendo del recorrido un camino incomodo, o al menos extraño, donde, una parte de mi estaba invocando incluso a dioses paganos para que acabara pronto y la otra, se limitaba a callarse y negarlo todo, llegada la hora de los reproches. 

¿Para que negarlo? Yo estaba pensando que esta clase de cosas daban que hablar a mis padres, es decir, daban que hablar al inconsciente de mi padre que escucha, niega y recibe, en igual medida; e inquietaban a mi madre que, en cuanto noto que Urtubey estaba muy compenetrado mostrándome imágenes y cosas, empezó a hablar encima. Pero, al margen de ellos dos, a mi me ponian en una linea de fuego aparentemente serena que por momentos se convierte ademas en una plancha llena de carbon caliente, saltandome, directamente sobre los pies. 

IV

No sé muy bien como paso, pero, de un momento para el otro, las manos de Urtubey empezaron a hacer una forma usando una servilleta de papel, durante la cena. Habia estado hablando de sus cosas, es decir, de su hijo y su laburo, hasta hacia dos segundos; yo había estado respondiendo mensajitos de un grupo de amigos, por el celu, sin darle demasiada bola, porque cuando dije algo de su ex mujer, me dan ganas de decirle cosas que hacen mejor a todo el mundo, solo estando bien guardadas. 

Cuando levante la cabeza, después de que termino de mencionar a su ex mujer, lo mire, seria, agradeciendo implícitamente el cambio de tema. Dejo pagando, hay que decirlo, a mis padres que lo estaban mirando en todo el tramo siguiente de la charla, y empezó a dirigirse solamente a mí, con su mirada, como si no hubiera nadie mas la mesa, acompañándonos. Asi las cosas que, aquella fue la primera y última vez en la noche, donde estuvimos frente a frente, mirándonos, charlando, aparentemente en un tono normal.

Cada vez lo miraba menos, mientras comia. Ni siquiera pretendia observarlo mientras charla con los demas, porque enseguida se conecta con mis ojos. Cuando es el caso, minutos despues, mi hipotesis se confirma. Apenas chocamos miradas, luego de bastante rato, sobrevienen, en un amplio caso de conciencia interior, las palabras que enuncio mi padre en el verano: 

"¿no te das cuenta que todo el tiempo te mira? Cuenta algo, lo que sea, y esta encantado de contártelo, de mirarte, de que lo mires todo el tiempo... ". 

Si,  en ese momento al menos, muchos meses después, en una cena de improviso; no puedo dejar de darle una razón que jamas pienso manifestarle en voz alta . Note, en un gesto muy natural de su parte, una disposición distinta en los ojos. Con ello, la mirada de Urtubey se convirtió en una una catástrofe para mis ojos, teniendo en cuenta el contexto y conociendo además la interna desde un punto de vista central donde no solamente nosotros nos observamos sino que también nos observan. 

Dejo de mirarlo y me concentro en usar mi celular. Entiendo que sea el invitado, que esto sea algo maleducado de mi parte, pero no puedo evitarlo. Ahí es, justamente, cuando sobreviene su arte en papel. Con eso, lo admito,  logra llamar mi atención, y me quedo mirando aquello hasta que unos segundos mas tarde, donde descubro que una rosita empieza a nacer.  Observo a Urtubey, modelando la figura con sus dedos, sin preocuparme por nada, mientras la elabora con tranquilidad. Pienso que le esta quedando linda, de hecho, y en cuanto caigo en la cuenta, miro la forma de refilon, fingiendo una súbita estupidez.  Ni siquiera pretendo preguntarme para quien es, que va a hacer con ella, porque se me endurece la panza.   Curiosamente, en todos los años que nos conocemos y nos hemos juntado a comer - pasando cumpleaños, fines de semana, fines de año -  nunca se puso a hacer siquiera una gruyita para matar el tiempo de sobremesa, ni nos comento sobre esto. 

Cuando estaba a punto de terminarla, yo no podía dejar de mirarlo con cierto nerviosismo, producto de estimulos que no podria precisar.  Solamente, se que aquello me daba una espina rara y la idea me taladraba el ceño. “No, no, no se va a animar”, me dije, leyendo la jugada, todavía observando cómo modelaba la flor con sus manos, lo suficientemente delicadas para la motricidad fina.  Mi madre, a su lado, y mi padre, del otro lado, todavía lo estaban mirando, igualmente atraídos por ese hecho inusual. Inclusive, los dos, empezaron a hacerle algunas preguntas al estilo de pura curiosidad sobre el asunto. Yo me quede en silencio y no le dije absolutamente nada. Considere que si le decía algo elogioso, quizá lo interpretaba como una buena causa y me la entregaba en mano, ya que es propio de Urtubey hacer esa clase de cosas. Definitivamente, y con mas razón, me calle. 

Hasta que Urtubey termino de modelar con cuidado la flor, casi sin decir palabra, no hice nada mas que mirar con intermitencia esa escena, porque no habia otra cosa que hacer, susceptible de normalidad.  Cuando estuvo lista, la miro con algo de distancia, ejercitando su criterio estético y no puedo decir que le siguió a ese gesto, porque me empeñe en no hacer contacto visual, evitando una posibilidad de entrega directa.  

Me dije que es imposible entregarle algo a una persona que no te mira, que iba a funcionar mi plan. Pero el, antes de dársela a mi madre o a mi padre en mano; ya que estaban preguntando, estiro su brazo en diagonal, es decir, directamente hacia mi, y la apoyo sobre la  tabla  circular de madera en el espacio vacío que quedaba frente a mis ojos. Me dije, con mucha dificultad, que habia mucho mas espacio en la bandeja y, no entendi como, teniendo a mi madre sentada a su lado, con la posibilidad de agasajarla sin problemas, aquel pedacito libre frente a mi cara, le pareció el mejor lugar. 

Quede atascada con mi propia evasión, me quede sin palabras, ante esa pequeña acción. No lo mire, no mire a mi alrededor, y nadie dijo nada. La florcita de papel estaba ahi, habiendo cruzado en diagonal, desde la otra esquina de la mesa, aterrizando en la bandeja; justo a mi alcance y no podia hacer mas que mirarla, sin atreverme a agarrármela.  La observe, fijamente, por unos segundos de duda. Me pregunte si la agarraba, si no la agarraba, si la dejaba allí. Me dije que era linda, pero que si la agarraba, era también aferrarme a un poncho sin tener a mano una faca, es decir, hacerme cargo de cosas que no son claras y se pueden malinterpretar. 

Fui una gran cobarde, lo asumo. Me asuste tanto por algo tan simple que fui incapaz de hacerme cargo de su gesto que, por izquierda o por derecha, habia sido efectuado frente a los ojos de todos en esa mesa.  Supongo que por eso fui incapaz de levantar aquella florcita, mirarla con ternura, hacerle alguna broma, y volver a dejarla en su lugar o quedármela, porque si. 



Simbólicamente, se que tanto lo suyo como lo mío, dijo mucho.Se hizo un profundo silencio en la mesa, por lo que me di vuelta y fingí lo imposible: mirar la televisión de aquel bodegón, para matar el rato de ocio.   Se me estrujo el estomago, en especial, en cuanto vi ese gesto, y vi mi propia cobardía,  porque sabía, sabia, sabia; yo sabia, incluso mientras la estaba haciendo, que esa situación presente era una posibilidad y que no habia manera de frenarlo, ajeno a todo, o al menos, desinteresado de la opinión de los demás. 

 Un rato después, me dije, absurdarmente, que debería haberlo agarrado, como también  que se iba a leer mal, por parte de todos los demás, si lo hacia. Apreté los dientes, baje la cabeza y me resigne a dejar pasar de largo la escena, considerando que eso alimentaba ideas extrañadas de los otros - de las cuales yo tenia que soportar las hipótesis - y que era mejor no crear mas campos de significación. Porque Urtubey, por lo menos hasta donde considero, no esta enterado de nada de lo que opinan, especialmente mi padre, sobre las pocas actitudes que vio y que conoce, de refilon. 

¿Que diría, entonces, de todo lo que se le oculta si lo supiera? Negué mentalmente con la mente.  Me dije que es curioso como Urtubey tiene una extrema inocencia, o una extrema ceguera, en tanto la forma de acercarse que tiene, a veces, conmigo. Me dije que es increíble lo ambiguo que puede resultar todo, o en realidad, como la mente quiza puede alterar su significado. 

Porque... ¿y si estoy loca? ¿si entiendo todo mal? ¿si solo esta siendo amable conmigo y no tengo nada de lo que resguardarme? ¿Que tendría de malo, en ese caso, que me regalara una florcita de papel? De hecho, es una actitud agradable y galante de su parte; y eso que yo no soy de las chicas que han recibido flores, ni bombones, ni nada que se le parezca, por mi ausencia de "novios" con todas las letras, de momento al menos, considerando que tengo, ademas, una relación bastante especial con los regalos.  

Si quería darme esa flor, o que la agarrase de la bandeja, y por eso me la dejo en frente de mi cara, nunca voy a saberlo. Lo que si se es que la forma en que su cuerpo hablo, resulto lo mismo que si me la hubiera dado en la mano, porque lo que no hizo ni dijo, de alguna manera, lo manifestó consciente o inconscientemente; causando el mismo efecto. 

¿Por que segundos antes de tomarla, antes de los planteos morales, mi madre se me adelanto por centésimas de segundos y la levanto? Tampoco lo voy a saber, pero hizo lo que yo deseaba, es decir, la sostuvo en sus manos, y la miro, sin mucha expresividad.  Urtubey, entonces, empezó a hacer una segunda, explicando la técnica, a mis padres y, de nuevo, no la mire. 

Para disimular, le mostré un corazón de papel que tengo guardado dentro de la funda de mi celular, como amuleto de la suerte. El prosiguió con la florcita. 

-     -  Ah, sos un romántico – espeto, mi padre, no sin su tono de sorna - ¿Sabes hacer flores de papel? No sabia. 
-     - Nah, que se yo – le respondió Urtubey en efecto, un romántico declarado y no solamente por estas cositas.  La secuencia, se repitió: dejo la segunda rosa al lado de la primera y mi madre la tomo, sin darme tiempo a reaccionar, estando yo pendiente de otras cosas, teniendo en cuenta destellos y estelas que los demás desconocen. 

En cuanto pude,  luego de los hechos, me levante dejando las rosas sobre la mesa, sin hacerme cargo de ellas, y me escape al baño. No tome ninguna, aunque se me escocían las yemas de los dedos, por pretender tocarlas y tener que ocultar mi deseo de hacerlo.  Cuando volví, intente ubicarlas disimuladamente con los ojos. Sus rosas de papel se habían convertido en dos pequeños bollitos, y descasaban junto a otros, en el centro de un plato.

No se quien fue el que las abollo, pero me dio pena el destino de aquellas dos formas de papel, considerando que podría haberlas agarrado para guardarlas dentro de mis libros, impidiendo que terminaran en la basura. Si, claro, para que mentir: hubiera hecho eso, del mismo modo en que, quizá, Urtubey me la hubiera dado en la mano.  Me cruce de piernas, frustrada, sabiendo que no hay hubiera ni hubiese.  <<Demasiado cobardes… >> pensé, no en vano, recurriendo al plural.

Todo el cuadro es una oscilación permanente entre querer justificarlo, por quien es, y querer mandarlo a vender boletines, por quien es. Si pudiera cuidarlo de alguna manera, de las criticas a las que se lo somete, a veces, le diría que no sea como es conmigo; pero tampoco decirle esto es así de fácil 

Pense que estando, informalmente al menos, con otra persona, las cosas se iban a calmar. O al menos, que otras personas iban a entretenerse mutuamente, movidas por la pretensión de ver que pasaba, ante el sexo opuesto. Pense que, al hablar de su ex mujer, negativamente, no iba a tener paciencia para ponerse a hacer florcitas. Pense que no me la iba a dejar, enfrente de mi cara, sobre una tabla circular de madera... 

Ahora me digo que, si bien no se que pensar, tampoco me voy a desesperar por ello. 

Al fin y al cabo, todo esto, es siempre igual. 
A eso también me tengo que acostumbrar. 

sábado, 25 de noviembre de 2017

Literatura, cuanto menos, ficción: Lo que te dá terror

                                               "Si hay Dios, si hay amor, si hay vida después, 
si hay mundo, si hay hoy, hay mañana, hay tal vez 
si hay ayer, si hay recuerdos, si hay de haber o ay de doler" 




- Veni, veni conmigo - suspiro, un segundo antes de alcanzarme, con sus brazos a modo de puentes con la vida.  Abrazándome, me pegaba a su cuerpo como si fuera la intensidad lo mismo que la fuerza y acariciaba mi espalda, haciendo un movimiento parecido al de un limpiaparabrisas. Era la primera vez en mi vida que me abalanzaba por placer a los brazos de alguien, que me tironeaba de improviso para que lo hiciera, porque tampoco podía resistir dicha distancia.  

El Negro se mantuvo callado, un buen rato, mientras estuve entre sus brazos. Me acarició hasta que se me pasó el miedo, es decir, el susto por aquel desenlace imprevisto en una charla de dos personas que venían teniendo varios cortocircuitos. Cuando pude moverme, luego de varios minutos, me dio un beso en la cabeza. 

- ¿Esto, es? - me pregunto, sin soltarme y hablándome al oído
- ¿Qué? 
- Lo que querés que haga... 
- Yo quiero que hagas lo que sientas... - le susurré
- Ya se eso, yo - me acomode en su macizo pecho, para escucharle el corazón , sin pensarlo, guiada por una carga simbólica propia en los movimientos que decía más de lo que podía entender en ese entonces- Pero, yo necesito que me ayudes. 
- ¿Con qué? 
- Decime, por favor te lo pido, cómo queres que sea - explicitó.

Instintivamente, me puse en posición de defensa.

- ¡Tonto, quiero que seas vos!  - fue lo que le dije, para reforzar esa situación. 
- No, en serio, Veinte - me pidió - ayudame a no mandarme cagadas con vos - se quedó en silencio, después de musitar aquello.  

Le di un beso en la mejilla, pasé mi cara al borde de la suya, en un gesto de amor, y encare un nuevo abrazo con fuerza. El negro me abrazó con fuerza, sosteniéndose, con las manos en mi cintura y en mi espalda, estando todavía despatarrada junto a él. Pasé mis brazos por encima de sus hombros, y me escondí en su cuello como si fuera lo único valioso en el mundo. Ciertamente, lo era.

Me quedé en silencio un buen rato.

- No te estás mandando una cagada - le susurré, para tranquilizarlo - Qué hombre complicado sos. No es tan feo abrazarme ¿viste? 
- Nunca dije que fuera feo, yo.
- Bueno, tampoco es tan difícil, viste. Al final, no te muerdo ¿eh? - bromeé  
- Nunca pensé que lo hicieras... - me respondió. 

Nos quedamos callados, por un momento que fue largo. Evidentemente necesitábamos pensar solamente en una cosa: no pensar.

Cuando me pidió que le cuente mi día, fui directamente al hueso. Las pendejas de la facultad, dije mientras le hacia un comentario y empezó a reírse con sorna, mientras me hacia masajes en la espalda y se me cerraban los ojos, del placer y de la felicidad por estar así consigo. Reparó en la forma, susurrándola sarcástico: pendejas. Volví a repetirla solo para bromear. Al final, aquello salía de boca de otra flamante joven que bien era una pendeja con ciertas equidistancias.


- Por favor - me susurro, cuando me puse frente a él y solamente lo miré a los ojos, algo seria, pensando en muchas cosas que iba sintiendo, buscándoles un nombre - Decime. 
- ¿Que es lo que querés saber? 
- Lo que tengo que hacer con vos... 
- ¿Y esa pregunta tan rara? 
- Decime por favor cómo querés que sea. Decime cómo, qué tengo que hacer, para no mandarme macanas. Decime, por favor, lo que querés que haga para que estés contenta.

Abrazada a él, lo miré, algo asombrada.

- No entiendo, de verdad. Si yo te lo digo, no tiene gracia. 
- No, Veinte, vos no me entendes. No puedo lastimarte a vos y es mas, tengo muchísimo miedo de mandarme cagadas, de lastimarte. Por eso, necesito que me digas qué hago para que estés contenta. 
- Ser. 
- ¿Ser qué? 
- Vos mismo, boludo. ¿Quién, si no? ¿El panadero? Yo te quiero a vos, no a otros. 
- Entonces, decime, por favor te lo pido, no sé qué hacer - suspiro - ¿Es esto lo que tengo que hacer para que no sufras? 

Se me hizo un nudo en la garganta y no le contesté nada. 

- No tengas miedo, negro - continué el abrazo - Vas a saber darte cuenta si me estas lastimando, y si eso no pasa, yo te prometo, te juro... - hice una breve pausa -  te lo voy a hacer saber. Tenes que quedarte tranquilo ¿si?

Su mirada era una mezcla entre miedo, alegría y desconcierto. Si hubiera tenido que asociarla a una temperatura, digamos que era de aquellas formas de mirarme suyas que expelían un calorcito tranquilo, muy parecido a la tibieza.

- Es que... - vacilo -  yo no quiero hacerte sufrir nunca a vos... 
- Y vos... ¿me queres lastimar? - intente razonar consigo, partiendo desde sus propias palabras.
- ¡No, ni loco! - dijo, sin dudarlo ni un instante.

Se me quedo mirando, algo desconcertado, como si no se diera cuenta cual era mi jugada, o a donde pretendía llegar, con esas preguntas en las cuales ponía en duda absolutamente todo, solo para ir despejando el área de mi operación.  
- Vos... ¿tenes malas intenciones, entonces? - musite.  
- No, Veinte, no. Te aseguro que no tengo malas intenciones, yo - espeto - ¿No me crees?

Asentí, con la cabeza, y volvió a perderse en mi razonamiento.

- Yo si, yo te creo... - le confesé, con algo de sorna, como si quedara explicitado que quien no tenía confianza en si mismo era El, y no yo, respecto a sus propias palabras. 

Suspiro y se me quedo mirando, estando muy cerca entre si.

- Entonces, relajate, quedate tranquilo conmigo, no te voy a hacer nada... - le repetí. 
- Pero... ¿qué pasa si te lastimo? ¿Qué pasa si me equivoco con vos?

Me quede callada. Me quede callada porque yo no tenia idea de lo que podía pasar, en ninguno de los dos casos, siendo la primera vez que me enamoraba de modo semejante. Me la estaba jugando, no solamente desde el coraje, sino también, desde la honestidad sobre la propia historia. No sabía, y no iba a mentirle. Las cosas para mí no eran así, ni siquiera, a costa de pasar cierta vergüenza. 

Yo con vos no me puedo mandar una cagada; en serio, con vos, no. ¿Entendes eso? No te puedo lastimar - se afirmo, aunque nunca supe si esa terquedad no era más que una manera preventiva para infundirse autoconfianza. Sin siquiera tomarse una pausa, siguió: Nunca tuve tanto cuidado con ninguna mujer yo... - hizo silencio -  Y a vos, no sé qué me pasa, pero no te puedo ver sufrir. Me pongo mal, la paso como el culo, si te veo mal... - se pasó una mano por el pelo, inquieto como si no viera ninguna salida al asunto.

- No va a pasarme nada malo, tranquilo, boludo - suspire con cariño
- En serio, Veinte... Yo me muero si te pasa algo a vos. No quiero que sufras. 
- No digas eso, no sos un monstruo... ¿Por qué voy a sufrir? - lo cuestione.

Dejo mi pregunta en suspenso.
- Pero igual... Mira si no me doy cuenta y te hago mal... ¿eh? - me dijo, de un modo más endeble que antes.

- Serias humano, igual que todos - conteste, con clama -  Yo también puedo hacerte mal ¿y? ¿Sería lo mismo, no? - pinche ahí, precisamente, para restarle carga a toda la cuestión moral de alto voltaje que se estaba desarrollando por su mente, y decantaba en nuestra conversación.

- No, vos no - dijo, sin dudarlo - Es distinto. 
- ¿Que es distinto?
- Que no, que no me vas a lastimar vos...
- Eso es cierto, pero pudo mandarme una cagada sin notarlo - le confesé -  ¿Y ahí , que?
- Nah - me sonrió, con dulzura.

Sentada en indio, ahora frente a Él, no me quedo más remedio que mirarme las medias estampadas, llenas de colores rosa en sus diferentes variantes. Apoye ambas manos sobre mis pies, a medida que iba encajándolas en el arco leve de cada uno mis pies. Me quede en silencio, unos breves segundos, buscando una nueva estrategia.

- Somos dos personas, dos seres humanos, una mujer y un hombre, nosotros.
- Si, eso es cierto.
- Bueno, a veces, la gente se manda cagadas. Eso es ser humano, vivir. La vida, básicamente - argumente - Yo también me las puedo mandar con vos, porque no soy perfecta. ¿No te dolería, no es la misma situación en ese sentido?  - explicite - Me parece que a vos no te preocupa solamente que yo no sufra; sino que te preocupa sufrir vos - me la jugué, y mientras se lo decía, levante la cabeza.

Se me quedo mirando, con una mueca dura y no me dijo nada.

- Pasaste por muchas cosas, entiendo eso, y entiendo que te pueda dar miedo, porque además, soy re joven yo - aclare - pero estas hablando desde lo que pasaste. Y porque te preocupa sufrir, haces lo que haces y crees lo que crees de la vida - musite.

Le sostuve otra vez la mirada. Era intensa, fuerte, pero profundamente vulnerable a la misma vez.

- Puede ser - me dijo.

Se hizo un silencio extrañamente profundo. Sus puede ser a menudo, eran si.

- ¿Que hago con vos, me queres decir? ¿No vas a pensas que soy un hijo de puta si me equivoco? - me pregunto, abiertamente descolocado.
- ¿Vos queres que yo te diga que si, no? Así, te quedas tranquilo.

Me miro, en silencio y termino por sonreírse.

- Vos mejor que nadie vas saber lo que serias. Yo no te voy a catalogar, no te voy a tranquilizar en esto. Si tus intenciones son buenas, a lo sumo, seremos gente que se  equivocó, si no, vas a ser un hijo de puta y no te va a hacer falta que te lo diga yo.  Estas hablando como si lo hubiéramos intentado, como si supieras todo lo que puede pasar, y pudieras ver el futuro - me queje.

Hoy me digo que aquella actitud era la personificación de la cautela y, en parte, de la experiencia acuñada con los años.

 Decime que no voy a ser un hijo de puta si algo sale mal. ¿No sería un hijo de puta?
- No. Ni siquiera antes lo eras, ahora, menos. ¿Queres que te insulte, de verdad? - me reí.
- Ay, por Dios - se rasco la barba, no sin cierta violencia - Vos me tenes que decir que voy a ser un hijo de puta; no me digas esas cosas - me suplico.

Viendo que estaba considerablemente apedreado en sus argumentos, profundice la estrategia sin guardarme nada.

- No te voy a insultar... - insistí, buscando contacto visual - ¿Cómo te voy a decir eso, bobo? ¿Que, te quiero pero te insulto? Estás loco. Yo no te voy a descalificar ni aun mismo me lo pidas, porque te quiero... ¿Vas a ser un hijo de puta? Dame razones y ahí, entonces, te puteo sin que me lo pidas - sonreí.

Ladeo la cabeza, sonrió, y se me quedo mirando. La fase del trabajo estaba hecha cuando volvimos a acercarnos.

- Todo esto es muy difícil. No te lo puedo explicar, pero hace tiempo que quería agarrarte así, mandar todo a la mierda y que se pudra todo, ya está, se acabó - me confesó y abruptamente, se quedó callado.

- No se va a pudrir nada. Estamos solos, bien, en tu casa; nadie se va a enterar, si es lo que te preocupa. Y si piensan algo, problema de ellos, no de nosotros - le aclare, preventivamente.

Nos sonreímos un largo instante, sin saber que decir. 

- Vos no te das cuenta pero, todo lo que hago, te enojes o te guste, es porque no quiero que sufras. Hace un rato me dijiste que yo te estoy pelotudeando, que te estoy forreando cada vez que me acerco y después me alejo. Quiero que sepas que no, nada que ver, te lo juro.

Trague saliva.

- De afuera, por lo menos, según lo que puedo ver de vos, eso parecería. Hasta el verano, cuando hablamos, yo tenia ciertas pautas de vos, después del verano fueron otras y asi, con el tiempo, fueron pasando cosas, cambiando - hice un gesto de progresión con las manos dobladas, en un movimiento circular - La situación por lo menos desde afuera, es ver que vas y venis todo el tiempo. Un día puedo pensar que estas confundido, pero ya cuando veo que esto se sostiene y todo el mundo empieza a decirme cosas, es muy difícil pensar que no me estas tomando para la joda.

Asintió con la cabeza, callado y muy muy serio.

- ¿Entendes lo que siento? No sé, te juro que no estoy enojada ni nada, simplemente, no te entiendo. Me parecio cortar todo vinculo, por eso, y porque veo que las cosas no cambian. Ahora, estábamos cenando todos y me pediste que me quede porque necesitas hablar - le recordé - Estoy acá, para escucharte y entenderte - le asegure -   ¿Sabes que me enoja? Que no se lo que te impulsa a hacer las cosas que haces conmigo, y por eso sufro por momentos. Ponete en mi lugar, un segundo: ¿que pasa si yo te hago esto a vos? No entenderías nada, me arriesgo a decir - sonreí y di por terminada mi intervención.

- Vos decís que soy un pelotudo, y te juro que no hago esto porque sea estúpido. Me doy cuenta de todo, absolutamente de todo; pero lo que realmente es muy muy complicado para mi, son los limites con vos. Todo el tiempo, el problema, está en eso - rectifico - Me siento sobrepasado.

- ¿Por los limites?
- Porque no puedo ponértelos.

Me reí.

- No soy una nena caprichosa a la que le tenes que poner límites. Con que me expliques, me alcanza y me sobra... - ironice.
- No, Veinte, ya lo sé. No digo eso. Lo que digo es que no te puedo poner límites - me dijo, de otra manera - Con vos me pasa eso: no puedo ponerte límites, no pienso, no me controlo, no razono. Y entre nosotros, vos lo sabes, son muy delicados los límites.

Ahí entendí hacia donde iba con eso.

- ¿Sabes lo que me pasa con vos?

Negué con la cabeza

- Fluye, todo, mucho... - musito - A veces estamos charlando, lo mas bien, de cualquier cosa y en cinco segundos cambio todo el cuadro.
- ¿Vos también pensas eso? - me reí, porque pensé que estaba loca.
- Si... - me dijo, mirándome - ¿Vos, no?
- Son segundos, nada mas. Es como si el aire cambiara - intente explicarme, pero no me funciono.
- Es muy difícil poner los limites. Yo soy un tipo muy muy grande para vos. Sos jovencita, tenes que estar con otros tipos. Te tengo que poder poner los limites.
- Me haces sentir una peste...

Sonrió.

- No seas boluda, en serio, sabes que no...
- ¿Por qué, si queres ponerme un freno, me pedís que hablemos? ¿No es un freno lo que estuve poniendo yo?
- Si, me cortaste la cara, sin ningún problema.
-  No te creas... - musite.

Se me quedo mirando.

- Me hago la dura, no queda otra... - le confesé - No manejo otros limites y, mas, si vos me decís que te es imposible.
- ¿No estás enojada conmigo, entonces?
- No, ya se me paso hace rato - nos reímos - Pero mantenerme distante de vos, por enojo o lo que fuera, era la pauta. Para mi, no te olvides, vos me estabas boludeando. Y yo te puedo querer mucho, pero no voy a dejar que me tomes de boluda... ¿viste? - le dije, con esa mezcla entre dulce y perversa que me atribuyen siempre mis amigos.

Negó con la cabeza.

- No te forreo. Te lo juro, no lo hago por eso, no es ese el tema.
- Estoy para escucharte, entonces.
-  Cuando te pasa algo me pongo en pelotudo para que te olvides, para que no te enojes. No te tomo para la joda, sino que no sé cómo acercarme cuando me pones tanta distancia, tan de golpe. Me haces invisible, niiiiiiii bola me das, ni siquiera me miras. Es duro.
- Ya lo se.
- No te entiendo.
- Para mi es el doble de duro hacerte eso.

Sonrió.

- ¿Y para que lo haces?
- Porque si yo no haría esto, vos no te darías cuenta que soy una persona que tiene sentimientos, a la que le duelen las cosas, que no es de madera... - ironice.
- Cuando - se detuvo - Cuando yo veo que tenes alguna cosa que te pasa, o te quedás callada, reconozco que busco llamarte la atención.  Si, tenes razón en eso,  me pongo como un estúpido que busca cualquier cosa para llamarte la atención, inclusive, molestarte.

Asenti y agradeci su franqueza, sin hacerlo sentir avergonzado por ello, sin sentirme superior.

- Bien, bueno, eso me ayuda a entender muchas cosas ¿ves? - le sonreí - ¿Y entonces... ?

Siguió hablando: 

- Eso, lo hago porque quiero que te rias, que estes contenta, que sonrías, que hables. Yo quiero que me cuentes todo, todo lo que quieras, quiero saber que te pasa... - suspiro - No se, es eso. Solo, aca, pienso en lo que hago y me digo que soy un pelotudo, me mato, y pienso "la próxima vez, no se que me invento, pero no me le acerco mas" - cito

Me rei, levemente, porque yo pensaba lo mismo, casi con las mismas palabras.

-  ¿Y... que pasa?
- No puedo - dijo.

Baje la vista, avergonzada y la levante en cuanto pude.

 - Yo te veo mal, o quizá no estas mal, pero veo que estas callada y... - sacudio la cabeza - se me van los limites a la mierda ¿que queres que te diga? - se confeso - Necesito hacer algo; lo que sea, porque no te puedo ver asi, no lo aguanto - admitió -  Y cuando estás contenta me gusta acercarme a vos, me divierto, me haces reir, guacha - me miro, de una forma dulce - Me gusta cómo me jodes o como te re calentas,  con ese carácter que tenes.... - suspiró y se me quedo mirando por unos instantes -  No se por qué hago esto, nunca me habia pasado una cosa asi, no suelo andar llamando la atención, así, ni nada. Soy grande, yo, no puedo andar haciendo esto, yo ya lo se - se atajo -   Pero no soporto verte mal a vos, es mas fuerte que yo, todo esto me sobrepasa. Por eso, te llamo la atención, te molesto, hago cosas raras y vos pensas que soy un histérico o un boludo. Te juro, yo no te tomo para la joda,al contrario, me porto asi porque me pasa todo esto, y no sé cómo manejarlo... - me explico .
- A mi tampoco me hace feliz tener que estar lejos tuyo. Me pasa igual. Te veo raro, serio o incluso te veo contento y por dentro me estoy queriendo ir a la mierda para no ir y decirte: “hola ¿descansaste bien, anoche? ¡Tenes unas ojeras, cuidate!” - complete el monólogo con un gesto - Pero bueno... No sé.
- Yo veo que si me acerco y después me alejo, eso te duele, me lo dijiste hace un rato y me doy cuenta... Y tengo miedo de hacerte mierda, ahora también - musitó.

Me acerque a su cuerpo, instintivamente.

Me abrazo, de nuevo y, en ese sentido, tome la posta yo también, cuando lo abrace llena de intención, sin decirle nada.

Quede mirando al vacío de aquella vivencia, en silencio. De fondo, una pequeña lluviecita otoñal caía, mojando las persianas entreabiertas. No supe nunca si hacia o no demasiado ruido, porque la música lo absorbía prácticamente todo. 

Todavía conmigo, rodeándome con sus brazos y con todo su cuerpo, me  beso en el pelo, me saco el flequillo de la cara, y siguió acariciándome el cabello como si me dijera yo te cuido con cada repetición. Nunca me habían tratado de esa forma, tan presente, pero a la vez, tan delicada.  Le acariciaba los brazos para corresponderlo, mientras mantenía los ojos entrecerrados por pequeñas temporadas.

- Y después me decís que yo pude haber elegido a otros... ¿no?  - sonreí, usando mi tono. 
- Totalmente. Lo sostengo. 
- Shhhh, no digas boludeces, negro... - me rei - Eso, justo, es eso lo que tenes que hacer, para que este contenta... 
- ¿Que?
- Dejar de quererme embocar a otros y dejarme de pedirme que no te quiera. 
- Veinte, en serio, hay dos millones de tipos mejores que yo para alguien como vos. 
- No son vos. 
- ¿Y qué tiene que ver? 
- Que yo realmente te quiero a vos, con lo malo y lo bueno, tonto. Deja de pedirme que no te quiera, por favor, es como si me despreciaras... 
- No, es que, es todo lo contrario. Lo hago por vos. 
- Si lo haces por mi, deja de pedirme que no te quiera. 
- No es que yo sea malo, no quiero hacerte mal. No es que no quiera hacerte mal ahora y ya esta... ¿entendes? No quiero que sufras nunca, vos, por nada. 
- Te lo juro, yo te voy a avisar. Te voy a poner en palabras, todo lo que pueda, para ayudarte. Pero relajate, bobo, porque no te estoy metiendo una treinta y ocho, para que me quieras - suspiré- Si no me querés, no pasa nada, no te obligo, no me voy a morir por eso, es una posibilidad esto, no una obligación. Creo que eso es peor, que me quieras por obligacion, o que me tengas asi como ahora, por obligacion. 

Nego, fuertemente, con la cabeza. 

- No, estas loca, vos. No lo estoy haciendo por obligación. 
- Desenchufa esa cabeza, entonces, por una vez.



«Cómo, cuándo, dónde, quién fue, para quién será/
 quién ha sido y por qué el frío /
la pasión, la vejez, el amo, el esclavo... /
y el dolor de reconocerse atado, golpeado, libre, 
liberado, culpable, culpado 
/al frente, al costado de quien no se larga 
por miedo a quedarse solo, abandonado... »