Javier me recibió en medio de una lluvia suave. Veníamos charlando de política y me dijo si no quería ir a charlar personalmente en el ocaso del domingo, lluvioso en nuestro barrio. Javier me dice que sigue duro de la cintura, que no se puede ni mover.
Yo le hago una broma inofensiva y le digo que se quede tranquilo. Él no tiene obligación de verme y se lo hago saber.
- No me puedo mover, hoy tomé la mala decisión de jugar al fútbol. No pude correr.
- Tenes que cuidarte de la cintura... Vas a quedarte duro de verdad...
- ¿No venis?
- Nooo, Javi. No te podes mover, me estas diciendo.
- ¿Vos tampoco te podes mover?
- Javier, no seas guacho. Dale. No quiero empeorar la situación.
- No me empeoras. Dale. No des vueltas. Podes decirme lo mismo pero acá.
- Deja de darme órdenes, vos. Bajá el copete - lo freno y se muere de risa - No me voy a aprovechar de vos, todo duro, cuenta como violacion.
- Te dejo. Te doy permiso para lo que quieras, lo sabes. Te espero. Dale. No me digas que no.
- Ay, Javi, en cinco minutos me armas un partido, sos insufrible.
- Dale, vení. No te preocupes por arreglarte mucho. Vení así nomas, asi como estes... dale, vení.
- Recien salgo de la ducha, ahora nos vemos en un rato.
- Siiiii. Dale. Te espero.
II.
Cuando me recibió, después de hacerme un chiste por la ropa, porque me mira de arriba hacia abajo, y lo divierte mi campera texana negra, lo miro y me sonrío. Y si. Yo no busco una alta producción, porque con Javier no siempre me nace. Él es un error para mi, un error que deseo profundamente, y me cuesta ir a cometerlo de gala.
Pero es una realidad también que yo ando arreglada de una forma parecida casi todo el tiempo, asi que me decido por un pantalón, una remera de manga corta estampada y una campera texana negra. Llevo mis Converse de siempre. El pelo mojado, sin nada de make-up, y hasta el ultimo centímetro de piel perfumado con la crema del perfume importado, y el perfume importado encima. Si con eso no huelo bien, me rindo, pienso.
Cuando Javier me saluda, con un beso y un abrazo que busca cercanía, me rebaja. Sobran palabras para esa rebajada. Y me sonríe.
- ¿Y esa campera, qué tiene?
- Flequitos.
- A ver, qué campera que te pusiste, eh...
- Dale, basta, déjame con las modas.
- No, yo te dejo, pero me llama la atención – dice, y me sonríe.
- Se usa, sí. A mí ésta onda me gusta en la ropa – le comento.
- ¿En serio? ¿Se usa?
- Sí. Se usan los flecos. Es tendencia – le digo, y sacudo los brazos, hago un medio giro, para que los flecos se muevan.
Nos reímos y me saco la campera, la riñonera, las poquísimas pertenencias con las que voy a verlo.
- ¿Vos, te duele, como estas? - le pregunto.
Javier me dice que sí. Qué esta bien, que quiza no hizo tan bien en jugar a la pelota, pero que casi no le duele. Le resta importancia, lo conozco, pero me parece una tontería. Usar su disimulo ¿para fingir qué? Ya nos conocemos demasiado y, esta etapa, donde hasta nos burlamos de los looks para joder al otro, o romper el hielo, es válida.
III.
Cuando nos acercamos, y nos vamos desvistiendo con intensidad, porque el partido lo armamos en un tiempo récord, lo freno y le saco la remera, mientras lo miro:
- Esto lo quiero volar, discúlpame, pero el verde se va – le digo.
Javier usa mucho verde, y el verde agua, es un color que lo favorece.
- Esto yo lo voy a volar, esperá, me gusta este – me dice, y observa valorativamente la lencería rosa. Un rosa espectacular, muy lindo, que elegí porque me pintó de esa manera. Sin muchas reflexiones al respecto.
- Me alegro. Al menos sabemos de qué color es, porque tu cuerpo ya está viendo otra cosa – le digo, entre risas.
Javier y yo nos acomodamos. Hay un segundo, de reflexión quizá, donde parecemos decirnos: "estamos acá de nuevo, sí". Él me mira y no deja de sonreírse. Yo lo miro y me sonrío también.
- ¿Estamos bien?
- Si, si si. Muy bien.
- ¿Te duele algo? En serio: ¿estas cómodo?
- Si, en serio. No me duele nada.
Lo miro. Me rio. Y me enrosco el pelo. Javier se rie. Debo tener cara de circunstancia, pero es inevitable, ni lo puedo evitar, no sabría como. Lo acaricio con calma, mirándolo.
- Qué cosa esta piba, pensaras, pendeja atrevida.
Javier me sonríe. Sabe lo que se viene.
Está mas gordito, lo sé, y aun asi, con esa cara de galletita, lo deseo como a ningun joven trabado de los que me mandan solicitudes en redes. ¿Qué tiene Javier, ese tipo tan común, que sin embargo me enloquece y me desdibuja las resistencias?
Tocarlo, ahora, cuando ya lo he tocado tantas y tantas veces, me es mucho más fácil pero también me hace pensar en que los encuentros ya no son como los primeros. Ya hay familiaridad en el cuerpo del otro, ya hay disfrute por su tacto, él ya sabe como yo lo voy a tocar, y no entiendo qué sostiene el encuentro, si no es la novedad. ¿Cuántos pulsos sexuales definen una calentura?
Lo conozco, conozco lo que le gusta, y sin embargo, sigue habiendo una cuota de misterio inexplicable en cada encuentro. Nos encontramos uno frente al otro y se desata una vuelta mas donde terminamos así, tendidos en la cama, después de haber dejado el alma ahí. Quizá es algo que intentamos y nos sale. Algo que nos gustaba y el otro no sabía. Algo que uno pide, o quizá, sólo quizá, una actitud inesperada.
IV.
Aspiro a Javier con cuidado. Trato de controlarme un poco, porque no me nace besarlo, más bien me nace morderlo y eso no me había pasado con nadie. No sé muy bien cómo manejar el salvajismo que este tipo, con sus actitudes, provocaciones, y gestos, me genera. Lo quiero matar. Y, al mismo tiempo, saco todo un costado terrible, con el que lo quiero recibir.
Lo acaricio, acomodo su cuerpo, hasta que finalmente decido avanzar. Lo miro sonriendo, hasta que avanzo y todo su cuerpo se me va dando mas alla de cualquier repetición.
Javier disfruta. Soy delicada con eso, me tomo mi tiempo y también lo disfruto. De pronto, él se acerca, y mientras se rie festejando lo que acabo de hacer, me abraza:
- Pero qué bien que lo haces, qué bien que lo haces, por Dioooos.
- Javi, vos armas rapidísimo el partido. Es eso.
- ¿Y no te gusta, eso?
- No, a mi me encanta. Soy igual.
Javier se rie. Yo, lo avanzo.
Siento el roce de su cuerpo, su piel, y su voz. Cuando Javier me habla con su voz, es literalmente como una burbuja que se expande. Me tiene sobre el. Encajamos perfecto. Él entiende el movimiento h lo acompaña. Yo entiendo el suyo, y lo sigo.
- Eso, muy bien, así – dice, complacido, porque el pulso del movimiento es perfecto.
Disfruto ese roce sutil, un poco me voy. Y de pronto, siento que me corre todo el pelo de la cara, así que abro los ojos, porque estoy dejándome llevar y Javier con sus manos me trae de nuevo. Lo veo mirándome con un gesto de placer indecible, así que le sonrío, y me sonríe.
- Ahí va ¿o no? ¿Así? – murmuro.
- Sí, ahí va, me encanta cómo te moves – dice y me peina.
- Javi - le susurro, cerca de su rostro - ¿me puedo quedar asi un ratito?
- Podes quedarte todo el tiempo que quieras.
- Un poquito más.
Sonríe y nos reímos. Me agarra de la cara, sin dudarlo un segundo, y me besa, me besuquea como quien no tiene reparos. Si nos separa un centímetro entre su rostro y el mío, es ddemasiada suerte. Sus besos, esos besos apasionados suyos, de esos que sacan el lado mas intenso, un poco me sorprenden.
Soy la versión
Javier, no obstante el silencio, está bastante perceptivo. Y hace algo nuevo para mí, que francamente no le había pintado a nadie.
Y lo que le sigue es francamente apasionado. Javier saca manos, fuerzas, recursos, que yo no me esperaba. Lo disfruto, mucho, y no tengo vergüenza en demostrárselo, solamente, que no meto presión alguna. No tengo que componer consigo una identidad de falsa entrega, de jadeos fingidos, de orgasmos organizados. Y él, parece que realmente la pasa bien, en esos momentos donde me elogia las atenciones que le doy, pero además, lo que demuestro.
Me tiene así, un buen rato, dedicándome atenciones de todo tipo. Besos, caricias, todo el ramo de cosas que amo.
- Hablando mal y pronto – dice – cómo te gusta que *** a vos.
Me río.
- ¿A mí?
- Sí, te gusta mucho.
- A vos te gusta más – jadeo, y me río.
- ¿A mi qué?
- Que a vos te gusta más que a mi. Sos un delincuente, desgraciado – digo, mientras Javier me besa.
- A mi me encanta.
Y ya me lo deja claro.
- Te quiero escuchar ¿mhhh? No quiero que te guardes nada. Lo quiero todo para mi.
- Javier, no podes ser asi.
- Si, quiero que ***. Todo ¿me escuchaste?
- Si - le digo, antes de que me bese.
Porque ni me da margen para no morir. Gimo.
- Javi
- ¿Qué?
- Me muero.
- No, nada de morirse - me dice, y me muerde, me besa y me susurra casi dentro de mi boca: - Quiero que me muestres todo- me pide.
V.
Cuando mi todo llega, Javier lo percibe y alienta, sostiene, la verdad es esa. Me da estímulos variados. Y cuando me escucha, solo me rodea con sus brazos y me dice:
- Asi. Eso. Todo, muy bien. Todo para mi.
- Dios
- Mas quiero, no te guardes nada.
- Sos un hijo de puta, te juro - digo, y me explayo en este otro lenguaje que en definitiva es el que me pide. El que le interesa.
Nos reímos.
- Sos terrible- le digo y me recupero.
Me besa, sonríe y se prepara. Lo beso también, olvidando por un segundo mis reglas, y lo muerdo. Javier me muerde desesperado, y me hace reír.
- Dios, chabon... qué hijo de putaa - le digo.
- Estoy muy caliente. Me vuelve loco coger con vos. Sos una hija de puta.
Me río. Eso es lo que me gusta de Javier: que sea reo, que se desespere en vivo, que le ponga intensidad. Que no sea el careta que fue toda la vida, antes de esto, por juzgarme mal. Por pensar que yo para tener sexo necesitaba casarme, poco mas.
- ¿Me mordes otra vez, por favor?
De pronto, hace algo, sutilmente, que me detona. Ahi sí que mi chip cambia por completo. Es donde necesito mas.
Y ahi finalmente se entra en la recta del descontrol. Él parece darme en cada embestida toda su fuerza, su furia, su intensidad, su descarga, para después ablandarse en un orgasmo que lo sacude, lo deja agitado, desarmado, riéndose sorprendido de su propia reacción.
Queda tendido, suspira y ríe de nuevo. Javier me hace sentir lo mismo que yo siento por él, aunque no lo diga: ganas de matarlo, porque es un hijo de puta, y ganas de hacerlo mío en ese round.
- Dios, qué tremendo que estuvo.
- Muy, muy.
- Esto es tuyo – dice, cuando ambos quedamos muertos en batalla. Me devuelve una colita de pelo.
- Gracias – le contesto.
- Dios mío, lo que fue, qué hija de puta, – dice, y me mira sonriendo, mientras cada uno se empieza a preguntar por juntar todo para volver a ser lo que no es.
Entro a la ducha de Javier y abro el agua caliente. No, no puedo creer los mordiscones que me dio, lo enrojecida que quedé, pero sí puedo entender la intensidad de lo que nos demandamos, porque la siento necesaria. Tengo todo el cuello marcado, toda la espalda, el pelo todo desplumado. ¿Fui a una guerra o solamente me acosté con un escorpiano?
Pongo las manos debajo de la ducha, para controlar la temperatura, y avanzo.
No tardo demasiado en bañarme. Javier de fondo pone un vinilo de Charly y espera a que salga, básicamente. En cuanto me visto, le devuelvo la toalla y le digo un gracias muy protocolar. Este momento es más bien serio, porque yo sé perfectamente que con Javier podemos compartir más cosas, pero me pongo tensa, porque no quiero. Él, lo peor, es que no me dice nada. Simplemente, me ofrece cosas, le acepto agua, y se sienta a la mesa a tomar algo. Yo, que un poco mas me fui hasta la puerta, me doy cuenta que me tengo que sentar.
Me siento a su lado, aunque estoy ansiosa por irme. Me charla, como si nada. Y empieza con esa charla la ronda de preguntas. Javier recuerda cosas que le conté, que ni yo me acordaba. Pienso cómo hace. Se acuerda hasta el último detalle de una cosa con mi hermana, de la situación de la otra, de un comentario sobre mi papá. ¿Por qué? No es algo que entienda. ¿No se supone que uno hace tabla rasa después de verse con el otro? Eso, ese nivel de atención que parece que no pero está, me pone un poco incómoda. ¿Cuánto sabe éste hombre, cuándo ve de mí, aunque yo no se lo muestre?
Me cuenta de sus temas algunas cosas, pero la verdad, no le pregunto ni cómo está, ni cómo se siente. Me dedico a hablar de temas seguros, sin tocar temas más profundos, aunque siento que están dando vueltas ahí, como fantasmas, detrás de cada pregunta que me hace sobre mi familia, sobre mi trabajo. ¿Por qué le importa, si acaba de cumplir conmigo el único propósito que le interesa? Cabe decir que lo que Javier me pregunta, es privado, algo que no comparto en detalles, que sólo lo saben personas muy puntuales. Y eso, refuerza la incomodidad. Él no apela a la charla de lo que puede ver en redes sociales, o el plan del finde, él me pregunta aquello que no publico, lo que ha sabido por verme, por mantener contacto conmigo ajeno a la imagen que compongo para los otros.
¿Es eso la verdadera intimidad? En eso, me siento un poco fuera de juego. O será que sencillamente, somos muy diferentes.
De pronto, después de tomar agua e intercambiar unos comentarios amenos, suspiro. Javier me ha dejado agotada físicamente. Es más grandote, tiene más fuerza, y bancarle el contrapunto le supone a mis 51 kilos una movida interesante.
Yo voy buscando el Uber, mientras, y le digo:
- Ahora pido el uber y me voy – Javier me mira.
- No te vayas todavía – dice – Tenés los cachetes colorados.
Asiento.
- Sí, me suele pasar.
- ¿Sí?
- Es uno de los rasgos más delatores – le confieso - Cuando llego al orgasmo, cuando nado, me pongo muy colorada en las mejillas. Se me dilatan los vasos de la cara y puf. Eso, y con el sexo, me convierto en Bambi.
Javier me mira, y aunque viene sonriéndome, larga una risa.
- ¿Viste cuando Bambi sale caminando y le flaquean las fuerzas de las piernitas? ¿Viste que hace así? – le digo, y imito el movimiento.
- Sí, sí, sí – se ríe – Qué hija de puta.
- En serio, quedo así. Como Bambi. Y colorada.
Javier se ríe y se tapa la cara, como diciendo, ay está piba. Después, se encarga de darle de comer al perro, que le demanda atención, porque tiene con él un apego muy fuerte. Yo, por mi lado, me quedo callada, distraída en desenredarme el pelo, mirando para el costado. Aprovecho esa paz donde Javier también se queda callado, y lo disfruto, disfruto ese silencio, hasta que devuelvo la mirada a él, que ya no está con el perro, y se ha puesto a mirarme, descansando toda su cara en una mano, apoyada en la mesa.
Javier me mira embelesado. Me mira, sonriéndome con toda la boca, con una cara de estúpido magistral, y se nota que está pensando en algo, porque no reacciona. No reacciona rápido ni siquiera para disimularlo, o esconderse. No, simplemente, se queda ahí, así, con esa cara de persona que está hasta las pelotas, y no me dice nada.
Solo me mira y yo lo miro en silencio. Nos quedamos así, mirándonos a los ojos, en silencio, unos segundos. Le sonrío, también, y de verdad, es un momento estremecedor. Una punzada me arde en el cuerpo y sólo me digo: "la puta madre, cagamos".
En cuanto razono y me doy cuenta cómo me está mirando, y lo que eso significa, y lo que pesa en un contexto así, de pronto, me aterro. Jamás Javier me había mirado así, jamás, y esto era lo que durante todos estos años había estado buscando evitar.
Cuando bajo la vista, para romper el hechizo, le cambio de tema. De nuevo, subimos a la plataforma de gente adulta racional y consigo uber, y lo espero, y te acompaño a la puerta, y me quedo mirándote hasta que te vas, sacando la cabeza por la puerta, porque ya sé que no me dejás nunca que te lleve a tu casa.
- Chau. Vamos hablando – me dice.
- Chau, Javi. Recuperate pronto.
- Sí, estoy mejor. Ahora me doy un baño y me voy a dormir.
- Sí, vas a andar bien. Cuidate.
- Vos también. Hablamos.
- Chau.
- Chau.