martes, 31 de enero de 2017

Literatura, cuanto menos, ficción: Hallazgo



Cuando intento rememorar nuestra historia, desde una perspectiva más reflexiva que se aboque a un aspecto puntual de la situación, la parte de las críticas, es la más dolorosa. Incluso, creo que es más dolorosa de revivir que la etapa posterior - esa que tuve que aprender a andar sola - mientras lo veía rehacer su vida e iba reconstruyendo la mía, pero ahora, en paralelo. 

Si tengo que hablar de las criticas, es necesario empezar por remontarme a una noche, a mis diecisiete años. Por esa época todavía iba al secundario, me aburría, pero esencialmente, no me animaba a confesarme a mi misma - como seguramente ahora pasará a su forma -, una gran parte de la persona que yo era. Sabía que no era como se suponía, pero no tenía fuerza para ponerle palabras a semejante angustia, que tenía tanto tiempo de fermentación, dentro, al punto tal de que la reconocía como parte indivisible de mí; una especie de lado concreto en el "la vida es así"; expresión que usaba mucho en esos días. 

Pese a no saber qué  me pasaba,  yo no era incapaz de sentir que algo andaba mal; más bien todo lo contrario. Por todo ese malestar acumulado, esa noche estaba acostada en mi "cama de abajo" - es decir, la parte inferior de una cama cucheta- donde solía dormir. Mi hermana, la del medio, se me acercó y me preguntó qué me pasaba, seguramente, porque se dió cuenta de que estaba triste. Esa vez no leía, no estudiaba, ni navegaba por Internet; simplemente, me dejaba ser por esa pena un rato más, hasta que ellas dos se fueran a dormir a sus camas, y en el mejor de los casos, pudiera yo liberar alguna que otra lagrima que coarte a la presión interior. 

- Nada, no jodas hoy, dale - le dije, porque mi hermana solía ser intensa en esa época, y lo sigue siendo, respecto al respetar cuando los demás están ocupados o tristes y no suscriben a su manía de llamar la atención siempre; que, a veces, es muy cómica pero otras veces - como ésta - me caía pésimo. 
- Pero... - se sentó en mi cama - ¿Qué pasa? ¿Te peleaste con alguien? 
- No, no... 
- ¿Por qué tenés esa cara de culo Veinteava? 
- Porque siempre tengo esta cara de culo ¿no? - repliqué, con sorna. 
- Siempre igual, nena, con esa cara de culo... 
- Sí, bueno - la corté en seco - ¿Te podés ir de mi cama? 
- Pero... - meditó - ¿Te pasa algo? En serio, boluda. 
- Sí, estoy triste - le expliqué - ¿Me dejás pasarla como el traste tranquila, un ratito nada más?
- No te hagas la boluda... - insistió - ¿Qué te pasa? 
- Nada; tuve un día malo hoy - le dije. 

El tira y afloje, se mantuvo durante algunos minutos. 

- ¿Vos me ves rara, no? - le pregunté, con los ojos llenos de lágrimas. 
- Y... sos media rara, sí - se rió. 
- ¡Como puede ser que seas tan boluda, te estoy hablando de verdad, ***! - me enojé. 
- Bueno, perdón, perdón - se disculpo - No es que seas rara, solamente sos anti, Veinte. Es como que no te gusta nada, no sé, todo te parece aburrido, tonto... - me explicó - Te la pasás hablando de gente muerta... 
- Los escritores no son gente muerta. No seas mala - me defendí, pero sin intensidad - Yo ya sé que soy media rara, quizá, pero no... - suspiré, y se me empezaron a caer los lagrimones - No lo hago apropósito. Realmente me aburro. Leer me gusta mucho, me hace aburrirme menos. Además, en el colegio no leemos tanta literatura y lo que leemos me gusta mucho y quiero leer más. Es lo mejor de ir al colegio, desde hace tres años, en especial - le confesé. 
- Pero... - meditó - ¿No tenés amigos, compañeros, en el colegio? 
- Seh - me quedé callada.
- ¿Y no hay un pibe que te guste o algo así? 
- No - sacudí la cabeza, enseguida. 
- A vos, también... - musitó. 
- ¿Qué? 
- Que no te viene bien nada... - me dijo - No te gustan tus compañeros, no te gusta ir a bailar, no te caen bien las pibas, no te caen bien los pibes... Por eso estás sola. No te gusta nada. Solo los libros. No podés estar siempre entre libros. 
- Sí, yo ya sé eso; lo tengo claro - suspiré - Pero no puedo estar rodeada de gente que me cae pésimo, porque siempre voy a elegir los libros. El colegio es una mierda, boluda. Me aburro. 
- ¿Por eso faltás tanto? 
- Claro - le expliqué - No es porque nadie me pone límites en esta casa, sino, porque este último año es una tortura ir. Estudio acá, hago las tareas acá, los trabajos y todo. Me va bien. 
- Primero que te vas a quedar libre, y segundo, que siempre vas a estar sola si no te haces amiga de tus compañeros- se quedó pensando- ¿No te gusta nadie, de verdad? 
- No, no - suspiré - Nunca encontré a nadie que me gustara tanto como para tener un amorío adolescente apasionado y fatal - ironicé y me reí, mientras lloraba un poco. 

Mi hermana se rió. 

- No llores, boluda. Ya vas a encontrar a un super chico que te guste. 
- Super chico - me reí yo, por el uso de ese prefijo intensificador 

Ambas nos quedamos calladas. Un rato después, me dió un abrazo y se quedó conmigo. 

- Yo también, a veces, a tu edad, la pasaba así - me dijo. 
- Bueno, pero... es diferente... - le expliqué- Vos tuviste un montón de amigos, te encantaba el colegio, te divertías, tus compañeros te querían, te gustaba ir a bailar... - le expliqué - Lo mío es haberla pasado así, no un día, sino, siempre y que siquiera la puedo arreglar ahora, que soy más grande, porque me doy cuenta que no me gusta nada de eso, que lo padezco... ¿entendés?  Si veo un super chico, creo que tiene que tener unos veinte y pico - le expliqué. 
- ¿Qué onda con los pibes? 
- Ninguna. Sigo siendo virgen, eh - nos reímos - Nunca sentí lo que yo espero sentir para acostarme con alguien. 
- Pero... ¿ni un beso, nada? 
- Sí, esas cosas sí - le dije, restándole importancia. 
- Ah, entonces ese apodo que te había puesto, lo retiro - bromeó. 
- "La jamás besada" - musité, mirando hacia la nada - Siempre tuviste ese dejo de maldad, conmigo - se rió. Yo, por el contrario, no me reí. Hoy sé que una parte de mi, se lo decía enserio, respecto a los apodos en particular. 
- Bueno, pero ahora ya está - retomó - ¿Con quién fue? 
- ¿Qué? ¿El beso? - la miré - Hace años, ya. 
- ¿De verdad? 
- Sí, si. 
- ¿Entonces cuando yo te cargaba, ya había pasado? 
- Sí, hacía rato ya - me sonreí. 
- ¿Y cómo no me contaste? 
- Vos sabés que yo odio la burla. Me extraña que no lo entiendas todavía. 
- Bueno, nena - revoleó los ojos - ¿Y... te gustó, estuvo bueno? ¡Contame, quiero detalles! 
- No, la verdad, no - me reí - Probé y punto. Trece años tenia y me pareció que estaba lenta. Lo hice. Fin de la historia.
- Bueno, pero entonces sí que te gusto un pibe como para chapartelo
- No, no me gustaba. Era un pibe que estaba ahí, a mano. Tenía decisiéis, diecisiete años, él - le comenté - Y ni físicamente me gustaba. Tenía ojitos claros, me acuerdo. 
- Qué raro que te lleve años...  - mofó - ¿Y, qué pasó? 
- Nada, eso.  Fue un asco... - me reí - El pibe no era lo que yo esperaba, era como que él también esperaba que lo desvistiera más o menos... - le expliqué -  Me acuerdo que cuando se enteraron mis compañeros, andá a saber qué pasó que se enteraron todos, todos, había un grupito que me cargaba.  Me volvieron loca, por un beso, nada más- musité. 

Mi hermana escuchó atentamente el relato. 

- ¿Y ahora? ¿Alguien con quien puedas ensayar? 
- Los hubo, pero siguen siendo la misma cagada - le expliqué. 
- ¿Quienes fueron? 
- No te voy a hacer una lista, no fueron demasiados, igual - rememoré - ¿Viste que yo me había hecho amiga de *** cuando entré al colegio y me sentaba con ella? Te vas a reír de mi mala suerte vital con esto... - le anticipé. 
- Sí 
- Bueno... - me reí, con ironía - Un lunes voy al colegio y  una compañera me viene a decir que estaba enojada conmigo, ***.  Le pregunto por qué y me dice que yo, el fin de semana anterior, me había chapado al pibe que a ella le gustaba desde hacía años. 
- ¡NO, BOLUDA! - se tentó, muerta de risa - ¡Qué mala suerteeeee, Veinteeeee! - siguió riéndose. 
- ¿Podés creer? 
- ¿Pero vos sabías que a la piba le re gustaba? 
- ¡No! Yo recién entraba al colegio y no habíamos tocado el tema chicos. Y una vez que corrí el eje, estábamos en uno de los cumpleaños que me invitaron, milagrosamente, pero ella no estaba porque no la invitaban.  Estaba con ***, tomando algo y  me dijo que el pibe preguntaba por mí pero nadie me dijo nada de que a ella le gustaba, te lo juro. Entonces estuve un rato con el pibe y bueno... - hice un gesto - El lunes era la más trola de todas mis compañeritas y la más cínica, por supuesto - me reí. 
- ¿Y ahora? 
- ¿Qué? 
- ¿Alguien? 
- No... - suspiré - A *** sí me daban ganas de darle un beso, pero... - le dije - no hubo acuerdo. 
- ¿Nunca se te acercó para besarte? Es raro, porque es un pibe grande - me dijo. 
- Quizá no le gustaba, no sé. No creo que llevándome ocho años sea tan lento como soy yo... - me resigné - Lo que sí se es que nunca encontré a una persona a la de solo verla yo quisiera besarla y besarla tres horas, sin que me importe nada, esa locura...  - la miré a mi hermana, me acuerdo todavía - ¿A vos te pasó lo mismo alguna vez? ¿O te pasaba al revés? 
- Y... - dudó - No, la verdad que no. Yo si veo un pibe que me gusta y sí... me dan ganas de besarlo. ¿No te dan ganas de besar a un chico, a vos, en un boliche? 
- No voy a bailar casi nunca y lo sabés... - le confesé - Porque primero me tiene que atraer la forma de ser que tiene, sino, me embolo y me lleno de baba ajena - le dije a mi hermana, con soltura.

Se rió, mucho y yo también. 

- Pero... ¿y si no te pasa, no te da ganas igual? La otra vez que saliste con las chicas, apareció una foto tuya con un flaco... ¿A ese también? Tenía cara de pelotudo, Veinte.  
- ¿Nunca me vas a decir nada bueno? A vos te gusta cada uno, también... - me quedé pensando - La verdad es que si no me atrae cómo piensa, no sé, si no me gana desde otro lado, ni lo miro. Es muy verlos como un pibe más que en una de esas, si en algún momento no encuentro a nadie que realmente me gusta, sé donde puedo llegar a aterrizar. 
- ¿Y físicamente? ¿Tampoco? 
- Sí, influye, pero para mí tiene que tener dos dedos de frente, ser inteligente, tener ideas... - esbocé - Lo que más me gustaba de *** era que tenía ideas, que era un pibe coherente, que era inteligente y que podíamos compartir música, gustos, libros... - le comenté -
- Claro, lo que te gusta a vos... - meditó - ¿Querés que te dé tips, a ver si mejoras la experiencia? - bromeó. 
- No... - suspiré, sombría, de pronto - Dame el cerebro normal de una piba de 17 años y poné un poco de cumbia, a ver si así muevo las caderas - bromeé - A veces tengo la sensación de que nunca voy a encontrar a una persona con la que realmente me entienda. Si fuera más normal, seguramente la encontraría, como el resto de las chicas, pero siendo como soy... No creo, sabés. Es feo sentirlo con tanta seguridad, me pone triste. 
- Pero ¡sí que vas a encontrar a un pibe que te guste! 
- Una persona que me entienda, dije. No es lo mismo. 
- Bueno, pero vos entendiste lo que quiero decir... 

Se me quedó mirando. Las lágrimas volvieron y me acosté, hecha un bollito. Se acercó y me acarició la cabeza. 

- No llores, gorda. Vas a ver que vas a encontrar a un pibe copado... 
- ¿Vos decís que encontraré a una persona con la que me entienda? - reconvine, en mi postura. 
- Sí, estoy segura - afirmó - Ah, y cuando te lo chapes, contame por favor... 
- Bueno - me reí - Hasta que no encuentre al que me guste, de todos modos, si algo pasa en el medio, no te lo voy a contar. 
- Qué pendeja que sos.. 

II 

Dos años después volvíamos a estar en la misma habitación. Mi hermana mayor estaba en lo de su novio, y esa noche, también volvíamos a ser dos. 

- Viniste re tarde ayer, nena - mi hermana me increpó. 
- No viene tan tarde... - le dije. 

Explotó. 

- No entiendo cómo nadie te dice nada en esta casa, a vos - se enojó - Venís a la hora que se te canta y encima, te trae ese... 
- ¿Qué problema tenés con ése? - la miré. 
- ¿Te quedaste a dormir con Él, no? 
- No - le mentí. 
- Qué viejo hijo de puta... - se enojó - ¡Te vas a dormir a lo de ese viejo de mierda y acá nadie te dice nada! ¿Qué les pasa? 
- No empecés, boluda. Dale - le pedí. 
- ¿Papá lo sabe, no? 
- ¿Qué tiene que saber? 
- ¡¡Qué dormís con ese viejo asqueroso!! - sacudió la cabeza - ¿Cómo no te dice nada, nena, cómo nadie te dice nada de que te vas a cualquier hora, con ese viejo, después te busca en la facultad? ¿Qué, es tu novio? ¿Juega al novio? 
- No seas, forra *** - me enojé - Yo lo quiero. Una vez que quiero a alguien... - argumenté. 
- Pero ¿no te das cuenta de que es un viejo? ¡Tiene 4o, 42 años el pelotudo, y se la pasa con vos! ¿No te das cuenta de que es un degenerado? ¿Qué hace durmiendo con una piba de 19 años? 
- Lo mismo que haría con una mina de 42 años... - espeté - ¿Por qué sos mala conmigo? Yo entiendo que estés celosa o que te parezca cualquiera, pero yo me siento bien con él. 
- Y... sí - mofó - El tipo se tiene que hacer cargo de vos, porque sabe que es un viejo de mierda y por eso te sentís bien, porque se hace el bueno. Si no te fuera a buscar, si no te trae acá en ese auto de mierda que tiene, sabe que no vale ni dos mangos. Tiene plata nada más y la usa para que vos, después, vayas a dormir a la casa. Encima acá nadie te dice nada... - insistió. 
- Pero a mí no me gusta porque tenga plata, a mí me gusta él. Además, jamás la usó como un arma, conmigo. No permito que me pague nada. 
- ¿Encima es un rata? 
- No seas tarada, sabés que no es así y que yo no soy ninguna putita... - suspiré - Lo quiero. Dejame de joder, boluda. Lo quiero al tipo. Punto. 
- Ah... - mofó - ¿Así que lo querés, ahora? 
- Mucho. 
- ¿Te parece que lo amás, no? 
- No, no me parece - la corregí. 
- ¿Cómo podés acostarte al lado de un viejo asqueroso como ese? ¿No te da asco? 
- ¿Asco? - la miré - Asco me da lo que hacés vos. Él me gusta mucho. 
- Cierto... - me pinchó - Lo amás, ahora. 

Cuando puso en duda ésto, me descoloqué. 

- ¿Vos estás adentro mío como para medir mi amor? ¡No! Entonces, no lo pongas en duda. ¿Qué sabés vos lo que es amor, si te parece que porque sea viejo yo no lo puedo querer? Lo amo, sea como sea. En tu mundo de mierda, superficial, parece que a la gente vieja no se la ama y yo siento que sí, que me enamoré. 
- Es que lo tuyo es porque sos pendeja... Pensás que lo amás, pero no... 
- Vos pensás eso. Yo siento, y es diferente a lo que me decís. 
- Desde hace meses que te viene pelotudeando, Veinteava. No te hagas la superada, porque te va a cagar. Te lo digo yo, ya que acá nadie te dice nada ni te pone los puntos. 
- Yo no me hago la superada, boluda - argumenté, más calma - Me pasa esto, con una persona y punto. Eso no es hacerse la superada, es querer. Pensá cómo eras vos, a mi edad. 
- Yo no me hacía la superada, no andaba con viejos... 
- Vos a mi edad, más que no andar con viejos, no andabas... - me enojé - Porque no tenías las pelotas puestas para jugarte y es muy fácil hablar teniendo un novio de tu edad, creyendo que yo soy anormal. 
- Es que no es normal, Veinteava, no es normal... 
- Seré anormal, pero, por lo menos, me juego por lo que me pasa y no lo escondo. Intento, salga bien o mal, ser feliz a mi manera. Mi manera es ésta, con este viejo, si, todo lo que vos me digas... 
- Claro, claro, el que vos amás y todo eso... 
- No hablo más con vos... - le dije. 
- Yo no me voy a pelear con vos, por ese sorete... 
- ¡Ah, menos mal! - me quedé en silencio - Ah... - medité - Yo te dije, hace años, cuando vos me decías de los besos... - me miró, con odio - Bueno, si, tenías razón al final.  Ya lo encontré. 

III 

Unos meses antes... 


- Y bueno... - le decía, a mi mejor amiga, que era una de las pocas personas que me comprendía y apoyaba en esa época - Cuando me besó fue... - me quedé callada - Genial. 
- Y sí, me imagino - consideró - Me alegro mucho, Veinte. ¡Vamos todavía, al fiiiiiiin! 
- Va a sonar novelesco, pero te voy a confesar algo: es como si hubiera besado por primera vez, recién ahora... 
- Me muero... - se enterneció - Y, es que *** tiene años, no en vano, boluda... 
- Con Él, es  distinto, mejor de lo que me imaginaba poder conocer, en este sentido.  De hecho lo disfruto mucho, no es ese trámite incómodo, sino, algo re lindo e intenso, además. Es increíble cómo hace que me olvide de todo... - intenté describirlo - Quiero replay, todo el tiempo - nos reímos. 

Ahí estaba, lo supe ese día, finalmente, mi hallazgo. Ahí estaba también la respuesta a mi pregunta.  Ahí estaba especialmente y pese a todo, el deseo de mi hermana volcado en la realidad, con ciertas adaptaciones que supieran hacerme feliz. 

lunes, 30 de enero de 2017

Elección de vida IV

Estaba mirando la televisión, esperando que mi familia terminara de alistarse, para irnos. Cuando alguien la deja prendida en la cocina y de fondo hay un programa cultura, suelo engancharme. Esta vez, no fue la excepción. 

En el programa- que no identifiqué del todo - mostraba un recorrido por una zona colonial del interior del país, muy muy linda. A pie, un hombre, recorría sus caminos y, en otra escena, bebía una copa de vino mientras conversaba con gente del lugar, preguntándole respecto a sus costumbres y resaltando la belleza de todo cuanto lo rodeaba.  Mientras tanto, ya sea en el recorrido como en la degustación, comentaba datos al respecto.  Se notaba que sabía de lo que estaba hablando, y además, lo explicaba todo de una forma comprensible que incluso me permitía a mí, persona recién había sintonizado el programa, entender más o menos de qué iba la cosa.  

- Cómo me gustaría viajar con ése hombre - comenté, de pura boca de jarro, sin ningún sentido doble determinado.  

¿Y cuál fue el sentido el único sentido? Que en el hipotético caso de viajar y conocer a una persona así - sea hombre, mujer o plata- me muestre en vivo todo lo que estaba apreciando y me cuente más, mucho más - hasta saciar toda mi curiosidad- al respecto. 

Adivinen qué pasó. 

- ¡Vos querés estar, tener para vos, a un viejito así, Veinte! - se empezó a reír mi papá, sin maldad, ante este tipo de dichos míos, muy comunes, y especialmente, imposibles de esconder; ya que evidentemente es mi naturaleza. 
- ¡Naaaaah, che! - me reí - Éste hombre es muuuy grande para mí, al menos, a esta edad - medité - Debe tener unos sesenta años y yo tengo veintidós. Con alguien tan tan grande no podría - le comenté. 

¿Adivinen quién empezó con sus cositas de siempre? 

- ¡Vamos, vamos, vamos! - exclamó, sacudiendo los brazos... mi madre. 

La miré, como si no terminara de entender a qué viene tanta alegría. 

- ¿Qué? 
- ¡Vamos, vamos, qué por fin uno te resulta viejo, vamos, vamos! - me toreó - ¡Uno que reconocés como viejo que es, vamos! - insistió - ¡Vamos mejorando, muy bien!  

Me transformé. 

- Sobre el resto no te entusiasmes que esto es una consideración de un caso especial. Dejá de esperar milagros que no... Como si yo realmente te dijera que voy a terminar con alguien tan grande. Reventás, imaginate - la cara, me cambió seguramente, porque mi postura mutó enseguida a la defensa. 
- Bueno, pero es algo Veinteava - siguió - Estás mejorando, muy bien. 

Mi padre, que eventualmente nos ve hablar así - pero que no sabe los comentarios, si no diarios semanales, que recibo al respecto de esto, de mi madre - se quedó mirándonos, sin querer meterse demasiado a mal, como ha hecho otras veces. 

- ¿Vos creés que algo va a cambiar? Sí, ya sé, vos decís que yo voy a conseguir pareja y, probablemente, tengas razón... Pero más allá de eso ¿creés que algo de lo otro va a cambiar? - la miré, seriamente -  Festejá si querés, saltá, pero acá no se ha visto ningún joven de 22 años que me haya deslumbrado y yo haya dejado a un lado por la manía indiscriminada de tener al lado a un viejo, como me decís vos  - la miré, funcí los labios en un gesto de "qué lástima" y me encogí de hombros - Nunca vi la fila de jovenes de los que nada me viene bien, según vos, como para que me gusten los viejos, como me decís vos  - la miré, con sorna. 

Mi mamá, como siempre, se pasó por vaya a saber dónde mi comentario y se ocupó de seguir maquillando a mi hermana, mientras hablaba con ella. 

Tira, tira, tira de la cuerda... Y un día, lo sé muy bien, se la va romper en mil pedazos. Masticando esto último, me quedé callada y seguí maquillándome. 

- ¿Qué tal *** con el chico que estaba saliendo? - me preguntó mi papá, después de observar el cuadro de situación. 

- Más de lo mismo - le comenté - No la merecía y más, cuando lo cortaron verde - sinteticé. 
- ¿Por? 
- Decime de qué sirve un pibe que te diga que no quiere una relación seria después de meses saliendo y saliendo, cuando vé que vos estás empezando a confiar... - le pregunté, retoricamente - Si quiere sexo, me lo dice de entrada, y te ahorrás todo el rollo de los sentimientos, pero si te va a tener meses en suspenso mortal, que siga hablando de la facultad, mirando dibujitos y jugando a la play, para eso...  - le expliqué, seguidamente, a mi padre - Habrá otros quienes no son solo eso, pero también, cada día que pasa, hay menos realidad en las conversaciones de los jovenes, pese a que tenemos tantos medios para hablar... - seguí con mi argumento - Cuando vos encontrás realidad en una persona... - me quedé callada - Por lo menos yo, compro - concluí. 

Seguí poniéndome colorete en las mejillas, seria, frente al espejito del polvo compacto. 

Se quedó pensando. 

- Ustedes dos son muy abiertas de mente. Tienen la cabeza muy abierta por la edad que tienen, les interesan otras cosas. Vienen estos "changuitos" y claro...  - empezó mi papá - Cuando se encuentran con algunos pibes y pibas de su edad y después se encuentran con un tipo de experiencia... - me miró, asintió levemente con la cabeza y me dijo: es una contradicción muy fuerte...  

Me lo quedé mirando, callada y seria. 
Asentí, sin decirle nada más. 
Él también se quedó callado, sin decirme nada. 

II 

- ¡Lo único que te pido, Veinteava, por favor, es que tu novio sea sociable! - me suplicó, mi cuñado, porque el novio de mi otra hermana no lo es y se encuentra solo en ese aspecto, carente de un camarada que esté en su misma órbita - Que hable, que le guste hablar conmigo y con tu viejo, que se integre bien a nuestra familia - suplicó, de mil amores.   Sin embargo - y en esto reconozco que soy yo la culpable - como este tema me tiene tan cansada y las opiniones me tienen tan cansada, nada más decirme algo relacionado con la palabra viejo, amor y de mierda; me sube una fuerte irritación. Y eso, si bien me lo han dicho mis hermanas, conocidos y mi madre, más de una vez, cuando se suscitaron comentarios sobre "mis gustos", nunca me había generado el hartazgo y la férrea ira, que me genera ahora. 

- Bueno, bueno... - me limité a decir y seguí mirando hacia la nada, mientras cenaba. 
- ¡No, de verdad, yo lo voy a aceptar! - insistió.
- Ni yo sé, si lo voy a aceptar, porque no lo conozco - dije, fuerte y claro, para que no quedara ningún oido sin el recadito - Dejen que elija yo. La degustación es privada - concluí, con mi cara de ángel endemoniado, es decir, dulce y perversa, como me califican mis mejores amigos, cuando me pongo así.  

<<Como si fuera una mención especial y uno aceptara el premio al más desprejuiciado del año, porque el destino es que sea la rara que se acuesta con viejos en esta familia o la que al final terminó con un pibito o la que no tiene novio, o la solitaria, etc. Siempre un cartel, nunca el correcto.  Qué hermoso >> pensé, con ironía. 

domingo, 29 de enero de 2017

Literatura, cuanto menos, ficción: El suegro que no fue

Miles de veces lo he dicho: su papa y yo, nos llevamos muy bien desde que nos conocimos, casi al mismo tiempo donde lo conocí a Él.  De forma independiente a todo lo que fue pasando, en estos años, la relación siempre se ha mantenido en orden.  ¿Y cuál es el orden? El silencio, al menos, de mi parte. 

Nunca, en todos estos años, yo le he dicho algo que él, sin embargo, advirtió perfectamente en mí: quise mucho, muchísimo, a uno de sus hijos. Y su hijo, con su histórico yo si siento pero no puedo con vos, es evidente que eligió otras cosas para su vida, no queriéndome de la misma forma. Casi podría verlo,  sentado con El, recriminándole sus decisiones. Casi puedo verlo, pese a todo, sacudiendo la cabeza, disgustado, porque la eligió a Ella y no a mi, quien tenia que ser la Nuera, porque no quería que el contacto se perdiera, que yo fuera novia de otra persona, que tuviera otros suegros, que ingresara en la dinámica de otra familia. Casi puedo recordar, también, cuando me dijo, sacado, que si el estuviera en el lugar de otro hombre que siquiera fuera exactamente de mi edad, no seria tan pero tan tonto, de dejarme pasar, porque era una chica sumamente especial, no solamente linda, buena y que cocinara tortas ricas, o que escribía hasta emocionarlo, o que resplandecía con mi dulzura. 

¿Pero qué tiene que ver este hombre canoso, amigable, en una cosa que solo nos incluía en una época a su hijo y a mi?  El era una especie de Cupidillo y era, además, una de las pocas personas que apoyaba a la causa, cuando de solo pensarlo, a todo el resto de nuestros conocidos, le daba por predicar moral y honor.  Es que el, siendo todo lo contrario a su propio hijo, siempre me quiso de una forma respecto a la que no puedo mostrarme impasible. Ademas, es el único que me llama Querida, en toda esa familia, cada uno por distinta razón. 

Incluso, cuando su hijo, cuando El, lo recuerdo todavía con gratitud, presento a su novia en sociedad muy poco tiempo después de habernos peleado, y yo tuve que sentirlo en carne propia, pero además verlo con mis ojos… ¿Qué hizo su papa? Me entretuvo, me dijo cosas lindas, no dejo que me quedara sufriendo llena de vergüenza y de imágenes que me costó mucho tiempo solapar en mi mente.  A todos los demás, incluso a El mismo, le importo poco y nada esa quemazón interna, les importo poco que a mí me afectara realmente que a la persona que amaba, le hubiera ganado el deber ser, de los que todos los demás, también, contributivamente, eran parte.  Todos estábamos en una quinta y yo recuerdo que era capaz de encerrarme con cualquier de mis compañeros, ocho horas, dentro de un subte, con tal de no asistir a ese decálogo del perfecto hipócrita, del perfecto impostor, que El estaba siguiendo sin perderse detalle. Lo curioso era que su papa, su propio padre, quizá conociendo mejor los motivos de El que yo, esa tarde me acompaño a dar un paseo por allí, me contó cosas de las plantas, me dio a probar frutos, me saco conversación, me saco muchas fotos e hizo algo que agradecí mucho en ese momento: respeto mi dolor, fuera valido o no, fuera demasiado o no, fuera lo esperable o no, fuera lo justo o no, lo que me estaba pasando.  Porque con la misma soltura que le decía a su hijo que nos iba a mandar una película para que la miráramos los dos, en su casa, juntos y su hijo se ponía blanco; así, del mismo modo tan natural, ese día nublado y denso – que decanto en lluvia – puso a salvo el ultimo resquicio de dignidad que me quedaba.  Y todo ese paño de aceptación fue algo que nunca olvide,  que durante mucho tiempo le agradecí en secreto.  

En honor a ese día, considere que su papa no tenía la culpa de que su hijo fuera desprolijo, indeciso, miedoso o, simplemente, que no me quisiera. Considere, además, que no iba a ser tan tonta de alejarme de una persona que me hacía sentir bien y siempre tenía un gesto dulce conmigo porque, esencialmente, el me había ayudado a conservar la dignidad durante un día de enorme vergüenza. Mi agradecimiento, seria, conservar un trato amable hasta el último momento donde la vida nos hiciera coincidir.

Con el tiempo, sin embargo, la posición de su padre se fue aggiornando. Acepto a su nuera oficial, pese a que me dijera en más de una oportunidad que “esa” no era su nuera y que ojala yo fuera parte de su familia, cueste lo que cueste. Acepto la posición, pese a que su propio hijo nos mirara con estupefacción, porque él me dijera frente a todos que yo era la mujer casi perfecta, que el que no lo notaba era un estúpido, que quien no era capaz de advertir que se había sacado la lotería conmigo, merecía joderse. Porque si El llego a ciertos niveles de osadía, su propio padre, llego definitivamente a otros. Y fue en medio de esa misma charla en que yo le dije, para salir del paso, llena de pudor, que yo no era perfecta, que era cosas suyas. Y el, ya entre nosotros, redoblo la apuesta una vez más, confesándose: cueste lo que cueste, vos tenes que ser de la familia, querida; de solo pensar que otra familia tenga semejante baluarte, me pongo loco. En chiste, de hecho, paso por la etapa de ser Cupidillo a la etapa de cargarme con su otro hijo, que, pobre, ni me registra; con el solo objetivo de que yo esté entre los suyos; resignado a que la realidad que quizá se imaginaba, no pueda ser, con El.  

En todo esto, era permanente el condimento jocoso. Todo parecía un chiste eterno, y sin embargo, en medio de esos chistecitos, no estaba nada menos que la pura verdad. En más de una ocasión corrobore esto,  no solo con Ella – que es una cuestión donde mi opinión no aplica – sino también con la persistencia del trato, del mismo trato afectuoso, de los primeros tiempos. Porque incluso yo pensé que cuando me decía que me quería, me estaba cargando. Y sin embargo – este año serán tres de esos tiempos – yo me doy cuenta que no, que existía una cuota de verdad importante en eso que parecía joda.

Hace menos de una semana, nos escribimos. Me había saludado para mi cumpleaños, con su tan habitual querida Veinteava y yo le había respondido con cariño, con el cariño que nunca me permití meter en la misma bolsa. Después de eso, no faltan tampoco los comentarios en redes sociales ni las charlas eternisimas, cuando nos vemos personalmente. En nuestra última conversación, sin ir más lejos, volvió a insistirme con aquello de su hijo, el único que está soltero, como me dice él, dándome a entender que comprende que no es el que yo quiero, pero si lo que hay, siguiendo con ese cometido, años después, de querer que  yo no sea parte de otra familia que no sea la suya.

Cuando pasan muchos meses sin vernos y nos reencontramos, no podría explicar el cariño con el que me abraza. Si no voy a eventos donde participa, porque francamente a veces es muy incomodo para mi, el me reclama jocosamente y me dice que le gustaría mucho contar con mi presencia la próxima, que por favor, asista. Si me lo encuentro por la calle, nos quedamos charlando largamente. Si subo una foto nueva, al Facebook, no pasa un rato sin que me de like. Si no nos vemos, me dice que me extraña. Si, su papa me dice que me extraña, no El, su papa.

¿Y saben cuál sea, probablemente, el origen de tanta simpatía de su parte, de cara a su hijo (no precisamente al menor, al que le quedo soltero)? El conocimiento empírico. Porque su padre, este Suegro que no fue para mí, consolido su segundo matrimonio con una mujer que, en su momento, también le llevaba muchos años. Y aunque ya era padre de dos hijos, se separo, se aventuro a formar una familia años despues con quien era joven en ese entonces, y se jugo de pies a cabeza por un amor que, en esa época, me imagino lo polémico que habrá resultado. Su padre, a sus años, y con su oportunidad, hizo las cosas de forma diferente a su hijo (que, por cierto, no estaba casado en el momento que me conoció, no tenia hijos entonces, ni los tiene, ahora) hizo lo que su hijo no se animo o no quiso  hacer.  

O, mejor dicho, quizá fue su hijo quien se negó de manos y pies a repetir la historia de su papa, probablemente, viéndose reflejado en ellos, todo el tiempo, teniendo que guardarse muchos prejuicios que acuño, a lo largo de los años, como me dijo una vez, seguramente a causa de todo este asunto anterior. Fue por conocerlos a ambos mejor con el tiempo, que entendí el alcance de ese gran sentido del deber que El sentía, de ese gran prejuicio que tenia sobre las relaciones con diferencia de edad abultada. Y el alcance era, ni mas ni menos, que tener la misma oportunidad, casi en la misma época de su vida, que su papa. Era la culpa, no solo por mi, sino por repetir la misma historia que, quizá, haya repudiado tanto. 

 La paradoja, en efecto, es mas que completa. 

Y por eso, tantos años después, cuando aquel hombre valiente de antaño me vio a mí con su hijo, fue incapaz de impartir una crítica. Por eso, dijo todo lo que dijo, aunque El lo mirara raro cada vez que me abrazaba y hablaba conmigo y tenía una relación de nuera y suegro, mientras que a su novia oficial le dedicaba un hola y un chau. Porque fue muy feliz, y lo sigue siendo, con esa joven mujer, pensó que su hijo encontraría la felicidad al lado mío. Pero, lamentablemente, no ha sido así nada de esto. A su hijo, solo Dios sabe por que razón, le ganaron otras cosas. Y acepto, sin que me quede otra opción, que así haya sido y sigue estando totalmente al margen del trato que yo pueda tener con su papa, claro. 

Solo sé que, tres años después de aquellos días, este ultimo me sigue diciendo que soy la mujer casi perfecta, que me extraña si no me ve y que nos tendríamos que comer un rico guiso de lentejas – nuestra comida favorita en común – con un rico vinito o un buen asado o buscar alguna excusa para juntarnos.

Y, siendo honesta, hablando con la verdad, me gustaría mucho que si alguna vez tengo un Suegro Oficial, la relación se le parezca un poco, en los mejores aspectos, a la que consolide con el papa de Él. Lo mismo, el mismo anhelo corre para los primos de mi futura pareja,  para las tías,  para las sobrinas de mi futura pareja, para los amigos y empleados, incluso, de mi futura pareja.  Porque ellos también son muy generosos conmigo, aunque El y yo siquiera podamos mirarnos durante veinte segundos a la cara, por un centenar de razones mas que conocidas. 

En conclusión: otra paradoja mas. 


viernes, 27 de enero de 2017

Esencias

Mi papá me notificó: a la noche, *** viene a cenar con nosotros.  

<< ¿Qué hago? >> pensé, meditando la posibilidad de irme a comer a otro lado. Hablé con mi mejor amigo para saber sobre sus planes y en una de esas, irnos; pero me avisó que estaba estudiando. Me resigné a que mi mejor amiga, cómplice en todas, estuviera de vacaciones. Me puse a estudiar para la facultad, con la certidumbre de que iría a quedarme en casa.   La tarde pasó sin sobresaltos, hasta cerca de las siete y media, cuando tocaron el timbre.  

Era él, amigo de la familia, de mi padre, el invitado y la razón de que sopesara otros planes, alternos. 

Mi mamá fue a abrirle la puerta, mientras yo me escabullía con mis libros hacia otro lado. <<Qué difícil es escapar cuando viene a mi propia casa >> me dije, con ironía mientras juntaba unas tazas de la mesa y unos últimos papeles.  

− Hola, Veinte - me dijo y lo saludé, como atajándolo, con una mano en cada costado de su cuerpo. 
 - ¿Cómo estás? 
- ¡Me robaron! - exclamó. 
- ¿Cuándo? - me lo quedé mirando. 
- ¡Recién! 
- ¡Ay, no, qué mierda! - le dije - ¿Estás bien? 
- Me pegaron una piña, me robaron absolutamente todo... - suspiró, alterado - Los documentos, las tarjetas, papeles del trabajo, la mochila entera... - se tocó la cara, que le dolía.

Me lo quedé mirando, sin saber qué hacer. 

- Tengo que llamar a mi hermana, porque estaban las llaves de mi casa - dijo. De inmediato, mi madre y yo nos pusimos en funcionamiento. 

- Toma, mirá - le tendí mi teléfono, con el contacto de su hermana - Llamá.  
- ¿Cómo... cómo se marca en este? - me preguntó. Le marqué el número y le tendí el teléfono, haciéndole señas para que se comunicara. Estaba abombadísimo. 

- Tenés que denunciar las tarjetas - le aconsejaron mis padres. 

Raudamente se dedicó a eso, luego de cortar la llamada.

 Un rato después ingresamos a su banco virtual, para que se cerciorara de que todo estaba en orden, porque mientras denunciaba las cosas, yo le iba buscando datos útiles al respecto. Mis padres poco entienden de tecnología, así que ni lo pensé a la hora de ayudar en algo, ante una situación de esas. Al rato, por suerte, ya las cosas estaban solucionadas. Se tomó un analgésico por la paliza que sufrió y nos alegramos de que no le hubieran disparado, ya que la amenazaba había sido a punta de pistola. ¿Hasta ahí? Todo bien, dentro de la mala situación. Un sentimiento pleno y compartido de todos: el alivio porque estuviese bien y la bronca por cómo se vive. El alivio porque no le pasó nada serio y la bronca por este agradecimiento que, de poder vivir de otra manera, no sería necesario. El alivio porque estuviera con dolor de cabeza y de mandíbula, con el remito de algunas piñas aún mismo no se resistió en ningún momento, y no tendido en la calle con un tiro en la cabeza. 

Parado frente a mí, por unos segundos, lo miré. << ¿Y si le pegaban un tiro? >> me pregunté, cayendo despacio en la cuenta, pensando en esa posibilidad. << No hay que pensar en eso>> me repetí, espantando el pensamiento feo. <<Justo vino a parar acá, a casa, de nuevo >> medité, con sentimientos encontrados, un segundo después.  Porque por un lado me alegraba mucho que estuviera bien y por otro lado, me llamaba la atención que siempre, cuando algo malo le pasaba, la ayuda, su sitio de confianza y pseudo reparo, más allá de la cuestión de cercanía geográfica, fuera mi casa. 

- Me voy a hacer eso, antes que cierre - nos despedimos todos con todos. 
- Bueno, si no te veo, mantenemos al tanto - le dijo, mi papá. 
- Sí, sí, tranqui... - nos avisó - Después vengo y comemos - anunció. 

II 

Cerca de dos horas después, volvió a sonar el timbre. Yo estaba - para qué negarlo- segura de que no iba a venir, de que iba a preferir quedarse en su casa; pero evidentemente, no fue así. Cuando llegó no pude decir si estaba molesta o feliz, simplemente, estaba incómoda, necesitaba que pase de largo esta cena. Durante la velada por suerte, con el aporte de mi hermana mayor -que también habla bastante consigo-, las cosas se amenizaron. No era el monólogo de mi padre, tampoco la lata de su ex mujer, "la impiadosa", y mucho menos era yo, con mi discurso aburrido o mi timidez crónica o mi incomodidad plena. 

Un rato después de comer, empezamos a hablar de cine, "entre todos". Él es un apasionado de las películas de cualquier época y, como se sabe, cuando se habla de cine, en muchos casos, se continúa hablando sobre  literatura. Y como también es  un ávido lector de todo tipo de libros, más allá de que conoce más de cine que de corrientes literarias, yo comprendía muy de cerca su entusiasmo. Pero lo que era gracioso para todos, incluso para el mismo, era el ataque cardíaco que le daba cuando no conocíamos una película. Su rostro iba mutando en una transformación acelerada, casi hacia la cólera, y finalmente estallaba en una sonrisa y una súplica: "por favor, tenes que verla, no puede ser". Por el contrario, cuando el asunto se volvía literario, ahí la farra estaba garantizaba para mí y de inmediato se gestaba una  fuente inagotable de menciones y coincidencias y desconocimientos y criterios entrecruzados, a modo de tormenta de ideas; entre nosotros. 

Por eso, en variadas ocasiones, cuando le quería explicar algo a mi hermana, me miraba, buscando una especie de apoyo.  Con dos o tres aportes, complementos, sobre el origen de películas que nacieron a partir de libros, el asunto se equilibraba y el paralelo existente entre el cine y la literatura, además, se consolidaba. En caso de que le faltara alguna palabra, volvía a mirarme,  buscando que lo traduzca y oficie de puente y nada más bastaban una o dos palabras, para compensar ese blanco momentáneo. <<Él se refiere a esto o aquello >> me escuché decir, más de una vez para mi propia familia. <<Sabía que ibas a decir eso de Darín y Sbaraglia >> dejo caer,  en una de esas, sacudiendo la cabeza y revoleando los ojos, como si supiera que además de gustarme como actores, yo les puse el otro también en el otro sentido. 

Y es a partir de aquí donde se inaugura el primer escollo de la cuestión: yo lo traduzco porque me es fácil entenderlo; entre razones, por una cuestión generacional. Pero, y eso es lo  más incómodo de todo, lo entiendo incluso frente a lo que no le sale decirle a mi propia hermana, con quien la distancia generacional es incluso menor que la mía, porque sólo le lleva once años, mientras que conmigo tiene una diferencia de quince. Y ahí no puedo decir que sea algo generacional, sino, más bien, algo humano, esencial.

Lo siguiente que sucede es una larga conversación con mi hermana. Evaluando el vínculo veo que ella le hace una catarata de preguntas, una detrás de la otra, sin darle tregua. Él le contesta, sin darle demasiadas vueltas al asunto porque no le cuesta hablar para nada con la gente.  Por mi parte, me reconozco pésima con las preguntas y considero que por eso, quizá, buscando zanjar esta falencia, es que observo tanto a los demás. 

- ¡Pero, no entiendo! - le decía ella, al rato y nos miraba, ya que estábamos sentados uno al lado del otro, en el mismo lado de la mesa - Cual es la gracia de todo eso.. - insistió.  

Yo mire la situación, con cariño, porque a veces mi hermana es un plato, pero no le conteste. No quería hablar más, no quería hacer mas nada. Me enojaba la forma en que me sentía, me enojaba no estar en otro lado, tomando unas cervezas lejos de las miradas inquisitivas. Con o sin mi familia, con o sin él; me daba todo lo mismo, simplemente, quería dejar de sentirme incomoda.

Él me miraba, como para que lo tradujera, probablemente sin sospechar siquiera uno de todos los pensamientos que me corroían. Por eso, deje que siguieran hablando entre ellos, intentando comprender otra cosa diferente a eso: cuál era la diferencia entre cómo me trataba a mí y cómo se conducía con ella, como para que los demás pudieran pensar o elucubrar tantas cosas y para que no solo fuera mi padre con su mente podrida, sino, ahora, otra conocida de la familia y, la más reciente adepta, mi señora madre.

Y lo que saco de mi observación, es que hay algo en lo que yo puedo no estar prestando atención, pero que para los demás sea central con respecto a este muchacho y las ganas de pensar mal: mi estado civil.  ¿Qué otra justificación puede haber, si yo percibo cierta distancia en el trato con mi hermana y considero que es la que existe entre él y yo, para que me empiecen a tiras patadas, para que pongas caras malas? ¿Cómo puede ser  que de ella nadie habla, pero todos se ponen un poco raros, cuando a mi me dice algo sobre un recital, o cuando me ayuda a configurar la compu o cuando me cuenta de libros? ¿Cuál es el problema? El estado civil, porque mis dos hermanas tiene pareja hace varios años y, al parecer, eso explica algo que vaya a saber lo que es, pero en especial, reduce cabalmente el numero de estupideces, de conductas estúpidas que tiene mi mama, por ejemplo, que de solo pensarlas me dan urticaria y de la infatigable cara de perro de mi padre.


- A ver... - meditó él y me miró, para responderle a mi hermana.  
- Hay que empezar por decirle que es parte de novelas. Una saga de novelas. El argumento de ellas se comparte en la película - opiné  
- ¡Exacto! - sonrió - Muy bien, cómo apoyás la causa - nos reímos. 
- Son una serie de películas que, como la novela, están ambientadas... - empezó su explicación. 
- Pero... ¿cuál es el conflicto? ¿Luchan? ¿Por qué? - preguntó mi hermana, como si fuera algo vano el argumento. 
- Por una cuestión de territorio, de dominio.
- Si es durante la época medieval, no es algo que esté demás el enfrentamiento - atiné a decir, aunque no sabía del todo el eje, por una cuestión de tacto con los libros, de conocimiento lejano, sobre la saga. 
- ¡Tal cual! - asintió - Además, la historia tiene más componentes medievales y eso se ve en la variedad de los personajes que usa - me miró a mí y lo correspondí asintiendo con la cabeza. 
- Mitología medieval y una sumatoria de cosas más - susurré, tímidamente. Me miró y asintió, otra vez, enérgicamente. 

Era como si el radio de la charla se fuera cerrando cada vez mas y yo no pudiera hacer demasiado al respecto, porque tampoco es normal que me quede muda, cada vez mas muda, sabiendo, además, que el silencio y la indiferencia no es algo que disfrute, respecto a su persona. << Como se justifica esta actitud, si hace un par de meses atrás, cuando se sentó en esa misma silla, yo no tenía que estar pensando cada cosa que le digo o la forma en que me mira... >> medite. 

Seguimos hablando de literatura, mientras todos nos observaban, callados. Yo era consciente de esto, y no podía ni disfrutar de encontrarme con alguien a quien le interesara lo mío ni tampoco podía dejar de mirarlo a la cara, levantarme de la mesa e irme. 

- Son como tipos que se siguen, una especie de molde, desde donde parten muchas otras cosas que son condicionantes a ese clase de cine o de literatura. Reglas de género en cine, principios constructivos en literatura, tema propiamente dicho - le expliqué a mi hermana. 
- Exactamenteeee - admitó él. 
- Ah, está bien - dijo mi hermana, como si aún mismo la explicación, algo no le bastara. 

Puso cara de no entender ni la punta.

- En ese tipo de novelas, el molde que se sigue no sólo es la lucha  la noción del bien y del mal, entre tantas otras - argumentó. 
- Y todo eso tiene sentido, anclaje, desde la interpretación de la mitología, la lectura de símbolos, el análisis contextual - le expliqué a mi hermana, mientras él atendía a la charla. 

Mis viejos, callados. 

- Ah, qué intereesaaaaaante - mofó mi hermana. 

Le hice un gesto, como mandándola a vender boletines. Nos reímos todos, esta vez, aun mismo esa incomprensión de siempre que siento con mi familia, respecto a mis intereses. 

- Los libros en los que estas películas se basaron fueron... - enumeró todo correctamente - Y sí,  tiene muucho de mitología medieval. Criaturas medievales de todo tipo y color - me dijo, mientras empezábamos a hablar algo de ellas, muy por encima.  
- Claro, tal cual - lo seguí yo, mientras intempestivamente se polarizó la conversación 
- Síiiiiii, re claro, tal cuál - bromeó mi hermana, de nuevo, porque se había quedado completamente fuera de tono, y ninguno de los dos nos habíamos dado cuenta. Ni qué decir, respecto a mis padres. 

<<La próxima que se entiendan entre ellos >> pensé, luego de ese episodio, cuando me cayó la ficha y entendí cuál era el otro escollo en todo esto, el nudo central de este asunto, la fuente primera de mi incomodidad, la fuente de nuestra simpatía, que tanta gente expande o entiende mal: hay mucha afinidad. Y eso, cuando la gente lo suele ver entre un hombre y una mujer, a menudo, lo interpreta como si hubiera "onda", "atracción", "tensión sexual", "interés" y derivados. Como si por ser hombre y yo mujer, esa afinidad necesariamente tuviera que traducirse en algo diferente para adquirir un sentido completo; como si por si misma fuera difícil de entender, como si no bastara. Como si yo, por ser la única soltera de las hermanas en cuestión, tuviera que pegarme al primero que se me cruce y como si el, recientemente separado, tuviera que ver en mi cosas que no tengo, alguien que no soy.

Una vez que esa idea se me clavó en la frente, me tranquilicé, mermó la incomodidad pero sobrevino un dejo de irritación.  Porque ¿qué hay de malo, después de todo, en llevarse bien?  Yo tengo en claro qué significa, para mí, y sigo insistiendo en algo central: el no me sentó, frente a frente, y me dijo que le pasaba algo;  no me invito a salir, no me dijo que era linda o fea, no lo vi mirándome con ojos delatores. Pese a que los demás digan, hablen o nos miren calladamente, no hizo nada de eso. Y yo, hasta que no llegue el día en que lo haga, no pienso cambiar de opinión, a riesgo de que efectivamente los demás sean perceptivos y después me las tenga que ver con un cambio de opinión.  

Hubo una sola razón por la que estuve manteniendo distancia durante todo este tiempo: las apariencias, que se vieran mal las cosas. ¿A qué precio? Al precio de pasarla para la mierda, al precio de ponerme incomoda, como si realmente me pasara algo con este pibe, cuando en realidad, siempre quise prevenir los rumores, este lugar fácil en el que caen las cosas, dentro de las mentes mediocres donde, evidentemente, si no hay atracción que no haya nada entonces.

III 

¿Y qué es lo que hay? Afinidad. Lo entiendo no sólo porque compartimos vocabulario, o porque usa palabras/conceptos que muchas veces devienen de la lectura y las pone en juego en su discurso, sino porque también a nivel humano, muchas veces está hablando en mi idioma. 

Y ese idioma común es lo que me incomoda, lo que me hace pensar todo mil veces, porque nunca me había pasado que, por causa de lo que pensaran los otros, yo tuviera que alejarme de alguien con quién logré entenderme.  Eso es lo que me pone rara, porque si bien quisiera acercarme, habiendo encontrado una persona con la que me entiendo y a quien comprendo, para hablar de cualquier cosa; “no puedo, no puedo, está mal, mira si piensa que me gusta, mira si termina con el tipo, mira si corrobora su nivel de conservadurismo sexual “me dijo, con muchísima sorna en una burla interna a todos los demás.

Conforme intento comportarme de forma intachable, siento que con mi sola presencia ya hago las cosas mal. Este acercarme, sin querer muchas veces, no es por deseo, no es por atracción es por pura empatía, yo no lo estoy toreando ni mucho menos. Me sale, no tengo ninguna mala intención, puedo asegurarlo. Por eso pese a que he intentado evaluar con honestidad los dichos de los demás,  yo no creo - pero no lo creo en serio, me parece retrogrado  - que pueda a llegar a ver "algo más" en mí, pese a que piense en el tema y le dé vueltas y diga que es una posibilidad...  Porque para mí, sencillamente, no es una posibilidad lo suficientemente probable y en caso de haberlo sido durante un breve tiempo –como esboce hace unas entradas atrás - no logro sostenerlo, me parece una idiotez más grande que una cúpula de Iglesia. Es como si suscribiera a todo ese pensamiento que considero, por momentos, tan chato, tan básico y tan retrogrado, donde no hay cabida para la amistad entre el hombre y la mujer.  ¿C0mo meditar seriamente lo que me dicen cuando lo veo adentro de mi casa, hablando de su hijito hermoso, y veo que es él, no un Sultano, sino, él?  Su identidad, para mí, invalida el que pueda sentirse atraído; porque él, precisamente él, a su lado, necesita una mujer diferente, no a alguien como yo, pese a que nos llevemos muy bien. Pese a que sea moneda corriente compartir formas de ver las cosas, gustos e incluso pasatiempos como leer, mirar cine y el interés por mirar o jugar tenis. 

Y después, sumando al caldo, mis cuestiones personales en relación a todas las experiencias que he vivido, y que, en algún lado de todo esto, que no he llegado a divisar, tienen resonancia, ayudando realmente a la crispación.

¿Cómo encajan en todo esto? Muy simple. Luego de mis experiencias anteriores, comprobé que las coincidencias, la afinidad, no es lo mismo que el deseo, el amor y la atracción. Y que no porque yo me lleve bien con un tipo y el tipo se lleve bien conmigo, yo tenía que permitirme que me pasaran cosas ni tampoco permitírselo al otro. Y ahora le sumo algo a esto: no permitir que los demás me cansen con sus vaticinios variados y de todos los talles, sobre lo que ira o no a pasar, porque nadie conoce el futuro, como para atinar a acertarle tanto.  En pocas palabras este punto del asunto se resume en un "sí, todo bien, pero no". Especialmente, cuando por no llegar a tiempo una resolución con esta clase de lucidez a mi mente, en el pasado, yo lo pagué  demasiado caro, con mucho sufrimiento tiempo después, esta ignorancia. Además, y esto es lo que me duele en el fondo,  perdí toda posibilidad de conservar en mi vida, a cualquier nivel, a una persona que quería, que yo realmente quería; por no haber impedido que las cosas se fueran totalmente del carril donde, si no permanecer, por lo menos, podían ser menos dolorosas.

Desde ese día, me dije que el amor, a veces, arruina las cosas cuando esta donde no debe, cuando uno de los dos piensa mal. Y no quiero ser yo la que siga arruinando las cosas, otra vez, pero esta vez, por seguirle la corriente a alguien más.  Desde hace meses, hasta ahora que la pongo en palabras y finalmente decanta, transcurre, se desliza, dándome un poco de paz; esta es la pelea.

IV 

 Antes, cuando estaba casado, todo era más fácil. Nadie pensaba mal, nadie dudaba de nada, aunque nosotros, siendo honesta, si bien compartíamos algunos gustos, no nos conocíamos tanto como personas. Hablábamos levemente de cine o de libros, por la mirada controladora de su ex-mujer y aunque ambos sabíamos que el otro no mordía, nadie se acercaba.  Producto de su separación, de su búsqueda de consuelo en mi casa, es que lo conocí un poco más, es que entiendo un poco más quién es y es la razón por la que no sólo entiendo su forma de ver la vida sino que, también, muchas veces descubro que la comparto.  Desde este compartir valores, nociones sobre la vida, entiendo que en medio del dolor sean más fuertes sus ganas de no ser igual a todos los que lastimaron... porque hace unos años, salvando totalmente las distancias, yo también  elegí esa manera de vivir. Elegí este no tomar revancha de las cosas, este esperar calladamente que el tiempo me curase, por un motivo que excedía ese problema o dolor en particular: mis valores.  A costa de esos mismos valores, muchas veces, para los demás, quedé como una pobre estúpida. A costa de esos mismos valores, muchas veces, a él, lo sienten como un real pelotudo. La razón de esta elección no fue capricho, sino, una consecuencia del saber cuál era el foco real de la lucha, incluso, dentro del dolor: ser fiel a la educación,  no hacerle al otro lo que no nos gustaría que nos hicieran en el futuro, pese a que el otro o la otra en cuestión, durante  ese presente eterno que es nuestra vida, estuviera lastimando sin pensar en nada.

Y es lo que, desde mi humilde punto de vista, yo siento que está haciendo él. Y desde ese lado también siento mucha afinidad. Como también, sé que la próxima vez que se enamore de una mujer, quizá le cueste un poco, pero la querrá desde la misma bondad, porque cuando uno hace las cosas de corazón, de buena madera, aunque lo lastiman, difícilmente pierda la esencia.  Tanto como sé que me sucederá a mí, cuando me encuentre con la persona correcta,  porque aunque me transformé mucho  con el dolor, todavía guardo la fe respecto a que, en algún lado, duerma todavía mi esencia en un frasquito que - supongo, anhelo y espero - en algún momento será destapado por las manos correctas. 

De eso, finalmente, todo esto se trata: esencias. 

V

Aunque jamás se lo diga, entiendo muchas veces donde va, el nivel en el que percibe las cosas, porque las veo de la misma forma. 

Entiendo por qué es tan importante su familia, cuando pienso en el amor que siento por la mía y lo elemental que han sido para mí, como también, han sido para él.  Entiendo cómo concibe la fidelidad, (aun habiendo tenido chances de engañar a su mujer) y la razón por la cual le fue fiel durante todo el noviazgo y el matrimonio. Entiendo cuál era  su concepción de la lealtad, y de hecho, es a una de las pocas personas a las que le creí - yo, que cada día creo menos en los hombres, especialmente de su edad - cuando me dijo, devastado, que a la mujer en doce años nunca la engañó, mientras se enteraba que lo habían engañado de acá a China, en múltiples ocasiones, con múltiples personas.  Entiendo lo que intenta expresar, cuando dice algunas cosas que devienen de otras  e incluso con vocabulario muy correcto, no porque sea remilgado, sino, porque es así como edifica lo que piensa y porque así como piensa es como, después, se comporta. 

Y justamente porque lo entiendo es que no puedo hacer más nada que eso que tan incómoda me pone hacer, es decir, apreciarlo de lejos, entenderlo de lejos y mantenerlo lejos. 

El no es cualquier persona. Es un chico que se separo hace solamente cuatro meses que quizá no sabe todavía donde está parado, que tiene una ex indescriptible y que lo quiere según como le dé el sol, según como ese día  se haya despertado. Esta triste, tiene un montón de cosas que resolver, de a poco se va encontrando con otras cosas que no conocía, con la crianza de su pequeño, con el régimen de visitas y con todo lo que, según sus propias palabras,  nunca imagino. Y no siento que tenga nada de malo que se encuentre con una charla amena, con una pizza que disfruta con nosotros o, en caso de necesitar hablar, con gente que lo escuche. Ni tampoco siento que porque hable conmigo, muchas veces, de lo que le gusta o de cómo se siente, vaya a pasar algo. Después de todo… ¿mi voluntad no cuenta? ¿O es que me va a drogar si me quiere invitar a salir?

Considero que no se puede, sinceramente, ser tan rebuscado, ante una situación así, para pensar que el pudiera contemplar otro sentido y mucho menos se puede pensar que, si me saca un tema de charla cuando viene a comer, siendo amigo de la familia, ya es algo abominable. Y sin embargo, la distancia. ¿Qué remedio? ¿Cómo hacerlo de una manera tácita, efectiva? 

Las estrategias que he considerado hasta ahora, no han funcionado. El está al margen de estas estupideces que se dan en el seno de mi hogar, está al margen de todo, inmiscuido en sus cosas; sospecho que no se da ni cuenta de lo que puede llegar a pensar una persona que tenga demasiado retorcida la cabeza. Pero los rumores se sostienen, de formas variadas y solapadas, sé que se han extendido en el seno de mi familia, incluso, en personas que antes opinaban diferente.  ¿Cómo es que mi mama, que hace meses decía que mi papa estaba loco, ahora se anima a decir, durante esta misma cena con un fuerte dejo de sorna, que a mí no sólo me gustaba el cine nacional viejo, sino, todo todo, todo lo viejo, sin olvidarse de su cara de odio, hacia la causa?  

Con ese último comentario otra cosa decanta, ya de algo estoy segura; fallo. En algo fallo, no sé en lo que es, pero entiendo que tiene que ver con nuestras esencias que se parecen y se chocan los cinco y yo fallo, fallo, mientras voy ajustando mi comportamiento al mismo tiempo que lo concibo como una renuncia implícita a mi forma de pensar.  El acercarse y el deber de alejarse, si bien no tiene nada que ver con que una persona te guste, la desees o te atraiga, en caso de que te tengas que alejar de ella (por un sinfín de motivos); es francamente mucho peor que todo lo primero.  

Porque me he alejado de gente que deseaba, de alguno que otro que me atraía, pero con el que no quería tener nada. En cambio, acá, es todo distinto... No es eso, no es la calentura a expensas del primero que se cruce, ni por asomo. ¿Qué estrategia habré de utilizar, entonces, para alejarme de una esencia compatible, de una fluidez que no es previamente convenida? 

Eso es lo que no me puedo dejar de preguntar.