domingo, 31 de enero de 2016

Cincuenta años II

Me desperté ayer a la mañana asistiendo a un día nubladísimo.

A pesar de que era el cumpleaños de mi papá, no pude evitar ponerme contenta porque estuviera casi por llover. Me encantan los días lluviosos, y en especial, cuando estamos hablando de un chaparrón y no de una tormenta de esas que ocasiona destrozos, anegamientos y mayores problemas. 

Mi regalo era escaso, a decir verdad, en términos materiales. Mi mamá le había comprado algo de parte de las dos, pero a mi manera de ver faltaba un toque especial por ser que cumplió cincuenta años. Fue así que aunque esperaba poder comprarle una remera, un perfume o un vino (todas cosas que finalmente le regalaron el resto de los invitados), preferí hacerle un collage con fotos variadas y escribirle una carta. 

Una vez que terminé de hacer ambas cosas, malabares mediante, me quede tranquila de que efectivamente iba a estar el toque que, sentía, le hacía falta al cumpleaños. Me cuesta volver a hacer estas cosas, a pesar de que cuando era más chica las hacía para todos los cumpleaños en mi casa, porque no termino de saber si realmente alcanza. Y, también, porque uno no siente que sea siempre "el momento" para sentarse y escribir. 

Sin embargo, yo sentí que este cumpleaños era el momento. Así que cuando llegué a mi casa con un sobre blanco de tamaño mediano, donde estaba el collage impreso junto con la carta, me recibió mi mamá. Todos en mi familia se estaban preparando para ir al local de comida donde mi papá hacía su fiesta, de pocos, pero verdaderos invitados. 

- ¡Por favor, vení, vení! - me pidió, mientras terminaba de abrocharse la camisa que le regaló una de mis hermanas. Yo iba de camino a mi pieza a dejar todos los bártulos sin que se diera cuenta. 
- ¡Esperá! - le grité, mientras dejaba mi cartera, mi saquito finito y sólo me quedaba con el sobre en la mano - ¡Voy! 
- ¡Llamá, que vos estás al tanto de la reserva, para avisar que vamos un poco retrasados; se nos hizo tarde! - me dijo, apurado. 
- Bueno, bueno, no pasa nada. Ahora llamo por teléfono y aviso - le expliqué - Ah - retrocedí y apoyé el sobre la cama - ¡Feliz cumpleaños; acá está mi regalo, un poco casero! - le grité, mientras me escabullía en el pasillo. 

Aunque les parezca mentira, sabiendo el contenido, me daba vergüenza que lo leyera o que lo viera frente a mí. De ahí mi especulación. Por eso me adelanté para llamar por teléfono y lo dejé con una docena de palabras en la boca.  Mientras avisaba del retraso, lo veo venir a la cocina, haciéndome señas. Sin muchas mediaciones me abrazó fuerte y llegué apenas a cortar la comunicación cuando terminé con el encargo. 

- Hija... - me dijo - gracias... - dijo de nuevo, con delay. 
- ¿Te gustó? Le dejé un margen para que lo encuadres, me pareció lindo que tuvieras algo así en el cabecero, con mamá - le expliqué. 
- Sí - me dijo, tragando saliva. 
- Elegí esta foto que es re tierna - añadí, mientras le señalaba una foto suya y mía, cuando yo usaba pañales, donde está enseñándome a chocar los cinco y yo extiendo mi mano copiando la postura. 

Pero mi viejo se volvió a quedar callado. 

- Y le puse dos bonetes porque me pareció que iba a quedar bien - argumenté  y él se quedó mirándolo como abstraído.  Ante esto, ahora fuí yo la que se quedó callada y se sintió incómoda. Mi papá suele ser mucho más expresivo a la hora de recibir regalos y dudando entre decirle algo tonto o respetarlo,  lo dejé mirar el collage detenidamente.  

- Está tan lindo - me dijo, sin mirarme, abducido por la hoja gruesa con fotitos en su interior. Había una foto de cuando él era pequeño, que me mostró mi abuela hace unas semanas, y a la vez fotografié con mi celular. Había otra foto conmigo, cuando yo era muy muy chiquita y estaba en incubadora, que me está sosteniendo el brazos con ropa de hospital. Agregué una foto de mis hermanas y algunas otras más. Al lado de una le puse con fuentes de esas que tienen los programas para hacer estas cosas, un corazón. A la de los pañales le puse dos bonetes porque estábamos los dos sonrientes, justo al lado decoré con la frese: "felices cincuenta" en letras divertidas. Pasando a la foto donde estaba durmiendo en su regazo al lado de la incubadora, me quedaba un buen pedazo disponible para agregar algo...

<<¿Qué hago? ¿Lo pongo acá? >> pensé.

Y me decidí, olvidando la vergüenza que me generó de antemano. Sí, decidí que un "¡te amo, Papá" iba a hacer a la cuestión. No me es fácil, realmente, expresarle con palabras lo que lo quiero, ya con 21 años. Cuando tenía ocho o nueve era otra cosa, pero con los años he entendido el significado de los sentimientos y tengo cuidado en emplear expresiones como "te amo", "te quiero" ó "sos importante para mí". Cada vez que hago uso de alguna de todas ellas, lo hago sabiendo lo que representan y sabiendo que es realmente así como me siento.

Y aunque mi papá tiene receptividad hacia mí, no me era ni es fácil decírselo. No obstante, también sé que por momentos me mira con nostalgia de la niña que ya no soy, por otros momentos me mira con incredulidad por las reacciones que tengo donde me encuentra crecida y en otras instancias me mira con paciencia, aceptando personas a mi lado que nadie aceptó y aceptando formas de ver el mundo que mi madre no comprende del todo o donde difiero de mis dos hermanas mayores. Es que su apoyo fue inestimable durante momentos difíciles, cuando pensé que me iban a recibir todos con reproches, problemas, planteos morales y demás puntos. Y aunque creo que pocos llegarán a entender el sentido serio que para mí conlleva lo siguiente, yo pensé que iba a perder la relación buena desde siempre con mi papá, pensé que esta vez no iba a ser apoyada, pensé que iba a ir a buscarlo a Él y lo iba a acusar de todo, menos de lindo. Y también me iba a colgar a mí. Francamente, estaba segura de que no me iba a entender, que quizá me iba a juzgar mucho en su tosquedad, que me iba a hacer la vida imposible hasta que dejara de ver a ese tipo, que me llevaba muchos años. Todo esto era una de las cosas que más me intranquilizaba en ese entonces y que me angustiaba. Yo nunca había tenido ocasión de llegar a un punto donde llegara a mi casa traída por alguien más, mucho menos, por alguien que no era jovencito como yo...  En ese momento me dí cuenta que me preocupaba perder la relación trabajada durante tantos años, no por sus privilegios de ser la consentida, sino por todo aquello que es profundamente valorado por mí e intangible a la vez. Sin embargo, a la vez, sabía que debía de terminar por aceptar mis elecciones, porque la vida era así y porque debía tenerme confianza. Simplemente quería muchísimo a una persona, y como tal cosa, no estaba dispuesta a esconderme, a mentir o a falsear. Quería compartir, aunque parezca increíble, esa felicidad con mi papá, después de que durante tantos años lo único que hubiéramos compartido haya sido las ansias para que yo tuviera una vida feliz, una vida normal, una vida con salud.

A medida que fuí recordando específicamente esto, sentí todavía más que ameritaba decirle lo importante que fue y que es para mí. Como padre sé que debe ser raro, porque no todos los días tu hija menor, la preferida, la consentida (que, como me decía Él  todos tratan como una princesa) baje de un auto con una persona mucho más grande, en algo así como amigos muy cercanos, notándose a dos metros que estaba siendo embrujada por un tipo de camisa azul oscuro que le estrechaba la mano tragando saliva. Me bastó recordar esa secuencia, y la forma en que me había elogiado frente a Él y la forma en que lo había aceptado, a pesar de todo, que la timidez la dejé de lado.

En el momento donde pensé que iba a perder la relación con mi padre, como ya se había resentido con mi madre o complicado un poco en la negación de los hechos, de parte de mis hermanas; yo me dí cuenta que finalmente tenía alguien que siquiera intentaba entenderme. Y también me dí cuenta que Él había sido un móvil, que era secundario en realidad, ante la magnitud del gesto. Porque yo en todo ese entrevero había encontrado una faceta nueva de mi padre: aceptación. Aceptación, precisamente.

Mientras, en el presente, mi viejo miraba su regalo, asimismo, pensé en esa aceptación preciada y me alegré que luciera la frase en grande, porque merecía verla y poder releerla cuantas veces quisiera. Me había hecho un regalo, mucho tiempo antes, de valor incalculable para mí: me había aceptado, en lo doloroso que a veces se presenta ser distinto, siquiera y por empezar, a tus dos hermanas; y, no me da miedo decirlo ahora,  yo había pasado toda mi vida sufriendo por sentirme diferente.

Por todo eso, supe que merecía la demostración de afecto más linda que pudiera darle, como persona y como hija. Respiré y me aclaré la voz cuando le dije:

- En el sobre hay una carta también. No la leas ahora, léela después que no me gusta que la leas en mi cara - dije, pero él nada.

<<Papáaaaaaaaaaa, decime algo >> pensé. 

Fue ahí cuando ví que se había puesto a llorar y se le estaban por escapar unos cuantos lagrimones.  Sí, efectivamente, lo hice llorar... Y no sabía qué decirle ni qué hacer. 

- Vos hacés de una roca un pedazo de carne, viejo - me dijo, limpiandose la cara, con un nudo en la garganta.
- Ay, no exageres... - sonreí - ¡Parece que te gustó, eh! - lo cargué un poco, pobre.

Cuando llegó del festejo se puso a leer mi carta. Esta vez, por suerte, no se puso a llorar de nuevo pero sí se mostró agradecido por todo.  Timidez galopante por medio, me alegré mucho de poder haber expresado mis sentimientos de una formal tal que hayan sido comprendidos. 

De todos modos, hasta el año que viene, donde cumple cincuenta años mi mamá, no hago más cartas ni ningún collage, que después no sé donde meterme... 

viernes, 29 de enero de 2016

Cincuenta años

Papá: 

Hoy cumplís cincuenta años. Debe hacer unos cuantos que no te escribo, en el intento de ejercitar la expresión de sentimientos en el día a día o por medio de gestos que lo reflejen. Demás está decir, aunque lo digo, lo importante que sos para mi. Sí, me estoy poniendo cursi y en el intento de zanjar esto, se me pueden llegar a ocurrir dos o tres chistes que busquen salir del foco. Pero esta vez no quiero salirme del foco, y vuelvo a insistir en que sos muy importante para mí. Además, te quiero mucho, mucho, mucho y también te agradezco mucho, mucho, mucho. Quizá son las cosas que se dicen cuando uno cumple cincuenta años, pero vos bien sabés el sentido que para mi tienen el cariño y el agradecimiento. Por eso, te quiero y te agradezco. Te agradezco incluso todo lo que hemos ido pasando de bueno y de malo; todo cuanto me has ido enseñando, a medida que fui creciendo, lo cual se almacenó (y almacena) en un baúl como guía para ser una persona mejor. 

Gracias por enseñarme el sentido de las cosas, lo realmente importante. Gracias por dejarme elegir, a pesar de los millones de miedos que (no te creas que no lo entiendo) tenés como padre. Gracias por permitirme crecer, buscar, equivocarme y salir a flote en todas las situaciones.  Gracias por sostenerme cuando las cosas se ponen feas y acompañarme cuando las cosas son lindas. Gracias por dejarme valores, por ayudarme a tener otras oportunidades, por cambiar, todos los días un poco más, mi historia, mi juventud, la orientación de mis dudas, la actitud con la que me enfrento a las cosas. Gracias por ser un padre que pone cara de padre, que se queja, que se acuerda del shampoo que uso o que festeja con pizza si apruebo un parcial más. Gracias por aprender nombres de autores literarios, gracias por los consejos y gracias por la paciencia. Gracias por intentar cometer todos los días más aciertos y menos errores. Gracias por intentar vivir en paz, contra todo pronóstico. Gracias por sacrificarte siempre para que tenga todo lo que me hace falta, todo lo que se me antoja o todo lo que mamá te dice que me gusta, sin que yo me entere.Vos dirás que eso hacen todos los padres con sus hijos, pero como yo sé que no siempre es así, te lo agradezco el doble. 

Deseo que tu vida sea una vida muy feliz, y de acá en adelante, todavía más. Deseo que vivas muchos años  para cosechar la siembra de  sacrificios y renunciamientos, para aprender (sí, te lo debés) lo importante que es disfrutar de los pequeños momentos, del afuera, del aire libre, de unos buenos mates, de las plantas... De todo aquello que has venido posponiendo desde siempre.  Deseo que puedas ver crecer a tus nietos, envejecer con dignidad, gritarme fuerte el día en que me reciba y, sin faltar a la verdad... ¡también deseo que me lleves a Cartagena el día que te vas a un all inclusive!

Resumiendo, ya que tengo un padre retro, voy a recaer en lugares comunes: ¡feliz cumple, feliz cumple y más feliz cumple para vos!

sábado, 23 de enero de 2016

Doble fondo de un cajón

Voy reconstruyendo recuerdos del secundario a medida que miro las fotos. Reconstruyendo digo, porque hay cosas que me acuerdo de una manera completamente distinta a lo que muestran las fotos en las que salgo, donde hay un sinfín de momentos que he olvidado. Me veo y, lo noto, sin necesidad de una mirada profunda: yo no era feliz. 

Elegir olvidar fue una alternativa contra el malestar que sentí en la primaria, donde todo fue bordeado con dibujos, fantasías momentáneas y libros. Descubrí que, gracias a los libros, yo podía mitigar esa sensación de vacío que me acompañaba ya desde tan chica. Hoy la puedo identificar con suma claridad, porque cambié mucho, porque hice mucho trabajo desde mi lado para sobreponerme a las cargadas por mi apariencia física, a mis cargadas porque me llevaba mejor con los adultos que con ellos, a mis cargadas porque me fuera bien y me ocupara de hacer las cosas que mandaban. Sí, lo asumo, para mí el colegio consistía en una tortura que, comprendí,tempranamente, más corta iba a ser en tanto yo más me comprometiera con el. Sin contar, además, la cantidad de actividades que hacía por fuera del horario escolar, recetadas por el médico. Hoy me digo que no tenía tiempo para recordar en medio de una realidad de la cual me escapaba por todos y cada uno de los medios. 

La secundaria fue distinta en ese aspecto, porque los puntos de fuga eran otros, pero no eran pocos ni dentro ni fuera del colegio. Quizá empezaron a sanarme de a poco.  Mi amor por la literatura se potenció hasta la medida de lo increíble, ahí encontré mi vocación, y fortalecí ese llamado a tal punto que, desde los quince a los diecisiete años, fue mi sostén absoluto. Al colegio me llevaba libros, poemarios o revistas, escuchaba música sin que me vieran, porque no lo permitían. A veces, cuando no podía evitar sentirme angustiada por ser distinta, hablaba e intentaba ser como el resto era, pero no había caso. Leía en cualquier momento que me quedara libre y eso, claro, me distanciaba aun más del resto de mis compañeros aunque el rechazo me dolía menos o lo disimulaba mejor, ya no sé.  Tenía, por suerte, algunos amigos con los que podía ser algo un poco parecido a quien era siempre, en realidad. Tenía a mi mejor amigo de toda la vida que irrumpió casi cuando estaba cursando la mitad del anteúltimo año, con infinidad de problemas a causa de un accidente muy reciente, con lo cual, nos contuvimos. Él, a diferencia de mí, es totalmente sociable y se ganó el corazón de todos aún mismo en una etapa de dificultad grande para él. Eso me facilitaba las cosas, porque él no dejaba que sufriera tanto las horas que tenía que pasar ahí. Yo me entretenía haciendo dibujos, tenía una serie de cuadernos donde pintaba garabatos, escribía mucho y anotaba cosas. Ésa actividad constituía mi disfrute en las horas donde no tenía Literatura, Historia o Metodología como materia y todo se volvía asquerosamente lento, denso y controlado. 

En el último año, quizá por la necesidad de terminar ya con ese malestar, me costaba mucho ir al colegio. Tenía contadas faltas a disposición, corriendo el riesgo de quedarme libre, no porque no me gustara aprender... sino porque no me gustaba estar encerrada tanto tiempo en un mismo lugar, con personas con las cuales no me entendía, con gente que sólo me pedía cosas, con profesores que no ponían empeño en hacer las cosas de manera práctica y con un catequista que decía <<Jesús>> de una manera extrañamente exagerada, y lo digo a pesar de ser creyente. Yo seguía con la misma estrategia de siempre, aunque no me diera cuenta en ese momento: leía, me interesaba en los estudios con ahínco y hacía todo lo que estuviera en mi para terminar pronto. Si no me llevaba ninguna materia, incluso para las que era malísima, todo terminaría en noviembre. Egresé en tiempo, forma, modo y expectativa del sistema educativo. Egresé y sentí que se me había terminado una de las etapas más largas de mi vida, que me dejaba llena de huellas profundas, muy profundas, con las cuales no tenía idea, por momentos, de cómo lidiar. 

El momento más memorable en el colegio fue cuando me hicieron pasar al frente de todo el alumnado, una mañana, después de rezar la oración. La novedad era que había ganado el primer premio en un concurso literario en el que mi profesora de literatura/fuente de admiración (y ahora compañera de actividades literarias) me había alentado a participar. Cuando lo anunciaron se le llenaron los ojos de lagrimas y yo incrédula, subí a recibir mi premio después de abrazarla y decir <<soy yo >> como si no fuera posible. La literatura era siempre mi salvación, mi cura y mi consuelo, dado que está completamente minada de personajes diferentes y cada quien, tiene su propia aventura, su destino, bajo la pluma de un ser humano que lo signa. La literatura era mi amor y ese amor produjo lo que fue un recuerdo pesado de exposición pero inimaginable para mí, después de meses de leer, preparar, producir, corregir y darle pie, manos, voz a mi propio decir.  En el colegio, era todo un acontecimiento y me había empezado a saludar gente que, de verdad, jamás se había molestado en hacerlo. Yo, por mi parte, en ese momento donde pasé frente a todo el nivel secundario del turno mañana, lo único que sentí fue una fuerte carga producto de la exposición frente a un montón de personas y personajes por los cuales me había sentido juzgada, a veces, desde una mirada despectiva o desde una crítica porque me iba bien en las materias. Jamás sentí que esa utópica integración se me hubiera dado por un par de aplausos y la comprobación de que la gente se te acercaba cuando eras fuente de reconocimiento, me causó arcadas. Recuerdo con perfección, a diferencia de tantas otras cosas, cómo agaché la cabeza, me miré los zapatos y esperé que todo pasara. Aplaudiendo, también, como si fuera un acto dirigido hacia alguien más.  A mí no me importaba el reconocimiento de personas que, antes, eran incapaces de tratarme sin tanta falsedad, creyendo que porque estudiaba y no me pintaba o porque iba mal peinada y caminaba mal, yo no servía para nada. O creyendo que porque me aburriera en los boliches o me hubiera bajado del viaje de egresados (lo cual fue el principio del fin), era una amargada. Precisamente con esto quedaba expuesto que para mí, la felicidad, radicaba en otras cosas. 

Pero, volviendo al día de la noticia, todavía recuerdo la frase. <<Nunca, pero nunca, dejes de escribir >> me dijo uno de los jurados mientras me estrechaba la mano, otra me daba  un abrazo y yo pese al aplauso del teatro de ese momento y posteriormente el de la escuela; no lo podía creer. <<No, no voy a decir de hacerlo >> alcancé a decir, abrumada por la emoción. No lloré, porque estaba aletargada en observar todo y concentrada a la vez de no tropezarme con nada.  Para mí era un sueño cumplido, algo que hasta hoy es muy difícil de explicar y sin dudas algo que no olvidaré nunca. Fue tan fuerte que me sacaran de mi caparazón y me dieran algo distinto a todo lo que había recibido... y en ese teatro, definitivamente, tuvo lugar uno de los mejores momentos de mi vida y no lo olvidaré incluso sabiendo que, esta misma vida, quizá pueda hacerme otros sueños realidad con trabajo, dedicación y esfuerzo. 

Años de no destacar en nada, de intentar encajar donde no iba, de dejar que me tomen como la tonta cuando me daba cuenta perfectamente de todo el funcionamiento de los grupos, las críticas, la gente; y sólo lo evadía porque sino sentía que me iba a morir de angustia. Años de cargadas, de burlas, de compañeras que se fijaban en las uñas o en el color de pelo, que no me invitaban a las fiestas, que se pensaban que porque yo algunos días falseara sonrisas realmente tenía la vida perfecta. Años donde me sentía profundamente sola y no me animaba a reconocerlo, porque ¿qué iba a hacer? ¿Cómo le iba a explicar a todo el mundo que no era la chica feliz que todos creían que era? A mí las cosas me dolían de una manera tal que lo único que me quedaba, era aparentar. Y odiaba hacerlo, por eso sufría tanto en el colegio. Me sentía y me sabía otra, fuera de sus puertas, donde tenía algunos amigos en natación, compañeras de talleres - mucho más grandes que yo - con quien me sentía tan entendida y tan contenta que siento que me dieron las primeras pistas del camino para salvar mi adolescencia.  Salvar mi adolescencia, digo, porque si se fisuraba apenas una pequeña porción de toda esa maqueta que era yo, no podría resistirlo. Porque mi familia empezaría a entender que me dolía la vida que me tocaba, mis profesores dejarían de pensar que era una persona tranquila, obediente, inteligente y dócil. No podría resistirlo tampoco, porque no sabía vivir de otra manera. Al menos, no ahí, en esa atmósfera donde sentía que no podía elegir nada por mi misma.  

Años... exactamente cuatro, donde no me hace falta verme en fotos para saber que soy otra. Cuatro años de trabajo duro, de cambios, de elecciones en la libertad que necesitaba. Mucho tiempo de terapia que ahora está en el pasado, con charlas duras, momentos de abrir heridas y embancarse en lo que suceda,llantos, preguntas, intentos de saber por qué.  Cuatro años después, donde esta otra que soy habla de aceptar, de sanar, de mejorar, de encontrar cosas buenas, de ser quien soy siempre y bajo toda circunstancia. 

No puedo precisar a nivel concreto lo que simbolizó para mí poder haber cambiado la historia. Siento que estos años han sido, en mayor o menor medida, el comienzo de una etapa nueva en mi vida de una manera mucho más literal de lo que aparenta. Sentí que todo un cúmulo de sensaciones, pesadillas e injusticias se había terminado, por fin. Finalmente, me tenía que disponer a escribir capítulos nuevos. 

Fue por eso que hace unos días, en medio de uno de esos momentos donde todo parece volver a comenzar, me tomé unos momentos de soledad.  Sin embargo en la dificultad también encontré la revalidación que esperaba: el coraje está ahí y la fe también, para ayudarme a calmar el miedo y la incertidumbre en los momentos que más lo necesitaba. 

Definitivamente soy otra y me alegro no saben cuanto de que así sea. 

jueves, 21 de enero de 2016

¡Minuto!

Sólo paso a agradecerles todos los buenos deseos de la entrada anterior. Tuvieron su efecto y junto con los analgésicos, las cremas, el reposo y otras cosas, puedo decir que ya me siento mucho mejor. 

¡Gracias, de corazón, por sus palabras! 

¡Volveré a escribir pronto! 

lunes, 18 de enero de 2016

La esperanza del otro lado

No llores, me digo mientras intento recordar palabras claves en estas instancias. Siento miedo y es un miedo dificil de eexplicar, dado que no es algo nuevo pero no es algo que se pueda superar con un remedio. 

Me miro la pierna izquierda y me late con fuerza, asi que respiro hondo y trago saliva. No tengas miedo, me digo. Y acto seguido espero que se pasen las puntadas fuertes a la altura de la rodilla, donde las rótulas se me corren de lugar, y me hacen doler mucho. Supongo que seguramente se me trabó la rodilla y hago una serie de movimientos que me ayudan. Pero el dolor sigue, con las horas aumenta y opto por ponerme una crema que me hace muy bien siempre que tengo dolores, aunque en realidad rara vez son tan fuertes. 
Es como si no hubiera aplicado nada, porque a las dos horas no aguanto mas la latencia, las puntadas y esa especie de corazon delator que son mis piernas, sobre el colchón mullido. 

Suspiro y un momento despues respiro hondo, aplazando este miedo que es habil para angustiarme como poquísimos motivos lo hacen. No hay de que asustarse me digo con paciencia y rebusco en el cajón de la ropa interior hasta dar con el elemento en cuestion que sirve para inmovilizar la pierna afin de desinflmar y estatizar la zona. 

Reprimo la sensación de soledad y desprotección que me generan estas cosas. También reprimo la aparente certeza de que soy objeto fallado de este mundo. Respiro una vez más, acomodando el accesorio ortopédico para que cumpla la función. Me recuerda a cuando a los cuatro años dormia con botas de plástico duro, abiertas adelante, todas las noches. Siento esa sensación propia de lo inexorable y miro mis piernas delgadas con las uñas pintadas de los pies. Suspiro y busco un analgésico en la quietud de la madrugada a pesar de que odio tomar pastillas. Los ojos se me llenan de lagrimas (como ahora) y me consuela saber que soy mas fuerte, que antes tenía cuatro años y ahora tengo veintiuno. 

Que puedo con esto, que siempre pude con menos de lo que tengo ahora: fe. Me digo que pude, que puedo y que voy a poder, como siempre que avance sobre los miedos. Me digo que no tengo que llorar por esto, porque tengo en mis manos la capacidad para alarmar a toda mi familia o mitigar sus preocupaciones, respecto a estos temas. Me digo que me tengo que quedar tranquila, que mañana posiblemente me sienta mejor y que quizá el dia de mañana este dolor me asalta en otro contexto o al lado de otra persona que me saque una sonrisa. Me sigo repitiendo palabras de consuelo. 

Supongo que a esto se refiere la gente cuando habla de fe: la capacidad de enfrentarse a los miedos y dolores profundos, creyendo pese a todo que las cosas iran a mejor. 

Dicho esto, pese a que nunca lo hago, les pido un único favor: si tienen un credo en particular o si creen en otras cosas ( sin distinción) les pido que me manden sus mejores deseos, mediante la oracion, la meditación, el enceder una vela o un sahumerio; lo que ustedes consideren. Últimamente tengo a un familiar medianamente cercano con problemas de salud y estos fuertes dolores no son algo de lo que queria ocuparme. Por eso les pido esto y sepan que todos los buenos deseos serán muy bien recibidos.

¡Qué sea un buen lunes para todos! 

sábado, 16 de enero de 2016

Sobre el tango

Últimamente me cuesta dormir. Hace años me sucede que ya no me duermo con la facilidad de un niño, pero tengo épocas de mejor sueño que otras.

En este insomnio me sucede algo quizá un poco atemporal para el caso: me dan ganas de escuchar tango para que me ayude a dormir. Y eso hago, dado que encontré una emisora divina para la ocasión.

Mis pies repiquetean los vaivenes de la melodía en la oscuridad. Me entero de la existencia de orquestas, artistas e intérpretes geniales. Si, el tango tiene un encanto marcado a mi manera de ver... Las letras son extremadamente sentidas y son lo que mas me conmueve. La melodía aunque muchos dicen que es triste, a mi me gusta mucho más que otras cosas. Siento que acompaña, que me acompaña...

Y tanto es asi que cuando la ansiedad nocturna me quiere dominar, yo me relajo con esa música de otra época que me hace volar...

Un dia voy a hacer un recuento de algunos tangos que me gustan. Esta emisora esta siendo muy didáctica para mí, por lo cual creo que será más pronto de lo que creo.

 

viernes, 15 de enero de 2016

Pelo amigo

Por lo general, soy bastante práctica en todo lo que remita a cuidado personal. Ahora me gusta, me ocupo y dentro de todo lo que me es posible, invierto en ello. Al menos para mi presupuesto, yo priorizo calidad en muchos productos y en otros, priorizo precio en relación a lo que te ofrecen, porque muchas veces no vale para nada la pena. 

Pero lo que sí tengo que reconocer es que, después de diez años ininterrumpidos de hacer natación, el pelo, mi pelo, quedó torturado creo que de por vida. En su momento, imaginen a una pequeña de ocho años renegando con la gorra de látex que le borraba hasta las ideas, me era difícil recordar que me tenía que poner siquiera crema para peinar antes de entrar a la pileta, porque de lo contrario a los treinta iba a nadar usando peluca.  Ya bordeando los dieciocho, el panorama era más o menos igual, salvando la cantidad de baños de crema que me hacía para mantenerlo sano, lo cual me ayudaba mucho y salvando también el detalle fundamental: mi pelo es un pelo amigo. 

Y cuando digo pelo amigo, digo pelo fiel, que soportó estoico diez años de cloro y  se conformó con un impar de baños de crema y marcas de shampoo regular, para seguir siendo una de las cosas que más valoro de mi misma, a nivel superficial. Porque más allá del maltrato, me gusta mi pelo y, al parecer, a la gente también le gusta ( a veces, a algunas muchachas, demasiado).  Nunca lo teñí, a pesar de que muchas muchas mujeres me lo ha preguntado alguna vez. La razón es que el color de mi pelo no parece natural, pero lo es. Podríamos decir que es un castaño claro, claro, claro; que no llega a ser rubio como el sol. 

éste es muy pero muy parecido 
a mi color de pelo 

La peluquera, siempre me dice que tengo un tono rubio ceniza y yo hasta no verlo en una foto, sigo creyendo que tengo el pelo castaño. Rubio ceniza me suena demasiado intricado para algo que yo defino en términos pelo claro o pelo oscuro.  

Mis dos hermanas mayores son de esas chicas que tienen ojos claros y pelaje rubio como el sol, a lo cual luego vengo yo, con mi pelo castaño, rubio ceniza, o lo que sea; acompañada de ojos marrones y cejas exactamente del mismo color que toda mi cabeza. Lo bueno de no haberme teñido nunca es que la veracidad de mis dichos se demuestra en mis cejas, que coinciden científicamente con el color de mi pelo. Pero hablar de mis hermanas es decir algo como "por ellas aprendí a cuidarme el pelo".  Luciendo dos melenas de princesas en casa tengo a los dos extremos posibles. Por un lado tengo a mi hermana mayor, con la que me siento mucho más cercana en tantas cosas, que siempre tuvo un pelo precioso y nunca se lo cuidó demasiado, atrapada en los recovecos de una extensa carrera universitaria. Por otro lado, tengo a mi hermana del medio, que también es mayor que yo, la cual se cuida el pelo como si fuera su valor fundamental. Y a través de esta última es que aprendí a cuidarme el pelo por la inevitable razón de que lo tenía todo el tiempo alborotado. 

Recuerdo que hasta los 17 años, tuve el pelo largo; descuidado, pero largo. Casi cuando estaba terminando el colegio, me lo corté corto, por encima de los hombros. Hasta ese momento mi pelo era una maraña - un poco molesta a las seis de la mañana - que tenía que conseguir organizar para no llegar tarde. No me importaba mi pelo, aunque me gustaba el color, porque para mí no iba a marcar la diferencia nada de lo que hiciera con mi aspecto. Sentía que nadie me veía, que no tenía que ocupar demasiado tiempo en mí, porque no tenía gracia ni para mi misma, ni para los demás. Además, en el colegio, tenía una compañera que estaba literalmente obsesionada con mi color de pelo - decía que quería tener hijos con mi color de pelo, y que si no era teñido, y que le encantaba; etc - a lo cual me daba otro montón de razones para raparme. Cuanto más cerca del telón de mi propia vida, en ese entonces, mucho mejor. 

Cuando empecé la facultad, no podía estar con un rodete enmarañado seis horas en la cabeza ni con la piel tan blanca como una hostia. No podía, justamente, porque algo estaba empezando a hacerme ruido en la cabeza y quería verme un poco mejor, siquiera de aspecto. Por lo menos, pensaba, eso iba a hacerme sentir contenta con algo en un universo totalmente nuevo y quizá me hacía sentir mejor de autoestima arreglarme más. Tenía que probarlo, y lo probé. En su momento sirvió bastante, pero cuando allá por 2014 atravesé un momento de malestar bastante profundo, me olvidé del pelo y de todo el resto de mi misma, cumpliendo con el aseo diario, pero sin ningún baño de crema, sin ningún maquillaje, sin nada especial. No me sentía especial ni mucho menos y supongo que volvía a pensar que no eran importantes esas cosas de verse bien para sentirse bien; etc. 

- Tenés horrible el pelo - me dijo un día mi hermana del medio, la que se lo cuida tanto, cerca de diciembre de ese año. 
- Lo tengo limpio - rebatí, siempre tan corta. 
- Pero igual... está horrible, todo seco, parado... - me dijo. Lo hace sin maldad, pero de vez en cuando se pasa de la raya. 
- Me bañé hace dos horas, no sé qué querés que haga - me fastidié, pero cuando me fui a mirar frente al espejo, al rato, descubrí que tenía razón. Toda yo se estaba descuidando y se notaba mucho en mi pelo, que pedía a gritos un baño de crema. 

Fui a mirar a mi depósito minita, como llamo al ochenta por ciento de mi ropero, y no me acuerdo ni qué tenía, pero lo cierto es que no me molesté en usar nada más que el shampoo regular que me dejaba el pelo pesado, oleoso y me hacía sentir peor con mi aspecto. Cuando pasé por la peluquería, la señorita, me recomendó éste shampoo. Una opción económica y que me resultó rentable para mejorar, para empezar a mejorar. 

Unos días después mi hermana, la misma que me veía descuidada, me regaló con motivo de Navidad, una hermosa caja de cartón decorada con un moño fucsia. Imaginen mi cara de sorpresa frente a semejante envoltorio... Me pregunté dónde estaban las obras completas de Cortázar en semejante paquetón, pero cuando abrí la caja encontré con un arsenal de productos de belleza entre los cuales estaba un shampoo del que había estado hablando con mi mamá apenas unos días antes, porque acababa de llegar al país, y era una nueva línea de la mano de Pantene. 

En ese momento, el tubo de shampoo, en su única presentación, costaba setenta pesos. Imaginen mi cara cuando lo ví, sentía que como mínimo me tenía que hacer una trenza cocida mientras me lo aplicaba. Sin embargo, todos mis anhelos de niña mimada se realizaron después de la primera lavada.  Ese shampoo valía cada centavo y eso que yo no usaba, en ese entonces, ni acondicionador. 

Después de algunas pocas posturas, toda mi familia volvía a elogiar mi pelo y también mis amigos. Yo misma me sentía sorprendida, escéptica respecto a la efectividad suprema de muchos productos, detalle que nunca excede la publicidad. A partir de ahí lo empecé a comprar y creo que lo usaría de aquí en adelante, sin lugar a dudas. 

Al día de hoy, al respecto, me quedan por decir dos cosas:

La primera: es una línea excelente como también cara. Y este dato relación a una familia tipo es negativo, pero en relación a una persona sola es sostenible. Porque así como cuesta dura, en especial, el acondicionador. 
La segunda: hace unos días me quedé sin shampoo. Fui a la perfumería más cercana y no quedaba ni uno, por lo cual, esperé, lavándome con otro shampoo que tengo para emergencias, potencialmente más normal,que no me deja el pelo como el tubo mágico, pero que tampoco es la muerte de nadie. Cuando estaba charlando con mi mamá sobre su falta, analizando que otra marca podría probar, mi papá me contó que volvió a entrar con un aumentazo. El pobre cuando me lo fue a comprar se quedó confundido frente a la góndola porque yo le había dicho que la última vez que lo había visto trepaba hacia los cien pesos, lo cual, me parecía exagerado, pero teniendo en cuenta que hoy en día cualquier shampoo está a partir de cuarenta pesos... Sin embargo me encontré con que mi capricho absoluto y mi mejor aliado, se fue de  $100 se fue a $132 y maldecí a este mundo capitalista que le roba a una las ganas de tener un pelo bello, sabiendo que debe gastar una fortuna. 

Luego recordé que me dura un montón, que antes tenía muy dañado el pelo, que me ayudó a recuperarlo... y pensé << bueno, digo, de pronto, me parece, quizá, en todo caso, total...>>. 

No sé si fue el espasmo por el aumento, pero me decidí a contarles acerca de esta parte minita de mi vida. Si mi hermana leyera este blog, comprendería que las de Letras no hablamos solo de libros, jaja. 

martes, 12 de enero de 2016

Papel borrador I

- ¿Qué onda tu noche? - dice. 
- Escritura y pelis - respondo, sin pensarlo demasiado - ¿Vos, no salís? 
- No, sigo en el departamento - contesta, en referencia a mi segunda pregunta - ¿Escritura? 
- Sí, escribo, escribo... 
- Pero... ¿sobre qué? 
- Sobre todo en general, sobre mis cosas y sobre las cosas de los otros - le expliqué. 
- ¿De mí escribiste? 

 <<Mamita querida >> me digo. 

Y ahí es donde recuerdo que, en ciertas cosas, estoy muy mal acostumbrada. 

lunes, 11 de enero de 2016

Las cosas que me pasan, cuando me pasan cosas...

"Me asusta un poco ¿sabe? 
sentirme sentimental..." 
(La tregua, Mario Benedetti)

Empezar esta entrada citando uno de mis dos libros favoritos no es casualidad. Y empezar citando precisamente lo que se lee más arriba, tampoco. No sé si a ciencia cierta sea por el paso del tiempo desde la ultima vez que me dejé llevar, me dispuse a sentirme sentimental ó porque esa última vez no ha tenido buenos resultados. Quizá sea, precisamente, entre todos los motivos, por las dos cosas que acabo de nombrar, en simultáneo. 

Si bien en estos casi dos años conocí chicos y conocí dos o tres hombres, ninguno llegó a conmoverme de una manera donde el ponerme sentimental sea la mejor posición a tomar. Me cuesta mucho entregarme, a pesar de ser joven y de estar en la edad de experimentar, dado que nunca fuí muy ordenada en tanto mandatos sociales. Tampoco es que sea una rebelde o me encante hacerme la distinta, sino todo lo contrario. Sufrí por sentir distinto a muchas chicas de mi generación y me costó muchos años aceptar que así era yo y que así eran mis sentimientos respecto al mundo en general. Porque así como sufrí por sentirme una vieja joven, también mantuve la coherencia respecto a lo que quería, pese a todas las presiones que surgen en la adolescencia, conmumente, respecto al hacer para pertenecer. 

Gracias al cielo, esa etapa quedó atrás. Sin embargo,  no puedo evitarme reconocer la cantidad de tiempo que ha pasado desde la última vez que me fijé en alguien. ¿Y por qué sale esto a la luz? Simplemente porque me olvidé lo que se siente... sentir. Sentir amor, sentir ese apego que es sano entre las gentes, sentir felicidad al lado de otro, sentirse acompañado, disfrutar del afecto y la complicidad, proyectar cosas juntos, desearse, quererse, entenderse... Me olvidé como se siente todo eso, y dudo, juro que dudo, respecto a poder volverlo a sentir con tanta claridad. Me acuerdo, siempre me acuerdo, cómo sentir rechazo, cómo sentirme inerte y hasta cómo desconfiar de todo el mundo. 

No es que esté negada a la vida, simplemente siento que una parte de mis capacidades se han escondido tan profundamente que empiezo a creer que las he perdido. Las busco, claro, pero no aparecen más que cuando... En fin, lo que cuenta es que si bien no soy una persona fácil, dado que por la edad que tengo albergo intereses diferentes, eso no quiere decir que sea una persona mala ni inconmovible. Todo lo contrario, teniendo presente que cuando algo me conmueve lo hace sin puntos medios; imaginen que a veces preferiría no sentir así, de una manera tan desinteresada y primitiva.  

Insisto, pasaron casi dos años desde que me sentí tan hasta la médula que dije e hice todo para estar al lado de Él, pese a que él tomó otras decisiones. Y al margen de esto último, internamente algo se activa cuando aparece una persona joven, con sólo tres años más que yo, y me envía una solicitud de amistad que, claramente, no es un soneto, pero que me remueve mil cosas. Miles de cosas que no supe volver a recrear en estos dos años, por nadie, más allá de que en la facultad o en mi grupo social literario no me faltaron oportunidades de charlar e intentar sincronizar con alguien. 

Reconozco que en caso de no ser él, será otro; pero también me detengo a pensar por qué me siento incómoda, por qué me es tan difícil disponerme a sentir interés real o porque pierdo el interés tan pronto. Eso es algo muy... curioso para mí. Pierdo el interés muy pronto en la mayoría de los hombres que se me acercan, dado que los siento carentes de algo que me produzca este click real que para mí tanto vale y tan necesario es.  

<<¿Y si lo conozco?>> me pregunto, mientras charlamos un poco, después de que él iniciara la conversación. <<¿Y si no encajo con su vida de joven? >> me susurra la otra voz. <<¿Y si esta vez es diferente? >> me susurra la parte imperante de mi misma, para regresar las sombras a su lugar. <<¿Y si me aburro? >> dicen ambas voces, mostrándose de acuerdo en eso. A la última pregunta no le sigue una respuesta precisa y me arriesgo a decir que es si bien muy factible que pase, a este juvenil individuo está bien otorgarle el beneficio de la duda, después de 21 años de sentirme con espíritu discordante respecto a mi apariencia física. 

Puede que no sea él alguien importante para mí. De hecho, tengo la sensación de que no irá a serlo porque cumple con ciertas condiciones que atraen a muchas señoritas de mi generación o menores que no tienen tantos remilgos y en mi caso, alejan. La opulencia en los hombres es algo que me pone nerviosa, a decir verdad, porque siento que no estoy a la altura y que nunca lo estaré. Porque siento que mi vida es siempre distinta a la de ellos y porque hay muchas mujeres que están dispuestas a barrer de un plumazo a la "monja que se asusta de la opulencia". A mí me asusta  todo ese mundo de gente más o menos bien.  Soy una piba muchísimo más mundana y corriente que cualquier otra y necesito al lado una persona que tenga la sensibilidad suficiente para quedarse con eso, antes de preferirme porque me ve linda a sus ojos, casi rubia, joven o lo que fuera. Pero así también como soy una piba de lo más común, también tengo carácter, me gustan las cosas que perduran, me gustan las personas honestas y valoro mucho la concordancia entre ideología y acción en una persona. 

¿Qué atractivo es más intenso que la inteligencia? ¿Qué seduce más que alguien que sepa hablar de todo, que valore el arte, la música? ¿Hay algo más preciado que el placer que se siente al comer una rica comida con un buen orador del otro lado, que te acompañe mientras paladeás el vino? 

 Básicamente, para entregarme yo necesito este tipo de garantías que quizá muchas chicas de 21 años no pretenden y que muchos chicos de esta generación han olvidado o han reservado para su edad madura. ¿Cuál es mi garantía fundamental? Que el hombre que esté al lado mío hable en un idioma acorde, porque la inteligencia y la lucidez - no se confunda esto con intelectualismo pedante - pueden  lo que no pueden otras virtudes u otros bienes. Doy fé de ello. Mi garantía es que sepa entender cuando le platee que prefiero cenar y mirarme una buena película o un documental, antes de ir a bailar, porque en el boliche me aburro horrores. Mi garantía es que no se me ría en la cara cuando confieso que disfruto mucho el estudiar lo que estudio y por eso le dedico tiempo y no simboliza una carga, sino un placer por el que no me interesa "sacrificar mi juventud". Mi garantía es que me entienda, es que tenga la suficiente inteligencia emocional, para aceptar que me gustan otras cosas, que detesto tantas otras, pero que no por eso soy una monja temerosa de todo. 

Siempre lo digo, y no he cambiado de parecer, me quedaría con un hombre que esté dispuesto a apreciar mis valores o mis ideas, más allá de mi apariencia. Me quedaría con un hombre que no tenga miedos para arremangarse y meter mano en la vida de quienes ama. Me quedaría con un hombre que disfrute de películas, vinos y cosas tan simples como elementales a la hora de disfrutar la vida. Me quedaría con un tipo que haya leído mucho, que disfrute del arte sin dedicarse a él, que lleve adelante una conservación con frescura, que me represente un placer más que físico, por encima de todo, intelectual. 

Y no es poca cosa decir que si la vida me cruza con una persona así, tenga la edad que tenga, sea quien sea, y incluso si vive en esa opulencia que me pone tan nerviosa, yo me entregaría. Me entregaría porque uno no puede resignarse así de fácil cuando se enamora de una forma de ver el mundo y sentir la vida, cuando desea una forma de mirar, cuando se desarma ante una buena conversación o cuando la derriten con buenos modales.

jueves, 7 de enero de 2016

La niña de papá

- Pero ahora no hablemos de ella, sino en general - me dijo mi papá - No tenes que preocuparte si vuelve por que se que va a volver, ella te quería mucho. 
- Que se yo... - suspire, desanimada, porque trato de no pensar y no hablar de ella - Antes necesitaría hablar tantas cosas. Era importante para mí, y de un día para el otro... Soy una estúpida porque me sigo preocupando por gente que no da ni dos mangos por mí - se me hizo un nudo en la garganta.
- Pero tenes un freno, vos. Desde hace veinte años te conozco, con tu madre. Hemos visto como reaccionas y me parece bien que tengas un freno. Va todo bien hasta que se acabó - detalló el mecanismo como si no lo conociera.
- Es necesario, aunque muy doloroso a la misma vez - susurre, mirando para abajo. 
- Se que sos sensible pero me parece bien ver que tenes tu carácter - me dijo. 
- Me siento tan inocente... Encima esperando importarle alguna vez... - dije, con sinceridad.
- ¿Inocente, vos? Fumas abajo del agua, dejame de joder - se expresó. 

Sonreí un poco más. Nos quedamos callados. 

- Hace muchos años, creo que leí en un libro, había un pedacito que me gustaba - me dijo. Lo mire. - Decia que vos a una persona,si la queres ayudar, le podes dar una palabra, una mano o un gesto; y si aun pese a todo eso vos ves que se queda donde está, lo unico que podes hacer es soltarlo - hizo un silencio de un segundo - porque sino te lleva con ella y te terminas convirtiendo en una consecuencia de sus propias frustraciones - concluyó.

A mi los ojos se llenaron de lagrimas. Como una estatua me aguanté el impulso de llorar como una tonta por pensar en dos personas al mismo tiempo com esa especie de cita.  Por ver que despues de algunos sucesos de mi vida, muchas veces, termine siemdo una joven consecuencia de los problemas de los otros. 

Indefectiblemente le di la razón a mi viejo, y pese a que la tuviera, no me arrepentí de haber querido asi. Ni a ella, que era familia, ni a la sombra de nadie mas. Pero aun en la aceptación de ese amor, lo mejor sigue siendo soltarlos, desprenderse, dejar ir... 

" Lo que algún día tuvo comienzo..." dice una canción. 

miércoles, 6 de enero de 2016

Perlitas II

Como venía anticipando, en este año que siquiera llegó a su primera semana, me estoy mandando de las mías. Parece ser que enero me encuentra relajada porque no dejo de hacer cosas torpes, discordantes o graciosas; que no acostumbro a dejar pasar de mi fuero interno hacia el exterior. Yo les doy el nombre tan simpático de perlitas.  

La segunda, sucedió ayer martes. Siendo el cumpleaños de una de mis hermanas, mi mamá me encargó esconder todos los regalos en mi ropero. Bah, no digamos me encargó, sino más bien me obligó a almacenarlos - algunos desde hace meses - en el ropero, dejando la responsabilidad de que mi hermana no lo notara, porque aunque nos llevamos seis años, ella es sumamente ansiosa con el tema. Y esto no sucede solamente para el cumpleaños de ella, fechado en el casillero del cinco de enero, sino que viene sucediendo desde Navidad. Y con los regalos de toda la familia, pueden imaginar el lío que tenía yo respeto a correspondencia "paquete-persona", dado que entre pavadita y pavadita, yo andaba con una parte del placard como sellada al vacío. Lo más cómico de todo, es que en la parte superior de mi ropero, se hallaban inclusive hasta mis propios regalos. Y yo, que no soy curiosa porque no me gusta quitarle la emoción que ella siente haciendo este, además de ocultar los ajenos, me censuraba respecto a los propios. 

Imaginen que ante la inusitada ansiedad de la señora mamita, lo que me quedó fue aguantar estoica su insistencia de guardar sin que se note. Los díalogos eran algo así, ya desde noviembre mismo, se los juro: 

- Le voy a comprar una planchita para el pelo a tu hermana para el cumpleaños - me decía. 
- Buenísimo - murmuraba yo, estudiando para parciales y haciendo trabajos de cierre de cuatrimestre.  
- Se la voy a comprar y vos la vas a esconder. 
- Buenísimo - volvía a repetirle yo. 
- Y también para Navidad pensé en comprarle una remera, o quizá una crema de las que usa ella, o quizá las dos cosas, no sé... ¿vos que decís? - preguntaba. 
- No sé má - le respondía - Todo dependerá de la plata con la que cuentes, de lo que dispongas en ese momento, de los precios... Vos no te enloquezcas y listo - le aclaraba. 
- No, ya sé, ya lo sé... - se quedaba callada -  Pero ¿vos qué decís que quiere la planchitaaaa? 
- No tengo idea, mami - suspiraba y ella seguía trajinando, mientras se iba de mi dormitorio. 
- Ah - agregaba, volviendo, efectivamente le faltaba decirme algo: - ¡Para los Reyes también voy a comprarle algo, otra pavadita,viste! 
- Bueno, dale... Hacé lo que quieras...- asentía yo, sabiendo que no tiene remedio - No sé, mami... Me tenés loca ya. Sé los regalos de todo el mundo y tengo una ensalada de frutas en la cabeza. Primero rindo, después hablamos - sintetizaba, sonriendo, porque me da gracia en la superficie y ternura en el fondo, todo lo que hace. 

Como verán la señorita mamita es de armas tomar cuando se acercan las celebraciones donde se estila hacer y recibir obsequios. Haciendo un rápido recuento éstas son: Nochebuena, Reyes, cumpleaños de mi hermana y sólo tres días después, mi cumpleaños. En estas fechas, lo suyo asemeja a una niña con el entusiasmo que tiene. Ella, por encima de todo, ama regalar y  es insoportable un poquito intensa a la hora de planificar los regalos de toda la familia. Y aunque tiene un gusto exquisito, tal como les comenté el otro día, la previa es letal. 

Luego de Nochebuena, donde nunca terminé de saber qué fue a ciencia cierta (y cuasi dogmática), lo que puso debajo de ese árbol enardecido en luces a cada miembro de la familia; gocé de un respiro capitalista. Hasta ayer donde llegó el cumpleaños antes mencionado y ni bien se hicieron las doce dándole paso al cinco de enero, arribó a mi dormitorio - el cual comparto con mi hermana - con una emoción desprovista de sentido. Entonando las tan bochornosas estrofas del feliz cumpleaños, me exigió la aparición de los regalos. 

Ahí empezó el desastre. Imaginen lo siguiente: un pequeño dormitorio, de una casita promedio del conurbano bonaerense, de mi lado limpito, del lado de mi hermana hecho una revolución. En él, cuatro personas; padre, madre, hermana y la cumplañera. Mi vieja dándome la orden ansiada y yo haciendo las veces de bombera voluntaria para reunirme con todas las bolsas, preciosamente escondidas en pocos segundos. 

Saqué la planchita para el cabello, tal como me había pedido. Saqué también una bolsa más pequeña  de una joyería, que supuestamente se lo regalé yo, cuando siquiera asistí a dicha compra y... saqué otro regalo pequeño, que se había empeñado en hacerme guardar.  Contentas, mi madre y yo, repartimos las bolsas a mi hermana, rubia y lacia, ella, que estaba gustosa de recibir lo que quería. Miró con alegría la bolsita que venía de mi parte, con la cual mi madre me hizo quedar de veinte puntos, y miró la bolsa de la planchita de pelo, donde yo había metido sin penas ni glorias, el tercer regalo, un bronceador buenísimo con el que mi vieja le aseguraba una hermosa piel (simil culito de bebé) a su chiquita querida, dada la cercanía de sus vacaciones. 


  

-¡Ay, máaaaaaaaaaaa! - gritó mi hermana, encantada, cuando abrió el tercer regalo - ¡Me compraste para las vacaciones, qué bueno! - vociferó. 
- ¡Ay, ay! - alcanzó a decir mi mamá, y juro que mientras lo recuerdo me tiento de risa otra vez - ¡Ay, no, no; esssssssssssse era de los Reyes! - se llevó las manos a la cabeza y me miró, mientras se le descomponía la cara y abría los ojos bien grandes, y mi hermana se tentaba de la risa por la cara, y mi papá se iba de la habitación sin entender nada del cuadro, abrumado por tantas mujeres a los gritos, y yo le seguía el tren de la risa absoluta a mi hermana. 

No- podía - más - de - la - risa. Se los juro, fue tan bizarra la situación que me dolía la panza de reírme. 

- ¡Ay, perdoname, perdoname! - no me daban la lengua para disculparme por haberle arruinado los planes 
-Nonoonoonnn, está bien - me dijo, en una lengua muerta, de seguro, porque no le entendí nada. 
- ¡Ay, mami, es que me volviste loca, que terminé confundida, perdoooooon! ¡Te juro, yo pensé que era para hoy! - le expliqué, todavía tentadísima. 

Mi hermana, a todo esto, estaba igual de tentada. La cara de mi vieja era para un póster de madre infortunada. Parecía que literalmente le hubieran pinchado el globo de gas en el que se convierte al dar regalitos. 

- No pasa nada, dejá, dejá - me consolo, muy desamorada ella, mientras se iba a su dormitorio. A los dos segundos volvió, porque fue más fuerte el repasar lo sucedido. 
- No fue tan grave mami, por lo menos le gustó... - le susurré, porque no me gusta estropearle las sorpresas que prepara.  
- No pasa nada, má - le dijo mi hermana - Igualmente, los Reyes pasan mañana, ya fueeeeee - añadió. 
- Ay, pero... - mi mamá no salía a flote y yo me reía más. 

¿Cómo terminó todo el asunto? 

Mi mamá hoy fue a comprarle una pavada a mi hermana para suplir el vacío existencial y no asumiendo que sus hijas crecieron, una vez dadas las doce, buscó las ojotas dentro del mismo dormitorio y despositó un paquetito en el par de mi hermana y en mi par. Pasado esto, "La gorda" - así le digo a mi vieja, entre tantos apodos - y yo, establecimos nuevamente relaciones. 

- ¡Felices Reyes, chicas! - nos saludó y no pude evitar sonreír. 
- Gracias má - le dije, mientras mi hermana se sorprendía por recibir algo, y yo me alegraba de que lo primero que me haya dicho antes del buenos días, fuera que le había comprado una tontería para la ocasión. 

En fin... aunque a veces no entienda el entusiasmo de mi vieja, con estas perlitas, me demuestra cuánto nos quiere y cuán encima está de los detalles, a pesar de que mi hermana esté a tres de los treinta y yo a dos días de los veintiuno.  

martes, 5 de enero de 2016

Protocolo y ceremonial

La conversación surgió en el contexto habitual. Su padre y yo tenemos una relación muy afectiva, inusualmente afectiva, desde que nos conocimos - casi al mismo tiempo que lo conocí a él - la cual perdura hasta hoy. Lo bien que me cae este hombre pasó por encima del desagrado hacia su hijo y la incomprensión de muchas de sus actitudes. Su papá es una buena personal, por ende, desde el día uno me esforcé en separar las cosas, porque me pareció la postura más humana y madura que podría demostrarle a una persona que frente a todos - incluido ante Él - me elogió, defendió, alegró y hasta cuidó, sin sospecharlo, cuando me sentía tan sola después de haber dejado la universidad, pausado la carrera, cesado el vínculo con su hijo e inclusive presenciado el arribo (teniendo en cuenta todo lo que pasó en medio) de la novia de éste; una versión autorizada del amor. 

Lo  nuevo no es sentir el afecto de su padre, sino lo raro para mí fueron sus palabras. Sin poder expresarlo racionalmente me parecieron extrañas y a la vez, esperables. Nunca había insistido en nada de lo que más abajo detallaré, a excepción de una vez, con una persona. No sé si él sabe con detalles las cosas que pasaron, pero intuyo que si no lo sabe se imagina. Y a tal punto se imaginó que, solo un mes después de funesta conversación con Él, me hizo llegar a través de otros una caravana de elogios; que me ayudaron a creer que no había hecho tan mal las cosas. 
Así, llegamos al punto del presente. 

- Qué lindo que está lo que escribiste... me parece hermoso, escribís tan bien -  me abrazó y me dió un beso sonoro para felicitarme - La verdad, mientras lo leía pensaba que lo había escrito una mujer mucho pero mucho más grande que vos, es que tenés una mente adulta - admitió mientras yo lo escuchaba sin decir nada; sólo sonreía - Se lo dije a todos en casa, lo charlé con varios porque me sorprendiste mucho - argumentó. Suspiré, tragando saliva por imaginar quienes podrían llegar a ser todos teniendo en cuenta lo incómodo que debe haber sido, sabiendo que era yo el objeto de la conversación, sabiendo cuán insistente es este señor en referencia a lo que lo conmueve. 

- Y... vos sabés que yo tengo el alma un poco viejita a veces, se ve que salió así por esa razón - le respondí intentado salir del paso - Me alegra mucho que te haya gustado...  
- No, pero de verdad - insistió - Tiene mucho sentimiento, mucha intensidad, captaste la época, el clima; todo. Siempre te lo digo, pero sos una chica muy especial... - me sonrió y yo volví a agradecerle sin saber muy bien qué hacer, porque me es muy difícil dosificar un cariño genuino y perdurable como éste. 

 No lo quiero, claro está, por las cosas que me dice sino porque así pasen los meses y los meses, él nunca dejó de apreciarme, nunca dejó de hacerme sentir cerca, sin importar las decisiones de los demás.  Su padre no tiene problemas conmigo y siempre me lo dejó en claro, siempre me escuchó con generosidad, siempre destacó todo lo bueno de mí y siempre, pero siempre, me hizo sentir querida y respetada. En su momento, me contó historias, me mostró música, me recomendó libros, nos recomendaba películas; ahora me pregunta siempre por el curso de mi vida y me alienta en mis estudios.  ¿Cómo es que uno puede no querer a alguien así? 

- Sos una chica muy especial -acababa de decirme, cuando apostó un poco más - ¿Sabés? Yo quiero que seas parte de la familia, no hay que dejarte escapar siendo una chica así; buena, inteligente, con tanto talento... - explicitó - ¡Me gustaría tanto que seas mi nuera! No me importa cómo, pero yo te quiero conservar sea como sea en la familia, así que algo vamos a hacer - se rió y yo lo tomé del hombro, como para agradecer y cortar la charla a la misma vez, dado que no me salían las palabras. 
- No, pero si así estamos bien, no hace falta eso de ser familia - musité, excedida por la circunstancia dado que es una fibra sensible para mí. 
- ¡Pero yo quiero que seas mi nuera! - se afirmó y se tomó unos minutos - El menor de mis hijos es un tonto no sé por qué mi hijo - lo miré fijamente y me miró por detrás de sus lentes - ... no se ha fijado en vos, pero me gustaría que se conozcan - se mostró dulcemente indignado.  

<<Porque yo me fijé en el hermano equivocado, la tonta soy yo... >> pensé. 

- No, yo no puedo, no se puede... yo estoy muy bien así... - le dije, sin perder la dulzura, ya que no me sale otro tono con él. La sola idea de verme saliendo a tomar un café con el hermano de él, sin embargo, me generó una revolución estomacal importante. El pibe, un año menor que yo, no me registra ni porque me ponga desnuda frente a él, está completamente dedicado a sus absorbentes estudios y no le gusta leer ni un poco, con lo cual, no sabe ni lo que hago en ese lugar. Para mí, aunque si fuera un poco más normal sería lo contrario, también pasa sin penas ni glorias. 

- Ya te dije, quiero que seas mi nuera, no me importa nada, sea como sea - se rió -  *** - llamó a una compañera en común - ¿Cómo la ves siendo mi nuera? ¡Me gustaría tanto que esté con mi hijo! - expresó su satisfacción, mientras yo me quedaba de piedra a su lado al ver la cara que ponía mi compañera. 

- ¿Cuál hijo? - preguntó, sin pensarlo y se enterró justo después de hacerlo. Se lo ví en la cara y bajé la vista porque el cuadro no podía ser más incómodo. <<Tiene a uno casado desde hace años y Él está de novio... ¿qué hijo va a ser, carajo? >> pensé y ella se dió cuenta porque habrá pensado algo parecido.  

- ¿¡Cuál?! - repitió - Y... - dudó - *** es el único que está soltero, viste. No sé cómo mi hijo no se le acerca a ella - dijo. <<Tiene códigos >> pensé. 

A su padre nunca lo imaginé así, y me pareció hasta absurdo, porque en el momento donde lo de Él y yo era un secreto a voces, la suya, era una de esas autorizadas a sacar las conclusiones que sacara por el simple hecho de que eran las correctas. ¿Y qué le parecía todo a éste intento de suegro? Buenísimo, porque se ve que desde esa época se quedó con las ganas de que entrara al clan. 

Pasó un rato más, donde me escurrí ventajosamente en los brazos de otro compañero que me invitó a saludar a un señor como rebote de mi escritura. Me interceptó, cuando de mala casualidad, estaba su otra nuera, la de verdad, escuchando la conversación: 

- Mi nuera la escritora - me cargó - ¿No te habla mi hijo, no hablaron? - me dijo, en referencia al hermano de Él. Me reí un poco resignada al chiste que empezaba a tener más forma de eso e intenté a fuerza de reyes no mirar la cara de la susodicha que aprovechó para saludarme, precisamente en ese instante, después de haberme ignorado durante toda la mañana. 

<<Puta madre ¡qué mala suerte, por Dios! >> pensé, porque no contaba con que escuchara parte tan estratégica de la charla. 

- Ah, ¿qué hacés? - me dijo. 
- ¿Cómo te va? - la saludé, con una sonrisa, pensando que siempre estoy un poco al filo de la navaja, sin siquiera moverme, aunque no tengo intenciones de rifarme un quilombo ni a mitad de precio. 
- No te había visto, es que hay tanta gente- me dijo, en un tono tan falso que me estremecí, porque me dieron ganas de decirle que era rarisima su ceguera ventajosa, dado que me había pasado a dos centímetros y se había hecho la tonta, tironeando de la mano de él, como la dueña tironea del perro cuando éste está haciendo sus necesidades en el árbol equivocado. 
- Mucha gente y mucho calor, está pesadísimo, no te hagas problema - dije y me enfoqué enseguida en seguir hablando de lo que sea con el padre de Él, o bien debería decir, de los hermanos en cuestión, como una forma de mantener la educación y de ser el árbol más inofensivo de todos. 

Ella desapareció antes de que respire hondo de nuevo y me pareció extraño que, el suegro en cuestión, no la invitara a unirse a la charla como hace con todo el mundo. Me pareció extraño, además, que no le hizo chistes, no le dió pie a nada y no la trató con sincera familiaridad. Mi imagen de la familia perfecta, la relación perfecta y la mujer perfecta para él, sufrió un pequeño rasguño y no me alegré para nada, al darme cuenta que si fuera por mí todos viviríamos dentro de un cuento de hadas repleto de finales felices y amores honestos repartidos a rolete; incluida yo. Por su parte el perro, al rato, cuando no estaba la dueña a su lado, apretándole la correa, me saludó todo lo bien y normal que se puede esperar de nosotros. <<¿Cómo es que te ataste y te ataron tanto? >> me dije, sin poder evitarlo, pensando cómo antes era capaz de quedarse trabajando después de hora sin darle explicaciones a nadie, para esperarme que saliera de la facultad, cómo cuando me veían llegar a su oficina hablando de parciales él no tenía que hacer contorsionismo para decirme sólo un " hola, ¿cómo estás?"  <<Compromisos asumidos, nena>> me respondí, diez segundos después de la incógnita. 

- Nunca hablamos demasiado, la verdad, además que hay que dejarlo que elija a la chica que él quiera, que estudie, que se divierta... - le dije, para continuar la conversación. Me rodeó su madre un rato después y volvió a salir a la luz el asunto de mi escritura.  

Mientras hablaba con ellos dos, animadamente, desvié la mirada cuando me dí cuenta que de lejos Él miraba nuestra camaradería con esa sensación misteriosa y torturante que le empaña los ojos durante algunos segundos cada vez que nos cruzamos. Siempre se me queda mirando, de cerca o de lejos, sin abstenerse ni una sola vez, pero esta vez fue distinto por hablar con quienes hablaba, de la forma en que hablaba. Me lamenté al darme cuenta todo lo que debería estar pensando, dado que miró como si le afectara lo que estaba haciendo, como si le afectaba verme riendo, charlando y compartiendo, pese a todo, un lindo momento con su padre y su madre. No me miró con bronca ni con desprecio, tampoco me dedicó una mirada de asco ni mucho menos me miró como si fuera una trola o una cínica. Simplemente se quedó mirando el cuadro desde más de un metro de distancia, tengo que reconocer que con interés, casi como pensando muy serio en algo, si es que atrás de nuestro grupo no estábamos en presencia de algo más interesante, que en todo caso, yo me haya perdido. No obstante, no deja de ser su gente, su familia, sus padres; y esto sumado a todo lo compartido y trunco del pasado, entre nosotros...  quizá lo puso incómodo, como a mí. Haciendo lo correcto le corrí la mirada con culpabilidad, pensando que siempre que estoy con gente que es valiosa para él, de puta casualidad, porque me saluda la mitad de sus allegados, me mira largamente. No puedo evitar pensar que quizá tiene temor de que cuente algo del pasado y por eso me mira así o que le parece una estupidez lo que hago, digno de una adolescente.  De otra manera, no lo entiendo. 

En mi defensa imaginaria juro que, incluso en la época donde las brazas de nuestro vínculo estaban en su punto justo, yo me llevaba tan bien como ahora con algunos de sus parientes y amigos, y él nunca se mostró en desacuerdo sino que me dejaba ser sin ningún problema, porque disfrutaba de verme sociable, hablando con todos.  Su primo que vive en otros pagos me mandó, luego de verme por primera vez en su momento, la dichosa solicitud de amistad y nunca me animé a borrarlo ni a él ni a tantos otros a los que le caía bien y tenían intención de conocerme sin juzgarme o pensar que estaba intentando cazar un "viejito con plata". Lo ví hace unas semanas, de viaje por acá, y no tuvo remilgos en saludarme con un fuerte abrazo y un "bellezaaaa" que se escuchó hasta Perú. Yo tampoco lo hacía para agradar, claro está, sino porque las cosas iban dándose así y cuando los encontraba en eventos o cenas, charlábamos de lo lindo. Me apena un poco decirlo, pero no me imaginé poder caerle tan bien a sus tías, su primo, algunos de sus amigos, sus empleados, su padre, la esposa de su padre; etc. 

Pensar en todo esto, apenas con pocos segundos de anestesia mental, se ve que me sensibilizó. Y sonreí, bajándole la vista a su papá. 

- Ay, bueno - él suspiró, bromista - Sabés que yo te quiero y que quiero que estés en la familia, así que... - repitió esas frases al punto de que no me dolieron ni alteraron la expresión. Ya no había nada más por alterar. 
- Yo prefiero que sigamos así - me reí y apoyé una mano en su antebrazo - Te quiero mucho y te voy a seguir queriendo mucho aunque nunca forme parte de tu familia, porque estamos cerquita y vamos a seguir cerquita, sin que yo tenga que ser del clan - se rió por mi expresión, y me apoyó una mano en el brazo.  
- Pero por supuesto, querida, lo que pasa es que me daría rabia que pertenezcas a otro lado - se rió otra vez - Te hago un chiste con lo de mi hijo, sé que no se llevan ustedes - aclaró - Yo solamente reconozco la clase de chica que sos y si en otra vida fuera muuuucho más joven, no sería tan tonto- concluyó. 

No supe qué decirle hasta unos segundos después... 

- Dejalo así, dejalo así, yo te aseguro que no hace falta tanto protocolo y ceremonial, para que nos sigamos llevando como nos llevamos... -  lo abracé muy fuerte y me despedí de él, con una sonrisa que me costó sostener una vez desaparecí del espacio compartido. 


Todas estas escenas las tenía atragantadísimas desde hace varios días. Me hizo bien soltarlas, porque es una manera de pensarlas por lo que son, hecho que consigo a través de la escritura de este blog. 

PD: ¡Mañana les cuento la perlita número dos del año, porque no paro de mandarme de las mías!

domingo, 3 de enero de 2016

Cumplir años y otras mieles...

Este viernes es mi cumpleaños. En casa estamos organizando un festejo común con mi hermana, que cumple el martes, y eso vuelve al viernes un día de festejo mucho mejor que si yo fuera la única anfitriona. No invito a mucha gente a mis cumpleaños, más allá de que tengo conocidos en el barrio, mi grupo literario, mi grupo en la universidad y amigos que me dejo la UBA. Supongo que es porque soy muy puntillosa con la distinción amigos y conocidos. Se que quizá no es común pero si deseo que alguien venga el día de mi cumpleaños, es porque me importa compartir un día que siempre ha sido familiar e íntimo para mi, cosa que no me pasa seguido. 

Mucha de mi gente es gente grande, que se siente descolocada en una reunión de gente joven, y que no me interesaría que mis padres conozcan. No por nada, o quizá si por algo sea, pero de todas formas me sentiría incómoda intentando conciliar dos extremos de mi vida: la hija y hermana menor, la nieta menor de este lado de la familia... junto con toda esa otra verdad que se ve a través de los vínculos que construyo. Mis padres siempre se sorprenden de esto, de mi almita vieja, aunque cada vez menos. Me conocen mucho, me respetan y me tratan como si fuera su persona preferida en todo el mundo. Mis hermanas también son así y mis cuñados lo mismo. No estoy acostumbrada a que me maltraten ni a que me impongan cosas. No estoy acostumbrada a pasar inadvertida en casa ni a llegar y que nadie me hable. Si me voy a dormir a otra parte me extrañan y me escriben. La vez donde volvía sola desde Brasil, todos me fueron a buscar a Ezeiza. 

Y yo me muero de vergüenza con estas cosas. Mi familia es muy importante para mi y daría mi vida por ellos. Tengo muy marcado ese concepto de familia y soy una especie de Gabriel Rolon, donde se todo de todos y cumplo la función de paño frío cuando hay problemas. Y en cuanto a mí , los aliento a no consentirme tanto, con plenas nociones de que el mundo afuera es otra cosa. Quizá porque ya desde chica lo se, no celebro mi cumpleaños con todos quienes no sería capaz de invitar a mi mundo, ni mas ni menos; a entrar en mi casa, a estar con mi familia.

Mis papas me adelantaron el regalo, unos lentes de sol que me hacían falta y desde hace años dudaba en comprar, porque están muy caros a mi parecer. Personalmente mi mamá tiene escondido un regalo para mi que dice, va a dejarme fascinada. Confío en ella, porque tiene un gusto exquisito para hacerme regalos. Al resto de mi familia no le pedí nada. No me siento en condiciones de pedir. En Navidad recibí muchas de las cosas que me hacían falta y el resto me las iré comprando con los ahorros del año. 

Me llama la atención que nadie de mi família ni mis amigos me regala libros. Siempre la gente supone que los tengo y yo que no pido, recibo otras cosas. Es gracioso, pero no hay uno de mis pretendientes que no me haya regalado libros o discos, ahora que lo pienso. Se ve que tendré una biblioteca preciosa y unos cuantos recuerdos de todos los muchachos... 

No soy complicada con los regalos, me gusta todo, porque viene de otro que tiene buena intención y gasta en mi, sin ser necesario. Esta simpleza en aceptarlos rige para Navidad o cumpleaños. El resto del año soy horrible en la materia, porque también soy orgullosa y me encanta dar y ayudar, pero me cuesta pedir ayuda. Y me cuesta recibir de otros. Me cuesta mucho. 

Hace dos semanas tuve una discusión con mi papá por este tema. No soporta que dilate la situación de pedirle plata hasta lo imposible. Y yo ahorro todo lo que pueda para no pedir nada, de lo que me da para estudiar. Ya bastante mantenida me siento y es un tema agridulce para mi.

 Sin embargo tengo que reconocer que mi orgullo tiene que parar en lo referente a la carrera. Porque si algo tengo que analizar es que al menos estando este y otro año más sin trabajar, voy a estar cerca de graduarme y habilitada a dar clases; dado que trabajando no puedo hacer siete por año, como en 2015... Y para hacer de a dos, prefiero tragarme el orgullo y meter mas en el mismo tiempo, aunque mis padres no me hagan faltar de nada de nada de nada, y a mi me cueste un ojo de la cara pedir.

Me costo mucho entenderlo, pero fríamente es la oportunidad de tener un titulo universitario servido en bandeja siendo joven, como es una Licenciatura.

Cierta voz masculina siempre me decía que no me tenía que preocupar por nada de esto, que a mi familia le interesaba que yo estuviera bien y fuera feliz. Se ve que de afuera también se ve eso. Yo le decía que me sentía mal y el me quería conseguir un trabajo en el núcleo de su familia, a pesar de que su consejo era que le metiera muchas pilas y que dejara el trabajo para otro momento, porque valía mas que siguiera tachando materias. Confiaba en mi cabeza, yo percibí que me consideraba una chica muy inteligente,pero además intuía y sabía de primera mano, que yo amaba lo que hago con todas mis fuerzas. 

Respecto a su ofrecimiento, la idea de que me pagara el sueldo sabiendo de la aportación económica abultada que tiene para los suyos me revolvia el estómago, porque conociendolo sabía que lo iba a hacer sin que yo me enterara nunca.  Así que le dije que mejor buscaba por mi lado o me aguantaba, porque aunque lo siguiente no se lo dije, yo necesitaba separar y ganarme las cosas sola. Sin su influencia ni su dinero... Con mi cabeza, con mi voluntad, con méritos propios. 

Pensé en todo esto después de discutir con mi papa. El se siente ofendido si yo no le pido cosas y yo me siento mal cuando tengo que hacerlo. Quedamos en que ni el se ofende ni yo me pongo mal, simplemente lo vamos estudiando. A pesar de que el cree que es una cuestión de baja autoestima el no pedirle nada, yo creo que ya no tiene tanto que ver con eso. Mis padres saben que yo tuve y tengo reticencias con el tema de los merecimientos personales. Antes era terrible, aunque mejore un montón, un montón. Y si, puede que nunca deje de ser un poco así. Qué remedio.

Me pasa con todo, la verdad. No me gusta pedir cosas prestadas, aceptar regalos, invitaciones y siento que debo algo si me pagan cosas. Tampoco me gusta exigir con la comida, y me cuesta decir si tengo ganas de comer algo. Mis viejos cuando me compran algo, desde las galletitas para que me lleve a donde vaya ajena a la plata que me dan para que lleve también; hasta ropa, se ponen de mal si me fijo en el precio. Y no es que sean potentados, sino que sienten que yo mo me creo merecedora de cosas buenas. No tienen problemas en decirlo frente a vendedoras o demás empleados de comercio. Yo siempre pienso que las vendedoras sirven al capitalismo y no me conocen ni la mitad. 

Resumiendo: el viernes cumplo años, una vecina amiga de mi papá y mía, invitadisima de antemano, me dijo que me iba a hacer la torta. Mi papa me contó que solo se la hace a sus hijos y a sus nietos, a pesar de que cocina muy bien, porque es su menera de homenajearlos especialmente. Hace unas tortas hermosas, con decoraciones y detalles, como buena artista plástica que es. Me hizo sentir querida que hiciera algo así por mí. 

Ya les contaré cuando haya pasado todo. Aunque me digan que lo tengo encima, para mi sigue faltando mucho para el viernes.