Me desperté ayer a la mañana asistiendo a un día nubladísimo.
A pesar de que era el cumpleaños de mi papá, no pude evitar ponerme contenta porque estuviera casi por llover. Me encantan los días lluviosos, y en especial, cuando estamos hablando de un chaparrón y no de una tormenta de esas que ocasiona destrozos, anegamientos y mayores problemas.
A pesar de que era el cumpleaños de mi papá, no pude evitar ponerme contenta porque estuviera casi por llover. Me encantan los días lluviosos, y en especial, cuando estamos hablando de un chaparrón y no de una tormenta de esas que ocasiona destrozos, anegamientos y mayores problemas.
Mi regalo era escaso, a decir verdad, en términos materiales. Mi mamá le había comprado algo de parte de las dos, pero a mi manera de ver faltaba un toque especial por ser que cumplió cincuenta años. Fue así que aunque esperaba poder comprarle una remera, un perfume o un vino (todas cosas que finalmente le regalaron el resto de los invitados), preferí hacerle un collage con fotos variadas y escribirle una carta.
Una vez que terminé de hacer ambas cosas, malabares mediante, me quede tranquila de que efectivamente iba a estar el toque que, sentía, le hacía falta al cumpleaños. Me cuesta volver a hacer estas cosas, a pesar de que cuando era más chica las hacía para todos los cumpleaños en mi casa, porque no termino de saber si realmente alcanza. Y, también, porque uno no siente que sea siempre "el momento" para sentarse y escribir.
Sin embargo, yo sentí que este cumpleaños era el momento. Así que cuando llegué a mi casa con un sobre blanco de tamaño mediano, donde estaba el collage impreso junto con la carta, me recibió mi mamá. Todos en mi familia se estaban preparando para ir al local de comida donde mi papá hacía su fiesta, de pocos, pero verdaderos invitados.
- ¡Por favor, vení, vení! - me pidió, mientras terminaba de abrocharse la camisa que le regaló una de mis hermanas. Yo iba de camino a mi pieza a dejar todos los bártulos sin que se diera cuenta.
- ¡Esperá! - le grité, mientras dejaba mi cartera, mi saquito finito y sólo me quedaba con el sobre en la mano - ¡Voy!
- ¡Llamá, que vos estás al tanto de la reserva, para avisar que vamos un poco retrasados; se nos hizo tarde! - me dijo, apurado.
- Bueno, bueno, no pasa nada. Ahora llamo por teléfono y aviso - le expliqué - Ah - retrocedí y apoyé el sobre la cama - ¡Feliz cumpleaños; acá está mi regalo, un poco casero! - le grité, mientras me escabullía en el pasillo.
Aunque les parezca mentira, sabiendo el contenido, me daba vergüenza que lo leyera o que lo viera frente a mí. De ahí mi especulación. Por eso me adelanté para llamar por teléfono y lo dejé con una docena de palabras en la boca. Mientras avisaba del retraso, lo veo venir a la cocina, haciéndome señas. Sin muchas mediaciones me abrazó fuerte y llegué apenas a cortar la comunicación cuando terminé con el encargo.
- Hija... - me dijo - gracias... - dijo de nuevo, con delay.
- ¿Te gustó? Le dejé un margen para que lo encuadres, me pareció lindo que tuvieras algo así en el cabecero, con mamá - le expliqué.
- Sí - me dijo, tragando saliva.
- Elegí esta foto que es re tierna - añadí, mientras le señalaba una foto suya y mía, cuando yo usaba pañales, donde está enseñándome a chocar los cinco y yo extiendo mi mano copiando la postura.
Pero mi viejo se volvió a quedar callado.
- Y le puse dos bonetes porque me pareció que iba a quedar bien - argumenté y él se quedó mirándolo como abstraído. Ante esto, ahora fuí yo la que se quedó callada y se sintió incómoda. Mi papá suele ser mucho más expresivo a la hora de recibir regalos y dudando entre decirle algo tonto o respetarlo, lo dejé mirar el collage detenidamente.
- Está tan lindo - me dijo, sin mirarme, abducido por la hoja gruesa con fotitos en su interior. Había una foto de cuando él era pequeño, que me mostró mi abuela hace unas semanas, y a la vez fotografié con mi celular. Había otra foto conmigo, cuando yo era muy muy chiquita y estaba en incubadora, que me está sosteniendo el brazos con ropa de hospital. Agregué una foto de mis hermanas y algunas otras más. Al lado de una le puse con fuentes de esas que tienen los programas para hacer estas cosas, un corazón. A la de los pañales le puse dos bonetes porque estábamos los dos sonrientes, justo al lado decoré con la frese: "felices cincuenta" en letras divertidas. Pasando a la foto donde estaba durmiendo en su regazo al lado de la incubadora, me quedaba un buen pedazo disponible para agregar algo...
<<¿Qué hago? ¿Lo pongo acá? >> pensé.
Y me decidí, olvidando la vergüenza que me generó de antemano. Sí, decidí que un "¡te amo, Papá" iba a hacer a la cuestión. No me es fácil, realmente, expresarle con palabras lo que lo quiero, ya con 21 años. Cuando tenía ocho o nueve era otra cosa, pero con los años he entendido el significado de los sentimientos y tengo cuidado en emplear expresiones como "te amo", "te quiero" ó "sos importante para mí". Cada vez que hago uso de alguna de todas ellas, lo hago sabiendo lo que representan y sabiendo que es realmente así como me siento.
Y aunque mi papá tiene receptividad hacia mí, no me era ni es fácil decírselo. No obstante, también sé que por momentos me mira con nostalgia de la niña que ya no soy, por otros momentos me mira con incredulidad por las reacciones que tengo donde me encuentra crecida y en otras instancias me mira con paciencia, aceptando personas a mi lado que nadie aceptó y aceptando formas de ver el mundo que mi madre no comprende del todo o donde difiero de mis dos hermanas mayores. Es que su apoyo fue inestimable durante momentos difíciles, cuando pensé que me iban a recibir todos con reproches, problemas, planteos morales y demás puntos. Y aunque creo que pocos llegarán a entender el sentido serio que para mí conlleva lo siguiente, yo pensé que iba a perder la relación buena desde siempre con mi papá, pensé que esta vez no iba a ser apoyada, pensé que iba a ir a buscarlo a Él y lo iba a acusar de todo, menos de lindo. Y también me iba a colgar a mí. Francamente, estaba segura de que no me iba a entender, que quizá me iba a juzgar mucho en su tosquedad, que me iba a hacer la vida imposible hasta que dejara de ver a ese tipo, que me llevaba muchos años. Todo esto era una de las cosas que más me intranquilizaba en ese entonces y que me angustiaba. Yo nunca había tenido ocasión de llegar a un punto donde llegara a mi casa traída por alguien más, mucho menos, por alguien que no era jovencito como yo... En ese momento me dí cuenta que me preocupaba perder la relación trabajada durante tantos años, no por sus privilegios de ser la consentida, sino por todo aquello que es profundamente valorado por mí e intangible a la vez. Sin embargo, a la vez, sabía que debía de terminar por aceptar mis elecciones, porque la vida era así y porque debía tenerme confianza. Simplemente quería muchísimo a una persona, y como tal cosa, no estaba dispuesta a esconderme, a mentir o a falsear. Quería compartir, aunque parezca increíble, esa felicidad con mi papá, después de que durante tantos años lo único que hubiéramos compartido haya sido las ansias para que yo tuviera una vida feliz, una vida normal, una vida con salud.
A medida que fuí recordando específicamente esto, sentí todavía más que ameritaba decirle lo importante que fue y que es para mí. Como padre sé que debe ser raro, porque no todos los días tu hija menor, la preferida, la consentida (que, como me decía Él todos tratan como una princesa) baje de un auto con una persona mucho más grande, en algo así como amigos muy cercanos, notándose a dos metros que estaba siendo embrujada por un tipo de camisa azul oscuro que le estrechaba la mano tragando saliva. Me bastó recordar esa secuencia, y la forma en que me había elogiado frente a Él y la forma en que lo había aceptado, a pesar de todo, que la timidez la dejé de lado.
En el momento donde pensé que iba a perder la relación con mi padre, como ya se había resentido con mi madre o complicado un poco en la negación de los hechos, de parte de mis hermanas; yo me dí cuenta que finalmente tenía alguien que siquiera intentaba entenderme. Y también me dí cuenta que Él había sido un móvil, que era secundario en realidad, ante la magnitud del gesto. Porque yo en todo ese entrevero había encontrado una faceta nueva de mi padre: aceptación. Aceptación, precisamente.
Mientras, en el presente, mi viejo miraba su regalo, asimismo, pensé en esa aceptación preciada y me alegré que luciera la frase en grande, porque merecía verla y poder releerla cuantas veces quisiera. Me había hecho un regalo, mucho tiempo antes, de valor incalculable para mí: me había aceptado, en lo doloroso que a veces se presenta ser distinto, siquiera y por empezar, a tus dos hermanas; y, no me da miedo decirlo ahora, yo había pasado toda mi vida sufriendo por sentirme diferente.
Por todo eso, supe que merecía la demostración de afecto más linda que pudiera darle, como persona y como hija. Respiré y me aclaré la voz cuando le dije:
<<¿Qué hago? ¿Lo pongo acá? >> pensé.
Y me decidí, olvidando la vergüenza que me generó de antemano. Sí, decidí que un "¡te amo, Papá" iba a hacer a la cuestión. No me es fácil, realmente, expresarle con palabras lo que lo quiero, ya con 21 años. Cuando tenía ocho o nueve era otra cosa, pero con los años he entendido el significado de los sentimientos y tengo cuidado en emplear expresiones como "te amo", "te quiero" ó "sos importante para mí". Cada vez que hago uso de alguna de todas ellas, lo hago sabiendo lo que representan y sabiendo que es realmente así como me siento.
Y aunque mi papá tiene receptividad hacia mí, no me era ni es fácil decírselo. No obstante, también sé que por momentos me mira con nostalgia de la niña que ya no soy, por otros momentos me mira con incredulidad por las reacciones que tengo donde me encuentra crecida y en otras instancias me mira con paciencia, aceptando personas a mi lado que nadie aceptó y aceptando formas de ver el mundo que mi madre no comprende del todo o donde difiero de mis dos hermanas mayores. Es que su apoyo fue inestimable durante momentos difíciles, cuando pensé que me iban a recibir todos con reproches, problemas, planteos morales y demás puntos. Y aunque creo que pocos llegarán a entender el sentido serio que para mí conlleva lo siguiente, yo pensé que iba a perder la relación buena desde siempre con mi papá, pensé que esta vez no iba a ser apoyada, pensé que iba a ir a buscarlo a Él y lo iba a acusar de todo, menos de lindo. Y también me iba a colgar a mí. Francamente, estaba segura de que no me iba a entender, que quizá me iba a juzgar mucho en su tosquedad, que me iba a hacer la vida imposible hasta que dejara de ver a ese tipo, que me llevaba muchos años. Todo esto era una de las cosas que más me intranquilizaba en ese entonces y que me angustiaba. Yo nunca había tenido ocasión de llegar a un punto donde llegara a mi casa traída por alguien más, mucho menos, por alguien que no era jovencito como yo... En ese momento me dí cuenta que me preocupaba perder la relación trabajada durante tantos años, no por sus privilegios de ser la consentida, sino por todo aquello que es profundamente valorado por mí e intangible a la vez. Sin embargo, a la vez, sabía que debía de terminar por aceptar mis elecciones, porque la vida era así y porque debía tenerme confianza. Simplemente quería muchísimo a una persona, y como tal cosa, no estaba dispuesta a esconderme, a mentir o a falsear. Quería compartir, aunque parezca increíble, esa felicidad con mi papá, después de que durante tantos años lo único que hubiéramos compartido haya sido las ansias para que yo tuviera una vida feliz, una vida normal, una vida con salud.
A medida que fuí recordando específicamente esto, sentí todavía más que ameritaba decirle lo importante que fue y que es para mí. Como padre sé que debe ser raro, porque no todos los días tu hija menor, la preferida, la consentida (que, como me decía Él todos tratan como una princesa) baje de un auto con una persona mucho más grande, en algo así como amigos muy cercanos, notándose a dos metros que estaba siendo embrujada por un tipo de camisa azul oscuro que le estrechaba la mano tragando saliva. Me bastó recordar esa secuencia, y la forma en que me había elogiado frente a Él y la forma en que lo había aceptado, a pesar de todo, que la timidez la dejé de lado.
En el momento donde pensé que iba a perder la relación con mi padre, como ya se había resentido con mi madre o complicado un poco en la negación de los hechos, de parte de mis hermanas; yo me dí cuenta que finalmente tenía alguien que siquiera intentaba entenderme. Y también me dí cuenta que Él había sido un móvil, que era secundario en realidad, ante la magnitud del gesto. Porque yo en todo ese entrevero había encontrado una faceta nueva de mi padre: aceptación. Aceptación, precisamente.
Mientras, en el presente, mi viejo miraba su regalo, asimismo, pensé en esa aceptación preciada y me alegré que luciera la frase en grande, porque merecía verla y poder releerla cuantas veces quisiera. Me había hecho un regalo, mucho tiempo antes, de valor incalculable para mí: me había aceptado, en lo doloroso que a veces se presenta ser distinto, siquiera y por empezar, a tus dos hermanas; y, no me da miedo decirlo ahora, yo había pasado toda mi vida sufriendo por sentirme diferente.
Por todo eso, supe que merecía la demostración de afecto más linda que pudiera darle, como persona y como hija. Respiré y me aclaré la voz cuando le dije:
- En el sobre hay una carta también. No la leas ahora, léela después que no me gusta que la leas en mi cara - dije, pero él nada.
<<Papáaaaaaaaaaa, decime algo >> pensé.
<<Papáaaaaaaaaaa, decime algo >> pensé.
Fue ahí cuando ví que se había puesto a llorar y se le estaban por escapar unos cuantos lagrimones. Sí, efectivamente, lo hice llorar... Y no sabía qué decirle ni qué hacer.
- Vos hacés de una roca un pedazo de carne, viejo - me dijo, limpiandose la cara, con un nudo en la garganta.
- Ay, no exageres... - sonreí - ¡Parece que te gustó, eh! - lo cargué un poco, pobre.
- Ay, no exageres... - sonreí - ¡Parece que te gustó, eh! - lo cargué un poco, pobre.
Cuando llegó del festejo se puso a leer mi carta. Esta vez, por suerte, no se puso a llorar de nuevo pero sí se mostró agradecido por todo. Timidez galopante por medio, me alegré mucho de poder haber expresado mis sentimientos de una formal tal que hayan sido comprendidos.
De todos modos, hasta el año que viene, donde cumple cincuenta años mi mamá, no hago más cartas ni ningún collage, que después no sé donde meterme...

