Cuando nos dimos cuenta, no lo pudimos creer. Galeno se separó de su mujer en el mismo año en que yo me alejé definitivamente de Él. A los dos, por diferentes razones, la vida que llevábamos o por la que luchábamos, se nos rompió.
Mientras yo cursaba como una momia en la Universidad y no podía dormir de noche, Galeno disimulaba su tristeza y se iba volviendo a comprar muebles, auto, sábanas y platos. Mientras yo lloraba estudiando morfología, Galeno enfrentaba su tristeza leyendo Historia Argentina y pasando los fines de semana solo, en su casa, sin planes. Y así, cada uno, en un lugar remoto del país, combatía, al mismo tiempo y sin saberlo, con un acontecimiento fuerte para sus vidas.
Años después de separarse, Galeno conoció a una chica y se puso a salir. Dos años después de Él, yo creo que empecé a salir a flote emocionalmente y pude volver a intentar tener mis primeras citas con otros chicos pero nunca pude ponerme a salir - estrictamente - con nadie, porque hacerlo, me parecía demasiado para lo que podía soportar.
A principios del año pasado, Galeno terminó una relación de dos años. Yo seguía saltando de chats en chats con tipos insustanciales pero, siendo totalmente honesta, el aspecto afectivo con un hombre no me preocupaba.
Tiempo antes de conocernos por Instagram, él estaba pasando un momento donde no encontraba nada que lo hiciera sentir conectado, más allá de su vínculo constante a través de los años con su hija y con su hermano menor. Yo también estaba harta de las mismas charlas, de las mismas estupideces, de los tipos que me querían todos para lo mismo. Él le había dicho a un amigo, compañero del fútbol de los miércoles a la noche, que se quería ir a Salta un tiempo a hacer medicina asistencial, a trabajar como médico voluntario, para conectarse consigo mismo, porque sentía que estaba rodeado de gente superficial y necesitaba un baño de humildad. Yo ya había blanqueado que, ni bien pudiera, quería viajar. No sabía dónde, pero quería viajar, algo pendiente a través de los años.
Así andábamos, él por allá y yo por acá. Cada uno, hablando con alguien diferente, que ni fu ni fa. Galeno discutiendo por política y haciendo guardias. Yo, leyendo libros a las mil velocidades para poder rendir un parcial y trabajando. Él hablando con flacas con las que "nah". Yo, hablando con tipos para pasar el rato.
Hasta que recibí su solicitud de amistad, lo acepté y dos semanas después le envié un mensaje haciéndole una pregunta de un libro. Sí, de un libro. Jamás en mi vida pensé que un libro, que Rayuela, podía traerme más de lo que ya me dió como para que tenga tatuado un dibujo alusivo en el brazo. Pero parece ser que, como una paradoja, me llevó hacia donde tenía que estar, saltando en una pierna y después en dos, entre el cielo y la tierra. De hecho, varias veces pensé que el recorrido paralelo que hicimos los dos fue como jugar un poco a la rayuela. Saltando, tirando la piedrita dentro y fuera del casillero, volviendo a empezar...
Empezamos a hablar oficialmente un siete de agosto, ésa fue la noche de la pregunta. Antes, nos habíamos dado un par de likes, habíamos intercambiado likes culturales, pero nada más. Me faltaba valor, un motivo, para volver a jugármela por alguien y, obvio, yo no veía a Galeno como un hombre. Creo, mirándolo en perspectiva, que internamente sabía que no cualquier persona iba a lograr llamarme la atención en serio, por eso, no dramatizaba. Así estaba bien, me sentía bien, y yo sentía que tener una relación no era algo para mí. Lo había asumido. Lo sentía como carne de mi carne y, después de tantas decepciones, también sentía que lo que estaba buscado en un hombre era demasiado pedir. ¿Si me iba a conformar con alguien que no me gustara, para pertenecer? No. Ése era mi límite. Antes que hacer las cosas para pertenecer, yo había encontrado la felicidad haciendo otras cosas y, realmente, no se daba mal. Para nada.
Esa noche, la del siete de agosto, cuando yo salí de la ducha noté que Galeno me había respondido el mensaje y no me sorprendí. Eran palabras en un chat. ¿Cuántas había leído palabras y a ésa altura, de cuántos? Palabras, nada más. Pasado un rato las contesté, me sequé el pelo, cené y me acosté. Final del día. Ése era mi momento favorito, el final del día, cuando podía mirar el celular un rato y desconectarme.
Estaba a segundos de apagar la luz, cuando el celular suena. Yo me dormía 22.05 pm, por esa época y, como no hablaba con nadie, ni nadie me mandaba mensajes, jamás me quedaba hasta más tarde con lo cansada que estaba por el ritmo de vida que conservaba. No sé qué me llevó a responderle ese mensaje a Galeno, creo que justamente lo ví como algo tan ajeno a lo afectivo, tan aséptico y cultural, que lo contesté. Y esa vez, él me contestó en el momento.
- ¿*** es tu nombre real? - me preguntó - ¿Te llamás así?
- Sí, me llamo así - le dije - sé que es medio raro, pero me llamo así... - aclaré.
- No, no es raro. Es mitológico - dijo.
Sonreí, todavía lo recuerdo, alegre de que una persona comprendiera más o menos la procedencia de mi nombre. Le mencioné la raíz, algo de la historia del mismo y me respondió al a altura de las circunstancias. Me preguntó cómo conocía esa historia y le conté que me gustaba leer. Me dijo que a él también le gustaba mucho leer Historia, Filosofía y narrativa. Enarqué una ceja, sorprendida, y empezando a dudar si no era alguien del gremio de la Literatura. Le pregunté qué tipo de autores que se ocupan de la narrativa le gustaban. Me respondió con casi todos mis autores favoritos y, eso sí, no figuraba en ninguna foto de Instagram. Me quedé helada y, siendo honesta, le expliqué la cantidad de coincidencias que había. "¿En serio?", me preguntó. "Sí, en serio... No lo puedo creer, qué loco que alguien lea tan parecido a uno ¿no?", le pregunté. Y después nos dimos cuenta que estamos llenos, repletos, de coincidencias. Tanto, que he llegado a convencerme plenamente de que nos teníamos que encontrar en alguna vida. No por lo afectivo, solamente, sino, por lo vincular. Es lindo, al menos una vez en la vida, encontrarse con una persona que habla un idioma similar al de la propia alma.
Tiempo después, Galeno me confesó que se sentía fresco. Que había estado buscando un baño de humildad, un contacto que no fuera superficial, y hablar conmigo lo hacía sentir muy bien. Yo misma también notaba que podíamos estar charlando horas de libros, de arte, de música, de historia o "de la vida" y que la conexión no se cortaba. Pero que Galeno me dijera que le estaba pasando lo mismo con nuestras charlas, era impresionante.
Al cabo de otro bloque más de tiempo, todavía recuerdo cuando le dije a mi psicóloga, luego de explicarle lo que estaba pasando con éste hombre que yo no conocía, que hubiera deseado conocer a alguien como Galeno pero que me quedara más cerca. Me preguntó a qué me refería con la expresión: "cómo Galeno". Y le explique que con Galeno yo había llegado a ser auténtica en ese poco tiempo como con nadie había podido serlo en toda mi vida. Que toda la vida, lo único que había deseado con todo el corazón, es conocer a una sola persona con la que me entendiera consigo, aunque fuera hablando por chat, y aunque estuviera en otra provincia. Mi psico se me quedó mirando y sonrió. Yo no solía hablarle de algo así. "Ésto no tiene que ver con lo afectivo, ésto tiene que ver con mi identidad. Yo no tengo que pensar cómo ser cuando hablo con él,yo encajo. Es como si realmente nosotros ya nos conociéramos. Es una locura lo que te estoy diciendo, pero nunca estuve tan cómoda y me entendí tan fácil con nadie", admití.
Desde ese momento, todo lo que pasó después, fue un regalo.




