martes, 22 de septiembre de 2015

Corazón, cabeza y cuerpo:

Arrancar el día apabullado no suele sentar bien. Pero mi manera de arrancar el día no solo fue apabullante sino difícil. Después de una noche con uno de mis perros muy mal, con una tos infernal y con la casa a mil revoluciones, me levanté. 

Tenía examen parcial de mi materia karma en la facultad. Es una materia que me cuesta, que supere, pero que en una nueva casa de estudios no me reconocen y por ende tengo que volver a hacer. El caso no es volver hacerla del todo, sino que si el rendir un examen de esa materia se junta con una de tus mascotas muy mal, uno no quiere salir ni a la esquina por miedo de volver y encontrarse con un panorama tan triste. Sin embargo, no siempre se puede todo. Y hoy se me presentaron estas dos situaciones al mismo tiempo. 

Entré al examen sensible, nerviosa y con ganas de hacerlo. Cuando leí las consignas me subió un alivio en forma de lágrimas que contuve, claro, al ver que podía resolver las consignas. Mi perro estaba estable, y la tensión de no poder comprobar si había novedad era un cargamento pesado, pero sabía que pasara lo que pasara yo estaba ahí, sentada en el aula cuasi magna, con un examen bajo mis ojos. 

Me puse fría y decidí no perder el tiempo. Empece a escribir, activamente. Primer punto, segundo, leer el cuarto, hacer a medias el tercero... Un blanco. En el tercero venia bien pero se me hizo un blanco. Fue ahí cuando me serene y me detuve a pensar bien... Lo había estudiado, podía ver la parte gráfica en mi mente partiendo de mis resúmenes... Pero no me acordaba factores específicos. Me preguntaban eso... Yo no podía razonar como siempre. 

Miré para adelante. Miré para abajo. Miré el examen. Miré a mi profesor, el profesor joven del que hable hace unas entradas... Lo llamé. Necesitaba decidirme por unas pautas específicas que para mi tenían que ser. Hoy no estaba segura de nada y pedirle ayuda se me presentó como algo tangible a pesar de saber que rara vez un profesor te ayuda así, en la facultad.  Y yo lo sé y por eso no pido ayuda. 

- Tengo un problema - le dije, mientras le explicaba. 
- A ver... - me dio vuelta la hoja y leyó el punto. 
- Para mi influye *** 
- A ver, leo - me dijo y leyó mi parcial. 
Esto va, si, está bien. Esto no es del todo así. 
- ¿ Te acordas lo que yo expliqué la otra clase de esto? 
- Sí, me acuerdo - le dije, mirándolo de reojo mientras me miraba. Yo estaba muy mal dormida, con tos y sin maquillaje, con la pesadilla encima de mi perro mal y con la realidad de mi pichicho mal. 
- Bueno, interviene *** - me dijo, a modo de pregunta, pista, punta. Mire su camisa blanca buscando salvar mi blanco. Me acordé de todo. 
- Ay, sí - le dije, aliviada - Ya está, me acuerdo, me acuerdo - afirme y me puse a escribir. 

El se fue y arregle mi consigna con mayor claridad y los conocimientos frescos. Pude detallar lo que necesitaba. 

Al rarito, cuando ya casi terminaba, siento que pasa a mi lado. Apoya tentativamente su mano en la punta de la mesa, cerca de mi brazo. Lo percibo. 

- ¿ Y? - me pregunta. Levanto la cabeza y lo miro, asombrada de su amabilidad - ¿ Todo bien? 
- Si, muy bien.
- ¿ Te acordaste de lo que hacía falta? 
- Sí, pude. Muchas gracias - le dije con discreción. 

Una vez que terminé el examen saqué mi documento y me acerqué al frente. Se acercó a recibir mi examen, le mostré el documento. Lo miro y sonrió. 

- Gracias - dijo. 
- Gracias a vos - susurre. 

Salí de la instancia, respirando hondo. El resto, solo Dios sabe. La incertidumbre persiste pero bien se sabe que la única parte dolorosa de tener un perro, una mascota, es cuando inevitablemente tememos que decirle adiós. Y esa parte es la que se, sobreviene. Aunque para mi sea siempre un hasta luego. 

lunes, 21 de septiembre de 2015

El deber ser...

El otro día estábamos tomando mate con Susanito. Nada extraño para nosotros que solemos hacerlo entremedio de la vida universitaria que compartimos. El otro día,puntualizo, porque estábamos tomándolos en su casa a colación de otras cosas, con otras personas. 

Me acerqué escapándome de mis propios pensamientos al borde de la mesa donde estaba ordenado y aplicado haciendo las cosas. Lo miré mientras venía caminando. Lo miré como si fuera un fantasma tan tranquilo y puntilloso, apurando una entrega.  Le pregunté si tomábamos mate, me dijo que sí y me señaló la pavita que todavia conservaba el calor. Cebó el primero para mí y después se distrajo, con lo cual, terminé cebando yo, mientras miraba su cocina, la puerta que daba a jardín en ese día soleado, el viento cálido que se aproximaba... Si ese instante hubiera habido música, sin duda alguna, hubiera sido algo perfecto. De película. 

El ambiente era calmo, o al menos, a mí me daba paz estar ahí y no inmiscuida en la propia caravana de ideas que van y vienen mientras discutimos un cuento que habla de una historia que, asombrosamente, se parece demasiado a la mía. Vuelvo a la cocina para no escuchar, para no interponer mi emoción a las labores y lo miro, cansada, mientras me ceba el primero. Esperé unos instantes hasta que el dolor se asiente ahí, en las profundidades de mi estómago, para seguir adelante con la rutina. Era como si el agua se hubiese levantado y la ola estuviera apunto de bajar, de arrastrar un poco más de arena de la orilla, de llevarme un grano más hacia adentro, bien adentro del mar.  Respiré hondo y cuando quise acordarme corrí la coraza al punto de partida indicado para vivir la vida normal de cualquier chica de mi edad y conformarme con esto. 

El mate no estaba rico pero lo acepté porque se me hizo lindo pensar que alguna vez mi vida fuera eso. Comer galletitas dulces y tomar aplicadamente mate al lado de una persona demasiado infantil, pero también con su lado bueno, que se nota aunque no le guste dejarlo traslucir todo el tiempo y lo agazape con los chistes casi interminables. El mate no era lo principal casi como siempre para mí que lo miraba escribir en su cuaderno mientras pensaba por qué la vida tiene esa ironía maestra de ponerte frente a personas buenas que uno desearía poder querer, pero no puede. 

No voy a negar que desearía poder abrirme en dos el pecho, introducir sentimientos tan fuertes como sé que puedo sentir por otros, ahora en nombre de Susanito y dejarme de joder. Pero lo miro ahí, así, manso e impasible ante los hechos que en mi cabeza se van entretejiendo sin lógica, y esto se convierte en la pauta más clara de todas: no puedo manipular a tal punto mis sentimientos, pero no puedo negar que si pudiera elegir qué debería pasarme, encontré la persona, encontré qué debería elegir.   

Quisiera que me gustara porque sé que si yo fuera una persona menos compleja, podría ser feliz al lado suyo. Quisiera que me gustara porque es una persona buena, se le nota, además de paciente y comprensiva. Quisiera poder enamorarme, inclusive, porque podemos compartir cosas, porque nos pasan las mismas cosas... Porque quizá él no me diría que siente, pero que no puede. Él no tendría razones para enojarse consigo mismo, él se quedaría a vivir la vida conmigo, porque es casi calcada a la propia, porque no le tiene miedo. Quisiera ser, algunas veces, menos honesta conmigo misma y aprender a conformarme. Quisiera ser como mucha gente que se resigna, sabiendo sus motivos, y busca más con las manos que con el corazón. Quisiera creerles a todos aquellos que dicen poder elegir el amor. Quisiera, por momentos, deshacerme de ese cúmulo de agua estancada que almacena estelas en el fondo, estelas de lo que verdaderamente es el amor para mi y poder poner mi vista en otro lado sin esa sensación horrible de autoconsuelo, de conformidad, de inicio nuevo y recuerdo viejo, de clavo que saca otro, de suplemento para la vida, de anestesia ante lo invariable. 

Quisiera querer de verdad, de nuevo, alguna vez. Un año después el no haberme asomado siquiera a poder ver de verdad a otra persona es algo que sabía podía pasarme, que intuía que iba a pasarme y que decidamente me está pasando.  ¿Por qué? Quién sabe. No no soy de sentir cosas tan fuertes como las que he sentido todos los días. De hecho, jamás pensé poder sentir con la intensidad que lo hice la última vez, habiendo sido la primera en tantas cosas. Jamás pensé que podía querer tanto a alguien con el quien no hubiera compartido años y años anteriores. Jamás pensé poder querer, demostrar amor, querer incluso al punto de compartir sin sentirme invadida. Jamás pensé poder querer dormir todas las noches durante tanto tiempo con una misma persona, tan escéptica como me había mostrado ante ciertas cosas. Jamás pensé poder querer saber hasta el más mínimo detalle de una historia y un cuerpo que no fueran los míos o los de mi gente. Jamás pensé poder amar así, de una manera que inclusive más de dos años después de haberlo conocido o un año y medio después de haber estado juntos, yo no conseguí explicarme. 

En este último año simplemente me dediqué a esperar que el tiempo pasara, pasara el dolor, pasara la quemazón. No tuve apuro. No lo tengo ahora. Pero en el no apuro, reconozco, a veces no pasa del todo el dolor ni la quemazón, pero sí pasa del todo la vida.  

Por eso es que mientras Susanito  y yo tomábamos mate, deseé que si no me pasaba este dolor, al menos, no se pasara mi vida en el intento de callarlo. 




domingo, 20 de septiembre de 2015

¿Cómo se hace?

- Que fortaleza que tenés que tener para ver eso siempre y bancartelo. Es muy demoledor - me dijo. 
- Es como te dije hoy... - escribí y agregué - Jamás voy a ponerle una piedra enfrente para que se caiga. Aunque tenga que ver éstas cosas, aunque esa sea mi cara. 

Y mientras le escribía a mi amiga, pensé eso: que jamás iba a llenar su camino de piedras. Pensé que quería una vida hermosa para él, aunque no sea al lado mío. Y pensé también que quizá era yo el problema, la que le restaba hermosura, la que lo había sacado de su estructura, la que lo había llevado a pensar, a sentir demasiado fuerte, a afrontar cosas que sus módicas fuerzas ya no soportan, no por su edad, sino por sus resistencias psicológicas. 

Pensé que no le podía guardar rencor, que solamente deseaba una palabra, una etiqueta, una clasificación. Pensé que lo único que quería era verlo así, feliz, organizado, cómodo; pero sin sentir que antes eligió la costumbre. Pensé que dentro de uno años me consolaría encontrarlo por la calle sabiendo qué fuí para él, sin completarlo con estimaciones o seguridades. Qué fuí para una persona que admitía un "vos... vos sos..." y con los brazos me daba a entender su incapacidad de encasillarme, mientras se quedaba sentado, tieso, lejos, siempre lejos pero a la vez mirándome con el deseo de tenerme cerca... Y pudiendo, vaya a saber qué puto planteo se le cruzaba en su visión, que no lo hacia, que ésta vez no lo hacía. 

No me dí cuenta hasta hace poco tiempo que lo que yo le veía en los ojos, más allá del miedo, más allá de haberme dejado a la deriva y a los costados, más allá de todo; era vida. El sentir cosas, el que esas cosas te desordenen, el que esas cosas te conmuevan, el que esas cosas te hagan revivir viejos planteos... No es más que la vida.  A él la vida le quedaba grande, la vida, los imprevistos, la falta de previsiones, la falta de planificación, la capacidad de vivir a mi lado, le quedaba grande. 

Quizá le parecía demasiado serio el asunto de vivir. Quizá pensó que lo iban a colgar y prender fuego en la hoguera, por quedarse al lado mío. Quizá se conformó con sus bienes y alguna mujer. Quizá yo no pude conformarme nunca, quizá todo lo que haga es un absurdo impenetrable. Quizá todo lo que hice durante todo este tiempo ha estado muy mal, quizá el no hacer nada para él haya sido perder mi esencia básica: no ser su espejo. 

Pese a todo... Yo al lado mío y en sus ojos, veía la vida. Lo miraba mirarme mientras me hacía masajes y cosquillas en los pies, y veía la vida. Lo miraba prepararme un café, masajearme la cabeza, abrirme la puerta para que pasara primero, besarme las manos, prestarme sus buzos, escucharme en mis contrariedades universitarias... Y veía la vida. 

Una vida que jamás pensé tan fea, complicada, ordianaria o tosca para que no se quedara a vivirla conmigo. Una vida que quisiera  poder vivirla en paz. Como también quisiera poder convencerme del todo, tatuarme en la memoria que hay gente que no te puede querer, que realmente no puede. Sería muy feliz para mí asimilar realmente que sólo esa gente puede querer a otros que no simbolizan el desorden, el desvarío. Que puede querer a otros que lo dejen vivir así, medio muerto, acostumbrado a su manera.Que no lo cuestionen, que no lo deseen, que no lo alienten, que no le pregunten, que no le prometan, que no se ocupen de él... Que no simbolicen la vida eléctrica al lado de su hombro. 

<<¿Cómo se hace para vivir una vida vacía?
¿Cómo se hace para vivir una vida llena de nada? 
¿Cómo se hace? >> 






domingo, 13 de septiembre de 2015

Parecido no es igual

Necesitaba que sea sábado después de quince días sin ver a mi mejor amiga. Las charlas, esas bien nuestras, nos dan el aporte de calma, de preguntas, de risas, de energía para solventar una semana más. La una para la otra somos el puerto seguro, la persona que no va a juzgarnos, los oídos que aún suene ilusorio o alucinógeno nuestro relato, nos va a escuchar.  No encuentro en mi día a día personas como ella, con esa capacidad de empatía. Son mucho menos que mis cinco dedos de una sola mano, de hecho, supongo que por esto y por lo que nos queremos, puedo decir que tengo pocos pero buenos amigos. Siempre ha sido éste un asunto cualitativo y no cuantitativo.  

Unos mates en la plaza son excelente excusa y con estos dos días donde Buenos Aires volvió a estar templado, salir de la rutina daba gusto.  Un destello de la charla que me quedó rebotando en la cabeza, fue el siguiente: 

- ¿Cuánto tiempo una persona se puede aguantar que el otro le de amor sin tomarlo, aun queriendo? ¿Cuánto tiempo una persona se puede resistir al amor? ¿Cómo se hace, si una persona te dió vuelta, para correrte? Te juro que no entiendo... 
- Mucho tiempo se puede aguantar - me respondió mi amiga, con conocimiento de causa. 
La miré y me quedé callada. De paso, aproveché para tragarme el manojo de lágrimas que se debatían entre seguir donde están siempre o ver la luz. Opté por la primera opción, la racional, la ventajosa. 
- Años - nos miramos, entendiéndonos. 
- ¿Años? - sacudí la cabeza, todavía callada - Si, realmente... Años - repetí sólo para mí. Justo ahí recordé la frase de Garcia Márquez de El amor y otros demonios: 
Ella le preguntó por esos días si era verdad, como decían las canciones, que el amor lo podía todo. "Es verdad", le contestó él, "pero harás bien en no creerlo".

A la noche unos amigos de señor y señora madre nos invitaron a cenar a su casa. Otra vez el hijo de éste matrimonio y yo haciendo de las nuestras este besotes, juegos, cosquillas y persecuciones. Adoro a ese nene, que tiene sólo dos años aunque por suerte, es muy receptivo con el asunto del afecto. 

- ¿Quién vino? - le preguntó su papá, mientras buscaba las llaves. 
- ¡Vino ****! - moduló mi nombre, o mi sobrenombre, con esas palabritas que tiene de estreno.  
- ¿Dónde está el señorito? - lo busqué. La ternura de escuchar mi nombre en su pequeña voz es de una dulzura enorme. Mitigó la charla que se había quedado suspendida en el aire más temprano.  Él estaba escondido detrás de la puerta y para qué negarlo, cuando me vió, se dejó besuquear de lo lindo.  Pensé en ese instante que no ponía resistencia al amor, que él se escondía detrás de la puerta, pero siempre salía a recibir mi beso. Para el peque, solo era un juego en el que nos reíamos los dos.

* Hoy a la mañana, temprano* 

Me levanto con la voz elevada de mi hermana. 

- Vamos a ir a correr en un rato al final - empezaba a decirme, mientras hacía ruido, despertándome - ¿Venís? Dale, vení conmigo así no me quedo sola. 
- No quieroooo- dije, de manera inentendible - Necesito dormir - murmuré. 
- Dale, dale, dale - me insistió - Te llevás el mate, un libro, los apuntes. Dale, no seas mala. 
- (...) 
- Dale - me dijo - Vuelvo a despertarte en media hora 
- Nooo - me tapé la cabeza con la almohada - No, no vuelvas 
- (...) - volvió a insistir, a la media hora. 
- Dame unos minutos que ya voy  - me rendí. 

Menos de dos horas después había desayunado una manzana, ya estaba con mis auriculares puestos, escuchando música linda y había caminado más de tres vueltas en la pista, poniendo en orden mis pensamientos. 

Hay tipos de amor a los que uno se resiste, a veces porque no puede hacer lo contrario, porque carece de facultades, porque así es la vida... Porque sí.  Pero hay tipos de amor al que uno, sin importar los años, jamás se puede resistir.   

Me quedo con eso último. 

jueves, 10 de septiembre de 2015

Galletitas

Ayer tuve el día libre, o al menos, lo dispuse así. Me levanté sin ganas de hacer absolutamente nada referente a la facultad, en medio de una semana densa y bastante fluctuante en términos de buen o mal humor por asuntos de variado color sobre los que no tengo ganas de hablar.  Siguiendo por esta vía de abstinencia académica, después de un fin de semana relleno de lecturas, acompañé a mi mamá a pagar algunas cuentas al banco, ya que estamos a principio de mes. Por mi parte tenía que ir a comprar "de urgencia" algunas cosas tecnológicas bastante caras pero muy necesarias para distintas entregas de la facu.   Así, salimos a pesar de la lluvia.  De paso la pesadez, la fiaca, las ganas de no usar paraguas para andar, se fueron disolviendo entre las calles. 

Al banco entré sin auriculares y me senté en una de las tantas sillas del salón principal. Esperé y esperé, muy aburrida, sin tener un libro en la cartera y sin poder escuchar música por el reglamento de seguridad propio de éstos lares.  Después de unos minutos, quizá diez, quizá quince, entraron una mujer y dos nenas chiquitas y se le sumaron a uno de los señores que estaba sentado a mediana distancia de mí, pero de frente, con la misma cara de aburrimiento.     Una de las nenas quizá tendría unos tres años y medio y la otra gracias si llegaba a los tres. Ésta última jugaba con algunos ladrillos de colores cuando la primera vino corriendo hacia mi lado, sentándose en el asiento que, a mi derecha, estaba desocupado. Casi por imitación y con sus ladrillos apilados  entre las manos vino la que - conjeturé - tenía casi tres pirulos, ocupando el asiento e invitando a "Pili" a jugar juntas. Pili, a todo esto, se negó y siguió por su vía simpática pero mirándonos de reojo. 

Yo asistí a la situación de reojo, con mi habitual fisgoneo hacia los nenes chiquitos, dado que me producen mucha ternura. Ella hacía bochinche, me miraba y ante su insistencia le devolví el gesto sonriéndole.  Me mostró sus ladrillos de colores rojo y azul... ¿´Qué decir si tanto como a mí me gustan los chicos, ellos se me acercan en donde esté? 

- Éste es un perro - me dijo, inaugurando la charla. 
- ¿Ah, sí? - la miré, mientras me giraba con todo mi cuerpo a su lado y ella luchaba por desencastrar los ladrillitos. 
- Sí, e' un perrito - moduló, de una manera súper tierna, mientras luchaba todavía. 
- ¿Querés que te ayude a desarmarlo? - la miré - Mirá, éstos se arman así... - le dí dos para que los encastre y practique 
- ¿Así? 
- Casi - le mostré - Hacé fuerza y ¡listo! - insistí, entusiasmada
- ¿Así? - me preguntó, otra vez. 
- ¡Eso, muy bien, viste! 
- Eso - dijo, sonriendo. 

 Me miró curiosa y me dió su tigre/perro/jirafa imaginario, cuando lo terminó de armar, para que lo desarme. O en realidad, para que despegue los ladrillos. La ayudé y se los dispuse con las palmas de mis manos boca arriba, en su dirección. 

- ¿Qué querés armar ahora? - le pregunté. 
- No she - admitió - Jirafa... Perrito... igre- dudó y se limpió la nariz con el dorso de la mano, después de manotear todas las piezas y ponerlas en su pequeño regazo. 
- ¿Un jirafa de cuello laaargo no estaría bueno? - le pregunté - O... Un perrito que haga guau - guau - guau - lo imité para ella y se empezó a reír. 

Me contagió un poco. 

- Guau, guau, guau - repitió, chocha. Y yo... con el corazón derritiéndose a la manera más surrealista de todas. 

Pasamos un rato largo jugando juntas.  Me contó que estaba con su tía mientras ella la llamaba para que volviera un momento. 

- Me llaman - me avisó. 
- Bueno, andá nomás - le sonreí y se bajó correteando de la silla. Cruzó la distancia y antes de irse se dió vuelta para preguntarme: - ¿Me esperás? 
- Si, dale - la miré, riéndome por las formas de esta gordita - Te espero, te espero - asentí con la cabeza. 

Ella fue y volvió después de cinco minutos. Ahora era yo la que estaba cerca de irme, cuando vino la primera y la mayor de estas dos peques, para susurrarle un secreto. 

- Van a comprar galletitas - le avisó la mayor a la pequeña, y las estrellitas se le dibujaron en la carita. 
- Ahora vengo - me dijo y se volvió a bajar a toda velocidad para corroborar lo que, sospeché, sería algo muy especial para ellas.
- Galletitas - murmuró, mientras volvía a jugar conmigo y sin que se de cuenta, suspiré mirándola tan inmiscuida en su mundo, tan rellena de cosas simples, deseando tener quince paquetes de galletitas para darle. 

Pensé en ese instante en estas injusticias del mundo donde, mientras unos comen galletitas de toda clase y color todos los días, hay chicos que de vez en cuando se dan estos gustos y ni qué decir de tantas cosas que exceden y son mucho más importantes que unas galletitas o masitas, como también suelen decirles.  Pensé también en que esa emoción debería vivirla a diario, no sólo ella, sino todos los niños.  Pensé en la alegría que sentía yo cuando mi mamá  siendo chiquita me compraba "galletitas ricas" - galletitas de marca, casualmente, galletitas que les resultaban caras porque éramos muchas y no rendían demasiado - para tomar la leche. Pensé que incluso ahora me pregunta qué galletitas quiero para comprármelas  y que yo me las lleve a la facultad. Quise tener encima apenas uno de los paquetes que tengo guardados para toda esta semana, y si me descuido, dos o tres días de la otra. Pensé que no tenía ninguna gelletita encima para compartir con ella... Y me dió bronca, claro, pero seguí brindándole lo que podía en ese momento, lo que le daba gracia: mi juego.

 Cuando me fuí del banco después de saludarla a ella, a su tía y a su abuelo, deseé internamente que estas dos chiquitas, pese a todo, tengan una vida próspera. Deseé que les cambiara la suerte. Deseé también, que el día de mañana cuando tenga sobrinos y cuando también tenga hijos, ellos también tengan sus galletitas; sus galletitas, su casa, sus padres, su salud intacta, su derecho a la educación, al juego, a la infancia.  Deseé para estas nenas en ese instante, que pudieran tener acceso a la infancia, a los placeres propios de la infancia, a los mimos de la infancia, que fueran inertes al no puedo. Deseé que conservaran la inmunidad que conservan muchos chicas ante la carencia, quizá, durante toda su vida. Deseé que no tuvieran que aprender de golpe el significado del "no me alcanza", del "no te lo puedo comprar", del "no tengo".  Deseé con fuerza... 

Porque si algo tuvo mi infancia, a pesar de todo lo triste, fue mi derecho a ser niña realizado al por mayor. Porque aunque también es necesario el saber entender que todo no se puede (o que se puede dentro de las posibilidades de cada uno), los límites no tienen nada que ver con lo que yo ví en la cara de esas dos nenas por la esperanza de un paquete de galletitas. 

No era ni ropa, ni zapatos, ni un auto último modelo, ni siquiera un ascenso laboral, no era la ambición desmedida de muchos, un viaje a una isla paradisíaco ni era tampoco mi salir rajando a comprar cosas caras para la facu; era un paquete de galletitas. 

martes, 8 de septiembre de 2015

Maneras

Susanito y yo estábamos esperando mi colectivo, a la salida de nuestra clase. Es algo habitual por la ubicación de las paradas y por la disposición de éstas. 

Con él me pasa algo diferente que con el resto de los chicos y chicas de mi grupo universitario: siento que puedo hablar porque él me escucha; es algo curioso pero me da confianza, me hace sentir cómoda, no me da el grado de pudor expresar mis sentimientos o mis visiones más profundas si al lado tengo una persona que, al menos, intenta comprenderme, que tiene interés en hacerlo. Va más allá del entendernos, cosa que a veces no logramos, porque impera el intercambiar. En síntesis, este conjunto de cosas al menos para mí tiene cierto relieve, especialmente,  en una sociedad que se la pasa el 80% de las veces mirando el celular en cada conversación. 

Él es de esas personas que hablan casi todo el tiempo en tono jocoso. Es decir, se la pasa haciendo bromas. Sin embargo si algo aprendí en medio de compartir mates, materias, clases, charlas y mensajes vía whatsapp es que Susanito en medio de todo lo que dice, algunas veces, está hablando muy enserio. 

- Me gusta como explica este profesor - le había dicho un ratito antes.

Él retomó el hilo de la charla en la parada. 

- A mí también me gusta como explica... - me dijo, como si pudiera leerle la mente y el buen desempeño de sus pensamientos - Es joven y me gusta porque le pone más energía. 
- Sí, es verdad - asentí Además compartimos códigos, es preciso; a mí me cae simpático, la verdad
- Tiene muchas pilas. Por eso yo prefiero a la gente joven - insistió y lo miré, pero me quedé callada -  No están gastados, no están secos como los viejos, todavía sirven - me dijo, en un tono que me sonó a reproche, o al menos, con una entonación de raíz reprobatoria. 
- No toquemos el tema, por favor... - enarqué una ceja y miré para otro lado, rematando con un chiste que no viene al caso. 

Lo miré, él se quedó callado y un segundo después nos pusimos de nuevo en tema, pero de otra manera. Yo le sonreí para contrarrestar los efectos de un tema difícil en el que no quería insumir energías. Volver sobre lo mismo, de nuevo, por vez número mil quinientos ochenta y cinco, hoy martes, es algo que tuve bajo control.  Además, venía mi colectivo. 

Lo que no entiendo es por qué lo que me dijo me dió la sensación que me dió. Sé que quizá no tiene demasiada lógica lo que voy a plantear, pero algo me dijo en ese momento que la expresión era mucho más enserio y mucho más personal de lo que yo atiné a pensar. Pareció que estuviera diciendo <<tenés que mirar para acá >> cuando yo siempre estoy mirando para allá. O al menos, siempre estoy mirando para allá con ojos amigos.

¿Será ésta la exponencial diferencia de sentido? ¿Será esta la raíz reprobatoria? 
Su forma de decirlo me hace ruido todavía. 

martes, 1 de septiembre de 2015

Mosca

Extiende el brazo amagando a saludarme y yo lo saludo con un poco de atraso, mientras ella se interpone y, claro, me toca saludar primero a lo primero. Así que la saludo, con la mejor de mis caras, y acto seguido lo saludo a él, con la mejor de mis caras, aunque se sabe desde ya que son dos caras diferentes. 

El tiempo pasa y aunque parezca tonto, intento hacer buenas migas con una persona que no me cae demasiado en gracia como ella. Lo intento de verdad, porque representa un desafío para mi misma, como persona. Implica mucha elasticidad en mi, mucha impermeabilidad y creo que desde este punto el día que logre digerirla va a ser un día muy bueno. Un día de mucho crecimiento personal. 

El presente no es tan fácil, de todos modos. No porque no la digiera, sino porque es ella la persona que parece - y digo parece sin pretensión de dar por sentado nada - la que no me traga. Y, vamos a ser francas, yo puedo hacer esfuerzos pero no milagros. 

Ella es diferente a mí por muchas cosas, pero  tengo una cosa en común: haber estado con la misma persona. Para esa misma persona, a su vez, tenemos algunas cosas en común tales como es el ser mujeres, graduadas o estudiantes de lo mismo, entendidas en las mismas cosas, con inclinaciones parecidas, pero eso es otro tema.  El tema aquí es que hace unas semanas, cada vez que la veo en el contexto que acomete, hago una especie de anulación de todo lo que pueda llegar a molestarme y la trato, aunque por algún extraño motivo, entre nosotras crece día a día un muro donde entre una punta y otra, cada vez el trato social se ve menos transparente, menos desinteresado. 

Hace un lapso de tiempo muy corto, yo estaba hablando con un muchacho en un contexto social. Muchacho, digo, para no decir señor. Describiéndolo digamos que es un tipo de unos treinta y largos que me cae bien, con el que hablo y que a su vez, ella conoce, por puras cuestiones profesionales y que yo conozco casi por las mismas cuestiones. El plus de que nuestra relación es informal y yo me doy cuenta de que - ¿cómo decirlo?- tiene cierta simpatía por mi hace un largo tiempo. Simpatía que acomete otras cosas extras y por las cuales estamos ahí, siempre, pero a la vez, estamos siempre en otro lado. Un día lo voy a explicar mejor. 

A todo esto, estábamos nosotros hablando, muy tranquilos mientras lo ayudaba con unas cosas. Me había pedido esa ayuda y ahí estaba yo, mientras, el estar con la cabeza en algo me anulaba del resto. Estábamos frente a frente cuando ella se acercó con una botella en la mano y un vaso. 

- ¿Quéres? - le ofrece a él y se inmiscuye en el pequeño semicírculo que nosotros habíamos elaborado mientras hablábamos y lo ayudaba en su tarea. 
- No, gracias - responde.  Acto seguido sirve la bebida en dicho vaso y se lo toma sin registrarme en ningún aspecto. 

Qué hago, pensé, y la verdad no estuve dispuesta a irme y dejarlos solos, porque sino era un cederle constantemente espacios que los demás me ceden a mí. Fue por esto que en un acto de calma, mientras ella hablaba con él, le hice una pregunta directa y casual, sin ánimos de nada más que unirme a una charla en donde yo había llegado primero. 

- Yo a él le dí clases - comentó, sin mirarme, mirándolo, sonriendo. La miré con mesura - Aunque... ¡no soy taaaan vieja, eh! - añadió rápido. 
- Sí, sabía de sus andanzas - le dije, eludiendo ese detalle de la edad. Ella miró, rápido y lo miró a él mientras le hacía un comentario de un tema que tenían en común y del que yo no conocía nada. Me volví a quedar callada. 
- Es buena *** - me dijo él, incluyéndome otra vez mientras me sonreía un poco. Lo miré y otra vez, le hablé a ella: 
- Y él... ¿es bueno, se porta bien, es buen ***? - me reí, para demostrarle una vez más entre mil las razones por las cuales puede dormir tranquila. 
- Sí, es un *** excelente - admite y por fin todos sonreímos. El señor en cuestión recibe los elogios con mesura y sigue en lo suyo, o mejor, en lo que estábamos haciendo los dos, antes de que llegara. 

Lo miro por un segundo mientras sonrío y la miro a ella, intentando mantener el gesto. 

- Las chicas estaban muy contentas - dijo, con un gesto burlón en la cara. Yo no le dije nada - Contentas de tener un compañero varón, como él - agregó.  Y yo no volví a decirle nada. Solamente la miré.  Nada más mirarla me generó esa sensación de fastidio. 

<<¿Y si efectivamente yo estuviera con él, como parece, éste comentario no me molestaría? >> me dije. Y la respuesta hubiese sido que quizá sí, que si yo hubiese estado con él en plan de algo más, como creen los otros, como parece de afuera, a mi quizá me hubiera molestado esa necesidad de sembrar dudas, de hablar de una manera que sólo ella y él entienden. Cabe destacar, además, que mientras tuvo otros momentos para acercarse, parece haber elegido ese.  Lo cierto es que intervino otro conocido y todo se diluyó en un comentario oportuno, un buen chiste, una humorada más. A los cinco minutos estaba todo como antes, o casi todo, porque la pequeña conversación me había dejado esa sensación de mensaje subterráneo, de pequeña bomba tirada a la nada, de intención adversa. 

La realidad es que el resto de la noche la pasé con él, hablando y debatiendo acerca de lo que correspondía. Riéndonos, tranquilos, compartiendo un interés fundamental para nosotros. No es porque haya hablado con él que me molestó, no soy así, ni tampoco me molestó que lo haga cuando estaba conmigo pudiendo haber efectuado el contacto en otro momento, ya que resultó ser algo específico de ellos, por momentos. 

Me molestó eso que sólo se puede entender viendo la situación y habla de una necesidad de no dejarme hacer una a mi gusto, de desperdigar migas, de hacer uso de temas en común para dejarme a mí, afuera. Me molestó el hecho de no ofrecerme bebida más por el gesto que por la bebida en sí, porque existo, aunque a ella no le caiga para nada en gracia. Me molestaron todas esas pequeñas muestras de "vos sos joven, no encajás entre nosotros", cuando encajo. Cuando a pesar de ser joven, eléctricamente más joven que ella, existo y encajo más de lo que, empiezo a sospechar, le gustaría.  Me molestó porque estaba ahí primero y le hubiese gustado que me fuera, como hice siempre, hasta ahora. Pero esta vez no. Estaba bien posicionada, estaba haciendo buenas migas, mis buenas migas. ¿Por qué intervenir en eso?  

¿Por qué me molesta? Porque no le estoy revoloteando a su novio, que salió conmigo, que fue muy importante para mí, a quien amé mucho. Me molestó porque yo no me acerco a ellos, ni digo nada que se pueda traslucir en otra cosa. Me molestó porque hablo claro, porque soy respetuosa de lo que tienen con la persona que yo quise tanto, porque trato a su pequeña con respeto y hasta con dulzura, porque me banco todo lo que no quisiera que así fuera. Y orgullosa estoy de todo esto, claro, pero no me esperaba que cuando yo esté con una persona en plan de conocernos, de aprovechar que nos vemos, se acerque a hablar en clave. ¿Si quería hablar de lo que sólo conocen ellos dos, por qué no lo hizo en otro momento? Tiempo no le faltó, lo aseguro. 

Me molestó porque siempre me corrí del medio, porque jamás molesté a su novio, porque jamás le dí pie a nada, porque jamás traspasé el límite con él, porque jamás dejé nada que se pudiera prestar a un "esta pibita se está haciendo la pícara".  Porque siempre, aún queriendo que él me abrace, yo afronté que la eligiera y no dije nada - literalmente - no dije nunca nada. Porque siempre, aún cuando lo ví mirarme con esa cara que no puedo expresar con palabras, bajé la cabeza y miré en muchos sentidos para otro lado. Porque me obligué a mirar para otro lado sabiendo que nos conocemos, y si él me conoce la cara, yo le conozco esencialmente los ojos. 

Me molestó porque yo casi no hablo con su novio, no le ofrezco nada, ni mucho menos hago referencia alguna a temas que sólo entendamos los dos, para evitar discrepancias, para evitar que se sienta afuera, para favorecer la integración. Me molestó porque estuve muchos meses cuidándome que no se entrevea nada, porque preferí mantenerme al margen.  Porque cuando él se acercó a hablarme, lo mantuve en la línea, por las dudas, porque reconozco que hay una atracción humana - si queremos decirlo así - por la cual si no hubiéramos salido nosotros hubiéramos sido muy muy buenos amigos. Y eso implica compartir humor, conocer esto mismo, ser dos personas que originariamente se hubieran llevado de maravillas, dos personas que solían hablar, dos personas con las que el otro se sentía inexplicablemente dispuesto a hablar de temas diferentes, dos personas antagónicas pero con la capacidad de conciliar sus extremos. 

¿Qué quiero decir?  Él era para mí todo lo que ya sabemos y yo era para él la forma de mirarlo, la forma de hacerlo reír, las manos, la forma de hablarle, mi manera de ser, esa presencia que describió como tan fuerte, esa realidad de seducirlo todo el tiempo que asumía pasmado sin poderlo creer. Pero, ahora, separados, lejos, tan raros, cada quien aprendió como pudo a guardarse todo eso en una cajita y seguir. ¿Qué pasa si nos causan gracia las mismas cosas y casi que nos miramos, y sabemos lo que el otro va a decir, y le conocemos la cara e inmediatamente volvemos a ponernos serios? ¿Qué pasa si él me viene a ofrecer bebida aún pase en un radio lejano a su alcance? ¿Qué pasa si él pasa y me toca el hombro con la excusa de hacer espacio, cuando lo tiene? ¿Qué pasa si un autor de la literatura argentina nos une, y qué pasa si las frases que éste escribió cuentan de nosotros, cuentan cuando se las citaba, cuando para él ese autor y yo somos sinónimos? 

 ¿Qué pasa? De verdad, nada. De verdad, eso quisiera decirle, que no pasa nada. No es una situación que me genera satisfacción si es que la intranquilizo, de verdad, porque conozco a la persona que tiene al lado y eso me lleva a creer que ella es lo que debe ser, que es muy terco y si cree que lo que está haciendo está bien, eso hará,. Me gustaría decirle que no, que no va a dejarla por una pendeja. O al menos, que esa pendeja dista de ser esta que yo soy. 

Pero además de decirle todo esto, quisiera decirle que como yo no molesto, tampoco quisiera ser molestada y que siendo una adulta como es, debería comportarse como tal. 

Después la joven es la que no encaja...