sábado, 31 de diciembre de 2016

Para brindar

Después de un año más, donde estoy viva. 
Después de un año donde me encuentro lo suficientemente cuerda para seguir adelante. 
Después de un año donde no le tuve miedo al estar conmigo misma, aunque estuviera sola para los demás. 
Después de un año donde me tocó dar nuevas respuestas a las preguntas antes formuladas. 
Después de un año más, eligiendo día a día lo que considero y vocación y poniendo toda mi voluntad por ella. 
Después de un año, donde conservo a mi familia, a mis amigos de siempre, a uno de mis perros que duerme a mi lado y a otros dos que me miran desde el cielo. 
Después de un año donde todavía pese a todo, por más difícil que sea durante algunos momentos, yo no pierdo las esperanzas de que la vida que anhelo para mí exista y por eso sigo buscando las estrategias para alcanzarla, hasta debajo de las piedras. 
Después de un año donde creí que podían pasarme cosas buenas, y lo sigo creyendo. 
Después de un año donde me levanté día tras día queriendo hacer algo mejor de la tristeza. 
Después de un año que me llevó a explorar la afectividad, la empatía, mi propio deseo y, también, mi propia capacidad de pensar. 
Después de un año (más) de aceptación de nosotros mismos, siendo un trabajo diario, constante, persistente y en extremo necesario. 
Después de un año de desencuentros, errores, frustraciones, recaídas, pero también de alegrías, buenas noticias, comienzos, imprevistos, sorpresas, cumpleaños, entregas, regalitos, festejos, libros nuevos, materias nuevas ( buenas y malas notas), comidas de mi madre y pizzas sorpresa para aminorar las cargas de los viernes... 

... solo me queda AGRADECER por estar viva, porque todo tenga derecho a réplica, porque nada sea definitivo - a excepción de la muerte - y porque todavía uno pueda seguir jugando a la prueba y al error, cada día, cada noche, durante todo el tiempo que se nos provea. 



Que el 2017 traiga, exactamente, todo lo que cada uno de nosotros está necesitando que llegue a nuestra vida. Que el 2017 sea el momento indicado, que todo lo bueno se tope con nosotros y que sepamos aprovecharlo con lucidez y también con alegría, en medio de presentes convulsionados y tiempos muy cambiantes, donde todo pasa tan rápido. Que este nuevo año nos encuentre a todos un  poco más cerca de lo que creamos nuestra felicidad, un poco más lejos del tedio, un poco distantes del escepticismo y un poco más cerca de nuestros deseos y sueños, por minúsculos que sean. Que este 2017 se abran puertas para quienes las necesitan, que no falte la salud, que no falte tampoco el trabajo y que siga éste siendo el medio digno para sostenernos. Que pervivan los valores, los buenos valores de cada uno, pese a lo que la mayoría o la minoría haga. Que podamos estar más conectados con los demás, con sus necesidades, con sus desafíos y con sus triunfos, de una manera sincera. Que todas las familias encuentren la paz, que esos amores oscilantes finalmente se encausen de la mejor manera y que nunca se pierdan de vista las cosas simples, pero demoledoras, que tiene la vida. 

¡Feliz 2017 para todos! 

jueves, 29 de diciembre de 2016

Promediando el final...

<<¿Que fue lo que hice durante todo el año, a grandes rasgos? >> me pregunto, a la hora de hacer balances.  La respuesta es sencilla y clara: leer. 

Y si, desde que tengo memoria nunca había leído tanto como durante este año. Promediando su final, me pasa lo que - creo- nunca me había pasado de forma tan honesta: casi no quiero leer. 

Hace poco mas de quince dias que estoy de vacaciones. Contando los finales, dentro de poco y a la vez mucho, ya volveré a las arduas lecturas, a las horas de estudio, al caloron que solo dejan leer y entender, solo cuando esta bien entrada la noche.  

Sin embargo, en la época donde podría considerar leer a rolete por la disponibilidad de tiempo que a mi me parece excesiva (porque estoy mal acostumbrada a no sentir los dias sumida en la rutina), no quiero ni ver un libro abierto. No importa que sea regalo, no importa que sea facil, no importa. Los empiezo y los dejo a todos, como si fuera estudiante de Ingeniería... Y, sinceramente, me siento bien con eso, me siento muy relajada cocinando, lavando platos, haciendo las compras, tomando sol, saliendo a caminar, sentandome a ver la tarde, cuidando de mi huerta, limpiando mis espacios, ordenando, barriendo, cambiando muebles de lugar, mirando algunas pelis. 

Casi no me duelen los ojos, síntoma con el que termine la caravana de finales, teniendo los lagrimales al rojo vivo y queriendo tirar los anteojos de descanso por la ventana, viendo que no me hacían nada.  Ademas empece a consumir un complejo vitaminico para que me diera cierto empuje que necesito e hice algunos ajustes en la alimentación - porque vivía a mate y "picaba" antes de comer bien-   con lo cual de un tiempo a esta parte logre sentirme un poco mas repuesta. 

Seguiré así, en la nebulosa, estirando este descanso intelectual, especialmente, que tanto pero tanto necesite y poniendo los aspectos centrales - alimentación, descanso y esparcimiento - a tiro. 

 Estoy encontrándome conmigo después de un año , en definitiva. 

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Elección de vida III

I

- Creo que está un poco viejo - me dijo mi mamá, en referencia a un asunto. 
- No hay problema; vos sabés que a mí me gusta lo viejo - le dije, hablando en serio. 

Caí tarde. 

- ¡Veinteava, por favor! - me dijo. 
- Ese tono de reto o reproche no aplica - la miré - Me lo decís como si me estuvieras penalizando por la sinceridad. 

Me miró, verde de la rabia solapada. 

- Lo mejor va a ser que te hagas a la idea, má. Después si resulta otra cosa en mi vida, mejor para tu psiquis, supongo - me sonreí. 
- Sos terrible, Veinteava. 
- Digo la verdad... - hice un gesto de santa paciencia. 

II 

- Che, ***, escuchame - le dijo mi papá en la cena a mi madre, el otro día - ¿Qué decís si Veinte viene acá con un tipo como los que le gustan a ella? - la pinchó. 

Mi mamá lo miró queriéndolo prender fuego, pero siguió comiendo mirando su plato. Nos miramos con mi padre y yo me empecé a reír "para adentro" porque antes sufría por la negación de mi madre y ahora, dentro de lo que puedo, me río. 

- Imaginate: un día viene el tipo acá, almuerza con nosotros y vos cuando le vas a servir lo vas a tener que tratar de "señor Fulanito" - la pinchó, exagerando - Te trae acá un tipo un poco viejo para ella, considerablemente más grande, pero todo un señor, así como ella - le comentó a mi madre.  

Mi mamá agarró el celular y se puso a mirarlo, sin responder. 

- Me encanta cómo se enoja, como si con eso cambiara algo... - dije. 
- Vos dejala a ella, a ver qué pasa cuando conozca al Sultano - me dijo mi papá. 

Mi mamá, como siempre, como siempre, lo ignoró todo. 

III 

- Le compré este regalito al novio de ** - me dijo mi mamá. 
- Me gusta, está bueno - le dije. 
- Y éste otro, a *** - me mostró, en referencia a mi otra hermana. 

Me la quedé mirando, pensativa. 

- Si alguna vez yo tengo pareja, ¿le vas a comprar un detalle, como a los novios de las chicas? 
- Sí, claro, Veinteava - me dijo. 
- ¿Y si nos llevamos años, también? - le pregunté. 

Me miró. 

- Sí - me dijo, pero bajó la vista. 
- Espero que tengas la gentileza real de hacerlo, en ese caso - la miré, seria - No tenés que ser tan cerrada, ma... - musité. 

Ella, sin embargo, no me contestó nada, guardó todos los regalos y empezó a irse del cuarto. 


IV

Qué difícil es, a veces, con mi madre. 







martes, 27 de diciembre de 2016

Pasar en limpio

" Si no lográs aceptarte, nunca vas a ser feliz, Veinte. La aceptación es algo a lo cual aspirar, porque, de otra manera, no vas a poder tener relaciones afectivas sanas, ni ahora, ni más adelante. Es importante que lo tengas en consideración para tu vida"
Eso fue lo que me dijo mi psicóloga, en esta misma época, hace más de dos años atrás. 

En el momento, tengo que reconocerlo, la frase me impactó, me dolió. Hoy entiendo que de eso se trataba. Había que hacer mella en mi postura, en mi descontento absoluto con las cosas de todos; estado que atravesaba en esa época. Paradójicamente, en medio de ese dolor, entendí que lo único que yo quería era cambiar para bien; porque bien no estaba.  Me sentía mal con la persona que era, no porque hubiera cometido algún error con los otros, sino porque no podía convivir conmigo. Estaba cargando demasiadas cosas, de toda la vida, que ya no las podía seguir llevando encima. 

Cuando mi terapeuta apeló a algo tan duro bajé la cabeza y fue como si mirándome mis propias rodillas hubiera entendido todo.  Lo que entendí, en realidad, fue que existía un camino para sentirme mejor y precisamente eso yo andaba buscando aquéllos días. El camino a seguir era la aceptación de mi misma, la creación de una buena autoestima, entre tantas otras cuestiones que fui resolviendo y sigo resolviendo, hasta el día de hoy. 

Esa frase, sin embargo, me acompañó siempre. Fue algo muy curioso de mi parte, pero se conectó específicamente con todo lo que yo quería para el futuro en mi vida: vivir rodeada de gente a la que quiera y que me quiera; poder estar tranquila y segura de quién soy, sentirme realizada con mi profesión, sentirme segura de la clase de tipa que vea en el espejo todas las mañanas. Pero yo, en esas épocas, pensaba que todo eso era una especie de mundo ideal, de sueño imposible. Pensaba que mi felicidad personal no existía, y lo que es peor, que no iba a tener manera ni forma de arribar a ella por mucho que lo intentara, porque las cosas "eran así". Aunque yo, solapadamente, cuando decía que las cosas eran así, a lo que realmente me refería en mi mente no era a la vida y sus sucesos, sino a mi misma, a mi cuerpo, a mis defectos físicos. Los cuales sí, son irreparables, definitivos, permanentes, irremediables, pero que son lo único en mi vida - junto con la muerte misma - que no puedo cambiar, porque todo lo demás tiene derecho a réplica, reparación, reevaluación y derivados.  

Y de este último rasgo importantísimo no me había dado cuenta, concentrada en defenestrarme a mi misma siempre que tuviera la oportunidad, concentrada en sentirme mal si me cargaban, si me excluían porque no me gustaban los juegos de chicos o porque leía en los recreos. Concentrada en no llevarme nada por delante, en hacer las tareas, en estudiar todo para poder irme a la pileta a nadar, en hacer la tarea adelantada porque al día siguiente tenía kinesiología. Concentrada en juntar los útiles rápido para no perder el colectivo que me llevaría al estudio de danza clásica, tal como me lo mandaba el médico; concentrada en esperar que mi mamá me pasara a buscar, para después llegar a casa y hacer alguna tarea que me hubiera quedado. Concentración, disciplina, responsabilidad, control, mesura. En pocas palabras: a los once años, yo una adulta en frasco chico.  

Ante todo ese sentido de la responsabilidad y de la preocupación por mi propia salud que adopté desde tan temprano, delegué el resto de la vida normal de cualquier niña. No sólo porque no me sentía cómoda, sino, porque sentía que otras cosas tenían verdadero sentido, verdadera importancia. Y aunque no estuvo mal tomar cartas en el asunto de mi propia historia, sí entendí que no fue sano hacerme cargo de las consecuencias diarias que dejó, creyendo que por eso yo podría arreglarlas.  Con el paso del tiempo, entendí que eran una situación que nadie podría explicarme o modificar para mí, sin importar lo que hiciera. Unos años más adelante, en la entrada a la adolescencia, entendí el concepto de lo inevitable y lo asocié directamente con mi vida. Según lo pensaba en esa época, si de mi historia para abajo nada se podía cambiar de lo que me pasara, mi vida iría a ser una porquería. Esa sensación de previsibilidad frente a todo me agobiaba y me dejaba sin armas más que el sobrevivir frente a la vida que, sentía, yo nunca iba a poder alcanzar. 

Mientras, mi vida pasaba sin sobresaltos. Amigos tenía algunos en el Club, donde me sentía mucho más entendida, donde la gente me conocía y me aceptaba. Amigos, en el colegio, sólo tenía a dos (que hoy son dos de mis tres amigos) pero de entre la multitud de nenes y nenas, de mi entorno escolar, pocos eran los que yo apreciaba. Terminaba siempre sintiéndome en falta, siempre sintiendo una silenciosa vergüenza de mi misma, siempre tratando de solventar todo ese escarmiento interior con una simpatía y una comodidad meticulosamente ensayada. 

La felicidad durante esos años estaba en mi casa. La felicidad eran mis mascotas, mis hermanas y mis padres; que me amaban y mientras lo pienso no puedo evitar que se me llenen los ojos de lágrimas. La felicidad eran las tardes en la pileta del club, o la complicidad con mi profesora de natación que, a la primera que le contaba la noticia de su embarazo era a mí y yo le hacía un dibujo para que pegara en su casa y que ella lo colgara. La felicidad era escribir en mis diarios cómo me sentía, era ordenar la carpeta de Lengua, era que mi mama me regalara figuritas o que mi papá me fuera a buscar a la pileta y me esperara en el bar del Club, para cenar con mi mamá, los tres juntos, mientras le contaba qué tal me había ido. La felicidad era hablar con mi abuela por teléfono durante un largo rato, como ahora hablo en el jardín, durante largo rato. La felicidad era que mis hermanas me molestaran o que siempre me quisieran, que siempre me aceptaran todo, desde abrazos, besos o travesuras.  

Nunca, sin embargo, me caractericé por ser una persona confiada. Nunca supe lo que era esa especie de inocencia de la juventud de la que algunas personas hablan y nunca supe qué era llevarme bien con mis pares, sentirme parte de sus intereses, sentir que yo también podía ser como ellos. Siempre estaba demasiado absorbida por la vida que llevaba ajena al colegio, lugar que me parecía siempre funesto, lugar que me dolía por todos lados y del que me quería librar pronto. Las experiencias que quedaron circunscritas a ese entorno, por su parte, también estuvieron mayoritariamente clausuradas. Las odiaba, francamente, las odiaba. Todo lo que representaba a mis compañeritos, a sus actitudes estúpidas, a esa época de la vida donde empieza a emerger la competencia, la popularidad, la belleza y los parámetros de la misma, fue de una dureza insoportable en mi vida. Y seguramente por eso, por lo incompatible de mi figura con el mundo en el que vivía,  durante mi niñez odiaba dos cosas: comprarme ropa y arreglarme.  Según mi pensamiento de esa época, yo no iba a ser linda nunca y menos porque me pintara o me comprara ropa; estas dos cosas me parecían soluciones vanas a un problema totalmente de fondo que, sin embargo, yo creía ignorar. 

Si desde que tengo uso de razón hasta los dieciocho años me preguntaban cómo era para mi misma, te decía que era fea. Pero, si me preguntabas especialmente desde que tengo uso de razón hasta los quince, te decía que era "gorda", tenía poca coordinación, me caía bastante, no tenía muchos amigos, no iba a fiestas, los varones me parecían tontos y leía, por lo cual, tenía menos éxito de encajar con los valores que en mi grupo etario-económico y social, me presentaba en esa época. Además, lo que empezaba a aflorar en esa época y lo que se enfatizó con los años, era que yo me llevaba siempre mejor con la gente más grande y los adultos, en esos años, son el enemigo primero del adolescente promedio, nunca sus aliados. Por eso, con más razón, yo me daba por vencida respecto a ser la adolescente promedio que mis padres, mi madre en especial, esperaba que fuera, tal como mis dos hermanas.  Ellas, por suerte, me hacían más fácil todo, si de intentar imitarlas se tratara. Tuve (si, tengo que reconocerlo) desde muy chica, una especie de don para leer los terrenos; las relaciones causa-consecuencia en las cosas que veía en los demás. Por eso, actuaba según lo que observaba, es decir, haciendo lo mismo o lo contrario a los otros, según correspondiera al caso y a mis valores en formación. 

Cuando entré en la adolescencia, toda esta incomodidad con mi entorno se agudizó. El odio que sentía por mi misma, que no me animaba a reconocer pero que me torturaba, crecía y disminuía por temporadas.  Mis hermanas, en términos de referencia, me ayudaron durante años a ser un poco más como se suponía que debía ser.  Pero cuando crecía enormemente mi estado de odio era cuando uno tenía una fiesta, un cumpleaños, una reunión, porque era todo lo que yo no era, todo lo que no iría a ser nunca, multiplicado por mil y concentrado. Especialmente en la época de los cumples de quince se suponía que se tenía que pintar, poner un vestido y bailar. Veía como "las chicas normales" bailaban, se divertían con chicos, se ponían cosas ajustadas y tomaban alcohol. Yo las miraba, nada más, y no entendía de qué se divertían tanto o, en realidad, qué se suponía que era lo divertido. Como no lo entendía, las miraba más y me humillaba ese desencanto, esa desconexión, que, al mismo tiempo, intentaba ocultar. Porque pintarme y ponerme un vestido me hacía sentir rara, porque no podía usar tacos y porque nunca aprendí ni tuve gracia para bailar. Al final, como en todos los cumpleaños, fueran de quince o no, terminaba sentada mirando a los demás bailar. Terminaba esquivando a los chicos, en la época de los primeros besos, porque me daban asco; terminaba con un nudo en la garganta, rogando que se hiciera la hora, pensando qué le iba a inventar a mi mamá para decirle que la pasé bien y que me reí un montón con una Fulanita que, en realidad, ni me había registrado. 

De a poco, sin embargo, el tiempo empezó a pasar, lento, pero inevitable. De a poco me fui haciendo fuerte, solitaria, pero fuerte. De a poco, el tiempo de la escuela se equilibró con deporte, cursos, literatura - mucha, hermosa y mucha - que me mostró otras posibilidades. De a poco, conocí gente que me instruyó, que me conmovió y que nada tenia que ver con esa ajenidad y mediocridad en la que viví durante tanto tiempo. De a poco, el colegio se fue acabando y, también de a poco, emergió la vida universitaria con toda ansiada libertad, con esa diversidad que necesitaba, con ese cambio que, al parecer, toda mi vida había estado esperando. 

Desde ese momento, hasta hoy, empecé un camino que me llevó a comprender la inexistencia de destinos inexorables. Empecé a vivir como yo quería y ya nadie me empujaba, en ningún sentido, para que me caiga; o al menos, ya nadie me iba a empujar y a cargar porque me caía y eso para mí era genial, era sentirme libre con la persona que era. 

Al principio, esa libertad me dió miedo, porque de tanto esperar a que se terminara la tortura, no había pensado qué hacer estando fuera de ella. Me llevó tiempo, pero  empecé a creer más en la concreción de una vida futura más sana, más amorosa, más como yo la había soñado desde siempre, desde que era chica y lo bastante pronto me daba cuenta de un cúmulo de cosas que me desencantaron muy rápido, que me inyectaron demasiada conciencia.  

Empecé a creer en una vida donde se me incluyera en los planes de alguien más, una vida donde pudiera seguir compartiendo una comida con mis padres y mis hermanas, una vida donde pudiera caminar por la calle sintiendo que todo, en esencia al menos, está lo suficientemente en orden para que pueda vivir en paz, pero especialmente, donde no sintiera que me estuvieran mirando todo el tiempo porque era diferente, porque se daban cuenta de todo lo que me había pasado y eso les generaba rechazo, lástima o cualquier tipo de emoción negativa hacia mi persona. Creía que todos los demás irían a ser una eterna reproducción de mis compañeros de jardín o de colegio. Creía que nadie me iba a querer, que nunca iba a ser linda para ningún chico, que nadie iba a querer acompañarme. Creía que estaba bien que así fuera, porque "la vida era así", porque siempre había sido eso, porque no conocía otra cosa y sin embargo, la quería, la necesitaba, de alguna manera, necesitaba que la vida fuera diferente, tenía que ser diferente. 

Y sin duda, desde el día que me dijeron esa frase, la vida dejó de "ser así" para pasar a ser un reflejo de lo que quiero para todos los días, no sólo para mí, sino para mis hijos, para mis parejas, para mi familia: aceptación, amor, tranquilidad, entrega. 

Es que, de alguna extraña forma, comprendí que esa frase era un hilito que me demostraba la existencia de toda esa vida que soñaba, alguien comprendía mi deseo y me explicaba que las cosas podían ser de otra forma; aceptarme era la pauta. Esa frase afirmaba que "el cuando sea grande" en mi caso tan básico, iba a ser una realidad, si me aceptaba. Me demostraba que no hacía falta esperar a que "fuera grande" para dejarme querer, para sentirme bien conmigo, para realizarme en mi vocación, para tener amigos, para sentirme linda, para encontrar a alguien que me quiera, para querer a otros, para poder construir relaciones sanas. Descubrí que ese momento, ese objetivo,  no era un utopía, sino, algo a lo que podría llegar. 

Descubrí que aquél anhelo, se resumía a unas pocas palabras: la importancia del amor propio y el poder del ahora.


viernes, 23 de diciembre de 2016

Trampapalabra

La conversación con Divino había quedado en suspenso, hasta hoy, después de que me escriba hace unos días.  Si lo dejé todo en suspenso fue porque esta vez, quise ser extremadamente fría ante una persona que también es así, y que está jugando con mi desconocimiento frente a su situación, es decir, todo lo que le espera en el futuro inmediato de los próximos seis o siete meses.  No quería atacarlo desde los lugares comunes, sino, dejarle en claro las cosas para que, por lo menos conmigo, no siguiera pensando que tiene todo bajo control; que uno es tonto o que puede jugar con mi interés, al margen de que haya sido lo bastante fluctuante durante estos meses. 

Probablemente sé que esto no lo modifique en nada y se consiga otra mujer (joven o no) para atender sus necesidades durante el embarazo de su pareja; pero para mí las cosas no son así. No son así desde la perspectiva de ser La Otra y mucho menos en una situación donde otra mujer está sensible, donde alguien le está poniendo el cuerpo a una vida en la que Divino también participó - le guste o no le guste- y de la que va a tener que hacerse cargo. Hacerse cargo no será para él solo desde el poner plata donde corresponda sino dar afecto e inculcarle buenos valores que nacen desde el ejemplo, desde el hacer las cosas bien para si mismo.  

¿Cómo seguir permitiendo que creyera que yo no sabía nada de la noticia? No; me resultaba imposible, sentía que me estaba tomando - todavía más - por idiota. Si lo dejaba pasar, si no le decía nada y dejaba que las cosas decanten por su propio peso, el tiempo que conllevara ese pasaje entre el interés y la distancia definitiva me iba a seguir tomando el pelo. Y yo se lo estaría permitiendo, con una postura sumisa que se me hubiera hecho imposible de sobrellevar si hace dos noches sabía la verdad de las cosas. 

Si no le hacían ruido mis palabras no me importaba. Insisto: no quería seguir consintiendo su comportamiento desde el no hacer nada para impedir que volviera a mi vida con si nada después del nacimiento de su hijo; un jueves a la salida de su Estudio; o cualquier día, en cualquier momento. En especial, no podía seguir soportando que creyera que yo no  tengo sentimientos y que soy incapaz de anhelar cosas distintas con él, más allá de sexo, porque me encargué de hacerle saber en su momento que a mí me interesaba él en más de un sentido y por eso me importaba contar consigo, llegado el caso. Ya que él me preguntó qué expectativas tenía, el ver que se lo estaba pasando por cualquier lado, me crispaba la paciencia. 

Por todo esto, pensé en hacerle creer que estaba sumida en la corriente para ver hasta dónde era capaz de llegar. Pensé en mandarle  direcciones de locales exclusivos donde se vendieran cunitas, baberos. Pensé en mandarle algún que otro artículo o nota sobre las ventajas del sexo durante el embarazo, para que las practique con quien corresponda. Pensé en decirle que era un idiota, porque engañar a su pareja (haya querido o no un hijo con ella), no le iba a quitar la responsabilidad que se le acaba de sumar a su vida; simplemente, haría que la olvidara por un rato, que se olvidara por un rato que le se acabó su estadía en El país del nunca jamás. 



Pero no hice nada de eso. 

Elegí serenarme y responder, en principio, de la forma más normal de todas, porque no me iba a quedar callada, pero al mismo tiempo supe que tenía que buscar la manera más relajada de llevar adelante mi empresa. Fue así que después le escribí y me respondió en la tarde de hoy. Empezamos a conversar, nos saludamos para las fiestas, nos reímos de juegos de palabras que fueron saliendo y esperé, sin perder el eje de mi objetivo, esperé a que entrara en clima, despacito. Esperé a que me dijera que tenía ganas de volver a verme, como sospechaba que haría porque siempre tiraba el dardo más tarde o más temprano; esperé a que me dijera "espero cruzarte, ojalá podamos encontrarnos muy pronto". 

Cuando lo hizo, después de un rato de "jugar" y de decirle que era un encantador de serpientes, yo esperé, fría (e incrédula), esperé a que se caldeara más la charla. Que el cruzarnos, que el vernos, que el azar y, especialmente, el seguir lucrando con el supuesto desconocimiento. 

 <<Hijo de puta >> pensé, cuando consideré que estaba todo el dialogo a punto caramelo. 


- Espero que nos veamos pronto, muy pronto - me decía, entre otras cosas. 
- Me lo decís como si esta fuera imposible hacerlo de otra manera - ironicé - Me das gracia. 
- Me parece que sí - respondió, ágil - ¿Vos decís que no? 
-Según... - empecé a escribir enserio - Si vos esperas que yo me siga dejando llevar por el azar y por el desconocimiento, seguro que podría ser de otra manera... - tiré de la cuerda.  
- Suena hermoso - se apuró a escribir 

<< Mirá qué rapido movés los deditos ahora, hijo de puta>> pensé.  Primero, porque yo no soy experta en hacer estas cosas pero cuando la gente hace cosas patéticas me transformo.  Y segundo, porque estaba asombrada de cómo lo dominaba el deseo, sabiendo que yo no soy una modelo ni una mina infartante; sino, una chica normal de veintiún años, y aún mismo mi normalidad, él seguía tan pagado de si mismo, pensando que yo no me iba a dar cuenta de las cosas nunca en mi sencilla vida, que me chupaba el dedo, que estaba desesperada por él y era eso lo único que me importaba.  

- Y seguramente sea hermoso, sí, seguro lo sea, de hecho - seguí adelante con la estrategia - pero antes para mí vale la buena fe a la hora de hacer las cosas bien. Y eso implica que la misma buena fe, no va a hacer que me meta en la boca del lobo, para seguir con la alegoría de tus asociaciones privadas - lo pinché, porque antes lo había llevado por caminos distintos, tirando y aflojando, para que se relaje, entre otras cosas, y me siga respondiendo así de rapidito.  

Lo único que hizo, fue escribir y borrar. 

- No es que seas desagradable, al contrario, me voy a confesar diciéndote que sos un diez,  pero yo tengo olfato que también es un diez. 
- ¿Cómo es eso? 
- Semejante desconocimiento y semejante azar, es inconducente no hermoso. Las consecuencias pueden lastimar mucho a otra gente que uno, en lo personal, no conoce. Y aún mismo no las conozca, eso no hace que se borre su entidad, existen igual. Esto no tiene nada que ver con que lo que quieras hacer vos, sino que tiene que ver con la buena fe de cada uno - remaché el primer clavo - Y para mí por lo menos vale mucho mucho hacer las cosas de buena fe, las cosas bien, aunque tenga que posponer el deseo y aunque ese deseo tenga todos los números para ser genial - remaché el segundo clavo - ¿Fui clara, no? 
- (...) - me mandó una carita. 

Sí, había captado el mensaje, fuerte y claro. 

- Que tengas una lindísima Navidad, un 2017 hermoso. Te mando un beso, Divino - remaché el tercer y último clavo. 

Y así, lo dejé que siga andando por la autopista, distraído, en más de un sentido, y con la mente llena de pajaritos. 

<<Tendrá todo lo que se le ocurra, pero cuánta carencia de valores... >> concluí, mucho más aliviada, porque cambie o no cambie en sus gestos, yo se lo tenía que decir.  Me lo debía a mi misma, a mis propios valores. 

El anexo Divino ha llegado a su fin. 

jueves, 22 de diciembre de 2016

Hallazgos recientes II

La misma noche a los hallazgos recientes me dormí después de hacer cuentas y serenarme lo bastante para conciliar el sueño. Estaba inquieta, algo desconcertada, pero no lo suficiente como para que esos dos sentires me llevaran derechito a la angustia. Simplemente, volvía a sentir decepción.  Pero, contrariamente a todo lo que puede suponerse dadas las circunstancias, yo no estaba decepcionada de lo que había encontrado en relación a cómo esto pudiera afectarme o no a mí, sino que estaba decepcionada de los valores de la gente, una vez más. 

Cuando me desperté, a la mañana siguiente, todavía estaba algo confundida; como si el descubrimiento y la posterior conversación durante la madrugada con mi mejor amiga (que estaba despierta de casualidad), hubiera formado parte de un sueño, con límites borrosos e indefinidos. Pero, pese a la confusión inicial, pronto pude ver que no se trataba de ningún sueño y la realidad se formulaba junto con la rutina, como esa dupla inconfundible que intenta siempre y por todos los caminos, hacernos entrar en razón cuando nos despertamos desorientados por el resabio de la sorpresa. Aunque aquí ya no había sorpresa: la noticia era real y tampoco existía ni forma ni voluntad de negar lo que eso significaba, me gustara o no, en relación a todo lo que él me había dicho antes; a todo lo que yo estaba sopesando sin saber que eran verdades sujetas solamente a la noche donde estábamos reunidos y que, en los meses siguientes, las cosas habían ido cambiando. 

<<¿Quién soy yo para juzgarlo?>> me pregunté, a lo largo y a lo ancho de esa noche. La realidad es que no me considero con autoridad alguna para juzgar su comportamiento, pero no puedo evitar que me resulte patético, decepcionante. Quizá yo me había creído que tenía mejor sentido común que cualquier otro mortal, porque así parecía, pero evidentemente tengo que admitir que estoy equivocada. A nivel humano, este hombre me generó decepción, siendo franca, porque no puedo entender cómo reacciona de la forma en que lo está haciendo, ante semejante responsabilidad como es el que está esperando un hijo, su primer hijo, y parece que eso no ha hecho demasiada mella en sus manías, más de tres meses y medio después de la noticia.  Mi decepción va mucho más allá del ser ingenua, sino que se centra en algo tan sencillo como elemental: ¿por qué no respeta las consecuencias de sus propios actos? 

Durante la charla con mi mejor amiga, esa madrugada donde las dos estábamos desconcertadas, yo consideré por un instante que seguramente, al enterarse que iba a ser padre, había establecido una distancia entre nosotros que durante noviembre y parte de diciembre se había vuelto mucho más firme. La verdad es que no era un argumento que cambiara en nada la esencia de su idiotez pero parecía dejarme un mejor pronóstico para el futuro, al menos, en relación a lo que hiciera conmigo; porque si no me había llamado más (por la noticia) y yo no lo había llamado más (por propia convicción, sin saber nada de la novedad), algo claro había en todo ese asunto: que la noticia quizá había tenido una buena recepción y lo había hecho reflexionar sobre el rumbo de su vida, a partir de ahora y por eso estaba tan desaparecido. Mi mejor amiga, lúcida al mirar objetivamente los acontecimientos, me dijo que además de ser un destape terrible, era algo seguro que en cuanto pasara el huracán del nacimiento y el pequeño comenzara a crecer un poco más, Divino volvería a llamarme, volvería a contactarse conmigo. Yo, por mi parte, me resistí a creerlo.  Si dudé respecto a los dichos de mi amiga no fue  por benevolencia hacia Divino, sino, por el esfuerzo mental que me representa una vez más el darme cuenta que existe gente tan insensible, desde mi manera de entender el mundo. 

No es la obtención de un premio, no es prestigio, no es dinero, para un tipo que parece tener mucho de eso, lo que viene en camino; es una personita, es un bebe, es un varoncito que merece todo el amor de sus padres y, también, esencialmente, todo el compromiso. Por eso, por cómo yo concibo el nacimiento de un hijo, es que me  resistí a creer que todavía le quedaran ganas de hablar conmigo después de esta noticia que, necesariamente, tiene que hacer alguna mella profunda en él y que, por cosas que voy rastreando, ya hizo mella en todo su entorno cercano, en el seno íntimo de su familia, que está fascinada con la noticia, como es lógico, como es necesario, ante la llegada de una vida titilante que será como una lucecita cada vez más brillante, más hermosa con el paso de los años. 

Francamente, entre más pienso en todo esto, más me estremezco.

Sé que es necesario para mí entender a la fuerza de los hechos que hay gente capaz de tomar la llegada de un hijo como un hecho sin la total importancia que acomete; pero, por momentos, no puedo naturalizar la indiferencia, no me da lo mismo la falta de valor que las personas le dan a las grandes cosas de la vida como pueden ser el milagro de un amor, el cumplir nuestros sueños, el nacimiento de un hijo, entre tantas otras. Por eso fue que en primera instancia pensé que se había dejado de contactar conmigo, meses antes, porque se había enterado en tiempo y forma de la noticia que yo me enteré de una forma tan postergada en el tiempo.

 ¿Si cambiaba en algo las cosas que se hubiera borrado no inmediatamente, pero sí un corto tiempo después de enterarse que iba a ser padre? No, no cambiaba en nada. Sólo me hacía pensar que quizá había pasado un largo período de confusión entre la crisis "matrimonial", la separación de su pareja, el conocernos en medio de ese mar (lo que supuestamente le pasó con eso), y por encima de todo esto, el que en medio de una nueva ida y venida con su pareja, un hijo hubiera sido el resultante, cuando hasta hace unos meses atrás me estaba diciendo que el motivo de la separación con su pareja había sido, principalmente, ese esencial desacuerdo donde Divino no quería tener hijos y ella, por el contrario, sí.    Pero no; también en esa suposición también tengo que admitir que me equivoqué. Porque no fue que Divino tomó noción del giro que había dado su vida y empezó a sopesar sus acciones de otra manera, sino que aunque parezca un circo indefendible, exactamente la tarde después de que yo me enteré - de casualidad, ni más ni menos - que iba a ser padre, volvió a escribirme. Y, como si algo le faltara al desconcierto inicial, en cuanto ví su nombre en mi barra de notificaciones no podía creer que fuera capaz de seguir escribiéndome, entre más avanzado está el embarazo de su pareja. De hecho, parecía que le habían ido a contar sobre mi insomnio y él en una operación para reírse en mi cara, hubiera vuelto a contactarme.

<<No, no puede ser; me está cargando >> pensé, mientras no me animaba a abrir el mensaje por no estar segura de si podía responder con una puteada, una felicitación, un link sobre precios de cunas y baberos o si, en repudio a su idiotez, este muñequito no merecía una bloqueada inminente y, aunque te cruce por la calle, si te he visto (y deseado) no me acuerdo. Pero lo primero que hice fue leer el mensaje y no pensé qué hacer con esto, porque estaba realmente indignada. Es que el papá del año me escribió queriendo desearme un excelente año para mí y para toda mi gente. Además siguió su caravana del terror deseando también que 2017 me llene de cosas lindas, de sorpresas, que se concreten mis deseos y, además, pretendiendo saber cómo estaba, cómo había finalizado mi año académico, cómo seguía mi vida. 

Yo, francamente, cuando leía sus líneas, no lo podía entender. No podía entender cómo otra vez suscribía a lo que, a partir de ahora considero una actitud cínica, ya que parece estar viviendo en una burbuja con doble entrada. Porque en redes sociales su familia desperdiga enorgullecida - como debe ser - la noticia de la llegada del retoño. Porque él acepta felicitaciones y ante la sociedad se muestra como un orgulloso padre primerizo, pero, después, cuando agarra su celular... me escribe, sabiendo cómo pienso, sabiendo que no me asombra con su dinero o su poder, sabiendo que no hice lo que, quizá, otras mujeres hicieron y harán con él: entregarse en bandeja de plata.  <<¿Y entonces, qué quiere saber, qué le importa, en comparación al momento que está pasando en su vida personal? >> me digo, desorientada, porque no entiendo qué gana, qué encuentra de atractivo, en mantener el contacto conmigo, sabiendo que eso le puede traer problemas, sabiendo que no está bien lo que hace. Y esencialmente, sabiendo que yo soy una  persona que no cedió en ninguna de las variantes que otras chicas sí hubieran podido hacerlo y le marcó una pauta rígida: no ser su perro faldero, ni por asomo. <<¿Qué es lo que lo mueve a rifar todo durante esos momentos donde deja de pensar en lo maravilloso de que un hijo viene en camino a su vida y me escribe cualquier estupidez? >> pienso, furiosa, especialmente, porque se apoya en un supuesto desconocimiento que gracias a Dios, yo no tengo. 

Y aunque no tengo ganas de saber la respuesta a mis preguntas porque vislumbro más repugnancia en el camino, no puedo evitar pensar en la crianza que me han dado mis padres, en el deseo que mis hermanas tenían de verme nacer, en el deseo de mis padres porque llegara, en todo lo que pasamos juntos como familia. Y en cuán valiosa es esa palabra en mi vida, como para seguir sosteniéndole el respeto a una persona que se muestra inerte ante su significación, que parece no tomar dimensión del cambio que acaba de operarse en su vida siendo éste un camino de ida. 

La realidad es que quiera o no a su mujer como tal, la desee o no, estén en crisis o no; una vida inocente, que nada tiene que ver en el mundo de los adultos confusos y a veces mezquinos, viene en camino. 

Y al menos en mi mundo este acontecimiento se considera algo para respetar y homenajear, donde uno como padre o madre tiene la cabeza puesta en la llegada del pequeño. Y piensa en el nombre cuando sabe el sexo y va comprándole prendas, va pensando en los espacios, va disponiendo algunos muebles, va sacándole fotos a la panza, va soñando con cómo será su carita, en qué forma van a tener sus manitos... 

¿Qué importa más que todo ese ensueño, no? Yo, francamente, no tendría cabeza para nada más que ese momento comprendido entre la primera señal, la patadita inicial, la ansiedad, la espera, el anhelo y finalmente, el momento que implica verle la carita por primera vez a un hijo. Y, si fuera él, si fuera hombre como él, creo que tampoco podría tener cabeza más que para la responsabilidad que implica ir acompañando a la mujer en cuestión a los controles médicos, a sacarse los estudios. No tendría cabeza para dejar de pensar en el asunto e iría cuidándola, ayudándola, conteniéndola, en una etapa tan especial de su vida. 

Ni como Divino ni como yo misma, ante semejante estímulo y ruptura en mi vida, gastaría un segundo de mi tiempo atiborrado de trabajo, de novedades y de euforia, en escribirle a una piba mucho más joven,  que es de otro mundo, que vive otra realidad, que te puso los puntos pese a lo halagador de tus palabras,  y con la que, está a la vista, nunca vas a ir más allá de un mensaje anclado en un chat de whatsapp que se archiva, porque la vida que quiere para si misma es muy distinta a semejante falsedad y reticencia al ser buen tipo, nada más que un buen tipo. 





miércoles, 21 de diciembre de 2016

Hallazgos recientes

Hace un par de noches, de una forma totalmente inesperada, me debatía entre irme a dormir temprano o quedarme buceando por la web. Me decidí a hacer lo segundo, intentando propiciarme un resquicio de alivio mental, ante el advenimiento del final de otro año y la llegada de una nueva Navidad; circunstancias que, de por si, siempre me encuentran con un vaivén anímico propio de pasarla como yo quiero y afrontar las criticas por ello, o pasarla como quieren los demás y hacerme cargo de mis propias criticas.  Así,  y para evitar ahondar en ese asunto, estuve un largo rato buscando poemas, otro largo rato chateando con un compañero de la Universidad y, como quien no quiere la cosa, guiada por la inercia y el reflejo de una conversación que había tenido durante el día con mi mejor amiga; me decidí a recabar algún que otro dato sobre Divino. 

Al respecto de el, no había tenido demasiadas novedades durante los últimos meses. Las cosas habían entrado en una pausa que, de mi parte, no estaba dispuesta a romper desde los hechos concretos.  Lo que se vislumbrara desde cero como un eterno tira y afloje de ambas partes, finalmente no llego a ser tal cosa, porque deje de escribirle y me dedique a contestarle sus mensajes en la medida que me los mandaba, de una forma lo bastante austera, según como me diera el sol.  Con el paso de los meses fui dejando todo en un eterno suspenso, porque ante lo extraño de su interés - escribirme cada tanto, como para que el otro sepa que seguimos allí y ese tipo de cosas -, hoy en día, después de aprender del pasado, yo me prometí no hacerme grandes problemas. Por esta razón, como sabia que me lo podía cruzar por la calle me decidí a archivar los chats y seguir con mi vida, sin mayores pormenores.  Esto ultimo puede sonar como una especie de parche, pero en realidad y por lo menos para mi, archivar chats inconducentes se vuelve mucho mas maleable que la decepción, la tristeza y ni que decir, el peso emocional que implica toda ilusión genuina. 

Sin embargo, hace pocas noches, algo me decía, no se bien por que, que me asomara a mirar hacia las zonas previamente conocidas; algo me impulso a saciar una repentina curiosidad. Entonces, abrí el navegador y después de un par de clicks sin rumbo fijo, leí una noticia que me dejo pasmada; y es que Divino va a ser papa.  

Si, Divino desde hace mas de tres meses sabe que esta esperando un hijo, un hijo varón. Su pareja - con la que hace un mínimo de dos años esta en crisis, yendo y viniendo, intermitentemente- esta embarazada. 

<<¡¿QUE?! >> me dije, en cuanto leí la noticia en las redes sociales que, a veces, desarman las redes de mentiras que tejen los seres humanos, fuera de ellas. Estaba sorprendida, asombrada y, a los cinco segundos, estaba aliviada.  Es que, a ciencia cierta, si bien siempre imagine que la reconciliación con su pareja era una posibilidad, y eso siempre me pareció un motivo sumamente esencial para quedarme en mi lugar; nunca me imagine que dicho evento tuviera consecuencias tan curiosas. El alivio fue una consecuencia inmediata de solo pensar que hubiera pasado si no me sentaba dos segundos a sopesar mis acciones futuras - que hoy serian mi presente - en relación a la credibilidad de sus palabras, en especial, después de su declaración de intenciones. El alivio llego cuando pensé en el momento donde me exploto en la cara la bomba de su conmoción y sin embargo, yo me obligue a no creer tan de pronto en sus palabras. El alivio llego cuando me sentí infinitamente agradecida por haber actuado con arreglo a mis valores aun sin un acuerdo racional, porque algo que venia desde mi educación, desde mi misma, no me permitía creerle del todo, como si en la vida empezar y terminar con un amor fuera producto de la generación espontanea. El alivio llego cuando, pese a que me subyugo y  que me puso en jaque la cabeza desde mi propio deseo, yo atendí a lo que representaba en mi vida aquella incertidumbre permanente que me hablaba de algo mas que, aunque en su momento no podía ver pero si imaginar, si podía sentir de una forma u otra.  

Justamente en nuestro encuentro Divino había enfatizado bastante en el asunto de no querer ser padre. Yo, de mi parte, mientras me lo contaba y un tiempo después del hecho, pensé que aquella pregunta respecto a mi deseo de ser madre, no era solamente mera curiosidad, sino que era ademas un reflejo de una situación irresuelta, inacabada, con la que en su momento era su ex-pareja y nada mas, tal como se encargo de catalogarla, cuando el tópico pasado apareció en nuestra charla, un miércoles cualquiera de agosto a las nueve y pico de la noche. 

Hoy recuerdo cuando me hablo de Ella.  Me alegra haber sido honesta y haber simpatizado mas con su pareja que con el mismo, pese a la enorme atracción que me genero. Es que, tal como le dije, yo no tenia derecho a juzgarlo por lo que quisiera hacer con ese estado de las cosas, pero si me sentía en la obligación conmigo misma de llamarle la atención sobre el valor de lo construido con ella, durante tanto tiempo, porque de eso si que era difícil olvidarse de un día para el otro.  Le dije, ademas, que en su situación  había que tener en cuenta que, en el medio de una crisis, siempre ocurría un cierto daño colateral, y que yo seguramente había venido a representar eso; la idea del aire puro, pero que no estaba dispuesta a ser el perro faldero de un tipo como el. Me dijo que no le creía, que era normal porque había sido muy intenso con sus palabras y que me daba tiempo para que piense lo que necesite.  Me dijo que sentía que no iba a volver a verme después de esa noche. Yo le dije que dejara de sentir, que se iba a poner bordo, y que me dejara pensar las cosas, porque como toda verdad, yo necesitaba tiempo para sopesarla. Me quiso invitar a cenar y le dije que no. Me quiso llevar a mi casa y le dije que no. Me acompaño hasta una agencia de remises y todavía me acuerdo de su figura esbeltisima, erguida, mirándome y saludándome otra vez con la mano, ante la mueca de la recepcionista que lo miraba a el y a mi, como si no pudiera llegar a entender del todo como un tipo de esos que denotan clase y belleza por donde se los mire (menos por dentro), andaba caminando por la calle a las  diez de la noche con un portafolios de cuero y una chica que no llegaba, siquiera, al promedio de los veinticinco años; es decir, yo, en una posición tan amistosa. 

 Mientras leía el anuncio, recordaba sus propias palabras y pensaba en como debería haberle caído la noticia, no podía evitar ponerme a recapitular las diferentes instancias que el y yo habíamos ido pasando durante todos estos meses. Lo primero que sentí, ante esto, fue desencanto porque, asimismo, lo primero que hice, fueron cuentas. Los resultados con los que me encontré confirmaron el paralelismo que siempre sospeche inconscientemente entre su vida con o sin ella y nuestros encuentros, nuestras charlas, esa manía de comportarse a imagen y semejanza que un encantador de serpientes.  La sospecha de dicho paralelismo, por su parte, fue otro de los motivos esenciales para dejarlo a un costado del camino, quizá, postergando la idea de salir un par de veces para otro momento de mi vida y de la suya. Es que, había tanto para resolver y ordenar, que preferí no meterme en el campo minado de su vida y, mientras hacia las cuentas, hace un par de noches, entendí que si bien me había metido sin saberlo, también había podido salir suficientemente a tiempo como para evitarme disgustos reales, dolores agudos. 

Asombrada, todavía asombrada un rato después, en la oscuridad de mi habitación, seguía sacado cuentas. Hasta bien entrado el mes de septiembre habíamos estado hablando; de hecho, un día de diluvio universal, desde la tranquilidad de su estudio, me había mandando un mensaje, me había sugerido que no fuera a la facultad con ese clima horrendo y yo había recibido todo ese gesto extraño con sorpresa, pero al mismo tiempo, con cautela. Es una pena que no nos hayamos vuelto a ver, me dijo. Empiezo a pensar que nosotros hemos tenido un encuentro surrealista le dije yo, tomando el asunto con humor. Estoy de acuerdo. Un encuentro con un toque de Salvador Dali - añadía, siguiéndome la corriente desde la cultura. Y yo que pensaba ya que eras onírico, **** , le dije, cambiando de tema, al instante, preguntadole por su día. Me había comentado que estaba revisando algunos casos, que todavía le quedaba trabajo y que no tenia ayuda de ninguno de sus socios. Le sugerí que, en caso de tener que quedarse hasta tarde, se pidiera algo para picar e intentara tomarse las cosas con calma. Le dije, a continuación, que lo dejaba trabajar porque imaginaba que estaría lo suficientemente ocupado. Nos despedimos acordando respecto a esa especie de alegría extraña que remitía a saber en que andaba el otro, como quien no quiere la cosa. Otra vez, unas semanas mas adelante en el tiempo, a fines del mes de octubre, seguíamos en contacto, aun sin cruzarnos, con mensajes perdidos en el revoleo de los dias. Con el paso del tiempo mi interés disminuyo, y al día veintiséis de aquel mes, con el apremio de parciales, entregas y reuniones con mis compañeros de facultad para resolver estas cosas, volví a postergar el asunto que, aunque generaba fuertes resonancias en mi, no eran las que esperaba después de todo. 

Durante todo ese tiempo, Divino ya sabia que iba a ser padre por primera vez en su vida; sabia que pese a su negativa la vida le estaba marcando un rumbo y era la hora de hacerse cargo. Sabia, ya, que le acababa de cambiar el curso de los acontecimientos futuros.  Sabia, ademas, que yo no me iba a volver a juntar con un tipo que estaba esperando un hijo, porque se lo había dicho, antes, a modo de anexo informativo, cuando estábamos hablando de que - yo - por mi edad y el - por su comodidad y por la diferencia de edad entre nosotros - no respondíamos al proyecto que dictaba el casarse y tener chicos como único modo de vida. Tambien considero que sabia que su pareja lo quiere, de seguro, porque por algo lo intento hasta el final y concreto su deseo de ser madre, con una persona como el. Sabia, de seguro, que su familia esta rebosante de felicidad por la noticia, que su hermano esta alucinado, que le promete prestarle todo y comprarle todo al Principito de la casa, que esta en camino. Sabia que empezaba, ahora, sin retorno, una etapa nueva de su vida. 

Yo, a diferencia, no. 

lunes, 5 de diciembre de 2016

Vacaciones

Considero apropiada esta etapa de fin de año, con todo lo que eso implica, para tomarme un periodo de descanso narrativo, si es que se necesita ponerle un nombre a este espacio. No hay razones fijas, determinaciones rotundas, ni nada de eso; esto es simplemente, darle un respiro a una plataforma que ha sabido contener los momentos buenos y también los malos, durante todo este año. 

Estoy segura que mas cosas llegaran pronto, y de nuevo vendré a relatarlas según el filtro que me dejan mis ojos. Pero, por ahora, es un momento de consideraciones personales que necesito, que me ayudara y que, espero, me sea productivo para el futuro. 

¡Sera un hasta pronto!


jueves, 1 de diciembre de 2016

En un mal día...

Sé que particularmente hoy no estás teniendo un buen día y que las últimas semanas vienen siendo bastante ásperas. Te escribo solo para decirte que no te preocupes y para recordarte algunas cosas que, considero, pueden ser importantes. 

Las cosas por las que estás un poco triste últimamente, no están a tu disposición para que las puedas cambiar por mucho que así, lo sé, vos lo querés. Se supone que la idea es que puedas aprender a aceptarlas, para vivir de la mejor manera. No son tu culpa, pero tampoco, son tu responsabilidad. En base a ellas es necesario que entiendas que, todo lo que pases que te duela y por lo que te conmuevas - positiva o negativamente - vas a tener la posibilidad de cambiarlo, cuando escribas tu propia historia. Y lo que te haga feliz ahora, lo que puedas trasplantar a tu vida futura, es importante que lo conserves con la misma ilusión para que llegue intacto al día de mañana, a la siguiente vez donde lo necesites. 

Con los estudios - esos benditos estudios - todo va a estar bien siempre y cuando te sigas levantando todas las mañanas con la certidumbre de que tenés mucho que estudiar, pero especialmente, que te gusta eso sobre lo que estás aprendiendo.  Cuando creas que no estás haciendo nada por vos recordá cuán grande es tu anhelo de progresar, y seguí adelante con la misma certidumbre de siempre: vas a poder, por más difícil que te parezca, por más nervios que te hagas, por más cansador que el ritmo sea.  Y si no podés de un tironcito, podrás de dos, pero no desistas. El día de mañana toda la siembra de esta cosecha va a ser el sustento que necesitás para motorizar un montón de cosas que querés lograr. ¿No soñás con hacer un montón de cosas? ¿No te gustaría poder darte esos pequeños gustitos que sólo vos entendés, no te entusiasma la posibilidad de costearte cursos, especializaciones y actividades que te sirvan para satisfacer toda tu curiosidad? Bien, sé práctica entonces: estudiá, trabajá duro, sacrificate y nunca dejes de confiar en que la vida te va a llenar de satisfacciones. Pero para eso, ahora, hoy, también centrate en lo que querés y respetá tu procesos, como aprendiste a hacer desde tan temprano. También valorá cada logro desde tus posibilidades, no te compares, no sufras porque no llega todo ya; no vale la pena. Llegará cuando sea tu momento. 

Las cosas, tuviste varios ejemplos de esto, llegan solo cuando tienen que llegar y esto va más allá de todos los pronósticos.  Además, ¿te ves haciendo algo que no sea estudiar esto? Sabés que no, que siempre ha sido esto, que siempre lo será. Amás lo que hacés como pocas cosas, soñaste mucho con poder hacer esto todos los días, con aprender sobre esto. ¿Te acordás cuando años atrás te entusiasmaba tanto el conocer más del tema? Es precisamente eso lo que estás haciendo ahora, tomá noción de esto, valoralo y disfrutalo.  Sabés también que por mucho que cueste, que por mucho que te agote observar lo absurdo de la competencia entre tus compañeros y aunque te de un refilón de asco ver la soberbia entre tus pares, que se sacan chispas por los promedios o cantidad de materias, tu finalidad es diferente. ¿O te olvidaste todo lo que simboliza para vos poder cambiar la historia? Con estas cosas, con el trabajo de cada día, con la fuerza de voluntad, la vas a ir cambiando, y con los años, todo este esfuerzo se va a notar.  Sé que estás cansada, que este año fue un año de mucho trabajo, de mucho estudio y de mucho trajín; pero respirá hondo y seguí. Cumplir los sueños, lograr cosas que te importan, forman parte de un proceso y como tal requiere tiempo. Sos joven, aún con el almita de vieja que tenés, sos joven. Aprovechá eso, sacale jugo a esa dualidad. No te avergüences de ella. 

Y cuando te digo cumplir tus sueños - nuestros sueños - no hablo solamente de levantar un título de grado como continuación de tu puño y sentir en todo el cuerpo lo que implica haber podido. No, la vida no es sólo eso y lo sabés, lo supiste siempre. Cuando hablo de sueños, de nuestros sueños, también te pido que mantengas la fe en ellos, sí, en esos otros.  Sé que a veces puede parecer lo más recóndito del universo verlos en la realidad, pero no te preocupes... Los sueños que tenemos están ideados a nuestra medida, están orientados hacia nuestras capacidades más ocultas. Porque, los sueños no son solo simples ilusiones sino que también son pequeños y grandes senderos que vas a tener que recorrer para cumplirlos.  Haciéndolo, vas a aprender un montón de cosas que te darán el coraje y las herramientas justas para cumplirlos.  

Tene fe, siempre. Pero especialmente, tené fe de todo lo que sos capaz de hacer. La única condición es que estés en paz, que te aceptes, que juegues a favor de  las elecciones que tomas, por diferentes que sean en relación a los demás.  

¿Nunca pensaste que no hay nada peor que alguien que no te apoye en algo que anhelás mucho? ¿No es algo que te duele la falta de apoyo hacia los sueños de los demás? ¿No es algo que siempre tratás de hacer con los demás, porque sabés todo lo que puede revestir un deseo para una persona? Bien, volvé a ser práctica entonces: apoyate a vos, contá con vos, confiá en vos. Ninguna otra persona ajena sabe exactamente la implicancia de cada uno de tus deseos; cuidalos. No permitas que nada te desmorone del todo, y aunque tengas miedo, seguí adelante, apelá a tu capacidad de disentir y de elegir, respecto a tus valores y las cosas que te importan. No dudes tampoco de tu intuición y no pretendas, de verdad no pretendas, controlar todo. 

Aunque te cueste comprender lo que te voy a decir, tenés que interiorizar cuanto antes que la vida es todo el tiempo un movimiento aleatorio de escenarios posibles y que nada es definitivo, pero eso no quiere decir que sea malo. En esa revolución, en esta ruleta, puede hallarse todo lo que soñás para tu vida, y no necesariamente tenga que estar todo lo que te atemoriza que pueda sucederte.  Relajate, respirá y mirá desde varios ojos las cosas. Tomate el tiempo que necesites para tomar las decisiones pertinentes para tu vida y confiá en vos, confiá en elegir tu propia aventura, confiá en los dictados internos que hablan sólo de lo que vos necesitás y no de lo que los demás te hacen creer que es mejor para tu vida.  No tengas miedo de sentir que no estás lista, porque nadie nace con la experiencia bajo el brazo para todas las cosas. Festejá que tenés cosas por aprender, eso te va a mantener entretenida, vos que tan inquieta sos, a veces, vos que tan ansiosa te ponés si te sentís inútil. 




Antes de despedirme, quiero dejarte en claro una última cosa: no cuestiones las cosas buenas que te pasan, la gente buena que te rodea, y tampoco te pongas a pensar por qué te pasan cosas locas, que hubieras creído posibles para los demás. Merecés cosas buenas, son tu energía. Merecés afecto, tanto como lo das y merecés sorpresas, mimos, no sé, cosas especiales. Si llegan, es que son para vos, tomalas.  

Valés, valés tanto como el propio valor que le das a los demás. ¿Quién te hizo creer que eras menos? Valés, mucho, tratate con el mismo amor con el que te criaron, con el que te acompañaron, con el que te apoyaron en todas las que pasaste. Dejá que te consientan de vez en cuando, no es nada malo que te hagan sentir especial; a vos también te pasa que, a veces, querés homenajear a alguien más porque lo sentís de esa manera ¿no? Bueno, a los demás les pasa lo mismo, no es tan difícil de entender.  Disfrutalo, sabé siempre que la vida no es siempre así y cuidá lo bueno que tenés, pero también aprovechalo, sentite merecedora de todo lo bueno que te pase, de tener la familia que tenés, de los amigos que tenés, de los logros que tengas en tu vida.  Ah, y otra cosa que me estaba olvidando:  la próxima vez que te tires a menos con Divino - que sí, coincido, era lindo muchacho - o cualquier otro mortal, se pudre todo. Si te gustan y vos le gustás, cierra el negocio. Sé que quizá te dé un poco de pudor, porque para variar vos creés que las cosas buenas no te van a pasar, pero asumí que tendrás lo tuyo y no te pares a pensar qué te vió; mejor que uses esa energía en conocerlo, en ver qué pasa y en darte la oportunidad de ser feliz, en caso de que sea eso lo que te esté esperando a la vuelta de la esquina. ¿Alguna vez te tiene que tocar, no? Bueno, vos ayudá de tu parte no buscándole la séptima pata al gato, por favor. Sería genial que lo hicieras la próxima, sea con quien sea que te cruce la vida, ¿está bien? Ya lo sabés; no me podés decir que nadie te lo advirtió. 

 En fin... Siento que estoy quemándote la cabeza. Para despedirme te cuento, por si no te diste cuenta todavía, que soy tu parte buena. Sé que puedo parecer en extremo edulcorada en relación a tu racionalidad de todos los días, pero escuchame esta vez. De verdad, hacelo.

Hoy vengo para hacerte sentir mejor, nada más, vengo para recordarte cosas que, evidentemente, necesitás volver a reflotar. No estés triste. Sí, también entiendo eso de que tenés derecho a estar atravesando un período un poco amargo, pero tenés también la responsabilidad - anudada a ese derecho - que implica no hacer de un periodo la eternidad. Lo sabés, no vale que lo evadas, porque lo sabés. 

Mañana te vas a levantar mejor después de esta charla, vas a ver. Te vas a poner la pava y te vas a sentar a estudiar con la misma dispersión, con la misma disposición, con el mismo amor y con la misma esperanza de siempre.  Ah, y esos finales que te tienen de los pelos, si no salen bien esta vez, saldrán bien la próxima. Metele sin miedo, querida. 

Ahora sí, dicho todo esto, te dejo descansar de una vez. 

¡Hasta la próxima!


lunes, 28 de noviembre de 2016

Dicen las malas lenguas V

Las charlas con mi padre en particular, casi siempre, surgen a la hora del mate. De los cuatro miembros de mi familia, contándome, hay dos que toman mate y dos que no. Por lo cual, es un rito que invita a la conversación, que reúne lo que a veces no se puede conciliar de otra manera y que, parece, destapa ciertas concepciones. 

Los argentinos tomamos más mate que agua mineral

Hoy no fue la excepción. Si bien me había tomado un termo de mate sola, mientras estudiaba, mi papá me preguntó para cuándo el mate, un ratito después. ¿Que si me iba a negar? Nunca; porque yo difícilmente rechazo un mate. Justamente por esa incapacidad me encaminé hacia la cocina a prepararlo, cuando me comentó que tenía media hora antes de irse a resolver cuestiones del trabajo, porque mi padre no reconoce feriados en su rubro. Antes, pasé por mi pequeña huerta y me llevé algunas hojas de menta, para darle un toque de simpatía a la infusión, cuestión que recomiendo, porque la menta natural le gana a cualquier yerba saborizada. Una vez que dispuse todo sobre la mesa, lo miré con cansancio, porque es muy cómodo con el mate y, además, exquisito. Los suyos, la verdad, no son del estrellato y sin embargo, como buen anciano ortodoxo en la materia me miró extrañado cuando me vió entrar en la cocina y lavar la menta. Que conste en actas que, antes, le había dado a probar uno calentito para que le encontraba el punto y se le pegara la idea, pero no hubo caso, claro. 

Inmiscuida en mis asuntos estaba cuando me hizo un comentario de los trajines del día. Había hecho mucho y le quedaba bastante más por hacer. 

- Ayer hice muchas cosas también. No me pareció domingo - me comentó. 
- Además a la tarde te fuiste a dar la inyección - le comenté, porque ayer, como tiene una pierna a la miseria (veinticinco años en la construcción no son gratuitos), yo los acompañé a él y a mi abuela, a que ambos, y por distintas razones, se aplicaran sus respectivas inyecciones. 
- Sí. Cuando llegué, estaba dolorido - reconoció - Encima, justo después, cayó *** - me dijo, mencionando a su amigo, con un gesto de molestia.
- Bueno, pero, no seas malo... - le puse cara. 
- Ya no me está gustando que esté siempre con la misma cantinela, Veinteava... - me dijo. 

Lo noté excesivamente molesto por el hecho que, de otra forma, podría desmarcar con más facilidad. 

- De todos modos, no sé por qué te hacés tanto problema. Viene, te cuenta, lo aconsejás, pero me parece que no hay por qué tomar partido. Vos no sos su papá, no sos un pastor, escuchalo y hacé las cosas de corazón, pero después dejalo que decida solo - consideré. 
- Es que además... - dudó - Se me puso algo en el medio de la cabeza y decime desconfiado, pero vos me conocés a mí, hija - me dijo, evidenciando el enojo que yo había atisbado. 
- No te entiendo, la verdad - le dije, porque odio las cosas crípticas y los misterios innecesarios.  
Que si se quería hacer el detectivesco, pensé, se abocara a consumir textos propios del género policial, no a las cuestiones más que cotidianas. 

- Es que yo veo cosas que no me gustan de este pibe, con vos - explicitó. 
- ¿Otra vez con eso? 
- Sí, otra vez - dijo, disgustado - Noté que, ya lo hizo varias veces, está pendiente de vos. 
- Ay, no, por favor... - me reí - ¿Me estás jodiendo, no? - sacudí la cabeza. 
- No, no te estoy cargando... 
- Pensá un poco coherentemente, papá. Este pibe no puede estar pendiente de nada más que no sea su situación. 
- Pero yo veo que está demasiado pendiente. No me gusta. 
- Es cosa tuya eso, yo no lo veo así... - lo miré - No me va a tirar los galgos, además - lo tranquilicé. 
- Si te tira los galgos, lo cago a trompadas - sentenció. 
- Ay, por favor, no seas carvenícola - le dije, ya molesta - ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? 
- Si, Veinteava, me doy cuenta. Yo le abro las puertas de esta casa porque la está pasando mal, no para que se haga el galán con mis hijas - destapó, ahí, toda su indignación - Estoy enojado. 
- Estás tomándote las cosas demasiado enserio... - afirmé - No es para tanto... 
- Creo que, para decirte la verdad, estoy más enojado por esto que por las cosas que me cuenta que le está haciendo la ex- mujer - hiló. 
- Pero... - mofé - ¿Te das cuenta lo que decís, no? Este tipo no hizo nada, vos mismo lo podés ver - le dije, para que no se afligiera. 
- Veinte, está a cuatro años de los cuarenta años - explicitó - no se puede hacer acá el desentendido - me dijo, mirándome fijo. 
- Por eso mismo te lo digo - repuse - Tiene demasiadas cosas en las que pensar para creer que si es amable conmigo un mal pensado lo puede distorsionar. 

Me miró. 

- Yo lo único que te digo es que, si viene acá, no sea para meterse con ninguna de mis hijas. 
- Qué exagerado que sos, la verdad... 
- No sé - puso cara de parca - Está constantemente pendiente de que vos sepas todo... 
- ¿Eh? - lo miré, desconcertada. 
- ¿No te das cuenta que tiene demasiado interés ya en tenerte al tanto de todo lo que le está pasando, de cómo está actuando? 
- ¿Y? 
- Ayer, de hecho, estaba hablando conmigo y vos estabas llegando y me dijo que ahora cuando llegabas, me iba a explicar con más detalle - argumentó - ¿Desde cuándo le interesa tanto que vos sepas? 
- No sé, no creo que tenga nada de malo... - medité - Quizá quiere tener otra opinión, o contar las cosas una sola vez 
- O asegurarse de que vos lo mires, como lo hace, cada vez que te habla - me dijo - Cada vez que está contando algo, te mira, te mira... - me dijo - Está pendiente todo el tiempo de eso, de que lo mires, de que lo escuches... - argumentó. 
- Ay, papá, ni que yo fuera la justicia encarnada en una persona - me exasperé.
- No, pero no pienso permitir que se venga a hacer acá el candidato... - se quejó. 
- Creo que es lo suficientemente adulto para entender que, en esta casa, no tiene cupo para hacerse el señor fatal - le dije - ¿No te parece que, en honor a su sentido común, al margen de sus intereses, se va a mantener ubicado? No te maquines. 
- ¿Que si se va a mantener ubicado? Más le vale. Uno se dispone a escucharlo y, después, pasa que se quiere quedar con una de tus hijas, qué le pasa, está loco... - argumentó. 
- No te calientes, dale - lo molesté y le pasé otro mate. 

Se quedó callado. 

<<¡Ay, señor, qué paciencia! >> me dije. 

Es que, efectivamente tal como creí yo hace un tiempo, mi papá no se desentendió de esa duda, que le hace ruido en la cabeza, desde hace bastante tiempo. Yo, por lo pronto, ya abandoné la intranquilidad.  No tengo nada de lo que ocultarme, ni tampoco tengo a nadie que preservar de los juicios de los demás. Este es un rumor instalado. Será cuestión de evadirlo y disolverlo para restarle corporeidad y creo que lo que más me importa de todo esto es que no se generen verdaderos problemas. Ademas, lo único que yo sé con certeza es que el amigo de mi padre nunca explicitó nada. No me sentó, a la manera de Divino, para decirme qué le pasaba o no, y eso, sigue queriendo decir algo bueno para mi.  Por lo pronto, entonces, las habladurías no están fundamentadas. Todo lo que los otros ven, bien pueden ser imaginaciones de ellos. Mi actitud está notablemente más sosegada; hablo menos, opino menos, intervengo menos; no tengo interés en agudizar el cuadro en lo más mínimo. 

La charla de mate del día, como se puede ver, tuvo un condimento extra además de la menta.