miércoles, 31 de julio de 2024

Mis para qué

 Pensando en todo este asunto de la cirugía y controlando su mejoría con el paso de los días desde la operación, me di cuenta que este es un gran gatillo para mí. Me siento limitada, porque me está molestando, no puedo comer bien, me siento muy necesitada de ver resultados y me desvela saber si todo saldrá bien. 

Estos días ando un poco así, reaccionaria. Belicosa. No porque esté enojada, sino, porque no tengo todo planeado y eso me llena de frustración. Aunque la ansiedad para mí es a veces miedo, a veces angustia y muchas veces es intensidad, fuego, sangre el las venas, ir al choque, al impacto, dejarme perder de vista por los impulsos; es también la poca tolerancia que tengo a la frustración. La exasperante experiencia de decir: "no puedo intervenir en el curso de las cosas".  

Esto, para mí, que soy una persona que piensa posibilidades, que diagrama en su mente, que analiza y que no dejaría nada librado al azar, es una situación muy incómoda. Que me saca por completo de mi zona amigable y que me somete a vivir día a día con la espera. Y especial, una situación que me dice: "te guste o no te guste, vas a tener que ser paciente". 

Parte de mi negativa a hablar del tema fue hasta ahora un mecanismo para no poner en palabras esa angustia, la preocupación o las incertidumbres que trae aparejado. Para manejar la ansiedad, pensé que quizá lo mejor era no compartir con nadie el asunto. Pero creo que no es el mejor modelo. 

II. 

Desde hace algunos meses, me estoy sometiendo al tratamiento odontológico más intenso y profundo para solucionar todo lo relacionado con el consumo de betametasona en cantidades muy altas. Esto tuvo un por qué. Claro que sí. 

El haber salido de la panza de mi mamá a las 28 semanas de gestación (recién cumplidas) califica como prematurez extrema. Y en ese contexto, apenas tenía desarrollados los pulmones por lo que la dinámica era luchar constantemente por la sobrevida. ¿Cómo pensar en otras consecuencias a futuro? La maduración pulmonar es imprescindible en cualquier ser humano. Pero en casos de bebés prematuros, la betametasona estimula el desarrollo acelerado de los pulmones. Impide que se den enfermedades respiratorias graves y da un apice más de hilo. 

Más adelante, cuando salí de terapia intensiva, y después cuando crecí, seguí recibiendo betametasona. Tenía cuadros de laringitis muy fuertes, donde la garganta se cerraba, y me la daban para desinflamar. Y así, seguía sumando dígitos a la cuenta. 

III. 

Estar hoy en esta situacion, después de eso, es movilizante.  Aunque para los demás pueda ser una pelotudez, o una cuestión solo de dinero, personalmente es una oportunidad para poder seguir trascendiendo limitaciones. Y de ofrecerle a la niña que fui un reparo también frente a las consecuencias de aquello que no pudo hacerse de otra forma. No se trata de reparar los dientes o las piezas, sino, de una gran reparación emocional. 

Y asumir esto, trabajar sobre esto, darme el permiso para sentirlo, para atravesarlo, está siendo sin dudas una experiencia muy movilizante. Que me lleva de vuelta a lugares y que me devuelve conclusiones nuevas. 

Por un lado, creo que es una oportunidad de poder darle solución a estás secuelas, que son aquellas que si puedo solucionar, y todo tiene ese gusto a revancha. A lucha y a revancha que definitivamente le quiero dar. Por otro lado, también, es normal que exista el miedo p la ansiedad si sé que me voy a meter en estos mares. 

Quizá no corra con ventaja en esto, no lo pueda evitar, pero si voy a dar la pelea. Voy a no rendirme. Voy a perseverar seriamente. Y seguramente hasta  lo voy a lograr.  Y me voy a repetir a mi misma: "hasta acá también pudiste llegar". Pero en el mientras, hay que vivirlo... 

Y esto es lo que estoy viviendo hoy. Esta es la parte que me va tocando. 

III. 

Lo que debo hacer en concreto no se trata de recuperar toda la dentadura. Sino, de hacer tratamientos muy costosos en las piezas más resentidas que me den funcionalidad en lo cotidiano. ¿Por qué tan costosos? Porque estamos frente a tratamientos de largo plazo. Donde es muy importante poner materiales buenos. Donde es central buscar alternativas buenas. Donde es importante pagarlo con mucho empuje para que todo sea de calidad, aunque hablemos de una cifra global de dinero que es muchísimo muchísimo. Donde lleva el tiempo buscar una persona adecuada, que sepa hacer bien las cosas, que tenga un equipo confirmado, que trabaje integralmente con otras especialidades, etc. 

El dinero que me piden es realmente mucho. Pero no creo que sea demasiado. La incertidumbre respecto a cómo gestionar la ansiedad frente a eso, es un gran desafío hoy, pero no dudo un segundo que vale la pena todo lo que estoy haciendo, viviendo e intentando por esto. 

No miento si digo que, a veces, me gustaría salir un rato de mi cuerpo, darme un abrazo y decirme: "quédate tranquila, vamos a poder", porque es tal el transfondo de esto, y tal la intensidad que convoca, que termina siendo agotadora la dinámica de no saber qué va a pasar, cómo vas a hacer para todo ya, etc. 

Pero no puedo modificar las cosas que vayan a pasar, ni puedo detenerme a pensarlo demasiado. Tengo que aprovechar el proceso de remoción emocional, y todo lo que me despierta como si fuera nafta súper. Un combustible mágico que me renueve a diario la fe en el camino. En esa justicia que yo quiero darme. En esa reparación que lejos está de ser estética o funcional y que es por encima de todo emocional. 

IV. 

A la fecha, ya avancé una parte del tratamiento. Tengo que rehabilitar la parte de arriba, que es más compleja en todo nivel, y la parte de abajo. 

¿Se vale decir que lo que más me genera ansiedad es la parte de arriba? Se vale. Por eso, hice lo que más miedo me daba de todo aquello: la cirugía. 

Eso sí: hay mucho por hacer que no es como la cirugía, pero para mí significó un avance enorme. Un click. Algo que sigo procesando hasta ahora. Una manera de decir: "de a poquito, vamos a ir juntando todo el dinero y haciendo esta reparación, y aunque parezca que no vamos a ver avances en algún momento. Todo va a llegar". 

Al caso, y como me dijo mi odontólogo: "cuando terminemos esto, va a quedar una bomba". 

Y si, entiendo que desde el aspecto estetico seguramente sea un cambio muy positivo. Pero estoy completamente segura que todo esté proceso, a medida que vaya avanzando, va a ser un continuado de momentos de mucho consuelo para mí. 

Ese es en el fondo mi verdadero para qué. 

lunes, 29 de julio de 2024

Molesta

 Hoy en la oficina me sentí bastante molesta con el tema de la cirugía odontológica. Creo que los puntos que llevo el la boca desde el viernes están empezando a cicatrizar y con eso a molestar. Algo que durante el fin de semana todavía no había ocurrido. Y hoy en la oficina, las molestias aparentemente encontraron un gran momento para desplegar su potencia y con ello ponerme considerablemente de mal humor. 

Y si. Para que yo tenga un día malo, de forma manifiesta, y lo comunique y lo exprese en el ámbito laboral, es porque realmente no me sentía bien, es decir, que estaba re histérica. 

Si yo, que soy experta en separar lo profesional de lo personal, dejé que pesara realmente lo que pesaba más. No me moleste en disimular nada. Al final, me dije, cada uno podía pensar lo que se le antojara. 

Mis compañeras en el almuerzo me preguntaron qué tal porque me veían comer diferente y les dije: "no, es que hoy no me siento bien chicas, la verdad, porque me hicieron una cirugía en la boca el viernes y estoy dolorida". Y con otras más, hablé de la cirugía un poco más en detalle.  Me desearon una pronta mejoría y la esperanza de que pudiera volver a comer pronto, porque saben que yo disfruto mucho la comida y porque me encanta comer boludeces y es justamente todo lo que no estoy haciendo. 

La molestia física es parte del proceso junto con la incomodidad alimentaria. Por un lado me siento muy contenta pero por otro lado deseo que me saquen pronto los puntos y ya poder así ganar competencias. Pero es inevitable: tengo que tener paciencia. 

Sostener esas precauciones en espacios que no son nuestra casa, donde podemos abrir la boca de maneras extrañas con tal de comer, es considerablemente complejo. Eso fue de hecho lo que hoy me puso de mal humor. No poder desayunar bien, almorzar tan lentamente, sentir hambre y no poder contorsionarme del todo para poder comer algo más que galletitas remojadas en mate cocido tibio (mate cocido porque no puedo tomar mate, y tibio, porque no puedo consumir nada caliente). 

Si, fue difícil hoy. Y no me me parece dramático reconocerlo. Últimamente, necesito más que nunca validar mis procesos, mi camino, y que esa validación sea interna y efectiva para mí. Cada vez me parece más innecesario contar o compartir las cosas con gente que no se interesa realmente y si veo imperioso el tener certeza sobre lo propio. 

¿A quién le importa si es una exageración, como me dijo mi hermana? A mí, no. Es algo que me hizo sentir bien poder hacer. Que fue un logro para mí. Que supuso vencer algo a lo cual le tenía miedo y que no pensé que iba a poder sortear tan bien en sentidos que no son físicos o se puntos. De hecho, cuando le conté el paso a paso del procedimiento se le aflojaron las piernas a mi hermana y ahí me di cuenta que no hay problema con darse a uno mismo el lugar central, sino, en pretender que los demás entiendan la profundidad de nuestras emociones o vivencias. 

II.

Empecé con este proceso como parte de solucionar un conflicto que viene desde mi nacimiento, a modo de secuela por alto consumo de corticoides. Es algo que usaba como método para dar vuelta el partido con la prematurez y ahora supone otro partido más para dar vuelta en la adultez. En todo nivel. Incluso, en el nivel de sentirse merecedor de poder acceder a lo necesario para jugar ese otro partido y hacer los goles. Cada detalle cuenta. 

Este partido del presente, es un desafío si. Pero no puedo evitar sentirme orgullosa de mi misma por hacerle frente. No es una cirugía y derivados, es haber tomado una decisión importante, costosa, y necesaria, para ocuparme de mi salud. Que implica invertir a futuro para darme lo mejor que pueda. Que implica salir a ponerle el cuerpo, a juntar el dinero, y seguir generando ese dinero para poder seguir costeando todo.  ¿Cómo no va a ser importante para mí el proceso si se trata de hacer algo que llevo años posponiendo por miedo, por negación, por no saber cómo empezar? 

No me importa si no lo ve nadie, si muchos me dicen ay no es para tanto. O yo tuve un día peor si comento que tuve un día de mierda porque no pude comer bien. 

Esas actitudes revisten tanto egoísmo que me irritan pero no me dejan de asegurar algo: la gente egoísta no va a cambiar. La gente con poca empatía no va a dejar de ser así. Parece que el desinterés está normalizado.

Y lo único que termina siendo importante al final del día frente a eso es saber que mí niña interior está cobijada por una adulta que la sostiene. La respalda. La protege. Trata de sostener la rutina y las limitaciones físicas pero no deja de dar lo mejor. 

Y eso basta. Para mí. Y listo. 

domingo, 28 de julio de 2024

Finde de spa

 Después de una semana intensa, en todo carácter, que incluyó visitas al doctor, la cirugía del viernes y los deberes laborales, llegó un fin de semana especial. Y fue un finde de spa, que incluyó masajes, jacuzzi, sauna y pileta. Además de un hospedaje en el hotel, desayuno, comida rica... Es decir, un finde especial para dejar atrás una semana también particular. 

Qué privilegio haberme podido tomar este fin de semana después de unas largas y rígidas semanas. Ha sido algo inesperado, pero me alegra haber dicho que si. Y me alegra porque pensé que después de la cirugía la iba a pasar mal, pero en realidad, todo lo contrario. Fue lo mejor que pude haber hecho para recuperarme no solo físicamente sino mentalmente de todos los procesos que estos temas conllevan. 

Si, quizá suena frívolo, pero no lo esn. Y yo, que dejo constancia de lo pequeño y lo grande por aquí, no puedo dejar de contarlo desde la gratitud y desde el alivio porque fue un barajar y dar de nuevo. 

Y me siento muy feliz por eso. Aunque sea algo tonto para algunos, para mí, es una maravilla que agradezco vivir. Y algo que me gustaría mucho seguir disfrutando cada vez que pueda. 

II. 

Hacía años que no iba a un spa, desde 2017.  Si bien en estos años he visitado distintos hoteles en CABA, por motivos ya conocidos, ir a jornadas de spa es distinto y creo que el programa no podría haber llegado en un momento más justo. De mí sesión de masajes, salí según me dijeron con la cara de la paz misma. 

Y la verdad, tiene sentido que haya salido así. 

Pese a que estuve tomando antibióticos, y cuidandome por la cirugía, lo disfruté enormemente. Recargue una batería muy precisa, que es la mental y la introspectiva, es decir, que me hice tiempo para sentir. Para disfrutar. Para despejarme. Para desconectar. Para poner el cuerpo a disposición del placer y del disfrute y no siempre del deber, del trabajo, del estudio, y de los tratamientos médicos que llevo adelante. 

Pero además me hice tiempo para pensar en los procesos que sigo llevando adelante. Para charlar. Para reírme. Para disfrutar. 

III. 

Julio, mi gatito hermoso, estuvo extrañado por mi ausencia. Me han contado mis padres que no quiso entrar a mi habitación en los dos días que me fui ni quiso dormir en la cama que duerme conmigo todas las noches, es decir, a mis pies. Que estaba inquieto, más de lo normal, y que no quiso estar con ellos demasiado, por la noche, que se fue a dormir a otros lugares donde no suele dormir seguido. 

Me quede pensando en eso. Pero no fue nada grave. Cuando nos reencontramos hoy, lo besé de arriba a abajo y ni bien entré a mi habitación a desarmar la mochila y a prepararme para la semana, después de haberle hecho toda clase de mimos, Julio se puso a jugar, a oler, se subió a la cama y pareció otra vez encontrar su rutina. 

¿Será que extrañó? ¿Será que lo extrañó la modificación en la rutina? Quizá. Me gustaría saberlo para poder compensarlo. Nada más. Por mí lado, yo  si lo extrañé y me di cuenta que él es mi familia. Sí, la mía. No es la familia de origen con mis padres, ni hermanas, ni mis sobrinitos hermosos. Él es mi compañero de vida. 

Eso también me animó a volver a casa. Reencontrarnos y vernos. Recargar baterías entre nosotros. 

sábado, 27 de julio de 2024

Después de la cirugía

Es sábado, muy temprano. Ayer me tocó hacerme la primera cirugía en 29 años y me acosté muy temprano. Dormí bien, en general, sin dolor, aunque con ciertas interrupciones propias de la posición que tenía que poner. Así que sin dudas no podía ser menos este amanecer anticipado. 

La verdad es que me asustaba la cirugía. Durante esta semana ya la tenía planificada pero había también un resto de ansiedad y de miedo que especialmente el día antes y el mismo día de ayer viernes me costó dejar de lado. Hacía bastante tiempo que no le sentía asustada por temas de procedimientos médicos. Y siempre el temor fue encarrilado por mi familia. Cuando iba al traumatólogo, de pequeña, a controlarme, también sentía miedo por mi salud. Pero era un miedo simbólico. Y ahí estaban mis papás, literalmente, llevándome uno de cada mano al consultorio para que me encuentre con Eduardo. 

Pero ayer, fue distinto. Era un procedimiento en concreto, con anestesia local, pinchazos, etc, en la boca. Y había algo en particular que me daba miedo, que no eran los pinchazos de la anestesia, sino, una especie de taladro que usan para perforar el hueso de la mandíbula. Una divina experiencia, como para un día viernes, digo yo. 

II. 

El día lo comencé temprano. Primero, porque me acerqué a la salita para que me dieran una inyección del pre operatorio y segundo porque me conecté a trabajar. Si. Me conecté porque tenía que mandar algunos mails, asistir a mi clase de inglés y finalmente ahí sí salir para el consultorio de mi odontólogo que, afortunadamente, es cirujano especialista en lo que me tocaba hacerme. 

Eso me dejaba tranquila, pero me preocupaba una especie de taladro que usan para perforar el hueso de la mandíbula, la extracción, y el apalancamiento de la pieza para hacerla salir.  No sabía si lo iba a sentir, si me iba a enloquecer la sensación, porque nunca me extraje ningún diente hasta ayer, pero sabía que eso venía afortunadamente después de la anestesia y que en caso de sentirlo, podía levantar la mano para que me pudieran poner más. 

Sentí que apalanco, si, varias veces. Me dijo que no me asuste, y yo me relajé. Con la anestesia, no sentí nada.  Antes de empezar, me dio un primer pinchazo largo de anestesia en la parte frontal de la encía. Derechito a la cara, como para que perdiera derechito el miedo y realmente no me dolió. Respiré muy profundo, me concentré en eso únicamente y me dije que era todo para mi bien. Después de ese pinchazo vinieron unos en el paladar. Y vino uno en el paladar que fue en diagonal, trasversal, de adentro para el interior del paladar, y ese si me dolió, lo sentí por completo. Sentí como ingresaba la aguja y me dije que bueno, que seguramente en la cirugía necesitaba cubrir todos los frentes, que era una aguja, que era normal lo que sentía y que respirase. Que todo estaba bien. 

III. 

Cuando ya tenía buena parte de la cara dormida, ahí si, me preguntó qué música me gustaba escuchar y empezó primero con la extracción y después con la intervención. 

Le pedí que pusiera a Charly García. Y así, bien arriba, trate de pasar algo que me daba mucho miedo pero que finalmente pude superar al ritmo de "yo que crecí con Videla, yo que nací sin poder, yo que luché por la libertad pero nunca la pude tener". 

Cuando salí, supe que todo había pasado y que había salido bien. Una cirugía, una extracción y algo más simbólico: el poder haberme acompañado bien a mí misma. Estando solo conmigo misma. Cuidando bien de mi y sintiendo que era capaz de eso. De cuidarme bien. 

Tampoco quería molestar a nadie. Mi mamá estaba comiendo con una amiga y no se imaginó que me daba tanto miedo, me dijo, pero yo creo que prefería irse a comer con su amiga y trato de no ahondar demasiado. Por su lado, mí papá, que me vio asustada y ansiosa antes de irme, me preguntó si quería que fuera y se quedara en una cafetería que está un piso debajo del consultorio.  Que si no, lo llame que estaba a cinco cuadras de ahí, trabajando en lo de "una viejita de acá de ***", según su denominación, como si yo las conociera a todas jaja.  Pero a él, que me preguntó, le dije que no. A fin de cuentas, contaba conmigo. Y sabía que la mujer de 29 que soy hoy, perfectamente podía acompañar a la niña interior asustada. 

Así que lo hice. Entré al consultorio, mentalizada. Firme el consentimiento por escrito, me puse la cofia y el delantal y... Ahí fuimos. La pequeña versión aterrada de mí y la versión de veintinueve poniéndole el pecho a las balas. 

Si hay algo bueno, es que dentro de este postoperatorio, se aconseja mucho comer helado. Sí. Helado. Para desinflamar. Así que, de premio, cuando salí, me tomé un analgésico a modo preventivo, me fui a comprar helado y volví a mi casa. 

IV. 

Ahora, mientras me dedico estos minutos de la mañana recién nacida del sábado, agradezco haber pasado ya por esto. En un rato me toca levantarme para hacer algunas cosas que ya tenía agendadas de antes, pero mientras tanto voy a aprovechar a relajarme un poco más y a disfrutar de este nuevo logro desbloqueado. 

Creo que me lo merezco. 

miércoles, 24 de julio de 2024

Race at home

 Los miércoles trabajo desde mi casa y trato de que sean días para frenar en la dinámica tan intensa, pero hoy fue todo lo contrario. 

Empecé el día quedándome dormida. Había puesto el despertador para levantarme antes, y empezar el día tranquila y mi celular se apagó. Eso hizo que me despertara, por suerte, dos minutos antes de comenzar la jornada. Y eso hizo que me conecte pero que la rutina de cada mañana (cepillarme los dientes, hacerme la rutina de mañana por el tratamiento con la dermatóloga, prepararme un café o un mate) se distorsione por completo. 

Me senté a mirar unos mails hiper rápido y cuando me quise acordar ya eran las diez. Y a las 10.30 necesitaba salir para una sesión más del otro tratamiento que estoy haciendo y por el cual este viernes tengo programada una cirugía. El turno me llevó mucho tiempo. Salí bastante molesta pero agradecida casi en partes iguales y tratando de mantenerme con la cabeza en su sitio. Con varias recetas para tomar medicación antes de la cirugía como instancia preparatoria. Y con la mayor voluntad, porque la verdad es que me asusta un poco todo el asunto. 

Cuando salí, trate de no estresarme más haciendo la fila de la farmacia. Pasé de apuro a buscar un pedido por un lugar donde por suerte no tuve que esperar y directamente volví a casa, para seguir trabajando. 

Cuando volví, apurada porque el turno me complicó la agenda, tenía mails y líos por resolver. Mi jefa empezó a hacerme algunas consultas y yo tenía además que contestar lo que no había podido, así que almorcé bastante tarde y bastante mal mientras trabajaba y me focalice en terminar los pendientes quedándome un rato más después de mi hora habitual. Además, justo se destrabó un proceso con un cliente importantísimo y tuve que hacer algunos cálculos (yo haciendo regla de tres, me reía sola de solo pensar las vueltas de la vida) para avanzar los procesos administrativos relacionados.  Afortunadamente, pude avanzar con los cálculos , los presenté, y la persona de la empresa que tiene mí teléfono personal me dio su feedback por allá, lo cual me facilitó las cosas.  Implicó haber destrabado un tema que desde principios de mes no avanzaba por burocracia corporativa del otro lado. 

Cuando me desconecté eran casi las seis y media pasadas, por lo que aproveché para tratar de desconectar también mentalmente. Me di un baño largo. Pedi los medicamentos que tenía que comprar con envío a domicilio para no volver a salir y me tomé todo el tiempo que pude para desenchufar. Lo necesitaba muchísimo. Necesitaba frenar, alimentarme, bajar la ansiedad, hacerlo todo tranquila. Y hoy, ese fue el desafío del día. 

El estrés que me causo la combinación de trabajo y procedimientos médicos, la verdad, me dejó agotada. Traté de no ponerme nerviosa con el tratamiento pero evidentemente todo ese nerviosismo interior pasó factura cuando salí. Y fue como si me hubieran molido a golpes. Seguir trabajando me costó en más de un sentido pero seguí. 

Necesito fuerzas extras esta semana, no lo voy mentir. Y días como hoy me lo demuestran. En especial, porque es una cadena de cosas que componen un día. Recién cuando salí de bañarme, casi a las nueve de la noche, sentí que había hecho algo placentero. Que había hecho algo a mi tiempo. Eso me ayudó a poner la mente en remojo. 

 El último desafío del día fue tomarme las pastillas ENORMES que me recetaron por la cirugía y saber que hice todo pero todo lo que pude por dar lo mejor de mí hoy

Ahora, siendo las 23.30, se me cierran los ojos. 

Sin dudarlo, me voy a descansar. Pienso que para evitar sentirme tan ansiosa, debería considerar la posibilidad de adelantar mi regreso a natación. Había pausado por el frío sinceramente, pero mi cuerpo necesita algo para descargar. 

Mañana pensaré en eso. 

martes, 23 de julio de 2024

Enfrentarse a la verdad

 Nunca quise ser ella. Nunca. Ni siquiera, cuando me enteré que ella era Licenciada en Letras, como casi era yo. Mucho menos, cuando Javier le dió todo el lugar que jamás me daría a mí. Pero si, me lo pregunté durante muchos años antes que me resigné: ¿por qué a mí no me quiso, por qué no me eligió? 

Nunca me supuso un consuelo cuando me decían: "no pudo haberte cambiado a vos por ella", porque eso hizo y creo que ver durante tantos años todo eso tan de cerca y tan hasta el fondo, me agotó la inocencia.

El rechazo no es cosa sencilla. A nadie le gusta no ser elegido, que le digan que no, que elijan a otros por sobre nosotros. Siempre se quiere ganar, aunque se diga que no, siempre se espera ganar... Y cuando no ganas, lo que parece pasar es que solo podes perder. Pero nadie te cuenta que no, que tampoco solamente podes ganar o perder. Que a veces todo te explota en mil matices. 

II. 

Veo algunas fotos de casualidad en una cuenta de Instagram. Es la cuenta de ella. De literatura, qué raro, no esperaba menos. Sube algunas reseñas que no tienen profundidad, son más bien una foto del libro, así que paso rápido por cada publicación. Pienso: ¿cómo sería compartir la vida con un Despachante de Aduana que me hable de lo mismo que me hablaba o se quejaba él? Una tortura. Quizá por eso nunca se me ocurrió darle bola a ese pibe joven que estudiaba Comercio Exterior y conocí unos meses después de que Javier me dijera "yo si siento pero no puedo con vos". 

Quizá por eso Javier siempre me dice que yo soy de Letras, que no hay nada que me guste más, que no puede ser que ahora me dedique, como si nada, a las Ciencias Económicas. Quizá por eso siempre me saca el tema y me pregunta cuando voy a volver a terminar las siete materias que me faltan. 

Yo siempre le contesto a Javier que no es todavía el momento. "Cuando pueda, lo voy a hacer", le digo. Mientras me abraza hace quince días atrás, me pide que no me enoje. Yo le digo que no me enojo, pero que se empeña en sacar el tema. Le pregunto para qué. Él me mira, no me dice nada y se ríe. Yo no tengo problema con esa etapa de mi vida, pero, honestamente, cambié demasiado. Y siento que el un 80% esos cambios fueron para mejorar. 

Justo días después veo esto en Instagram. La verdad es que no lo estaba buscando. Cuando aparece en las sugerencias de amistad, me fijo. Y es como si alguien me hubiera abierto la cabeza y me la hubiese llenado de migas. Esa misma molestia. Esa misma desesperación por sacudirse el propio cuerpo y sacarse la incomodidad de encima. ¿Qué me duele de eso que veo? Que se fue a un lugar sobre el que hablamos, con ella. Que recorrió bibliotecas con ella. Que compartió. Y que mientras estaba de vacaciones con ella me dio like a cosas y que, en cuanto llegó, me escribió para preguntarme cómo la había pasado en mis vacaciones con quién era mi pareja entonces.

III. 

Cierro el instagram de ella, movilizada, me siento una hija de puta en toda regla, pero también, admito que no puedo hacer mucho frente a esas micro vilezas que se dan en forma de coincidencia. Miro el Río de la Plata. Respiro hondo y trato de concentrarme. 

Tengo que irme por mil cosas más de las que pensaba. 

IV. 

(Febrero 2024)

- Yo no quisiera tener el lugar de ella, no se trata de eso. Lo que hizo con las vacaciones fue tremendo. Pero en general también es duro: ¿qué lugar voy a querer ocupar de otra, si ese lugar fue originalmente mío? Javier me decía Señora de Letras, me decía que escribía cartas que a él lo mataban. Me regalaba libros de Cortázar.  Yo simplemente quería mi espacio. Ser yo, poder ser yo, en ese lugar. Y eso no se dió. Y si eso no se da con otro, que se vaya. No quiero estar ahí. Y aunque me haya dicho siempre que no me enojara con él, y aunque tuvo la caradurez de decirme que volvería a elegir hacer lo mismo que hizo hace diez años, con tal de no lastimarme, nada cambio. 

- ¿Vos deseas que cambie? 

- No. Yo se que no va a cambiar. No tiene posibilidades el deseo en esto porque yo sé profundamente que él nunca va a hacer nada por mí. Nunca. 

Me psicóloga puso cara de disgusto y sacudió la cabeza. Nunca le había contado que ella se dedicaba a eso, pero un día, hablando de la relación con Javier, había salido el tema. Y con creces. 

- La humillación y la vergüenza que yo pasé cuando mi hermana vió en vivo una secuencia y me dijo: "no, no puede ser que esté con esa, vos sos mil veces mas linda, con razón la mina te mira como te mira". O cuando mí papá un día se los cruzó y me dijo: ¿te cambió por esa mina?". Son cosas que no le deseo a nadie. Nadie puede ser el motivo para pasar por esto. ¿Cómo le explicas a alguien que nunca te quiso, que no te ve, que ni le importas? Su propio papá me decía que había tipos que eran muy pelotudos, que no podía creer cómo algunos tipos eran tan tontos de dejar pasar a una chica como yo. Fue de las peores cosas que viví porque uno no tiene la entereza para explicar. ¿A quién le gusta decir no me quieren? Esa era la respuesta. Fuera como ella fuera e hiciera lo que hiciera, él la había elegido y a mí me había abandonado - sentencié - No hay otra explicación. Es la realidad. 

- O quizá no se le quiere dar otra explicación al tema. Por eso la insistencia de siempre en ponerte en el mismo lugar mental y físico de cuando se conocieron. ¿Qué de esa chica de Letras, que estudiaba, o que le escribía, representas hoy? No es la carrera. Es lo que debe representar. 

V. 

(Julio 2024) 

- No voy a ser su amante - dije - Ese es mi mayor no. Sé que no nací para ser la amante de un tipo pero por encima de eso, sé que no voy a ser amante de Javier.  Es un no rotundo. Prefiero, antes que eso, no verlo nunca más. 

Agradezco estar acá hoy

Ayer me levanté temprano, como cada lunes, para ir a la oficina. Los lunes trabajo de forma presencial y, pese a la neblina, la fiaca y el deseo de descansar un poco más, me puse de pie puntualmente a las 06.10 am.  Después de equiparme con todo, vestirme, perfumarme, tomar un mate - uno, literal - y de saludar con esmero a mi gato, me fui. 

Cuando llegué a Puerto Madero no se veía nada. El sol que habitualmente me recibe, en las vistas hacia el Río de la Plata desde la oficina de Finanzas, no estaba ahí.  Aprecié el gris, la humedad, la niebla, la vista en general que me sigue conmoviendo en los días nublados y agradecí. ¿Qué agradecí? No sé. Hay mañanas donde no sé qué agradezco en particular, pero me permito sentir esa gratitud general para empezar el día. Pienso que ojalá sea un día que me permita dar lo mejor, disfrutarlo, y avanzar disfrutando además de mi trabajo.  Creo que, más allá de todo, es un ejercicio para poner en marcha la semana laboral y despedirse amablemente del domingo.  Como no había nadie aún en la oficina, aproveché para maquillarme y terminar de arreglarme en el baño y salí bien pintada y prolijita. Me hice parte del skincare que necesito para seguir con el tratamiento del rostro, me cepillé los dientes por segunda vez en la mañana para sentirme renovada, y antes de sentarme a revisar pendientes de mi cuaderno, preparé el matecito. 

 Más tarde, mientras estaba hablando con una de las chicas, entra uno de los economistas a la oficina. Es un tipo que conmigo tiene buena onda pero, eso sí, es muy particular. Al principio, cuando no nos dábamos, recuerdo haber pensado que era muy seco, y que hacía una marcación de clase importante porque solo hablaba con gente que estaba en la empresa desde hacía años, o bien, con sus analistas y personas a cargo.  Al resto, no los observaba. Había notado que, inclusive, en algunas ocasiones se ponía a leer el diario en el segmento de actualidad económica y tomaba nota de algunas cosas.  Es decir, parecía no estar tan abierto a la interacción con los demás. Y yo, honestamente, después de analizar eso, no le dí mucho más hilo en mi mente. 

Pero conmigo no sé bien qué pasó.  Más bien, sí: un día, en el almuerzo, estaba hablando con una de las chicas sobre libros. El tipo, escuchó la charla y me preguntó: "¿Vos leés? ¿Qué leés? A mí me gusta Borges y leo mucho de Historia". ¡Para qué! Obviamente, empezamos una conversación que se tornó larguísima con una serie de recomendaciones literarias y análisis históricos que se muestran en la literatura y, desde entonces, los libros se instalaron como el tema de charla más frecuente. Mis estudios universitarios pasados, mis lecturas y las recomendaciones son siempre el tópico. Lo bueno es que se interesó realmente por las recomendaciones que le hice, hasta me dijo que tenía razón sobre Mariana Enrriquez. Yo, por su parte, le comenté que podía leer a Sacheri, que suelo leerlo seguido y que me encanta; y de ahí fue que la mañana de ayer me dejó sobre el escritorio un libro suyo de Historia de Eduardo Sacheri. Para que lo lea y "le cuente mi punto de vista". 

Lo que valoro de éste tipo es que rompió un poco el molde de los economistas de allá y, en cuanto se generó más confianza, viene a Finanzas a saludarme, o en el sector de café y mate, siempre se presta para charlar.  Eso es algo positivo para mí, porque jamás imaginé que los libros aparecerían en mi vida de nuevo, como mi nexo con el mundo ahí también. Pero lo agradezco, porque los libros me hacen feliz y además siguen enseñándome algo: no hay que juzgar tanto, hay que mostrarse dispuesto a descubrir, aunque existan en el pasado malas experiencias, aún en contextos donde aparentemente sea imposible conciliar esos dos puntos. 

Porque acá, sin esperarlo, pude unir esas dos partes de mí a las que pensé, hace un año atrás, iba a tener que renunciar.  Aquí la muestra: el campo de trabajo de éste economista es bastante selecto: fue parte del comité del ex funcionario público, trabajó en un Ministerio hace algunos años y suele ir a dar charlas de Macroeconomía a algunos canales de la televisión.  ¿Es decir? Tiene tanta formación en lo que hace, y trayectoria, que yo pensé que esa gente sólo se vinculaba con los números.  

Pero me equivoqué. Y gracias a ese error, y por esa intervención en un almuerzo cuando yo estaba hablando con otra persona, y gracias a tomar en cuenta mi criterio lector y permitirme un ida y vuelta distinto al que laboralmente tengo con todos, fue que dí vuelta el juego.  Una vez más, gracias la literatura que me ha dado tanto. Inclusive, todo lo que me dió, porque sin eso no me hubiera animado jamás a construir otra vida. 

Agradezco haber tenido la valentía de pegar el volantazo. Agradezco haber cambiado de trabajo, de carrera, de objetivos y de metas. Fue una decisión muy difícil, de las más difíciles que me tocó tomar hasta ahora, pero que con el tiempo me llenó de salud mental y de oportunidades. Pero también, agradezco tener esos instantes con los cuales la chica que fui, que estudiaba Letras y que anhelaba un futuro lindo, se sienta representada hoy también. 

Al fin y al cabo, soy las dos. La que antes estudiaba Letras y tomaba mate cocido contra todo y no sabía qué más hacer para rebuscársela en el afán de terminar los estudios, y la que ahora trabaja en una oficina todo el día, admira amaneceres mientras toma un mate y piensa: "agradezco estar acá hoy". 

Y acá, en realidad, no se refiere al lugar. Se refiere al intento. Al coraje. Al recorrido. Al haberme demostrado a mi misma que puedo hacer cosas que jamás pensé posibles. Agradezco haberme animado a hacer todo lo que hice porque, si miro para atrás, veo miles de miedos que supere. Miles de voces internas y silenciosas que deseché. Y mil más que sigo dejando a un lado. 

Hoy solo le pido a la vida tiempo. Tengo que seguir dejándome estar en otros lugares, dándome los permisos y las oportunidades de estar mejor, aceptándolo. De otros me tengo que ir, sin dudas y duele. De mil más, quiero escaparme y no se cómo hacer. Otros me son demasiado dolorosos y siento que no puedo con ellos.

 Pero hay algo que tengo muy en claro: para tener todo (en amplio sentido) lo que quiero, tengo que dejar algunas situaciones en el camino. Para tener esa vida deseada, tengo que renunciar a cosas de la vida anterior. 




domingo, 21 de julio de 2024

Otro color

 Hoy, observé algo en un local de la conocida marca Markova. Entramos a consultar y a mirar, porque tengo un compromiso laboral dentro de algunos meses y estoy buscando atuendo. 

La verdad es que desde siempre me gustó la ropa de Markova. De adolescente, miraba sus tapados, o sus vidrieras, y pensaba: "cuando sea más grande, me voy a vestir así" simplemente porque el tipo de ropa, el estilo y los colores siempre me parecieron muy bonitos.  

Pero después con los años por mil razones, eso no sucedió. 

Mi mamá, que me acompaño al shopping para después encontrarnos con mi sobrino, me dijo: 

- Dale, vamos a Makova a mirar, vas a ver qué te van a encantar las cosas que venden. 

- Si, ma. Ya se que me va a gustar si siempre le tuve ganas. Pero no sé si es para mí. Prefiero ir con algo más discreto. Además, siempre fue muy caro. 

- Solo vayamos a ver. Capaz que no es tan caro como parece. Acordate que el bleazer no salió tan barato - dijo, insistiendo, usando de ejemplo una compra en otra marca. 

- Ya fue, vamos a sufrir con esos tapados hermosos - le dije, riéndome. 

Suspiré. Me decidí a entrar. Mí mamá empezó a ver los percheros y yo le di una pasada general sin tocar nada. 

En eso, cuando busqué a alguien de allí para consultarle específicamente sobre sastrería, las vendedoras me pegaron una rebajada importante. A cara de perro. Las miré , pensé un "váyanse a la mierda, taradas" y seguí el la mía. Yo con las vendedoras en general no suelo tener un trato ni muy simpático ni muy seco, por lo que entiendo claramente que no todo es personal, pero siempre mantengo el respeto. Y aunque me parezcan unas taradas, no las rebajo cuando entro a su espacio laboral. No las miro con aires de superioridad. Tampoco, anticipo si la persona entra a mirar o solo a comprar. 

En fin. Hay gente a quien le pones un trapo de marca y se transforma. Cree que el trapo es ella y ella es el trapo. Y justamente eso es lo que más grasa me parece. Lo que siempre rechacé y ahora que tengo que buscar un tipo específico de ropa, sigo rechazando. 

II. 

Admito que mi facha de hoy no tenía nada que ver con la ropa formal de esa marca. Claramente, cuando voy a trabajar me visto siempre con ropa formal, porque así es la etiqueta ahí. Pero los días de la semana donde trabajo en casa, me visto con jeans, borcegos, y los fines de semana por lo general me pongo ropa deportiva. No siempre salgo arreglada. No siempre uso el perfume francés más lindo. Hay días donde apelo a lo que para mí sería lo indispensable y eso me parece bien. A veces, simplemente, estoy viviendo. Y vivir no es sinónimo de enfocarme en la apariencia el cien por ciento del tiempo. A veces estoy pasando tiempo con mi mamá, relajándome y eso es un fin en si mismo. 

Ayer, fui al shopping en jean, borcegos, un pulover gris y una remera gris, muy básica. Además, no tenía ni una gota de maquillaje y se me veían todas las imperfecciones del rostro que estoy tratando con la medicación, que para mí son un detalle a esta altura. Y ni qué decir del pelo, que entre la lluvia y el haberme dormido con alguna parte húmeda, estaba en su día húmedo.  Mí perfume era el que uso para andar dentro de casa. Mi abrigo era el que me pasó una de mis hermanas y la bufanda una que compré en rebajas por $6.000. 

No pensaba comprarme ropa, ayer. Pero, la verdad, creo que ni por nada de eso merecía una despectiva rebajada como si me dijeran: "ay, qué hace está groncha acá". Vi la situación y traté de ignorar el hecho y por suerte di con la supervisora que me atendió espectacular. 

Pude conversar con ella. Le comenté el tipo de evento para el cual estaba buscando la ropa, me mostró algunas telas y me dejó probarme algunas prendas para ver el corte, cómo me quedaban y si me gustaban. Me mostró algunas opciones para esta temporada y me indico que estaban a precio especial. Es decir, muy genial su trato. Incluso me trajo talles para que estuviera cómoda y se ocupó de conseguirme todo. De ayudarme con el cinturón de una prenda, de explicarme todo. 

De hecho, mientras me probaba la ropa escuchaba como todas las demás hablaban mal de otras mujeres, como si ellas fueran mejores. Es decir, algo patético. Y cómo decían cosas de la gente, desesperadas por ver quién sumaba el comentario más viboroso. Por suerte, la otra señora fue distinta. 

Cuando salí del probador, con mi remera gris básica de algodón tan cómoda, busqué a la señora que me estaba atendiendo bien y terminé llevando dos prendas para ir a trabajar a la oficina que estaban con un enorme descuento. 

Es decir, prendas que me hacían falta (se me rompió una camisa hace días, de otra marca, que era mi camisa de trabajo por referencia y qué rabia) y que me sirven a futuro. 

Siendo sincera, es increíble lo linda que es esa ropa y realmente fue un buen paso para mí permitirme usarla sin creer que era demasiado. Cuando me la probé me di cuenta que me gusta como me queda, que no hay nada que haga pensar (más que mí crítica) que yo no encajo ahí dentro. 

Cuando salí, le comenté a mí mamá a ver si le había parecido lo mismo. 

- Si - dijo - estaban a los gritos. Criticaban. Muy desprolijo todo. Creo que le faltan modales. 

- Yo no sé qué se vienen a mandar la parte... Qué vergüenza. Cero conciencia de clase - pensé el voz alta. 

- Y, es que juzgan, no te enojes. Además, necesitan creerse más de lo que son. 

- Que se dejen de joder que somos todos clase trabajadora. Complejo de oligarcas - le recordé a mí mamá. 

Se rió. 

- No te preocupes. Qué cosas lindas había, ¿viste que te dije?. Lo que te llevaste es precioso. 

Mí mamá vive en su mundo y a veces yo me dejó llevar un ratito. 

- ¿Ay, viste, ma? Qué sueño es esa ropa. Encima es tan linda la tela. Cómo se nota la diferencia en la tela que usan con los otros bleazer que había visto... Tremendo. 

Mí mamá se rió. 

- Creo que hay que volver más adelante para ver si te gustan las cosas nuevas que entren. Para mí, re va. Te podes comprar algo blanco. 

- Si, vamos a ver. No sé muy bien qué color. Blanco es muy sucio. No me siento cómoda. Quizá negro. 

- Siempre vas de negro. 

- El negro es hermoso. Siempre me decís eso vos, mamá. 

Se rió de mi chiste. 

- Es hermoso. Si. Pero ya usas mucho negro. ¡Otro color! 

sábado, 20 de julio de 2024

No quería saberlo todo

 Estos últimos días pensé bastante más en la dimensión simbólica de lo acontecido hace dos semanas, que en su dimensión concreta.  

Pasó algo que no fue nuevo. Pasó lo que puede pasar entre cualquier par de seres adultos que dan consentimiento. Pasó algo natural, del orden del deseo, lo salvaje, lo animal.  Pero principalmente, paso algo controlable. Es decir, con un principio, un final y un objetivo claro: concretar el deseo sexual. Pero sé también que a nivel simbólico y emocional, -y sin juzgar el contenido- Javier se equivocó bastante en el modo de... O al menos, no tuvo el cuenta una vez más el desorden que genera con sus exposiciones verbales. 

Abordando el tema en terapia, me di cuenta que sentí la misma sensación de rechazo que la primera vez, cuando me confesó lo que sentía por mí hace dos años, y lo primero que hice fue enfurecer. ¡Estaba tan enojada porque no me había dado la posibilidad de no escucharlo, de no saberlo tan a fondo! 

Y ahora, hizo un poco lo mismo. Me entregó el cuerpo con todo el placer y de paso me entregó sus confesiones, con un nivel de detalle intenso . Quizá siendo más info de la que quería saber. Y eso me pesa. Es como que uno va a comprar algo y sale con dos bolsas más, que ni siquiera sabe bien dónde las pagó.  

Javier confundió la confianza sexual, y la intimidad física, con otra clase de confianza y de intimidad, la emocional. Eso hizo que lo sexual estuviera bien, como ya había estado, pero que lo emocional fuera más complejo. Y eso siento que no estaba dentro de lo que yo esperaba para un vínculo como este. O al menos, del acuerdo que habíamos asentado. 

Hace dos semanas, Javier mostró una emocionalidad completamente desbordada. Que no sabes dónde empieza o donde termina. Que yo ya no entiendo y no entender no me gusta, principalmente, porque no puedo anticipar. Que si se sostiene, te lleva a ser la amante del tipo, que lo escucha, que lo sostiene, que lo entiende, que sale corriendo detrás suyo. ¿A cambio de qué? Creo que la ecuación sería más justa si se diera cuenta con quién está hablando. Es decir, si se midiera un poco más con las cosas que me cuenta y dejáramos el tema en un aspecto físico con algunas charlas indoloras.

Hasta hace muy poco, pensé que me veía como la chica joven con la cual tener relaciones de vez en cuando por una cuestión de deseo. Pensé que yo le gustaba y punto. Pero no pensé que también se le diera por hablar. Eso es lo raro y lo que me generó cierta incomodidad posterior al encuentro. 

Porque cuando empezó a contarme tantas cosas íntimas, cuando empezó a mojarme con su balde de padecimientos y de poca responsabilidad sobre su vida, dejé de estar segura de lo que puedo esperar. Pero si me di cuenta que no quería y qué quería de él. Tácitamente: que me interesa el sexo consigo, pero ya no tanto descifrar su mundo emocional. ¿Si lo quiero? Sí. Pero es más importante para mí no dejarlo avanzar en el campo emocional. 

¿A quién le habla en realidad Javier en este presente, qué represento en su mente diez años después que, entre todas las personas con las cuales puede hablar, elige hablar conmigo? Creo sin dudas que nosotros podemos tener confianza, si, pero no hay que olvidarse que pasaron diez años y que la confianza no es la misma. No puede ser la misma. 

 Sé que yo en el pasado le pedí mil veces que confiara en mí. Le di espacio. Y también sé que él nunca lo habitó. De hecho, al momento de tomar decisiones, tomó decisiones por él y suponiendo lo que iba a ser mejor para mí. Jamás consultando. Jamás ocupando el espacio de confianza que en ese momento yo le ofrecía. Pero ese momento no es este momento y la apertura de Javier me conmovió y me interpeló pero además me advirtió algo: no es necesario generar intimidad emocional. Al contrario, es desaconsejable. 

II. 

- El problema es que Javier quiere re feo - le dije a mi psicóloga - Me desafía. Me dice que yo le tengo miedo a la intensidad, que no soy intensa con el y sabe que soy re intensa. Medio en joda y medio no, me dice que a él le gusta que lo quieran así, que si, que es tóxico. Y a mí me deja pensando qué función tiene esa palabra porque creo sinceramente que no fue una broma. 

Mi psicóloga negó con la cabeza. 

 - Ante esto, tengo una advertencia. Yo no voy a entrar en esa de rifar mi vida por él. Ni loca. Si le gusta tener sexo conmigo, bueno, bárbaro, hasta ahí me parece que estuvimos. Pero no quiero ser receptora de esas emociones desmedidas. Y emocionalmente no voy a volver a confiar en él con tanta profundidad. Le puedo contar las cosas pero noté que le cuento todo por arriba. 

- Incluso cuando tenés que hablar de tu intimidad emocional, te alejas físicamente de el. 

- Si. Eso no lo había notado. Pero si, el fin de semana en la cama, él me contaba cosas y me acariciaba. Y yo cuando empecé a hablar muy cuidadosamente sobre Galeno o sobre como me sentía, me alejé del abrazo y le acaricié las piernas, buscando si tenía pelos del gato en la ropa, para sacárselos. Él me miraba y sonreía como esperando que fuera pero yo sentí ansiedad y no entendía para qué me quería tener abrazada contándole que me había separado del otro, respondiéndole si me estaba acostando con alguien, si el dólar, si la inflación... 

Me indigné un poco porque al contarlo noté cuánto se había jugado en ese abrazo o no abrazo. En esa intimidad si o no. En seguirlo aunque se pegue la piña. O en girar hacia otro pensamiento. 

- Javier asimila la intensidad pero para mal - me explicó -La intensidad para él es romperse jugando a la pelota. Exponerse con lo que hace, con quién está, tomarse todo. Es una intensidad autodestructiva.  Se expone todo el tiempo con sus palabras, con sus acciones. Se expone con la gente a la que se lo cuenta, que no sabe si va a guardar su palabra en un buen lugar. Aunque te lo cuenta a vos, y no es el caso, el desborde y el descargar tiene la función de hacerse daño. La intensidad para el no es disfrute. Es romperse. Por dentro o por fuera. Y en eso, no se sabe muy bien qué papel juegan quienes están a su alrededor. No juegan un papel por quienes son, sino, según el estado de ánimo, las ganas, o la etapa. Pero ¿y lo que el otro quiere?

- Eso es lo que yo sentí feo el otro día. Fue más que la mano. Fue todo. Fue verlo desarmado frente a mí y decir no te rompas el frente mío, por favor, vos me dijiste que era solo sexo y haces este descargo... Este descargo con el que ni siquiera supe qué responder. Donde no supe qué hacer. Ni qué decir. Muy muy triste todo. Esperaba otra cosa. 

Suspiré

 - Lo peor es que vos lo ves como un tipo superado, con humor, que hace reír a todos y yo durante años supe que había otra cosa pero Javier no me la quería mostrar. Es súper inaccesible. Y ahora me la tira por la cara y pienso: ¿por qué no vas donde tenés que ir a hablar de esto? Porque por algo sostiene la relación. Y si la sostiene, bueno, que se apoye en su pareja y su familia. Que le abra la puerta a la señora , no a mí. Yo no la quiero. 

- ¿Inaccesible?

 - Si. Nosotros nos llevamos bien, pero  siempre fue inaccesible para sus emociones, él. Y conmigo era una lucha, porque vos no sabes cómo yo se lo pedía, lo importante que era para mí, por la relación que quería tener con el, que me confiara lo que fuera. Pero todo eso desapareció. Es lógico: cuando vos tenés un vínculo afectivo que querés ver crecer, das espacio y cuando no te interesa, eso cambia. Hace años, te dabas cuenta en el grupo: se llevaba bien con todos pero no hablaba de si mismo más que con su familia y después cuando nos conocimos más, intenté que lo hiciera conmigo pero no lo hizo. Y pensé que jamás iba a cambiar eso. No sé si me hubiera acostado de nuevo con él si sabía que después de hacerlo se iba a romper. Yo creo que no. 

- Y no - dijo - Porque Javier confunde mucho. Y no deja demasiado lugar en la ecuación para vos. Para lo que vos quieras desde lo emocional. 

- Para tener sexo, es demasiado el precio. Para mí por lo menos. El sexo no implica contarnos nuestras cosas o nuestros problemas. Incluso, porque aunque él me pida que le cuente de todo, no siento que realmente corresponda. No dá. 

 - Es que son dos niveles de intimidad. Es esto que mencionamos de la confianza. De los acuerdos. 

- Creo francamente que yo no quiero tener confianza con él porque ¿qué es ser la amante de alguien si no es establecer acuerdos afectivos además de sexuales?  Yo no estoy dispuesta a eso. Creo que ha llegado a un límite de pedir demasiado (...) Nada de lo que hice corresponde, ya lo sé, es una gran cuestión moral para mí. Pero esto corresponde mucho menos. No tiene que existir eso conmigo, porque yo no tengo espacio. Imagínate que me dice que somos amigos y después me dice que no, y después cuando le digo que somos vecinos me dice que soy una hija de puta. ¡Es la verdad! 

III. 

Tal como pasé en limpio, lo sexual es algo muy placentero pero no esperaba que a la salida de ese acuerdo, él se me desmorone. Y eso me lleva a modificar la postura. Justamente eso es lo que yo no quería que pasara pero es tan propio de Javier, que es una vergüenza no haberlo advertido antes

¿Es tan loco decir que querés tener sexo con alguien pero no te querés llevar puesto encima su dolor? Entiendo que nosotros nos acostamos en un contexto singular. En un contexto donde seguramente andaría sensible. Pero si estás así y me lo propones: ¿qué querés de mí? ¿Sexo o escucha? ¿O lo querés todo, de arriba, sin ponerte de acuerdo en nada? 

Yo pensé inicialmente que quería sexo y se lo di, él me dio lo suyo. Estuvo bien el momento. Fue intenso y simbólico porque hicimos equipo y porque nos apoyamos en el otro para lograr el objetivo sexual. Pero fue todo dentro del orden de un encuentro sexual, es decir, dentro de la confianza del encuentro sexual. Algo que se termina cuando el encuentro se termina y que quizá no me molestaba tanto hasta ahora



IV. 

Ahora, en cambio, todo se fue de las manos. Yo fui con el mismo acuerdo en la cabeza. El acuerdo del deseo. De dejarme tocar por sus manos, de dejarme llevar y desvestir. De esperar que se desarmara en un orgasmo.  Pero no fui para verlo desarmarse entero y llevarme a casa el vuelto de su sufrimiento. Sabía que quizá iba a estar distinto, porque estaba intervenido físicamente, pero no esperaba verlo todo roto en todo sentido. 

Su excedente emocional no es menor: habla de una confusión profunda que se traduce en cosas de antes y en cosas de ahora. Cosas que yo le pedía antes que ahora no le pido, claramente. Cosas que está haciendo fuera de tiempo. Cosas donde no me siento representada ni consultada. 

Si todo se centra en el sexo, sería una cosa. Es un tipo normal, tiene un cuerpo acorde a su edad, tiene su pancita, su barba, su piel suavecita, físicamente me atrae y yo se que le gusto también. Para el sexo, eso es todo lo necesario. Me gusta cuando me besa, me acaricia, o cuando me quiere sacar la ropa salvajemente. El deseo que tengo hacía él se sostiene en lo que es ahora, y por eso mismo aunque lo haya amado tanto y una pequeña parte mía lo siga queriendo, no me siento cómoda con la intimidad emocional. Yo lo deseo. No quiero sacarle cariño a los empujones con nadie. No quiero competir por un lugar. No me interesa medirme en una batalla que siempre voy a perder. Él no vale la pena para que haga eso. Él ofrece eso, yo lo tomo cuando lo deseo y en el momento donde lo deseo, le ofrezco un trato amoroso, humano, sincero y empático a cambio. Pero eso sí: en cuanto me pongo la ropa, todo se acabó. ¿Desde cuándo a él le importa algo distinto, si me trata siempre desde el deseo? ¿Si no es capaz de describirme por la positiva y cuando me quiere decir algo bueno me lo dice por constaste, en broma o con sorna? ¿Qué le va a importar a un tipo que me decía yo si siento pero no puedo hace diez años?

Creo, insisto, que esto es un límite. Profundo y preciso. Y entonces ahí, cuando no todo es sexo, como paso la última vez que nos vimos, yo ya empiezo a querer huir. Sí. Yo. Huir. De él. Porque me habla de cómo se siente y todo lo que me dice es más de lo que necesito saber. 

Entonces busco un Uber y solo pregunto por la culpa. Y me cuenta todo. Demasiado. Y el Uber se convierte en la excusa que motoriza una huida. Y me voy. Y me dice hablamos pero yo no tengo mucho más para decirle. 

miércoles, 17 de julio de 2024

Otro control más

 Hoy tocó hacerme el seguimiento con la dermatóloga. Cada dos meses tengo que presentarle análisis, dejarme hacer inspección ocular y pedirle nuevamente la receta para los medicamentos. Además de pagarle una buena suma, claro, que implica acceder a su atención. 

De a poco, con esto, voy retomando el orden de las ocupaciones cotidianas. Y ahí aparece mi ansiedad, siempre a la orden, haciéndome equivocar los pasos. Qué difícil es canalizar lo que nos duele, o molesta, o preocupa, o angustia o enloquece, de maneras cabales.

Para mí, es un enorme desafío en este momento de mi vida. Ya sé lo que hago mal. Ya sé lo que hago conmigo que me hace mal y lucho para mejorarlo. Pero frente a la ansiedad, sigo perdiendo aún. Es tan difícil cambiar los mecanismos que uno tiene adentro de la cabeza, a veces. Son como recorridos conocidos a dónde la mente va cuando se quiere sentir mejor. No importa si eso sea malo, adictivo o si supone - no se, como ejemplo- caer en las drogas. El cerebro va a luchar para no salir de la zona cómoda y uno es el que queda pegado entre lo que sabe y lo que hace

Cómo cosa anexa, dentro de algunas semanas, tengo que someterme a una pequeña cirugía. Al mismo tiempo, sostendré el tratamiento con la dermatóloga y las actividades. Esto me asusta, la verdad, pero lo tengo que hacer porque es parte del otro tratamiento de salud que empecé este año y que no puedo posponer. 

Me gustaría tener tiempo para mentalizarme sobre como pasan las cosas pero a veces no tengo ese margen. Y mucho menos, si estos dos procesos se indicaron para este mismo año. Todo parece pasar de largo en una nube interminable de acontecimientos. Así siento mi vida. Cómo si por momentos me llevara puesta el vértigo de querer todo, de hacer de todo para lograr lo que quiero y de mí estar demasiado en ningún lado. 

¿Eso es la ansiedad? 

La salud física es un bien preciado para mí y como adulta estoy necesitando tiempo para asimilar los cambios. 

martes, 16 de julio de 2024

Intimidades

Buscando info en mi computadora anterior sobre mi tratamiento de 2018 con la dermatóloga, encontré muchísimas fotos muy lindas de los últimos años. Me desvelé viéndolas. Como si quisiera armarme de nuevo para el juego del futuro, recordando lo que fui, a través del rostro mejorado, pero particularmente de la mirada.  

Mientras buceaba, encontré una carpeta que contenía cosas de Javier. Y sí.  Qué fuerte es encontrar todo en este momento. Qué justo. La verdad es que me había olvidado que tenía tantos micro detalles ahí guardados.  Simbólicamente, ver todo eso, es una patada en la cara. Un paredón que me hace dar cuenta de algo fundamental: esto que estoy viviendo ahora, siempre estuvo ahí. A la vuelta de la esquina. Sólo que no era capaz de notarlo, como ahora, que me sorprenden las cosas que vivimos porque me cuesta darme cuenta que siempre, pero siempre, en todos los modos y sentidos, sigue siendo él. 

Mirando las capturas de pantalla que guardaba, comprendí que durante años él fue un fantasma. Pensar que yo guardaba todos esos detalles para escribir algún día un texto literario, justo en este presente me encontré paso a paso cómo fue el después. Hubo tantas perlitas que no quise ver. Y después estaban los textos que le escribía donde me preguntaba por qué me miraba así, como si me quisiera decir algo. Era obvio. Una parte mía quería ignorarlo y la única forma en que eso seguía presente era a través de la duda. 

 ¿Siempre va a ser así? Esa era la principal pregunta, y yo respondí con la afirmativa. ¿Cómo puede ser que lo único que quede sea esto? Es esto, no hay otra cosa, la vida es así, me repetí a mi misma, dándole la batalla plena a la duda.  Para mí Javier se iba a morir haciendo conmigo todo igual y eso me dolía de mil formas pero no podía hacer nada para cambiarlo. No dependía de mí. Y no quería que lo que sí dependía de mí se siguiera perdiendo. 

Pese a que yo sabía que lo quería, muy en el fondo, traté siempre de seguir adelante. Siempre. Me refugié en la escritura para dejar en algún lado lo que sentía, pero más allá de eso, traté de fijarme en otras personas, traté de enamorarme así o de alguna otra manera, porque anhelaba volver a creer, o al menos, revalidar la tesis que yo sabía, es decir, que no todo lo que había recibido de la vida podía ser el no. El no puedo, el no se puede, el no te convengo, el no quiero hacerme estas preguntas , el siento pero no puedo.  Necesitaba realmente que existiera algo más. 

Y no pude, hasta después de muchos años, afortunadamente, en que lo logré. Hubiera sido imposible no enamorarme de Galeno, la verdad. Veo las primeras fotos que nos sacamos juntos, que también encuentro en estos archivos, y pienso que tenía todo lo que me gustaba en una persona, tanto espiritualmente como físicamente. Galeno era virtuoso por donde se lo mirase: buen tipo, un padre presente, tenía buena relación con la madre de su hija, era inteligentísimo, enamorado de su profesión, admirable en mil sentidos que tenían que ver conmigo, además, porque se había subido a un avión de Aerolíneas a la primera de cambio hasta Buenos Aires.  Alguien así, justo para mí, tenía que llegar para por lo menos empatarle al tipo más diferente en el mundo, al que no me convenía, al reo, al común, al que tenía a pocas cuadras de mi casa, pero con quien no nos podíamos ni mirar. Tanto lo quería que no tenía espacio para otros, pero después de algunos años también ese dolor no me dejaba espacio para nada más. Y tocó soltarlo. A él, al cariño, a todo. 

En cuanto a Javier, me llevó años hacer el duelo del vínculo por su complicidad. Nunca había confiado tanto en alguien. Nunca nadie me había conocido tan en carne viva. Javier sí. Se había dado una circunstancia inusual dónde toda mi capacidad de sentir estaba en uso consigo. Él había llegado sin que lo esperase un día, con sus aires de tipo campechano, y yo había empezado a sentir diferentes cosas nuevas y había intentado todo para llegar más allá. 

Un año después de vernos por primera vez, y viéndonos dos veces por semana todas las semanas, perder el contacto consigo, por decisión propia, fue muy difícil para mí.  Javier me había dicho que sentía conmigo pero que no podía jugársela. Que no tenía nada para corresponder a tanto y que no sabía si a esa altura de su vida iba a poder volver a preguntarse sobre esas cosas. Me dijo que no podía intentarlo conmigo y que todo saliera mal. Y principalmente, que no quería lastimarme. Que no quería que yo sufriera nunca en la vida y que, por eso, prefiera no intentarlo. Porque - me dijo - al principio yo no iba a sufrir. Pero más adelante, cuando quisiera tener cosas consigo que el no pudiera cumplirme, si iba a sufrir. Y yo - sostenía - merecía a un tipo al lado que me dijera todo que si. Es que - decía - era imposible que haciendo todo lo que hacía por el, existiera alguien que me dijera NO. 

Yo ni hacía caso de todo eso. Para mí, eran excusas. Amarse no necesariamente era una hazaña. Más bien, era una habilitación interna, un permiso de acceder al placer y al cariño de un otro que nos convoca. Era todo más fácil en mi mente. ¿Por qué iba a tener que sufrir? Sufría diariamente lejos suyo. Sufría porque no aprendía (como me dijo que íbamos a tener que hacer los dos) a vivir con lo que nos pasaba. Y no aprender, no saber bien como hacer, me frustraba. Me hacía sentir una tarada.  

Con el tiempo, entendí que no era una tarada. Me di cuenta que yo puedo soltar mejor lo que viví. Por lo que intervine con mi fuerza, lo que hice. Lo contrario le ocurre con los pendientes. Lo que está pendiente, no está, y es muy difícil duelar lo que no está. Cerrar la puerta para siempre a lo que puede no despertar nunca. Eso era lo que me costaba. Porque ¿y si se despierta? ¿Qué? 

Todo era muy complejo. No podía dejar de quererlo y no podía disimular lo que sentía pero siempre me mantenía ubicada. El estaba de novio con una mina que hacía lo mismo que yo, pero de su edad. Y fue muy muy importante para mí aceptarlo, aunque debo admitir que me costó bastante. A veces lo veía, en la época donde me daba la sensación de que Javier estaba feliz consigo, y pensaba: "bueno, al menos, se está dando la posibilidad de querer a alguien, de conocerse. Antes de nosotros, él estaba tan negado a eso. ¿Será que se dio cuenta que lo podían querer? Eso espero. Que lo quieran y que lo cuiden. En el fondo, será un poco boludo pero es un buen tipo...".

II.

A los pocos meses de su relación, yo ya entendí que no tenía opciones más que cortar todo de raíz y pasarme a la vereda de la gente normal, civilizada, que es razonable y sabe elegir lo mejor para sí misma. Si no podía controlarme, tenía que alejarme. Y me alejé y la distancia me ayudó a no hacer las cosas más complicadas. Me alejé todo lo que pude. 

Y algunos años después, hasta me alejé tanto que me fijé en otros. Construí con Galeno algo inusual pero muy lindo, en su momento, porque hablo de volver a creer. Y traté, de todo corazón, de amarlo más de lo que lo había amado a él. Traté de dejarme llevar con la esperanza de levantarme algún día del futuro con otra vida, donde Javier no siempre significara mucho para mí. Realmente lo intenté. Le puse mucho esfuerzo a la construcción de ese afecto, le puse mucho cariño, muchas ganas para que saliera bien. Dejé de lado veinte miedos y un sinfín de fantasmas para poder estar bien. Y estuve bien. Fueron épocas muy lindas. La vida conspiró con la intención de sacar la cabeza del barrio. 

Pero mentiría si omito que mientras tanto, Javier seguía ahí. Yo no quería ver qué estaba ahí pero pasa a lo mismo de siempre: me chusmeaba las redes sociales en horarios anormales, me saludaba por la calle aunque estuviera caminando con mí mamá (que lo detestaba cuando no era detestable, sólo porque era mucho mayor que yo) y me agarraba del brazo a la pasada, como si me quisiera retener y yo le chocara la mano, correspondiendo, sin poder controlar mi propio cuerpo.  En las reuniones donde coincidíamos, Javier se delataba en los detalles, y eso me costaba que ella me dedicara soberanas caras de culo. 

Yo no dejaba de intentar sobrevivir en mí círculo social favorito más allá del novio y la novia de LATAM. ¿Qué le iba a decir? ¿Yo también lo quiero? No valía la pena. Yo me alejaba. Seguía adelante. A veces lloraba de rabia por las cosas estúpidas que hacía Javier para acercarse en las reuniones y romper el muro de mi indiferencia, pero no importaba. Tomaba aire y seguía. Había que mantenerlo lejos hasta que se rindiera. Algún día, yo también me iba a poder rendir. 

No quería que ella se diera cuenta de lo difícil que era para mí hacerme la boluda con tantas conductas alevosas de parte de su novio. Y sostenía el papel de "no sé quién es Javier" de una manera impecable. Javier lo reconoció la noche donde lo confesó todo: "ni bola me dabas, era increíble, no me dabas pelota para nada, no hablabas conmigo".  Si, el cambio había sido radical. Él era la persona con la que mejor me llevaba. Al inicio, éramos amigos. Nos ayudábamos. Yo le cebaba mate. Él me alcanzaba a casa. Yo escribía bien y socializaba mal, y el me ayudaba. Él escribía para joder, y socializaba muy bien, entonces yo lo pinchaba en ese lado. Había humor. Charlas. Química. Me pedía algo y le decía que sí. Y yo le pedía algo, y aunque le dijera a todos que no, a mí me decía que sí.  Pero me había negado lo más importante. El único sí que yo deseaba. ¿Y entonces, qué? 

Entonces, nada. ¿Cómo se la iba a complicar? Yo no iba a destapar ninguna olla. Jamás. Su felicidad  pesaba demasiado en mis argumentos.  Durante esos años, me repetía: "si él algún día viene a decirme algo, es otra cosa. Ésto es lo único que sé. Lo demás, son conjeturas. Me toca a mí ocuparme de mi felicidad y esperar que se dé lo mejor en su vida, no puedo hacer otra cosa lamentablemente, él no me quiere". 

III. 

Hacer todo eso, lo admito hoy, me costaba la alegría en los ojos. Jamás lo iba a molestar, porque sentía que lo molestaba con mi cercanía, pero nunca me planteé que iba a hacer si era él el que se acercaba. Para mí era imposible que colapsara así. ¿Quién me iba a decir que esto iba a reventar? Era incapaz de pensarlo. De verdad, era incapaz. Y por eso, justamente por eso, creo que el día que me dijo todo, está historia cambió para siempre. Hizo que mi realidad colapsara tal y como la conocía. 

Al decir de Javier, el día de 2022 donde "rompió el pacto consigo mismo", me invitó finalmente a tomar el vino que habíamos demorado años en tomar. Tenía 27 años. El me dijo: "yo rompí el pacto conmigo mismo, ya está". ¿Qué pacto? ¿Cuál pacto? ¿Él mas obvio, con ella y con todo? ¿U otro, mucho más profundo y simbólico, más moral y reprimido? 

Para 2022, construía con Galeno. Si, yo también estaba en pareja, y había decidido no hablar más con él porque simplemente había pasado tiempo y me daba un poco de miedo hacerlo. La negación y la indiferencia además habían girado hacía la vergüenza de no saber cómo retomar un camino que quizá no era necesario recordar. 

Sin embargo, habia una excepción de una sola situación, que cortaba la indiferencia y yo lo sabía desde el momento en que nos habíamos distanciado: si un día él me llamaba y me decía que necesitaba de mi para algo. Ese era el límite de mi resistencia. Que el llamara y admitiera que necesitaba hablar. Porque eso implicaba un cambio concreto de estado, una situación tacita. 

Mi pareja estaba en mí vida aún. Yo apostaba por eso, aunque ya habíamos tenido bajadas de la ola. Apostaba por volver a intentarlo, porque quise mucho a Galeno, pero además, porque me daba miedo saber que había un fantasma mirando.

¿Y si un día llegaba ese llamado? Yo iba a ir. Había tenido ocho años para pensar qué haría y eso era ir. Yo sabía que iba a ir. ¿Por qué? Porque no me iba a poder perdonar no estar ahí. Simple. Iba a estar ahí, porque lo amaba. 

Aunque eso si: ese amor, no tenía nada que ver con la construcción de otros. Era algo natural para mí, inevitable, una especie de estado sin reversión posible, pero eso sí, con variantes, con alternativas, con la posibilidad de seguir viviendo, disfrutando, y construyendo cosas lindas. Yo ya no iba a dejar de vivir la vida por Javier, pero si Javier algún día tenía la intención de decirme algo concreto, lo iba a escuchar, iba a estar ahí, iba a darle la posibilidad de ser escuchado como él me la había brindado a mí, con delicadeza y ubicación, en el momento donde yo a los 19 años le conté de mis sentimientos. No, no me olvidaba. Para mí su trato había sido importante más allá de la correspondencia y siempre pensé que si me tocaba escucharlo, pese a todo, lo haría. Por todo el espacio que le había dado a mis sentimientos. Porque me había escuchado primero. 

Pero todo eso, era una posibilidad entre millones. No, Javier era un cobarde. Jamás se iba a animar ni siquiera a invitarme un café. Jamás se iba a animarme a decirme "¿querés venir a casa en 20 minutos, te parece?" después de charlar un domingo. Jamás se iba a animar a desvestirme con ganas, finalmente, sin mambos, como yo deseaba. Jamás nos íbamos a volver a besar, habían pasado caso diez años. ¿Mira si iba a retomar a una chica más joven, casi una decada después, estando ambos en pareja? No, por favor, era una locura pensarlo, parecía un tópico posible para una nouvelle. 

 Porque implicaba romper todo, mandar todo a la mierda, cagarse en todo el mundo, hacer cualquiera... ¿por algunos momentos de sexo? ¿Por una revancha con qué? Imposible. El dar vuelta el partido era imposible. Porque era hacer cualquiera con su familia que lo había juzgado tanto, pero que el amaba. Era hacer cualquiera con su pareja con quien no quería vivir, "pero que estaba ahí y bueno, acompaña" (según argumentó). Porque era hacer cualquiera consigo mismo. 

Jamás me iba a decir "sos hermosa, quiero tenerte toda para mí". Ni siquiera me iba a tirar bromas de nuevo. No me iba a proponer una degustación privada. Tampoco me iba a aconsejar sobre mi vida y muchísimo menos me iba a contar cómo se sentía. 

¿Cómo me iba a decir algo así, si era un fantasma? 

Haciéndolo. 

IV. 

- Te quiero ver - musitó.

Arriba suyo, como estaba, era paradójica esa expresión de deseo. 

- Me estás viendo, tocando, estás de la cabeza, vos - le respondo. 

Con la mano buena, me agarra del pelo como sabe que me gusta, y me besa. Yo lo sostengo y lo beso también. Me busca el cuerpo debajo de la ropa y cuando me siente, ya ambos estamos de la cabeza.   En ese momento, no puedo evitar desear nada más que no sea eso. No me puedo decir a mi misma "te tenés que ir", porque no siento el peso que eso debe implicar. El deber por primera vez en mí vida, mientras lo tengo en frente, normalmente desnudo, no me detiene.  

Eso es terrible.  Todo el mundo se reduce a ese cuarto de su casa donde sentía que no iba a estar jamás y quiero quedarme consigo, desnudos, charlando, viéndolo tocarme y pensar: "no puedo creer que lo esté haciendo".  Donde juraba que no iba a volver. Donde seguí jurando que no iba a volver una vez que volví. Del que acabo de regresar, hace unos días.  Del que quizá nunca hasta ahora, pensé seriamente en despedirme.

¿Qué cambió? Verlo sufrir. Sencillamente. Eso me da vueltas por la cabeza hace días

V. 

¿Ahora es el momento? Lo analizo seriamente. Pero no por él. Por mí. ¿Tiene algún sentido el seguimiento a su dolor, si es todo como es? Más allá de lo que pueda sentir, me refiero. ¿Será algo posible que lo ayude y yo lo pueda sostener internamente? No lo creo. Honestamente. No siento eso. No quiero hacerlo de esta forma, tampoco. 

Javier está roto, sí, muy roto hoy por hoy. Por dentro y por fuera. Con el paso de los días entiendo que hice lo que deseaba, que tengo mucha responsabilidad que trabajar en eso, pero también me di cuenta que me hizo mal verlo así. Escucharlo. Todo lo que me contó. No sé... Me mató verlo sufrir. Me pareció completamente innecesario que me compartiera tanto, si solo nos juntamos a tener sexo. La intimidad física no es siempre intimidad emocional para mí. Y él es un gran caso de cómo se van separando y uniendo esas variables. 

¿Si parece frío? No, no pasa por ahí. ¿Cómo le dirías a una persona que amaste como yo lo amé que ya no querés escucharlo, que únicamente la pueden pasar bien en momentos muy muy muy específicos que no están asegurados? Lo hago porque yo sé que Javier es un tipo muy particular para mí, obvio, pero que entrega un discurso desordenado. Y yo soy yo para el, pero quiero tener todo ordenado. Incluso, desde lo decisivo de saber si el sexo es sexo y punto. 

Javier empezó diciéndome que esto iba a fluir como debiera, allá por 2022. Que era solo sexo, que no se quería confundir porque sabía que se podía confundir enseguida conmigo y que estaba claro que no tenía nada para ofrecerme. Yo le dije que estaba claro que ninguno iba a dejar nada de lo que había formado por el otro. Al menos para mí, era obvio que Javier venía a saldar una cuenta y que se iba a borrar el lo inmediato. Yo tampoco quería remover la historia emocional. Con lo que me estaba diciendo yo sabía que no iba a cambiar nada más allá de pasarla bien algunas veces y de todo lo que eso simbolizaba por el contexto y la falta de límites. 

Pero no fue así. Dos años después y todavía seguimos en contacto. Dos años después, yo creía que no me iba a convocar, y resultó que me convocó hasta lo que no me había permitido ni pensar que me podía pasar. Y también, que la cagó cuando después de vivir una experiencia sexual intensa y placentera, se abrió tanto emocionalmente.  

¡Cómo la cagó! Eso era algo que no esperaba de él. 

Ahora no me deja opción. Quiero huir de sus emociones. De su energía. De su forma de afrontar las cosas. Creo que quiero huir porque me doy cuenta que esto no está siendo lo ocasionalmente dicho. Que está dejando de ser una lucha contra el deseo físico, únicamente, y que hay filamentos de intimidad distintos en juego. 

De solo pensar en eso,  otra vez, sobreviene la culpa. La culpa por no poder resistirme inclusive a lo que él mismo me ofrece y yo acepto como una adolescente. ¿Qué tendría que haber hecho, si no era besarlo, tocarlo, darle placer, confortarlo? Eso no me puedo dejar de preguntar. Desde que estuvimos juntos en su momento, no sé cómo tocarlo normalmente. Pero no quiero perder tampoco en eso la capacidad de escucharlo con distancia. Con una distancia prudente que no implique empezar a hablar de como nos sentimos, darnos consejos. No, eso está para otro tipo de relaciones. Relaciones que él dijo no poder ofrecerme y que yo no quiero recibir de esta manera. 

Suena duro pero es así.  Como si todo se hiciera reducido a un lenguaje. Un lenguaje que puede , pero no debe, ser enunciado. Un lenguaje que puede recrearse siempre pero que no debería implicar sentimientos. 

Es raro pero miro lo que pasó a la distancia y la intimidad emocional con Javier para él es más fácil que nunca. Pero para mí, en cambio, es más difícil que nunca.