Mientras buceaba, encontré una carpeta que contenía cosas de Javier. Y sí. Qué fuerte es encontrar todo en este momento. Qué justo. La verdad es que me había olvidado que tenía tantos micro detalles ahí guardados. Simbólicamente, ver todo eso, es una patada en la cara. Un paredón que me hace dar cuenta de algo fundamental: esto que estoy viviendo ahora, siempre estuvo ahí. A la vuelta de la esquina. Sólo que no era capaz de notarlo, como ahora, que me sorprenden las cosas que vivimos porque me cuesta darme cuenta que siempre, pero siempre, en todos los modos y sentidos, sigue siendo él.
Mirando las capturas de pantalla que guardaba, comprendí que durante años él fue un fantasma. Pensar que yo guardaba todos esos detalles para escribir algún día un texto literario, justo en este presente me encontré paso a paso cómo fue el después. Hubo tantas perlitas que no quise ver. Y después estaban los textos que le escribía donde me preguntaba por qué me miraba así, como si me quisiera decir algo. Era obvio. Una parte mía quería ignorarlo y la única forma en que eso seguía presente era a través de la duda.
¿Siempre va a ser así? Esa era la principal pregunta, y yo respondí con la afirmativa. ¿Cómo puede ser que lo único que quede sea esto? Es esto, no hay otra cosa, la vida es así, me repetí a mi misma, dándole la batalla plena a la duda. Para mí Javier se iba a morir haciendo conmigo todo igual y eso me dolía de mil formas pero no podía hacer nada para cambiarlo. No dependía de mí. Y no quería que lo que sí dependía de mí se siguiera perdiendo.
Pese a que yo sabía que lo quería, muy en el fondo, traté siempre de seguir adelante. Siempre. Me refugié en la escritura para dejar en algún lado lo que sentía, pero más allá de eso, traté de fijarme en otras personas, traté de enamorarme así o de alguna otra manera, porque anhelaba volver a creer, o al menos, revalidar la tesis que yo sabía, es decir, que no todo lo que había recibido de la vida podía ser el no. El no puedo, el no se puede, el no te convengo, el no quiero hacerme estas preguntas , el siento pero no puedo. Necesitaba realmente que existiera algo más.
Y no pude, hasta después de muchos años, afortunadamente, en que lo logré. Hubiera sido imposible no enamorarme de Galeno, la verdad. Veo las primeras fotos que nos sacamos juntos, que también encuentro en estos archivos, y pienso que tenía todo lo que me gustaba en una persona, tanto espiritualmente como físicamente. Galeno era virtuoso por donde se lo mirase: buen tipo, un padre presente, tenía buena relación con la madre de su hija, era inteligentísimo, enamorado de su profesión, admirable en mil sentidos que tenían que ver conmigo, además, porque se había subido a un avión de Aerolíneas a la primera de cambio hasta Buenos Aires. Alguien así, justo para mí, tenía que llegar para por lo menos empatarle al tipo más diferente en el mundo, al que no me convenía, al reo, al común, al que tenía a pocas cuadras de mi casa, pero con quien no nos podíamos ni mirar. Tanto lo quería que no tenía espacio para otros, pero después de algunos años también ese dolor no me dejaba espacio para nada más. Y tocó soltarlo. A él, al cariño, a todo.
En cuanto a Javier, me llevó años hacer el duelo del vínculo por su complicidad. Nunca había confiado tanto en alguien. Nunca nadie me había conocido tan en carne viva. Javier sí. Se había dado una circunstancia inusual dónde toda mi capacidad de sentir estaba en uso consigo. Él había llegado sin que lo esperase un día, con sus aires de tipo campechano, y yo había empezado a sentir diferentes cosas nuevas y había intentado todo para llegar más allá.
Un año después de vernos por primera vez, y viéndonos dos veces por semana todas las semanas, perder el contacto consigo, por decisión propia, fue muy difícil para mí. Javier me había dicho que sentía conmigo pero que no podía jugársela. Que no tenía nada para corresponder a tanto y que no sabía si a esa altura de su vida iba a poder volver a preguntarse sobre esas cosas. Me dijo que no podía intentarlo conmigo y que todo saliera mal. Y principalmente, que no quería lastimarme. Que no quería que yo sufriera nunca en la vida y que, por eso, prefiera no intentarlo. Porque - me dijo - al principio yo no iba a sufrir. Pero más adelante, cuando quisiera tener cosas consigo que el no pudiera cumplirme, si iba a sufrir. Y yo - sostenía - merecía a un tipo al lado que me dijera todo que si. Es que - decía - era imposible que haciendo todo lo que hacía por el, existiera alguien que me dijera NO.
Yo ni hacía caso de todo eso. Para mí, eran excusas. Amarse no necesariamente era una hazaña. Más bien, era una habilitación interna, un permiso de acceder al placer y al cariño de un otro que nos convoca. Era todo más fácil en mi mente. ¿Por qué iba a tener que sufrir? Sufría diariamente lejos suyo. Sufría porque no aprendía (como me dijo que íbamos a tener que hacer los dos) a vivir con lo que nos pasaba. Y no aprender, no saber bien como hacer, me frustraba. Me hacía sentir una tarada.
Con el tiempo, entendí que no era una tarada. Me di cuenta que yo puedo soltar mejor lo que viví. Por lo que intervine con mi fuerza, lo que hice. Lo contrario le ocurre con los pendientes. Lo que está pendiente, no está, y es muy difícil duelar lo que no está. Cerrar la puerta para siempre a lo que puede no despertar nunca. Eso era lo que me costaba. Porque ¿y si se despierta? ¿Qué?
Todo era muy complejo. No podía dejar de quererlo y no podía disimular lo que sentía pero siempre me mantenía ubicada. El estaba de novio con una mina que hacía lo mismo que yo, pero de su edad. Y fue muy muy importante para mí aceptarlo, aunque debo admitir que me costó bastante. A veces lo veía, en la época donde me daba la sensación de que Javier estaba feliz consigo, y pensaba: "bueno, al menos, se está dando la posibilidad de querer a alguien, de conocerse. Antes de nosotros, él estaba tan negado a eso. ¿Será que se dio cuenta que lo podían querer? Eso espero. Que lo quieran y que lo cuiden. En el fondo, será un poco boludo pero es un buen tipo...".
II.
A los pocos meses de su relación, yo ya entendí que no tenía opciones más que cortar todo de raíz y pasarme a la vereda de la gente normal, civilizada, que es razonable y sabe elegir lo mejor para sí misma. Si no podía controlarme, tenía que alejarme. Y me alejé y la distancia me ayudó a no hacer las cosas más complicadas. Me alejé todo lo que pude.
Y algunos años después, hasta me alejé tanto que me fijé en otros. Construí con Galeno algo inusual pero muy lindo, en su momento, porque hablo de volver a creer. Y traté, de todo corazón, de amarlo más de lo que lo había amado a él. Traté de dejarme llevar con la esperanza de levantarme algún día del futuro con otra vida, donde Javier no siempre significara mucho para mí. Realmente lo intenté. Le puse mucho esfuerzo a la construcción de ese afecto, le puse mucho cariño, muchas ganas para que saliera bien. Dejé de lado veinte miedos y un sinfín de fantasmas para poder estar bien. Y estuve bien. Fueron épocas muy lindas. La vida conspiró con la intención de sacar la cabeza del barrio.
Pero mentiría si omito que mientras tanto, Javier seguía ahí. Yo no quería ver qué estaba ahí pero pasa a lo mismo de siempre: me chusmeaba las redes sociales en horarios anormales, me saludaba por la calle aunque estuviera caminando con mí mamá (que lo detestaba cuando no era detestable, sólo porque era mucho mayor que yo) y me agarraba del brazo a la pasada, como si me quisiera retener y yo le chocara la mano, correspondiendo, sin poder controlar mi propio cuerpo. En las reuniones donde coincidíamos, Javier se delataba en los detalles, y eso me costaba que ella me dedicara soberanas caras de culo.
Yo no dejaba de intentar sobrevivir en mí círculo social favorito más allá del novio y la novia de LATAM. ¿Qué le iba a decir? ¿Yo también lo quiero? No valía la pena. Yo me alejaba. Seguía adelante. A veces lloraba de rabia por las cosas estúpidas que hacía Javier para acercarse en las reuniones y romper el muro de mi indiferencia, pero no importaba. Tomaba aire y seguía. Había que mantenerlo lejos hasta que se rindiera. Algún día, yo también me iba a poder rendir.
No quería que ella se diera cuenta de lo difícil que era para mí hacerme la boluda con tantas conductas alevosas de parte de su novio. Y sostenía el papel de "no sé quién es Javier" de una manera impecable. Javier lo reconoció la noche donde lo confesó todo: "ni bola me dabas, era increíble, no me dabas pelota para nada, no hablabas conmigo". Si, el cambio había sido radical. Él era la persona con la que mejor me llevaba. Al inicio, éramos amigos. Nos ayudábamos. Yo le cebaba mate. Él me alcanzaba a casa. Yo escribía bien y socializaba mal, y el me ayudaba. Él escribía para joder, y socializaba muy bien, entonces yo lo pinchaba en ese lado. Había humor. Charlas. Química. Me pedía algo y le decía que sí. Y yo le pedía algo, y aunque le dijera a todos que no, a mí me decía que sí. Pero me había negado lo más importante. El único sí que yo deseaba. ¿Y entonces, qué?
Entonces, nada. ¿Cómo se la iba a complicar? Yo no iba a destapar ninguna olla. Jamás. Su felicidad pesaba demasiado en mis argumentos. Durante esos años, me repetía: "si él algún día viene a decirme algo, es otra cosa. Ésto es lo único que sé. Lo demás, son conjeturas. Me toca a mí ocuparme de mi felicidad y esperar que se dé lo mejor en su vida, no puedo hacer otra cosa lamentablemente, él no me quiere".
III.
Hacer todo eso, lo admito hoy, me costaba la alegría en los ojos. Jamás lo iba a molestar, porque sentía que lo molestaba con mi cercanía, pero nunca me planteé que iba a hacer si era él el que se acercaba. Para mí era imposible que colapsara así. ¿Quién me iba a decir que esto iba a reventar? Era incapaz de pensarlo. De verdad, era incapaz. Y por eso, justamente por eso, creo que el día que me dijo todo, está historia cambió para siempre. Hizo que mi realidad colapsara tal y como la conocía.
Al decir de Javier, el día de 2022 donde "rompió el pacto consigo mismo", me invitó finalmente a tomar el vino que habíamos demorado años en tomar. Tenía 27 años. El me dijo: "yo rompí el pacto conmigo mismo, ya está". ¿Qué pacto? ¿Cuál pacto? ¿Él mas obvio, con ella y con todo? ¿U otro, mucho más profundo y simbólico, más moral y reprimido?
Para 2022, construía con Galeno. Si, yo también estaba en pareja, y había decidido no hablar más con él porque simplemente había pasado tiempo y me daba un poco de miedo hacerlo. La negación y la indiferencia además habían girado hacía la vergüenza de no saber cómo retomar un camino que quizá no era necesario recordar.
Sin embargo, habia una excepción de una sola situación, que cortaba la indiferencia y yo lo sabía desde el momento en que nos habíamos distanciado: si un día él me llamaba y me decía que necesitaba de mi para algo. Ese era el límite de mi resistencia. Que el llamara y admitiera que necesitaba hablar. Porque eso implicaba un cambio concreto de estado, una situación tacita.
Mi pareja estaba en mí vida aún. Yo apostaba por eso, aunque ya habíamos tenido bajadas de la ola. Apostaba por volver a intentarlo, porque quise mucho a Galeno, pero además, porque me daba miedo saber que había un fantasma mirando.
¿Y si un día llegaba ese llamado? Yo iba a ir. Había tenido ocho años para pensar qué haría y eso era ir. Yo sabía que iba a ir. ¿Por qué? Porque no me iba a poder perdonar no estar ahí. Simple. Iba a estar ahí, porque lo amaba.
Aunque eso si: ese amor, no tenía nada que ver con la construcción de otros. Era algo natural para mí, inevitable, una especie de estado sin reversión posible, pero eso sí, con variantes, con alternativas, con la posibilidad de seguir viviendo, disfrutando, y construyendo cosas lindas. Yo ya no iba a dejar de vivir la vida por Javier, pero si Javier algún día tenía la intención de decirme algo concreto, lo iba a escuchar, iba a estar ahí, iba a darle la posibilidad de ser escuchado como él me la había brindado a mí, con delicadeza y ubicación, en el momento donde yo a los 19 años le conté de mis sentimientos. No, no me olvidaba. Para mí su trato había sido importante más allá de la correspondencia y siempre pensé que si me tocaba escucharlo, pese a todo, lo haría. Por todo el espacio que le había dado a mis sentimientos. Porque me había escuchado primero.
Pero todo eso, era una posibilidad entre millones. No, Javier era un cobarde. Jamás se iba a animar ni siquiera a invitarme un café. Jamás se iba a animarme a decirme "¿querés venir a casa en 20 minutos, te parece?" después de charlar un domingo. Jamás se iba a animar a desvestirme con ganas, finalmente, sin mambos, como yo deseaba. Jamás nos íbamos a volver a besar, habían pasado caso diez años. ¿Mira si iba a retomar a una chica más joven, casi una decada después, estando ambos en pareja? No, por favor, era una locura pensarlo, parecía un tópico posible para una nouvelle.
Porque implicaba romper todo, mandar todo a la mierda, cagarse en todo el mundo, hacer cualquiera... ¿por algunos momentos de sexo? ¿Por una revancha con qué? Imposible. El dar vuelta el partido era imposible. Porque era hacer cualquiera con su familia que lo había juzgado tanto, pero que el amaba. Era hacer cualquiera con su pareja con quien no quería vivir, "pero que estaba ahí y bueno, acompaña" (según argumentó). Porque era hacer cualquiera consigo mismo.
Jamás me iba a decir "sos hermosa, quiero tenerte toda para mí". Ni siquiera me iba a tirar bromas de nuevo. No me iba a proponer una degustación privada. Tampoco me iba a aconsejar sobre mi vida y muchísimo menos me iba a contar cómo se sentía.
¿Cómo me iba a decir algo así, si era un fantasma?
Haciéndolo.
IV.
- Te quiero ver - musitó.
Arriba suyo, como estaba, era paradójica esa expresión de deseo.
- Me estás viendo, tocando, estás de la cabeza, vos - le respondo.
Con la mano buena, me agarra del pelo como sabe que me gusta, y me besa. Yo lo sostengo y lo beso también. Me busca el cuerpo debajo de la ropa y cuando me siente, ya ambos estamos de la cabeza. En ese momento, no puedo evitar desear nada más que no sea eso. No me puedo decir a mi misma "te tenés que ir", porque no siento el peso que eso debe implicar. El deber por primera vez en mí vida, mientras lo tengo en frente, normalmente desnudo, no me detiene.
Eso es terrible. Todo el mundo se reduce a ese cuarto de su casa donde sentía que no iba a estar jamás y quiero quedarme consigo, desnudos, charlando, viéndolo tocarme y pensar: "no puedo creer que lo esté haciendo". Donde juraba que no iba a volver. Donde seguí jurando que no iba a volver una vez que volví. Del que acabo de regresar, hace unos días. Del que quizá nunca hasta ahora, pensé seriamente en despedirme.
¿Qué cambió? Verlo sufrir. Sencillamente. Eso me da vueltas por la cabeza hace días.
V.
¿Ahora es el momento? Lo analizo seriamente. Pero no por él. Por mí. ¿Tiene algún sentido el seguimiento a su dolor, si es todo como es? Más allá de lo que pueda sentir, me refiero. ¿Será algo posible que lo ayude y yo lo pueda sostener internamente? No lo creo. Honestamente. No siento eso. No quiero hacerlo de esta forma, tampoco.
Javier está roto, sí, muy roto hoy por hoy. Por dentro y por fuera. Con el paso de los días entiendo que hice lo que deseaba, que tengo mucha responsabilidad que trabajar en eso, pero también me di cuenta que me hizo mal verlo así. Escucharlo. Todo lo que me contó. No sé... Me mató verlo sufrir. Me pareció completamente innecesario que me compartiera tanto, si solo nos juntamos a tener sexo. La intimidad física no es siempre intimidad emocional para mí. Y él es un gran caso de cómo se van separando y uniendo esas variables.
¿Si parece frío? No, no pasa por ahí. ¿Cómo le dirías a una persona que amaste como yo lo amé que ya no querés escucharlo, que únicamente la pueden pasar bien en momentos muy muy muy específicos que no están asegurados? Lo hago porque yo sé que Javier es un tipo muy particular para mí, obvio, pero que entrega un discurso desordenado. Y yo soy yo para el, pero quiero tener todo ordenado. Incluso, desde lo decisivo de saber si el sexo es sexo y punto.
Javier empezó diciéndome que esto iba a fluir como debiera, allá por 2022. Que era solo sexo, que no se quería confundir porque sabía que se podía confundir enseguida conmigo y que estaba claro que no tenía nada para ofrecerme. Yo le dije que estaba claro que ninguno iba a dejar nada de lo que había formado por el otro. Al menos para mí, era obvio que Javier venía a saldar una cuenta y que se iba a borrar el lo inmediato. Yo tampoco quería remover la historia emocional. Con lo que me estaba diciendo yo sabía que no iba a cambiar nada más allá de pasarla bien algunas veces y de todo lo que eso simbolizaba por el contexto y la falta de límites.
Pero no fue así. Dos años después y todavía seguimos en contacto. Dos años después, yo creía que no me iba a convocar, y resultó que me convocó hasta lo que no me había permitido ni pensar que me podía pasar. Y también, que la cagó cuando después de vivir una experiencia sexual intensa y placentera, se abrió tanto emocionalmente.
¡Cómo la cagó! Eso era algo que no esperaba de él.
Ahora no me deja opción. Quiero huir de sus emociones. De su energía. De su forma de afrontar las cosas. Creo que quiero huir porque me doy cuenta que esto no está siendo lo ocasionalmente dicho. Que está dejando de ser una lucha contra el deseo físico, únicamente, y que hay filamentos de intimidad distintos en juego.
De solo pensar en eso, otra vez, sobreviene la culpa. La culpa por no poder resistirme inclusive a lo que él mismo me ofrece y yo acepto como una adolescente. ¿Qué tendría que haber hecho, si no era besarlo, tocarlo, darle placer, confortarlo? Eso no me puedo dejar de preguntar. Desde que estuvimos juntos en su momento, no sé cómo tocarlo normalmente. Pero no quiero perder tampoco en eso la capacidad de escucharlo con distancia. Con una distancia prudente que no implique empezar a hablar de como nos sentimos, darnos consejos. No, eso está para otro tipo de relaciones. Relaciones que él dijo no poder ofrecerme y que yo no quiero recibir de esta manera.
Suena duro pero es así. Como si todo se hiciera reducido a un lenguaje. Un lenguaje que puede , pero no debe, ser enunciado. Un lenguaje que puede recrearse siempre pero que no debería implicar sentimientos.
Es raro pero miro lo que pasó a la distancia y la intimidad emocional con Javier para él es más fácil que nunca. Pero para mí, en cambio, es más difícil que nunca.