lunes, 28 de noviembre de 2016

Dicen las malas lenguas V

Las charlas con mi padre en particular, casi siempre, surgen a la hora del mate. De los cuatro miembros de mi familia, contándome, hay dos que toman mate y dos que no. Por lo cual, es un rito que invita a la conversación, que reúne lo que a veces no se puede conciliar de otra manera y que, parece, destapa ciertas concepciones. 

Los argentinos tomamos más mate que agua mineral

Hoy no fue la excepción. Si bien me había tomado un termo de mate sola, mientras estudiaba, mi papá me preguntó para cuándo el mate, un ratito después. ¿Que si me iba a negar? Nunca; porque yo difícilmente rechazo un mate. Justamente por esa incapacidad me encaminé hacia la cocina a prepararlo, cuando me comentó que tenía media hora antes de irse a resolver cuestiones del trabajo, porque mi padre no reconoce feriados en su rubro. Antes, pasé por mi pequeña huerta y me llevé algunas hojas de menta, para darle un toque de simpatía a la infusión, cuestión que recomiendo, porque la menta natural le gana a cualquier yerba saborizada. Una vez que dispuse todo sobre la mesa, lo miré con cansancio, porque es muy cómodo con el mate y, además, exquisito. Los suyos, la verdad, no son del estrellato y sin embargo, como buen anciano ortodoxo en la materia me miró extrañado cuando me vió entrar en la cocina y lavar la menta. Que conste en actas que, antes, le había dado a probar uno calentito para que le encontraba el punto y se le pegara la idea, pero no hubo caso, claro. 

Inmiscuida en mis asuntos estaba cuando me hizo un comentario de los trajines del día. Había hecho mucho y le quedaba bastante más por hacer. 

- Ayer hice muchas cosas también. No me pareció domingo - me comentó. 
- Además a la tarde te fuiste a dar la inyección - le comenté, porque ayer, como tiene una pierna a la miseria (veinticinco años en la construcción no son gratuitos), yo los acompañé a él y a mi abuela, a que ambos, y por distintas razones, se aplicaran sus respectivas inyecciones. 
- Sí. Cuando llegué, estaba dolorido - reconoció - Encima, justo después, cayó *** - me dijo, mencionando a su amigo, con un gesto de molestia.
- Bueno, pero, no seas malo... - le puse cara. 
- Ya no me está gustando que esté siempre con la misma cantinela, Veinteava... - me dijo. 

Lo noté excesivamente molesto por el hecho que, de otra forma, podría desmarcar con más facilidad. 

- De todos modos, no sé por qué te hacés tanto problema. Viene, te cuenta, lo aconsejás, pero me parece que no hay por qué tomar partido. Vos no sos su papá, no sos un pastor, escuchalo y hacé las cosas de corazón, pero después dejalo que decida solo - consideré. 
- Es que además... - dudó - Se me puso algo en el medio de la cabeza y decime desconfiado, pero vos me conocés a mí, hija - me dijo, evidenciando el enojo que yo había atisbado. 
- No te entiendo, la verdad - le dije, porque odio las cosas crípticas y los misterios innecesarios.  
Que si se quería hacer el detectivesco, pensé, se abocara a consumir textos propios del género policial, no a las cuestiones más que cotidianas. 

- Es que yo veo cosas que no me gustan de este pibe, con vos - explicitó. 
- ¿Otra vez con eso? 
- Sí, otra vez - dijo, disgustado - Noté que, ya lo hizo varias veces, está pendiente de vos. 
- Ay, no, por favor... - me reí - ¿Me estás jodiendo, no? - sacudí la cabeza. 
- No, no te estoy cargando... 
- Pensá un poco coherentemente, papá. Este pibe no puede estar pendiente de nada más que no sea su situación. 
- Pero yo veo que está demasiado pendiente. No me gusta. 
- Es cosa tuya eso, yo no lo veo así... - lo miré - No me va a tirar los galgos, además - lo tranquilicé. 
- Si te tira los galgos, lo cago a trompadas - sentenció. 
- Ay, por favor, no seas carvenícola - le dije, ya molesta - ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? 
- Si, Veinteava, me doy cuenta. Yo le abro las puertas de esta casa porque la está pasando mal, no para que se haga el galán con mis hijas - destapó, ahí, toda su indignación - Estoy enojado. 
- Estás tomándote las cosas demasiado enserio... - afirmé - No es para tanto... 
- Creo que, para decirte la verdad, estoy más enojado por esto que por las cosas que me cuenta que le está haciendo la ex- mujer - hiló. 
- Pero... - mofé - ¿Te das cuenta lo que decís, no? Este tipo no hizo nada, vos mismo lo podés ver - le dije, para que no se afligiera. 
- Veinte, está a cuatro años de los cuarenta años - explicitó - no se puede hacer acá el desentendido - me dijo, mirándome fijo. 
- Por eso mismo te lo digo - repuse - Tiene demasiadas cosas en las que pensar para creer que si es amable conmigo un mal pensado lo puede distorsionar. 

Me miró. 

- Yo lo único que te digo es que, si viene acá, no sea para meterse con ninguna de mis hijas. 
- Qué exagerado que sos, la verdad... 
- No sé - puso cara de parca - Está constantemente pendiente de que vos sepas todo... 
- ¿Eh? - lo miré, desconcertada. 
- ¿No te das cuenta que tiene demasiado interés ya en tenerte al tanto de todo lo que le está pasando, de cómo está actuando? 
- ¿Y? 
- Ayer, de hecho, estaba hablando conmigo y vos estabas llegando y me dijo que ahora cuando llegabas, me iba a explicar con más detalle - argumentó - ¿Desde cuándo le interesa tanto que vos sepas? 
- No sé, no creo que tenga nada de malo... - medité - Quizá quiere tener otra opinión, o contar las cosas una sola vez 
- O asegurarse de que vos lo mires, como lo hace, cada vez que te habla - me dijo - Cada vez que está contando algo, te mira, te mira... - me dijo - Está pendiente todo el tiempo de eso, de que lo mires, de que lo escuches... - argumentó. 
- Ay, papá, ni que yo fuera la justicia encarnada en una persona - me exasperé.
- No, pero no pienso permitir que se venga a hacer acá el candidato... - se quejó. 
- Creo que es lo suficientemente adulto para entender que, en esta casa, no tiene cupo para hacerse el señor fatal - le dije - ¿No te parece que, en honor a su sentido común, al margen de sus intereses, se va a mantener ubicado? No te maquines. 
- ¿Que si se va a mantener ubicado? Más le vale. Uno se dispone a escucharlo y, después, pasa que se quiere quedar con una de tus hijas, qué le pasa, está loco... - argumentó. 
- No te calientes, dale - lo molesté y le pasé otro mate. 

Se quedó callado. 

<<¡Ay, señor, qué paciencia! >> me dije. 

Es que, efectivamente tal como creí yo hace un tiempo, mi papá no se desentendió de esa duda, que le hace ruido en la cabeza, desde hace bastante tiempo. Yo, por lo pronto, ya abandoné la intranquilidad.  No tengo nada de lo que ocultarme, ni tampoco tengo a nadie que preservar de los juicios de los demás. Este es un rumor instalado. Será cuestión de evadirlo y disolverlo para restarle corporeidad y creo que lo que más me importa de todo esto es que no se generen verdaderos problemas. Ademas, lo único que yo sé con certeza es que el amigo de mi padre nunca explicitó nada. No me sentó, a la manera de Divino, para decirme qué le pasaba o no, y eso, sigue queriendo decir algo bueno para mi.  Por lo pronto, entonces, las habladurías no están fundamentadas. Todo lo que los otros ven, bien pueden ser imaginaciones de ellos. Mi actitud está notablemente más sosegada; hablo menos, opino menos, intervengo menos; no tengo interés en agudizar el cuadro en lo más mínimo. 

La charla de mate del día, como se puede ver, tuvo un condimento extra además de la menta. 

domingo, 27 de noviembre de 2016

Elección de vida II

- Pero... - mi papá dudó - lo que no me gusta es cuando te veo tan... - se quedó callado. 
- ¿Tan? 
- Es como que te ponés, no sé, extraña... - meditó.
- No me pongo extraña... 
- Sí, es como que te deprimís... - se quedó callado - Estás todo el día acá, callada, leyendo, siempre así... 
- Siempre hago eso 
- No, pero es distinto. Cuando vas a la facultad, por lo menos... pero cuando no vas es peor... - dejó la frase sin terminar. 
- Estoy descansando... 
- Pero no entiendo por qué, si estás descansando, tenés esa cara, como si te deprimiera... - me planteó. 
- Soy así, papá - le expliqué. 
- Pero... - me miró - ¿No sos feliz, vos? 
- Todos los días hago todo lo que puedo para serlo - le respondí. 

En mi diccionario, eso es una especie de sí. 

- Ves, esas respuestas me molestan... - me marcó. 
- ¿Querés que te mienta? Es como pienso... No soy feliz todo el tiempo, la vida tiene sus cosas, yo te digo que tengo voluntad de hacer cosas para estar bien, eso es lo que importa. 
- Bueno, pero más allá de todas las cosas ¿no sos feliz? 
- Sí, lo soy. Pero no es un estado, es hacer un poco todos los días para ser mejor... El resultado es sentirse bien con eso. 
- Bueno, pero ¿no estás contenta de que nos tenés a nosotros, a tus amigos, a tu perro? - me preguntó. 
- Claro que sí... 
- ¿Y no sos feliz? 
- ¿Querés que te lo diga? Sí, papáaaa, soy feliz - respondí, sin ánimo para charlas existenciales. 
-Importan mucho las cosas simples, Veinte... - suspiró - Tenés que ser feliz vos.
- A mi manera,  lo soy... - suspiré - Quizá no se nota de afuera, pero yo sé que es así y me quedo con eso
- Bueno, entonces, está bien. Si me decís que sos feliz, está bien... 
- Está bien - le hice un gesto y me fui. 

Me encerré en mi habitación, temprano. Estaba sola y me sentía sola. No tenía planes, no tenía ánimos para organizar nada con nadie y tampoco tenía voluntad para estudiar ante el apremio de más exámenes, ahora, finales.  Miré a mi alrededor. Junté un par de libros que agrupé con el criterio de que, en su mayoría, sean títulos europeos, libros que no leí antes. Me senté en la cama y suspiré, porque en realidad, no sabía qué otra cosa hacer. Intenté no pensar al respecto, no anhelar nada más, no cuestionarme sobre nada. 

<<Uno está donde tiene que estar >> medité, dudosamente. 

Golpean la puerta. 

- Pasá, está abierto - le dije a mi padre. 
- No te saludé, hoy - respondió, porque suele pasar por el pasillo, mirar hacia la habitación y hacerme un gesto de buenas noches, todas las santas noches. 
- No hay problema - le hice lo más parecido a una sonrisa que me salió. Me la devolvió. 
- ¿Cierro, acá? - asentí con la cabeza. 

En su cara, el gesto de "quisiera que estés siendo feliz " se volvió casi una oración concreta. 

Con ese pequeño gesto finalmente entreví el motivo por el cual sacó, en estos últimos días, temas sobre Él o su familia que estaban más que superados, al menos, en la idea que yo tenía de su imaginario. Son temas que yo tengo guardados, cosas que acomodé y con las que está, finalmente, todo lo mejor que se puede. Pienso en por qué saca a la luz lo que hace bien estando en la oscuridad. Pienso qué le preocupa del todo, pienso cuál sería el motivo de ese disgusto; me pregunto donde querrá llegar 

Mientras reflexiono entiendo que cómo no le va a haber quedado en el tintero aquéllo si fue la única persona que jamás cuestionó la amplia diferencia de edad existente entre Él y yo; fue la única persona que depositó una ficha a favor de que mi felicidad podía estar en esa atípica dirección. Fue la única persona de mi familia que, una noche en la puerta de mi casa, le dijo un montón de cosas buenas de mí a ese tipo que, sabía, me gustaba mucho. Y fue quien otra vez le invitó algo de tomar, algo de comer (y yo que pensé que le iba a pegar una piña...).  Fue el que, otra vez, también en la puerta de mi casa, me dijo a mí que le importaba que yo me cuidara y procurara no ser solamente la de los fines de semana y que lo demás, no le interesaba. Fue el único de mi familia que le brindó a Él sugerencias de cosas que se le rompían o lo invitó a comer un asado en casa, cuando mi viejo no hace nunca asado, cuando mi viejo no hubiera consentido jamás que alguna de mis dos hermanas hubiera aterrizado en casa con una persona 23 años más grande. Recuerdo, de hecho, de una forma que roza la gratitud y la melancolía, cuando me dijo  <<lo encontraste >> con solemnidad, cuando nunca es solemne, cuando evita estas cosas, porque las siente demasiado acartonadas. 

No sé lo que se veía en ese momento y mucho menos sé lo que se ve ahora, ni mucho menos, lo que puede anticiparse de mí.  Lo único que me dice siempre -pese a que le lleve la absoluta contra a mi madre que se pone verde cada vez que lo escucha - es que mi próxima pareja será despareja, que como para empezar, habrá una órbita de quince años de margen. <<¿Será un consuelo o una verdad? >> me pregunto. Y lo miro, nada más; no le creo. No tengo esperanzas en el rubro y tampoco tengo conexión con mi generación, al punto de que de allí provenga una pareja, con la que se necesita conexión. Me siento perdida y lo asumo, aunque no se lo confieso a nadie. Él, como si lo supiera, me dice que espere, con ironía, porque al contrario de mí - y de cualquier padre cuerdo - es como si lo viera venir, desde el futuro, como si eso fuera una especie de profecía autocumplidora. 

Mientras tanto, nado en la niebla. 

<<Supongo que sí, que anhela más mi propia felicidad de lo que me imagino >> pienso. 

Durante unos instantes, me gustaría ser una hija normal; como pasa con mis hermanas, por ejemplo. A ellas nunca las tuvieron que empujar a que salgan, ni a que se diviertan, ni a que socialicen. Evidentemente no sabe como sobrellevar el hecho de tener una hija considerablemente más apagada. Piensan que soy infeliz, especialmente, mi padre que - como me conoce bien - sabe que no me parezco en nada a mis hermanas, ni aunque lo quisiera así y que, este no tener la misma suerte; tiene un costo. Mi madre, a diferencia, pasa por alto esta diversidad, porque pretende que sea igual a mis hermanas; suelo pensar que no le importa tanto mi verdadera felicidad, sino, más bien, que le preocupa lo que pueda tener que trasgredir para hallar lo que me satisface en algunos aspectos de mi vida. 

Yo, sin embargo, en este momento, aunque lo quisiera por el solo hecho de que no se preocupe por mí no puedo aliviarle la preocupación a mi padre.  Mi madre, por el contrario, piensa que mi preocupación vital y única es la facultad y, como sabe que lo sentimental es un punto de choque, lo único que me dice ahora es que tengo que conseguirme un novio, aunque constantemente rebate y juzga, mucho, lo que me atrae. <<Deja de mirar viejos... >> me dijo el otro día. <<Estoy mirando hombres, no viejos>> le respondí, pese a que sé que teme por mis relaciones interpersonales, porque no soy dueña de la santa paciencia y me gustaría que me deje exteriorizar lo que me plazca, porque yo no estoy diciendo nada malo. ¿Qué si me gustarían las mujeres y no los hombres? ¿No sería igual de válido? En realidad ella no quiere que me consiga un novio sino que quiere que sea normal en mi elección. Mi papá, por lo menos, me lo han dicho, en materia sentimental, al menos,  no juzga el cómo ni el con quien. 

<<Es como si se disputaran una interpretación de lo diferentes rumbos que puede tomar mi vida si elijo esto o aquéllo. Al final, sin embargo, nadie sabe nada. Ni uno mismo entiende y pretenden hacerlo los demás... Qué gracioso... >> pienso.

 Pienso y reconozco que hay días donde el camino se borra por completo; donde desaparece también la idea de lo que es la felicidad para nosotros mismos. Y parecería que empezáramos a creer y a pensar qué quieren los demás de nosotros, como si fuéramos incapaces de descubrir lo que queremos para nuestra vida. 

Creo, por ende, que antes de llegar a ese punto me conformo con sentir que en eso de descubrir por mi misma estoy, aunque no se lo diga a nadie, aunque sea una esperanza que solamente yo sostenga, aunque vivir con arreglo a nuestras valores a veces salga tan caro. 


sábado, 26 de noviembre de 2016

Elección de vida

I

Hace bastante tiempo ya que, mentalmente, vengo cavilando una cuestión que me llama la atención y que con el paso del tiempo se está volviendo más frecuente: el hecho de que esté soltera, visto desde los ojos de los demás, que lo conciben como un hecho extraño, cuasi inexplicable, dada mi edad y mis... ¿atributos, condiciones, virtudes?... sí, dado todo eso.   
  
Para mi misma el hecho de que estoy soltera es normal y lo es también el hecho de todas las ventajas que este estado sentimental acomete. Mi soltería es crónica desde hace veintiún años. Si bien he conocido gente, me he enamorado, he tenido ciertos "vínculos"; ninguno ha tenido título de novio. 

Suelo pensar, de hecho que yo no tuve novios; tuve personas que me atravesaron la vida, convirtiéndose en diagonales fundadoras, y eso, al menos para mi corazón, es mucho más que un novio.  

Con Él, de hecho nunca tuve una relación formal, pese a que se aparecía por mi casa, pese a que todos sabían que algo pasaba entre nosotros y pese a todo lo que pasaba, efectivamente. Tenía en claro que a su edad no quería ni podía ser mi novio. Jamás me arriesgué a llamarlo como tal y por primera vez en mi vida rehusé a etiquetar las cosas, dedicándome a vivirlas. No era mi novio, claro, pero se comportaba como tal y a mí eso, en esa época, me alcanzaba.  En el fondo, y esto lo entendí después de mucho tiempo, yo le perdonaba ese hecho de no poder ser mi novio, de no poder ponerse un cartel que le resultaba demasiado pesado en su conciencia; solo porque lo quería.  Sabía que a su edad -más de veinte años de diferencia - asumirse así era difícil para él,  sabía que era más adecuado una esposa, pero yo tampoco tenía edad de ser su señora, no quería aquéllo para mí. Entonces, el punto medio, el negocio, era no ponerle títulos a nada de eso y vivirlo pese a la sensación permanente de saber que, de un momento para el otro, esa especie de robo al tiempo se iba a acabar. De mi parte sabía que estar a su lado, de esa manera, era alterar las leyes de la naturaleza, del universo - al menos de mí forma de entenderlo- y que, tarde o temprano, todo volvería a la normalidad. Efectiva pero muy dolorosa al mismo tiempo, la normalidad llegó. Pero, previamente a aquéllo, el compromiso que yo tenía consigo giró siempre en torno a un sentimiento y no a un deber ser de cara a la sociedad. Mi amor, de hecho,  iba más allá de un título, iba más allá de mi misma, muchas veces, e iba más allá de todo lo que hubiera atisbado a especular.  

Seguramente por todos estos motivos, me asombra ya, la insistencia de mi madre o las referencias del resto de la sociedad respecto al que sería bueno que me consiga un novio. <<¿Conseguir? >> me digo, desconcertada y asqueada de la terminología de antaño, retrógrada por demás, donde se concebía al marido como un bien, como una característica por la cual era posible, dependiendo el caso, adquirir cierto status. Salvando eso, en segundo plano, yo no concibo la soltería como un problema y me hace sentir mal cuando me lo plantean como tal, ya que es un tema que para mí representa el ser lo que los demás quieren que sea, o ser la persona que realmente quiero sin pensar en los demás. 

Si hubiera hecho caso de todos los consejos de mi madre, desde los quince hasta casi los veintidós años, definitivamente ya estaría de novia con un muchacho bueno, de buena familia, de estudios universitarios, que "esté a mi altura". Lo mismo si hubiera seguido los dictados de mis hermanas, los refranes de mi abuela, el curso de las vidas de mis coetáneas, lo que la sociedad espera que fermente en una joven adulta, llegado cierto momento, concluida o inicia cierta etapa. Pero, y pagando el precio, no he hecho caso de nada y aunque miles de veces me lo he propuesto con toda mi fuerza de voluntad en juego (porque tampoco siempre estoy segura de todo mi mundo), paradójicamente, no he podido ser "normal" en este aspecto; siempre he sido selectiva con la gente, pensante, reflexiva, racional y siempre me he sentido como en casa con la gente grande.  Por eso estoy soltera, definitivamente, y lo respeto, porque prefiero que así sea mientras no haya dado con la persona... adecuada.  Pero - ahí está la otra parte del asunto - lo adecuado, en relación a mi familia, a algunos conocidos, a gente que frecuento y me frecuenta; varía y mucho. 

 Saberme distante de lo que me correspondería estar más cerca, en materia afectiva, la mayoría de las veces, me entristece y las otras me hace sentir sola. Todo esto, en general, lejos está de ser un planteamiento adolescente, lejos está del mero rol del incomprendido.  Cerca sí, muy cerca, está del ser una elección de vida, con todo lo que puede implicar. 

Eso es lo que casi nadie comprende de mi postura: esto es una elección de vida, este es el precio de aceptarme como soy y no ser como los demás quieren que sea. 

El que yo no me entienda con mi grupo de pares no es algo que manipule porque me interesa ser diferente; no es algo que controle. De hecho, todas las veces donde no me entiendo con la gente de mi edad, no me causa gracia sino resquemor, y muchas veces, ha llegado a causarme un profundo dolor. ¿Alguien puede saberse plena sintiéndose fuera de lugar donde debería sentirse cómodo y viceversa? No, no lo creo y tampoco este sentido fuí la excepción.  El hecho de no encajar me produjo, en ciertas etapas de mi vida, mucha tristeza; como a cualquier otro terrícola capaz de pensarse y sentirse con honestidad. 

Conforme crezco, no obstante, las cosas parece que se calman hasta que ingresa a la esfera de mi vida otro tipo de "presión"; otro tipo de "deber ser".  Sin embargo, pese a la soledad, pese a la tristeza que cae como una lluvia finita frente a ciertas situaciones evidentes, hay algo que tengo que reconocer: yo no sirvo para ser de otra manera. 

<< ¿Qué haría si pudiera elegir? >> me pregunto, seriamente.  Hacer lo que todos, me digo, siempre y cuando esa fuera mi propia condición para ser feliz. De otra manera, continúo, si algo me dijera que este camino por el que voy, además de ser solitario es el correcto, entonces lo que haría sería seguir en él, pagando el precio, siguiendo la condición primera, es decir, buscando la manera de ser feliz, de este ser feliz porque estoy viva, porque respiro, porque atravesé tantas cosas...  Serlo o inventárselas para serlo, porque ni siquiera intentarlo lejos está de ser poca cosa.

Feliz. Estarse bien, vivir conforme a mis deseos en lo que más pueda, vivir lejana a la inercia. Ese es mi objetivo, desde siempre: sobreponerme a las cosas, darle para adelante a la vida, intentar ser buena gente, no lastimar a los demás, querer bien a los que me rodean, intentar aprender a ser mejor todos los días, sostener mis sueños, esforzarme, trabajar duro por mis metas. 

II

Siendo muy honesta, si bien lo he querido, nunca he podido acompasarme del todo a las creencias de los demás sobre lo que es mejor para mí, porque también he tenido muy a flor de piel mi propio deseo, aquéllo que motoriza la vida de la gente. Esto me llenó de contradicciones, permanentemente. 

En algunas cosas con todos quienes me rodean y me quieren bien, coincidimos plenamente sobre lo que sería bueno para mi vida; incluso acuerdo con que esto o aquéllo coincide con lo que quiero, con lo que se sugiere, con lo que espero de mi misma. 

Pero, en materia sentimental... no.  Allí, sé que todos pueden tener razón, que pueden querer lo mejor para mí y sé que de hecho deben pensar que lo que todos prefieren, también tengo que preferirlo yo. Sé que "a mi edad" debería ser eso, sé que hay algo que corresponde a las etapas de la vida, que es sano que todos las vivamos, que no tenemos que quemarlas, que todos debemos respetar las experiencias propias de la edad, etc. Lo sé, lo sé todo, miles de veces me lo he recriminado y de nada sirvió, porque siempre supe que era no. Y siempre supe cuando, a pesar de todo, era un sí más grande que una casa, aún mismo yo tuviera o no en mis manos la posibilidad de hacerme cargo y acercarme a la fuente de mi deseo y, además, de mi temor por esta falta de consonancia, por este tan marcado desvío, que a medida que se agudizaba en tanto yo me iba adentrando en el camino alterno, iba marcándome a fuego, milla por milla.  

Si bien consideré recortar alternadamente durante mis años todo el conflicto referido a esta cuestión, tampoco por eso encajé, me adapté, me sentí cómoda o siquiera resigné el serme fiel a mi misma. No hubo caso.  Ninguna de todas aquéllas argumentaciones han tenido efecto, y miles de veces quise que algo sucediera en mi, que algo pasara milagrosamente y pudiera ser como todos en esto; mucho desee levantarme una mañana y finalmente entenderme con los jóvenes; quise, incluso, aunque sea mera estupidez, sentir vieja a una persona de cuarenta años, sentirla lejos, sentirla ajena, como con mi generación. Pero no pude. Nunca pude. 

Y aquí está la raíz de toda mi contradicción: por un lado  entiendo, de verdad comprendo, a todos aquéllos que en mi familia o en mi grupo de la facultad, no saben entender realmente lo que implica para mí el no coordinar con el casi toda mi generación y el sentirme cómoda, en todo sentido, con gente más grande, a veces, mucho más grande que yo. Entiendo que les parezca raro, que no les parezca bien, lo entiendo todo, perfectamente. Pero que lo comprenda no significa, por el momento, que yo me resigne a que las cosas deban ser de ese modo y me pierda la única posibilidad - esta única vida que vivo y conformo - para descubrir qué es, en definitiva, lo que a mí, Veinteava persona, me hace feliz. 

Es por eso que, ese no poder, este nunca haber podido "encarrilarme" para mí no representa la imposibilidad, sino, más bien, la esperanza. Para mí, aunque sea difícil de entender, esto representa lo que quizá esté aguardando por mí, lo que me va a ayudar a entender todo lo que no entendí durante tantos años, lo que me va a demostrar que no era así, todo lo que me parecía que estaba mal. Porque si yo alguna vez me reconozco efectivamente feliz con este camino, mi vida, va a haber valido cada segundo la pena. De eso, estoy completamente segura. 

 No son circunstancias fáciles este sentirse, muchas veces, una maestra de la incomodidad, pero no es una cuestión de victimización, más bien, supongo yo, de aprendizaje. Tengo muy presente que miles de veces sufrí, porque no entendía que estaba haciendo mal, por qué me pasaba algo de todo esto,por qué no podía simplemente mirar para mi lado, reírme de los chistes, salir a los boliches, disfrutar de esas cosas, sentirme jovial, gustar de lo que ellos y ellas gustaban. 

Y la única respuesta que saco de todo esto es que todo eso sucedió porque no puedo negar ni puedo cambiar quien soy, no puedo ya ser otra. Y, por ende, esta que soy, gusta de lo que gusta y se siente como se siente, con lo que la conforma, conforta y conmueve. 

Este no poder, no haber podido nunca, se erigió en no querer renunciar a esta forma de afrontar mi vida, al menos, hasta que haya agotado todas y cada una de mis esperanzas respecto al valor de la autenticidad, en cuánto vale ser como uno cree que es más feliz. Sin ir más lejos, la forma en que afrontaba mi vida en la época donde compartía parte de ella con Él, siempre me pareció asombrosa, precisamente, porque era mi forma de sentirme feliz, dentro de todas las variantes que acuña el bienestar. Ese período tan intenso emocionalmente me pareció mucho más auténtico que todo lo que había pasado antes, que todo ese esfuerzo por acomodar piezas de otro orden en un esquema que, sin desmerecer ni nada, me resultaba ajeno, extraño e impuesto. 

Fue así que independientemente de Él y por Él (al mismo tiempo), yo nunca me sentí tan plena como en aquellos días que, quizá, fueron días más que sencillos en materia de acontecimientos. No hubo grandes cambios en la superficie de mi vida, sin embargo, internamente, yo nunca me sentí tan pero tan fuerte; como durante esos meses. A Él mismo se lo decía, segura: yo me voy a hacer cargo de todo. Y, de hecho, me hice cargo de todos mis miedos y mis propias críticas, me sobrepuse a mi historia, y me arriesgué a quererlo; por sentir que me estaba jugando mi felicidad. Puede sonar tonto, incluso difícil de entender, pero tenía una fuerza interior tan intensa que me animaba a ir contra todo, en nombre de lo que sentía y eso lo sé - ahora, cuando ha quedado lejos la idealización, cuando uno conoció las miserias del otro y de si mismo -, que  no es algo menor.   Hasta que lo conocí a Él, pero no sólo lo ví, sino que lo traté; lo escuché, me reí consigo, disfruté de cosas pequeñas, vislumbré sus valores, mantuve charlas "en un mismo nivel"; y me enamoré, yo no tenía idea de lo que significaba este ser fiel a mi misma de una forma tan exacta.  Por eso, porque me ayudó a descubrirme y a aceptarme, Él tuvo mucho que ver, su llegada tuvo semejante caudal de emotividad y de importancia, en mi vida.  Por eso su presencia, su llegada, su ser, quedó tan grabado a fuego en mí. 

Nunca había encontrado tanto espacio para ser yo misma, nunca me había sentido tan... aceptada, tan entendida, tan yo. A su lado, pese a todo lo que pasó, yo me sentía siempre mi mejor versión, porque estaba siendo fiel a mi misma, porque estaba luchando por mi propia elección de vida, representada en una persona para compartirla.  A veces, tengo que admitirlo, extraño mucho esa parte de mí y siento una profunda nostalgia de esa tipa valiente que era, porque ahora no puedo afirmar que lo sea, ni por asomo. 

III

Este último año, especialmente, me combatí como nunca y me aboqué a personas de mi generación, para entenderlas a fondo, para ver si así, quizá, estando de vuelta de una experiencia atípica, yo me encontraba con referencias en mis pares. Era como volver a la fuente, pero de otra manera. 

Por eso, salí y hablé con tantos jovenes como nunca hubiera creído, me esforcé, me esforcé mucho... y ahora resulta que tengo algunos conocidos nuevos, algunas conocidas nuevas, que las considero de ese modo y mis compañeros de facultad me consideran bastante y hasta saludo gente si me los cruzo en algún pasillo, lo cual es agradable, pero al mismo tiempo, se me aparece como una cuestión que valoro a medias, porque cuando llego a casa todas las noches suspiro y es como si me sacara un disfraz, como si me quitara un traje, una especie de segunda piel, y recién me asumiera desnuda, lejos de todo ese entorno que veo siempre desde afuera y por momentos, concibo de una forma tan ficticia. 

También en materia sentimental, se presentaron candidatos que parecían ser lúcidos y les dí también una oportunidad tanto como ellos me la proporcionaron. De ambos puedo decir que, con lo bueno y con lo mano, se han portado bien conmigo, pese a todo. Tanto el muchacho de 24 años como el de 26, fueron educados, lo intentaron conmigo, lo cual es bastante meritorio de su parte, porque le pusieron la voluntad que yo también le ponía al asunto, en grandes aspectos. Sin embargo, la cuestión de "no" pasó siempre por un costado más elemental: no me sentía cómoda con lo que estaba haciendo, no entendía cómo el resto de la gente podía sentirse cómoda, y de hecho, nunca encontré la forma de entregarme, de sentirme yo misma, al lado de ninguno de ellos. Ellos por su parte, como cualquier persona, tenían sus inseguridades, sus dudas y, si existió un común denominador en ambos, fue que se asustaron conmigo. Sí, me lo dijeron y me costó mucho entenderlo, pero a su forma, los dos sintieron miedo de mí. Y no fue ese miedo producto del desencanto, sino el miedo producto de la lucidez... "Me asusté porque ví que sos muy linda y muy inteligente Veinteva" me dijo el de 26, después un juntarnos a tomar un café, donde, realmente, yo la pasé cortando clavos, porque lo veía asustado y eso me ponía peor. "Yo no estoy seguro nunca de si me querés ver, no sé, quizá yo no te gusto y saliste conmigo porque sí. Me sorprendiste mucho, yo no esperaba que fueras así" me dijo el de 24. Sin embargo, con este último no volví a salir y con el primero, preferí dejar las cosas como estaban, porque el asunto se estaba volviendo insostenible para mí si además de mi propia experimentación tenía que sostener la autonomía de un otro. 

IV

Es evidente que esta elección de vida, esta elección respecto a como elegir vivir mi vida,  definitivamente, siempre fue mucho más seria de lo que yo creí. Tuve que corroborarlo de un modo  práctico para convencer  a los otros y en parte para ponerme a prueba ya que conservaba una esperanza real de que en mí algo funcionara "normalmente". 

La tentación de no sentirse siempre "la desviadita" (tómese esta apodo con toda la sorna del mundo) por momentos se hacía muy muy poderosa. ¿Para qué negarlo? Cuando uno elige o se siente atraído por cosas que no todo el mundo entiende, se lleva más de un cachetazo, lo sé. Por eso, porque no quería más cachetazos, intenté acoplarme a mi generación, esconderme en sus hilos, no cuestionarme nada, pasar el rato y en una de esas... Pero lo que me pasó no fue demasiado diferente a lo que me sucedió durante toda mi vida, donde intenté durante años entramarme dentro de mi franja etaria. La operación fracasó al cabo de un tiempo y entendí que el hecho de acompasarme a esta manera de vivir siempre me pareció un desafío enorme, pero además, infructuoso. Por mucho que lo pretendí siempre, nunca pude lograr ser como ellos son, sentir a la medida y a la manera en que ellos sienten. La obstinación que adopté en ciertas épocas por pertenecer, en relación al "ser como" me lastimaba. En el fondo siempre supe que yo, siendo auténtica, no encajaba y la permanente correlación del hecho, a lo largo de toda mi adolescencia, como también en el trascurso de mi adultez joven agudizaba y agudiza esta cuestión. Al mismo tiempo, mi propia intuición me decía que no podía ser otra. 

Mi vida se ha movido en estas contradicciones. 
Lo sentimental no es más que su reflejo. 

V

Ser o pertenecer; lo que yo sienta como propio o lo impuesto por las masas de gente.
Mis propios valores o lo que todos hacen porque también lo hacen los demás. 
El saber que porque lo haga todo el mundo no necesariamente es bueno o adecuado para mí, contra mi propia noción de verdad.   

Esas son las partes de esta dicotomía, en estos términos se mueve la elección. 

La diferencia con otros rubros donde sé negociar, es que considero de mucha importancia a lo sentimental, lo afectivo en general. Yo, por lo menos, quiero que cuando sienta algo sea verdadero y no para usar y descatar. Considero, además, que lo afectivo genera mucha felicidad en la vida de las personas o mucho sufrimiento, depende de lo que uno considere hacer con esto. 

Para mí, insisto, no es cosa menor. 

Quizá por eso yo elegí no engañarme, asumir que algo me hacía ruido e ir allí. Quizá por eso, errada o no, elegí no dormirme sino buscar mi verdadera felicidad, sea el camino que sea el que tenga que recorrer.  

El intento, en estos casos, es lo correcto si en algo se nos tiene que ir la vida. 

Sigo intentando dar con el cada día que pasa, suponiendo que de eso se trata este tránsito por el mundo. 

 Quizá por eso es tan ardua la intención de entender qué es lo que me corresponde, con todo lo que conlleva.  Quizá porque es la elección definitiva entre lo que soy y no lo que quieren que sea, todo lo que me estoy debatiendo en este entramado de palabras. 

jueves, 24 de noviembre de 2016

Mediomundo

I

Hace unas dos semanas, por motivos que no vienen al caso detallar, pasé la mañana leyendo a toda velocidad para el parcial que apremiaba. Durante la tarde tuve otros menesteres que sirvieron para despejarme, a la vez que también me encargaron de otras ocupaciones diferentes a leer crítica y biografía sobre obras literarias desde la comodidad de mi hogar.  En ese contexto, francamente, me crucé con "mediomundo" y, además, me recibí de fugitiva. Lo cierto es que si bien me había hecho a la idea de que iba a estar expuesta a encontrarme con cualquier persona que rondara cierta zona en cierto rango horario, no esperaba que las cosas se dieran de la forma en que se dieron que, por alguna u otra razón, parecieron rozar lo grotesco. 

II

En dicho asunto para el que me había puesto pituca, me encontré a alguien que hace  años no veía. La primera vez que lo ví fue, para esta misma época, también en un contexto cultural pero cuando yo tenía - casualmente- dieciocho años. Estábamos en un evento un día de muchísimo calor y él, siendo integrante de la comisión que lo organizaba, pasaba a cada rato por el lugar donde yo estaba radicada y me dejaba una botellita de agua mineral helada. <<Cualquier cosa que necesites, o que consideres que necesitan tus compañeros, buscame directamente a mí y te lo consigo >> me dijo, ahora lo recuerdo. En ese momento, sin embargo, lo suyo no me pareció un trato diferente, aunque mis compañeros no tardaron en hacerme entender de qué iba la cuestión, cuando en un contexto de aire libre y 32 grados de calor, la señorita tenía cupo de bebidas ilimitado, desde la Comisión Directiva, y no se había dado cuenta del todo, pensando que el trato se extendería hacia todos los demás.   En relación a la actualidad y como pasó tanto tiempo de ese suceso, siendo apenas una anécdota, yo me olvidé de su existencia. No esperé nunca cruzarmelo y mucho menos esperaba que coincidiéramos en medio de la multitud, años después, cuando sólo estaba disfrutando, con su gente, de una manera más pasiva. Ya desde ese entonces él era un tipo con una edad promedio que rondaba entre los treinta y los cuarenta y, años después, sigue realmente igual a la última vez que lo ví. Lo cierto es que, aunque suene chistoso, es la segunda vez que me pasa lo mismo: él sabe quién soy y al lugar donde pertenezco, pero yo siquiera sé su nombre. No sé su nombre, insisto y mucho menos algo consistente de él, al margen de la labor para la que estaba convocado allí ese día, por el asunto de que me dejaba existencias constantemente y demás; pero allí se acaba su espacio en mi base de datos personal. 

 En el trajín del sábado, donde estaba haciendo lo que yo denomino con cierta cuota de sorna secreta "labor social", lo reconocí a menos de un metro de distancia. Traté de hacerme la tonta a fuerza de no pasar un papelón. Intenté hacerme la desentendida del asunto y pasar por su costado sin sobresaltos, pero no hubo caso. Estaba pasando a una módica distancia cuando me interceptó, se sacó sus lentes de sol, y le dió inicio a una conversación que fue, más o menos, así: 

- ¡Hola, Veinteava, qué alegría verte! - dijo y se acercó a saludarme con un beso. 
- ¿Cómo estás? - le respondí - ¿Disfrutando la tarde? 
- Sí, exactamente - me miró, sonriendo - ¿Cómo estás vos? 
- Bien, bien - dudé - Igual que siempre, supongo - me reí, sin mostrar los dientes. 
- ¿En qué andás ahora? Pasé hace un rato por ***, pero no te había visto. Pensé que no estabas, me desencanté... 
- En la de siempre andamos... - me reí - ¿Así que ya pasaste a vernos? - le pregunté, para cambiar de tema. 
- Pasé, claro, pasé - me explicó - pero tenía ganas de verte a vos y no te encontraba - insistió. 
- Bueno, parece que se hizo la luz - bromeé, mientras extendía una mano, frenaba la suya en un gesto que quiso parecer amable, y asentía con la cabeza - Me alegro que la estés pasando bien. Tengo que seguir con esto... - le señalé unas cosas que llevaba encima y sonreí. 
- Anda, por favor, no hay ningún problema - respondió, en un exceso de cortesía. 
- Te dejo - sentencié y lo despedí con un beso. 

Encantado, este prefecto desconocido que al parecer me conoce tan de cerca, me sonrió al despedirme.  <<¿Alguien me dirá quién es? >> pensé. 

III 

Me encontré, también, porque forma parte de la categoría "mediomundo", al tirador de tiros más osado que conocí en mi vida. Es decir, el señor - cuán grande le queda esta denominación - que hace dos años me ofreció un viaje a cambio de lo que  cualquiera se puede imaginar que quería de mí, sí, sexo. ¡Imaginen mi cara y mi indignación, cuando el flamante marido de otra fulana, me tiró la proposición sin dar vueltas, como si tuviera el cartelito con el precio colgado de la cola! Los puntos que le puse, hasta el día de hoy, fueron los que más disfruté en mi vida. Tiempo después coincidimos en otra labor que nos asignaron conjuntamente, pasó a buscarme por mi casa, cumplimos con ella, y me invitó a tomar algo para disculparse. Le prometí que yo no haría nada para perjudicarlo con su mujer - a la que conozco - en tanto me dejara tranquila. Si yo estaba tranquila, también, iba a estar callada, porque no quería tener problemas pero tampoco quería que me trataran como a una puta. El acuerdo se sostuvo cordialmente desde ese día, donde acepté sus disculpas, hasta el sábado al que me refiero. 

Francamente, cuando lo ví acercarse, no me sorprendí, porque nos seguimos viendo mucho después de eso, pero tampoco me imaginé que hubiera vuelto con la voluntad tan... reavivada. Él estaba muy calmado últimamente, como si "ya se le hubiera pasado".  No me mandaba mensajes, no nos veíamos y no me daba la pauta para que se reavivara esta especie de molestia en su nombre. Yo, a menos que me calcinara en el infierno, jamás le escribí por una cuestión que no fuera excesivamente necesaria, y me mantuve apegada a lo formal. Los ocasionales encuentros en la calle, también pasaron sin sobresaltos, pero la cuestión de hace unos días, finalmente, nos congregó. 

Así me saludó:  

- ¡Acá está el bombón de ****! - sonrió - ¿Cuándo vas a dejar de estar tan hermosa? 
- ¿Qué hacés? - le dije, intentando manejarlo de otra manera, sin demostrarle enojo, porque sé que eso lo estimula más a seguir con lo mismo - Siempre tirando tiros, eh, no entiendo como no te cansa...- enarqué una ceja. 
- Siempre. Yo no pierdo las esperanzas y vos lo sabés. 
- Claro que lo sé y, si no me doy cuenta, no tardás en hacer que me de cuenta - le contesté, seria.  
- Ese carácter, es fascinante - dijo y me alcanzó un vaso de bebida. 
- Te agradezco - le dije, secamente. 
- ¿Cómo estás? - me preguntó. 

Lo miré, nada más. 

- Te pregunto porque quiero hablar con vos sin tirarte tiros - me dijo.
- Estoy bien, aunque tengo calor... - le respondí - ¿Cómo estás vos? ¿Tu familia? - lo miré, fijamente, porque había preguntado con intención, claramente. 
- Bien, estamos todos bien - dijo, el cara de piedra - No vengo de mi casa, de todos modos. Estuve haciendo cosas en lo de un amigo, además, de camino, se me soltó una manguera del auto y le metí mano. 
- ¿Grave el asunto? 
- No, no, para nada - me dijo, mientras me explicaba.  
- Mejor... - musité - Hubiera pensado que te falta una mano, porque yo creo que nunca te ví caminar en toda mi vida - le dije, como si me diera asco el hecho. 

Sonrió, con toda la boca. Lo miré y pensé que, tratándolo de esa manera yo me sentía mejor, porque no permitía que me acorralara con las cosas que me decía. Antes, mi postura era otra y la forma en que me trataba o me miraba, me cohibía y desde mi pudor, él accionaba con más fuerza, porque pensaba que no me sabía defender. Entendí que había que hacerse cargo del hecho de que él sentía deseo - sexual - por mí y que había que poner los límites excesivamente claros. Por eso, si antes me asustaba su tono, hoy en día, las cosas son diferentes y empecé a devolverle toda su generosidad, dejando a un lado una actitud temerosa. 

- No seas así conmigo... - me pidió - ¿Comiste algo? ¿Tomaste algo?  - me preguntó. 
- En un rato voy a ir a comprar helado - le comenté. 
- Te invit... - lo interrumpí. 
- Yo, Veinteava persona, entidad individual, va a ir a comprar helado y será pagado por mí - lo miré, porque lo único que sabe hacer es ofrecerme plata o derivados que puedan obtenerse con ella -  No pretendo que me invites - añadí. 
- Bueno, bueno, yo solamente intentaba... 
- ¿Alguna vez te vas a cansar de intentar, ***? - le pregunté, con honestidad. 
- Vos sabés que es difícil - me dijo - Vos estás cada día más linda, me gustás dede siempre y yo no voy a dejar pasar la oportunidad. 
- No, ya lo creo. Sumás años pero evidentemente no perdés tus manías...  - dije. 
- Nunca - dijo, y marcó el número de su casa, para llamar por teléfono. 

Sentí asco cuando cortó. 

Se me quedó mirando. 

- Problema mecánico solucionado - dijo. 
- ¿No lo habías arreglado? - cuestioné, mientras miraba pasar la gente. 
- Sí, pero tenía que avisarle a mi mecánico - especuló - Quedó a unos metros de acá. 
- ¿Qué vas a hacer después, entonces? - le pregunté, en referencia a la situación de su mecánico, para que se calme la charla. 
- ¿Tenés algún interés en particular? - me miró. 

Yo dudé unos segundos. Lo miré y caí en la cuenta, porque estaba distraída.

 - De verdad, que converses conmigo como cualquier compañero, sin tirarme los perros, es lo que tenés que hacer... - murmuré, discretamente - 
- Vos me estás preguntando qué hago después... - se justificó, riéndose. 

Sacudí la cabeza. 

- La estúpida soy yo, que te trato como una persona normal, cuando no lo sos...  - dije y sonrió -Te pregunto qué vas a hacer después, y vos, que te agarrás especialmente de lo que no existe... - explicité. 
- Y, pero... Vos me preguntás que hago después y yo te diría que si me querés llevar al lugar que sea estoy a tu disposición... - dijo. 
- ¿No vas a entender nunca que yo, con vos, manejo un solo sentido? - le pregunte. 
- Vos sabés que yo me iría de acá con vos, Veinte. 
- ***, de verdad - le hice un gesto. 
- Inclusive, si me decís que nos vayamos ahora mismo de acá,  yo te digo que sí. Vamos al lugar que vos quieras, lo que sea que vos elijas. Mi auto espera, nada más...   
- Es que... - me reí, porque no podía ser más ridículo - ¿Creés que me interesa que tu auto espere para irme con vos a cualquier lado?- le hice burla. Dejame de joder... - me quejé. 
- Yo te lo estoy proponiendo, por si te interesa, quizá tengo suerte... - musitó. 
- ¿Cómo con el auto, que te deja a gamba, no?  - confesé - De verdad, estás loco. 
- Yo no digo nada de todo lo que me decís,  porque viene de vos...
- Me voy mejor, me voy a dar una vuelta... -le dije y preferí escurrirme de mi actividad por un rato, hasta que se tranquilizara un poco. A partir de ahí,  me la pase toda la tarde esquivándolo. 

Pero un momento donde estaba relajada, distraída, observando un espectáculo, siento que me agarran de los hombros de una forma muy masculina. No fue algo que esperara, de ninguna forma y tampoco me resultó una forma familiar de tocarme. 

- ¿Reconsideraste la oferta de un paseo? - me dijo, acariciándome el hombro. 

Le puse una mano encima de su mano y moví la cabeza despacio, porque si me daba vuelta bruscamente, lo supe, le quedaba demasiado cerca. 

- Desde siempre sabes que yo no voy a ir... - me limité a decirle. 

Sacó las manos cuando me vió la expresión. Sonrió, resignado. 

-  Puedo llevarte hasta tu casa, a donde quieras... - insistió. 
- Tengo otros planes para hoy -le dije, porque era cierto.
- Me voy entonces, aunque quisiera que los suspendas.
- Andá a tu casa y basta con los tiros...
- Me voy, ahora enserio. Nos vemos, linda.

<<Por qué la mujer no le llena el culo de patadas... vaya a saber las veces que le fue infiel. Pobre mina; es demasiado para éste mamarracho >> reflexioné.


IV

La cuarta arista de este sábado me superó por completo. Mi padre me lo había anticipado unos días antes de que suceda, a modo de comentario. Su amigo le envió un mensaje, comentándole de esta cuestión festiva a la que concurrí. <<Podemos ir si te parece y comemos algo todos >> le dijo, sabiendo que todos eran, claramente, mis padres y yo. 

- Che, hija, ¿ese no es donde vas a estar vos? -  me preguntó mi papá 
- Sí -  le dije y seguí estudiando. 
 - Porque *** me dijo de ir a comer. 
- Ah, mirá vos... - le dije. 
- ¿Habrá comida? -  me preguntó. 
- No tengo idea, papi  - dije, porque era verdad. 
- Igualmente, él no sabe que vas a estar vos, así que nadie te va a molestar si es que vamos. Vas a poder estar con todos tus amigos tranquila - me advirtió. 
- Si quieren ir, vayan. No van a encontrarse con nada que no conozcan -  le respondí a mi papá, más tensa, porque su amigo sí sabía. 
- ¿Cómo se enteró, ***? - le pregunté como si aquéllo me alegrara. 
- Dice que lo vió por un contacto de Facebook, pero no me dijo nada más...  - me comentó. 
- Ah, bien - seguí marcando disimuladamente - Vayan, sí. Despejensé. No hay drama - le dije, bastante mentirosamente. 

El contacto de Facebook del que no le dijo a mi padre, soy yo. De mi parte, soy incapaz de decirle a mi padre tal cosa porque cuando hace un tiempo, a colación de otra cosa, me preguntó si nosotros éramos amigos en dichas redes, yo le dije la verdad, es decir que no. ¿Cómo explicarle que, a poco de separarse, pese a todo el contexto que yo interpreto de una forma particular, me envió la solicitud de amistad? No puedo y, tampoco, puedo explicarle que él sí sabía que iba a estar ahí. 

- ¿Venís a la cena, no? 
- No, no - lo miré - Me voy a cenar con *** - le dije, mencionando a mi mejor amiga. 
- Ah, bueno - me dijo - Qué bien eso.

Llegado el día, yo había decidido que si me lo cruzaba en el evento, siendo una posibilidad, iba a actuar con extrema cautela. Es decir, no pasa nada malo, no tengo nada en contra suya, es más bien absolutamente lo contrario, pero entiendo que no pegarme tanto a su vivencia es lo más inteligente en esta situación; porque está sensible y puede confundirse y confundirme también a mí, especialmente eso último. 

Estaba, por una cuestión de horarios, segura que no me lo iba a cruzar cuando me fuí de mi casa. Estaba, asimismo, tranquila y aliviada. 

<<¡Cómo estás, amiga! ¿Cómo está todo por allá >> me escribió una de mis amigas. Abrí whatsapp por esa razón. <<Amiga hermosa, todo muy bien. ¿Qué pasó, cómo estás vos? >> le respondí, mientras ví una notificación de un mensaje nuevo. 

Sí, era él. 

<<Mirá, Veinte >> me dijo y me mandó una imagen de un tatuaje que se hizo recientemente. El primero, desde que está libre del prejuicio de su ex- mujer respecto a ellos, del que me pidió opinión respecto a todo, porque sabe que tengo y que me gustan un montón. 

- Hola, ***  - le escribí - Quedó muy lindo, qué bueno que lo hiciste, al final. 
- ¿Te gusta?
-  Quedó muy lindo, se lo ve recién hecho - sonreí, del otro lado de la pantalla. 
- Me gustó mucho... 
- ¿Cómo lo sentiste? - le pregunté. 
- Sumamente tolerable. 
- Me alegro, *** - le respondí, mientras se extendía la charla, y yo ya a esa altura, estaba formalmente desconcertada. 

Pasé otra rato, aliviada de no haberlo visto, pero inquieta. 

Cuando la jornada casi terminaba, mi amiga me pasó a buscar para cenar. 

- Van a estar en *** mis viejos y *** ¿podemos no ir ahí, por favor? No quiero cruzarlo - le expliqué a amiga.  Y le conté la situación, por lo cual ella tomó las medidas que yo pensaba tomar. 
- Ay, sí, boluda, no pasa nada - me dijo. 

Estábamos hablando del tema, paradas en cierto lado, cuando lo veo venir en medio de la muchedumbre. 

- Podés creer que ahí viene - le dije, porque finalmente había pasado por donde estaba, de camino a la cena - Vamos, por favor - le pedí. 
- Ay, boluda, me estás jodiendo - me dijo mi amiga - ¡Vamos porque se va a terminar metiendo adentro de tu cama, este pibe! 
- Más adentro del ojo de la tormenta, imposible - comenté, mientras caminaba.  
Finalmente, lo crucé, pero no.  

V

El único que zafó, de quienes realmente podía llegar a cruzar allí, fue Divino. Porque, claramente, las cuestiones populares no son lo suyo y, ciertamente, sí son lo mío. 

<<¿De verdad te gusta participar de esas cositassss? >> sé que es capaz de decir, desde su orilla, con sus modos. 

Por un lado, me alegro de que esté tan lejos, de que no se sume en estas cosas, de que le parezca todo " popular". Por un lado su belleza es constante si tiene como objeto hacer que lo desee, pero al mismo tiempo, mientras sé que podría decirme eso mis ganas de no verlo crecen, justamente, por la forma en que él mira el mundo. 

<<Es tan inteligente y lo peor, tan lindo; lástima que, en el resto de su vida, todo lo mire como lo mira >> pienso, resignada a que sea todo como es, sin molestarme demasiado por este hecho. 

Me gustaría, visto y considerando estos sucesos, cruzarme a una persona como la gente. 
Dentro de lo que implicó este azar de cruzarme a "mediomundo" sé muy bien que no está. 


lunes, 21 de noviembre de 2016

Dicen las malas lenguas IV

Sí, me paso de tonta quizá, pero últimamente tengo temor de que, con el amigo de mi padre, todo se interprete mal. Es como si percibiera un estallido latente, no en el tiempo presente, pero sí a futuro. Es complejo de explicar, pero siento que se está gestando algo, no sé bien lo que es, que me mantiene alerta. 

Es decir, que alguno de los dos lo interprete mal, la cuestión toda, es lo que no me gusta demasiado. Siendo equitativos, no creo que sea justo que sólo le echemos a él por la cara los asuntos de responsabilidad. A cualquiera le puede pasar, a cualquiera, eso no sería nada. El punto está en que  yo también creo que estoy interpretando mal sus actitudes, por estar inevitablemente sugestionada.  Porque si bien creo que todo mi entorno puede llegar a tener razón, me niego a dársela del todo; yo todavía me sigo diciendo no creo, no creo, no creo. Y lo evito a él, en concreto, porque si bien no creo, considero que es mejor así. 

¿Qué hago, si confío finalmente en lo que dicen todos los demás? ¿Qué hago, en realidad, si es lo que los demás dicen? Esa es mi pregunta y ya entiendo por dónde viene la evasión: no es algo bueno. Sería una macana enorme, ciertamente. Se arruinaría la amistad de ellos, yo tendría que exiliarme en  en mi habitación, tendría que... hacerme completamente a un lado, tendría que reducirme a un soldado que pasa la vida haciendo cuerpo a tierra.  No hay otra posibilidad, eso es de lo único de lo que puedo estar segura. No hay manera de que esto sea lógico, no hay manera de que sea aceptado. Por eso, estoy todo el tiempo esgrimiendo el no creo como talismán ante el devenir de las cosas, incierto devenir. 

Pero este no creo, claramente, esconde una duda. No puedo evitarlo, yo siempre he sido inocente para estas cosas, hasta que no me quedo más remedio que asumir, a fuerza de la vida, que a otros podía pasarle algo conmigo y que, de alguna manera, me tenía que saber hacer cargo de eso, para corresponderlo o soltarlo. Si negaba los sentimientos de otros, si los evadía, corría el riesgo de hacer mucho daño, y en realidad, el asumir o negar algo de los otros, respecto a mí, implicaba una introspección que me debía, algo que debía trabajar para mejorar. Pero, puntualmente en este caso, hacerse cargo es... demasiado, por el momento, para mí. 

II

En general, las estelas pequeñas de este muchacho, me ponen alerta.  Yo misma no sé por qué pero quiero correr si sé que va a venir, y ruego no verlo, y después me pregunto por qué tanta historia. En definitiva, ni yo sé por qué estoy esquivando con tanta pulcritud a alguien, si en realidad, no tengo motivos personales para hacerlo. Pero lo esquivo, como si tuviera lepra,  por las dudas. ¿Pueden influir tanto las dudas? Esto no es algo que me sienta feliz por hacer, pero por esas dudas, juego a la fugitiva bastante más seguido de lo que quisiera. 

¿Por qué las cosas no son normales? Quiero decir, no tiene por qué pasar nada extraño, yo no debería estar evadiéndolo, es incómodo, es molesto... y quizá sea necesario, no lo sé. Hay muchos amigos de la familia que van a comer a una casa, que hablan con todos sus parientes y no por eso sucede que todos creen que uno gusta del otro, que se confunde, no se ya cuántas cosas. Evitarlo es una cuestión de preservación sí, pero que me está haciendo modificar las conductas de una manera alevosa, cuando no quisiera que fuera de esa forma, porque a los ojos de los que nos miran y nos conocen, se entiende al revés, como si efectivamente estuviera pasando algo y yo lo estoy  escondiendo. 

No es que por verlo, yo caiga en un embotamiento súbito, ni tampoco, en una confusión instantánea. No, yo estoy bien, tengo en claro lo fundamental: sea lo que sea, no puede pasar nada entre nosotros, más allá de una buena amistad. Incluso creo que, si le pasa algo, no es por mi, es por la situación y que, en caso de que sea por mí, jamás se va a animar a manifestar la verdad. Confío en que, si tiene un poco de sentido común, va a elegir quedarse tranquilo, aunque vaya a saber qué signifique eso en su diccionario... Otra vez la duda, maldita, que se me instaló, sin que pueda seguir esquivándolo. Ciertamente, ya no es lo mismo verlo para mí, si sé lo que todos creen al respecto.  Y más si es algo de lo que no termino de estar segura, porque... en caso de que tengan razón, no quiero pensar en cómo voy a manejar las cosas. Sé que es infantil de mi parte, pero si son o si no son, siempre necesito negarlas, aunque también sea cobarde y contradictorio. 

Será cobarde, tonto o lo que sea, pero me parece lo mejor. Porque  lo aprecio y también adoro a su hijo. Porque  interesa saber si están ben o me alegra que vengan a visitarnos e incluso  me divierte que nos juntemos todos a cenar. Porque sé que su ex-mujer está, lamentablemente, fuera de eje y cuando se de cuenta de todo lo que perdió, va a joderle la vida a quien sea para recuperarlo. Porque a ella la conozco lo suficiente como para estar segura, que no lo va a dejar ser feliz con nadie más. Porque hay una personita en el medio que vale más que cualquier otra cosa, y es su hijo. Y, especialmente desde mi lado, porque si los demás llegan a tener razón, yo tengo que despedirme necesariamente de todo ese afecto, de todo ese cariño...  Y no quiero, claro. Pero, al mismo tiempo, ahora, por todo lo que hago, incluso de forma indirecta, yo me siento culpable. 

Por lo tanto la conclusión es una: desmarcarme, pese a todo, aunque no quiera, y aunque quede aún más extraño para los demás.