Estoy vestida como cualquier jovencita un día de calor fatal: un short corto de jean elastizado, una remera con tirantes y unas ojotas oscuras que parecen sandalias. Aunque salí bañada de mi casa, casi no tengo el pelo organizado, ni mucho menos, el maquillaje prolijo; voy por la vida como puedo, en muchos sentidos y caminar me despeja.
Cuando me lo distingo entre la gente a él, la cosas cambian. Pienso,para tranquilizarme que probablemente si Divino ve pasar a una chica vestida así, de una forma tan regular y común, es posible que no me reconozca. Me escudo, además, en mi cabellera larguísima y trato de pensar en otro cosa, mientras camino. El solo escenario de compartir un espacio, una vereda apenas, donde estamos tan pero tan cerca, me estremece. Odio que las veredas sean angostas y lamento no poder cruzar de un momento para el otro la calle del costado. Necesitaría escaparme, escaparme rápido, de todo. Pero el semáforo acaba de cambiar dándole paso a la principal y estoy todavía lejos de la esquina, que es mi orilla salvadora o eso creo mientras camino. Teniendo una visión casi periférica del costado desde donde me alcanza, sigo adelante, con mis auriculares puestos, fingiendo que estoy en otra dimensión, que no existo. Me enfoco en esquivar a las personas, una por una, mientras me voy adelantando hacia la esquina. <<No me falta tanto >>pienso, pero me atasco en mi huida luego de anticipar la victoria.
Cuando me lo distingo entre la gente a él, la cosas cambian. Pienso,para tranquilizarme que probablemente si Divino ve pasar a una chica vestida así, de una forma tan regular y común, es posible que no me reconozca. Me escudo, además, en mi cabellera larguísima y trato de pensar en otro cosa, mientras camino. El solo escenario de compartir un espacio, una vereda apenas, donde estamos tan pero tan cerca, me estremece. Odio que las veredas sean angostas y lamento no poder cruzar de un momento para el otro la calle del costado. Necesitaría escaparme, escaparme rápido, de todo. Pero el semáforo acaba de cambiar dándole paso a la principal y estoy todavía lejos de la esquina, que es mi orilla salvadora o eso creo mientras camino. Teniendo una visión casi periférica del costado desde donde me alcanza, sigo adelante, con mis auriculares puestos, fingiendo que estoy en otra dimensión, que no existo. Me enfoco en esquivar a las personas, una por una, mientras me voy adelantando hacia la esquina. <<No me falta tanto >>pienso, pero me atasco en mi huida luego de anticipar la victoria.
Paradójicamente hay una pareja que camina con un cochecito, en la vereda angosta y lleva a un bebé muy pequeño dentro de el, por lo cual, no puedo pasar corriendo y, tampoco, por mi poca habilidad con las piernas, puedo correr en ojotas. Lamento tanto haberme puesto ojotas, mientras veo que Divino esquiva rápido a la pareja, yendo apurado, sin siquiera mirarlos. Lo pierdo de vista, durante un segundo, y cuando me quiero dar cuenta, lo tengo a mi lado, exactamente, caminando a la par.
<<El azar >> recordé que me decía él, en la última charla. El maldito azar, pienso yo, mientras siento que me va a reconocer en dos segundos, a más tardar y miro para todos lados menos para mi costado, donde está, un poco más en diagonal a mi cuerpo. Es obvio que va a mirar; tiene que hacerlo para garantizarse de que no lo pise ningún auto, de esos que no ponen el giro y doblan igual. Empiezo a querer que la tierra me trague porque lo suyo es impiadoso en todos los sentidos y no se me ocurre nada para decirle, mientras de un momento al otro, se me seca la garganta. <<Ahí vamos >> pienso, cuando gira la cabeza en mi dirección y me reconoce.
Con el reconocimiento, llega el verse impactado y por un momento efímero, me siento fea. Sí, pone una cara tan particular que no sé si está viendo algo que le agrada mucho o mucho también le disgusta. La constante es que se lo nota sorprendido y eso es lo que me cae peor. No entiendo cómo pierde los modos, no entiendo cómo se le puede desarmar todo así, pero me alegro, me alegro que se encuentre lejos de su zona de comodidad.
Durante esos segundos, donde se clava al suelo, le sostengo la mirada y me pone la misma cara que pondría un nene cuando recibe un regalo de cumpleaños que ansiaba, pese a que le habían dicho que no alcanzaba la plata para comprárselo.
<<¿Qué, se quedó mudo? >> me digo, mientras lo tengo atontado, mirándome, sonriendo.
- ¿Cómo te va? - lo saludo, con sorna, mientras vuelvo la cabeza a mi camino y bajo casi al cordón de la calle, con los auriculares puestos.
Acompasa su ritmo y me alcanza enseguida, repuesto del impacto, supongo.
Con el reconocimiento, llega el verse impactado y por un momento efímero, me siento fea. Sí, pone una cara tan particular que no sé si está viendo algo que le agrada mucho o mucho también le disgusta. La constante es que se lo nota sorprendido y eso es lo que me cae peor. No entiendo cómo pierde los modos, no entiendo cómo se le puede desarmar todo así, pero me alegro, me alegro que se encuentre lejos de su zona de comodidad.
Durante esos segundos, donde se clava al suelo, le sostengo la mirada y me pone la misma cara que pondría un nene cuando recibe un regalo de cumpleaños que ansiaba, pese a que le habían dicho que no alcanzaba la plata para comprárselo.
<<¿Qué, se quedó mudo? >> me digo, mientras lo tengo atontado, mirándome, sonriendo.
- ¿Cómo te va? - lo saludo, con sorna, mientras vuelvo la cabeza a mi camino y bajo casi al cordón de la calle, con los auriculares puestos.
Acompasa su ritmo y me alcanza enseguida, repuesto del impacto, supongo.
- ¡Hola, Veinteava, qué sorpresa! - se me queda mirando.
Yo me saco los auriculares y vuelvo a subir a la vereda.
- ¿Qué haces? - correspondo - ¿Cómo andás?
Yo me saco los auriculares y vuelvo a subir a la vereda.
- ¿Qué haces? - correspondo - ¿Cómo andás?
Los ojos verdes están todavía más llamativos, ahora que está quemadito por el sol. Si especulaba con que no podía lucir más atractivo, me equivocaba. Puede y lo confirmo a mi pesar, aunque eso no cambia en nada mis ideas, ni todo lo que sé. Vuelve la situación todavía más y más rara, más pantanosa.
Mientras pasan los segundos, uno detrás de otro, siento que me mira muy intensamente. Ese es su fuerte y, a la vez, su mayor peligro: la forma en que mira a los demás. Mientras le sostengo la mirada, por una cuestión simbólica que denotaría el bajársela, estoy apelando a cualquier estrategia para no ponerme más nerviosa y encerrarme en mi ostracismo habitual. Tengo que defenderme, hacerle frente, o lo que se le parezca, no puedo mostrarme débil o movilizada, no lo merece. Si me quedo con una actitud digna de Caperucita Roja, es capaz de capitalizarlo y no puede pasar.
A mi cabeza, mientras lo miro, vienen todos los antiguos mensajes enviados y recibidos. Incluso aquéllos que nos mandábamos al comienzo, donde jugábamos a esa especie de esgrima verbal que era un placer. Me preparo, porque sé (y es que, un pelo basta de muestra) la forma que tiene de ser y de parecer, ante mí. Sé que seguramente puede querer empezar a jugar al esgrima.
- ¡Hooola, bien, yo muy bien! - hace gala de todos y cada uno de sus modales, de sus gestos - ¿Vos?
Mientras pasan los segundos, uno detrás de otro, siento que me mira muy intensamente. Ese es su fuerte y, a la vez, su mayor peligro: la forma en que mira a los demás. Mientras le sostengo la mirada, por una cuestión simbólica que denotaría el bajársela, estoy apelando a cualquier estrategia para no ponerme más nerviosa y encerrarme en mi ostracismo habitual. Tengo que defenderme, hacerle frente, o lo que se le parezca, no puedo mostrarme débil o movilizada, no lo merece. Si me quedo con una actitud digna de Caperucita Roja, es capaz de capitalizarlo y no puede pasar.
A mi cabeza, mientras lo miro, vienen todos los antiguos mensajes enviados y recibidos. Incluso aquéllos que nos mandábamos al comienzo, donde jugábamos a esa especie de esgrima verbal que era un placer. Me preparo, porque sé (y es que, un pelo basta de muestra) la forma que tiene de ser y de parecer, ante mí. Sé que seguramente puede querer empezar a jugar al esgrima.
- ¡Hooola, bien, yo muy bien! - hace gala de todos y cada uno de sus modales, de sus gestos - ¿Vos?
- Bien, caminando un poco... - lo miro, ya desde el principio, con sorna.
Activo mi falsa altivez, mi defensa, lo que sea. Todo, menos decaer. Todo, menos olvidarme por un momento de los demás. Todo menos dejarme llevar.
- Es una alegría verte... - me dice suavecito y se me queda mirando, fijamente, como si le siguiera resultando un imán mi cara, mi simple y sosa cara con un poco de máscara de pestañas, crema humectante, y manteca de cacao.
No entiendo qué le puede dar alegría ni qué es lo que me ve, al igual que me sucedió desde el primer día. No entiendo qué le parece tan bello y atrayente en mi cara, como para insistir tanto en una sola región de toda mi persona. Porque eso es lo más llamativo de él: siempre me mira a la cara, profundamente a la cara; como si tuviera un lingote de oro en ella. Y en mi cara, un día de cuarenta de térmica, no hay grandes avances. De hecho, no hay nada de delineador, nada de grandes maquillajes, nada de grandes producciones. Yo no me conservo en formol, soy joven y estoy blanquísima, porque me la pasé todo el verano estudiando. Pero Divino encuentra en mi cara cosas que, evidentemente, yo no veo y por eso, durante todo ese encuentro, me hace sentir cohibida por ver que la recorre todo el tiempo.
Ante tanta intensidad visual, empiezo a bajarle los ojos, mordiéndome los labios, porque sé lo que simbólicamente eso implica: sumisión.
No entiendo qué le puede dar alegría ni qué es lo que me ve, al igual que me sucedió desde el primer día. No entiendo qué le parece tan bello y atrayente en mi cara, como para insistir tanto en una sola región de toda mi persona. Porque eso es lo más llamativo de él: siempre me mira a la cara, profundamente a la cara; como si tuviera un lingote de oro en ella. Y en mi cara, un día de cuarenta de térmica, no hay grandes avances. De hecho, no hay nada de delineador, nada de grandes maquillajes, nada de grandes producciones. Yo no me conservo en formol, soy joven y estoy blanquísima, porque me la pasé todo el verano estudiando. Pero Divino encuentra en mi cara cosas que, evidentemente, yo no veo y por eso, durante todo ese encuentro, me hace sentir cohibida por ver que la recorre todo el tiempo.
Ante tanta intensidad visual, empiezo a bajarle los ojos, mordiéndome los labios, porque sé lo que simbólicamente eso implica: sumisión.
Me recuerda a la primera vez, y a la segunda, la forma en que me observa, por eso agacho la cabeza. Es una calamidad y al mismo tiempo una curiosidad tan infinita y suya, que -siento- me puede hacer mucho daño al menor descuido. La forma en que me mira es, definitivamente, una barbaridad. Me explora, me estudia, intenta adivinar lo que me pasa por dentro y, al mismo tiempo, es como si pudiera pasarse horas enteras mirándome a la cara, como ya lo hizo, durante "la charla oficial" que duró tres horas donde se la pasó mirándome fijo, incluso, cuando yo ya no podía soportar más esa intensificación total de la atmósfera. El acaparar, momentáneamente claro, la atención de una manera tan manifiesta en este hombre, que ante todos sabe mantener tan bien las formas, es lo que me pone tan nerviosa y después de mirarlo brevemente, bajo otra vez la cabeza, miro para mi costado. Él también está nervioso, tampoco está preparado y eso se evidencia en todo su cuerpo, menos, en los ojos. Si antes creía que los ojos de la gente no mentían, hoy estoy segura que no siempre es así. Los ojos suyos me dicen que, si bien esto es un contratiempo, hay cosas que la experiencia va a saber solapar unos segundos más tarde. Y una de esas cosas que sublimará, es su capacidad de sentir y decir la verdad.
Sospecho que no soy el único proyecto de "Otra" que tiene, así que levanto la cabeza, movida por la rabia, y lo enfrento. Recién ahí continúa la charla, en cuanto lo miro. Precisamente esa actitud que tiene es lo que más odio de Divino, aunque sé que lo valoraría quizá de otro, con quien me sienta más tranquila. Él se queda callado hasta que lo miro y si bien yo soy de mirar a la gente a la cara, hay veces donde simplemente no puedo hacerlo porque tengo vergüenza. Y esta es una de esas veces, lamentablemente, aunque me veo obligada a hacerlo y ponerme colorada, si es que me tengo que poner así. La manía del esgrima no es sólo verbal, ahora, sino también visual. El mecanismo que es idéntico a la primera vez que nos vimos, donde una vez que pasé a su oficina, no respondió ni siquiera una sola pregunta de mi pariente, hasta que no terminé de sacarme el abrigo y lo miré, de frente, cosa que ya desde ese momento estaba evitando.
No me siento con poder por atraerlo, más bien, todo lo contrario. Sin embargo, trato de enmascarar todos los sentimientos encontrados y de sintetizar el encuentro.
Me enfoco en su cara y retomo.
- Finalmente... - le digo, con ironía.
Sospecho que no soy el único proyecto de "Otra" que tiene, así que levanto la cabeza, movida por la rabia, y lo enfrento. Recién ahí continúa la charla, en cuanto lo miro. Precisamente esa actitud que tiene es lo que más odio de Divino, aunque sé que lo valoraría quizá de otro, con quien me sienta más tranquila. Él se queda callado hasta que lo miro y si bien yo soy de mirar a la gente a la cara, hay veces donde simplemente no puedo hacerlo porque tengo vergüenza. Y esta es una de esas veces, lamentablemente, aunque me veo obligada a hacerlo y ponerme colorada, si es que me tengo que poner así. La manía del esgrima no es sólo verbal, ahora, sino también visual. El mecanismo que es idéntico a la primera vez que nos vimos, donde una vez que pasé a su oficina, no respondió ni siquiera una sola pregunta de mi pariente, hasta que no terminé de sacarme el abrigo y lo miré, de frente, cosa que ya desde ese momento estaba evitando.
No me siento con poder por atraerlo, más bien, todo lo contrario. Sin embargo, trato de enmascarar todos los sentimientos encontrados y de sintetizar el encuentro.
Me enfoco en su cara y retomo.
- Finalmente... - le digo, con ironía.
- Por suerte, sí. Finalmente, Veinteava - sonríe - Contame, ¿cómo estás, qué estás haciendo por acá?
- Compras, caminando, respirando aire no puro - divago - Me estaba por ir a casa.
- ¿Ya te ibas? ¿No estás lejos de acá, no?
- Me iba a ir a tomar el colectivo. No es lejos, igual, puedo caminar - le aclaro y me sonríe.
- Hace demasiado calor, hoy.
- ¿Vos bien? ¿Saliendo del Estudio?
- ¿Ya te ibas? ¿No estás lejos de acá, no?
- Me iba a ir a tomar el colectivo. No es lejos, igual, puedo caminar - le aclaro y me sonríe.
- Hace demasiado calor, hoy.
- ¿Vos bien? ¿Saliendo del Estudio?
- Ya estoy libre, sí, acabo de terminar en el Estudio - me explica - Pero no voy a casa, estoy con un día... - me dice, con un gesto de lamentación solapada.
Lo miro, con cautela. <<Siempre el Doctor, pobrecito, tiene esos diasssssss te- rri- bles >> me digo, con sorna, en mi cabeza.
- Bueno, a veces tocan jornadas largas - le digo, siendo una reforma protocolar del pensamiento anterior.
- Y vos... - me mira y sacude la cabeza - Contame en qué andás.
- Nada nuevo, la verdad. La misma vida que ya conocés y creo que también la misma cara ¿no? - le aclaro - ¿Vos, compromisos antes de volver a tu hogar? - le vuelvo a tirar la pelota a su lado, usando esa última palabra con capital interés.
- Sí - le cambia la cara, es como si se humanizara - Tengo que pasar por el Sanatorio, a ver a mi madre - me dice.
Habla como si estuviera metido adentro de una película. Dice madre y no mamá o vieja. No entiendo, desde esos pequeños detalles, de dónde lo sacaron como para implantarlo en mi vida, en mi vida tan distinta, tan sencilla, en comparación.
- Qué macana... - le digo, esta vez, sin ironía - ¿Está bien, ella?
- Sí, no es nada grave.
- Mejor ¿no? - le hago una mueca - Visitarla y que no sea nada - digo - está bueno.
- Sí, es maravilloso - me dice, con algo de picardía.
Miro para el costado, otra vez, y miro para abajo, seguidamente.
-Debés estar re apurado, así que- intento escaparme.
- Bueno, a veces tocan jornadas largas - le digo, siendo una reforma protocolar del pensamiento anterior.
- Y vos... - me mira y sacude la cabeza - Contame en qué andás.
- Nada nuevo, la verdad. La misma vida que ya conocés y creo que también la misma cara ¿no? - le aclaro - ¿Vos, compromisos antes de volver a tu hogar? - le vuelvo a tirar la pelota a su lado, usando esa última palabra con capital interés.
- Sí - le cambia la cara, es como si se humanizara - Tengo que pasar por el Sanatorio, a ver a mi madre - me dice.
Habla como si estuviera metido adentro de una película. Dice madre y no mamá o vieja. No entiendo, desde esos pequeños detalles, de dónde lo sacaron como para implantarlo en mi vida, en mi vida tan distinta, tan sencilla, en comparación.
- Qué macana... - le digo, esta vez, sin ironía - ¿Está bien, ella?
- Sí, no es nada grave.
- Mejor ¿no? - le hago una mueca - Visitarla y que no sea nada - digo - está bueno.
- Sí, es maravilloso - me dice, con algo de picardía.
Miro para el costado, otra vez, y miro para abajo, seguidamente.
-Debés estar re apurado, así que- intento escaparme.
- Sí, es cierto, estoy muy atrasado, pero... - se frena - Veinteava... - me busca la mirada hasta que lo miro fijo - quiero decirte algo: me están pasando... dos cosas en este momento - empieza.
Miro para la calle principal, el corazón de toda la afluencia de gente y después lo miro a él. Nos sostenemos la mirada, por unos instantes largos. Me da rabia que quien me mire así y a quien yo pueda mirar así, pese a todo lo que me molesta, sea tan mala gente y esté totalmente en contra de la monogamia.
Miro para la calle principal, el corazón de toda la afluencia de gente y después lo miro a él. Nos sostenemos la mirada, por unos instantes largos. Me da rabia que quien me mire así y a quien yo pueda mirar así, pese a todo lo que me molesta, sea tan mala gente y esté totalmente en contra de la monogamia.
Le hago un gesto con la cara, como si estuviera preguntándole cuáles son las cosas que le pasan.
- Mi madre está internada y no puedo dejar de ir a verla, porque le dan de alta hoy mismo.
- Me parece bien
- Realmente quedé en ir a verla, y, si pudiera quedarme un rato... - suspira - Pero se me acaba el horario de visitas estipulado y...
- Me parece bien
- Realmente quedé en ir a verla, y, si pudiera quedarme un rato... - suspira - Pero se me acaba el horario de visitas estipulado y...
- Por favor, no me expliques... - atiné a decirle pero me interrumpe.
- Y la segunda cosa es que me encantaría que vayamos a tomar algo, que pudiéramos comer algo, si no fuera por lo que le pasa a mi madre - me dice.
- Está bien, Divino, mejor que vayas con ella - le digo, sin que eso sea enojo, más bien, ganas de que termine todo rápido.
- De verdad, me hubiera encantado charlar, tomar algo o quedarnos un rato en el Estudio, si no querés ir a algún barcito - se ríe y lo puteo por dentro.
- No creo que vuelva a tu Estudio, quedate tranquilo - lo freno.
- Bueno. Es cuestión de tomar algo o cenar algo - pauta- Aunque no va a ser posible hoy.
Todos y cada uno de los escenarios que plantea son, a resumidas cuentas, una tortura para mí.
Agacho la cabeza un poco y cambio la vista.
- Es mejor así, igual... - le digo, clarita.
- Lo comprendo - me dice - pero yo tenía ganas de verte y ahora me quedo con las ganas de conversar con vos... - explicita.
- Está bien, supongo que sí, que tendrías ganas, pero... - lo miro, fijamente, para aceptar esa realidad pero no cambiar mi postura ante ella - Pero igual es mejor que vayas a ver a tu mamá, ahora. Quedaste con ella.
- Sí, desde ya, voy a ir a ver a mi madre - suspira - ¿A dónde estabas yendo vos? ¿A tu casa?
- Venía de comprar éstas hojas en la librería que me hacían falta - le muestro la bolsa, a modo de prueba - Me iba a ir a la parada, espero que no tarde tanto el colectivo - murmuro.
- Siempre siendo una chica tan aplicada - me dice y, aunque quisiera sentir asco, bronca u odio por la situación, mi mente se dispersa.
Las ideas, mis ideas, se disgregan con facilidad. Estoy nerviosa, lo siento cerca y me pongo muy nerviosa. << Soy muy civilizada para semejante hijo de puta, más que aplicada>> ironizo, en mi mente, mientras lo escucho y enfoco. Cuando intento decirle que tiene una pañalera cerca de su oficina o si le está comprando baberos al chiquito, me doy cuenta que no sirvo para esto, que no soy la mala de telenovela en la situación. Para mí sí es delicado el asunto, a mí sí me cuesta tratar el tema como si estuviéramos hablando de un paquete, entonces ya no tengo oportunidad siquiera de ser cínica o mordaz. Me toca jugarle una carta distinta, porque estoy llena de nervios. En ese momento, tengo en vivo y en directo la evidencia de no poder comportarme como una jovencita digna de una novela barata con Divino. Mi sentido de la ubicación, una especie de protocolo natural, me guía.
- Está bien, Divino, mejor que vayas con ella - le digo, sin que eso sea enojo, más bien, ganas de que termine todo rápido.
- De verdad, me hubiera encantado charlar, tomar algo o quedarnos un rato en el Estudio, si no querés ir a algún barcito - se ríe y lo puteo por dentro.
- No creo que vuelva a tu Estudio, quedate tranquilo - lo freno.
- Bueno. Es cuestión de tomar algo o cenar algo - pauta- Aunque no va a ser posible hoy.
Todos y cada uno de los escenarios que plantea son, a resumidas cuentas, una tortura para mí.
Agacho la cabeza un poco y cambio la vista.
- Es mejor así, igual... - le digo, clarita.
- Lo comprendo - me dice - pero yo tenía ganas de verte y ahora me quedo con las ganas de conversar con vos... - explicita.
- Está bien, supongo que sí, que tendrías ganas, pero... - lo miro, fijamente, para aceptar esa realidad pero no cambiar mi postura ante ella - Pero igual es mejor que vayas a ver a tu mamá, ahora. Quedaste con ella.
- Sí, desde ya, voy a ir a ver a mi madre - suspira - ¿A dónde estabas yendo vos? ¿A tu casa?
- Venía de comprar éstas hojas en la librería que me hacían falta - le muestro la bolsa, a modo de prueba - Me iba a ir a la parada, espero que no tarde tanto el colectivo - murmuro.
- Siempre siendo una chica tan aplicada - me dice y, aunque quisiera sentir asco, bronca u odio por la situación, mi mente se dispersa.
Las ideas, mis ideas, se disgregan con facilidad. Estoy nerviosa, lo siento cerca y me pongo muy nerviosa. << Soy muy civilizada para semejante hijo de puta, más que aplicada>> ironizo, en mi mente, mientras lo escucho y enfoco. Cuando intento decirle que tiene una pañalera cerca de su oficina o si le está comprando baberos al chiquito, me doy cuenta que no sirvo para esto, que no soy la mala de telenovela en la situación. Para mí sí es delicado el asunto, a mí sí me cuesta tratar el tema como si estuviéramos hablando de un paquete, entonces ya no tengo oportunidad siquiera de ser cínica o mordaz. Me toca jugarle una carta distinta, porque estoy llena de nervios. En ese momento, tengo en vivo y en directo la evidencia de no poder comportarme como una jovencita digna de una novela barata con Divino. Mi sentido de la ubicación, una especie de protocolo natural, me guía.
Me mira y me sonríe. Lo miro, esperando que hable, que sintetice.
- ¿Y conseguiste todo lo que habías ido a comprar?
- Sí, eran hojas nada más lo que buscaba. El resto, veré después lo que me haga falta cuando empiece la facultad - argumento, rápido
- Una genia, estando en todos los detalles - bromea.
- Algo así - lo miro y me quedo callada.
Estoy esperando que se vaya, básicamente.
- Me hubiera encantado, de verdad, poder quedarme con vos - insiste.
- Conmigo, claro - susurro, con sorna - Todo bien. Andá.
- Veinteava, de verdad te lo estoy diciendo - me asegura, el muy maldito, me asegura: - Hubiera querido quedarme, tenía muchas ganas de verte.
- Sí, está bien, yo entiendo... - le digo.
<<¿Qué se piensa, que soy una nena a la que se le perdió el perro? >> me pregunto. Me está consolando como si yo fuera incapaz de capitalizar una circunstancia, como si no quisiera que me enoje consigo porque se tiene que ir, como si yo pudiera tomar esa posición. Qué equivocado está. Qué mal acostumbrado está.
- ¿Entonces, vos también querías verme? - me mira, sorprendido.
- ¿Y eso? - le pregunto.
- No me llamaste más; no me escribiste; y... - se encogió de hombros - No lo sé, no supe si llamarte yo, o solo escribirte a ver qué me decías... - me explica.
Lo miro a los ojos y, sinceramente, me dan ganas de reírme en su cara. Mitad de los nervios y mitad de la magistral actuación que está llevando adelante. Merece un Premio Cóndor, un Goya, casi un Globo de Oro. Divino es un actor genial, y el papel de soltero, casi podría decir que le sale creíble y le queda mejor. Yo, no obstante, no me olvido de con quién estoy hablando.
- Me escribiste... - le susurro - Lo único que sucedió es que no nos vimos más.
- Como vos no me llamaste o no me escribiste... - me explica.
- Tengo manos, sí, lo sé, pero acá es otra cuestión lo que importa - lo bajo a tierra.
- Dejame decir que es una lástima, por lo menos, el que yo me tenga que ir a ver a mi madre justo hoy, cuando nos encontramos en la calle, justo cuando yo salgo, justo cuando vos estás acá... - me dibuja el panorama.
- Bueno, pero vos tenés tus compromisos - insisto, echando fuego por los ojos - ¿Qué le vas a hacer?
Me mira y lo miro. Largo es el contacto.
- No puedo posponerlos, pero, por favor, cuando vos quieras, no lo dudes, llamame... O te escribo yo, no lo sé, no quiero dejarte así, sin una invitación... - me dice, en un tono de voz tan dulce que es estremecedor. No entiendo cómo una persona puede mentir de una forma tan encantadora y me alegro de saber que lo está haciendo, porque de otra manera, sucumbiría.
- Es que... - lo miro, como diciéndole "idiota, no lo querés entender" - Yo no puedo llamarte, Divino - le respondo, fría.
- Sí, yo entiendo lo que pasa con eso... - suspira - ¿Te da pudor llamarme vos? Yo te escribo, entonces, no veo ningún problema.
- No, no es pudor, es cualquier cosa que te llame. No corresponde - insisto.
- A mí me encantaría recibir tu llamado. Cuando tengas un momento, me gustaría que me escribas o que me llames.
- Un momento, me dice - le repito, con sorna - Se te hizo ree tarde.
- ¿Dónde para el colectivo?
- Para allá - le digo, como si fuera obvio - Vos no vas para allá, así que... - le hago un gesto, para saludarlo.
- Hoy sí. Vamos.
- No, de verdad.
- ¿Son muchas cuadras?
- Son unos metros, no tenés que acompañarme.
- No es nada - hace un gesto mientras me cede el paso - Si pudiera, aunque sea te alcanzo a tu casa, pero de verdad, disculpame, no puedo.
- Ni lo digas - murmuro.
Empezamos a caminar, hacia la parada del colectivo. Son unos metros, pero a la vez, son kilómetros. No me saca los ojos de encima y yo trato de mirar a la gente de nuestro alrededor, distraídamente, aunque reconozco la mirada que nos echan. Y sí, claro, no es para menos. Yo voy vestida muy común, con el pelo vencido por la humedad, llevo ojotas y una bolsa de plástico trasparente en una mano; Divino por su parte está revestido en unos pantalones oscuros, una camisa clara, expeliendo un olor adictivo, caminando a mi paso, sonriéndome, todo el tiempo, sonriéndome y mirándome de una forma tan intensa. Es mucho el contraste estético, como también, se nota la diferencia de edad. En mi cara, seguramente, también se note el trance que estoy atravesando.
Cuando llegamos al destino, por suerte, no hay demasiada gente. Me pongo en la fila. Él se queda afuera, mirándome y, entonces, me inclino para corresponderlo. Lo miro y se me queda mirando, fijo. Sí, es una situación rara que quien empezó siendo sólo un profesional del Derecho ahora sea un pirata que me escolte a la parada.
- Llegamos.
- Llegamos, sí - se ríe.
Le hago un gesto, como dándole permiso a que se fuera.
- Por lo menos, pude venir hasta aquí... - se ríe.
- Y es más que suficiente...
- No; falta. Realmente, ahora me quiero quedar acá, no me quiero ir.
- De todos modos, tenés que irte - me freno, de los nervios - No te podés quedar acá, no podés quedarte acá conmigo como si nada, esperando que venga el que tomo, super tranquilo, relajadito... - lo pincho.
- La próxima, la próxima vez - me dice, lleno de dulzura - Podés llamarme, no esperar hasta la próxima vez, de todos modos... Me pondría muy contento.
Lo miro. Miro para ver si viene mi colectivo y vuelvo a retomarle los ojos. Me desvío en zonas aledañas que captan mi atención. Enseguida, vuelvo a tierra.
- Mirá, Divino... - junto valor - A mí me pareció lo mejor no llamarte y por eso nunca más te llamé, esto es muy sencillo. No es una cuestión de que sea tonta...
- Es que, por favor, no sos ninguna tonta - se apura a decirme - Sabés que sos brillante. Con los llamados, no pasa nada. Sería genial, pero no pasa nada. Voy a esperar a cruzarme y a que me aceptes la invitación, claro - argumenta.
- Es que no da que yo te llame un día cualquiera, porque me lo pidas o porque tengo ganas de verte y me pintó - lo miro, indignada - Falta que te diga que salgamos a tomar algo o que charlemos de la vida, así, de la nada... - insisto
- Me encantaría que hicieras eso. No se cuánto tiene que pasar para que yo vuelva a tener esta suerte ...
<<Todos los puntos quiere ganar, todos >> me digo.
- Suerte, me dice, suerte... - sacudo la cabeza - ¿Usted dependiendo de la suerte? Raro, eh - mofo.
- Bueno, no es tan así- se ríe - Es un encanto verte, tuve suerte de salir del trabajo y cruzarte y no tuve suerte, porque se me está haciendo súper tarde.
- Vaya - le digo y cabeceo para ver si viene mi colectivo.
- Veinteava - me susurra y lo miro.
- ¿Qué?
- Vos sos fantástica, en serio.
- Mhmmm - asiento con la cabeza.
- No va a faltar oportunidad...
Vuelvo a asentir, con la cabeza.
- ¿Qué? - me dice.
- Que hace meses yo te dije que quería hablar con vos y no hubo oportunidad. Y después, entendí que así era mejor, que había tenido suerte - le contesté - No cambiaría nada de eso ahora. Además, los milagros no existen.
- Bien - me mira y me mide - Comprendo eso.
- No creo - me río, levemente - Hace un tiempo, remoto ya, nosotros dos hablamos ¿no es cierto? - lo miro fijamente.
- Sí- me sonríe, con una picardía que le leo.
- Y vos te mostraste muy dispuesto a decirme y yo te escuché... - le remarco, y ahora, sonreímos los dos.
- Sí, lo recuerdo, claro.
- Pero pasaron unos meses de eso, por suerteeee, y vos sabés que en unos meses te cambia la vida.
- Puedo imaginarlo, sí.
- La mía no cambió - le remarco - Hay cosas que no te las puedo decir ahora, así, de una, pero es mejor esto... -me puse algo nerviosa y resumí: - De verdad, es todo mejor así, como se venía dando hasta ahora - le expliqué.
- Podemos encontrarnos en la calle en otra oportunidad e ir a tomar algo. Puede volver a pasar lo de hoy. Me haría muy feliz, de hecho.
- Para charlar sobre tu vida y mi punto de vista, claramente - lo miro, con sorna - Si se pudiera, supongamos, vos tampoco querrías charlar. Te me reís en la cara, Divino.
- No, por supuesto que no.
- Entonces sólo hablar. Intelectualmente, el asunto.
- Sí, si vos querés eso, me llamás. Ahí nos vemos, charlamos. Yo estoy encantado.
<<Este tipo no conoció la felicidad en su vida >> pienso.
Asiento con la cabeza y me lo quedo mirando en silencio. Me sobrepasó todo, me fuí de eje, por completo. Ya agoté mis recursos y me queda decirle en la cara que es un ser nefasto. Mejor, me callo.
- De verdad que para mí es un placer verte, Veinteava. En serio, es un placer.
- Ya te dije, está todo bien - suspiro - Tu familia te espera - insisto, con una clara entonación irónica
- Es que, por favor, no sos ninguna tonta - se apura a decirme - Sabés que sos brillante. Con los llamados, no pasa nada. Sería genial, pero no pasa nada. Voy a esperar a cruzarme y a que me aceptes la invitación, claro - argumenta.
- Es que no da que yo te llame un día cualquiera, porque me lo pidas o porque tengo ganas de verte y me pintó - lo miro, indignada - Falta que te diga que salgamos a tomar algo o que charlemos de la vida, así, de la nada... - insisto
- Me encantaría que hicieras eso. No se cuánto tiene que pasar para que yo vuelva a tener esta suerte ...
<<Todos los puntos quiere ganar, todos >> me digo.
- Suerte, me dice, suerte... - sacudo la cabeza - ¿Usted dependiendo de la suerte? Raro, eh - mofo.
- Bueno, no es tan así- se ríe - Es un encanto verte, tuve suerte de salir del trabajo y cruzarte y no tuve suerte, porque se me está haciendo súper tarde.
- Vaya - le digo y cabeceo para ver si viene mi colectivo.
- Veinteava - me susurra y lo miro.
- ¿Qué?
- Vos sos fantástica, en serio.
- Mhmmm - asiento con la cabeza.
- No va a faltar oportunidad...
Vuelvo a asentir, con la cabeza.
- ¿Qué? - me dice.
- Que hace meses yo te dije que quería hablar con vos y no hubo oportunidad. Y después, entendí que así era mejor, que había tenido suerte - le contesté - No cambiaría nada de eso ahora. Además, los milagros no existen.
- Bien - me mira y me mide - Comprendo eso.
- No creo - me río, levemente - Hace un tiempo, remoto ya, nosotros dos hablamos ¿no es cierto? - lo miro fijamente.
- Sí- me sonríe, con una picardía que le leo.
- Y vos te mostraste muy dispuesto a decirme y yo te escuché... - le remarco, y ahora, sonreímos los dos.
- Sí, lo recuerdo, claro.
- Pero pasaron unos meses de eso, por suerteeee, y vos sabés que en unos meses te cambia la vida.
- Puedo imaginarlo, sí.
- La mía no cambió - le remarco - Hay cosas que no te las puedo decir ahora, así, de una, pero es mejor esto... -me puse algo nerviosa y resumí: - De verdad, es todo mejor así, como se venía dando hasta ahora - le expliqué.
- Podemos encontrarnos en la calle en otra oportunidad e ir a tomar algo. Puede volver a pasar lo de hoy. Me haría muy feliz, de hecho.
- Para charlar sobre tu vida y mi punto de vista, claramente - lo miro, con sorna - Si se pudiera, supongamos, vos tampoco querrías charlar. Te me reís en la cara, Divino.
- No, por supuesto que no.
- Entonces sólo hablar. Intelectualmente, el asunto.
- Sí, si vos querés eso, me llamás. Ahí nos vemos, charlamos. Yo estoy encantado.
<<Este tipo no conoció la felicidad en su vida >> pienso.
Asiento con la cabeza y me lo quedo mirando en silencio. Me sobrepasó todo, me fuí de eje, por completo. Ya agoté mis recursos y me queda decirle en la cara que es un ser nefasto. Mejor, me callo.
- De verdad que para mí es un placer verte, Veinteava. En serio, es un placer.
- Ya te dije, está todo bien - suspiro - Tu familia te espera - insisto, con una clara entonación irónica
- A mí también me gustaría no tener que ir a ver a mi madre. Pero tengo que estar ahí, realmente me está esperando.
- Y aunque no fuera exactamente tu mamá, sería lo correcto que estés. La familia de uno siempre es importante, es lo más importante. Hoy es tu mamá, mañana, seguramente, pueda ser alguien más cercano todavía - me lo quedo mirando y se me queda mirando.
Al parecer, captó la idea, finalmente. Por eso, sin palabras, así se queda, mudo. Yo me quedo callada y espero a que se vaya así, de pura incomodidad. Pero él no se mueve un pelo de su postura. Ante esto me siento abrumada por todo; por la situación, por el que estemos en la calle expuestos, por el que estemos frente a frente y lo único que yo pueda ver sean las líneas de su camisa, porque me mire, todo el tiempo me mire, sin cansarse, me mire a la cara. Y porque, especialmente, haga todo eso siendo una persona tan deshonesta con todo lo que construyó.
Al parecer, captó la idea, finalmente. Por eso, sin palabras, así se queda, mudo. Yo me quedo callada y espero a que se vaya así, de pura incomodidad. Pero él no se mueve un pelo de su postura. Ante esto me siento abrumada por todo; por la situación, por el que estemos en la calle expuestos, por el que estemos frente a frente y lo único que yo pueda ver sean las líneas de su camisa, porque me mire, todo el tiempo me mire, sin cansarse, me mire a la cara. Y porque, especialmente, haga todo eso siendo una persona tan deshonesta con todo lo que construyó.
- Sí, es cierto, la familia importa, pero esta vez nos encontramos. Sucedió, finalmente y va a volver a pasar, seguro...
- Sí, esto es paradójico - le digo, austera otra vez - pero fue suerte - le digo, sin intención de usar la palabra con la que antes lo había perturbado.
-Mucha suerte... - argumenta.
Lo miro y me mira. La esquina empieza a perder solidez y todo el meta-mensaje que acaba de emitir ocupa la primera plana de mis sentidos. Me dice lo que creo que me dice y es un impacto, aunque no me esperaba otra cosa. El contacto visual entre nosotros es un claro, un claro y permanente desastre, una invitación. Trato de pensar en los demás, trato de pensar racionalmente en lo que es mejor para mi, a modo de resistencia. El mensaje que me acaba de dejar es más que claro, aunque sea sublimado: "esto es pese a todo". Yo me paralizo, me quedo en blanco.
- ¿Tu casa es cerquita? Si es así, te llevo - duda.
- No, ni loco, estás loco- sacudo la cabeza, saliendo de ese impacto anterior - Ahora va a venir el bondi - le digo, y busco la tarjeta magnética en mi bolsa.
Porque lo importante son dos cosas: cuando lo conocí no sabía y, ahora, a diferencia, yo sé., entonces, hay que cambiarle la vista y subirse al primer colectivo que pase, sea el que uno toma o no. Pienso en Ella, instantáneamente, sé que podría ser yo en unos años. Y me sigo quedando en su vereda, no me le arrimo más al abismo, aunque esté en la calle, hablando con su marido/novio a quien me acabo de encontrar, de mala casualidad, y a quien le estoy haciendo padecer todas y cada una de mis resistencias, por ese famoso "bien de todos". Y no estaría dando resultados rápidos, efectivos, como desearía. No hay ningún colectivo en el horizonte.
Le pregunto por su mamá, cosa que es lo único cierto en toda esta historia. Y lo único que no empeora el contacto visual y que no nos acerca más y que no me hace sentir que me dijo lo que creo que me dijo.
- Está operada, hoy le dan el alta.
- Pobre, claro... - suspiro. Intento hablar de nuevo, decirle que se vaya, y me interrumpe.
- De todos modos, no pasa nada. Hoy se va de allí - insiste - Y estos, son unos cinco minutos muy agradables para mí.
- ¿De qué es la operación?
- Desgaste por la edad.
- ¿Qué tipo de desgaste?
- Articular - me responde, sin dudar - Viste cuando las articulaciones se van rozando y con el paso de los años, eso empeora y... - se encoje de hombros.
- ¿En qué región?
- La rodilla - me dice.
O es muy muy hábil improvisando mentiras o es del todo verdad lo de su mamá. Miro, esperando que venga mi colectivo rápido. <<¿Se piensa quedar hasta que me lo tome? >> me resigno a pensar.
- ¿Qué tipo de operación le hicieron a tu vieja? - le pregunto, sin darle descanso.
Me responde y me explica, mientras me mira así. Parece como si no temiera nada, como si nada le importara, como si no tuviera noción de que en caso de ser visto acompañando a una joven en la parada de un colectivo - siendo que él no toma colectivos - es una bomba.
Quiero que se vaya, necesito que se vaya. Y el colectivo, no viene. Me quedo callada, muy callada y trato de haberlo sentir de más, como si no le estuviera prestando atención.
- Cosas de viejos, bah - me dice.
- Mirá quién me lo dice - susurró y se ríe - Se acabó el cuestionario. Sos libre de irte, no espero que te quedes - le digo, explícitamente.
- Es que, a vos, a veces, no sé qué decirte... - susurra - Me hacés poner nervioso, estoy en blanco total - insiste - Quiero... decir, sos una chica encantadora y me pone nervioso, incluso, lo de mi mamá... - argumenta.
Se pone nervioso para decir la verdad, porque es lo único verdadero en eso, pero, al parecer, miente sin problema alguno. ¿Qué es lo que pasa en el reino del revés, ahora?
Se pone nervioso para decir la verdad, porque es lo único verdadero en eso, pero, al parecer, miente sin problema alguno. ¿Qué es lo que pasa en el reino del revés, ahora?
- Ay, por favor - le hago un gesto, seria-. Andá a la Clínica a celebrar que tu vieja está bien, Divino. Dale, metele pata- le digo, con una evidente ironía.
Me mira, me sostiene la mirada, largamente. Otra vez esta especie de esgrima verbal y visual. No me puedo dar el lujo de sostenerle la mirada, porque yo, a diferencia, necesito pensar en los demás.
-Sí, es cierto, es cierto... - me dice - Es un placer haberte visto. Ojalá se repita muy pronto.
- La vida es esto, así que no lo sé, no creo. Hay que tratar de vivirla lo mejor que uno pueda y eso no es tan fácil... - le hago un gesto con la cara - Uno no puede tener todas las de ganar siempre.
- Me voy contento, al menos por hoy. Algo es algo.
- Hay que cuidar a la familia. Por encima de todo - lo miro fijamente y me clava los ojos verdes en el centro de mis ojos - Espero que todo se ordene pronto para tu mamá y, en general, para vos también...
- Muchas gracias, Veinteava - me dedica otra sonrisa - Me encantó verte, de verdad.
Se acerca a darme un beso, en la mejilla, mientras me toca el hombro y parte del brazo dejando sus estelas pequeñas con los dedos. Es delicado, delicadísimo, hasta para eso. Le pongo una mano en el hombro opuesto y me acerco a corresponder el gesto. Un olor muy suave y al mismo tiempo, invasivo y penetrante, se me pega en la piel de mi cara. Es su olor, ese que repudié desde el primer momento, por ser un especie de tatuaje que te queda impregnado en la nariz.
- Que estés bien- lo despido
- Que estés bien- lo despido
- Cuidate y que estés muy bien, vos también - insiste, mientras se despide ahora sí, de forma definitiva.
Asiento con la cabeza, queriéndolo sacar de encima, por el bien de todos.
Desaparece, en menos de un segundo. Ni siquiera quiero darme vuelta. No me interesa ver donde estacionó su barco pirata.
Finalmente se va, es es lo único que sé.
Yo respiro repleta de alivio.
Un tipo un poco más grande que él, que asistió al cuadro desde atrás de Divino, me mira.
<<¿Qué mirás, viejo? >> me dan ganas de decirle, de mala gana mientras marco el número de mi mejor amiga.
Porque, si algo me faltaba que sucediera mientras se daba todo ese encuentro, era cruzarme a mi mejor amiga en simultáneo y que nos viera juntos y captara enseguida la situación, la sola identidad de mi acompañante. Y como eso pasó, por eso mismo la llamo.
Desaparece, en menos de un segundo. Ni siquiera quiero darme vuelta. No me interesa ver donde estacionó su barco pirata.
Finalmente se va, es es lo único que sé.
Yo respiro repleta de alivio.
Un tipo un poco más grande que él, que asistió al cuadro desde atrás de Divino, me mira.
<<¿Qué mirás, viejo? >> me dan ganas de decirle, de mala gana mientras marco el número de mi mejor amiga.
Porque, si algo me faltaba que sucediera mientras se daba todo ese encuentro, era cruzarme a mi mejor amiga en simultáneo y que nos viera juntos y captara enseguida la situación, la sola identidad de mi acompañante. Y como eso pasó, por eso mismo la llamo.
