lunes, 27 de febrero de 2017

Carrera de obstáculos

Estoy vestida como cualquier jovencita un día de calor fatal: un short corto de jean elastizado,  una remera con tirantes y unas ojotas oscuras que parecen sandalias. Aunque salí bañada de mi casa, casi no tengo el pelo organizado, ni mucho menos, el maquillaje prolijo; voy por la vida como puedo, en muchos sentidos y caminar me despeja.

Cuando me lo distingo entre la gente a él, la cosas cambian. Pienso,para tranquilizarme que probablemente si Divino ve pasar a una chica vestida así, de una forma tan regular y común, es posible que no me reconozca. Me escudo, además, en mi cabellera larguísima y trato de pensar en otro cosa, mientras camino.  El solo escenario de compartir un espacio, una vereda apenas, donde estamos tan pero tan cerca, me estremece. Odio que las veredas sean angostas y lamento no poder cruzar de un momento para el otro la calle del costado. Necesitaría escaparme, escaparme rápido, de todo. Pero el semáforo acaba de cambiar dándole paso a la principal y estoy todavía lejos de la esquina, que es mi orilla salvadora o eso creo mientras camino. Teniendo una visión casi periférica del costado desde donde me alcanza, sigo adelante, con mis auriculares puestos, fingiendo que estoy en otra dimensión, que no existo. Me enfoco en esquivar a las personas, una por una, mientras me voy adelantando hacia la esquina. <<No me falta tanto >>pienso, pero me atasco en mi huida luego de anticipar la victoria. 

Paradójicamente hay una pareja que camina con un cochecito, en la vereda angosta y lleva a un bebé muy pequeño dentro de el, por lo cual, no puedo pasar corriendo y, tampoco, por mi poca habilidad con las piernas, puedo correr en ojotas. Lamento tanto haberme puesto ojotas, mientras veo que Divino esquiva rápido a la pareja, yendo apurado, sin siquiera mirarlos.  Lo pierdo de vista, durante un segundo, y cuando me quiero dar cuenta, lo tengo a mi lado, exactamente, caminando a la par.

<<El azar >> recordé que me decía él, en la última charla. El maldito azar, pienso yo, mientras siento que me va a reconocer en dos segundos, a más tardar y miro para todos lados menos para mi costado, donde está, un poco más en diagonal a mi cuerpo. Es obvio que va a mirar; tiene que hacerlo para garantizarse de que no lo pise ningún auto, de esos que no ponen el giro y doblan igual. Empiezo a querer que la tierra me trague porque lo suyo es impiadoso en todos los sentidos y no se me ocurre nada para decirle, mientras de un momento al otro, se me seca la garganta.   <<Ahí vamos >> pienso, cuando gira la cabeza en mi dirección y me reconoce.

Con el reconocimiento, llega el verse impactado y por un momento efímero, me siento fea. Sí, pone una cara tan particular que no sé si está viendo algo que le agrada mucho o mucho también le disgusta. La constante es que se lo nota sorprendido y eso es lo que me cae peor. No entiendo cómo pierde los modos, no entiendo cómo se le puede desarmar todo así, pero me alegro, me alegro que se encuentre lejos de su zona de comodidad.

 Durante esos segundos, donde se clava al suelo, le sostengo la mirada y me pone la misma cara que pondría un nene cuando recibe un regalo de cumpleaños que ansiaba, pese a que le habían dicho que no alcanzaba la plata para comprárselo.

<<¿Qué, se quedó mudo? >> me digo, mientras lo tengo atontado, mirándome, sonriendo.

- ¿Cómo te va? - lo saludo, con sorna, mientras vuelvo la cabeza a mi camino y bajo casi al cordón de la calle, con los auriculares puestos.

Acompasa su ritmo y me alcanza enseguida, repuesto del impacto, supongo. 

- ¡Hola, Veinteava, qué sorpresa! - se me queda mirando.

Yo me saco los auriculares y vuelvo a subir a la vereda.

- ¿Qué haces? - correspondo - ¿Cómo andás? 

Los ojos verdes están todavía más llamativos, ahora que está quemadito por el sol. Si especulaba con que no podía lucir más atractivo, me equivocaba. Puede y lo confirmo a mi pesar, aunque eso no cambia en nada mis ideas, ni todo lo que sé.  Vuelve la situación todavía más y más rara, más pantanosa.

Mientras pasan los segundos, uno detrás de otro, siento que me mira muy intensamente. Ese es su fuerte y, a la vez, su mayor peligro: la forma en que mira a los demás. Mientras le sostengo la mirada, por una cuestión simbólica que denotaría el bajársela, estoy apelando a cualquier estrategia para no ponerme más nerviosa y encerrarme en mi ostracismo habitual. Tengo que defenderme, hacerle frente, o lo que se le parezca, no puedo mostrarme débil o movilizada, no lo merece.  Si me quedo con una actitud digna de Caperucita Roja, es capaz de capitalizarlo y no puede pasar.

 A mi cabeza, mientras lo miro, vienen todos los antiguos mensajes enviados y recibidos. Incluso aquéllos que nos mandábamos al comienzo, donde jugábamos a esa especie de esgrima verbal que era un placer. Me preparo, porque sé (y es que, un pelo basta de muestra) la forma que tiene de ser y de parecer, ante mí. Sé que seguramente puede querer empezar a jugar al esgrima.

- ¡Hooola, bien, yo muy bien! - hace gala de todos y cada uno de sus modales, de sus gestos - ¿Vos? 

- Bien, caminando un poco...  - lo miro, ya desde el principio, con sorna. 

Activo mi falsa altivez, mi defensa, lo que sea. Todo, menos decaer. Todo, menos olvidarme por un momento de los demás. Todo menos dejarme llevar. 

- Es una alegría verte... - me dice suavecito y se me queda mirando, fijamente, como si le siguiera resultando un imán mi cara, mi simple y sosa cara con un poco de máscara de pestañas, crema humectante, y manteca de cacao.

No entiendo qué le puede dar alegría ni qué es lo que me ve, al igual que me sucedió desde el primer día. No entiendo qué le parece tan bello y atrayente en mi cara, como para insistir tanto en una sola región de toda mi persona.  Porque eso es lo más llamativo de él: siempre me mira a la cara, profundamente a la cara; como si tuviera un lingote de oro en ella. Y en mi cara, un día de cuarenta de térmica, no hay grandes avances. De hecho, no hay nada de delineador, nada de grandes maquillajes, nada de grandes producciones.  Yo no me conservo en formol, soy joven y estoy blanquísima, porque me la pasé todo el verano estudiando. Pero Divino encuentra en mi cara cosas que, evidentemente, yo no veo y por eso, durante todo ese encuentro, me hace sentir cohibida por ver que la recorre todo el tiempo.

Ante tanta intensidad visual, empiezo a bajarle los ojos, mordiéndome los labios, porque sé lo que simbólicamente eso implica: sumisión. 

Me recuerda a la primera vez, y a la segunda, la forma en que me observa, por eso agacho la cabeza.  Es una calamidad y al mismo tiempo una curiosidad tan infinita y suya, que -siento- me puede hacer mucho daño al menor descuido.  La forma en que me mira es, definitivamente, una barbaridad. Me explora, me estudia, intenta adivinar lo que me pasa por dentro y, al mismo tiempo, es como si pudiera pasarse horas enteras mirándome a la cara, como ya lo hizo, durante "la charla oficial" que duró tres horas donde se la pasó mirándome fijo, incluso, cuando yo ya no podía soportar más esa intensificación total de la atmósfera. El acaparar, momentáneamente claro, la atención de una manera tan manifiesta en este hombre, que ante todos sabe mantener tan bien las formas, es lo que me pone tan nerviosa y después de mirarlo brevemente, bajo otra vez la cabeza, miro para mi costado. Él también está nervioso, tampoco está preparado y eso se evidencia en todo su cuerpo, menos, en los ojos. Si antes creía que los ojos de la gente no mentían, hoy estoy segura que no siempre es así. Los ojos suyos me dicen que, si bien esto es un contratiempo, hay cosas que la experiencia va a saber solapar unos segundos más tarde. Y una de esas cosas que sublimará, es su capacidad de sentir y decir la verdad.

Sospecho que no soy el único proyecto de "Otra" que tiene, así que levanto la cabeza, movida por la rabia, y lo enfrento. Recién ahí continúa la charla, en cuanto lo miro. Precisamente esa actitud que tiene es lo que más odio de Divino, aunque sé que lo valoraría quizá de otro, con quien me sienta más tranquila. Él se queda callado hasta que lo miro y si bien yo soy de mirar a la gente a la cara, hay veces donde simplemente no puedo hacerlo porque tengo vergüenza. Y esta es una de esas veces, lamentablemente, aunque me veo obligada a hacerlo y ponerme colorada, si es que me tengo que poner así. La manía del esgrima no es sólo verbal, ahora, sino también visual. El mecanismo que es idéntico a la primera vez que nos vimos, donde una vez que pasé a su oficina, no respondió ni siquiera una sola pregunta de mi pariente, hasta que no terminé de sacarme el abrigo y lo miré, de frente, cosa que ya desde ese momento estaba evitando.

No me siento con poder por atraerlo, más bien, todo lo contrario. Sin embargo, trato de enmascarar todos los sentimientos encontrados y de sintetizar el encuentro.

Me enfoco en su cara y retomo.

- Finalmente... - le digo, con ironía.   
- Por suerte, sí. Finalmente, Veinteava - sonríe - Contame, ¿cómo estás, qué estás haciendo por acá? 
 - Compras, caminando, respirando aire no puro - divago - Me estaba por ir a casa.
- ¿Ya te ibas? ¿No estás lejos de acá, no?
- Me iba a ir a tomar el colectivo. No es lejos, igual, puedo caminar - le aclaro y me sonríe.
- Hace demasiado calor, hoy.
- ¿Vos bien? ¿Saliendo del Estudio? 
- Ya estoy libre, sí, acabo de terminar en el Estudio - me explica - Pero no voy a casa, estoy con un día... - me dice, con un gesto de lamentación solapada. 

Lo miro, con cautela. <<Siempre el Doctor, pobrecito, tiene esos diasssssss te- rri- bles >> me digo, con sorna, en mi cabeza.

- Bueno, a veces tocan jornadas largas - le digo, siendo una reforma protocolar del pensamiento anterior.
- Y vos... - me mira y sacude la cabeza - Contame en qué andás.
- Nada nuevo, la verdad. La misma vida que ya conocés y creo que también la misma cara ¿no? - le aclaro - ¿Vos, compromisos antes de volver a tu hogar? - le vuelvo a tirar la pelota a su lado, usando esa última palabra con capital interés.
- Sí - le cambia la cara, es como si se humanizara - Tengo que pasar por el Sanatorio, a ver a mi madre - me dice.

Habla como si estuviera metido adentro de una película. Dice madre y no mamá o vieja. No entiendo, desde esos pequeños detalles, de dónde lo sacaron como para implantarlo en mi vida, en mi vida tan distinta, tan sencilla, en comparación.

- Qué macana... - le digo, esta vez, sin ironía - ¿Está bien, ella?
- Sí, no es nada grave.
- Mejor ¿no? - le hago una mueca - Visitarla y que no sea nada - digo - está bueno.
- Sí, es maravilloso - me dice, con algo de picardía.

Miro para el costado, otra vez, y miro para abajo, seguidamente.

-Debés estar re apurado, así que- intento escaparme.

- Sí, es cierto, estoy muy atrasado, pero... - se frena - Veinteava... - me busca la mirada hasta que lo miro fijo - quiero decirte algo: me están pasando... dos cosas en este momento - empieza.

Miro para la calle principal, el corazón de toda la afluencia de gente y después lo miro a él. Nos sostenemos la mirada, por unos instantes largos. Me da rabia que quien me mire así y a quien yo pueda mirar así,  pese a todo lo que me molesta, sea tan mala gente y esté totalmente en contra de la monogamia.

Le hago un gesto con la cara, como si estuviera preguntándole cuáles son las cosas que le pasan.
- Mi madre está internada y no puedo dejar de ir a verla, porque le dan de alta hoy mismo.
- Me parece bien
- Realmente quedé en ir a verla, y, si pudiera quedarme un rato... - suspira - Pero se me acaba el horario de visitas estipulado y...   
- Por favor, no me expliques...  - atiné a decirle pero me interrumpe. 
- Y la segunda cosa es que me encantaría que vayamos a tomar algo, que pudiéramos comer algo, si no fuera por lo que le pasa a mi madre - me dice.
- Está bien, Divino, mejor que vayas con ella - le digo, sin que eso sea enojo, más bien, ganas de que termine todo rápido.
- De verdad, me hubiera encantado charlar, tomar algo o quedarnos un rato en el Estudio, si no querés ir a algún barcito - se ríe y lo puteo por dentro.
- No creo que vuelva a tu Estudio, quedate tranquilo - lo freno.
- Bueno. Es cuestión de tomar algo o cenar algo - pauta- Aunque no va a ser posible hoy.

Todos y cada uno de los escenarios que plantea son, a resumidas cuentas, una tortura para mí.

Agacho la cabeza un poco y cambio la vista.

- Es mejor así, igual... - le digo, clarita.
- Lo comprendo - me dice - pero yo tenía ganas de verte y ahora me quedo con las ganas de conversar con vos... - explicita.
- Está bien, supongo que sí, que tendrías ganas, pero... -  lo miro, fijamente, para aceptar esa realidad pero no cambiar mi postura ante ella -  Pero igual es mejor que vayas a ver a tu mamá, ahora. Quedaste con ella.
- Sí, desde ya, voy a ir a ver a mi madre - suspira - ¿A dónde estabas yendo vos? ¿A tu casa?
- Venía de comprar éstas hojas en la librería que me hacían falta - le muestro la bolsa, a modo de prueba - Me iba a ir a la parada, espero que no tarde tanto el colectivo - murmuro.
- Siempre siendo una chica tan aplicada - me dice y, aunque quisiera sentir asco, bronca u odio por la situación, mi mente se dispersa.

Las ideas, mis ideas, se disgregan con facilidad. Estoy nerviosa, lo siento cerca y me pongo muy nerviosa.   << Soy muy civilizada para semejante hijo de puta, más que aplicada>> ironizo, en mi mente, mientras lo escucho y enfoco. Cuando intento decirle que tiene una pañalera cerca de su oficina o si le está comprando baberos al chiquito, me doy cuenta que no sirvo para esto, que no soy la mala de telenovela en la situación.  Para mí sí es delicado el asunto, a mí sí me cuesta tratar el tema como si estuviéramos hablando de un paquete, entonces ya no tengo oportunidad siquiera de ser cínica o mordaz. Me toca jugarle una carta distinta, porque estoy llena de nervios.  En ese momento, tengo en vivo y en directo la evidencia de no poder comportarme como una jovencita digna de una  novela barata con Divino. Mi sentido de la ubicación, una especie de protocolo natural, me guía. 

Me mira y me sonríe. Lo miro, esperando que hable, que sintetice.

- ¿Y conseguiste todo lo que habías ido a comprar?
- Sí, eran hojas nada más lo que buscaba. El resto, veré después lo que me haga falta cuando empiece la facultad - argumento, rápido
- Una genia, estando en todos los detalles - bromea.
- Algo así - lo miro y me quedo callada.

Estoy esperando que se vaya, básicamente.

- Me hubiera encantado, de verdad, poder quedarme con vos - insiste.
- Conmigo, claro - susurro, con sorna - Todo bien. Andá.
- Veinteava, de verdad te lo estoy diciendo - me asegura, el muy maldito, me asegura: - Hubiera querido quedarme, tenía muchas ganas de verte.
- Sí, está bien, yo entiendo... - le digo.

<<¿Qué se piensa, que soy una nena a la que se le perdió el perro? >> me pregunto. Me está consolando como si yo fuera incapaz de capitalizar una circunstancia, como si no quisiera que me enoje consigo porque se tiene que ir, como si yo pudiera tomar esa posición. Qué equivocado está. Qué mal acostumbrado está.

- ¿Entonces, vos también querías verme? - me mira, sorprendido.
- ¿Y eso? - le pregunto.
- No me llamaste más; no me escribiste; y... - se encogió de hombros - No lo sé, no supe si llamarte yo, o solo escribirte a ver qué me decías... - me explica.

Lo miro a los ojos y, sinceramente, me dan ganas de reírme en su cara. Mitad de los nervios y mitad de la magistral actuación que está llevando adelante. Merece un Premio Cóndor, un Goya, casi un Globo de Oro. Divino es un actor genial, y el papel de soltero, casi podría decir que le sale creíble y le queda mejor.  Yo, no obstante, no me olvido de con quién estoy hablando.

- Me escribiste...  - le susurro - Lo único que sucedió es que no nos vimos más.
- Como vos no me llamaste o no me escribiste... - me explica.
- Tengo manos, sí, lo sé, pero acá es otra cuestión lo que importa - lo bajo a tierra.
- Dejame decir que es una lástima, por lo menos, el que yo me tenga que ir a ver a mi madre  justo hoy, cuando nos encontramos en la calle, justo cuando yo salgo, justo cuando vos estás acá... - me dibuja el panorama.
- Bueno, pero vos tenés tus compromisos - insisto, echando fuego por los ojos - ¿Qué le vas a hacer?

Me mira y lo miro. Largo es el contacto.

- No puedo posponerlos, pero, por favor, cuando vos quieras, no lo dudes, llamame... O te escribo yo, no lo sé, no quiero dejarte así, sin una invitación...  - me dice, en un tono de voz tan dulce que es estremecedor. No entiendo cómo una persona puede mentir de una forma tan encantadora y me alegro de saber que lo está haciendo, porque de otra manera, sucumbiría.

- Es que...  - lo miro, como diciéndole "idiota, no lo querés entender" - Yo no puedo llamarte, Divino - le respondo, fría.
- Sí, yo entiendo lo que pasa con eso... - suspira - ¿Te da pudor llamarme vos? Yo te escribo, entonces, no veo ningún problema.
- No, no es pudor, es cualquier cosa que te llame. No corresponde - insisto.
- A mí me encantaría recibir tu llamado. Cuando tengas un momento, me gustaría que me escribas o que me llames.
- Un momento, me dice - le repito, con sorna - Se te hizo ree tarde.
- ¿Dónde para el colectivo?
- Para allá - le digo, como si fuera obvio - Vos no vas para allá, así que... - le hago un gesto, para saludarlo.
- Hoy sí. Vamos.
- No, de verdad.
- ¿Son muchas cuadras?
- Son unos metros, no tenés que acompañarme.
- No es nada - hace un gesto mientras me cede el paso - Si pudiera, aunque sea te alcanzo a tu casa, pero de verdad, disculpame, no puedo.
- Ni lo digas - murmuro.

Empezamos a caminar, hacia la parada del colectivo. Son unos metros, pero a la vez, son kilómetros. No me saca los ojos de encima y yo trato de mirar a la gente de nuestro alrededor, distraídamente, aunque reconozco la mirada que nos echan. Y sí, claro, no es para menos.  Yo voy vestida muy común, con el pelo vencido por la humedad, llevo ojotas y  una bolsa de plástico trasparente en una mano; Divino  por su parte está revestido en unos pantalones oscuros, una camisa clara, expeliendo un olor adictivo, caminando a mi paso, sonriéndome, todo el tiempo, sonriéndome y mirándome de una forma tan intensa. Es mucho el contraste estético, como también, se nota la diferencia de edad. En mi cara, seguramente, también se note el trance que estoy atravesando.

Cuando llegamos al destino, por suerte, no hay demasiada gente. Me pongo en la fila. Él se queda afuera, mirándome y, entonces, me inclino para corresponderlo. Lo miro y se me queda mirando, fijo. Sí, es una situación rara que quien empezó siendo sólo un profesional del Derecho ahora sea un pirata que me escolte a la parada.

- Llegamos.
- Llegamos, sí - se ríe.

Le hago un gesto, como dándole permiso a que se fuera.

- Por lo menos, pude venir hasta aquí... - se ríe.
- Y es más que suficiente...
- No; falta. Realmente, ahora me quiero quedar acá, no me quiero ir.
- De todos modos, tenés que irte - me freno, de los nervios - No te podés quedar acá, no podés quedarte acá conmigo como si nada, esperando que venga el que tomo, super tranquilo, relajadito...  - lo pincho.
- La próxima, la próxima vez - me dice, lleno de dulzura - Podés llamarme, no esperar hasta la próxima vez, de todos modos... Me pondría muy contento.

Lo miro. Miro para ver si viene mi colectivo y vuelvo a retomarle los ojos. Me desvío en zonas aledañas que captan mi atención. Enseguida, vuelvo a tierra.

- Mirá, Divino...  - junto valor - A mí me pareció lo mejor no llamarte y por eso nunca más te llamé, esto es muy sencillo. No es una cuestión de que sea tonta...
- Es que, por favor, no sos ninguna tonta - se apura a decirme - Sabés que sos brillante. Con los llamados, no pasa nada. Sería genial, pero no pasa nada. Voy a esperar a cruzarme y a que me aceptes la invitación, claro - argumenta.
- Es que no da que yo te llame un día cualquiera, porque me lo pidas o porque tengo ganas de verte y me pintó - lo miro, indignada - Falta que te diga que salgamos a tomar algo o que charlemos de la vida, así, de la nada... - insisto
- Me encantaría que hicieras eso. No se cuánto tiene que pasar para que yo vuelva a tener esta suerte ...

<<Todos los puntos quiere ganar, todos >> me digo.

 - Suerte, me dice, suerte... - sacudo la cabeza - ¿Usted dependiendo de la suerte? Raro, eh - mofo.
- Bueno, no es tan así- se ríe - Es un encanto verte, tuve suerte de salir del trabajo y cruzarte y no tuve suerte, porque se me está haciendo súper tarde.
- Vaya - le digo y cabeceo para ver si viene mi colectivo.
- Veinteava - me susurra y lo miro.
- ¿Qué?
- Vos sos fantástica, en serio.
- Mhmmm - asiento con la cabeza.
- No va a faltar oportunidad...

Vuelvo a asentir, con la cabeza.

- ¿Qué? - me dice.
- Que hace meses yo te dije que quería hablar con vos y no hubo oportunidad. Y después, entendí que así era mejor, que había tenido suerte - le contesté - No cambiaría nada de eso ahora. Además, los milagros no existen.
- Bien - me mira y me mide - Comprendo eso.
- No creo - me río, levemente - Hace un tiempo, remoto ya, nosotros dos hablamos ¿no es cierto? - lo miro fijamente.
- Sí- me sonríe, con una picardía que le leo.
- Y vos te mostraste muy dispuesto a decirme y yo te escuché... - le remarco, y ahora, sonreímos los dos.
- Sí, lo recuerdo, claro.
- Pero pasaron unos meses de eso, por suerteeee, y vos sabés que en unos meses te cambia la vida.
- Puedo imaginarlo, sí.
- La mía no cambió - le remarco - Hay cosas que no te las puedo decir ahora, así, de una, pero es mejor esto...  -me puse algo nerviosa y resumí: - De verdad, es todo mejor así, como se venía dando hasta ahora - le expliqué.
- Podemos encontrarnos en la calle en otra oportunidad e ir a tomar algo. Puede volver a pasar lo de hoy. Me haría muy feliz, de hecho.
- Para charlar sobre tu vida y mi punto de vista, claramente - lo miro, con sorna - Si se pudiera, supongamos, vos tampoco querrías charlar. Te me reís en la cara, Divino.
- No, por supuesto que no.
- Entonces sólo hablar. Intelectualmente, el asunto.
- Sí, si vos querés eso, me llamás. Ahí nos vemos, charlamos. Yo estoy encantado.

<<Este tipo no conoció la felicidad en su vida >> pienso.

Asiento con la cabeza y me lo quedo mirando en silencio. Me sobrepasó todo, me fuí de eje, por completo.  Ya agoté mis recursos y me queda decirle en la cara que es un ser nefasto. Mejor, me callo.

- De verdad que para mí es un placer verte, Veinteava. En serio, es un placer.
- Ya te dije, está todo bien - suspiro - Tu familia te espera  - insisto, con una clara entonación irónica 
- A mí también me gustaría no tener que ir a ver a mi madre. Pero tengo que estar ahí, realmente me está esperando. 
- Y aunque no fuera exactamente tu mamá, sería lo correcto que estés.  La familia de uno siempre es importante, es lo más importante. Hoy es tu mamá, mañana, seguramente, pueda ser alguien más cercano todavía - me lo quedo mirando y se me queda mirando.

Al parecer, captó la idea, finalmente. Por eso, sin palabras, así se queda, mudo.  Yo me quedo callada y espero a que se vaya así, de pura incomodidad. Pero él no se mueve un pelo de su postura. Ante esto me siento abrumada por todo; por la situación, por el que estemos en la calle expuestos, por el que estemos frente a frente y lo único que yo pueda ver sean las líneas de su camisa, porque me mire, todo el tiempo me mire, sin cansarse, me mire a la cara. Y porque, especialmente, haga todo eso siendo una persona tan deshonesta con todo lo que construyó.  

- Sí, es cierto, la familia importa, pero esta vez nos encontramos. Sucedió, finalmente y va a volver a pasar, seguro...
- Sí, esto es paradójico - le digo, austera otra vez - pero fue suerte - le digo, sin intención de usar la palabra con la que antes lo había perturbado.
-Mucha suerte... - argumenta.

Lo miro y me mira. La esquina empieza a perder solidez y todo el meta-mensaje que acaba de emitir ocupa la primera plana de mis sentidos. Me dice lo que creo que me dice y es un impacto, aunque no me esperaba otra cosa. El contacto visual entre nosotros es un claro, un claro y permanente desastre, una invitación.  Trato de pensar en los demás, trato de pensar racionalmente en lo que es mejor para mi, a modo de resistencia.   El mensaje que me acaba de dejar es más que claro, aunque sea sublimado: "esto es pese a todo".  Yo me paralizo, me quedo en blanco.

- ¿Tu casa es cerquita? Si es así, te llevo - duda. 
- No, ni loco, estás loco- sacudo la cabeza, saliendo de ese impacto anterior - Ahora va a venir el bondi - le digo, y busco la tarjeta magnética en mi bolsa. 

Porque lo importante son dos cosas: cuando lo conocí no sabía y, ahora, a diferencia, yo sé., entonces, hay que cambiarle la vista y subirse al primer colectivo que pase, sea el que uno toma o no. Pienso en Ella, instantáneamente, sé que podría ser yo en unos años. Y me sigo quedando en su vereda, no me le arrimo más al abismo,  aunque esté en la calle, hablando con su marido/novio a quien me acabo de encontrar, de mala casualidad, y a quien le estoy haciendo padecer todas y cada una de mis resistencias, por ese famoso "bien de todos". Y no estaría dando resultados rápidos, efectivos, como desearía. No hay ningún colectivo en el horizonte. 

Le pregunto por su mamá, cosa que es lo único cierto en toda esta historia. Y lo único que no empeora el contacto visual y que no nos acerca más y que no me hace sentir que me dijo lo que creo que me dijo. 

- Está operada, hoy le dan el alta.  
- Pobre, claro... - suspiro. Intento hablar de nuevo, decirle que se vaya, y me interrumpe. 
- De todos modos, no pasa nada. Hoy se va de allí - insiste - Y estos, son unos cinco minutos muy agradables para mí.  
- ¿De qué es la operación? 
- Desgaste por la edad. 
- ¿Qué tipo de desgaste? 
- Articular - me responde, sin dudar - Viste cuando las articulaciones se van rozando y con el paso de los años, eso empeora y... - se encoje de hombros. 
- ¿En qué región? 
- La rodilla - me dice. 

O es muy muy hábil improvisando mentiras o es del todo verdad lo de su mamá. Miro, esperando que venga mi colectivo rápido. <<¿Se piensa quedar hasta que me lo tome? >> me resigno a pensar. 

- ¿Qué tipo de operación le hicieron a tu vieja? - le pregunto, sin darle descanso. 

Me responde y me explica, mientras me mira así.  Parece como si no temiera nada, como si nada le importara, como si no tuviera noción de que en caso de ser visto acompañando a una joven en la parada de un colectivo - siendo que él no toma colectivos - es una bomba. 

Quiero que se vaya, necesito que se vaya. Y el colectivo, no viene.  Me quedo callada, muy callada y trato de haberlo sentir de más, como si no le estuviera prestando atención. 

- Cosas de viejos, bah - me dice.  
- Mirá quién me lo dice - susurró y se ríe - Se acabó el cuestionario. Sos libre de irte, no espero que te quedes - le digo, explícitamente. 

- Es que, a vos, a veces, no sé qué decirte... - susurra - Me hacés poner nervioso, estoy en blanco total - insiste - Quiero... decir, sos una chica encantadora y me pone nervioso, incluso, lo de mi mamá... - argumenta.

Se pone nervioso para decir la verdad, porque es lo único verdadero en eso, pero, al parecer, miente sin problema alguno. ¿Qué es lo que pasa en el reino del revés, ahora?

- Ay, por favor - le hago un gesto, seria-. Andá a la Clínica a celebrar que tu vieja está bien, Divino.  Dale, metele pata- le digo, con una evidente ironía. 

Me mira, me sostiene la mirada, largamente. Otra vez esta especie de esgrima verbal y visual. No me puedo dar el lujo de sostenerle la mirada, porque yo, a diferencia, necesito pensar en los demás. 

-Sí, es cierto, es cierto...  - me dice - Es un placer haberte visto. Ojalá se repita muy pronto. 
 - La vida es esto, así que no lo sé, no creo. Hay que tratar de vivirla lo mejor que uno pueda y eso no es tan fácil... - le hago un gesto con la cara - Uno no puede tener todas las de ganar siempre.  
- Me voy contento, al menos por hoy.  Algo es algo. 
- Hay que cuidar a la familia. Por encima de todo - lo miro fijamente y me clava los ojos verdes en el centro de mis ojos - Espero que todo se ordene pronto para tu mamá y, en general, para vos también...  
- Muchas gracias, Veinteava - me dedica otra sonrisa - Me encantó verte, de verdad. 

Se acerca a darme un beso, en la mejilla, mientras me toca el hombro y parte del brazo dejando sus estelas pequeñas con los dedos. Es delicado, delicadísimo, hasta para eso. Le pongo una mano en el hombro opuesto y me acerco a corresponder el gesto. Un olor muy suave y al mismo tiempo, invasivo y penetrante, se me pega en la piel de mi cara. Es su olor, ese que repudié desde el primer momento, por ser un especie de tatuaje que te queda impregnado en la nariz.

- Que estés bien- lo despido

- Cuidate y que estés muy bien, vos también - insiste, mientras se despide ahora sí, de forma definitiva. 

Asiento con la cabeza,  queriéndolo sacar de encima, por el bien de todos.
Desaparece, en menos de un segundo. Ni siquiera quiero darme vuelta. No me interesa ver donde estacionó su barco pirata.

Finalmente se va, es es lo único que sé.

Yo respiro repleta de alivio.

Un tipo un poco más grande que él, que asistió al cuadro desde atrás de Divino, me mira.

<<¿Qué mirás, viejo? >> me dan ganas de decirle, de mala gana mientras marco el número de mi mejor amiga.

Porque, si algo me faltaba que sucediera mientras se daba todo ese encuentro, era cruzarme a mi mejor amiga en simultáneo y que nos viera juntos y captara enseguida la situación, la sola identidad de mi acompañante. Y como eso pasó, por eso mismo la llamo.

sábado, 25 de febrero de 2017

Piloto automático

I

La sociedad dice algo así como que tengo que suscribir la uniformidad etaria, al compartir etapas, al intercambiar experiencia; en términos del amor y derivados. Y sin embargo ¿cómo compartir con alguien etapas que yo nunca respeté, de manera natural y espontánea? ¿Cómo compartir con alguien intereses que no tengo, que nunca tuve? ¿Cómo lograr entenderme, más allá de lo superficial, cuando siquiera sucede esto último de tener un campo referencial en común? ¿Cómo compartir la vida, la cama y los demás menesteres, con una persona que es la correcta -porque suscribe al mandato- pero con la que no tenés piel ni tenés química ni sentís que se te pone la piel de gallina? <<Si siquiera el deseo ante otro es esto, es este trámite pesado, es esta obligación, es este conformismo impresionante... ¿Qué se supone que uno tiene que hacer?  >> me preguntaba. 

Y hoy entiendo que no está, que no está nada. La vida no es un ya está, no es así de fácil. Y pese a que sea totalmente incorrecto desde mis valores, yo sólo puedo resaltar una cosa, una sola cosa: volví a sentir deseo por alguien y nada tiene que ver con la apatía, el asco y el rechazo que incluía ese sentido de la obligación, ese conformismo, hacia un otro.  Nada tiene que ver con ver el asunto como una carga, nada tiene que ver con conformismo vano, con el deber ser. 

II

Honestamente, pensé que el peso de las circunstancias anteriores había deteriorado mi capacidad de desear algo - sea lo que sea- con alguien. Yo pensé que me iba a acostumbrar a un querer pasivo, reposado y considerablemente resignado; y que eso era el amor para mí, después de todo. Era resignarse a vivir con la que me tocaba. Lisa y llanamente, la que tocaba, tocaba. 

Me mantenía pensante y clara; me mantenía dopada, anestesiada, encarrilada. Vivía orientando y depositando mi pasión y mi deseo, esa pulsión vital que todos te(ne)menos, sobre la carrera o sobre mi familia y amigos. El que a mí me pusieran frente a la inevitable situación de deber desear o no deber desear a alguien (porque sos joven, porque no puede ser a tu edad, porque con veintidós años sos re joven y tenés que tener al lado tuyo a un chico jovencito, bueno; etc) era causante de múltiples mecanismos de defensa ante mi misma y ante los demás. Pero aún mismo me generara rabia este asunto, era algo que también lo aceptaba. Quizá terminaban teniendo razón y yo había deseado toda mi vida lo equivocado, había querido ser un gato que ladraba. 

Cuando Divino (sí, justo éste) llegó a mi vida, en julio del año pasado, yo sentí, sin embargo, que recuperé, lisa y llanamente, el deseo. No me importó ser perro o gato; lo transité y punto.  Por eso me impactó de semejante forma verlo; por eso sentí miedo y por eso, ni bien lo ví quise irme corriendo.  En el momento no lo entendía, no me quería dar cuenta quizá, pero hoy lo comprendo. Divino vino, llegó a mi vida para corporizar el deseo y, a la vez, el deber de hacerse cargo que, sea fácil o difícil, a uno le gusta lo que tira más para ese lado (que no es el típico siendo joven), respecto lo que debería gustarle.  

No fue, simplemente, que Divino salió de su oficina con unas hojas en la mano leyéndolas y, cuando levanté la vista casi al mismo tiempo que él, me encontré con que me estaba mirando. No fue mirarlo como si no hubiera tenido ojos hasta el momento, no fue el escalofrío que me recorrió el cuerpo ni fueron tampoco las ganas de querer escaparme. Fue todo, al mismo tiempo.  Fue descubrir que con esa sola primera mirada (que mutuamente nos echamos) yo podía sentir claramente demasiadas cosas al mismo tiempo, fue entender que no estaba reseca, fue darme cuenta cuánto esfuerzo y cuán grande debía ser el cambio en mi vida, para que yo fuera capaz de sentir algo similar, por una persona que tuviera mi edad o que me llevara nada más que cuatro,cinco años, como máximo. Fue encontrarme con la certidumbre de que o éste era mi camino real o yo no había aprendido nada de los últimos tres años y la vida me repetía la lección, intentando ilustrarme algo que no alcanzaba a ver todavía. 

Descubrirme anhelando a este tipo primero fue angustia, después fue miedo y más adelante (por sus circunstancias y no por las mías), fue respeto y restricción. Cuando tuvimos "la charla oficial", donde me detalló sus intenciones, por mi mente transitó todo el tiempo la frase: "yo aquí vine a corroborar algo". Y hoy sé que ese 24 de agosto no fuí a buscar respuestas sobre la atracción que pudiera o no sentir hacia mí, sino, sobre qué era capaz de sentir yo, si era capaz  o no de sentir algo auténtico, fuera lo que fuera.  No fuí, hoy lo sé, a intentar corroborar si le había caído un poco en gracia o qué cosa,  sino que fui a reconfirmar lo que me había producido verlo, nada más. Porque si bien ya mirándolo me bastó para sospechar el haberme conectado con algo remoto y lejano, necesita asir un poco más de cerca la cuestión, la impresión, para comprenderla. 

Y eso era, ni más ni menos, que el entender que mi deseo estaba y había estado siempre, pero no donde yo lo quería hacer aparecer ni donde lo había estado esperando, a modo de milagro, del levantarme una mañana y decir: " creo que se me normalizó la mente y veo viejos a los viejos y apetecibles a los jóvenes" No, no es algo matemático. Ojalá, pienso muy seguido, lo fuera. Ojalá fuera el deseo un botón que pudiera desactivar o activar, según lo que correspondiera. Y sin embargo, no es decir ojalá, sino reconocer que mi  deseo estuvo y estaba donde lo hallé. 

De asumirlo o seguir negándolo, independientemente del hacer o no hacer, se trató hasta el día de hoy.  Divino, simplemente, vino a ser el soporte concreto a esta cuestión y, me basta, con que sea mente, cara y cuerpo de mi deseo, al margen de que no tengo el valor, no tengo lo que se necesita en suficiente medida, para olvidarme de los demás y hacerlo valer por encima de todos y de todo lo demás.  

III

No, no tengo lo suficiente. Sea lo que eso sea, no lo tengo, porque de otra forma, ya hubiera sucumbido hace rato. 

Pese a que descubrí mi deseo, sobre la atracción y el interés, ganó el deber. Fue por eso que le dije que yo elegía hacer las cosas bien, que para mí valía ,de verdad valía, hacer las cosas bien. Le dije que seguramente nosotros teníamos todos los números para entendernos, para pasarla bien, que yo ya me había dado cuenta de eso, pero que prefería hacer las cosas bien. 

A mi manera de verlo, el querer hacer las cosas bien quiere decir dos cosas.  La primera es que me trascendió, me sobrepasó y me moviliza, claro.  Y la segunda es que eso no quiere decir que lo que me sucede sea válido y que, porque me pase, yo tenga que ir en forma de vendaval y llevarme la vida de otra gente puesta o, desde una posición más humilde, tenga que ir ahí, a molestar, a complicar, a dejarme en un lugar secundario, a modo de repuesto económico. Que me haya  descubierto conmovida por él no justifica que tenga que ser egoísta y no pensar en el dolor que podría generar y que me podrían generar. Eso es lo que, a nivel individual por lo menos, considero que es hacer las cosas bien para todos;  recurrir al mal menor; quedarse en el molde y otros grandes éxitos. 

Especialmente desde que me enteré que su mujer había quedado embarazada en una de sus "olvidos de medias" (como los bauticé, en una charla consigo, irónicamente), las cosas cambiaron muchísimo. El deseo siguió intacto, porque no aplica a lógica, pero no así mi sentido del deber, que se profundizó. Pasamos un mes y medio sin hablar. En la charla que consideré nuestra despedida incluso le dije que este no era "el momento" para nosotros, que estaba todo bien, que le deseaba que tuviera una linda vida, pero que ya estaba. Le dije que no estaba reclamándole ni juzgándolo, ni señalándolo; simplemente, yo consideraba que era más importante para mí ser correcta con lo que estaba haciendo, antes de lastimar a gente que seguramente él tendría detrás, usando el pretexto de "no conocerles la cara", del "nos estamos conociendo". Porque, si uno se encuentra con que no sabe qué hay detrás, si bien puede pasar, también se encuentra con algo que, muchas veces, equivale a la certeza; y es la intuición. Y eso fue lo que me protegió, cuando me enteré de la noticia de su paternidad, en diciembre.  Yo ya estaba arribando a las cuestiones actuales mas importantes ajenas a lo sentimientos y, la verdad, ser sólo el divertimento de un señor bien no era lo que me alentaba más. Me conforme con que entendiera que no y nada mas; ni peleas, ni tironeos, ni jugar con fuego. Para mi era un no solventando en los demás, en la preservación de mi propia tranquilidad, en no querer probar, para después, no anhelar. 

Cuando me escribió el día de los enamorados pasado, me sucedieron dos cosas: sentí desencanto por la situación que se dió, justo en un día así, de pura sensible; y sentí, al mismo tiempo, deseos de sentarlo y pedirle que me dejara de molestar con sus mensajes, con su acechanza, con la tentación que me representó desde siempre. ¿Pero cómo podía estar tan segura, después de todo de que fuera a funcionar esta vez y las cosas no se pusieran peor? Es evidente que él consideró todo lo que le dije antes como histeria, cuando estaba siendo muy sincera. Estoy casi segura, por eso, que él no acataría el mensaje fuerte y claro y volvería a pasar lo mismo. 

¿Y para qué gastarme en la sinceridad?  Lo único que me hubiera gustado radicaba en que comprendiera que no es histeria esto; pese a que dudo que le interese como es o lo que me pasa. Y también me hubiera gustado que viera que si una persona te está pidiendo especialmente que no quiere ser utilizada, te está diciendo que no da con todo el mundo y cuando lo da, se nota y te está diciendo que no ha tenido buenas experiencias, no - la - jodas, y más, sabiendo que te podés conseguir otra mejor, no la jodas.  ¿Pero qué estoy pidiéndole a una persona que no piensa siquiera en su propia mujer? Lo recomendable, desearía que lo entendiera, es que decida si seguir o no adelante con su camino, sin insistirme, porque lo único que quiere, después de todo, no es a mí, sino, a un nuevo trofeo en la estantería. ¿Pero quién creo que es, un buen samaritano, un pastor de Iglesia? 

IV 

No estoy en condiciones de dudar sobre nada. 

Necesito que se canse solo aunque a mi se me aparezca como un camino largo y tenga que aguantarlo. ¿Qué puedo esconder si todo se me nota en la cara? La veracidad y la duda, la inseguridad, la alegría, el deseo y el rechazo.  Todo se me nota en la cara. ¿Cómo le explico que hago esto porque no puedo darle otra respuesta? El mío no es un "no" histérico, más bien, el mío, es un "no" moral. Darle estas explicaciones, asimismo, me pueden jugar en contra. Sentarme a hablar con él, demostrarle la verdad y decirle todo lo que pienso, es también transgredir, me digo. Y yo no quiero transgredir lo que otros construyen con esfuerzo y amor. Pienso que podría pasarme a mi y pienso que me gustaría que existiera una persona que, aunque se le este regalando sin remedio, le ponga un pequeño freno siquiera a mi marido/novio.

Arreglo, entonces, las cosas a la marchanta, como puedo. Me digo que mientras no lo vuelva a ver, todo lo demás, es un camino que se puede armar y desarmar, es un camino de nubes, es pura hipótesis, no es "nada tan concreto" para él. Pero cuando veo que el camino de nubes se pone a corta distancia de la superficie, en San Valentín, me decido a cancelar, censurar, una charla. 

Se acabaron los mensajes, ergo, se acabó todo lo que se daba; así fue mi razonamiento. Me decido a creerme eso tan propio de la era tecnológica, donde un whatsapp lo explica todo, porque es el punto máximo hasta donde me permito llegar consigo. Me digo que todo lo ajeno que pueda pasar, de ahí en adelante, corresponde a los términos del vernos cara a cara, y eso no va a pasar. 

Sobre lo único que puedo estar segura es que yo no puedo suscribir a su idea de la vida. Después, sobre cómo resolver todo lo demás, me encuentro en un blanco que teñiré en cuanto pueda de mejores colores. 

Si bien me dijo muchas cosas similares, sin siquiera saber que me estaba pasando "lo mismo", no sé si llega a entender lo que significa que una persona te haya producido un cimbronazo total, muy intenso, y que algunos meses después te enteres que es deshonesto.

Pero yo sí entiendo lo que es que una persona pase de ser deseo pleno, interés y química, a ser restricción. Por eso rogaba no cruzarlo por la calle. Y es, no obstante todo el cuadro de situación, el exacto momento donde lo veo, donde me lo cruzo para su alegría y mi desgracia, después de tantos meses. 

Y me digo que con un chat censurado no se soluciona nada, pero con rogar tampoco, y con decir "esto no va a pasar", mucho menos.

Es hora de volver a mi modalidad piloto automático. 


jueves, 23 de febrero de 2017

Acechanza

Me encontré a Divino por la calle. 

Yo quería zafar, por muchos motivos y él me decía que íbamos a tener que ayudar al azar, este año, de formas concretas, que esperaba tener suerte con su intención. Yo le explicaba que por algo pasaban las cosas, que evidentemente no nos teníamos que ver, porque de otra forma, ya hubiera pasado. 

<<Por algo no nos vemos. Por algo siquiera me lo cruzo por la calle>> es mejor así, pensé, convencida. Se lo expresé de mil modos, hace un poco más de ocho o diez días. 

 Y finalmente, ayer me lo encontré. 

No entiendo por qué el azar siempre está de su lado.
No entiendo, tampoco, para qué digo las cosas, para qué trato de evitarlas, si después resultan como quieren. 

II 

Ver personalmente a Divino es otra cosa distinta a intentar dejar claras las cosas en un chat. No puedo bloquearle la boca, los ojos, las pestañas, la forma, el atractivo, la oratoria y el olor que es tan suyo, como si fuera un chat. 

Él que se me pone nervioso y desvalido como la primera vez que vimos y me lo dice como un chico; y también por mí, que me pongo nerviosa, se me seca la boca y me siento una tonta. 

Por suerte (dentro de todo) la madre está en una Clínica y tiene que ir a verla. Sé que es verdad, de buena fuente. Agradezco mucho, aunque sé que es egoísta, que tenga algo que lo apure y me lo saque de la vista rápido. 

- Si no tuviera que irme ya mismo, te juro que te invitaría a tomar algo - me dice - Estoy feliz de verte otra vez (...) - admite. 

Seguimos hablando y me dice otras cosas. 

- Realmente, te miro y me ponés muy nervioso, Veinteava. 

<<Eso es porque sos un chanta,  y un burgués que no sabe lo que es, realmente, meterse en un quilombo con una piba tan joven >> pienso. 

 - No te pongas nervioso. Andá, Divino. Tu mamá te está esperando, tu familia te espera. 

No puedo evitar todos los sentimientos encontrados que me absorben. Apelo al doble sentido porque sé que, en cuanto empiece a hablar del hijo no voy a poder parar de decirle todo lo que pienso. Me abstengo de eso, no merece mi energía. Pero no puedo evitarme el olor a loción y perfume demoledor que me deja pegado en la cara, cuando me saluda, con un besito protocolar, pero con una mirada nada protocolar. 

Nos despedimos en la parada del colectivo a la que me acompañó sin muchas opciones, apenado por no poder llevarme a casa, de lo apurado que estaba, pero feliz de haberme visto, de pura casualidad, tal como lo esperaba.  

Me fuí todo mi viaje en colectivo soportándome el aroma que expelía de su cuerpo revestido en una ropa digna de él, al lado de una persona como yo, que intenta ser desde sus acciones digna ante si misma. 


lunes, 20 de febrero de 2017

Especialistas II

*

No hay tumor benigno que, por ahora al menos, necesite ser extraído de la rodilla de mi papá. 
No hay operación seria, la que más nos preocupaba, que incluía el relleno de uno de sus huesos. No hay (tanta) preocupación. 

Queda, sí, todavía, un camino de cosas por hacer y otro género de intervención por atravesar que, pese a todo, es una intervención al fin y al cabo. 

Queda mantener la fuerza en los momentos difíciles. Queda no dejarse ganar por la tristeza, por el miedo, por el sentir que las cosas se vuelven difíciles. Queda luchar contra el desánimo, la incertidumbre y el temor, respecto al futuro. Queda, sin embargo y por encima de todo, la fe. La fé de que, en algún momento, las cosas que hoy nos parecen tan apáticas e inabarcables, se acomoden, trayendo un paisaje mejor. 

Como le dije a mi papá, hace exactamente una semana, cuando esperaba resultados: "no tengas miedo; siempre voy a estar con vos, aunque me ladres y yo me enoje, al ratito se pasa. Entiendo que estés así y aún mismo todo, no dejaría de acompañarte. Sea lo que sea, aunque sabemos que no va a pasar nada malo mañana, vamos a pasarlo juntos". 

Hoy sigo sosteniendo lo mismo, aunque se me haga cuesta arriba.

Desconozco lo que se aproxima, en tantos sentidos, pero lo único que me sostiene hoy por hoy, ya sea respecto a la salud de mi papá y al destino de tantas otras cosas de mi vida, es la fe. 

Es el deseo férreo de que las cosas salgan bien, de que todo se acomode, de que se organice, de que la vida me muestre que, siempre, después de momentos duros existen otros que nos traen mucha felicidad, a modo de aliciente.

(Que así sea) 


*Gracias por estar a mi lado, cuando más lo necesito, mi querida. 

domingo, 19 de febrero de 2017

Recapitular II

Paredes oscuras, pisos blancos, muebles a juego y un amplio espacio libre entre la puerta y el escritorio. Eso fue lo primero que vi al entrar en ese habitáculo limpio, ordenado y tan estético. Alrededor de mí hay un ventanal que se extiende en un pequeño balcón con plantas y las persianas ya bajas, estableciendo una clara frontera entre la oscuridad de la calle y su zona céntrica cuando ya es de noche, una noche luminosa y efervescente. Contra la luminosidad del afuera, luces más tenues se encienden dentro, y así emerge un lugar inesperado para mí, poco habituada a los sobresaltos, empeñada a responder casi todo con pautas lógicas; diplomática, cautelosa y tan desconfiada.  

Estoy sentada en un sillón mullido, delicado, de color ladrillo. Desde ahí, miro todo con atención, y para qué mentir, con desconcierto. Libros, carpetas, papeles. A grandes rasgos, mucho orden y mucha armonía en la disposición de los objetos, aunque se observen grandes espacios vacíos. 


Hay títulos universitarios colgados en la pared que está a mi izquierda. Los miro, discretamente, pensando en que este hombre no en vano usa los lentes de moldura azul oscuro, para leer. Me gusta pensar que se haya quemado las pesteñas leyendo, porque es algo que también hago yo con mi carrera. La Universidad de Buenos Aires figura en todos esos cuadritos y, de corazón, me alegra encontrar algo que me resulte familiar, con lo que me sea posible identificarme. De hecho, es lo único que siento familiar, posible para mí, en todo ese entorno extraño, pese a que no me anime a reconocérmelo en ese momento, porque un acceso de timidez y miedo más profundo del que tengo, no me ayudaría en nada. 

Su lugar no es funesto, al contrario, es espectacular; pero justamente por esa razón siento que les falta la sencillez, incluso la tosquedad, que tienen mis espacios comunes, y que, por más raro que parezca, son lo dado para mí. Lo dado para él es ese tipo de ambientes que no entiendo y que no frecuento, donde todo está demasiado limpio, demasiado prolijo, demasiado en orden, como para que pueda sentirme relajada por completo. 

Mientras me resisto a mirarme las manos y agachar la cabeza, porque eso me haría sentir más concretamente el miedo, voy pensando qué es lo que estoy haciendo en un lugar como ese, con un tipo como aquél. Inspiro hondo, cruzando las piernas y sigo pensando que no está bien que esté allí porque tengo conciencia de clase. Y no pertenecemos a la misma, eso desde ya. <<Me tengo que ir lo más rápido que pueda >> me digo, porque lo que me encierra no es Divino, sino, todos los detalles donde puedo vislumbrar su otra cara. Es decir, la cara típica de un tipo de 30 años largos, a quien no le falta nada, y quien se sabe profundamente agraciado, al menos, en materia estética. Ante todo ese cuadro, me siento con todas las de perder, casi de antemano. Sin embargo, me dispongo, ya que estoy allí, a disfrutar el momento. Lo único que espero de él es que no se pase de listo y no se haga el canchero porque, en ese caso, el miedo pasaría a ser rápidamente bronca. 

 El silencio persiste.  Unos instantes después, él se asoma.  Tiene más floja la corbata azul, a juego con su traje y se lo nota más ser humano que antes. El hecho de que me esté sirviendo una especie de merienda también ayuda a la nueva consideración de los hechos. 

- ¿Lo tomás con azúcar? - me pregunta, de sorpresa, porque me está preparando una infusión. Cambio la vista rápidamente de la pared que se hallaba a mi izquierda y le respondo que sí, mientras lo miro de refilón, con la guardia baja, pensando todavía en la conciencia de clase.  


Me sonríe y vuelve a meterse en la cocina. Lo que vislumbro es demasiado cinéfilo, peliculero, a mi gusto, mientras lo veo venir con mi té, todo concentrado, atento y servil. Definitivamente, es lo que yo considero un bombón haciéndome un té y esa certidumbre me trasciende, llegando antes que mi propia razón. 
Es el tipo más estético, pulcro y distinguido que se me acercó en mi vida, ahora lo sé, mientras recuerdo. Pero también es el que está más distante y, al mismo tiempo, el más pícaro, para cruzar la linea. No sé cómo me doy cuenta, si es gracias al pasado vivido o la desconfianza sobre aquél presente, pero me dispongo para un dialogo que rozará lo amistoso y lo seductor, todo el tiempo. 

Yo no todavía no sé nada de su historia, aunque mantengo mis reparos. No pienso hablar demasiado de lo mío, en tanto y en cuento, él juegue su información como fichas.  Todavía no me dice nada respecto a su estado civil y eso, a decir verdad, es lo primero que quiero desentrañar, sin dar las cosas por entendidas, como en otro caso quizá hubiera hecho. Pienso que si no estuviera soltero no sería capaz de exponerse en un restó céntrico, a los ojos de cualquiera, y sin embargo, algo en mí necesita observar cómo me habla de su vida, cómo me ilustra esa parte. 

-  ¿Tiene azúcar? - le pregunto, mirando el tecito e intentando contener mis sensaciones, que son dispares y abundantes. 
- Sí, dos. 
- Genial - murmuro y le doy un primer sorbo, con mucho cuidado, porque no tengo intenciones de hacer un espectáculo - Gracias - lo miro. 

Se sienta frente a mí. 
- Qué bien que no uses otra cosa, yo también lo prefiero así - me dice, mientras lo observo. 


La postura, incluso a la hora de sentarse, es muy elegante. La acumulación de buenos modales, de gracilidad física, es como si me molestara a la vista. Me veo años luz, en apariencia al menos, más imperfecta que él. Siento que me observa, que no pierde detalle de mi, y me alegra haber reparado en mi aspecto muchísimo más que la primera vez, donde había ido con un sweter sencillo, unas botas que usé durante años y casi sin una gota de pintura. Ese día estoy pintada,  con las botas más nuevitas que tengo y, esencialmente, con uno de mis perfumes favoritos; eso me hace sentir más segura, aunque suene tonto. 

- El té va con azúcar, siempre - sonrío - El matecito, a veces - lo miro, esperando que siga la charla, si es que quiere hacerlo.
- ¿Te gusta el mate? - me pregunta. 

<<Amo el mate >> pienso. 

- Me pierde, sí -dudo- ¿Vos... no tomas? - le digo, y en cuanto me escucho hacer esa pregunta, entiendo que no, no toma, es clarísimo que en ese Estudio no hay ni un termo ni un poco de yerba, a menos que la tenga que ir a comprar. 

- Tomo mucho café y mucho té - me responde - Tengo la máquina con cápsulas de diferentes tipos y aquí tomo eso -me aclara - El té me acompaña mucho. Mis empleados también prefieren el café. 
-  Entiendo, claro. Quizá no es cómodo estar con el termo sobre el escritorio - digo - El mate es mi compañero de facu y me consuela tomar, cuando estudio - nos reímos. De alguna forma el hielo se va rompiendo. Yo se que estoy ahí por algo pero reconozco que no se del todo qué puede ser en concreto. 

Está vestido de modo muy elegante, muy cuidado; parece como si se hubiera puesto especialmente lindo para la ocasión. Aunque se que no le representa demasiado esfuerzo verse bien. A sus largos 30 y... es un hombre deslumbrante. No suelo ser tan superficial con la gente, ni por asomo, pero en su caso siento que me va a costar acostumbrarme a su belleza estética, si es que tengo que siquiera considerar hacerlo. Yo no me siento ni la mitad de atractiva, en respuesta, pero trato de no pensar en eso, porque no va a ayudarme. 
<<Uno de esos hombres que no estarán acostumbrados a ser rechazados >> pienso. 

 En medio de topicos comunes, la sorpresa , el desconcierto y la ajenidad son, en realidad, otras caras del miedo, de mi miedo.  Necesito información y espero que no me mienta. No sé que hago ahí, no sé que es lo que he ido a corroborar, en realidad, si cuando lo veo entiendo claramente que esto es del todo una locura. ¿Y si tiene novia, y si es gay y si me propone alguna cosa extraña? Todo eso me pregunto. Que me diga lo que sea y listo, concluyo. Él sin embargo se toma su tiempo y me pregunta por la arquitectura, la decoración del espacio. 

- Está todo muy prolijo y limpio - resalto. 
- Gracias - sonríe. 
- Me gusta que tengas plantas en aquél sector y... - me encojo de hombros, desechando la critica. 
- ¿Qué? 
- Deberías considerar poner cuadros, para aportarle calidez al ambiente - sugiero - El blanco es amplitud y pureza, pero el toque artístico... no sé - dudo, avergonzada. 

Me cuenta lo próximos proyectos que planea, unas mínimas reformas. Agradece, complacido, la sugerencia de los cuadros. Veo que su mirada cambia, como si no esperaba que le dijera eso. <<Es normal, no me conoce >> me tranquilizo. 

- ¿Qué te parecen mis empleados? - inquiere. 
- ¿Qué me parecen? 
- Su atención... - duda - ¿Te trataron bien afuera? - me pregunta. 

La asimetría en sus palabras se vuelve clara para mí. Es una cuestión evaluativa, tanto para ellos, como también, para mi imaginario social. Con esas preguntas, en apariencia inocentes, está palpando mi imaginario.  Sonrió, porque yo no soy esa clase de chicas bien que van a un espacio a criticarlo. 

- Jamas esperes que te hable mal de una persona que está trabajando - respondo - Tus empleados me recibieron muy bien, afuera, de todos modos. Podés dormir tranquilo, hoy a la noche. 
- Me alegro que haya sido asi, entonces - se ríe - Sos una chica considerada... 
- Seria una blandita en recursos humanos - le reconozco.   

Daría lo que fuera porque hubiera un poco de música para aflojar el aire espeso, sé que me ayudaría a relajarme, pero me abstengo de pedirlo. Sé que estoy siendo cautelosa, y eso es lo que está bien, entonces, me olvido de mi deseo respecto a la música y respiro hondo, recordando por qué estoy ahí. Corroborar me digo. Corroborar, insisto, aunque no esperaba hacerlo del todo; pese a que de eso me doy cuenta cuando estoy en el medio de la tormenta y tengo que pensar cómo bailar bajo la lluvia. Una vez que me hallo a merced de los acontecimientos, poco puedo pensar; el estímulo del tiempo presente es demasiado fuerte y recorta los momentos de lucidez que, en otros casos, pueden llegar a representarme. 

 Nada más tengo conciencia de la voz que me habla y me sorprendo de mis propias preguntas tanto como de mis propias respuestas, como si las estuviera haciendo otra persona que se gestó agazapadamente, durante dos años de ceguera emocional.  Me cuesta reconocerme en lo que digo aunque tengo una única seguridad: no estoy mintiendo, más bien todo lo contrario; estoy diciéndole la verdad, aunque también, escondiendo ciertas aristas que no quiero compartir con él. 
Lo cómodo y lo apacible se me aparece como un refugio lejano a estas preguntas que me hace, me hago a mi misma, y le hago a él.  Escucho un torrente de palabras que salen, crecen, se oponen, acuerdan entre ellas, tejen ideas, tejen intenciones, destejen incertidumbres viejas para dar lugar a otras tantas que son nuevas en todos los sentidos aplicables. 

Cuando quiero tomar noción de todo sobre lo que estamos hablando, es demasiado tarde. Porque, finalmente, hemos ido demasiado lejos en el efecto de corroborar; hemos terminando develando demasiadas cosas al mismo tiempo, hemos terminado diciendo lo ventajoso y lo que nos puede hundir. El desconcierto, ahora, es una experiencia en común, se le ve en la cara,  porque el dialogo es abundante, como si estuviéramos jugando a una especie de esgrima verbal. Aunque, supongo, Divino sabe disuadir perfectamente el miedo, a diferencia de mí. 

Algo dentro de mí, parece temblar. No estoy asustada, no son ganas de salir corriendo, bajar rápido las escaleras, abrir las dos puertas y no volver. Tengo miedo, precisamente, de sus palabras. Tengo miedo, además, de la inteligencia con la que las usa, la destreza con las que las pone en juego y lo bien que las sabe orientar hacia sus fines.  Es mi tipo ideal de interlocutor, desde ya, es de esas personas con las que siento que puedo hablar con los sinónimos o los verbos que me salgan porque tiene vocabulario suficiente para jugar conmigo, para recrearse en caso de ser necesario. Me fascina escucharlo hablar, me da placer. Y aunque es
 placer algo culposo, lo asumo como una forma más de placer, al fin y al cabo.  

Algo, definitivamente, tiene que esconder, no puede ser todo tan prolijo, cierto, y ordenado. La vida, para el común de la gente, no es así. Yo me considero una persona real, a quien probablemente le está destinada una vida de esas que se leen en las novelas rosas, sólo si alguna vez se anima a publicar relatos de ficción, en algún lugar. La realidad, lo pienso y lo siento, mi realidad, es diferente a la suya. 

Es de extrañar que esté solo, a esa altura de su vida, teniendo tanto a favor. Me llamo a desconfiar, pese a que haya algo de prejuicio en esto, por la sola necesidad de protegerme. En esos instantes, además, me siento una tonta porque me pase lo que me pasa, tomándolo desde un costado más clasista. Con todas mis fuerzas me resisto a creer que finalmente caiga rendida ante la buena conversación, con un tipo como él, porque si no sé quién es, puedo intuir lo que representa, y eso, debería ser suficiente para mantenerme relativamente en guardia.  

III 

En ese momento es agosto. Cuando nos conocemos me impacta pero no digo nada más; aunque le paso mi teléfono por los menesteres que así lo ameritaban.  Desde el primer encuentro hasta llegar al segundo, pasan dos cosas: él se va de viaje y yo me decido a salir con otra persona, mucho más joven (y honesta, en cierto modo) que él, con la que estaba hablando desde antes de ese 20 de junio. Hasta ahí, parecería que todo corría por el normal curso de las cosas y nuestros caminos se mantenían paralelos. ¿Qué era lo único que tenía, a saber respecto a él? Ese primer contacto personal, todo lo raro que había percibido durante el mismo, y su número de teléfono celular que había añadido a mi agenda después de que así me lo sugiriera, cuando me escribió un rato después de habernos conocido, preguntándome la cosa más tonta, siendo el tipo de persona que es.  

Ya había pasado un mes después de habernos visto y de haber mantenido una curiosa conversación. Yo me limité a seguir las indicaciones que me dejó, es decir, contactarnos en unas semanas. <<Si tengo novedades antes, aunque esté de viaje, hablamos ¿te parece? >> me dijo, ese primer día. <<Lo que vos consideres va a estar bien. Cualquier cosa, podés hablar con alguna de nosotras dos  >> recuerdo que le dije, manteniendo las formas. <<Bueno... Hablamos. Dejame que investigue esto y te llamo o te cuento personalmente >> me dijo, ahora lo entiendo, de una forma específica. <<No hay problema. Llamame a mí si te parece lo mejor  o escribime, no lo sé, confío en que sabés más que yo de ésto> le dije, realmente, sin doble mérito. 

Me despidió con una simpatía que, si bien me llamó la atención, consideré parte del paquete de artilugios de cierto gremio de profesionales. Cuando salí y fuí a tomar una café con la persona a la que había acompañado, y necesitaba de sus servicios, reconozco que me quedé pensando un poco en la situación. En un momento que me quedé a solas, en la mesita oscura, saqué de mi bolso la tarjeta de presentación y la miré, detenidamente. De inmediato, escéptica, la guardé en la billetera y suspiré, pensando en cualquier otra cosa. Un rato después, cuando llegué a mi casa luego de bajarme velozmente del colectivo, Divino me escribió por primera vez, dejándome, en un nivel más subterráneo su número de teléfono personal. Consideré, de todos modos, que quizá no le había quedado otra, porque al fin y al cabo quería corroborar mi dirección de mail. Como el mío es un nombre bastante raro para algunas personas cuando lo escuchan por primera vez, volví a pasarle mi dirección, ni bien leí el mensaje. Conservé el contacto tanto como él conservó el mío, lo que también me pareció algo normal. 

Pasó el tiempo convenido y nos pusimos en contacto nuevamente. Me escribió un mail,a mí, desde la cuenta de su estudio y me dijo, muy formal, que si era posible me esperaba en su oficina los días previamente señalados, en un determinado rango horario que era el de su atención al público. Le respondí el mail, atendiendo al uso del singular en su ofrecimiento y le dije que me pasaría por allí, aunque previamente, me encargaría de avisarle a sus empleados, para que agendaran la entrevista.  <<No hace falta, Veinteava, podés venir cuando quieras. Avisame a mí. Te recomiendo que sea un miércoles, porque siempre tengo menos trabajo y menos gente >> me explicó. Lo agradecí, porque después de ir a ponerme al tanto del asunto,  en teoría, yo tenía clases en la facultad y no me podía quedar esperándolo tres horas.  En la maraña de esos días, yo no dejaba de pensar en él. Aunque, a decir verdad, lo hacía desde el lugar que deja la duda y, eventualmente, la fantasía retirada de la realidad. Divino, en ese momento era alguien que se mostraba inalcanzable para mí, y, fuera de las expectativas que cada uno de nosotros tiene en esos arranques fantasiosos, no existía nada más. 

La mañana que volvió de su viaje, me escribió muy temprano, a mi celular. <<Buenos días, Veinteava. Acabo de llegar a Buenos Aires.  Cuando gustes, podés pasar a verme >> decía su mensaje. Le respondí cordialmente y le explique mis tiempos, durante esa semana donde acababa de llegar de una especie de fin de semana de exilio en la montaña, esquiando. Luego de ponernos de acuerdo, dispuso su agenda de una forma bastante curiosa, y halló un espacio justamente el día donde yo no tenía clases en la Universidad, por un paro. 

Cuando llegué aquél día al estudio, lo ví considerablemente lleno de gente. Entendí que era, según lo pactado, la última persona en la lista. Los empleados me miraron con curiosidad tanto como me habían mirado el primer día, cuando fueron testigos de la mirada que me echó y yo, sin pensar sus desencadenantes, correspondí abiertamente. No sabían que iba a estar allí y, naturalmente, fueron a cotejarlo con Divino, extrañados. Divino desde adentro dió la afirmativa y salió, un rato después. Me dedicó una bienvenida amable, muy amable, con la que se me hizo imposible no sospechar. En la primera parte de la entrevista hablamos, desde lo profesional. Cuando consideré que ya me había dicho todo lo importante, y estábamos hablando de cosas demasiado personales, inspiré hondo, me enderecé y empecé a emprender la retirada, acomodando mi bolso. 

Corroboro que le pasa algo distinto conmigo y siento miedo, desconfianza, porque lo correspondo y necesito irme de un contexto así, con una persona así, tan diferente a mí.  Me enoja sentirme cómoda hablando así con él, me enoja porque siento que estoy picando demasiado alto y al mismo tiempo no puedo evitarlo. Me gustan esas cosas de las que estamos hablando, tengo esos intereses que le cuento, me apasiona lo que me apasiona; y este es uno de esos momentos donde me debo el hacerme cargo; pero no puedo. O creo que no puedo, antes un segundo antes.  Cuando debería levantarse para acompañarme a la salida y abrirme la puerta de su despacho, se acomoda en la silla. 

Me mira, fijamente y me invita a cenar. 

Ahí, nuestros caminos, se debaten entre mezclarse y separarse. 

La atracción me gana, y le digo que sí, acepto su invitación, pero no la cena. Nos quedamos en el ámbito privado que me trae más tranquilidad que un bar caro y concurrido.

Y empiezo a vivir y a transitar, todo lo de más arriba. 

IV


Pregunto, respondo, pregunto otra vez, afirmo y establezco otras pautas. Hablamos largo rato más, de muchas cosas.  Sin embargo, conforme pasan los temas, sigo temblando levemente. Me estiro, me acomodo el pelo y tomo la taza con la infusión caliente, en su punto, para que quede entre mis manos y éstas dejen de moverse involuntariamente como si no tuviera control sobre quien soy.  Siento que todo el tiempo las están observando, lo mismo que a mi cara puntillosamente maquillada, la caída de mi pelo, las botas que llevo puestas o lo acertada de mi elección, respecto a mis pantalones de jean. Yo, en cambio, lo miro con más premura, con muchísimo más pudor y con una cuota de desconcierto que cada vez crece más, no por quien es, sino por todo lo que viene a representar desde mi punto de vista, desde mi educación, desde los valores que me han inculcado mis padres, desde el prejuicio social, desde el saber popular respecto a ciertas situaciones.  


<<¿Puedo ver tus manos>> me pregunta y me estira su mano, ofreciéndola. Tiene unas manos muy lindas. Le doy una de mis manos, como si se la prestara para que la vea, ahora, más de cerca. Sé que las observo antes como yo observé las suyas. La gente se fija mucho en mis manos tanto como yo me fijo en las manos ajenas, así que no me sorprendo por ello, aunque sí me sorprendo por quién me las pide.  Cuando le cedo la derecha la agarra con delicadeza, timidez, apenas de las puntas de los dedos, envolviéndola con las dos suyas, en cuestión de un segundo. Después, las descubre y las observa con detalle; lo mismo hace con mis anillos, la pulsera que me cuelga del brazo, la textura, la densidad del tono de piel extremadamente blanco y la exacta longitud de cinco dedos largos. Como tengo mangas largas, no me vé uno de mis tatuajes en el brazo y me alegra poder esconderle ese tipo de cosas, porque me gusta que la gente a veces los descubra y a veces, no.  

Disfruta lo que está haciendo, me doy cuenta que es como si hubiera querido hacerlo desde antes y me da mucho más pudor pensar que alguien sienta fijación por una parte tan común para mí, respecto a mi propio cuerpo.  Sonrió, con vergüenza, porque para mí son las manos con las que estudio, sostengo libros que leo, pero también son las manos que hundo en la tierra del patio de mi casa para emprolijar el pasto después de que mi papá lo corta; son las manos que se agarran de los colectivos, las manos con las que he tendido camas que no son las mías, las manos con las que he sostenido a mi abuela en su caminar oscilante, ayudado a cargar bolsas a mi madre después después de las compras o las manos con las que he cargado pilas de fotocopias y libros, para resolver trabajos de la facultad. Las mías,  son manos a las que no se le caen los anillos por hacer cosas y espero, en esos momentos, que lo adivine. 

 Mientas él mira mi palma que tiende a alargarse hacia arriba, miro sus manos como un inevitable; me enoja reconocer lo suaves que son, lo grandes, lo delicadas, y al mismo tiempo, cuánto me gustan. Tienen un bronceado que parece reciente y no entiendo cómo lo conserva intacto desde el verano, porque, claramente, el tiempo que yo concibo como propicio para las vacaciones en el común de la gente, es el verano. Y Divino no es, para bien y para mal, "el común de la gente". 


Sigue inspeccionando durante unos segundos más mis dedos y yo casi que no levanto del todo la cabeza.  <<Qué lindas que son tus manos. Sos muy... meticulosa en tu aspecto. Están impecables y suaves>> me dice. 

<<Ah, bueno >> ironizo yo. <<¿Cómo se puede fijar con ese nivel de detalle? >> me pregunto. 

Lo miro, nada más, le desconfío, seguramente me está diciendo lo que quisiera escuchar cualquier mujer. No siento que juguemos en la misma liga, pero sí sé que me arreglé para poder enfrentarlo aunque no esperaba que me lo reconociera. Mucho menos esperaba que se fijara tanto en la caída de mi pelo, la textura de mi piel, la boca, las manos, la ropa, los zapatos, la cartera, los gestos, el maquillaje, y, principalmente, que estuviera con el olfato alerta para descubrir si llevaba o no perfume, para asegurarse de que sepa que era un plus demoledor para él, por el gusto que le implicaba el que pasara a su lado y un vendaval de esencias, mezcla madera y flores, me siguiera los pasos. 

Después de hablar tanto me cede el paso, pausa el suyo propio para que inicie el mío, en la puerta que antes me vió entrar. Ordena un objeto que quedó desordenado y lo miro, esperando a que termine. 

- ¿Te apago la luz? - sonrío un poco y me sonríe otra parte.  

- Sí, por favor - susurra - ¿Sabés que todavía no puedo creerlo, no? - me dice. 

Cuando lo veo, en esencia, así, parado frente a mí...  me siento rara otra vez, pero disimulo. 


- ¿Qué es lo que te extraña de mi presencia? - lo miro y le pregunto a la vez. 

- Que nunca me imaginé que pudieras estar acá. 
- Yo tampoco - confesé, en otro sentido. 
- ¿Y tiene algo de malo eso? 
- Ya te lo dije, es extraño. 
- A mi me pone muy feliz. Mañana tu perfume va quedar acá adentro todavía - se ríe y me señala el interior de su oficina. 

<< Qué tengo que decir yo de vos, después de ver ese baño típico de señor bien>> me digo, mientras el estómago se me tensa, pensando en mi vida, en que no encajamos, en que no somos iguales, pero para nada. 


Entre diálogos asi, y otras tantas cosas,  ese encuentro se acaba. Mis pensamientos son privados y esencialmente lo agradezco mucho. Me asegura que esta soltero y yo no puedo creerle, algo me dice que quizá tenga que pensar bien sus actitudes futuras, para confirmarlo. Me pregunta si yo lo estoy y le digo que si. Me dice que, aunque intenta creerme, no entiende cómo estoy soltera, que le resulta muy raro el hecho, que si estoy segura de esa realidad. Le digo la verdad: estoy soltera. 

- ¿Veinteva, me vas a decir que no tenés una lista de invitaciones? - me pregunta, pícaramente. 
- Te lo voy a decir, sí - cambio la vista - No sé qué ves de afuera, pero no soy una mujer fatal - le advierto. 

 Él se sorprende y me lo dice. 

<<No... Soy muy entusiasta con esas cosas >> le explico. Al rato, más honestos, admito que los chicos de mi edad son diferentes a lo que desearía para mi y que no he tenido buenas experiencias con gente más grande, por lo cual, me limito al reposo, al que pase lo que tenga que pasar. Seguimos hablando. Él ya me dijo lo que le pasa.  Yo todavía no contesté. 

Pienso que ese va a ser el final de la historia, por más de una razón, aunque no me animo a decírselo todavía. Necesito tiempo para pensar. 

V

Hace unos días, bloqueo su contacto. Pienso en todo lo que pasó, inclusive lo más reciente, y pienso en Ella y en el bebé que lleva en la panza. 

 Recuerdo a Divino diciéndome que estaba dispuesto a ayudar al azar, para encontrarnos de nuevo, de una forma más concreta e intencionada. Recuerdo a Divino hablándome de ella, como su (supuesta, me digo ahora) ex pareja, diciéndome que había permanecido a su lado, durante los últimos dos años, por una cuestión meramente racional.Recuerdo cuando yo le pregunté por qué consideraba que ella se quedaba a su lado, ya que no todo podía ser su culpa, cuando - se sabía - hay responsabilidades mutuas en una pareja. 

Me dijo que ella se quedaba por dos razones al lado suyo: porque quería ser madre y porque él había acostumbrado a darle todos los gustos. Le dije que me parecía "rara" esa última frase y pensé, sólo para mí, que no era sólo que alguien reciba esos "gustos" sino que él se los proporcione. 

Apelé al valor de lo construido y le dije que, me dijera lo que me dijera, no podía negarme que siempre iba a tener un valor distinto a estar con una mujer atrás de otra. Le dije que yo podía entender que esté en crisis con su mujer, pero que se fijara qué podía solucionar, porque diez años eran mucho tiempo en la vida  de una persona y dejaban muchas huellas. Me corrige la denominación y me dice que lo sabe, pero que aún así, hay cosas que con la razón nunca va a poder sentir.  Le digo que es preferible que haga el proceso con lo de su esposa y él me dice que no se casó, que no es esposa. La llamo su ex-novia y un rato después, su ex- concubina, mientras le pregunto con sorna si se dice así, según su extremada necesidad de detalles, en las denominaciones. 

Me dice que él no quiso ni quiere ser padre. Argumenta que la relación estaba profundamente desgastada, en los últimos años principalmente y que él sentía que no daba para más seguir eligiendo las cosas porque si.  Habían estado juntos durante una década y, a esa altura, era una cuestión mecánica, que podría explicarme con la cabeza, su permanencia al lado de ella. 

 <<Como no querés ser padre, antes de darle un hijo, la acostumbraste a darle cosas>> recuerdo que pensé, en primer lugar. Después le dije que, seguramente, yo era una consecuencia de su situación y no de lo linda o fea que pudiera considerarme. Le dije que necesitaba tiempo para ver qué era lo que le pasaba, para pensar en si mismo, porque a mi manera de ver, diez años no eran tres días. Le dije que, seguramente, no había sido yo, sino, la situación conjugada con la oportunidad. Le dije, sin juzgarlo, que él podía estar con cualquier mujer que quisiera, que yo sabía que no era exclusivo esto, pero que siempre, al fin y al cabo, volvería con ella. Lo construido, lo construido, me repetía yo. 

Pienso, ahora, mientras ordeno los hechos en mi mente, que nadie es tan bueno ni tan malo, y, en cierto modo, me quedo de la vereda de Ella, pese a que no la conozco más que por unas fotos. Cuando las hallo, en su momento, corroboro que es una mujer bella, delicada, con el pelo de un tono parecido al mío y con ojos oscuros, como yo. <<Le deben gustar así, a éste tipo >> me sonrío con algo de rechazo. Mientras recapitulo y re-significo estas pequeñas cosas, me estremezco. Mirando más fotos, encuentro una suya, solo, con unas islas de fondo, a principios de abril. 

 <<¿No puede ser más discreto? >> me pregunto y entiendo que no, eso es él, en definitiva.  Leo un comentario de Ella, una consagrada señora bien: "y entonces, me enamoré de vos..." reza. Él le responde con caritas, sin palabras, y pienso en lo distante que eso me parece. Es de unos días después de haber regresado de ese viaje de ensueño, otro de sus tantos gustos de los que se quejaba, de los que se cuestionaba por dar. Me pareció un lindo comentario de su parte aunque repudio la actitud de Divino. <<¿No hubiera podido siquiera decirle un yo también estoy enamorado de vos, divina? >> ironizo. 

Agarro mi teléfono y releo el último chat, donde vuelve a la carga. Me decido, del todo, a censurarlo. No le voy a permitir que desordene mi vida de nuevo, y más, si tiene la suya construida y "firme". No me da la cara, ni el cuerpo, ni el corazón para salir a comer con este tipo ni para responder nada a lo que me dice.  Estoy dispuesta a evitar todo contacto con él, estoy centrada en evitarlo hasta las últimas consecuencias. Lo máximo que puede pasar, me digo, es que me encuentre por la calle y lo intente antes de ser rechazado, por el bien de todos. Porque, por lo menos yo, creo en ese que es "el bien de todos". 

Lo máximo que puede pasar, me repito, es que se consiga otra mujer para concretar su infidelidad. Me dá mucho resquemor pensar en todo lo que hará. 

En junio nace su primer hijo. Ojalá le cambie la vida y entienda, finalmente, de qué se trata el mundo en el que vive la gente normal. Parecería que él mira todo desde una ventana. Mi realidad, por su parte, especialmente en estos momentos, es muy muy muy distinta. Nueve meses hará, dentro de unos pocos días, desde que nos conocimos. Sé que lo que menos necesito es a un exponente como Divino, sabiendo que en los momentos difíciles, es incapaz de acompañar a alguien. 

No sé si estoy sensible o qué, pero me resulta algo contrastante con los valores que me enseñaron y no digo que sea "Sor Veinteava", pero... Lo conveniente sería que existieran otras condiciones, imposibles en el presente, para que yo accediera. Y, como no están, no accedo. Lo que está en medio, entre el hacerlo y el no hacerlo, no importa. Elijo la última opción: no hacerlo. 

Me decepciona mucho que exista gente en medio de un proyecto de vida que se gesta, juegue con la suerte, respecto a tantas cosas. 

La familia de Divino, lo sé con certeza, está muy feliz con la noticia. Todos, menos él mismo, anhelaban tener un pequeño bebito. ¿Cómo es que tiene fuerzas, todavía, para insistir en esto? 

Lucho contra el muestrario de nuestra sociedad que parece decirnos a cada momento que, quien hace las cosas bien y quien hace las cosas mal, vive exactamente de la misma forma, que todo da lo mismo. 


Lucho para convencerme de que no, de que no puede ser que todo dé lo mismo.