viernes, 31 de julio de 2015

Agua va II

Anoche me fui a dormir pidiendo menos agua y buenas nuevas. Hoy, cuando sonó el despertador a las 06:30 am, seguía sosteniendo mi pedido. 
Simplemente porque me esperaba mi primera instancia de examen final con la peculiaridad de ser oral. Y, como comentaba hace algunas entradas atrás, me tenia nerviosa la forma de tomar. Soy de esas personas que explican las cosas incluso al perro, no sé estudiar de memoria, no llego a comprender ni a relacionar. Soy partidaria de que en la facultad no es la idea, tampoco, pero eso es otro tema. 

Cuando me levanté se largó a llover enseguida. Para las siete caía agua a mansalva. Yo pensaba que la facultad es zona propensa a las inundaciones y esperaba que parara un poco, pero nada. Qué nervios... Lo único que quería era poder llegar bien. Mi viejo me había dicho que a consulte por un remis para llegar, pero se lo deje pasar pensando que no iría a llover tanto; además de que era un gasto que quería restarle. Ya contaba con la espera posterior que entre examen y espera de notas y formas y burocracia universitaria, me iba a tener para largo. Eso simbolizaba plata extra, por si quería comer, dado que me insisten mucho con eso cuando estoy fuera. Y aunque quise evadir la cuestión, no dejo de llover. Me tomé el remis y me toco un remisero amable que me pregunto a que hora tenia mi examen, avisado respecto allá puntualidad al ser un caso así. Me dijo que me quedara tranquila, que llegaríamos a tiempo. Viaje escuchando música, relajando. 

Apenas llegué me puse a repasar y así, a la espera de que tomaran, pasaron tres horas. La incertidumbre, los nervios y los dos módulos me acompañaron. Ya cuando fueron quedando menos me encontré repasando con gente que en mi vida había visto, o reencontrandome con un compañero que deje de ver desde el verano y que me puso de buen humor. Ademas, llegó otro chico de mi grupo que me ayudó a repasar y ambos se quedaron acompañando hasta que me llamaron. 

La instancia fue otro tema. Me tomo un profesor hombre, que jamás había visto. De movida me detectó y ya lo vi con intención de evaluarme, a pesar de que suelen ser por comisiones. Busco mi identificación y me llamo, junto a otros. 

Lo que mas me tenso fue que, en este tipo de orales, uno tiene que esperar que el otro se trabe para intervenir. Es entre competitivo y cruel, pero no me quedo otra opción que poner la mente en frío. Al principio me vi incapaz de interrumpir. Cuando el profesor, sentado al lado mío, me miro me largue a hablar. Y hable. Mucho mas de lo que hubiera imaginado. Y fundamentalmente, deje hablar. Sin embargo, se le veía inconforme. 
Cuando tiro una pregunta que implicaba relación y nos pidió un ejemplo que pudiera dar cuenta de la teoría, se hizo un silencio. Ahí me tire yo, usando el ejemplo que había pensando para entender el tema en sí. El haber respondido ese pasaje sola, me dejó casi al margen de las siguientes preguntas. 

Aprobada, salí del aula con un alivio y un agujero enorme en el estómago. Horas sin comer, con una tensión subyacente, dieron sus frutos. Esperé el papel con la nota. Me entere que era un siete. Mucho mas de lo que esperaba y especialmente mas de lo que anhelaba. Era una materia difícil por momentos, y en especial, cercana respecto a otras fechas de examen. Me puse muy feliz. Me costo mucho estudiar, me costo esperar para rendir y me costo no pretender salir corriendo. 

Una vez en casa me encontré tachando otra materia del plan de estudios. Una vez en casa, mientras descansaba, a Graciela Borges decir que en muchos casos no es el primer paso lo esencial, sino la resistencia;el mundo es de los que resisten, concluyó. 

Después de todo, me alegro de estar resistiendo. Todavía me falta para mi descanso, pero me quedo con la frase. Hoy fue resistir, y valió la pena. 

jueves, 30 de julio de 2015

Agua va...

¡Qué lluvia la que nos azotó esta tarde en Buenos Aires! A pesar de haberla esperado durante toda la jornada de ayer, la fulana antes mencionada llegó cuando se le dió la gana. 

Ya desde la mañana se vislumbraba que iría a llover, sin embargo, tenía mis dudas. El pronóstico no acierta casi nunca últimamente y eso solventaba las sospechas de que, a pesar del cielo nublado, bien podría pasar el día sin llover. Entre mates, estudio, mates y música y estudio, llegó el mediodía y el cielo estaba con ese toque gris que a mi, personalmente, me puede. Sí, me encantan los cielos grises ya sea en verano o en otoño. También me gusta el sol, el aire libre me despeja muchísimo, me hace ordenar las ideas, pero insisto con que me puede el cielo nublado. 

Cuando me llegó la hora de salir de casa, en una ocasión casi que impostergable, me ví envolviéndome en una bufanda escocesa en los tonos del bordó y en un tapado gris, corto. Hacía frío y ya había empezado una llovizna que se anunciaba como leve, sólo por unos instantes más. 
Una vez esperando el colectivo, me sentía resguardada en las mínimas dimensiones de mi paraguas. ¡Alrededor, caía agua a baldes!

<<La lluvia me gusta porque es estética, casi artística. Mirá, allá, los patrones que marca en el asfalto; mirá la diferencia de los que se marcan en la vereda; mirá qué caída tan simétrica... Hace mucho que no veía llover derecho..  >> pensé. 

Una vez en la zona céntrica después de cruzar metiendo irremediablemente los pies en el agua varias veces, ví una señora mayor sin paraguas esperando para cruzar la calle, a mi lado. 

- ¡Venga abajo del paraguas conmigo, señora! - grité y la pobre mujer acortó la distancia enseguida. 
- ¡Ay pero qué lluvia! ¡Muchas gracias! Yo tengo a mi marido enfermo, así que necesito ir a sacarle un turno sí o sí. Salí bajo el agua... 
- Hoy sí que llegó la lluvia, es verdad - cruzamos la calle, medio a los saltos - Yo sigo por esta cuadra, así que la dejo, igualmente, espero que tenga mucha suerte con el turno señora. Cuídese - la despedí. 

Me agradeció y pensé que por estas cosas, yo por lo menos, iba tras otros fines que un turno médico para un marido con problemas de salud. Suspiré y me cubrí debajo de un techito, hasta la hora convenida. Seguí mirando la gente, las corridas, los rostros empapados, la invasión de paraguas, los pies haciendo "clap - clap" adentro de los calzados con restos de agua o suelas humedecidas.  Cuando terminé con mi deber, que por suerte es bajo techo, me enfrenté con el mismo panorama pero por suerte alcancé el colectivo de vuelta que no se caracteriza por venir rápido justo en estas ocasiones. 

A casa llegué con el pantalón mojado, con los pies empapados, con las medias mojadas, con el pelo electrizado a pesar de estar recién lavado, con el flequillo revolucionado y con unas inmensas ganas de tomarme un café con leche con galletitas.  Paso previo a mi merienda, y después de algunos estornudos, me cambié de ropa, me recogí el pelo, me lavé las manos. Elegí unos pantalones deportivos de esos que me quedan bien grandes, un saco de lana bien largo y medias secas (qué placer las medias secas...). Después de ponerme en condiciones agarré los apuntes de la facultad, me arrastré al sillón y me dispuse a estudiar. 

Tengo que reconocer que la lluvia de hoy me hizo pensar. Más hubiese adorado mirarla desde adentro con una taza de café humeante, una película argentina o un arsenal de chocolates de fondo pero no en vano salí a mojarme, como un pescadito suelto en el mar. 

Mañana será otro día; ¡espero que con menos agua y buenas noticias!

miércoles, 29 de julio de 2015

Literatura, cuanto menos, ficción: Tratando de crecer

Lo nuestro empezó y terminó en Brasil. Recuerdo precisamente un día donde estaba sentada frente al mar masticando toda su inmensa fuerza mientras miraba el horizonte, los morros a mi alrededor y pensaba... Parece un retrato muy poético visto desde afuera, pero por dentro lo único que intentaba hacer era poner la cabeza en frío y decidir.   Decidir qué hacer con lo que en ese momento me pasaba, ahora lo entiendo, fue un acto de coraje del que me siento orgullosa. A través de nuestra historia comprobé que almacené arsenales de fuerza de los que no tenía ni idea, y además, algunas virtudes de las cuales tampoco me había percatado.  Decidir qué hacer en su momento fue verme ahí, lejos de mis padres, lejos de mis mascotas, lejos de mis libros, lejos de mis cosas; pero más cerca de lo que verdaderamente, aunque me di cuenta con el tiempo,  yo soy.  Decidirme fue pensar "qué hago yo, metida en todo esto", mientras que otro recuerdo imperaba frente a mis ojos que ya no prestaban atención al mar. Decidirme fue, tal como lo recuerdo, haberme quedado callada durante los traslados de camino a las excursiones perdida en la magia de lo que vendría. Decirme que sí y decidirme, implicó haberme reservado el viaje en avión de vuelta, sola a Buenos Aires, para reproducir música y seguir cavilando los detalles, las alternativas. 

Mis dudas eran demasiadas, mis certezas escasas y mi cabeza era un cóctel carioca, para seguir el hilo de la metáfora. Yo no sé qué haría hoy, en una situación similar (con otra persona). Yo no sé si seguiría con las mismas dudas pero tampoco sé si tomaría la misma decisión, una decisión que consideré, mirándola en retrospectiva, honesta y un poco suicida. Pero en ése momento, lo único que supe es que todo pesaba mucho más que yo misma y, honestamente, no daba para más. La incertidumbre me comía y necesitaba aprovechar ese viaje para poner en orden las ideas. ¿Respecto al país? Estaba cumpliendo uno de mis sueños y desde unos meses antes de conocerlo, ya había empezado a juntar plata para comprar reales a posteriori. En el medio cambiaron las cosas, es evidente, y así llegaba a la orilla de ese mar con la felicidad de un sueño realizado y con la incapacidad de encontrar el rumbo, respecto al qué hacer con todo lo que me traspasaba por dentro en el aspecto emocional y afectivo de mi vida. 

La idea de plantearle mis sentimientos me parecía una utopía cada vez mas pertinente y necesaria; pero una utopía al fin, expuesta desde la base.  Sentía una quemazón en el vientre, y hasta sentía un poco de vergüenza, no de Él, sino, de ese instante de mi vida donde me encontraba descolocada, manejada por el miedo, y expuesta a que toda cuestión vital se me atravesara en la garganta como una cuestión moral. Pero además, sentía miedo, porque no  estaba en mis planes mostrarme así, ante alguien que yo percibía tan lejano.  ¿Si nunca pensé que era algo suicida, intentarlo, confesarme? Claro que sí. Al contrario de lo que quizá se espera, todo el tiempo, por mi cabeza se  pasaba lo improbable que sería poder sacar algo más de nuestro compañerismo, de nuestro buen trato. Me sentía, ante sus ojos, como una persona tan pero tan joven que pasaba a ser lejana; tan blanda que pasaba a ser aniñada, tan transparente que pasaba a ser un símbolo de inocencia.  No me sentía -¿cómo decirlo? - bien armada ante un hombre de su edad; pero Él... iba más allá de todos mis argumentos, iba más allá de todas mis convicciones o mis argumentaciones racionales (sumamente válidas). Y, para lo único que en ese momento creía estar lista era para recibir su rechazo en seco. Necesitaba sacarme "las dudas". Necesitaba liberarme de ese collar de melones que incluía todo, a esa altura, todo lo que de él se podría desprender. Necesitaba frenar, con mi confesión, la certeza de que me estaba enamorando por primera vez en casi veinte años de la persona incorrecta, porque sentir me daba miedo y sentir por Él, además de darme miedo, me reportaba pocas esperanzas.  

En mi cabeza la imposibilidad estaba a la orden del día. El lado mental de mi misma esgrimía argumentos tales como la diferencia de edad, las actividades compartidas, las intenciones, la sociedad, mi falta de experiencia, el exceso suyo en los mismos terrenos y otra vez... la sociedad. Mi soledad estaba demasiado cómoda. Llegué a pensar que no valía la pena exponerme frente a un hombre que, seguramente, vería en mi a una nena. Me insté a proclamar que estaba lejos de mi vida, cuando en la playa lo único que podía imaginarme era lo reciente de nuestras conversaciones con toda su familia alrededor o algunos datos más que me iba contando, de a poco, cuando no nos atravesaban - como ya lo hacían - las miradas de nuestros compañeros o frases literales tales como "podría ser tu hija" mientras estábamos los dos juntos, charlando, riéndonos.  ¿Cómo no iba a tener un conflicto de intereses? ¿Y qué hacer cuando llegaban las risas?  Si nuestro humor existía, la observación de mi propio accionar desde mi mirada siempre tan restrictiva, no hacía más que desaparecer. Mientras estuviéramos compartiendo algo, yo me olvidaba de lo que él quizá podía ver y me centraba en el momento; me centraba en lo que me estaba pasando que, de tan fuerte, excluía cualquier otro juicio.  El peso de las miradas, los dichos, la debida distancia era tanto que, recordándolo, me parece haber vivido aquellos momentos en paralelo.       Mi miedo a la sociedad, del que nuestro grupo era un perfecto muestrario, tomaba forma concreta y muy seguido me encontré en ese viaje queriéndolo sentado al lado mío pero luchando porque así no fuera. Y otra vez, los momentos en los que me sentía "haciendo exactamente lo que quería de corazón"... siendo fiel, yendo incluso contra mi misma y otra vez el miedo, y otra vez Él, y más tarde el miedo, y luego... No, definitivamente.  

Eso se tenía que terminar, antes de que lograse volverme loca. 

Cuando volví a Buenos Aires estaba decidida; iba a tomar una decisión concreta para cambiar el curso de los acontecimientos. Iba a dejar de lado las alusiones para pasar a definir toda esa bruma entre la que había felicidad, demasiada gente en el medio y demasiadas formas de pensar diferentes ajenas a las de él y a la mía.  Habíamos hablado banalidades durante el viaje mientras la señal escaseaba en el camino que me condujo hacia Río de Janeiro, mi última parada antes de regresar.  En el ascenso al Cristo Redentor, pedí tres deseos puntuales. Dos de ellos no pueden ser todavía develados, por pura superstición. El tercero fue que se me otorgara el coraje para llevar adelante lo que yo sentía necesario -más allá de la finitud de nuestra historia - a nivel vital: ser valiente y decir lo que sentía, sin temor, sin menosprecios internos.  Por primera vez quería hacer algo más que dejarme esconder entre la timidez, la mirada del otro, el qué hubiera sido... Necesitaba el coraje para dejar de pensar en cómo sería rechazada para albergar al menos un ápice de esperanza respecto a cómo cambiaría mi vida si él... si yo pudiera... Si nosotros... Por primera vez quería que existiera un nosotros. 

Unos días después se lo dije. La decisión se había fortalecido con el arribo a nuestro lugar de pertenencia. La vuelta al país había sido también la vuelta al amor para mí porque, aún habiendo sido días escasos - me hubiera quedado meses en Brasil - yo sentí ya por entonces que en esos días de respiro algo en mí se había modificado de una manera profunda. Con una fuerza propulsora que sólo dan los sentimientos muy fuertes en las personas, mandé finalmente al carajo todo lo que pudieran decir de mi. Al carajo mandé también  la sociedad toda, el propio juicio de mi  familia, mis allegados, el muestrario que conformaba nuestro grupo social común. Si me equivocaba sabía perfectamente que era una cara del amor muy conocida, pero por lo que yo me estaba jugando era por experimentar el sí, en el fondo más profundo y ni siquiera lo tenía claro hasta que tuvimos nuestra primera conversación. 




Pasaron miles de cosas hasta llegar a su viaje. Pasamos las dudas iniciales, el rechazo suyo que era cada vez más afirmativo, la negación  mientras que en paralelo se daba cada vez más entidad a ese todo. Pasamos el período de <<esto no puede estar pasando>> y también creímos que podíamos ser amigos, muy buenos amigos. Pasamos el período de no poder evitarnos hablar, reírnos, acercarnos, cuestionarnos, molestarnos. Pasaron muchas cosas y, esa vez, terminamos juntos, ya no como amigos. 

Terminé, finalmente, experimentando que era el sí de un hombre que había sentido siempre tan cerca y tan distante, tan condicionado por el medio, tan incapaz de no desvincularse. Terminamos no queriéndonos despedir, terminamos haciendo malabares para hablar por teléfono él desde Ezeiza con sus compañeros de viaje - que me conocían y de cerca - y yo desde un festejo post parcial en la facultad con compañeras que no entendían qué le podía ver a un viejo además de lo material, cuando lo que yo le veía iba siempre por otro lado.Terminamos él feliz por su viaje, yo feliz por mi diez, él prometiendo besos a granel y yo correspondiendo. Terminó la charla con la explicación sobre cómo intentaría comunicarse conmigo en todos los lugares donde hubiera señal, terminé deseándole el viaje más lindo que se imaginara. Terminamos esbozando un encuentro a su regreso con muchos condimentos, muchos motivos para celebrar. Terminó mandando fotos, comprándome regalos que no acepté y enviándome más fotos y más besos y más chistes y más nosotros. Lo único que le pedí fue que me trajera un casi garoto contento y de su edad, de vuelta a nuestro territorio, refiriéndome a él. Lo único que quería, y eso no existía dinero capaz de equipararlo ni comprarlo, era que siguiera siendo ese tipo con el que yo me sentía tan bien, con el que me sentía tan viva. 

Efectivamente de Brasil volvió convertido en otro. Sin dudas su viaje tuvo el mismo destino pero no el mismo desenlace que el mío; esta vez me tocó a mí  permanecer en Buenos Aires a la espera de su vuelta. Habiendo recorrido tantas veces aquél país limítrofe para él no simbolizaba la sorpresa que para mí fue en su momento. Sin embargo, el viaje también hizo su efecto y cuando regresó de Río de Janeiro... Nunca volvió a sentirse igual.  Había pensando en mí, me daba cuenta, pero no en la forma que yo quería. Había pensando en mí porque habíamos hablado, me había traído regalos y enviamos besos que ahora podíamos darnos... Sin embargo, volvió otro hombre, y cuando me dijo lo que me dijo pocas semanas después, todo se asentó. Mi intuición no había fallado. La culpa se había fortalecido con la distancia. La culpa de la que me había hablando desde el primer día, la responsabilidad sobre mí, el miedo a todo... La opinión de la sociedad, la inconexión que significaba respecto a todo su pasado y a todo lo imaginado para su vida, el no poder darme hijos, el no poder nada, el no querer nada...  Yo, a sus ojos, además de ser quien era para él, también fuí todo eso. 

Esto fue algo trascendental para la historia que ya no era ni es nuestra. Al principio critiqué fuertemente su evasión, aunque no veía en ella un entramado de arrepentimiento sino algo más profundo que eso. Con el tiempo superé algunas cosas, mientras otras todavía están aquí, conmigo, aunque tapadas por la urgencia de todos los días, los estudios, los madrugones, la estética, los esmaltes de uñas.  Mi papá no entiende por qué yo estudio tanto y por qué pongo tanto en unos módulos de fotocopias volcadas sobre la mesa; mi papá no entiende por qué cobra tantísima importancia para mí la cantidad de horas que paso entre la facultad y los apuntes. Mi papá me asegura que yo no tengo que vivir pendiente de mis notas del parcial, que no tengo que ponerme tan dura, que él siempre va a estar para mí, que nadie me dice nada... Mi viejo lo que no entiende es el por qué lo hago, es el por quién lo hago, es en reemplazo de qué lo hago, es en comprobación de qué lo sostengo, es en evidencia de qué lo priorizo. 

Un año pasó desde esa época donde Brasil era incluso el país de origen de la música que nos apañaba en nuestros momentos de mayor disfrute, de mayor intención. Un año pasó desde esa época en donde todo se iba desgajando paulatinamente, hasta quedarme con esto que se convierte en texto. Los resultados de esta experiencia pueden ser muchos, todos dependiendo de la óptica desde donde se lo mire, eso también lo sé después de un año donde nos hemos seguido viendo, sin capacidad de acercarnos el uno al otro, sin capacidad de habernos blanqueado las cosas del todo, sin capacidad de nada ajeno al mirarnos siendo lo que siempre permanece latente, a un costado, y lo que nunca tendremos el coraje de tomar. Y si hablo en plural, es porque si él es así como es, yo soy así como soy. Y de ahí la incapacidad de poder sostener una charla por más de diez minutos, por sentir que cinco nos miramos a los ojos, cinco nos miramos a la boca y unos cinco más bajamos la mirada. 

 Yo no dudo un segundo si digo que me he convertido en una persona con una gran habilidad para esconder el ochenta por ciento de los sentimientos frente a la persona que se los generó y, en parte, se los genera. Yo no dudo en decir que me convertí en una persona dominada por muchas fuerzas diferentes, contrapuestas, que tardaría ocho entradas más en organizar, si es que se puede.  Yo no dudo en decir que la edad no es un impedimento para el amor, sino que el impedimento surge cuando uno de los dos se convierte en obstáculo y no en compañero. Yo no dudo en asumir, aunque me pese, que cada día intento aferrarme más a gente de mi generación y cada día me siento más vacía si miro para abajo; porque no estoy en ningún lugar socialmente cuerdo, respecto al amor.  Porque más edad o menos edad no significan nada, en tanto y en cuanto no nos producen nada. Porque las cosas nos penetran en su integridad sin mirar cédulas de identidad. Porque con la excusa de intentar llevarme bien con los míos lo único que he terminado por entender es que yo empecé al revés; yo me enamoré de una persona adulta, etariamente hablando, y ahora me encuentro con el deber ser que se traduce en vincularme con gente de mi edad.  Gente que es adorable, con la que me río, con la que me siento cómoda, con la que me encuentro bien, con la que me divierto, con la que salgo, con la que quisiera vivir aún muchas más cosas lindas... Pero gente, chicos, a los que siendo honestísima conmigo misma me siento incapaz de desear, de pretender, de confortar como lo hago sólo cuando amo al otro. Me siento incomprendida por ellos, me siento demasiado seria, demasiado solemne. Y a la vez, me siento yo misma, sin poder eludir nada de lo que soy.  Ahora, a los jovenes los veo buenos, valoro sus miradas y me complemento en muchas cosas... Pero ciertamente, al menos por ahora, estoy segura de que mi capacidad afectiva más profunda no radica en una persona de mi edad. Sigo sintiéndome la misma extraña de siempre, por no poder encajar en lo que se supone que debería hacerlo. Sigo sintiéndome unos metros más lejos, como si fuera una vieja en cuerpo de joven. 

No estoy sola de igual manera. Si tendría que afirmar con total certeza una sola cosa, ésta es que a través de todo lo que pasó, aprendí lo que verdaderamente significa estar conmigo misma al margen de no "estar" a conciencia en algún lugar específico.  A través de todo esto comprendí que no voy a sentirme sola nunca más. Que la soledad no era su cara, ni sus manos bien de cerca, ni siquiera su abrazo; sino la soledad era buscarme y no encontrarme a mi misma, a excepción de cuando  se dió el primer paso allá en Brasil. A excepción de cuando empecé a caminar hacia todo lo demás y el panorama fue clareando de a poco. Afirmaría sin dudar que después de eso encontré además de mis propias respuestas, a él mismo pero fundamentalmente a la mujer que yo quería ser mientras meses antes lo había anhelado a miles de metros de altura con vestidito naranja y sombrero de playa. 

Quizá esa la parte de la historia que más me duela, que menos entienda, que más estúpida me parezca, es todo lo que sobrevino después.  No obstante, hoy decido pensar en toda esta parte de la historia que me hizo crecer, me hizo pensar; logró ser más fuerte incluso que yo misma. 

¿Quién puede ser capaz de refutar que su única finalidad en mi vida haya sido la de hacer luz en todo esto? ¿Quién sabe si él no llegó a mi vida sólo para que yo pudiera dar ese paso que lo trascendía? Yo creo que todo tiene una razón. Todo, cada pequeño gesto, conserva un trasfondo o una intelectualidad del destino, si queremos llamarlo así, o bien, de la vida. Yo creo que las casualidades, ni las más pequeñas, existen de casualidad. Yo quiero pensar que a pesar de todo, de tanta tribulación, siempre sale a la luz la verdadera finalidad de cada suceso.  Y si tuvo que llegar a mi vida, en su momento, para que viera esto su arribo fue mejor que todo lo que me imaginé. Y si se tuvo que espantar tan abruptamente, para que también viera todo aquello que conlleva el desamor, fue más profundo de lo que me imaginaba. 

Quizá él solamente haya venido para dejarme esto. E incluso el se haya comportado así, casi sin palabras, repleto de ambigüedades, casi con bipolaridad, casi con desesperación, pletórico de miedos y de deberes morales;  todo siga teniendo su razón. Lo único que le pido al tiempo es poder encontrársela. 

Quizá ya mismo lo esté haciendo... 



domingo, 26 de julio de 2015

Regalos

Mi viejo es un hombre que por mi tiene debilidad. Es una persona a la que sé llevar y yo soy una hija de la que no puede quejarse demasiado, modestia aparte. O hablando enserio, yo soy la hija menor, la hermana menor, la nieta menor de mi lado del árbol, y eso al parecer, desemboca en un consentimiento marcado, a decir verdad. 

Mi viejo, por otra parte, se empeña en darme todos los gustos que puede. Por mi parte, yo me empeño en estudiar como una mula (de lo terca) y meter la mayor cantidad de materias. Él hace un trabajo insalubre que es el sustento de mis estudios universitarios, los cuales, de momento, no puedo explotar en el mercado laboral.  Necesito una cantidad determinada de materias para hacerlo, aquí esta el meollo de la cuestión. Y necesito además, que se me polaricen los horarios de cursada, cosas que se darán con el tiempo, la gracia divina y el ir metiendo materias. No en vano yo quiero ir por todo frente a un cuatrimestre nuevo. 

Pero la realidad es que a mi me da un pudor inefable pedirle siquiera veinte pesos; soy terrible. Y aunque pueda sonar chistoso, yo siento que excede lo que debe darme y por eso me abstengo de hacerlo. Sí, tengo noción de que nosotros hemos convenido en lo siguiente: yo estudio tomándome mi tiempo, poniéndole lo mejor, y él me banca de aquí a que la termine. Pero igualmente, no puedo evitarme el evitar pedir. Ja. 

Si por mi fuera me haría cargo de todos mis gastos. Creo que es algo que me reprocho por ser orgullosa y con lo que me picoteo por recordar esa frase que le dijo  mi hermana a mi papá de mi, cuando yo tenia 11 años tal como: vos a ella le compras todo porque le tenes lástima. Uf. Sí. Es la primera vez que cuento esto... Listo. Lo dije. Prosigamos... 

Lo genial es que esa especie de conclusión haya sido para mi tan determinante. Qué genial es que pese a todo yo no pueda sacarme esa sensación de verdad, aunque recuerdo que muy campante ya con 11 años después de no hablarle y preguntarle a mi mama por qué me decía eso si no había contribuido en nada al asunto, la senté en la cama y le dije que me había lastimado y que era mentira lo que decía. Sí, me acuerdo patente... Usé palabras hermanas, casi que derivadas pero que cambian según el contexto tales como lástima y lastimar.  También recuerdo que ella me dijo que no se había dado cuenta, que la perdonara. Digamos que la perdoname, sí, pero no me la olvidé nunca. 

La realidad es que en ese momento mi hermana estaba enojada porque mi papa le planteaba esperar hasta que pudiera para comprarle una campera que estaba de moda. Ella era y sigue siendo de esas chicas a las que les gusta muchísimo la ropa, y se ve, se ponía celosa o se encaprichaba. Qué se yo, estoy intentando entenderla a pesar de que me llevo bien en la actualidad y que somos desmesuradamente distintas. Hoy en día ella misma me compra ropa, mis papas me compran ropa, mi otra hermana me compra ropa, y aún así para mi es algo que no merece semejante reacción. 

El asunto es que esa frase dirigió mi vida sin saberlo. Y la dirige un poco menos hoy, ahora que puedo masticar esto días antes de mi cumpleaños o evidenciado mi negativa a las sorpresas. Pero hace peso, y mucho. 

La cosa es que mi papá, vaya a saber si por lástima o verdadero aprecio, me da los gustos y mi mama es igual. Y yo creo que si pudiera más, me daría más cualquiera de los dos. Yo siempre entiendo que no tienen que desesperarse porque diga que "me gusta" un objeto, ya que no tienen por qué preocuparse por comprarmelo. Se los planteo y parece peor, porque ellos insisten en que me merezco todo, y tengo el mismo derecho que todos a las cosas lindas. Que ellos son mis padres, que disfrutan comportándose así, que les encanta que yo no me quede con ganas de nada, etc, etc. 


En el caso de mi papa, el es un buen padre, a pesar de sus errores, su mal humor momentáneo o su ideología que no comparto. Tengo perfectamente claro que soy la consentida desde un lado coherente, dado que no ha criado a una veinteañera caprichosa pero también entiendo que quizá a mi hermana le molestaba esa situación. Tengo claro también que lo material no es todo y si hay algo que suelo hacer con mi papá, es negociar. Sí, negociar. Yo me compro algo de lo que me hace falta y el me compra el resto; pero yo siempre me compro algo a modo de habilitación. Suena casi científico, pero es lo que hay. El punto radica en que a la legua se notó toda la vida que yo resulte ser la hija preferida, la hermana preferida y así. Aceptar esto me cuesta mas con los años, pero a la vez, trató de modificarlo en cuanto al sentido que para mi almacena. No se puede desligar uno de las preferencias. No se puede uno tampoco quitar el cartel de angelito de la casa, como me decían mis hermanas, argumentando que yo llenaba todo de luz. 

Tantas veces he escuchado el pobrecita de la boca de los mios que ahora escucho el "qué miércoles, pobre ***" y respondo con un "no necesito tu compasión" acompañado de un gesto parco y poco pacato. Los amo incondicionalmente, son muy importantes para mi, pero el pobrecita me saca. El que me sigan cuidando como acostumbran a hacer, me fastidia. El que le hablan a los otro de mi, es algo que trago con dificultades. Creo que mi familia, racionalmente lo quiero creer, no han tenido de mi una imagen inferior o donde impera la lástima. Miles de veces me han dicho que fue tan fuerte todo lo que yo pasé, que es tan increíble verme bien para ellos, que es imposible no conmoverse por todo lo que dimamite desde que era chica.

 Juro que lo entiendo y por eso jamás fui capaz se lucrar con esto ni mucho menos usarlo como justificación a mis errores, a mis malas respuestas o a mis broncas.  Pero no me siento cómoda... Supongo que por eso la frase dicha se ha pegado con tanta adherencia: yo a los once años no sabía lo que era la lástima, en mi mundo no existía con tanta fuerza, no la conceptualizaba como tal. A pesar de todo y de que había cosas que aprendí muy rápido, yo seguía siendo una nena para otras. Seguía teniendo inocencia, seguía sin advertir millones de claves que empece a descifrar mejor después de los 13, con muchísimas consecuencias. Para mi era común que me hicieran regalos, porque eso simbolizaba que me querían. Con los años, conforme llegaron los regalos, los aceptaba y los aceptaba, pero hubo un momento en donde reclamaba tal austeridad, tal de escacez de ellos, que a los demás les daba gracia. ¿¿Cómo una niña no iba a querer regalos?? Sin embargo, mi cabeza había empezado a girar. Y después de cumplir quince años, jamás volví a ver nada de todo ese mundo de la misma manera.  Empezó a darme mucha mucha mucha vergüenza aceptar regalos... 

Vuelvo a mis once años y en ocasiones los recuerdo con una nitidez admirable. Sin embargo, mis once años fueron feos, particularmente feos. A las once años hacía danza clásica, por mi postura, recetada por el médico. Hacía danza clásica, natación dictaminada por vida, también, e iba al colegio. A los once años vivía con mi abuela en mi casa, enferma de Alzheimer a la que terminaron internando por lo peligroso que se tornaba todo ese universo. Casi que era un lío mi cabeza a mis once años y es increíble como ha salido tanto a la luz con una sola frase en una entrada que -juro- apuntaba a otra cosa. A los once... Me hacia el rodete en el colectivo que me tomaba directo desde la esquina del colegio para llegar al estudio de danza, del que salía a las ocho de la noche. No merendaba, no miraba dibujitos, pero mi mamá me esperaba siempre con algo rico a la salida. La profesora de danza me quería llevar al teatro Colón a bailar y fue ese año donde le dije a mi mama que "a mi me quería llevar porque era la que caminaba mal, porque era la diferente del grupo, la que iba porque la había mandando un médico" ... Mi mama me lo negó y me pregunto por qué no quería saber nada. Le dije que no quería ir porque sabía que me salia mal todo y yo lo único que hacia era hacerle caso al medico pero que eso no era bailar en el Colón. Que yo iba porque quería mejorar, no porque me gustara. Que le iba a decir a mi medico que lo hacía por eso, nada mas, que si se podía cambiar de actividad se cambiara. La única tarea que me gustaba hacer a esa hora donde tenía sueño, era la de Lengua, qué casualidad. A mis once años me cargaban bastante, aunque menos que a mis ocho o nueve o diez. A mis once años, ahora que lo pienso, era una chiquita muy atareada. Quizá, mas de lo que me gustaría haber sido, lo confieso. En danza usaba todo lo necesario y la profesora comía chicles y antes de empezar cargaba un vaso de agua y se lo llevaba a su lado.
Será o no  curioso pensar por qué a los veinte, aún pasé tantas cosas, yo me siento casi culpable al recibir regalos o por qué funciono bajo presión o porque me angustia tener demasiado tiempo libre. 

Pero respecto a los regalos... Me cuesta mucho, de verdad, aceptarlos como una ofrenda sin contrapartidas o al menos no pensarlo cuando me los dan. Es feo discutir con alguien que tiene un buen gesto con vos, porque se lo rechazas. Sí, sé que lastimó al otro si lo hago y para evitarme eso y el pensar en todo esto, ma' sí, lo acepto y te dejo contento. Aunque yo me quedo con la sensación de que acepte su lástima, no su regalo. Lo dije, si señor. 
Lo mismo me pasa cuando me quieren invitar a tomar algo. Yo no dejo que me paguen nada, me pone muy mal, y más si estamos hablando de un hombre. Muchas veces me puse a discutir con el señor si me quería pagar algo que habíamos compartido o si me quería pagar algo para hacerme sentir respaldada, sin que tuviera que preocuparme por la plata cuando estuviera a su lado. Para mi era un lindo gesto pero fui incapaz de aceptarlo las veces donde me lo ofrecía, ya a lo último, haciéndolo sin consultarme, porque no podía ser, según él. Está bien que para él la plata no fuera un bien escaso en su vida pero esa parte era la que mas dudas acerca de todo me genero siempre. 

Y sí, tenía razón no es posible. Y sí, yo tengo que aprender a aceptar regalos. Nueve años después de la frase yo no puedo pedirle sin sentirme mal 20 pesos a mi papá. Él me pregunta que me hace falta como sinónimo de qué es lo que quiero, y le paso una lista de lo indispensable que completa mi mama con lo que se da cuenta que me gusta. Porque sí, me gustan las cosas que le gustan a las chicas. Mi problema es, digamos, la fuente. 

A la cabeza se me viene un motivo más por el cual, creo, siento los regalos de este modo. Recuerdo que mi papa y mi mama siempre que salía de la consulta médica con mi traumatólogo, me llevaban a pasear. O mejor dicho, mi papa me decía que había que festejar lo bien que estaba y lo comprometida que estaba con todo lo que el medico me proponía, así que merecía cosas que me gustaran. Claro, los entiendo, yo tenia 8, 9, 10, 11 años. No había mala intención en sus actos, sino todo lo contrario. Era su forma de mimarme. Todas las veces me llevaban a comer... y me compraban un regalo. Incluso mi papa un día me hizo entrar a una juguetería y me dijo que podía elegir lo que yo quisiera, que me lo regalaban. Elegí un peluche... Me acuerdo de eso también. Este recuerdo me trae en partes casi iguales, alegría y tristeza. Si lo miro con los ojos de nena aparece la alegría, si lo veo con los ojos de la noción entiendo el origen de toda esa tristeza que me pareció siempre tan real y tan subterránea. Qué paradójico entender estas cosas...

El día de la consulta... Que día tan intenso desde que tengo memoria, que día que me cuestac tantov hoy... Era una de las pocas veces en donde salíamos a pasear los tres juntos, porque mi papa casi nunca podía salir a pasear, dado que el trabajaba en la construcción y venía muerto y dado que yo tenía millones de cosas que hacer. Como padre compartía muchas cosas conmigo, pero también yo sentía ese día como un día diferente ya sea por el médico o porque mi papa no renunciaba jamás a no asistir, así fuera un trabajo de esos necesarios. A menudo nos veíamos y siempre lo sentí un padre de presente, pero yo sabía que si se tomaba sacrilegiosamente ese día, por algo importante, por algo serio, era. Lo entendí con los años... Y todo eso que yo sentía como un juego y que recibía con solemnidad, desembocaba en regalos, cabe destacar. Los regalos eran mi recompensa. Los regalos, a los ojos de otros, eran la lástima. Los regalos para mis papas eran la forma de hacerme saber que las cosas iban bien... 

Ahora, esta semana, cuando mi papá se me apareció con un regalo, a mi me encantó porque es algo referido a lo que me gusta, pero me trajo esto a la cabeza. Y cuando a iba a contar del suceso, entendí que esto me frenaba.

Supongo que son las reglas del juego... Supongo que ellos no lo hacen con mala intención, sino con la finalidad de darme todo lo que pueden como a cualquier hija. Mi viejo dirá que lo hace porque lo único que hago es estudiar, porque me ve siempre abocada a eso, porque le dedico todo el tiempo, porque me abstengo de salir, porque no demando y porque para él es un placer tener las manos ásperas y percudidas por el material si a cambio yo tengo las manos como las tengo;a saber, suaves, de uñas femeninas, siempre pintadas, con dedos largos, con anillos, con pliegues. Él sostiene que seguirá teniendo las manos así com tal de que yo las tenga como las tengo.

- Tengo todas mis fichas en vos, las que me quedan te las pongo. 
- Cuánta responsabilidad - bromeo. Y evado, claro. 
- Nah, pero yo me alegro de tenerlas así, a las manos porque vos te quedas calentita, estudiando, tranquila. Tenes todo mi apoyo, aunque metas dos materias por año. 

Se ve que las fichas incluso son más que las palabras de mi hermana. Que las fichas hablan de otras cosas. Que las fichas no son regalos. Éstas fichas son las que a mi también me caen. 

sábado, 25 de julio de 2015

El amor para mí:

Pese a todo, sigo creyendo en el amor... Sigo creyendo en el amor y fundamentalmente en los cambios que es capaz de generar en las personas.  Hay quienes dicen que el amor lo puede todo. Hay quienes hacen cualquier cosa en nombre del amor. Yo hace años dejé de creer que el amor es capaz de todo, pero a la vez, por lo que puede, lo siento como algo valedero. Como algo por lo que no vale la pena arrepentirse, por lo que no vale la pena juzgarse. Por lo que vale la pena jugarse, por lo que vale la pena cambiar preocupaciones personales por realizaciones. 

Para mi, pese a todo, el amor es sí. Yo sigo creyendo que el amor puede. Que el amor es capaz de hacerte pensar las cosas de otra manera. Yo sigo creyendo que el amor vale el precio, aunque sea muy alto. Yo sigo sosteniendo que el amor te vuelve intenso aún en la mayor tranquilidad, te vuelve hábil en lo desconocido e incluso te vuelve agudo para leer otro cuerpo que no es el propio. 

Yo sostengo que el amor es sí aunque el mundo diga no. Y bien podríamos reducir el mundo a unos cuantos tópicos: tiempo, credo, apariencias, edad, clase social, formación académica, distancia, experiencias, miedos, complejos, incertidumbres. No sé, cuantas cosas se les ocurran. Yo creo pese a todo que incluso frente a estas cosas el amor es buen combatiente. 

Yo sigo creyendo que sí. Que el amor tiene que ser otra cosa más humana, claramente más simple y por supuesto, perdurable en lo que quepan siquiera 24 horas. Yo sostengo que sí, que el amor tiene que ser todos los caminos hasta nuestros deseos. 

El amor tiene que ser ver al otro y pensar: "quedate conmigo". O verlo despertar con ojos chinos, ropa vieja, pelos parados y seguir creyendo que es una bomba sexual. El amor tiene que ser comer del mismo plato, compartir un mate, compartir cucharas. El amor tiene que ser prepararle a otro una sorpresa que no necesariamente tenga un valor monetario alto. El amor tiene que ser regular el agua caliente antes de que se meta a bañar, para que no se queme o ponerle una camiseta en la estufa para que esté calentita. El amor son masajes. El amor tiene forma de paseos, de libros, de recomendaciones, o simplemente, de películas.

 El amor, para mí, es un beso en la frente, una bolsa de caramelos o un café latte cuando tengo mucho frío. El amor para  bien podría ser un desayuno en la cama, una carta escrita a mano, un suplemento de cultura, una visita a algún museo. El amor bien quisiera que sea un viaje en subte sin miedo, por saber que el miedo es menos cuando del otro lado está el amor. El amor, desearía, fuera para mi un patio enorme, no nadar sola, un compañero para alquilar una cancha de tenis y alguien con quien tomarme un vino blanco. El amor, quisiera que se convierta en una caminata cuando las calles tienen olor a verano, o una picada al aire libre. El amor, desearía que existiese tal como lo anhelo, en forma de coraje, confianza, valentía, fuerza, inteligencia, respeto, caballerosidad, ternura, constancia, coherencia y voluntad. 

El amor bien podría ser para mi el abrirme una puerta, chocarme los cinco, cuidarme de la lluvia o el dolor de cabeza. El amor bien podría ser hacer las compras, mirar libros conmigo, soportar que me pinte las uñas obsesivamente o me compre perfumes como si nunca hubiese visto uno. El amor desearía que fuera dejarme descansar si me canso porque camino mucho, al menos para mí. El amor seria caminar a mi ritmo, sin sentir vergüenza. El amor seria entender que le tengo miedo a las alturas, a las arañas, que me sofoco cuando hay mucha gente en lugares cerrados y que no siempre voy a tener ganas de hacer una reflexión aguda si también me gana el chiste fácil. El amor bien quisiera que fuera saber que duermo con muy poca o mucha ropa, que me gusta andar descalza todo el tiempo. Que me gustan los tatuajes. Que me encantan los días de lluvia. Que soy muy hermética con ciertas cosas, aunque hasta entrar en confianza. El amor sería entender que probablemente la mitad de las cosas de mi edad no las comparta. El amor sería entender a veces mis arrebatos de furia contra la discriminación en términos de discapacidad. Entender que no tengo humor con esas cosas, que no me puedo reír de una persona que se cae. El amor ojalá sea compañerismo, diversión, camaradería. El amor es,por qué no, también sexo. Admitir las sensaciones, alimentar el disfrute y orientarlo hacia la diversión, el juego. 

El amor es entender cuando digo que me siento cansada, los días donde me duelen las rodillas, la espalda o la cadera. El amor es importante que llore, a veces, porque quisiera que no pasara. El amor es ver que necesito hacerlo a veces para desempolvarme y seguir. El amor es también comprender que hay cosas que no viví o que viví diferente a pesar de ser joven. El amor es no subestimarme, es saber comprender que me cuesta aceptar regalos, que me molesta que me ahogen o que me hagan preguntas demasiado seguidas cuando recién llego de la calle. El amor es saber la diferencia entre el estar seria o tener cara mala, porque soy una chica que suele estar seria pero no por eso siempre está triste o enojada. El amor es una sopa instantánea, un darme un abrazo cuando lo pido, porque lo necesito. El amor es saber que soy muy práctica para ciertas cosas, muy vueltera para otras y muy metódica en algunas. El amor es saber que hay días en donde no me gusta escuchar a la gente quejarse, porque siempre pienso que hay gente que no tiene la culpa y le pasan el doble de cosas. El amor es saber que a mi me gustan las películas argentinas, leer los libros varias veces, las fotos de Paris y la literatura latinoamericana. El amor es comprender que me dan calambre los horrores de ortografía, los errores en las formas de expresión en los medios masivos por su resonancia y la falta de acentos o comas en los titulares de la televisión. El amor es saber que a menos de no tenerlos en el aparatito, yo pongo los dos signos de interrogación o exclamación en el chat, teléfono o mismísimo sms. El amor es aceptar que no me gustan las abreviaciones, que escucho música "de vieja". El amor es soportarme riendome con chistes literarios, es saberme monisilabica o charlatana. Es saber que tengo insomnio a veces, que los discos de escritores me hacen dormir, que me gustan los sacos gruesos y el color bordó. Que no pego una con las matemáticas pero que si me pones algo de mi interés, me perdiste por un rato.  El amor es saber que me gustan las antigüedades, los jazmines, la cerveza rubia y robar papas fritas mientras se hacen. 

El amor en líneas generales es eso para mí. El amor es saber que alguien espera por vos, presta atención a vos cuando estás arreglada o valora el buen gusto en el vestir, la propiedad para hablar, los modales o la buena educación en círculos sociales, aunque eso implique también nunca ser el alma de la fiesta, no saber bailar, hablar bajo o ser solemne con veinte años, como dicen muchos. 

El amor, debe acuñar ternura, paciencia, interés por los ritos y la fe del otro. Interés por los miedos, las costumbres, los puntos débiles y fuertes. El amor es saber que cada quien puede elegir su ropa, su perfume, su corte de pelo o su estilo de barba. El amor es franqueza, es trabajo, es dejar pasar al otro incluso a sitios donde nadie pasó. El amor radica en códigos propios, en mensajes de aliento, en rebatir los fantasmas presentes en tiempos rebeldes. El amor se expresa en tapar a un destapado cuando lo ves dormir encogido. El amor es soportar lágrimas o ánimos bajos con dulzura. El amor es esperar si esta ocupado con algo que le consume tiempo o ceder en nuestras preferencias con tal de ver gozoso al otro. El amor es subirse a un tren aunque te sientas mal y bancarte el viaje,como puedas. El amor es dar ayuda y dejarse ayudar. El amor puede ser tranquilamente un equipo sin que sean dos términos iguales los que estén en juego. 

El amor también es libertad. Es mirar los programas que no soles mirar. Es compartir un partido de fútbol, prefuntarle respecto a sus temas de interés para conocer mejor, o proponerle una tutoría que incluya la dinámica desafío/recompensa. El amor es, a veces, medirse en las palabras, contar hasta 50, evitarse hablar con los ojos e ironizar con el dicho del otro. El amor es escuchar, interpretar, conciliar, balancear, armonizar, preguntar, responder, aninalar, confortar, contener, endulzar, alentar, abrazar, besar, apretujar. El amor es soportar, confiar, esperar algunas veces y entender que los otros no son nosotros mismos. 

El amor es silencio después de un día feo. El amor es un chiste cuando uno está tenso. El amor es un hacerlo por el otro, tomarle la fiebre, preparar un tecito si se engripa o hacer masajes si está con el cuerpo trabado. El amor es alcanzarle la ropa interior si se la olvidó en la habitación y no quiere salir del baño porque tiene frío. El amor es esperar que se siente a la mesa para empezar a comer aunque estés muerto se hambre. El amor es sincronizar. El amor es aprender. El amor es decir gracias, por favor, buen día o hasta luego. 

El amor es estar, es presencia, es vida en todas sus formas. Incluso, las mas cotidianas y lindas. 

Por eso para mi el amor, pese a todo, es sí. Yo quiero que sea sí. A pesar de todo, quisiera que aún en lo imprevisible de un persona nueva, el amor sea sí. Que aún después del desamor el amor sea sí. 

No seré una contemporánea fácil ni tampoco una chica que se de con todos, pero yo sigo creyendo que el amor es sí. O como diría mi vieja: siempre hay un roto... 

lunes, 20 de julio de 2015

El planteo que surge a partir de Pepe

Ando inmiscuida en la preparación de dos examanes finales para la facultad. La verdad es que me gustaría decir que con el módico tiempo que tengo para estudiar estoy relajada respecto al tema, pero no voy a ser mentirosa. Hay una dosis de nervios que se solucionará conforme pasen las dos instancias, espero, y una dosis de nervios con la que tengo que convivir si pienso en el tema y se originan cosquillas en el estómago.  

Una de las instancias es oral. Eso no ayuda a pensarme relajada. Últimamente pienso en que sé que puedo hablar en público pero que a la vez el hecho es algo que me pone nerviosa si me sacan del contexto donde acostumbraba a hacerlo. Por ende la instancia oral me da más miedo por lo que es en si misma que por la dificultad, aunque si juntamos las dos cosas, tenemos la totalidad de mi intranquilidad.  He dado exposiciones en el colegio, he hablando con fines literarios más de una vez, hasta he dado clases con pequeños hace unos años, cuando era mucho más chica yo también. El punto es que ahora tengo que hablar frente a personas que van a estar evaluándome. Y, a decir verdad, no me gusta tener de los profesores una imagen de superioridad sabiendo que estoy preparándome para ser uno de ellos en el futuro. Por eso mismo, también en mi intento de humanizarlos, espero que no me traicionen los nervios y que me acompañe la educación para plasmar lo mejor posible mi exposición.  
La otra instancia de examen puede ser oral u escrita. Eso no me ayuda, aunque estoy rogando que se vierta todo para el segundo aspecto. Las materias son diferentes, pero pesadas en si mismas. La cantidad de bibliografía me parece mucha, aunque hay gran parte que la tengo ya, por lo menos, con una leída correspondiente a los primeros o segundos parciales. 
Convengamos, entonces, que todo es una cuestión bendita de equilibrio. 

Otro punto para destacar es que las materias teóricas de los estudiantes de Letras suelen ser además de muy teóricas, muy extensas, pesadas, rebuscadas o lentísimas de vocabulario. Eso significa que el irte a final o que el final sea algo obligatorio para aprobar - y descontar - materias de la currícula, implique algo más que leer rápidamente los textos. No importa que los hayas leído con atención una vez; muchas veces vuelven a requerir el mismo tiempo de dedicación por la complejidad de la sintaxis, por la necesidad de volver a cor-relacionarlo con los demás y todos estos artilugios tan propios de estudiantes. 

Algo que me pasa desde que empecé con los primeros textos es que me sulfuro por la cantidad de palabras mal utilizadas. No mal aplicadas según el contexto oracional, sino mal utlizadas porque las palabras no deben ser  relleno sino construcciones en post de una idea determinada. 
En el caso de una teoría filosófica, sociológica, psicológica, científica, literaria o incluso biológica, hay un límite entre el uso de vocabulario específico, que me parece genial y pertinente, y el uso de palabras relleno.  Uno al leer un texto académico se da cuenta de las palabras relleno y de la pulpa del texto cada vez con más rapidez conforme se ha familiarizado con ellos y con la propia capacidad resolutiva.  No hay otra razón.  

Me retuerce los nervios la cantidad exagerada de vocablos que no vienen al caso y que, fundamentalmente, no ayudan a la compresión del conocimiento. Al margen dejo los casos de las traducciones de textos alemanes o rusos originales, que te dejan casi visco por la cantidad de adjetivaciones que tienen en cada párrafo, dado que rusos y alemanes tienen muchísimo más vocabulario en sentido literal. Mientras que para el castellano hay una forma única de llamar a determinada cosa, en estos idiomas, hay varias. Esto implica que más allá de una riqueza admirable en cuanto a su lengua, las traducciones que se presenten en el camino de un lector no habituado a este tipo de pomposidades, se quiera cortar las pestañas con tijeretas chinas.  Y si hablamos de un estudiante universitario con el tiempo contado, las pilas de apuntes dispuestas sobre la mesa y la fecha de parcial latiéndole bajo el traste, estamos pintando un panorama específico y llamado de una sola manera: necesito un resumen del resumen del resumen. 

En mi caso, no cuento con resúmenes de las dos materias para las que estoy estudiando a excepción de los que yo misma me hice. Me llevaron días enteros pero ha valido la pena, porque me alegro de tenerlos ahora. Cabe destacar que yo no estoy acostumbrada a usar resumenes a excepción de materias muy complicadas o muy detallistas.  
Mi manera de estudiar es bastante tosca: yo voy al texto base, al material original y lo leo hasta entenderlo, hasta captar la idea que trasmite el autor. Me interesa ir hasta el fondo, el corazón de la teoría, porque de esta manera activo la capacidad relacional con todo lo que yo considero complementos. Complementos pueden ser resumenes de la cátedra, preguntas, videos, apuntes míos de clase, apuntes del profesor, libros que te da la cátedra además de los apuntes. El punto es que si no entiendo lo básico, cómo podré comprender el resto. Por esta razón siempre empiezo por lo más duro.    

Y cuando empiezo por lo más duro, surge esta pregunta: ¿por qué antes de decirte "Pepe compró dos pantalones después de una ardua elección" optan por aplicar adjetivos y adverbios en una misma oración haciendo que se pierda la noción de los sujetos en relación al resto de los constituyentes? 

El resultado es algo más o menos así:  "Pepe consideró comprar un número par de determinada prenda de vestir utilizada por hombre, mujer, niño, niña, caballo o perro. La misma, no es remera, no es camisa, no es campera... Además, tampoco puede considerarse que la misma sea la única prenda que Pepe desea comprar, por lo cual, el primer postulado quedaría rebatido en caso de que Pepe deseara también comprar zapatos, una máscara de pestañas para su hija Lucía - que no usa máscara de pestañas - o un litro de licor para su primo Germán, abstemio por natulareza". 

Otro punto que no me parece aceptable del todo es la necesidad de usar demasiado vocabulario para parecer pretencioso. Yo entiendo que los adjetivos, el uso de palabras quizá un tanto excéntricas, a veces, le dan un cuerpo más curviléneo - por así decirlo - a nuestros discursos. De verdad, lo entiendo. Y me parece bien desde el punto de vista que todo adjetivo puede quedar maravilloso, pero sólo si está asentado en las bases de un discurso con contenido, de un algo interesante que se quiera comunicar.  Ése es el punto, a mi ver. El interés tiene que estar necesariamente ubicado en el contenido del discurso, no en todo lo que yo veo como decorativo. No es tampoco un planteo de comunicación o escritura tosca, lo que me gustaría. Es precisamente un planteo - el que siempre se me aparece - de una comunicación o una escritura tomadas como lo que son: recursos para llegar a los otros, para expresar lo que cada uno tiene para decir.   La pomposidad usada en medios de comunicación, artículos de revistas, libros, artículos académicos, investigaciones científicas, aleja. Y cómo es posible, me pregunto, que un postulado de cualquier tema aleje, a través del vocabulario demasiado complejo, si justamente por esto renuncia a lo más importante: comunicar. 

Hoy en día todo se divide entre lo que se denomina pobreza en el lenguaje (mal uso del lenguaje, deformaciones del lenguaje, falta de conocimiento del lenguaje) y exorbitancia del lenguaje (uso abusivo y hasta elitista del lenguaje). 

No hablo de un lenguaje tosco, insisto, sino en que no se empiece a confundir la pomposidad - eso casi barroco que se ve, a veces, en el lenguaje y específicamente en la escritura - con el vocabulario específico de cada postulado. Porque es necesario, e incluso obligatorio, el uso de vocabulario específico en teorías, explicaciones y desarrollo de ideas;pero también es un exceso cuando además de vocabulario específico para asimilar hay que desmenuzar ideas dentro de un entramado oracional. 

¿Cómo acercar todo esto al otro que necesita comprender? ¿Existirá un punto medio? ¿Cómo bajar el conocimiento y hacer mucho más palpable esa cortina de abstracciones que, por momentos, son los textos? ¿Cómo poder mediar? 

De verdad, mi objetivo el día de mañana, como docente de Letras, como Licenciada en Letras, está ubicado en este sentido. Si Dios, la vida, la suerte y la lucidez me acompañan, veremos qué sale de lo que hoy son solo ideas. 

Mientras tanto, sigo pensando en mis finales. 

domingo, 19 de julio de 2015

Circo: "te dejo con tu vida, tu trabajo, tu gente..."

Hace días vengo gestando una entrada que no sale. Y cuando la escritura no sale, a la vez, no sale una partecita de mí. Me asusta un poco, tengo que reconocerlo. Es una presión enorme, como la pava a punto de hervir, burbujas van y vienen, por dentro, pero no sale. Y cuando algo no sale a través de la escritura, es porque lo cerca la angustia, el dolor, la evasión. Al menos para mí, evadir es un grave error. Va más allá del no servir para, sino del servir lo bastante como para que lleve a sitios donde si las cosas no salen por un lado, salen por el otro y siempre esa segunda opción es la más dolorosa. 

Soy una persona profundamente transparente. Una persona absurdamente concienzuda al punto de que si no dice la verdad, la verdad se la come. Soy una persona a la que en la cara se le ve el alma, que no puede - no sirve, no le sale, no lo controla - con la falsedad. Soy una persona que no podría fingir en el dolor, en el amor o en el compromiso. Soy una persona permeable, que se preocupa por los que quiere, paciente. Soy una persona que se enoja, que es sensible al extremo con ciertas cosas, que pensaba poder ser muy fría y se equivocó en eso. Soy una persona con miedos. Soy una persona orgullosa. Soy una persona que es muy lúcida y muy débil otras veces. Soy una persona que ama hasta cuando no debe. Soy una persona que está dispuesta a correrse del medio si ve que no le hace bien a la persona que ama. Soy una persona a la que le cuesta muchísimo tomar confianza, decir adiós, desprenderse de sus afectos. Soy una persona que en el único momento en que se siente libre es cuando escribe. Soy una persona que tiene unas enormes ganas de tener una vida feliz, de poder viajar, de poder recibirse, de mantener sus afectos, de tener miles de libros, de conocer París, de tener sobrinos, de ver felices a sus padres, de ver felices a sus hermanas, de encontrar bien y ver y hacer feliz también a sus amigos.  Soy una persona, a la vez,  cargada de defectos. Soy una persona muy dura con muchas cosas. Soy una persona que cuando está herida no insulta pero rebate y sabe lastimar. Soy una persona que odia usar esas armas. Soy una persona cerrada, con mucha gente. Soy una persona tímida, por momentos. Soy una persona charlatana por otros. Soy una persona que puede resolver las cosas de otros o aconsejar a otros o empatizar con otros... 

Pero hoy no quiero pensar en lo que soy ni en lo que debería ser ni en lo que quisiera ser. No quiero pensar en lo que hago, en lo que haría ni en lo que debería haber hecho. No quiero pensar en lo que debería necesitar, en lo que no necesito, en lo que puedo sola o en lo que tendría que necesitar dado que pasó determinada cantidad de tiempo desde... 

Todo lo que intento no transitar en el momento en que lo estoy pasando me tuerce las rodillas y tiene la potestad absoluta para hacerme caer. Todo lo que no sale, lo que me trago, lo que no digo, por dentro mío revienta. Revienta, así, tal cuál. Piensen por un momento lo que queda después de que algo revienta, piensen en una cosa, en un objeto que está reventando... Piensen ahora en una persona, reventando. Yo reviento si intento no ser fiel a lo que me está pasando. Así todo el mundo diga que es absurdo, que no, que no, que mil veces no. No puedo seguir negando que me pasa, que lo vivo, que me duele, que necesito hablar de esto hasta que se me seque la lengua, que necesito enfrentarme con toda la mierda para poder quitármela de encima. Que no quiero ser como esas personas que se quedaron con un clavo de hace 25 años y no hicieron "el duelo" o no se tomaron el trabajo de cuestionarse respecto a lo que realmente pasaba. No quiero dejar de ser temerosamente franca conmigo misma. No quiero mentirme y creérmela. No quiero convertirme una persona que se obligó a convencerse de lo que desconoce para seguir viviendo. No quiero obligarme a amar a otros. No quiero forzarme a sentir lo que no puedo, porque siento, pero en otro sentido y hacia otro lado. No quiero no equivocarme, como posiblemente lo esté haciendo ahora, para años más tarde creer que me las sé todas. No quiero tener todo bajo control, no quiero, ya no quiero. No quiero no sentir amor, aunque sea en este momento un dolor tan punzante bajo la rutina y las apariencias. No quiero aprender a conformarme. No quiero resignarme al instante, no quiero dejar pasar por alto las cosas. No quiero dejar de romperme por lo que creo valedero, no quiero aprender a abstenerme de lo que me mueve sin que pueda evitarlo. No quiero ser una construcción, una estatua, una vidriera. 

Y vuelve el axioma fundamental de mi vida: tengo que poder hablar o decir las cosas que me pasan. Tengo que asumir que no siempre puede salirme todo bien, no siempre puedo ser fuerte e inerte a todo, no siempre se puede bancarse todo. No todo el mundo tiene esa fuerza, no todo el mundo entiende las cosas de una vez. Tengo que asumir que accesoriamente habré de romperme la cabeza, pero que entenderé por mi misma o no entenderé.  

¿Qué es lo que quiero decir? ¿Qué de nuevo es lo que quiero decir? ¿Qué es toda esta mezcla que intento disuadir con toda mi voluntad? ¿Cómo voy a hacer para seguir postergando, aplazando, viviendo de esta forma?  Juro que quien me ve desde afuera puede ver una chica feliz. Juro que me río con los míos, que salgo, que quiero hacerme buenos amigos, que pretendo rehacer esa parte de mi vida desde que se volvió hilachas. Intento con todas mis fuerzas, insumo una gran cantidad de energía, tomo esto como un gran acto de voluntad... Y funciona. 

Funciona hasta que llega la noche. Funciona hasta que me veo metiendo en este corso tan mío a personas que nada tienen que ver, en ambos sentidos de la frase. Primero, porque no merecen que intente con ellos; segundo, porque jamás van a conocerme como verdaderamente soy, si me estoy absteniendo en un porcentaje muy alto, a sentir. Juro que funciona hasta donde más puedo... Pero hay momentos en donde no puedo más. Funciona a veces todo el día y vienen las pesadillas. Funciona estando lejos, hasta que veo su auto partirme la avenida, la calle en dos, la vida en dos y pienso qué podría hacer para que no me afecte de semejante manera.  Y entiendo que los sentimientos a veces, conducen la voluntad de la gente y que a veces, son mucho más fuertes que la voluntad. Porque podés hacer lo que se te ocurra, pero no podés dejar de sentir. Podés intentar con lo que sea, pero no podés evitar recordar. Porque querer irte, alejarte, no ver al otro, pero el otro está con vos y no ya tanto consigo mismo. Vos sos un poco el otro, desde que lo viste la primera vez y descubriste un lado b de la vida al lado suyo. 

Pero claro, el circo funciona casi todo el tiempo porque tengo un rendimiento bueno en la facultad, porque disfruto de muchas cosas, porque leo... Pero deja de funcionarme toda esta pancarta en el momento donde me acuerdo, simplemente, de una maldita oración a la una de la mañana. Oración que me perfora, claro está. Oración que me hace llorar, que me absorbe, que me hace querer ir a tocarle el timbre para saber cómo carajo está. 

Eso es lo que quiero decir y no puedo: necesito saber... Yo necesito. 

Necesito saber cómo está. Necesito saber si duerme. Necesito saber, verlo, mirarlo, porque esa es la única forma de saber lo que no me dice. Necesito saber si está bien, necesito saber que está bien. Necesito hablar con él, de cualquier cosa aunque lo deteste, porque no es verdad. Necesito tener aunque sea una oportunidad para decirle... algo. Necesito despedirme. Necesito que nuestros diálogos no sean un tema tabú. Necesito poder dormir sin soñarlo. Necesito que empiece a gustarme lo que debería, y no él... Necesito ser una chica normal y no una chica enamorada de alguien que nunca va a saber qué le pasó cuando la vió, que muy muy muy probablemente nunca se juegue por ella. Necesito entender y razonar lo que acabo de decir para creérmelo. Para seguir adelante con mi vida, porque se me está escapando un mes más, fingiendo que estoy bien, cuando por dentro me sigo poniendo a llorar con las mismas canciones y sigo haciéndome las mismas preguntas y sigo pensando que es un momento, que esto no me puede doler de semejante manera, mientras me quema y me arde. 

Recuerdo, ahora, mientras pienso en cómo necesito ciertas cosas, cuando me dijo que era incapaz de estar peleado con la gente que quería, que lo lastimaba. Yo en ese momento no medí el alcance de mis palabras y argumenté con que, a veces, alejarse era la única solución. "A mí también me duele... Es obvio que va a doler. Siempre duele. De hecho, me duele todo el tiempo... Pero es lo mejor según lo que me estás diciendo" y sin embargo ahora esas mismas palabras parecen dichas por una persona que no necesitaba de quien hoy sí necesita. Que a esa altura no le dolía tanto como le duele hoy, porque en el medio pasaron cosas que, pensó, ella iba a pasar con otras personas. 

Yo no necesito de él como pareja. que no podría serlo aunque en lo más hondo de mi, sí ansío tenerlo sentado al lado mío para mirarlo. Necesito verlo para constatar que está bien. Necesito escuchar su voz. Reirme por dentro de sus idioteces. Entender su humor, odiarlo un poco. Necesito verlo y no desde la oscuridad de su auto, sino desde la claridad que dan las posibilidades.  Yo no necesito de él como amigo. Para tener un amigo me busco un amigo con quien pueda hablar de otros hombres sin que me ponga cara seria y se le endurezca el maxilar. Para tener un amigo busco a alguien por quien no siga sintiendo este deseo abrazador, esta locura horrible. Me busco a alguien que sé, no me desea todavía, aún mismo, pese a todo.  Yo no necesito de él como persona negada a vivir la vida. Porque para negarme a vivir la vida todavía me faltan aquellos años cercanos a la muerte, donde quizá sea vieja y sea cascarrabias y sea insoportable. Y no quiera hacer nada, y esté bien, porque ya habré vivido muchas cosas y las cuestiones de voluntad radiquen en hacer hoy las compras o mañana. 

Yo de él necesito palabras, necesito el poder decir... Necesito una conversación, una sola, una nada más. Necesito abrazarlo una última vez y recibir su beso en la frente, una caricia en la cara, poder cerrar los ojos sabiendo que está ahí, al lado. Necesito que me diga otra vez que no puede dormir. Necesito adormecerme entre sus brazos mientras me acaricia el pelo, despacito y me musicaliza la vida, hablándome de nada. Necesito su cara de estúpido, rascarle la barba de dos colores y mirarle las manos mientras habla gesticulando. Necesito volver a sentir el maldito Fahrenheit en su cuello o bien, desperdigado por mi pelo. Necesito volver a entrar en su baño con azulejos raros. Necesito que me diga "guacha" una vez más. Necesito que me cuente películas. Necesito sus mates. Necesito su manía de arremangarse los pantalones de vestir mientras maneja. Necesito sus ofrecimientos. Necesito sus estupideces. Necesito sus mimos. Necesito que me pida los pies para calentármelos como hacía cuando nos acostábamos abrazados y yo sufría del frío en mis extremidades. Necesito no necesitar de medias térmicas porque él era mi termostato.  Necesito no tenerle rechazo al contacto físico, como lograba con él. Necesito dejarle que me toque los pies mientras estaba tocando mi historia, mis dolores más profundos, mis recuerdos más terribles. Necesito verle esa sonrisa por poder entender lo difícil que era para mí permitirle hacer lo que estaba haciendo, necesito su manera de llevar incluso esas situaciones con entereza. Necesito sus "yo no" que después eran un "yo claro que sí".  Necesito que me acaricie la cintura y la panza mientras le cuento más de esos años que me hicieron la persona que él conoció. Necesito que me entienda como sabía entenderme. Necesito que complete mis oraciones, que haga deducciones para mí impensadas y que me diga que todo va a estar bien. 

Necesito que me abrece cuando lloro, como ahora, por sentirme tan boluda pensando que alguna vez va a tocarme el timbre de casa o a esperarme con camisa azul marino a medias desabrochada en el hall de su oficina que yo llegue de la facultad. Necesito que me huela el cuello para poder sentir que sonríe contra él. Necesito nuestros juegos. Nuestros apodos. Necesito explicarle cosas de mi tiempo. Necesito que me cuente cosas del suyo, necesito saber más de su infancia, necesito incluso saber más de su dolor, para curarlo. 

Necesito que me diga que no. Que no necesito de él, que nada de eso va a ser posible, que nunca me quiso, que soy una pelotuda. Pero necesito, esencialmente, que me diga algo. Necesito que se acuerde al menos un día que yo existo. No sé para qué, no sé con qué fin, pero necesito de todas esas cosas que no entran en ninguna etiqueta posible, que son nosotros. Necesito su música, nuestra música, de noche. Necesito un café con leche como los que me hacía con esa máquina pretenciosa que yo miraba y él miraba mientras me preguntaba si estaba rico.  Necesito que le guste cómo me queda la ropa y que ambos lo sepamos. Necesito que me diga sonsa, necesito que me agarre de la cintura, necesito que me abra las puertas de los lugares y que me deje pasar primero,  necesito que intente siquiera ayudarme a estudiar aranceles a importaciones, cuando ambos sabemos que no hace falta, porque terminaríamos haciendo cualquier otra cosa lejana a uno de los temas de su trabajo y a una de las posibles preguntas de mi parcial; ese parcial que dí y aprobé tan bien, hace ya tiempo.  Necesito que me sirva bebida cuando se me acaba, que elogie muchas de las cosas que elogiaba de mí. 

Necesito que me diga mi apodo. Necesito sentir la suavidad de su pelo entre mis manos, necesito escuchar cómo respira, necesito hincharle para que pida los turnos, para que se opere las rodillas, para que consulte con su obra social, para que almuerce o para que cene bien. Necesito que me enseñe a cocinar, como hizo alguna vez, demostrando que lo más banal puede ser lo más sensual del mundo. Necesito que se me ría a carcajadas, se me corra el maquillaje, le diga basta por favor y se vuelva a tentar y se me vuelva a correr el rimmel. Necesito que le gusten todavía mis manos, la forma en que lo miro, la forma en que le hablo, la temperatura y textura de mi piel. Necesito que me toque como un ciego lee en braile cada uno de mis tatuajes. Necesito que me abrigue si tengo frío, que me preste sus buzos o que me haga burla por algo. Necesito que me recite poemas y me saque sonrisas y cejas enarcadas y piense "sos un atorrante" "vulnerás mi fuerza" "no podés saber tan bien quién soy". 

Necesito que me saque las palabras que no digo a nadie con tirabuzón. Necesito reírme de barbaridades, necesito nuestros chistes con contenido erótico, necesito cantar como una tonta una canción de hace mil años. Necesito no recordar nunca más tan perfectamente los cuadros de su habitación ni tampoco su lado de la cama, ni mucho menos su manía de rascarse el pecho o de decir "chau chau" muy rápidamente, antes de cortar las llamadas. Necesito que cante en portugués, que coma como un nene, que lave para que yo seque y que juguemos juegos de mesa en equipo.  Necesito que corramos de nuevo contra el tiempo, que no nos acordemos en todos esos momentos que nos separan tantos años. Necesito que me diga que soy una vieja, una abuela, que soy terrible, que lo vuelvo loco. Necesito que no me cambie como me cambió. 

Necesito ver películas y no verlas, al lado suyo. Necesito decirle que es un viejo arruinado, mientras lo apretujo y me aferro a su espalda como si fuera mi mejor lugar. Necesito que me bese, varias veces. Necesito sentirlo cerca, conectarme con la parte horrible que sé que a ella no le cuenta. Necesito seguir siendo la persona que no puede controlar, necesito seguir siendo su desencadenante. Necesito seguir teniendo incidencia sobre él, de manera ajena a ser joven, a sus ojos tan linda. Necesito revalidar que yo no era solamente un buen culo para una persona que me tocaba siempre como si me fuera a romper, como si fuera un cristal, como si en cualquier momento pudiera desaparecer por estar siguiendo a alguien más joven que él. 
Necesito explicarle el origen de mis miedos con un "mhmm" que desemboca en abrazo, imitación, suspiro, mirada intensa o tantas cosas. Necesito sus miedos, esos que se les palpan en los ojos, necesito adivinar o no lo que piensa. 

También necesito que me diga que no, que no me quiere, que soy una pelotuda, que vamos a tener que aprender a vivir con lo que nos pasa. Que no se puede, que no, que no, y que no. Que él no quiere que esté al lado suyo. Que quiere hacer la vida como cualquier hombre de su edad, que yo me enamoré de lo que él no puede ser, en el presente. 

Necesito que no se acostumbre a no verme más. Necesito que no se quede relajado y cómodo, no viéndome más. Necesito que no le de lo mismo, necesito que gire el volante de todo como lo hacía siempre, necesito poder responder más que un sí o un no las veces que se acercó, aunque sea tarde ahora. Necesito, vamos, quiero ser franca, su piel sin importar las apariencias. Necesito que me cuente del puerto, de sus quilombos, de sus amigos, de los vinos y de libros. Necesito que no esté saliendo con lo que será una colega mía, con una mina que no veo que pegue con él, con quien no le veo esa parte que le ví conmigo. 

Necesito que podamos hablar... No sé qué necesito decir ni decirle, pero estoy absolutamente segura que toda esta armadura que forjé me funciona perfectamente hasta que me paro a pensar qué es lo que realmente necesito, qué o cuál es el móvil de todas mis acciones, dónde radica lo que realmente quiero.  

Necesito no sentir que los ataques de pánico van a volver  si hay días donde se me hace casi imposible evadir todas mis necesidades de forma sana, constructiva, racional. Necesito apoyarme en su hombro y llorar y reírme a la vez y estar mejor, porque si antes prefería pasarlos sola sé ahora lo que es haberlos pasado con alguien que amás mucho. Necesito saber que tenía a su favor, que no me daba vergüenza llorar al lado suyo. Necesito decirle que fue y es muy muy importante para mí, que lo amé muchísimo. Que nada va a volver a ser como era antes de haberlo conocido.  Necesito decirle que me duele hasta hoy no haber podido hacer o que él haga lo suficiente para seguir adelante. Necesito decirle que es tripolar, pero que me enamoré como nunca de su manera de ser tan estúpida y tierna y maldita. Necesito decirle tonto, una vez más, no tengas miedo, yo te quiero por lo que sos.  Necesito decirle que estoy poniendo toda mi voluntad en evadirlo, pero que me abrace. Necesito que venga un día y me diga el tan tan tan tan necesario: "hablemos, por favor".  Porque necesito que sea de nuevo, mi negro. Mi tan amado Negro, besándome las muñecas perfumadas y enseñándome a desbloquear la alarma de su auto, mientras yo le enseño a actualizar el teléfono, manejar sus mails desde el móvil o le limpio la casilla con asuntos laborales.  Mientras le enseño lo que significa "visto" en Facebook, mientras le cuento de compañeros o de experiencias cotidianas. 

Necesito que me deje de mirar como si me quisiera. Necesito que me deje de mirar como no la mira a ella, la puta madre, vamos a ser claros. Pero es obvio que necesito que me mire como cuando me peinaba y le ví la cara más linda y más sincera desde que lo conocí... Necesito que me mire como cuando me arreglaba frente a su espejo enorme y él se quedaba parado en el marco, con cara de estar desorientado y admirado, mientras yo me sonreía y le hacía chistes tontos, dado que descubrí tener mucho humor cuando estoy con la persona que amo, cosa de la que carezco a excepción de muy pocas personas. Necesito que me mire comer, como si quisiera que deje de hacerlo y me acerque para besarlo y poder seguir comiendo en paz.  Necesito que nos tomemos una cerveza, que me ofrezca té o chocolates, que proponga un rato en el jacuzzi para mi contractura y yo lo cargue con que tiene un bulo para seducir mujeres mientras me niego, claro, porque prefiero sus masajes; algo más humano, más sencillo, más natural, más de mi mundo. 

Necesito decirle que me cambió  muchísimo. Necesito decirle que antes de conocerlo tan de cerca yo era una nena diferente a la chica que soy hoy. Necesito decirle que no, que a mí tampoco me pasó enamorarme de una persona como él, tan distinta a todo lo que hoy estoy tratando. 

Necesito decirle que no debería pasar nada de ésto, pero me pasa. Necesito decirle que me importa un cuerno lo que diga la sociedad de nosotros: una parte de mí se quedó al lado suyo. 




La otra sabe que la vida sigue. 
Y entonces, sigue.
Como debe ser. 


viernes, 17 de julio de 2015

Pesadilla

Por lo general, tengo pesadillas.  En particular nunca tuve demasiados problemas para dormir hasta hace tres años donde empecé a tener otra clase de pesadillas y otra clase de cuestiones que atravesaban mi descanso.  Las actuales son pesadillas mucho más simbólicas que las de antes, mucho más entramadas, mucho más escondedoras. Pesadillas que se sostienen incluso hasta hace dos o tres noches. Mis pesadillas fueron cambiando hasta estacionarse en éstas. Las de hace casi un año se dan por períodos pero no dejan de seguir un patrón: carecen casi de elementos. Hay dos o tres, constantes. La pesadilla muta en cosas pero la esencia prevalece. 

Mi pesadilla no contiene demasiadas o diversas imágenes, es pura sensación, curiosamente. Predominan los fondos negros, oscuros, sin objetos, a veces hay resplandores, a veces hay rostros, a veces sólo se escuchan voces, frases, mi propia voz, dichos o gentes con las que no puedo hablar en la realidad; realidad con sus conflictos.  Mi pesadilla es una y muchas a la vez, pero nunca deja de ser lo mismo lo que me pasa y su consabido desenlace. Por lo cual  no termino de saber si se puede considerar tales dado que se repite y se repite. 

En ella, u ellas (ya no sé) hay nada más que una sensación molesta, opresiva, terrorífica. Es como si una gran mano invisible, una gran fuerza invisible, existiera con el único propósito de oprimirme a la altura del pecho, desde arriba para abajo.  En eso consiste mi sueño, mi mal dormir: una fuertísima opresión a la altura del pecho, como si me hundiera en algo. Con ello, además, se oprime todo el resto de mi cuerpo que se halla, casualmente, en posición horizontal. Se acentúa con eso mi sensación de que me están enterrando en el colchón, aunque a la vez puedo delimitar que es algo interno y no externo. Físico, pero con raíz psicológica.  Es como si me apretaran desde adentro, para abajo. 

Cuando ingreso a esa etapa del sueño donde me atormenta la opresión, automáticamente se activa en mí una enorme necesidad de despertarme. ¿Qué me pasa? Tomo noción de que estoy soñando y a la vez puedo sentir como algo real, perfectamente real, esa sensación de ahogo, de apriete, de hundimiento. Por ende, necesito despertar. Necesito salir de eso y empiezo a hacer fuerza. Me asalta la sensación de estar atrapada, no dentro de mi propio cuerpo, pero sí dentro de mis propios sueños. Cuando refiero a hacer fuerza, lo digo muy enserio: es en esta otra etapa del sueño donde aparecen las imágenes. Me sueño a mi misma, vista desde afuera, moviéndome como loca para despertarme acostada en mi cama, con lo que se podría ver como un sueño plácido.  Muchas de las veces que esto me pasó he intentado despertarme llamando a mi hermana, a mi mamá, a mi papá, a alguien para que me mueva, para que entre a mi cuarto, prenda mis lámparas y me saque. Nunca hay nadie, nunca nadie me despierta, porque no grito, no hablo, no me quejo en la realidad. Nadie se da cuenta ni se despierta porque le esté pidiendo ayuda, nadie me saca. Es como si me atrapara mi cuerpo y yo estuviera ahí, golpeando desde adentro para salir.  

Esto quiere decir que tomo también todos estos recursos e intentos de liberación como reales, pero son subproductos del mismo sueño.   Es ahí empiezan a repetirse las secuencias: creo que desperté, estoy soñando, pido ayuda, nadie responde, creo que desperté y me alivio, me doy cuenta que sigo soñando y el terror vuelve. 

La desesperación que me invade cuando siento perfectamente palpable esa opresión no tiene nombre. La desesperación que se le suma por no poder distinguir en ese instante el sueño de la vigilia, es indescriptible. Miles de veces me ha pasado, y eso es lo más macabro de todo, creer que efectivamente había logrado despertarme cuando no era el caso. Miles de veces me ha pasado soñarme exactamente en mi cuarto, durmiendo como habitualmente duermo, cubierta con mis mantas, rodeada de mis cosas, haciéndome creer que efectivamente había logrado despertarme, cuando no. Seguía dentro de mi propia pesadilla y sobrevenía esa misma sensación de encierro. Otra vez, la desesperación. La opresión que sobreviene a la altura del pecho, el hecho de querer salir y no poder. 

En el medio de todo este torbellino de sensaciones cuando por fin - por fin, por fin, por fin - logro despertarme me encuentro en el más profundo silencio, en el mismo escenario que acabo de soñar (lo cual alimenta la inquietud) y algunas veces en la misma posición. 

Abro los ojos con el aliento contenido y tardo en cerrarlos, después de dos o tres respiraciones que me aseguren estar otra vez en la realidad. Parpaedeo mucho y rápido. Me muevo varias veces, sí, efectivamente, estoy despierta. Me muevo para la izquierda y está mi mesa de luz con su lámpara apagada. Me muevo para la derecha y está el escritorio, la lámpara de sal apagada, la placa de corcho con fotos, la silla con rueditas con la ropa doblada encima. Está, en medio de esa apetecible oscuridad, todo tal cual lo dejo antes de irme a descansar.  Por suerte, cuando me despierto, encontrarme con estas cosas me da confianza.  Por lo general, sigo durmiendo hasta el otro día. 

Curiosamente, mis pesadillas aparecen cuando paso todo el día evadiendo cosas. Cuando no quiero pensar en esto o aquello, y esto o aquello me aplasta el pecho a la altura del tórax sé que viene para recordarme que sigue ahí, que me va a despertar de noche,  que no lo puedo sortear siempre.  Cuando esto o aquello me acelera la respiración, se anuncia, me deja todo el margen de vivir un nuevo día.  Cuando más me empeño en ser racional, aparecen las pesadillas. Cuando no hay lugar para imaginaciones nocturnas, cuando ha sido un día de aparente paz y conciliación interior, aparecen las pesadillas. 

¿Lo que más me molesta de estas pesadillas? Siempre vuelven. ¿Lo que más me resuena ahora, mientras escribo? Me recuerdan a la muerte. La muerte te da toda una vida por adelantado, y aparece con su totalidad inapelable. Mis pesadillas me dan todo un día de margen hasta volver a aparecer; mis pesadillas me permiten transitar el día, elegir qué hacer con mis recuerdos, con mis sensaciones, para volver a aparecer de noche.  Tal como de la muerte, hay ciertas cosas de las que si no es por medio de ella, uno no se puede escapar siempre. 

Tengo que hacer analizar esta/s pesadillas. 
Y necesito un atrapasueños.