Estos últimos días, mi vida es un caos y se me nota, no puedo mantener la imagen de siempre. Es un caos y voy a la oficina sin maquillarme y mucha gente me pregunta cómo estoy, si me siento bien, porque acostumbran a verme siempre impecable, empujando, radiante. Pero claro, no siempre se puede sostener esa imagen y no tengo tanto resto para hacerlo en este momento por los menos. Es un caos y estoy menos conversadora, charlatana, porque no me queda resto para sostener, además, tampoco descanso bien porque entre la ansiedad del trabajo y la ansiedad personal por todo lo que acontece, no diría que apoyo tranquila la cabeza en la almohada.
Sigo tratando bien a la gente, haciendo mi trabajo, siendo yo... pero también trato de aceptar que yo en este momento soy esta. Y, la verdad, bienvenido sea. Bienvenida sea esa poca disposición para la superficialidad circundante, para el sostener cosas que ya no puedo, ni quiero, y para fingir. Es imposible cuando cosas en vos se están rompiendo que sigas teniendo la misma disposición para los demás. Hay una energía psíquica, física, que yo necesito usar pero que voy a usar para mí en esta etapa. Y no para estar radiante, de trajecito, en la oficina, con el pelo lacio, la carita revocada, dejando estela de perfume, con las orejas tapadas, yendo de evento en evento, como si nada pasara. Ya lo hice, durante todo el año pasado, y lo único que logré sin saberlo es meterme más y más en la mierda. Cosa que no quiero seguir haciendo.
Parte de hacerme hecho la boluda a nivel emocional con tantas cosas, me anestesió la cabeza, el cuerpo, el corazón. Y salir de esto, hoy, está siendo muy doloroso pero al mismo tiempo, absolutamente necesario. Llevaba años con temas para cerrar, para cambiar, con actitudes para corregir, me la pasaba juzgándome, pensando qué iba a decir el resto, pensando que todo estaba mal, y que era lo que me había tocado, porque no podía volver para atrás, o cambiar el rumbo, o no sé qué. Y ahora, cuando la mampostería se me viene encima, y cuando tengo que poner límites muy intensos en mis vínculos más cercanos, esos límites son contundentes, porque me di cuenta que se acabó la joda. Se acabó esta vida de mierda, tal y como la conocía, y la sostenía a cualquier precio.
Los cortes de las situaciones, son bruscos. Hachazos vuelan para todos lados. La paciencia, es un capital imprescindible pero escaso hoy en día para mí y no me banco que me saquen del loop de cambio donde me metí. Porque lo que hace a este cambio necesario, es el hartazgo. Los cortes son por ejemplo cansarme y pegarle una patada en el culo a Javier, y decir "si se siente mal, y bueno es su problema, que se joda, y si piensa de mí mal, que soy una puta, bueno, se hará su película". Los cortes fueron decir: "o me pagan más o cambio de laburo, porque no me alcanza el sueldo". Los cortes fueron decir: "quiero retomar mi carrera de grado y al carajo si me recibo más tarde en Económicas". Los cortes también empiezan a sonar como: "no, mirá, en este momento no puedo gastar dinero en ese plan".
Siento que después de lo que hable en terapia el viernes, algo se rompió para mí. Es extraño porque no pensé que esa deuda emocional con mí familia me pesara tanto. Juro que no me lo imaginaba. Solamente sabía que había un problema financiero, un atraso financiero, pero no que traía aparejado tanta angustia y peso. Hasta que, colapsé la semana pasada y me animé a decir algo a mí terapeuta y fue no puedo. Realmente, no puedo salvar a nadie más que a mí. No puedo y me duele no poder, pero en este momento, no puedo. No puedo hacer más por mis viejos. No puedo cambiar la vida en la que viven, a costa de la mía al menos, en este instante de mí vida, por lo menos.
Desde ese día, mí vida está en un constante rebusque. Decir no puedo salvar a nadie es darme cuenta que soy humana. Pero también, es sentirme más liviana. ¿Cuánto necesitaba que alguien me dijera lo que me dijo mí terapeuta el otro día? ¿Cuánto necesitaba que alguien me dijera que no es mí culpa? Juro que muchísimo más de lo que me imaginaba.
Mientras escribo, se me caen las lágrimas. Me duele el tema. No sé trata del dinero atrasado. Tengo miedo por eso, claro que si, y estoy haciendo números y cuidando el dinero más que nunca para cambiar esa situación para siempre. Corté todo tipo de gasto, di de baja suscripciones, baje el abono del teléfono, corté comidas fuera, salidas, gustos, ejercico pago. Anule por el momento la compra de ropa, y cualquier tipo de extra. Me armé un presupuesto. Y estoy haciendo un gran esfuerzo para no correrme de esa vía. Y aunque todo sea tema de dinero, insisto, no se trata solo de él.
La culpa nunca entra en los presupuestos. El sentimiento de que le tenés que devolver con sacrificio y sudor, lo que hicieron por vos, tampoco es cuantificable. La sensación de que ellos se dejaron de permitir cosas por pagarte los tratamientos a vos, no es una categoría. ¿Cómo devolves eso? ¿Cuanta plata es eso, cuántas cuotas son? Definitivamente, no todo es dinero. Aunque el dinero sea importante, a veces, es una manera de reflejar tu mundo interior. Y cuando tenés fisuras, nunca te dan los números.
Durante estos días, pensé en lo que hacía hecho los últimos seis años. Desde el primer sueldo al que recibí a principios de mes. Y me di cuenta que yo siempre quise compensar. Y que esté no fue un comportamiento de los últimos seis años, cuando formalmente inicié mí actividad laboral. Antes, cuando no trabaja formalmente, no permitía que me compren nada. Sufría cada cosa nueva que tenía. Odiaba los regalos. Me dolía la panza cuando me querían comprar ropa. Sentía, literalmente, que todo era demasiado. No salía a ningún lado si no me lo podía pagar. Trabajaba informalmente y ahorraba hasta el último centavo. Y la verdad, siempre tenía la bendición de que alguien me daba una mano y podía tener un poco de dinero que no sentía culposo.
Pero eso no solucionaba todo... Era tanta la culpa que yo sentía por sentir que les había traído gastos siempre, tanto el remordimiento de ser una hija con problemas de salud, tanta carga, esa idea de la culpa del sobreviviente, que no lograba disfrutar de nada. Y conseguir un trabajo, en mí cabeza, me iba a permitir poder ayudar. Y además, poder tener para mis cosas.
Lo que empezó pareciendo algo bueno, terminó en este caos, en este momento tan complicado en mí vida. Fueron años de malas prácticas. De dar demas, de tener una compulsión por dar, que no venía por nada bueno, claro. Yo hoy veo que en el fondo, necesitaba devolver algo a través de lo material y por eso hacia lo que hacía. Y por eso estoy con semejante quilombo ahora. Y curiosamente, en medio de todo este quilombo, me doy cuenta de dos cosas: no puedo salvar a nadie, y no puedo salir de un día al otro, sola, como si nada.
Esto, lo tengo que vivir. Si no, nunca voy a aprender y nunca voy a poder elaborar esa deuda emocional. Y si no hago eso, no va a faltar oportunidad de pagar y volver a caer en dificultades financieras. Porque no es el dinero, en mí caso, es el manejo emocional, culposo, autodestructivo, del dinero. Es usarlo como una manera de pagar una culpa que creció demasiado en la adultez y que aunque hiciera lo que hiciera, nunca se fue. ¿Se fue mí salud financiera? Si. Pero la culpa, nunca se fue.
Y creo que la única forma que tengo para poder salir adelante y sanar esto, además de vivirlo, es aceptando que no puedo. Que literalmente no puedo devolver el tiempo, esos recursos ni cambiar el pasado. Y me muero de dolor, pero es así. No puedo. Aunque quiera comprarles una casa, un auto, llevarlos de viaje, llenar la heladera a tope, pagar cosas que jamás hubieran podido permitirse; no puedo. Porque lo que yo quisiera devolver es algo que no puede medirse, y es el amor o la responsabilidad sobre un hijo. Y no, ahí si que estamos hablando en dos idiomas distintos. Hoy, lo sé.
Aunque siempre haya pensado que la carencia más grande en mí familia fue el dinero, lentamente voy entendiendo que no todo se puede compensar. Admiro que durante muchos años tuve la fantasía de que si devolvía, y era buena con ellos, me iban a querer o quizá a perdonar los años que designaron a mí recuperación. Pero eso tampoco es cuantificable.
Lo único que le puedo devolver hoy a mis padres, es una hija que vive. Una hija que está en pie, literal y metafóricamente. Y basta, por ahora, no tengo más. No soy más que una hija que quiere vivir bien, que quiere vivir sin culpa por cada cosa que hace, que quiere vivir feliz, aprovechando que "para algo está acá", cómo me digo siempre. ¿Y eso es poco o es mucho? Lo único que tengo hoy, cuando no me queda resto económico para demostrar nada, cuando ando con lo justo, cuando cualquier gasto extra es un poco picante, es estar acá tratando de salir adelante. Y es hacer un trabajo interno muy muy intenso y claro para no volver a destruirme así.
II.
Nunca voy a poder devolver el sacrificio de mis viejos por mí. Nunca voy a vivir las experiencias de mí papá para pagarme al mejor medico traumatólogo, y llevarme en remis desde el conurbano ida y vuelta. Tampoco voy a poder devolver los años de Kinesiología, natación, tenis, danza clásica que hice, a costa de mucho esfuerzo ajeno. Un esfuerzo que yo en ese momento no podía hacer y que hice en silencio demasiado tiempo. Hasta que todo vuela por los aires, hoy. Nunca voy a poder compensar el tiempo destinado de mí mamá, o todas las cosas que yo se que hicieron por mí durante los primeros 15 años de vida sobre todo. Hoy, con 15 más, me doy cuenta de eso. Que no puedo hacerlo. Que quizá la vida el día de mañana me permita hacer otra cosa, o darles un gusto, sin que sea a costa de mí propia destrucción. Y sin dudas lo haré. Pero no desde la culpa. No desde la búsqueda de llenar vacíos, o deudas, con cosas o experiencias o dinero.
¿Alguien sabrá el alivio que siento por permitirme decir no puedo devolver esto? Nunca le había dicho esto a nadie. No lo había hablado con nadie. Y para mí ponerlo en palabras por primera vez en toda mí vida, el viernes pasado, fue... Tremendo. Literalmente, es como si mi cabeza hubiese hecho un click. Porque si bien siento que tengo mucho que ordenar, la vida que venga después de eso, va a ser mía. Realmente, mía. Y eso me hace sentir que nunca, en el fondo, me permití hasta ahora sentir mí vida como algo mío. Más bien, siempre fue un poco la vida que parecía tener que devolverle a los otros. Y aunque suene espantoso, juro que no es algo que uno elija consciente de eso. No es algo que pensas. Es algo que te pasa. Que significa como es la vida para vos. Que tiene que ver con quién sos.
Hace 15 años que vivo con un peso de devolver. De compensa, cómo si tuviera que pedir perdón por vivir. Y recién ahora identifiqué CUÁNTO PESO es eso. Y lo único que me hizo verlo, fue que se me acabara el medio por el cual yo sentía que pagaba la deuda emocional, es decir, el aporte y la entrega de dinero, y a su vez, la compra de cosas a ellos, y de cosas para hacer y cumplir con las expectativas que ellos depositaban en mí y para ser una hija del estilo que ellos esperaban.
Si. Solo cuando me di cuenta que financieramente tengo inconvenientes muy serios, fue que mi química cerebral se perjudicó. Porque dije: ¿y si no tengo plata para darles, qué hago? ¿Y si no puedo comprarme la ropa que mí mamá me dice que es la que mejor me queda en los eventos de la corpo, qué hago? ¿Y si no estudio la carrera que me de oportunidades y retomo las siete materias de la que me hace feliz, qué voy a hacer? Y esas preguntas, lo derrumbaron todo. Porque la falta de dinero empezó a ser la falta que yo sentía en todos lados. La falta de dinero empezó a mostrarme la culpa, el vacío, el cansancio por sentir que nada alcanzaba, lo inconsciente que hacía mí mente para ocultar el vacío, las compulsiones y las repetición del patrón y del patrón... La falta de dinero, me mostró un infierno.
Pero ¿qué más serio que esto para mí? El dinero que me falta hoy, puede aparecer mañana. Pero la paz que yo no tenía hasta ahora, no hay plata que la compre. Porque el alivio de decir "no tiene que ser mí vida así", es inmenso, proporcionalmente al dolor, que espero pase en algún momento.
Trato de entender a fondo que lo que hicieron por mí, es lo que cualquier padre debe hacer por un hijo, más allá de que el hijo después se atormente. Y me está es contra costando, porque hay un mecanismo emocional que sigue conmigo y que tengo que desactivar con mucha conducta y mesura. Pero también se que seis años de prácticas financieras irresponsables, producto de la culpa, me van a dar tiempo para enseñarme lo que necesite. Y especialmente, escuela para que pueda liberar bloqueos emocionales.
Hoy sé que no puedo. Que no es mí culpa además no poder. Que no tengo que vivirlo como un sacrificio. Que si algún día soy mamá, haría lo mismo. Que lo hago con amor con mis sobrinos, y que no siento que tengan que darme nada a cambio. Mis viejos jamás me echaron nada en cara, al menos no directamente, la verdad. Pero si, pusieron muchísimas expectativas en mí. Y eso es un peso extra. No solo tenés que devolver lo que hicieron por vos, sino que además, tenés que cumplir las expectativas. Y no, eso tampoco puedo.
Lo único que puedo, hoy, es poner toda mí energía en solucionar mis temas. Y si alguien me quiere ayudar, permitirlo, para aprender a recibir sin culpa, de a poco, evaluando cómo me siento. ¿Si todo va a cambiar y me voy a convertir en otra persona peor? No, ni loca, espero me ayude a vivir mejor y ser mejor persona, alguien más feliz.
Hoy tengo que hacerme cargo de mis decisiones, sí, pero también, tengo que empezar a vivir y a hacer realmente mi vida. Sin pensar tanto en los otros, sin pensar en salvar a alguien más, o de sostener, o de aparentar, algo que no me interesa ser, en el fondo. La gente que me quiere, o que me vaya a querer, o que quizá algún día se dé cuenta que me quiere, tendrá que hacerlo así. Y yo, lo aceptaré, siempre y cuando resguarde mi dignidad y cuando no me deje en desventaja.
IV.
Es complejo porque más de una vez en estos últimos meses pensé en que sería mejor estar muerta. Fantasee mucho con la idea. Pensé que ojalá pasara algo conmigo, así se terminaba de ir todo a la mierda y chau. Me repetia mucho internamente eso: "para qué más, ya está, que explote todo de una puta vez". Pensé qué haría con mi gato, pensé que seguramente se lo quedarían mis papás y pensé en mis sobrinos, en cómo iba a hacerle eso a mis sobrinos, me sentí peor, pero también me dije que tenían más tíos, que tenían al resto de mi familia, que yo no quería seguir más así. Empecé a olvidarme de mis deseos de viajar, de aprender cosas, de ver algún día una callecita de Europa, de disfrutar de bodegas en Mendoza, de pasar el día caminando por Colonia, de verlos crecer a mis sobrinos, de recibirme, de que mis ojos vean crecer a Julio, y a sus bigotes, y que vivamos en una casa con jardín para disfrutarlo siempre...
Sí, lo admito, en estos últimos meses, todo eso empezó a reducirse a un bollo de papel que uno tira en un cesto de basura cuando siente que no tiene más posibilidades. Que la vida es demasiado complicada para seguirla viviendo. Los últimos dos meses, fueron realmente muy difíciles. Sentí que no quería luchar más por jugar un partido donde se me rompía la camiseta, se me desataban los cordones de los botines, se me pinchaba la pelota y yo sin embargo seguía corriendo, y arreglaba; que estaba podrida de arreglar. Me empecé a cansar de cosas simples. Dejé de mirar el cielo, dejé de apreciar el sol, me desconecté del cuerpo, y empecé a sentir emociones nuevas: enojo y odio. Empecé a rendirme en las disciplinas cotidianas, dejé la facultad, empecé a esperar que una bomba me cayera encima, sin reacción... Y todo lo que me esforzaba en sostener, como si nada pasara, comenzó a traslucir. Y yo ahora (recién) lo estoy dejando traslucir con una impunidad donde me chupa un huevo lo que piense la gente, porque solucionar mis problemas para mí es mucho más importante, urgente y necesario.
Después de hablar en terapia, hoy me doy cuenta que yo quiero vivir, sí, pero que no quiero seguir viviendo ésta vida llena de culpa, dolor y mecanismos destructivos.
Quiero vivir una vida plena, donde pueda ser libre y feliz; porque realmente, no quiero llegar a los 40 años queriéndome meter un corchazo porque no soporto más. Yo sinceramente quiero vivir, de acá en adelante, dejándome de joder con los mambos, y haciendo lo que tengo que hacer para estar bien. Sea lo que sea, aunque sea horrible de comienzo. Y disfrutando sin sentir que tendría que estar muerta.
Y está bien, es muy duro darse cuenta porque por lo general esa conciencia llega cuando estás destruido. Y sí, hola qué tal, estoy en uno de los momentos más mierda de mi vida, pero me siento aliviada. Me siento aliviada porque dejé de sostener la mampostería para afuera y empecé a ocuparme de los cimientos. Y duele, sí, duele una barbaridad, pero llevar adelante esos cambios me dá al menos la esperanza de que voy a sentirme mejor aunque hoy me sienta en el fondo. Desconectada realmente de lo cotidiano, al punto de que parece que la vida estuviera transcurriendo en otro idioma.
Llevar adelante los cambios hoy es mi única esperanza real, y yo apuesto para hacerlos. Supongo que querer vivir es eso: no darse por vencido aún cuando sentís que todo es un caos. Que querer vivir es aceptar que hay cosas que no podes, y que aún así, la vida sigue siendo digna de ser vivida.