viernes, 27 de mayo de 2022

Volver a casa II

El sábado anterior nos volvimos a ver con mi sobri. Hacía una semana que no lo veía pero lo extrañaba mucho porque, al estar grande, nuestra relación cada día se parece más a la exclusividad propia de los vínculos entre adultos.  

- Hola, amor de mi vida - le dije, y le acaricié el brazo -¿Cómo estás, precioso? 

- Bien - me contestó, riéndose. 

- ¿Sabés que me acordé de vos esta semana y te traje algo que me pediste? - le pregunté. 

Me miró, puso cara de pícaro y preguntó:

- ¿Un libro? 

- Siiiii. ¿Cómo adivinaste? ¡Muy bien! ¿Y de qué creés que puede ser? 

- Pepa Pig - me dijo, segurísimo, porque la semana anterior me había pedido si le regalaba uno y lo había estado buscando para llevárselo. 

Sí, que me pida libros para mí es una debilidad muy grande porque no los rompe, los disfruta, los que son para pintar los colorea y ama los dibujos en grande. Por suerte no son caros y, por eso, le puedo llevar uno semanalmente de algunas páginas. 

- ¡Siiiiiii! ¡Adivinaste! ¿Te gustaría verlo? 

- Sí- dijo, y sonrió. 

Le alcancé el libro, lo observó y se puso contento. 

Al ratito, cuando ya estábamos jugando y pintando en su habitación, se acercó , me abrazó y me dijo:

- Gracias por el libro de Pepa , ***. ¡Me encantó, es mi favorito! 

Lo abracé bien fuerte, lo llené de besos y le contesté: 

- No me agradezcas, mi amor, la tía te ama y va a hacer tooodo lo posible para conseguir esos libritos... ¿Querés pintar? 

- Sí, quiero pintar a Pepa 

- Bueno, vení, a ver... Pintemos... ¿Qué pintamos? ¿A Pepa y al hermanito? 

- Si, a pepa y al hermanito - indicó - Aquí - dijo, señalando la página en concreto del libro para colorear. 

Y así nos quedamos horas. Pintando, jugando, pegando stickers, vinculándonos, construyendo recuerdos. 

Debo admitir que mi sobrino me salva, me cura y me da una proyección de futuro mucho más intensa que cualquier otra persona. En los peores momentos pensar que vale la pena seguir adelante por él, me rescató. Y en estos tiempos donde me he sentido tan perdida, tan lejos de casa en mil sentidos y tan cerca de otras cosas o personas, él también me ayudó y me ayuda a rehacer el camino externo hacia las orillas del siguiente capítulo en mi vida. 

miércoles, 25 de mayo de 2022

El pasado como espejo que devuelve

Todavía me acuerdo la primera vez que me miré en ese espejo. Ocupaba el largo de más de media pared y le daba un toque muy peculiar a su vivienda porque permitía verte de un solo golpe en todos los sentidos.  Fue la primera vez que me quedé su casa, a los 19 años, cuando tuvimos una de las aproximaciones que me marcarían durante la prácticamente toda la década siguiente.  Me acerqué a mi propio reflejo  y traté de acomodarme el pelo en una forma más armoniosa. Me eché perfume... Y en medio de ese ritual, noté que él me estaba mirando, apoyado en el marco de una puerta muy próxima. 

- ¿Qué te pasa? - recuerdo que le pregunté. 

El mismo hombre pero en versión más joven apoyaba su cabeza en el marco, como vencido por las circunstancias, y me observaba en un largo, eterno, intransitable silencio.  

- Nada - musitó y se me quedó mirando mientras terminaba de arreglarme. El silencio como una constante me hizo entender que algo estaba siendo ocultado pero, al mismo tiempo, la inocencia de esa época no me permitió entenderlo del todo. 

- Bueno, ya estoy lista para irme a mi casa - le dije. 

Y ese día, frente a ese espejo, me convencí de que sería una de las pocas veces que podría mirarme allí porque eso, todo esto, no podía durar demasiado. 

Lo que no pensé, entre el millón de cosas que consideraba imposibles para mi vida, fue que el futuro me reservara un encuentro y que estuviera involucrado ese mismo espejo. Colocado en esa misma casa, siendo parte del universo de ese mismo hombre y, para peor, sintiendo esa misma atracción... 

Si alguna de esas tres cosas no había fenecido ya, al menos, hubiera arriesgado a imaginarme que estaría derrumbada.  Pero no; casi diez años después, todo seguía ahí. La misma casa, el mismo espejo enorme y el mismo hombre.  Y alguien parecida a aquélla versión que era yo aunque sólo en parte. 

II

El Javier de ocho años después, me arrastró desde la cocina hasta la sala de estar previa al dormitorio y apoyó mis dos manos sobre el espejo, junto con todo el resto de mi cuerpo.  Por detrás, comenzó a acariciarme y a susurrarme cosas al oído mientras me miraba en el reflejo.  Escondí el rostro. Cerré los ojos.  No podía, realmente, no podía entender cómo era capaz de haberme llevado al mismo lugar donde ocho años atrás había estado parada, arreglándome, y le había preguntado qué le pasaba.   

Ahora, con 27,  lo entendía todo. Todo lo que antes, con 19, no. 

- No podés ser tan hijo de puta, acá me traés - le dije, tratando de hablar por encima de todo lo otro que estaba sucediendo.  Pero no, ésta vez, no pude seguir. La maraña de emociones no admitía palabras. Estábamos juntos. Atropellados. Llenos de culpa y de deseo.

- ¿Estás segura? - me preguntó, antes de seguir adelante. 

- ¿A vos te parece que puedo arrepentirme? - me quejé, siendo irónica. 

La forma en la que estábamos no admitía arrepentimientos. Yo solamente necesitaba que todo sucediera porque, de irme en ese momento, esto volvería a quedar pendiente. Pendiente por segunda vez. Pendiente para siempre.  ¿Cómo vivir con cualquiera de las dos situaciones? No había una salida correcta, ya no.  Sólo oscuridad. Aprender a convivir con esa parte. Esa mancha en la historia de una vida.  

- Sí. Podés - me susurró, por detrás, mirándome, apoyando todo su cuerpo sobre el mío, deteniéndose en mis caderas con sus manos sólidas grabándose en la piel que las recubre. 

- No puedo.  Ya no me puedo resisitir más - anuncié, con un hilo de voz. 

-  Vení,  por favor - me dijo, un segundo después, agarrándome de la mano. 

Me lo quedé mirando un instante. El cuerpo de Javier se me reveló por completo. Lo miré y lo miré con la fuerza de ocho años de ansiedad consumidos en un descubrimiento.  Su piel, sus brazos, la forma completa de sus caderas... Todo estaba ahí, frente a mis ojos.  Me llevó unos instantes entenderlo. No porque no hubiera visto desnudo a un hombre, más bien, porque ese hombre siempre se me había mezquinado en la vergüenza de su cuerpo. Y ahora, por fin, por fin, se estaba desmigando frente a mi. Me quedé muy quieta. No me atreví a tocarlo. Sólo lo miré y lo miré por segundos que se me hicieron eternos. 

- Que se vaya todo a la mierda - me dijo.  

Igual que me había dicho la primera vez que me dió un beso, hace ocho años, pero ahora con tantas cosas siendo distintas a aquéllos días. Algunas mejores. Algunas peores. 

Javier se acercó a mí, sin dudarlo siquiera un instante más, y me arrancó la poca ropa que me quedaba puesta porque había ido dejándola tirada como migas en un mantel.  

Lo miré sin decirle nada. No podía decirle nada.  Ya le había dicho e intentado explicar todo. Ya había intentado asesinar ese amor en el interior de mi misma. Ya me había escapado mil veces de su persona. Ya le había silenciado los mensajes. Ya había recorrido otras calles del barrio con tal de no cruzarlo. Ya lo había ignorado. Ya había dejado de hablarle por años. Ya había mentido que estaba feliz y bien más de una vez para que no me molestara. Ya había intentando y soportado demasiado.  Ya había visto a la persona que tenía al lado mil veces, ya me había bancado las caras de culo de su parte por notar algo en Javier que no le cerraba.  Yo ya me había enamorado de otra persona, ya había vuelto a sentir cosas hermosas, ya había hecho el amor con mucho amor y experimentado la felicidad del compartir.  Ya se habían jugado por mí sin importar los prejuicios y yo ya me había vuelto a jugar por alguien.  Ya había blanqueado mi propia preferencia con los hombres a la vista de todos y ya no me importaba. Ya me habían elegido entre todas sin que les importara mi edad.  Yo ya quería a alguien más y ese alguien también me quería...  Y nada, pero absolutamente nada, había alcanzado para que esta historia se terminara. 

- Haceme el amor por favor - me susurró, mientras me aferraba a su cuerpo y se hundía conmigo bajo una pila de sábanas. 

En lo que sea de mi vida, quizá no encuentre palabras para explicar lo enormemente simbólico de este momento. 

jueves, 19 de mayo de 2022

El último brindis

Me acerqué al comedor de su casa, descalza y con las botas en la mano, retomando el camino desde la habitación.  Con una copa de vino que me había llevado para tomar juntos después y la mirada de sus mascotas custodiándome.  Acto seguido, nos acomodamos en la mesa de la cocina de su casa.  Me sirvió más vino del que ya tenía acumulado en el cuerpo y se mantuvo en silencio. Un silencio de muerto que yo tampoco quise romper. No tenía ganas de decir nada, principalmente, porque no había nada más para decir.  

Habíamos sucumbido. 

Subí las rodillas cerca de mi pecho y escondí el resto de mi cuerpo en una posición algo peculiar. Me acomodé el pelo con las dos manos y me puse a jugar con el corcho del vino.  No podía creer todo lo que acababa de pasar pero, además, lo que había esperado eso que acababa de pasar. Y al mismo tiempo, tampoco lograba imaginar que finalmente, luego de diez años, habíamos coincidido para esto. 

Con Javier nos miramos largamente. Creo que estábamos esperando a que el otro rompiera el silencio de muerto pero no teníamos adjetivos disponibles para bautizar eso. 

- ¿Estás bien? ¿Todo bien? 
- Sí ¿vos? 
- Sí - dijo, con un poco más de dudas.  

Lo miré muy largamente. Mientras nos terminábamos el vino, Javier observaba y buscaba freneticamente una canción para mostrarme. Me di cuenta que le costaba mirarme y que estaba procesando su propia vida en relación a lo que había hecho conmigo y lo que yo había hecho consigo. A ese momento. A haberse animado a hacer una cosa de esas a los cincuenta años. A haberse cagado en todo con la persona que todo su entorno le había repetido durante ocho años que no se tenía que cagar. 

Entre todos los intentos de tema que pretendió hacer sonar para acallar lo simbólico, colocó una melodía llamada Tennessee Whiskey y subió el volumen altísimo. Ese silencio nuestro camuflado en la música no me angustio, pero me movilizó fibras íntimas los acordes, la melodía, el ritmo, cada eslabón de esa cadena. Es que para mi, le estábamos poniendo el punto final a algo que hacía nueve años arrancamos a escribir y eso no me podía dejar indiferente. Mientras,  Javier insistía en que escuchara la letra, así que le dije que la buscaba en casa.  "Es la mejor canción de amor de la historia, no vas a superar eso, no vamos a encontrar nada mejor", me dijo. 

Escuché la letra de esa canción. Hablaba de su historia personal. Y ahora, al haberme enterado de tantas cosas, captaba nuevos matices de su persona. 

- ¿Estás bien? – le dije, luego de ver que no me podía mirar. 
- Sí - susurró- Me siento raro... Estoy así por eso. No es con vos. 
- Ya se. Es con la culpa que sentimos. 
- Si. ¿Vos, estás bien? 
- Sí- le dije- pero también me siento culpable. No creo que uno se pueda sentir cien por ciento bien.  
- Se me reflotaron un montón de cosas. Por eso estoy callado... No quiero lastimar a nadie y esto se parece mucho a una situación dónde lastimé mucho.  Pero no es con vos. Te juro. 
- Ya lo sé. Pero pensa que no tiene que volver a pasarte lo mismo. Tranqui. Y entiendo que se te mezcle todo. Capaz que hasta te genero rechazo ahora. Todo es válido. 
Me miró y sonrió. 
- Te voy a contar lo que pasó esa noche para que entiendas todo...  - me dijo y me contó aún más cosas que no sabía - Hace años te conté que yo había tenido una pareja y que... 

Mire a un Javier nuevo pero ya no tan cercado. Lo que había pasado un rato antes trazaba una línea entre las buenas y malas acciones pero además entre un secreto que nos unirá para siempre y que aunque nadie lo entienda, me explico más de mi propia vida de lo que pensaba.  Cuando me contó, comencé a entender lo que le estaba pasando. Y traté de no decirle nada más.  Haber mandado todo a la mierda y haber estado juntos, después de esperarlo casi diez años, consideré que iba a ser fuerte aún mismo no nos uniera ningún sentimiento.  

- ¿Confías en mí? - le pregunté- Si. Ni hablar. 
- Bueno, yo jamás te traicionaria. Te prometo que esto se va a morir conmigo. 
- Conmigo también - dijo - Yo no haría nada para que te sientas mal. Ni quiero que sufran los demás. Porque esto no fue en contra de nadie. Esto fue porque nosotros lo sentíamos. Y pienso que podría causar mucho sufrimiento… y no quiero. 
- Entonces, bueno, trata de... Volver a tu cauce ahora, Javi. Te vas a ir encajando de a poco en tu vida cotidiana. Y creo que yo voy a poder hacer lo mismo con el tiempo. Te veo descolocado ¿sabés? 

Me miró. 

- Si. 

- ¿Si? 

Me sonrió 

- Si. Esto ... Era cantado. Hay dos cosas que me mueven a mi. Una de ellas es la culpa y la otra es la sangre. Y vos, petisa, sos tremenda. Pero todo esto me da mucha culpa. 

Me sonreí, muy levemente. 

- Se volvió inevitable desde que nos vimos ese domingo, yo creo. Antes, no.  No te puedo decir nada de la culpa porque la siento. Pero sí creo que vos no terminás de vivir algo para sentir culpa. 

Javier me miró y se rió. 

- Y es entendible - le dije. 

- Yo sé que vos pensas que no soy un tipo recto, que seguro creés que soy un gato, pero es la primera vez que hago esto y me siento.... Raro. Estoy tratando de entender, de... No sé. 

- Yo no pienso que seas un tipo deshonesto. No creo que seas una persona infiel, tampoco. Creo que cada uno se siente en falta con lo que le importa. Yo me siento en falta con una persona que adoro ¿qué te pensás? Pero asumí después de sufrir el últmo mes y medio que, cuando nos cruzamos se re complicaba y que esto era una cosa de vivir escapándose... 

- Claro…  Y no se puede vivir así... 

- Sé que vos no harías esto con otra mujer. Y estoy convencida de que yo no haría esto con ningún otro hombre.  Esto no fue querer joder a los demás. Esto nos llevó puestos a nosotros dos, inclusive... 

Javier me miró con ojos profundos y una atención muy intensa. 

- Pero  justamente, creo que siendo nosotros, a partir de que nos cruzamos la última vez, fue inevitable empezar a tener más presente la idea, y la idea se hizo muy fuerte y... 

- Se volvió todo re contra complicado…  Yo recordé algunas cosas en todo este tiempo y trataba de no pensar en eso. Vos me podés, guacha. Sos muy linda, y directa, frontal, y me resultás muy atrayente...  Pero me da culpa. Me muero de la culpa. 

- Es la primera vez que falto a un compromiso en 27 años. Imaginate que es complicado para mí también…  Nunca sentí tanta culpa como en este momento de mi vida. 

-  Yo soy una persona recta. No acostumbro a hacer esto… y no sé… 
- Yo tampoco acostumbro. No sé qué decirte – le dije. 

Nos quedamos en silencio.  Javier me sirvió más vino. 
- Un último brindis- me pidió. 

Chocamos nuestras copas con los últimos restos del vino.  Nos levantamos y comencé a abrigarme para irme a mi casa. 

- Bueno , llamame para todo lo que necesites que te dé una mano con tu trabajo – me dijo. 

Yo me quedé en silencio y le dije que sí con la cabeza. 

- En todo lo que pueda ayudarte a sacarte dudas de tu trabajo, me consultás – dijo. 

- Gracias por el ofrecimiento – musité y me guardé mis comentarios. 

Producto de mi omisión, el aire se puso un poco tenso, así que lo desvié con un comentario final y enfilé para la puerta. 

Me llamó la atención de que no captara algo esencial en todo ese paréntesis: el hecho de que lo que pasó jamás se volverá a repetir. De que esto fue un final.  Una excepción a la cual nos llevó la vida como una especie de abismo inevitable, pero que todo tiene que seguir como está. 

 Porque, la realidad es que ninguno de los dos quiere esta vida, ninguno de los dos es lo suficientemente frío para hacerles eso a los demás y vivir en paz. Ninguno de los dos, en la superficie, quiere sostener esto ni quiere hacer de esto un hábito. Más bien, todo lo contrario.  Yo estoy deshecha. Me siento muy triste y al mismo tiempo siento que no soy merecedora de perdón.  Pero junto a esa tristeza, también sentí algo que no le puedo explicar a nadie al día de hoy. 

 Considero que a los dos nos hubiera gustado poder evitar o encontrar un mejor modo, pero que reventamos con el antecedente de todo lo pendiente. Y espero que en algún momento encontremos la paz que ambos necesitamos para seguir cada uno con su vida.  Porque después de habernos besado, tocado, acariciado, y de haber exorcizado el demonio de nuestra historia siempre trunca, hasta ahora, lo único que considero nos dará la paz que necesitamos es el silencio y el tiempo. 

Javier me miró, se quedó callado y me preguntó: 

- ¿Segura estás bien? 
- Sí, Javi - le mentí - Vos estás re serio. 

Se rió. 

- Me siento raro. 
- Es normal...  – le dije, a modo de consuelo final – Tranquilo. No me expliques. 
- ¿Vos te sentís así? 
- Claro que sí – le dije, e instintivamente me toqué el lado de la cabeza donde él me había agarrado vorazmente del pelo mientras lo hacíamos. Por dentro, resonaban sus palabras. Sus expresiones. Sus ruidos. Los espasmos de su cuerpo. 

Decidí que era momento de volver a casa.  Y ahora entiendo que lo que sigue es encontrar el camino para poder perdonarme haber sido la que finalmente no pudo controlarlo todo. 

domingo, 15 de mayo de 2022

Las caminatas de otoño

 Los domingos por la mañana, como me levanto temprano aunque no quiera, tengo una rutina que sí deseo: salgo a caminar. En la oficina paso mucho tiempo sentada y creo que los fines de semana son una oportunidad para, por lo menos, caminar diez cuadras.  No  es mucho, porque viajo toda la semana al trabajo, pero es caminar desde otro lugar y sin los apuros cotidianos. 

 Además, esa caminata constituye el único espacio donde estoy sola y puedo decirme todo lo que quiera a misma. Puedo apreciar al paisaje y amar todos sus detalles. Apreciar el sol, el viento pegándome en la cara, las mariposas que por lo general me cruzo en el camino y el andar de algunos vecinos que van a hacer las compras temprano.  Es un momento que valoro mucho en la actualidad porque siento que me ayuda a reconectar conmigo antes de una nueva semana, un momento que utilizo para envisionar lo realmente importante. No se trata de compartir nada con nadie, como suelo hacer los sábados o durante la semana, sino, de estar conmigo; de tener un espacio exclusivo para el diálogo interior. 

Desde que en una de esas caminatas de otoño lo encontré a Javier por casualidad, siendo  que venía de jugar a la pelota, me di cuenta que ese recorrido se volvió más necesario aunque no sea lo mismo.  Ahora mis caminatas de domingo son la licencia que me tomo para poner en orden mis pensamientos, pero con un poco de reparo porque entiendo que la posibilidad siempre está, por lo que procuro no volver a pasar cerca de su casa por las dudas. 

Ayer mismo, de camino a otra parte, estaba esperando el colectivo muy cerca de mi casa y me encontré con algunas vecinas que me sacaron conversación. Mientras hablaba con ellas, Javier pasó en el auto, me miró sostenidamente y siguió su camino. Yo también lo miré sostenidamente, sintiendo, una vez más de entre tantas, que todo se me escapaba.  Y pensé , acto seguido, que de nada sirven mis esfuerzos para salir a caminar por otro lado del barrio los domingos a la mañana si él, subido a ese dichoso auto negro y moderno, aparece cerca de mi puerta. 

De camino a mi plan de sábado por la tarde traté de no pensar más en todo eso y concentrarme en disfrutar el día más allá del exabrupto de habérmelo cruzado, de habernos mirado como dos idiotas, yo rodeada de vecinas cotorreando sin cesar y él pasando de camino a otra parte, siempre de camino a otra parte, pero dando cabeceadas para confirmar que sí, que era yo, mirando y volviéndose nuevamente como si le quedaran dudas. 

Ya con la mente en otra cosa, un rato después encontré en una mesa de exposición la novela de Eduardo Sacheri, Lo mucho que te amé, y decidí ojearlo un momento. Abrí una página al azar, posicioné mi mano en un párrafo cualquiera, y leí lo siguiente: 

"¿Y lo que siento por usted? ¿A qué está destinado lo que siento por usted? ¿A quedármelo escondido como estaba hasta ese domingo cuando se lo solté de mala manera en la cocina de su casa? ¿A proclamarlo, y con eso generar un escándalo y un montón de sufrimiento en personas a las que quiero con toda mi alma? Tal vez ni una cosa ni la otra. Tal vez eso que siento por usted está destinado a que solamente usted lo sepa. Me doy cuenta de que me estoy enredando, Ofelia. Avanzo y avanzo en estas palabras, y no llego a ningún lado. ¿Hay adónde llegar? ¿Dónde termina esta historia?"

Cerré el libro con violencia y lancé un insulto por detrás del barbijo.  Me alejé del stand frustrada, pensando qué clase de enredo tejió el destino para nosotros y por qué tarda tanto en cerrarse para siempre, es decir, de resolverse como sea que se tenga que resolver.  Pero un momento después me dije que quizá lo que yo siento por Javier, y lo que a él le pasa conmigo, no tiene destino más allá de que el otro lo sepa.  Lo sepa y punto. Lo sepa y viva con ello, y haga el amor con otros, y viva con otros, y viaje con otros o para ver a otros y quiera a otros. Lo sepa y no pueda hacer nada con eso. Sí, eso pensé, que quizá lo que él hizo en mi vida hace un tiempo muy breve haya sido cerrar esta historia diciéndome: " hace casi diez años que estamos conteniéndonos" para que esa sea la última frase que utilice cuando cuente, un buen día, toda esta historia. 

De otra manera ¿qué? ¿Podré encontrar la calma absoluta que preciso en cuanto a esto en alguna de mis caminatas de otoño? ¿Cuántas cuadras hace falta caminar para decirle al otro que no haga más silencio o que de hacerlo éste sea para siempre? 

No en vano, hace casi un año atrás, en "Un mes después" escribía esto: 

Ojalá que en alguna otra vida las cosas para nosotros sean más fáciles y efectivamente nos podamos tomar los vinos que queremos, nos podamos permitir una charla, nos podamos reír mientras comemos algo rico y nos contamos anécdotas. Nos podamos recomendar vinos, cine y arte sin problemas.  Ojalá que en alguna otra vida nos volvamos a cruzar y no haya imposibilidad de su lado ni dolor y hartazgo del mío. Porque en lo que a ésta respecta, yo me rindo. 

Ambos sabemos, ahora si, lo que le pasa al otro, lo que desea, lo que deseó casi por estos diez años; pero es como si ninguno de los dos pudiera animarse a dar el salto hacia el otro en el mismo momento.  La vida nos permitió compartir un vino y ese vino fue el puente para comunicar todo el deseo que nos acompañó, de formas más o menos fuertes, por temporadas más o menos intensas, a lo largo de estos años.  Sí, nos contamos anécdotas, nos recomendamos lugares para comer, nos reímos como dos idiotas. Pero cuando se trató de hacer realidad también en un nivel físico y concreto la atracción, yo admito que no pude dejar todo de lado. Y cuando lo dejé, sí, lo dejé, con todo lo que eso implicó, Javier no pudo dejar de lado su parte.  Como si cuando uno explotara el otro no pudiera sumarse, por miedo, o un sentido superior de lo inoportuno, a su fuego. 

Pero también, es como si, de forma permanente, el calor de las brasas nos recordara que esa pasión existe; que la llevamos atragantada y que pese al silencio estará ahí.  Hasta que algo suceda y esa pasión se muera. O nos acompañe para siempre. 

La verdad, ya no lo sé. Pero... ¿importa saberlo? ¿De qué sirve creer que sabemos algo cuando, en realidad, frente a esta historia, siento que nunca sé dónde puede terminar? 

Los colores del pasado reciente...

Por suerte, hay una constante que se mantiene en mi vida , dentro de lo raro que eso suena. Y es la de aceptar humildemente no haber sido más que intervenida. Es decir, el hecho de estar viviendo una vida sin joder al otro y que de pronto aterrizara un pendiente de aquellos para ponerla de cabeza. El hecho de saber que hay cosas que aunque no las busquemos nos vienen a buscar a nosotros. Eso sí que es una gran enseñanza.  

Hasta abril, venía viviendo una vida en un trabajo que detestaba dentro de un estudio contable. Trataba de no pensar. Y Javier, con su aterrizaje, me obligó a pensar en todo. En todo lo del presente y en todo lo del pasado. Suena raro pero me recordó quien era hace años atrás, y me di cuenta que había cosas buenas que había dejado morir. Eso me hizo pensar mucho y tomar algunas decisiones.  

Hoy, en mayo, algunas cosas cambiaron. De las íntimas, digamos que Javier dejo abierta una puerta que no cerró. Pero que, quizá, no se cierre nunca. El saber todo lo que me contó me ayudó y ayuda a sobrellevar las cosas de otra manera. Con menos dolor y más capacidad de previsión. Uno sabe cuando se va a callar y ya sabe que frente a determinadas cosas huira. Uno sabe que el tiene lo que yo llamo "el criterio del azar", es decir, que espera que la casualidad de la vida nos reuna porque no se puede contener pero al mismo tiempo no puede hacerse cargo de lo que quiere y desea. 

Después de todo lo que pasó los silencios no revisten odio sino que juegan como el disfraz de la prudencia. La distancia no significa olvido si no que hace las veces de anestesia. 

Pero todo, siempre, todo, está ahí. El sacrificio consiste en seguir haciendo una vida lejos de algo que sabemos es desaconsejable pero que al mismo tiempo te mata de deseo.  Ese alguien que es como una cita a la que asistimos para destruirnos por momentos. Y al mismo tiempo ese alguien que es tu historia. Quien te vio crecer y con quién tuviste una confianza muy fuerte y a quien amaste como a ningún otro. Que te marco en todos los sentidos y hasta casi diez años después, cuando lo cruzas de casualidad desde su auto, y te ve rodeada de vecinas, se te queda mirando y vos te lo quedas mirando durante esos segundos que son distancia, silencio y tiempo. 

Después de este encuentro último , entendí algo: si vivimos con esto diez años, se puede hacer como si nada para siempre.  Porque el eje no está en el tiempo que pase, el eje está en que pase el tiempo que pase, todo se define en lo que hacemos cuando estamos solos frente a frente. 

Yo no sé, siendo sincera, si algún día tendremos la oportunidad de poder mandar todo al cuerno, dentro de nosotros mismos, y coincidir en tiempo y lugar. La verdad, es casi una utopía teniendo en cuenta cómo están las cosas.  Pero lo que si sé es que cada uno ha seguido construyendo otra cosa para su vida. Y eso es también correcto. 

La vida no nos ha reunido hasta ahora porque creo que de alguna manera sabe que nada bueno sale de dos personas que no se pueden decir que no.  Que se dicen si, o que no se dicen nada, pero que jamás han podido decirse no y sostener ese no. 

miércoles, 11 de mayo de 2022

" Mirame y dime si ya me olvidaste...."

 - ¿Vos estás con alguien? - me preguntó Javier, aquél día. 

- Sí - le dije, con un asentimiento de cabeza. 

Me miró, sin ningún tipo de reacción en especial, pero sí con una curiosidad palpable. 

- ¿Es grande? - preguntó. 

Esa pregunta me resultó tan obvia viniendo de él que no me sorprendió en lo absoluto. 

- Sí, es más grande que yo - le contesté y lo ayudé a acomodar la picada en la mesa. 

- ¿Cuántos años se llevan? - quiso saber. 

Lo miré, me reí y sacudí la cabeza. 

- No, no querés saber eso, Javi - le dije. 

- Dale, boluda... Decime por favor - insistió, sonriéndome. 

- Veintiséis años - le dije y acomodé la picada de pura maña. 

Levanté la vista para mirarlo y Javier me miraba con una mueca que rozaba la burla y la ironía. 

- ¿Cuántos años tiene? Pará - me dijo, como si quisiera pensarlo mejor.  

- Cincuenta y tres - espeté y lo miré encogiéndome de hombros. 

Me miró, hizo una mueca junto a un asentimiento de cabeza, y se sentó a la mesa conmigo. 

- ¿Vos estás bien con él? 

- Sí. Si no, no estaría con él. 

- ¿Y la pasas bien con él? 

- Es una situación relajada, pero sí.  Cuando podemos compartimos. 

Javier me miró con los ojos bien abiertos, los abrió en grande. La imagen aniñada y tradicional que se había hecho de mí, por puras suposiciones a lo largo de los años y un poco por los cambios ocurridos en todo ese tiempo, comenzó a esfumarse dándole pie a la realidad de las verdades decisiones. 

- Sí que sos hija de puta, eh... - se carcajeó. 

- Nah - le dije y le hice un gesto de paz y amor con la cabeza. 

Se quedó callado y lentamente comió algunos pedacitos más de salame y de queso. 

- ¿A qué se dedica? - me preguntó. 

- Es médico - dije - Sí, ya sé, no tiene nada que ver conmigo pero... tiene que ver... 

Sonrió levemente. 

- ¿Se conocieron por tu hermana? - me preguntó. 

- Algo así. No quiero contar toda la historia - le dije, revoleando los ojos - En resumen, tiene esa edad, está separado hace años, y tiene una hija. Nos conocimos en 2019. Nos separamos un tiempo. Y ahora... nada, segunda temporada. 

Asintió con la cabeza, mirándome serio. 

- Una hija... - musitó. 

- Si - le dije. 

- ¿Te debe gustar, no? 

- ¿Qué? 

- Estar con una persona grande... Porque ya sabés cómo es todo y si no, no estarías... 

Me llamó la atención esa observación. 

- Me gusta él. No era mi plan en la vida estar con un tipo de 50 años, que era la edad que tenía cuando nos conocimos. Mi plan era vivir. 

- Entiendo... Pero sabés lo que es, cómo es, digo... 

- Sí, claro. Lo que pasa es que él es un hombre bueno, es buen tipo conmigo - admití - y... es brillante. Culto, inteligente... Ama lo que hace. Y todo eso es lo que más me gusta a mí... 

- ¿Puedo hacerte una pregunta? 

- Sí - le dije. 

- ¿En lo sexual tampoco tenés problema? Viste que no es lo mismo.... que con un chico así de tu edad... 

Me reí. 

- Ya lo sé, sí. 

- ¿Y no te molesta, no te jode eso? 

- No, no, es parte de estar con una persona que te lleva algunos años... Es una condición que, a veces, puede darse. La verdad es que no es un problema para mí. Por ahora, al menos. 

- ¿Cuántos años tenés, vieja? - me cargó. 

- Vos, viejo, ¿cuántos años tenés? - lo burlé. 

Se rió y se quedó callado. 

- Yo no estoy tan bien como vos... 

- ¿En qué sentido? ¿No la pasás bien? 

- No la paso... 

- ¿Eh? ¡Naaaah! 

- Te juro - dijo. 

- ¡Javier, vos justamente, no podés decirme eso! ¡Sos el tipo más sexual que yo conozco! 

- Te lo digo, sí, te lo digo... - expresó. 

Me lo quedé mirando en silencio. 

- ¿Puedo ser curiosa y saber qué te pasa? ¿Vos no querés? ¿Ella no quiere? Porque, digo, entiendo que quizá a su edad no es lo mismo... Pero... es necesario en una relación ¿no? 

- Sí. Claro que lo es, por supuesto... Pero... no se da. 

- Pero... buscala, sonso, proponé - le dije, alentándolo - O sea, no sé... hacé algo boludo... 

Javier se desarmó de risa. 

- No es lo mismo... Me acompaña.... Es buena mina, pero... no.... No sé.  No está el sexo.  

Suspiré y lo miré sin saber qué decirle. 

- Hay momentos en la vida donde uno no tiene tan presente el sexo. Tiene otros problemas. Y el deseo baja. Además, las mujeres, tenemos unido el deseo a la actividad hormonal y a veces sucede que incluso si tomás pastillas anticonceptivas el deseo baja y bueno - argumenté. 

Me miró seriamente, con escucha atenta. 

- Sí, ya sé todo eso... Pero esto es diferente... 

- ¿Hace mucho que pasa? O sea, que la situación viene así, no quiero detalles... - lo atajé. 

- Mucho. Un montón. La última discusión grande que hubo fue por eso. Nos íbamos a separar por eso - me dijo. 

Lo miré y abrí grande los ojos: 

- Nooo , Javier , ¿cómo te vas a separar porque no tenés buen sexo? ¡Estás loco! 

- No sé, no sé, pero... Es algo muy humano todo lo sexual, sale para afuera...  - exclamó, riéndose - Lo que pasa es que... para mí es muy importante... 

Lo miré, con un gesto burlón, y le puse cara: 

- Ya sé lo importante que es para vos... - le dije - pero nada, me parece que tiene solución. 

- ¿Y cuál es la solución? 

- Hablen. Ténganse paciencia. Nada, o sea, hace años que están juntos... Bueno, sabrás qué hacer mejor que yo... Remala, boludo. 

Javier se rió levemente. Sacudió la cabeza. Me dió la sensación de que ya había intentado varios caminos. Pero también pensé que cuando uno se queda al lado de alguien , si no es por sexo o comodidad, sería por amor. Consideré que la quería. O al menos, quise pensar eso. Que la quería a ella y que a mí no. 

- No, es que no se trata de remar... No sé. 

- Hay gente que es re tranqui, que se vuelve tranqui con los años.... - le dije, a modo de consuelo - Yo soy tranqui, también

- ¡Nooo! ¡Callate! - me dijo - ¡Vos no sos tranqui, pendeja! ¿Sabes por dónde tenés las hormonas? Por allá arriba - dijo, señalando el techo de su casa. 

Me reí, sintiéndome atrapada. Es cierto que soy muy reservada con ese aspecto en la vida cotidiana pero que para mí el sexo tiene una importancia muy fuerte en la pareja. Aunque no estaría con cualquiera por sexo, cuando alguien me gusta por quién es, mi interés sexual aumenta en toneladas. Y lo demuestro. Por eso, más de una vez, Galeno que es con más profundamente me he mostrado, se ha llevado una sorpresa. 

- Son cosas diferentes - dije. Yo tengo una edad diferente, pero al lado, tengo una persona grande también... Y entiendo que no es lo mismo que si tuviera al lado a un chico de mi edad, por eso te digo que hay que hacer esas observaciones... Yo no cambio lo que elegí por un chico de mi edad. La calidad es superior y me gusta eso.  Bueno, vos en tu caso, lo mismo...  Tenés que ver lo que para vos es importante. Si pesa mucho el sexo. O no. 

- Pero vos la pasás bien... 

- Sí. 

- Bueno, yo no. O sea, puedo vivir sin tener sexo... Pero ... Es necesario en una relación, que haya deseo... 

- Y si... Yo pienso lo mismo... 

- Pero bueno, también por eso hay muchísimos problemas. La última vez que dije yo me separo, fue por eso, ya te digo. 

- No me meto - musite. 

- Te cuento. 

- Y bueno, querido.... No sé que querés que haya con todo ese escenario- ironicé - O sea, yo no me voy a acostar con vos para consolarte. Ni loca. 

Javier se rió a carcajadas. 

- Pero no, pelotuda, te hablo en serio, en confianza.... - me dijo, y nos morimos de risa. 

Suspiré. Me había puesto a la defensiva porque el tema me molestaba. Porque sabía que de estar juntos esos no serían inconvenientes. Porque me dolía el cuerpo de no poder acercarme y porque siempre quería más. Y porque nada de eso que estaba sintiendo estaba bien. 

- Bueno, estúpido, no sé... Me decís todo esto y pienso que quizá como sos tan idiota creíste que me podías tomar para eso... 

- Noooo, por favor. ¿Estás loca? ¿Por qué siempre pensás mal? 

- Porque vos sos un ser del mal - lo burlé - y porque, obvio, si estás estresado, insatisfecho, y te sentís como que no sabés qué hacer, bueno... Quizá pensaste que si teníamos sexo te podías sentir mejor... 

- No, nena- me dijo - Soy una persona también... No todo lo que quiero es coger, aunque me importa, sí... No te voy a llamar para coger ¿estás loca? 

- Bueno, está bien... Mala mía. Perdón - dije. 

-  Igual, sí, más vale... Me muero de ganas de estar con vos. Pero no es porque en lo otro todo va mal. Son dos cosas diferentes. 

- Bueno, entendí, entendí. No más detalles, por favor - le dije. 

- Siempre pensaste que lo único que quería era coger con vos, siempre... Seguís pensando eso. 

- ¿Y qué es , si no, Javier? Daaale - lo burlé. 

- La química, boluda. Todo esto. Esto que se genera, cómo sos vos, cómo soy yo cuando estás vos... ¿Si me quiero acostar con vos? Sí, me muero de ganas. Pero es un todo. Es tomarse este vino, es charlar y que no me perdones una, hija de puta - se rió - es que me mires como me mirás... Estás madura, relajada, hecha una mujer hermosa. 

Se encogió de hombros. Lo miré. Suspiré. 

- Entiendo. Son dos cosas diferentes, todo va por dos caminos distintos. Todo son dos cosas diferentes - le dije y suspiré: Javier, nosotros si nos acostaríamos sería de terror... 

- ¿Cómo? ¿Por qué? 

- No te sientas ofendido, dejame explicarlo - le advertí - ¿Vos viste lo que nos pasa, no? O sea, nosotros en este momento estamos hablando y vos me estás mirando, y tu cuerpo se acerca, y el mío igual... - explicité - esta cercanía, en otro ámbito, sería una explosión. ¿Nunca pensaste en eso? Para mí, es un punto de inflexión. 

Javier se rió. 

- Seh - dijo - Nosotros dos, sabés qué - dijo. 

Me reí y se me enrojeció el rostro. 

- Bueno, por eso, no sé si estaría tan bueno... muy fuerte todo... ¿Que haces después? 

- ¿Queeee? - exclamó - ¡¿Sabés lo bueno que estaría?! 

- ¿Cómo sabés eso, cómo estás tan seguro? Capaz que no... 

-   Porque todo lo que hice me gustó mucho más de lo que pensaba que me iba a gustar... 

Se acercó a mi rostro 

- Esta proximidad así - dijo, haciendo un gesto - ya me gusta. 

Se me encogió el estómago.  A mí también me gustaba y lo peor, me gustaba mucho. Volvió a alejar su cuerpo y me miró con un gesto de obviedad. Cuando se acercó y se alejó, quedé frustrada. Quería eso lo deseaba. Como una montaña de chocolates. 

Tomé otro poco mas de vino y me lo quedé mirando. 

Cuando devolví la copa a la mesa, me acarició la mano y me la tomó. Me sentó en su falda igual que como me había pedido hacía ocho años. Yo le había dicho que no, lo recuerdo, y ahora no pude negarme en lo absoluto. 

- Estabas lejos, ahi - dijo. 

- No puedo estar tan cerca - le dije, en un susurro. 

-Te prometo, pero te prometo, que no te voy a meter mano - me dijo, y cumplió - es que me gusta que estés cerca. No es sexual, esto, no es sexual. Es mimo. 

Y lo cierto es que los mimos que le siguieron no fueron con contenido sexual. Fueron con contenido mucho más humano que físico y eso fue la parte más difícil del asunto. 

Olisqueando el perfume que me salía del cuerpo, sonrió y me dió un beso en el hombro.  Le acaricié la cara y me acurruque un poco más en su cuerpo sin decirle nada. Pasados unos instantes, me reincorporé. 

Apoyó todo su rostro en el interior del hueco de mi cuello. Me rozó , me dió algunos besos muy castos a decir verdad, mucho más de lo que yo esperaba, y me abrazó.  Suspiró con un enorme alivio mientras nos quedábamos así, largo rato, en un silencio lleno de palabras.  Ese contacto significó tantas cosas. 

Deseé con todo mi corazón que, ojalá, la vida, en algún momento, nos encontrara en esa misma situación sin tantos problemas. Porque todo lo demás era lo que había estado soñando, esperando, necesitando y anhelando secretamente durante ocho años. 

Todavía, y de hecho, por fuera de todo lo demás que he seguido abonando en este tiempo, no puedo borrarme la imagen de la mente. Es una imagen nada más, muy sutil, que tiene sin embargo la fuerza de una demolición. 

Se trata de la habitación de Javier, de la misma casa en la que habíamos estado ocho años atrás, cuando sucedió la primera agachada. La imagen de ese cuarto me dió escalofríos. Me pareció mentira, casi de otra vida, casi magia, verme sentada en su cama mirándole la ropa que había dejado separada en una silla para ir al otro día a trabajar.  Camisa blanca y pantalón de jean con cinturón.  Esa es la imagen de algo que no puedo explicar nunca del todo con palabras. 

Significa que pasaron ocho años. Significa que volvió a encontrarnos la vida. Que volví a ese lugar para intentar resolver algo que nuevamente quedaría pendiente. Que ya no aguanto más está deuda, que estoy harta de los pendientes. Que el tiempo no hizo una mierda. Y que a veces el destino te pone en situaciones que nadie más entendería. Donde se mezclan todos los porqués y los para qué que alguien pueda imaginarse. 

domingo, 1 de mayo de 2022

El punto sin retorno

Pasé años de mi vida pensando que él no se iba a acercar y hace un mes - el mismo se compuso de otros sobresaltos después de su confesión - estoy juntando los vidrios de esa cajita de cristal donde estaba metido este asunto. 

En todo este tiempo me di cuenta que siempre tuve miedo a que pasara esto. Lo charlé en terapia. Lo medite conmigo misma. Lo hablé con gente que, en su momento, para mí era de mucha confianza.  Y siempre terminé por dejarlo de lado, por pensar : "esto nunca pasará".   Francamente jamás pensé que él necesitara de tanto tiempo para ponerle palabras a algo así, y lo mejor, pero también lo más sano, era poder convencerme de que todo estaba perdido para construir nuevamente mi vida. 

Ocho años después,  el quiebre sucede, su quiebre.  La persona que me parecía irrompible se desglosa frente a mí sin dejar puntos oscuros. Ya no. Me explica todo, lo terrible y lo bueno que ocurrió en esos años. Me explica, por si me quedan dudas, aquellos dolores que traía encima y que - creyó , erradamente - yo no había sabido interpretar hace nueve años atrás.   La caja de cristal revienta en mil pedazos y todo lo que contenía, tan preciosa y delicadamente, se desvanece en el aire. 

La vida que yo llevaba hasta entonces, hasta ahora, se me sacude. La vida que Javier elegía hasta entonces, hasta ahora,  se modifica, la modifica. 

Él le pone palabras a todo lo que sospeché durante tantos años y yo las recibo con aturdimiento y estupor. Lo que dice, lo que me dice, representa un punto sin retorno para los dos. Ni él está dispuesto a volver sobre sus palabras ni yo estoy capacitada para entender ese quiebre hasta pasado un buen tiempo. 

 Ése tiempo está empezando a ser recién ahora. 

II

En el contexto que implica entender el quiebre de un otro, que nos afecta profundamente, una de las escenas que hasta ahora me atormentó consiste en las palabras de Javier referidas a todos estos años de silencio.    Aquéllos años donde estuvimos vedados, cuasi prohibidos, para el otro.  Es decir: él amurallado en su vida, y yo haciendo la mía a conciencia, pero con esa latencia de que no todo era lo que parecía; de que siempre le faltaba algo; de que parecía hacer una cosa y querer gritarme desaforadamente otra a la misma vez. 

No, no lo gritó.  Ahora lo sé, esas cosas no se gritan. Pero ocho años después, lo dijo todo.  Y desde el día donde puso en palabras las cosas más solapadas, no hubo una sola noche donde no pensara en él. Donde no me acordara de todos esos años, de todas las emociones que transité, y de todas las veces donde rogué a un Dios invisible que, por favor, todo el amor que sentía por él se me desvaneciera. 

Hubo un momento, durante estos ocho años, en que llegué a pensar: "bueno, él se va a morir sin poder poner palabras a lo que le pasó conmigo, y yo, me voy a quedar viviendo en un mundo sin la posibilidad de entender esta historia; la vida es así, no todos tenemos revancha".  

El instante donde me convencí de que no existiría el día donde él se levantara y me ofreciera juntarnos, fue una instancia muy dolorosa. Pero, a la vez, fue necesaria para poder seguir adelante con mi vida.  Si bien en su momento la  posibilidad de que Javier se llevara eso consigo hasta la muerte representaba la cobardía absoluta, yo también entendía que un cambio tan brusco en una persona (que siempre se había escapado de las cosas) era realmente imposible.  Tendría que pasar algo muy fuerte, demasiado fuerte, que lo haga estallar; eso pensaba, pero ni siquiera se lo deseaba. Lo pensaba como una posibilidad muy distante de la realidad; casi como una fantasía de las novelas, donde los dos protagonistas se reencuentran después de dos millones de años y tienen una conversación consagratoria para la trama. 

Jamás lo imaginaba como una ocasión real, posible, de libre desarrollo en lo cotidiano. Pero eso sucedió, la cajita de cristal está rota, y acá estoy viendo qué hago con todos los vidrios sueltos. 

Recapitulo estas noches del pasado, las más oscuras y tristes, donde el silencio me quemaba entera. Pensaba qué hubiera pasado si le decía una cosa u otra, pensaba qué hubiera pasado si lo besaba en un momento de desesperación, si le mandaba un mensaje una noche que me ponía en pedo, si lo encaraba y le decía que era un cobarde de mierda.  Pensaba en todo. En todo lo que había sido y en todo lo que hubiera podido ser y no fue.  Hasta que un día decidí  que dejar de pensar en todo eso era lo único que podía hacer con mi vida.  Y lo hice. 

Más de una vez, lloré en silencio por haberme quedado callada, por sentir que no había dicho o hecho lo suficiente. Por no tener el valor de encararlo y decirle: " te amaba, no seas cobarde" cuando ya habían pasado algunos años.  Pero al mismo tiempo, entendía que quizá él se había olvidado de todo eso, que quizá ni tenía la necesidad de hablar conmigo.  Me repetía que podía estar volviéndome loca, casi obsesionada con una persona que estaba distante de lo que me animaba a hacer.  Sentir la locura tan cerca me dió un poco de miedo. Creo que la sola posibilidad de que esto se hubiera convertido en una duda eterna me asustó.  Consideré entonces que debía sepultarlo, a Javier y a sus dudas, en el cementerio de mi mente. 

III

Esa mañana de domingo, cuando me levanté hace un mes, yo no sabía, no me imaginaba ni cerca, lo que iba a pasar. Me levanté como cualquier mañana común, pensando en el presente y en los desafíos de mi vida hasta ese momento. Me levanté pensando que Galeno estaba de guardia, que nos habíamos despedido la noche anterior, y que ojalá le fuera bien. Me levanté pensando en mi sobrino, en los vencimientos de las tarjetas de crédito, en mi antojo de tomar Coca Cola y en lo lindo que estaba el sol, maravilloso como siempre, en otoño. 

No hubo un solo instante, previo a salir de mi casa, donde Javier me poblara el pensamiento. Al contrario, recién cuando estuve rondando su territorio, por causa de comprarle un regalito a mi sobrino, pensé que quizá estaría en su casa desayunando.  Una pequeña parte de mi fantaseó con la idea de que justo en ese mismo instante saliera de su casa, casi porque sí.  

Cuando escuché el bocinazo, es decir, a Javier llegando a su casa, mi mente quedó en blanco. E incluso en ese momento, donde acaba de pasar algo totalmente inesperado, no tuve la capacidad de imaginar una confesión.  Tantas veces habíamos tenido lo que parecían unos minutos previos al estallido de una bomba y eso nunca había cambiado nada. Tantas veces, en ocho años, nos habíamos mirado como rajando la tierra y, sin embargo, uno de los dos había dado vuelta la cara y seguido adelante con su vida, con su tiempo y sus obligaciones. 

 ¿Por qué, entonces, pensar que esa mañana de abril después de ocho años de espera oculta sería la excepción? ¿Por qué pensar, sin ir más lejos, que tendríamos revancha? 

IV

Lo que queda, a partir de ahora, es tomar una decisión y vivir con ella, como sucede a menudo con todas las decisiones que tomamos en la vida. Hace ochos años yo tomé la decisión de renunciar a la persona que más había amado en el mundo porque no tenía ni tuve, ni pude elegir, hacer algo mejor.  Renunciar a ese amor demoró mucho tiempo. Fue un proceso muy doloroso. Que me trajo muchas consecuencias sobre las ideas que dejaba el amor y que se tradujeron en haber corrido toda la vida en dirección contraria a enamorarme de nuevo. 

Hoy, ocho años después, no sé qué decisión voy a tomar. Me lo planteo a diario. Javier y yo tenemos la posibilidad de darle a esta letanía que duró tanto tiempo un final diferente. ¿Podemos? ¿Está bajo alguna excepción? ¿Se contempla? ¿O es que seríamos juzgados como dos idiotas comunes y silvestres? 

Esto representa para mí mucho, pero mucho más, que una simple calentura. Esto no se trata de que me desee, solamente, como podría hacerlo alguien más. Esto no se trata de desearlo, como yo podría desear a alguien más, esto se trata de ser exactamente nosotros dos metidos dentro de una misma burbuja ocho años después de aquéllos días. 

Se trata de la renuncia de hace años. Se trata de la imposibilidad alrededor de esta historia. Se trata de todo lo que quise hacer y no pude. Se trata de todo lo que Javier quiso hacer y recién ahora me está confesando.  Se trata de que hay otros, que a su manera, están en nuestras vidas y compartiendo con nosotros momentos importantes, que estuvieron ahí, siempre que el otro no estaba.  Siempre que estábamos como encarcelados en la vida elegida, a veces por cobardía, a veces por resignación... pero siempre, tratando de no lastimar, de no perjudicar. De hacer doler lo menos posible. 

Esto se trata de que todos los gestos que soñé durante ocho años, repleta de dolor, están sucediendo. Que esa ruptura haya sucedido, cambiando todo lo que podía pensar de ese pasado. Se trata de que la única persona que amé de una forma incluso más fuerte que yo misma me esté diciendo, ocho años después, todo lo que Javier me dijo. 

No podría explicar lo que siento al pensar que rompí buena parte de esa barrera que nos separó por años. No podría explicar tampoco la sensación que me puebla cuando estoy cerca de su casa. Cuando lo observo mirarme por redes sociales. Cuando me llega un mensaje y le tengo que decir que con lo que me dijo me complicó y me puso de cabeza toda la existencia. 

La infidelidad, para mí, realmente nunca fue una opción. Siempre fui una persona leal en mis relaciones, de todo tipo o color. Siempre tuve incluso una lealtad con los otros, que, francamente, quizá no merecían en esa medida. Pero también siempre se trató de un compromiso conmigo misma respecto de lo que quería ofrecer en mis relaciones. De quién quería ser cuando llevara adelante una relación de la índole que fuera. 

V

Javier instaló su confesión en mi vida hace un mes. Después de ocho años de múltiples desencuentros, bastó que estuviéramos solos en una misma habitación, por primera vez luego de todo lo ocurrido, para que volviéramos a besarnos como dos desaforados. 

No, no se trata de lo que parece que se trata.   Esto se trata en realidad de algo que se llevó por delante la vida de nosotros dos. Y que siento que, de no resolverse ahora, sea como sea, me va a perseguir para siempre. Todo el resto de mi vida pasará a tener el componente de haberlo reencontrado y de haberle dicho sí o no. 

Por eso, para mí, en lo personal, en todo lo que hace a esta historia, es una decisión tan delicada.  No se trata únicamente del dolor que se puede producir en los demás. Se trata de un deseo con el que cargué ocho años de mi vida, con una agachada que tuve que ver pasar por delante de mis ojos, y que ahora, se acaba de difuminar. 

El muro que silenciosamente nos separó a él y a mí durante ochos malditos años está roto.  Profundamente roto.  Hagamos lo que hagamos, eso es lo que realmente ya no tiene vuelta atrás.