viernes, 27 de septiembre de 2019

" Aquiles por su talón es Aquiles"

Hoy llegué de trabajar, después de decidir falta la Universidad para poder quedarme estudiando, y sólo estaba mi padre en mi casa. Mi madre, cuidando de mi sobrino, todavía se encontraba fuera por lo que teníamos tiempo inusualmente a solas. Una vez tomé un ibuprofeno, y dispuse cosas que había comprado en el supermercado para tomar la merienda consigo, no sé muy bien cómo salió el tema de Galeno, pero salió.  

Porque aunque suene extraño, pese a como están dadas las cosas, mi familia pregunta por Galeno. Mis padres supieron después de un tiempo promedio al verme usar mucho el celular que chateaba con alguien y se fueron enterando las características de ese alguien.  Mi madre se mostró, como es sabido, vaticinando lo peor, la parte más fea, como también, la más peligrosa. Mi padre, por su parte, no sin dejar de lado esas consideraciones, hoy por primera vez me habló a solas sobre Galeno. 

- ¿Viste fotos de él? - preguntó. 

- Sí, sí claro. 

- ¿Es canoso? - sonrió, para picarme. 

- No, no es tan viejo... - le dije, riéndome. 

- ¿Cuántos años tiene? ¿Cuarenta? 

- No

- ¿Cincuenta y siete? 

- No, no. 

- ¿Cuarenta y cinco? 

- Mmm, no - espeté. 

- ¿Cuarenta y ocho? 

- Quien dice cuarenta y ocho, dice cincuenta - le dije. 

- Ah, uh - dijo, poniendo cara de padre, callado, por un momento - Y vos ya casi tenés veinticinco... Mmm - dudó. 

- Ya sé que me vas a decir que es mucho... - lo atajé. 

- No, no - me contradijo - creo que uno como padre ya quiere que sus hijos sean felices. Y... es una diferencia, sí, pero... No sé, qué se yo, Veinte... - suspiró -  Decile eso a éste tipo, que yo quiero que seas feliz porque si te veo llorar lo tengo que ir a buscar en avión para cagarlo a trompadas y voy...  - esgrimió. 

Nos reímos. 

- Yo puedo respetarlo como profesional, puedo respetarlo como tipo que la vivió, porque la habrá vivido, puedo respetar que se formó, que fue a la Universidad, que tiene una hija y todo lo que vos quieras... - argumentó - pero acá hago otra lectura de las cosas. Hay muchas cosas que tenés que ver en esta situación. Ojo, quizá es un tipo macanudo, pero no te voy a negar que me extraña la situación, me cuesta que me cierre qué es lo que quiere... Yo tengo casi cincuenta y cuatro años, vos sos mi hija, y de solo ponerme a pensar que me separase de tu madre y me gustara una chica de la edad de alguna de mis hijas, me choca... 

- Sí, es entendible, sí...  A mí me parece mucha diferencia pero, cuando hablamos, la verdad es que no se nota. Al principio pensé que iba a ser un impedimento, porque imaginaba que iba a ser un tipo retrógrado, pero sin embargo, no es así. Es un tipo que tiene una mentalidad muy abierta en los temas de la actualidad, que se puede discutir, que se abre al debate. 

- El mayor desafío no va a ser conocerte y ver que sos la mina que sos. El mayor desafío va a ser que ya no tiene balas para perder.  Y más porque, a mi criterio, ya entendió que ésta jugada con la billetera  ni con la facha, la salva. Y lo que no me cierra es, justamente, eso. Si vos me decís que el tipo se quiere acostar con una pendeja, yo lo entiendo. Pero a mi me da la sensación de que a vos te gustaría tener una pareja, realmente, en caso de que te llegue a pasar algo con él; yo no sé si solamente querés acostarte con este viejo... ¿entendés? Entonces, no sé bien qué es lo que quiere... Lo habrá pensando, supongo, a la edad que tiene, qué es lo que quiere... Porque si no, es raro... ¿Qué sentido tiene? ¿Me entendés? ¿Qué, el tipo se encandiló con vos y qué...? ¿Me entendés? - preguntó. 

- Si, si entiendo - me limité a decir. 

Porque la realidad es que todos se hacen demasiadas preguntas. Y yo, en este momento, sólo quiero ir respondiendo a las mías. De a poco. Una por una. Despacio. Entiendo, progresivamente, todo lo que más pueda ir llegando a comprender. 

II 




- Tengo un regalo para vos. Cuando termines, y tengas un ratito, escuchá ésta canción a ver si te gusta... No sé, la estaba escuchando, y me parece te puede gustar - decía el mensaje que me dejó Galeno mientras yo estaba trabajando. 

Cuando leí el mensaje, cuando terminé con mis ocupaciones, suspiré y sacudí la cabeza. Después, le agradecí mucho. Porque, aunque no lo sepa, cuando yo era adolescente, amaba esta versión. No. Nunca se lo dije a nadie, pero me gustaba soñar con la idea de que una historia, de las que solía escribir por esa época en privado, tuviera como banda de sonido temas de Jorge Drexler.

De fondo, no en vano, mi lado, suena así: 


jueves, 26 de septiembre de 2019

Del lado de acá...

Tengo la noche libre. Galeno (alias el Doctor, alias mi amigo de la provincia, o como lo llamaremos desde ahora, sí, Galeno) se fue a ver un recital. Ni bien enuncio esta frase en mi mente no puedo evitar añadir un irónico "supuestamente, claro", que me recuerda dónde estoy y dónde piso.  Aunque lo cierto es que las fronteras del tiempo y el espacio, en estos casi dos meses, se han vuelto muy extrañas para mí. Es real que desde hace un tiempo muy breve, cuando me quiero referir a su provincia de residencia digo "ACÁ" y cuando quiero preguntar, por ejemplo, si fue su amigo a visitarlo esa tarde utilizo la expresión: "¿al final, ya te dijo si iba a venir para acá?" cuando, en lo lógico, sería - obviamente - algo como: "¿ya te dijo tu amigo si va para allá?"... Porque, nosotros, aunque estemos conectados mucho mucho tiempo, y los tiempos se vayan entrelazando, estamos del lado de acá y del lado de allá. No obstante, sé que ésta confusión no es, definitivamente, un error por falta de conocimiento. Es un síntoma de cómo se va mezclando el tiempo, el espacio, y en especial, el sitio mental donde cada uno está, y a la vista queda, con las articulaciones del lenguaje con el que edificamos nuestros discursos. 

Hacía varias semanas que no tenía una noche para escribir, para sentirme y preguntarme qué estoy haciendo, hacia dónde quiero ir. Es extraño para mí, pero me acostumbré a hablar con Galeno después de dos meses haciéndolo todos los días. Las conversaciones se han sostenido con una solidez inusitada por lo que, inclusive, establecimos planes horarios para no perder productividad en lo cotidiano y poder cumplir con las obligaciones. Establecimos convenios, acuerdos, reglas razonables para el caso. 


II 

Por eso, nosotros... 

1. 

No hablamos al otro cuando está laburando y no lo dejan usar el celular, ni cuando está estudiando o leyendo sobre novedades médicas, ni tampoco molestamos cuando ese otro está de Guardia prolongada o en clases de la Facultad. 

2. 

Si el otro está con su familia, lo dejamos estar con ella realmente. Disfrutar el momento propiamente dicho. Si yo estoy con mi sobrino, me escribe en otro momento. Si él está con su hija, nos escribimos en otro momento o esperamos que, en caso de tener ganas, "el ocupado en cuestión", escriba y avise que ya terminó o que tiene un momento libre. 

3. 

Cuando estamos con nuestros amigos, estamos realmente con nuestros amigos. Hacemos una pausa. Salimos, comemos, disfrutamos, sin usar el celular para hablar con el otro. Al otro día, o al rato, cuando terminamos y volvemos a nuestras casas, por lo general, nos contamos qué tal la reunión o el asadito. 

4. 

Comprendemos, pese a estar lejos, que cada uno tiene su espacio. Parte de todos los acuerdos gira en relación a esto. Hemos hablado mucho del tema, y siempre ajustamos lo que haga falta en estos dos meses; especialmente ahora, donde uno de los dos está de vacaciones, donde el otro - yo, en este caso - está lleno de ocupaciones, donde se hace más difícil sostener, entender, sincronizar, hacerse el espacio y disfrutarlo en medio del estrés y el apuro.  Damos al otro, en la medida de todo lo que va surgiendo, ese espacio. Cuando Galeno está en el Consultorio, yo le dejo todo el espacio para que interactúe con sus pares del mismo modo en que me lo dá cuando yo estoy con mis compañeros de la Facultad. No importa si después uno habla con otra persona; lo importante es que tenga el espacio y la posibilidad de decidir... Porque creo que ninguno de los dos está pensando cómo anular al otro. 

5. 

Protegemos, dentro de lo que es posible, la intimidad y la integridad de nuestros parientes y conocidos. Hablamos mucho, de nosotros, y de quienes nos rodean, pero no mostramos datos privados ni vídeos familiares, ni direcciones, ni especificaciones muy certeras; por el momento.

6. 

Respetamos si el otro no quiere mandar fotos de todo lo que hace o de todos los lugares donde está. Confiamos, al menos yo eso intento, en la palabra. En la voz que nos cuenta y se ríe, en lo que el otro quiera ir relatando, en el momento donde esté dispuesto a contar. En los horarios que nos dice, en lo que nos dice que hace. En la voluntad que sigue haciendo posible estas charlas.

7.

Intentamos ser honestos, todo el tiempo, sabiendo que el otro no está cerca para vernos la cara. Aclaramos, volvemos a preguntar, explicamos si por alguna razón nos quedó pendiente algo de la charla anterior.  En nosotros, no hay después. Es, solamente, ése instante donde aquéllo pasa y puede, necesariamente puede, no pasar nunca más. O puede pasar siempre.

III

Y eso está bien. Es suficiente, en verdad, por el momento.  Mucho más de lo que hubiera esperado, mucho más de lo que podría haberme imaginado estar haciendo, hace dos meses atrás.  Mientras tanto, yo sigo del lado de ACÁ. Él, sigue del lado de ALLÁ. Ambos, ya lo hemos dicho, nos acordamos de Rayuela cuando hacemos ésta distinción.

 Sobre todo lo demás, hoy más que nunca, sé que Dios dirá. Para el caso, no estaba en mis planes nada de lo que está ocurriendo así que, en definitiva, no puedo negar que, por la razón que sea, Dios está hablando ahora en un lenguaje que, de a poco, mientras me voy poniendo de acuerdo en tantos sentidos, intento descifrar.

Mientras tanto, la idea es seguir viviendo.  Lo que no es poco, claro. 


miércoles, 18 de septiembre de 2019

Epítome

Ahora más que nunca sé que, las situaciones acontecidas, los hechos en sí, y en especial aquéllos que no tienen conexión con la realidad, muchas veces no tienen importancia per sé. Es decir que no pesan, del todo, en si mismos. Que no constituyen, en esencia, el objeto y/o el objetivo de la búsqueda.  Ahora más que nunca sé que, simplemente, hay cosas que tienen que pasar para dar paso, precisamente, a todas las demás que no encontraban forma de despertar. Porque una vez que se toma noción, difícilmente se puede volver atrás. Y yo ya no puedo, pero especialmente, ya no quiero volver atrás. 

viernes, 13 de septiembre de 2019

Caminar a través del fuego IV

18 de agosto de 2019

- Hay que estar atento a lo que sale desde adentro. Corazón, razón, alma... como se quiera llamar. Ésa es la posta y uno lo sabe. 

Me reí a medida que lo leía. Quizá porque estemos lejos disté de creerle, pero no negué que me pareció innovador su argumentación. Después de haber conocido a tantos tipos cobardes, que uno sostuviera eso, por el sólo hecho de que pudiera pensarlo diferente, más allá de todo, independientemente de todo, resultó digno; totalmente digno para mí. 

- Sí eso es cierto... Igualmente, fuera de toda consideración que tengamos, a veces te tira cada posta que tenés que cambiar de vida. Me parece increíble pensar eso - admití. 

- Y bueeeno - dijo, con alevosía - Hay que escuchar... 

- Creo que es la únuca manera en que justifico cuando la gente pega esos volantazos... Pienso "siguió a su deseo, no hay caso" - le confesé. 

- Eso es verdad - asumió - Hay que ser valiente. 

- Sí, ya lo sé, totalmente. Antes, lo era más - le respondí, sin pensar. 

- ¿Vos quedaste golpeada y sentís miedo? - me preguntó. 

En pocos días, era la segunda vez que me hacía la misma pregunta. 

- Sí, soy más cauta. Los años me han vuelto más concienzuda, creo - dije, haciéndome cargo de la respuesta anterior. 

- ¿Sabés qué? Hay que jugársela y bancar lo que queda después... Pero vivir (...) - me dijo - Bueno, yo estoy en otro tiempo, claro - enseguida, me aclaró. 

- ¿En qué sentido ? - le dije, para que fuera todavía más claro. 

- Por mi edad. 

Mofé, en voz alta, dándome cuenta que era obvio. ¿En qué otro sentido iba a ser? 

- Yo pensaría que a tu edad es más común tener mi cautela - admití, con sorna- pero, por suerte, tengo ante mí la excepción a la regla, parece... Es más, hubiera pensando que habiendo pasado tantas cosas ya te agarra tanto miedo que, entonces, decís: "no (...)" - le dije, siendo totalmente franca consigo. 

- Mirá ... - me dijo, a modo de explicación, con toda paciencia  - yo tengo cincuenta años. Me queda muy poco para vivir, y lo que me queda para vivir no va a estar bueno; porque la vejez trae aparejadas un montón de cosas que no están buenas. Hoy me siento perfecto, obvio, pero el pensamiento es ése. Supongamos que me queden veinte, veinticinco años, dependiendo cómo esté (...) éso yo lo tengo claro. Imaginate si voy a andar cuidándome, diciendo "no, no me juego, no, no lo hago, no, mirá si ella me lastima ..." - argumentó , a modo de pregunta no explícita en el aire- Noooo - respondió. 

- Me alegro que, realmente, sea así - le dije, luego de escuchar su voz en un audio con ese argumento. 

- Pero es que es así. No estoy acá para mentir, ya - revalidó. 

- Bueno, lo entiendo... Aunque hay que reconocer que, a veces, otra gente, te la vende - resalté. 

- Bueno, yo no. Yo soy ésto. 

- Sos el anti-concepto que tengo de todos los tipos de tu generación - dije, con un dejo de humor y un instante después pasé a argumentar mi tesis.

Porque eso sí, a Galeno - así le llamaré, a partir de ahora -,  desde el comienzo supe, a la manera que se saben las cosas inesperadas, que no le podés dejar un punto sin pechear. 

Viernes, 13 de septiembre 

Ése día, pienso ahora, fue el momento preciso donde yo empecé a sentir miedo, un miedo diferente a todo, miedo a la vertiginosa sensación de irrealidad, de puro presente en la que ni siquiera se puede conmensurar el tiempo producto del pavor. ¿Miedo de qué? Éso pensarán muchos, incluido él.Pero la única que lo entiende desde el vivirlo en carne propia, a fin de cuentas, soy yo. Y eso, independientemente de todo y de todos, me alcanza para saber que a veces (aún mismo pensé lo contrario durante tantos años, y cómo la vida me lo está devolviendo...), la tibieza no es una elección deliberada, nuestra carta de oro; sino que es, por el contrario, aquéllo último a lo que no podemos renunciar...    Porque, de hacerlo ¿qué es lo que nos queda?  El disfrute por el disfrute mismo, sin mañanas, sin la "próxima vez".

¿Y quién no le tiene siquiera un poco de miedo a la felicidad intensa pero efímera?
¿A no poder pagar, más adelante, ése recibo?

Yo, casi con veinticinco, sí.  Y, por primera vez en mis años vividos, no me avergüenza admitirlo.  Estaré aquí, por el contrario, dispuesta a atacar la raíz del problema y no a quien, eventualmente, lo encarna.

El que lo sepa entender, será quien reciba toda la luz que pueda salir a irradiar a partir del arduo trabajo que he comenzado. El que no lo sepa comprender, que mire para otra parte. 

jueves, 12 de septiembre de 2019

Caminar a través del fuego III



- Buenas... - decía el primer mensaje que me mandó, después de casi cuatro días de un silencio absoluto... y necesario. 

Cuando pensé que no íbamos a ser capaces de volver a hablar, y cuando yo estaba totalmente decidida a respetar mis propios tiempos, en especial luego de la decisión comunicada, me encontré con cuatro días sin una sola palabra de su lado. Y ahí caí en la cuenta de que, también, a su manera, había entendido lo que me estaba pasando aunque estuviéramos lejos. Luego, lo reforzaría en una conversación posterior. 

- ¿Cómo estás? - le contesté, al rato, luego de cenar y de bañarme como todos los días. 

Empezamos una charla extraña. Me preguntó todo lo superficial que pudo, y sin embargo, sentía que estábamos dando vueltas sobre una misma idea que no podíamos admitir... ¿Para qué hablar o por qué no dejar de hacerlo en este momento, en éste preciso momento? 

- ¿Cómo pasaste estos días? - preguntó, luego de otros temas más fáciles. 

- Bien - le mentí - Normal. 

- Qué escueta - observó. 

- Umm - dudé - sí, qué se yo , normal. Me enfermé, estudié mucho, visité a mi sobrino...  

- ¿Si? 

- Sí. Me resfrié, estuve en reposo, no pude ir a trabajar porque no tenía voz. 

- ¿Estás mejor? - me preguntó. 

- Sí, ya estoy de vuelta en mi vida normal - contesté - (...) ¿Vos, qué tal estás? 

- Bien, también. Estuve en el Consultorio en la semana, (...) - me contestó. 

(...)  

- Pero... - escribió, recalculando - Quiero saber cómo estás de verdad. 

- No sé - admití - No quise pensar durante estos días. No quiero hacerme preguntas - le confesé. 

- Es inevitable - me contestó - Estás viva, no sos una máquina - argumentó. 

- Sí, lo sé - dije, solamente. 

(...) 

Una media hora después, mientras hablábamos de otra cosa completamente diferente, me animé: 

- En realidad, sí pensé en todo este tema.  

- Ah, bueno, entonces sí te dejo pensar el resfrío... - respondió - ¿Qué pensaste? - consultó. 

- En que es la primera vez en toda mi vida que siento tanto miedo... - le dije - y también es la primera vez donde no sé cómo hacer para enfrentarlo. 

Le expliqué cuáles habían sido mis móviles. Los porqués. Los dichosos motivos de la afirmativa que pasó a negativa y que declinó en un gusto agridulce pero necesario. Esa noche, finalmente, hablamos mucho. Del miedo, de ése miedo que ahora está tan presente en mi vida y que estuvo oculto durante todos estos años, esperándome, sacándome un lustro de ventaja respecto a éste presente. 

- ¿A qué le tenés tanto miedo? - quiso saber, en un determinado momento. 

- No sé - contesté - Todavía no sé. 

- Bueno, eso lo irás entendiendo a medida que vayas pensando - me alentó. 

- Sí. Lo único que sé ahora es que me asusté mucho cuando me propusiste venir a Buenos Aires. 

- Sí, a mí me pareció que te habías asustado. Te lo dije, claro... - me recordó. 

- Pensé que iba a campear la situación y, en realidad, caí en la cuenta que yo jamás pensé que ibas a querer venir. 

- ¿Por qué? 

- Porque no cualquier tipo se toma un avión para verte. Y, para mí , era imposible. No había ni una sola chance, realmente. Por eso, nunca te lo pedí ni soñé, ni nada, respecto a esa posibilidad. Todos los tipos que yo conocí, fueron cagones. Vos, en cambio, no. 

- Te cambié el juego... - aludió - Estabas acostumbrada a decir que el otro siempre era el cobarde, y, en cambio, ahora, no... 

- Totalmente. 

- Ojo, porque pronto te puede tocar otro hombre no-cagón en la vida... - dijo - Fijate si querés jugar un papel distinto. 

- No pretendo que lo entiendas, igual, pero quería que por lo menos sepas esto. Son procesos míos, temas míos, que van en un orden personal en este momento. Yo sé que vos sos un tipo no-cagón, y realmente, con ese gesto, me demostraste que una gran creencia que yo mantuve siempre no era tal... 

- No, lo entiendo. Desde mi lugar, puedo entender tu miedo... Pero está bueno que la vida nos haya cruzado si, por lo menos, te queda ésto que te va a servir, cosas de las que te diste cuenta apropósito de toda esta situación. Yo por lo menos, si es así, ya me doy por satisfecho. Se aprende de todo en las relaciones humanas, Veinteava - sentenció. 

Es de las pocas personas que me llama por mi nombre seriamente. 

(...) 

- Sí, ya lo creo... Para mí, esto fue... muy extraño (...) 

- Me alegro. Eso quiere decir que estás viva todavía... 

(...) 

- Sí. Viva estoy... Es verdad. 


domingo, 8 de septiembre de 2019

Caminar a través del fuego II

Es muy extraño como la vida, a veces, te pone en situaciones inciertas. 

Vivís en un mapa de estabilidad, tenés en claro ciertas cosas, y te sentís en casa. Estás con tu familia, ves a tus hermanas, amás profundamente a tu sobrino y te parece un milagro verlo crecer. También trabajás, estudiás, vas a la Facultad, te encontrás con tus amigos, a veces te comprás alguna cosa, pagás tus cuentas, te reís con tus compañeros de trabajo, te amargás porque te piden muchas fotocopias para estudiar y en dos clases de una sola materia ya llevás gastando $2000 de una forma demasiado rápida ya sea para comprar como para leer; y... 

Te cruzás al tipo que supo partirte la cabeza durante cinco años, lo saludás como si nada, y seguís caminando por la calle. Comprás libros en oferta. Merendás con amigos. Sacás cuentas, de nuevo, antes de pensar cuánto podés gastar en el supermercado, cuánto en pagar la tarjeta de crédito, cuánto en transporte, cuánto en misceláneas. Te cae en el horizonte un saludo demasiado cordial de Tipo I, otro mensaje de Tipo II, y Tipo III te escribe por detrás en horarios de laburo diciéndote que estás linda, que olés rico, que sos una mujer inteligente, buena, que se nota que se buena tipa, y que llegó tarde pero que le gustás, que disfruta verte todos los días y hablarte. Viajás en tren, en colectivo, en auto. A veces, viajás sola. Otras veces, viajás con tu compañero de oficina hablando de la vida, comiendo, y riéndote hasta más no poder. Al rato, quizá, te encontrás con tus compañeros de Facultad, los abrazás, te reís, te acomodás y escuchás la clase. Te gusta lo que estudiás, mucho, pese a que por momentos sea un enorme sacrificio trabajar y estudiar a la vez, porque no tenés tiempo para casi nada. Compartís mates con ellos, angustias, sueño, mucho sueño, y ganas de largar todo sólo para darse fuerzas y seguir. Llegás a tu casa, cenás, te bañás y te acostás, muchas veces, luego de quince horas y media fuera  y deseás que el día siguiente todo pueda ir mejor, confiando, anhelando, esforzándose para que sea así. 

Tu realidad, milagrosamente, fluye. Hasta que un día, ese milagroso discurrir que es el presente construido con tanto trabajo, da un giro disruptivo de todo orden y te deja descolocado. Comprendés que tenés miedo. Que la vida que sentías tan elegida, tan pensada, tan macerada, en realidad, es la suma de decisiones que fuiste tomando antes de éste giro inesperado, pero que hay una cantidad enorme de posibilidades fuera de lo conocido. Que lo que tenés constituido pese a que te hace sentir feliz, no es lo único que hay.  Comprendés que, realmente, un día podés estar acá y al otro día la vida te pudo haber llevado allá. Y eso, te da mucho miedo. Comprendés que hay cosas que, inevitablemente, nos pasan para enseñarnos o mostrarnos algo. Y aunque no sepas muy bien qué es, a ciencia cierta, te das cuenta que la ficción de las garantías pequeñas, de esas certezas que en realidad son aparentes, puede parecer lo más confortable y bonito del mundo; cuando, del otro lado, hay un salto sin red. 

Pero... ¿cómo saber si, en realidad, es lo de uno? 

II

(...) 

- Bueno, está bien Veinteava, no voy a viajar - me escribió. 

Después de todo lo que le dije, esa respuesta, era la única posible. Pero también, luego de leerla, sin saber bien por qué, se me empezaron a caer las lágrimas. 

- Te juro, realmente, que me hubiese gustado conocerte en otras circunstancias - le contesté. 
- ¿Qué circunstancias? - me respondió. 
-  Cuando empezamos a hablar, yo le dije eso a mi mejor amiga porque no estamos cerca y... es difícil. Que era una lástima que viviéramos lejos porque, en personalidad, eras mi tipo de tipo. 
- No hay otras circunstancias. Éstas son las circunstancias - me contestó. 
- Sí, ya lo sé - respondí. 

(...) 

- Aunque no vengas, aunque no hablemos más, tengo que admitir que te conté más cosas de las que casi nadie supo en estos últimos cinco años; así que gracias - le dije - Recordé lo que era ser vulnerable y me dí cuenta que no soy infalible. 

¿Qué decirle a una persona que te está ofreciendo jugarse, realmente, jugársela? ¿Perdón pero tengo mucho miedo y no puedo contra eso? ¿Perdón pero no quiero perder mi vida, ni arriesgarme a verte porque sé que, por la esencia, ya sos distinto a la media de la gente y es un riesgo enorme conocerte, encontrarme con una persona que me guste y con la cual no pueda compartir la vida? No sabía cómo explicarle lo que, para mí misma, es imposible de explicar todavía ahora cuando pasaron algunos días después de haber hablado por última vez y de haber tomado la decisión más cobarde en veintipico de años. 

- Imaginate si nos hubiéramos conocido - me contestó. "No puedo exponer todo lo que tengo", pensé. - Yo me sentía muy sensible con vos - admitió, por su parte - Me hiciste pasar unos días hermosos. "Yo también me sentí acompañada, en bolas, totalmente, asombrada por tener tanto en común con tantos años de diferencia, viviendo cada uno en un lugar diferente... sí, pero... ", me dije, haciendo una confesión personal. Sin embargo, a él, le contesté otra cosa. 

Cuando nos despedimos, después de un díalogo tan extraño como difícil, pensé, de inmediato, en el doloroso precio que se paga por ser cobarde. Y, sin que pudiera evitarlo, me puse a llorar de la bronca... Porque, varios roles fui asumiendo en mi vida hasta el momento, pero jamás había quedado trancada en el de tipa cobarde; al contrario, había sido la que pelándose de miedo enfrentaba su escollo para aprender, para demostrarse a si misma que era capaz, que iba a poder lograr sus objetivos.

¿Y entonces...?

 Aunque me parezca lo más extraño del planeta, ahí estaba yo, la persona dura por fuera y más sensible por dentro, lagrimeando como una idiota por causa de un desconocido al que conocí mucho mejor que a gente con la que he compartido meses. Ahí estaba, lagrimeando de bronca por no poder dar un paso que, más allá del destino del hecho en sí, me hubiera ayudado muchísimo a crecer y a luchar, de nuevo, por mi identidad. Sí, aunque mi mente me decía que no podía llorar por eso, que podía ser un loquito suelto y yo estaba llorando como una estúpida porque no quería exponerme; yo lloraba. Comandada por mi costado menos racional, sentía ganas de llorar por estar dejando pasar tan libremente una oportunidad de valor que nunca antes había presenciado, con la que nunca antes me habían sorprendido.

¿Y cómo podía ser que, en el preciso momento...?  La razón tiene circuitos que el corazón no entiende jamás. En éste momento de mi vida hubiera necesitado de todo el coraje del mundo, de todo el coraje que siempre estuvo, pero que sorpresivamente ahora se esfumó.

II

Yo pensé, realmente, que iba a estar aliviada con la decisión que tomé. Que, como no iba a tener ese miedo galopante que sentía cada vez que me imaginaba el simple hecho de estar tomando un café o comiendo algo consigo; me iba a sentir mejor finalmente y que eso iba a ser "vivir tranquila, no complicármela al pedo".   Pensé que todo esto (que no entiendo cómo me pasó a mí)  no me iba a importar ni bien cerrase la aplicación, como me pasa con el resto de los tipos sean de donde sean y hagan lo que hagan.  Pensé que me iba a dar igual. Pensé que iba a alcanzarme con el prejuicio de la diferencia de edad, con la razón, con las complicaciones evidentes. Pensé que me iba a conformar con decirme: "no, es una locura de las grandes, no jodas Veinte, es la que te faltaba, dale, ni lo pienses, es un no, seguí acá con tu vida, bien tranqui, sin complicártela. Además, es obvio que vas a sufrir como un perro en una situación así, y no, no es justo". 

Y sin embargo, me equivoqué otra vez.

Jamás creí que me iba a quedar con esta sensación de vacío. De buscar algo entre la multitud de lugares que recorro, de buscar algo en las redes, de buscar algo en un mensaje. De buscar lo que sabemos le pertenece a alguien que no está cerca nuestro, pero del que no se puede decir que no exista por causa de la lejanía.  Éste es el meollo del asunto: en mí habita un sentimiento raro. Siento como si nosotros hubiéramos compartido todo esto en persona, como si supiera su historia pero faltara simplemente saber cómo parpadea o qué olor tiene el perfume que me dijo que usa. Éso es lo extraño; las redes malditamente sociales han acabado por acercarme a una persona que, de seguir estando en su provincia natal, jamás hubiera conocido y de la cual jamás hubiera esperado este estallido. Éso es lo que mi mente no alcanza, no es apta por el momento, a comprender.

 ¿En qué quedaré? ¿Seguiré en el afán de buscar algo, o a alguien, que yo sé bien dónde está y a quien no dejo venir por el simple hecho de saber que no va a poder quedarse conmigo? ¿De ésa posición, cómo se sale? Viviendo. Siguiendo el mismo camino establecido. Recordando que cada uno tiene compromisos en su provincia natal y lamentablemente, éstas son las circunstancias de las que me quejé desde el primer momento.

Hoy, siendo honesta, no le encuentro otra salida al asunto.

El saber que los dos estamos muy establecidos en sus respectivos paisajes, fue el motivo por el que jamás le pedí que viniera. Jamás esbocé ni siquiera la remota idea de que alguno de los dos viajara para allá en ningún momento de éstos meses. Me pareció la única forma de protegernos, de ahorrarnos un dolor, de no probar la droga para después no empezar un sistema de padecimiento, de distancia, de tristeza, por lo lógico: hay una distancia física que, de romperse, implica que se modifique en un nivel demasiado profundo la vida elegida.   Si jamás le pedí que venga fue por saber, desde el vamos, que si permito que venga, y si permito que esté, y si doy el espacio para que se la juegue, lo siguiente quizá sea de lo más difícil por atravesar.

¿Y cómo estar ahí, listo, apto, para eso? 

III

¿Y si lo que hizo que se me cayeran las lágrimas en su momento, tuvo mucho más que ver con una cuestión de identidad?

Cuando hablamos, durante este tiempo, yo sentí algo que, por lo general, no siento con la gente. Y eso es el haber sido completamente real. Eso, nadie lo va a entender, nadie más que yo, ya lo sé... Además ¿cómo le explicás a familiares, amigos, conocidos, que vos te entendés con personas diferentes a las que tomarían en cuenta? ¿Cómo explicás que, en base a ese entendimiento, alguien te está proponiendo tomarse un avión y verte?

Hace unos días, miré pasajes de allá para acá. Del lado de acá, al lado de allá. Y no me entró demasiado bien en la cabeza cómo una persona es capaz de ponerse en ese gasto de avión, hotel, tiempo, y más dinero extra; para verme, para saber quién soy, aunque sea un bicho raro. Para escucharme. Para hablarme y contarme sus cosas. Para pasear y estar conmigo.  ¿De verdad pasan estas cosas? Mi mente no las cree y... No, no las puede entender.

IV

Lo mejor que me llevo de todo esto es que, desde acá, o en China,  pude ser yo, finalmente, sin vergüenza. Encontré en esas conversaciones a una persona a mi nivel, intelectual, si se quiere, pero además, con quien fue posible hablar de la vida. Pero hablar en serio de la vida. Una persona con la que  no tuve que pensar: "sí, está bien", a modo de consuelo barato. Al contrario. Una persona que, aún mismo esté a 900 kilómetros hizo posible un contacto mucho más asociado a mí que cualquier otra charla o vínculo posible de establecerse acá, con un tipo al que yo tenga frente a mí, con quien tenga la posibilidad de verme todos los días y dormir todas las noches. 

Es muy extraño como la vida, a veces, te pone en situaciones inciertas. Paradójicas. Burlonas.

Yo, todavía, no puedo soportar ni estar atravesada por el miedo a patear el tablero, pero tampoco, no puedo soportar el haber tomado ésta decisión.

Hoy por hoy, no encuentro el punto medio que me permita entender qué hice bien, y qué hice mal, en todo esto.  ¿Será la insatisfacción esto agridulce que siento como el regusto final de un hecho,en lo más fino de la garganta? ¿Cómo se aprende a vivir insatisfecho, ganado por la razón, adscrito al debe ser?

viernes, 6 de septiembre de 2019

Caminar a través del fuego

Hace dos meses, una mañana de sábado en el laburo, recibí una solicitud de seguimiento, es decir, una solicitud de amistad por las redes. Como transitaba el recreo, la abrí, evalué al emisor de la misma y cerré la aplicación enseguida.  En el perfil, a grandes rasgos, se observaba a un tipo que ya hacía un rato larguísimo había pasado los veinticuatro años. Un tipo a quien le gustaba leer, mucho. Un tipo que debajo de una foto en tierras europeas no ponía una frase esperable, sino, una breve reseña del sitio con datos históricos, a un tipo que le gustaba sacar fotos. Pero, esencialmente, a un tipo que no es de acá, de Buenos Aires.  "Ah, mirá vos, qué coincidencia, nos gusta lo mismo", me dije y subí al primer piso a seguir trabajando.  Al rato, cuando bajé, lo acepté.

Al día de hoy, no sé bien por qué lo acepté; supongo que me atrajo la posibilidad de compartir, aunque fuera a la distancia, gustos con otra persona. La posibilidad de ser auténtica en mis pasiones, saberes, preferencias, y puntos de vista - literarios - más allá de la cotidianidad con otros seres con los que, a menudo, me es más difícil entenderme. Lo hablé con mi terapeuta hace unos días y le dije que, de alguna extraña manera, charlando consigo, había acabado por entenderme a nivel intelectual y mental de una manera que, honestamente, no me parecía normal. Porque yo - argumenté - toda mi vida había necesitado ver para creer y, en ésta ocasión, no sabía dónde estaba parada o, mejor dicho, nunca había estado parada en este terreno.

 Sólo recuerdo que la primera vez que hablamos, nuestra conservación  se trató estrictamente de libros. "¿Dónde conseguiste esa edición?", le pregunté, después de algunos likes que dejó en mis libros. A partir de esa pregunta, se abrió un mundo. La charla sobre una edición conmemorativa que ronda los $1300 de la novela de mi vida descansaba en sus manos y yo no estaba decidida a comprármela - por el precio, porque tenía que pagar otras cosas con mi sueldo - , por lo que le pregunté en qué cambiaba esa edición en relación a las otras como para terminar de decidirme.

Lo primero que me dijo él fue las cosas que contenía, lo nuevo, lo rescatado. Y me dijo, que, si podía, valía la pena. Cuando intercambiamos las primeras oraciones sobre la obra en sí, me contó que le gustaba mucho el autor. Después de mucho tiempo, de otras charlas, me enteré que la estaba leyendo por tercera vez cuando empezó esta etapa de charlas interminables durante horas.  Porque, si bien la primera conversación se convirtió, enseguida, en un intercambio de pareceres sobre la literatura de Julio Cortázar, aquéllo se expandió enseguida.  Ese día no sólo charlamos sobre  Rayuela, sino también, sobre un cuento presente en Octaedro, sobre algunos conocidos de Bestiario o sobre el café donde Cortázar, en Buenos Aires, se dice que escribió Los Premios.  

Mientras escribo, pienso ahora que esa primera charla inocente, hasta informativa de la biblioteca del otro. Me pregunto si solamente fue un gatillo para que, después, como una especie de cascada imparable, viniera todo lo demás.  Viniera incluso el primer debate a distancia donde quedamos en leer un cuento en común, cada uno, para poder intercambiar pareceres.  ¿Habrá sido la literatura el motor, el nexo, la captación de atención por sobre la frontera de un otro ajeno que, al mismo tiempo, nos perfila, nos hace tomar un contacto muy concreto sobre la identidad? ¿Habrá sido casualidad? ¿Habrá sido aprendizaje? ¿Habrá sido otro gatillo más para algo que, todavía hoy, no alcanzo a ver?

II

Al cabo de un tiempo corto, rápidamente, terminé conociendo su profesión, su ciudad natal, sus costumbres, sus lecturas preferidas, entendiendo la sintonía de sus viajes, su modalidad de vida, su carrera universitaria, sus años de estudio, su época de facultad, sus viajes preferidos, sus ex, sus cambios de pensamiento, su infancia, sus años de juventud, el nombre de su hija y algunas de sus preferencias.  Lo escuché en audios contarme de su especialidad médica y con paciencia, explicarme el funcionamiento de mi metabolismo, joven, como me dijo en su momento. Del mismo modo, le conté sobre los niveles de lectura, corrientes filosóficas, y una lista de largos etcéteras.  Aprendí sus días de guardia, tanto las de doce horas como las de veinticuatro, comprendí mejor su especialidad, los días donde le toca trabajar en el consultorio y el significado de la palabra fantasmear en sus términos.  Me acostumbré a sus buenos días de todas las mañanas. Es extraño, sí, pero me acostumbré a que una persona me deseara buenas noches después de preguntarme cómo fue mi día y de contarme sobre el suyo. Me acostumbré a no preguntarnos qué iba a comer el otro, como una especie de chiste a las charlas superfluas y, en cambio, poder contarle en qué consistió mi clase en la Universidad.  Él, por su parte, se aprendió mis días de Facultad, las horas donde no podía escribirme porque estoy trabajando y las horas donde estoy en clase. Conoció a mi sobrino, le hablé del profundo amor que siento por él, por mi familia y hasta se enteró anécdotas sobre mis hermanas. Supo de mi laburo, y de algunos de mis compañeros. Se enteró lo que estudio, lo que quiero estudiar, y, esencialmente, lo que me gusta estudiar. Se enteró de mis profesores de la Facultad, de la plata que gasto en fotocopias, del perfume que uso, de las cremas que uso, de la marca de alfajores que como y de mi comida preferida. Se enteró que ir a hacerme las manos es mi perdición, que adoro el color rojo y que uso productos muy específicos para cuidarme el rostro.  Y, así, de a poco, pero al mismo tiempo con bastante intensidad, terminamos trazando un itinerario de toda nuestra vida. Conociendo del otro intimidades, puntos de vista, sentimientos, que , al menos desde lugar, no había podido hablar con un tipo desde semejante franqueza jamás y que, sin embargo, con un extraño, habían ido saltando como perlitas de un collar.

¿Cómo había podido hablar tanto consigo? ¿Cómo había podido decirle del miedo, de ese miedo macabro del que nadie sabe? ¿Cómo pude confesarme, finalmente, con simpleza? ¿Y cómo pasó que él tenía siempre una palabra cierta, y al mismo tiempo, no subestimaba mis juicios sobre lo que se atrevía a contarme?

III

En mi vida, me han pasado muchas cosas raras. Que yo, por lo menos, califiqué como extrañas. Pero lo que nunca me hubiera esperado, es que me esté pasando esto; que esté frente a una decisión que no puedo tomar, o que ya tomé, guiándome por el miedo y no por lo que yo haría si no tuviera miedo, si realmente pudiera luchar con este miedo al igual que he luchado contra tantas otras cosas, o por tantas otras cosas.

Es que, en mi vida, ésa primera conversación no incluía  este descubrimiento. A mi criterio no incluía ni incluyó jamás la remotísima idea de que un día éste hombre me dijera que tenía vacaciones -y era capaz de destinar su tiempo libre y su dinero -  para tomarse un avión y viajar a Buenos Aires a pasar un fin de semana conmigo. 

Porque... ¿en qué momento de la vida alguien te avisa que un tipo es capaz de tomarse un avión por vos cuando nadie, jamás, en la historia de todas las historias, fue capaz de hacer muchísimo menos?  No estoy hablando de destinar tiempo, ganas, ilusión, y coraje. Estoy hablando que hay tipos que no han querido destinar ni el costo de un pasaje de colectivo en verme, tipos con los que siempre todo fue no; y sin embargo, aquí me están proponiendo tomarse un avión e invertir lo que haga falta para pisar CABA, es decir, el lugar donde yo estoy.

No puedo evitar pensar que , hace cinco años, un tipo que vivía a siete cuadras de mí, con viento a favor, me dijo no poder. Me dijo que tenía miedo, que era una locura, que no y que no y que no. Yo creí, hasta hoy, que ésa era mi única posibilidad. Que las historias eran así, que quedaban truncas. Que los tipos no se la jugarían nunca por mí, porque ahora, la sociedad, era una matriz de cobardes... Lo hablé con él, varias veces, creyendo que estaba hablando con una especie de confesor, que quedaba fuera de combate, básicamente, porque cada uno tenía su vida armada en dos lugares distintos.

Pero...   ¿En qué momento de la vida pasás de haber vivido una historia donde no se querían mostrar con vos en la calle porque les daba vergüenza a otra donde te están diciendo que son capaces de tomarse un avión para verte y recorrer toda la distancia que haga falta? Cagándose en la vergüenza, en la diferencia de edad, en los kilómetros, en el dinero que implica una movida así, en el qué dirán, en el no saber.  Jugándosela, así, de una... Como yo siempre pedí que la vida me concediera. Como yo siempre deseé; un tipo, más allá de todo, que tuviera huevos para jugársela por mi.

IV

Yo entiendo, realmente, que la vida tenga reservados motivos extraños para nosotros, vuelcos, giros, resoluciones locas, gente que nos viene a enseñar del valor y del coraje cuando habíamos pensado ser muy valientes. Lo entiendo. Pero cuando digo nosotros, nunca, jamás, nunca en la vida, me había incluído realmente en ese grupo.

Para mí, esas cosas, a mí, no me iban a pasar. A gente como yo, no le pasaban. De ahí que jamás lo consideré. De ahí que nunca esperé nada de ésto. De ahí que esta situación me parecía una vía alterna a la realidad. Pero precisamente en ésta situación resulta que la vida baraja y cosas inauditas pasan contra todo pronóstico.

Entonces, uno se asusta.  Se asusta tanto, pero tanto, que cambia de posición. Y dice que no, que ésta vez no puede con el miedo.  Que ésta vez no es tan valiente. Y pasa sus días considerablemente arrepentida e infeliz por la decisión que tomó.

Siendo honesta, ni yo sé cómo me está pasando esto. Siendo honesta, no entiendo cómo me puede estar pasando esto. Pero me dijo de venir, y yo, le dije que sí... y que no.



jueves, 5 de septiembre de 2019

Perder

- Entonces... ¿tenés ganas de verme? - me preguntó. 

- En parte sí, y en parte, no - le contesté. 

Hacía dos horas que estábamos dando vueltas. No sabía cómo decirle que, el miedo, me está alejando de lo que me ofrece y no sé cómo controlarlo. Que el miedo me hace no querer verlo. Que el miedo me aleja de los chistes, me vuelve gris, me paraliza. No sabía como explicarle que no sé cómo transitar el miedo. No sabía cómo decirle que, ojalá, no hiciera falta tanto valor que no tengo para poder verlo. No sabía cómo decirle que tanta es mi razón, tantos mis prejuicios y tanto el pánico por necesitarlo, por quererlo, que... me la pierdo. 

No sabía como decirle que, oficialmente, me la pierdo. 

Que, ésta vez, no tengo el valor para contar la historia que, en otro tiempo, busqué contar con otros hombres que aún teniendo todo servido en bandeja fueron incapaces de aprovecharlo. Que su valor es algo inentendible para mí. Que no entiendo cómo puede ser capaz de hacer algo por mí, así. 

- Uh, la puta - me contestó, decepcionado - (...)  Por lo menos, cuando cuentes esta historia, el día de mañana, no vas a decir que "ese tipo grande era un cagón, que son todos iguales - me dijo. 

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Sin que pudiera darme cuenta, empezaron a caer. Fue tan asertivo en sus palabras que, misteriosamente, logró derrumbar mi defensa. Acababa por entender que si quería un tipo valiente la vida había hecho lo suyo para mostrármelo pero, al mismo tiempo, el tiempo y la coraza habían hecho lo suyo para comerme mi propio valor. 

- No, eso es cierto - asumí - por eso, yo te dije que vos sos la excepción a los tipos de tu generación.  Me hiciste sentir que no soy infalible, así que, gracias. Perdón por hacerte perder tu tiempo, de verdad, perdoname. 

- Nooo. No hace falta que me pidas perdón. No soy "tu rayo" - aludió, en relación al pasaje de Cortázar que, ambos, amamos. 

" Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al revés... " 
- Bueno, convengamos que tampoco soy tu rayo - le recordé, de nuevo, siendo utilizada por el miedo.

- Pero estaba dispuesto a ir hasta el patio para ver si eras - me contestó.



domingo, 1 de septiembre de 2019

Gastadas

- ¿Por qué hablás con la cara, Veinteava? - me dijo, mi compañero de sector, con el que siempre jodemos. 

Mi coetáneo. Mi compañero de viaje. El que es un corso a trasmano. El que es un desorden con patas. El escorpiano de humor tan escorpiano. El que me ayudó cuando recién aprendía las cosas. Al que yo ayudo, ni bien sé algo que le puede servir, en compensación de esas épocas. Mi "amigo", en la oficina. El que me dice "amiguita", porque se siente grande, superlativo, aunque me lleve dos años. 

Me reí. Es una cosa tremenda pero, nosotros, no podemos hablar sin reírnos. Nos miramos, nos hacemos un gesto, y nos empezamos a reír a nivel "estar tentados". 

- ¿Por qué no me dejás en paz? - le contesté, obvio, siempre en chiste. 

- Porque todo el tiempo hablás con las cejas; hacés caras - me recordó - Son muy chistosas tus caras. 

- ¿Y por qué me estás mirando todo el tiempo? Mirate vos, la cara que tenés... ¡Dios, después de decís a mí de mi cara! ¿Te viste, papá? 

- ¿Qué tiene mi cara, loco? 

- Nada, no tiene nada, precisamente - ironicé - Sólo rasgos de estupidez, lo que no es poco... - me reí antes de terminar la frase. 

- Callate, vos, concheta, que vivís en ese barrio de conchetos - me cargó - Hablás con "tipo", son todos unos chetos, ustedes. No comen una hamburguesa en la calle porque ya les cae mal 

Me reí, intentando contener al máximo la risa. 

- No seas malo. ¡La próxima vez vamos a ir a comer a un lugar donde haya mesas! - me volví a reír. 

Hace un tiempo, cuando salimos de trabajar un viernes, comimos comida al paso. A mí, me dolió mucho la panza durante días. Él, por el contrario, ni lo sintió. Obvio, fue motivo de cargadas. 

- Callate, vos, idiota, que me decís concheta a mí pero no bajaste del tren para comer ni una pizza donde vivo yo... ¿Qué te hacés? 

Se rió, a carcajadas. Está pasando un momento tan terrible en su vida que, honestamente, ni yo sé cómo lo hago reír. 

- Yo no me hago nada. No soy como vos, que me hago las manos, ni nada... 

- Deberías, porque sos bastante, bastante, bastante put*** - le contesté - Te quedaría lindo un rosita, así, bien lindo, para la primavera. 

Se me quedó mirando y se empezó a reír, sin contestarme. 

- ¿Qué?  - le pregunté, siguiendo el carril de la broma.  

Parecía que se estaba conteniendo con todo para no decirme algo. 

- Nada... 

- Dale, decime, qué. ¿Qué?  - insistí. 

- Nada, nena, nada... - me burló. 

- Te cagaste todo, sos un sonso, eso es por joder. 

Sacudió la cabeza, riéndose, con cara de "sí, sí, claro". 

- No, no me cagué todo. Es que no te puedo contestar acá. Me van a cagar echando. 
- Pero si te gustan los chicos yo te acepto igual. No como vos, que me juzgas por donde vivo. 
- Seeh, claro, me gustan los pibes, dale - sacudió la cabeza - ¡Sos una hija de puta!  

- Callaaate, dale - lo pinché. 

- Dale, que no me pueden echar ahora, necesito el laburo... - se rió -  Dale, cheta - me burló. 

- Mejor no me respondas porque si nos vamos a las trompadas acá, ahí sí que nos echan a los dos... - se la seguí - y yo también necesito el trabajo.  Portate bien, y no vuelvas a hablar de mi cara, dejame trabajar en paz , no se puede así, todo el tiempo así, todo el tiempo...  - ironicé. 

Lo miré, me sonreí y seguí laburando.  Me miró, se rió, sacudió la cabeza, y siguió laburando.