Es muy extraño como la vida, a veces, te pone en situaciones inciertas.
Vivís en un mapa de estabilidad, tenés en claro ciertas cosas, y te sentís en casa. Estás con tu familia, ves a tus hermanas, amás profundamente a tu sobrino y te parece un milagro verlo crecer. También trabajás, estudiás, vas a la Facultad, te encontrás con tus amigos, a veces te comprás alguna cosa, pagás tus cuentas, te reís con tus compañeros de trabajo, te amargás porque te piden muchas fotocopias para estudiar y en dos clases de una sola materia ya llevás gastando $2000 de una forma demasiado rápida ya sea para comprar como para leer; y...
Te cruzás al tipo que supo partirte la cabeza durante cinco años, lo saludás como si nada, y seguís caminando por la calle. Comprás libros en oferta. Merendás con amigos. Sacás cuentas, de nuevo, antes de pensar cuánto podés gastar en el supermercado, cuánto en pagar la tarjeta de crédito, cuánto en transporte, cuánto en misceláneas. Te cae en el horizonte un saludo demasiado cordial de Tipo I, otro mensaje de Tipo II, y Tipo III te escribe por detrás en horarios de laburo diciéndote que estás linda, que olés rico, que sos una mujer inteligente, buena, que se nota que se buena tipa, y que llegó tarde pero que le gustás, que disfruta verte todos los días y hablarte. Viajás en tren, en colectivo, en auto. A veces, viajás sola. Otras veces, viajás con tu compañero de oficina hablando de la vida, comiendo, y riéndote hasta más no poder. Al rato, quizá, te encontrás con tus compañeros de Facultad, los abrazás, te reís, te acomodás y escuchás la clase. Te gusta lo que estudiás, mucho, pese a que por momentos sea un enorme sacrificio trabajar y estudiar a la vez, porque no tenés tiempo para casi nada. Compartís mates con ellos, angustias, sueño, mucho sueño, y ganas de largar todo sólo para darse fuerzas y seguir. Llegás a tu casa, cenás, te bañás y te acostás, muchas veces, luego de quince horas y media fuera y deseás que el día siguiente todo pueda ir mejor, confiando, anhelando, esforzándose para que sea así.
Tu realidad, milagrosamente, fluye. Hasta que un día, ese milagroso discurrir que es el presente construido con tanto trabajo, da un giro disruptivo de todo orden y te deja descolocado. Comprendés que tenés miedo. Que la vida que sentías tan elegida, tan pensada, tan macerada, en realidad, es la suma de decisiones que fuiste tomando antes de éste giro inesperado, pero que hay una cantidad enorme de posibilidades fuera de lo conocido. Que lo que tenés constituido pese a que te hace sentir feliz, no es lo único que hay. Comprendés que, realmente, un día podés estar acá y al otro día la vida te pudo haber llevado allá. Y eso, te da mucho miedo. Comprendés que hay cosas que, inevitablemente, nos pasan para enseñarnos o mostrarnos algo. Y aunque no sepas muy bien qué es, a ciencia cierta, te das cuenta que la ficción de las garantías pequeñas, de esas certezas que en realidad son aparentes, puede parecer lo más confortable y bonito del mundo; cuando, del otro lado, hay un salto sin red.
Pero... ¿cómo saber si, en realidad, es lo de uno?
II
(...)
- Bueno, está bien Veinteava, no voy a viajar - me escribió.
Después de todo lo que le dije, esa respuesta, era la única posible. Pero también, luego de leerla, sin saber bien por qué, se me empezaron a caer las lágrimas.
- Te juro, realmente, que me hubiese gustado conocerte en otras circunstancias - le contesté.
- ¿Qué circunstancias? - me respondió.
- Cuando empezamos a hablar, yo le dije eso a mi mejor amiga porque no estamos cerca y... es difícil. Que era una lástima que viviéramos lejos porque, en personalidad, eras mi tipo de tipo.
- No hay otras circunstancias. Éstas son las circunstancias - me contestó.
- Sí, ya lo sé - respondí.
(...)
- Aunque no vengas, aunque no hablemos más, tengo que admitir que te conté más cosas de las que casi nadie supo en estos últimos cinco años; así que gracias - le dije - Recordé lo que era ser vulnerable y me dí cuenta que no soy infalible.
¿Qué decirle a una persona que te está ofreciendo jugarse, realmente, jugársela? ¿Perdón pero tengo mucho miedo y no puedo contra eso? ¿Perdón pero no quiero perder mi vida, ni arriesgarme a verte porque sé que, por la esencia, ya sos distinto a la media de la gente y es un riesgo enorme conocerte, encontrarme con una persona que me guste y con la cual no pueda compartir la vida? No sabía cómo explicarle lo que, para mí misma, es imposible de explicar todavía ahora cuando pasaron algunos días después de haber hablado por última vez y de haber tomado la decisión más cobarde en veintipico de años.
- Imaginate si nos hubiéramos conocido - me contestó. "No puedo exponer todo lo que tengo", pensé. - Yo me sentía muy sensible con vos - admitió, por su parte - Me hiciste pasar unos días hermosos. "Yo también me sentí acompañada, en bolas, totalmente, asombrada por tener tanto en común con tantos años de diferencia, viviendo cada uno en un lugar diferente... sí, pero... ", me dije, haciendo una confesión personal. Sin embargo, a él, le contesté otra cosa.
Cuando nos despedimos, después de un díalogo tan extraño como difícil, pensé, de inmediato, en el doloroso precio que se paga por ser cobarde. Y, sin que pudiera evitarlo, me puse a llorar de la bronca... Porque, varios roles fui asumiendo en mi vida hasta el momento, pero jamás había quedado trancada en el de tipa cobarde; al contrario, había sido la que pelándose de miedo enfrentaba su escollo para aprender, para demostrarse a si misma que era capaz, que iba a poder lograr sus objetivos.
¿Y entonces...?
Aunque me parezca lo más extraño del planeta, ahí estaba yo, la persona dura por fuera y más sensible por dentro, lagrimeando como una idiota por causa de un desconocido al que conocí mucho mejor que a gente con la que he compartido meses. Ahí estaba, lagrimeando de bronca por no poder dar un paso que, más allá del destino del hecho en sí, me hubiera ayudado muchísimo a crecer y a luchar, de nuevo, por mi identidad. Sí, aunque mi mente me decía que no podía llorar por eso, que podía ser un loquito suelto y yo estaba llorando como una estúpida porque no quería exponerme; yo lloraba. Comandada por mi costado menos racional, sentía ganas de llorar por estar dejando pasar tan libremente una oportunidad de valor que nunca antes había presenciado, con la que nunca antes me habían sorprendido.
¿Y cómo podía ser que, en el preciso momento...? La razón tiene circuitos que el corazón no entiende jamás. En éste momento de mi vida hubiera necesitado de todo el coraje del mundo, de todo el coraje que siempre estuvo, pero que sorpresivamente ahora se esfumó.
II
Yo pensé, realmente, que iba a estar aliviada con la decisión que tomé. Que, como no iba a tener ese miedo galopante que sentía cada vez que me imaginaba el simple hecho de estar tomando un café o comiendo algo consigo; me iba a sentir mejor finalmente y que eso iba a ser "vivir tranquila, no complicármela al pedo". Pensé que todo esto (que no entiendo cómo me pasó a mí) no me iba a importar ni bien cerrase la aplicación, como me pasa con el resto de los tipos sean de donde sean y hagan lo que hagan. Pensé que me iba a dar igual. Pensé que iba a alcanzarme con el prejuicio de la diferencia de edad, con la razón, con las complicaciones evidentes. Pensé que me iba a conformar con decirme: "no, es una locura de las grandes, no jodas Veinte, es la que te faltaba, dale, ni lo pienses, es un no, seguí acá con tu vida, bien tranqui, sin complicártela. Además, es obvio que vas a sufrir como un perro en una situación así, y no, no es justo".
Y sin embargo, me equivoqué otra vez.
Jamás creí que me iba a quedar con esta sensación de vacío. De buscar algo entre la multitud de lugares que recorro, de buscar algo en las redes, de buscar algo en un mensaje. De buscar lo que sabemos le pertenece a alguien que no está cerca nuestro, pero del que no se puede decir que no exista por causa de la lejanía. Éste es el meollo del asunto: en mí habita un sentimiento raro. Siento como si nosotros hubiéramos compartido todo esto en persona, como si supiera su historia pero faltara simplemente saber cómo parpadea o qué olor tiene el perfume que me dijo que usa. Éso es lo extraño; las redes malditamente sociales han acabado por acercarme a una persona que, de seguir estando en su provincia natal, jamás hubiera conocido y de la cual jamás hubiera esperado este estallido. Éso es lo que mi mente no alcanza, no es apta por el momento, a comprender.
¿En qué quedaré? ¿Seguiré en el afán de buscar algo, o a alguien, que yo sé bien dónde está y a quien no dejo venir por el simple hecho de saber que no va a poder quedarse conmigo? ¿De ésa posición, cómo se sale? Viviendo. Siguiendo el mismo camino establecido. Recordando que cada uno tiene compromisos en su provincia natal y lamentablemente, éstas son las circunstancias de las que me quejé desde el primer momento.
Hoy, siendo honesta, no le encuentro otra salida al asunto.
El saber que los dos estamos muy establecidos en sus respectivos paisajes, fue el motivo por el que jamás le pedí que viniera. Jamás esbocé ni siquiera la remota idea de que alguno de los dos viajara para allá en ningún momento de éstos meses. Me pareció la única forma de protegernos, de ahorrarnos un dolor, de no probar la droga para después no empezar un sistema de padecimiento, de distancia, de tristeza, por lo lógico: hay una distancia física que, de romperse, implica que se modifique en un nivel demasiado profundo la vida elegida. Si jamás le pedí que venga fue por saber, desde el vamos, que si permito que venga, y si permito que esté, y si doy el espacio para que se la juegue, lo siguiente quizá sea de lo más difícil por atravesar.
¿Y cómo estar ahí, listo, apto, para eso?
III
¿Y si lo que hizo que se me cayeran las lágrimas en su momento, tuvo mucho más que ver con una cuestión de identidad?
Cuando hablamos, durante este tiempo, yo sentí algo que, por lo general, no siento con la gente. Y eso es el haber sido completamente real. Eso, nadie lo va a entender, nadie más que yo, ya lo sé... Además ¿cómo le explicás a familiares, amigos, conocidos, que vos te entendés con personas diferentes a las que tomarían en cuenta? ¿Cómo explicás que, en base a ese entendimiento, alguien te está proponiendo tomarse un avión y verte?
Hace unos días, miré pasajes de allá para acá. Del lado de acá, al lado de allá. Y no me entró demasiado bien en la cabeza cómo una persona es capaz de ponerse en ese gasto de avión, hotel, tiempo, y más dinero extra; para verme, para saber quién soy, aunque sea un bicho raro. Para escucharme. Para hablarme y contarme sus cosas. Para pasear y estar conmigo. ¿De verdad pasan estas cosas? Mi mente no las cree y... No, no las puede entender.
IV
Lo mejor que me llevo de todo esto es que, desde acá, o en China, pude ser yo, finalmente, sin vergüenza. Encontré en esas conversaciones a una persona a mi nivel, intelectual, si se quiere, pero además, con quien fue posible hablar de la vida. Pero hablar en serio de la vida. Una persona con la que no tuve que pensar: "sí, está bien", a modo de consuelo barato. Al contrario. Una persona que, aún mismo esté a 900 kilómetros hizo posible un contacto mucho más asociado a mí que cualquier otra charla o vínculo posible de establecerse acá, con un tipo al que yo tenga frente a mí, con quien tenga la posibilidad de verme todos los días y dormir todas las noches.
Es muy extraño como la vida, a veces, te pone en situaciones inciertas. Paradójicas. Burlonas.
Yo, todavía, no puedo soportar ni estar atravesada por el miedo a patear el tablero, pero tampoco, no puedo soportar el haber tomado ésta decisión.
Hoy por hoy, no encuentro el punto medio que me permita entender qué hice bien, y qué hice mal, en todo esto. ¿Será la insatisfacción esto agridulce que siento como el regusto final de un hecho,en lo más fino de la garganta? ¿Cómo se aprende a vivir insatisfecho, ganado por la razón, adscrito al debe ser?