Pasó, sin más y
de manera oficial, mi primera semana de clases. Realmente ahora, en la comodidad de casa, un ventilador de techo y la calma después de mis matecitos de viernes, logré relajarme.
Todavía es pronto para hacer balances generales, pero al menos haré el balance de la semana. Una semana es, en la mayoría de los casos, muy poco tiempo para todo o al menos, muy poco tiempo para mí en algunos aspectos. Las clases del curso previo que estoy haciendo me caen bien. Tenía ganas de estudiar, esa es la verdad. Sentía que me faltaba algo y ansiaba recuperarlo, porque el vacío no se llenó durante todos estos meses fuera del mundo de Letras. Ahora, habiendo vuelto a elegirla, el panorama es otro y aunque sea otra vez un período de inserción - otra vez todo lo que para mí implica -, por ahora, no quiero quejarme. Me enfoco en lo que me gusta, que realmente, es mucho.
Me gustan las aulas, la limpieza, los cuadros de Cortázar, las pinturas de Xul Solar en los pasillos hasta el aula que me toca. Me gusta que la política esté centralizada sólo en un sector y que sean un gran porcentaje menos invasivos que lo que era antes, en mi anterior experiencia. Me gusta que me quede muchísimo más cerca de casa - y me deja mejor parada a la hora de organizar todo mi día - me gusta, tal como me queda cerca, poder leer con más tranquilidad. Me gusta que a pesar de madrugar mucho - porque me tardan bastante los dos colectivos que tomo - sólo sean dos colectivos y en una de esas, me quede tiempo para un cortadito en el bar. Me gustó esta primera semana, y por encima de todo, traté de poner la mejor predisposición posible. Aún sabiendo que, en otros aspectos de mi vida, las cosas están hechas una madeja de complicaciones y ramificaciones de más problemas.
Lo que no me encontró del todo satisfecha, es la gente. Otra vez, la gente. La disparidad que propone, lo impredecible de ellos y esa sensación recurrente que me asalta siempre que constato empíricamente - es decir por medio de la experiencia - que tratar con gente más grande que yo me es realmente natural y encontrarme con chicos de mi edad es lo más acortonado del mundo, por momentos. No se dan una idea de lo incómoda que me siento, de lo... "raro" que me parece. De lo que me cuesta congeniar, congeniar de verdad. En el afán de balancear el asunto, intento superarme cada día. Juro, estuve haciendo muchos esfuerzos por ser sociable, inicié conversaciones, me mostré dispuesta y conté algunos trozos de mi vida. Solo que... No sé siquiera como explicarlo.
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Particularmente, esos momentos de la película, a pesar de todo, me siento como si yo estuviera siendo retratada. Y no solo por la similitud del pelo y de los ojos. |
Hoy particularmente hubo algo que detonó mi mal humor y me desvió del camino de la buena predisposición. Todo empezó porque adelante mío se sentó un muchacho, de aspecto joven. Un pibe, por decirlo así. Por esas cosas de la vida quedé sentada al lado suyo y ni bien me aproximé a su zona, se puso particularmente incómodo. La cuestión aquí radica en que algunas de las actividades tienen formato grupal, y por ello, intento poner la mejor voluntad a la hora de no sumarme obstáculos.
- ¿Había que hacerlo todo el trabajo? - le pregunté, a pesar de saber que no, sólo para sacarle charla y demostrarle que no, efectivamente, no muerdo; y que tampoco hacía falta que me mirara de reojo como si fuera un fantasma.
- No - murmuró, mirándome apenas. Le sostuve la mirada fugazmente para no intimidarlo - Había que hacer estos dos puntos - me señaló.
- Ahh... - sonreí - Entonces no me equivoqué - lo miré, intentando ser amable - Muchas gracias - le dije y me concentré en lo mío. Otra vez, miradas de reojo que yo intentaba evadir. Me concentré, asimismo, en mirarlo mejor... Con sorpresa me dí cuenta que era un chico lindo, asistiendo a mi propia conmoción. Tenía la sombra de la barba oscura, el pelo a juego y unos ojos claros que mezquina muchísimo, pero que valen la pena, o eso creía.
Esa fue, como la transcribo, toda la conversación. Pasó un momento más y llegó la hora del trabajo grupal, pero antes, hubo una lectura comprensiva donde miró intensamente todo lo que yo estaba subrayando de los textos. Supongo, se sentiría algo acomplejado por no haber leído. Cuando llegó la hora de hacer el trabajo, efectivamente, junté mis módicas fuerzas y después de asegurarme que no me iba a morder, accioné.
- ¿Vos querés hacerlo solo el trabajo? - lo miré - Porque si querés podemos hacerlo en grupo - sugerí.
- Es que - se quedó callado - No terminé de leerlo - intermitente me miró
- Ahhh, está bien, no hay drama - sonreí - Yo te decía por las dudas...
- ¿Vos lo leíste?
- Sí, lo leí - respondí - Igualmente, no es un texto complicado. Vas a ver que lo lees y lo vas a entender - insistí. No me respondió nada - En fin, no pasa nada - añadí en todo casi inaudible. Tampoco rebatió mi comentario con nada. Me callé y junté toda mi tolerancia para soportar la falencia tan grande que tengo con mis contemporáneos, concentrándome en el trabajo.
Llegó el momento del intervalo y nos levantamos de nuestras sillas. Él salió y yo hice lo mismo. Me quedé mirando obras de arte que hay expuestas en el pasillo, disfrutando porque son de uno de mis artistas favoritos. En ese momento, se me acercó otro muchacho a hablar a lo cual respondí y con el cual, de hecho, inicié una laaaarga conversación. Conversación donde se sumó otro chico que simpáticamente me tendió la mano y reconoció ciertos orígenes de mi nombre. Ese chico me pareció el más sencillo y a su vez, el más transparente de todos, por lo cual, enseguida me dispuse a comentarle más o menos a qué venía el cuento, como para que se integre, cosa que no le costó. Más compenetrada y menos tensa, por esas cosas que tienen los intervalos universitarios, miré para mi costado; otra vez, cerca de las obras de arte y encontré otra vez, mirándome ahora sin tantos tapujos, a mi compañero de al lado. Correspondí a su mirada con un chispazo discreto, pero persistente y segundos después retomé la conversación.
Cuando volví del intervalo, dispuesta a seguir con mi trabajo, caí en la cuenta que ya no tenía más compañero de asiento. Que se había mudado, específicamente, y que se había sentado en el fondo de la fila donde estábamos, aprovechando el espacio que se había liberado conforme se habían traslado fuera todos los demás. Cuando instintivamente miré para poder determinar cuál era mi asiento, lo veo conversando tan ameno, suelto y entretenido. Reparó en mí un segundo y siguió conversando. Era, realmente, otro pendejo distinto. Mucho más abierto, receptivo y, hay que reconocerlo, usualmente simpático... Al menos, con todos los demás.
Así, mientras lo escuchaba participar en clase con precisión, pletórico de aciertos, lo miré con desprecio y me ubiqué en mi silla. <<Estúpido >> pensé, indignada, porque tampoco hacía falta cambiarse de fila para seguir ignorándome. No es, aunque él no lo sepa ni lo vaya a saber nunca, la primera vez que me siento despreciada así, como si mordiera, como si intimidara, como si fuera un bicho raro; cuando realmente no tengo ni por lejos un aspecto amenazante. Su actitud me recordó bastantes otras cosas que hicieron la última parte de la clase bastante larga. Cuando salí, y me encontré con algunos chicos más en la parada del colectivo, e incluso me tomé un colectivo con uno, y charlé todo el viaje, intenté dejar pasar el suceso. Pero aquí estoy, contándolo, y volviendo a afirmar - aún después del extenso recorrido del maldito colectivo "opción dos", que soy realmente torpe para incurrir en las relaciones sociales. Y que, además, no creo encontrar nunca a nadie que me comprenda bien, en ningún sentido. Ni siquiera, para hacer un trabajo práctico.
El chico con quien compartí el bondi, para mi desagracia, tuvo la preciosa idea de querer levantarme, por decirlo así. La primera cosa que hizo mal, además de la arrogancia y el uso de un vocabulario que le sonaba inadecuado si se notaba que era forzado, fue regalarme algo.
Lo cual rechacé, sin perder la buena educación, eludiendo una vez más esa maldita fijación que tienen muchos tipos de intentar entrarme nada más que por las cosas materiales; desde grandes propuestas hasta insignificancias.
¿Será que es irreivindicable mi falencia en términos de socialización? ¿Será que toda la gente a la que intento acercarme, que no ronde la frontera de diez años de diferencia por delante, me mire como si mordiera? ¿Qué es, carajo, lo que resulta tan amedrentador? ¿Qué es en lo que estoy tan errada? ¿Qué tengo que, parece, no me sé expresar bien, al punto de que nadie entiende especialmente lo que digo? ¿Por qué tantos extremos?
Incluso, una vez que el primer pibe se fue, busqué estéticamente una posición para ver el reflejo de mi cara y de mis ropas. En ninguno de los dos casos tenía nada, visible al menos para mí, que espantara a la gente de mi alrededor.
A casa llegué desanimada.