domingo, 30 de agosto de 2026

Las piezas en el tablero

El miércoles, después de vernos con Javier, volví a casa caminando. No acepté que me dejara en la esquina. Simplemente, necesité caminar por el barrio aprovechando las pocas cuadras que separan su casa de la mia.  

Mientras voy, un rato antes y me acerco a su vereda, pienso que durante años me dolió esa casa solamente porque sabía que él estaba adentro.   ¿Qué cambió ahora, que puedo entrar otra vez a hacer lo que deseaba tanto? 

A los 19 años, me daba vergüenza ir a su casa. Lo sentía privado, íntimo, como parte de una confianza distinta. Hoy  avanzo unos pasos en su vereda y, sabiendo que la reja va a estar abierta, empujo la puerta.  La puerta se abre y, en cuanto escucha el ruido, Javier sabe que soy yo y me abre la puerta principal mientras me saluda y mas de una vez me ha abrazado. 

¿Esto lo hablamos, lo arreglamos? Claramente, no. Se fue tejiendo. Se fue gestando en la inmediata necesidad de acercanos siendo que llegamos a este punto.  Con un Javier que escucha el ruido de la reja cerrándose con mis pasos detras y me abre sin dudarlo un segundo la puerta principal.  Y con una yo, que sigue yendo a su cueva a buscar quien sabe qué cosa. 

Esta semana no tuve terapia por lo que su nombre y el mio no fueron pronunciados en la misma oración.  Y eso implicó llevar conmigo el costo, el silencio y la sensación que me queda. 

¿Qué sentí, mientras estaba con él? ¿Por qué volví a estarlo, la pasé bien en términos sexuales, me gustó, me sentí conectada, deseada y deseante, activa?  

Si soy sincera, una sensación de irrealidad me atravesó. Especialmente, porque fue muy fuerte la idea que durante meses se me añadió: el ya no me desea, y yo, no tengo que sacarle agua a las piedras. Justamente, encontrarme con un Javier cauteloso pero deseante, que parecía tener una lista de todas mis preferencias, me dejó dudando.  Para mi, el ya no cuenta. Y sigue sin contar aunque nos hayamos reencontrado. 

Aunque también esa sensación de irrealidad vino acompañada de otra muy extraña: sentí que se me enchufaba la sexualidad al cuerpo. Que mi cuerpo lograba resolver un deseo que le habia quedado atragantado, no desde una vigencia pero si desde una necesidad de concreción. 

Lo cierto es que ya he hablado del tema muchas veces. No siento necesidad de escribir más cómo nos tocamos, lo que me dijo, lo que le dije yo.   Pero a partir del miércoles entendí porque mi sexualidad se había visto afectada desde ese suceso en adelante y como el miércoles vino a unir dos esquinas mías que habían quedado perdidas. 
 
Sin embargo, eso no tiene que ver con Javier. Eso tiene que ver conmigo y el otro deseando. Conmigo sintiéndome deseada y devolviendo.  Conmigo pudiendo cerrar el círculo sexual. 

Durante los últimos dos meses, vine sintiéndome bastante lejana al deseo. Si bien con Mi Programa existe una línea, la intensidad es muy diferente, el vínculo es muy diferente y siento que debo proponer mucho. Pero no tenía tanto interés en hacerlo. Asi, fui buscando respuestas.  Y cada vez que cerraba los ojos, a solas, o con alguien mas, la imagen de Javier volvía a mi mente. Pensaba en la ultima experiencia y mi excitacion se apagaba. 

Cuando Javier se comunicó hace una semana, por primera vez después de esa noche que hubiera jurado era la última; yo senti un escalofrío distinto en el cuerpo. Y a medida que me fue tirando distintos dardos, confirmé que no se trataba de que yo no tuviera ganas, sino, de que me habían dejado un deseo pendiente. Y lo pendiente, genera mucha incomodidad.  Por eso, a solas o con otro, no podia realmente disfrutar.  No podia soltarlo todo como acostumbraba.  

II. 

Mientras vuelve a tomar mi cuerpo con sus manos de siempre, no deja de repetirme que quiere escucharme. Que quiere escucharme los gemidos, las puteadas que se me escapan, las formas descarnadas en las que me rehuso a decirle lo que me gusta.  Y yo, anhelo expulsar finalmente todo lo que quedó sin fundamento, clavado en el orden del deseo, como foto en una placa de corcho.  

Y justamente por ese anhelo, me cuesta demasiado llegar. Porque es el camino hacia una dirección que pensé que ya no existía en el mundo. 

- ¿Te gusta? - me pregunta. 

- Si, me gusta - le digo, mientras trato de hacer foco mental. 

- Quiero escucharte, por favor - me pide - Quiero que tengas un orgasmo de los que a vos te gustan - insiste. 

- Ay, Javier, por Dios. Me voy a morir, no digas eso. 

- Si, dale, por favor, lo quiero - dice y me da besos por todo el cuerpo, bajando la intensidad- Te quiero ver. 

Mientras intensifica sus embestidas, y yo siento que sí voy a poder, que sí voy a poder, pero que va a ser muy fuerte y necesito tiempo, Javier me hace las mas picantes atenciones.  Hasta que finalmente, le pido sus manos. 

- ¿Me das la mano? 

- Espérame dos segundos - dice y me acomoda, haciéndome reir - Tomá. 

Agarro su mano y la acomodo sobre mi. Javier sabe lo que me gusta eso y me toca demasiado rápido, desesperado. Pero yo, bajo la velocidad.  Le pido que solamente me de sus manos y me lo haga todo lo suave que pueda. 

- ¿Suave querés? 

- Si. Estoy al borde y no... 

Me besa los hombros. 

- Tranquila, tranquila - me calma - Vení conmigo - dice y me pega a su cuerpo. 

De pronto, me hace unas caricias muy íntimas. Suaves. Acertadas. Y siento que si, que ahi si, que simplemente es seguir con eso hasta el sol. 

- Te quiero sentir toda - me insiste. 

Y yo voy perdiendo las demoras. Javier se mueve profundo dentro de mi intenso. Vuelvo a gemir desde el fondo de mi ser, como jamás podré fingirlo.  Es una suplica, una necesidad, un desgarro, un placer inexplicable.   Javier no se va. Mas bien, sostiene eso como cuidandolo. La burbuja de mi orgasmo crece. Crece. Crece. 

Me siento cada vez más blanda, mas liviana, mas reducida a una bola humana de placer que irradia magia y tensión a todo el cuerpo. 

- Asi, si - me susurra Javier, enloquecido, y si por peor pudiera ser, me da mis gustitos mas sutiles.  Me besa el cuerpo y me acaricia el pelo, mientras me agarra desacatado con la otra mano.  

Yo gimo. 

- Si, asi, asi - me alienta - No te guardes, dámelo todo para mí. Por favor - dice. 

Y mientras reviento en un orgasmo espectacular, Javier me aprieta y me susurra: 

- Eso, ves, no había que guardarse nada. 

Mientras le devuelvo el punto, Javier se tapa la cara, aprieta los dientes y trata de controlarse. Sin embargo, su orgasmo llega muy intenso.  Se desarma en si mismo y tiembla, mientras encierra mi cuerpo con sus piernas y yo lo abrazo y acompaño de mi lado. Tiembla entero. Gime y se sacude con espasmos.  

Todo lo que fácilmente había olvidado, y todo lo que me costaba recolectar en mi, como piezas perdidas, de pronto aparece en el tablero. 

Lo que sigue es volver a atravesar la reja blanca y mirar hacia adelante.  



jueves, 27 de agosto de 2026

Nunca más, Camila


- Te fuiste enojada la última vez, eh. Fue complicado.  

 

Miré a Javier y le puse cara. Hacía dos meses que no lo veía y, cuando me abre la puerta, estamos vestidos del mismo color. Verde. Verde botella. Verde que te quiero verde. Me dice Camila por la Camila que se enamoró de Ladislao, la de la época de Rosas. Yo, le digo Ladislao, que Ladislao tuvo más huevos que él, que ni loco él podría ser Ladislao. Re Camila sos, me dice. Ladislao te van a fusilar, Ladislao te van a matar, nos van a matar, replico yo.  Camila, Camila. Camila ¿me hacés masajes?

 

Me siento en su mesa. Abre una Coca-Cola haciendo real lo de juntarse a tomar una coca. Ahí me tira la factura como una manera de reflotar el tema sobre el que ya me había machacado el fin de semana.  Y yo, respondo, esta vez, cara a cara: 

 

- Conociste una versión áspera de mí, lo sé – digo con cierta ironía - Pero no entendía para qué me habías convocado, por eso reaccioné así. Ponete en mi lugar: estaba en la casa de un tipo al que no sabía qué le pasaba; si estaba deseando que me fuera o que no me quería ni ver. En bolas, sola, frente a vos. Como para no salir cagando como salí – le dije.  

 

- No, lo sé, perdoname. Lo entiendo. Lo sé. No estoy diciendo nada de eso. Vos ya me lo explicaste y está bien. 

 

- Bueno – le digo. Tomo un sorbo de Coca-Cola y lo miro servirse en su vaso, y darle rosca a la tapita.

 

- Lo que paso, le puede pasar a cualquiera. Fue una mala noche - insistió – Yo me siento culpable. Eso es. 

 

- Sí. Mi lectura era clara. Que vos estabas harto y me habías convocado porque estabas aburrido. Después, aclaramos. Si vos me preguntás, mi actitud fue porque no estaba dentro de tu cabeza y no sabía qué hacer - le expliqué. 

 

- Yo me sentía terrible ese día, eso era lo que me pasaba.  Y después de lo del teatro, dije: " no la llamo nunca más, nunca más la voy a llamar" - confesó, refiriéndose a mí. 

 

Me quedé callada. Nunca más me pareció demasiado tiempo. ¿Nunca más? ¿Desde cuándo Javier usa el nunca más?

 

- ¿Antes o después de vernos? – quise saber.

 

- Antes. 

 

- ¿Por qué? – pregunté.

 

Necesité saber. Javier jamás me había confesado esas escalas, ni tampoco sus pensamientos. Más allá de los lugares comunes de: “pienso en vos, o en esto, todo el tiempo”, esto era nueva información.

 

Se removió en la silla. Yo, apoyé una mano en mi cara, me la sostuve con ella, y lo miré, esperándolo.  Javier sacó su bolso de fútbol, dominado por la ansiedad, y empezó a desarmarlo.  Cuanta camiseta verde deseé del mundo, definitivamente, estaba metida ahí adentro; pensé, con cierta nostalgia, recordando la época donde lo quería pero lo tenía demasiado lejos.

 

Mientras dobla una remera, Javier me da las explicaciones que no le pedí:

 

- Porque lo que pasó es que ella me dijo que iba a hacer unos talleres, anda con todo eso de los talleres. Y me comentó que te iba a invitar a vos para que participes - me confesó, refiriéndose a su novia – Y cuando me lo dijo… - suspiró.

 

Ahí estaba la info, el motivo, frente a mi cara. A Javier le había llevado dos meses ponerme en palabras algo tan capital como que cuando nos imaginó coexistiendo en el mismo espacio, se paralizó con cuerpo y todo.  Sin contar que por escasos motivos casuales, su novia y yo estudiamos lo mismo y nos interesan aristas muy parecidas del mundo.

 

-            y cuando me lo dijo, dije: “esto no puede ser” – me explicó.

 

Tomé aire y traté de ser cuidadosa con mis palabras.

 

- Javi ¿ vos crees que yo hubiese sido capaz de participar, aunque ella me invitara? - le pregunté. 

 

- No, no. Ya sé, ya sé – me dijo sin dudarlo ni un segundo - Pero cuando dijo eso, me sentí terrible por lo que estaba haciendo con vos y ella diciéndome eso.

 

-            Entiendo – dije.

-             Y por eso tomé tanta distancia y vos me ves que tomo tanta distancia de vos aunque me cuesta. Para no confundir. 

 

Me quedé pensando. Algo. Un breve detalle. Javier habia dicho que nunca mas tenía que meterse conmigo y, al otro dia, me había escrito de la nada. Ese dia me había dicho que había estado tomando whiskey y yo le pregunté qué le pasaba que me escribía de la nada, en una charla que era más desesperación que coherencia.  Javier solamente me repetía: vos te tenes que buscar gente mas joven como pareja, tenes que estar con hombres mas jóvenes, no te pueden gustar los viejos a vos, dejá de mirar viejos.

 

Y a mí, que eso me había sonado super extraño por la forma, ahora, de pronto, me cerraba. Me había escrito, sí, como un último gesto. Por eso había tomado vino y wiskey en un episodio melancólico y me había cuestionado todas las elecciones. Y por todo eso, también, cuando yo le dije que me dejara de joder con ese tema, que no le había pedido consejos sobre cómo vivir si era mi vida y no la suya;  acabamos en el resultado funesto. El fracaso general que había ocurrido con el cuerpo y lo que había generado que yo me fuera llevada por los demonios.

 

Dos meses después, cuando Javier me confiesa esa info en la cocina de su casa y me perjura que él dijo: "con ella nunca más", yo le digo: 

 

- Es lo que tenes que hacer, sí – no lo digo con altivez, lo mío es un murmullo. Lo máximo que puedo hacer por él en este momento. Murmurar una recomendación que ya le he repetido hasta el cansancio.

 

- Si, es que yo no quiero lastimar... Y cuando estoy demasiado cerca de vos, hago cualquier cosa – me dice – Me cuesta mucho tomar distancia, pero hago el esfuerzo porque yo sé que puedo hacer un desastre – insiste.

 

Asiento. Tomo más Coca-Cola para empujarme las ganas de decirle que el día donde a él lo entierren bajo siete metros de tierra, y a mi lo propio, vamos a diluir la tensión.  Me lo callo. Como a todo. Lo sigo escuchando en mi postura racional, fría, que sería capaz de congelar su corazón antes que dar el brazo a torcer y ablandarse.

 

- Insisto, Javi – le digo - yo jamas me prestaría a sentarme con cara de nada, ahí, sabiendo que por otro lado nosotros dos tenemos estos problemas para sostenernos los límites.  Estos son los problemas, no lo que hagan los demás.

 

Asiente como un niño y dice:

 

- Ya lo sé. Porque aunque yo te convoque como me decís vos, siempre siento culpa. Siempre me siento culpable con esta situación. 

 

- Lo se. Hemos hablado mil veces de esto- le digo con suavidad – No es mi  meta hacerte sentir de esa forma, pero tampoco puedo saber qué te detona.  Yo te repito que no cuando vos me invitas por eso. Pero pareces no darte cuenta de que es eso lo que hago. Me decís que soy caprichosa, que no quiero, que te boludeo.

 

Javier sonríe.  

 

- Ya sé que siempre te digo lo mismo -insistió - pero necesito tenerlo claro. 

 

- Y yo lo entiendo. ¿Sabés qué? De mi lado, yo jamás te iba a volver a escribir. Si no fuera porque me escribiste vos, jamas nos hubiésemos visto de nuevo. Porque si debe ser asi, sera así, no hay mucho más para agregar.

 

Me puso cara. 

 

- Si, lo que pasa es que tengo que poder manejarlo – me dice.

 

- ¿Manejar qué? 

 

- Esto.

 

-            ¿Cómo, Javi?

 

-            Cuando me dejo llevar por la calentura, por todo, con vos, no me siento mal – dice - Siempre pienso, siempre siento culpa, pero es una culpa manejable, con la que puedo vivir.

 

Me quedo callada. Me parece terrible todo lo que dice, cómo lo pinta, cómo no parece darse cuenta que la vida no se trata de aguantar. De manejar. De contener y ocultar.

 

-            ¿Y entonces?

-             Eso, es una culpa manejable. Donde me siento más bien que mal. Es más bien lo que me pasa que mal. Porque si fuera mal, mal... – me advierte – yo no lo haría nunca más.

-            Increíble – digo.

-            Es que – me dice, verborrágico – cuando yo estoy con vos, cuando venís, la paso re bien. Al otro día me quiero matar, me siento re culpable. Ahora, si yo  dejo que esto sea frecuente sé que me voy a mandar una cagada. Estoy seguro. Algo se me va a mezclar y... no quiero lastimar a nadie. 

 

Asiento, en silencio.

 

- Si, ya me lo dijiste. Ya lo escuché, sí – le recuerdo -  Y entiendo que se te complicaría capaz tener las cosas en mente, no pisarte, no sé la calidad de tus miedos – le explico, sin ningún tipo de ironía.

 

- ¿Cómo? 

 

- Claro, que es todo una muestra de lo mismo. Es todo un correlato de culpa que vive con vos y atraviesa todo lo que vivís. Y como te dije, la culpa la calla uno, por experiencia te lo digo, la culpa uno la va suavizando con lo que hace. Si llamas, si no, yo no puedo controlarte. 

 

- No, ya lo sé. Por eso, cuando tomo distancia de vos, lo puedo manejar. Cuando estoy lejos, digo, sí, ya está, no lo hago más. Tome mucha distancia de vos, viste. No te escribí durante un montón de tiempo y me la banqué. 

 

-            ¿Y después? – suspiro - ¿Sabés cuál es la cagada en nosotros? – le digo – Que el problema de nosotros somos nosotros. Es así.  Yo te digo si vos no me escribís no te escribo y te ponés re denso para que te conteste…

 

Sonríe. Le sonrío.

 

-            Este Ladislao… – le digo, a modo de broma suave, para aligerar la atmosfera.

 

- Igual nadie sabe que con ando... que con vos, digo... – dice – Nunca lo hablé con nadie.

 

- Me parece bien. Nadie sabe de mi lado. 

 

- No. Del mio tampoco. Nadie sabe. Ni siquiera nadie que no te conozca. Quiero decir que no se lo cuento a nadie. Aunque no te conozca.  

 

- Cuento con vos para eso, si.  Cuidame un poco, yo también guardo silencio.

 

- No, es que viste que a veces los tipos cuentan. Yo no cuento de vos a nadie. Porque me pone incómodo andar hablando de si yo esto, lo otro. Aunque no te conozcan.

 

- Bueno, pero no le veo la necesidad. No te la tenes que estar midiendo con nadie. No te hace falta. 

 

- No. Es que me siento un pelotudo porque tengo mas de 50 años, bah, tengo 55 años, y ¿qué voy a decir? Sí, tengo una amante. 

 

Lo dijo de una forma tan descarnada que me hizo reaccionar. 

 

- ¿Y a quién se lo tendrías que decir, a los pibes del fútbol? Dale, Javi – le digo, mofando – Me parece que ya sos un tipo grande para andar midiéndotela con los otros.

 

- Si. Ya se. Es que no quiero, porque no lo considero una anécdota. Si yo estoy solo, tampoco hablaría con nadie de esto -me aclaró.

 

De pronto, me iluminé.

 

- Claro, porque a vos te da vergüenza que alguien se entere de que te acostas con una chica de 31 años a tu edad. Pero es la verdad, es lo que vos estás viviendo – le digo.

 

Javier me miró. 

 

- No, es que no diría nada si estoy solo. Y tampoco andaría ahí con el mensaje, que sí que no, si estoy solo, ya estoy grande para todo eso de andar corriendo riesgos. 

 

- Y no. Yo no te doy bola, pero bueno, no nos demos mas bola y chau. Ya está. 

 

- Es que, a mi edad, me siento un boludo teniendo amante, entendes. Perdon. No quiero cansarte. Esto es así, entre nosotros. Nos podemos llamar o no nos podemos llamar, pero siempre va a estar todo bien. Yo quiero que me saludes si me ves por la calle, y si no querés nada, esta todo bien y capaz que yo no quiero y bueno – dice, vagamente – Pero hay que tener todo muy claro para hacer esto bien y sin confundirse. 

 

<<Confundirse ¿con qué? Insiste demasiado y basta con controlarse>>, pienso.

 

- Javier, no todo puede explicarse, pero si atajarse. Dejemoslo asi. Para mí esta todo claro.

 

-            No está bien, está bien. Perdón, yo te canso siempre con lo mismo…

 

-            A mi me quedan claras las cosas con hablar una vez – le sonrío - ¿O no te acordás que soy de capricornio?

 

- Si, se que lo sabes - dijo y sonrió, cálidamente.  

 

- Para mi es complicado también. Estoy con alguien y no lo tengo por qué andar exponiendo, pero si se trata de una elección que uno hace. Lo tengo claro, que esto es así y que hay un trasfondo, pero yo no me voy a quedar esperando. Nada tengo que demostrar ni andar esperando de tu lado, siendo que vos estás cuasi casado. No puedo esperar a los 31 años.  Por eso no te escribí mas. 

 

- No, está bien. Yo no quiero que esperes nada, no, por eso. No quiero que te sientas mal, tampoco  -suspiró. 

 

- No lo hago, no puedo hacerlo, Javi – le digo, como si se lo confesara -  Pero te pongo en tema para que entiendas que esto es lo que es. Para cambiarlo, hay que dejarlo. 

 

- Sí, pero... - murmuró - voy a buscar un short. Ya vengo. Un segundo. 

 

- Anda, ya fue – le digo, sin querer retomar el tema -  ¿De qué jugas hoy? 

 

- De 5. 

 

- ¿Se cagan a palos los +50?

 

- Nah. Estamos bien. 

 

- Bueno, ármate eso tranquilo. Yo me voy, te dejo - le digo, mientras camina en boxer y se va juntando medias, camisetas y afines.

 

-            Pará, esperá.  ¿Te llevo, queres? – me dice.

 

Javier, en boxer, con su pierna tatuada, sin duda, es la imagen que nunca me imaginé poder tener. Andá y explicale eso a mi versión enamorada. Definitivamente, es inexplicable.

 

- No, no, buscá el short. Vas a llegar tarde. Llevate recambio. Siempre me olvido, yo.

 

Sonrió.

 

-            Sí, me llevo.

 

- Bueno, pero te acompaño a la puerta. Esperá que me pongo un pantalón.

 

- Bueno, dale - dije y lo mire, rápidamente, para hacerle un comentario mas, en cuanto volvió de ponerse un pantalón.

 

Cuando me doy vuelta, veo que estaba mirándome distinto. Como si me midiera, o me admirara, con distancia.

 

- Estamos verde que te quiero verde – musito, cuando me pongo la campera.

 

Me mira, de nuevo.

 

- Ah siiii – dice.

 

Le hago un gesto gracioso, cuando me pongo la capucha, para aflojar.  Él se ríe.

 

-            ¿Vamos?

 

Me acompaña a la puerta. Me mira y yo me alejo.

 

-            No hace tanto frío para campera y capucha.

-            No es por el frío la capucha.  Es porque no quiero que me vean salir de acá.

-            Está bien – dice, suave, como si le importara nada – Chau, saludame.

-            Cuidate. Buen partido - lo saludo. 

 

Me abraza levemente, siempre llevando una mano extra a la de un saludo normal.

 

- Gracias. 

 

Mientras me alejo caminando en la noche del barrio, él hace tiempo en la puerta con su perro. Sé por qué, está vigilando hasta donde puede que nadie se me cruce en el camino.  Hasta donde puede manejarlo, me digo, con sorna. Y  finalmente, lo pienso, lo formalizo en mi misma: qué mentira más grande.  

 

Sí. Qué mentira mas grande. 

 

Manejarlo es hacer exactamente lo que estaba haciendo yo, hasta que vino de nuevo con su pelo, su barba, su perfume, su olor, sus manos suaves, su voz, sus gemidos, sus mil y una formas de enchufar de nuevo la sexualidad a ml cuerpo, de hacerme llegar a los orgasmos más angustiosos e intensos de mi vida.  Su afán de hacerme el amor en cualquier lado, de cualquier manera, sus arengas para que llegue, todo es mar lleno de ruidos que es su vida. Su gracia vigente de decirme: por favor, no te guardes nada conmigo, quiero escucharte, por favor, quiero sentirlo todo para mí. O sus “aguántate”, jocosos, cuando me está tocando donde quiero y yo me desespero a tal punto que le digo basta, no, me quiero ir; aunque lo que quiero es quedarme. Y él lo sabe, entonces, me sostiene y me dice: “no, no, te aguantás ahora, vos”. Y me dejo derretir como muriéndome.

 

Yo lo odio por eso, pero lejanamente, también lo amo por eso. Lo detesto por lo que sabe sacar de mí, que no tengo que explicarle, o a quien tengo que pedirle que le baje y no que le suba intensidad.  Claramente, ese es el problema entre nosotros.

 

Un rato antes, lo miro. Javier sonríe, cálido, complaciente y se deja llevar. 

 

- ¿Puedo? ¿Vos estas bien? - le pregunto, suave. 

 

- Si, Camila. Todo podés hacer - me dice y me mira con sus mejores ojos. Es como si me recorriera entera, con algo parecido a la satisfacción, al deseo, a la ternura y al precio de esa ternura 

 

Me río.

 

-            Bueno, puf, todo es un montonazo – lo burlo.

 

- ¿Me merezco, ahora, que hagas cosas no? Porque me dijiste que yo tengo que merecerme tus cosas. ¿Lo logré? – quiere saber.

 

Lo miro. Le pongo cara de “no preguntes si ya sabés que sí” y me río.  Es como si estuviera en un trance. 

 

- ¿Lo logré o no lo logré? ¿No me vas a decir que no la próxima?

 

- Algo, algo, merecés. Un gesto, apenas – le digo, con sorna.

 

Javier me mira y se retuerce de una rabia dulce. Me abre grande los ojos y su gesto se ablanda.  

 

- ¿Me lo prometes? Prometeme. Dale. Es una promesa – dice y hace un gesto con la mano.

 

Asiento.

 

- Una promesa. 

 

El resto es darme vuelta. Inspirar hondo. Casarme con otra persona mejor, mas adecuada. Tener una hija, ahora que todavía tengo tiempo y me parece que quiero mas que antes. Una niña de rulos que ojalá nunca sepa que existió Javier. Una niña que camine por la principal conmigo de la mano. Una niña que pueda criar con otro, lejos de las culpas, lo que se desea y no se dice, y lo que se debe manejar.  

 

Eso me doy cuenta. Yo no quiero una vida para manejar. Yo quiero formar una vida y una familia para vivir. 

 

En el medio, difícil. Porque por más que uno se dé vuelta, y apueste a un nuevo programa, el pasado se mete por todas las hendijas. Me sigue preguntando si no me acuerdo.  Claro que me acuerdo.  Olvidarme, es el problema.

 

martes, 25 de agosto de 2026

La radioculpa

Me di cuenta ayer, cuando me quedé a solas.  Había estado todo el día escapando. Todo el santo día escapándome de un pensamiento implantado, casi a pesar mío. Escapándome porque prefería trabajar y no ponerme a pensar en cosas que no tienen mucho sentido pero que, de igual manera, pasan.

En estos dos meses de contacto -1 con Javier, la verdad, es que traté de no pensar tanto en lo que había pasado, ni en él. Me cansó y dije: “chau”.  Seguí adelante con una rutina completísima durante la semana, descansando los findes y haciendo mi vida.   

Él llegó con un: “necesito saber que está todo bien entre nosotros, de mi lado sí”. Y yo le dije que también, que todo ok. Entonces me preguntó por qué no nos veíamos y le contesté: ¿para qué?  Y ahí, empezó la verdadera conversación.

Javier reaccionó con pelos, señales y argumentos a esto. Yo, tiré la pelota afuera, incansablemente.  Es siempre la misma cuestión: la culpa vs el deseo.  Y sus palabras: “si es incómodo para los dos, es un problema; pero si es demasiado cómodo también es un problema; si yo no sentiría esta culpa, significaría que nada me importa, pero no es así”.

El punto es que nada de eso es mi problema. De solo pensarlo, me agota.  De ese cansancio improductivo, de ese dolor infecundo, de ese “sí, pero no”, es de lo que me estoy escapando. 

Tal como le dije a Javier: yo no estoy adentro de tu cabeza para adivinar qué es lo que te detona y desconozco el desarrollo de la culpa que sentís. Si entiendo que para vos sea muy difícil de manejar, y lo respeto; pero la culpa es una radio que solamente la apaga el que la padece. De mi lado, puedo decirte que sé que  te cuesta tomar distancia, y que me ha pasado lo mismo, que antes también me re costaba ponerte un límite; pero ahora no quiero exponerme más a pasarla como la pasé la última vez, ni me interesa sentirme así de nuevo. Sacando eso del medio, todo está bien con vos.

-            ¿Estás enojada?

-            No, no. ¿Vos sí?

-            No, ni loco. De mi lado está todo bien con vos. Si no querés que nos acostemos más, no lo hacemos, nos podemos ver para tomar algo si querés.  Podemos charlar, como exs amantes si vos querés que seamos eso y llevarnos bien.

-            Sí, seguro en algún momento nos vamos a cruzar por el barrio… y no pasa nada.

-            Lo único que te pido es que por favor no te cruces de vereda…

Me reí, levemente.

-            No, no seas boludo. Está todo bien.

-            ¿En serio no te acordás? ¿No hice nada bien para que te acuerdes?

-            No, prefiero no hacerlo. Lo que hiciste bien, lo hiciste bien  y yo lo que yo hice bien, lo hice bien. Listo.

-            Ya te vas a acordar, vas a ver. En algún momento…

-            En serio. No tengo por qué. Vos ya no me mirás de la misma forma. ¿Por qué tendría que pasarla mal recordando?

-            ¿Qué no te miro de la misma forma, decís?

-            Obvio. Ya me lo demostraste, me quedó claro. Es todo pasado, a esta altura.

-            Presente, es. ¿Qué pasado?

-            Pasado.

-            Pero yo me acuerdo de todo, cómo me vas a decir que no te acordás, que ya te olvidaste. Me parece haberte dejado muy claro que sí me gustás. Sé todo lo que te gusta, todo, no me podés decir eso.  Te hago una lista ya de las mejores noches.

-            ¿Las pasaste solo?

-            No.

-            Bueno, entonces mantenete humilde.  Porque las cosas que pasaban entre nosotros, pasaban por vos, pero también por mí. Y ese es el problema, para los dos.  A mi me costaba mucho. Pero bueno.  Eso. Eso tengo para decirte.

-            (…)

Eternamente, la misma charla que no llega a ningún lado. Lo llamativo es ¿por qué no suelta y ya está, así como hice yo, durante los últimos dos meses?  

Lo peor es que él solito me dice que me tengo que buscar parejas mas jóvenes, porque los agarro muy viejos, y ese es un consejo que siento que se debe repetir a si mismo. Total ¿qué le importan las decisiones que yo tomo en mi vida, si es una vida en la que jamás estuvo?

Habla raro. Oscuro. Desde un lugar que ya no quiero entender.

 

II.

-            Podemos volver a comer ahí, si te pinta – me dice Mi Programa, porque salió la charla.

-            Sí, yo quiero ir. ¿Vos? – pregunto.

-            Obvio.

-            Ese día me hizo feliz – le dije, riéndome.

Mi Programa y yo, mientras tanto, acomodamos piezas. Yo, ahí, trato de estar presente y disfrutar.  


III.  

Mis redes me lo avisan. Una "publicación" que homenajea a Lorca por los 90 años de su asesinato. A Javier, le gusta esto: 


Qué difícil se ponen a veces las iniciativas de querer a quien nos corresponde. 


domingo, 23 de agosto de 2026

Contacto -1

Javier volvió a escribirme ayer después de 2 meses.  Luego de la noche donde su cuerpo no lo acompañó en el deseo, no nos volvimos a ver, ni hablar, ni yo levanté el guante a sus llamadas de atención. 

Primero un like en redes sociales, después like en mi WhatsApp, hasta que finalmente ayer se decidió y me escribió para saber como estaba.  Sesenta días después, imaginarse que casada con una nena, ya, era lo más sensato. 

Por mi lado, yo habia salido a pasear y cuando estaba volviendo a mi casa, la vi a su novia con unas amigas en una cafetería. De pura casualidad, claro.   Pasé por al lado, segui mi camino y me dije: qué raro, anda por aca, no anda con Javier y no mucho más. ¿Qué me importa a mi, en definitiva?  Llegué a casa, en mi mundo, con mi música, muy zen. 

Cuando agarro el celular de nuevo, veo que Javier me escribió. O sea que mientras tenia que estar pasando tiempo solo, tranquilo, estaba rosqueando.   Le respondo seca. No me hago la boluda, pero, estoy desconcertada. Sin darle un céntimo de confianza. Me explica que quiere saber si entre nosotros las cosas estan bien, que él quiere verme.  Y ahi le respondo: "¿para qué?". 

¿Para que volvamos a pasar por la incomoda y nefasta situación? Cuando pienso en esto, entiendo la principal diferencia. Para mi, Javier ya no cuenta. Dejó de contar hace 60 días. Los mismos donde él evidentemente dudó si estaba o no todo bien, y donde yo, me enfoque en no hacer de ese rechazo mi identidad o mi percepción del cuerpo, por ejemplo.  

Ayer, cuando le respondo con el para qué, él me escribe sin pausa, como dos horas. Hablamos de lo que pasó. Yo le dije la verdad: que me sentí incómoda y que no veía necesidad de exponerme a un contexto lleno de tensiones para recibir ese trato. Que no había sentido ningún tipo de necesidad de acercarme a él, ni nada por el estilo.   Que entendía que había intentando ponerme un límite con el cuerpo y que yo no iba a hacer ninguna movida. 

Javier me pidió perdón. Me dió una larga explicacion que trataba de justificar lo que el definió como una noche muy complicada. Me dijo que no había sido su intención que me sintiera de esa forma; que lo había aturdido la culpa y que lamentablemente era un mambo suyo desde siempre, que le hacía ponerse así de raro. Por eso, yo quizá me había sentido rechazada y esperaba que lo perdonara, porque él había creído ser claro en lo mucho que me deseaba, no puntualmente esa vez quizá con una mala noche, sino con todas las noches anteriores donde la habíamos sabido pasar muy bien.  Aclaró ademas que estaba todo bien de su lado, que si no quería que volviera a pasar ninguna cosa entre nosotros, lo comprendía. Y que, mas alla de todo, podíamos hablar y nos podíamos juntar a charlar, a comer, si yo lo aprobaba. Y, por último, también nos podíamos saludar pero que, por favor, no me cruzara de vereda si lo veia por el barrio.  

Después, nos despedimos cordialmente pero sin ninguna promesa.  Yo no siento ganas de acercarme a una persona que me rechaza y se lo digo literalmente así. Él me dice que no le puedo decir eso, que se supone que está bastante claro que no hay rechazo, que me dio a entender eso en varias oportunidades y que mil veces disfrutamos. 

Pero a mi, es como si me hubiesen quemado el disco. No veo nada mas atras de la última imagen que tengo suya, la de un chasco sexual espantoso y la del dia anterior, en el teatro, jugando al novio feliz mientras por dentro padecía. 

¿Qué, no te acordas?, pregunta.  No, le digo, fue hace mucho.  Y se nota que eso le molesta, porque reacciona con una honda descripción de absolutamente todo lo que me gusta.  A mi me importa poco. O sea, sí, lo sé, pero ¿qué hago con eso, si es un recuerdo? 

En ese rato, me relajo, ceno y le mando un mensaje a Mi Programa porque me quedo pendiente contarle algo. Después, me acuesto.  Ni bien termino de hablar con mi programa, y cuando estoy por dejar el celular en la mesa de noche, el nombre de Javier vuelve a aparecer en la pantalla.

Hablamos, me insiste en la charla anterior. ¿Por qué ya no me rio consigo, por qué creo que ya no le gusto, si se que no es asi, si se que el es culposo? ¿Por qué estoy asi?  

Añade, además, que si es incómodo todo entre nosotros es un problema, pero que si es demasiado comodo, para él, también lo es. Yo, no le digo nada sobre eso. Solamente, que no tenemos que volver a meternos en un problema, que yo estaba bien, que no estoy enojada consigo y que no necesito su check para sentirme linda. 

Javier quiere que salte y usa todo lo que sabe que me molesta, pero me agarra en un buen dia, y hasta me doy el gusto de boludearlo. Lo amé mucho, sí, pero no es el caso ahora. Ya la piedad por el y por su historia, no justifica cómo me trata o como me hizo sentir ese dia. 

Por todo eso, esta vez yo no tengo ganas.  No quiero volver a exponerme a eso, no quiero verme de nuevo en esa película.  Simplemente, aunque claro que me acuerdo de todo, prefiero hacerme la boluda y seguir con mi vida. 

Durante toda esta charla, me dije que sí el me arruina la vida, va a seguir con la suya como si nada. Que llevarme puesta, como se la llevó puesta a su novia, no tendrá costos. Qué probablemente si me arruina la vida sea una anécdota. 

Hoy me levanté, desayuné y me fui a nadar. Nadé 50 intensos minutos, con lo siguiente: 

100 metros suave de entrada en calor. 

250 metros de patada de croll con aletas. 

100 metros de croll con manoplas y aletas. 

100 metros de pecho con manoplas. 

100 metros de croll ida y espalda vuelta, pero sin aletas. 

100 metros de ablande suave. 

Había bastante que dejar adentro del agua. Almorcé, estuve al sol, dormí una siesta con mi gatito y me hice una regia merienda-cena. 

II. 

Ahora, junto fuerzas para levantarme post deporte porque el cansancio se siente. Resuelvo lo último del domingo y a dormir. 

No puedo solucionar este tema con Javier, pero si puedo enfocarme en mi para que, siempre, esta historia dolorosa, me agarre en paz conmigo misma y con la vida que voy eligiendo, aprendiendo a elegir, mejorando muy de a poco, pero a paso constante. 

sábado, 15 de agosto de 2026

Minita al agua 🤽‍♀️

 Hoy entré a la pileta después de un año.

 Hace un año atrás iba al club, entre otras cosas, para bañarme con agua caliente porque el termotanque de mi casa se había arruinado. Hasta que mi papa colocó el nuevo, natación fue un gran refugio en ese momento de necesitar un espacio seguro. 

Hace un año atras, pasaba una de las epocas mas difíciles porque recién descubría cuanto me afectaba la culpa. Terminaba las sesiones de terapia muy triste y me costaba ser constante con las cuestiones que no fueran estrictamente necesarias.  Estaba entendiendo que podía ver y vivir de otra forma pero no veía el futuro. 

Hoy me metí al agua en calma. No buscaba una ducha caliente extra, tampoco me las veía con una culpa que me hizo sentir ganas de morirme.  Un año después, me meto al agua y me repito algo que aprendí y sigo aprendiendo: merezco hacer cosas que me hagan bien a la salud porque tener salud es una bendición. Y esta bendición, hay que aprovecharla como tal, sin sentirse en deuda. 

Durante 30, de mis 31 años, yo me sentí en deuda con la salud. Con tener salud, con las personas que me habían ayudado a sosterme en los momentos mas difíciles cuando era pequeña y por todas las terapias a las que había podido acceder gracias al sacrificio de mi papá y mi mamá.  Eso me generaba cantidades inexplicables de culpa. Sentí durante toda mi vida una necesidad muy intensa de devolverles. De compensarlos. De pagar. 

Cuando hace un año, o más, buena parte de mi estructura colapsó, yo fui conociendo una parte de mi que escondía dolor a través de la cáscara de la culpa.  Había sentido dolor y quería repararlo de alguna manera y no poder hacerlo como yo pensaba que lo tenia que hacer, me llenaba de remordimiento.  

Obviamente que hacer actividades que fueran buenas para mi salud, sin asociarlo a la culpa, me resultaba dificil. Por eso, me costaba sostener el deporte en la adultez, cuando yo misma me lo podia pagar y ya no tenían que hacerlo por mi, como si lo habían hecho desde pequeña.   Y no me costaba por vagoneta. Me costaba porque yo no sabía bendecir mi salud ni sentirla como un regalo.  

Hace un año y poco mas, para mi tener salud era un título de deuda. Algo imposible de saldar. Me sentia en falta constantemente con una especie de equilibrio cósmico de las personas con espasticidad del mundo; donde según esto, yo no tenia ni chance de una vida normal. Y sin embargo, la estaba viviendo. 

Hoy, el panorama es distinto en esto. No implica una batalla ganada. Quizá esto no sea algo ganado nunca. Pero correr la culpa de lado y sanar esta parte de mi historia con trabajo interior, terapia, y tiempo, me trajo mucho alivio. Como si apagara una radio interior que no se había callado nunca. Hasta ahora. 

Si freno un poquito definiría el presente como una mujer que se mete dentro de una pileta y por primera vez en toda su vida no siente que lo hace para vivir y lidiar con su espasticidad, y debe pagar algo después; sino, solo para disfrutar que sabe nadar y nadar la hace sentir sana, feliz y descontracturada.  

Y pensar: qué importante es tener buena salud porque con eso uno puede nadar. 

II. 

Es curioso pero este regreso no tuvo una gran fanfarria.  Me ocupe del pre, obvio. Comí bien, me arme el bolso, me protegi el pelo y tome una sesión de nado de 45 minutos.  También me hice la pedicuria para ir con las manos y pies impecables, combinadas y todo. 

Nada de romperme. Nada de enloquecerme.  Nade 45 minutos con patas de rana, tabla, sin ningún accesorio y cuando lo considere adecuado me saqué la gorra y a las duchas. 

Me pasó algo curioso hoy y es que sentí esta sesión de nado como una meditación constante. Mi cabeza estaba silenciosa. La pileta estaba bastante tranquila. Afuera lloviznaba. Y mi cuerpo era afortunadamente un vehículo que me llevaba a pasear a cuatro metros de profundidad.  

Ir sanando la culpa, me sigue desafiando y dando oportunidades de descubrir mas del mundo, cada dia.  Es sorprendente cómo cuando se logra dejar de escuchar un discurso interior tan contraproducente, uno descubre que hay millones de voces más disponibles. 

Algunas de ellas, construyen mucha paz. 

domingo, 9 de agosto de 2026

Combustión existencial

 Cuando Javier me recibió en su casa ese día, hace muchos meses ya, llevábamos tiempo sin vernos. Ser amantes por entonces no era el plan, era consecuencia de un mal manejo de las cosas. De no poder sostener distancias, de no registrar límites o de no asumir (al menos en mí caso) que ya estaba, que esa manera de vivir no era justa. Que aunque lo amara toda la vida, esto ya no daba para más. 

Hoy en día, meses después de eso, entendí el punto. Un día me encontré en casa, saliendo de la ducha, y me dije: "prefiero amarlo de lejos toda mí vida si así fuera, antes que permitir que me la arruine".  Pero llegar a esta conclusión costó mucho. Y en el camino, vivir consigo tantas experiencias intensas, hizo que costara todavía un poco más. 

Aquel domingo, nos vimos. Hacía bastante calor y yo no sabía que ponerme. Era exactamente mí último mes con 30 años y él lo sabía.   Javier me vio entrar con un tono más rubio en el pelo a su casa, vestida con un short negro, sandalias y una remera sencilla.  No me había dado demasiada vuelta porque siempre me sentía descarnada ante sus ojos negros, intensos, impresionantes.  Me dijo que me quedaba bien el pelo de esa forma, más claro, y yo le hice un chiste.  Rubia menemista. Me sonrió y me miró como si estuviera lejos, ajena, en otra vida, pero indeciblemente cerca.  Como si observara mi cuerpo detras de una vidriera. 

Puso un vinilo en su tocadiscos y conversó despacio sobre lo que había hecho aquel día.  Yo me mantuve en calma. Una calma tensa hasta la primera aproximación.  Principalmente, porque a partir de ahí, todo pareció entrar en un terreno desconocido para ambos.   Y así, se inauguró otra de las experiencias que lo cambiaron todo. 

Ese día, ni bien pase la puerta de madera de su casa, y charlamos brevemente, Javier me condujo con suavidad y me apoyo contra ella. Recuerdo haber pensado lo aplicado que era, porque había tomado nota de una cuestión clave: yo necesitaba intensidad o mejor dicho, desfachatez para entenderme consigo, porque era una bestia que había despertado.  De eso, él, tenía de sobra. Al menos, por entonces. Y así, en ese desborde apasionado, era donde mejor nos entendíamos. 

Me besó tanto y en tan poco tiempo, que mí reacción más genuina y ubicada, fue empujarlo y sacarle la ropa a los tirones. Cómo jamás en mí vida me imaginé desvestir a alguien, al menos, hasta que tuve la oportunidad de hacerlo con él.  El resto, fue cumplir todos mis caprichos.  Besarme por todos lados, acariciar lo pedido, y usar todo su potencial para darme un placer que le sería devuelto en breve. 

Hubo un momento en esa avalancha donde lo vi y me vi y pensé : Dios, no puede estar todo tan mal. Principalmente porque estábamos tirandonos de la ropa, acariciándonos desesperados y besándonos como dos delincuentes; sólo con una puerta de diferencia entre todo el barrio del que había que ocultarse y toda la intimidad posible. 

Y porque, además, se estaban rompiendo todas las reglas. Por eso la culpa, la horrible culpa, no tardaría en llegar luego con su rastrillo prendido fuego, pegando una barrida intensa en el estómago, la garganta y el resto del cuerpo atravesado y marcado por todas las huellas de un encuentro imposible.  

Javier solía decirme que él zafaba de exponer mis marcas porque era poco lo que mostraba su cuerpo. Además, tenía mascotas, jugaba a la pelota y cada acción de contacto le servía para enmascarar otras acciones.  Esa mentira que decía, junto a otras omisiones que lo hacían zafarse de su vida construida bajo otros preceptos, a mí me pesaba demasiado. 

Entonces, le pedía perdón y le explicaba que no lo hacía apropósito. El insistía con un: no importa, no pasa nada y me seguía contando que, a veces, en la ducha o frente al espejo, se encontraba con marcas que yo le había dejado. El pecho con algunos rasguños. El cuello apretado. Los hombros. Tenía su lista personal y privada. 

¿Qué había que hacer, entonces, con todas las que yo también me traía encima? Eran apenas las más sutiles de las infinitas consecuencias de las que siempre le advertí. Chupones. Moretones de todo cuánto nos llevábamos por delante. Rastros. El residuo feliz de las mordidas en todo el cuerpo. La nuca y todo aquello que mí pelo tapara, lleno de señales. 

II. 

Pero ¿qué hacía ahí, por qué estaba así? 

Era difícil responderme. Javier nunca me desatendia tanto para que yo llegara a la respuesta. Y ese domingo, menos aún.  Me había desnudado, me estaba haciendo imposible el minuto de vida y yo acababa de apoyarme contra sus impuestos inmobiliarios y su boletita de agua para que me hiciera el amor; después de que volara con un manotazo todo el lado ocupado de la mesa. 

- ¿Así te lo imaginabas? Estoy haciendo todo lo que querías. Pedime. Vos solamente me lo pedis y yo lo hago. Quiero que disfrutes mucho. 

- No tan así. 

- ¿Cómo que no, por Dios? No seas tremenda conmigo. 

- Lo haces bastante bastante mejor que como yo me imaginaba - le respondí - Estás intuitivo. 

Javier sonrió y me besó toda. Yo trate de no involucrarme tanto en eso, para no generar malos momentos, pero en un determinado momento lo miré y frené.  

- ¿Vos querés besos, que me buscas así, boludo?

- Yo quiero todo. ¿No te das cuenta? 

- Vamos a darnos besos como la gente, entonces- dije. 

Javier se rió. Me acerque a el y lo bese profundamente. Pocas y contadas veces había hecho eso. Muy pocas. Porque se que me saco un poco de quicio.  Con mi poca altura, sin embargo, lo apuré.  Me devolvió el beso con fuerza. Enérgico. Y de esa forma, termino de sacarse la ropa con necesidad, como si con eso se arrancara una vida. 

- ¿Y ahora, qué hacemos? - me dijo mientras me miraba estúpidamente - ¿Qué querés? Yo hago todo lo que me pidas. 

- Llévame a la cama  - le pedí. 

Fue la única vez que se lo pedí. 

- ¿Querés ir a mi cama? 

- Si, Javier. Quiero ir a tu cama, de excursión, como Dora, la exploradora. 

Javier se rió. 

- Qué pendeja que sos - dijo y me llevo a su cama con delicadeza - Sos hermosa hija de puta. ¿Cómo haces todo así, vos? 

Me llevó acariciándome y manteniéndome pegada a su cuerpo, directamente a los pies de su cama. 

- Ni preguntes. 

- Ni pregunto. Bueno. Pero ... ¿acá te gusta? 

- Sí, Javi. 

- Entonces acá te vas a sentar y me vas a dejar que yo...  -empezó a decirme. 

Y el resto, fue historia. 

III. 

De ese diciembre, pasaron muchas cosas. La última vez que lo vi a Javier fue en junio. Ya casi no pienso en los encuentros sexuales, ni en el sonido de placer que salía de su boca cuando lo tocaba. Supongo que el último recuerdo, el recuerdo de su precocidad, va eclipsando todo su deseo anterior. 

No lo considero poco hombre por eso. Al contrario. Es un hombre que sigue seguramente teniendo deseo, y que seguro sigue teniendo sexo con un cuerpo que si lo acompaña.  Es lo mas normal del mundo que le pase eso. Mi lectura solamente se centra en el contexto. Le pasó conmigo, le paso emocionalmente muy conflictuado y eso ya basta de muestra. 

Lo que yo tomé de todo esto fue que su cuerpo me dijo que no, quizá, de una manera en la que el nunca pudo sostenerlo solamente con palabras. Que conmigo no lo acompañó. Y aseguro que recibí el mensaje con creces. De hecho, jamás volví a contactarme con él luego del episodio. 

Ni para aclarar, ni para oscurecer, preferi y sigo eligiendo dejar todo como está en el medio de las múltiples complejidades humanas y emocionales que todos, no solo él, o yo, atravesamos. El deseo es una fuerza muy poderosa, sí, pero perecedera. Y probablemente esa noche (aunque de una forma muy incómoda) esto se puso de manifiesto. Ante eso, no considero que haya ninguna palabra más para decir. 

IV. 

Desde entonces, asumi el compromiso seriamente con Mí Programa. No considero que estemos en una relación sostenible, pero si sé que no inicie ningún tipo de contacto con Javier ni con nadie que implique faltar a mí promesa personal de elegirlo por sobre otros.  

Muy de a poco, conecto con el deseo. Ni es fácil, ni es de hoy para mañana. Es un proceso distinto porque el no haber sido elegida esa noche (ni siquiera con el cuerpo), me dió duro. Generó en mi espacios para inseguridades. Empecé a verme menos linda, a sentirme menos linda, a considerarme menos capaz de despertar el deseo de otros.  Porque aunque no lo tome personal, si me ubique dentro de esa escena como la persona que no fue invitada a la reunión.  

Hoy, casi dos meses después del episodio precoz de Javier, ya no uno sus dificultades con mis condiciones.  Son cosas distintas y que quiza, si otro hubiera sido el caso, se zanajaban con helado y una buena peli y un rato compartiendo muchas cosas mas que la cama.  Simplemente, segui adelante. Empecé a pensar en como conectarme con mi confianza, mi deseo, mis ganas.  

Estoy masticando cosas, si, pero no estoy cerrada. Si viniera a mí otra persona que me volase la tapa del corazón, obviamente, me arriesgaría. Mi Programa es bueno, pero no es candidato al largo plazo. 

Lo nuestro es un mientras tanto que no me hace sufrir, un lindo mientras tanto, con sentido y profundidad; pero también con sombras, o con silencios, que prefiero no habitar.   Así que mientras suceda, lo tomo como un compromiso liviano. 

El resto, es una combustión existencial que estamos olvidando. Como ya dije hace un tiempo, para Javier complicarme la vida, podía ser una anécdota dentro de su proceso. A él no le importa el tiempo perdido, ni el tiempo que pasamos, ni lo poco que sabe querer a alguien. Nada de eso lo convoca. Pero a mi, sí.