Cuando Javier me recibió en su casa ese día, hace muchos meses ya, llevábamos tiempo sin vernos. Ser amantes por entonces no era el plan, era consecuencia de un mal manejo de las cosas. De no poder sostener distancias, de no registrar límites o de no asumir (al menos en mí caso) que ya estaba, que esa manera de vivir no era justa. Que aunque lo amara toda la vida, esto ya no daba para más.
Hoy en día, meses después de eso, entendí el punto. Un día me encontré en casa, saliendo de la ducha, y me dije: "prefiero amarlo de lejos toda mí vida si así fuera, antes que permitir que me la arruine". Pero llegar a esta conclusión costó mucho. Y en el camino, vivir consigo tantas experiencias intensas, hizo que costara todavía un poco más.
Aquel domingo, nos vimos. Hacía bastante calor y yo no sabía que ponerme. Era exactamente mí último mes con 30 años y él lo sabía. Javier me vio entrar con un tono más rubio en el pelo a su casa, vestida con un short negro, sandalias y una remera sencilla. No me había dado demasiada vuelta porque siempre me sentía descarnada ante sus ojos negros, intensos, impresionantes. Me dijo que me quedaba bien el pelo de esa forma, más claro, y yo le hice un chiste. Rubia menemista. Me sonrió y me miró como si estuviera lejos, ajena, en otra vida, pero indeciblemente cerca. Como si observara mi cuerpo detras de una vidriera.
Puso un vinilo en su tocadiscos y conversó despacio sobre lo que había hecho aquel día. Yo me mantuve en calma. Una calma tensa hasta la primera aproximación. Principalmente, porque a partir de ahí, todo pareció entrar en un terreno desconocido para ambos. Y así, se inauguró otra de las experiencias que lo cambiaron todo.
Ese día, ni bien pase la puerta de madera de su casa, y charlamos brevemente, Javier me condujo con suavidad y me apoyo contra ella. Recuerdo haber pensado lo aplicado que era, porque había tomado nota de una cuestión clave: yo necesitaba intensidad o mejor dicho, desfachatez para entenderme consigo, porque era una bestia que había despertado. De eso, él, tenía de sobra. Al menos, por entonces. Y así, en ese desborde apasionado, era donde mejor nos entendíamos.
Me besó tanto y en tan poco tiempo, que mí reacción más genuina y ubicada, fue empujarlo y sacarle la ropa a los tirones. Cómo jamás en mí vida me imaginé desvestir a alguien, al menos, hasta que tuve la oportunidad de hacerlo con él. El resto, fue cumplir todos mis caprichos. Besarme por todos lados, acariciar lo pedido, y usar todo su potencial para darme un placer que le sería devuelto en breve.
Hubo un momento en esa avalancha donde lo vi y me vi y pensé : Dios, no puede estar todo tan mal. Principalmente porque estábamos tirandonos de la ropa, acariciándonos desesperados y besándonos como dos delincuentes; sólo con una puerta de diferencia entre todo el barrio del que había que ocultarse y toda la intimidad posible.
Y porque, además, se estaban rompiendo todas las reglas. Por eso la culpa, la horrible culpa, no tardaría en llegar luego con su rastrillo prendido fuego, pegando una barrida intensa en el estómago, la garganta y el resto del cuerpo atravesado y marcado por todas las huellas de un encuentro imposible.
Javier solía decirme que él zafaba de exponer mis marcas porque era poco lo que mostraba su cuerpo. Además, tenía mascotas, jugaba a la pelota y cada acción de contacto le servía para enmascarar otras acciones. Esa mentira que decía, junto a otras omisiones que lo hacían zafarse de su vida construida bajo otros preceptos, a mí me pesaba demasiado.
Entonces, le pedía perdón y le explicaba que no lo hacía apropósito. El insistía con un: no importa, no pasa nada y me seguía contando que, a veces, en la ducha o frente al espejo, se encontraba con marcas que yo le había dejado. El pecho con algunos rasguños. El cuello apretado. Los hombros. Tenía su lista personal y privada.
¿Qué había que hacer, entonces, con todas las que yo también me traía encima? Eran apenas las más sutiles de las infinitas consecuencias de las que siempre le advertí. Chupones. Moretones de todo cuánto nos llevábamos por delante. Rastros. El residuo feliz de las mordidas en todo el cuerpo. La nuca y todo aquello que mí pelo tapara, lleno de señales.
II.
Pero ¿qué hacía ahí, por qué estaba así?
Era difícil responderme. Javier nunca me desatendia tanto para que yo llegara a la respuesta. Y ese domingo, menos aún. Me había desnudado, me estaba haciendo imposible el minuto de vida y yo acababa de apoyarme contra sus impuestos inmobiliarios y su boletita de agua para que me hiciera el amor; después de que volara con un manotazo todo el lado ocupado de la mesa.
- ¿Así te lo imaginabas? Estoy haciendo todo lo que querías. Pedime. Vos solamente me lo pedis y yo lo hago. Quiero que disfrutes mucho.
- No tan así.
- ¿Cómo que no, por Dios? No seas tremenda conmigo.
- Lo haces bastante bastante mejor que como yo me imaginaba - le respondí - Estás intuitivo.
Javier sonrió y me besó toda. Yo trate de no involucrarme tanto en eso, para no generar malos momentos, pero en un determinado momento lo miré y frené.
- ¿Vos querés besos, que me buscas así, boludo?
- Yo quiero todo. ¿No te das cuenta?
- Vamos a darnos besos como la gente, entonces- dije.
Javier se rió. Me acerque a el y lo bese profundamente. Pocas y contadas veces había hecho eso. Muy pocas. Porque se que me saco un poco de quicio. Con mi poca altura, sin embargo, lo apuré. Me devolvió el beso con fuerza. Enérgico. Y de esa forma, termino de sacarse la ropa con necesidad, como si con eso se arrancara una vida.
- ¿Y ahora, qué hacemos? - me dijo mientras me miraba estúpidamente - ¿Qué querés? Yo hago todo lo que me pidas.
- Llévame a la cama - le pedí.
Fue la única vez que se lo pedí.
- ¿Querés ir a mi cama?
- Si, Javier. Quiero ir a tu cama, de excursión, como Dora, la exploradora.
Javier se rió.
- Qué pendeja que sos - dijo y me llevo a su cama con delicadeza - Sos hermosa hija de puta. ¿Cómo haces todo así, vos?
Me llevó acariciándome y manteniéndome pegada a su cuerpo, directamente a los pies de su cama.
- Ni preguntes.
- Ni pregunto. Bueno. Pero ... ¿acá te gusta?
- Sí, Javi.
- Entonces acá te vas a sentar y me vas a dejar que yo... -empezó a decirme.
Y el resto, fue historia.
III.
De ese diciembre, pasaron muchas cosas. La última vez que lo vi a Javier fue en junio. Ya casi no pienso en los encuentros sexuales, ni en el sonido de placer que salía de su boca cuando lo tocaba. Supongo que el último recuerdo, el recuerdo de su precocidad, va eclipsando todo su deseo anterior.
No lo considero poco hombre por eso. Al contrario. Es un hombre que sigue seguramente teniendo deseo, y que seguro sigue teniendo sexo con un cuerpo que si lo acompaña. Es lo mas normal del mundo que le pase eso. Mi lectura solamente se centra en el contexto. Le pasó conmigo, le paso emocionalmente muy conflictuado y eso ya basta de muestra.
Lo que yo tomé de todo esto fue que su cuerpo me dijo que no, quizá, de una manera en la que el nunca pudo sostenerlo solamente con palabras. Que conmigo no lo acompañó. Y aseguro que recibí el mensaje con creces. De hecho, jamás volví a contactarme con él luego del episodio.
Ni para aclarar, ni para oscurecer, preferi y sigo eligiendo dejar todo como está en el medio de las múltiples complejidades humanas y emocionales que todos, no solo él, o yo, atravesamos. El deseo es una fuerza muy poderosa, sí, pero perecedera. Y probablemente esa noche (aunque de una forma muy incómoda) esto se puso de manifiesto. Ante eso, no considero que haya ninguna palabra más para decir.
IV.
Desde entonces, asumi el compromiso seriamente con Mí Programa. No considero que estemos en una relación sostenible, pero si sé que no inicie ningún tipo de contacto con Javier ni con nadie que implique faltar a mí promesa personal de elegirlo por sobre otros.
Muy de a poco, conecto con el deseo. Ni es fácil, ni es de hoy para mañana. Es un proceso distinto porque el no haber sido elegida esa noche (ni siquiera con el cuerpo), me dió duro. Generó en mi espacios para inseguridades. Empecé a verme menos linda, a sentirme menos linda, a considerarme menos capaz de despertar el deseo de otros. Porque aunque no lo tome personal, si me ubique dentro de esa escena como la persona que no fue invitada a la reunión.
Hoy, casi dos meses después del episodio precoz de Javier, ya no uno sus dificultades con mis condiciones. Son cosas distintas y que quiza, si otro hubiera sido el caso, se zanajaban con helado y una buena peli y un rato compartiendo muchas cosas mas que la cama. Simplemente, segui adelante. Empecé a pensar en como conectarme con mi confianza, mi deseo, mis ganas.
Estoy masticando cosas, si, pero no estoy cerrada. Si viniera a mí otra persona que me volase la tapa del corazón, obviamente, me arriesgaría. Mi Programa es bueno, pero no es candidato al largo plazo.
Lo nuestro es un mientras tanto que no me hace sufrir, un lindo mientras tanto, con sentido y profundidad; pero también con sombras, o con silencios, que prefiero no habitar. Así que mientras suceda, lo tomo como un compromiso liviano.
El resto, es una combustión existencial que estamos olvidando. Como ya dije hace un tiempo, para Javier complicarme la vida, podía ser una anécdota dentro de su proceso. A él no le importa el tiempo perdido, ni el tiempo que pasamos, ni lo poco que sabe querer a alguien. Nada de eso lo convoca. Pero a mi, sí.
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