miércoles, 25 de octubre de 2023
Tres horas
lunes, 23 de octubre de 2023
Diario de una multi: El día después de las elecciones
Aquí estoy: el día después de las elecciones. Hoy en el trabajo escuché frases tan crudas sobre nuestro país, que crujia por dentro.
Más allá de que este es un entorno de ultra derecha, con ex militares y ex funcionarios de un gobierno antiperonista, asombra que crean cosas tan feas del país... Básicamente, porque lo viven y siempre podes tener lo malo y lo bueno. Siempre está. Y se entiende que a veces gane alguien más cercano a tu ideología y otras veces que no, pero ¿eso te hace odiar a tu país?
Por suerte, llegué a casa y ya no tuve que esconder mí inclinación política, como si hago en el trabajo. Me bañé. Estuve con mí familia. Hablamos de política como ayer. Me sentí más tranquila.
Jamás me imaginé en mí vida pasar por esta situación de trabajar en un lugar tan tan político y tener que esconderlo, pero bueno... Es así. Es una multinacional liderada por personas de ese signo político. Y yo soy una persona que por suerte tiene una historia y una vida más real, más allá de ese trabajo.
sábado, 21 de octubre de 2023
El permitido
Hace dos semanas, Javier fue a comprar comida al supermercado. Me llevo a su casa después como si fuera una latita más de cerveza. Hoy pienso que no hay nada más feo que sentirte un permitido para una persona que, en lo personal, te hace sentir cosas intensas. Pero también me doy cuenta que yo hago lo mismo consigo. Nos codificamos en algo más que el deseo, y es el qué representa el otro.
Nos tomamos como objetos, como licencias de la vida que formamos. De las cosas de siempre. Dejamos escapar por un ratito o por un periodo de tiempo muy corto esa otra versión, y luego, muy apaciblemente continuamos. No es que queremos incorporar al otro en la rutina, ni hacelo participe de una vida. Es simplemente que el otro para nosotros representa la variable de excepción, es decir, el permitido. El papel borrador donde uno pone expresamente lo que quiere y no le importa controlarlo.
Javier hace dos semanas se dio el permiso de llevarme a su casa desde el supermercado como si fuera una Coca Cola más. Me apoyó, me abrazo, me regaló un vino, me insinuó que si yo lo dejaba me podía llevar al dormitorio donde ya me llevo una vez (y después casi se muere) y me llevó a mí casa entendiendo que no se podía tomar esa gaseosa. Yo me di el permiso de dejarme llevar. Tan simple como eso. Tan complejo como eso. Y se que cuando me dejo llevar el costo mental es alto, pero además, el quiebre de Javier es una mezcla de goce, de bronca, de amor, de desesperación y de odio.
Sé que cuando me dejo llevar compruebo lo que siempre supe. Que lo puedo pese a que negó diez años lo que le pasaba y que me menosprecio. Y esa falsa noción de justicia, ese afán mío de tener razón, y de disfrutar con el desborde y el nerviosismo del otro como si fuera una venganza, es mi permitido.
Javier me parece un tipo muy básico en si. Pero fue el tipo que mas ame en el mundo y el único que me menosprecio con la excusa de protegerme. Y el mismo que ahora no puede ni hablar cuando lo rodeo. Que se tiene que mojar la cara con agua cuando me tiene cerca y que no se puede dejar de reír como un tonto. El mismo que siempre pero siempre cae. El que no me puede decir que no y el que no puede sostener un límite. El débil. El que se piensa que me puede tomar como un culo y no se de cuenta que el que está tomado, a fin de cuentas, es él.
Pero no por mí. No está tomado por mí. Está tomado por la desesperación que le genera mi persona. Y si, una parte mía, quiere hacerlo pasar por esa situacion mil veces. Desesperarlo. Hacerlo dudar de si mismo. Mostrarle el humor y el deseo que puede despertarse en el y dejarlo con las manos vacías.
Creo que para Javier soy el permitido para ponerse al día con sus deseos más allá del que dirán, de su familia que es tan moralista, de su pareja y de su imagen. Una cosa es lo que sale en la declaración de su vida formal, y otra cosa es la vida que le hubiese gustado vivir y en la que prefiere no pensar. Por la que no va a dejar de fantasear hasta que no se ponga a pensar en eso. Y Javier jamás va a pensar seriamente en esta situación. Jamás va a organizar su linea de tiempo, porque eso implicaría aceptar la clase de vida que vive y la que desea. Él va a permitirse esos momentos de sensibilidad, de mirarme como si la vida se fuera a derretir, de convicción y de desesperación por vivir y luego va a volver a la misma palidez. A la misma declaración oficial de una vida.
Y creo que él es para mí la única persona a la que no logro controlar. Y yo que pretendo controlar todo, ¿como voy a aceptar de forma permanente ese descontrol, no? Por eso es un permitido también frente a mí estructura. Por eso yo me dejo llevar. Porque es mí versión contenida del desastre al que le huyo.
Por eso las relaciones de mí vida cotidiana y la relación amorosa que he tenido con Galeno en el pasado, nada tuvieron que ver con esta yo del permitido. Fueron también la declaración oficial de mí vida. De una vida prolija, ordenada, eficiente, donde sos la que hace.
Los permitidos se escriben en un papel borrador. Se usan y se tiran a la basura. Se consumen como una gaseosa en el supermercado. Y ya está. Se sigue declarando oficialmente una vida.
miércoles, 18 de octubre de 2023
Diario de una multi: Burocracia, whisky y rock and roll
viernes, 13 de octubre de 2023
Amor por el arte
lunes, 9 de octubre de 2023
Causas perdidas
El viernes me encontré a Javier en el supermercado chino del barrio. Desde julio que no lo veía, cuando me encontró por el centro. Siempre la casualidad o la oportunidad nos une y extraño mucho andar por la calle sabiendo que, aunque me lo cruce, nada pasará.
Hace años, cuando todavía imperaba el silencio en nosotros, cruzarnos por la calle era casi imposible. Y cuando sucedía, no traía aquella convulsión.
Viviendo en el mismo barrio, pasábamos meses o años sin vernos. Si nos veiamos, además, siempre era con otra persona. Siempre salía todo mal. Siempre nos quedaba la palabra atravesada. Siempre uno doblaba para la derecha y el otro para la izquierda. Conformábamos el arte de vivir desencontrados. Sencillamente, era así. No encontrábamos ningún momento para hablar a solas ni para estarlo sin que eso implicara un quiebre muy grande. Ninguno de los dos se atrevía a romper un silencio de años tan intenso y mandar un mensaje. Y yo, pensé que eso siempre iba a ser así. Para toda la vida.
Pero llegó el quiebre muy grande y desde entonces con Javier así son las cosas. Nos encontramos a solas por la casualidad de vez en cuando y cuando existe un mínimo margen parecería que todo pero todo lo anterior sigue más vigente que nunca. Nos une la tendencia de contenernos. Y esa torpeza tan evidente es la que hace difícil que contenerse sea del todo posible.
¿Donde hay cierre entonces, o un corte, una limitación? El otro día, me repitió exactamente algo que le dije en julio como si se lo hubiera dicho la semana pasada. Y esa presencia, esa continuidad ficticia, es muy problemática. Principalmente, porque no hace posible el proceso más humano del mundo: distanciarse de las personas, lugares, proyectos, que alguna vez formaron parte importante de nuestra vida.
Entonces pienso ¿qué queda, si no hay un final?
Cuando el viernes lo vi en el supermercado, justo en la caja, pensé en la casualidad y su proyecto. No lo encontré saliendo, ni entre las góndolas que nos desencontrarían; lo encontré adelante mío en la caja.
Puta madre, pienso mientras escribo, porque no me puede volver demente un tipo en la fila de un supermercado y lo logra. Y porque podría haber sucedido que justo se ponía alguna persona más en la fila, para impedir ese encuentro; pero no ocurre. Y así es como nos encontramos. Una coordinación invisible en el barrio.
Parece que pasó lo que tenía que pasar, me digo. Parece que había que tener un encuentro porque simplemente yo entre en un supermercado y Javier estaba ahí. Cómo no pasaba antes, donde siempre sentía que llegaba tarde a su vida permanentemente. Donde me creía sus palabras sobre el destiempo entre nosotros. Donde pensaba que tenía razón cuando me decía que, entre nosotros, todo sería a destiempo.
Pero no; no tiene razón. Ahora, ahí está y surgen complicaciones y contracciones mentales tan fuertes en mí y en en el, que no sé cómo sentirme.
¿Sería lo mejor no volver a verlo nunca? Me encantaría preguntarle si eso lo ayudaría tanto como siento que quizá me ayudaría en un sentido a mí, y me marcaría lo mismo. Se lo he preguntado sobre las charlas o el escaso contacto que de vez en cuando tenemos, y me dijo que no creía que fuera a servir de nada no hablarnos nunca más. ¿Y entonces qué serviría, no? ¿A los fines de quién?
Es muy angustiante darte cuenta que amas a una persona que no te ama. Y que, especialmente con nuestra historia, nunca lo hizo. Es angustiante porque yo me encuentro frente a un sentimiento innegable y no sé qué hacer con el.
He echado tierra encima de ese sentimiento. Me he enojado. Lo he negado diez años de mí vida. ¿Y para qué? Para encontrarme con casi veintinueve años tratando de controlar algo que siento desde los diecinueve.
Me desespera, sí. He intentado trabajar muy duro el tema en terapia, he intentado darle vueltas, he intentado odiar a Javier. He intentado tener otros vínculos, que han funcionado claro que si, y que me han traído muchísimas felicidades... Sin embargo, yo nunca lo dejé de querer.
Y esa incondicional postura de humanidad que siento por el, me parece tan pero tan profunda y estúpida. Me siento tan desvalida frente a él. Me pongo colorada como una adolescente. Digo una cantidad de estupideces que me asombra. Me pongo nerviosa. Siento que tengo un cartel luminoso en la frente que le dice: "idiota, yo te amo". Tiemblo. Me pasan mil cosas en la cabeza y en el cuerpo en milésimas de segundo. No tengo filtro o me cuesta mucho medir lo que le digo.
Es muy agotador sentir todo esto. Me da mucha rabia querer tanto a un hombre con quien nunca voy a poder estar, porque ya no tengo ni ganas ni tiempo para las causas perdidas. Pero ésta causa, ni siquiera es tal cosa. Es un hecho en si mismo, algo que ocurre sin que yo lo pueda controlar. Algo que me pasa, que pasa por dentro mío, y se me pega, y se adueña de mí, y después me deja de lado como el desecho de una vida vivida a medias tintas.
Ante está situación, me quedan dos opciones: o seguir negándome que quiero a este estúpido o aceptarlo y poder trabajar con la aceptación a favor para seguir viviendo una vida posible y no una vida de repuesto.
Ya ni siquiera se trata de lo que quise con el algún día. Hasta a mí me parece ideal. En el presente se trata de las ganas que postergo hoy. Del deseo de hoy. De las privaciones de hoy. De la impotencia de hoy por no poder decirle: "no me hagas desear más cosas que nunca vamos a concretar". Y todo eso me obliga a entenderme dentro de un contexto. A comprender que yo no me puedo obligar a no amar a alguien, simplemente, puedo elegir que hago con ese amor. Y yo ya elegí que hacer con ese amor y es hacer una vida posible más allá de que ese amor no esté en ella.
Porque también tengo derecho a ser feliz. A construir otra felicidad que la que me atraviesa cuando Javier está en la misma habitación. O cuando nos encontramos riéndonos como nunca nos habíamos permitido y nos miramos en esos minutos de silencio y yo al menos pienso: "Dios mio, ¿por qué vivir esto de nuevo, qué tengo que aprender?"
Quizá tengo que aprender a no hacer nada. Solo dejar pasar el tiempo y pensar teorías sobre la vida que vendrá. ¿Qué otra cosa hacer si la persona que vos más querés no te quiere, y tiene una vida y formó una pareja (que independientemente de todo lo que te dijo sobre eso, sigue existiendo), qué otra alternativa me queda si no es aceptar y seguir? Capaz que todo se centra en asumir lo que le corresponde a uno y tratar de sanar esa parte... pero finalmente dejar de nadar en contra de las olas.
Éste es nuestro oleaje. Me desarma aceptarlo, pero es así. Quiero mucho a este tipo complicado, cálido, sensible, gracioso, tonto, suave, de buen corazón y cagón como él solo. Quiero a este hijo de puta, mentiroso, evasivo, hincha pelotas. Quiero a este pelotudo a cuerda, que siempre miró mi amor como algo hermoso y puro -segun su propia definición - y nunca tuvo el valor de aceptarlo.
¿Qué es lo peor? Durante casi diez años pensé que Javier no me quería a mí. A mí como mujer, que no me deseaba, que no lo atraía humanamente... pero no solo se trata de mí. Tampoco se quiere a él. Tampoco se siente merecedor de nada hermoso. Tampoco cree que puede construir una vida diferente. Tampoco se pone manos a la obra en solucionar sus problemas. Él prefiere ocuparse de que los demás merezcan. De que su familia este bien, de que sus padres, de que sus sobrinas, de que sus primos. De que la madre de su pareja, de que su propia pareja, de que la hija de su pareja. ¿Y él? ¿Si no está Javier para Javier, cómo se creerá digno?
Hoy lo veo tan claro, y me apena. A Javier lo masacraron mentalmente. Le quitaron la fe en saberse merecedor de una buena vida. Y tal como me lo confesó, cuando nosotros dos nos conocimos ¿qué se le podía pedir a ese ser humano tan desvalijado? Amor por alguien más, si no lo tenía para si mismo, era lo último en el tarro.
El tipo no podía entender qué le había visto yo, si le habían metido en la cabeza que era una mierda. Si le habían hecho creer que no merecía nada; ni un trabajo que le dé salud mental, ni una familia, ni hijos, ni una vida tranquila, ni la independencia para ocuparse más de sus batallas que las de los demás. ¿Cómo hacerle creer a una persona que no se quiere nada, que su vida es valiosa, tiene solución y que alguien lo ama?
Perdida la batalla hace diez años y diez años después. Es imposible hacer eso desde afuera.
II.
El único consuelo que tengo es que al menos sabe que yo lo quise. Que no se va a ir de este mundo pensando la mierda que le hicieron creer. O al menos, eso espero.
Siempre me lo demuestra a través del lenguaje. Vos me matas. Yo me muero con vos. Yo me voy a morir con vos. Yo no puedo vivir, con vos. Yo no puedo con vos. Me volves loco. Me pones pelotudo. Me pongo pelotudo con vos. No te puedo poner límites. No te puedo decir que no a vos. Todas éstas son literalmente frases suyas, que me dijo especialmente, a partir de abril del 2022.
Y que demuestran que de nada me serviría luchar y luchar como me la pasé años haciendo, porque bastó que volviera diez años después para dejarme ahora estúpida en los supermercados del barrio. Pero que tampoco de nada vale hipotecar mí única vida en una causa perdida.
Me debo el seguir por el camino de pensar en mí. Pensar en mí, sabiendo todo lo que se, y de tratar de vivir lo mejor que pueda.
Yo también me merezco ser feliz en este aspecto. Y Javi, realmente, me mata. Me hace querer desaparecer del mundo para no sentir lo que siento. Me hace querer salir corriendo. Me hace sentir demasiado, con lo que no puedo lidiar más.