miércoles, 25 de octubre de 2023

Tres horas

Ayer Javier y yo hablamos tres horas. El silencio, lo rompió él y también la paciencia. Pero si algo rescaté es que las posturas van quedando claras. Casi por lo obvio,  pero es también lo más necesario a veces aquello que resulta obvio. 

Ayer me explicó que lo que le pasa conmigo es que tiene atracción sexual y que después se siente muy culpable. Me explicó que le pesa mentir. Que se hace la cabeza con las mentiras que dice o que cree que tiene que decir.  

Le pregunté, en un intento de hacerlo pensar, si realmente disfrutaba de algo en esa posición. Me dijo que cuando había estado conmigo si y que después la pasaba mal por las mentiras o por la posibilidad de lastimar a alguien. Aunque después se comía la cabeza porque  pensaba todo el tiempo cómo sería yo. Porque tenía ganas de sacarse todas las dudas. 

Sentí pena por Javier. Es como si me hubiera cansado de todo su gran drama. Y también es como que me canso que me repita cien veces lo mismo, que me insista si yo soy más terca que persona cuando quiero. ¿Soy estúpida o qué? No es difícil de entender que es una persona que me desgasta y que no le tengo que dar bola no tomarme nada en serio porque también es invasiva en sus emociones. Pero en la práctica, admito que cuesta porque Javier me instala estados de ánimo.  Lo que él hace no es algo que venga de afuera y pueda desechar, como hago con otros casos, sino que su particular victoria es que lo que hace se me implanta por dentro a mí también. Entonces, no tengo la frialdad o la mediación de tiempo para decir "es es un otro", y este soy yo.  Más bien, cuando sucede esto, todo mí cuerpo dice "no me lo digas dos veces más porque no puedo dar garantías de racionalidad". 

La comanda del cuerpo es de las cosas más maravillosas que viví pero también es de lo más angustiante y desesperanzador. No puedo aplicarlo. Aunque sienta esa activación en el cuerpo, aunque no mida palabras, no puedo escuchar solo lo que él me dice y hacer como si no fuéramos objetivos de algo más profundo. 

 Él cree que todo se trata de sexo en la vida pero no sé da cuenta a quien se lo está pidiendo, con la historia detrás, con los antecedentes. Yo si. Por eso en parte no quiero que me convoque tanto. 

Cree que es cosa de ponerla y sacarla, que es cosa liviana. Y yo no digo que no, pero eso lo puedo creer de otras personas. No de nosotros dos.  El tema pendiente es algo que se ve por su carga, de hecho, porque dos personas más simples hubieran hecho todo lo necesario hace años y daban por cerrado el tema. 

¿Cuando se cierra el tema que viene dando vueltas hace una década? Espero que pronto. Sospecho que el sexo conmigo no es cosa liviana, al contrario. Tiene como toda una idea hecha que quiere corroborar si puede. Y no, no puede. Y es lamentable que me tenga en esa situacion porque así jamás vamos a cerrar. Yo puedo poner toda la voluntad del mundo pero sí del otro lado siguen en esa, no pienso hacerme cargo de esto. Ni tampoco de su deseo o de los nervios o de las dudas. 

A estas alturas Javier es lo suficientemente grande para darse cuenta a quien viene a buscar. A quien le líkea cosas, etc. Así que, si después cuando le respondo se siente mal, pues que se joda. No voy a perder más tiempo de mí vida por hacerme participe de su culpa. Creo realmente que es algo que le pertenece.  Y algo que a mí en lo personal no me va a quitar el goce de vivir. 

Él me dijo que era un hombre complicado. Le dije que lo complicadas eran las situaciones y que uno podía elegir, es decir, que podía elegir tener una vida en paz. Insistí y le pregunté que lo hacía complicarla en la vida emocional, porque con todos los hombres que me había encontrado en la vida, las cosas habían sido más sencillas: querían o no querían estar con uno y listo. ¿Acaso existe otra pregunta? No todo puede estar en suspenso. Ni siquiera, los encuentros sexuales. 

Javier me confesó que conmigo se convertía en un tipo complicado. Que yo era buena. Que con las otras mujeres le era todo fácil, se sentía cómodo, etc, pero conmigo el se volvía complicado. Le pregunté por qué. Me dijo que eso era porque por un lado lo calentaba mucho y por otro lado se sentía demasiado culpable por esa misma reacción y por sus mambos. 

No me convenció su argumento. El deseo y la culpa son variables que se pueden manejar y que no hacen que alguien se vuelva absurdamente complicado. Pero también pensé que esto es lo que tiene para dar en su vacío.  Lo peor... No me dijo que se sentía culpable porque tiene toda una vida construida y obviamente porque, aunque él no lo tome en cuenta como algo que lo tiene ocupado mentalmente, sabemos que le está faltando el respeto a alguien más.  Eso me pareció desagradable. Que ni siquiera me diga: "yo te tengo ganas, me gustas, pero no puedo porque tengo una novia hace diez años".  No. Él me dice que conmigo es complicado como si yo le jodiera la vida, como si su deseo hacía mí y la falta de límites que tiene conmigo fuera mí culpa. 

¿De que se queja si sabe con quién se está metiendo? 

Y yo le aclaro: "nosotros dos, vos para mí y yo para vos, no somos un parámetro de nada. Somos algo excepcional. Nos acostamos una vez hace más de un año, no quiere decir que somos así con otros. En una noche de sexo no se puede establecer ningún parámetro, además. Fue algo que pasó fuera de tiempo. No vas a poder poner al día diez años de sexo y descubrimientos". 

Hace diez putos años que Javier, pese a estar con esa señora, me tiene en la mira.  Eso me parece aterrador. 

II. 

Por otro lado, ayer me invitó a su oficina después de decirme que si, que si nos encontrábamos de casualidad, que no íbamos a hacer lío, que bueno, que tenía razón. Es decir, contradicción total. Por un lado, me dice que si por azar nos vemos, y por otro me pasa una dirección exacta a pocas cuadras de mí trabajo, donde está el suyo. 

Rechacé la invitación. Rechacé la vuelta juntos a Provincia. Rechacé la propuesta física aunque me hubiese gustado darle su merecido. Y le dije, para cerrar, que utilizara esto que le pasaba conmigo como inspiración para su relación actual. Que dejara de provocarme, que fuera, que hiciera todo eso que me decía con su pareja y que dejara de mandarse cagadas. 

"Pero yo te lo estoy pidiendo a vos", me contestó. Lo mandé a tirar su celular al río. Literal. Le dije que estaba de la cabeza si pensaba que yo iba a correr tras él. 

Y eso me pareció lo mejor. 

III. 

Lo bueno: este Javier complicado, más franco que nunca, más miserable, más infeliz, más explícito, más confesional, más "negro bruto" (como se autodenomina conmigo), más necesitado y más permeable, me parece... bastante menos deseable, si tengo que decir la verdad. 

Es el típico que se hace el canchero y en el fondo de rompe como un cristal. 

 

lunes, 23 de octubre de 2023

Diario de una multi: El día después de las elecciones

 Aquí estoy: el día después de las elecciones. Hoy en el trabajo escuché frases tan crudas sobre nuestro país, que crujia por dentro.  

Más allá de que este es un entorno de ultra derecha, con ex militares y ex funcionarios de un gobierno antiperonista, asombra que crean cosas tan feas del país... Básicamente, porque lo viven y siempre podes tener lo malo y lo bueno. Siempre está. Y se entiende que a veces gane alguien más cercano a tu ideología y otras veces que no, pero ¿eso te hace odiar a tu país? 

Por suerte, llegué a casa y ya no tuve que esconder mí inclinación política, como si hago en el trabajo. Me bañé. Estuve con mí familia. Hablamos de política como ayer. Me sentí más tranquila. 

Jamás me imaginé en mí vida pasar por esta situación de trabajar en un lugar tan tan político y tener que esconderlo, pero bueno... Es así.  Es una multinacional liderada por personas de ese signo político. Y yo soy una persona que por suerte tiene una historia y una vida más real, más allá de ese trabajo. 

sábado, 21 de octubre de 2023

El permitido

 Hace dos semanas, Javier fue a comprar comida al supermercado. Me llevo a su casa después como si fuera una latita más de cerveza. Hoy pienso que no hay nada más feo que sentirte un permitido para una persona que, en lo personal, te hace sentir cosas intensas.  Pero también me doy cuenta que yo hago lo mismo consigo. Nos codificamos en algo más que el deseo, y es el qué representa el otro. 

Nos tomamos como objetos, como licencias de la vida que formamos. De las cosas de siempre. Dejamos escapar por un ratito o por un periodo de tiempo muy corto esa otra versión, y luego, muy apaciblemente continuamos. No es que queremos incorporar al otro en la rutina, ni hacelo participe de una vida. Es simplemente que el otro para nosotros representa la variable de excepción, es decir, el permitido. El papel borrador donde uno pone expresamente lo que quiere y no le importa controlarlo. 

Javier hace dos semanas se dio el permiso de llevarme a su casa desde el supermercado como si fuera una Coca Cola más. Me apoyó, me abrazo, me regaló un vino, me insinuó que si yo lo dejaba me podía llevar al dormitorio donde ya me llevo una vez (y después casi se muere) y me llevó a mí casa entendiendo que no se podía tomar esa gaseosa. Yo me di el permiso de dejarme llevar. Tan simple como eso. Tan complejo como eso. Y se que cuando me dejo llevar el costo mental es alto, pero además, el quiebre de Javier es una mezcla de goce, de bronca, de amor, de desesperación y de odio. 

Sé que cuando me dejo llevar compruebo lo que siempre supe. Que lo puedo pese a que negó diez años lo que le pasaba y que me menosprecio. Y esa falsa noción de justicia, ese afán mío de tener razón, y de disfrutar con el desborde y el nerviosismo del otro como si fuera una venganza, es mi permitido.

Javier me parece un tipo muy básico en si. Pero fue el tipo que mas ame en el mundo y el único que me menosprecio con la excusa de protegerme. Y el mismo que ahora no puede ni hablar cuando lo rodeo. Que se tiene que mojar la cara con agua cuando me tiene cerca y que no se puede dejar de reír como un tonto. El mismo que siempre pero siempre cae. El que no me puede decir que no y el que no puede sostener un límite. El débil. El que se piensa que me puede tomar como un culo y no se de cuenta que el que está tomado, a fin de cuentas, es él. 

Pero no por mí. No está tomado por mí. Está tomado por la desesperación que le genera mi persona. Y si, una parte mía, quiere hacerlo pasar por esa situacion mil veces. Desesperarlo. Hacerlo dudar de si mismo. Mostrarle el humor y el deseo que puede despertarse en el y dejarlo con las manos vacías.

Creo que para Javier soy el permitido para ponerse al día con sus deseos más allá del que dirán, de su familia que es tan moralista, de su pareja y de su imagen. Una cosa es lo que sale en la declaración de su vida formal, y otra cosa es la vida que le hubiese gustado vivir y en la que prefiere no pensar. Por la que no va a dejar de fantasear hasta que no se ponga a pensar en eso. Y Javier jamás va a pensar seriamente en esta situación. Jamás va a organizar su linea de tiempo, porque eso implicaría aceptar la clase de vida que vive y la que desea.  Él va a permitirse esos momentos de sensibilidad, de mirarme como si la vida se fuera a derretir, de convicción y de desesperación por vivir y luego va a volver a la misma palidez. A la misma declaración oficial de una vida. 

Y creo que él es para mí la única persona a la que no logro controlar. Y yo que pretendo controlar todo, ¿como voy a aceptar de forma permanente ese descontrol, no? Por eso es un permitido también frente a mí estructura. Por eso yo me dejo llevar. Porque es mí versión contenida del desastre al que le huyo. 

Por eso las relaciones de mí vida cotidiana y la relación amorosa que he tenido con Galeno en el pasado, nada tuvieron que ver con esta yo del permitido. Fueron también la declaración oficial de mí vida.  De una vida prolija, ordenada, eficiente, donde sos la que hace. 

Los permitidos se escriben en un papel borrador. Se usan y se tiran a la basura. Se consumen como una gaseosa en el supermercado. Y ya está. Se sigue declarando oficialmente una vida. 

miércoles, 18 de octubre de 2023

Diario de una multi: Burocracia, whisky y rock and roll

Mi nueva jefa a principios del mes a ocupar el puesto de Gerente de Administración. Y yo desde ese tiempo la estoy ayudando un montonazo en la transición, cosa que me tiene agotada, desganada y podrida. 

Mí jefe anterior era una maravilla. Más allá de los permisos, a nivel laburo, el tipo era una luz. Nos llevábamos muy bien porque manteníamos la calma para laburar pero teníamos un orden interno y le dábamos un ida y vuelta al laburo. Tenía cintura por el rubro donde antes había laburado y gestionaba bien la empresa.  A mí, y eso que no me pasa seguido, me produjo interés su criterio profesional. 

  Mí jefa actual, todavía está intentando acomodarse a la empresa y están siendo semanas muy agotadoras en lo personal. El proceso de que ella se deba acomodar hace que absolutamente todo lo que no sepa me lo pregunte y la verdad es que también soy nueva. Hay cosas que no se, cosas que estoy aprendiendo y cosas que le puedo decir sin dudar. 

Pero además hay un montón de trabajo que tengo que hacer. Un montón de cosas que tienen un orden que necesito tiempo y energía para destrabar.  Y ese tiempo ahora lo reduzco a ponerla en tema, a sacar urgencias, a decirle: "seguramente venga el director de negocios de la división Brasil a preguntarnos de este tema" y tener que hablar finalmente yo con el tipo porque el tema venía de la otra gestión. A copiarla en todo mail que pase y explicarle el contexto, más allá de los problemas cotidianos al ser una empresa tan grande. A reunirme con el Senior Advisor para un evento enorme que se hará en breve por la facturación y después decirle lo que se habló, y que me pregunten veinte veces lo mismo y lo mismo y que la burocracia trabe temas. 

Hoy particularmente me agotó la mina. No solo me pregunta dónde están los archivos, que es normal. Sino que como no sabe manejar el sistema que usamos y no le pone voluntad para aprenderlo, entonces me pregunta sobre reportes de estadística (que me enseñó mi jefe anterior, en base a su conocimiento sobre Excel), sobre facturación anterior que yo venía poniendo al día. Sobre nueva facturación.  Sobre un evento político y económico que se hará pronto y que es re convocante pero que a mí en lo personal me implica una movida enorme en términos de facturación y deuda. 

Yo le explicó dónde están los contactos. A quien le puede preguntar las cosas. Con quien se trataron los temas. De dónde puede sacar las cosas dentro del sistema, etc. Etc. Etc. Etc. Pero para mis propias dudas o dificultades me siento realmente sola.  Eso es lo que yo no sentía con mí jefe anterior.  Me sentía al lado de una persona idónea y me permitía apoyarme en él laboralmente porque sabía que tenía un jefe que respondía por mí frente a la CEO de la multi, por ejemplo, si preguntaba algo de mi tarea (obvio, yo también respondía). 

En cambio con esta chica no siento eso. Me siento sola hoy en dia. Sola y haciendo lo que puedo porque la persona a quien le reporto está más pedida que la mierda. Varias veces ha venido a Finanzas la propia CEO a preguntarme cosas a mí de facturación y he pasado a nivel interior un miedo y un pudor, al margen de haber podido dar respuesta y hacer frente, porque no dejo de ser nueva, transparente, y no dejo de tener mis propias inseguridades. La macana es que hoy en día no tengo en quien apoyarme. Y realmente no dejo de ser Analista hoy en día, es decir, que arriba mío debe estar un/a Gerente. Alguien que genere presión cuando yo no llego a hacer más nada, que analice conmigo la decisión adecuada, que tenga una mirada macro en la decisión.  Y creo, sin desmerecer, que está chica tiene una mlrada más contable, pero que olvida lo macro en cuanto a la gestión y la toma de decisiones. 

Trabajamos con empresas muy grandes. Los clientes a quienes yo le facturo y le cobro son empresas de lo más prestigiosas. Extranjeras algunas. Con millones de toneladas de burocracia.  Con requisitos de todo tipo para facturar, para pagar, para ingresar el documento en un portal, para emitir factura en pesos según tipo de cambio, para solicitar la aplicación de una orden de compra a esa factura, etc. Para recibir un tipo de factura X con una leyenda X, que eso implica hacerla por AFIP y etc.  

Por eso el agotamiento. Porque se que no tengo apoyo al menos por el momento. Y porque de junta una etapa donde estoy aprendiendo, y la persona que me tendría que ayudar a aprender, en realidad me está preguntando. 

Antes de irse, mi jefe me lo advirtió. Y que yo haya estado preparada no significa que no esté cansada. 

¿El lado positivo? Estoy aprendiendo muchísimo. Pero mucho de verdad. Mucho de todo lo que es la diaria en una multinacional, mucho de lo que hago, mucho de los negocios.  Mucho de eventos grandes, de gestión con grandes empresas, de lo que me gustaría hacer en el mediano plazo, etc.  Y quiero creer que eso mejorará a futuro mí currículum y el valor agregado de mí trabajo para donde sea que me quede. 

Pero acá estoy: con veintiocho años, estresada, rodeada de Economistas, queriendo leer una novela, y llevándome el mate a reuniones con el Senior Advisor porque a mí qué me importa lo simbólico si lo que vale es el laburo que pueda hacer. 

¿Quería cambios en el laburo allá por junio? Aquí estamos. Ahora a bailar el rock and roll. 

viernes, 13 de octubre de 2023

Amor por el arte

Escribo estás palabras mientras como pizza fría acostada en la cama. Recién vengo del recital del hijo de mí amigo, el Ingeniero. El niño, que no es tal, lanzó su primer disco hace un tiempo y hoy lo presentó al público. Obviamente, fui. 

No soy una persona que disfrute los grandes eventos sociales o los lugares canónicos. Pero si hay algo que me fascina es el arte comunitario, barrial, de gente "común" y porque si algo valoro es el coraje de la gente para hacer lo que le gusta y apostar a sus sueños.   Porque finalmente los artistas son gente como uno que trascendió haciendo algo extraordinario de lo ordinario que hay en la vida y que siguió ese llamado de cualquier manera. Y cuando veo a los artistas creciendo, siento una enorme emoción porque se expande ese sentido de trascendencia. Y porque se atiende a ese llamado.

Hoy cuando vi y escuché al hijo del Ingeniero, sentí eso. Y me alegré de estar ahí, apoyando. Además de ser un adolescente muy talentoso, es un artista en toda regla, sensible y con convicciones hermosas. Un gran jovencito. 

El Inge por su parte leyó un texto que le escribió a su hijo para abrir el espectáculo. Casi me hace llorar. Fue muy hermoso. Y fue más hermoso aún porque lo vi a él muy nervioso pero haciendo algo en frente de todos por amor. 

Digamos que la fiesta fue completa, que el espectáculo estuvo divino y que me tomé una cerveza porque el como venía en botella y estaba muy caro.  Pero también, lo cierto es que la pasé muy bien y me alegra haber ido, sola, porque el arte es algo que amo, me conmueve, me sostiene y si no fuera por el arte yo no sería la persona que soy.  Y eso siempre me hace bien vivirlo sola, sin la inhibición por la mirada del otro, que quizá no entiende todo lo que para mí significa. 

A la salida, felicité al Ingeniero por su texto. Me abrazó y me dio un beso en la cabeza, nuestra de ternura y confianza, que me causo ternura. 

Su ex esposa en cambio, a quien conocía por el grupo social de la revista que dirigía Javier y su hermano donde también conocí al Ingeniero, no se vinculó demasiado conmigo. Me saludo a la entrada, y después de eso, no se volvió a acercar.  Y la verdad, mucho mejor. Yo me quedo con El ingeniero y con su niño, no con su ex esposa y su otra hija.  Por eso, acompaño los proyectos de ellos, que son quienes me doy realmente. 

Fue el primer evento donde participé desde que el matrimonio se disolvió, y, sin dudas, sé que quedé del lado del Ingeniero. Y es el lado indicado. Sin dudas. 

Quizá porque nunca pude perdonarle a su ex mujer el día dónde entré a la cocina de la casa donde por entonces ellos vivían juntos y la escuché criticarme con su hija. Si, criticarme, siendo una persona que jamás hablaría mal de ella. Criticarme porque decían que Javier era un pelotudo, que se ponía pelotudo conmigo y me andaba atrás, y que yo me quedaba ahí atrás de el también. Y tampoco olvidarme del comentario malicioso de la hija del Ingeniero que le tiraba palos a Javier y que me dijo "siempre en el medio, vos" (*) aprovechando que llevaba unos platos. 

Obvio que me iba a quedar con el arte. Con los prejuicios de menos. Con otra manera de ver el mundo. Diez años después todo se ve un poco más claro.  Inclusive, quien estaba en medio de quiénes por entonces. 

El dato de color fue mí mamá, que cuando me escuchó llegar me preguntó si "había alguien de la revista" donde conocí al Ingeniero en su momento.  Le contesté con la verdad, es decir un no, porque la única amiga de la revista que le quedó al Ingeniero fui yo. Y porque a mí me quedo contacto con gente de la revista pero el Ingeniero se abrió. 

Quizá ahora que lo pienso, mí mamá creyó que estaría Javier. De otra manera, se que mí actividad cultural no le interesa y no le interesó nunca. Pobre, me dije. Si supiera que el mismísimo diablo llama a la puerta sin necesidad de ayuda, no haría esas preguntas. Ella sin dudas tiene más confianza en mí y en el olvido. Si, me cree incapaz de verlo. Incapaz de haberme acostado con él. Incapaz de haber hecho todo lo que hice, y la verdad, así es mejor. 

Celebro está salida de viernes mientras sigo comiendo pizza fría.  

Me hizo bien ir. 



lunes, 9 de octubre de 2023

Causas perdidas

El viernes me encontré a Javier en el supermercado chino del barrio. Desde julio que no lo veía, cuando me encontró por el centro.  Siempre la casualidad o la oportunidad nos une y extraño mucho andar por la calle sabiendo que, aunque me lo cruce, nada pasará. 

Hace años, cuando todavía imperaba el silencio en nosotros, cruzarnos por la calle era casi imposible. Y cuando sucedía, no traía aquella convulsión. 

Viviendo en el mismo barrio, pasábamos meses o años sin vernos.  Si nos veiamos, además, siempre era con otra persona. Siempre salía todo mal. Siempre nos quedaba la palabra atravesada. Siempre uno doblaba para la derecha y el otro para la izquierda.  Conformábamos el arte de vivir desencontrados. Sencillamente, era así.  No encontrábamos ningún momento para hablar a solas ni para estarlo sin que eso implicara un quiebre muy grande. Ninguno de los dos se atrevía a romper un silencio de años tan intenso y mandar un mensaje. Y yo, pensé que eso siempre iba a ser así. Para toda la vida.

 Pero llegó el quiebre muy grande y desde entonces con Javier así son las cosas. Nos encontramos a solas por la casualidad de vez en cuando y cuando existe un mínimo margen parecería que todo pero todo lo anterior sigue más vigente que nunca.  Nos une la tendencia de contenernos. Y esa torpeza tan evidente es la que hace difícil que contenerse sea del todo posible. 

¿Donde hay cierre entonces, o un corte, una limitación? El otro día, me repitió exactamente algo que le dije en julio como si se lo hubiera dicho la semana pasada. Y esa presencia, esa continuidad ficticia, es muy problemática. Principalmente, porque no hace posible el proceso más humano del mundo: distanciarse de las personas, lugares, proyectos, que alguna vez formaron parte importante de nuestra vida. 

Entonces pienso ¿qué queda, si no hay un final? 

Cuando el viernes lo vi en el supermercado, justo en la caja, pensé en la casualidad y su proyecto. No lo encontré saliendo, ni entre las góndolas que nos desencontrarían; lo encontré adelante mío en la caja.  

 Puta madre, pienso mientras escribo, porque no me puede volver demente un tipo en la fila de un supermercado y lo logra. Y porque podría haber sucedido que justo se ponía alguna persona más en la fila, para impedir ese encuentro; pero no ocurre.  Y así es como nos encontramos. Una coordinación invisible en el barrio. 

Parece que pasó lo que tenía que pasar, me digo. Parece que había que tener un encuentro porque simplemente yo entre en un supermercado y Javier estaba ahí. Cómo no pasaba antes, donde siempre sentía que llegaba tarde a su vida permanentemente. Donde me creía sus palabras sobre el destiempo entre nosotros. Donde pensaba que tenía razón cuando me decía que, entre nosotros, todo sería a destiempo. 

Pero no; no tiene razón. Ahora, ahí está y surgen complicaciones y contracciones mentales tan fuertes en mí y en en el, que no sé cómo sentirme. 

¿Sería lo mejor no volver a verlo nunca? Me encantaría preguntarle si eso lo ayudaría tanto como siento que quizá me ayudaría en un sentido a mí, y me marcaría lo mismo. Se lo he preguntado sobre las charlas o el escaso contacto que de vez en cuando tenemos, y me dijo que no creía que fuera a servir de nada no hablarnos nunca más. ¿Y entonces qué serviría, no? ¿A los fines de quién? 

Es muy angustiante darte cuenta que amas a una persona que no te ama. Y que, especialmente con nuestra historia, nunca lo hizo. Es angustiante porque yo me encuentro frente a un sentimiento innegable y no sé qué hacer con el. 

He echado tierra encima de ese sentimiento. Me he enojado. Lo he negado diez años de mí vida. ¿Y para qué? Para encontrarme con casi veintinueve años tratando de controlar algo que siento desde los diecinueve. 

Me desespera, sí. He intentado trabajar muy duro el tema en terapia, he intentado darle vueltas, he intentado odiar a Javier. He intentado tener otros vínculos, que han funcionado claro que si, y que me han traído muchísimas felicidades... Sin embargo, yo nunca lo dejé de querer. 

Y esa incondicional postura de humanidad que siento por el, me parece tan pero tan profunda y estúpida. Me siento tan desvalida frente a él. Me pongo colorada como una adolescente. Digo una cantidad de estupideces que me asombra. Me pongo nerviosa. Siento que tengo un cartel luminoso en la frente que le dice: "idiota, yo te amo". Tiemblo. Me pasan mil cosas en la cabeza y en el cuerpo en milésimas de segundo. No tengo filtro o me cuesta mucho medir lo que le digo. 

Es muy agotador sentir todo esto. Me da mucha rabia querer tanto a un hombre con quien nunca voy a poder estar, porque ya no tengo ni ganas ni tiempo para las causas perdidas.  Pero ésta causa, ni siquiera es tal cosa. Es un hecho en si mismo, algo que ocurre sin que yo lo pueda controlar. Algo que me pasa, que pasa por dentro mío, y se me pega, y se adueña de mí, y después me deja de lado como el desecho de una vida vivida a medias tintas. 

Ante está situación, me quedan dos opciones:  o seguir negándome que quiero a este estúpido o aceptarlo y poder trabajar con la aceptación a favor para seguir viviendo una vida posible y no una vida de repuesto. 

Ya ni siquiera se trata de lo que quise con el algún día. Hasta a mí me parece ideal. En el presente se trata de las ganas que postergo hoy. Del deseo de hoy. De las privaciones de hoy. De la impotencia de hoy por no poder decirle: "no me hagas desear más cosas que nunca vamos a concretar".  Y todo eso me obliga a entenderme dentro de un contexto. A comprender que yo no me puedo obligar a no amar a alguien, simplemente, puedo elegir que hago con ese amor.  Y yo ya elegí que hacer con ese amor y es hacer una vida posible más allá de que ese amor no esté en ella. 

Porque también tengo derecho a ser feliz. A construir otra felicidad que la que me atraviesa cuando Javier está en la misma habitación. O cuando nos encontramos riéndonos como nunca nos habíamos permitido y nos miramos en esos minutos de silencio y yo al menos pienso: "Dios mio, ¿por qué vivir esto de nuevo, qué tengo que aprender?" 

Quizá tengo que aprender a no hacer nada. Solo dejar pasar el tiempo y pensar teorías sobre la vida que vendrá. ¿Qué otra cosa hacer si la persona que vos más querés no te quiere, y tiene una vida y formó una pareja (que independientemente de todo lo que te dijo sobre eso, sigue existiendo), qué otra alternativa me queda si no es aceptar y seguir? Capaz que todo se centra en asumir lo que le corresponde a uno y tratar de sanar esa parte... pero finalmente dejar de nadar en contra de las olas.  

Éste es nuestro oleaje. Me desarma aceptarlo, pero es así.  Quiero mucho a este tipo complicado, cálido, sensible, gracioso, tonto, suave, de buen corazón y cagón como él solo.  Quiero a este hijo de puta, mentiroso, evasivo, hincha pelotas. Quiero a este pelotudo a cuerda, que siempre miró mi amor como algo hermoso y puro -segun su propia definición - y nunca tuvo el valor de aceptarlo. 

¿Qué es lo peor? Durante casi diez años pensé que Javier no me quería a mí. A mí como mujer, que no me deseaba, que no lo atraía humanamente... pero no solo se trata de mí. Tampoco se quiere a él. Tampoco se siente merecedor de nada hermoso. Tampoco cree que puede construir una vida diferente. Tampoco se pone manos a la obra en solucionar sus problemas. Él prefiere ocuparse de que los demás merezcan. De que su familia este bien, de que sus padres, de que sus sobrinas, de que sus primos. De que la madre de su pareja, de que su propia pareja, de que la hija de su pareja.  ¿Y él? ¿Si no está Javier para Javier, cómo se creerá digno? 

Hoy lo veo tan claro, y me apena. A Javier lo masacraron mentalmente. Le quitaron la fe en saberse merecedor de una buena vida. Y tal como me lo confesó, cuando nosotros dos nos conocimos ¿qué se le podía pedir a ese ser humano tan desvalijado? Amor por alguien más, si no lo tenía para si mismo, era lo último en el tarro. 

El tipo no podía entender qué le había visto yo, si le habían metido en la cabeza que era una mierda. Si le habían hecho creer que no merecía nada; ni un trabajo que le dé salud mental, ni una familia, ni hijos, ni una vida tranquila, ni la independencia para ocuparse más de sus batallas que las de los demás. ¿Cómo hacerle creer a una persona que no se quiere nada, que su vida es valiosa, tiene solución y que alguien lo ama? 

Perdida la batalla hace diez años y diez años después. Es imposible hacer eso desde afuera. 

II. 

 El único consuelo que tengo es que al menos sabe que yo lo quise. Que no se va a ir de este mundo pensando la mierda que le hicieron creer. O al menos, eso espero. 

Siempre me lo demuestra a través del lenguaje. Vos me matas. Yo me muero con vos. Yo me voy a morir con vos. Yo no puedo vivir, con vos. Yo no puedo con vos. Me volves loco. Me pones pelotudo. Me pongo pelotudo con vos. No te puedo poner límites. No te puedo decir que no a vos. Todas éstas son literalmente frases suyas, que me dijo especialmente, a partir de abril del 2022.  

Y que demuestran que de nada me serviría luchar y luchar como me la pasé años haciendo, porque bastó que volviera diez años después para dejarme ahora estúpida en los supermercados del barrio.  Pero que tampoco de nada vale hipotecar mí única vida en una causa perdida. 

Me debo el seguir por el camino de pensar en mí. Pensar en mí, sabiendo todo lo que se, y de tratar de vivir lo mejor que pueda. 

Yo también me merezco ser feliz en este aspecto. Y Javi, realmente, me mata. Me hace querer desaparecer del mundo para no sentir lo que siento. Me hace querer salir corriendo. Me hace sentir demasiado, con lo que no puedo lidiar más. 

viernes, 6 de octubre de 2023

El vecino peronista

Hoy, me metí en el chino de casualidad a comprar Coca-Cola para la cena. Venía de terapia, vestida con ropa deportiva porque había estado trabajando en mí casa. Por suerte, tenía el pelo en su momento de oro y estaba maquillada suave pero tapando lo necesario. 

Agarré la gaseosa, y enfile hacía la caja. Me puse adelante y había un tipo juntando las bolsas, así que esperé. Cuando se levantó, ese tipo era Javier y yo ya no esperé, sino, que me desesperé. Estaba vestido con un jean, zapatillas, un buzo y una barba que le poblaba la cara.  La cara hecha mierda del estrés, destruido en su cansancio y su mambo que me sonrió haciendo su mejor esfuerzo. Lo vi y me dieron ganas de afeitarlo. De llenarle la cara de espuma, despacito y afeitarlo. De cortarle un poco el pelo. De despejarle la cara.  Es decir, de verlo como me gusta más verlo aunque supiera que de eso jamás se trata el amor. 

Le note la sorpresa cuando me vio. Estaba haciéndose el amigo de la china, que le preguntaba algo de las bolsas. Pensé que con todos era tan normal, y conmigo, en cambio, era una sucesión de desastres. ¿Por qué yo siempre tendría que recibir de Javier la parte prohibida, la difícil e inaccesible? De pronto, me sentí pequeña frente a las casualidades propias del barrio. Sentí que con Javier nunca tenía la suerte de ser la indicada para el, a quien tratara solo como a la persona que soy, y no como a la mujer que quiere pero no puede tener ; porque eso me reducía a demasiado poco. 

 Lo miré y solo saludé muy respetuosamente. La cajera china me pasó la gaseosa y le pase mí tarjeta de débito para pagarle. Javier se quedó en la caja, a mí lado, sin irse. 

Elegio quedarse y me hizo poner nerviosa.  Yo no sabía dónde guardar la tarjeta porque me había costado mucho encontrar el monedero. Me había olvidado donde estaba parada pero disimulé, por lo que la osadía de estar tranquila en ese instante era superior a todo. El tipo no se iba. Se quedaba al lado. Ni siquiera un poco más lejos, por distancia. Al lado estaba como si comparamos juntos. Inclusive la cajera china le devolvió la tarjeta a él. Yo me quedé desconcertada y le dije que era mía. 

- No, no. A ella. 

Se rió, disculpándose. 

- Ah, pensé que eran familia - dijo. 

- No - dijo, Javier.   Se rió. 

- No, por favor - dije yo, sin pensar como si le añadiera: "Dios me libre de ser familia de este". 

Saludamos y nos fuimos a hablar a la calle. En la puerta del súper, sin molestar.  Hablamos largamente como dos vecinos muy normales y cuidados en sus impulsos. 

- No querés que te lleve, en serio... - me preguntó. 

- No, mejor no - dije y seguí hablando. 

Me contó de sus gatos. Ahora que tengo uno, quiere buscar similitudes. Es en vano. Nos contamos de nuestros gatos mirándonos a los ojos, haciendo bien las cosas, manejando súper bien la situación.  Desde el 07 de julio que no lo veía, y el último encuentro había sido algo casual en la calle.  Igual que está vez. El puto azar concursando con mis propias fuerzas. Pero no me decía nada subido de tono y parecíamos entrañables y viejos amigos. 

Es decir, un híbrido muy exigente porque con Javier fuimos compañeros de una actividad hace muchos años, nos gustabamos, intentamos salir, se abrió, lo odié, pasaron diez años, nos reencontrarnos una decada despeja, tuvimos una noche de sexo histórica y fundadora y luego de meses dando vueltas, el manto del silencio había llegado. Lo estábamos rompiendo  hablando como si nada en la puerta de un supermercado del barrio.  

- ¿Viste que yo tengo una ventana larga? - me preguntó, hablándome de su gato. 

Yo lo miraba pero en realidad estaba gritando por dentro y me costaba prestarle atención. Esperó que le conteste y mofé. 

- No, Javier. 
- Pero si, esa ventana larga..., 
- Mira si yo me voy a acordar dónde tenés ventanas en tu casa, si son largas... No sé...  - le dije. 

Me reí por lo estúpido de su argumento.  Se rió. 

- ¿Cómo no te acordás, hija de puta? Ahí atrás, donde guardo el auto. 

- No, no tengo pot que, qué se yo. No importa. ¿Que paso con la ventana? -  dije. 

- Bueno, pasa por ahí el gato a la noche. Te va a traer cosas seguro. Vas a ver. Me trae cosas, pájaros, que me la paso salvando... Pero es muy muy mimoso. Cuando veo tus fotos con J., dije está se enamoró. Y si, si son hermosos. 

- Si. Me mato. Lo amo, es un atorrante... me muero de amor con él - le confesé - Cuando llego a casa me muerde el cuerpo y después me besa. Y cuando laburo en casa se sienta en la mesada y me observa, tipo, "humana, trabaja por mis bolsas de comida" - añadí, en tono de broma. 

Javier se rió y me reclamo que no recordara bien la raza de sus gatos. Me sonreí por su necesidad de ser recordado y mí afán de olvidarlo. Yo quiero recordar de el siempre lo mínimo y el quiere construir de lo mínimo una referencia que me queme. 

- Dale, te llevo. Es tarde. Vamos. 

 Insistió porque el camino a casa de había puesto solitario.  Agarró las bolsas y me tironeó con el brazo. Suspiré. Quería irme pronto y sabía que si me iba a ir caminando me iba a querer acompañar. Pensé que era más fácil no discutir y decirle que si, principalmente, para que no nos pusieramos a tontear como la vez pasada. 

-  Vamos, dale - dije.
- ¿No duerme con vos? Yo duermo con el perro y estos se vuelven locos... 
- J. por ejemplo, duerme conmigo la siesta. Y después, duerme solo. Dentro de mí pieza juega, pero no sé queda. A veces vengo muy cansada entonces se queda un ratito conmigo y después se va a comer. 

Caminamos unos metros. Nos subimos a su auto. Solo serían 4 cuadras.  Charlamos un poco más dentro del auto, en la puerta del supermercado a una cuadra de su casa. Le mostré una foto de J. Javier me contó de su vida. Yo le conté del gato, del laburo, y de cosas simples.  La verdad es que hasta ahí, la nuestra era una charla impecable. De gente que se lleva bien y maneja el mismo humor, pero no de gente que se desea y se muerte de ganas de desnudar al otro cuando lo ve.  Eso parecía estar lejos. 

Internamente estaba llevando una postura de fidelidad. Pero no fidelidad hacia nadie ajeno, sino, a mí. Al bienestar conseguido. Y la verdad es que lo sentía lo suficientemente lejano en esa charla. Lo podía alejar con mí mente sin darle por eso un gesto de maltrato. No me sentía feliz, pero me sentía estable.  Con Javier en frente, solo me siento feliz cuando me toca o me hace bromas o me seduce. Todo lo demás, es hacerme fuerte y tratar de elegir lo mejor para mí y para todos. Aunque no se acerque a esa felicidad del deseo convocante a manos llenas, es una no felicidad más responsable. 

Javier me preguntó si estaba tomando vino, mientras hablábamos e íbamos muy despacio a casa. Le dije que no mucho porque estoy muy estresada y me saca las ganas el estrés, lo cual era totalmente cierto y me ayudó a cambiar de tema. Gracias a eso, seguí hablando de mí trabajo. Un tópico seguro. 

Acababa de llegar a la esquina de mí casa cuando le estaba diciendo eso y de pronto estaciono otra vez. Charlamos otros minutos más de Comercio Exterior, de su economía y le pregunté cómo estaban siendo las últimas políticas. 

Se enervo al contarme. La verdad es que tiene un grave problema en su trabajo. Eso nadie lo puede negar.  

- Ay, Javi. ¿Y por qué no pensas en un fondo de retiro? Digo, invertir ahora y planificar un fondo de retiro. Después ahí ves. Pero el comercio exterior te va a sacar la vida. Porque no se trata de vos. O sea si, pero no es solo por vos. Son políticas. Y cambiar el gobierno implica cambiar las políticas. 

- La Aduana está en su peor momento. Vos hiciste muy bien en irte de ese rubro. ¿Estás bien donde estás? 

- Si, es un ambiente muy político y económico pero de muchas maneras me enseña. Estoy con Economistas todo el tiempo. Alguna gente tiene mucho dinero y don clasistas, pero... yo sigo siendo la misma. Estoy mejor en algún aspecto y me siento más incómoda en otros. No puedo expresar mí ideología política ni nada de eso porque es muy negativa la visión. Y aunque yo respeto, no siempre es igual. Así que me guardo. 

Sonrió. 

- Y si, es así. A mí  me pasa lo mismo. 

- ¿Por? 

- Porque los Despachantes son así también. Todos. 

- Y es feo, viste... 

- Si, pero zafaste de Aduana. Hiciste muy bien. Aunque estés ahora en otro lugar... 

- Ahora me río pero al principio me sentía muy pobre. Gente que toda su vida vivió en barrios privados. Que no tomo un subte jamás. 

Con Javier nos reímos a carcajadas. 

- El ex funcionario público, me dice chiquita. Chiquita de acá, de allá. Y me pide galletitas. El hijo de puta se puede comprar la fábrica pero me viene a pedir a mí galletitas... Viejo idiota. No sabes. 

Javier no dejaba de reírse. 

- Después dije no, me importa un huevo este séquito de ridículos, acá voy a hacer un aprendizaje profesional - le expliqué - y ahí estoy. Trabajando con gente nueva, pero viva. 

Javier me miró con brillitos en los ojos. Y, de pronto, algo cambio en él. No era deseo solamente. Es lo que le pasa cuando hablamos y le cuento. Es como si se pusiera contento o como si se iluminara algo en el con las novedades.  Creo que es por la manera en que le cuento mis noticias y no tanto por el contenido.  Me di cuenta que reír siempre nos hace falta a ambos. Que cuando nos miramos nos reímos porque durante mucho tiempo solo quedó la risa clausurada. 

Como si lo manejara su fuerza interior, cuando le dije que no estaba tomando mucho, y le detalle el cansancio que sentía, como si con eso pudiera manejar todo en mí, cambio su plan. 

- Te quiero dar algo - musitó - Acompañame a mí casa. 

Arrancó el auto, de nuevo. Viajamos lentamente hasta su casa. Lo miré y me reí, burlonamente mientras seguíamos hablando del trabajo y de Letras. 

Tomé aire. Yo sabía que no me iba a acostar con el. Que no iba a quedarme, que el día no era hoy y pensé que hacía solo un viernes a la noche con la posibilidad de estar con su novia viviendo una vida diferente... 

Me frene en esos pensamientos. Maneje esa distancia mental frente a su vida y sus decisiones; me fijé que también yo misma sabía que ya no era lo mismo que antes con el,  cuando me sentía morir hace solo unos meses atrás.  El tiempo parecía haber apagado un poco las cosas. Y yo acompañaba no lanzandome a sus brazos.  Sabía que iba a ser una charla y un chiste, solo eso, lo único que pasaría no solo por el, sino, por mí no afán de cagarme la vida. 

- No te asustes. Solo te quiero hacer un regalo. 

Me lo dijo en una voz suave. 

- No me asusto. 

- ¿No? - preguntó. 

 - No. No tengo nada de miedo de entrar a esta casa, ya. Cuando perdes todo, perdes el miedo también. 

Lo miré y Javier se rió. Bajamos. Lo mire y entré. No entendió esa frase pero yo si supe por qué se lo dije. 

Hace meses, en julio, entendí que había perdido todo, porque jamás me iba a querer hiciera lo que hiciera. En ese entonces comprendí que no tenía ninguna esperanza de que me ame, que eso que yo había deseado con el, jamás se iba a contar cómo historia vivida.  Y me encerré en esa idea para seguir viviendo. 
Esa simpleza con la que lo traté, con la que deje que todo suceda, dió bastante cuenta de mi resignación. Me dije me él me podía regalar un vino, una caja, una bodega, pero no me podría querer jamás. 

Entramos en su comedor. 

- Pasa, pasa. 

- Voy - musité. 

 Apoyé las bolsas en la mesa. Me miró, sonrió. Me mostró a su gato y lo sostuvo para que lo acaricie. Su perro, me ladró porque tiene apego tóxico y no quiere que nadie se acerque a Javier. Los acaricié a ambos. Se alejó de pronto a un rincón de su casa.  

- Vení que te quiero mostrar un montón de vinos que compré. 

Se sentó en uno minimo sillón y yo me senté en la mesa. Quedé cerca de el, pero lejos. Como corresponde. 

Me mostró algunos vinos. Me recomendó otros. Y me tendió uno que yo le acababa de decir que me gustaba. Uno que estaba hecho en honor a Diego Maradona. Es decir, el jugador preferido de Javier. Un vino importante para el que yo me había querido comprar en algún momento, para tomar con mí papá. 

-  Está bueno. Se lo iba a regalar a mí papá. ¿Es bueno el vino en si? 
- Si. Es muy bueno. Me gusta. Igual vos tomas mejores vinos que yo. No estoy a tu altura. 
- Cállate, siempre me fastidias con lo mismo. Toma lo que quieras. 

Se rió. Le devolví la botella. 

- Quedatelo. Es tuyo. 

- No, estás loco. 
- Nooo. Es para vos. Tengo más vinos, yo. 
- No, pero es de fútbol, te gusta. No, Javier. Es de Maradona. 

Le devolví la botella y no la agarró. Se levantó y se alejó.  Me apagó la luz, y se fue riéndose hasta la cocina. Se quedó esperando que me moviera sin dejar la botella en ningún lado. Avance, sacudiendo la cabeza en la penumbra. 

- Qué tipo que sos - dije, y se rió de nuevo -  No quiero. Dale. Toma el vino.  Atine a dejarlo dónde encontré una superficie firme similar a una mesa y eso cambió todo. 

Me abrazó por detrás. Me condujo hacía adelante con botella de vino en mano que me había regalado. Se aseguró de tocarme, de regalarme y de conducirme. Cosas que yo no le permito a nadie. Algo que Javier solamente tiene la valentía falsa de hacer porque en realidad trabaja sobre mi deseo despatarrado. 

Si bien me sorprendió, su contacto me excitó más de lo que esperaba. No pude creerlo. Sentí todo tu cuerpo por detrás y de pronto mí cuerpo saco una memoria oculta. Las sensaciones repetidas se asociaron con un oleaje de aceptación terrible. 

Me puse incómoda y muy nerviosa de mí. Lo suyo me gustaba y me quería escapar. La reacción era inmediata y no se había modificado un solo grado en su intensidad.  Él me tocaba y me volvía a pasar físicamente lo mismo. Como si fuera una mafia. Me dejaba ahí, deseosa y trabada. 

- ¿Qué te pasa, estás loco? 

- Deja de decir que no. Decí que si, que si. Lo tenés que tomar con respeto porque es del Diego. 

- ¿Por qué me abrazas? No seas pegajoso. 

Me reí. Se rió y me abrazo con deseo y cariño. Yo avance sin dudas para salir de ese abrazo y como no me quede paralizada, me soltó. 

A los dos segundos, le sonó el teléfono. 

- Ahora te explico. Tengo que atender - dijo. 

Me miró, mientras hablaba y me sonrió. 

Sentí que mí celular volvió a vibrar dentro de mí campera. Ya había sonado antes y no lo habia mirado. Aproveche y lo saqué. Además, deje de mirarlo a Javier. Él se dio vuelta alrededor de mí, optó por guardar algo en la heladera y aprovecho para ir a mojarse la cara en la bacha de la cocina.

Trate de esconder la risa. La verdad es que era casi cómico ver al tipo con un hilo de voz, tratando de jugar al hijo bueno.  Me miró y se rió. Le sonreí y guarde el celular. En el fondo, mi lado B me pedía mirarlo. Recorrerlo en su conmoción. Disfrutar esa licencia pasiva. 

Me di cuenta que lo había desvalijado emocionalmente en quince minutos. El tipo estaba nervioso y yo estaba en una regresión a mí época más pelotuda. Quería cortar. Se estaba mojando la cara y la cara de cansancio y desaliento incluso de había modificado por una cara pícara, más viva, como alegre. Y yo, quería dejar las bolsas, acercarme a su cuerpo, besarlo. 

En paralelo, cuando saque mí celular  vi que tenía un mensaje de Galeno. Y un mensaje de un pibe X. Ambos habían llegado en esos momentos donde yo me sentía una gelatina. No iba a cambiar mi licencia pasiva por responder ningún mensaje. Lo miraría. Lo abrazaría y lo prenderla fuego con mí mirada fina. 

Javier seguía hablando por teléfono con dificultades . Se notó que se quería sacar de encima al interlocutor.  Era su mamá, que le estaba preguntando cosas variadas justo en ese momento. Sobre su día. Sobre un primo que andaba en CABA, etc. Y Javier trataba de ser amable pero también de ser conciso. 

- ¿Te puedo llamar después, mamá? Dale, te llamo, te llamo. Estoy llegando a mí casa, manejando, por eso te pido este favor. Te llamo después. Gracias, vieja. Si, viejita, te llamo y lo vemos.  Ahora estoy manejando. Chau. Chau. 

Cuando corto, casi se le cae el teléfono. Lo atajo de casualidad. Me reí en silencio mirando ese cuadro. Era el cuadro del deseo y la desesperación. Estábamos en la cocina de su casa como mil veces estuvimos peros tensión era un clima hermoso y extenso. 

Lo miré y enarqué una ceja con incredulidad. "Mentiroso, hasta a la mamá", pensé. No estaba manejando y estaba conmigo. La vieja se moriría si se enterase y acepte parcialmente la mentira. Pero me asombro su capacidad para desarmarse frente a mí. Había bastado un contacto para dejarnos a los dos totalmente dopados. 

Así había terminado al lado de la mesa. Mirándolo. Con calma. Asustada de mí misma pero jamás de el. Y así estaba el, en el barranco, con un solo y único roce. 

Para definir, meti el vino en la bolsa del supermercado. 

Javier se rió. Sacudí la cabeza y me sonreí. 

- Me voy. 

 Dos palabras. Me-voy. Es decir, hasta acá puedo sobrevivir. 

- Te llevo. 

- No. 

- Si. 

- Bueno. 

- Me decís que ni porque ahora trabajas con Milei - me burló.  Lo miré, junte las bolsas de arriba de la mesa y me reí. Eso es mentira, obvio. Trabajo con ex funcionarios de un gobierno antiperonista, pero no con Milei.

- Mentira - dije - No trabajo con ellos. C

Me enfrente contra el y no quise darle tanta charla para que me pinche porque ya estaba lo suficientemente desbordada. Me agarraba a la bolsa como quien se agarra a lo único seguro. A la desesperación de lo que no puede hacer. 

- Mentira concheta. Sos una concheta. Tomas vino caro. Querés comprarte un auto. 

Me estaba provocando, si. Y eso a mí me gustaba, si. Pero me tenía que ir porque no esperaba que creciera tanto mi propio deseo pese a haber entendido tantas cosas. 

- En algún momento de mí vida me gustaría comprarme un auto, si. ¿Qué tiene de malo? Te hice un comentario, solo eso. Vos sacaste el tema del auto por tu primo. 

- Y claro, porque ahora te juntas con otra gente. Querés auto, claro... ella es una concheta que toma vinos caros... sos una cheta. 

- Cállate, por favor. Cállate vos, peronista inmundo... - le dije, riéndome. 

"Peronista, peronista y negro hermoso", pensé. Eso me hubiera gustado decirle. Pero lo pensé. Solo pensé. 

A Javier se me iluminó la cara de risa sin embargo con ese comentario. 

- Pendeja concheta, me manda a mí como si supiera algo de autos a ayudar a la gente - me burló - Y soy peronista, yo. 

- Yo también soy peronista. Dale, vamos de una vez, peroncho atrevido. 

Pase por el costado de Javier, de camino hacia la salida. Trate de esquivar su abrazo pero me atrapó por detrás cuando trataba de escabullirme. Casi se me cae la bolsa de la mano. Me quise salir para adelante pero capturandome, me empujó con su cuerpo hacia la puerta. 

- Te gustan peronistas a vos, te gustan los tipos peronistas, yo lo sé - dijo y me tocó demasiado. 

- Déjame - le pedí, riéndome. 

- Morochos, peronistas, viejos. Peronista tenías que ser. 

Me empecé a reír y Javier continuo riéndose mientras me decía todo eso. 

- Por favor, no me toques así. Hace meses que no nos vemos y me estás apoyando y me tocas . No sirve la distancia física para vos, querido. Tenés una facilidad sexual conmigo que me enferma. 

Nos empezamos a reír con mí comentario. A reír en un nivel de estupidez muy grande. Abrazados. Tentados de risa. Es decir, en un espectáculo patético y extraño pero de lo más visceral. 

- Te quiero apretar, si - dijo - Vos me dijiste hace meses que no me ibas a decir más que no. 

Me separé de el y lo miré de frente. 

- No - le dije. 

Javier se rió . 

- Te gustan peronistas. No te hagas la concheta conmigo. 

- No me hago nada... 

- Te gustan los morochos peronistas... 

- Si. 

Eso no se por qué, quizá porque lo pensé siempre, me pico especialmente.  Él me gustaba además de por como era, porque era un negro hermoso y peronista. Pero jamás se lo dije en aquellos términos.  Lo que Javier sabía es que Galeno es morocho y es peronista. Igual que él, aunque sea pura casualidad. 

- Deja de trabajar con Milei. Porque te gusta el peronismo. 

- Si, Javier, si. Sabes que si, que me gustan morochos, peronistas y me van a seguir gustando peronistas. Moncho peronista, tenías que ser. Negro peronista, vos, un negro peronista...  Harta me tenés, peronista insoportable. 

Camine para adelante, riéndome. 

Javier camino y me dio un chirlo ya sabemos dónde. Solo para molestarme. 

Me di vuelta, enajenada. Javier hizo eso porque sabe que... a mí me gusta. 

- ¿Pero que haceeeeessss? - explote. 

Le encanta cuando yo me canso y libero a borbotones mí deseo, no me importa lo que pierde. 

- El tipo un descarado - dije, mientas caminaba sola hasta la puerta - Me saca a los empujones con el *** de la casa. No puede ser - murmuré - tenés el descaro de tocarme el culo. Ya te conozco el cuerpo, no hace falta que me hagas una fotocopia. 

- ¿Queee? 

Me reí. Mezcla nervios. Mezcla deseo. Mezcla indignación. 

- Repetime eso que dijiste. 

- No por favor, que me fui de tema. 

- Dale. Por favor. 

Javier se quedó entre la puerta y yo y me vio contenerme la risa. Estaba tan nerviosa y estúpida que no me podía parar de reír.  Él al verme así, se tentó también. El mío había sido un chiste gracioso por lo desubicado pero en realidad también era un pensamiento en voz alta filtrado muy mal por mí cerebro.  

Yo no podía pensar. Sentia. Sentía. Sentía. Y después pensaba un poco.  Ese nuevo orden traía un desastre en materia de consecuencias. 

Cuando me recompuse, le dije el chiste. No le había hecho en diez años un chiste tan subido de tono como este, pero en realidad, esos eran mis pensamientos. Todos. Todos asociados al deseo. 

- Si querés no te saco . Te llevo así al dormitorio ... - me dijo. 

- No. 

Lo miré. Me puse seria. Ya no pude reír. El eje de te prometo y no te cumplo, no me excita. 

- No, no quiero que me metas con tu cuerpo en ningún lado más en toda mi vida , Javier.  Me querés hacer cosas en el cuerpo siempre vos. Deja de molestarme - le dije en broma. 

Suspiré. 

- Abrí la puerta.

Javier abrió la puerta, sonriente como un viejo pelotudo, y me llevo hasta mi casa. Por segunda vez. En el viaje, me agarró de la mano. Lo agarre del brazo. 

- Disfruta de algo en tu vida. Deja de hacerte mala sangre por una puta vez, peronista. Tómate un whisky importado. Un vino. Drogate. Lo que vos elijas. Pero permitite disfrutar. 

Javier me agarró de la mano, como si festejara el dicho. 

- Disfruta. 

- Son las últimas dos semanas antes de que gane Milei. 

- Pase lo que pase, disfruta. 

Freno. 

- Acá, por favor. Gracias. 

- Te dejo en la puerta y tocó bocina, dale. 

Aproposito lo dijo. Me reí y lo saludé con un beso en la mejilla. Me dio electricidad. Hambre. La sensación del acontecimiento amputado. 

- Yo no te quiero ni mencionar a vos en mí vida ni usando letra tamaño ocho. Basta. Chau. Y gracias por el vino pero no quiero que me regales más nada. 

Javier se rió. Me sonrió como con alma en el cuerpo. Espero hasta que doble la esquina a menos de veinte metros de mí casa y se fue. Entré, escondí el vino en un lugar que solo es mío, y le contesté el mensaje a Galeno.  Un rato después, comí con mis padres en perfecto orden. 

II. 

Ni que me hubiese encontrado al tipo que me desarma de deseo, ni que me hubiese abrazado así, ni que nada.  Tampoco es para tanto.  Sobreviví a eso y hay que seguir viviendo.  Esto es lo máximo que Javier tiene para dar: un vino, una apoyada mientras me escapo de su casa y me muero mientras me toca, y un montón de negativas. 

Si, ya lo sé. Y eso alcanza. 

Este negro, peronista tremendo, el negro peronista que fue el amor de mi vida, me sigue regalando vinos. No sé si porque me quiere coger, pero si porque quiere que piense en el cuando tomo la bebida.  Pero yo ya entendí lo fundamental: el es este tipo. Nunca me quiso, ni le importe. Solo quiere sexo y el sexo no justifica ni perdona un cuarto de las cosas por las que tengo que pasar para poder disfrutarlo. 

Habrá más tiempo para hacer otra cosa con mi deseo...

Trataré de no pensar en mañanas soleadas de un verano que se aproxima o en todas las tardes de siesta que vendrán, donde quisiera que estuviera conmigo, besándome todo el cuerpo, diciéndome que soy una concheta, aunque mienta para ofenderme. Sin teléfonos. Sin historia. Sin pasado o futuro. Solo un momento, una tarde de verano, de domingo, con este negro peronista.  Mí negro peronista sobre la cama. Desnudo por fin, sin tener que decirle que no haga lo que quiero que haga, más bien, que lo haga todo. Que no me de descanso. Que no se ponga en modo viejo destruido por la vida y que me demuestre que esa iluminación en el rostro también se puede trasladar a la mirada, a la mirada con la que me miró la noche de otoño cuando me tuvo desnuda en la exclusiva de ser el.  Desnuda para el. Queriendo estar con el. Desbordada por el. 

Solo un momento, si. Una tarde de domingo calurosa del verano que se aproxima. El cuerpo de Javier para mí. El sol metiéndose por dónde quiera. Yo arriba de el. O abajo. Donde pudiera ser, mientras fuera. En cualquier superficie, que me importa. 

A veces todo el deseo es una tarde de domingo calurosa con el negro peronista tremendo que tenés de vecino y con quién te une la historia.