viernes, 27 de febrero de 2026

Las cosas por su nombre

 Hoy estaba hablando con mi programa y me escribió Javier.   Hablé con mi programa. Hablé con Javier. 

Y en tiempo real, demostraron ser lo que son: uno, un buen tipo, que me escucha y a quien yo le agradezco toda la historia que nos avala para poder encontrarnos hoy de nuevo. El otro, un tipo que siempre siempre me la complica, porque me desea para él, sin miramientos. Y que no me quiere soltar, no porque le importe, sino, porque está encaprichado. 

A Mi programa, le conté del trabajo. Hablamos de nuestros temas. Le recordé lo que valoro del vinculo. Mas alla de todo, siempre lo hago, y hacerlo en ese contexto, fue mas importante.  Después,  mi programa se fue a dormir y arremetí mas intensamente contra Javier, porque me seguía escribiendo.

Hablamos largamente, como una manera de no aceptar el rechazo a su invitación del todo, que le expuse. Pero de mí lado, como una ocasión donde le dije las cosas por su nombre. Asimilando la realidad.  Javier me había invitado a cenar y a mirar el partido, y yo le dije la verdad: no, no quiero, lo mejor es no vernos, ya no quiero complicarme mas la vida. 

A esas verdades les sumé otras frente a su insistencia: 

1. Que yo no quiero verlo mas a solas porque probablemente eso lleve a otras situaciones que prefiero hoy evitar. No porque sea santa, como me reprochó, sino porque nos llevan a un mal lugar. 

2. Que negarse a repetir no es negar lo que hice, ni hacerme la buena, ni dejar de reconocer que disfrutamos juntos; es simplemente no querer sostener la misma acción. No querer perder la paz por él. 

3. Que yo no voy a ser su amante, porque no soy dócil, ni planeo serlo, consigo. Que nunca me dejó de pesar y que él maneja muy mal las cosas conmigo. 

4. Que tiene novia, aunque no viva con ella. Que ese contexto no cambió y que no me interesa vivir a escondidas, que no quiero mentir, ni estar ocultándome de nadie. Que no tengo temple para ser amante y mucho menos, su amante. 

5. Que el a mi no me vé como a una persona, y yo en cambio sí. Y que venia como se ponía después de verse conmigo, que le costaba mirarme, que parecía sentir vergüenza y que no quería eso. 

6. Que no soy careta, y que no le estoy diciendo ya que sea fiel. Que si quiere tener una relación paralela se lo ofrezca a otra, a quien no le pese acostarse con él de vez en cuando. Que a mi, me pesa y que no me la quiero complicar. 

7. Que deje de proponerme cosas, para después decirme que somos un bardo, porque cuando yo le digo lo mismo, él no me escucha. 

8. Que actuemos normalmente, que si nos veamos nos saludamos cordiales, y que se deje de hacer cosas para que yo caiga en la tentación, la misma tentación que me dice que le represento, y donde yo no lo obligo a sucumbir. 

9. Que jamás tendrá de mi el lado bueno y docil, sexualmente ni a nivel general. Que siempre voy a tener este carácter que el parece odiar, aunque me dice que no, que le encanta. 

10. Que era un buen hombre, pero que cometía demasiados errores conmigo. Y que yo era una mujer con mucho carácter para bancarme ser amante. Que a mi edad, era libre, y no quería estar escondida. 

11. Que se buscara otra persona para ocupar ese papel de segunda y que deje de buscarme el punto sexualmente y en la vida, para que yo me descontrole. Que no me ponga en una situación incómoda. Que me controlo por los dos, pero que no se aproveche de eso

Y ademas de todo esto, que sostuvo el no a su invitación, le hice una pregunta muy basica:  ¿por qué yo, habiendo tantas que pueden elegir eso con gusto, que no conocen a tu novia, que tu novia no las conoce, que no saben nada de vos, que no viven en el mismo barrio, que no se andan cruzando? 

Javier dió argumentos confusos, otros muy precisos. Algunos momentos sin embargo los uso para hablar en serio.  Y reflotó algo que yo le había dicho: 

- Vos decis que te odio - dijo - pero no es así. 

- A veces, me ha parecido. Es como si te molestara que te conteste, que no sea sumisa. Y en la cama, lo mismo. Cuando tenemos sexo, me ha dado la sensación de que lo haces como si me odiaras. 

-  Pensé que te gustaba. Por eso te hablo así. ¿No te gusta?  Perdón- me pidió - Puedo hacer todo mas despacio. Pero me dio la sensación de que te gustaba. Yo no te odio. Te hago todo lo que te gusta - dice. 

- Tampoco me querés - le dije, por primera vez en muchos años - porque si fuera asi, te buscarías otras mujer. Hacelo. Hay mujeres que no te van a cuestionar. Yo siempre me voy a defender de vos. 

- Es que yo no quiero una amante... 

¿Ah, no? 

- No. No lo hago. No es mí costumbre. 

- ¿Y por qué me estas insistiendo en que nos veamos de cualquier forma? Lo mismo que me pedís, te lo pueden hacer otras. 

- ¿Por qué sos complicada? Tengo muchas ganas de estar con vos. 

- ¿Me lo pedís a mí o a tu esposa? 

- Mí seas complicada, dale. Te lo pido a vos. Te estoy escribiendo a vos. 

-  Pero si yo te digo que no podemos, Javi. Que yo amante tuya no soy ni seré. ¿Qué? 

- Es que yo no quiero una amante. No quiero quilombos. No hago esas cosas. Nunca me gustó engañar. No me siento bien haciendo esto, no me da lo mismo. 

- Bueno, Javi. Entonces, no lo hagas. 

- Pero vos sos una excepción a todo eso. Sos una tentación para mí. No lo puedo manejar. 

- Nah, a vos te divierte que no me entrego y me querés ganar. Y esta bien que asi sea, pero no va a pasar. 

- ¿Mañana trabajas en tu casa? 

- Si. 

- ¿No queres juntarte a desayunar y charlamos mejor? ¿A la tarde? ¿De noche? 

- No. Gracias.

- ¿Por qué?

 Porque no entiendo por que teniendo tantas minas, me jodes a mi, que te digo que no para cuidar las formas, vivir en paz. Y dejarte hacer tu vida. 

- Porque no te odio - me dijo. 

II. 

Hoy viernes, me levanté, me bañé, me preparé mi desayuno y agradecí por él. Le mande un mensaje a mi programa para darle los buenos días y le deseé una linda jornada. 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Frenador oficial

 En Literatura, los frenadores son aquéllos personajes secundarios, que colaboran con el antagonista, para complicar y torcer el rumbo de la historia del protagonista.  En la vida real, los frenadores son personas que de alguna manera nos la complican, nos ponen en una disyuntiva, nos quieren llevar a costa de nosotros mismos, quizá, para causas no tan fecundas.  

Y sí. Yo tengo un frenador en mi vida, uno de carne y hueso, y ese es Javier. Buen tipo, quizá (o no),0pero por encima de eso, un eco permanente de lo peor de mis discursos internos. Un activador frecuente de la culpa. Alguien que no colabora conmigo, sino, más bien, busca llevarme para que yo me hunda consigo, sin importarle nada. 

Y no, no espero que le interese. A mí no me interesa su vida cotidiana, de hecho. Yo simplemente me distancié de él desde diciembre del año pasado, físicamente. Y aunque hable con él hace poco, en ningún momento le propuse nada. 

Considero que es mejor estar como ahora: haciendo cada uno su vida. Sin verse. Sin llamar. Dejando que todo se enfríe para siempre. ¿Lo mejor? Cuanto más tiempo pasa, mí postura se vuelve más transparente. Es como si en un pasillo oscuro fuera identificando más puntos de apoyo. Pierdo el miedo a tropezar, empiezo a sumar confianza en mis decisiones, y aunque no tenga la vida perfecta, no jodo. No tiro mala onda, no le digo nada. 

Creo que lo dije hace algunas semanas, por acá: se puede ser feliz en la calma, escuchándose, y lo pienso especialmente porque para mí estar en calma, hacer una pausa y prestar atención a lo que me digo, me ayuda mucho cotidianamente con la culpa. Y me ubica en un mejor lugar: aquélla que no tiene que pagar con experiencias destructivas su propia existencia. Aquella que antes que sentir que tiene que pagar por vivir, frena y se pregunta: ¿qué me habla, el castigo o el exceso? 

Cuando me logro hacer esa pregunta, y darme la repuesta, vuelvo al centro. Formar mí propio equilibrio.  Un equilibrio que me permita ser feliz. 

Pero justo ahí, cuando ando metiéndole a full a encontrar el centro, cuando me quiero mandar un moco y trato de no, cuando hago algo bien y digo esto si; ahí, viene Javier. Caido de la palmera, con el mismo lugar, con la misma cagada para ofrecer, e insistir, sin que le importe nada.  Cuando le digo que no, me dice pensalo.  Y yo ya lo estoy pensando. Y quiero que en esta etapa de la vida, me traten mejor y frente a ese deseo, Javier contrasta. Lo que ofrece, es pobre. Lo que dice, es pobre. Su mentalidad, es pobre. Sus justificaciones, son vulgares, cortas, descuidadas. 

Efectivamente: Javier volvió a aparecer cordial pero, a diferencia, esta vez, volvió a ponerme frente a mis ojos el platito con la droga, es decir, vernos. Juntarnos a cenar. Hoy o mañana. Hoy o mañana y mañana miramos un partido, hoy o mañana o nunca... Nunca. Mejor nunca.  O como le dije: "mejor otro día, sé fiel, no seas ordinario. Vos tenes con quien tener sexo, no me insistas a mí. Imagínate lo que quieras, como me decis, mientras yo no me entere y no pague consecuencias, pensá lo que gustes". 

Quizá, ahora, lo que él no sabe, y lo que yo estoy confirmando pese a la niebla, es que éste, el del presente, es otro contexto. Un contexto donde quiero ocuparme de otros procesos. 

Cuando él me invitó hoy, para que nos veamos después de dejar de vernos durante casi tres meses, yo dije que no. Me insistió muchísimo, muchísimo, para verme. Le dije que no, de nuevo. 

 Y le expliqué que no quería lidiar más con la culpa, ni verlo a él batallar con la suya, que después no me podía ni mirar por el barrio, que era todo un chino, que no quería repetir esta experiencia en un contexto que no iba a cambiar, que no pasaba por desear o no, solamente, sino mirar más allá.  Le dije que ya fue esta historieta entre nosotros, que no nos vamos a acostar más para después vernos metidos en el mismo lugar. Que su contexto no iba a cambiar y que a mi ya no me daba para seguir en esta. 

Javier se justificó por no haberme llamado en este tipo, como creyendo que yo lo esperaba. Me dijo que por X o por Y. Y también me dijo que no lo hacía para no meternos en líos, que es lo que le dije yo, que no quería meterme más en quilombo. Casi como si le tuviera que agradecer que no me escribiera cuando el compromiso lo tiene él. Casi como si lo tuviera que felicitar por dejarme libre. 

Javier argumentó: 

- Es que sos una tentación para mí. No puedo pensar sólo con la razón. 

- Soy una mujer, no soy una tentación. 

- Sí, pero sos terrible. Como las galletitas. Yo estuve mal, últimamente, y pasaron muchas cosas tristes y me daba culpa llamarte para vernos… Por eso no te llamé (...) Dale, decime que sí, vení hoy. Te espero. 

- Es que lo que hiciste, es normal. Esa es tu vida. Seguí sosteniendo tu vida. Es lógico que no quieras hacer mal las cosas, no que las hagas mal, que me insistas para hacerlas mal. 

- Pero no es solo eso, también te quiero ver. No me puedo poner límites.  Pero esta bien. Tenes razón. 

- Sí, Javi. Vos seguí jugando al marido feliz, sé fiel, no seas boludo. No quiero meternos de nuevo en la rueda. Sentí remordimiento y no quiero volver a hacerlo. 

- ¿Qué, no podés vivir con la culpa? 

II. 

Me preguntó si yo no podía vivir con la culpa. Justo yo, que vivo con la culpa en la sangre desde que tengo memoria. Que estoy trabajando en un proceso muy duro para sacarla de mi vida. Que estoy haciendo un gran esfuerzo para escuchar la voz del “no tenés que pagar un precio desagradable por vivir, podés simplemente agradecer por eso, y disfrutar”. Quizá, lo que me pasa ahora, es que ya no soporto vivir con más cosas que me hagan volver a ese lugar de culpa. Y que parte de conformar una linda vida, más coherente conmigo misma, es resignar cosas, o dejar pasar situaciones con personas, que quizá aportan placer, pero son muy difíciles de pagar. 

Porque las pago con remordimiento, que ya no quiero. Porque me cuestiono la clase de persona que soy, y siento que no merezco nada bueno. Porque no me va el contexto del ocultamiento, la verdad, y porque estoy trabajando tener docilidad, y apertura para dejarme tratar bien, sin culpa, e ir a su encuentro, a dejar que me ponga en ese lugar, en ese contexto, es como decirle a mi mente: “volví con el que me hace ser áspera, con el que no me permite recibir desde la comodidad, con el que no me trata como me merezco”. 

A él, pensé en decirle que quizá antes sí, pero me ahorré la profundidad. No la merece. No tiene por qué saber una batalla que sé tampoco le importa.  

 ¿Cuánto es lo que realmente él tiene de adictivo como lo que yo le pongo de intensidad? ¿Cuánto seguiría esperando algo que nunca llegara, y perdiendo posibilidades porque él es un tibio? 

Creo que algo intuí, en el último encuentro con mi programa: el mejor sexo, no depende sólo del otro, sino, de la capacidad de entrega de uno mismo. Y sí, he sido entregada con Javier como nunca antes lo había sido, porque el magnetismo es intenso; pero con Mi programa, también he descubierto que esa intensidad es mi sello y que cuando me doy espacio para ser yo misma. 

Y con Javier, no puedo. Tampoco, creo que lo merezca. Simplemente, es un lío con patas, este hombre, y hoy en día, no por bueno o por malo, ni por moral, o inmoral, no quiero volver a ese círculo de sabotaje.  No quiero volver a apoyar la voz autodestructiva, de una culpa que pagar, de sufrir. No quiero alimentar esa bestia. No me quiero cagar la vida con malas decisiones. 

Pero hoy entendí algo central: Javier me va ofrecer la droga cuando él quiera consumir. Y no debo confundir su deseo de destruirse, con mi deseo de no destruirse más.  Aunque cueste. Porque cuesta hacerlo en el calor de los sentimientos, el cuerpo, etc. 

Tomar buenas decisiones también es difícil, muchas veces no te dan lo que querés en el momento, pero a largo plazo, traen menos resto. Es decir, generan menos deuda con uno mismo y con los demás.  Habrá que sostenerla. 

¿Si me costó decir que no?  Menos trabajo del que me hubiera imaginado, la verdad.

 Quizá, me falte recordarme que si yo no me doy el lugar, en cada aspecto de mi vida, nadie me lo va a dar. Y que para ocupar espacio, hay que pedir. Pero también, hay que saber rechazar lo que no está a la altura. 

Eso incluye a los frenadores. 

domingo, 22 de febrero de 2026

Minita de capa caída

 Ando un poco triste, ultimamente, no por nada nuevo, sino por las batallas diarias. Pero trato de transitar esa tristeza buscando refugio en lo que me hace bien. Y eso, hacer eso que podía parecer tan simple, es sinceramente un mundo.  Un mundo que con muchísimo esfuerzo voy construyendo. 

Es curioso, pero vivir con culpa para mí no era algo que sabía. La culpa se adhirió a mí desde que tuve noción, forjó mí carácter, y se inscribió en mí mente de una manera silenciosa.  Culpa por zafar, por tener, por poder. Culpa por no poder cubrir las necesidades de los demás. Culpa y vergüenza porque en algún aspecto tu vida sea mejor a la de los otros. Y además, lo más complejo, una batería de mecanismos de destrucción usados inconcientemente para compensar.  Para lidiar con la culpa.

Mí terapeuta me dijo el viernes, en una intervención memorable, que todos los actos buenos hacía mí misma venían después de romperme. De pasar por algo desagradable o incómodo. Y uso una metáfora muy real: cuando yo estoy desregulada, por lo general, me hago baños de crema en el cabello. ¿Por qué? Porque mí pelo a mí me importa mucho, me lo cuido, lo valoro. Y solamente, me dijo ella, me permito disfrutar de su cuidado después de pagar el precio de la incomodidad. 

Suena algo tonto, pero no era un conducta que yo notará, hasta que me la señaló. Y me di cuenta que ese mecanismo era el molde exacto de un montón de otras situaciones donde me castigo y luego me enmiendo,  en una oscilación interminable entre dos discursos que manejaron toda mí vida, hasta hace ocho meses atrás: 

1. No te mereces estar bien, ni tener una vida normal. Disfrutar de qué, no seas tonta. La vida es un problema. 

2. Es lindo vivir. La vida puede ser extraordinaria. Quiero del mundo, todo. Merezco estar bien. 

Es decir, el discurso del exceso y el discurso de la falta. Los dos extremos o caras de la misma moneda. 

Ocho meses después, la batalla para construir algo que no sea de ningún extremo, es diaria. No se toma descanso, no tiene findes, no dá tregua. Oscilo entre el impulso de hacer cosas malas para mí y el freno, un freno dulce, comprensivo, que me enseñe a mí misma con paciencia que otra vida es posible.  

En ese marco, hay temporadas donde la culpa me golpea más fuerte. Es algo que estoy trabajando hace muchos meses en terapia, algo constante en mí, desde que la reconocí, entonces hay momentos más gratos donde puedo usar las herramientas que voy aprendiendo y siento un poco de alivio. 

 Permitirse ser feliz más allá de la tormenta, es sinceramente de lo más difícil que me ha tocado aprender. Siendo sincera, de lo más difícil y de lo más solitario. Porque no tiene nada que ver con lo que me enseñaron, ni con cómo resuelven los demás sus vidas ni con los extremos que conozco. Tiene que ver con una decisión que yo tengo que tomar: avanzar más allá de la tormenta y seguir, aunque no todo sea perfecto, aunque la culpa por los errores del pasado a veces pegue y encontrar mí propio equilibrio; o bien, seguir solapando con conductas destructivas las ganas de no vivir, por no tener el coraje de enfrentarme a la culpa y, ciertamente, al miedo a ser feliz. 

Cuando toda tu vida creciste creyendo que ibas a ser feliz cuando tuvieras X cosa, o que ibas a ser feliz cuando solucionaras X cosa, ser feliz sin tener que pagar el precio, es re extraño. Cuando toda tu vida creciste creyendo que para disfrutar primero tenías que sufrir, que para darte un gesto de cuidado primero tenía que haber algo mal (como el baño de crema), hacer algo distinto, cambiar la cabeza, es un proceso duuuuro. Es como si estuviera naciendo de nuevo, mentalmente, en una versión que ya no quiere seguir viviendo mal, sintiéndose culpable, denostandose, asimilando como normal la precariedad, naturalizando la falta, el no avanzar, el estar siempre igual.  Una versión que quiere vivir, sin pagar un precio tan tan alto, como envenenarse la propia comida. 

Y este nacimiento, es en verdad, un poco que a veces me da cierta tristeza porque implica revisar creencias. Sostener lo valioso. Sacar rajando lo agrio. Cuestionarse y cuestionar miles de cosas.   Y no aceptar esa lógica de solo soy feliz si antes me rompo, y me pongo con eso en una posición de permanentemente deuda con la vida. 

Porque eso es lo curioso. Todo empezó hace ocho meses, cuando una bola financiera aterrizó sobre mí. Años de cubrir faltas, lavar culpas, llenar vacíos, a los demás. Años de hacer mecanismos inconcientes muy poderosos que me dejaran en el mismo lugar, como si avanzar y equilibrar, fuera traicionar.  La lógica vivida, la infancia aprendida, la supervivencia que en un momento me había puesto como objetivo. Pero ademas, como si avanzar y mejorar, fuera traicionar la lógica familiar.  Años de sentir que para vivir hacía que pagar. Y si no tenía que pagar en verdad, armarme el peor escenario, las deudas, que me obligaran a pagar. 

Sí. Yo soy una mina tan metódica. En el laburo, con los números ajenos, soy detallista. Ordenada. Cumplo. En la facultad, trato de dar lo mejor, soy aquella que revisa una respuesta del parcial para ponerle acentos y comas. La que revisa un cálculo.  ¿Y cómo podía ser que una persona tan puntillosa, por ejemplo, no pudiera manejar bien su dinero, no? 

Salir corriendo a cubrir necesidades de mí casa, demandas de mí madre, o tratar de sanar nada que yo haya roto, hicieron de esas condiciones financieras buenas, un torrente de desastre. Una cagada tras otra, durante muchos años, y una estructura que hace ocho menos colapsó.  Y claro, yo detrás, porque los últimos siete años jamás había tenido el valor de reconocer este lado mío, lleno de mucho dolor y mucha oscuridad. Sabía que me pasaba algo, notaba que era algo tan duro que ni siquiera podía ponerle nombre. Notaba que lo evitaba hasta el fondo. Que hacía cualquier cosa con tal de no mirarlo. Que me enganchaba en cuanto drama pudiera, con tal de no sentirlo, no pararme a entender, por qué simplemente me pasaban las cosas que me pasaban. 

Hoy, el panorama es distinto. Ya no salvo a nadie de sus propias responsabilidades, aunque digo ayudando, porque así soy. Ya no puedo salir a enmendar ningún dolor ajeno. Más bien, estoy salvado a la persona de la cual soy completamente responsable, y es a mí misma. 

Ya he logrado ponerle nombre a muchísimas cosas. Algunas de las más dolorosas. Todavía me cuesta mucho trabajo no compararme, no sentir que voy atrasada en la vida. Sin embargo, hoy sé que eso es otra vez la culpa queriendo limitarme, a través de la comparación absurda, para que no pueda salir a flote y usar mí verdadera luz. Grande o chiquita, eso qué importa. A los 31 o los 35, qué más dá cuanto tiempo lleve, si se trata de vivir en una verdadera existencia. 

Avancé en estos meses, en cosas muy pequeñas pero poderosas. Comuniqué mí vulnerabilidad. Tuve conversaciones duras con mí madre, sobre sus demandas. Asumí mí dura realidad financiera. Recorte millones de gastos. Me arme un presupuesto. Reviso semanalmente mis números, ajusto, designo el 70% de mí sueldo para pagar absolutamente todo lo que puedo. Y el resto, me lo dejo para vivir. Literalmente, para aprender a vivir sin castigarme, construyendo un equilibrio nuevo, una vida normal.  Y me doy cuenta que soy buena en esto, ahora, para mí, si me miro con piedad y me acompaño. Que puedo ser buena. Que ya no me identifico con esa mina que era un kamikaze y que no podía más de la culpa, de la intención de sacar a su familia del barro, aunque ella misma se enterrase.

 Que ahora me identifico más con una mina que está saliendo adelante como puede. Aunque le cuesta. Pero con la certeza de que después de esto (o mejor dicho) a través de esta etapa inclusive, se está construyendo otra vida. 

Por raro que parezca, siempre soñe con una versión mía muy específica. La versión feliz. La felicidad para mí siempre fue una búsqueda, una inquietud, un interés.  Nunca me dio lo mismo no sentir que viví momentos felices, principalmente, porque para mí tienen mucho de espectacularidad...  Y hoy, siento que quizá si logro sobrevivir a todo este proceso, y aprendo, y me acompaño, y me agarró fuerte de lo poco que aprendí hasta ahora sobre permitirse, al final del camino me esté esperando mí versión más feliz. Más libre. Más conectada con la sensación de que la vida es un regalo. 

La diferencia es que el desafío esta en no esperar hasta que todo esté perfecto, para vivir así. Es vivir así, ahora, con lo que se tiene, como se puede, para que el futuro de la versión feliz exista como una consecuencia de un camino ya construido. 

Y para que la vida sea como un regalo que haces, no algo que compras sin saber cómo pagar para lavar la culpa. No un impulso. Si no, un regalo de verdad. Un regalo que no cuesta nada. Que se acepta con gratitud y amor. Que se aprovecha y que se valora. Y que no te pide más nada a cambio, solo que rompas el papel, lo abras, sonrias y lo disfrutes. 



sábado, 21 de febrero de 2026

La docilidad que permite recibir

 En Buenos Aires, con mi programa, paramos en una pizzeria de aquéllas notables.  Después de hacer la fila, pidió mesa para dos y nos sentamos.  A nuestro lado, cuando transcurría la comida, también manteníamos una charla entretenida. 

De pronto, mi programa estiró las manos por encima de la mesa y me las agarró. Y de inmediato, con una sutileza que igual detecté, la señora de la mesa de al lado se quedo recalentando motores. Yo, de mi lado, correspondí el gesto y le sonreí, dejándome tocar. Lo agarré de las manos con aprecio, porque sabe que me gustan, y le sonreí. 

Comportarme con docilidad y permitirme esos gestos de afecto, después de ser durante tanto tiempo la amante de Javier, con otro hombre, me supuso inicialmente algo raro.  Algo que me hacía sentir rara con el cariño, con la exposición, con esa sensación de no sentir culpa, una culpa trasversal, como me pasó hasta la ultima vez que estuve en contacto con Javier.  

Miré a mi programa y le sonreí, demostrando que daba el visto bueno a su gesto tierno. 

- ¿Comiste bien? ¿No querés pedir nada más? 

- Comí bien, sí. No te preocupes. ¿Viste que yo te dije? Más de dos porciones no como. 

- Es poquito, eso. 

- Me lleno rápido. Por la Coca. 

Sonrió. 

- Ella y su coquita. ¿Queres otra Coquita? 

Negué. 

- No. Después compro una por ahí si me da sed. ¿Vos, fuiste feliz con el antojo? 

- Muy. Estaba espectacular.  

- Me gusta venir acá - le dije. 

- Es nuestra pizzeria, sí. 

- La verdad... 

- ¿Qué fue lo que hablaste con las chicas de la oficina, que me contaste el otro dia? Estabas con los mensajitos - se rió. 

- Ay, es que salí decepcionada mal. 

- Te escucho. 

- En todo el grupo de chicas, que todas tenemos edades diferentes, me di cuenta que se tiene muy poco sexo. Y yo les decía que para mí pesaba mucho y ellas me decían que eso era porque soy joven y porque no convivo. 

- ¿Ah si? 

- Si. Hablo de sexo con ganas - argumenté- y no lo entiendo. Ellas me decían que yo no lo entendía porque la rutina cansa. Y eso es cierto. Pero hablo más que nada de dedicarse el tiempo, así como uno come, trabaja, estudia. No siento que sea tirado de los pelos pensarlo así. 

Sonrió. 

- No, pero no siempre funciona así. Depende mucho de la persona. Lo que no hay que hacer es fingir, como vos me decías de tu compañera... Hay que hacer el espacio. 

- Es que no... pero, ¿qué, se llega a los cuarenta y qué, se te apaga todo? Es imposible.  No me dan los números, entre nosotros. Míranos. 

Nos reímos.

- No, no se apaga todo. Pero cambia en algunos casos. Y si no buscas, se va dando menos, y se deja enfriar. 

Lo miré, seriamente. 

- Espero no llegar a eso. Darme cuenta antes. 

- Es difícil que llegues a eso, si le das atención - observó y me agarró de la mano - No te preocupes. 

- ¿Atención asi como le damos nosotros? Porque yo te veo a vos, y nada que ver. 

- Es que yo soy un señor- me burló - que tiene al lado a alguien que lo estimula demasiado. Eso suma muchísimo.  Cuando me levanto y estas vos al lado, durmiendo desnuda, me dan ganas de acariciarte. 

- Sí, puede ser, claro. Nosotros tenemos algo con la cercanía, aunque no sea sexual. Tendemos a pegotearnos en la cama... Pero es lindo. 

- Y mucho. 

- Claro, pero ahí todo el clima cambia. Porque cuando vos me acaricias yo no digo qué embole. Si es para sexo, es y si no, no es, no pasa nada. Aunque digo: "estoy para otro partido", le confesé. 

Nos reímos. 

- En serio, vos si no querés, no tengas pudor. A mi no me jode - le dije y lo miré picaranente. 

- ¿Qué no voy a quererrr? 

- Acá es todo verdad, vamos todavía, todo ao vivo - contesté, riéndome. 

- Ahora cuando lleguemos, vas a ver. 

II.  

Caminamos lentamente por la calle, luego de pagar. Nos fuimos hasta la habitación de hotel donde estuvimos alejados de todo durante ese finde lejos de cualquier ser humano y me puse manos a la obra. 

Me saqué la ropa, me cepillé los dientes, me puse las placas de bruxismo. Le tiré un beso desde el baño, antes de calzarlas y se rió. 

Un rato después de sus rituales nocturnos, mk programa se acostó. Yo lo seguí, apagando las luces. 

Sin ningún pudor, pero con total delicadeza, me atrajo hacia el, haciendo cumplir su palabra y me abrazó, cubriéndome con su cuerpo que irradiaba un calor dulce y reconfortante.  Empezó a acariciarme. 

- Una vez más que me haces eso, y me va a costar negarme... 

Volvió a pegarme mas a él, y me reí. 

Me levanté, deshice mí rutina bucal para enmendarlo luego y volví a la cama apagando toda luz a mí paso. 

- ¿Vamos a dormir? - murmuré, jocosamente. 

- Vení, sí. Te hago mimos 

Me abrazó en la oscuridad. Me quede lo suficientemente tranquila para disfrutar de sus caricias. De cómo nos íbamos sacando la ropa que teníamos puesta. De un sexo más tranquilo, íntimo, dulce y disfrutado. Algo que si bien hacía bastante wie no experimentaba, comprobé que no perdió el brillo. 

Es que: como todo, conlleva un equilibrio. Algunos días, querré que sea salvaje. Y otros, necesitaré que sea dulce. 

Ese dia, comprobé que el sexo para mí no tiene que ver con la edad, ni con la rutina, ni con la obligación. Tiene que ver con algo que se cocina con el otro, y que te pide estar expuesto. Y eso quizá es lo que no siempre funciona en las personas: el campo expuesto, donde no podes ocultar nada. 

Con Javier, en el pasado, el sexo era distinto. Feroz. Intenso. Físicamente, una experiencia que modifico mucho mí concepción, además. Con mí programa, el sexo es un aprendizaje distinto: no repeler la dulzura y a la vez no dejar de pedir permiso por mí propio deseo. 

Hay una manera de vivir que también se ve en la cama. Cada uno de nosotros, vive la sexualidad como es. Ama como es. Disfruta como es. No como el otro espera que sea. 

Lo lindo es no ser juzgado cuando todo eso sale. 

martes, 17 de febrero de 2026

La cuevita

 Todo el fin de semana en mi mundo. Y qué hermoso, la verdad.  Tanto, que no me dá ganas de volver. 

Finalmente, limpié a fondo mi dormitorio, todos los muebles, trapeé los pisos, ordené toda mi ropa dentro de mi placard, limpié y me deshice de cosas de la biblioteca, a la que también ordené. Cambié sabanas, lavé colchas de verano que volví a colocar. Un detox hermoso y necesario. 

Quedó todo impecable, recogido, oliendo divino.  

También cociné una torta de manzana para el mate que me salió riquísima, para mi sorpresa. Miré documentales de Historia Argentina. Escuché música. Desayuné en la cama todas las mañanas desde el sábado en adelante, con mi gato, dándonos ese momento invaluable. 

No me importó un carajo la oficina, ni la vida de nadie, ni el deber ser, ni qué estaban haciendo los demas.  Usé el celular con sana distancia durante estos 4 días y fue hermoso. No gasté plata en nada innecesario, no pedí nada, no exterioricé casi nada. Disfruté del sol, de la lluvia, habité mi espacio limpio, prolijo, quizá humilde pero digno.  Leí a Garcia Marquez, con quien no me terminé de enganchar.  Leí a Sábato, y tengo varias cosas al respecto sobre él. 

Y lo principal: estuve mucho tiempo conmigo misma. Me puse al dia con mi propia presencia. Me escuché mas. Me consulté acerca de algunas cosas. 

En general, este fin de semana, sentí todo lo que es mi vida cuando no estoy trabajando.  Y me di cuenta que sigo siendo feliz con las cosas "de siempre". Que en eso, no cambié tanto, aunque crecí.  

El resto de la semana, empieza mañana. Por suerte, será corta laboralmente y podré volver pronto a la cueva. 

¿Cómo será que lograr esta mirada interior potenciada es tan difícil, no? ¿Cómo sera que todo es diseñado para lo opuesto, no? Sinceramente, con mas mirada interior y menos mirada hacia el otro, o del otro, se vive siendo plenamente consciente del paso del tiempo y con ello, de toda nuestra vida. 

domingo, 15 de febrero de 2026

Minita agotadísima

 Estoy destruida por dolor de ovarios, y una regla durísima. Dormí siesta ayer, dormí siesta hoy, y siendo las diez menos diez, me veo el semblante ojeroso. 

Hoy tampoco fue un dia donde me levanté con energía.  Vinieron a visitar mis sobrinos, y la verdad, sé que no les di la pelota que me hubiera gustado.  Fue como si no tuviera fuerzas para nada, ni siquiera, para interactuar.  Me quedé hasta tarde tomando mate en la cama, con mi gato, la lluvia. Sin necesidad de nada mas.  

Pero no me quedó mas remedio que levantarme, porque venían mis sobrinos a visitar, con mis hermanas, mi cuñado, la mar en coche...  Es complejo cuando ver a tu familia se convierte en un compromiso, pero en mi caso, es real.  Soy solitaria y, el tiempo libre, lo disfruto estando sola. En casa. Leyendo. Mirando películas. Escribiendo. Saliendo a caminar. Estando con mi gato. Sí. Aunque mi familia no lo entienda, soy una tipa tranquila que no necesita de los demás para disfrutar.  Aunque, claro, los acepta, pero respetando y pidiendo respeto. 

A mis hermanas no las veo semanalmente, por ejemplo. No hablo a diario, si no pinta. Con mis padres es distinto, porque compartimos casa, gastos, rutinas. Y sin embargo, sé que cuando ya no sea así, seré la hija que no va seguido, que no siente la necesidad constante de estar en contacto.  Esa excepción la cumplen bastante mis sobrinos, pero hay días como hoy, donde no tengo energia para los demas. Y a ellos les doy una versión silenciosa, pero real. A veces los adultos no podemos estar 100% disponibles, y lo que damos cuando es real, se vuelve mas valioso que lo dado desde el condicionamiento. 

Con mi programa, hablé el viernes, y ojo, yo inicié la charla. Pero si es por mí, la verdad, no tengo nada nuevo para hablar. No tengo sobre qué charlar y estoy mas cansada que social, así que me lo permito.  Consigo decidí guardar silencio. 

Y así, recargarme. Espero mañana levantarme con mas energía. Tengo toda mi habitación para limpiar. Planeo ordenar muebles, ropero, trapear pisos, cambiar sábanas y dejar este espacio limpio y reseteado.  

Mientras tanto, tengo ganas de meditar un poco antes de dormir. Meterme para adentro. Hacer de esta charla conmigo, una sana sensación.  

sábado, 14 de febrero de 2026

Visitando a un viejo amigo

Hoy fui, después de mucho tiempo, a la Iglesia de San Expedito, en Once. Es algo que, de vez en cuando, hago. Once me queda bastante trasmano pero si surge la oportunidad me gusta ir muy de vez en cuando.  Y siempre que voy, si no es que voy específicamente para eso, me hago un rato para ver a mi santo de confianza. 

Espiritualmente, a veces me encuentro mas o menos alejada de lo que dicen los discursos religiosos... Pero me pasó durante el año pasado y este, que al empezar a mirarme mas por dentro, también empecé a reconocer mis creencias de nuevo. Jamás dejé de creer en San Expedito, pero sí, dejé de saber cómo hablar consigo. Y volver a conectar con esto, con lo que a mi me sostiene mas alla de cualquier mirada, me ayudó a sentirme bien. Fue como ponerle palabras a un costado mio que se me había quedado dormido. 

Yo creo que hay algo mas, una lógica que nos excede, pero no lo encasillo en un nombre único. Considero que para mí esa energía tiene el nombre de San Expedito y que hablar con este santo siempre me trae paz. Eso me basta. Ademas, entiendo que para otro puede tener otro nombre, o inclusive ninguno. Y me parece que si le trae paz, si le da encuadre a su vida, ¿quien es uno para meterse en la cancha del otro? 

Así, a mi forma, es que hoy fui con mi papa a Once, a ver al Capa Roja, como le dice él. Tenemos ese ritual: el siempre me acompaña, charlamos con San Expedito, después nos vamos a tomar un café donde se pueda. Prendemos una vela. Cada uno tiene su momento, a su forma, sin condicionamientos. Él cuando termina se corre a un costadito. Yo cuando termino la charla, le hago una seña. A veces él me regala las velas. Otras veces, las menos, me deja que las compre yo. Lo central es ir cuando se pueda e ir con intención.  

Es todo de una simpleza pero de una verdad para mi muy concreta. Algo que me hace bien. Y algo que me acomoda las ideas. Pero ademas, es algo que comparto con mi papa en exclusiva.  Solo nosotros vamos, de mi familia. Solo nosotros tenemos ese ritual. Solo nosotros sabemos que se cocina ahi. Y es lindo. 

Quiza el dia donde mi papa no este, yo siga yendo también como una manera de decir hola. Y ojala, cada vez que voy lo pienso, que siempre tenga la chance de volver a ese lugar, cuando las necesidades para las que pido asistencia en un determinado momento, se hayan solucionado. Con salud, cuando hubo momentos donde fui con miedos. Con trabajo, cuando hubo momentos donde fui a pedirlo.  No para cumplir, sino, para conectarme con esa atmósfera y agradecer. Sea poco o mucho, fue algo que en una vida incierta, sí se dió. Sí pasó. Sí tengo.  Y ¿como no frenar para decir que privilegio, gracias? 

A este amigo, le he pedido varias veces cosas. Y curiosamente, siempre que vuelvo, me siento mas motivada a agradecer que a pedir, aunque claro, sigo teniendo temas para resolver. Temas como tienen todos, supongo, desafíos a sortear. 

Mi fe no es magia. No espero magia tampoco. Si, encuentro un lugar donde recargar energías para seguir.  Y eso me es valioso. Si espero oportunidades para estar mejor. Para poder hacer de mi vida, una linda vida. 

Hoy fue de esas veces donde salí reiniciada. Fui a pedirle algo muy especifico, pero también, en ese mismo momento, lo entendí: casi todas mis oraciones empezaban diciendo gracias y eso ya es mucha cosa. 

jueves, 12 de febrero de 2026

Chiquita feliz

 Hace dos meses que no mantengo contacto físico con Javier. Hablé en dos meses algunas veces pero no volvimos a vernos en la intimidad.  La última vez que nos vimos, no recuerdo nada malo. Pero si, una frase, que me contestó cuando vió que disfrutaba. Y fue: "acá, no hay ningún problema ", como si me dijera: "mientras estes conmigo, todo ok". Después de eso, hice un detox. Por mí. 

Pero nadie contaba con mi programa, su decisión y la idea. Nadie contaba con que yo me dijera a mi misma: mereces tener muchas experiencias mas allá de este boludo. Creo que ni siquiera yo lo planeaba.  Pero sucedió. 

Y si algo elegí bien en todo este tiempo, fue darme el tiempo y el espacio para ser vista como algo mas que la segunda de... 

Javier tuvo mucho espacio durante muchos años. Siendo amantes, o casi, mas aún.  Sin embargo, no se bien cuando empezó a pasarme, quiza cuando me dijo que la tenia que dejar a ella, que empecé a sentirme demasiado mal con la energía que irradiaba.  

Siempre un problema, un lamento, un queja. Nunca nada bueno para decir, ni para contar. Siempre rodeado de estrés, enfermedades nerviosas, compromisos autoimpuestos para no disfrutar... Como si le dieras una solución y el devolviera un problema.  Tóxico, con energía pesada.  

  Porque, desde ya: el tipo es el marinovio bueno, el que se vende como fiel, el que se arranca las vestiduras... Pero es el mismo que te dice: yo la tengo que dejar, tengo que desarmar, cuando vuelva a la vida te llamo, mi amor; cuídate, mi amor... Y que estoy mal, que no me sale una, que no se... 

Todo bien, pero, desde que tomé distancia de él, de su cuerpo, de su vida, de la relación que tiene, de la relación que supuestamente sostiene porque no sabe lo que se podría venir, y la montaña de lamentos; me siento muchísimo mejor. 

No había notado, hasta ahora, la energía negativa que todo esto me aportaba. Mas bien, yo sentia esto como una roca y creía que se iba a solucionar con una gran pelea, o un cierre lleno de dolor... Pero la verdad, es que no.  Ese desgaste no hizo falta. 

Bastó guardar silencio, distancia y buscar una forma mejor de vivir. Mas conectada con mis cositas, aun chicas, para agradecer. Cuando agradecí, y empecé los días con problemas pero con gratitud, eso se transformó en ganas de tomar mas distancia de él.  Una distancia pacífica que me permitiera construir. 

Y ahi entro en el medio mi programa, con un plan distinto. Y pense en mi, en mi ser joven, en que la vida es una, y dije si. A un problema, le di solución, intento, algo siquiera. 

Y haberme animado, encendió todo. Iluminó lo positivo y lo negativo. De este vinculo, Inclusive. 

Asi transcurro. Muy alejada mentalmente de Javier y su historia. Ni siquiera chequeo nada suyo, no pienso en su persona, paso por la esquina de la casa y no siento deseos de mirar. Hasta cambié de super, pese a que es mas caro, para no exponerme más. Y no va que en el super mas caro, sumaron un beneficio a favor y entonces no solo me ahorro el disgusto sino los pesos de diferencia.  

Agradecí en estos dos meses cosas que alrededor de la mala onda de Javier habían perdido el gusto. Y mas lejos de él, mas se lo logró encontrar ahora. Y ya que estoy, también agradezco. 

lunes, 9 de febrero de 2026

Los libros y el amor

 Los libros duran en mis manos menos que los amores. Basta con encontrar una novela que me enganche, un poemario que me supere o un ensayo que me interese, que activo mis viejas habilidades de estudiante casi graduada en Letras.  El libro en si, y en cuestión de días, va dando casi la vuelta sobre si mismo, hasta que me lo consumo entero. 

Así me acaba de pasar con un regalo que me hizo mi programa, entendedor de mis gustos por los autores latinoamericanos. Solo alcanzaron dos sesiones de lectura para llegar a las notas finales. E impulsada por ese aliento corto, que me dejó con gusto a poco, me levante hacia mi biblioteca y agarré uno de esos libros que tengo desde siempre, sin leer, solo esperándome. 

Soy una convencida: los libros y las personas se encuentran cuando estan preparadas. No se trata de comprar o regalarse un libro como un contrato. Se trata de encajar, de reflejar y de alimentar un espacio vacío en uno mismo. Como el amor, básicamente.  

Leer para mí es una de las formas supremas del amor. Es la manifestación de un amor profundo e increíble, que espero a atesorar hasta que sea anciana. Y lo cierto es que, como todo, no siempre estoy leyendo algo, aunque sea lo que más me haga feliz.  Con la adultez, el trabajo, la facultad de noche, y el cansancio semanal del ritmo en la corpo, leer no es tan fácil para mi en el tiempo, pero si, en el acto. 

Sin embargo, en cuanto conecto, me invade un sentimiento de calma, de felicidad y de ser yo misma, como me pasa con muy pocas cosas. O mas bien, con las cosas en las que me reconozco. Con las que me siento feliz. Por eso, y pese a que no es tanto como yo quisiera, sigo leyendo.  En papel, relectura, libros usados, libros piratas, PDF, ebook, audiolibros... En cualquier formato, yo necesito hacer piel a piel con la literatura. 

Hoy en dia, comprar libros nuevos todos los meses es un gasto que no me puedo permitir con la intensidad que deseo. Es que, aunque separase plata para comprarme un libro por mes ¿cuanto me dura? ¿Dos o tres dias? ¿Y qué hago hasta el siguiente mes?

Cuando para mi hay una buena novela en frente, es muy difícil despegarme de ella. Me pasaba cuando estudiaba Letras y me sigue pasando lo mismo, aunque no tenga la carga de lectura obligatoria que tenia antes. Cuando yo leo, sin poder manejarlo, me aislo. Es una actividad que disfruto tanto que el mundo exterior me deja de interesar. 

No miro noticias, no hablo demasiado en las cenas, no agarro el celular si no es por trabajo. Yo leo, leo, leo, leo, leo y cuando el libro desaparece en dias, me lamento. Sí. Eso nunca lo cambie, aunque haya cambiado mucho. En periodos de lectura voraz, me importa muy poco prácticamente el todo. 

Ni qué decir cuando tengo que volver a la oficina y llenarme la cabeza de números. Es como si me prendieran las luces en el medio del cine. Como decepcionarse siendo niños cuando descubrimos que Papa Noel son nuestros padres.  

Muchas veces por eso, incluso, traté de alejarme de los libros. Leer menos. Poner distancia de ellos. Volver a la rutina corporativa, lejos de los libros, llego a ser motivo de una profunda pena, la pinchada de globo más molesta. Hubo dias donde me iba enojada a cumplir con el deber, porque tenia que dejar el libro... 

Pero me di cuenta que era una estupidez dejar de leer. Lo importante era dejar de pelearme conmigo mismo y asumir al trabajo en la corpo como un medio de vida, y a la lectura, como una motivación para la vida.  Aunque quiza el tiempo disponible no sea el mismo. Porque para mi los libros son una parte central de lo que soy. 

Hoy ya casi termino una novela que empecé ayer. Es una novela mini. Mas de cien páginas. Sabía que iba a pasar y lo acepte como quien conoce que los libros le duran menos en mano que los romances. Aunque ambos en mi funcionen con una lógica similar: la logica de la intensidad. 

En la mesa de noche, tengo una pila de consulta permanente. Ahora, a mi lado, tengo esta pequeña novela y otra que no había leído, pero heredé por accidente, y a la que creo le llegó su hora. Tengo sobre el escritorio donde teletrabajo, frente a mi, filas de libros acostados. Casi jugando a ser mi decoración y mi horizonte.  Lo que miro de reojo permanentemente.  Lo que más me gusta de todo lo que llevo acumulado en 31 años de vida y 16 de biblioteca personal. 

Veremos qué me deparan las circunstancias,  si la vida me permite poder comprarme libros en papel, como amo, para alimentar el idilio. Veremos si puedo tener la bibloteca soñada, que es un poco como la vengo armando con esfuerzo y amor desde hace 16 años, con todo lo que me gusta leer, como un ADN, una huella digital, una identificación. 

Lo cierto es que si pudiera conseguir los últimos 3 libros de Eduardo Sacheri en PDF, nadie sabría de mi hasta el próximo otoño. Me he leído sus cuentos, y de sus novelas, solo me faltan estas tres. 

Ojalá sucediera.  

Deseo que ocurra un viraje misterioso como ocurre a veces en el mayor, y pueda tenerlos a todos ellos, para bajarme del mundo por largo rato. 

domingo, 8 de febrero de 2026

No quiero más, quiero mejor

Tal como lo anticipé en la entrada anterior, para este fin de semana no tenía grandes planes. Y fue justamente porque necesitaba que fuera así: un finde tranquilo, sencillo, sin presiones. 

Ayer sábado arranqué el día yendo a hacerme las uñas de las manos, y a comprar un antiparasitario para mí gatito, pues es época de pulgas. Pobre, él al igual que todos los gatos es tan pulcro, que cuando noté que tenía pulgas (porque anda en el jardín, aventurándose), salí rajando a la veterinaria. Además del antiparasitario, le compré un sobrecito de comida húmeda de su alimento balanceado habitual, como parte de consentirlo siempre que puedo. 

No sé qué tendrá de distinta la presentación húmeda de su comida, pero le encanta y de vez en cuando trato de darle el gusto. La verdad es que al ser él mí primer gato, no suelo darle de comer casi nada raro. Su dieta es sencilla: un buen alimento balanceado de acuerdo a su edad, el mismo en versión húmeda de vez en cuando, pechuga de pollo a la plancha algunas veces por semana y cuando me pide zapallo hervido o zanahoria.  Y la verdad, él es muy buenito, porque jamás me exige una determinada comida y me come todo lo que le pongo. Con más razón, malcriarlo es inevitable. 

Una vez que terminé con la comida para mi bigotudo y como todavía me quedaba un ratito libre, me senté a tomar un café en una cafetería de especialidad del barrio que me encanta. No suelo ir seguido, porque estoy tratando de no hacer gastos hormiga, pero esto fue más que nada un gustito. Y puf, qué bueno estaba.  Me hizo bien el ritual y el ratito. 

Por la tarde, inusualmente, dormí la siesta. Estuve en casa, no quise salir ni siquiera a comprar, y evidentemente me relajé tanto que sí, me dormí. 

Hoy, el panorama fue también bastante parecido. Me tomé el día con calma.  Me levanté temprano, estuve con mí gatito, lo peine, pase tiempo lento de domingo consigo, y después me arme unos ricos marecitos. Más tarde, salí a hacer compras del mes: supermercado, verdulería, panadería.  

El menú de hoy fue puramente ensalada, cocinar una torta casera para la merienda y el desayuno próximo. También, me metí de lleno en la lectura, en la música, ordené bastante de lo que tenía pendiente y la verdad, siendo completamente sincera, con todo esto, poco o mucho, cotidiano y así como lo cuento, fui rabiosamente feliz este fin de semana. 

Terminé haciendo todo lo que me gusta, lento, apreciando, y me di cuenta que escuchar lo que deseo más allá de lo que debería ser un finde (o una vida) sigue siendo la opción correcta. 

viernes, 6 de febrero de 2026

Esperados viernes

 Esta semana, sinceramente, fue movida. Anduve de aquí para allá, con mucho trabajo y cosas para hacer después del laburo, así que llegué agotada. 

El finde pasado, estuve de viernes a domingo en mi mini retiro, que incluyó cruzar a Uruguay.

 El lunes, volví a la oficina directamente desde allá,  a trabajar fuerte, por ser principio de mes.

El martes, cuando terminé con el trabajo, tuve una asesoría de clase dos horas, que estoy haciendo. 

El miércoles, recien frené un poco y cociné una torta para llevarme a la oficina de desayuno y dejar de merienda. Fue el dia de la semana donde terminé mi jornada laboral, y terminé de pensar. 

El jueves, cuando sali de la oficina mi hermana me pasó a buscar y nos fuimos a tomar un café, por Puerto Madero, por lo que llegué pasadas las nueve de la noche a casa. Llegué y pasado un rato, me dormí sin probar bocado, porque mentalmente no daba más.  

Y hoy, después de una semana re movida laboralmente, con renuncias de directores, cambios, y líos, llegó el viernes. Ansiado viernes. Esperado. Y no fue un dia tranqui al 100%, pero se sobrellevó.  Ademas, cómo no se iba a sobrellevar, si me llamó mi sobrino mayor y el humor se me acomodó enseguida. 

Algo a destacar en la rutina, es que este año, cambié a modalidad virtual con mi terapeuta, por lo que no tengo que salir corriendo después de terminar de trabajar, hacia el diván.  Mas bien, mi diván es mi cama ahora y eso me alegra porque (quizá ahora no se siente) pero en invierno a las 18.00 h de un viernes yo solo quiero un café y no salir. Y la verdad es que como me atiendo con ella hace bastante, ya tenemos una relación presencial construida, por lo que el cambio de modalidad no afecta ese aspecto del análisis.  Para mi, incluso, es mejor porque me ahorro unos $30.000 que gastaba en Uber, cuando cortaba de trabajar y no llegaba con el colectivo a tiempo, así que me parece una novedad positiva. 

Después de terapia, hoy viernes, aprovechándome de que seguia en casa, me puse a leer. Y empecé a bajar el ritmo apropósito para poder avisarle a mi cuerpo que llegó el momento de reponerse. De relajarse. De soltar las cargas. 

No tengo grandes planes para el finde y está bien. Sinceramente, para mi el gran plan será estar mas tiempo en casa con mi gatito, mis libros, mi mate y cocinar una torta para la merienda, porque estoy antojada de pastaflola, budín de pan, bizcochuelo casero, todo ese tipo de cosas. 

Esta semana me acompañó un pensamiento muy fuerte, un deseo mas bien, y fue el de volver a las cosas sencillas y simples de la vida. 

martes, 3 de febrero de 2026

El señalador en el libro

Mientras estábamos en Uruguay, con mi programa, caminamos por la rambla, comimos comida típica, disfrutamos del paseo en buque, de la recorrida al centro histórico, paseamos por el fee shop y mantuvimos conversaciones varias.

Habíamos pasado la noche juntos, y nos habíamos dormido temprano, después de otro día de paseos, por lo que el domingo amanecí con la cuestión sexual un poco más despabilada. Sin embargo, teníamos que dejar temprano el hotel, para así, poder irnos a la terminal y tomar en horario el buque.

La última imagen que me quedó en la mente, mientras pasaba por migraciones, fue la del cuerpo del fulano, desnudo, cambiándose y diciéndome:

-            Si no frenamos acá, vamos a llegar tarde – riéndose a la vez.

-            Para qué me invitan, si ya saben cómo me pongo – dije yo, en broma – Arranquemos, sí.

-            Me van a cobrar exceso de equipaje … - murmuró.

-            Muero por saber cuánto corresponde a taxes – lo burlé, de nuevo.

Nos reímos. Y el resto del día, sucedió sin sobresaltos. La pasamos bien en el país vecino y me dediqué a disfrutar sin hacerme muchas preguntas. Lo cierto es que los sentimientos no aparecen de un día para el otro, pero sí, las oportunidades de compartir, y en eso hice foco.

Mientras almorzábamos, de pronto, hicimos un comentario gracioso, otro subido de tono, y le dije que lo que había visto de mañana me había dejado pensando. ¿Podríamos retomar exactamente desde ahí?

-            ¿Como una película?

-            Es como cuando uno pone un señalador en la página de un libro y cuando retoma la lectura, lo saca.

Sonrió.

-            Quiero retomar justo dónde deje.

-            Perfecto – dijo – Me parece que me acuerdo dónde quedamos, así que… Se puede retomar perfectamente.

Cuando llegamos de Uruguay, finalmente, pasamos por el supermercado. Estábamos los dos muy cansados para salir y preferimos comprar algo rápido y rico para comer.  Cuando llegué, no perdí el foco. Me bañé, me desmaquillé y le dije, sin pudores:

-            No me voy a vestir…

-            Como quieras. Yo te la voy a querer sacar. Me voy a bañar.

-            Te espero – musité y lo miré, riéndome como quien se va a mandar una travesura.

Sin dudas, las experiencias sexuales pasadas con Javier, sacaron a flote un lado que yo hasta entonces tenía oculto. Un lado interior, una manera de, una mecánica.  Algo que volvió a flotar en ese aire, a medida que pensaba que éste otro hombre que estaba lejos de parecerse a Javier iba a salir de la ducha y yo se lo iba a tener que confesar: "me gusta cómo me tocás, pero necesito más intensidad". ¿Sería apropiado decirle eso? ¿Cómo decirlo sin ofender? Me gustaba, claro, la pasaba bien claro, pero quería más

Un momento después, retomamos la escena que habíamos dejado pendiente de la mañana. Le pedí que me dejara verlo de nuevo e hice, afortunadamente, lo que había tenido ganas de concretar, y me había quedado pendiente, por falta de tiempo. Finalmente, el partido se fue armando en un tono mucho más intenso, donde yo me sentía más cómoda, y plena, por lo que se lo confesé. Y él, en general, estaba activo, presente, dispuesto a seguirme, inteligente en la lectura de la secuencia pero cuidándome con una intensidad que me desconcentraba. 

Quería más

-            Pero no quiero dejarte marcas – me dijo, delicado, atento.

-            No me importa – le dije y lo besé.

-            ¿No te importa?

-            Ni un poquito – le susurré y me reí - Por favor, hacelo. 

- ¿Asi? 

- Super bien, sí. 

Mi programa intensificó la estratégica y sacó efectivamente la mejor versión disponible. La desordenada versión disponible, que se expandió sin vueltas, y que sintió equipararse por fin la energía.  La intensidad que buscaba. Se le entregó al completo y él, claro, notó una diferencia intensa. Algo que yo en esos días previos había estado moderando, haciendo como una especie de táctica, sintiéndome como que no podía ser yo misma, porque...  Y lidiando con algo particular: cuando yo me achico en personalidad, mi cuerpo se achica y el sexo no me divierte. Pero eso si: cuando logre expandirme, como al regreso de UY, fue la mejor noche de todas. 

El mejor sexo, la mejor dinámica, creo que de lo mejor que formamos juntos. Tanto asi, que terminamos bañados de nuevo, comiendo en la cama sándwiches de miga con Coca-Cola helada, mirando un episodio en Canal Encuentro y pensé: "nada mejor: panza llena, sexo intenso y disfrute". 

¿Qué cambió para pensar asi? Haber dicho a la mierda con todo, y haberme dado mi espacio en todos los aspectos de ese encuentro. Cambió mi lugar.  Pedí, porque dí, claro. Dí espacio, dí gustitos, dí tiempo.  Y creo que un poco decidí que no iba a ser la misma de siempre. Porque lo cierto es que mi postura no es la misma de siempre. 

Con este episodio sexual, me fui dando cuenta de algo: sexualmente, mi manera de hacer las cosas, a través de la experiencia con Javier, cambió.

 Aunque no me acueste consigo nunca más, y aunque me acueste ahora con otros que sean distintos, será un poco inevitable no llevarlos a ese límite intenso de  disfrute donde me siento cómoda. Donde descubrí que soy finalmente yo. Donde me olvido del pudor, y quiero lo que quiero, y me gusta hacer que el otro pase un momento épico pero que también me haga sentir la misma intensidad. 

El recuerdo que formé con mi programa, fue bueno. Creo entender que a él también le gustó, por sus comentarios. Pero, al margen de eso, ahora tengo una información que antes no tenía: sé un poco mejor lo que quiero, sé un poco más la forma en la que lo puedo pedir, sé que no está mal, sé que no es de más o menos trola. Sé que simplemente soy yo, así, en versión no diluida por la moral, queriendo sentir placer con intensidad y procurando no tener pudor por eso.

Puedo ser dulce, sí, claro que puedo serlo. Lo fui con mi programa de hecho, lo acaricié al infinito, lo traté con delicadeza, compartí tiempo; es decir, cosas que para mí son muy exclusivas, o cosas que sólo hago porque realmente lo deseo. Pero a cambio, además, asumí mi propia naturaleza, dejando a un lado la careta del deber ser una señorita y pedí lo que yo necesitaba, la manera en que yo necesitaba ser vista, tratada, tocada y en la que puedo verdaderamente disfrutar.

Y eso, está bien, la verdad. No sé por qué antes tenía miedo de esta versión, pero lo que sí sé, es que el miedo a ser tremenda, me lo saqué cuando me di cuenta que si yo no buscaba darle lugar a mi propio placer, aún eso me hiciera más exigente,  nadie más me lo iba a dar. 

lunes, 2 de febrero de 2026

Hacerlo pronto

Ayer, estaba con mi programa mirando el Río de La Plata que tantas veces agradecí poder observar desde acá. Que tantas veces miré desde la oficina y pensé: <<qué lindo seria conocer Uruguay. Ojalá pueda hacerlo pronto>>. 

Se estaba tan bien. Con muy pocas expectativas. Con pocos juicios y exigencias. Son pretender ser otra. Sabiendo que el otro tiene una historia y que yo del mio tengo otra. Y punto. Sin contarse una historieta pero también permitiendose disfrutar de la compañía. Asumiendo al otro como un humano libre. Sabiendo que uno mismo es libre. Que todos tenemos oscuridad y luminosidad.  

Al hacer esta especie de retiro con mi programa también hice una renuncia. Di por terminado el capítulo con Javier y me dediqué a disfrutar la oportunidad con alguien mas. 

Pensé que dentro de unos años, cuando todo este presente no sea tal, no quiero arrepentirme de nada mas. Habré vivido. Si. Aun con dificultades o conflictos. Aun con miedos. Con alegrías y sorpresas. Me prometí decirme a mi misma: vos viviste. 

Y sí. Ahí estaba. Como parte de la primera forma de ejecutar una promesa. Viviendo. Comiendo un chivito que era una locura, tomando una copa de cortesía de medio y medio (una bebida típica uruguaya) y junto a mi programa, con quien disfrutabamos de ese todo. 

- Qué linda la buena vida... ¿Será que se puede estar mejor? 

- Lo dudo mucho - contesté.  

- Yo creo que no -me respondió.  

Y le di la razón.  Yo no apele a formar ninguna estructura, ni firmar papeles. Apele a vivir. Elegi vivir.  Elegi disfrutar. Mas alla de todo. De todos. Y de algo estoy segura: no me voy a arrepentir de lo que viví, pero si, de dejar de vivir por cosas que nunca cambiarán. 

Así que eso intentaré: vivir.