Me levanté, negadísima, ante el advenimiento de la realidad, antes de despedirme. No quería, era eso, no quería moverme ni un milímetro pero era hora de volver a casa. A fuerza de la clandestinidad, que ya había sido muy generosa con nosotros, me reincorporé pensando que ojalá ese cuadro volviera a repetirse pronto, muy pronto. Era el momento, apenas el tránsito, ese lento pasaje entre los primeros resquicios del amanecer y los últimos espasmos de la noche; una noche invernal, es decir, una noche profunda, extendida con un tiempo que venía de yapa. Era el momento, apenas, donde habíamos pasado unas horas juntos y no quería que ese pedacito de felicidad se me terminara, al menos, sin antes haber podido exprimirlo al máximo. Por ese motivo, el irme sus brazos con el tiempo justo, con los minutos contados, me parecía más cruel que la realidad de tener que aparecer de nuevo en mi casa, a la mañana siguiente, como si no pasara nada, como si no me hubieran ablandado los miedos la noche anterior. ¿Cómo iba a hacer para comerme tanta felicidad? ¿Cómo iba a volver a mi camita de una plaza haciendo como si no anhelara que el mundo se hubiera detenido en ese otro instante previo?Entre más profundo me metía en su mundo, más necesitaba ir dosificando la intensidad para asimilar que alguna vez se acababa el tiempo. Entre más me permitía acercarme a sus orillas, menos me gustaba el tener que dejarlo.
Por esa razón, cuando me miró levantarme en silencio le sonreí casi imperceptiblemente, dándole la espalda a medias. Yo pensaba: <<no quiero irme. Quiero que todos los días sean esto, así... Es increíble que pueda querer esto, pero... lo quiero. A éste tipo... lo quiero, la puta madre...¿qué voy a hacer? ¿Y si no me quiere como yo lo quiero, qué hago?>> y no estaba dispuesta a confesarlo. Él me miraba con ojos magnetizados,dotados por un brillito especial, que nunca había reconocido en otra persona. Aunque desde mi intuición al menos, hubiera un sólo sentimiento que fuera capaz de explicar esa expresión, yo tenía miedo de reconocerlo incluso aunque mis pensamientos fueran por la misma vía que sus ojos. ¿Y si, junto con ésto, había algo más profundo que un agrado pasajero? ¿Y si realmente le pasaban cosas como a mí, qué íbamos a hacer, cómo íbamos a hacerlo?
Por esos días, tenía un profundo miedo a que desapareciera, a irme un día de su casa, volver más tarde y no encontrarme con su mirada, ni con su sonrisa, ésa que me decía que lo seguía intentando porque también yo lo seguía pudiendo. Temía pasar un día por la puerta de su casa y darme cuenta que dormía otra persona a su lado, que no iba a poder entrar nunca más y que no me iba a volver a mirar así. Tenía miedo de que un día se levantara y me dijera que había "tomado noción" de lo que estaba haciendo y que sí, yo lo conmovía, claro, pero que no alcanzaba.
Es decir que tenía miedo, un profundo temor, a todo lo que finalmente sucedió...
Pero... ¿cómo saberlo a esa altura? ¿Cómo renunciar a lo que parecía válido? Y al mismo tiempo ¿ cómo no sentir temor si por primera - y única - vez, me estaba mostrando espiritualmente con todos mis defectos y debilidades ante un hombre? Especulativa y asustada, lo miraba por el rabillo del ojo, sonriéndole, mientras daba vueltas para inspirar hondo por última vez y comenzar la retirada, pero tenía por dentro la certeza de querer quedarme. Deseaba, en el fondo, que se quedara conmigo durante meses y meses y meses, alejados de todo. Deseaba, en el fondo, caminar orgullosamente de su mano por las calles de nuestro barrio. Deseaba ir a desayunar los domingos a la mañana, leyendo el diario, dándole la parte deportiva y quedándome con el suplemento de cultura, sólo para chequear si decía algo sobre algún libro. Deseaba comer asado con los suyos y que Él viniera a comer con los míos. Deseaba que me invitara a su casa toda la vida, igual que esa noche, para pasar juntos un ratito... que fuera muchísimo más que un ratito. Algo, en toda esa dinámica, pese a que se vea en el presente algo de lo más desatinado para mí, hace cuatro años atrás, me hacía pensar que podía ser posible. Creía en que, a su lado, muchas cosas podían ser posibles para mi, para Él, y en definitiva, para nosotros. Esa noche, en especial, todavía lo creía con todo el miedo, todo el anhelo, y todas las fuerzas de las que podía hacer gala.
II
Sentada en la superficie acolchonada, de mala gana, empecé a buscar mis zapatos con los ojos, aunque estuviera sumida en un mutismo total. En mi mente, procurando no olvidarme nada y disipando la niebla de los acontecimientos previos, de a poco, comencé a recapitular dónde habían quedado mis lentes, mis aros, mi cartera, mi teléfono celular, el cargador, el perfumito, y todos los demás objetos propios que había desperdigado por su casa y tenía que devolver a la mía. Una vez que los fui agrupando desde la memoria, me quedé sentada allí todavía por un momento con la espalda arqueada hacia adelante. La meditación duró dos o tres segundos. Enseguida me dí vuelta procurando obtener una última imagen de ésa noche y lo encontré yaciendo, relajado, mirándome con cara de bueno, con un brazo sobre la frente, también callado. Ese fue el momento donde oficialmente el corazón se me subió a la garganta. Lo retuve allí, haciendo fuerza, y seguí esa mirada sin bajarle los ojos, pensando lo increíble que era, finalmente, tenerlo tan claro, acostado a mi lado, pese a los más de veinte años de diferencia que, en mis meditaciones, habían supuesto una distancia casi imposible de salvar. Meses antes pese a mi intuición y a mis ganas, yo no imaginaba poder estar allí, y mucho menos tenerlo al alcance de mis manos, al alcance de mis ojos, con la posibilidad de decirle todo lo que me había callado durante tantos meses y con la posibilidad de que aquéllo lo perturbara. ¿Cuándo, a mí, me había pasado una cosa así? Por momentos, sentía acontecimientos de esa calaña como impropios, aunque no inmerecidos. No podía entender el salto enorme que había dado mi vida en menos de un año, pero estaba segura de haber tratado de hacer las cosas lo mejor posible durante todo ese trayecto.
De seguro, estaría mirándolo de un modo muy intenso, porque enseguida me preguntó:
- ¿Qué? - sonriendo, algo cohibido, inclinó la cabeza todavía más hacia mi dirección.
Sentí que un calor incómodo poblaba mis mejillas de golpe. Sentí que me habían atrapado, que le resultaba obvio todo lo que estaba pensando, cuando en realidad, quizá no fuera tan así.
- Estás muy relajado, cómodo... - susurré - y tenés cara de pícaro - me reí.
- ¿Yoooo? - dudó - ¿Vos estás segura de eso?- me dijo, con la voz de pícaro que acompañaba el rostro; un rostro del que me estaba perdiendo por pura vergüenza.
Asentí con la cabeza, sin levantar la vista.
- Te conozco esa cara de pícaro, estoy segura - dije solamente.
Sonrió y me llamó, con un gesto, haciendo inevitable que tuviera que dar la cara. Sentí, de inmediato, la certeza de mi rendición como si en vano comenzara a suplicarle que no me enamore más con esos gestos de ternura porque eran demasiado para mí. Él corrió prolijamente y muy despacio algunos mechones de pelo que se me habían venido a la cara para verme mejor, por lo que levanté la vista ante ese gesto de cariño que me había doblegado, haciendo acopio de valor.
- Me costó tanto levantarme... Por favor, no me raptes de nuevo que no lo voy a poder superar... - supliqué en chiste, y me arrimé más a su lado, vencida por la tentación de no desaprovechar ni un solo instante.
Escondió mi pelo detrás de mis orejas, con mucha ternura y me hizo unas cosquillas breves en el cuello.
- Qué tipo - me reí, fingiendo pesadumbre porque desde el primer momento había claudicado.
- ¿Que te pasa a vos, con esas caras que me hacés, eh?- me preguntó.
- No me voy a querer ir si me hablás así, eso me pasa - le acaricié el brazo con el que me agarraba buena parte de mi regazo - Gracias por tratarme... así, tan bien - mascullé.
Se sorprendió con eso último. Me di cuenta por la expresión de sus ojos, como si hubiera dicho algo fuera de lugar, o al menos, equivocado. ¿Estaba mal que le agradeciera por ser respetuoso, amable, bueno y delicado? ¿No podía hacerlo, si es que me salía de corazón?
- Ni se te ocurra decirme gracias - me dijo, como si estuviera loca por reconocerle las cosas que me pasaban, sin pelos en la lengua - Gracias nada... - sonrió - No se dice.
Lo miré, extrañada, y enseguida le hice un gesto de despreocupación con los ojos.
- Ay - susurre - ¿por qué sos tan esquivo? - le pregunté, de pronto, intentando sacarme la duda - Te dije gracias, no que me dones tu riñón - le expliqué.
Se rió producto de mi contestación al natural aunque enseguida me explicó:
- Porque no tenés que agradecer que te trate bien... Esto es lo que corresponde hacer con una chica como vos. Vos no tenés que agradecer que un hombre te trate bien... ¿sabés? Te tiene que tratar bien, siempre - me dijo.
Guardé silencio por un instante. Sopesé sus palabras con cuidado no porque fuera tonta, sino porque tenían un sentido diferente para mí. Sabiendo que nos llevábamos, sin mentir, algunas generaciones completas de por medio, hasta haber logrado sincronizar lo que para cada uno de nosotros era propio en su momento, lo suyo me pareció extraño pero al mismo tiempo, real. ¿Y cómo podía ser que, cuando los jovenes contemporáneos me habían hablando de caballerosidad y de respeto mutuo, yo sentía que era sólo una lección bien aprendida por parte de sus padres? En Él, a diferencia, aquella concepción del mundo era propia, y por suerte, no afectaba los terrenos de la independencia ni de la libertad porque el cortejo no era sinónimo de control. Aún mismo, en un paneo general hecho a través de los años donde he ido incluyendo sus defectos, sostengo que tenía una educación que me parecía impropia de mi generación, pero también, deliciosa. Me trataba muy bien y me respetaba, en todo sentido, como nunca vi hacerlo a ningún pretendiente. Desde ese lugar, escucharlo hablar así simbolizaba un hallazgo en mi mundo de valores, muchas veces, tan pasados de moda. A menudo llegaba a la conclusión de que ningún joven de los que conocía por aquélla época me decía esas cosas con tal convencimiento. Hoy sé que los años a su favor le habían dado el tiempo suficiente hasta tener mucha convicción en el asunto y por eso, sus palabras iban acompañadas de gestos. El respeto por mi era, antes que nada, una materia que había elaborado mucho antes, de diferentes maneras, que en nuestro momento lo hacían capaz de presentir. Su capacidad de saber llevarme en mi forma de ser artera, del mismo modo que mi capacidad de hablarle y de cuestionarlo en su forma de ser cerrada, hicieron en buena medida, posible gran parte de nuestras noches.
Por eso, antes de desviar mi mirada, revoleé los ojos. Después, claro, sostuve mi idea:
- Entiendo a lo que vas y comparto la línea del respeto. Para mí, vos también lo merecés, incluso. Pero te quiero decir gracias, de verdad... - le solté - En serio, gracias... - susurré y me quedé callada, mirándole los brazos que tenía entre mis manos.
Ésa sería otra imagen, con el correr de los años, anclada en mi interior, sin podrirse.
- ¿Qué pasa? - preguntó.
De pronto, me había agarrado toda la solemnidad de golpe.
- Nada - me encogí de hombros - estoy juntando ánimos para salir de la burbuja - bromeé.
- Si te tenés que ir no te hagas problema. ¿Se te va a amar quilombo, en tu casa por mi culpa? No quiero que se te arme quilombo en tu casa por mi culpa, en serio. Hacemos lo que quieras vos. Si querés en cinco minutos te llevo a tu casa y, si no querés, no... - me sonrió - Como quieras. O puedas.
Le devolví la mirada, agradeciéndole la madurez de poder comprenderme. De saber que, a veces, y todavía con diecinueve años, necesitaba mantener cierto orden en mi vida.
- No, todo bien en mi casa. No me van a decir nada, me tienen confianza- le explique, siendo sincera - Lo que pasa es que no me quiero ir y estoy juntando fuerzas, muchas fuerzas y no quiero, pero tengo que hacerlo, y noooo quiiiiieroooo, pero ya sé que lo tengo que hacer... - suspiré, con total desparpajo.
- Bueno, vos avisame cuando sea la hora...
- No, tranqui - lo frené - Quedate acá calentito por los dos ¿si? No salgas con el auto, en serio, que después tenés que volver a entrar solo y me da miedo.
Mofó.
- ¿Estás loca, vos?
- Cheeee, más respeto señor... - lo descoloqué un poco, con un chiste - No pasa nada, me pido un remis y listo, son re pocas cuadras - intenté convencerlo - No te estoy diciendo que me voy a ir caminando sola a ésta hora de la madrugada porque sé que esta jodida la mano, pero sí, que no hace falta que me lleves... - simplifiqué - No quiero que tengas que volver solo. ¿Mirá si por afanarte el auto te hacen algo? Me muero, ***, te lo juro que me muero.
Sonrió.
- No me va a pasar nada a mí, y en todo caso, el auto tiene seguro... - me contestó.
- Vos no tenés seguro...
- Por eso, no me va a pasar nada. Me lo piden, se lo doy, aunque no va a pasar nada.
"Es que para mí no valés 300.000 pesos, ***, ¿cómo te lo hago entender? " rechisté, en mi mente.
-Después, yo no voy a estar acá con vos. En serio, no pasa nada, no es menos válido para mí, al contrario, me quedo tranquila...
- ¡Ni en pedo! - espetó, sonriéndome de oreja a oreja - No pienses que no te voy a llevar a tu casa, si te pasé a buscar, es lo que corresponde... ¿Estás loca, vos, no? ¿Por qué sos así, decime? - murmuró como si lo ofendiera.
- Es que es re tarde, o re temprano en realidad, y no quiero - negó con la cabeza - Dale, no te desprecio... - suspiré - Yo te quiero preservar.
Sonrió, de nuevo, reactivando esa mueca que no se había borrado del todo.
- Y yo te quiero dejar en tu casa porque así me quedo tranquilo. Yo me quedo tranquilo si sé que llegaste bien. Dale, no me discutas... Si yo fui a tu casa a buscarte hoy, si te fuiste conmigo de tu casa, ¿cómo vas a volver sola?
- No sería nada malo...
- Yo te voy a llevar. Si tus viejos están pensando mal, si te ven conmigo, quizá piensan un poco mejor... O deberían. O al menos tiene mejor cara todo esto, si vamos los dos...
Le sonreí y me sonrió.
- ¿Vos decís? - lo pinché.
- ¿Vos decís que no? ¿No tiene un aspecto más responsable todo esto? - me le reí en la cara.
- Mis viejos van a estar durmiendo a ésta hora. Y si alguien nos ve, de casualidad, van a pensar que las películas las hacen cada vez más largas - me reí - Y yo les voy a decir que eran de una trama bárbara, todas, y que no me quería despegar de la pantalla - se rió, a fuerza de mis ocurrencias.
Me abrazó, juguetonamente.
- Sos - una - hija - de - tu - madre - deletreó.
- Todo lo hago porque no quiero que te pase nada, bobo. No es que no quiera, ya superé eso - me miró, con fijeza y una expresión campechana - El tema es que a ésta ahora, solamente es para que estés más seguro. Te llega a pasar algo por mi culpa y me muero, *** ¿entendés? Éste es un barrio re careta, nunca hay nadie, y menos a la madrugada y ... me da cagazo, por vos... - le explique.
Sacudió la cabeza.
- Vos no te tenés que preocupar por eso, no va a pasarme nada, quedate un poco tranquila... ¿Cómo te pensás que te voy a dejar que te vayas sola, eh? ¿En un remis, te pensás que yo me quedo tranquilo? No me van a sacar nada, no me va a pasar nada, relajate... - me calmó.
Cuando me hablaba con su voz suave, yo me derretía.
- No quiero problematizar por ésto, porque no me voy a ir ya.. - lo burlé - pero estás avisado.
- Vos también estás avisada.
Hice como que me quedaba tranquila, dicho sea de paso, porque la conversación estaba perdiendo el sentido. Suspiré, despacito y lo miré, más repuesta y sonriente. Le miré los brazos, entorno a mi cuerpo, como si quisiera hacer de esa imagen un recuerdo, una foto, la certeza de un instante.
- Podés quedarte todo lo que vos quieras, igual, eh... - tiró.
Lo miré, sorprendida.
- ¿Sí?
Mofó
- Quedate todo el tiempo que vos quieras acá.
- ¿No me vas a despachar, como hacés en la Aduana? - me reí.
Sacudió la cabeza.
-Vení, vení un poquito, preocupada... - me atrajo hacia él - ¿Siempre te preocupás así, vos? ¿Cómo vas a hacer si sos tan joven?
Lo miré, bajé la vista y me sonreí.
- Por vos, por lo menos, sí, me preocupo así. Es obvio.
- Diosssssssssss. No, no es obvio... - musitó, en voz muy baja - Esas respuestas...
- ¿Te puedo pedir una cosa solita? - le pregunté, cada vez más cerca suyo.
- La que quieras - accedió, asintiendo con la cabeza, divertido por el diminutivo.
- Nunca me muerdas, porque soy sensibleeeee en el fondo; abrazame... - se rió y me extendió los brazos - Dame abrazos fuertes y suavecitos, así como me abrazás siempre... Pero no me quiero que me muerdas si me va a doler y no te preocupes por cómo vuelvo a casa - le di un beso en la frente.
Se rió.
- ¿Yo te abrazo así?
- ¿Nunca te lo dijeron?
Puso cara de tonto e incluso se ruborizó un poco.
- Nah, esas son cosas que se te ocurren a vos solamente y pasa porque estás loca, obvio...
- Vos para mi das abrazos así... Seré loca, bueno, eso ya es un tema tuyo de percepción - le marqué, pero ingresé en sus brazos atenuando el miedo, apretándolo fuerte. Más me abrazaba y más iba desagotando todo el temor. Sus abrazos eran fuertes, y al mismo tiempo, suaves. No había nada de violencia en ellos, más bien, la necesidad de asir, la necesidad de apretujar, la necesidad de tener al otro pegadito al propio cuerpo.
Sumergida en mi lugar seguro, suspiré como si me hubiera liberado de algo muy pesado e inútil. Le dí un beso en el pecho, antes de volver a esconder allí mi cabeza; después, cerré los ojos y lo dejé acariciarme, sólo abocándome a sentir el calor de sus manos. Para cuando quise darme cuenta, flotaba en su perfume, riquísimo, perdurable y quería quedarme a vivir allí; aunque con buena parte de su cuerpo hacía las veces de balsa, hablándome de ese momento como algo vinculado con la realidad. Creo que nunca lo he dicho a nadie, ni siquiera por escrito: no quería, por nada del mundo, que esas noche terminaran, en realidad, pese a mi gran temor por arruinarlas. Vivía con el miedo y el placer a la vuelta de la esquina, porque en cualquier momento, se me terminara la felicidad que me parecía impropia. ¿Desde cuándo yo había aspirado a algo así?
Hasta el día de hoy, incluso, no puedo explicar la paz que sentía, lo fuerte que me sentía, entre sus brazos y al mismo tiempo, lo enormemente vulnerable que era. Su abrazo era para mí un absoluto reparo, mi manera de sentirme protegida y mi propia manera de ampararlo ante sus propias incertidumbres; pero además, la certidumbre respecto al privilegio que representaba poder sentirme así. Cada vez que Él me abrazaba yo lo correspondía con bastante fuerza física que intentaba representar, de alguna forma, la intensidad del apego y del cariño que experimentaba en esa época. Sí, me parece increíble pensar que en esa época yo me ponía en puntas de pie, o en su defecto, me trepaba a su cuerpo para alcanzar en intención lo que no llegaba a cubrir en contextura, pero lo cierto es que lo hacía con una elasticidad propia del amor que jamás recobré. Nunca más abracé con tantas ganas a un hombre; nunca tuve la necesidad de confortar tanto a una persona ajena a mis afectos de siempre y quizá nunca vuelva a sentir esa misma desesperación, como si en cada oportunidad de entregarnos, le sorbiera un poquitito del alma.
Probablemente, para una persona como Él, que era tan expresivo con el cuerpo como no podía serlo a través de la palabra, quizá le resultaba más fácil abrazarme, sin embargo, en mi caso, era por completo diferente. De tan arisca que era con todo ser ajeno a mi familia, El Negro se quedaba callado cuando lo abrazaba, especialmente las primeras veces, y suspiraba aliviado como si aquello lo venciera del todo. Se había dado cuenta la distancia que inclusive desde el cuerpo le marcaba a los demás, como si fuese una muralla infranqueable de la que él, un tipo común desde su propia mirada, había encontrado el punto débil. Así, cada vez que tomaba la iniciativa en un gesto, pese a que me estuviera muriendo de deseo las veces donde me superaba el pudor y Él la tomaba, lo dejaba estupefacto, pero era bien recibida. Extendía al máximo las posibilidades del contacto que tan intenso a mí me resultaba, por cosas que nunca me pararé a explicar y que se resumen a una cuestión básica: la afinidad, la piel, la mera existencia de la persona en el mundo que logra despertar en uno sensaciones sublimes. Era como si con esos gestos el mundo se pausara y se reanudara sólo recién en nuestra separación. Era como si jamás me fuera a decir que no a cualquier gesto. Era como si entre más los mezquinaba yo, por naturaleza y no por maldad, Él más lo anhelara.
- ¿Ya te sentís mejor? ¿Seguís creyendo que te voy a morder feo? - me preguntó, en voz muy baja, todavía envolviéndome.
Yo me sentía mucho más que mejor, mucho más que bien, mucho más que dichosa. Era una pegatina viviente y estaba descubriendo lo mucho que me gustaba poder darme así. Representaba una victoria para mi vida personal, un progreso, una comprobación de normalidad.
- Gracias por no morder feo y ser gente conmigo - le susurré.
- `ma que gracias... - mofó, relajado - No agradezcas éstas cosas.
- Pero en la vida hay que agradecer...
- Sí, ya sé, pero a mi no me tenés que agradecer nada. Te merecés que te traten así. No te tienen que tratar de otra forma, a vos.
- Ay, el señor, tan educado que me va a dar un infarto de miocardio - lo burlé, con mis niveles de azúcar en sangre ascendiendo hasta el cielo.
Luego de ese último comentario, se quedó callado y yo también me quede callada. Fue en ésos momentos donde descubrí que el lenguaje convencional me molestaba un poco si es que venía a querer encuadrar los parámetros del afecto en una manifiestación tan pura. ¿Y después yo era la que quería que me dijera, la que se empeñaba en poder decir?
- ¿Se te pasó el miedo? - me preguntó, al rato.
Me reí, con ironía.
- No te tengo miedo... - le dije, activamente - Está todo bien.
- Mal hecho... - musitó, con una jocosa perversidad - Porque no muerdo, pero hago unassss cosquillas.
- ¡No, dale, no me hagas sufrir, ***! - me reí - Sé bueno, sé buenito, si me mordés, que sea suavecito y por favor no me hagas cosquillas de nuevo porque me voy a poner a gritar y soy una descontrolada... - le supliqué, en broma - ¡Siempre me hacés cosquillas, teneme piedad!
Se rió, encantado ante la posibilidad.
- ¡Vos teneme piedad a mi, por Dios te lo estoy pidiendo, vos tené piedad conmigo!
- Yo la tengo. No te muerdo fuerte, no te hago cosquillas, solamente te hago mimos en la cabeza, en la cara, por todos lados - enumeré - Lo que pasa es que yo tengo muchas cosquillas... ¡muchas! - me reí - Vos porque no me conocés del todo en modo grito pelado por cosquillas... ¡De verdad, parece que me están matando...! - lo burlé - Yo te voy a tener que morder... ¿No ves que no me dejás remedio?
- ¿No me dijiste que eras buena conmigo, vos?
- ¿Vos querés que te muerda? - me reí, preguntándole - Me estás llevando por el camino de la no timidez tan rápido, tan rápido, yo me siento bien, pero eso no quita que no saque mis armas.
- Yo no soy el que me la paso cantandole las cuarenta a todo el mundo, eh - dijo - Además, te avisé que mordía antes y, vos recién ahora me lo estás contando. A mí se me cae la cara, no lo entiendo...
- ¡Miramelo, pasándome la facturita! Yo te hago todo con cariño...
- ¿Y qué, yo no?
Me reí, suplicando.
- Síiiiii, sabés que sí, no te hagas el yonosé-yonofui - le contesté y se mordió los labios, divertido- Sabés todo, vos, vos sabés ya que sos buenito, que me hacés buenita. Pero anda sabiendo que si me hacés guerra de cosquillas, yo me defiendo mordiendo.
Sonrió.
- En eso, tenés razón. Yo sé que un día de estos me vas a matar a mí. No sé es como que lo siento... - musitó, con su cara de pícaro a cuestas.
- ¿Ah, si?
- Sí. Se te nota en la cara.
- ¿De loca? - le pregunté.
- De bruja, tu cara no es de loca, sino de bruja ¡un día de estos me vas a matar a mí!... - asintió, sin dudarlo -Por eso me ponés esas caras y yo por eso siento que me vas a asesinar en cualquier momento, por eso sos frontal, por eso sos combativa... - enumeró.
Suspiré
- ¿No sabías vos que me gustan los señores de cuatro décadas al horno y con papas? Los hago así, al horno y después cocino en otra fuentecita las papas. Me sale rica la receta... Nosabésssss - lo burlé.
Todavía riéndose, me dijo:
- ¡Ah, sos una come viejos! ¡Qué desastre, por favor, qué terrible! - la siguió.
- No es plural, es singular. Hable bien, vamos, hable bien señor, use bien esas formasssss... - lo reté, dulcemente.
- ¡Sos una come viejooooo, nena, por favor te lo pido, controlateeee! - me gastó - ¡Me vas a asesinar!
- Al horno te voy a hacer. Con papitas - asentí con la cabeza varias veces, en plan de falsa amenaza.
(...)
Nos reímos.
- ¿Te das cuentaaaaaaa, no? - se tapó la cara, como si lo ganara por cansancio con esas salidas tan de mi generación, de ese momento de mi vida, quizá.
- Sí, el fondo, un poco, me doy cuenta que te jodo la vida- ironicé - Un día de estos, no sé si me va a salir la bruja de adentro y te cocino...
- ¡Por fin lo reconocés! - me provocó - Te hacés la buena; la dulce; venís y me decis las cosas de frente, sin ningún drama; es más, me decís "no, no estoy enojada", "no, está todo bien" todo el tiempo; ¡y es todo mentira, yo sabía! - exclamó - ¡Claro, vos te hacés la bueeeenita conmigo, sos muy duuuuulce, me mareaaaaás, pero en realidad ¡¡¡es todo mentira, todo mentira ese cuentito... !!! - se explayó.
Por un momento, sentí que me lo decía en serio. Me quedé callada, ya no me gustó el chiste. El miedo, otra vez, el puto miedo... ¿Y si pensaba eso, cómo hacer que me creyera?
- Vos mejor que nadie tendrías que saber cómo soy realmente - le susurré - además, esto no es un cuento.
Me miró, fijamente, ya serio.
- Vos en el fondo sos una cabrona, que me tratás así, porque me querés volver loco- me dijo, serio - y esto, es un cuento, dale, no disimules más, ya está, basta de disimular.
Me reí y suspiré pero él se mantuvo serio, entonces, empecé a dudar.
- ¿Qué, ahora soy la peor de todas? - le dije, desganada.
- Si, la peor. Y además, peleadora, todo el tiempo estás peleándome.
Lo mire, fijamente.
- Capaz que siendo hija de puta, me tomas un poco más en serio... - dije, sin pensar - Porque intentando todo para tratarte bien, no resulta... - dije.
Me miró, ya serio, de otra forma.
- Calentona, sos una calentona, que me muero... - se rió, levemente - Mirá, mirá, mirá, ya me estás poniendo trompa y todo.
Le hice un gesto de pausa, inspiré hondo y aguanté la risa, pensando que de seguro tendría trompa.
- Yo no sé si vos llegás a entender, realmente eh, si alguna vez vas a llegar a entender que yo no te puedo lastimar ni aunque quiera, que no hago cuentos, que no nací para cagar a la gente, para venderle cosas que no son. ¿No te das cuenta que yo hago esto porque me sale? - le dije, en otro tono - Ochenta veces te lo dije. ¡Ochenta!
Me quedé callada, muy callada.
- Che, ¿te enojaste en serio...? - me buscó la cara.
- Nah - le expliqué - solamente te haría al horno en serio por momentos - mofé - pero no puedo...
- ¡Mirá que te estaba cargando!
- Igual, no, te juro que no me enojé. Pensaba más que nada qué hago si es verdad - lo miré - ¿Vos de verdad pensás que esto es un cuento? Porque si lo pensás, quiere decir que demuestro las cosas para la mismísima mierda y es una cagada porque no es mi intención... - esclarecí.
Me puso cara, desestimando eso por completo y se rió, levemente.
- Yo me defiendo más de la cuenta, ya lo sé, es algo casi automático. Con vos darme cuenta que no es lo mismo me lleva alguna que otra calentura, además sos chistoso, guacho... - le expliqué, de nuevo en carrera - ¿Cómo te voy a querer matar? ¿Qué hago si te mato, a quién muerdo, quién me dice "guacha", quién me trata de loca si no estás vos?
Me acarició muy suave las clavículas, y el cuello. Me ablandé sin quererlo, abrumada de pronto.
- ¿Por qué me decís todas esas cosas? - le pregunté, como retóricamente.
- Porque es divertido...
- ¿En serio, ***?
- Siiiiiiiiii, me gusta mucho cuando te enojás. ¡Tenés un carácter, nena, por favor...! - me describió - Y después, sos blandita en el fondo...
Mofé y me avergoncé un poco, mientras me reía, porque quienes me conocen bien y me han visto enojada dicen que, a veces, es obvio que soy pura espuma.
- Vos lo que no entendes es que el carácter lo uso con la gente de mierda, no porque me guste sino porque lo necesito... - le expliqué - No te pongas donde están ellos, porque con vos no voy a poder hacer lo mismo... - suspiré y escondí los ojos.
- ¿Cómo no me voy a poner en ese lugar, si a mi me gusta pincharte?
Lo miré y le enarqué una ceja, nada más.
- Sí, lo disfruto... - reforzó la idea.
Lo miré.
- ¿Qué? ¿No me puede gustar eso? ¿No me puede divertir hacerte bromas? - me preguntó.
Y yo, ante esa postura, le pregunté:
- ¿Entonces a vos lo único que te importa es reírte de mí? No entiendo... ¿Que querés que haga, entonces, que te trate mal, que te agreda, que no me importes, si todo pasa porque te rías? - lo increpé, saltando la banca.
Se rió, a carcajadas y sacudió la cabeza.
- ¡Dioooooooooooooooooos! - exclamó - ¡Dios, que piba, Dios! ¡No me quiero reir de vos, quiero que te rías vos, que nos riamos los dos juntos!
Suspiré.
- ¿De quién? ¿De vos o de mí?
- De los dos. De todo, en realidad. Reíte, dale, yo quiero que te rías, no te reís casi nunca, dale... - me pidió - ¿Cómo puede ser que no te rías a carcajadas cuando te hago una estupidez así? Te lo hago apropósito. Quiero que te rías.
- ¿Para?
- Me divierte ver tus reacciones, me gusta verte enojada porque... sos así, toda enojo, y me dan ganas de agarrarte y decirte "vení acá, la puta madre". Porque vos no te das cuenta pero sos tremenda y encima enojada, peor, más ganas me dan... - se rió y me contagió levemente.
Sí, es que estaba picada pero me importaba más escucharlo.
- ¿Te gusto enojada? - lo miré absurdamente.
- Sí, me gustás enojada... ¿y? - se rió - Me encanta hacerte calentar, lo reconozco, me encanta verte enojada conmigo... Te ponés muy seria. Sonreis, sí, pero no te reís casi nada... Ya te lo dije. Y después, si te reís, está buenísimo. Sos muy seria, vos... ¿sabés? Yo te pincho para que te rías, aunque te enojes, ya te vas a reír... Te lo voy a hacer hasta que no puedas enojarte más, y te rías.
Lo miré y me sonreí.
- ¿Qué clase de persona sos? Yo también sé que me lo dijiste pero te lo pregunto de nuevo, porque no lo entiendo... Te lo juro - le recriminé - Un tipo que disfruta cuando le pongo cara de culo...¡qué hermoso testimonio de sanidad mental...! - ironicé - ¿Un tipo que me hace enojar para después venir a pedirme perdón, a hacerse el lindo? ¿Lo hacés para volver a ser ese hombre noble que bien podrías ser siempre, sin hacerme asustar a cada rato? - esgrimí y me reí, un poquito, porque le ví la expresión que solía ponerme cuando era demasiado Señora de Letras, hasta en las pseudo discusiones.
- Esa es la gracia - musitó - Me gusta ésta parte, y también la parte donde no estás enojada y sos buena, dulce, me decis esas cosas, me cantás las cuarenta - enumeró - Imaginate que si no, no vale. Me gusta cuando te calentás conmigo y cuando se te pasa. Yo pruebo. Un día me vas a matar, entonces, mientras, yo aprovecho y pruebo... - bromeó.
Me reí. Su capacidad de hacerme reír, de ser parlanchín, era de lo que más me gustaba.
- ¿Para que me arrepienta, nooooo?
- ¿De...?
Lo miré y enarqué una ceja.
- De no haberte mandando antes a la mierda... - lo miré, fijamente, con una sonrisa.
- ¿Me vas a mandar ahora?
- Ganas no me faltan, pero lamentablemente te tengo santa paciencia... - se rió - Y te estoy reservando para el horno - le dije, con total naturalidad.
Midió mi respuesta durante algunos segundos...
- Es hermoso, esto, sos una cosa tremenda vos...
- Vos sos una persona idiota, no una cosa tremenda, para mí.
- No te pongas chinchuda, no me corras con las palabritas, Señora de Letras, no seas seria - me previno.
- Es que yo soy seria, ***. No hay muchas vueltas.
- ¿Pero por qué, por quéeeeeeee, si es un chiste? Todo es un chiste. Lo que te digo, te lo digo siempre para que saltes. Entendelo de una vez. No te lo creas, reíte.
- Yo siento que me lo decís de verdad, siento que crees que soy todo eso que me decís de que soy una bruja y todo eso- suspiré y Él negó con la cabeza- Sí, soy re defensiva con esas cosas, re exagerada, pero... no sé, yo no sirvo para esto... - me disculpe, guardando silencio - Perdón.
Sonrió y mofó.
- Reíte la próxima, y listo, no hace falta que me pidas perdón.
Le sonreí.
- Ah, y otra cosa, yo no te puse trompa - dije, aún sabiendo que sí, que pongo trompa, a veces, cuando me enojo y me reí.
Negó con la cabeza.
- ¡Síiiiiiiii, no me mientas, que vos ponés trompa! - se rió - Veni conmigo, por favor, dejame que te abrace de nuevo, dale, que no te hago enojar más.
- Ay, Dios... - mofé - y la boluda va, obvio, aunque sepa que le va a seguir haciendo chistes malos.
Me acerqué a su lado y se rió.
- Pero dale, reíte conmigo, mucho, no seas zonza. Por favor te lo pido, sé buena conmigo, no me tengas cagando... Cagate de risa de mi, si querés, yo quiero que te rías. ¿Por qué sos tan tan seria? ¿No te das cuenta que sos muy muy seria?
- Jamás podría tenerte cagando - le expliqué - Lo único que te pido es que no me hagas ponerme dura, como con los demás, porque yo entro como un caballo y con vos no quiero por nada del mundo ser así...
- No me tenés que tener miedo, vos. Relajate, yo te lo digo para que te rías no para lastimarte, nada más, tenés que tenerme un poco de confianza - me aseguró
- Es que yo te tengo confianza, ***
- Bueno, entonces, si te relajás conmigo, porque me tenés confianza, no te vas a tener que defender más de nada... Vas a ver. Probá, vas a ver que va a ser así... Mucho más fácil. - musitó.
Esa propuesta me detonó la cabeza. Mostró todo mi mecanismo de defensa, con total naturalidad, y le dió un salvoconducto a través del cual borrarse. Entonces le creí, claro, como solía hacerlo y me relajé. Y del otro lado, Él me abrazó, me dió besos en la cabeza, en la frente y en el resto de la cara. Como siempre. Como si siempre fuera la primera vez que lo hacía. Era una prueba superada. Una más, una cosa más sobre la que había avanzado frente al único tipo en el que confiaba.
- Gracias, salame- susurré, intentando poder empezar a cambiar también ese lado de mi historia.
- Bruja- respondió - no me digas más gracias, te lo pido por favor...
Nos reímos y nos quedamos otro buen rato juntos.
III
Un largo rato después, yo ya me estaba quedando adormilada, pero en un segundo salí de ese estado de sopor... Fue como si sintiera que Él me estaba observando, o sintiendo, mejor dicho, de otra forma, que algo había cambiado en mi modo de vida en piloto automático. Estaba relajada, claro, estaba lo suficientemente relajada y me sentía lo suficientemente segura para dormirme entre sus brazos. ¿Si eso no era confianza, en mi mundo, cómo iba a ser posible demostrarlo? Pero... ¿y Él?
- ¿Qué pasa, ***? - me recompuse, mimosa.
- Nada...
- Dale, confesá - le pedí -Por fa, que no quiero andar adivinando a esta hora...
Se rió.
- Por favor, dale, contame, - le insistí - Ya entendí el sistema, y no va a pasar nada malo, te lo prometo. Creeme.
Lo miré y le acaricié los brazos, esperándolo, sin presionar más de la cuenta, mientras estaba acostado y yo, un poco reclinada a su lado, aunque con buena parte de mi cuerpo sobre el suyo.
- Hable, buen hombre, que el pueblo quiere saber... - bromeé, en voz muy baja, intentando crear ambiente propicio para el desembuche.
Se rió, fugazmente aunque enseguida se aflojó un poco y de nuevo se mordió los labios, aguantándose.
- Que no lo puedo creer... - dijo, expulsando el aire acumulado.
Esa una expresión habitual en él, al menos conmigo.
- ¿Qué es lo que no podes creer?
- Ésto, Veinte.
- ¿Y qué es lo que no podés creer de ésto?
- Todo me parece increíble - argumentó - ¿Qué, a vos no, o vos no te das cuenta?
Asentí, con la cabeza, varias veces.
- Pero ¿vos te das cuenta, entonces? Es muy extraño para mí estar acá con vos, de esta forma. No digo que sea malo, pero me parecen muy extraño, re extraño.
- Sí, de hecho, me dí cuenta hace rato... - musité - Creo que fuiste vos el que no se había dado cuenta que el combo, o que la mano en realidad, viene así.
Se quedó pensativo unos segundos.
- Es que yo no es que no te crea, te creo; el problema es que seas así y ver que sos tan joven - admitió - Porque... ¿cómo puede ser que seas así con la edad que tenés, cómo hacés, me entendés? No me entra en la cabeza. Hace un rato, te di un beso nada más, ¡y... no puede ser! Todo esto es una locura.
- ¿Qué no está bien, qué es una locura, qué no puede ser?
- ¿No te das cuenta que un beso que te doy y es un desastre?
- ¿Un desastre por lo malo?
- No.
- ¿Por lo bueno, entonces, boludo? - me alivié - A mí me pareció re bien.
- ¿Sí?
- Sí, en serio.
- Te pusiste toda seria... - observó.
- Es que me había agarrado miedo cuando dijiste desastre porque digo "acá me dice que soy un desastre y yo lo tengo que mandar a cagar, no me deja opción" - le confesé.
Nos reímos.
- Dejá de hinchar...
Me avergoncé.
- Perdón si sentís que hice algo no correspondía, hoy... - lo miré - Yo no me doy cuenta, en realidad, me cuestan estas cosas de dar afecto y de hablar de mi o de mostrarme como realmente pienso... - le hice un gesto, que representaba la efusividad - Son cosas que me van saliendo, torpemente quizá, pero bueno, yo soy así... No te la voy a pintar de otra manera, porque no sirve - le expliqué, de antemano.
Se me acercó, con cara de sorpresa.
- Pero no me puse mal, eh... - me calmó - Te digo todo esto porque me sorprendí muchísimo. Vos, a mí, me dejás helado - reconoció - Yo ya sé que sos tímida y está perfecto eso, no me molesta, al contrario... - me frenó y se rió - Lo que pasa es que en ese momento yo no esperaba que me pase... lo que me pasó... - me sonrió - ¿Pero enojarme por eso? No, ni loco. Sería un pelotudo si me enojo...
Dudé
- Fue una cuestión acumulativa... - confesé - Quería estar así con vos, poder aprovechar la oportunidad... Hace mil.
- ¿Cómo es eso? - dudó, divertido.
Escondí la cara.
- Te escucho yo, eh...
Lo miré, como odiándolo, pero sabiendo que le diría la verdad de todas formas.
- Si fuera por mí, si el mundo estuviera regido por mis fantasías, mis anhelos... - suspiré - ¿Sabés cuántas veces hubiera estado con vos acá, así, sin irme? - me reí, despreocupada - En el fondo, soy un ser humano, también...
Se empezó a reír, como un chico.
- ¿En serio, Veinte? - me preguntó descolocado - ¿Qué querés que haga, yo? ¿Vos querés que me muera?
- No, no te lo cuento para que palmes ahora - me reí, ácidamente.
- ¡Por Dios! - se tapó la cara con las manos - ¡No puedo con vos, che, me sobrepasás!
- Antes, cuando te veía llegar con esa cara de serio a las cenas, yo moría,*** - me reí - Te juro, soy re diferente en la vida cotidiana, con los demás... - vacilé - Pero te veía a vos en las cenas, antes, y no podía dejar de pensar enr estar así abrazada con vos y todas esas cosas que me salen de no se dónde y que me parecen re locas, te juro... - me avergoncé - Por eso, te pido disculpas si cambié los planes un poco, si llevé todo para un lado que quizá para vos es más difícil, que después cuando yo me voy te pone peor... - admití el doble sentido en esa frase - pero...
- ¿Disculpas? ¿Vos me pedís perdón por ésto?
- Y si, quizá querías que vea la película - me reí - y que coma. Y no que me desvíe un poco del eje ... -me reí.
Negó con la cabeza.
- Yo quería hacer algo, lo que fuera, que vos quisieras. Vos decidís, y yo cumplo. La idea era estar juntos, pasar un momento lindo, compartir algo para que después no me digas que no pienso en vos, que no comparto, que me olvido de vos, que no, que no y que no - se rió, levemente - Yo estoy bien, Veinte, no te preocupes por mí. Quiero que vos estés bien, tranquila, cómoda... - me reí y puse cara de picardía - Si me decías "miramos la película", la miro y la comentamos y vemos ocho películas hasta que te quieras ir o quieras hacer otra cosa o te quieras dormir, o me quieras morder - me reí - Me decís "quiero que me hagas cosquillas"; listo, gritarás por toda la casa porque te voy a correr hasta hacerte mear de risa - evidenció - O, si me decías "quiero que me raptessssss de nuevo" bueno, en un esfuerzo muy grande, después en todo caso vemos si querés volver a tu casa; pero yo te rapto... - se rió y me reí toda colorada - Todo lo demás, está perfecto - revoleó los ojos - Date cuenta, por el amor de Dios, que vos podés hacer lo que se te cante conmigo... ¿No te das cuenta? No te puedo decir que no, a vos, está muy mal eso, muy mal, está horrible eso, pero no puedo... ¿Qué vamos a hacer?
- Me encanta el chamuyo que me hacés, todo cuidado él, todo rendido... - me reí.
Negó con la cabeza, divertido y también reí, levemente.
- No es chamuyo...
- ¿Entonces tu cara de sorpresa no fue para mal, digamos? - le dije, sin pensar- ¿Es positivo esto?
- No, ni en pedo... - se llevó las manos a la cabeza - ¿Sabés cuál es el tema? Todo esto es más fuerte de lo que yo pensaba, vos sos peor de lo que yo pensaba, todo es... mucho más fuerte de lo que te puedo explicar. Ése es el tema. Es peor, jamás me imaginé que... - sacudió la cabeza, supongo yo, excedido por lo sentimental - me pasara algo así.
Me reí y esperé unos instantes.
- Bueno, igual, vos sos tremendo. Yo no sé qué haré, pero vos, conmigo, sos lo peor... - me reí.
Me lo quedé mirando.
- Con un solo gesto que tenés es una locura. Pienso " ¡la puta madre que me parió! porque es impresionante - se rió, algo vencido - Es una locura todo con vos, es una locura. Creo que todo es mucho mucho peor de lo que pensé, porque la verdad es que yo no pensé que me iba a pasar una cosa así con vos, porque siendo joven, no me lo esperaba... No esperaba que fuera tanto, tampoco, más allá de lo obvio, fue un beso, pero es distinto a como me lo imaginaba... - masculló.
De nuevo, sacudió la cabeza, como si se estuviera esforzando por algo. Ese algo, con el tiempo, descubrí lo que era: volver a decir que lo que sentía, después de tantos pero tantos años, de evasión, siendo que sentía algo, es evidente, que iba un poco más profundo que una lisa, simple, mundana y esperable calentura.
- No sé cómo decírtelo... - me miró, como si no supiera hablar y sacudió la cabeza, mirándome a los ojos, como si no encontrara la palabra justa - Es solamente darte un beso nada más y... Es tan fácil. ¿Cómo puede ser tan fácil ? Nunca me pasó antes una cosa así.
- Ni siquiera puedo saber yo como es que lo hago, cómo puedo con vos, cómo hacés vos para ser así, imaginate responderte eso... - le confesé, con liviandad - Todo lo demás es complicado, está bueno que algo sea fácil.
Se rió.
- De todos modos, si vos querés, yo me aguanto. Te lo digo en serio. No quiero que te mueras de un infarto conmigo...- mofé - No matamos a nadie, tampoco...
Otra vez, se me quedó mirando, atraído por una fuerza centrífuga, pero al mismo tiempo, atarrorizado precisamente por ella.
- No es eso, Veinte, no... - suspiró, empequeñecido.
- Yo ya sé que vengo acá como si nada, cuando en realidad no es como si nada, y vos te querés matar, porque todo el tiempo estás diciéndote, estoy segura: "no, no, no, no, no la toques, no estés con ella, no cedas, no lo hagas, no le des lugar, no la beses, no te acuestes con ella, no la corrompasssss" - lo burlé - y yo, encima, te digo todas mis cosas cursis para empeorar todo - suspire - Yo no puedo creer tener que estar explicando esto... Me gustás, boludo... Enterate.
Se rió.
- No, no, no - me negó, a propósito.
- ¿Qué te dije? - de nuevo, atiné a juntar fuerzas para irme.
- Hacé lo que quieras conmigo, por el amor de Dios, pero no me hables así. Hacé lo que quieras.
Me reí.
- No vuelvo más a mi casa si pudiera hacer todo lo que quisiera - suspiré.
- No vuelvas... - se rió.
- No me cargues, te vas a cansar de que esté acá... - le dije, con un dejo de tristeza.
Se encogió de hombros.
- No te cargo, zonza.
- ¿Entonces querés que me quede acá y secuestrarme de por vida, como decimos? ¿No vas a ir a la oficina, yo no voy a ir a la facu?
Asintió con la cabeza, determinado.
- Sí, hagamos eso. Y lo demás, no importa, se va a cagar. ¿Eso es lo que te gusta a vos, no?
Lo miré, profundamente conmovida por el hecho. Me quedé sin palabras. Me impactaba, me llegaba hasta lo más profundo, cada pequeña muestra de ternura.
- ¿No te gusta? - me preguntó.
Sacudí la cabeza.
- Si, sería genial... Estaría buenísimo, fuera de joda... - le di un beso en la mejilla, fui acariciándole la cara interna de sus brazos, mirándolos, mientras le hablaba: - Me encanta que me quieras raptar. Te pediría que no me devuelvas, como siempre... Porque me tratás bien y me aguantás y yo lo agradezco mucho.
Sonrió.
- Ya sé que me vas a decir que no te agradezca, pero soy una chica bien aprendida - lo burlé - y agradezco cuando me tratan así, tan bien.
- A mi me parece que sos bastante boca sucia - me provocó
- Vos en cambio sos un señor que habla prolijo, y yo, para compensar, hablo sucio, muy sucio cuando me sale- me reí - Y otras veces, hablo como una señorita que lee ¿viste qué diferencia, no?
IV
Le di un beso en la mejilla, despacio. Más despacio, deposité otro beso en la misma mejilla, sólo un poco más abajo. Bajé después a la barbilla, casi sin ejercer presión, rezando que ojalá se relajara un poco con eso. Se rió, complacido, y me acarició la cintura, la parte baja de la cintura, y la parte más baja de la cintura. De a poco, iba ablandándose el panorama.
- Me va a dar gracia que no puedas tocarme la cola cuando esté al ladito tuyo, en frente de los pibes. Voy a poner caras para martirizarte en secreto... - lo burlé, sonriendo, encima suyo, disfrutando de sus caricias, dándole besos en el cuello.
Mofó. Lo miré riendo, muy cómoda con ese estado de las cosas...
- ¿Todo es adrede, no? Es una joda, dale, Veinte, decime que es una joda.
- No sé de qué hablas...
- No podés ser así. Es mucho para mí, esto, en serio.
- Ejercicio, hice. Mucho - se rió - No es mucho, es lo que hay...
- Yo no sé cómo voy a hacer con vos...
- ¿Por quéeee?
Lo abracé.
- ¿Vos entendés que yo no sé cómo voy hacer después, no? Decime cómo voy a hacer el día de mañana... - me dio un beso en el rostro y pasó lentamente su cara por la mía - Tenés una piel... Es impresionante, guacha - musitó y siguió explorando todo lo que se abría paso bajo sus manos y sus palabras - Después me voy a querer matar...
- No seas tonto... Es igual a todas.
- No, sabes que tenes linda piel, no me jodas... Es muy suave.
- No me compres así, por favor te lo pido, no me mientas.
- Decime cómo hago después... No voy a poder.
- Shhh - me reí - Estoy acá con vos, no digas cosas así.
Me dió un beso breve en la mandíbula.
- Esto es demasiado para mi.
- No , soy yo. No es demasiado...
- Pero te lo digo en serio... - admitió - No sé cómo voy a hacer después. No tengo idea de cómo voy a hacer yo después...
- Estoy acá con vos, aprovecha. No pasa nada, no esta mal.
- Si, pasa. No puede ser que tengas todo.
Se rió.
Me reí, muy avergonzada.
- Shhh - susurré y le acaricié la frente con los labios - No me digas esas cosas. Es lo que hay, nada mas...
- Lo que pasa es que vos estás loca y no me entendés a mí. Sufro pensando cómo voy a hacer después, porque no puedo entender que seas así y digo ¿cómo voy a hacer, yo, con esta piba?
- Como estás haciendo ahora - le contesté - ¿o es muy difícil? - le di un beso en la frente, de nuevo.
- Sos una hija de tu madre...
- Encima que hice ejercicio durante diez años antes de que me conozcas porque quería fortalecer mi cola, y jamás porque me mandó el doctor, obvio, me decís que soy mala... ¡Qué caradura!
Nos empezamos a reír.
- ¿Cómo voy a hacer después? Te lo juro, yo no sé cómo voy a hacer- susurró, como lamentándose.
Le di un beso breve en la barbilla y para cuando quise darme cuenta, hacía silencio en mundo, con Él dándome besos en el rostro, dilatando el momento inevitable en el que nos buscáramos los labios. Con todo mi valor, rocé apenas un instante mi boca con la suya, pidiéndoselo. Él a su manera también me sobresapasaba y necesitaba devolver el mismo respeto, y las mismas deferencias, pero era mucho más torpe a la hora de mantener la calma. No quería atropellarme, ni perderme de disfrutar mi ocasión. Buscaba conectarme con los sentimientos y las sensaciones diferentes que iba acuñando como si cada segundo valiera una década. Me alejé un poco, pase mi boca por su barba de pocos días y noté que había cedido un poco más. Finalmente lo rocé de nuevo, buscando que se aflojara del todo, desconectando la moral y vislumbrando la entrega a un contacto mucho más sólido. Él accedió, y por fin me besó sin medirse, sin el miedo, sin el no saber con qué se iba a encontrar del otro lado, pero en especial, dentro de si mismo.
Me sostuvo entre sus brazos, cargándome entera sobre su cuerpo y me besó. Como besan las personas con sangre en las venas, como besan las personas conectadas con el momento. Por lejos, no sólo por el deseo sino también por lo simbólico ese fue uno de los besos más lindos de mi vida. Fue el beso de la rendición.Fue el beso del colapso. Fue el beso donde perdió el miedo y se olvidó de los veinte años de diferencia.
Nunca supe qué hizo después respecto de la piel. Nunca supe si al momento de tocar a otra mujer lo recordó. Mucho menos si tuvo ocasión de anhelar o comparar... Lo único de lo que estoy segura es que siguen pasando los años y en los horarios más dispares, cada vez mas a menudo o luego de largas ausencias, siempre su nombre aparece en la lista de aquellos a quienes les da por chusmear las redes.
V
Hace un tiempo, de hecho, cuando lo vi pasar por redes dejándome notificaciones, me dije <<era obvio que esto iba a terminar así; muy propio de *** >>.
Lo positivo es que pese a la escritura, la remembranza o la evocación; poco es lo que interesa, lo que duele, lo que trastoca que haga esas cosas. Es increíble decirlo, pero puedo jurar que me acostumbré. Casi no pienso en él de esa manera y su presente no me atrae, por eso, tampoco se me diluye el mundo con esos detalles. Quizá desde esta vereda, lo suyo termine de ser una novedad para pasar a ser una puñadito de nada. Ya no creo que haya diferencia, si hombre que más quise lo describo aquí, y el hombre que nunca se la jugó del todo, sigue haciendo lo que hacen los cobardes.
Sé que, después de lo ocurrido hace ya tantos años y de todas las consecuencias a las que me enfrenté, soy capaz de acostumbrarme a todo. Lo importante es que nada de lo que toque asumir, sea fuente de dolor, porque ésto no volvería a tolerarlo, porque al dolor uno jamás se acostumbra cuando es verdadero.
Por lo demás, todo el resto de las cosas que haga es su elección. O en realidad, la ausencia de todas ellas.
Hay momentos donde quisiera saber qué pensaría su novia, si fuera capaz de enterarse de todas estas cosas, hay momentos donde me preguntó qué gracia tiene para Él stalkearme tantos años después... Pero hay otros momentos en los que pienso qué sentiría yo, de ser ella, y entiendo que lo mejor es olvidarse, seguir adelante y enfocarse en lo que realmente vale la pena. Hay otros momentos donde las motivaciones de él, ya no importan, en relación a las mías... Y así, está todo bien.
Cada uno en su orilla. Distantes. Ajenos. Como fue en un comienzo.