- ¿Qué desayunas? ¿Te hago unos mates?
Mire levantarse a Mi Programa. Siempre me despierta con gestos suaves algo que agradezco mucho cuando dormimos juntos. Yo, que no me caracterizo por tener sueño intenso, a su lado, me despierto como si hubiese dormido 300 horas.
- Si. Dale.
- ¿Querés tostadas?
- Sí. ¿Qué vas a comer, vos?
- Nada. Estoy bien. Necesito café.
Sonreí.
- Yo te ayudo, vamos.
Me encerré un momento en el baño. Me lavé la cara. Me cepillé los dientes. Reaccioné. Después, me acerqué a la cocina de la casa de Mi Programa.
- Te ayudo - insisti y llevé la mermelada, el mate y el resto de las cosas a la mesa. Mi Programa llenó su Stanley verde de agua y me pasó el mate, aunque no tomara.
- Gracias. Yo me cebo. Tranquilo.
- ¿Cómo dormiste?
- Épicamente - le contesté - Profundo. Inclusive, soñé.
Miré el rostro de Mi Programa. Es poco hablador a la mañana, igual que yo. Su pelo negro, tupido, lleno de canas. Igual que su barba. Una remera lisa que acaba de ponerse y un bóxer. Sonrio. Me gusta desayunar con él. Me sonrie. Eso alcanza. No hay discusiones. No hay comentarios prepotentes. Hay paz. Simpleza. Y eso es lo que yo quiero.
Charlamos algo, después de un rato. El toma su café y después repite otra taza. Está cansado y yo también. Venimos de días intensos. Mucho sexo, una convivencia que de vez en cuando pinta, una dinámica distinta. Es la primera vez que decidimos quedarnos en su casa sin hacer nada distinto. Y me doy cuenta que esta bueno compartir sin correr.
Yo corro mucho. Él en su trabajo lo mismo. Ademas del tiempo donde esta con su hija, la lleva al colegio, y las responsabilidades propias del rol. Además del tiempo donde me la paso estudiando para la facultad, ingles, la vida... En ese momento por lo menos, estamos ahí.
Me visto con ropa deportiva. Salimos a hacer las compras para almorzar. Va a cocinarme mas tarde, me dice. Le aviso que si el cocina, yo lavo los platos y levanto la mesa. Salimos de la verdulería de su barrio charlando sobre las paltas.
- ¿Tomamos un café de acá? Porque va a tardar la comida.
- Dale. ¿Querés?
Mi Programa se rió.
- Si. Quiero mostrarte este café que conozco de por acá.
Entramos. El café es tranquilo. Elegimos lo que vamos a tomar bajo la mirada atenta de la moza. Al rato se suma un señor que nos mira de reojo. Poco me importa lo que piensa. Si, señor, le diria, los gustos en vida.
Mi Programa asiente, con calma. Saca su tarjeta de débito para pagar y le bajo la mano con un gesto suave. Escaneo rápidamente un QR con una seña a la chica y él me mira.
- Voy yo, déjame - le aviso, en voz muy baja.
Mi Programa sonrie. Se deja invitar. No es todo una lucha consigo, más bien, fluye. Es como si acomodarse con el otro en un espacio fuera fácil. Nos sentamos en la cafetería. Nos da el sol. Algo picamos. El me mira. Y de pronto, me suelta:
- Te queda lindo el pelo asi - confirmando que me estaba observando y yo, en la luna.
- Gracias- musito y le cuento que con la decoloración el pelo lo uso mas corto para no dañar. Hablamos de cuestiones más serias, más superficiales, no tengo problemas para contarle.
Lo miro. Me cuenta cosas de su trabajo. Esta llevando adelante un proyecto grande, ambicioso a nivel profesional y sé, aunque sea hacer futurologia, que le va a salir bien. Él no es como Javier. Es un hombre que ama lo que hace. Conectado al deseo de vivir y entre todo eso, de trabajar. Tiene iniciativa. Va para adelante. Y no tiene miedo de desafiarse a si mismo. A los 57, poco le importa competir, pero sí le importa hacer, colaborar, aportar desde su trayectoria.
- Te va a salir bien. Ademas, es espectacular para todos.
- Hay que ver. Esperemos. No lo hago por mi. Lo hago por la gente.
- Precisamente por eso. Cuando vos te despegas del resultado, salen cosas muy buenas. Ademas, toda esta gente que convocaste y aceptó... Tenes puntos a favor.
- Me sorprendió, eso sí. Pero no se que tanta vuelta. Yo le pedí el contacto a oootro contacto, levanté el teléfono y llamé. Hay cosas que se resuelven así, que tanto mensajito.
Sonreí. Lo miré.
- Él y su energía que te deja culo para arriba ' musité - Después cuando yo te digo que eso baja medias, te pones colorado.
Se rió.
- Puede ser. Algunas cosas baja, sí.
Lo miré y le avisé con los ojos.
- Corres todos los peligros, vos, eh - murmuré.
- No es peligroso. Desde que te quedaste el viernes estoy...
- Energizado - respondí y tomé mi café.
- Y caliente, también- dijo - No sé que me pasa. Te veo a vos, cuando me despierto, durmiendo al lado y...
Me reí a carcajadas.
- Tengo 57 años, yo. Tene piedad- dice.
- ¿Qué me dijiste cuando traje el pijama?
- Es verdad. La unica condicion que te pongo es que no duermas con esas cosas.
Lo agarro de la mano. Lo miro y pienso que esta lindo, el tipo, simpático y que aunque esto no dure, ya no me importa. Prefiero un mientras que no me haga sufrir, antes que un permanente que me destruya, vecino del mismo barrio, con todo lo que se supone que compartimos, menos el corazón.
Mi Programa es distinto, no solo por quien es, sino, por cómo es conmigo. Parece mejor persona. Me tiene mas en cuenta. Me habla de sus emociones. Y se permite vivir experiencias de placer, de vulnerabilidad y de entrega. Todo eso, a grandes rasgos, lo convierte en un hombre al que darle un poco de tiempo (un poco de mi vida), es algo lindo.
- ¿Y si tengo frio? - le pregunto, en broma.
- No vas a tener frio. Vas a ver - dice.
A la hora de la siesta, lo miro, me rio y me meto sin ropa a dormir consigo. Mi programa me abraza completamente, hasta llenar mi cuerpo de calor, desde atrás. Yo, que siempre me muero de frío, de pronto, consigo mantener una temperatura amigable.
- No tengo frio. Tenias razón- digo.
Lo acaricio, despacio. Me quedo ahí. Quieta. Tranquila. Sin tener que defenderme de nada ni de nadie. Sin estar a la expectativa de nada terrible. Solo ahi, dejándome tratar bien y teniendo el espacio para tratar bien al otro, que no lo rechaza, sino, que lo agradece.
II.
De noche, antes de ir a acostarnos, nos quedamos sentados en el sillón. Escuchamos música. Hablamos. Es una forma pasiva de compartir. Esa unión me parece rara, pero me gusta a la vez.
Habitualmente, soy una mujer muy solitaria. Me gusta estar sola, aunque un poco me paso de la raya. Es como si me costara estar con otros, como si me agotara. La única excepción son mis sobrinos, a quienes amo, aunque también admito que me piden una intensidad física imposible, y por ende, les doy una intensidad emocional y seguridad vincular desde el apoyo, las palabras, el cuidado y la confianza.
En esa línea, con Mi Programa, es distinto. Me cuesta menos estar con el, en relación al resto. Es una persona con la que se me hace fácil, estar.
Creo que tiene que ver con algo clave: soy un poco extraña con algunas cosas y con el no tengo que fingir. No tengo que ser quien no soy, para estar consigo. Más bien, soy quien soy, y el viene desde ese lugar a aceptarlo. De la misma manera, yo abrazo todo lo suyo, no lo hago sentir tonto por nada que diga, y le propongo un entorno de confianza. Él sabe que puede hablar conmigo y yo aprendí que puedo ser auténtica consigo, y que no seré vista con espanto.
Todo eso alcanza para justificar la historia. Una donde lo acompaño en todo lo que mí experiencia me permite. Pero eso si: sin dejar de recuperar mí perspectiva y mi edad.
Mientras escuchamos un tema, mis ojos se ponen llorosos. No me lo esperaba. No lloro con nadie. Sin embargo, una parte mía se siente segura porque...
- Ah, no - digo, y bajo la vista, para desconectarme de la emoción- Esto me va a hacer llorar.
- Se puede llorar - dice - Está permitido llorar acá. Yo lloro también.
Sonrío.
III.
Hace unos dias, cuando Argentina le gana a Inglaterra, antes del partido, le cuento que siento ganas de llorar. Que no me ha pasado con el fútbol, pero que este es un partido que me conmueve. Sin embargo, a mi me cuesta mucho llorar. No lloro por casi nada. Y no sé bien como gestionar eso.
Él me alienta. Me dice que si, que llore si quiero, que no pasa nada. Que no es solo un partido de fútbol.
Más tarde, volvemos a retomar el tema.
- Yo lloré 10 minutos seguidos - me dice - Veo videos y vuelvo a llorar. Hermoso.
Le cuento que cuando volví de los festejos, me quebré. Lloré como una niña. Sin pensar si podía. Solamente, dejando salir lo que sentía.
Él me dice:
- Aahhhh, viste, viste. Se quebró, la *** - añadiendo mi apodo.
Y sí: parece ser que el Mundial, no es solamente un torneo de fútbol. Quizá, sea algo en lo que nos estemos apoyando para poder creer. Para poder darnos vuelta y con esa energía mental, seguir haciendo cosas increíbles. Aún, en circunstancias que parecen más fuertes que nosotros.