domingo, 26 de julio de 2026

Pedigüeña

 - Buen día. 

- Hoola - dijo, con paciencia. 

- Qué temprano es - musite sin mirarlo. Estaba muerta de sueño. 

Bostezó. 

- Muy. Sí. Sonó rápido la alarma. 

- Si. Puse dos por las dudas. Tenía miedo de quedarme dormida. 

Mi Programa me acarició y me atrajo hacia el. Sentí su sangre hacer burbujas dentro de su cuerpo. Con decision, bajo con una de sus manos por mí cuerpo y comenzó a tocarme. 

Yo, me dejé. La verdad es que había tiempo todavía. Podíamos posponer la alarma un ratito más. No solamente por miedo a quedarme dormida me había decidido a programar dos alarmas. 

Mi Programa me acomodo panza arriba, y con suavidad, me fue despabilando del todo. Me rei y finalmente me estiré.  Lo miré y me acerqué a el, para hacer algo que le gusta mucho cuando recién se levanta.  

Complacido, me miró sonriendo y se aseguró que recibiera caricias más íntimas. Yo, ya estaba conectada con la experiencia, pese a que la siguiente alarma iría a sonar en cualquier momento.  

Algunas de ellas, son mis caricias favoritas,  y ese día dejaban mi mente en cualquier lado. Otras, las disfrutaba como parte de una edificación.  Sin embargo, algo, o mejor dicho, un condimento, me faltaba. Y no era por la alarma. No, no era. Era por la suavidad de Mi Programa.   

Evaluando si aumentaba o no la intensidad, se lo pedí. O casi. Con decisión, lo miré, agarré su mano y la ubique donde deseaba. 

- Fuerte. Acá. ¿Puede ser? - dije, muy despacio, y lo miré. 

- Tremenda, tremenda - murmuró y me besó. 

- ¿Así está bien o querés más? - preguntó. 

- Más. 

- ¿Más, estás segura? No te quiero lastimar. 

Me besó. Suavecito. Entonces, hice lo que no suelo hacer, a menos que sea imperioso el deseo de recibir lo que quiero: jugarme la carta del pedido. Es que, Mí Programa quiere que le pida, y esa es una carta que uso con cuidado. Siempre a mí favor. Principalmente, porque así el recurso es más poderoso. Y más efectivo. 

Yo no le pido cosas todo el tiempo. Al contrario. Pero si le pido algo, en la cama o fuera de ella, sabe que voy a esperar que haya escucha. De la misma forma que cuando él me pide algo, abro la cabeza y lo pienso, evalúo, considero.  

- Si, segura. Por favor - insisto. 

- Oh, no me lo pidas asíiiii, que me vuelvo loco - dice. Parece contentísimo cuando me responde. 

Me reí. Y el se aplicó. Se aplicó tanto y se entusiasmó desde tan buen lugar, que yo me regocijé como nunca.   Definitivamente, le hanka encontrado la vueltita a la intensidad y ahora sí, ahora sí. 

En mí mente, no podía estar más satisfecha. Es que cuando te cumplen un deseo particular y lo hacen bien, es mucha cosa. Principalmente porque a disfrutar de la vida estoy aprendiendo ahora (gracias al ejercicio permanente de correr la culpa), y por consiguiente el sexo se muestra como un horizonte con más posibilidades.  Algunas de esas, interesantes. 

- Amo - dije, feliz de la vida con toda su fuerza sobre mí - Me encanta.

Y lo miré. Ni yo sé cómo. Recuerdo sentir mucho placer y haberlo mirado en el medio de esa oleada. Básicamente, con parte del éxtasis que senti por dentro. 

- Noooo - susurró- No podes poder esa cara. 

Me hizo reír. 

- ¿Qué cara puse? 

- La mejor cara que podrías haber puesto en esta situación - Mi geisha. 

Me rei.  Mi Programa sonrió y siguió nuevamente las indicaciones.   Hasta el día de hoy me repite que esa versión de mí rostro, en ese momento, le resultó la mejor cara que podría haber puesto. Su versión favorita. De las caras que dice que recordará.  

Yo no sé si es muy cierto eso. No se si se acordara. Mas bien, tiendo a pensar todo lo contrario. No considero que exista un hombre que me recuerde constantemente, o quizá, es que no creo en los sentimientos de los hombres. Pero de cualquier forma, no me lo tomo en serio. 

La noche anterior, le había pedido algo parecido y ya se había sorprendido, pero se había subido enseguida al tren, con resultados positivos.  Esa mañana, sostengo la apuesta. Y él vuelve a coparse. 

La versión pedigüeña, mientras tanto, es una de mis cartas más delicadas. Creo sinceramente que pedir en los momentos correctos, puede sacar del otro lo mejor. Después, el resto, son algo así como resortes. Decoración. 

Difícilmente el amor se construya con buen sexo. Hace falta que pase algo mas para sentir amor. Pero que el sexo suma, suma. 

sábado, 25 de julio de 2026

Festival de poesía

Para desalinear los demonios, hoy salimos con mi amiga de Letras, a un bar antiguo donde se daba un festival de poesía. Quedaba en una localidad cercana asi que dentro de todo llegamos rápido. 

Cuando me escribió por la tarde, yo estaba haciendo fiaca en la cama y le dije que sí. Ya fue, pensé, y lo bien que hice. 

Un ambiente muy Ciencias Sociales tenía la juntada y yo no hay lugar donde me sienta mas cómoda que en esos ámbitos. Cantamos canciones a gritos, comimos sencillo y escuchamos poemas geniales.  

Ademas de mi amiga, que en su momento fue mi profesora de Literatura en el secundario, (¿cuándo no yo teniendo amigos, parejas, cercanos del laburo que me llevan añares?), me reencontreé con viejos profesores y una compañera de Letras.  Había mucha gente del ambiente literario, de la facultad, gente que conozco de vista por talleres o por participaciones que yo he tenido.

Es lindo todo eso. Ese reencontrarse. Si bien yo tengo otra rutina cotidianamente, me resultan muy necesarios estos espacios sociales y literarios. Necesito de ese combustible, porque tiene muchísimo que ver con quien soy y no con lo que tengo o hice o todas esas cosas que en otros ámbitos de mi vida son moneda corriente. 

Son estos los círculos sociales que me interesan, además. La literatura, si fuera posible para mi como medio de vida, sería lo único que observaría prácticamente en todo el mundo. 

Escuchar poesía de otros, fue algo genial. Charlamos de la carrera con mi ex compañera  le comente que retomé, y fue como haber vuelto al pasado por un rato, desde un lugar mucho mas seguro y feliz. 

Me comentó que le costó reconocerme, porque estaba distinta, y yo le di la razón, dado que mi apariencia de esa época era re diferente.  Pero alcanzó con hablar 3 minutos que ya estábamos en la misma onda.  Nos reímos un rato y quedamos en contacto.  La última vez que la había visto fue en 2018, y la verdad, es increíble la de vueltas que da la vida que hoy su novio organizaba el festival y yo ni idea tenía. 

También, tuvieron su espacio cánticos políticos, chistes, micrófono abierto para poemas, para quien quisiera cantar tangos u otras canciones. Espacio para quien quisiera bailar. Y en general, una práctica que no abunda: juntarse a escuchar, sostener, charlar. 

Después de eso, con mi amiga, nos pedimos un Uber. Regresamos. Y cuando ella se bajó, el Uber me dijo, con sonrisa divertida: 

- ¿La pasaron bien, no? 

- Re, sí. Perdón, te quemamos la cabeza - contesté. 

Al final, los demonios que andaban dando vueltas en mi cabeza, quedaron bien domados. Como siempre, la literatura me salva de todas las maneras posibles en las que el arte puede salvar a alguien.  


miércoles, 22 de julio de 2026

Un día, sí

La semana pasada, durante el partido de Argentina con Inglaterra, yo estaba en otra. Nada me interesaba más que el fútbol, pero, aun así, hice lo que me tocaba y luego me desconecté para poder juntarme con mi familia.  Recién al otro día, en la oficina, noté que me había llegado un mensaje de una reclutadora desde la India, pidiéndome CV en inglés para cubrir una vacante de una empresa de EE. UU., que tiene oficinas acá en Argentina.  ¿Una buena noticia? Sí, y al margen de todo, un mimo. Quizá, algo por lo que tendría que haberme puesto contenta, pero la verdad es que eso no me pasó.

Y este “no me pasó”, terminó siendo el suceso más relevante de la semana, lo más importante que sí me pasó y lo que charlé hondamente en terapia. Tuve una chance, siquiera, de participar humildemente con mi CV, en un proceso de un tipo de trabajo que aunque me encantaría experimentar, porque obvio que siempre progresar y aprender es un desafío; yo jamás me permití soñar.  Siempre pensé o me acostumbre a pensar que las cosas eran para otras personas. Y lo cierto es que lo acepté como una verdad. 

Puede parecer tonto, pero esto nada tiene de tonto. En mi entorno, nada sobra. En mi propio bolsillo, el dinero tiene siempre un fin de cubrir gastos, siempre con los pies en la tierra. Y hay cosas que, en la vorágine de resolver lo ordinario – es decir, lo cotidiano - le van comiendo margen a la posibilidad de pensar lo extraordinario. Uno puede desear progresar en su vida, pero nadie te dice que progresar es perder. Y lo que se pierde es una manera de mirar todo lo que te rodea. Hacer de lo ordinario, algo extraordinario. 

Mi presente es un poco hacer con lo que tengo, resolver con lo que puedo, dar lo mejor siempre que puedo, poniendo muchísimo de mi. Nunca en mi vida me esforcé tanto por ser mejor como en este momento. Literalmente, se trata de una transformación dolorosa y profunda, porque no imita a nada que haya conocido. 

 Mi mente está enfocada en eso la mayor parte del tiempo, a la espera de la oportunidad.  Pero curiosamente, cuando pienso en recibir algo mejor, consecuencia de lo que doy; un poco bastante me incomoda, me asusta, es como si no supiera bien qué hacer con eso y me costara sostenerlo. Y me doy cuenta que para el sacrifico, soy mandada hacer, pero ay qué hacer con el fruto. 

 Por qué no me puse contenta por ese mensaje ¿no? Frente a la oferta de charlar y de alinear pareceres, empecé a pensar en todo lo que no tenía, en todo lo que no iba a saber. Me sentí menos. Sentí que como me iban a elegir a mi, si yo no era tan capaz o quizá no era el perfil que esperaban, que cuando me dieran la chance de una entrevista y notaran que vivo en el Conurbano, quiza no me consideraban... 

Es decir, me hice toda una pelicula que responde perfectamente a como yo me siento conmigo misma en este momento. ¿Y qué siento? Que no puedo soñar asi, si todo me cuesta el triple. Pero que mejor momento para soñar asi, que cuando alguien mas bajaría los brazos ¿no? 

 Ahí me di cuenta de que, frente a estas cosas que exceden un poco lo que me permito soñar, y otro poco lo que me inculcaron que era posible soñar para gente de mi clase social y económica; la culpa sigue a la orden del día.  Sigue desafiándome y haciéndome sentir que un millón de cosas no son posibles para mí. Y me hace sentir incomoda con mi familia por desear un poco mas, y me hace sentir incomoda porque todos creerían que lo único que quiero es dinero, pero para mi, esta búsqueda se traduce en poder comprar mas libros al mes, ser una buena referente en lo que hago, y fundamentalmente, ser una mujer de la que mi versión de la infancia, se pueda sentir orgullosa. Ser quizá una referencia dentro de la dinámica familiar para alguno de mis sobrinos el dia de mañana, aquella que le permita soñar otros horizontes. 

 Por eso, a diferencia de otros momentos, pese a que me siento mal, se cruza con otra voz. La voz que me habita hace un año, y que me hace pensar que hay mucho más en la vida que no es culpa. Y que, al menos, por lo menos, me merezco poder intentarlo. Me merezco poder soñar cosas mejores, más grandes que aquéllas cosas que soñaron quienes vinieron antes de mi, y hacer todo lo que pueda para que se dé.

¿Y si no se dá? Quizá, la frustración no sea venir de un clan, o un grupo familiar y social, donde no te acompañan en tu visión del mundo. Quizá, la frustración sea no haberme animado solamente por honrar mi visión del mundo, a soñar más allá de todo lo que me dijeron que podía o no podía querer de la vida. Pero ¿y si no es frustración lo que me espera? ¿Y si efectivamente es como yo lo creo? ¿Si se puede estar mejor, en este país, saliendo de donde yo salgo, haciéndolo paso a paso?

Claro que luego de esto, y de todo lo que me hizo sentir, y de la pausa que tuve que hacer para pensar en cada ápice de herida que activó; pude permitirme mandar el CV en inglés, responder y hacerme cargo de ese contacto. No sé si eso traerá cola. Pero si es importante porque alumbra limitaciones que conviene modificar, tengan o no tengan que ver con lo laboral.

Nada de esto es fácil. Tal como me dijo mi terapeuta ayer, llega el momento donde uno tiene que decidir si sigue sintiéndose merecedor de lo mismo o se anima a transformarse. 

Y el miedo, que se disfraza de incomodidad, en el fondo, es a saber si permanezco con la misma identidad de siempre, o si me animo a construir una identidad diferente, que se pueda permitir cosas diferentes, que se permita siquiera soñar. 

Lo cierto es que me levante triste. Son cosas bastante pesadas para procesar. 

Espero estos días sentirme un poco mejor. 

sábado, 18 de julio de 2026

Desayuno

- ¿Qué desayunas? ¿Te hago unos mates? 

Mire levantarse a Mi Programa. Siempre me despierta con gestos suaves algo que agradezco mucho cuando dormimos juntos. Yo, que no me caracterizo por tener sueño intenso, a su lado, me despierto como si hubiese dormido 300 horas. 

- Si. Dale. 

- ¿Querés tostadas? 

- Sí. ¿Qué vas a comer, vos? 

- Nada. Estoy bien. Necesito café. 

Sonreí. 

- Yo te ayudo, vamos. 

Me encerré un momento en el baño. Me lavé la cara. Me cepillé los dientes. Reaccioné. Después, me acerqué a la cocina de la casa de Mi Programa. 

- Te ayudo - insisti y llevé la mermelada, el mate y el resto de las cosas a la mesa. Mi Programa llenó su Stanley verde de agua y me pasó el mate, aunque no tomara. 

- Gracias. Yo me cebo. Tranquilo. 

- ¿Cómo dormiste? 

- Épicamente - le contesté - Profundo. Inclusive, soñé. 

 Miré el rostro de Mi Programa. Es poco hablador a la mañana, igual que yo. Su pelo negro, tupido, lleno de canas. Igual que su barba. Una remera lisa que acaba de ponerse y un bóxer. Sonrio. Me gusta desayunar con él. Me sonrie.  Eso alcanza. No hay discusiones. No hay comentarios prepotentes.  Hay paz. Simpleza.  Y eso es lo que yo quiero. 

Charlamos algo, después de un rato. El toma su café y después repite otra taza. Está cansado y yo también. Venimos de días intensos. Mucho sexo, una convivencia que de vez en cuando pinta, una dinámica distinta. Es la primera vez que decidimos quedarnos en su casa sin hacer nada distinto. Y me doy cuenta que esta bueno compartir sin correr. 

Yo corro mucho. Él en su trabajo lo mismo. Ademas del tiempo donde esta con su hija, la lleva al colegio, y las responsabilidades propias del rol. Además del tiempo donde me la paso estudiando para la facultad, ingles, la vida... En ese momento por lo menos, estamos ahí. 

Me visto con ropa deportiva. Salimos a hacer las compras para almorzar. Va a cocinarme mas tarde, me dice. Le aviso que si el cocina, yo lavo los platos y levanto la mesa.  Salimos de la verdulería de su barrio charlando sobre las paltas. 

- ¿Tomamos un café de acá? Porque va a tardar la comida. 

- Dale. ¿Querés? 

Mi Programa se rió. 

- Si. Quiero mostrarte este café que conozco de por acá. 

Entramos. El café es tranquilo. Elegimos lo que vamos a tomar bajo la mirada atenta de la moza. Al rato se suma un señor que nos mira de reojo. Poco me importa lo que piensa. Si, señor, le diria, los gustos en vida. 

Mi Programa asiente, con calma. Saca su tarjeta de débito para pagar y le bajo la mano con un gesto suave. Escaneo rápidamente un QR con una seña a la chica y él me mira. 

- Voy yo, déjame - le aviso, en voz muy baja. 

Mi Programa sonrie. Se deja invitar. No es todo una lucha consigo, más bien, fluye. Es como si acomodarse con el otro en un espacio fuera fácil. Nos sentamos en la cafetería. Nos da el sol. Algo picamos. El me mira. Y de pronto, me suelta: 

- Te queda lindo el pelo asi - confirmando que me estaba observando y yo, en la luna. 

- Gracias- musito y le cuento que con la decoloración el pelo lo uso mas corto para no dañar.  Hablamos de cuestiones más serias, más superficiales, no tengo problemas para contarle. 

Lo miro. Me cuenta cosas de su trabajo. Esta llevando adelante un proyecto grande, ambicioso a nivel profesional y sé, aunque sea hacer futurologia, que le va a salir bien.  Él no es como Javier. Es un hombre que ama lo que hace. Conectado al deseo de vivir y entre todo eso, de trabajar.  Tiene iniciativa. Va para adelante. Y no tiene miedo de desafiarse a si mismo. A los 57, poco le importa competir, pero sí le importa hacer, colaborar, aportar desde su trayectoria. 

- Te va a salir bien.  Ademas, es espectacular para todos. 

- Hay que ver. Esperemos. No lo hago por mi. Lo hago por la gente. 

- Precisamente por eso. Cuando vos te despegas del resultado, salen cosas muy buenas.  Ademas, toda esta gente que convocaste y aceptó... Tenes puntos a favor. 

- Me sorprendió, eso sí. Pero no se que tanta vuelta. Yo le pedí el contacto a oootro contacto, levanté el teléfono y llamé. Hay cosas que se resuelven así, que tanto mensajito. 

Sonreí. Lo miré. 

- Él y su energía que te deja culo para arriba ' musité - Después cuando yo te digo que eso baja medias, te pones colorado. 

Se rió. 

- Puede ser. Algunas cosas baja, sí. 

Lo miré y le avisé con los ojos. 

- Corres todos los peligros, vos, eh - murmuré. 

- No es peligroso.  Desde que te quedaste el viernes estoy... 

- Energizado - respondí y tomé mi café. 

- Y caliente, también- dijo - No sé que me pasa. Te veo a vos, cuando me despierto, durmiendo al lado y... 

Me reí a carcajadas. 

- Tengo 57 años, yo. Tene piedad- dice. 

- ¿Qué me dijiste cuando traje el pijama? 

- Es verdad. La unica condicion que te pongo es que no duermas con esas cosas. 

Lo agarro de la mano. Lo miro y pienso que esta lindo, el tipo, simpático y que aunque esto no dure, ya no me importa. Prefiero un mientras que no me haga sufrir, antes que un permanente que me destruya, vecino del mismo barrio, con todo lo que se supone que compartimos, menos el corazón.  

Mi Programa es distinto, no solo por quien es, sino, por cómo es conmigo. Parece mejor persona. Me tiene mas en cuenta. Me habla de sus emociones. Y se permite vivir experiencias de placer, de vulnerabilidad y de entrega. Todo eso, a grandes rasgos, lo convierte en un hombre al que darle un poco de tiempo (un poco de mi vida), es algo lindo. 

- ¿Y si tengo frio? - le pregunto, en broma. 

- No vas a tener frio. Vas a ver - dice. 

A la hora de la siesta, lo miro, me rio y me meto sin ropa a dormir consigo. Mi programa me abraza completamente, hasta llenar mi cuerpo de calor, desde atrás.  Yo, que siempre me muero de frío, de pronto, consigo mantener una temperatura amigable. 

- No tengo frio. Tenias razón- digo. 

Lo acaricio, despacio. Me quedo ahí. Quieta. Tranquila. Sin tener que defenderme de nada ni de nadie. Sin estar a la expectativa de nada terrible. Solo ahi, dejándome tratar bien y teniendo el espacio para tratar bien al otro, que no lo rechaza, sino, que lo agradece. 

II. 

De noche, antes de ir a acostarnos, nos quedamos sentados en el sillón. Escuchamos música. Hablamos. Es una forma pasiva de compartir.  Esa unión me parece rara, pero me gusta a la vez. 

Habitualmente, soy una mujer muy solitaria. Me gusta estar sola, aunque un poco me paso de la raya. Es como si me costara estar con otros, como si me agotara. La única excepción son mis sobrinos, a quienes amo, aunque también admito que me piden una intensidad física imposible, y por ende, les doy una intensidad emocional y seguridad vincular desde el apoyo, las palabras, el cuidado y la confianza.

 En esa línea, con Mi Programa, es distinto. Me cuesta menos estar con el, en relación al resto. Es una persona con la que se me hace fácil, estar. 

Creo que tiene que ver con algo clave: soy un poco extraña con algunas cosas y con el no tengo que fingir. No tengo que ser quien no soy, para estar consigo. Más bien, soy quien soy, y el viene desde ese lugar a aceptarlo. De la misma manera, yo abrazo todo lo suyo, no lo hago sentir tonto por nada que diga, y le propongo un entorno de confianza. Él sabe que puede hablar conmigo y yo aprendí que puedo ser auténtica consigo, y que no seré vista con espanto. 

Todo eso alcanza para justificar la historia.  Una donde lo acompaño en todo lo que mí experiencia me permite. Pero eso si: sin dejar de recuperar mí perspectiva y mi edad. 

Mientras escuchamos un tema, mis ojos se ponen llorosos. No me lo esperaba. No lloro con nadie. Sin embargo, una parte mía se siente segura porque... 

- Ah, no - digo, y bajo la vista, para desconectarme de la emoción- Esto me va a hacer llorar. 

- Se puede llorar - dice - Está permitido llorar acá. Yo lloro también. 

Sonrío.

III. 

Hace unos dias, cuando Argentina le gana a Inglaterra, antes del partido, le cuento que siento ganas de llorar. Que no me ha pasado con el fútbol, pero que este es un partido que me conmueve. Sin embargo, a mi me cuesta mucho llorar. No lloro por casi nada. Y no sé bien como gestionar eso. 

Él me alienta. Me dice que si, que llore si quiero, que no pasa nada. Que no es solo un partido de fútbol. 

Más tarde, volvemos a retomar el tema. 

- Yo lloré 10 minutos seguidos - me dice - Veo videos y vuelvo a llorar. Hermoso. 

Le cuento que cuando volví de los festejos, me quebré. Lloré como una niña. Sin pensar si podía. Solamente, dejando salir lo que sentía. 

Él me dice: 

- Aahhhh, viste, viste. Se quebró, la *** - añadiendo mi apodo. 

Y sí: parece ser que el Mundial, no es solamente un torneo de fútbol.  Quizá, sea algo en lo que nos estemos apoyando para poder creer. Para poder darnos vuelta y con esa energía mental, seguir haciendo cosas increíbles. Aún, en circunstancias que parecen más fuertes que nosotros. 


jueves, 16 de julio de 2026

A su casa, Piratas 🇦🇷

Termino de trabajar volando. 

Organizo. 

Me voy a la casa de mi hermana a ver el partido. 

Compro en la panadería algunas cosas. 

Nos sentamos a compartir. 

II. 

Todos estamos nerviosos. Lo emocional comanda este partido antes de su inicio. Y yo por primera vez, ante un partido, siento ganas de llorar. 

Quiero ver, por primera vez a conciencia, ganar a una selección Argentina  frente a los ingleses. En 31 años, no se lo que es ver eso. Tampoco se lo que es llorar por fútbol. Pero está la chance de vivir las dos cosas. ¿Como, si no lloro por nada, por a llorar por fútbol? 

Agonicamente, ganamos. Primero un gol, después otro. Rezo en silencio. Le pido a Dios una mojada de oreja para estos ingleses que siempre creen poder pasarnos por encima, pegarnos el pie a la cabeza. Parece que Dios escucha. Parece que el primer partido contra Inglaterra del que tendré memoria, será una victoria. 

Grito los goles con lagrimas en los ojos. Con todas mis fuerzas. Por la injusticia de apropiarse terroriorios ajenos. Por vivir y enriquecer una tierra que no les corresponde. Dicen que solo es un partido, y se comprende. 

Un partido de fútbol no te devuelve un territorio. No te soluciona los problemas como país. No te ordena la macro ni te agiliza la micro. Pero por un segundo, te hace sentir que seguir luchando por construir tu vida en la tierra donde naciste, y donde hubo gente que entregó su vida para que pises este suelo de paz; vale la pena. Hasta el minuto final. 

Festejo en mi ciudad el triunfo de Argentina. Y cuando me quedo a solas, lloro. Las lágrimas no me dejan ni ver la repetición de los goles. Sí. Lloro. De emoción, de alegría, de incredulidad.  Por fútbol. Por primera vez en mi vida. 

Este dia lo voy a llevar en el corazón para siempre. 

 A su casa, piratas. Hoy ganó Argentina 🇦🇷🩵

domingo, 12 de julio de 2026

Terminando el finde...

Esta mañana me levanté tarde. Más bien, ya era mediodia. Ayer jugó Argentina y eso implicó juntada y cena familiar. Por suerte, hoy tocó una hermosa mañana con victoria, aunque también con la extraña sensación de dormir demás.  Para mí, despertar a las 12 fue una sorpresa. O no, si me acosté a las 03.00 am. 

Después del almuerzo, y haciéndome cargo del zafarrancho que tenia, me puse a ordenar todo. Estos dias libres, aproveché (especialmente los últimos dos, porque los primeros no me sentí bien), para cocinar, frezzar, y hacer compras. Además, me di el gustito de comer una hamburguesa de Mac que hacía mucho no comía. Traté de no pensar pavadas, de aprovechar el tiempo para hacer algo que me guste o para no hacer nada y para conectar conmigo misma. 

En general, estuve muy tranquila. Quise estarlo. Salí poco, leí hasta atragantarme y me ocupé de hacer cosas con las manos para conectar con la paz. Muy poco de redes sociales, mucho de vida cotidiana, sencilla y real.   Literalmente, sin importarme la vida de nadie, porque si hay algo que conmigo no prospera es el chisme. Mirando para adentro, mirando muchas hojas de libros, estando con mí gato y yastá. 

Hoy domingo, entonces, tenía un poco todo patitas arriba. Asi que me dispuse a darle un bueeen reset.  Cambié sábanas, perfumé todo, ordené ropa, y dediqué a mi tarde a dejar todo impecable.  Porque sí, puedo vivir en una casa muy sencilla, pero eso jamas me implicara elegir vivir en un espacio sucio.  Podes tener poco, sencillo, o curtido; pero es tu elección que ademas este sucio. 

Para mi la elección se basa en que ya no importa como haya sido criada, con qué costumbres, o qué pensamientos límite; sino, cómo deben ser para mi las cosas.  Y para mi las cosas ordenadas, limpias, recogidas y sanas, siempre se ven y se siente mejor.  Por eso, soy chispa con la limpieza. Me gusta anticipar compras, preparar lo que puedo llegar a necesitar en la semana y tratar de ayudarme a mi misma en todo lo que sea posible para afrontar el dia a dia.  Después, la semana es larga, y todo lo que haya resuelto, me deja tiempo para descansar. 

Obvio que finalizada una buena limpieza, sigue una buena ducha. Y eso hice. Limpieza por fuera, por dentro y meterse en una cama con sábanas oliendo rico. ¿Placeres? Sí.  De los cotidianos que a veces se menosprecian o se dan por hechos. 

Para despues de cenar hoy, hice un postre con vainillas. Estoy contenta por eso. Si bien he comido cosas ricas este finde con el tema partido, estaba particularmente antojada de comida casera y dulce.  No me excedo, eso sí, no soy de comer por comer. Pero debería hacer un esfuerzo por comer algo mas porque de nuevo bajé de peso. 

En la semana hago muchas cosas. Quiza es por eso.  Debería sumar comer x2 a la lista.  Hablando de Roma, me iré a calentar la cena. 

jueves, 9 de julio de 2026

Lo que pasa en sueños...

 Hace unos dias le conté a mi work bestie un sueño que tuve con uno de nuestros compañeros de trabajo en la corpo. 

El sueño era bastante gracioso. El tipo en cuestión me invitaba a salir, aclarando que se había separado y que todo iba a ser legal. Yo me iba a toda velocidad a la otra punta de la oficina sin responderle y, obvio, le contaba a ella. 

Todavía riéndome sola, le comente el sueño. La reacción escandalizada por el lance de mentiritas de aquel director, que es mas bueno que el pan, muy serio, pero en el fondo, un copado. 

- Ay, boluda, qué vergüenza... 

- Igual para... no me mates, pero yo siempre sentí algo entre ustedes. 

- ¿Cómo algo? 

- Claro. Hay una tensión ahi. De vos no, eh, que sos una señora. Pero de él. 

- ¿Vos decis? 

- Y... 

- Qué loco. Sabes que no lo sexualice nunca a Andres. No le vi tampoco esa mirada. 

- Nunca se sabe. Para mi, si otras fueran las circunstancias, algo pasaría entre ustedes. Se nota que tienen química. 

- Si, me cae bien, siempre hablamos de libros, tenemos ese tema. Me parece un buen tipo, pero ni loca saldría con alguien de la oficina. 

- Nah, ya sé. Pero bueno, yo lo he visto, eh. Te digo nomas. No queria decirte porque se que a vos no te va. 

- No hay drama, tranqui. Ahora lo vamos a ver y nos vamos a reír. 

II. 

Cuando terminé esa charla con mi work bestie, me acordé de un solo gesto de Andres que me llamó la atención, recientemente.  

Fue durante un almuerzo. Yo llegué al comedor, y como vi que estaba compartiendo mesa con un compañero con el que también me llevo bien, me acerqué a saludarlos. Noté que estaban masticando, por lo que para no interrumpirlos, le puse una mano en la mano a cada uno. 

- ¿Como andan? ¿Todo bien? Perdón, no quiero interrumpir. Saludo así - dije. 

Saludé a mi compañero, que luego me saludó mejor y me hizo un comentario. Y después, repetí el gesto de la mano con Andres. 

Apoyé la mano, bastante distraída a decir verdad porque habia al lado una que no me banco (y no me quiere tampoco), y no quería saludar.  Andres, que estaba hablando con ella, me apretó la mano y me la acarició,  levemente.  

No lo sentí desubicado, ni mucho menos. Lo sentí como un gesto de cordialidad, igual que el mio. 

- ¿Cómo andas, vos, todo bien? 

- Sí - dijo con una sonrisa, este hombre de zona Norte que me pide recomendación y me pregunta que leo y que me interesa siempre que me cruza por los pasillos - ¿Vos, como estas? ¿Venis a comer? 

- Si, si. Tengo mesa acá con las chicas, gracias - dije yo, y me alejé. 

Después, saludé a las chicas, a otros compañeros y finalmente me senté a comer como cualquier mediodía en la corpo paqueta mas para afuera que para adentro. 

Pensé, en ese momento, que Andres es una persona muy callada. Selectiva con la gente. Perfil bajo. Y que en el fondo las apariencias de distancia y altivez engañaban.  

No pensé en ningún caso algo como lo que vio mi work bestie. 

Definitivamente, los hombres de mi trabajo para mi son eso, hombres de mi trabajo. Casi como parte del inventario. 

Este suceso, me hizo reír. Es increíble la percepción de los otros, la propia, y las boludeces que se develan en sueños. 

domingo, 5 de julio de 2026

Educación en vacaciones

 La semana pasada, finalicé mi primer cuatrimestre estudiando Letras otra vez. El primer cuatrimestre completo después de 5 años.  Una locura por completo, si, pero así como empezó, pasó. ¿Si me emociona? Sí. Fue un reencuentro lleno de emoción, muy desafiante, pero muy reconfortante al mismo tiempo.  Estudiar lo que a uno le gusta es cansador, pero también te devuelve fuerzas. 

Ademas de ir a la facultad, trabajo jornada completa en CABA y estudio inglés en un instituto de mi barrio. Es obvio que voy a necesitar fuerzas. Pero es para mi una bendición encontrarlas. 

Ahora estoy de vacaciones. Como son mis últimas materias, voy haciendo lo que puedo. Podría dar el final de la materia que acabo de aprobar pero la verdad, es que no llego a prepararlo para dentro de 15 días.   Mientras tanto, para no perder la costumbre, seguiré estudiando. Son materias que no puedo descolgar mas alla de que no dé ya el final obligatorio, porque implican tanta complejidad y detalle que si uno la deja de lado se olvida de cuestiones valiosas. En especial, con el ritmo cotidiano que yo tengo, entre la exigencia de la oficina y el resto de las actividades.  

Tomar esta decisión en este momento, me parece lo mejor que puedo hacer con el tiempo que tengo. Es tan simple o complejo como eso. 

En paralelo a eso, estoy leyendo un poquito más.  Dentro de lo que puedo. Dentro del Mundial. Dentro de las juntadas por los partidos. Dentro de los compromisos laborales.  Hoy estuve mirando un video de una mesa de dialogo sobre literatura uruguaya, mientras tomaba unos mates. El otro dia, leí un artículo crítico sobre un poemario de Vilariño. El finde pasado, vi la adaptación cinematográfica de una película basada en una novela de Benedetti.  Y así, voy dándole el tiempo que puedo a lo que me encanta.  

Hace un tiempo me compré Las Aguafuertes porteñas qué hacía bastante quería leer, después de mucho fragmento sacado de Internet. También, Tesis sobre una domésticacion que me tiene aburrida.  Me dá lastima dejarlo, porque he leído todo lo anterior de Camila Sosa Villada y me pareció bueno; pero siento que no deja de repetirse en esta obra. Que es mas de lo mismo, de la misma autoreferencia y que como autora no está aportando un valor agregado en cuanto obra. Las aguafuertes, las leo por separado. Algunas por semana. Y quizá nada me rompa la cabeza ahora.  

Sin embargo, a mi Programa, su hija adolescente le regaló un libro, pues papa lector. El me lo mostró y me busco una entrevista para presentarmelo, lo cual tome como algo positivo.  Acepté su oferta, claro.  Veré si leo algo por esa vía para fortalecer mi educación en vacaciones. 

jueves, 2 de julio de 2026

Señorita

Anoche fui al recital de Ricardo Arjona. Después dejar pasar las funciones de mayo, decidí sacarme la entrada. Principalmente, porque hay cosas que no se pueden considerar totalmente en una planilla de Excel.

La última vez que lo había visto en vivo, yo tenía 17 años. Había ido con mi mejor amiga, que ya no es tal. Había pagado la entrada $312 pesos. Había juntado peso a peso, y la había sacado con meses de anticipación.  Hacía el conteo de días.  Deseaba volver a verlo, luego de haberlo hecho por primera vez con solamente 14 años.

Ir a ver a Arjona es, por eso, volver un poco a mi misma. Es inevitable comparar. Ésta vez, la de anoche, fue la primera vez que lo vi cerca. Y se me pusieron llorosos los ojos cuando entendí que mi versión de 14 años – que lloró de emoción cuando le regalaron de sorpresa la entrada para verlo la primera vez – no podría creer estar en esa secuencia. Pero estaba. Finalmente. Estaba.  

¿La niña que fui estaría orgullosa de esta mujer que hoy la lleva a los lugares donde soñaba estar?  Creo que sí. Y eso es algo que me conmueve mucho más que cualquier medalla, aplauso, beso, o ilusión de trayectoria.

 Ayer, sentí que vivir no es solamente pagar cuentas, deudas, trabajar, estudiar, esforzarse, hacerse cargo de cosas, dar batallas, luchar, sobreponerse. Eso lo hago mucho, lo tengo naturalizado, pero no así el disfrute, el espacio al placer, y a la vivencia del placer sin un gramo de culpa.  Todo eso, lo estoy aprendiendo recién ahora. Con 31 años. Despacio. De a poco. Permitiéndome, que es lo que más me cuesta. Hablando mucho conmigo misma. Tomando decisiones difíciles que hagan más consonancia con la vida que quisiera tener. Y así, entre muchas otras cosas, poniendo muros, límites o silencios en los momentos donde entiendo que no puedo salvar a nadie más a mi misma.  

Claramente, he vivido 30 años con muchísima culpa, llevando el lastre de muchas cosas que no me correspondían, más allá de mi historia personal. Y llevo viviendo 1 año de otra manera.  ¿Si es fácil? No. ¿Si es necesario? Muy. 

La culpa, o la ausencia de culpa, se mide en todas las decisiones que tomo. En absolutamente todo lo que hago cada día de mi vida, desde que tengo memoria. Hasta hace un año no sabía, o no había develado, que la culpa estaba 100% arraigada a mi identidad. Pero, a través de muchas situaciones – dolorosas, placenteras, buenas, malas, las que debían darse – y con ayuda de mi terapeuta, me di cuenta que la tenía metida hasta el centro y, después de sacar fuerza de algún lugar, empecé a separar la culpa de la vida.

Este proceso fue demasiado intenso. 

Para mí, en si misma, la vida era una deuda. Impagable. Con la salud que no debía haber tenido y tenía. Con mi familia, con mis padres, con sus frustraciones, con sus malas decisiones.  Con una necesidad desmedida de salvarlos. Y con una frustración permanente por no poder salvar, básicamente, a quien no quiere o no le conviene ser salvado.  Yo pensaba que era una justiciera, capaz de cambiarlo todo. Pensaba que si hacía más por ellos, ellos iban a estar mejor, sin darme cuenta que estaba cada día peor. Pensaba que si compraba más comida, que si me hacía cargo de mi madre económicamente como si fuera mi hija, algo iba a mejorar.  Pero no. Todo empeoró cada vez más y, ahora, diariamente, afronto las consecuencias de esas decisiones equivocadas. Sin quejas. Sin victimizaciones. A cara de perro, con gratitud por lo que sí tengo y lo que sí puedo, y convencida de luchar hasta el final.   Sí, cometí muchos errores. No puedo en este momento solucionarlos a todos. Pero sí, de lo que puedo hacer, estoy haciéndolo todo.

Sigo colaborando con mi familia, sí, pero desde una posición mas justa. Colaboro sin la presión, sin la culpa y sin dejarme correr.  Me cuesta y me costó mas aun no dejarme correr por esa vara, pero entendí que el equilibrio es la única solución.  Asi, cuando solté el peso de hacerme cargo económicamente y emocionalmente de los otros, conocí una paz que me dio ganas de vivir. 

Literalmente, descubrí que la vida es muchísimo mas que sentir culpa.  Mi actitud, cambió al 100%. Cada una de las herramientas que fui adquiriendo en terapia, para afrontar situaciones que antes me suponían una ruina, las aplico incansablemente, buscando fortalecer el ejercicio hasta que sea una práctica normal. 

Las situaciones siguen ahí, pero yo, no niego nada. Me hago cargo por completo de mi actitud y busco, dentro de lo que me es posible hoy, solucionar mis propios temas.  No ajenos. Propios. Relativos a mi única vida. 

 Con estas herramientas, por primera vez en 31 años, pude sentir un alivio que jamás en mi vida había sentido. Un alivio que me hizo darle otra oportunidad a la vida. Que me está enseñando diariamente que hay otra manera de vivir, que me gusta más,  y me hace sentir mejor.

 Y así, muy de a poco, me despego de una identidad familiar que a mi madre – sobre todo – le convenía: la de la hija que es un kamikaze.  Porque, claro, a un kamikaze desde la lástima se le pueden sacar muchas cosas; porque la impulsiva te da, porque sale corriendo a ayudarte, a sostenerte, a consolarte. Porque tiene demasiada empatía y se pone más en tu lugar que en el suyo.   Hasta que un día la loquita colapsa, se queda sin un mango, se deprime, se siente culpable por fallar, pone en palabras por primera vez lo mucho que desea morirse y ahí se da cuenta que todo ese esfuerzo desmedido no alcanzó – y jamás alcanzará – para salvar a nadie. Que solo alcanzó para hundirse en profundidades de todo tipo, que desconocía.

Mi mama no cambio, tampoco mi papá. En nada. Ella sigue induciendo al gasto de dinero por encima de las posibilidades. Sigue planteando exigencias que no existen. Sigue priorizando una imagen falsa por delante de una esencia verdadera y sigue presionando desde un costado de mucha frustración propia. Mi papá, sigue enterrado en su mundo, en su propia frustración y en su propio resentimiento.  

Para ambos, aunque le escapen a ese espejo que molesta, el que progresa es el malo de la película. Y progresar muchas veces no se trata de dinero. A veces, se trata de tener capacidad de revelarse y tomar decisiones por fuera del mandato familiar. 

Eso es justamente lo que yo estoy haciendo. Porque yo sí cambié, y miro desde otra orilla en donde entiendo que si sus individualidades fracasaron, no fue por mi culpa. 

La oscuridad que conocí, y las decisiones malas que me llevaron hasta ella, las afronto como parte de un cambio profundo. No estaría acá hoy si no fuera por esos errores y no seria la que soy. 

Porque cada día viviendo con eso, me ayuda a saber que la decisión de vivir otra vida es fuerte, y que los lugares de heroína no son los que me hacen feliz.  Por eso, desde mi lugar, cambié por completo mi conducta. Porque jugando a la víctima no llegaría a ningún lado. 

 Con mi tiempo, mis ingresos, mi carrera universitaria, y el manejo de la energía emocional en relación a mi  familia y su historial, particularmente, el de victimización y fracaso de mis padres; las personas a las que siempre sentí que más les debía, las que me inculcaron la culpa como medida de las cosas, y las que más intenté salvar – siendo una hija afín, boicoteándome para no traicionar, atrasándome para no relucir – sin tener ningún tipo de éxito. Y sin darme cuenta que me estaba arruinando.

¿Qué cambió, de la ecuación, en un año? Empecé a construir una vida propia, sin el arrastre de las frustraciones de los otros, o de las necesidades desmedidas, o de la victimización. Separando, principalmente, la culpa de todas las cosas.

Eso me llevó a sacar una entrada con plata separada, como un gesto calculado, para volver a ver a mi artista favorito de toda la infancia.  Sin sentir culpa. Sabiendo que ser adulta, además de todo lo que conozco, puede ser cumplirse los deseos y llevarse no solamente a lugares – físicos o metafóricos – de daño, sino, también y necesariamente, a lugares de calma, felicidad y gozo.

No, a mí, a disfrutar, no me enseñaron. Pero ayer, mientras sentía una felicidad incalculable en el recital, me di cuenta que estoy aprendiendo a hacerlo ahora. A los 31 años. De una manera propia. A mi tiempo. Con mis posibilidades. Mientras afronto las consecuencias de esta vida pasada, de esta forma pasada de pararme en el mundo. Porque si. A veces toca aprender a ser feliz en el medio de las tormentas. 

Este cambio, que se tradujo entre muchas otras cosas en ver a mi amado Arjona, tiene un valor simbólico muy especial.