martes, 29 de septiembre de 2020

Telepatía

 Mientras camino por la calle, después de diez meses o más, no lo sé, me encuentro con El. Es una semana donde por todo lo que se me revolvió, pensé en esa historia. Pero pensé desde la capacidad de modificarla, de saber de dónde viene ese pánico a demostrar algo. 

Es curioso pero el fue quien me reconoció. No yo, que estaba completamente en otra. Paso en el sentido contrario a dónde yo caminaba, con barbijo, y me saludó con voz clara, alta, y hasta incluyó un guiño de ojos.  La verdad fue que lo saludé como si fuera cualquier otra persona en el mundo y no sentí absolutamente nada en el cuerpo. Na-da. 

Pero me quedé pensando que ese hombre y yo, aún todos los sinsabores, nos seguimos saludando por la calle . Entonces ¿a qué le temo? ¿A qué le temo de todo lo que implica sentir? 

Yo sé que una parte de mi lo saluda por la calle. Lo tiene en Facebook. No lo sigue en IG. Y está todo bien. Pero la otra, la más profunda, cada vez que tiene que manifestar un sentimiento (obvio, con otra persona) dice "no, yo no quiero pasarla mal otra vez, mejor paso". 

El asunto es que después, por pasar, pasan las cosas que pasan. 

lunes, 28 de septiembre de 2020

Corazón Muro de Berlín

 - Estaba en esos días donde no quería hablar con nadie. Necesite estar tranquila. 

- Eso está muy bien - dijo - Si está comunicación te molesta , solo hace falta decirlo y ya... - me dijo Galeno, dando cuenta del respecto hacia el propio espacio.  

- No, tranqui. Si yo te escribí a la tarde para saber cómo te había ido en el Hospital... - le recordé. 

- Pero quizá como yo justo te dije que me iban a llamar y recién ahora volví, ya no quieras mantener contacto... a esta hora... 

- No, mi ****, no me molesta. Hacía mucho que no hablabas con L.  ¿Tuvieron una linda charla? 

Galeno me contó ciertas cosas de uno de sus amigos (muy amigo) que vive en Europa. Al que suele visitar, y con quién estudio en sus años de juventud. Su amigo, L., también es médico y comparten muchos intereses en común sobre ese aspecto, pero además, comparten muchos intereses en la vida cotidiana. Así que, cada vez que hablan, lo hacen durante muchísimas horas para ponerse al día de la situación epidemiológica en cada país, pero además, de sus vidas.  

Una vez que me contó de L., me pregunto que había hecho yo de mi día.  Le expliqué que había pasado el día sola, por completo, y que me había venido bien porque estaba con poca apertura. Me indagó sobre eso a fondo ya que yo, por lo general, no me aíslo porque sí. Quiso saber por qué estaba así, apática. Entonces le expliqué que estaba preocupada por mi amiga, porque veía que estaba pasándola horrible por cuestiones sentimentales. Y, por otro lado, también me había sucedido, que tratando de ayudar, había conectado con cosas muy tristes. 

- A mí me preguntó cómo se salía de un amor de mierda, y no sé qué responderle. Los sentimientos destruyen a la gente, no le puedo decir eso, pero creo que hubiera sido aconsejarle que no se dañe más de la cuenta, que por favor se cuide. 

- Es que es su camino, su sendero. Lo que tiene que vivir. Vos no podés evitarlo. 

- Ya sé, sí - admití. 

- Pero... ¿estás segura que viene por ahí? - me consultó - ¿Te enojaste por eso?

- Porque a veces... Yo no quiero hablar de esas cosas. Y esto que veo en mi amiga, es como si viera esa película de nuevo. Y no quiero. 

- Se mete en esos lugares sensibles para vos... Eso te enoja - observó - Porque algo te duele de ahí, por eso te pone así... 

- Lo que sucede es lo siguiente - tomé aire y lo solté - ésto que hablamos con mi amiga durante largas horas ayer, me lo marcó N. el otro día. Y ya está , entendí el concepto, sólo quisiera que nadie venga a meter el dedo en eso. 

- ¿Qué fue lo que te dijo que te molestó así? 

- Que yo no puedo expresar mis sentimientos. Que siempre me contengo y que escondo las cosas que me pasan - le confesé. 

- Seeeeh - admito Galeno - tiene toda la razón. 

Me hizo sonreír, brevemente. 

- Te sumo a la lista - observé, tratando de tomarme las cosas con humor. 

- El punto es ver por qué te enoja así. ¿Que es lo que te molesta de esas dos situaciones? 

- Porque yo sí que expreso... Pero no quiero decir más de lo que digo. No me es fácil. Es... difícil. 

- ¿No querés? - repreguntó. 

- No puedo, en realidad - le dije - lo intento y no me sale.  

Galeno se tomó un momento. 

- Eso es lo que a vos te pasa. Por eso estás tan enojada...  Ese es el verdadero enojo, lo que te puso triste. 

- ¿Nunca sentiste que querés decir algo y se te pone la mente en blanco? ¿Qué no sabés cómo? Cuando yo quiero expresar sentimientos, me bloqueo. No sé por qué. Es muy feo. 

- ¿Para que te los guardas? 

- No se, porque siento que es mejor... - le contesté. 

- ¿Realmente creés que es mejor? 

Suspiré. 

- Es que vos no te imaginás la cantidad de sentimientos que me guardo. Yo siento un montón, tengo sentimientos reales, genuinos, y no siento cosas malas por los demás. Sólo que no puedo terminar de demostrar que los quiero. Y eso es doloroso. 

- Ahhh, bueno, eso es otra cosa... - me dijo - Ahí está. Ese es tu museo interior, lo que siempre te digo. Esto de que tenés todo guardado dentro tuyo. Tenés un museo que no es apto para todo público, o que en realidad, es privado. 

- Los sentimientos hacen mierda a la gente. Y, al mismo tiempo, son lo único que yo considero valioso darle a otro, es lo único que considero que puedo darle, mi afecto, mis sentimientos. Es mi tesoro. 

- Veinte, los sentimientos, son lo mejor que todos los seres humanos tenemos para dar. Abrí ese museo interior. Es lo único que vale la pena de los seres humanos... No te los guardes para vos. Chicos, sentís mucho... - me dijo, en broma. 

Del otro lado, se me empezaron a caer las lágrimas. 

- Me siento un monstruo a veces ¿sabés? - le confesé - Cuando hago el intento y no puedo, me siento así. 

- Todos tenemos monstruos - me contestó - Todos tenemos un poco de eso. Y nos hemos sentido así en la vida, que nadie nos entiende, pero es parte de la vida eso. Son momentos que tenes que pasar, que te ayudan. No te enojes, eso es resistencia que le estás poniendo a la situación. 

- Sí... lo sé - admití - También me lo dijeron. Que me estaba resistiendo a cambiar ésto. 

- Sí, por eso estás enojada... - observó - Estás en el momento donde te resistís. Pero te están moviendo la estantería, te están tocando la puerta... 

- No quiero que eso pase - le dije. 

- Pero noooo. Move la estantería. Hacete las preguntas. Deja que eso pase - me alentó. 

- Pero me duele. No quiero que me duela. 

- Te va a hacer bien. A veces el dolor te hace bien a la larga. No podés guardarte todo en el museo para siempre. 

- Yo sé, por cómo me comporto algunas veces, que hago creer a todos que soy más cabeza que sentimientos. Pero no. En realidad, tengo corazón...  

- Yo si sé que tenés corazón - me dijo. 

- Vos me conoces de formas que casi nadie conoce. Por eso, sabes que tengo corazón. Y de esto, sin embargo, no habíamos hablando así nunca. 

- Puede ser, si - dijo, en referencia a las experiencias compartidas - No, de ésto, nunca me lo habías contado así. Aunque me haya dado cuenta que sentís y que tenés corazón... 

- Igualmente, no quería quemarte la cabeza con esto. Perdón, tenía una sorpresa para darte, no quería llorarme todo... Te prometo que después te la mando... 

- A veces sirve pasarla mal, llorar un poquito... Solo a veces. No te enojes. No te resistas a eso. Hacete las preguntas... - me aconsejó - Mañana me das la sorpresa si querés... - dijo, dando cuenta que no estaba en ánimo para bollos - Sos como el poema de Corazón Coraza - me recordó. 

Sonreí. 

- Soy Corazón muro de Berlín 

- Ese muro ya se cayó - me recordó, con cariño. 

Lo curioso es que, desde ese día, hasta hoy, tengo una presión en el pecho como si me lo estuviera pisando el zapato de un militar. Para mí, hablar de mis sentimientos, es el límite. Un límite que, con la gente que realmente me conoce en la vida real, y me trata, raras veces suelo pasar. 

Galeno es, de hecho, el primer hombre que yo tengo al lado y con quien puedo hablar acerca de esto. A quien le puedo siquiera intentar explicar cuáles son mis dificultades. Por qué , a veces, cuando él me pide que me exprese, sólo para complacerme, yo no sé cómo mostrarle lo que siento. 

Y ése es el detalle. Acabo de usar la palabra mostrar en referencia a los sentimientos porque eso es lo que hago. Yo los muestro, no los demuestro. Yo los doy a entender, no los expreso. 

domingo, 27 de septiembre de 2020

Muro de Berlín ❤️

 Tuve una de esas charlas con Galeno donde me lloré todo. Pero todo. 

Lo curioso es que lloré porque me sigue rompiendo las corazas. No porque me hizo daño. Solo que me pega en los lugares correctos y me hace sentir cosas con sus palabras. Me interpela. No es como me sucede con el resto de la gente. Me lee bien. Me conoce las evasivas, y no me las deja pasar. Me cuestiona. Me pregunta. No me deja escapar de mis propias preguntas. Y lo más importante: no me deja hacerme la que aquí no pasa nada con las cosas que me duelen. 

Quizá por eso la vida me lo cruzó. Quizá para eso la vida me lo sigue poniendo en el camino. 


sábado, 26 de septiembre de 2020

Enamorada

 Conversé largamente con mi amiga. Hacía muchos meses que no lo hacíamos. Y debo reconocer que la vi como nunca antes: enamorada.  Y aunque hubiera podido decirle mil cosas acerca de lo que me decía , y de lo que relataba respecto de la situación con su chongo, me llame al silencio. Solo la escuché.

"Mira, yo te conozco hace diez años y es la primera vez que te veo hasta las re manos. Estás enamorada boluda, y partiendo de esa base, ni puedo opinar ni puedo aconsejarte nada". " Yo quiero saber cómo se sale de esa situación, porque es lo peor del mundo con este pibe" , me dijo. "No podés escapar. Te paso. Te enamoraste de este. Tenés que pasarlo hasta que veas dónde tiene que terminar ese sentimiento. Pero negarlo, no". 

"¿Alguna vez te sentiste así, vos?", me preguntó. "Si. Y agradezco no haberme enamorado de esa forma nunca más. Porque a un amor así, lo unico que lo frena, es un profundo cansancio. Y ¿sabes que? No te canses. No te canses porque tardas años en recuperar tu mente y tu corazón para volver a intentarlo. Además duele mucho. Cuando uno se enamora mal, digamos, se te cansa el alma, no sé cómo explicarlo. Y nadie vale eso. Por eso, si me preguntas, si, me sentí así. A Javier lo amé, pero me canso el alma. Y me alegro que eso se haya ido muriendo con los años" , le expliqué. "¿Y con Galeno?" , me preguntó. " Con Galeno, es diferente. Todo es diferente. Lo quiero, ojo, pero no estoy enamorada de él. No quiero estarlo. No quiero estar presa de mis propios sentimientos", le expliqué, porque mi amiga me había dicho hacía un instante que se sentía así.  Presa de sus sentimientos. 

Hoy cuando me levanté, después de esta charla con mi mejor amiga, entendí grandes cosas. Me cayó la ficha. Entendí que estoy consigo porque soy incapaz de enamorarme de él. Porque la distancia ayuda a eso, porque es una distancia prudente también de mis propios sentimientos para no terminar cercada por ellos. Porque me permite no entregarme completamente, o al menos, me da la seguridad ante mi misma que no lo voy a hacer absolutamente del todo otra vez ni aun mismo mi corazón me lo dictara. 

No sé si eso esté bien o esté mal.  Galeno, en todo éste escenario, comienza a desdibujarse, a disolverse, eso es una realidad. Él en ésto no tiene nada que ver.  A fin de cuentas, acá estoy, sola conmigo misma. Depende de mí decidir la clase de vida emocional que quiero llevar.  

jueves, 24 de septiembre de 2020

Lecturas compartidas...

- Voy a traer algo - dijo Galeno, levantándose del sillón, donde estábamos haciendo fiaca antes de salir a cenar. 

- ¿Qué es? - lo miré, extrañada.

Galeno se levantó, en silencio, fue hasta la biblioteca y trajo un libro de Eduardo Sacheri. Él sabe lo que a mí me pasa con este escritor, no sólo por su manera de narrar, sino porque me parece un tipo interesante, es como si tuviera "algo" que me gusta físicamente. Sí, quizá no es el promedio de hombre agraciado según los estándares, pero quizá por como habla o por algo intrínseco en él, me gusta. Y Galeno, lo sabe. 

Una vez que volvió al sillón, volví también a acurrucarme a su lado, y me leyó en voz alta un capítulo de la novela La noche de la Usina que hablaba de una cadena de casualidades que, a menudo, pasan inadvertidas para los seres humanos. En éste caso, esa cadena de posibilidades, de micro-decisiones que tomamos todos los días, llevan a los dos personajes a la muerte. En el capítulo se hablan de aquéllos momentos en los cuales las personas no tenemos dimensión de que lo que estamos viviendo, puede ser lo último. 

A medida que Galeno me leía, yo me giré, volví a apoyarme en su falda, y me lo quedé mirando.  

- "Todos tenemos una vida, una vidita... " - leyó, concentrado, con algunas inflexiones en la voz. 

Había leído a Cortázar para mí, a otro escritor de sus pagos que siempre me recomienda y ahora, leía a Sacheri. Ése momento, era la felicidad porque adoro absolutamente con todo mi corazón que me lean en voz alta. Y más, si es Galeno. Justamente él en ese mismo momento, después de pronunciar la primera oración, me miró y me atrapó. Sí, me atrapó cuando vió cómo lo estaba mirando por ser el hombre que me lee a Sacheri en voz alta. 

-  Se nota tanto tu preferencia. Disimulá un poco...  - me dijo, divertido  - La carita que ponés...

Galeno no se dió cuenta, o no se quiso dar cuenta, vaya a saber, que yo no me había puesto así  del todo por Eduardo Sacheri.

Avergonzada, escondí mi rostro mirando hacia otro lado y me reí.

- No puedo disimular mi cara... No me mires - admití, entre risas.

Él se rió.

- No, no, esa carita... - insistió.

- No puedo gestionar bien ciertas emociones, no me juzgues por ello - le dije, en broma.

Galeno se rió, sonoramente.

- Veinteava, por favor... - dijo, de nuevo, en broma - Sigo leyendo, así ponés la carita...


miércoles, 23 de septiembre de 2020

En estas andamos...

 Estoy, actualmente, tapada de trabajo. Pero, de a poco, me voy habituando a los avatares que me tocan. Una de las chicas del sector se tomó vacaciones y me tocó reemplazarla, por lo que le estoy poniendo lo mejor. 

Por otra parte, estoy leyendo los findes algunas novelas o lecturas no-académicas. Constituye ese momento una expresión de felicidad y desconexión que necesito. En la semana, sigo las clases de la Universidad (aunque me atrasé esta semana porque estoy muchísimo más agotada mentalmente) y para despejarme trato de tomar unos mates en el patio de casa si llego a terminar de trabajar y todavía hay solcito. 

Mientras trabajo, escucho por las mañanas la radio y tomo algunos mates entre las múltiples tareas y planillas. 

Con Galeno, estamos como hace tantos meses. Hablamos, intentamos, le ponemos onda. No quizá todos los días o desde la obligación, cuando quizá no tenemos mucho para contar, sino desde el decirnos "acá estoy, todavía".  Los dos, y eso lo estoy descubriendo, tenemos distintas formas de estar presentes, aunque lo estemos, cada uno a su modo y con su interés por darlo a conocer.

Él dá por sentado que yo cuento consigo y me dice "sabés que estoy para vos" a la vez que me habla a veces a la mañana, otras veces desde la guardia y otras veces por la noche. A mí siempre me costó pensar que si no me escribe a diario o algo así, está para mí. Pero eso es algo mío, que tiene que ver con lo acostumbrada que estoy a otras conductas y con una inseguridad personal donde, si el otro no me escribe un día, me siento abandonada.  De todos modos, lo estoy trabajando de a poco... y entendiendo de a poco... Porque no puedo poner en duda todo el recorrido con una persona porque quizá un día no tiene nada para decirme, estando en medio de una pandemia, en especial, porque tampoco yo tengo nada para decirle muchas veces y es normal. 

Para mí, estar es algo muy diferente que tiene que ver al cien por ciento con el afecto. Si estoy, es porque te quiero. Si no estoy, es porque no me interesa saber de vos. Sino, por lo general, soy muy constante. De ahí que el desafío consiste en entender que los otros, especialmente en éstos tiempos, pueden no estar todo el tiempo presente y eso no significa falta de cariño o desinterés. 

domingo, 20 de septiembre de 2020

Correspondencia

Le envío una carta con un fragmento que dice: 

"Nuestras certezas nunca son inamovibles. Un día uno quisiera morirse y al día siguiente se da cuenta de que bastaba con bajar un par de escalones para encontrar el interruptor y ver las cosas más claras"

Se la envío porque dice que le gustaría recibir una carta mía o varias , aunque a él se le da horrible escribirlas según me advierte.  Ese fragmento que le regalo lo escribió Anna Gavalda. No hablo de nada amoroso ni profundo. Sólo le escribo una carta de un modo en que sé que le gusta que le escriba y me basta con eso, porque amo escribir cartas sobre lo que sea. 

Me llega el siguiente fragmento de Rosario Castellanos en respuesta, junto con una carta hermosamente escrita: 

 "El que se va se lleva su memoria, su modo de ser río, de ser aire, de ser adiós y nunca. Hasta que un día otro lo para, lo detiene, y lo reduce a voz, a piel, a superficie ofrecida, entregada, mientras dentro de sí la oculta soledad aguarda y tiembla". 

Y pienso, especialmente, en todo lo que sucedió entre nosotros hace algún breve tiempo. Y pienso en que se puede condensar perfectamente en esas dos frases. Tanto la mía como pregunta y la suya como respuesta.  


sábado, 19 de septiembre de 2020

Envejecer nivel Dios

 Mensaje nuevo 

Archivo adjunto. Una foto de Brad Pitt, en la actualidad.

-¿Este te gusta? 

- Jajaja. Nop. Pero usted, sí. 

- Demasiado rubio... - bromeó. Galeno es morocho. 

- Y demasiado desabrido - añadí - Vos, en cambio, envejeciste nivel Dios. 

- Jajajajaja - me respondió. 

- De verdad, mi ****-  le dije. 

Si después no se siente deseado a la distancia con estas confesiones tan sinceras, no sabría que decirle. Pero lo cierto es que nunca le dije, voluntariamente, a alguien que me gustaba tantas veces como a él. 

Para coronar la charla, le mandé un meme... Divertido, digamos, pícaro. 

Otra vez, carcajadas. 

- Listo - me dijo - yo ya tomé nota. 

Y es que no hay nada más lindo que Galeno tome nota , aunque a veces ni me de cuenta, de todo lo que disfruto... En especial porque llegado el caso siempre lo recuerda. 




viernes, 18 de septiembre de 2020

Adiós

Tía, mi tía postiza, la tía de mi papá, Olga para nosotros... buen viaje. 

Que, donde estés, te encuentres en paz. No fue el COVID el que te llevó, pero sí fue el que nos arrebató la posibilidad de despedirnos de vos, de estar presentes, de viajar hacia donde estabas como nos hubiera gustado. Gracias por todo. Por querer tanto a mi familia, por haber cuidado tanto de mi papá cuando nadie lo hacía, por haber sido más madre que su propia madre, por querernos tanto, aún estando lejos. 

Viejita, vos que me decías que tenía un carácter de mierda y yo me reía, y me decías que no me iba a casar y yo me reía... Ahora lo recuerdo y me sigo riendo. Tanto como cuando hacíamos las ensaladas de fruta para Navidad y nos poníamos a cortarlas mi mamá, mis dos hermanas, vos y yo y nos retabas porque decías que no sabíamos cortar bien las frutas , y con mis hermanas nos tentábamos de risa porque nos tenías cagando. Y sin embargo, todo era con amor.  

Sé que cuando yo nací, ya eras como una abuelita para mí, y no tuvimos un vínculo profundo. También sé que en el último viaje que hicieron mis hermanas, fue el del finde donde conocí a Galeno, y le conté de vos, y me alegré que conocieras al Principito, que te lo llevaran especialmente hacia allá, siendo que si no hubiera sido por eso, jamás lo hubieras visto... Y sin embargo, todo fue por amor, y se pudo. 

Y preguntaste por él hasta lo último. 
Y preguntaste por nosotras hasta lo último. 
Y preguntaste por mi papá, tu sobrino, hasta lo último. 

Hasta que lo último llegó, y ojalá lo haya hecho también el afecto que como familia te hemos tenido hasta lo último... y más allá. 

Hasta que nos volvamos a encontrar, tía Olga. 
Buen viaje, viejita. 

martes, 15 de septiembre de 2020

Bolucompras

 Una de las circunstancias más habituales de la cuarentena que estamos cursando hace tantos meses fue la adquisión de bolucompras. En mucha gente sucedió que el aburrimiento los llevó a consumir de modo online. En mi caso, los primeros meses de la cuarentena, no compré casi nada. Creo que, más allá de gastos anteriores, adquirí dos objetos nuevos. Me arreglé, para no salir, con todo lo que tenía. No me preocupó no tener el pelo alisado, ni las manos hechas, por ejemplo. Hasta que usé todos los poquitos de shampoo que tenía sin terminar, hasta que usé los tres baños de crema que tenía abiertos en simultanéo y hasta que tuve que salir de la caverna a comprar.  

Cuando fueron pasando los meses, sin embargo, me di cuenta que me hacía mal verme tan desarreglada todo el día. Yo no suelo maquillarme mucho, ni arreglarme demasiado tampoco para ir a trabajar (aunque en éste ultimo período si lo estaba haciendo porque las circunstancias así lo exigían), pero estar todo el día en pijama o ropa de andar por casa, no me sumaba. Porque no era sólo eso: tenía el pelo sin alisar, las uñas sin hacer, etc y, aunque no soy obse, de verme todos los días prolija a verme todos los días como una ciruja, el cambio fue muy fuerte.  Era un todo, siendo franca, lo que sumó a no tener la la mejor autopercepcion del mundo... Sumado a que todos hemos comido como si no hubiera mañana... Me ponía medio bajón verme fea, sentirme desarreglada. 

Así que, pasados los dos primeros meses de encierro, me puse un poco mas las pilas. Y en este ponerme las pilas (ordenarme para comer, tomar más agua, tomar jugos naturales, no comer porque sí, ordenar el sueño y vestirme lo más parecido posible a cuando salgo a la calle), encontré algunos productos una marca de cosmética llamada Natura para ir reponiendo los que tenía. Es muy conocida esta marca y si bien yo no soy muy ávida de comprar productos por medio de una revistita una de mis hermanas me había recomendado mil veces la marca por la calidad que tiene.  Si bien conozco hace mucho la marca no me compraba porque me parecía mucho dinero junto con otros gastos en materia de belleza como son todas las cremas y maquillajes importados que tengo que usar, obligatoriamente, para el rostro. Aunque con ofertas, todo es lo más, ya se adecua a mi presupuesto. 

"Una vez que los probás, no vas a querer otros", me decía mi hermana, la del medio. Así que, un día, ví una crema hidratante para el cuerpo en muy buen precio y la encargué. ¡Para qué! Ahora me fanaticé, fanaticé a mi mamá y a mi hermana mayor también la corrompimos. 

Todos los productos de la marca que he probado, en estos últimos seis meses, me han ido de maravillas. Cabe decir que no es una marca de las más baratas, pero que al buscar las ofertas, vale la pena, porque terminan siendo precios iguales que los productos de cadenas como Simplicity - para GBA-  o Farmacity - para CABA -, siendo que, de por sí, estos sitios, no son baratos. 

Hasta ahora, comencé con una crema hidrantante, que venía en combo con un jabón perfumado, luego con otra crema hidratante. Después, le sumé un aceite corporal hermoso, trisfásico, que me salvó la zonas más secas... y una crema de manos, mucho más espesa que la que usaba siempre, por el exceso de alcohol en gel. 

La verdad es que me alegro de haber conseguido ofertas porque pude reponer todo, ya que los productos son excelentes y los usé a diario. La chica que me vende, por lo demás, lo hace cumpliendo los protocolos y me avisa cuando sale alguna oferta porque sabe que nos recomendamos en el grupo familiar femenino.

Ser mujer, e incurrir en los aspectos más estéticos de lo que ésto significa, es hermoso. Hay tantas cosas por hacer y por probar para encontrarnos más bellas que dá gusto... ¡Pero en algunos casos, se pasan con los precios, pero maaaal! 

No en vano a mi mamá le digo que gano como María La del Barrio y gasto como una mujer narcotraficante en lo que a productos de belleza respecta, por alguna u otra razón.

lunes, 14 de septiembre de 2020

Carnaval

 Diciembre de 2019. Charlábamos acostados en el sillón de la fortuna que habíamos tenido para que, pese a las agendas de ambos, hubieran salido de la galera esas vacaciones. Cabe decir que, para encontrarnos, tuvimos que hacer una movida importante. Nuestra idea inicial era irnos de vacaciones juntos en enero a algún lugar o al interior de la provincia de Galeno, a algún sitio más retirado. Pero, por otras cuestiones que no vienen al caso mencionar, que nada tuvieron que ver con la voluntad de Galeno, quedamos en que nos veríamos antes de nuestros planes. 

Así estábamos que, luego de sentarme a hablar con el director de RRHH, y teniendo en cuenta yo le había pedido especialmente las vacaciones en una fecha que no se podía y que Galeno había dejado a alguien cubriéndolo en el consultorio, yacíamos cómodamente en el sillón. 

   Que suerte que pudimos organizar éstos días - me dijo Galeno, meditabundo. 

-  Sí, salio todo bien por suerte... Yo también estoy contenta, como perro con dos colas - admití - Menos mal que el viejo me dió las vacaciones... 

- Sí, se sacó la gorra - bromeó Galeno - Después tenemos un finde largo, el de Carnavales... 

Miré a Galeno con alegría, en ese instante, pensando cuánto habíamos hecho cada uno desde su lugar para estar juntos. Me dio ternura que se pusiera contento. 

- Síii. ¿Sigue en pie lo de tus pagos? - bromeé. 

- Por supuesto. Me encantaría. Te va a gustar ****. Va a estar buenísimo que conozcas, además. 

- Sí, me voy a poner las pilas con eso - le dije, y lo agarré de la mano - Ya me gusta esa provincia, tengo un habitante de muestra  - musité. 

Galeno me miró, se sonrió con ternura y nos quedamos callados. 

- Bueno, no nos veremos en enero, pero en febrero venís allá - me dijo - Ojalá se de. Estos días fueron improvisados, pero la estamos pasando muy bien. ¿Está lindo el hotel, no? 

- Todo fue un trabajo en equipo. Además, sí, todo está re lindo... Este lugar es hermoso, mirá todos los cuadros y esos objetos... - le dije, con entusiasmo -

- Seeeh - dijo, relajado - Mirá lo que que es éste sillón... - expresó su agrado con un gesto facial. 

- Me puedo quedar todo el día acá, te juro - manifesté. 

- ¿Y por qué no? - sonrió. 

- Porque la gente no se atreve a entrar - me reí. 

Y era cierto. La gente pasaba, mirada discretamente, y se retiraba. Nosotros, con Galeno, nos reíamos. No estábamos haciendo nada, podían pasar, ponerse en otro de los sillones, tomar un libro, leer un poco...  

- Piensan " estos dos se van a poner en bolas en cualquier momento" - me dijo, y nos reímos. 

- Cuuuualquiiiiiiiiiera - exclamé - No acá, por lo menos, no acá. 

- Todos pasan, miran, y bajan la vista como si estuviéramos en pelotas - me dijo, ya que tenía la vista dirigida hacia un pasillo. 

- La gente es chusma... Nadie está haciendo nada de modo manifiesto, sólo me estás abrazando y yo te estoy abrazando... - reconocí- ¿Acaso a alguno de los dos le falta ropa]? - le pregunté, en broma. 

- No, al contrario. Estás muy vestida, yo también estoy muy vestido... Pero se que se sienten inhibidos, no lo sé - observó. 

- Bueno, un tema de ellos - argumenté. 

- Pero por supuesto... Eso desde ya - le sonreí al escucharlo tan firme, tan convencido de lo que estaba haciendo, sin que le preocupara nada más que ese momento compartido. Me alegré en silencio. 

 ¿Vamos a festejar los Carnavales en febrero allá? - le pregunté. 

Me miro con cara de pícaro. Me sonreí. Supo que lo estaba cargando. 

- Absolutamente. 

- Qué bueno... - le dije y me puse seria - ¿Conocés cual era el sentido de los Carnavales en la Edad Media? - le pregunte. 

- No. Contame - me dijo, mirándome con curiosidad, detrás de sus lentes. 

- Era algo vinculado a la desmesura, al placer. No había jerarquías, todos eran iguales, y era un período donde primaba la libertad... Básicamente, podrían sacarse las ganas de hacer todo lo que quisieran que no iba a tener penalidad. Pero, eso sí, luego de ese período, se restablecía el orden del mundo medieval. Aunque digamos que era una especie de liberación, para que no se arme la podrida... 

- Ohhh - me dijo, mirándome con linda cara - entonces, si querés, ya adelantamos los Carnavales a diciembre, pendeja - musito. 

Mi gesto serio, natural, mientras le comentaba todo eso, se convirtió en una risa descarada. 

- Dios - le dije, tapándome la cara, en broma - No me digas así, por Dios. Estoy tratando de hablar en serio con vos y me decís eso y yo me desconcentro... No se puede, así, mi ****, es un esfuerzo cognitivo para mí pensar si vos me decís esos apodos... - argumenté. 

Galeno se rió. 

- Vos me beboteas ... Me decís así las cosas , con tus ojitos... 

- No, no te beboteo... - me reí - Yo solo te cuento cositas, datos...  

- Yo ya te dije que,  antes de conocernos, nosotros teníamos sexo con el cerebro. Ahora, además, me beboteas, es mucho... 

Me reí. 

- Bueno ¿me dejás hacer mi especialidad en paz, por favor? - le dije, riéndome. 

- ¿Sabés que sí, que es tu especialidad? Bebotear sin darte cuenta. 

- Es que, realmente, ahora hablando en serio, yo no me doy cuenta. No sé ¿qué es para vos lo que tanto hago? - me reí - Pero bueno, mejor, obvio... - admití. 

- Hablarme sobre Edad Media, mientras estás acostada conmigo en éste sillón, con tu pelo de un millón de dólares, poniéndome esos ojitos. 

- Chau, chicos - le dije, tapándome los ojos y escondiéndome en su cuerpo - Dejá de hablarme con tonada o atenete a las consecuencias... 

- Me importan un choto las consecuencias - me dijo, sin dudarlo - Me hago cargo. 

Me levanté del sillón y lo miré con cara de pocker. Me reí. 

- Acepto formalmente - le digo, y sabe lo que estoy aceptando. 

- ¿Nos vamos, mejor? 

- Huyamos - le digo, y juntamos nuestras cosas con movimientos ágiles para irnos de esa preciosa sala común a la habitación. 

- Ay, éste Galeno chicos... - murmuro, mientras caminamos por el pasillo hasta nuestro cuarto. 

- Éste hombre del interior del interior que te habla así... - me burló, mientras ya casi llegábamos. 

Entramos a la habitación. Me llenó la cara de besos mientras nos desvestíamos, y me beso con intensidad en los labios. Tomé posición y lo correspondí una vez que quedamos sin nada de ropa. 

- Menos mal que estamos en el ámbito privado, eh - le dije, riéndome, teniendo en cuenta el estado de apasionamiento contenido, vaya a saber uno por qué, en ambos - ¿Te estabas comportando allá o me parece?

-  Me estaba super comportando - se rió - y vos también... 

Me trepé sobre él, con cariño. 

- Pero más vale... - le dije, y lo abracé hasta que nuestras panzas se juntaron - ¿Puede ser que tengas ese olor a perfumito? Me estaba perturbando... 

Galeno se rió y me dió un beso, acariciándome la cara y el resto del cuerpo, con sus brazos largos, sus manos suaves y todo su cuerpo pegado al mío. Lo miré, acariciándole el pelo con mis dedos, y le di un beso suavecito. 

Al decir de Galeno, cuando me ve tan suavecita, sin apuro, reparando en cada detalle, en cada etapa, en cada reacción suya, meditando que se sienta cómodo y lo disfrute, no puede más que enloquecerse. Yo siempre le pregunto, como si fuera obvio, cómo se haría para disfrutar de la sexualidad si no es captándola en todos sus matices y me dice que eso es un privilegio en mí, porque él, a diferencia lo aprendió con los años.  Yo lo tengo muy claro, y, cuando le prodigo caricias o acciones concretas en lo afectivo, siempre lo hago despacio, sin apuro, sin nada que me corra, reparando en lo que va sintiendo, como si fuera subiendo una escalera. 

A él los años le hicieron descubrir que al amor no se lo hace corriendo. 

A mí acostarme consigo, que digamos potenció mi forma de ser en el mejor de los sentidos. 

domingo, 13 de septiembre de 2020

Ternurita

- ¿A qué te dedicás ? - me preguntó Galeno, en nuestra primera charla por chat. 
- Trabajo en una pyme, y estudio en la Facultad. 
- Ah, qué bien... ¿Y qué estudiás? 
- Una Licenciatura en Letras... Pero no tiene nada que ver mi trabajo con mi carrera - le aclaré. 
- Claro, comprendo. Es circustancial - me respondió. 
- Sí, es para poder pagarme la facultad y mantenerme en este lapso, tener para mis cosas - le explique, porque no me parecía nada de malo contarle la verdad sobre eso.  
- Está muy bien... ¿Te falta mucho para recibirte? 
- No, no tanto. Pero todavía tengo la última porción de la carrera... - le dije - ¿Y vos, qué haces de tu vida?

Me pareció correcto preguntarle, para sacar tema. En sus redes sociales, que yo no había investigado a fondo en ése momento, no había demasiados datos. 

- Soy médico - me dijo. 
- Ohh, qué lindo - le contesté, pensando en mi hermana - ¿Qué especialidad hacés? 
- Soy pediatra - me dijo, en un comienzo. 

Nunca me dijo que era, además, neonatólogo hasta después de mucho tiempo, cuando ya habíamos tomado mucha más confianza y yo, asimismo, le había revelado que mi hermana era médica y habían elegido dedicarse a lo mismo.  Ese gesto, esa discreción natural, me pareció un rasgo de humildad muy rescatable en él que, con el tiempo, se solidificó. 

Cuando me enteré que era Neonatólogo, me quedé impactada. De hecho, se lo comenté a mi madre, asombrada de la casualidad de la vida y de que no se haya revelado ese dato en un comienzo. Me pareció que me había jugado a favor su silencio, misteriosamente, porque yo había podido conectarlo al presente y no adelantarme a los hechos.  Al enterarme de esto, sentí una inquietud interior, aunque también, me dió ternura que se dedicara a ésto, siendo que no hay muchos neonatólogos hombres y, menos, hace veinticinco años atrás. 

Hoy en día pienso en mi neonatóloga; quien se conmovió tanto con el caso que hasta me bañaba, me hacía dormir a upa suyo y me paseaba dentro de la terapia intensiva para que tuviera afecto estando lejos de casa y me siento feliz porque otros niños cuenten con mi hermana, o con Galeno, y con todos los que están para lo mismo en el mundo. Ellos me contaron que, evidentemente, mi historia conmovió a esa médica especialmente, y que un día, les dijo a mis papás que yo era un logro en si mismo, que quería vivir y que tenía muchas ganas de hacerlo, por eso, iba a zafar.  Durante muchos años, cuando crecí, quise ubicarla y agradecerle todo lo que hizo por mí, pero nunca lo logré. Aunque curiosamente, con el paso del tiempo, mi propia hermana se convirtió en la heroína de muchos de sus pacientes y Galeno, al parecer, también me confirmaba que podía ser el héroe en la historia de los suyos. 

Cuando nosotros llevábamos un mes y medio de chateo diario, me decidí a contarle a Galeno parte de mi historia con naturalidad, sabiendo que me iba a entender los términos claramente y que, todo el día, estaba rodeado de bebés como había sido yo , y que lo que a mí me había pasado, no lo iba a ver como lo que no era. Si bien yo ya podía hablar con naturalidad y soltura si salía el tema con alguien o si escuchaba un caso similar (como si estuviera hablando de una hepatitis), con él, me resultó particularmente fácil y agradable hacerlo. Era compartir, más allá de una historia de vida, opiniones formadas en el conocimiento y no en los prejuicios. 

El día donde nos conocimos frente a frente, yo actué con una naturalidad total. Y cuando mantuvimos una charla sobre éso, en realidad no desde lo sanitario, sino, desde lo humano, desde cómo éramos de pequeños o la vida que habíamos tenido; me alegró que pudiera verme, para entender que no era nada privativo y que todo estaba bien. Aunque yo sabía realmente que él ya lo entendía el hecho que me alegraba tenía más que ver conmigo, porque realmente me gustaba, y esperaba que le pasara lo mismo, pese a cualquier flaqueza que tuviéramos alguno de los dos, como es normal que suceda. Para mí, ese leve defecto al caminar, que solo notás si me estás mirando muy fijamente, a decir verdad, era como si cualquier otra persona tuviera un ojo más chico, un diente chueco o un juanete en el pie. Ni más, ni menos. 

Lo lindo fue que luego de ese primer encuentro, que hizo al conocernos físicamente, ese tema se incorporó a nosotros sin ningún tipo de rollo. Él me cuenta de algunos de sus pacientes, comentamos algunas cosas, del mismo modo en que yo le cuento de las actividades de mi trabajo y todo es más natural que nunca en mi vida. 

No puedo evitar pensar que, si nos hubiéramos conocido  años atrás, la historia consigo habría sido imposible. A mi me decían la palabra prematuro y, literalmente, me venia un malestar interior que me encogía por dentro y lo vivía de una manera muy fea. Más tarde, luego de un trabajo de aceptación y de integración con esa etapa de mi vida, de varios años y de mucha fuerza interior, ahora dicen prematuro, y lo conecto a la ternura, a la fortaleza, y a las ganas de vivir, es decir, con lo linda que es mi vida hoy, pese a todo. 

Por eso, aunque suene tonto, agradezco haberlo conocido en este momento de mi vida, donde se demuestra que el trabajo hecho fue tan provechoso y real,  que soy capaz de vivir esto y que me hablen de prematuros y de bebés, y de casos o de evoluciones, sin que eso me suponga ninguna dificultad. 

 Al contrario. 

Yo veo a mi hermana hablar de sus pacientitos  - como les dice - y desprende ternura, una ternura que me contagia. E incluso, he visto a Galeno  personalmente, mirando a los bebés y a los niños con tanto amor, que me inspira la misma ternura. 
 
Al final, las historias, si tienen final feliz. 

sábado, 12 de septiembre de 2020

Cara a cara

 - Bueno, hemos hablando de las cosas lindas - me dijo, luego de tres horas de charla, la primera vez que nos vimos - Ahora, contame tu historia - me animó. 

Me reí. 

- ¿Este es el momento donde tengo que desembuchar todo lo que no dije antes, no? - lo burlé, intentando ganar tiempo con un chiste. 

- Y... si querés, sí. Hay cosas que era mejor reservar para éste momento, donde las pudiéramos hablar en persona. Cosas fuertes para nosotros. 

- Yo ya te conté a resumidas cuentas las cosas fuertes - le dije, y revoleé los ojos - Mi infancia fue tan linda como difícil. Linda por mi familia, dificil por el resto del mundo - le aclare. 

- Contame un poco más de cómo naciste... - me dijo, en plan medico. 

- A los seis meses. Pese novecientos gramos. Tuve dificultades... variadas - le dije, intentando buscar las palabras - Mi mamá contrajo una infección, no sé por qué, nunca se supo, y eso hizo que yo saliera antes. Me lanzó, la pobre, casi no la contamos - le dije, con humor. 

- Muy común en los prematuros de tan poco peso... - me aclaró, con una naturalidad que me estremeció de felicidad. Es que Galeno es neonatólogo - Suelen tener dificultades y los nacimientos a veces se adelantan por una infección, claro.  

- Claro , exactamente - le dije, sabiendo que estábamos en la misma sintonía - Y bueno, producto de este nacimiento adelantado, cuando fui creciendo, se dieron cuenta que tenía espasticidad - musite - ¿Sabés no? 

- Claro, sí, he conocido casos en todos los años de ejercicio... - dijo, meditando la información en su mente - ¿Y ahí empezaste a hacerte un seguimiento, no? ¿Kinesio, traumatología? 

Asentí con la cabeza. 

-Sí, tal cual.  Hice mil cosas por ese tema. Hacía deporte, eso me encantaba - sonreímos - El tema empezó después, cuando pasaron los años, que fue la época más oscura con todo el tema de insertarme en la sociedad, pero pude aceptarlo, y ahora no es algo que me afecte para nada... Para mí se convirtió en algo más, no me lastima ahora... y ya me importa un carajo lo que piense la gente... - le confesé. 

- A las personas que les ocurren cosas fuertes en su vida, muchas veces, se las excluye por eso - me dijo. 

- Sí. 

Y me di cuenta que nunca le había dicho eso, de esa manera tan real, a nadie. Me quedé callada. Esa charla con Galeno era como estar borracha. No medía lo que decía. No me podía medir. 

- Así que esa es tu historia... - me burló. 

Me reí. Me dijo así porque yo esquivaba el tema. 

- Quería que me vieras primero - le expliqué - porque la gente si escucha la historia piensa cualquier cosa y, después, cuando me ve, se aclara todo mucho más fácil. 

- Si, entiendo, claro... - me dijo - Igual yo te iba a entender... - me recordó. 

Nos quedamos mirándonos. 

- Ahora que te lo cuento, y me ves, ya te podes hacer una idea integral. Igual sabía que sí, que para vos, es lo cotidiano. Cuando me contaste que tratabas con prematuros, pensé que iba a ser lo más fácil del mundo contarte esto.  

Galeno me sonrió. 

- Si, ya se explicó - me dijo, con calidez - y ya nos estamos viendo, también... - acotó. 

- ¿Vos decís que sos de verdad? - le dije, para relajar. 

- Sí, te aseguro que acá estoy,  vine - me dijo, con tonito de burla. 

Suspiré y me lo quedé mirando un instante. 

Sí, pensé, vaya si había venido, que hasta me hablaba con tonadita hermosa y todo para recordármelo a cada instante. 

- ¿Y la tuya? ¿Cuál es tu historia? - le pregunté. 

Mofó. 

- La mía es muy larga... - dijo, con humor - Pero te voy a contar... Mi vida empezó hace muchos años ... 

viernes, 11 de septiembre de 2020

Hasta la raíz

Después de casi tres días sin un mensaje de su lado, demasiado, me digo. Que haga lo que quiera, yo haré lo que me guste más y me rehúso a quedarme en ese lugar de "no me das atención, me estás dejando de lado", porque ni siquiera mi propia atención es un regalo que doy así porque sí en este momento.  A estas alturas tengo presente que mi energía no es para ser tirada a la basura, así que la invierto productivamente. No, no me quedo en ese silencio. Pongo música, palabras, arte, afecto y todo lo mejor que tengo a mis días. Le pongo mi propia voz, mis pasos, mis sueños y pienso en lo que me gustaría hacer cuando todo esto pase. ¿Ir de picnic? ¿Disfrutar del viento pegándome en cara? ¿Comprar entradas para el cine? ¿Tomar una birra con amigos? ¿Llevar a mi sobrino a pasear? ¿Hacer ese seminario por Zoom? ¿Tatuarme otra vez? ¿Algún deporte al aire libre? Todo vale.  Pero el silencio de Galeno en medio de una pandemia no vale más que ninguna de éstas cosas y eso lo tengo asentado en mi interior. Porque los dos, a tres días sin decir palabra, tenemos nuestras propias pruebas para atravesar en éste baile. Y que nos encuentre juntos o separados, ahora, no lo podemos saber.

Así que lo dejo hacer sus cosas y yo hago las mías, porque en lo cotidiano todo se repite y no me parece compartirlo por compartirlo… porque aburre. Aburre muchísimo. Prefiero una charla profunda, me digo, que me vuelva a conectar consigo, y no una enumeración de su rutina. Prefiero una charla donde realmente se pueda mostrar como él es y no una charla superficial, como la que puedo tener y de hecho tengo con otros chicos. Prefiero que me muestre sus cosas buenas o lindas, pero que se sienta cómodo para confiar en mí y compartir lo que le pasa, a que siga siendo sólo ese tipo con tonada que, para los demás, bebe vinos buenos y vive en un barrio privado.  Porque, si yo no tengo la pulpa de Galeno, aunque a veces no sean todas rositas, sé muy bien que no me interesa tener nada consigo. Ni siquiera buen sexo, como si para acceder a su vida, tuviera que pedirle un turno y que revise su agenda en el consultorio.

     Él sabe todo eso y más pero en este momento particular parece que adivina, porque aparece. Aparece, entonces, con unos cuantos mensajes. Tenemos una charla profunda, de las que nos convocan, y acortan cualquier distancia. Se abre conmigo, finalmente, un poco más. Me cuenta de su hermano, cosa que lo está matando por dentro, y yo lo escucho, estoy a su lado, le doy mi parecer, lo aliento sin tratar de venderle pájaros. Lo aliento sabiendo que no está solo, que lo que le pasa es normal que le pase, que nadie es fuerte y autosuficiente todo el tiempo. Le hablo como no me gasto en hablarle a nadie que no sean mis viejos, mis hermanas y mis amigos. Le hablo exponiéndome. Le hablo desde el corazón. Y trato, con mis palabras, de llegar a los lugares que mis acciones no pueden hacerlo hoy por hoy. Trato de decirle que, pese a que arregle el ochenta por ciento de las cosas con dinero, para lo humano, se necesita otro humano. Y ese contacto humano, ese lazo con el mundo, no se puede tarjetear. 

    Cuando terminamos de hablar, Galeno me agradece que le haya recordado que es un humano, en el mejor sentido de todos. Yo le explico que siempre ví un humano en él, y que ese humano es de mis humanos preferidos. Se ríe con ese chiste y me dice que no le da el tiempo de vida para querer convertirse en otro y que tampoco quiere. Me río de su chiste y pienso que recién en este contexto estoy conociendo sus verdaderas miserias, sus verdaderas tristezas, su parte vulnerable. Que ésto nos une o nos hace mierda, pero que al menos, realmente vamos a saber quién es el otro en mejor medida. 

     De alguna extraña manera, terminando pensando que su vida es bastante triste a fin de cuentas, aunque tenga otros aspectos tan cómodamente resueltos. No le tengo lástima, no. Sólo entiendo, a través de todo lo que me cuenta, cosas que nunca me había contado, por qué me trató siempre como lo hizo, por qué se la jugó, por qué no se dejó ganar por el miedo y siempre, desde el día uno, vivió esta historia conmigo al margen de los prejuicios. Su vida está rodeada de cosas privilegiadas en buena medida, que otros pasaríamos la vida soñando, pero por otro lado, está llena de aspectos muy tristes, muy desafortunados, que otros no cargamos. Misteriosamente, lo que yo no tengo, él lo tiene. Pero aún más misteriosamente, lo que yo tengo, es precisamente de lo que él carece. Y mientras tanto, nuestra humanidad, es lo que prevalece, por lo que nos seguimos eligiendo, por lo que podemos sentir más allá de cualquier tipo de circunstancia material. ¿Qué me importa si Galeno vive en una barrio privado y yo en una casita humilde? ¿Qué me importa si es re contra top buena parte de su mundo y el mío re contra sencillo, si cuando estamos frente a frente cada uno es lo que tiene adentro y lo que puede dar? 

     Yo me siento orgullosa de lo que soy. Me siento profundamente orgullosa de lo que podría darle. De lo que tengo para darle a él o a otro. Y también entiendo que no comparte con mucha gente sus más profundas miserias. Que no con todos, ni él ni yo, compartimos lo que somos realmente, más allá de las cosas lindas de ésta historia. Así que lo escucho, le doy mi parecer y le mando un abrazo. Hemos ido hasta la raíz así que me dice que extraña decirme pendeja y que yo lo mire con los ojos que lo miro siempre. Me río, porque esos ojos, no se pueden comprar. Esos ojos, son de ser humano a ser humano.

    Apago todo y me voy a dormir. Mañana, me digo, será otro día.  ¿Qué cosas buenas le voy a encontrar? Ésa es la última pregunta que enuncio en mi mente antes de cerrar los ojos. 

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Día 170 de cuarentena (creo)

 Hoy, cuando terminé de trabajar, no tuve mejor idea que ponerme a leer los Diarios de Alejandra Pizarnik con música clásica de fondo, saliendo desde mis auriculares. Me quedé en el patio, aunque estuviese el cielo todo cubierto, aprovechando que la luminosidad de una posible tormenta me lo permitía. 

El libro fue un regalo que me hizo un chico con el que salí, muy brevemente, algunas veces nada mas, hace cuatro años.  Nunca lo había leído, la verdad, hasta hoy. La música clásica un agregado que promueve la concentración y, como no lo sospeché, me ayuda a meterme más aún en la trama. 

Mientras leía pensé la pobre Alejandra, en el afán de crear un lenguaje, terminó siendo una persona muy triste.  Y después consideré que cada uno tiene sus afanes, pero que la felicidad, siempre tiene que estar presente de algún modo. Incluso en medio de un afán triste tiene cierta dulzura la tristeza. 

 Por ejemplo, para mí, la felicidad medio tristona fue sentarme a leer escuchando música clásica después de trabajar casi ocho horas, en especial, teniendo en cuenta que ya había terminado con una de mis clases de la Universidad. Feliz por todo eso y triste porque la cuarentena hay días donde se me hace pesadita, sin embargo, pasé un muy grato momento, hasta que vino mi mamá y nos pusimos a conversar un poco. 

Pero bueno, pasamos seis meses de encierro y ya entiendo que no es algo grato para nadie, que uno tiene que agradecer lo que tiene y bendecir los aspectos positivos donde sea que los vea dentro de esta situación, porque siendo la cuestión más mínima puede ser tenida en cuenta a la hora de valorar; aún sin dejar de permitirse esta tristeza e, incluso, si se quiere, verle la belleza a la tristeza.

Hoy particularmente considero que después de la tristeza quizá la felicidad no nos parezca tan imposible y la dicha sea muchísimo más que una marea transitoria. Trato de invertirle a mi malestar la carga. Me tengo paciencia. Y me digo: "todo pasa", como una promesa, un futuro, un tiempo, una pausa, una descarga para continuar andando.

martes, 8 de septiembre de 2020

Dos palabras

Me pongo una canción, apago todas las luces de mi habitación y me deslindo de las preocupaciones del día. Al caso, que hablemos ahora o que hablemos mañana o que no hablemos más, será lo mismo. Eso me digo. Lo que siento lo siento y punto. Esta es mi prueba, mi aprendizaje personal, mi propia carga. Durante esos instantes es como si las palabras, como si esa afirmación, ocupara toda la estancia. En mi habitación ya no entra mi bibloteca llena de libros, ni mi placard enorme, ni mi tocador lleno de cremas, y el viejo empapelado comienza a desprenderse de las paredes. Ya no hay espacio para nada. Sólo para esas dos palabras.  Me siento ahogada, y al mismo tiempo, me siento bien. Lo quiero , me repito. 

Y juro que lo último que me causa, es gracia.  Angustia quizá sí me causa y no me apena reconocerlo.  Y esto no va dicho al azar, sólo porque estoy enojada o angustiada ante mi propia revelación. Es porque yo no lo quería querer en éste contexto de mierda como el que me está tocando. Me hubiese gustado quererlo en la normalidad de poder verlo o elegir no verlo más. Me hubiese gustado que no me lo sacaran de la vida y de las manos sin poder hacer algo, sin poder sacar un vuelo y hablar face to face. Que la vida no me lo barriera de un plumazo, si nosotros nos habíamos encontrado finalmente... y éramos tan distintos pero tan iguales en tantas cosas que eso hacía de nuestra unión un combo explosivo. 

Pese a que mi psico me dice que no es momento de poner en duda nuestro vínculo por las cosas que están pasando en su vida y en la mía - dado que ambos estamos en pandemia - y teniendo en cuenta que es personal de salud y, al a vez, paciente de riesgo (por su edad y antecedentes)... yo no sé qué hacer. Siento, más allá de todo lo que me puedan decir, que lo estoy perdiendo. Y eso lo acompaño con algo que me pasó desde el primer día de aislamiento: sentir que la pandemia iría a ganarlos a los dos. Siendo que, ni sentir ni pensar eso, suma. 

Con Galeno, hace un tiempo, para tratar de sobrellevar la situación del mundo actual, nos hicimos una promesa. Que si uno ya no quería estar más con el otro se lo iba a decir claramente y que, en el mientras tanto, íbamos a ir pasando el tiempo como se pueda, hablando cuando cada uno lo sienta, haciendo lo que nos salga. 

He hablando mucho con mi hermana respecto a la situación de los médicos. Ella, que lo es, y que hace el mismo trabajo que Galeno, me explicó que todos explotan en algún momento. Que si no lo hicieron al comienzo, lo hacen ahora, o lo han hecho hace poco. Que explotar y angustiarse no lo elegían y que tenían miedo. Me confesó que ella misma, antes de contagiarse, se ponía a llorar en el viaje. Que tenía miedo todos los días. Que no quería ir a trabajar. Que le daba pánico contagiarlo a mi sobrino o a su marido. Y pensando en eso, no puedo evitar querer decirle tantas cosas a Galeno... tantas como le dije nunca desde que nos empezamos a escribir hace trece meses. 

Y yo ya sé que de ésto podemos salir separados. Pero pienso que quizá no se lo pude decir antes, que no me quiero arrepentir, que siento como cualquier persona, que en eso soy igual a todos, y que no quiero ser juzgada por haberme quedado metida hasta las manos. 

 El punto es que si yo tuviera que hacer sólo lo que me sale es decirle que estoy hasta las manos y que  lo quiero abrazar porque sí, aunque él no me quiera, ni le pase lo mismo, o no esté en un momento donde sepa bien qué es lo que le pasa. Y se lo quiero decir porque es lo que me sale, y es la ÚNICA manera que encuentro para hacerlo saber que en una casita de la Provincia de Buenos Aires lo siguen queriendo. 

Y sé que si se lo digo, él me diría muy bien, qué bueno, estás diciendo lo que sentís, lo que te pasa, no te estás guardando nada, finalmente estás vaciando ese museo interior que tenés, viví al máximo tu vida, como si mañana te fueras a morir, que no estamos acá para guardarnos nada ni quedarnos con las ganas de nada, Veinteava... 

 Pero también sé que me voy a estar desarmando. Que no voy a tener nada que proteger, que ya no va a haber ningún secreto por cuidar y que lo único que va a quedar expuesto es todo lo que soy. 

Y eso es tremendo. 
Tremendo de verdad. 



lunes, 7 de septiembre de 2020

Sentir

Lo miré y mire como deslizaba mi ropa interior a través de mi cuerpo, fijamente, le clavé los ojos, y correspondió con una mirada pícara que me dibujó una sonrisa automática. Supe, de pronto, que siempre iba a emocionarme ese momento, que siempre iría a ser como la primera vez. Me habló brevemente sobre el privilegio de mi presencia, de mi cuerpo, del poder cumplir una fantasía que para nosotros era importante y todo eso estuvo totalmente al margen de la lascivia. Yo no podía dejar de sonreír y de escucharlo con un profundo agradecimiento. Porque incluso antes de conocerlo una parte de mí deseaba secretamente estar en su casa algún día tomando un vino. Y yo sabía que él deseaba tomarse un vino conmigo en su balcón. Sí. Por alguna razón, ambos teníamos el deseo estar juntos en la intimidad de su casa, porque eso lo hacía mucho más íntimo y significativo. Las charlas por teléfono, las fotos, los mensajes. Todo sucedía desde allí. Y siempre Galeno me decía: "cuando vengas a casa, si algún día nos conocemos, vamos a sentarnos en el sillón desde el que ahora te estoy escribiendo". 

Y tenía razón. 

II 

El departamento estaba en penumbras. No era un hotel, era su casa, su espacio y eso me hacía sentir doblemente cómoda. Estaba ahí. Acostada ahí. Desde el lugar donde me había escrito durante tantas noches. Sí. Finalmente. Yo estaba yaciendo en su sillón, en el mismo mueble del que habíamos hablando una vez, cuando descubrimos que tenemos el mismo color preferido, es decir, el color de ese sillón. Él me estaba desvistiendo entre palabras dulces y risas compartidas por la ropa interior, por el lugar, por lo que significaba para nosotros. Por lo que representaba y por el camino recorrido para hacer eso posible. 

- Cómo me sorprendiste con esto... - expresó, en referencia a mis elegidos para ese encuentro. 
- ¿Te parece bien? Hoy me pareció un buen momento... 
- Espectacular  - reconoció - y te queda perfecta en ese cuerpito .... 

Me reí. 

- Te prometí que me iba a poner algo especial. 
- Es muy especial esta vez... Y me encanta. 
- Y yo que tenía vergüenza porque pensé que te iba a parecer demasiado la parte de abajo... - musité, discretamente. 
- Ya te dije que soy el indicado - me dijo. 

Nos reímos. Observó brevemente mi cuerpo revestido con esa ropa interior y soltó un suspiro. Me rei y lo mire por encima de mi hombro. Tenía un amplio deseo pero además un gran resto de ternura. Estaba realmente contento. 

- Me alegro que te guste, si, sos el indicado- murmuré, y me aproxime un poco hacía el, aunque me freno por un momento. 

- No te preocupes por mi ahora- me dijo - Voy a trabajar algo que ví que te gustó especialmente  - anticipo - un ratito... 

Me rei. 

- ¿Qué? - le pregunté, porque no podía creer que hubiera estado tan atento. Quiero decir, que me hubiera leído tan bien - ¿Qué vas a hacer, vossss?

Me besó las piernas despacito. La piel se me puso de gallina. De pronto, comprendí todo. Suspire ostensiblemente.  Galeno, se dispuso a hacer lo suyo y yo durante los primeros segundos, trate de igualar acciones.

- No, ahora te preocupes por mí. ¿Estás cómoda? 
- Si, pero vos... 
- Yo estoy bien . Vos solo disfruta, quiero que disfrutes mucho - me dijo. Y unos segundos después, yo ya no era yo. Es que disfruté tanto que me sucedió algo nuevo. Fue un antes y un después. Algo muy profundo que se modificó y reaccioné en consecuencia.  La forma en que disfruté esa noche ni me pareció real. Fue de una intensidad que hoy todavía no puedo evitar recordar. Quisiera que al menos una vez cada persona pudiera atravesar las sensaciones que viví. De un placer y de una felicidad inexplicables. Pero además, de una entrega sin parámetros. De una entrega desmedida y total. De una entrega que yo pensé no iría a tener con nadie. 

Luego de varios minutos de placer sostenido, preguntó. 

- ¿Estás bien? - 
- Sí... Es muy intenso. 
- Muy bien... - dijo, y me reí - Relájate, estás hermosa. 
-- Galeno - le dije, con la voz entrecortada - por favor... No podés hacerme esto así. No es justo. 
- ¿Te gusta? 
- Si. 
- Entonces si puedo 

Sonrío y lo escuché reírse por lo bajo, con alegría. Era suya. Sin vueltas. Me había conquistado sexualmente hasta el fondo. No quedaba resto. No había pudor. No había vergüenza. No había desconfianza, no me preocupaba que me viera en esa postura, ni con esa fuerza, ni que conociera aspectos de mí que nadie conoció jamás. Era suya. Pero por sobre todo, era real. Y reaccionaba de una forma tan verdadera como vulnerable porque ya no pensaba. Solo podía sentir. 

Y fue la primera vez en mi vida que me pasó eso con alguien. 

Un poco después Galeno me condujo hasta la habitación como si estuviera borracha después de ese primer acercamiento. Nos reímos. Yo estaba en otro planeta. Y el estaba admirado de mi capacidad de disfrutar con su experiencia una vez más. 

Cuando nos despertamos al día siguiente, Galeno se sentía contento. Silbaba. Yo lo escuché a la salida de mi ducha matinal y me sonreí. Total, no me estaba mirando. Podía sentir tranquila, también de adentro hacia fuera, sólo me tenía que cuidar a la hora de demostrarlo. 

Salí de la ducha vestida. Me miró de arriba hacia abajo y me hizo un gesto de aproximación a la mesa. No había tomado haciendo todavía. Lo miré, sonreí y me senté a desayunar. Me había preparado una taza de café con leche expreso, masitas y tostadas con manteca y mermelada, es decir, mi combinación favorita. 

Lo miré y no me atreví a decirle que era una de las mañanas más bonitas de mi vida en veinticinco años. 

- Gracias - musité, señalando con los ojos - no hacía falta tanto - le recordé. 
- No es nada - me dijo, sacudiendo la cabeza - Acá te puse azúcar - señaló, deslizando el frasco hacia mi costado - Porque en ésta casa, estos días, alguien consume azúcar ¿eh? Si se acaba te traigo más, compré...  - bromeó. 

Lo miré y me sonreí. 
Silenciosamente, endulcé mi café. 

- Buenos días, chicos... - lo burlé, una vez que tomé el primer sorbo. 
- ¿Cómo dormiste hoy? - me preguntó. 
-  Superrrr bien - admití. 
- Lo de anoche fue otro capítulo - observó. 
-  Todavía lo estoy asimilando - le confesé. 
- ¿Para bien? 
- Obvio - le dije, para tranquilizarlo - Lo disfruté un montonazo. 

Sonrió. 

- Todo estuvo perfecto - evidenció - Estabas toda para mí. 

Nos reímos. 

- Sí, por un ratito, me presté - le dije, burlándolo - Qué manera de sentir, chicos... 
- Yo te avisé - me recordó - que si me dejabas, yo estaba dispuesto... 

Me sonreí . 

- Te pasaste, en serio, te pasaste... - le dije, comiendo una tostada - Fue hermoso. 

Detrás del miedo

 Sí, yo lo quiero. Pero, tal y como me planteaba el otro día, pienso ¿qué sentido tiene? Mi psico me dice que tiene sentido desde el dar y yo eso lo entiendo, claro, dar es hermoso. Pero en mi caso, interfiere el exponerse y eso también se lo planteo. Porque cuando damos, y es recibido, sólo queremos dar más y mejor cada día. Pero cuando damos, y al otro no le importa, sólo nos cerramos en banda. Ella me dice que considera que a Galeno le importa lo que doy. Reacciona bien. Yo considero que es demasiada exposición. que no sé si tiene sentido, que no estoy segura si vale realmente la pena. 

Dar, sentir, a veces pasarla mal, esperar, bancar, extrañar ¿para qué? A veces pienso que si volviera a la etapa de mi vida donde no tenía sentimientos quizá la pasaría mejor. Ésta es demasiado difícil, me siento demasiado vulnerable y a veces, en este contexto, no puedo evitar sentirme triste. 

A mí dar me cuesta mucho y no porque sea egoísta, sino, porque siempre tuve miedo de hacerlo. Por eso, cuando lo hago, reviste una significación crucial, y sé que por lo general, la persona que tengo al lado, se sorprende de todo lo que reservé celosamente durante tanto tiempo. Pero no por eso, porque me cueste, considero que sea algo menos hermoso. Por el contrario, cuando lo logro, para mí es mágico, porque significa vencer muchas cosas que, a menudo, estropean mis relaciones. 

 Cuando puedo dar y es recibido, se vuelve mágico. Y eso fue lo que hizo que quiera a Galeno. Que él siempre se mostrara muy dispuesto a recibir y a darme. Y ahora digamos que está en un momento donde no puede darme nada pero, quizá, le es más necesario, tal y como me dejó entrever, el hecho de recibir. 

El punto es que yo sigo teniendo miedo. 

¿Qué se supone que pasa después de que damos? 

¿Se termina la película, no? 

¿Ése es el propósito? 

Hoy me levanté muy reflexiva. Anoche, me quedé leyendo cosas de la vieja historia con Él, destrabando el origen de los miedos, del pensar como pienso seis años después. Y lo cierto es que sigo descubriendo cosas desde ahí. Así y todo hoy me desperté, y en un momento de pausa del trabajo, le escribí un mensaje a Galeno. 

Sentí ganas de hacerlo, no obligación, y mucho que digamos no me importó si me respondía o no, aunque me respondió. Quise hacerlo por mí. Para sentirme mejor dando que guardádomelo. Aunque después, no sirva para nada, aunque jamás volvamos a vernos. Aunque estemos en medio de una pandemia, aunque no tengamos certezas de nada. Aunque estemos separados hace seis meses. Aunque sepa que estamos en un camino muy difícil, cada uno con sus pruebas, haciendo lo que pude. 

¿Qué más puedo perder que no sea todo lo que perdí hasta ahora en cuanto al tiempo? 

Le dí una canción. 

Y procuraré correr el miedo para sentirme del todo feliz con eso. Porque en el fondo, si miro mi camino en perspectiva, todo fue para mejor. Aunque me dé miedo. Aunque quizá haya momentos donde no le encuentre demasiado el sentido. 

Ojalá más adelante pueda entender que estuvo bien hacer ésto y no lo otro. Que lo que solía hacer siempre no era sano, no estaba bueno, y que a veces hay que exponerse un poco al sufrimiento para poder sacar lo mejor de nosotros.  Porque lo mejor de cada uno de nosotros, seguramente, esté detrás del miedo y sea lo más valiente que podamos hacer en nuestras vidas. 


sábado, 5 de septiembre de 2020

Te quiero

Te escribo porque sí. No ocurrió nada extraño ni demasiado bueno ni demasiado malo. Sólo te escribo porque hay cosas que yo no puedo poner en palabras y las escribo para sacarlas, para explicármelas, para entenderme mejor, y para acostumbrarme a vencer el pudor. 

La cosa es que te quiero. Sí, te quiero. Yo sé que nunca tomé la iniciativa de decírtelo, pero...Sé que  me lo decís vos y siempre respondo un yo también que, aunque argumentado, no es lo mismo que decir un te quiero de la nada, porque sí, porque es lo que a uno le pasa, porque de la nada se llegó al todo. Pero te quiero. 

Durante la cuarentena eterna me di cuenta que te quería, pero supe que nada tenía que ver con un enamoramiento adolescente ni con que estuvieras lejos de mí. Te quería y, para mí, ese sentimiento era diferente a hacerme la película romántica con vos. Nosotros habíamos compartido, habíamos vivido nuestra historia, habíamos pasado lindos momentos, habíamos puesto de los dos lados... Y yo, sin embargo, no tenia nocion de que te quería como ahora sé que lo hago. 

Digamos que vos me viniste a proponer una historia, fuiste paciente, inteligente y pillo, y yo acepté. Todo mi cuerpo iba en tu dirección aunque pudiera o no pudiera evitarlo, así que me encontré con vos por primera vez dispuesta a dar un salto inesperado en mi vida. Pero no, antes de conocerte en persona, no te quería. ¿Si me atraía lo que pasaba entre nosotros? Sí. ¿Si me gustaba como pensabas, cómo conectábamos? Sí. ¿Si me dabas ternura? Sí. ¿Si te quería? No. Quererte, para mí, vino después, y vino de un modo inesperado, es decir, cuando la vida nos puso un obstáculo muy grande. Algo que no dependía del dinero, ni del tiempo, ni de voluntad. Algo que incluso trascendió los propios deseos de todos los humanos a nivel mundial. Una pandemia. Coronavirus, le dicen. 

Ahora sé que te quiero, y que eso no tiene tanto que ver con vos, sino, mucho conmigo. Tardé mucho tiempo, digamos que más de un año, para admitir que lo mío por vos es real. Tenia y tengo mucho miedo de sentir, como siempre, pero si algo he aprendido en estos meses donde no podemos vernos es que me siento bien por haber sentido lo que sentí y haber podido demostrártelo a mi forma. Estoy agradecida porque la vida me haya dado la oportunidad de experimentarlo.  Estoy agradecida por haber sentido de nuevo que no era sólo un músculo mi corazón.  Me siento contenta, aunque no podamos vernos, porque nos hayamos conocido, encontrado, jugado y tratado de hacer lo posible cuando pudimos. Me siento contenta porque ésta vez haya coincidido con una persona que se la jugó, más allá de todo  de nuestros errores que los hemos cometido. Nadie eligió que vos vivas en una provincia ni yo en otra, pero creo que si algo pude elegir es vivir ésto hasta donde más pude con plena noción del disfrute y de lo que me estaba pasando, de cuán diferente era al pasado lo que me estaba pasando. Y mirá si la vida es sabia que me encontró con un hombre que ha aprendido, ya, a detenerse en las pequeñas cosas, como vos. Y un hombre que me supo acompañar y contener cada vez que los fantasmas me quisieron escupir el asado. 

Yo sé que nunca te lo dije, pero cada vez que te veo, que estamos juntos, que convivimos unos días, que tenés buenos gestos conmigo, para mí es como si la vida me diera la revancha y me regalase instantes donde puedo ser quien soy en realidad. Cada vez que estamos juntos, durmiendo en la misma cama, se entremezclan dos sensaciones intensas: que tengo mucho por conocer de vos y que, al mismo tiempo, te conozco desde antes. Y por fortuna, a vos también te da esa misma sensación de conocerme de otra parte, yo también te resulto familiar, inusualmente familiar. 

Nunca pensé, pese al miedo inicial, que pudieras ser un farsante; el temor era justamente por poder creer que existiera alguien así, por el miedo a sufrir, a ilusionarme y que quizá no se llegara a nada.  Pero en cuanto a si vos eras buen tipo, mi  intuición me decía que sí, y por eso, a fin de cuentas, me anime a conocerte en persona. Y en cuanto te vi, por primera vez, todo en vos me tranquilizó, todo en vos me dió confianza. Me di cuenta que eras un hombre bueno, y que eras real. 

Sé que te llamo la atención que la primera noche donde te conocí me quede dormida mientras me abrazabas con toda ternura después de que todo pasara. Me acuerdo cuando yo te conté, mucho antes de ese día, que no dormía con nadie en quien no confiara, que no me gustaba dormir con cualquiera, pero que tampoco solía conciliar el sueño en algún lugar nuevo, a menos que me sintiera segura porque mi mente no dejaba de hablar. También me acuerdo que  vos me respondiste: "ojalá algún día te sientas lo suficientemente segura para dormir conmigo". Y resulto que sí. Que no lo pude creer cuando me desperté y me ví rodeada de vos ese sábado a la madrugada de noviembre. 

Otro de los clicks fue el día donde me desperté en tu provincia, en tu departamento, en tu cama. Ese día de febrero me cayó la ficha de que me pasaba algo real con vos, porque la realidad así lo demostró. ¿Qué hacía yo en la provincia de ***, durmiendo en tu casa, como si fuera tan normal? Incluso recuerdo la noche que me desperté por el ruido de la lluvia que me resultaría intenso y, todavía entredormida, me dijiste que llovía, que duerma tranquila, y me tapaste. ¿Y qué fue lo loco? Que yo confié en voz, incluso dormida, y me acurruqué a tu lado, sintiéndome a salvo. 

Durante todo este tiempo, para mí, quererte, fue una acción. Soy de esas personas que, como a veces tienen dificultades para decir las cosas con palabras, directamente las demuestran. Te escriben. Te dan un abrazo. Viajan a tu casa. Te dan un lugar que otros no tienen. Te complacen. Y, principalmente, se entregan con terrores y todo.  Y vos, afortunadamente, desde el primer día te diste cuenta que yo no te decía que te quería, pero te lo demostraba haciendo con vos lo que no hacía con nadie, es decir, darte un lugar en mi vida, caiga lo que caiga. 

Para mí, quererte es eso. Poner cara de culo si me dicen que tenés edad para ser mi papá y responder con un "sí, ya sé, pero no me importa. No lo es". O incluso mirar con sorna cuando me preguntan si en la cama con vos la paso bien, sabiendo que sos el hombre con quien tengo más piel y más real me siento. El hombre que más me conoce hasta ahora en la vida. La persona con la que compartí todo lo que había reservado celosamente, la persona con la que demostré que cuando yo siento, siento de verdad. La persona a la que le conté mis deseos, mis sueños y todas mis fantasías. 

¿Qué te gustaría? , me dijiste un día, en referencia a lo sexual. ¡Lo que me reí! Vos ya eras en sí mi fantasía cumplida y no te dabas ni cuenta que no habia nada más especial para mí que tu mente, la forma en que me tratabas y la posibilidad de tocarte. "¿Sabés lo que quiero explorar?", le pregunte, retóricamente. "No, quiero saber. Escucho y tomo nota", me dijiste. "De qué otra manera me podes gustar que no sean todas las que conozco", te expliqué y te reíste con ganas. 

No, no es que estemos hechos el uno para el otro ni toda esa mitología del amor. Ésto es más concreto: te quiero, pero además, te deseo. Te quiero porque pese a tus defectos y de los míos, hicimos realidad nuestros deseos fuera de la cama y nuestras fantasías dentro de ella. Y en esa mezcla infinita de ternura y deseo, esto es lo que somos. Dos personas que, aún con tanta diferencia, se han llevado algo más que sexo, es decir, todo lo que compone a un ser humano que se involucra en un vínculo con otro. Sí, hay deseo, y hay ternura. La misma ternura que se que te doy a veces cuando hablamos de cosas castas o graciosas, y a la vez, el mismo deseo que te produce verme con una bombi minúscula, de esas que te gustan tanto, sólo para que la tiremos por los aires en breves instantes.  El deseo con el que me respondés cada vez que te digo, sólo para provocarte, algunas cositas nuestras o el modo en el que me mordes suavecito el cuello y me hace perder la cordura. O la ternura que me das cuando me hablás de algo que te gusta o te hace bien y el deseo que me producís que hasta te sorprende cómo me delata y se me adelanta a las palabras mi propio cuerpo y yo te digo que me hacés ver las estrellas. 

Y si, porque en ese aspecto es así, yo siento y lo demuestro con acciones. Mi cuerpo siente y lo demuestra con respuestas.  Pero ahora, sé con certeza que las palabras son lo único que tenemos para estar cerca todos en este contexto. Y quizá no es porque sí que te escribo, al final. Quizá te escribo por algo, por ese algo de no quedarme con nada guardado. 

¿Para qué guardarse algo?  Ya no tiene sentido. 

Si el mundo se terminara hoy, yo estaría contenta por haber podido querer a alguien y haber vivido la vida que llevé.  

Eso será no haber vivido en vano. 




jueves, 3 de septiembre de 2020

Jueves

Todo sigue bastante igual que la última vez. El fin de semana participé en una radio de mi zona para hablar de literatura. También durante estos días - feos a nivel climático - estuve con mucho trabajo,  y además, haciendo las actividades para mis clases de la Facultad que son mañana. 

Mi sobrino sigue creciendo a pasos de gigante. De la misma forma en que aprendió a decirme tía, al principio de la pandemia, ahora aprendió a decir "tía no", cuando no quiere hacer o decir algo con mi hermana o conmigo. Según nos relata su mamá, cuando quiere hablar con nosotras, se acerca a su falda y empieza: "tía, tía,tía", mientras le dá el celular. Ese tipo de gestos no pueden dejar de sorprenderme. Si bien los niños vienen muy adelantados, me da mucha ternura que a su manera, como se puede, haciendo lo que se puede, mantenga un vinculo con nosotras desde lo más genuino, teniendo en cuenta su inocencia y su corta edad. 

En líneas generales, estoy leyendo lo que puedo, en el tiempo extra que me queda después de mis actividades fijas y mis lecturas para la facultad. Todavía tengo un libro pendiente, pero la verdad, sólo puedo hacerlo los fines de semana y me gratifica poder tener ese plan.  Con el trabajo de la semana y con el hecho de que ahora, cuando termino, me pongo a revisar mis clases de la facultad, de lunes a viernes, me alcanza y me sobra; pero trato de hacerlo así con el fin de que durante sábado y domingo pueda darme el espacio para hacer otras cosas, aunque no se pueda salir a la calle. 

La primera parte del año, hice un curso pago con el que intenté absorber nociones básicas de mi laburo, que me incorporaron antes de la pandemia y que aprendí a los ponchazos. Quería hacerlo en la Facultad, que lo ofrecían a menor valor, y con esto del confinamiento quedó suspendido.  

Por lo pronto, en esta segunda etapa del año vi que mi facultad ofrece de modo gratuito un curso sobre escritura científica (académica), que nada tiene que ver con mi trabajo pero sí me puede dar un piso para otras cuestiones, por lo que me decidí a tomarlo. Es corto, aunque... es durante la semana. Pero, bueno, creo que es un momento adecuado. 

El otro día, justamente por todo ésto, estaba hablando con mi padre que la pandemia me permitió hacer cosas por ahorrarme el tiempo de viaje. Si bien él sabía que tuve problemas con la facultad, me decía que le encontré el modo de aprovechar un tiempo que, de otra manera, hubiera estado muerto y que tenía que estar muy contenta por eso. Y sí, en parte tiene razón. Si tendría que ir a la oficina como antes, por ejemplo, o a la facultad, no me hubiera quedado casi tiempo para trabajar, estudiar y además hacer un cursito extra. 

Así que, si éstas son las circunstancias que nos tocan, y teniendo en cuenta que ya me tocaron muchos de mis puntos más sensibles, trataré de sacarles el mayor provecho posible, siempre que quiera, pueda y tenga ganas. 

A mí me hace mejor estar ocupada que desocupada. Eso siempre ha sido así. Y pese a que al comienzo de la pandemia estaba muy desmotivada, espero haber llegado a una etapa diferente, donde pueda hacer lo mejor con lo peor. 


martes, 1 de septiembre de 2020

Primera vez

Todavía recuerdo cómo, la primera vez que nos vimos, no podía dejar de observarlo. Creo que a los pocos minutos ya había tomado en cuenta que él podía ser un hombre muy ceremonial y escueto si se lo proponía, y no puedo evitar admitir que hasta había sentido un poco de miedo por la posibilidad latente de su rechazo. ¿Qué tal si no le gustaba, si no le parecía lo mismo mi imagen en persona, si había algo que no lo atraía? Iba a ser una lástima, en especial, porque él si me gustaba.

  A medida que pasaban los minutos de esa primera cita no podía dejar de pensar, tampoco, en lo que simbolizaba tener a ése hombre frente a mí.  ¿Si se había tomado un avión sólo para verme? De solo recordarlo, se me revolvía el estómago. Jamás me había imaginado vivir algo así, pese a que estamos en plena era informática, por las excusas que suele poner la gente cuando se trata de jugarse.  Tampoco me entraba en la cabeza que el tipo se había lanzado, sin siquiera tener garantías de un beso, ni de que yo fuera yo.  ¿Si se había gastado varios miles de pesos en pasajes, durante un fin de semana largo, para hacer posible el encuentro cuando yo me había sentido lista? Cuando analizaba fríamente que podía no gustarme o no gustarle yo, y que todo eso fallara, me invadía la  pena, y hasta pensaba que le iba a pedir disculpas por hacerlo caer en semejante gasto de dinero.

Porque, aunque sabía que yo era suficiente para que un hombre hiciera eso por mi, no me dejaba de dar cosita todo el contexto. Habia tenido otras historias, me habían pasado algunas cosas raras, pero si no me gustaba que me invitaran un café, ¿cómo me iba a bancar que un tipo se tomara un avión para encontrarse conmigo? No me quedaba más remedio, tenía que aceptarlo y considerar que lo hacía porque podía o quería, que no había dobles jugadas en esto.  Y lo supe desde mucho antes de vivir esta historia.

Sin embargo, Galeno, la primera vez que me vió, simplemente, fue él mismo, sin pensarlo demasiado.

 Con el tiempo, no obstante, me contó que tuvo algo parecido al miedo que definió como una fuerte inquietud, pero de la buena. Durante el primer encuentro dudó. Temió que yo le dijera que no quería seguir pasando tiempo con él, que tenía otras cosas que hacer el resto de ése fin de semana y que no nos volviéramos a ver . Yo imagino, secretamente, poniéndome en su lugar, la sensación de vértigo y de desorientación que implicó para él, tomarse un avión para conocer a una chica con veinticinco años menos.

Los dos, antes del primer viaje, pusimos las cartas sobre la mesa respecto de la diferencia de edad. Fuimos francos. Yo le dije que no me importaba, que no me importaba en lo absoluto y que estaba dispuesta a conocerlo. Que no era una persona que elegía por lo físico, y que no lo veía muy viejo en fotos, por lo que... Galeno, no obstante eso, sostenía en cierta medida la idea de lo que viera " muy viejo" y no quisiera tener un acercamiento afectivo ni físico. Por eso, también le dije que  él hubiera podido verme demasiado pequeña en comparación y la situación habría sido muy parecida.

Así, quedamos en jugarnos, en encontrarnos y en ver que pasaba, varios meses después de empezar a hablar por primera vez. Desde agosto a noviembre construimos un entramado de palabras, deseos, confesiones, miedos y alegrías que se sostuvo lo suficiente como para dar a luz esa primera cita.

Lo que ocurrió después fue en toda regla una sorpresa...

II

Todavía recuerdo cómo me desvistió la primera vez, pidiéndome permiso. Recuerdo cómo me hizo sentir con esa pregunta, lo bien que me hizo sentir y también el escalofrío que me generó el verlo mirarme, embelesado, tomándose el tiempo para guardar imágenes -como le dice él-, mientras yo estaba sintiendo una leve vergüenza de mi propio cuerpo por sentirme tan pero tan observada.  Porque, lo cierto es que nunca habían tenido la tremenda delicadeza de mirarme así, para disfrutar de ello, y no podía evitar sentirme un poco cohibida.

Todavía recuerdo como me besó, despacio, por primera vez, y como me dió cinco segundos de margen hasta que en mí se encendió algo, casi por un chispazo, donde lo miré y conecté con la propuesta, y también recuerdo que mi respuesta fue lo que lo llevó a besarme cada vez con más pasión y que me llevó a mí a corresponderlo casi sin dejarlo respirar.

Un chispazo. Así lo definimos en charlas posteriores, sentimos un chispazo. Ese primer beso conectó algo lindo, lo transformó y lo concretó. Cuando lo besé fue como si después de muchos años me reconectaran desde el corazón y, por eso, siempre le estaré agradecida. Galeno me demostró que el amor después del amor, sí existe. Que se puede volver a empezar y que es una maravilla cómo todo el aprendizaje puede ser usado a favor. 

Todavía recuerdo ese atardecer de domingo tan caluroso con el día ya desapareciendo, y a Galeno acariciando mi cuerpo nada más que con las palmas de sus manos y sus dedos, motorizados por un vaivén irresistible. ¿Un detalle? Era el cumpleaños de Él y, pese a que años atrás había sufrido bastante ese día, por todos los recuerdos, la vida me estaba llevando a resignificar esa fecha de una forma tan hermosa que daba emoción.

III

Desde ese primer momento en que me tocó empecé a amar sus manos y a desearlas siempre sobre mi. Él no entendía cuando yo solía decirle que eran suaves, que me encantaban, que era muy delicado y muy sensible a través del tacto. Solo se las miraba y me decía que eran sus manos, manos comunes, que no eran las típicas manos atractivas. Y yo se las agarraba, entrelazaba sus dedos con los míos, y me las llevaba al pecho, diciéndole "son mías ahora". 

Pero si había algo más lindo que sus manos, era la veneración con la que me tocaba esa primera vez y todas las que le siguieron. No habría otra palabra para explicarlo. Era el cuidado y el deseo convertidos en gestos de su parte. Y yo no lo podía creer, y hasta la última vez que nos vimos, tampoco lo pude creer. ¿Así que cuando te trataban bien se notaba, no?  En el último viaje antes de la pandemia, el deseo se destapaba a cada gesto, y todo lo que yo habia considerado una experiencia sexual se acababa de convertir en un recuerdo profundo a nivel afectivo. No era solamente el acto en sí. Era el encuentro de dos personas con dos vidas y edades tan diferentes que conectaron hasta lo impensado pese a la distancia y que estaban haciendo un enorme descubrimiento interpersonal. 


Esa primera vez, sorprendida como estaba, ya que realmente nunca me habían tocado de esa forma, no podía dejar de reconocer que éste tipo sabía cómo, que lo hacía con placer y no con miedo o con culpa. Me llamaba poderosamente la atención que no había que indicarle casi nada, como si me conociera desde antes y supiera perfectamente cuales eran mis puntos débiles en lo particular. Y lo confirmaría en todos los encuentros posteriores hasta poco antes de la pandemia.

Recuerdo, muchas veces, este dialogo:

- Dios mio - alcancé a decirle, la primera vez, mientras me acariciaba y confortaba - ¿cómo hacés? 

Galeno se frenó y me miró con curiosidad positiva: 

- ¿Que?

- Me gusta que me leas - rectifiqué, sonriéndome, en otra dimensión - ¿Todo lo que quiero lo vas a adivinar, vos? ¿Qué onda? - lo burlé.

Él se rió, con picardía. 

- Qué bueno que te guste...  - dijo y me pidió que me dé la vuelta, si quería y yo quería, claro.  

Me di vuelta sin dudarlo ni un segundo. Con delicadeza quitó todo el pelo de la espalda y me dió un masaje muy suave. Yo fui feliz y me sentí completamente respetada. Aunque lo único que pude preguntarme, después de volver a la realidad, es cómo había osado dudar durante esos primeros instantes de charla de las habilidades amatorias de un hombre que me había demostrado tener, aún en el fondo de si mismo, tanta sensibilidad.

- Galeno - le dije, de modo confesional, un rato después- ¿Cómo no querés que te quiera comer entre dos panes?

Se rió.

- ¿Me querés comer entre dos panes?- volvió a observarme con un gesto divertido.
- Absolutamente - le dije, como si fuera obvio.
- Qué afortunado...- musitó.
-  A cualquier mina si la tratás así te va a querer comer - le expliqué.
- A cualquier tipo, si lo tratás así, te va a querer comer - me dijo.

Sonreí.

- A vos te quiero tratar así - le dije, divertida.
-  Soy afortunado - insistió.
- ¿Por qué? - le pregunté - No te ganaste la lotería...
- Porque podés podes hacer ésto que hacés conmigo con quien quieras. Sos toda hermosa, vos.  Podés lograr que cualquier otro hombre disfrute de ésta manera, hacerlo sentir como me haces sentir a mí  - me explicó - así que me siento afortunado porque lo quieras hacer conmigo.

Me lo quedé mirando fijamente unos segundos, todavía en silencio.

- Yo también me siento afortunada - le dije, siendo franca - ¿Sabés que yo dudaba de la forma en que uno podía tener sexo a los cincuenta, no?  Asumía que tenían, obvio, pero como nunca había tenido la experiencia de estar con alguien de tu edad... - le confesé, riéndome - pensé que era algo muy distinto.

- ¿Más aburrido? - me dijo, sonriendo.

- Nooo. Más... no sé cómo definirlo... Más tradicional, digamos... - le expliqué, tratando de no embarrarla - Y ahora, lo único que haría, es lanzar un comunicado públicamente, sólo con una foto mía aplaudiendo de pie - bromeé.

Galeno se rió y yo me reí, divertida.

- ¿Ah si? - preguntó. Negué con la cabeza, como si estuviera demostrado por amplia mayoría.

- Seeeeeh- le dije - Me encanta porque sos mi rebelde, poco conservador... - él me miró con un gesto divertido.

- ¿Cuál es el veredicto, entonces? - me pregunto.

Me mordí el labio inferior.

- Que estás más bueno que agua potable... - le dije, y se rió - y que me encanta que no tengas prejuicios, que estés dispuesto a estar conmigo, pese a que yo sé que soy una persona muy joven y... no sé, quizá...

- Ése era un prejuicio tuyo - me marcó, riéndose - Yo la paso muy bien con vos. No me aburro como crees, para nada... Yo he tenido un matrimonio, otra pareja, pero ahora mismo, estoy con la mujer que quiero estar. Es un privilegio. Disfruto mucho, en especial, cuando veo que vos disfrutas y estás presente. No es algo que se dé con todas las personas esa conexión, y nosotros, afortunadamente, la tenemos afuera y acá. Yo ya te dije que con vos me sentí cómodo para hacer cosas que van en otro nivel de intimidad... - me recordó - y no me sentía libre de hacerlas ni siquiera estando casado...

Lo miré. Sonreí. Supe a qué se refería y caí en la cuenta de que eso había sido realmente muy íntimo para los dos. Algo que había surgido de la nada, que había sido aceptado sin pudores y que nos había sumado mucho en términos de experiencias nuevas para los dos.

- Me pone contenta eso, sí - admití -  Está bueno saberlo porque quiero que te sientas cómodo también. Los dos somos personas reales y es suficiente para mí.  Yo quiero disfrutar, en general, de todo lo que hagamos juntos - le dije, con cariño - Para vos quizá es un tema estudiado, pero para mí, a mi edad, está bueno ir descubriendo matices del disfrute. ¿Sabés qué lindo que es conectar así? Cerrame la ocho, chicos, y me llevo la llave...  - lo burlé.

Galeno me sonrió y puso cara de tonto. Pero ése es otro tema. Cuando digo palabras como llave, brillo, llorar, llamar, o todas las que contengan doble ele, Galeno se afloja todo. Pero todo.  Entonces, yo me aprovecho y se las digo, a modo de venganza, por todas las veces donde me habla apropósito con tonada para que también me afloje toda.

IV

Las primeras veces, pienso mientras escribo ésto desde un presente tan diferente, no invalidan los finales de las historias. O las pausas. O sin intermedios. O todo lo que en este momento no podemos resolver.