Todavía me siento movilizada y eso que ya pasaron más de dos días. Pero nada... eso está bien. Cuando te mueven la pelota es cuando podés empezar a sanar, cuando podés recuperarte una vez más y levantarte al otro día conectada al presente y agradeciendo tu vida con sus pequeñas y grandes cosas.
Javier apareció en el horizonte desde mi cumpleaños hasta ahora con diferentes señales. Yo realmente, si bien tomé a bien sus gestos, no lo ubicaba en ese lugar de muerto-vivo. Especialmente, porque es un lugar en el que jamás se hará cargo de nada, un lugar objetable y un lugar donde yo solo quedo como la loquita delirante que no superó la historia y, él, como el buen tipo que hace todo sin querer.
Admito que me relajé, que relajé mis límites, que rompí mis reglas internas de salud mental y el hacerlo me puso frente a una situación que estaba archivada. Me acercó a un dolor que me marcó aunque hayan pasado muchos años y me llevó a lugares muy oscuros de mi interior. Todo eso me dejó de cara al hecho de saber que, aún hayan pasado siete años de esta historia, él carece de límites conmigo. Y que yo me tengo que cuidar doble de su persona, porque de otra manera, acabaré por perderme.
Hace unos días le expliqué por primera vez a mi terapeuta este punto nuevo de que Javier esté ausente y presente en el presente. Le expliqué que estábamos frente al dilema de siempre: lo que para él había sido un comentario a la ligera, para mí, había sido un mensaje. Lo que para él había sido un mensaje de mi lado, para mí, había sido un comentario a la ligera. Cuando yo esbozaba un comentario a la ligera, enseguida tiraba algún que otro palito y, al revés, cuando le tiraba un comentario a la ligera, yo misma me relajaba, sentía que por fin se estaba ubicando, y eso hacía que salieran palabras y apreciaciones que se volvían más cálidas o confianzudas.
Es, de hecho, lo que nos pasó siempre. Preferible hacerme pasar como "la que se confunde" a mí pero jamás hacerse cargo de las cosas. O primero negarme mil veces las cosas para después decirme que no quiso hacerlo, que perdón, que se equivocó cuando yo le iba con el planteo universal y lógico: si sabés lo que siento por vos ¿por qué estás haciendo esto, no podés alejarte como yo lo hago? Y ahí mismo, Javier claudicaba porque esgrimía que no lo hacía con maldad, que realmente no podía manejarlo, que le salía de adentro, que él se sentía bien al lado mío y por eso se me acercaba, que no le iba a ser nunca indiferente; etc.
Sin embargo, de mi lado, a medida que fueron pasando los años yo empecé a entender ciertas cosas. Hoy en día entiendo que no lo haga apropósito, al hablar, al saludarme, al ser simpático y todo eso, pero la situación en sí, no trae buenos efectos en mí. Que ya no importa por qué, sino, qué me pasa con eso. Y eso que me pasa, me incomoda.
A mi me incomoda porque fue muy complicado superarlo y en un momento donde sentía que había podido rehacer mi vida afectiva con otra persona, e incluso había podido compartir muchísimo más, y que encima estaba dejando atrás por razones de esa historia en particular, él volvió a aparecer con asiduidad después de siete años. Y eso fue muy movilizante en algún aspecto porque, sinceramente, estaba cerrando ese bloque de mi vida.
Nosotros hacía años que no teníamos contacto más cordial. Las veces donde me lo crucé estando con Galeno, siempre respeté su lugar en mi vida, aún estuviera lejos en ese instante donde Javi me atravesaba con los ojos y yo sentía que me temblaba el planeta. Fueron para mí dos hombres diferentes, que fueron elegidos por una versión diferente de mi misma y cada uno estaba en el lugar que correspondía. Pero una cosa fue respetar aquél presente elegido y a una persona que si se la jugó por mí, a negar que este otro cobarde me desvestía y me vestía con la mirada mientras yo trataba de evadirlo en pleno supermercado.
Cabe decir también que nadie lo llamó a mi vida desde mi cumpleaños a esta parte, que muchos de sus comentarios estuvieron demás y que, por ese mismo indicio, yo no tendría que haberme relajado. Pero me relajé. Porque ese es el motivo de mi enojo profundo y real: él no puede controlarse en ciertas cosas, y su descontrol, resulta que también es el mío.
¿Cómo explicarlo?
Cuando él está en mi vida de algún modo, yo empiezo a perder el control de mis emociones. Es una persona que, como se suele decir, "me puede" y eso trae interferencias con mi deseos. Cuando él se aproxima de alguna forma, yo dejo de pensar o enfrento serias dificultades para hacerlo; y es como si un caudal de sentimientos se adueñara de mi cuerpo y de mi mente, que fluye como caballo desbocado.
Me resulta desesperante. Realmente, desesperante. Porque siento que soy capaz de hacer cualquier cosa y, al mismo tiempo, siento que es una locura lo que pienso. No pretendo nada en concreto, sólo quiero estar donde su cuerpo esté si es que los límites se corren un poco, porque es como si me aflojaran algo que guardé en algún lugar a la fuerza. Consigo, no tengo puntos medios. Necesito que se oculte por completo y que no intente nada para poder seguir adelante como si no existiera, o bien, me pasan mil cosas por la cabeza, pienso en mil cosas, se me revuelven muchas cuestiones. Empiezo a preguntarme. Dudo. Lo miro y me siento igual de tonta, igual de confundida, como si siempre entendiera todo mal consigo. Y no, yo sé que en el fondo eso si la vida volvería a cruzarnos nada sería igual de malo, por mucho que me parezca, ya que no soy igual de inocente y tonta. Sólo que la prueba es difícil de sobrellevar en el momento donde aparece, porque pone en jaque mi presente de una manera descomunal. Lo curioso es que tampoco siento que tenga nada urgente para hablar, sólo que cuando aparece quiero estar cerca, porque su presencia genera en mi una atracción que jamás me sucedió con nadie. Que no es afectiva, que no es sexual, pero que sin embargo, tiene una fuerza que incluyo yo misma no soy capaz de conocer a fondo.