lunes, 26 de enero de 2026

Sal y pimienta

 Hace un ratito, le descubrí a mí programa una cuenta de Instagram paralela, cuando me había dicho que ya no estaba usando la plataforma y esto y lo otro y yo si si, claro, obvio.

¿Si revisé algo? Nah. La verdad es que tampoco me interesaba tanto si era verdad o no. Encontré de casualidad la cuenta y dije: "al final, no soy la única que está haciéndose la boluda con información".

Solo me dije: "bueno, la verdad, no tengo derecho a fastidiarme por esto, porque es una cucharada de mí misma medicina". Y si, me empecé a reír sola. Porque claramente, mí primera reacción fue decir ay que forro y la segunda fue decir: "pero, vos tampoco sos Sor Minita". 

Y ahí entendí algo: 

Mí programa es eso, un chongo que empieza y termina. Y  claramente, ¿quien soy yo para juzgar el esconder algo, si también omití cosas durante todo este tiempo? 

Si. Yo decidí omitir. A mí programa, sobre Javier, porque Javier no es mercancía declarada. Y a Javier, sobre mí programa, porque él no es candidato a que le cuente que onda mi agenda, dado el papel que juega. 

 Si. Culebrón latino no es tal, si no tiene un poco de pimienta. 

Y vaya si esto le ha dado pimienta. Pimienta y sal, gustito, porque si antes me hubiese puesto a llorar por esto, hoy me digo: "pásala bien sin cuestionarte demasiado, total, no estás lastimando a nadie.". 

viernes, 23 de enero de 2026

Las líneas de vida

1.

Julio 2024

- Sí que eras chica, antes – me dijo Javier, un día, cuando nos acostamos por segunda vez, después de muchos años de espera.

Me acuerdo haberlo mirado, haberme sonreído y haberle tirado una media. Él me miraba, desde la cama, todavía a medio vestir, con el vendaje de una operación que no cicatrizaba por entonces. Una herida. Algunos puntos.

-            Seguramente, aaaantes, pensabas que usaba ropa interior con corazones, vos.

-            No seas hija de tu madre. Eras chica, es verdad.

-            Para vos, sí.

Javier me miró, de arriba hacia abajo, con pericia. Yo, empezaba a vestirme.

-            Ahora por lo menos vas a saber el color de mi ropa interior – dije y sonreí.

-            Dios mío – dijo, pensativo – Puta madre, este pantalón …

-            Vení

-            No, puedo solo.

-            Dale, Javi. Agarrate de mi.

-            Pero yo puedo.

-            Obvio que podés, pero yo te ayudo.

-            Bueno, pero…

-            Shhh. Tranquilo. Derechito, a ver, que si no te voy a dejar algo afuera…

Me reí y Javier me miró, sonriéndome, como si a mi sola se me ocurrieran esos chistes para hacerlo reír en un momento como ese.

Antes de despegarme, me mostró la cicatriz de la muñeca.

- ¿Ves? Acá, me dieron los puntos.

Apoyé mi mano sobre el lugar, le acaricié la costura, y parte del brazo.

- ¿Te duele ahora? – pregunté.

- Un poco, pero no es por vos. Me tocan ya los analgésicos.

- ¿Y vos decís que no te hizo mal estar conmigo?

- No. Esta semana visito al cirujano. Ahí me va a ver, yo le cuento, no te preocupes.

- Decile: "doctor, me quería arrancar todo, ella me decía que no" – le dije, en broma.  Javier se carcajeó.

- No, no te preocupes. Es parte de la recuperación todo esto.

- ¿Ah si? ¿Te recuperás así, vos?

- Sí, me recupero así.  Es un gran gran postoperatorio.

- Miralo al tipo, lo que cambió con los años – musité.

Miré a Javier con cierta distancia. En perspectiva. Realmente, ni en mis sueños más locos, cuando era más joven, hubiera imaginado algo así.

2.

Septiembre 2024

- Tengo un mensaje – dijo y me miró, dejando el celular a un lado – Después le respondo.

Era ella.

-            Javi, atendé.

-            No, después…

-            No pasa nada, responde, yo ahora me voy.

Javier se rascó la barba y me miró. Negó con la cabeza.

-            No, vos tranquila. No salgas corriendo de acá. Más tarde le contesto.

-            Yo por vos, que no la pases mal por esto – dije – Para que seas prolijo.

-            Sí, ya lo sé, pero, vos no te preocupes. Yo sé que cometo muchos errores, pero – suspiró, y se rascó la cabeza.

-            ¿Por qué?

-            Porque yo te hincho las bolas. Me pongo muy pesado, a veces, con vos. Te molesto, quiero que me des bola. Y yo sé que no estoy haciendo bien las cosas con vos, lo sé, te lo juro.

-            Y… - me  reí – bueno, pero como siempre te dije, y te lo digo de nuevo: se puede elegir volver al camino correcto. Nosotros dos tenemos que ponernos las pilas y no vernos más.

-            Sí, ya sé lo que tenemos que hacer, pero no puedo.

-            Y vos sabés además que yo jamás te voy a mandar al frente. Vos podés elegir simplemente hacer las cosas bien, y yo voy a acompañar. A mi también me cuesta.

-            Sí, pero no puedo hacerlo... Pienso en escribirte todo el tiempo, te quiero ver, me quiero acostar con vos. Y yo sé que no lo puedo hacer, porque yo tengo una relación, y siempre se me escapa algo con vos. Me contengo para no llamarte, porque si fuera por mi, yo te llamo todos los días.

-            ¿Vos tenés ganas de coger tooodos los días? – lo burlé, con cariño.

 

Se rió.

-            Yo te llamaría siempre, ¿vos qué te pensás? Casi siempre, me freno. Porque yo sé, entendés, yo sé que si pongo una mano en el teléfono, te llamo. Y no puede ser.

-            ¿Por qué?

-            Porque tengo una relación, yo. Y no puedo querer llamarte todo el tiempo para hacer cualquiera.

-            Y sí, pero ¿en qué cambia hacerlo una vez o todo el tiempo? ¿No entendés?

Suspiré.

-            Javi - me aguanté – lo que nosotros tenemos que hacer, es no tener contacto. Ni vernos, ni llamarnos, ni juntarnos porque sabemos cómo termina. Y si no sabemos, y nos tomamos un vino, también a ésta altura es complicársela. Nosotros vamos a ser vecinos durante algún tiempo más.

-            ¿Cómo? ¿Te vas a mudar, ya?

-            No ya. Pero sí en algún momento.

-            ¿Y qué, te querés ir lejos?

-            No importa eso. A lo que voy, es a lo siguiente: vos tenés muchas otras vecinas del barrio, y tratás con ellas. Las saludás normalmente cuando salís a sacar la basura, las tratás bien, no te ponés todo nervioso. ¿O no?

Sonrió.

-            Sí. Tengo vecinas.

-            Bueno, entonces, conmigo es más o menos lo mismo. Si nos llegamos a cruzar, nos saludamos bien, hola, hola, y listo. Antes de que se nos complique, nos separamos, y cada uno a su casa. ¿Si?

-            No.

Me carcajeé.

-            ¿Cómo que no, boludo? ¡Sí, me tenías que decir que sí!

-            Es que no, es no. Porque yo no puedo hacer eso. Yo te veo a vos, y no te puedo saludar como saludo al resto de mis vecinos ¿entendés?

-            Pero ¿por qué?  O sea, no nos vamos a tratar mal, eh.

-            Porque yo cuando veo a mis vecinas no es lo mismo.  

-            Ay, Javier, la puta madre – me quejé.

-            Es que yo te veo a vos, y te quiero hacer el amor todo el tiempo, todo el tiempo… ¿Qué querés que te diga? Eso es lo que me pasa. Te veo y te quiero abrazar, sacarte toda la ropa y vos no te imaginás lo que yo me contengo para no hacer nada de todo lo que haría.

Me quedé callada.

-            ¿Y vos qué te pensás que me pasa a mi?

Javier me sonrió.

-            En serio, boludo, yo te lo digo de onda. A mi me re contra cuesta contenerme, decirte que no, que pienses. ¿Vos qué te pensás, que yo no hago nada porque no quiero? También me contengo.

-            ¿Te contenés?

-            Pero más vale, Javi. Por algo jamás te vine a tocar la puerta de tu casa para pedirte cosas…  

Javier me miró sorprendido.

-            ¿Querías venir?

-            Javier, mirá, nosotros nos conocemos hace muchos años, y más de una vez quise tocarte el timbre, envuelta en lencería de encaje, porque vos también tirás, tirás, tirás, y llega un momento donde uno se cansa de hacerse el tonto– le espeté, con sorna – y me aguanté, y no lo hice. Y no porque no sepa hacerlo.

-            ¿Lencería de encaje? No sabía.

-            Sí, Javi. Hay un montón de cosas de mí que vos no conocés. Yo no hago nada porque siento que no corresponde, y me re cuesta, pero no porque no quiero, ni porque no sepa.

Javier asintió.

-            O sea que ¿te estás guardando cosas?

-            Sí.

-            No te guardes cosas… no seas tacaña  - me sonrió.

-            Pilas, Javi, no seas sonso.

Suspiró.

-            ¿Qué, entonces, no te puedo escribir?

Lo miré y revoleé los ojos.

-            No, lo mejor para vos es que no me escribas. Dame paz, dale.

-            No puedo.

-            ¿Qué, no puedo y no puedo?

-            Es que no puedo, no me sale, siempre algo se me escapa con vos. No lo puedo manejar. Vos sabés que yo te voy a escribir.

-            Bueno, en 2030, mándame un mensajito de texto. Yo no te respondo. ¿Dale?

-            Nooooo, dale, no seas guacha.

-            Vos sabés que no soy mala. O sea, reprochame todo, pero mala…

-            No te reprocho nada… Yo ya sé toooodo, todooo se…

-            ¿Me abrís que está viniendo el uber, superado?

Javier se rió, y me siguió detrás, para abrirme la puerta.

-            Me hubieras dicho que te lleve, así andás pidiendo auto…

-            No hace falta, gracias. Portate bien.

-            Dale. Te escribo.

-            No te voy a contestar.

-            Dale, guacha.

-            En 2030.

-            Chaaaau. Te escribo.

-            Chau, Javi, chau, buena semana. Que sigas bien.

 

3.

Enero 2026

- ¿Vos, cómo andás, Javi?

-Mal, no sé. Me están pasando miles de cosas. El finde, de velorio. Vengo hace días descompuesto, pero mal. No, si no sabés cómo estoy… Una atrás de la otra, no paro de darte buenas noticias…

- Sí, es un placer escucharte – se rió, del otro lado del teléfono – Te voy a escribir una Oda, Oda a la alegría – lo burlé.

 

Se carcajeó.

-            ¿Y vos, mhh? – me preguntó – Tus sobrinos bien, por lo que veo, pero ¿todo lo demás?

-            Bien, bien. Acá estoy en la corpo, obvio, todo muy correcto, viste – ironicé.

-            Ay, ella, y la corpo, siempre con toda esa gente concheta. ¿Te vas a ir a Miami?

 

Nos reímos.

 

-            No seas sonso. Acá ando – dije, y continué dándole detalles.

Conversamos un rato más, de temas variados. Nada comprometedor. Hasta que Javier suspiró, y todavía con un tono dulce, dijo:

-            Escuchame  - dijo, más dulcemente – Ni bien vuelva a la vida, nos encontramos… - dice y hace un silencio.

Ese silencio es una declaración de deseo. No sé si soy yo, o los dos, pero me estoy acordando de todo lo que sabemos hacer cuando nos encontramos.

-            ¿Cómo cuando vuelva a la vida? – lo burlé -  

-            Sí, pero estoy… saliendo de este virus horrible…

-            No, ya sé. Yo te hacía vivito y coleando, asumí que estabas viviendo…

-            Noooo, qué voy estar viviendo, si me pasa una atrás de otra.

-            Dale, dale ,más material para la Oda, dale – lo burlé.

Javier se rió a carcajadas. Charlamos unos minutos más.

-            Sos tremendo – suspiré y recuperé parte de la entereza - Bueno, me voy a seguir trabajando. Qué larga la tarde, te juro – le confesé.

Javier hizo un ruido, y luego suspiró. Parecía que se derretía del otro lado.

-            Dale, amor. Nos hablamos ¿dale? ¿Eh? – me preguntó.  

Me paralizo por el sobrenombre, no entiendo si se le escapó, o si lo está diciendo sabiendo a quién.

-            Te mando un beso, cuídate. Que mejore la suerte  - le digo, como si estuviera hablando con un amigo.

-            Dale, mi amor. Vos también, cuídate. Gracias – me dice, y se percibe una dulzura en su voz que, realmente, me sorprende.

¿De cuándo a Javier le pinta este trato de chamuyero indomable, si no va por ahí?

-            Beso, Javi.

-             Chauu. Chau, besitos besitos – dice.

4.

Enero 2026

Nos encontramos de casualidad en el supermercado. A la salida, caminando juntos las cuadras hasta el punto donde los caminos se bifurcan, miro a Javier. Él no me puede ni mirar, y yo no entiendo por qué. Sé que no hice nada malo, sé que no soy el centro del universo, así que me digo que no todo lo podré entender. Creo que se está conteniendo, y lo acompaño en su decisión, mostrando una postura cordial, pero muy respetuosa.

Hablamos de nuestras familias, del trabajo, y como ese mismo día en mi cumpleaños, me pregunta detalles del festejo, de lo que hice en el día, de lo que voy a hacer.

Hasta que le estoy contando, y ya estamos cerrando la charla, cuando Javier finalmente me mira. Me mira, me sonríe como si lo pudiera,  y aún mismo estemos ciertamente expuestos, se acerca, me abraza pegándome a su cuerpo, y sin soltarme, me da besos en la mejilla.  Al oído, me susurra cosas. Su tono vuelve a ser cariñoso, pero tan íntimo, que ese impulso acompañado de su palabras, me turba bastante.  

A mí se me complica muchísimo disimular. Javier también se pone nervioso. El contacto y la cercanía de un saludo que debería haber moderado, nos ponen en un estado de turbación propio de un adolescente que no sabe controlar sus impulsos o sus gestos.

Cada uno se va a su casa, despidiéndose cordialmente, tratando de hacer lo posible por separarse, dejar de hacerse preguntas, dejar de intentar estirar esa casualidad hasta lo último.

Vuelvo a mi casa creyendo al 100% en que existen los amores imposibles y que, en ciertos casos, lo mejor es lo más difícil de hacer.

Días después, por teléfono, me dice "mi amor", y siento que todo es más difícil, porque una parte de mi vida le respondería: "dale, mi amor, que tengas linda semana", y la otra le dice: "besos, Javi".

No estoy dispuesta a gastar más pólvora en ello. Puedo, debo y es lo mejor, la segunda respuesta.

5.

Mi programa y yo, hablamos. Está de vacaciones y me manda fotos de lo que anda haciendo.  Me alegra que la esté pasando bien.

-            Bueno, te dejo que sigas disfrutando – le digo, porque soy partidaria de que siempre hay tiempo para usar el celular en otro momento y que en los viajes uno vive.

-            No me jodés para nada – dice.

-            Tranquilo. Así, de paso, me extrañás un poco, tenés espacio – le digo, en broma.

Sí. Hago ese  tipo de chistes inofensivos, porque para mí el vínculo afectivo dá para eso.

-            Es que yo ya te extraño – me dice.

Y yo pienso que sí, que todo bien, que bárbaro, que la paso bien, que lo aprecio, pero que extrañar, anhelar, desear, es y no es esto que me pasa.

Cuando suena mi celu, con un mensaje nuevo, yo no deseo que sea de Javier. Tampoco deseo que sea de mi programa. No es que extraño a uno y cae el otro. No extraño a ninguno de los dos, siendo franca. Porque no se trata de los sentimientos, o de lo que uno siente, de lo que desea, de aquello que desborda. También hay una realidad y es correcto afrontarla, como lo que básicamente es, y no como me gustaría que fuera.   Todo esto se trata, en definitiva, de ser honesta con lo que siento, pero también empezar a alinearme con lo que sé que es mejor para mí.

Y lo mejor para mí, hoy en día, es experimentar sin apegarme demasiado a nadie. Deseo eso. Quiero eso. Es una búsqueda que estoy haciendo porque me siento lista para hacer eso. No sé si lo tendría que haber hecho a los veinte, pero sí sé que siento ganas de hacerlo ahora, a los 31. Que estoy en un buen momento con mi cuerpo, que me siento bien con cómo me veo, que me siento cómoda en mi piel, que me gusto cuando me miro en el espejo, y que sé que eso también es una forma de amor que no lastima a nadie, que no exige lo que en realidad uno no siente, y que en definitiva, es la base de todos los amores. 

miércoles, 21 de enero de 2026

Moralista Horacio

Hoy es otro día. Obviamente, anoche, me dormí agotada.

Un día atravesado por mil cosas: la casa, el trabajo, viajar a la oficina, los quilombos de la oficina, las sales y las mieles de mis sobrinos, mi hermana y mi madre en el mar; y después, las propias sales y mieles de mi programa presente, que persiste, y de Javier, que se pone más empalagoso que alfajor de dulce de leche artesanal en un llamado telefónico que había empezado bien sin estarlo.

Yo, de mi lado, soy un poco testigo, un poco protagonista de todas estas cosas. A veces, me retiro involuntariamente de las cosas, pero otras, las más, me retiro voluntariamente de las situaciones.  Atiendo la casa, me ocupo del trabajo, en el viaje a la oficina pienso en cosas, me alegra todo lo que tenga que ver con mis niñitos; pienso en las cuentas, el dinero, el fin de mes, qué si y qué no, y sin embargo, hay una voz en el teléfono que me cuesta digerir. "Dale amor", dice, y después, dale mi amor, y a mí se me traba algo, a la altura de la garganta.

Me choca eso de él, no sé por qué, pero me desubica.  Primero, pienso que se confundió, o que quizá se le escapó, o que le salió por costumbre, pero… qué costumbre, de qué costumbre hablamos, si nada es más lejano que eso para referirse a mí.

Después, pienso que se pone en canchero, pero para ponerse en canchero o lascivo, hace falta otro tono. Y ese tono, no lo está usando ahora. Javier no está siendo lascivo, al contrario. Quizá ese lugar para mí sería más fácil de ordenar, pero no va por ahí. Sé que me lo dice con algo que me suena a cariño, pero también, que es el mismo al que le cuesta mirarme cuando me ve, y al que dudo tanto en aconsejar, porque sé que en cinco minutos nos ponemos re tarados y que esa estupidez no lleva a ningún lado. Por teléfono, también nos ponemos tarados, cabe decir. Hablamos como dos adolescentes tontos, y cuando corto, no puedo evitar decirme: ¿qué estoy haciendo?

Es muy frustrante esto. Pensar que ser de una determinada manera con una persona con la que no podés serlo. Es como luchar todo el tiempo con vos mismo, para que elija sabiamente, para que se permita vivir, para que no siga esperando algo que no va a pasar.  Y cuesta mucho, la verdad, aunque sea lo correcto.

Respiro hondo. Vuelvo a ser la oficinista aparentemente preocupada por una licitación, un contrato, la factura de Juan o el recibo de Pepe. ¿Qué carajo me importa todo eso, en verdad?  ¿Qué le diría, yo, a fin de cuentas, si la vida se me estuviera acabando?  ¿Qué le contestaría si pudiera, si supiera, si no me daría miedo chocarme de nuevo con la pared de su cobardía? ¿Cómo se lo llama ahora? Javi. Javier, cuando hay que ponerse más firmes. Guacho, cuando me hace algo que me gusta, especialmente, para quejarme: "dale, qué guacho que sos".

Pero amor, no. Amor para mí es otra cosa.

Amor significa quedarse, estar, hacerse cargo. Y Javier es cero de todo eso. Es un hombre que vive a partir de las decisiones que pudo tomar, que no va a ir detrás de lo que desea, que no se la juega, que no patea el tablero. ¿Qué le diría? "Patealo, boludo, nos vamos a cagar muriendo sin poder vivir esto como debe ser". Y sin embargo, guardo un silencio que no es derrota, es más bien, aceptación de la realidad.

Javier no lo hará, porque no quiere, no le interesa o porque le dá miedo perder toda su seguridad, a la edad que tiene, para meter piletazo con una pendeja de 31 años. Él siempre me hace la misma broma: "cuando yo me separe, te voy a ir a buscar, y vos seguro vas a estar con otro". Y yo, le doy la misma respuesta: "¿por qué pensás eso?". Pero, la verdad, tiene razón al pensarlo.  Yo voy a estar con otro, porque Javier jamás va a estar conmigo, y no me quiero pasar la vida esperándolo. Porque en esa espera, me voy consigo, y consigo también, todas mis posibilidades. Y es muy injusto.  Algo que por mucho que pase, o haya pasado, no le puedo permitir.

Yo, la pendeja de 31 años, tampoco se lo voy a pedir, aunque a veces me dá la sensación de que está esperándolo… Porque, soy tan diferente. Yo prefiero que la vida se me vaya detrás de lo que quiero, aunque no lo logre, porque siento que así la vida va a ser mejor. Sin embargo, esto, esto que me interpela tanto, esto que me despierta tantas contradicciones, es a lo que no me animo a mirarle a la cara.

¿Qué hago si llego a ese extraño momento? 

Me da hasta miedo darme cuenta de lo que significa.  Sé que me liberaría decírselo todo, sé que me haría bien, sé que me impulsaría mirar hacia el futuro sin cargas, pero qué decirle. No puedo decirle "hacelo", para ver que pasa. No puedo ver que lo haga, ni ver no lo hace, no me puedo quedar a ver eso, no tengo corazón para decírselo, porque sé que me va a decir que no y porque para decirme algo distinto a ese no, debería ser otra persona, más valiente, más coherente, distinta a lo que es. Y tampoco puedo decirle nada, porque si me dice que sí, es un colapso patear ese tablero. 

Yo no podría ponerlo en esa situación jamás. Prefiero pensar que no me quiere, como lo supongo, y seguir. Pero su dulzura me incomoda. La anhelé tanto en otra epoca y hoy me parece robada. 

Escucharlo hablarme así, edulcorado... ¿Por qué? Eso pienso. Y es obvio.  ¿Por qué me dice mi amor, amor, y todo ese estado de cosas, si no es esa la posta? ¿Cuántas veces me imaginé, en otro momento de la vida, con otras intenciones, desde otros lugares, que Javier me dijera "dale, mi amor", como si nada? ¿Y si llegara a ser algo que le sale? ¿Qué vida triste, no? Morirse sin hacer nada. Sin decir a los gritos las verdades. Sin ser sinceros. 

Su dulzura, o más bien la revelación sin pudor de su dulzura, era algo que en otra vida hubiera encuadrado. En ésta, en ésta otra vida de 11 años después, yo sé que entre Javier y yo hay un silencio que opera como ordenador de todo.

  Él se contiene. Yo me contengo. Nos esquivamos. Y el único orden posible, es no vernos, ni hablar, ni tomar ningun tipo de contacto. Porque en todos los casos, aun en los que no hay nada sexual en medio, es tanta la atracción que se vuelve una tortura.  Javier me evita la mirada. Yo lo evito, lo trato normal, con distancia. Y cuando nos miramos, sonríe, me abraza, me da un beso todavía entre sus brazos y eso para mi es otro exceso. Estamos en la calle, a la vista de todos, ya no pasa solamente por estar a solas. 

Cada minuto en conjunto, es una transgresión.  

Él está con otra, sigue con otra, aunque me haya dicho que él ya sabe lo que tiene que hacer, que tiene que desarmar todo eso, que la tiene que dejar, pero que no lo hace para no lastimar a nadie. Me dá explicaciones que yo no lo pedí, porque acá no hay amor… Y al mismo tiempo, razones válidas. Que involucran la salud de alguien mas. ¿Y qué le digo yo? Dale, andá, atende el teléfono, responde ese mensaje, trata de darle la vuelta a esa relación. ¿Porque si le dijera dejá todo, y vení, qué? ¿Cómo viviría con eso sea lo que sea?

Prefiero resignarme. Va a ser mas fácil vivir con eso, que con más culpa.  Yo, estoy con otro también, ahora, en algo. Y por extraño que suene, ni quiero contárselo.  

lunes, 19 de enero de 2026

Amor

- Bueno, Javi. Espero que pronto puedas encaminar todo ¿si? 
- Sí, ojalá, estoy con una sal encima, terrible- me dice - Me canso de tener buena suerte y cosas lindas para contarte. 
- Es un placer escuchar tantas buenas noticias. Una oda al optimismo. Amo. 

Javier se tienta de risa y yo me rio. 

- No te voy a decir nada careta. Solo espero que sigas adelante, que todo se enderece... 

(...) 

- Me agarré un virus, con el agua, no sabes cómo estoy.
- Transparente, me imagino. Tenes que cuidarte. 
- Si, no sé qué fue. Pero me dejó de cama. Ni bien vuelva a la vida, te escribo, así nos vemos.

Suspiré. "Ni bien vuelva a la vida", dice, y Freud se haría una fiesta con nosotros. 

- Javi, yo asumí que estabas viviendo - lo burlé - vivito y coleando... 
- Noooo. Me pasa una atras de otra. 
- Bueno, a seguir remando entonces. No nos queda otra.  Es así. 
- No, ya lo sé. Estoy sin auto, también. 
- Oh, el niño SUBE - lo burlé, con cariño - ¿Te organizas bien para viajar? 
- Si, si. Es cansador. Pero yo voy re bien con la SUBE. 
- Ya sé. Ademas ahora podes validar carga, es mas fácil... 
- No sé que es eso. Yo cargo cuando tomo el tren. 
- Oh, pero tenes el NFC. Yo tengo. Vos seguro también. 
- No se, si este celular... 
- No. Debes tener. Buscá por las dudas. Te ahorra tiempo. 
- Sé lo que es, pero creo que no lo tengo... 

Me reĺ. 

  -Bueno. Lo que te sea nas fácil a vos. 
-  ¿Vos, cómo estás? 

(...) 

- Al final, no te sirvió de mucho lo que te dije - me comentó, burlón. 
- Tranqui. Gracias por tus apreciaciones. Lo importante son los chicos, mis gordos. 
- Si. Pero no tengas hijos, vos. 
- ¿Perdon? 
- Que no tengas hijos. Mejor si son de otros. 
- El me aconseja, me muero. 

Javier se rie. 

- Pero si... Es mejor que seas tía. Y que los lleves de viaje, disfruten... 
- Lo sé. Igual aunque no son míos, les daría el mundo. Los amo. 
- Ya sé que los amas, tia. Pero no tengas tuyos. 
- Sos tremendo.  Me voy a seguir trabajando. Qué larga la tarde, te juro. 

Javier se rió. Suspiró. Me hizo reír del otro lado del teléfono. 

- Dale, amor. Nos hablamos - me contestó y yo temblé. 

Se hizo un silencio de unos breves segundos. 
Algo se me bloqueó en la garganta. 

Amor. ¿Se confundió, lo dijo, lo pensó, se le escapó, me estaba cargando? 

- Te mando besos, cuidate, y que mejore esa suerte, por favor, chicos, dale, hace una limpieza de energía, mete algo... - le dije. 

Se rió. 

- Dale, mi amor. Yo también, gracias - insistió. 

<<No. No se le escapó. Qué dice, Dios, este hombre >>, pensé. 

- Un besito, Javi, buen regreso a casa  - le dije. 
- Graciasss. Besitos, chau chau - me respondió edulcorado. 

Antes de salir de la sala de reuniones vacía de la corpo, inspiré hondo. Puse mi mejor cara de nada y enfrenté la realidad. 

En paralelo, mi programa sigue en pie. He decidido vivir mi vida. No esperar mas. Asumir esto como una batalla que no daré. Tampoco, contra las palabras... 

Pero el amor, esa palabra... 

viernes, 16 de enero de 2026

Por suerte

 Por suerte, a Javier no lo ví más.  No lo crucé por el barrio, no me escribió, yo no le escribí y continuó mirándome cosas en redes, pero nada serio. 

Por suerte, también, la semana pasó. Fue la semana de entrega de impuestos, al Contador bobo, de la corpo. Qué mal que me cae este pibe, realmente.  Es una persona vacía y mas alla de todo, un mal compañero.  Se la pasa haciendo tiempo, y cuando hay que pasarle algo, te lo exige como si fuera el fin del mundo. Adicionalmente, me quiso mentir con el vencimiento de los impuestos, yo lo atrapé en ello, me interrumpió en una reunión para consultar a ver cuando se los iba a tener y básicamente lo único que tiene que hacer es cruzar mi control con el suyo. Y se queja. Pero ¿qué culpa tengo yo de que no le guste laburar? 

Por suerte, ayer vi en un plan que salió de la nada a mis dos sobrinos. 

Por suerte, hoy avancé un poco con una asesoría que estoy haciendo. Y por suerte, cuando encuentro un poco de paz, y casualidad o no cuanto menos sé de Javier, más me conecto conmigo, disfruto, vivo en paz. 

Por otro lado, el programa que me ofreció un programa, sigue en pie. Es otra propuesta, obvio. Implica poner mas que el cuerpo, conectarme con una vulnerabilidad que hace mucho no retomo... Y lo principal: dejar de pensar las cuestiones sexuales como un resorte o mecanismo, y mas bien, retomar la idea que yo tuve muchos años respecto al sexo como dulzura, cariño, disfrute, experiencia, conexión. Sucede, sin embargo, que con Javier físicamente se abrió una puerta en mí que antes no estaba. Y es la de una intensidad distinta, que vere si obedece a un orden nuevo, con otras personas, en otros programas. Es decir, si me puedo sentir así de bien, con otras personas que no me traigan consigo los misterios, las dudas, la culpa y las ausencias extrañas que me trae Javier.  

Es curioso pero para mí, pasaron varias cosas desde la ultima vez que nos acostamos. Me quedó lejos. Y eso es algo con lo que él solía molestarse,  porque me decía: "claro, ella ni se acuerda cuándo se acostó con el viejo, pero el viejo". Y no, tampoco es que sea así. Yo simplemente me olvido, lo dejo pasar, porque no es vida acordarme todo el tiempo de algo que no puedo tener.  Que me hace sentir mal, pero que deseo tanto cuando sucede. Y que hago todo para no generar, que me cuesta evitar, que si lo puedo evitar lo evito. No, no es que me olvido porque no me interesa. Al contrario. Me olvido para desinteresarme y enfocarme en la vida que sí puedo vivir. 

Cuando hablamos con Javier la semana pasada por mi cumple, me recomendó lugares para que fuera de vacaciones. Curiosamente, son los mismos lugares a los que va con ella. Yo lo miro, asiento, le digo que vere si en algún momento puedo. Él me dice: ¿asi que no conoces XXX? Y yo muy sincera le digo que no, con la certeza de quien tiene la convicción de querer ser feliz.  Con o sin viajes. Con o sin novio. Con o sin nada. Pero manteniéndose lo mas lejos que se pueda de la gente que nos aleja también.  

He de decir que este proceso, esta siendo fácil dentro de todo. Y ojala lo sea asi para siempre. Ojala Javier y yo no nos veamos más, porque el no me puede mirar a la cara sin derretirse y yo lo entiendo enormemente cuando me explicaba que él se alejaba de mi para separar.  

Principalmente, porque estoy haciendo lo mismo. Y sé que es lo mejor para todos. No estamos en un momento dlnde ninguno de los dos necesite mas problemas. Y yo, por lo menos, bajo el perfil a cero para no tenerlos. 

Solo quien estuviera un segundo dentro mio en esa situación, comprendería la conmoción a la que me refiero. 

martes, 13 de enero de 2026

Secuencias

 Saliendo de una reunión en la oficina y juntando mis cosas para irme, mis compañeras mencionan al dueño de una empresa. 

Casualmente, el tipo tiene el mismo apellido que Javier y se ponen a hablar de ese apellido, bastante peculiar, desglosando su etimología.  

Yo miro todo sin participar, asumiendo la coincidencia como lo que es, una casualidad, y salgo de la sala pensando en otra cosa, a saber, si habrá mucha gente para tomar el colectivo de regreso a Provincia o no.  

Abandono Puerto Madero con paciencia, cuando un rato después, me subo al colectivo. Me subo y de inmediato se me sienta al lado un chico asi que me acomodo mejor, para no aplastarlo con mi mochila. De pronto, lo veo.

Lleva en la cara principal del muslo, debajo de la línea inferior del short, un nombre tatuado con letras gigantes. Ese nombre es Javier.  

Sí. Su apellido y su nombre en menos de 30 minutos.  Y una que a veces siente que nada en coincidencias inofensivas. Pero ¿qué tienen de inocentes si lo terminan trayendo a la memoria? 

II. 

Hace un mes que nos vemos a solas con Javier. Lo vi para mi cumpleaños, y francamente, me llamó la atención cómo le costaba mirarme a los ojos, a la cara. Noté que estaba haciendo fuerza para evitarlo, pero tampoco le dije nada. 

¿Qué hacés cuando alguien no te puede mirar porque se le complica y vos ves que se le complica de verdad? ¿Y si a vos también se te complica? 

Cuando nos cruzamos de casualidad el día de mi cumpleaños, ademas de que noto que le cuesta mirarme, también percibo el cambio en el semblante de Javier, cuando me mira directamente a los ojos para saludarme. 

Es instantáneo.

 Javier se ablanda y me sonríe, me mira unos segundos como si fuera espectacular y sacude la cabeza mordiéndose los labios. Se acerca, me abraza mas de la cuenta y me dá besos en la mejilla mientras me mantiene apretada entre sus brazos y me susurra cosas.  

Después de eso, sí me mira más fácilmente, cabe decir. Yo me puse un poco mas inquieta por su gesto y me quiero alejar. No porque no me guste, sino, porque lo comprendo y ambos sabemos que lo mejor es no abrazarnos en ámbitos públicos asi, ni en privados. 

En los ámbitos públicos, no es bueno demostrar confianza y familiaridad. En los ámbitos privados, si nos abrazamos así, terminamos teniendo sexo. 

Se lo nota: mas alla de todo, Javier trata de mantener la compostura. Y yo, hago lo mismo. El se acomoda el pelo, la barba, se toca los hombros.  Es como si intentara regularse físicamente, mientras intenta tener el menos contacto visual posible. 

Yo, que al principio me puse nerviosa, ya estoy mas tranquila. O eso intento. Trato de fluir en la charla, aunque me quedo sin palabras. Es ley: yo me pongo nerviosa y automáticamente me guardo las palabras. Me protejo con eso, porque no controlo del todo lo que digo cuando me siento así.  

Ese dia, la semana pasada, cuando cada uno se separa para ir a su casa, su vida, acepto la realidad con toda su contundente manera.  

Inclusive, con sus coincidencias absurdas.