1.
Julio 2024
- Sí que eras chica, antes – me dijo Javier, un día, cuando nos acostamos por segunda vez, después de muchos años de espera.
Me acuerdo haberlo mirado, haberme sonreído y haberle tirado una media. Él me miraba, desde la cama, todavía a medio vestir, con el vendaje de una operación que no cicatrizaba por entonces. Una herida. Algunos puntos.
- Seguramente, aaaantes, pensabas que usaba ropa interior con corazones, vos.
- No seas hija de tu madre. Eras chica, es verdad.
- Para vos, sí.
Javier me miró, de arriba hacia abajo, con pericia. Yo, empezaba a vestirme.
- Ahora por lo menos vas a saber el color de mi ropa interior – dije y sonreí.
- Dios mío – dijo, pensativo – Puta madre, este pantalón …
- Vení
- No, puedo solo.
- Dale, Javi. Agarrate de mi.
- Pero yo puedo.
- Obvio que podés, pero yo te ayudo.
- Bueno, pero…
- Shhh. Tranquilo. Derechito, a ver, que si no te voy a dejar algo afuera…
Me reí y Javier me miró, sonriéndome, como si a mi sola se me ocurrieran esos chistes para hacerlo reír en un momento como ese.
Antes de despegarme, me mostró la cicatriz de la muñeca.
- ¿Ves? Acá, me dieron los puntos.
Apoyé mi mano sobre el lugar, le acaricié la costura, y parte del brazo.
- ¿Te duele ahora? – pregunté.
- Un poco, pero no es por vos. Me tocan ya los analgésicos.
- ¿Y vos decís que no te hizo mal estar conmigo?
- No. Esta semana visito al cirujano. Ahí me va a ver, yo le cuento, no te preocupes.
- Decile: "doctor, me quería arrancar todo, ella me decía que no" – le dije, en broma. Javier se carcajeó.
- No, no te preocupes. Es parte de la recuperación todo esto.
- ¿Ah si? ¿Te recuperás así, vos?
- Sí, me recupero así. Es un gran gran postoperatorio.
- Miralo al tipo, lo que cambió con los años – musité.
Miré a Javier con cierta distancia. En perspectiva. Realmente, ni en mis sueños más locos, cuando era más joven, hubiera imaginado algo así.
2.
Septiembre 2024
- Tengo un mensaje – dijo y me miró, dejando el celular a un lado – Después le respondo.
Era ella.
- Javi, atendé.
- No, después…
- No pasa nada, responde, yo ahora me voy.
Javier se rascó la barba y me miró. Negó con la cabeza.
- No, vos tranquila. No salgas corriendo de acá. Más tarde le contesto.
- Yo por vos, que no la pases mal por esto – dije – Para que seas prolijo.
- Sí, ya lo sé, pero, vos no te preocupes. Yo sé que cometo muchos errores, pero – suspiró, y se rascó la cabeza.
- ¿Por qué?
- Porque yo te hincho las bolas. Me pongo muy pesado, a veces, con vos. Te molesto, quiero que me des bola. Y yo sé que no estoy haciendo bien las cosas con vos, lo sé, te lo juro.
- Y… - me reí – bueno, pero como siempre te dije, y te lo digo de nuevo: se puede elegir volver al camino correcto. Nosotros dos tenemos que ponernos las pilas y no vernos más.
- Sí, ya sé lo que tenemos que hacer, pero no puedo.
- Y vos sabés además que yo jamás te voy a mandar al frente. Vos podés elegir simplemente hacer las cosas bien, y yo voy a acompañar. A mi también me cuesta.
- Sí, pero no puedo hacerlo... Pienso en escribirte todo el tiempo, te quiero ver, me quiero acostar con vos. Y yo sé que no lo puedo hacer, porque yo tengo una relación, y siempre se me escapa algo con vos. Me contengo para no llamarte, porque si fuera por mi, yo te llamo todos los días.
- ¿Vos tenés ganas de coger tooodos los días? – lo burlé, con cariño.
Se rió.
- Yo te llamaría siempre, ¿vos qué te pensás? Casi siempre, me freno. Porque yo sé, entendés, yo sé que si pongo una mano en el teléfono, te llamo. Y no puede ser.
- ¿Por qué?
- Porque tengo una relación, yo. Y no puedo querer llamarte todo el tiempo para hacer cualquiera.
- Y sí, pero ¿en qué cambia hacerlo una vez o todo el tiempo? ¿No entendés?
Suspiré.
- Javi - me aguanté – lo que nosotros tenemos que hacer, es no tener contacto. Ni vernos, ni llamarnos, ni juntarnos porque sabemos cómo termina. Y si no sabemos, y nos tomamos un vino, también a ésta altura es complicársela. Nosotros vamos a ser vecinos durante algún tiempo más.
- ¿Cómo? ¿Te vas a mudar, ya?
- No ya. Pero sí en algún momento.
- ¿Y qué, te querés ir lejos?
- No importa eso. A lo que voy, es a lo siguiente: vos tenés muchas otras vecinas del barrio, y tratás con ellas. Las saludás normalmente cuando salís a sacar la basura, las tratás bien, no te ponés todo nervioso. ¿O no?
Sonrió.
- Sí. Tengo vecinas.
- Bueno, entonces, conmigo es más o menos lo mismo. Si nos llegamos a cruzar, nos saludamos bien, hola, hola, y listo. Antes de que se nos complique, nos separamos, y cada uno a su casa. ¿Si?
- No.
Me carcajeé.
- ¿Cómo que no, boludo? ¡Sí, me tenías que decir que sí!
- Es que no, es no. Porque yo no puedo hacer eso. Yo te veo a vos, y no te puedo saludar como saludo al resto de mis vecinos ¿entendés?
- Pero ¿por qué? O sea, no nos vamos a tratar mal, eh.
- Porque yo cuando veo a mis vecinas no es lo mismo.
- Ay, Javier, la puta madre – me quejé.
- Es que yo te veo a vos, y te quiero hacer el amor todo el tiempo, todo el tiempo… ¿Qué querés que te diga? Eso es lo que me pasa. Te veo y te quiero abrazar, sacarte toda la ropa y vos no te imaginás lo que yo me contengo para no hacer nada de todo lo que haría.
Me quedé callada.
- ¿Y vos qué te pensás que me pasa a mi?
Javier me sonrió.
- En serio, boludo, yo te lo digo de onda. A mi me re contra cuesta contenerme, decirte que no, que pienses. ¿Vos qué te pensás, que yo no hago nada porque no quiero? También me contengo.
- ¿Te contenés?
- Pero más vale, Javi. Por algo jamás te vine a tocar la puerta de tu casa para pedirte cosas…
Javier me miró sorprendido.
- ¿Querías venir?
- Javier, mirá, nosotros nos conocemos hace muchos años, y más de una vez quise tocarte el timbre, envuelta en lencería de encaje, porque vos también tirás, tirás, tirás, y llega un momento donde uno se cansa de hacerse el tonto– le espeté, con sorna – y me aguanté, y no lo hice. Y no porque no sepa hacerlo.
- ¿Lencería de encaje? No sabía.
- Sí, Javi. Hay un montón de cosas de mí que vos no conocés. Yo no hago nada porque siento que no corresponde, y me re cuesta, pero no porque no quiero, ni porque no sepa.
Javier asintió.
- O sea que ¿te estás guardando cosas?
- Sí.
- No te guardes cosas… no seas tacaña - me sonrió.
- Pilas, Javi, no seas sonso.
Suspiró.
- ¿Qué, entonces, no te puedo escribir?
Lo miré y revoleé los ojos.
- No, lo mejor para vos es que no me escribas. Dame paz, dale.
- No puedo.
- ¿Qué, no puedo y no puedo?
- Es que no puedo, no me sale, siempre algo se me escapa con vos. No lo puedo manejar. Vos sabés que yo te voy a escribir.
- Bueno, en 2030, mándame un mensajito de texto. Yo no te respondo. ¿Dale?
- Nooooo, dale, no seas guacha.
- Vos sabés que no soy mala. O sea, reprochame todo, pero mala…
- No te reprocho nada… Yo ya sé toooodo, todooo se…
- ¿Me abrís que está viniendo el uber, superado?
Javier se rió, y me siguió detrás, para abrirme la puerta.
- Me hubieras dicho que te lleve, así andás pidiendo auto…
- No hace falta, gracias. Portate bien.
- Dale. Te escribo.
- No te voy a contestar.
- Dale, guacha.
- En 2030.
- Chaaaau. Te escribo.
- Chau, Javi, chau, buena semana. Que sigas bien.
3.
Enero 2026
- ¿Vos, cómo andás, Javi?
-Mal, no sé. Me están pasando miles de cosas. El finde, de velorio. Vengo hace días descompuesto, pero mal. No, si no sabés cómo estoy… Una atrás de la otra, no paro de darte buenas noticias…
- Sí, es un placer escucharte – se rió, del otro lado del teléfono – Te voy a escribir una Oda, Oda a la alegría – lo burlé.
Se carcajeó.
- ¿Y vos, mhh? – me preguntó – Tus sobrinos bien, por lo que veo, pero ¿todo lo demás?
- Bien, bien. Acá estoy en la corpo, obvio, todo muy correcto, viste – ironicé.
- Ay, ella, y la corpo, siempre con toda esa gente concheta. ¿Te vas a ir a Miami?
Nos reímos.
- No seas sonso. Acá ando – dije, y continué dándole detalles.
Conversamos un rato más, de temas variados. Nada comprometedor. Hasta que Javier suspiró, y todavía con un tono dulce, dijo:
- Escuchame - dijo, más dulcemente – Ni bien vuelva a la vida, nos encontramos… - dice y hace un silencio.
Ese silencio es una declaración de deseo. No sé si soy yo, o los dos, pero me estoy acordando de todo lo que sabemos hacer cuando nos encontramos.
- ¿Cómo cuando vuelva a la vida? – lo burlé -
- Sí, pero estoy… saliendo de este virus horrible…
- No, ya sé. Yo te hacía vivito y coleando, asumí que estabas viviendo…
- Noooo, qué voy estar viviendo, si me pasa una atrás de otra.
- Dale, dale ,más material para la Oda, dale – lo burlé.
Javier se rió a carcajadas. Charlamos unos minutos más.
- Sos tremendo – suspiré y recuperé parte de la entereza - Bueno, me voy a seguir trabajando. Qué larga la tarde, te juro – le confesé.
Javier hizo un ruido, y luego suspiró. Parecía que se derretía del otro lado.
- Dale, amor. Nos hablamos ¿dale? ¿Eh? – me preguntó.
Me paralizo por el sobrenombre, no entiendo si se le escapó, o si lo está diciendo sabiendo a quién.
- Te mando un beso, cuídate. Que mejore la suerte - le digo, como si estuviera hablando con un amigo.
- Dale, mi amor. Vos también, cuídate. Gracias – me dice, y se percibe una dulzura en su voz que, realmente, me sorprende.
¿De cuándo a Javier le pinta este trato de chamuyero indomable, si no va por ahí?
- Beso, Javi.
- Chauu. Chau, besitos besitos – dice.
4.
Enero 2026
Nos encontramos de casualidad en el supermercado. A la salida, caminando juntos las cuadras hasta el punto donde los caminos se bifurcan, miro a Javier. Él no me puede ni mirar, y yo no entiendo por qué. Sé que no hice nada malo, sé que no soy el centro del universo, así que me digo que no todo lo podré entender. Creo que se está conteniendo, y lo acompaño en su decisión, mostrando una postura cordial, pero muy respetuosa.
Hablamos de nuestras familias, del trabajo, y como ese mismo día en mi cumpleaños, me pregunta detalles del festejo, de lo que hice en el día, de lo que voy a hacer.
Hasta que le estoy contando, y ya estamos cerrando la charla, cuando Javier finalmente me mira. Me mira, me sonríe como si lo pudiera, y aún mismo estemos ciertamente expuestos, se acerca, me abraza pegándome a su cuerpo, y sin soltarme, me da besos en la mejilla. Al oído, me susurra cosas. Su tono vuelve a ser cariñoso, pero tan íntimo, que ese impulso acompañado de su palabras, me turba bastante.
A mí se me complica muchísimo disimular. Javier también se pone nervioso. El contacto y la cercanía de un saludo que debería haber moderado, nos ponen en un estado de turbación propio de un adolescente que no sabe controlar sus impulsos o sus gestos.
Cada uno se va a su casa, despidiéndose cordialmente, tratando de hacer lo posible por separarse, dejar de hacerse preguntas, dejar de intentar estirar esa casualidad hasta lo último.
Vuelvo a mi casa creyendo al 100% en que existen los amores imposibles y que, en ciertos casos, lo mejor es lo más difícil de hacer.
Días después, por teléfono, me dice "mi amor", y siento que todo es más difícil, porque una parte de mi vida le respondería: "dale, mi amor, que tengas linda semana", y la otra le dice: "besos, Javi".
No estoy dispuesta a gastar más pólvora en ello. Puedo, debo y es lo mejor, la segunda respuesta.
5.
Mi programa y yo, hablamos. Está de vacaciones y me manda fotos de lo que anda haciendo. Me alegra que la esté pasando bien.
- Bueno, te dejo que sigas disfrutando – le digo, porque soy partidaria de que siempre hay tiempo para usar el celular en otro momento y que en los viajes uno vive.
- No me jodés para nada – dice.
- Tranquilo. Así, de paso, me extrañás un poco, tenés espacio – le digo, en broma.
Sí. Hago ese tipo de chistes inofensivos, porque para mí el vínculo afectivo dá para eso.
- Es que yo ya te extraño – me dice.
Y yo pienso que sí, que todo bien, que bárbaro, que la paso bien, que lo aprecio, pero que extrañar, anhelar, desear, es y no es esto que me pasa.
Cuando suena mi celu, con un mensaje nuevo, yo no deseo que sea de Javier. Tampoco deseo que sea de mi programa. No es que extraño a uno y cae el otro. No extraño a ninguno de los dos, siendo franca. Porque no se trata de los sentimientos, o de lo que uno siente, de lo que desea, de aquello que desborda. También hay una realidad y es correcto afrontarla, como lo que básicamente es, y no como me gustaría que fuera. Todo esto se trata, en definitiva, de ser honesta con lo que siento, pero también empezar a alinearme con lo que sé que es mejor para mí.
Y lo mejor para mí, hoy en día, es experimentar sin apegarme demasiado a nadie. Deseo eso. Quiero eso. Es una búsqueda que estoy haciendo porque me siento lista para hacer eso. No sé si lo tendría que haber hecho a los veinte, pero sí sé que siento ganas de hacerlo ahora, a los 31. Que estoy en un buen momento con mi cuerpo, que me siento bien con cómo me veo, que me siento cómoda en mi piel, que me gusto cuando me miro en el espejo, y que sé que eso también es una forma de amor que no lastima a nadie, que no exige lo que en realidad uno no siente, y que en definitiva, es la base de todos los amores.