domingo, 30 de septiembre de 2018

Agotada

El cansancio mental que tengo equivale a decir que hace casi una semana que estoy preparando un parcial de forma casi ininterrumpida. Doce textos, sí, pero con una intensidad variada y, la cátedra, por su parte, con una mala organización pocas veces vista en varios años de Facultad.  

A la calle salí el lunes pasado y un ratito el jueves para comprar mi shampoo - una especie de terapia -, lo cual implica que sea más que comprensible mi estado. Especialmente durante todo este fin de semana, me la pasé estudiando desde que amanecí hasta que cené, sin descanso. 

En la tarde hoy ya me sentía bastante encerrada aunque después me hice unos mates, me tomé unos minutos de recreo y retorné a la rutina. 

Ojalá todo valga la pena. 

El parcial es mañana al atardecer. 

II 

¿Lo bueno? 

Cuando vuelva, no voy a tener la presión que tengo hoy, aunque me tenga que poner a leer cinco artículos teóricos, una novela, un juego enorme de fotocopias y otra nouvelle... para ya. 

En días así, a veces, no puedo evitar pensar: "ojalá todo esto algún día valga la pena". 

Después se me pasa, y pienso: "sé que esto, algún día, va a valer la pena". 

sábado, 29 de septiembre de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: Misiva

I

Yo no le dije: "hacete cargo, cagón", sino, más bien, le dije algo que según la base de datos, decía más o menos así:

 " Hay algo que, de tenerte en frente, no puedo decirte con tanta claridad y es que no tengas miedo ni de mi, ni de vos mismo. Aunque suene trillado, sé que sos una buena persona. Sé que tendría que poder darte razones, justificaciones, pero no me salen las palabras. ¿Sabés? Es como si no pudiera  explicar cómo lo sé, pero sí, lo que sé; sos un tipo bueno, un buen hombre. Desde que nos conocimos, y en especial ahora, hiciste cosas buenas por mí, pese a que también metiste mucho la pata. Más de una vez, durante todo este tiempo, fui poniendo  todo en la balanza y es justo que sepas que yo elijo quedarme con lo bueno... Porque todo lo bueno, no te das una idea, del valor que tiene para mí y de cuánto te lo agradezco. ¿Se podrá agradecerle al otro por estas cosas, dirás vos? Yo creo que sí.  Si estoy escribiendo esta carta como una estúpida y si me muero de miedo por dártela y que la leas y que veas cómo te la decoré meticulosamente - llena de detalles para vos, con tus colores favoritos, etc - es sólo es para dejarte en claro que vos no tenés que sentirte mal por nada, porque sos una persona increíble que, siempre, desde el primer día, se comportó genial. No hay motivo, ni cuestión posible, a través de la que puedas sentir culpa. ¿Culpa, de qué? No hay culpables en la vida, pero sí, hay responsables. Tené en cuenta que esa es una cuestión que iremos repartiendo, algo que se lleva por mitades, algo en lo que entran dos. No hay culpas, sino, posibilidades de asumir nuestra responsabilidad y de hacernos cargo.  Lo dije hace unos meses y te lo repito ahora: siempre que considere que estoy haciendo lo que corresponde, iré dispuesta a afrontar las cosas. Vos dirás que estoy loca - como me decís siempre -, pero en esta línea, lo que tengo por hacer es pedirte disculpas por (...). Te las re debo, de verdad, creo que no justificaba ni la mitad de mi reacción. Sé que la otra vez te hablé muy mal... Sé que saqué los dientes, de nuevo, borrando con el codo lo de las manos... Así que te pido perdón por eso. Hoy, más centrada, y más permeable, sé que me estabas haciendo una broma y sé que es tu manera, tu estrategia, que no es malo, que no por eso me estás "viendo la cara".  Te confieso que recién ahora, sí, ahora, con vos y tu fascinación por pincharme, yo estoy acostumbrándome a que me carguen sin que me moleste de verdad. Te puede sorprender pero sos de las pocas personas a quien le festejo los chistes malos (...)  
Te agradezco, mucho, todo. En especial, el tratarme con tanta paciencia y tanto respeto en cualquier situación donde estemos, frente a cualquier cosa o persona. Ojalá que esto te quede grabado a fuego: gracias por tu infinito respeto, por bancarme siempre, por aceptar que sea como soy, y por jamás enojarte conmigo.  Te podría decir muchas cosas que no entiendo o no comparto con vos, pero nada de eso se compara con la gratitud porque seas así como sos conmigo. Gracias por bancar que me meta para adentro, sin enojarte, sin dejar de ponerme esa cara de bueno. Gracias por todo lo que hacés por mi,  porque quizá otra persona no lo llene de significado, pero para mí es importante. Gracias por el cafecito rico que me hacés, por tu humor, por calentarme los pies... jaja.  Te habrás dado cuenta, ya a esta altura del partido y de la carta, que si bien quiero a pocas personas, con vos todo es distinto... Te adoro. Y creo que lo mejor que puedo hacer para que te hagas a la idea, es hacerte saber de alguna manera que yo veo tus gestos, y los aprecio, y tienen peso y un valor inestimable para mí. ¿Si me cuesta decírtelo, de movida? Me cuesta mucho y, por eso, quería hacer el intento en esta nueva entrega de " hoy te canto las cuarenta".  
Te va a parecer mentira que te lo diga, considerando que estudio Letras, pero me empezaron a faltar las palabras. No sé qué podría llegar a representar todo lo que quisiera decirte, por lo que, antes de que te infartes, paso a resumir... Vos, ***, sos una persona muy valiosa, a quien estoy feliz de haber podido conocer. Realmente espero que me disculpes la metida de pata, el momento incómodo que pude haberte hecho pasar. Sé que puede parecer re dramático el planteo, pero honestamente, no me importa. En el fondo, quiero que leas esto, porque si no, no lo estaría escribiendo ni decorando... Y quiero pedirte disculpas y quiero que sepas que, más allá de todo lo que pueda pasar entre nosotros de bueno y de malo; inclusive más allá del tiempo que pase, siempre vas a poder contar conmigo. Probablemente no pueda compensarte del lado de la experiencia, pero siempre vas a poder contar con mi mirada sobre las cosas, con lo que sea mejor para vos, de todo corazón. Siempre voy a estar ahí para vos, si es que me necesitás. No lo dudes, nunca, y en especial, no lo dudes en relación a las cosas que puedan suceder de acá en adelante. Siempre lo que sea que necesites de mi lado, va a estar al margen de todo. Pase lo que pase vas a poder contar conmigo si en algún momento de tu vida lo necesitás.  Desde mi lugar, te aseguro que el mea culpa está completísimo y de alguna manera estoy buscando poder solucionar las cosas con la marea un poco más aquietada y con los filtros más agudos para distinguir broma y verdad. Pero, desde tu lugar, entiendo que quizá vos estés chinchudo porque reaccioné mal y entiendo si no me querés ni ver a partir de ahora.  Lo importante es que leas esto, lo sepas y nadie se quede con un ovillo en la garganta.  
Seguramente, casi estoy del todo segura, que habrás terminado ésta carta y pensarás que te muerdo, pero ¿es despacito, o no? No me leas nunca y desde ya, en caso de notar un error, entendé que, si llego a leer de nuevo todo lo que te escribí, jamás te llegaría.   Guardé la pistola por un ratito, y no quiero ni pensar en lo cursi que es todo esto... Solo quiero que lo sepas, y eso va por encima de toda mi asquerosidad...   
Nos vemos en breve.   Te mando muchos muchos besos, hincha (pelotas) de ***

II 

Ese día, bajé de su auto y le dejé la notita en el asiento que ocupaba yo. Contenía estas palabras y otras más. Me gustaría decir si la tiró o no, si la perdió o la escondió, pero nunca supe qué destino tuvo. Ojalá no haya sido la basura... Ojalá. 

jueves, 27 de septiembre de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: Vulnerables

Cuando nos conocimos, allá por mediados del año 2013, yo tenía dieciocho años. Todo comenzó como una cuestión de camaradería, por lo que no había ninguna justificación clara ni evidente que me llevara a pensar el rumbo que irían a tomar los acontecimientos. 

Si bien muchas pero muchas veces he hablado sobre cómo nos conocimos, mientras más tiempo transcurre, ese momento menos encaja en el correlato de lo que puede considerarse un hecho lógico, algo esperable en el diagrama de mi vida.  Al contrario. Por ningún lado podría haberse previsto ese desbarranco en mi existencia meses antes.  Tampoco había sido  mi anhelo o deseo solapado lograr un vínculo de esta clase con un hombre tan mayor porque, francamente, no tenía puesta allí la mirada.  Sin embargo, tal como su llegada fue un impacto, también lo fue su permanencia.

II

Creo que hasta el día de hoy todavía considero que hubo algo que me impactó muchísimo, y que probablemente nunca pude expresar con detalle, por haberlo podido asimilar  sólo con el paso del tiempo: fue la primera vez que un hombre me habló sobre el futuro y la idea me pareció bonita, pero al mismo tiempo, tan nueva...

 Todavía lo recuerdo, sentado como estaba, con la cabeza baja. Parecía que le estaba hablando a sus piernas, pero en realidad, estábamos hablando de cosas que trascendían el cuerpo concreto y se metían, inclusive, en los interlineados del alma. Recuerdo cómo argumentaba, racionalmente al menos, con cuestiones lógicas y comprobables referidas a la diferencia de edad y creo que, me planteó el asunto de tantas maneras que, si volvería a ocurrirme lo mismo con otro hombre, estaría en condiciones de rebatir todos pero todos los argumentos que se le ocurrieran; después de haber pasado por esa otra experiencia de desprejuciarlo permanentemente.  Me acuerdo, sí, todavía me acuerdo cómo argumentaba desde su tiempo, desde su historia y desde el saber popular respecto a las relaciones con amplia diferencia de edad. Y yo lo escuchaba, y asentía, calma, porque me había imaginado muchas veces esa charla y también había pensado, relativamente, en mis propias razones. Y Él me decía: "Imaginate, que a mi edad, Veinte... " con un tono hiper concienzudo. Y yo, lo escuchaba.

 Lejos de ser aquéllo un capricho, o una cargada, por entonces esperaba que formulase toda su perspectiva para, acto seguido, poder explayarme en mis propios argumentos o en realidad en mis propios contra-argumentos.  

- ¿Vos no te pusiste a pensar que yo soy mucho más grande? - me preguntó. 

Asentí, con la cabeza, haciéndole un gesto simpático que resaltase la obviedad de la pregunta. Una diferencia de veintitrés años de edad, mirado desde cualquier punto de vista, resultaba imposible de disimular. 

- Está a la vista... De hecho, no hace falta pensar mucho - expuse, señalándonos.  

Mofó y sacudió la cabeza con una sonrisa tierna y revoleando los ojos, por mi forma de contestarle. 

- Bueno, pero... - dudó, en el abordaje - Es complicadísimo esto, es muy difícil. 
- Eso es  un poco cierto y un poquito no... Medio punto tenés - asentí.

Me miró, como si no esperaba que se lo reconociera, confundiendo mi convicción con un capricho.

- Nunca me pasó una cosa así ¿sabés? - me miraría buscando algo de compasión - Toda mi vida tuve tantos prejuicios... - murmuró, frotándose la cara, como si ahora sus antiguas creencias le dieran vergüenza en relación a sus acciones - Y  ahora, a esta altura del partido, es una locura. ¿No te parece una locura, de verdad? De verdad te lo pregunto... ¿No te parece una locura? - buscaría mis ojos de nuevo - Te lo dije mil veces pero, con vos no puedo pensar, vos no me dejás pensar a mí. 

A la espera de que expresara su angustia, que le fuera buscando palabras diferentes, matices y lugares comunes a ese miedo de pretender algo distinto, dejé que se desahogara.  Recordé, con cautela, que el ser distinto duele mucho y que se debe pagar el precio, así que fuí con delicadeza a ver qué pasaba allí, donde le ardía y el mandato social lo estaba molestando. 

- ¿Estás asustado, no? - pregunté, en voz muy suave, acercándome un poco.

Asintió con la cabeza. Sonreí fugazmente para darle ánimos, para que supiera que no pasaba nada imposiblemente grave, aún mismo, el miedo le destruyera la vida a las personas si no se lo parara a tiempo. 

- Sí, no sé... - suspiró - Es una locura todo esto.
- No es malo tener miedo... A veces, en la vida, uno no puede evitar sentir miedo.
- ¿Vos tenés miedo? - preguntó.

Me encogí de hombros.

- Sí, soy una persona igual que vos - me reí.
- Pero vos sos muy valiente - resaltó.
- No creas... - le confesé - Con vos fui valiente, pero fue todo un proceso...
- ¿No te parece una locura que esté pasando todo esto? 
- Posiblemente si lo mirás con los ojos del prejuicio o de la estética, capaz que sí te parece...  - medité - ¿Cuáles son tus prejuicios sobre el tema? Contame. También me interesa mucho conocer tu punto de vista, que me cuentes cuáles son. ¿De qué me voy a espantar yo, ***?

Sonreiría levemente, aunque enseguida primaría la mueca extraña, de fuerte vacilación.

- Es muy complicado. Vos imaginate, ponete a pensarlo dos segundos nada mas, es impresionante esto - me dijo - Porque vos sos re jovencita y yo soy un tipo re grande ,Veinte, es... un desastre.

- ¿Te puedo preguntar algo?
- Sí, lo que vos quieras - admitió. 

- ¿A qué le tenés tanto miedo? -  mientras lo escuchaba defenderse de mí, como si lo agrediera con algo pesado, denso, problemático y vomitivo, pude percibir que le tenía miedo a algo que, inclusive, iba más allá de mi situación y mi estancia en su casa. 

Me miró, fijamente, como si le hubiera tocado una fibra interna muy sensible. Lo miré, entonces, esperando que pudiera poner o no en palabras ese sentimiento. Interpreté que el miedo existía, a través de ese intercambio cargado de sentido. Acerca del pavor que experimentaba no me quedó nunca ninguna duda, en medio de tantas. ¿Qué iba a hacer con su miedo? 

- No sé, sinceramente, no sé ... - me dijo - Estoy confundido. Muy confundido. Es difícil vivir así. 
- Ya me quedé sin herramientas para demostrarte que no tenés que tener miedo de mí - le dije, en voz baja. 
- Yo no te tengo miedo, no, vos no me das miedo... - susurró, acercándose un poco más a mi cuerpo.
- ¿Realmente vos creés en mí?
- ¿En qué sentido? - preguntó
- Ampliamente. Sobre lo que te dije, sobre lo que me pasa, sobre lo que ves a raiz de que estoy acá charlando con vos... - le expliqué - ¿Creés o no?
- Sí, claro - asintió, enérgico.

Me quedé callada, evaluando esa novedad. 

- Hacés bien - musité, con un dejo leve de humor - Si tendría que elegir una cosa que representara qué es verdad hoy en día para mí, elijo lo que te estoy diciendo a vos. Es lo único de lo que estoy segura... 

Sonrió y levantó la cabeza. Tomé aire para llenarme de valor y calmarme al mismo tiempo. Me quedé en silencio, reflexionando sobre lo que estábamos abordando. 

- ¿Sabés una cosa? - nos miramos, despacio - Estaba pensando que, suponiendo que yo quisiera hacerte algo, por caprichosa siquiera, no tengo imaginación - se rió - ¿Eso ayuda a que me creas? - volvió a mirarme, un poco sorprendido.


Me quedé callada.

- ¿En qué estás pensando? Te quedaste callada... de golpe - observó.
- No es que... - salí de mi meditación interna -  Cuando querés mucho a alguien, por lo menos a mí me pasa, que sólo puedo pensar en hacer por él o desearle cosas buenas... - le confesé -  Me doy cuenta que no sirvo para ser mala...
- Sos brava conmigo - aludió, juguetón.
- Brava no es ser mala.
- ¿Estás segura, vos?
- Sí, señorito, estoy segura yo de lo que le planteo - lo miraría con ternura.

Un largo suspiro escindió una etapa de otra en la misma conversación.

- Ella es buena, dulce, toda tímida pero que después... ¡sabés qué! - me hizo un chiste - Claro, ¡total, acá estamos los feos, hechos pelota!
- ¡Callate caradura, dejá de adjudicarte cosas que no son! - le reclamé.
- Pero date cuenta que, como buena linda, sos media brava también... A mi, particularmente, me tenés loco... No me dejás pasar una... - sonrió.
- ¿Sabés lo que quiere decir eso?

Negó con la cabeza

- Que me importás realmente.
- ¿Y cómo es eso? - frunció las cejas, juntándolas.
-  Es verdad, sé que a veces soy distante, pero mira todo desde otro lugar: yo te veo a vos y me digo que que pudiste contra todas y cada una de las barreras que pongo - le aclaré - En ningún momento te voy a negar que alejo a la gente, le pongo varias barreras, porque no quiero que nadie esté demasiado cerca.

Asintió, seriamente.

- O no quería, al menos, hasta antes de sentirme esta gelatina humana... De conocerte a vos  - resalté -  La capacidad de defenderme, de marcar distancia, de ser fría como puedo ser con otros, se me escapa de las manos con vos. No sé por qué será, pero no puedo ser dura con vos, no puedo...

Sonrió.

- En serio, no te rías bobo...
- No, no, te creo, te creo... - sonrió, así, de nuevo - Sos brava por momentos y por otros sos terrible...
- Me desespero... Y tiendo a defenderme y cuando venís o me decís algo, no puedo hacerlo... Y me desespero.

Se me quedó mirando con una gran comprensión.

 - Es muy extraño. Yo mido a las personas, siempre lo hice, pero con las personas que realmente quiero, es como si no pudiera hacerles mal pese a que conozco todos sus puntos. Es como si te dijera que veo los puntos del otro pero son espacios donde jamás voy a pegarle, espacios donde uno dice "no, mirá, ahí no le toqués".

Me quedé callada. De nuevo, me miró, atentamente, con ojos lindos.

- No hace mucho que me dí cuenta, pero con vos también me pasa esto que te digo que me pasa con mi familia y mis dos amigos de toda la vida - mofé - Es una locura, eso sí que es una locura para mí. Me siento blanda con vos, como si no tuviera posibilidad de defenderme, y al mismo tiempo me siento fuerte, bien, no sé, como si pudiera bancarme lo que sea... - me quedé callada, súbitamente - Es reee loco, dejame de joder - bromeé.

Se rió, aflojándose.

- ¿Quiere decir que conmigo estás siendo buena? - musitó, algo jocoso. 
- Aunque no lo parezca, te diría que estoy siendo la mejor y la peor con vos... - suspiré - Yo también tengo cagazo... No es fácil la situación - le dije, nerviosa de pronto - Es como sí, no sé, yo intento defenderme de vos o estarme preparada para cuando finalmente me termines cagando para decirme un "yo sabía es un hijo de puta como todos" - levantó la cabeza y nos miramos por unos instantes de honestidad brutal - pero no puedo... No sirve decirme nada, no sirve decirme lo mal que puede salir todo, no sirve el miedo.  No sirvió de nada. Es impresionante, pero ahí tenés: nos atajamos al re pedo. 

Hizo un gesto suyo, incapaz de trasladar al ámbito de las palabras y se rascó la barba leve con sus uñas prolijamente cortadas casi al filo. Se tapó la boca con las manos, como si se estuviera conteniendo. 

- Ahora, dicho esto, decime ¿qué te puedo llegar a hacer de malo en este estado?  Soy una gelatina recién hecha, no una chica pensante, reposada, fría, dueña de sus actos - ironicé y se rió. Me puso ojos lindos de nuevo, entonces, seguí: - Nunca te voy a hacer nada malo y si me mando una macana, te puedo asegurar que realmente va a ser una macana.  No estoy intentando convencerte de que me quieras, solamente quiero que te quede claro que soy incapaz, realmente incapaz de hacerte una maldad, de cagarte, de intentar sacar ventaja de algo, de hacerte una jodida, de mentirte, de engañarte... No, sacatelo de la cabeza. Si tenés miedo de eso, borralo, en general de nuestro trato, sacalo.  Pase lo que pase, quedate tranquilo con eso, por favor. Confiá en mí, por una vez... Seré más joven que vos, pero tengo códigos - se me hizo un nudo en la garganta y me quedé callada.

Me miró, más intensamente para que siguiera hablando.

- Yo sé eso - me dijo, con mucha dificultad - Sé todo, bah. Me doy cuenta de cómo sos vos, y obviamente, te creo.

Sonreí.

 - Todo lo que me decís  de la edad, yo también llegué a pensarlo; eso no te lo voy a negar. Pero lo otro, todo esto que te estoy diciendo ahora, para mí también es válido y  es imposible de negar - suspiré -  Yo también estuve pensando mucho... 

- ¿Lo pensaste? - me preguntó. 
- ¿Si pensé sobre el que no me querés porque soy joven? - pregunté, con sorna. 

Mofó. 

- Lo raro que es todo, Veinte. 

Asentí con la cabeza, enérgicamente. 

- Sí, ponele que sea raro...  - le contesté - pero para mí sigue siendo válido. Y mientras que sea válido, no me importa que sea raro. Lo raro, será para los demás, y lo válido, es para uno - le expliqué. 

Mofó, de nuevo, como si no tuviera demasiadas defensas. 

- Podés tomar la decisión que quieras. Ya conocés todo, inclusive, más de lo que te conté en el verano.

- Justamente eso es lo terrible. Más conozco, más te conozco, más me hablás así como vos sabés, y yo cagué, me pongo pelotudo. ¿Quéres que te diga la verdad? Vos me hablás a mi y me pongo boludo. Te parás en frente mío y chau, me pongo boludo... - sacudió la cabeza, gesticulando - y pienso: "cagué"... Y sí, ¡cagué, por tu culpa, cagué! ... - me hizo reir su expresión, tan educado Él, tan respetuoso de las formas.

- ¿Cómo era? "Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa" Daaaaale - le hice el gesto de auto-tortura.

Nos empezamos a reír, brevemente, hasta que se hizo un silencio. Me quedé callada unos instantes, hasta que caí en la cuenta y se lo comenté:

-  Dios...  - suspiré, avergonzada - Jamás le dije tantas cosas cursis a nadie. ¿No tenés una pastilla que me devuelva a mi estado natural?  Es horrible esto de ser gelatina - bromeé.

- Ya tenía que ser brava, ya se tenía que mandar una de las suyas, ella - resaltó, jocoso.
- Soy una gelatina, yo... ¡Comida de convalecientes!

martes, 25 de septiembre de 2018

Un recuerdo

Ayer por la mañana, cuando todavía no estaba fuera de la cama aunque sí despierta, revisé mis redes sociales. El día anterior, en su entramado, había colgado una foto que perece pasadas las veinticuatro horas y, al mirar notificaciones diversas, noté que algunas se referían a la misma. Noté que tenía un mensaje privado de El Canciller, cosa bastante extraña en la actualidad, por lo que lo abrí pese a que suelo tomarme mi tiempo para esa clase de cosas, en especial, si todavía no tomé el desayuno.  Convengamos que El Canciller fue compañero mío, del mismo grupo social durante años, pero siempre y antes que nada fue amigo de Él. 

De pronto, me llegó como de lejos un leve olor extraño, un regusto de cabaret a la vuelta de la esquina, pero de todos modos abrí el mensaje para sacarme la curiosidad. Me encontré con que el contenido del mismo - enviado por privado, obvio - era una cara de esas que aluden al embobamiento, con dos corazones saliendo por los ojos. 

Le envié un pulgar arriba, a modo de respuesta, marcándole un poco de distancia.  Ni gracias le dije, ni gracias, por esa especie de piropo implícito. 

La pregunta que le siguió, fue precisa: 

- ¿Seguís estando en tratativas con ese abogado que me comentaste, Veinteava? 

II 

Una semana atrás, Él me likeó una foto.  

Dos o tres semanas atrás, hizo lo mismo con otra foto. 

Unos días atrás, yo envié algo al grupo que compartimos con todos mis compañeros - vigentes o no en las actividades actuales -, donde están Él y El Canciller. Fue algo de fútbol, que sé que les iba a gustar a muchos a todos, referido a un ex-jugador del plantel que admiran varios.  Casi todos, casi inmediatamente, me respondieron el mensaje. Él, en cambio, lo vió y lo respondió al otro día, a las ocho de la mañana (madrugador como siempre el viejo, ávido de usar el celular en horas de oficina), cosa que para mí no supuso ninguna diferencia. Luego de responder lo mío, Él intervino en el grupo después de... ¿casi seis u ocho meses? y mandó a difundir algo de un perro lastimado.  Le dije, frente a la lectura de todos mis compañeros, sin ningún tipo de rechazo, una dirección donde curaban y daban tránsito a perros y listo. San se acabó mediante, seguí adelante con mi día.  

A los dos o tres días, subí una nueva imagen y cuando estaba paveando con el celu, noté lo que ya no es novedad: su nombre en una lista, es decir, la certeza de que Él la había mirado como un campeón.  

Lo que tampoco supuso ninguna diferencia. 

III 

Hoy a la mañana, vaya paradoja que siempre suceden las cosas de éste estilo con tantísima sincronicidad, me escribió El Canciller un mensaje privado, básicamente para preguntarme cómo estaba sentimentalmente, si estaba saliendo con alguien. 

A lo que se refirió con lo del Abogado, fue a una etapa hace ya bastantes meses donde yo estuve retomando las charlas con Alguien, ése chico joven con el que salí un par de veces, sin tener buenos resultados, que si bien tenía las mejores intenciones conmigo, no me trasmitía prácticamente nada. Él sabía, como de rebote, porque una vez había visto que estaba atajando el celular, evitando responder un mensaje en el medio de la cola de un banco que estábamos haciendo juntos y me había preguntado quien era. 

- Un pibe - le dije, lo recuerdo. 
- ¿Tu novio? 
- Nah, un pibe... Con el que estoy hablando un poco, pero novio, no... Ni en pedo. 
- ¿Ahí? 
- Hablando. 
- ¿Salen? 
- Un par de veces... salimos. Nos estamos conociendo. 
- ¿Es más grande que vos? 
- Sí - musité. 
- ¿Cuántos años tiene? 
- Es más grande... 
- Pero, ¿tiene más de cuarenta? 

Lo miré, fijamente. 

- No - espeté, pensando qué pasaría si yo le hubiera dado una respuesta positiva a esa pregunta, considerando que quien tiene más de cuarenta es, especialmente, su amigo del alma (Él). 

- ¿Qué hace de su vida? ¿Estudia, trabaja? 
- Es Abogado. 
- Ah, bien - exclamó. 

Lo miré, con cierta distancia, y no se me movió un sólo músculo de la cara. 

- ¿Bien? - pregunté, con ironía. 
- Digo, que es un buen partido, debe estar bien... ¿Te trata bien, es bueno con vos? 
- Sí, antes de ser abogado es una persona, el pobre... - me burlé un poco de su razonamiento. 
- ¿Y te gusta? 
-  Mmmm -  musite, para salir del paso. Él se rió. 
- ¿Cómo que no, si está re bien el pibe? 
- ¿Y qué tiene que ver eso? 
-  Bueno, pero es un buen partido para una chica como vos... Estudió, tiene su trabajo, me decís que te trata bien. 
- Sí, es sumamente caballero conmigo. Te diría que me hace sentir culpable. 

Se rió. 

- ¿Por? 
- Porque soy incapaz de devolverle todo lo que me da y todo lo que quisiera darme. No le doy el espacio. No quiero que... se haga una película que no es, no por mala, sino porque... no es así para mí. 

Me miró, pensativamente. 

- Entonces no te gusta... 
- Va más allá de eso... - revoleé los ojos -  Tengo otras prioridades. 
- ¿En qué sentido? 
- Para mi vida...  Este chico planea convivir, casarse, tener una pareja estable; quiere sentar cabeza. 
- Él ya se recibió, tiene planes de establecerse laboralmente y mudarse. Tiene propiedades a su nombre para mudarse, de hecho, y la vida se le plantea desde otro costado. A mi, no. Yo no me recibí todavía, no estoy establecida en un trabajo, y no estoy en un momento de mi vida donde quiera pensar en ponerme en una relación tan digitada.  
- Pero ¿por qué? Tiene hasta departamento, auto, todo el pibe... - aludió.
- Pero yo no voy a depender del pibe. Ésa es la diferencia. Cuando me reciba, y logre acomodarme en el tema del laburo, me iré a vivir sola o con éste o con quien sea, pero antes no. Paso a paso, no tengo apuro. En mi casa no me corren, además, soy la última que queda. 

Sonrió. 

- No lo querés. Si no, si te dice todo eso otra persona, si te lo comenta como proyecto a futuro, seguramente te irías. Te tenés que enamorar vos. Te merecés un amor lindo, de esos que te dan vuelta todo. 

Lo miré escondiendo la risa y sacudí la cabeza. 

- Me extraña, hombre... - musité - Esas cosas no existen. Lo que sí existe es establecernos prioridades - le dije, con un poco de broma y un poco de verdad. 

III 

- ¿Seguís estando en tratativas con ese Abogado que me contaste, Veinteava? 

Pasaron muchísimos meses desde cuando se lo conté. 

- No, no. 
- ¿Por? 
- Está saliendo con otra persona, nosotros dejamos de hablar. No marchaba, la cosa. 

(...) 

- Pero, seguramente, te llueven los pretendientes a vos... - resaltó. 
- Nunca te vas a enterar - le dije, a modo de chiste, pero con una enorme cuota de verdad. 
- Te hace falta un gran gran amor, a vos - insistió - Y ojo, no te estoy hablando de esas personas con las que vos te casás y tenés hijos... Porque a veces pasa que uno tiene un gran amor y después no se casa con esa persona, ni tiene hijos - me comentó. 

Yo me dije que quien consideré mi amor, en su momento, era la persona que éste tipo conoce, trata y a quien mal-aconsejó respecto a mí hace unos años. Y me dije, además, que había algo muy cínico en sus comentarios, luego de tantos pero tantos años, considerando que fue absoluto testigo de nuestra historia, que tiró para el grupo de los prejuiciosos y que, además, un poco se me tiró... Pese a que nunca se lo conté a Él, y pese a que me costó años admitirlo... Porque hoy ya no tengo dudas. 

Se atajaba demasiado para que no le pasara nada y, al mismo tiempo, recelaba demasiado que a alguien tan cercano a Él se le diera la oportunidad. Se notaba por los comentarios que me hacía, por lo pendiente que estaba de Él, y por muchas de las cosas que me imagino que le habrá contado, o de las que habrán hablado... Al fin y al cabo... Eran "amigos" ¿no? 

Supongo que justamente por eso no fue fácil asumirlo para mí en ese entonces, ni lo fue hasta hace tanto tiempo atrás. Un día, sin mediaciones, lo entendí, entendí que ése otro tipo estaba caliente y, desde ese lugar, siempre se había metido. Pero, estando en otra etapa de mi vida, traspada por los sentimientos de aquéllos momentos,  ¿cómo le hubiera dicho a Él que un tipo a quien considera su amigo ( el mismo que le decía que estar conmigo  era una locura, aclaremos), ahora se me estaba  queriendo acercar, me piropeaba, siempre me decía que era hermosa, que me merecía a un tipo espectacular, se atajaba demasiado conmigo, reafirmaba la idea de estar casado por todos los medios, pero al mismo tiempo, la certeza de que yo le parecía hermosa y bla, bla, bla, dentro de una lista de largos etcéteras? 

 Me costó mucho trabajo verlo. Pero cuando lo noté, automáticamente, me acordé de Él, diciéndome: "no tiene nada que ver que estén casados, todos te miran a vos", en un tono de desagrado, cuando los que nos estábamos mirando entre sí éramos nosotros.  

IV 

¿Y qué decirle al Canciller, es decir, el vocero de Él, sobre los grandes amores en la actualidad? Estando en un presente donde no escoce la herida, lo mejor era cortarle por el eje las especulaciones. 

- Todo bien con todo, está todo bien - evidencié. 
- A vos te hace falta un gran amor, ya te digo. Son esas personas a las que no ves más pero si te las encontrás, te pasa lo mismo. 

"Ah, sos un hijo de mil puta... ", me dije. 

- Aunque eso sí, te podés encontrar, te podés volver a acercar a ella, pero lo que fue, fue. 
- En eso, estamos de acuerdo... - le cedí. 
- Cuando vos te encontrás con esas personas, te estás encontrando con el pasado. Traerlas al presente, como me decís que te pasó una vez con tu novia hace años, es traer lo que no tiene sustento. Hay personas que en el presente, son un recuerdo - explicité - El paso del tiempo, además, es muy cruel. La apariencia cambia mucho, a veces, al punto de que las personas envejecen y te cuesta cada día más pensar en ellas... - le mandé - Son eso, un recuerdo de un gran amor, nada más - sinteticé. 

V

Supongo que, de tener que pasar algún mensaje, o de haber querido averiguar algo sea por la razón que sea, le dejé bastante en claro mi postura actual. 

Si yo volviera a encontrarme con Él, estoy casi segura de que no me encontraría con ese hombre del que yo me enamoré perdidamente hace años. Tampoco me encontraría con el tipo que se agachó, ni con el que me dijo sentir pero no poder conmigo. No estaría frente a mí el hombre a quien le pesó mucho más el miedo y el qué dirán a todo lo que nos estaba pasando. Mucho menos, el hombre que me hacía quererlo y desearlo a manos llenas. 

Seguramente, frente a mí, estará la imagen de un hombre que se volvió viejo.  Un recuerdo de otra época, de otras importancias, de otras maneras de tirar para adelante. De otra capacidad para amar, de otras prioridades.  Seguramente, si hoy pudiera pararme frente a Él, estaría la imagen de una mujer joven que ya no tiene diecinueve años, para bien y para mal.  Otro recuerdo, supongo, que lo hará pasar a ver de vez en cuando qué cuenta esa piba por las redes, vaya a saber basado en qué cosa. 

Aunque, eso sí: sería muy ingenuo de mi parte pensar que todo lo sucedido, a la vista de quien lo quisiera ver, sumado a la actitud de El Canciller, fueron una simple casualidad. Me resulta increíble cómo la gente, a veces, puede entorpecer el camino de las personas que conocidas o de sus propios amigos del alma - ¡hermanos, qué amigos, según su decir! - tapando el zorro que lleva dentro con una piel de cordero. 

Ojalá algún día, la verdaderas intenciones, especialmente si son buenas y ajenas a lo bajo, logren vencer. Ojalá algún día, si tiene que existir algo por hacer o por decir o por mirar o por compartir con Él, así sea un saludo en la calle, un mensaje privado o un encuentro casual en una esquina, - cosa que dudo, de todos modos - sea siempre a espaldas del mundo, de su amigo, y de todos los que fueron y han sido incapaces de comprender lo que en su momento ocurrió para nosotros. 

Nadie, ni siquiera El Canciller mismo, sabrá nunca lo importante que su hermano postizo, su amigote del alma, fue para mí. Jamás alcanzará a imaginarlo. Porque yo, ingenua por entonces, le conté como era. Porque Él le pudo haber contado como yo era consigo, e incluso, desde su lugar, pudo haber notado como ambos éramos con el otro... Pero sentirlo, no.  Sentirlo, jamás. Por mucho que le gustaría saber, aún mismo haya pasado tanto tiempo, y por eso siga en la misma postura, nunca jamás va a ser capaz de sentirlo, ni de experimentarlo, ni de ocupar ninguno de nuestros lugares.  La experiencia, mala, buena y pasada, correspondió a nosotros dos. 

A mi no me hace falta un gran amor - le diría , si quisiera seguir esto hasta hacerlo explotar -; de hecho: 

" Mirá, ***, ese gran amor, es el mismo tipo al que vos le llenaste el bocho para que no esté conmigo, incluso al ver que estaba vulnerable, incluso al ver que confiaba en vos, que te consideró siempre su amigo y por eso te contó absolutamente todo de su parte. A mí me hace falta que te borres, que no me toques más éste tema, y que procures ser un poquito menos hijo de puta... Un poquito nada más. Dejá, por el bien de todos, que esta historia se quede donde está, hasta endurecerse del todo, y morirse de una buena vez por todas. Dejá que sea un recuerdo.  Nada más". 


jueves, 20 de septiembre de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: Misiles cruzados

Para ver la Final de la Copa del Mundo, Él estaba recién devuelto al país. Nos habíamos juntado en la casa de unos conocidos y amigos en común, quienes habían propuesto hacer un asado, una picada y un real banquete para el mediodía y bien entrada la tarde.  Llegué a eso del mediodía y, enseguida, fui a comprar tortas a una panadería con la esposa de El Canciller, mientras iban alistando la parrilla los chicos y otros tantos más ponían en condiciones la mesa. 

En cuanto lo ví, un rato después, me devolvió la mirada. Algo bronceado, pese a la época invernal, estaba más lindo que de costumbre y yo personalmente ya venía haciéndome la idea de que iba a ser así. Llevaba el pelo bastante corto, se lo notaba descansado y enérgico, pero por encima de todo, yo lo notaba más atractivo.  Era como si, de un momento para el otro, su presencia y los rasgos más mundanos del Universo, fueran capaces de hacerme estallar de expectación en una fracción de segundo.

¿Qué me estaba pasando?

Bueno, sí, era sabido hasta para mí lo que me estaba pasando, pero no dejaba de asombrarme. Nunca me había pasado algo así con un hombre por aquéllos días. Nunca me había atraído tanto desde los pequeños detalles como el estar bronceado, afeitado o con el pelito algo corto. Nunca me había representado algo impostergable mirarlo y pensar: " qué lindo que está, y feliz, ¡mi vida, cuando se pone así parece un nene, éste!".

Aunque estaba segura de quererlo en ojotas, tomando mate o luciendo la más elegante de las camisas con el mejor planchado pantalón de vestir, me había acostumbrado a verlo hasta dos o tres veces a la semana. Tenía su imagen, su pelo, su perfume y su presencia entera impregnados en mi horizonte de una manera muy fuerte, tuviera que ver o no con lo que nos estaba pasando, porque compartíamos también un grupo social de pertenencia.

Y sin embargo, ése día, cuando lo ví me reencontré con un hombre al que volví a elegir desde lo singular del haberme faltado. Sí, lo extrañé, comprobé la diferencia que había en el grupo si no estaba su voz, si faltaba su termo de mate con el agua en el punto justo, si nadie me recibía a la mañana como él. Comprobé que me importaba, también, desde un lugar que no había imaginado: lo cotidiano de saber que esa persona existe o no, más allá del poder estar o no en pareja con ella.

Al menos mirándolo a la distancia que me han dado los años, al verlo ese mediodía tuve la total certeza de encontrarlo tan deseable a un nivel físico como jamás pensé poder asociar a Él. Entendí que había llegado a un punto nuevo en mi, y desde mi forma de ver el mundo: sentir que con ese hombre no era solamente un amor casto, ni tampoco, un deseo por si mismo. Sentir que era exactamente el balance entre amor y deseo. Que finalmente había encontrado en una sola persona, ambas cosas. Si bien antes de su belleza física, estaba su forma de ser, de hablarme, de reírse, de hacerme reír y de hacerme sentir feliz; el nivel de facha al que había ascendido en ese viaje terminó por descolocarme. Con certeza atendía al llamado que afirmaba el haber encontrado las dos cosas en uno, pero temía que del otro lado lo dejaran pasar.  ¿Seguiría siendo linda, para Él? ¿Le seguirían pasando las mismas cosas conmigo? ¿Había pensado en mí durante el viaje? ¿Me encontraba mejor o peor? ¿Seguiría gustándole, más allá de lo físico, también desde lo esencial?

Me acerqué a saludarlo, sin responderme ninguna de las preguntas.

- ¿Venís a ver el partido? - me preguntó, con una sonrisa juguetona. Es decir con esa cara de bobo que ponía cada vez que me le acercaba, de buenazo total, con la que se le amansaban los ojos, se le aflojaba la dureza de la mandíbula y parecía edulcorarse en solitario.

Me reí, poniendo cara cuando me dió algo parecido a un abrazo, me puse en puntas de pie para alcanzarlo, y besarlo, en función de nuestros reparos, en la mejilla.

- Viene a ver a los jugadores, ella - me susurró, mientras me abrazaba.

Nos miramos, con bastante intensidad. Ya había empezado a provocarme...

- ¿A vos qué te parece? - le pregunté, con el tono que usaba para hablarle.

La parte izquierda de su rostro, cobró vida con una mueca, parecida a una media sonrisa.

- Que sí , que  solamente  viniste a mirarlos a ellos... - admitió -  Yo sé que venís a mirar a los jugadores, a ver si son lindos, cuál es más fachero que otro... - revoleó los ojos por el aire.

Le hice una mueca particular, mordiéndome los labios y llevando la pera hacia adelante.

- Mentira - sonreí - Vos sos el que se fue a ver el Mundial en vivo, no yo - lo pinché
- Pero yo no miro jugadores... - esgrimió.
- Pero habrás mirado otras cosas  - mofé - en las que no me agrada pensar...

Se carcajeó levemente y sacudió la cabeza.

- Dale que estás con los jugadores pero no largaste nada - evidencié - ¿Cómo te fue? 
- Muy bien. Me divertí mucho. Estuvo muuuuuy bien. Realmente es un clima bárbaro. Una locura todo, muchas fiestas, muchos festejos de todo tipo. ¡Una cantidad de gente...!  - me explicó. 
- ¿Y al margen del fútbol?  ¿Recorriste algo cercano, visitaste algún lugar con los chicos?  - le pregunté, al lado de la parrilla.

Me miró y sonrió con intensidad. No podíamos hablar en serio, ese día, porque su cara irradiaba algo que iba entre la risa, la picardía y el habernos reencontrado hacía poco, mientras que la mía, iba buscando el modo de ordenarse.

- Más o menos, sí, recorrí. En todos lados, de todos modos, había una clima muy festivo... ¿Viste las fotos que te mandé? Bueno, todo el tiempo así, todo el tiempo así - insistió - Tomé mucha cerveza, te lo juro por Dios, me la pasé tomando cerveza - sacudió la cabeza - Ahora estoy un poco saturado, daba asco la cantidad...  - me contó, campechano como siempre, sin hacer alarde de nada.

- Yo ví uno de los videos y tenías una cara de feliz cumpleaños importante - le recordé - Estabas alegre, alegre - se rió.

- Nah, no me puse en pedo. Tomé, sí. Hacía calor, además, yo andaba en bermudas imaginate, era permanente el ofrecimiento y yo aceptaba... - insistió - Encima me decía a mi mismo que ya estaba, pero quizá antes del partido los pibes estaban ahí tomando y me tentaba...

- Bueno, pero está bien... ¿Qué tiene de malo? Es una vez que fuiste, está bien que tomes hasta sacarte el gusto... - le dije, relajada - Acá no tomás así, laburás toda la semana, sos más ordenado... ¿O te llevo a Alcohólicos Anónimos de la manito?

Me sonrió. Intercambiamos una mirada de arriba hacia abajo, mutuamente.

- Estoy más gordo, ¿viste?

Sonreí, mofando. Miré para abajo, avergonzada por mi reacción espontánea. No había podido controlarla, ni siquiera, sabiendo que estaba haciendo mucho esfuerzo para medirme ante los demás, para intentar exponernos lo menos posible.

- No, no estás gordo... - le dije, en voz bajita.
- No seas mentirosa - me susurró, más comprador.

Empecé a sufrir por que usara ese tono de voz.

- No te hagas el pobrecito, no empecemos con la carita de pobrecito porque es para quilombos... - musité. Me miró, sonriente, y miró para abajo. Mis compañeros entraron al jardin, desde la puerta trasera de la casa justo cuando todo empezaba a cambiar. Y en cuanto uno arribó  con la carne y unos vasos, y otro perfiló un qué hacemos, y una compañera perfiló un quién cocina; le dije adiós a mis estrategias Él, sin embargo, no perdió consideración de mi último comentario, pese a que me alejé del radio de tensión-atracción para dejarlo hacer.

II

 Un rato después, mientras estaba llevando platos y vasos a la mesa, en el mismo sentido que todos mis compañeros y compañeras, entró de sopetón en la cocina en busca de unos cubiertos. Nos miramos, nos sonreímos brevemente y seguí buscando los platos. Un compañero me los pasó, los cargué con mis dos manos, y sin que lo hubiera esperado, me interceptó en el pasillo.

- Uh, me la encontré a ésssssta... - mofó, de broma.
- Ésta, tu abuelita - le recordé.

Se rió.

- Vos sos una abuelita... - me hizo reír, porque eso era nuestro chiste interno por excelencia.
-  Atorrante, dejame pasar...
- ¿Qué vas a hacer, eh?
- Dale, boludo -  musité, riéndome.

Me miró, intensamente y negó con la cabeza. Ay de mí, y de mis ganas de tirar los platos al piso y lanzarme a sus brazos.

- No te dejo pasar, no, no, no... - me reí, ávida de sus juegos, aunque avergonzada.

Enarqué una ceja, y lo miré, seguramente ,con la picardía que recuerdo haber sentido por dentro.

-  Si no me dejás pasar, apoyo los platos, y te la cobro ésta - le advertí - Te corro por todo el patio...
 -¿A quién vas a correr vos, eh? - me provocó, dulcemente.

Yo tenía los brazos ocupados, las manos llenas de vajilla de vidrio y rogaba que nada se me cayera al suelo.

- Vas a salir corriendo del espanto, vos, si salgo a correrte...  - musité, bastante más cerca.
- Loca estás - me susurró, cerca de mi rostro.

Me cedió el paso y caminé haciendo gala de toda mi humanidad, esperando que aprovechara la oportunidad para echarme una mirada. Se quedó con las bolsas de asado en las manos y la otra mano llena de cubiertos. Cuando me di vuelta, disimuladamente, me mostró la carne que tenía en sus manos. Ése era otro chiste interno por lo que me reí, solapada, y sacudí la cabeza.

Considerando que todos nuestros compañeros estaban alrededor, me dispuse a acomodar las cosas sobre la mesa aunque lo espié a la distancia. Recuerdo que sentí cosquillas en la panza, por lo que intenté calmarme y concentrarme en mi tarea. Me sentía demasiado obvia, y en cierta manera, por una cuestión de conservar un perfil bajo siempre, mi necesidad se basaba en el más sincero intento de, por lo menos, mantener las formas. Pero ¿cómo? Me resultaba un desgaste enorme estar diciéndome todo el tiempo "sé prolija, sé ordenada, sé respetuosa, cuida que no se exponga", y al mismo tiempo, estar diciéndome: "sentate encima suyo", "andá a buscarlo y contale lo que te compraste el otro día el en shopping, ya está, que no sea sorpresa" "decile que lo extrañaste", "dale, decile que lo ves más lindo, que lo extrañaste".  Era una lucha constante y atroz en mi interior.

III

Unos instantes después, pasó con las manos llenas de cosas y me miró;  por lo que lo seguí con la mirada hasta que se fue hacia el jardín. Un vaso. Un plato. Un juego de cubiertos. Una servilleta. Volvió a pasar, para lavarse las manos. Otro vaso, otro juego de cubiertos, una mirada de refilón y una servilleta. Pensar: " quiero que se acerque, la puta... " y suspirar con disimulo. Dar vuelta la cabeza y todo el resto del cuerpo, dándole la espalda a la puerta de la cocina. 

Y por detrás, Él de regreso...

Encaminado fervorosamente hacia la parrilla, me acarició la nuca, descendiendo por mi cuello una mano húmeda. Siguiendo el movimiento ascendente, a la vuelta de lo que acababa de hacer, me robó una de mis hebillas, por lo que el pelo me cayó enseguida en el rostro. Me estremecí y, de inmediato, mi piel se convirtió en carne de gallina.

- ¡No, no, no me despeines, maldito! - me reí, frente a todo el mundo.
- Esto es mío - musitó.

Mofé, dejando el juego de cubiertos sobre la mesa. Extendí un poco el cuello para seguir su huida.

- ¡Daaaaleee, ****, dame mi broche por favor! - lo burlé, en un tono que yo sabía lo ponía inquieto.

Se dió vuelta para mirarme cuando exclamé eso en una voz lo suficientemente audible.  Pidiéndome por favor por ese tono, siguió su camino hasta desaparecer en el jardín con mi hebilla... En su bolsillo... Escondida. Representando la mayor de las tentaciones.

 Quedé con los pelos y el corazón alborotados. Me dije que iba a terminar de poner la mesa, antes de reclamar lo mío. Volvió a pasar con un compañero. Lo miré. Sonrió con cara de pícaro y me hizo burla con el rostro.

- Estoy esperando...  - dije.
- ¿Qué estás esperando?
- Lo mío...

Negó con la cabeza, determinado.

- No. Es mío, ahora. Lo perdiste.

Me le acerqué, y al mismo tiempo, se me acercó.
Mi compañero ya estaba adentro de la cocina, por suerte.

- No seas malo conmigo, dale - le pedí, siendo persuasiva - No me juegues así - insistí.

Revoleó los ojos, en una mueca comprometedora.

- Por favor, no seas guacha, no me pidas así las cosas ¿querés? - me reí -  Es mío el broche. Es en vano que me pidas, porque me lo voy a quedar para mí - dijo.

Insistí.

- Bueno, pero prestame la hebilla así me peino de nuevo hasta que nos vayamos... - le puse cara de compradora - Por favor. Sé un buen hombre.
-  Me la voy a quedar para mí - sonrió.
- Vos no usas hebillas...
- La quiero para mí - insistió.

¿De verdad se quería quedar con mis hebillas, en una suerte de recuerdo, a lo Lolita (salvando las distancias tan funestas)?

- Te la dejo para vos, en serio - prometí - cuando nos vamos, te la doy si querés, y te la quedás  - le susurré - pero dejamela mientras comemos, así estoy más cómoda, no seas bobo, daleeeee- insistí.

Mis compañeros se acercaron con bebidas alcohólicas y vi como guardaba mi hebilla en el bolsillo de su buzo. De haber podido, eso habría desembocado en una lucha cuerpo a cuerpo por recuperar mis procesiones, en la cual no había opción posible de derrota.

IV

Mientras almorzábamos, todos juntos, los demás empezaron a indagar sobre su viaje. Le preguntaron por las mujeres, por la belleza de las mujeres. Lo miré, sin poder evitarlo por un segundo, pero seguí comiendo como si nada. Como si no me pasara nada.

- Las rusas, son las más lindas - musitó - De cara, son perfectas. Rubias, blancas, de ojos claros... - enumeró, perfectamente anoticiado de que lo estaba escuchando y gozando de esa posibilidad.

En el fondo, me puse un poco celosa de las rusas, obvio. Rubias de ojitos claros, ellas. Prototípicas. ¿Y yo, qué, no contaba? Me miró de reojo, un rato después, con un gesto de dulce malicia en el rostro.

- ¿No te levantaste una rusa? - lo cargó, uno de mis compañeros.
- Nah, olvidate, dejame de joder - admitió - No me dan bola, ni en pedo...

Lo miré, ví su mueca juguetona y me decidí a no prestarle atención.  Fingí estar encandilada con la televisión justo cuando estaban pasando el pre-calentamiento de los Alemanes.

- Más de una acá vino a ver a los jugadores y a mí me corren con las rusas, eh... - deslizó.

Me sonreí. Mis compañeras empezaron a hablar de los Alemanes ,de lo agraciados que eran algunas, de los físicos esplendorosos. Yo preferí no engancharme y lo dejé con las ganas de pelear.

En el fondo, Él era mejor que toda Alemania a disposición, aunque estaba decida a no emitir comentarios. Sabía perfectamente que a Él lo desesperaba mi silencio, lo sabía. Lo desesperaba esa especie de misterio embutido en mi silencio, de lo diferente que podía ser en el ámbito que para mí era público, a diferencia de las cosas que hacía, decía o le manifestaba a Él, en privado.

 V

En el comienzo del primer tiempo, nos sentamos separados. Me quedé con el hijo de la familia dueña de casa, de quien era niñera en esa época, y lo dejé a Él mirar su partido cerca pero lo bastante lejos, a mi gusto. Sabía que si me le sentaba al lado iba a ser muy evidente el asunto, por lo que decidí tomar distancia.

Por su parte, la hija de dicho matrimonio, una forrita en potencia, contemporánea a mí, estaba lo bastante celosa de algo que, respecto al cuadro de situación general, nunca identifiqué del todo. No supe bien si era la cercanía con sus padres, con su hermano o con mis propios compañeros lo que le molestaba; tampoco supe si Él le gustaba desde antes y yo, sin saberlo ni imaginarlo, "me había metido en el medio" o si, sólo por jodida, quería meterse en el medio de una discusión mucho más profunda de lo que se imaginaba con su pequeña cabecita de borrega competitiva, alumna de UADE con ideario de niña bien.

- Vos sos como mi hermana, pero buena - me dijo el niño, en un momento, de lo más dulce, abrazándome. Lo abracé y le acaricié la espalda, apelotonándome a su lado. La pendeja escuchó, claro y seguramente también vió.  Pero también escuchó que yo le decía que no, que su hermana iba a ser siempre su hermana y que yo, lo iba a querer como mi hermanito postizo, pero que la familia era muy importante y bla, bla, bla.

¿Y qué hizo la Señorita? Lo encaró a Él y le dijo, a viva voz: "¿puede ser que estés más flaquito, vos Negro?" con un tonito de parsimonia que pretendía calentarlo si es que no podía seducirlo.  Aunque precisamente, la que empezaba a calentarme, era yo. " Ah, no, la mato... La que me falta ahora es que esta forra ponga a tirar palos en la rueda,  la puta que me parió ... " pensé y automáticamente preferí el tópico de las rusas.

A Él lo miré, nada más, de lejos, pasados unos minutos del asunto.  Me interesaba ver su reacción, medirlo, cazar su expresión en el aire, recibiendo ese comentario de otra piba de diecinueve años. Quería considerar la reacción frente a un mismo estímulo, aunque de una chica completamente diferente.  Y, en ese sentido, la respuesta con la que me encontré me dió ternura: se quedó callado, le hizo un gesto con la cara y le dijo algo como "no, no creo, al contrario", cortándola bastante, bastante en seco.

Al verlo, comprendí todo en un segundo: ésa era su forma, la forma habitual en la que Él trataba a las mujeres más jovenes. Una forma donde había implícitamente una distancia, una lejanía, en su voz, en sus modos y en su forma de mirarla. Una forma donde se notaba, simbólicamente, desde la forma de intercambiar dos palabras, que había una gran frontera entre uno y otro.

¿Y qué remedio? Por primera vez en mi vida, me regocijé por dentro, ante la maldad ajena. Sí,  me alegré, de hecho, de que hubiera quedado como una tarada, me alegré de que no le diera pelota, me alegré de que la hubiera hecho quedar como una idiota, desde la implícita distancia.  Me alegré profundamente, porque la Señorita Dinero no se imaginaba, internamente, todo lo que había pasado entre nosotros para poder exponernos un poco más. No se imaginaba en su mente de colibrí, todos los desafíos y cuestionamientos morales que a Él lo corroían por dentro y que hacía meses estaba intentando pormenorizar... No se imaginaba mi valor, ni nuestros miedos, ni nuestras vacilaciones. No se imaginaba algo ajeno a querer calentarle la pava desde lo físico, o desde lo juvenil, a un tipo que sin gritarlo a los cuatro vientos se estaba debatiendo una relación sentimental conmigo, otra pendeja que, más allá de todo, no había basado el esquema en lo físico y quien jamás había usado su propio cuerpo como un arma de combustión.

 ¿Creía realmente que a un tipo se lo podía levantar elogiándole el cuerpo o haciéndose la canchera? Básica, básica, básica. Podría ser una chica de mejor posición social, con padres profesionales, creída, perteneciente a la comunidad de una Universidad Privada carísima, con viajes en su haber, con otras oportunidades... Es decir, una reina en comparación a mí, mucho más cercana en un horizonte socioeconómico si se quiere; pero evidentemente...

En ése momento, siendo honesta, no pude menos que sentirme especial. Como en las películas.



VI

Una vez Argentina quedó eliminada del Mundial, me senté en la mesa, y le respondí un mensaje de texto a mi hermana que me hablaba sobre el partido. Él se sentó a mi lado, levanté la cabeza fugaz, durante un instante lo miré y nos sonreímos.

- ¿Van a hacer mate? ¿Vos vas a tomar? - me preguntó.
- Sí, *** dijo que iba a buscar las tortas. Voy a llevar estos platos - le comenté.

Me levanté, ayudé a levantar unos platos y cuando volví, estaba mi hebilla arriba de la mesa. Pero... ¿qué me importaba la hebilla? Mi cabeza estaba en otra cosa. ¿Y por qué? Porque acababa de entrar a la cocina, acababa de escuchar a la pendeja de mierda criticándolo a Él, o en realidad a nosotros y acababa de confirmar mis más asquerosas sospechas: la susodicha era una arpía, considerablemente ponzoñosa.

- (...) ... pero, encima, las cosas que hace... ¡Es un pelotudo, todo el día atrás de ella! ¿No le da vergüenza, estar todo el día atrás de esa? - le decía la otra, a su mamita, la dueña de casa y compañera mía - Y la otra siempre en el medio, siempre en el medio, está. Molesta que es, por favorrrrr - exclamaba, lo más pancha.

Y ahí, ni bien terminaba de decir eso, entraba yo, preguntando en un brote servil dónde era que se dejaban los platos, habiendo escuchado todo, con la mejor cara de idiota que podía lucir. Porque aunque me acabara de tratar peor que a la basura, no pude menos que disfrutar importunarla, hacerla callar, implícitamente, con mi sola presencia que mucho había tenido de fortuita.   O no.

- *** ¿dónde te dejo esto, para que te sea más cómodo? - le pregunté a su madre, como si nada.
- Ahí, Veinte, donde puedas, no te hagas problema igual - me dijo, la mamita del soretín.
- No hay drama, no es problema - les dije, super sonriente, precisamente para molestar.
- Ay, ay, Veinte, siempre en el medio, vos - dijo la pendeja.

Le sonreí, como si no entendiera nada, mucho más que antes.

- Pero cheee, si uno hace porque hace... No me jode, son un par de platos- ironicé - Ya me voy y no molesto más, ya me corro del medio, en serio - musité, con un falso cariño.

Me despedí con la misma sonrisa de asco solapado. Deseé que se mordiera la lengua, por mala, mala gratuita, porque de mi lado jamás le había dado importancia a su vida , a sus cosas, o a sus gustos. Tampoco jamás me había interesado acercarme a ella, notando que tenía otras aspiraciones, que se hacía la superada, y que yo, de la misma edad pero con el perfil opuesto,  no le caía bien. Si me había hecho re amiga de su papá, cercana a su mamá, niñera de su hermano, y desde ese lugar, su propio padre solía decirme que sentía que yo tenía su edad, que siempre se olvidaba que tenía la misma edad que su hija, porque había mucha diferencia.  Desde mi lugar, también lo notaba, pero nunca supe en qué se basaba. Yo me entendía con sus padres, no con ella, pese a que tuviéramos la misma edad y eso se me daba natural. Lo mismo, con el resto de mis compañeros. No era un personaje impostado, sino, una cuestión de base, del modo de pensar, de actuar y de ser, traspasado por toda una vida.

¿Qué iba a hacer? Cada una en su orilla, estábamos más que bien hasta que escuché ese comentario en la cocina, aquélla tarde dominguera. "Dios, ayudame, porque no puede ser que a todos les molesta... ¿Qué tiene de malo que yo lo quiera, si no le estoy cagando la vida a nadie? ¿Qué tiene de malo que haga una sola cosa por mí, si no está lastimando a nadie? ¿Por qué son tan mierdas con la felicidad de los demás? ".

Todavía estaba aturdida mientras transitaba el mismo pasillo, furiosa, procurando guardar las formas porque estaba en la casa de mis compañeros que, en ese entonces, además, eran mis "jefes", gente totalmente diferente, de lo más amable, considerada, y sencilla que si bien no veían con buenos ojos mi cercanía con Él y la cercanía de Él en torno a mí, no por eso me habían dejado de dar empleo. Pero su hija, y en cierto modo la escucha de la madre, era diferente. Diferente a todo. Excedía lo que pudieran opinar del asunto.  ¿Y cómo iban a ser tan hipócritas de decirle a Él que yo podría ser la hija, meses antes, y al mismo tiempo, meses después, criticarnos en la cocina como dos gallinas?

¿Cómo no perder el humor?

VII

 Luego de ese cuadro que me había tomado por sorpresa, por la insolencia de la otra idiota, acababa de sentarme en la mesa al lado de Él y tenía ganas de decirle: " ¿Vos no te estarás metiendo con esta estúpida, no?"... Pero ¿y si era cosa de ella, solamente?

 Me costaba, no lo sé, no podía entender cómo había resultado que la señorita pretendía todo lo que yo quería, o en realidad, a la persona que me importaba. ¿Por qué semejante mala suerte, por qué obstáculos por todos lados? ¿A quién podía darle tanta rabia, a quién le hacíamos sobra en nuestra dinámica? ¿Y esa queja, en concepto de qué había sido? ¿Eso equivalía a pensar que no le daba la misma atención a ella, que la relación no era la misma y que, conmigo, las consideraciones eran diferentes?

Traté de calmarme y procuré confiar en Él. Mi intuición me decía que, si bien lo podía hacer con otra mujer, mi coetánea no era candidata, así que me mantuve en órbita y disimulé la desesperación.

 La relación que tenían, aunque aquella otra pretendía acercársele, consistía en saber marcarle los límites. Eso me había revelado la situación anterior y ahora lo comprendía: Él, desde su voz, desde su mirada, desde su modo, le había marcado un límite.

Precisamente allí residía la diferencia por esos días: mientras que con ella sí, conmigo no podía poner los límites; y en  aquélla zona de anomia feroz donde luchábamos, donde yo sabía que le gustaba, donde me gustaba una barbaridad y donde nos atraíamos mucho, más allá de lo físico, en un nivel que también era mental, había florecido cuestiones mucho más profundas, ajenas al prejuicio popular.

- ¿Qué hacés con el telefonito? - metió sus dedos en mi pantalla.

Me sacó de mis cavilaciones.

- Pero quéeeee pesaaaaado, todo el día me anduviste jodiendo ¿me podés decir qué, qué es lo que te pasa, a vos? ¿Qué te pasa, qué te pasa, que venís pe-pe- pe de allá? - lo burlé.

Se rió.

- Dale, dejame de volver loca, por favor... - le susurré, más cerca - Mirá como te lo pido, dale... Sé buenito.

Agachó la cabeza, como un chico, y la apoyó en la mesa.

La sacudió, como si negara, como si dijera "no, no, no, no".

Me reí.

-  ¡Qué te parioooooo, neeeeenaaaaa, por favor! - dijo y suspiró muy profundamente.

Se quedó un buen rato así, hasta que lo acaricié en los hombros, disimuladamente, para que saltara.

- ¿Qué te pasa a vos, ahora? - me preguntó, divertido.
- Busco venganza por todos los sucesos del día de la fecha... - dije, y sonreí, por lo bajo, tomando el mate que estaba cebando la mama de la otra arpía, con cara de idiota, como si efectivamente no hubiera escuchando nada de nada y seguramente comiéndose las imagenes que le regalábamos para después comentarlas.

IX

La pendeja forra salió de la cocina, cuando ya casi nos íbamos. Él me estaba diciendo algo como "¿vamos?" y la señorita lo interpeló con un: "dale, llevala a la casa, total vive tan lejos". Él la miró, no entendiendo muy bien a qué venía ese comentario atípico hasta para mí. Comentario de inmadura, de estúpida, de metida, de envidiosa. ¿Y a ella, qué le importaba si me llevaba a mi casa, si nos íbamos a la suya a terminar el domingo solos o si nos íbamos a comer?

 La miré y le sonreí con distancia. Jamás iba a demostrar frente a Ella, pero tampoco frente a Él, que su actitud me molestaba. Jamás.

Él Negro se palpó para asegurarse de tener encima las llaves del auto y me miró, con una mirada especial, la correspondí, obviamente, como si le diera que sí.

- ¿Te lleva a tu casa? - me preguntó, la pendeja.

Lo miré a Él. De pronto, se puso serio, distante de nuevo, aunque no cambió la expresión de sus ojos.

- Me tira, sí, me tira debajo del puente donde vivo - le aseguré a ella con una sonrisa.
- Porque vivís tan lejos, la verdad...

Él la miró y se quedó callado.

- Sí, un montón. Puente La Noria a la vuelta, maso - me reí, con ironía - Por suerte tiene un alma caritativa... - me acerqué a saludarla.

"Hija de puta " pensé.

Lo miré, de nuevo, mientras la saludaba.

- ¿Lista, vamos? - musitó.

Asentí con la cabeza.

- ¿No te dije? Te lleva - dijo, ella.
- Dale, vamos, sí señorrrrr - me reí - Se compadece. Estoy a dos mil leguas  de acá- le recordé

En cuanto me dí vuelta, mi cara se trasformó en odio. Él ni cuenta se dió, o al menos, se hizo muy bien el desentendido. Subimos al auto, nos despedimos de la pendeja forra y emprendimos breve trecho hasta mi casa.

Pasé todo el camino mirándolo. Estaba de muy malhumor, pero quería mirarlo.

- Te traje un regalo, del viaje. Te lo voy a dar - musitó, avergonzado, luego de unas sonrisas.
- Ay, no, ¡***! - exclamé , llamándolo por su apodo- ¡No te dije que no gastes!
- Pero ya te lo traje, dale, es lo mismo... Aceptalo. Le traje a todo el mundo y, a vos, además, te traje algo personal que te compré, algo que es para vos sola.

Me reí, llena de pudor por el gesto.

- Diosssss, pero no hacía falta, en seriooo - suspiré, tímida - ¿Qué te dije yo? Con que volvieras, todo bien.  Hoy estuviste muy travieso, vos, viniste con toda la zamba encima, eh... - lo miré, en otro tono - Vamos a ver qué depara el próximo Mundial, que no sé ni dónde es...  - sonrió, en la cabina.

- En otro momento, te doy el regalo. Aceptalo, por favor - musitó.

Me acerqué a saludarlo, apoyando mis manos en sus piernas para estirarme mejor. Podía quedarme dentro de su auto, horas, jugando consigo.

- Gracias por traerme - musité - Ése es mi regalo.
- Deja de agradecerme, por favor, basta de gracias... - reconvino - ¿No sabés que no me tenés que agradecer a mí?

Asentí.

- Es que soy educada, hombre - lo animé.
- Decís malas palabras todo el tiempo... ¿Sos educada? - se rió.
- Son dos cosas distintas. Cuando quiero puedo hablar bien, sólo que con vos, a veces, no sé, evidentemente tengo la boca  sucia... - le dije, asumiendo mi cuota, y se rió - ¿Qué problema, no?
- Por favor te lo pido, teneme piedad, teneme un poco de piedad... ¡Todo el día así, estuviste!
- ¿¡YOOOOO ESTUVE TODO EL DÍA ASÍ, DELE QUE DELE?! - exclamé.

Enérgicamente, asintió con la cabeza varias veces, en repetición.

- Siiiiiiiiiiiiiiiiiii, ¡vos! Ponés esa carita, encima, esa carita...
- ¡VOS, que me encerraste en el pasillo, que pasabas cien veces haciéndome desear y me querías raptar en casa ajena, ¡locooooooo estás!
- Yo, acabo de volver de un viaje, y lo único que te digo es que te traje un regalo. Ya sé que no me pediste nada, pero te compré igual.
- ¡No había necesidadddddd! - lo burlé - ¿No me trajiste a ése hombre de Brasil del que tanto hablamos?
- No, ni en pedo. ¿Qué  te creés?
- ¿Por qué, no?
- Porque no, nena, no te voy a traer tipos... - dijo, entre simpático, bromista y picado.
- Ay, ***, yo te aclaré qué era lo que quería... Muy bien sabés cómo lo quería, todo... ¿Por qué, no?
- No me importa. Andá a buscarlo, movete, si querés un negro brasilero todo musculoso como me pediste...
- ¡MENTIRAAAAAAAA, no te pedí eso! ¡Quería un argentino!

Me reí.

- No te traje al negro de regalo. Te lo advierto. Ya cuando estaba allá, yo te lo dije, tipos no te voy a traer. ¿Qué te pensás? ¡Andá a buscarlos, nena, dale!

Se rió.

- ¿Por qué no me trajiste al prototipo que te detalle? Era más fácil...
- Porque no te voy a buscar un tipo, yo. No te lo voy a buscar y te lo voy a traer. No y no.
- Sos un tonto, un tonto...
- Y vos querés tipos, nena, y encima, que te los traiga.
- Sí, nene, dale, sí - sonreí.
- Y yo no te voy a traer. Te compré un regalo, sí, pero otro tipo, no... Ni loco.
-  El regalo está a la vista - le sonreí.

(...)

Finalmente, me había traído un regalo. Un regalo de verdad, que nunca le acepté, no por despreciarlo, sino pretendiendo "enseñarle" algo: para mí, todo lo que me importaba en Él, era su presencia, su aguante y sus gestos. A cambio, le daba lo mismo, considerando que en nosotros todo debía pasar por ése lugar, teniendo alrededor, por lo demás ,tantos otros obstáculos. Tal y como le expliqué luego de eso, muy seriamente, el mejor presente consistía en si mismo. Él era mi regalo, su presencia, su estadía en mi vida y en el país. En que estuviera de nuevo con nosotros... (bah, en realidad, siendo honesta, conmigo) y  que me robara las hebillas y me jugara siempre, más allá de la indominable mentalidad maldita de los demás.

Quizá, la susodicha, de haber sabido la cantidad de miedos que había tenido que dejar atrás, para confesarme ante Él y vivir ese asado, de esa manera en particular; de haber sabido las charlas que habíamos tenido con Él y los planteos que se habían suscitado; enseguida hubiera entendido que ninguno de los dos éramos tan tontos, ni que la vida pasaba por tener o quitarle nada al otro, que nadie estaba en el medio de nadie.  Nosotros, pese a bromear mucho, sabíamos hablar en serio. Para llegar hasta allí, así, lo habíamos hecho más de una vez. No éramos, por consiguiente dos pelotudos, aunque nos hacíamos... y al parecer, nos estaba saliendo bastante bien, aunque a los demás les molestara.


martes, 18 de septiembre de 2018

Día del Profesor

I

- Veinte vení, vení - me llamó mi madre, mientras tomábamos el desayuno y yo me había ido a buscar algo a mi cuarto. 

- ¿Qué pasa? - musité, acercándome a la mesa. 

- Feliz día del Profesor, gorda - sonrió y me dió un beso. 

Me reí, muy levemente 

- Por lo menos por unos días lo fuí, sí - musité - Gracias, má.

II 

Facebook me trajo a la memoria, con ocasión de éste día, un recuerdo particular. Tenía diecisiete años cuando escribí algo como:  "feliz día a aquéllos profesores que me enseñaron (...); quizá, algún día, termine ocupando finalmente el mismo lugar". 

Da escalofríos pensar que, de alguna manera u otra, por pequeños instantes, ese quizá fue certeza. 

  

domingo, 16 de septiembre de 2018

La peste

Me considero una persona, antes que nada, visual. Para mí todo lo que tenga que ver con el orden se relaciona, asimismo, con un hecho que me representa: observo mucho y soy capaz retener información a través de la vista en gran medida. Para estudiar, por ejemplo, suelo usar técnicas de memorización visual; es decir, cuadros, esquemas, y palabras resaltadas. Muchas veces, en medio de un parcial, atravesando una laguna, me ha salvado recordar qué había escrito en color rosado o en qué palaba había enfatizado mediante el uso de mayúsculas.  Para vincularme con las personas, por su parte, voy directo a los ojos la mayoría de las veces. Incluso hace poco descubrí que a la hora de dar clases observar a mis alumnos es un gran plus, lo mismo que aprenderme sus nombres en el intento de individualizarlos y hacerlos sentir contenidos desde el saber que alguien está ahí, reconociéndote como un sujeto singular y prestándote su mirada por un rato sin que esto sea una herramienta de dominación, de reto o de incomodidad para ellos. Al contrario, la mirada como gesto de compromiso, de cariño, y si se quiere, de consideración.



Lo que me ha llamado la atención, y últimamente cada vez se vuelve más necesario, es que soy una persona ordenada, metódica si se quiere en muchas cosas, que necesita ver las cosas para recordarlas porque de otra manera las olvida.  Esta falta de memoria me pasa, especialmente, con la ropa; las carteras, los zapatos, los libros, los cosméticos o los productos de belleza. Son cuestiones de uso cotidiano para mí, pero al mismo tiempo, de frágil retención.

Una de mis hermanas, hace poco tiempo, estaba acostada en mi cama y notó, cuando abrí el placard, lo ordenado que estaba. Me lo hizo saber, mediante un elogio sorprendida por la manía de clasificar las cosas. Entonces le expliqué algo que para mí es perfectamente normal: “es que si no veo las cosas, me olvido que las tengo y nunca las uso; me pongo siempre la misma ropa, compro un shampoo cuando ya tengo otro o creo que me estoy por quedar sin algodón y me doy cuenta que no, que en realidad, tengo medio paquete pero archivado en el baño”.

Hace un ratito, terminé de asear mi cuarto. Organicé la ropa para lavar, la ropa para guardar, la ropa para arreglar y colgué las camperas que tenía dando vueltas en el perchero. Dividí las camisetas de manga larga en una fila, recordando un promedio de dos que hace meses no uso (y eso que, realmente, no tengo excesiva cantidad de ropa). Dividí los sweaters de media estación y las dos remeras manga ¾, a la vista, porque se acerca la época de usarlos. Acomodé los pantalones de gabardina que me compré para trabajar – porque en ese Colegio enseñar con jean al parecer “no daba” -  en una pila separada a los pantalones de jean y recordé la existencia de una calza sin estrenar que me compré hace dos meses.  Lo mismo me sucedió con un buzo de hace un año atrás, con sweaters gruesos que usé sólo una vez y con camisas que casi nunca uso.  ¡Porque me olvido! Porque no verlas es lo que me hace olvidarlas y, además, no me ayuda a  determinar lo que me hace falta, lo que no necesito o lo que podría aprovechar según tal o cual ocasión.

Admito que, antes, no me gustaba comprarme ropa y ahora lo disfruto. Sin embargo, eso no quiere decir que recuerde prenda por prenda a la hora de pensar mi vestimenta.

II 

Por lo general, no me gusta llamar la atención y mucho menos a través de cuestiones materiales. Para ir a la Facultad, siempre trato de ir lo más crota posible, honestamente, porque mis compañeras son muy pesadas en ese aspecto y es algo que me irrita. Siempre se están fijando lo que llevo puesto, elogiándolo, mirándolo o criticándolo solapadamente como si no tuvieran cosa mejor que hacer. Lo más cómico es que me dicen: “ay, qué lindo tu pelo”; “ay, qué lindo pantalón”, “ay, qué lindos zapatos”, “ay, qué linda funda que tenés en el teléfono”, como si ninguna de todas ellas pudiera comprarse cosas o, por lo menos, mirarse el propio trasero.  Y el punto es que,  yo por lo menos, jamás les digo nada de algo que no se refiera al estudio o de alguna cuestión que se vincule con las posesiones materiales. Nada de nada, ni bueno, ni malo; porque honestamente no es algo que me fije. Ahí está el punto, yo no me estoy fijando siempre en los demás, y mucho menos, me estoy comparando con los demás a cada momento. Sin embargo, en muchachas de mi generación, y a veces en muchachas que me llevan una década limpia, noto mucho de esto.  Todo el tiempo están comparándose, absolutamente todo el tiempo están fijándose y compitiendo con el que tienen al lado.

Mi madre, cuando me reprocha que siempre ando con la misma ropa para ir a la Universidad, no entiende lo incómodo que es que a veces en una misma semana te elogien – y vaya a saber desde dónde y hasta dónde es sincero ese elogio – desde la taza que llevás para merendar, hasta el color de uñas, pasando por el pelo, siguiendo por si te salió un orzuelo en el ojo, continuando por los zapatos, la cartuchera, el papel araña de la carpeta, la prolijidad de los apuntes o la organización de las fotocopias. De verdad, me agota y me resulta totalmente estúpido tener que soportar a compañeras que, hablando mal y pronto, no optan por mirarse su propio trasero. Porque, aunque quizá no sean malas, es imposible poder relacionarse si todo el tiempo se están comparando. A mí, por lo menos, me resulta imposible.

Quienes me leen hace años saben que siempre apunto a pasar desapercibida y que, las veces donde muestro algo, no tiene función de alarde. Simplemente, se me da, y lo hago, sin la funcionalidad de competir con otro (sea hombre o sea mujer). Lo pienso y lo comparto desde mi lugar de observadora sin malicia. Desde lo reconfortante que me resulta  ver otra persona arreglada  y no buscarle lo malo sino reconocer lo que la favorece y decirme: “qué lindo que le queda el rojo a esa chica” o “qué prolijitas que tiene las manos Fulanita”. Pero de ahí a estar todo el tiempo pendiente de la ropa, la taza, los apuntes, el pelo, la jeta; de si Fulanita metió X cantidad de materias o si Fulanita está al día con ellas; hay una distancia enorme. De verdad ,es una distancia inmensa que se define entre hacer la mía, vivir en la mía y seguir adelante con la mía; o cagarme la vida comparándome con las circunstancias, la vida, los objetivos y los azares de los demás, como si eso supusiera algún parámetro cuasi científico.

  Yo veo, sin ir más lejos, cómo reaccionan mis compañeras de carrera frente a otras chicas. Las veo, claro, no soy tonta en ese aspecto. Veo que las critican cuando van arregladas, que las “rebajan”, que se comparan con ellas y que, a menudo, dicen: “ay, mirá cómo se vino X”, mientras que después van muy campechanas a saludarla. ¿Cómo no estar segura de que con uno, y entre ellas mismas, es igual el manejo, aunque muchas veces, de la boca para adentro? Es, sinceramente, repugnante…  



Jean, zapatillas/botas, campera y mochila negra lisa. Ese es mi “uniforme universitario”. Nada de carteras, accesorios, pañuelos demasiado lindos o camisas formales. Nada de cosas más prolijas, que de alguna manera, desentonen con lo que la mayoría lleva. Ésa es mi lógica. Y, no me quiero imaginar lo que sucedería si, un día, abandono mi lógica y me visto como, si no fueran tan arpías en ese aspecto, me vestiría pensando en andar prolija, o en ponerme la remera que me gusta cuando tengo ganas sin pensar al lugar donde estoy yendo. 

III 

Con las únicas personas que me siento a gusto, para usar lo que sea, cuando sea, del modo en que sea, es con mi mejor amiga, mi mejor amigo, mis hermanas y mis padres.  Sé que son personas que desean lo mejor para mí y que, de hecho, se ponen contentos cuando me ven arreglada, cuando notan que algo me salió bien o que, por ejemplo, el tratamiento en la cara está funcionando. Lo elogian de corazón, apuntan a decirme si algo no me favorece con honestidad. No se empeñan en competir conmigo, sino que me quieren y me permiten, por suerte y gracias a Dios, poder ser como soy en realidad. Abrirme, compartir mis cosas, demostrar mis debilidades, confesar mis miedos y exponer mis dudas.

IV

Las veces donde realmente me arreglo, son contadas. Me da un poco de pudor decirlo, pero noto que la gente repara en mi más de la cuenta entre mayor tiempo paso frente al espejo, por lo que, muchas veces, para mí, menos es más. Más tranquilidad, más foco en lo que realmente importa de cada ámbito, más productividad para otras cuestiones y, en especial, menos celos del Séquito que de compañeras, por momentos, no tienen demasiada relación con el término.

Quizá sea yo la que esté errada, la que le de mucha importancia, la que se cohíba; pero debo admitir que es mi estrategia y que, en todos estos años, me ha resultado viable andar por la vida así, con un perfil bajo, con una apariencia discreta. 

Quizá sea yo la anticuada, que no mira a la gente con celos en ésta época competitiva del mundo, o que no anda chismoseando todo el tiempo lo que hace, dice, opina o viste el otro… Porque, justamente, no le interesa ni un poco. Quizá yo viva en mi mundo y lo único que me importe, en realidad, sea mi familia, mis amigos, mi Carrera y todo el ámbito profesional. Nada más ni nada menos.  Quizá el grueso de la sociedad sea en este aspecto una manzana podrida o quizá, yo sea demasiado tonta.

Cabe decir que, en caso de ser demasiado tonta, lo prefiero antes de ser una arpía envidiosa de las muchas que andan sueltas. Por mí, a cuantos más les vaya hermoso, mucho mejor… ¿Qué tanto puede tener eso de malo? ¿Cuánta rabia puede dar lo que sea que el otro proyecte en nosotros, para estar atosigándolo con su juicio? La verdad es que pasan cosas tan tristes y terribles por estos tiempos que la felicidad es un enorme privilegio que, aunque no toque de cerca, reconforta el alma. Lo mismo la belleza en el otro, la admiración que me produce ver a las personas que se sacrificaron llegar a cumplir sus sueños o el éxito de quien pasó su vida haciendo cosas por los demás. ¿Cómo no apreciar esas cosas? 

Miles de veces me pregunto cómo, con la cara de desinterés que les pongo cada vez que hacen “elogiosos comentarios”, les da la cara para seguir con la misma estupidez.  Si supieran que, si no fuera por lo fastidiosas, lo que ellas piensen me resbala… ¡Ay, si supieran cuánto me cago en lo que puedan pensar lo demás, a ésta altura del partido, en base a todas mis experiencias y estando en juego mi felicidad!

No sé cómo se pueden gastar en mirar a una piba que, del otro lado, no se acuerda la ropa que llevan las personas aunque acabe de verlas. Ni se fija en el pelo, ni en los apuntes del otro, ni en las notas, ni en las aspiraciones, ni en el novio, la casa, el perro, el auto, el trabajo… Honestamente, no sé cómo les interesa tanto, para qué se hacen malasangre, para qué compiten, para qué se calientan tanto.

A mí me importan tan pocas cosas, en realidad, tan poquitas, que no llego a ocupar con ellas los diez dedos de mis manos. No me quiero imaginar si, en cambio, todo el día andaría mirando la paja en el ojo ajeno y no tuviera tiempo para reflexionar sobre cuestiones realmente prioritarias y se me pasarían de largo. No me quiero imaginar si sería como mis compañeras de Universidad, con las que necesariamente tengo que tener un cierto trato en años de Carrera que llevo. No me quiero imaginar qué pasaría si me diera el gusto de decirle a más de una/uno en la cara "da asco ver lo mediocre que sos en éste aspecto, lo pelotuda/o, lo inmaduro/a; dejá de compararte y hacete cargo de tu vida antes de envidar la de los demás, forra/o, que quizá la otra persona se re merece lo que le está pasando y se esforzó un montón, y si no fue así, no tiene por qué andar soportando gente como pestilente como vos". 

¡Uf, qué descargo sería!  


 Sospecho que no son las únicas arpías en el mundo, sí, lo sospecho y confirmo en partes iguales y me digo que lo importante es mantener el criterio, el sentido común, los valores, y no contagiarse de una de las tantas pestes de la Modernidad.

Ojalá no todas las personas que me cruce en la vida sean así. Ojalá tenga la oportunidad de seguir haciéndome de buenos amigos, de buena gente, de buenas personas con la que nos podamos ir ayudando, enseñando y compartiendo un poco entre todos. 

¿No resultaría mucho más lindo vivir en un mundo así?