Para ver la Final de la Copa del Mundo, Él estaba recién devuelto al país. Nos habíamos juntado en la casa de unos conocidos y amigos en común, quienes habían propuesto hacer un asado, una picada y un real banquete para el mediodía y bien entrada la tarde. Llegué a eso del mediodía y, enseguida, fui a comprar tortas a una panadería con la esposa de El Canciller, mientras iban alistando la parrilla los chicos y otros tantos más ponían en condiciones la mesa.
En cuanto lo ví, un rato después, me devolvió la mirada. Algo bronceado, pese a la época invernal, estaba más lindo que de costumbre y yo personalmente ya venía haciéndome la idea de que iba a ser así. Llevaba el pelo bastante corto, se lo notaba descansado y enérgico, pero por encima de todo, yo lo notaba más atractivo. Era como si, de un momento para el otro, su presencia y los rasgos más mundanos del Universo, fueran capaces de hacerme estallar de expectación en una fracción de segundo.
¿Qué me estaba pasando?
Bueno, sí, era sabido hasta para mí lo que me estaba pasando, pero no dejaba de asombrarme. Nunca me había pasado algo así con un hombre por aquéllos días. Nunca me había atraído tanto desde los pequeños detalles como el estar bronceado, afeitado o con el pelito algo corto. Nunca me había representado algo impostergable mirarlo y pensar: " qué lindo que está, y feliz, ¡mi vida, cuando se pone así parece un nene, éste!".
Aunque estaba segura de quererlo en ojotas, tomando mate o luciendo la más elegante de las camisas con el mejor planchado pantalón de vestir, me había acostumbrado a verlo hasta dos o tres veces a la semana. Tenía su imagen, su pelo, su perfume y su presencia entera impregnados en mi horizonte de una manera muy fuerte, tuviera que ver o no con lo que nos estaba pasando, porque compartíamos también un grupo social de pertenencia.
Y sin embargo, ése día, cuando lo ví me reencontré con un hombre al que volví a elegir desde lo singular del haberme faltado. Sí, lo extrañé, comprobé la diferencia que había en el grupo si no estaba su voz, si faltaba su termo de mate con el agua en el punto justo, si nadie me recibía a la mañana como él. Comprobé que me importaba, también, desde un lugar que no había imaginado: lo cotidiano de saber que esa persona existe o no, más allá del poder estar o no en pareja con ella.
Al menos mirándolo a la distancia que me han dado los años, al verlo ese mediodía tuve la total certeza de encontrarlo tan deseable a un nivel físico como jamás pensé poder asociar a Él. Entendí que había llegado a un punto nuevo en mi, y desde mi forma de ver el mundo: sentir que con ese hombre no era solamente un amor casto, ni tampoco, un deseo por si mismo. Sentir que era exactamente el balance entre amor y deseo. Que finalmente había encontrado en una sola persona, ambas cosas. Si bien antes de su belleza física, estaba su forma de ser, de hablarme, de reírse, de hacerme reír y de hacerme sentir feliz; el nivel de facha al que había ascendido en ese viaje terminó por descolocarme. Con certeza atendía al llamado que afirmaba el haber encontrado las dos cosas en uno, pero temía que del otro lado lo dejaran pasar. ¿Seguiría siendo linda, para Él? ¿Le seguirían pasando las mismas cosas conmigo? ¿Había pensado en mí durante el viaje? ¿Me encontraba mejor o peor? ¿Seguiría gustándole, más allá de lo físico, también desde lo esencial?
Me acerqué a saludarlo, sin responderme ninguna de las preguntas.
- ¿Venís a ver el partido? - me preguntó, con una sonrisa juguetona. Es decir con esa cara de bobo que ponía cada vez que me le acercaba, de buenazo total, con la que se le amansaban los ojos, se le aflojaba la dureza de la mandíbula y parecía edulcorarse en solitario.
Me reí, poniendo cara cuando me dió algo parecido a un abrazo, me puse en puntas de pie para alcanzarlo, y besarlo, en función de nuestros reparos, en la mejilla.
- Viene a ver a los jugadores, ella - me susurró, mientras me abrazaba.
Nos miramos, con bastante intensidad. Ya había empezado a provocarme...
- ¿A vos qué te parece? - le pregunté, con el tono que usaba para hablarle.
La parte izquierda de su rostro, cobró vida con una mueca, parecida a una media sonrisa.
- Que sí , que solamente viniste a mirarlos a ellos... - admitió - Yo sé que venís a mirar a los jugadores, a ver si son lindos, cuál es más fachero que otro... - revoleó los ojos por el aire.
Le hice una mueca particular, mordiéndome los labios y llevando la pera hacia adelante.
- Mentira - sonreí - Vos sos el que se fue a ver el Mundial en vivo, no yo - lo pinché
- Pero yo no miro jugadores... - esgrimió.
- Pero habrás mirado otras cosas - mofé - en las que no me agrada pensar...
Se carcajeó levemente y sacudió la cabeza.
- Dale que estás con los jugadores pero no largaste nada - evidencié - ¿Cómo te fue?
- Muy bien. Me divertí mucho. Estuvo muuuuuy bien. Realmente es un clima bárbaro. Una locura todo, muchas fiestas, muchos festejos de todo tipo. ¡Una cantidad de gente...! - me explicó.
- ¿Y al margen del fútbol? ¿Recorriste algo cercano, visitaste algún lugar con los chicos? - le pregunté, al lado de la parrilla.
Me miró y sonrió con intensidad. No podíamos hablar en serio, ese día, porque su cara irradiaba algo que iba entre la risa, la picardía y el habernos reencontrado hacía poco, mientras que la mía, iba buscando el modo de ordenarse.
- Más o menos, sí, recorrí. En todos lados, de todos modos, había una clima muy festivo... ¿Viste las fotos que te mandé? Bueno, todo el tiempo así, todo el tiempo así - insistió - Tomé mucha cerveza, te lo juro por Dios, me la pasé tomando cerveza - sacudió la cabeza - Ahora estoy un poco saturado, daba asco la cantidad... - me contó, campechano como siempre, sin hacer alarde de nada.
- Yo ví uno de los videos y tenías una cara de feliz cumpleaños importante - le recordé - Estabas alegre, alegre - se rió.
- Nah, no me puse en pedo. Tomé, sí. Hacía calor, además, yo andaba en bermudas imaginate, era permanente el ofrecimiento y yo aceptaba... - insistió - Encima me decía a mi mismo que ya estaba, pero quizá antes del partido los pibes estaban ahí tomando y me tentaba...
- Bueno, pero está bien... ¿Qué tiene de malo? Es una vez que fuiste, está bien que tomes hasta sacarte el gusto... - le dije, relajada - Acá no tomás así, laburás toda la semana, sos más ordenado... ¿O te llevo a Alcohólicos Anónimos de la manito?
Me sonrió. Intercambiamos una mirada de arriba hacia abajo, mutuamente.
- Estoy más gordo, ¿viste?
Sonreí, mofando. Miré para abajo, avergonzada por mi reacción espontánea. No había podido controlarla, ni siquiera, sabiendo que estaba haciendo mucho esfuerzo para medirme ante los demás, para intentar exponernos lo menos posible.
- No, no estás gordo... - le dije, en voz bajita.
- No seas mentirosa - me susurró, más comprador.
Empecé a sufrir por que usara ese tono de voz.
- No te hagas el pobrecito, no empecemos con la carita de pobrecito porque es para quilombos... - musité. Me miró, sonriente, y miró para abajo. Mis compañeros entraron al jardin, desde la puerta trasera de la casa justo cuando todo empezaba a cambiar. Y en cuanto uno arribó con la carne y unos vasos, y otro perfiló un qué hacemos, y una compañera perfiló un quién cocina; le dije adiós a mis estrategias Él, sin embargo, no perdió consideración de mi último comentario, pese a que me alejé del radio de tensión-atracción para dejarlo hacer.
II
Un rato después, mientras estaba llevando platos y vasos a la mesa, en el mismo sentido que todos mis compañeros y compañeras, entró de sopetón en la cocina en busca de unos cubiertos. Nos miramos, nos sonreímos brevemente y seguí buscando los platos. Un compañero me los pasó, los cargué con mis dos manos, y sin que lo hubiera esperado, me interceptó en el pasillo.
- Uh, me la encontré a ésssssta... - mofó, de broma.
- Ésta, tu abuelita - le recordé.
Se rió.
- Vos sos una abuelita... - me hizo reír, porque eso era nuestro chiste interno por excelencia.
- Atorrante, dejame pasar...
- ¿Qué vas a hacer, eh?
- Dale, boludo - musité, riéndome.
Me miró, intensamente y negó con la cabeza. Ay de mí, y de mis ganas de tirar los platos al piso y lanzarme a sus brazos.
- No te dejo pasar, no, no, no... - me reí, ávida de sus juegos, aunque avergonzada.
Enarqué una ceja, y lo miré, seguramente ,con la picardía que recuerdo haber sentido por dentro.
- Si no me dejás pasar, apoyo los platos, y te la cobro ésta - le advertí - Te corro por todo el patio...
-¿A quién vas a correr vos, eh? - me provocó, dulcemente.
Yo tenía los brazos ocupados, las manos llenas de vajilla de vidrio y rogaba que nada se me cayera al suelo.
- Vas a salir corriendo del espanto, vos, si salgo a correrte... - musité, bastante más cerca.
- Loca estás - me susurró, cerca de mi rostro.
Me cedió el paso y caminé haciendo gala de toda mi humanidad, esperando que aprovechara la oportunidad para echarme una mirada. Se quedó con las bolsas de asado en las manos y la otra mano llena de cubiertos. Cuando me di vuelta, disimuladamente, me mostró la carne que tenía en sus manos. Ése era otro chiste interno por lo que me reí, solapada, y sacudí la cabeza.
Considerando que todos nuestros compañeros estaban alrededor, me dispuse a acomodar las cosas sobre la mesa aunque lo espié a la distancia. Recuerdo que sentí cosquillas en la panza, por lo que intenté calmarme y concentrarme en mi tarea. Me sentía demasiado obvia, y en cierta manera, por una cuestión de conservar un perfil bajo siempre, mi necesidad se basaba en el más sincero intento de, por lo menos, mantener las formas. Pero ¿cómo? Me resultaba un desgaste enorme estar diciéndome todo el tiempo "sé prolija, sé ordenada, sé respetuosa, cuida que no se exponga", y al mismo tiempo, estar diciéndome: "sentate encima suyo", "andá a buscarlo y contale lo que te compraste el otro día el en shopping, ya está, que no sea sorpresa" "decile que lo extrañaste", "dale, decile que lo ves más lindo, que lo extrañaste". Era una lucha constante y atroz en mi interior.
III
Unos instantes después, pasó con las manos llenas de cosas y me miró; por lo que lo seguí con la mirada hasta que se fue hacia el jardín. Un vaso. Un plato. Un juego de cubiertos. Una servilleta. Volvió a pasar, para lavarse las manos. Otro vaso, otro juego de cubiertos, una mirada de refilón y una servilleta. Pensar: " quiero que se acerque, la puta... " y suspirar con disimulo. Dar vuelta la cabeza y todo el resto del cuerpo, dándole la espalda a la puerta de la cocina.
Y por detrás, Él de regreso...
Encaminado fervorosamente hacia la parrilla, me acarició la nuca, descendiendo por mi cuello una mano húmeda. Siguiendo el movimiento ascendente, a la vuelta de lo que acababa de hacer, me robó una de mis hebillas, por lo que el pelo me cayó enseguida en el rostro. Me estremecí y, de inmediato, mi piel se convirtió en carne de gallina.
- ¡No, no, no me despeines, maldito! - me reí, frente a todo el mundo.
- Esto es mío - musitó.
Mofé, dejando el juego de cubiertos sobre la mesa. Extendí un poco el cuello para seguir su huida.
- ¡Daaaaleee, ****, dame mi broche por favor! - lo burlé, en un tono que yo sabía lo ponía inquieto.
Se dió vuelta para mirarme cuando exclamé eso en una voz lo suficientemente audible. Pidiéndome por favor por ese tono, siguió su camino hasta desaparecer en el jardín con mi hebilla... En su bolsillo... Escondida. Representando la mayor de las tentaciones.
Quedé con los pelos y el corazón alborotados. Me dije que iba a terminar de poner la mesa, antes de reclamar lo mío. Volvió a pasar con un compañero. Lo miré. Sonrió con cara de pícaro y me hizo burla con el rostro.
- Estoy esperando... - dije.
- ¿Qué estás esperando?
- Lo mío...
Negó con la cabeza, determinado.
- No. Es mío, ahora. Lo perdiste.
Me le acerqué, y al mismo tiempo, se me acercó.
Mi compañero ya estaba adentro de la cocina, por suerte.
- No seas malo conmigo, dale - le pedí, siendo persuasiva - No me juegues así - insistí.
Revoleó los ojos, en una mueca comprometedora.
- Por favor, no seas guacha, no me pidas así las cosas ¿querés? - me reí - Es mío el broche. Es en vano que me pidas, porque me lo voy a quedar para mí - dijo.
Insistí.
- Bueno, pero prestame la hebilla así me peino de nuevo hasta que nos vayamos... - le puse cara de compradora - Por favor. Sé un buen hombre.
- Me la voy a quedar para mí - sonrió.
- Vos no usas hebillas...
- La quiero para mí - insistió.
¿De verdad se quería quedar con mis hebillas, en una suerte de recuerdo, a lo Lolita (salvando las distancias tan funestas)?
- Te la dejo para vos, en serio - prometí - cuando nos vamos, te la doy si querés, y te la quedás - le susurré - pero dejamela mientras comemos, así estoy más cómoda, no seas bobo, daleeeee- insistí.
Mis compañeros se acercaron con bebidas alcohólicas y vi como guardaba mi hebilla en el bolsillo de su buzo. De haber podido, eso habría desembocado en una lucha cuerpo a cuerpo por recuperar mis procesiones, en la cual no había opción posible de derrota.
IV
Mientras almorzábamos, todos juntos, los demás empezaron a indagar sobre su viaje. Le preguntaron por las mujeres, por la belleza de las mujeres. Lo miré, sin poder evitarlo por un segundo, pero seguí comiendo como si nada. Como si no me pasara nada.
- Las rusas, son las más lindas - musitó - De cara, son perfectas. Rubias, blancas, de ojos claros... - enumeró, perfectamente anoticiado de que lo estaba escuchando y gozando de esa posibilidad.
En el fondo, me puse un poco celosa de las rusas, obvio. Rubias de ojitos claros, ellas. Prototípicas. ¿Y yo, qué, no contaba? Me miró de reojo, un rato después, con un gesto de dulce malicia en el rostro.
- ¿No te levantaste una rusa? - lo cargó, uno de mis compañeros.
- Nah, olvidate, dejame de joder - admitió - No me dan bola, ni en pedo...
Lo miré, ví su mueca juguetona y me decidí a no prestarle atención. Fingí estar encandilada con la televisión justo cuando estaban pasando el pre-calentamiento de los Alemanes.
- Más de una acá vino a ver a los jugadores y a mí me corren con las rusas, eh... - deslizó.
Me sonreí. Mis compañeras empezaron a hablar de los Alemanes ,de lo agraciados que eran algunas, de los físicos esplendorosos. Yo preferí no engancharme y lo dejé con las ganas de pelear.
En el fondo, Él era mejor que toda Alemania a disposición, aunque estaba decida a no emitir comentarios. Sabía perfectamente que a Él lo desesperaba mi silencio, lo sabía. Lo desesperaba esa especie de misterio embutido en mi silencio, de lo diferente que podía ser en el ámbito que para mí era público, a diferencia de las cosas que hacía, decía o le manifestaba a Él, en privado.
V
En el comienzo del primer tiempo, nos sentamos separados. Me quedé con el hijo de la familia dueña de casa, de quien era niñera en esa época, y lo dejé a Él mirar su partido cerca pero lo bastante lejos, a mi gusto. Sabía que si me le sentaba al lado iba a ser muy evidente el asunto, por lo que decidí tomar distancia.
Por su parte, la hija de dicho matrimonio, una forrita en potencia, contemporánea a mí, estaba lo bastante celosa de algo que, respecto al cuadro de situación general, nunca identifiqué del todo. No supe bien si era la cercanía con sus padres, con su hermano o con mis propios compañeros lo que le molestaba; tampoco supe si Él le gustaba desde antes y yo, sin saberlo ni imaginarlo, "me había metido en el medio" o si, sólo por jodida, quería meterse en el medio de una discusión mucho más profunda de lo que se imaginaba con su pequeña cabecita de borrega competitiva, alumna de UADE con ideario de niña bien.
- Vos sos como mi hermana, pero buena - me dijo el niño, en un momento, de lo más dulce, abrazándome. Lo abracé y le acaricié la espalda, apelotonándome a su lado. La pendeja escuchó, claro y seguramente también vió. Pero también escuchó que yo le decía que no, que su hermana iba a ser siempre su hermana y que yo, lo iba a querer como mi hermanito postizo, pero que la familia era muy importante y bla, bla, bla.
¿Y qué hizo la Señorita? Lo encaró a Él y le dijo, a viva voz: "¿puede ser que estés más flaquito, vos Negro?" con un tonito de parsimonia que pretendía calentarlo si es que no podía seducirlo. Aunque precisamente, la que empezaba a calentarme, era yo. " Ah, no, la mato... La que me falta ahora es que esta forra ponga a tirar palos en la rueda, la puta que me parió ... " pensé y automáticamente preferí el tópico de las rusas.
A Él lo miré, nada más, de lejos, pasados unos minutos del asunto. Me interesaba ver su reacción, medirlo, cazar su expresión en el aire, recibiendo ese comentario de otra piba de diecinueve años. Quería considerar la reacción frente a un mismo estímulo, aunque de una chica completamente diferente. Y, en ese sentido, la respuesta con la que me encontré me dió ternura: se quedó callado, le hizo un gesto con la cara y le dijo algo como "no, no creo, al contrario", cortándola bastante, bastante en seco.
Al verlo, comprendí todo en un segundo: ésa era su forma, la forma habitual en la que Él trataba a las mujeres más jovenes. Una forma donde había implícitamente una distancia, una lejanía, en su voz, en sus modos y en su forma de mirarla. Una forma donde se notaba, simbólicamente, desde la forma de intercambiar dos palabras, que había una gran frontera entre uno y otro.
¿Y qué remedio? Por primera vez en mi vida, me regocijé por dentro, ante la maldad ajena. Sí, me alegré, de hecho, de que hubiera quedado como una tarada, me alegré de que no le diera pelota, me alegré de que la hubiera hecho quedar como una idiota, desde la implícita distancia. Me alegré profundamente, porque la Señorita Dinero no se imaginaba, internamente, todo lo que había pasado entre nosotros para poder exponernos un poco más. No se imaginaba en su mente de colibrí, todos los desafíos y cuestionamientos morales que a Él lo corroían por dentro y que hacía meses estaba intentando pormenorizar... No se imaginaba mi valor, ni nuestros miedos, ni nuestras vacilaciones. No se imaginaba algo ajeno a querer calentarle la pava desde lo físico, o desde lo juvenil, a un tipo que sin gritarlo a los cuatro vientos se estaba debatiendo una relación sentimental conmigo, otra pendeja que, más allá de todo, no había basado el esquema en lo físico y quien jamás había usado su propio cuerpo como un arma de combustión.
¿Creía realmente que a un tipo se lo podía levantar elogiándole el cuerpo o haciéndose la canchera? Básica, básica, básica. Podría ser una chica de mejor posición social, con padres profesionales, creída, perteneciente a la comunidad de una Universidad Privada carísima, con viajes en su haber, con otras oportunidades... Es decir, una reina en comparación a mí, mucho más cercana en un horizonte socioeconómico si se quiere; pero evidentemente...
En ése momento, siendo honesta, no pude menos que sentirme especial. Como en las películas.
VI
Una vez Argentina quedó eliminada del Mundial, me senté en la mesa, y le respondí un mensaje de texto a mi hermana que me hablaba sobre el partido. Él se sentó a mi lado, levanté la cabeza fugaz, durante un instante lo miré y nos sonreímos.
- ¿Van a hacer mate? ¿Vos vas a tomar? - me preguntó.
- Sí, *** dijo que iba a buscar las tortas. Voy a llevar estos platos - le comenté.
Me levanté, ayudé a levantar unos platos y cuando volví, estaba mi hebilla arriba de la mesa. Pero... ¿qué me importaba la hebilla? Mi cabeza estaba en otra cosa. ¿Y por qué? Porque acababa de entrar a la cocina, acababa de escuchar a la pendeja de mierda criticándolo a Él, o en realidad a nosotros y acababa de confirmar mis más asquerosas sospechas: la susodicha era una arpía, considerablemente ponzoñosa.
- (...) ... pero, encima, las cosas que hace... ¡Es un pelotudo, todo el día atrás de ella! ¿No le da vergüenza, estar todo el día atrás de esa? - le decía la otra, a su mamita, la dueña de casa y compañera mía - Y la otra siempre en el medio, siempre en el medio, está. Molesta que es, por favorrrrr - exclamaba, lo más pancha.
Y ahí, ni bien terminaba de decir eso, entraba yo, preguntando en un brote servil dónde era que se dejaban los platos, habiendo escuchado todo, con la mejor cara de idiota que podía lucir. Porque aunque me acabara de tratar peor que a la basura, no pude menos que disfrutar importunarla, hacerla callar, implícitamente, con mi sola presencia que mucho había tenido de fortuita. O no.
- *** ¿dónde te dejo esto, para que te sea más cómodo? - le pregunté a su madre, como si nada.
- Ahí, Veinte, donde puedas, no te hagas problema igual - me dijo, la mamita del soretín.
- No hay drama, no es problema - les dije, super sonriente, precisamente para molestar.
- Ay, ay, Veinte, siempre en el medio, vos - dijo la pendeja.
Le sonreí, como si no entendiera nada, mucho más que antes.
- Pero cheee, si uno hace porque hace... No me jode, son un par de platos- ironicé - Ya me voy y no molesto más, ya me corro del medio, en serio - musité, con un falso cariño.
Me despedí con la misma sonrisa de asco solapado. Deseé que se mordiera la lengua, por mala, mala gratuita, porque de mi lado jamás le había dado importancia a su vida , a sus cosas, o a sus gustos. Tampoco jamás me había interesado acercarme a ella, notando que tenía otras aspiraciones, que se hacía la superada, y que yo, de la misma edad pero con el perfil opuesto, no le caía bien. Si me había hecho re amiga de su papá, cercana a su mamá, niñera de su hermano, y desde ese lugar, su propio padre solía decirme que sentía que yo tenía su edad, que siempre se olvidaba que tenía la misma edad que su hija, porque había mucha diferencia. Desde mi lugar, también lo notaba, pero nunca supe en qué se basaba. Yo me entendía con sus padres, no con ella, pese a que tuviéramos la misma edad y eso se me daba natural. Lo mismo, con el resto de mis compañeros. No era un personaje impostado, sino, una cuestión de base, del modo de pensar, de actuar y de ser, traspasado por toda una vida.
¿Qué iba a hacer? Cada una en su orilla, estábamos más que bien hasta que escuché ese comentario en la cocina, aquélla tarde dominguera. "Dios, ayudame, porque no puede ser que a todos les molesta... ¿Qué tiene de malo que yo lo quiera, si no le estoy cagando la vida a nadie? ¿Qué tiene de malo que haga una sola cosa por mí, si no está lastimando a nadie? ¿Por qué son tan mierdas con la felicidad de los demás? ".
Todavía estaba aturdida mientras transitaba el mismo pasillo, furiosa, procurando guardar las formas porque estaba en la casa de mis compañeros que, en ese entonces, además, eran mis "jefes", gente totalmente diferente, de lo más amable, considerada, y sencilla que si bien no veían con buenos ojos mi cercanía con Él y la cercanía de Él en torno a mí, no por eso me habían dejado de dar empleo. Pero su hija, y en cierto modo la escucha de la madre, era diferente. Diferente a todo. Excedía lo que pudieran opinar del asunto. ¿Y cómo iban a ser tan hipócritas de decirle a Él que yo podría ser la hija, meses antes, y al mismo tiempo, meses después, criticarnos en la cocina como dos gallinas?
¿Cómo no perder el humor?
VII
Luego de ese cuadro que me había tomado por sorpresa, por la insolencia de la otra idiota, acababa de sentarme en la mesa al lado de Él y tenía ganas de decirle: " ¿Vos no te estarás metiendo con esta estúpida, no?"... Pero ¿y si era cosa de ella, solamente?
Me costaba, no lo sé, no podía entender cómo había resultado que la señorita pretendía todo lo que yo quería, o en realidad, a la persona que me importaba. ¿Por qué semejante mala suerte, por qué obstáculos por todos lados? ¿A quién podía darle tanta rabia, a quién le hacíamos sobra en nuestra dinámica? ¿Y esa queja, en concepto de qué había sido? ¿Eso equivalía a pensar que no le daba la misma atención a ella, que la relación no era la misma y que, conmigo, las consideraciones eran diferentes?
Traté de calmarme y procuré confiar en Él. Mi intuición me decía que, si bien lo podía hacer con otra mujer, mi coetánea no era candidata, así que me mantuve en órbita y disimulé la desesperación.
La relación que tenían, aunque aquella otra pretendía acercársele, consistía en saber marcarle los límites. Eso me había revelado la situación anterior y ahora lo comprendía: Él, desde su voz, desde su mirada, desde su modo, le había marcado un límite.
Precisamente allí residía la diferencia por esos días: mientras que con ella sí, conmigo no podía poner los límites; y en aquélla zona de anomia feroz donde luchábamos, donde yo sabía que le gustaba, donde me gustaba una barbaridad y donde nos atraíamos mucho, más allá de lo físico, en un nivel que también era mental, había florecido cuestiones mucho más profundas, ajenas al prejuicio popular.
- ¿Qué hacés con el telefonito? - metió sus dedos en mi pantalla.
Me sacó de mis cavilaciones.
- Pero quéeeee pesaaaaado, todo el día me anduviste jodiendo ¿me podés decir qué, qué es lo que te pasa, a vos? ¿Qué te pasa, qué te pasa, que venís pe-pe- pe de allá? - lo burlé.
Se rió.
- Dale, dejame de volver loca, por favor... - le susurré, más cerca - Mirá como te lo pido, dale... Sé buenito.
Agachó la cabeza, como un chico, y la apoyó en la mesa.
La sacudió, como si negara, como si dijera "no, no, no, no".
Me reí.
- ¡Qué te parioooooo, neeeeenaaaaa, por favor! - dijo y suspiró muy profundamente.
Se quedó un buen rato así, hasta que lo acaricié en los hombros, disimuladamente, para que saltara.
- ¿Qué te pasa a vos, ahora? - me preguntó, divertido.
- Busco venganza por todos los sucesos del día de la fecha... - dije, y sonreí, por lo bajo, tomando el mate que estaba cebando la mama de la otra arpía, con cara de idiota, como si efectivamente no hubiera escuchando nada de nada y seguramente comiéndose las imagenes que le regalábamos para después comentarlas.
IX
La pendeja forra salió de la cocina, cuando ya casi nos íbamos. Él me estaba diciendo algo como "¿vamos?" y la señorita lo interpeló con un: "dale, llevala a la casa, total vive tan lejos". Él la miró, no entendiendo muy bien a qué venía ese comentario atípico hasta para mí. Comentario de inmadura, de estúpida, de metida, de envidiosa. ¿Y a ella, qué le importaba si me llevaba a mi casa, si nos íbamos a la suya a terminar el domingo solos o si nos íbamos a comer?
La miré y le sonreí con distancia. Jamás iba a demostrar frente a Ella, pero tampoco frente a Él, que su actitud me molestaba. Jamás.
Él Negro se palpó para asegurarse de tener encima las llaves del auto y me miró, con una mirada especial, la correspondí, obviamente, como si le diera que sí.
- ¿Te lleva a tu casa? - me preguntó, la pendeja.
Lo miré a Él. De pronto, se puso serio, distante de nuevo, aunque no cambió la expresión de sus ojos.
- Me tira, sí, me tira debajo del puente donde vivo - le aseguré a ella con una sonrisa.
- Porque vivís tan lejos, la verdad...
Él la miró y se quedó callado.
- Sí, un montón. Puente La Noria a la vuelta, maso - me reí, con ironía - Por suerte tiene un alma caritativa... - me acerqué a saludarla.
"Hija de puta " pensé.
Lo miré, de nuevo, mientras la saludaba.
- ¿Lista, vamos? - musitó.
Asentí con la cabeza.
- ¿No te dije? Te lleva - dijo, ella.
- Dale, vamos, sí señorrrrr - me reí - Se compadece. Estoy a dos mil leguas de acá- le recordé
En cuanto me dí vuelta, mi cara se trasformó en odio. Él ni cuenta se dió, o al menos, se hizo muy bien el desentendido. Subimos al auto, nos despedimos de la pendeja forra y emprendimos breve trecho hasta mi casa.
Pasé todo el camino mirándolo. Estaba de muy malhumor, pero quería mirarlo.
- Te traje un regalo, del viaje. Te lo voy a dar - musitó, avergonzado, luego de unas sonrisas.
- Ay, no, ¡***! - exclamé , llamándolo por su apodo- ¡No te dije que no gastes!
- Pero ya te lo traje, dale, es lo mismo... Aceptalo. Le traje a todo el mundo y, a vos, además, te traje algo personal que te compré, algo que es para vos sola.
Me reí, llena de pudor por el gesto.
- Diosssss, pero no hacía falta, en seriooo - suspiré, tímida - ¿Qué te dije yo? Con que volvieras, todo bien. Hoy estuviste muy travieso, vos, viniste con toda la zamba encima, eh... - lo miré, en otro tono - Vamos a ver qué depara el próximo Mundial, que no sé ni dónde es... - sonrió, en la cabina.
- En otro momento, te doy el regalo. Aceptalo, por favor - musitó.
Me acerqué a saludarlo, apoyando mis manos en sus piernas para estirarme mejor. Podía quedarme dentro de su auto, horas, jugando consigo.
- Gracias por traerme - musité - Ése es mi regalo.
- Deja de agradecerme, por favor, basta de gracias... - reconvino - ¿No sabés que no me tenés que agradecer a mí?
Asentí.
- Es que soy educada, hombre - lo animé.
- Decís malas palabras todo el tiempo... ¿Sos educada? - se rió.
- Son dos cosas distintas. Cuando quiero puedo hablar bien, sólo que con vos, a veces, no sé, evidentemente tengo la boca sucia... - le dije, asumiendo mi cuota, y se rió - ¿Qué problema, no?
- Por favor te lo pido, teneme piedad, teneme un poco de piedad... ¡Todo el día así, estuviste!
- ¿¡YOOOOO ESTUVE TODO EL DÍA ASÍ, DELE QUE DELE?! - exclamé.
Enérgicamente, asintió con la cabeza varias veces, en repetición.
- Siiiiiiiiiiiiiiiiiii, ¡vos! Ponés esa carita, encima, esa carita...
- ¡VOS, que me encerraste en el pasillo, que pasabas cien veces haciéndome desear y me querías raptar en casa ajena, ¡locooooooo estás!
- Yo, acabo de volver de un viaje, y lo único que te digo es que te traje un regalo. Ya sé que no me pediste nada, pero te compré igual.
- ¡No había necesidadddddd! - lo burlé - ¿No me trajiste a ése hombre de Brasil del que tanto hablamos?
- No, ni en pedo. ¿Qué te creés?
- ¿Por qué, no?
- Porque no, nena, no te voy a traer tipos... - dijo, entre simpático, bromista y picado.
- Ay, ***, yo te aclaré qué era lo que quería... Muy bien sabés cómo lo quería, todo... ¿Por qué, no?
- No me importa. Andá a buscarlo, movete, si querés un negro brasilero todo musculoso como me pediste...
- ¡MENTIRAAAAAAAA, no te pedí eso! ¡Quería un argentino!
Me reí.
- No te traje al negro de regalo. Te lo advierto. Ya cuando estaba allá, yo te lo dije, tipos no te voy a traer. ¿Qué te pensás? ¡Andá a buscarlos, nena, dale!
Se rió.
- ¿Por qué no me trajiste al prototipo que te detalle? Era más fácil...
- Porque no te voy a buscar un tipo, yo. No te lo voy a buscar y te lo voy a traer. No y no.
- Sos un tonto, un tonto...
- Y vos querés tipos, nena, y encima, que te los traiga.
- Sí, nene, dale, sí - sonreí.
- Y yo no te voy a traer. Te compré un regalo, sí, pero otro tipo, no... Ni loco.
- El regalo está a la vista - le sonreí.
(...)
Finalmente, me había traído un regalo. Un regalo de verdad, que nunca le acepté, no por despreciarlo, sino pretendiendo "enseñarle" algo: para mí, todo lo que me importaba en Él, era su presencia, su aguante y sus gestos. A cambio, le daba lo mismo, considerando que en nosotros todo debía pasar por ése lugar, teniendo alrededor, por lo demás ,tantos otros obstáculos. Tal y como le expliqué luego de eso, muy seriamente, el mejor presente consistía en si mismo. Él era mi regalo, su presencia, su estadía en mi vida y en el país. En que estuviera de nuevo con nosotros... (bah, en realidad, siendo honesta, conmigo) y que me robara las hebillas y me jugara siempre, más allá de la indominable mentalidad maldita de los demás.
Quizá, la susodicha, de haber sabido la cantidad de miedos que había tenido que dejar atrás, para confesarme ante Él y vivir ese asado, de esa manera en particular; de haber sabido las charlas que habíamos tenido con Él y los planteos que se habían suscitado; enseguida hubiera entendido que ninguno de los dos éramos tan tontos, ni que la vida pasaba por tener o quitarle nada al otro, que nadie estaba en el medio de nadie. Nosotros, pese a bromear mucho, sabíamos hablar en serio. Para llegar hasta allí, así, lo habíamos hecho más de una vez. No éramos, por consiguiente dos pelotudos, aunque nos hacíamos... y al parecer, nos estaba saliendo bastante bien, aunque a los demás les molestara.