Pero después de esa charla, mi corazón me pedía quedarme. Ahí, en lo desconocido. Javier acababa de decirme "vení conmigo" y se había acercado al cuerpo de la persona que era yo a los diecinueve años, para abrazarme con ferocidad. Después, un rato después, nos habíamos besado. Por primera vez en tantos meses de conocernos, de ser parte de ese grupo de vecinos abocados a la literatura, a que yo lo conociera en su simpleza y sus aires campechanos, había podido besarlo. Tenía cuarenta y dos años y yo tenía diecinueve. Había diferencia de edad y sin embargo en ese momento nada parecía poder interponerse.
Cuánto lo había deseado. Honestamente, cuánto. ¿Se puede medir la cantidad de fantasías con alguien? Si se pudiera, difícil sería no admitir que había roto todos los parámetros. Fantaseaba con besarlo, me daba pánico mi propio deseo y al mismo tiempo no podía dejar de sentirlo. Iba, ya por entonces, mucho más allá de mí. Lo deseaba a el, y al momento consigo en la misma intensidad.
Por eso cuando lo había besado por primera vez, no podía estar más feliz. Además, había podido colocarme encima, de acuerdo a sus inclinaciones y había podido besarlo de nuevo, mientras él iba perdiendo por primera vez las manos en mi espalda y me acariciaba. Me besaba también y no podía evitar sentir que "era ahí". Se sentía lindo que me tocara. Sus manos eran muy suaves y hacia que me estremeciera sin poder evitarlo. Quizá no estaba bien ser tan sincera pero era incapaz de dosificarlo. Me salía. Y cuándo sos extremadamente estructurada, que algo te salga porque si, de adentro, es desesperante pero al mismo tiempo revelador.
No podía dejar de besarlo, no quería separarme, quería mirarlo y tenerlo acostado para mí. Únicamente eso, y luego todo el resto del mundo. Quería que fuera él. Necesitaba que fuera él, porque lo amaba y quería darle todo de mí. Quería brindarme y que lo recibiera. Quería ser suya. Únicamente. Suya. Estaba profundamente enamorada y necesitaba entender porque todo se me escapaba de las manos.
- ¿Qué estás haciendo, vos querés que...? - le pregunté, porque todo estaba pasando muy rápido. No porque le fuera a decir que no, sino, porque quería entender lo que iba a aceptar.
- No está bien esto - dijo. Lo miré, todavía encima suyo y me alejé. Cerró los ojos y me dijo que no podía una vez más. Javier no quería tener sexo conmigo. Eso pensé.
- Espera - dije - ¿Qué pasa?
En silencio, me acomodé la ropa. Lo respeté obvio aunque el rechazo me calo profundamente. Me hizo sentir solo una cosa, algo que consigo me costó años abandonar. Yo realmente pensaba que Javier quería hacer el amor conmigo. Y yo pensaba, sentía y sabía que quería hacerlo con él. Aunque asustada, de hecho, porque no sabía cómo era tener sexo con alguien que me llevaba tantos años, es decir, si íbamos a poder entendernos... Yo quería hacerlo con él. Pero él, no se animaba a acompañarme en el descubrimiento.
- ¿Te enojaste conmigo? - preguntó
- No. Me voy a ir a casa , mejor - dije.
- Dame unos minutos y yo te llevo.
Javier se tapó el rostro con una mano y me pidió que le diera un momento para recuperarse. Me dijo que me podía quedar consigo si quería, pero más lejos, porque tenerme cerca no le permitía pensar. Y él, necesitaba pensar mucho en ese momento. Y yo no lo dejaba y que no quería equivocarse, hacerme daño. ¿Y lo que a él le pasaba? ¿También eso era mi culpa?
No estaba enojada, me sentía rechazada. Yo me sentí un perro, un perro abandonado que rechazaba por tener sarna. Y luego de eso, siempre pensé si quizá no había hecho algo mal, inexplicablemente mal, para arruinar un momento que parecíamos desear los dos. Los rechazos en situaciones de vulnerabilidad son realmente filosos en ese aspecto. Y más, cuando tomas valor para superar arduos temores el cuanto al contacto físico, en cuanto a los complejos con el cuerpo y el cuanto a las inseguridades posibles por la materia.
Cuando Javier freno, y yo frene, y el no retomo, y yo lo retome, fue para mí un punto de no retorno. No quería tener que convencerlo, quería que él me lo pidiera también, que se mostrara deseoso, que propusiera, que expresara eso como un genuino deseo; pero eso no fue. Asi, viví años con la duda y llego un punto donde me había resignado. No esperaba entender. Solamente me enfoqué en seguir adelante e intentar entender que existirían personas que si iban a querer estar conmigo. Pero que no eran ni iban a ser Javier.
Y de hecho, existieron.
II.
Paradójicamente, ocho años después de esos tiempos, una noche en su casa luego de un encuentro fortuito, Javier no dejaba de preguntarme sobre el tema. De pedírmelo. De explicarme que lo necesitaba. Que deseaba vivir esa experiencia. Que había pasado años preguntándose cómo sería. Que me iba a tratar bien. Que le prometía que me iba a hacer disfrutar.
La justicia a veces se representa en un hecho consumado. Por complejo que parezca, la traición es una de las formas, las cobardes quizá, de traer algo del pasado y darle un final justo. No correcto, sí justo.
III.
A tiro de eso, una noche de mayo hace dos años, el quiebre se produjo. Javier me lo había pedido y un mes después yo ya no podía esconderme más. Pensaba en él día y noche. Me lo encontraba por el barrio y nos quedábamos mirándonos en silencio sin saber qué decir. Javier ya me había dicho todo y me estaba esperando. Yo le había dicho que no podía y que lo mejor iba a ser contenerse.
Pero al final, ninguno de los días había podido sostenerse en su decisión. Así, una noche de mayo, Javier me había escrito. Y yo no me había negado como venía haciendo desde hacía más de un mes.
- ¿Te vas a acostar conmigo hoy? Dale, por favor, decime que sí - me susurró al oído. Me rozo el cuello con su barba y escondió su rostro en mí.
Cerré los ojos. Dentro de la burbuja. Sentirlo tan cerca por esas semanas me drogaba. Era muy difícil pedirle a mi mente que controlase todo lo que el cuerpo estaba sintiendo y que pudiera atajarse ante las actitudes del otro... Abrazaba a Javier con total desparpajo. Lo sentía necesario. Lo deseaba. Y más allá de todo entendimiento, él ahora hasta lo demandaba. Si, así estaba: abrazada a él, en la misma cocina donde me había despedido ocho años antes. Aquel fue finalmente el lugar donde sin esperarlo, lo decidí.
- Sí - le dije.
Ese sí jamás había pesado tanto. Era un si y un no al mismo tiempo. Algo inexplicable. Algo malo y bueno. Algo imperdonable y completamente inexorable. Algo terrible y necesario para mí.
- ¿Si? - me preguntó, sorprendido.
- Si, Javier, sí.
Se rió levemente y me preguntó:
- ¿Ahora?
- ¿Ahora ahora ya ya? - lo burle.
- Ya mismo, sí, vení - dijo, sonriente.
Me envolvió el rostro con sus manos y me besó apasionadamente. Me atrajo hacia su cuerpo y me apoyó contra una pared anterior a la habitación. Me desabrochó el pantalón y me quedé perpleja. Lo miraba inexplicablemente atraída por todo lo que hacía conmigo. Por ver inclusive el modo en el yo misma me involucraba. Era otra. Mucho más intensa, feroz, casi no podía entender cómo era capaz de hacer eso consigo. No sé parecía en nada a lo que yo hacía con otras personas, porque pese a que estaba muy bien, todo con aquél otro era superior.
- Vení conmigo, por favor, voy a tratarte muy bien, quiero que disfrutes conmigo, quiero tenerte para mí - me pidió, mientras me tocaba suavemente y se daba cuenta de todo lo que me estaba pasando físicamente.
- Javi, estás loco - llegué a decirle. Él no dejaba de tocarme. Había perdido su mano en mi y estaba empezando a acariciarme lo suficientemente bien para que me costara cada segundo más y mucho más resistirme.
- Si. Estoy loco.
- En serio - dije.
- Vos me volves loco a mí. Me volves loco, te lo juro. Te quiero ver - dijo al oido.
No podía creer cómo podía darme tanto placer que una persona como él me tocara. Tampoco podía ni hablar, pero pese a todo extendí una sola mano para tocarlo. Para hacerle exactamente lo mismo. Javier me las tomo, las apartó de su cuerpo y me siguió tocando. Era para mí. Únicamente, era algo para que lo disfrutara sin pensar en devolverselo.
- No, no, no - murmuró - déjame a mí.
Empecé a no ver nada alrededor. Solamente, le cedi parcialmente el mando. Era bueno en eso, pero principalmente, estaba alterado por la reacción de mí cuerpo frente a la convocatoria. ¿Todavía lo dudaba?
- No me podes tocar así, estás loco vos... - le suplique, porque me estaba desbordando. Él siguió.
- Si que puedo - me susurró - ¿Ves? - enfatizó y me corrió la ropa interior sin quitar para nada su mano.
- Sos un hijo de puta - le dije y se rió, divertido - Yo quiero tocarte.
-Es para vos, esto. Quiero que disfrutes conmigo.
- No puedo más.
Seguí humedeciendo su mano sin quererlo. Sin que me dejara tocarlo, solamente, tocándome. Rápidamente, me quito la dirección del sendero. También con sus manos se fue deshaciendo de la ropa que me quedaba puesta.
- Yo quiero estar con vos. ¿Me dejas? - me preguntó - Necesito verte, acariciarte, te quiero tener toda para mí ¿sabes?
Mofé.
- Si.
- Sos muy hermosa, vos. Me muero, yo, con vos.
Me besó y enseguida lo correspondí, agarrándolo con fuerza. Empecé a mover mis manos por su cuerpo, buscándolo. Me besó el rostro, despacio y me agarró de la mano. Yo lo besé más intensamente.
- Vení. Vení conmigo - me pidió.
Después de varios pormenores dónde se llevó el premio a las escenas sexuales más inexplicables de lo que llevo aprendido, lo esperé. Me sentó en su cama, como si fuera un abismo en el cuerpo de una persona y se me quedó mirando. Sé que lo pensó. Sé que ese fue el momento donde todo volvió a disputarse. Sé que se dio cuenta ahí, cuando nos miramos, lo que significaba. Que yo era yo, básicamente.
Encendió la calefacción para que estuviera cómoda. Se sacó la remera. Nos miramos. Lo miré y lo esperé sin decirle nada. Estaba desnuda, sin vergüenza, y lo miraba desnudarse lleno de pudor, rápido. No le dije "vení" con las palabras. Solamente, lo miré. De arriba a abajo, llamándolo. Se quitó el boxer. Y finalmente, cruzo y canceló toda la distancia entre su cuerpo y el mío.
- Que se vaya todo a la mierda - musitó, en voz muy baja - Por favor, haceme el amor. Por favor te lo pido - me susurró, a modo de rendición. Agradecí que estuviera la luz prendida para verlo todo.
Ocho años después, volví a ver a Javier acostado debajo de mí. Rendido. Desnudo. Sonriéndome. Diciéndome que se iba a guardar todo eso en su cabeza para siempre. Pidiéndome que no lo hiciera desear más. Por favor, hacerme el amor, por favor, no me hagas desearte más.
- Te lo voy a hacer , sí - le dije mientras el me arropaba bajo su cuerpo y sábanas que pronto bajarían por mi cintura.
- ¿Si?
- Si - le dije acariciándole el pelo - Relajate. Respira conmigo - le pedí, mientras le acariciaba el pecho y me movía lentamente sobre él.
Lo acaricié.
- ¿Cómo haces eso? - alcanzó a preguntar.
- Quiero que sientas todo. Relajate, todo lo que hagamos va a estar bien, respira conmigo, no vamos a jugar ninguna carrera- le pedí.
Sonrió maravillado. Acaricié su pecho, su cuello, sus brazos, y su cabello.
- No puedo creer cómo sos así. Me voy a morir.
- Tranquilo. Shhh. Disfruta - le susurré, acercándome a su rostro.
- Sos muy hermosa, pendeja, qué pendeja de mierda, tanto quería estar con vos - se quejó - Tu pelo, tu piel, es hermosa.
Me acarició suavemente el pelo. Lo miré sonriendo.
- Yo no puedo creer - dije - Míranos.
- Si, te miro. Sos muy suave, tu pelo - dijo y me lo toco - y tus tetas son perfectas. En serio. ¿Cómo puede ser que me gusta todo de vos?
Nos reímos. Le pedí que no me mintiera, y le dije que no hacía falta elogiarme.
- Pero me encantan. Te lo juro. Yo te lo juro.
- No mientas.
- No miento.
Le acaricié la frente, con cariño.
- No hace falta que me mientas.
- No miento, me voy a acordar de esto para siempre. Voy a cerrar los ojos y va a estar todo acá - me soltó, tocándose la frente.
Sonrió.
- Me encanta cómo haces todo. ¿Donde aprendiste a hacer todo así, por Dios?
- No importa eso. Estoy acá, ahora. Disfruta y deja de pensar.
Nos reímos.
- No te imaginas lo que yo estoy viendo en este momento.
- Yo no puedo creer lo que veo. Ni lo que escucho
Sonrió con toda la boca.
- Me voy a acordar de esto.
- Yo también. No voy a salir corriendo. Disfruta ¿si?
- No. Quedate acá.
Me dio las manos y entrelazo sus dedos con los míos.
- No me puedo ir. Estoy un poco desnuda, me parece.
Nos reímos. Lo besé despacio en el rostro.
(...)
- Sos suave, vos - le dije, y me extendí por todo su cuerpo apoyando el mío muy despacito. Moviéndome lentamente, lo miré directo a los ojos.
Sin dudas, estábamos viviendo un momento épico. Javier estaba por fin dejándose atrapar y yo estaba totalmente entregada a las circunstancias y los sentimientos.
- Pedime lo que quieras - dijo - Todo lo que quieras. Hago lo que me pidas. Solo decime.
- ***, quiero - le susurré, muy cerca de la boca - Despacito.
Javier me miró sorprendido gratamente. Un segundo le llevó asumir lo que le pedía.
- Si vos querés - añadí.
- Pendeja, vení para acá - me dijo, con humor.
Y enseguida me dio el gusto más allá de la sorpresa.
Javier me demostró que quería de inmediato.
Y así, entre gemidos, palabras, expresiones, pedidos y aceptación de un hecho inevitable, tuvimos el ratito. El que más había deseado en todo el mundo. El que pensé que nunca iba a tener. El que me parecía imposible. El que había parecido quedar en nada para siempre.
Del que nos seguimos acordando hoy. Y el que se ha convertido en un lugar de referencia para nosotros.
Al que volvimos mil veces, y sin embargo, no volvimos nunca. ¿Por falta de deseo? Considero que no. ¿Por cabeza de sobra? Sin dudas.
No he podido relajarme nunca mas con ese asunto. Yo siento que la tensión es permanente y que al menor descuido, aquello, puede volver a repetirse. Y cómo no se repite, reina la calma. Y en esa tensa calma, cada cual, se anima a renunciar al atropello del otro y sigue con su linda vida.
Hasta que realmente se ponga linda. Todas las renuncias tienen un precio.