miércoles, 31 de diciembre de 2025

Este puto barrio

Después de 24 hs sin luz, recuperé la energía eléctrica, física y mental.  Pero antes de que volviera, todo fue un poco caótico. 

Hoy me levanté a las 05.30 am. Ya no podia dormir mas, sin luz, así que me fui directo a bañarme con agua fria, desayunar lo más perecedero y guardar batería para un uber.  
El uber me lo tomé hacia otro punto del conurbano bonaerense, donde sí había luz y donde me estaba esperando una chica para hacerme una keratina en el pelo. 

¿Con este calor?  Sí. Yo el turno lo habia sacado con mucha anticipación porque la chica labura bien y cobra baratísimo y no me lo queria perder. Así que allá me fui, re bañada, a las 08 de la mañana, hasta su casa. 

Cuando salí de ahí con el pelo divino, volví al barrio y tuve que pedirle asilo a un matrimonio mayor de vecinos, porque me ofrecieron Internet para sacar algo importante de la corpo. Las dificultades por la luz de ayer me dejaron ese detalle pendiente y no lo podia dejar pendiente para enero. Así que, primero el pelo y después el deber, pude cumplir con todo eso. 

Ya mas aliviada, pero aun sin luz, fui al supermercado. En el camino, me encontré con un grupo de vecinos hablando con una camioneta de Edesur, por lo que me acerqué sin dudarlo. 

Después, fui a la verdulería. La verdulería queda en la misma cuadra que la casa de Javier, pero ya estoy acostumbrada a eso. No tengo opción un 31 de diciembre y lo acepto. 

De pronto, yo estaba sacándole una foto a la camioneta de Edesur, para mostrarle a los vecinos que estaban arreglando, y veo que Javier dobla con su auto, viéndome claramente, me pasa por en frente, y no me saluda. Sé que me ve, es obvio que me vé, tiene que mirar para donde yo estoy parada, para girar.  Y aunque me vé, ni me saluda. 

Me lo quedo mirando irse en la última mañana de este año. Siempre odié los 31 de diciembre en el barrio, porque me recordaba al inicio de esta historia y muchos años después siguen fastidiando por dentro los vidrios rotos de esas copas viejas. 

Es un poco la historia de mi vida, me digo: mirarlo huir, huir de él, odiarlo, desearnos como dos perros, morir de risa, cortar vínculo, seguirlo. ¿Qué le hice de malo, además de existir y vivir el mismo barrio? 

<<Viejo pelotudo>>, pienso. 

No  hago nada mas que darme vuelta cuando su auto se pierde en la calle y seguir esperando que avance la fila en la verdulería.  

martes, 30 de diciembre de 2025

Un deseo hecho realidad

 

(2017) 

¿Qué significa que se te cumpla un deseo? ¿Un motivo de felicidad o de tristeza? ¿Tiene un costo ver cumplidos los deseos, o la fuerza es tal, que se lleva todo puesto? 

Hace muchos años, yo deseaba enormemente que con Javier esas miradas de distancia, prudencia y resignación, no fueran las últimas. Pero jamás, como ya he explicado, me imaginé que ese deseo se me iba a cumplir.  Yo sentía algo, sí, algo muy difícil de explicar cuando lo veía, y era sencillamente saber que tarde o temprano algo iba a pasar. Pero, al mismo tiempo, había que seguir adelante y pese a sentir esto, consideré que catalogar como un deseo esa intuición, era la mejor opción.   Así que, lo deseaba. Deseaba que ojalá en algún momento, algún día... 

Hoy en día, Javier y yo nos vimos hace 3 semanas. Es extraño porque lo último que me acuerdo de él, es su sonrisa y sus ojos, mirándome mientras me bajo de su auto en la esquina de mi casa. A escondidas. De su novia, de su hermano que no me banca, de su padre que está enfermo, de sus sobrinas que ya están enormes. A escondidas de mis viejos, de mis hermanas que creen que jamas me voy a consolidar con nadie, de mis vecinos, de sus vecinos, de nuestro barrio entero.  

Es curioso pero jamás pensé que este deseo se viera cumplido a escondidas. Y que esas últimas miradas se sostuvieran durante todos estos años. 

He de admitir algo: cierro este año sintiendo que Javier debe irse a el 2026 siendo correcto. Cierro este año distanciada mentalmente de él. Cierro este año queriéndolo lejos, por el bien de todos, porque tiene una manera de sostener que ya es mucho. Cierro este año con la sensación de que Javier está lejos, mentalmente, de su lado también. Como si cada uno estuviera en su burbuja, sin mirar.

 Aunque él me mire todo en redes y eso, para mí, todo aquello carece de importancia.  Hablo de mensajes, llamados, encuentros. Cosas vivas, nada de apariciones fantasmas.  Yo, en ese sentido, no hago ni miro nada. Nada de nada. Tampoco escribo o aparezco o me anuncio.  Nada es nada. Silencio absoluto. 

Quizá hasta ahora yo pensé que se iba a decantar todo de otra forma, pero después sucede que simplemente si no nos vemos todo se enfría. Cada uno vuelve a componer la imagen correcta hacia la sociedad y se acabó. Se acabaron también las miradas. Los mensajes. Las sesiones de sexo intenso. Sus comentarios del estilo: "sí que eras chica, antes" como si no pudiera entender del todo la diferencia entre esa joven del 2014 que lo amaba, esa joven que le escribía en 2017 a la distancia, con esta mujer que durante este último año y medio ha tenido mucho mas sexo consigo que con nadie. 

Sí, creo que esa es una realidad. Yo jamás tuve tantas veces sexo con una misma persona, como con Javier. Jamás volvimos tantas veces, recurrenrementemente, a calentarnos el uno con el otro. Y si algo debo reconocer es que para mí algo cambió esta experiencia. 

Perdí la cuenta de las veces que me acosté consigo. Pero si algo se modificó fue no haber generado un lazo emocional con ello. Aprendí con todo esto que el sexo es sexo y que el amor es completamente otra cosa. Aprendí que el sexo puede ser un intercambio real y placentero y que no hay ninguna razon que haga creer que si o si te tiene que pasar algo mas. 

Porque lo cierto es que no. Vos podes tener sexo con alguien, pasarla bien y listo. Para mí, la experiencia con Javier, fue la que me modeló la conducta al punto de que ya no me acuerdo muy bien lo que era tener sexo con amor. Principalmente, porque encontré en el sexo sin sentimientos una vía donde no tengo que justificar mi deseo ni con amor, ni con compromisos, ni con compresiones. Y eso sí que no estaba dentro del plan. Pero es sinceramente un hallazgo. 

Sin embargo, y como tampoco estaba dentro del plan, algo distinto se me plantea y es precisamente el de volver al contrato del sexo con sentimientos, con alguien que no es Javier. ¿Y siendo franca? No siento ganas de volver a mezclar sentimientos con el cuerpo. 

La pregunta que me llevo para 2026 es si seguiré en el camino de la piel por la piel, o bien, si intentaré sumar los sentimientos a la ecuación. Si me permitiré sentirme mas vulnerable, mas humana, y no esa persona evitativa en la que me convertí, siendo la amante o lo menos parecido a eso, de Javier.

¿Y por qué lo menos parecido? Porque él no me quiere, yo no lo quiero, y eso explica todo. Hasta algunos amantes se tienen mas amor que nosotros. Acá, yo, sinceramente, no veo de eso nada.

  Solo un vacío enorme. Un vacío de sentido total. Y de eso nadie te dice, cuando se te cumple un deseo.


lunes, 29 de diciembre de 2025

Minita con chiche nuevo

Hace unos días terminé mi tratamiento odontólogico. Desde febrero 2024 hasta diciembre 2025, estuve yendo a razón de una vez por mes al odontólogo.  A veces más, a veces menos. 

En este recorrido, pasé por muchos estadios. Me rehabilite la zona superior y la zona inferior, aunque muy poco. En la zona superior, me hice los arreglos necesarios, me quité un colmillo de uno de los dientes centrales y me puse un implante para corregir un espacio de un diente que no me creció correcto.  

Esto me hizo pasar por dos cirugías odontologicas. La última, hace un año atras, justamente. También, estuve varios meses usando una férula provisoria, con la cual renegué mucho, pero que me ayudó a ir acostumbrándome a que esos iban a ser mis nuevos amigos.  Y finalmente, en agosto de este año, después de ansiar muchísimo ese momento, mi odontólogo me colocó todo lo definitivo. El implante, entre otras cosas. Haciendo que ya me quede mi sonrisa actual. 

Hoy en día, cuido muchísimo mis dientes. En este recorrido, aprendí mucho sobre el cuidado que yo necesito tener como paciente que tiene un sustrato débil por el consumo de betametasona, entre otras causas. Y obviamente, también cuido la inversión en salud bucal que realicé, porque sé que es un privilegio enorme y fue un sacrificio muy grande y necesario para tener mas calidad de vida, mas seguridad y más confianza en mi. 

Desde agosto, especialmente, sonrio mas. Ni siento vergüenza de sonreír, que era lo que me pasaba antes. Pero sí tengo presente en la cabeza todas las recomendaciones del odontólogo porque fue una experiencia muy intensa para mí. Tocó poner el cuerpo, el dinero, el tiempo, durante tantos meses que me parece un sueño haber terminado.  Obvio que tengo que volver a controlarme cada 6 meses, por el diagnóstico, pero no se compara con todo lo que ya pasé.  

Hace unos días, y a modo de finalizar el tratamiento, mi dentista me entregó mi placa de bruxismo.  La tengo que usar a diario, para dormir.  Pero estoy muy aliviada. A la noche, realmente, era terrible lo que rechinaba los dientes. Tenía miedo de quebrarme alguno, ademas de los dolores de mandíbula con los que me levantaba. 

Ahora, hace dos noches que la uso y me levanté sin dolor de cuello, con las encías bien, fue muy notorio el cambio.   Así que para mi este es un viaje de ida. 

Lo que sí, espero aprender a sacarlas rápido pronto, porque al estar nuevas ajustan al vacío como loca y tardo 3 horas. Admito que además me pone un poco nerviosa, hasta que salen, y todo es amor y paz. 

Eso sí: te agarra sed de noche y que Jesucristo te acompañe. 

Mientras, soy una minita con chiche nuevo y pastillas limpiadoras para mi nuevo accesorio nocturno favorito. 

domingo, 28 de diciembre de 2025

M.A

 Estoy en esa edad donde me puede likear una foto un chico mas chico que yo, un pibe de mi edad, o un tipo que me lleva 20 años. Sin ir mas lejos, hace un tiempo, me tiró unos lindos perros un antiguo profesor (+45) de un taller que hice que, realmente, no me hubiese esperado jamás que fuera ojito alegre.  Es un tipo que siempre me cayó bien, pero que nunca miré de otra forma porque lo conocí en otro contexto y valoré su inteligencia.  Tampoco me sentí observada de otra forma.  Y por eso, si algo que me causó sorpresa fue que me dijera: vos sabes que sos hermosa, pero en esta foto, me es muy difícil dejar de mirarte.  

Y yo... bueno, muchas gracias por el piropo, que estes bien, porque no, no ando por la vida sabiendo que soy hermosa, ni mucho menos.  Y además, porque en mi sesión de mejores amigos subo llanamente, lo que prefiero no compartir con la gente que tengo por compromiso en las redes o que es del trabajo, por ejemplo... Pero no es para subir fotos """"conquistadoras"""".  

Casualidad o no, pero hace un tiempo me agregó un niño, a saber, 26 años, y me di cuenta que el muchacho resultó ser muy agraciado. No hablé nada consigo igual. Me dio algunos likes y chau. 

 Pero hoy me di cuenta que me había sumado a su lista de mejores amigos y Dios mio, qué rápido Instagram se me convirtió en una cosa que no era. Yo miré la historia (acostumbrada a estar en los listados de mejores amigos de muchas personas), y me quedé frita.  El pibito apareció en su sección de mejores amigos, cuasi desnudo, haciéndose el picaro y de pronto me cerró todo: 

1. Mi antiguo profesor del taller, creo que se animó a tirarme los perros por esa idea de que detrás del círculo verde de la story me podía encontrar en paños menores. No fue el caso, yo aparecía con vestido, pero digamos que quizá él aprovechó.  

2. Físicamente, este otro muchacho de 26 años, termina el año torneado, tatuado, bañado. Me lo confirmó su look en su lista de mejores y ahora no sé si me sumó porque le gusto o yo gusto de él jajaja. Es lindo pibe, la verdad, eso es casi obvio, solo que me pareció mucha privacidad para una red social. Me sentí un poco señora en esto, lo admito. 

3. Javier está desaparecido (con sus temas), y lo que aprecio de eso, ademas de la calma, es que no todo es su propuesta, donde siento culpa por lo que hago, pienso, digo, imagino, fantaseo, escucho, veo, recibo y me dá.  Con otros, en cambio,  puedo reír cuando recibo un piropo, o dos de algunos pibes. Agradecerlos con pudor. No sentirme mal con ello. No sentir culpa cuando me dicen algo lindo. Simplemente, disfrutar ese momento, y ya. Sin consecuencias que se trasladan con uno para todos lados, como sí me pasa con Javier, que me dice algo lindo y yo siento que no corresponde, que esas cosas quedan para su relación y no para mi. 

4. Bienvenidos sean los halagos respetuosos, y las listas de mejores amigos, quizá con un poco mas de ropa, porque aca hay una señora de casi 31 años. 

viernes, 26 de diciembre de 2025

Sus temas

Javier se levanta de la cama y se va al baño, como siempre, a bañarse. Yo, me quedo en la habitación un momento más, a solas, para darnos espacio. Lo necesito. Siempre lo necesito.  Su perro, el mismo perro que hace muchos años, se queda conmigo. Me huele los pies, con las uñas pintadas de rojo, y mueve la cola.  

Pienso cómo conocí a ese perro y suspiro. Lo vi por primera vez en 2018 de casualidad, cuando Javier acababa de adoptarlo y salía de la casa de comidas perrunas, con ella. Nos encontramos adentro del local, sin planearlo.  Él me saludó lo mejor que pudo, aunque se le descompuso la cara. Por mi lado, yo la saludé a él, la saludé como si nada a ella, quien se hizo tan falsamente la simpática (porque cuando me cruzaba sin Javier al lado me corría la cara), y todo fue tan incómodo que siempre me resultó mejor sepultarlo.

Ese día, el día donde los encontré jugando la familia feliz, fue muy duro. No porque estuvieran adoptando un perro, sino, porque Javier no había podido disimular bien las cosas, porque construía cosas con ella que a mi me decia que no me iba a poder dar y principalmente porque se había puesto tan nervioso que se confundió el sexo del perro, y ella le dijo: "no, pero si no es una nena, es un nene", como si él estuviera en otra.

Y sí, estaba en otra. Yo también lo estaba. Había una película fina que se estaba dando en segundo plano, y esa película además era muda. Todavía en 2018, faltaban muchos años para que Javier le pusiera palabras.

Aquélla, fue una situación muy incómoda. Con Javier nos miramos por un segundo mientras ella se hacía la simpática y le decía: "ay, mostrale, mostrale nuestra nueva adquisión". Javier bajó la vista, la expresión de querer morirse, y me acercó al cachorro.  A la flamante nueva adquisión de la flamante pareja, sin decir ni una sola palabra.  Yo, recuerdo que dije lo que pude, es decir, que me alegraba, que el perro era muy lindo.  Y por suerte, en ese momento, justo le tocó a ella el turno en la fila y desapareció, dejándonos casi a solas.  

Muchos años después, estoy sentada en la cama de Javier, y su perro me huele las uñas de los pies, recién esmaltadas. Me pide mimos, me mueve la cola y no me deja avanzar hasta que no lo acaricie. Yo no puedo evitar acordarme de ese momento donde lo conocí, y de una parte del discurso que Javier me dijo la noche donde me abandonó: 

<<Yo no voy a poder darte hijos, un perro, todo eso. Yo no sé si voy a poder hacer todo perfecto para vos. Pero vos te mereces tener a un lado a un tipo que te dé todo, que no te deje sola nunca, a vos. Que esté toda la vida con vos  y yo no te lo puedo dar porque soy viejo, no tengo con qué corresponder a tanto. Porque vos vas a querer tener hijos un dia, y yo aunque quiera, no te los voy a poder dar. Y vas a sufrir. No ahora, pero mas adelante, sí. Y vas a querer cosas que es normal que las quieras, te vas a querer casar y ... >>. 

Suspiro. Miro la habitación de Javier. Miro al perro, al que tuvo con ella y no conmigo, pienso en que Javier merecería ser odiado con ferocidad, solo por dos motivos: haber sido cobarde antes, y estar siendo egoista ahora.  

 

-            ¿Qué pasa, gordo, con vos? - le digo al perro. 

 

Me huele, y pide más mimos. Lo acaricio. Ya me conoce y no me quiere morder mas, ahora me pide mimos, y no sé qué me resulta peor. 

-            ¿Qué pasa, Pepe?  – le pregunta, y me mira.

-            Me estaba pidiendo mimos – digo, pensativa, y avanzo hasta el baño, sin decir nada más.  


Camino por el pasillo de la casa de Javier, que ya sabe que me tomo mi momento. Es el momento donde compongo el cuerpo y la postura de la mente. Donde me miro al espejo, examino mi cuerpo y me aseguro de que todas las marcas sean tapables, si es que son visibles. 

Toca la puerta despacio, interrumpiendo:

-            Perdón. Usá todo lo que quieras. Acá te alcanzo tu ropa.

-            Gracias. Igual no iba a hacer nudismo  - le respondo, con acidez. 

-            No, no es por eso. Para que no pases por el piso mojado.

-            Gracias, Javi – digo, menos ácida – Ahora voy. Dame unos minutos y estoy.

-            Sí, tranquila – dice y se va a poner un vinilo.

Es extraño, pero me cuesta asociar a Javier con la amabilidad, los actos de servicio, la ternura o el afecto. El Javier del pasado me hablaba de un proyecto infructuoso de vida porque yo era chica y el del presente me hace el amor como si sus últimos cartuchos se le jugaran en eso. A escondidas, deja que las estocadas se liberen y en esos momentos me parece una locura que nos podemos tratar así, como si jamás hubiera podido disimularse nada. Pero lo cierto es otra cosa. 

Javier está de novio con ella. Me dice que ya no va mas, que ya sabe que la tiene que dejar, y yo lo miro con indiferencia. Asiento. Comprendo su malestar, pero no pienso interferir en sus decisiones. Él se queda callado. Creo que sabe como pienso: él está con ella y sabe muy bien que debería evitar esos encuentros nuestros si no los sabe manejar bien. Pero Javier me dice que él se aleja un tiempo para evitar confundirse, porque si nosotros dos nos viéramos mas seguido, el enseguida se confunde. Me explica que se esfuerza, se contiene: si él no pensaría en nada mas, me llamaría todos los dias. Y la verdad, ¿si todo se trata de sexo, como en teoría es, cuál seria el problema? 

Mientras sigo encerrada en el baño, me visto. Pienso que  cuando le veo un buen gesto hacia mi, es como si me naciera el impulso de menospreciarlo, de sacar el cuchillo de la liga imaginara que llevo siempre conmigo y apuntarlo. Faltaría que le dijera: "ni se te ocurra, chabón, vos me dijiste que esto era sexo y tiene que ser eso porque si no yo te mato". 

 Mientras me acondiciono me doy cuenta, también, que Javier no es mal tipo, pero que su ternura para mí no es válida, siento que no me corresponde, no sé si porque no la siento real o porque me dá la sensación de estár sacándosela a alguien más. También me doy cuenta que me parece extraño que me elogie, o que me diga cosas positivas, porque una parte mía sigue recordando al Javier emocionalmente contenido, poco expresivo, austero en ese sentido. Un Javier que hoy en día, en muchos aspectos, es realmente distinto. O quizá, finalmente, es él, de verdad.

Cuando salgo del baño, sólo con el shorcito, y me paro frente al espejo de cuerpo entero que tiene en un pasillo para acomodarme el pelo, asegurarme que me queden parejitos los breteles del corpiño fucsia, no le presto atención.  

Mientras me acomodo, finalmente lo veo. Lo tengo en frente, a cierta distancia, mirándome. Cuando lo miro, me mira el cuerpo, a los ojos y su expresión parece tratar de contener algo y volver al foco. Me mira como si fuera una sorpresa verme a medio vestir. Como si no nos hubiéramos acostado varias veces. 

Yo lo espero. Su desnudez también me conmociona pero, definitivamente, lo disimulo muchísimo mejor. Es simplemente un cuerpo, de un viejo conocido, al que alguna vez amé con toda mi vida, que ahora me es familiar, y que he recorrido y tocado demasiado. 

-            Ehhh – dice, y se queda tildado, mirándome.

-            ¿Qué? – le pregunto, para que retome el hilo.

Me pongo la remera y avanzo hasta el comedor, para buscar mis zapatos.

-            ¿Querés tomar una cerveza conmigo? Tomemos algo… - murmura, como un pedido. 


-            Dale, tomemos una, bueno – respondo, sin dobles fondos.

Es que las últimas veces donde Javier y yo tuvimos sexo, mi actitud había sido otra: llegar, ir al trámite directamente, aceptarle un vaso de agua, agarrar el celular sin mucha vuelta, pedirme un uber e irme. Así, sin hablar prácticamente nada. Sin darle espacio para nada. Como si fuera solamente un x. 

 O más bien, porque no tenía idea de qué decirle, porque él me había dicho que ya sabía que la tenía que dejar a ella, que tenía que desarmar todo esto (como si se refiriera a una escenografía), y yo me había quedado paralizada; o porque después me había dicho que también nosotros dos éramos un bardo y yo le había dicho que sí, o porque me había hecho sentir demasiado culpable el rumbo que estaban tomando sus pensamientos.  

II.  

Javier abrió la cerveza, la sirvió y no tomó hasta que yo manoteé el vaso y la tomé. Noté que quizá quería brindar, pero dudaba, y yo no tomé tampoco la iniciativa. ¿Brindar por qué? ¿Por todo lo que no pasó? ¿O porque estamos teniendo sexo a escondidas y se expone en el barrio, y expone su casa y hasta me pide que vaya lo antes posible a verlo, cuando no se da cuenta que es mejor esperar a que caiga el sol, y el movimiento se aquiete, y escabullirse por la puerta de reja blanca, que me deja sin llave, va a ser mas fácil.  Así, él me abrirá rápido la puerta principal y me saludará agarrándome de las mejillas, en susurros, como si tuviera un imán para su agrado. 

Pero no. Yo no brindo consigo esa noche. Prefiero no iniciar de mi lado ese rito suyo. Yo no celebro lo que sucede. Yo no quiero añadir sentimentalismo. 

Solo sé uba cosa: hay cosas que ya la culpa no me permite hacer más, y celebrarnos, es una de ellas. Siento, sencillamente, que cada encuentro, cada brindis, cada copa compartida, cada secreto confesado, cada sentimiento expuesto por su parte, cada problema compartido, cada broma, cada mirada que dura segundos, se construye sobre el dolor de otra persona, de una persona que sufriría más de la cuenta un abandono, alguien que tiene un diagnóstico y que resentiría demasiado la pérdida de un vínculo de muchos años.  Y ¿quién se banca eso, como si no fuera nada, cuando es todo? Es mejor que Javier esté donde está, haciendo lo que debe. Y es mejor que nosotros no nos veamos mas. 

Mientras tomamos la cerveza, charlamos. Eso parece que es algo que a él lo ordena, o quizá no lo hace sentirse tan mal consigo mismo, pero lo cierto es que a mí me parece un terreno demasiado delicado para exponerme.  Es que, yo expongo el cuerpo, disfruto con él de mi cuerpo, disfruto conmigo misma del suyo; pero exponer mi corazón, es algo muy distinto, que ya ha salido muy mal entre nosotros, y que no puedo ceder.  Porque, por otro lado, no tendría ningún sentido, no cambiaría nada, y no le haría bien a nadie. Ni siquiera, a mí. De mi lado, todo está claro. Del suyo, supongo que también porque si no Javier no haría esto... ¿o seria capaz de confundirse y confundirse a todos?  No quiero saberlo. 

Javier, una vez que ya charlamos, y nos fuimos poniendo sobre cómo andábamos, y cuando ya me contó de su tristeza y cuando yo finalmente le conté un poco de la salud de mi padre, de temas con mis sobrinos, de las cosas que a veces me afectan; me miró y me ofreció acompañamiento para la cerveza con una mano.

-            No, gracias.

-            ¿No querés?

-            Sí, pero no puedo comer algo tan duro.

-            Oh.

-            No pasa nada – lo calmo – Me voy a poner a buscar Uber.

Javier me mira y come pensativamente.

-            Che – dice, dudoso - ¿por qué no me dejás que te lleve a tu casa? Te dejo donde vos quieras, pero déjame, dale. No pidas auto.

-            No, tranqui – le digo, contestando a la pregunta inicial.

-            Dale, tengo el auto acá afuera, te puedo llevar, te dejo en la esquina si no querés que te deje en la puerta.

- No, no. En serio, no hace falta

-            Dale, pero si tengo el auto ahí afuera, no me cuesta nada.

-            No, no. Igual no – digo, demasiado seca.

 

Caigo en cuentas de mi hostilidad, y me arrepiento.

 

-            Bueh – dice, mofado, y se va a abrirle al gatito, que llega en su mejor momento.

Suspiro, y me como el orgullo lentamente.

-            Javi – le digo, con otra actitud.  

-            ¿Qué pasó?

-            Llevame si querés.  

Javier cambia de actitud, inmediatamente.

-            Pero sí, mujer, dale, vamos – exclama y , de pronto, se pone entusiasmado a hablar de fútbol, y a contarme una anécdota del equipo del barrio, de hace muchos años, y parece de nuevo un niño hablándome de los amigos, del clásico, de si ganaron o perdieron estos o los otros. 

Ambos nos relajamos, como si no hubiese nada malo alrededor, hablando de temas mundanos, y sin ponernos tensos. Me gusta cuando habla así, tranquilo, cuando no aparenta nada, cuando es el Javier de siempre. Es decir, cuando es simplemente él mismo y listo. 

Un tipo que se equivoca muchísimo, y que está bastante cagado a palos por las circunstancias, que no sé si es mal tipo, o un tipo mambeado y equivocado.   Al que la vida, la verdad, no se olvidó de cobrarle ninguna. Un tipo que si hubiera tomado otras decisiones, o que si las tomara de pronto, apuesto a que sería un poco más, o quizá bastante más feliz. 

Pero las cosas son las que son. 

Y mientras hacemos las cuadras de siempre por el barrio, juntos en su auto, divisamos gatitos, charlamos, todo transcurre rápido y despacio a la vez.   Tengo la sensación, por momentos fugaces, tímidos, que él no es feliz. Y otra vez, el humor, una mínima palabra humana, un mínimo recordatorio de que él va a poder, es lo único que puedo permitirme darle. Yo tampoco siento que mi vida sea como la deseo, pero reconozco algo: tengo en este momento de mi vida ganas de luchar mas veces que de rendirme y, según él, una fuerza que me vuelve tremenda. Una energía que lo vuelve pelotudo. 

A veces, mientras me mira, no puedo evitar sentir que está esperando algo de mí para poder hacer algo consigo. Quizá, como si a cada clavo flojo mío fuera un clavo flojo suyo... pero... 

Yo jamás, he perdido de vista el hecho capital: no hay que confundirse ni siquiera un segundo respecto a la forma de manejar las cosas. No hay que animarse ni siquiera a pensarlo. No hay que correrse del límite ni dos instantes.  Porque esa sí que sería una catástrofe verdadera.

III. 

Hace varios años, cuando Javier vino con su confesión, le aclaré expresamente que yo no me había prometido a mi misma no volver a aquellos lugares donde él me dejó, cuando no se la jugó. Y lo sigo sosteniendo.  

El sexo, es sexo. El amor, en cambio, es amor. El sexo que nosotros tuvimos hace unas semanas, no admite el: "aceptas que te escriba y te llame solo para esto", o el "aca, no, aca no hay ningún problema", como si yo fuera parte de sus temas. 

lunes, 22 de diciembre de 2025

Sostener los propios anhelos

Laboralmente, hoy fue un día re innecesario. Contesté correos, pocos. Envié algunos documentos. Y tuve una breve reunión virtual con mi compañera, que entro como pasante hace poquito, para ayudarme en una de mis tareas. 

Después, la tarde se me hizo larguísima. Me costó mucho concentrarme,  porque siendo honesta estaba pensando en todo lo que me falta resolver para Nochebuena. Vigilé la llegada del paquete de mi sobrino, para el arbolito. También, vigilé la llegada del alimento balanceado de mi gato. Pero trabajar, costó de verdad. 

Cuando corté, me fui derecho a la verdulería, al supermercado y a la fiambreria. Con mi mamá nos dividimos y cargamos las distintas cosas. Ella me acompañó porque venir sola equivalia a hacer mas de un viaje, y lo cierto es que agradecí la mano. 

Me toca cocinar las ensaladas, también llevar una bebida, y una contribución para la mesa dulce del 24. Las confituras las conseguí 2x1 por Pedidos Ya, la verdura la compré en el local del barrio y los ingredientes para la ensalada los compré en el supermercado.  Así, llegué justito, pero llegué.  

En cuanto al resto de los festejos, todo es misterio. Este es el primer año donde mi hermana pasa las fiestas con su ex-marido en dicha modalidad, y no sé bien lo que puede salir de eso. Solo espero y me interesa que mis sobrinos vean el ejemplo de que un mal matrimonio no es una mala familia y ademas de que se puede crear una Navidad genuina, no sosteniendo todo por deber, sino, afrontando la imperfección de la vida misma.  

En lo personal, hay ratitos donde estoy bien. Otros donde miro para atras y el año fue muy duro. Otros donde solo quiero ponerme un villancico, cerrar los ojos, y desentenderme del mundo, volver a recolectar emociones que me ayuden a sostenerme en momentos de tormenta. 

Cierro este 2025 con incertidumbre económica como nunca antes. Cierro este 2025, con salud, con trabajo, con miedo, con una culpa que identifiqué y a la que testeo cada mañana. Cierro este 2025 con la certeza de que dí pasos muy buenos para mi, pero otros, fueron muy poco atinadas. Cierro 2025 sin llevar a la mesa familiar a nadie que pueda mostrar. Cierro 2025 habiendo aprendido mucho, habiendo madurado bastante y habiendo entendido cosas muy importantes para el mañana.  Lo cierro cometiendo los errores que después arrastro con pesar y digo: "tonta de mi, de nuevo, intensa, hacé las cosas bien". 

Cierro 2025 sabiendo que hoy no se ve nada del esfuerzo, pero que este proceso deja una huella potente dentro mío. Una escuela intensa. Cierro este 2025, por un lado, rodeada de oscuridad y por otro lado, buscando fuerzas porque en todo también ví luz. Una luz que yo pensé que ni existía. Porque de todo se sale, dicen, y quiero recordar este año como el año donde empecé a avanzar en estratos inesperados pero elementales.  Un año muy áspero pero también muy didáctico. Un año donde senti como nunca la presencia de algo mas, que me puso a prueba, pero que nunca me dejó sola. Un año donde tuve conversaciones muy difíciles. Donde asumí mis deseos académicos, donde sobreviví a 3 cambios de jefe en la oficina y donde aguanté un nivel de ansiedad que ni yo sé cómo hice. 

Pero como todavía el 2025 no se fue, lo sigo escribiendo. Y así, antes de dormir, paso por acá, dejo constancia y esto se convierte en un recordatorio para el futuro: 

Todo pasa. El año, también. La vida, también. 
Está en mi, disfrutarla, aún con dificultades. 

domingo, 21 de diciembre de 2025

Sosteniendo las ilusiones navideñas

 Hoy, fui a comprar el regalo de Navidad de mis sobrinos. Este consiste en una remera para cada uno y un juguete para cada uno, de acuerdo al presupuesto. Son los únicos que reciben regalo en estas fechas. Los adultos, nos centramos en la comida, la bebida, y los platillos clásicos.  Lo preferimos antes que otros gustitos porque lo culinario es algo muy fuerte en la tradición de nuestra familia. A saber: siempre comida fría, nunca asado o pastas, como he visto en otras tradiciones familiares. 

 Así, los consentidos son mis sobrinos, a quienes Papa Noel les deja siempre alguna cosa.  Por suerte, y conciencia,  yo gasté sin pasarme de lo planeado. Compré los regaloa para ellos y la bolsa de comida para mi gato, de 7.5 kg. Así, por unos meses mi amor de cuatro patas tiene su comidita y mis chiquitos tienen su bolsita con el detalle abajo del árbol. 

Algo que me hizo reír mucho fue lo que ocurrió cuando entramos al local a comprar las remeras. Estaba la nena, la hija de la dueña, de unos 4 años. Muy simpática, cuando fui la primera vez y elegí la remera de mi sobrino menor, me contó que le habia pedido a Papa Noel un monopatín.  Después, cuando yo salí del local, analizando el buen precio de la ropa ahí, la verdad es que cambié de opinión sobre uno de los regalos de mi sobrino mayor, así que volví a entrar para llevarle una de esas remeras a él también. 

- Ay, discúlpame. Cambié de opinión - le dije a la dueña, mama de la nena - me voy a llevar una para el más grande, también. Talle 8. 

- ¿Otra vez van a entrar acá? - dijo la nena, abriendo las manos, y poniéndolas a cada lado de su rostro. Casi como si exigiera una explicación.  ¡Ay, lo que me reí. Fue tan sincera ella, como lo son los niños! 

Pasado el momento de las compras textiles, un rato después, volví a casa. La parte de los juguetes la resolví por Mercado Libre, porque en la jugueteria me querían cobrar algo que había visto a mitad de ese precio por la plataforma. Una locura, la verdad.  Todo bien, pero preferí buscar precio del mismo artículo desde antes y saber mas o menos qué puedo esperar, siendo que por suerte mis chiquitos hicieron la carta bastante temprano.  Y la verdad, fue un tiempo bien invertido. 

En cuanto al tiempo, el resto del día, me encontré agotada la verdad. Últimamente, estoy con la presión baja y recien por la noche, hace un rato, luego de un baño y comida bien salada, pude repuntar. 

Antes de acostarme a escribir esto, ordené todo el dormitorio. Acomodé. Estiré la cama. Y así, también, me fui dando el mensaje a mi misma: estamos a salvo, es hora de descansar. 

jueves, 18 de diciembre de 2025

Últimas semanas de 2025

Esta semana, fue bastante intensa. Voy cerrando el año de a poco, con cierta resistencia a hacer balance, pero a la vez, con un balance permanentemente armándose en mi cabeza.  Quizá lo que no quiero es dejarlo por escrito, porque para mi escribir es sinónimo de vivir.  Y si yo escribo sobre algo, es porque fielmente me atraviesa, me pasa algo con eso, me llama la atención, me cuestiona. Y, si soy sincera, además, termino el año sin ganas de pensar mucho.  

El lunes tuve la fiesta de fin de año. El martes, me levanté rota y no servía demasiado para existir, menos para trabajar, aunque hice cosas. De algo me valió haberme quedado el viernes anterior, hasta las 09 de la noche, cerrando controles y cruces. 

El miércoles, más allá de todo, de nuevo me puse más las pilas, y saqué a tiro bastantes pendientes, como para dejarme despejada la agenda. No quedó al cien, pero se hizo lo mejor con el tiempo. 

Ya hoy jueves, volví a la oficina a despedir el año con el equipo, llevarme la caja navideña, y salir a almorzar con mis compañeras.  Para volver a casa, la corpo me pagó un Uber, porque irme en un día de marcha, y encima parada en el bondi con la caja, iba a ser un completo caos. La verdad es que quizá en otro momento me hubiera dado vergüenza, cosita, pero hoy me pareció una ayuda extra para volver mejor a casa, sin renegar tanto, en una epoca del año donde la cabeza llega cansada. 

No era mi obligación ir si o si hoy, pero ocurre que por políticas internas las ultimas semanas del año se labura de otra manera; así que no iba a perderme el cierre. Por ende, era necesario ir, despedirme del equipo, despedir a mi amiga de la oficina por sus vacaciones y llevarme el regalito de fin de año. 

Cuando llegué, si bien viajé re cómoda, me tiré en el sillón a descansar y tomar unos mates. Estuve una hora adentro del Uber, hasta que se destrabó el tránsito y por suerte pasé derecho a Provincia.  

En otras noticias, tenía una info interna de que iban a darse manifestaciones con columnas numerosas, cerca de la oficina de Javier. Así que dejé de lado nuestras diferencias o nuestros acercamientos sexuales, y le mandé un mensaje para avisarle. Al menos, para que pudiera usar esa información en su favor.  Él me agradeció, me explicó que andaba corriendo (chicos, siempre entendiendo mal todo, no le puedo hablar en doble sentido de un piquete) y yo solamente me despedí argumentando que fue un acto de solidaridad ciudadana... 

 Entre mi, después de ver su reacción estúpida, pensé: se lo hubiera llevado puesto media CGT, pero bueno, allá él, que con nada se conforma. Que nada le alcanza.   Porque si solo le acepto las invitaciones sexuales, me lo recuerda como enojado. Y si le aviso data buena, sin joder, realmente por solidaridad para que no ande puteando como viejo cascarrabias; se pone cortante. En fin: el balance del día ha sido bueno más alla de este percance. 

Cuando llegué, por la tarde, me esperaba mi hermoso gato. Ahora, duerme a mi lado, debajo del ventilador,  y mientras lo miro confirmo que la felicidad es elegir vivir lo mas fácil posible. Es que las circunstancias te ayuden a que las cosas diarias sean fáciles, fluyan. 

Así que me quedo con eso: hoy fue un día donde recibí lindas cosas y traté de no hacerme daño con las malas. 

Así, mientras tanto, seguiré con este balance en mi cabeza.  Este año, realmente, sentí que fueron 2 años en uno. 

Ahora, me voy a descansar. Ya mucha actividad por hoy. 

lunes, 15 de diciembre de 2025

Sexo mutifoco

Desde arriba, miraba a Javier con intermitencia. Encajados, uno sobre el otro, encontrábamos el ritmo lento, preciso, indispensable, para comenzar a disfrutar.

De pronto, Javier me atrae hacia él y suspiro, bajando todas las defensas. Me besa y por encima de todo, me toca el pelo, los hombros, todo espacio a los que sus manos lleguen. Me reclino del todo, mientras le acaricio la frente y al borde de su boca, me muerde y  me besa.

-            Qué aplicado, el tipo – murmuro.

Mi risa suave, suena como un susurro. Sigo disfrutando, sin darle respiro, para mantenerlo dentro del juego.

-            Coger te gusta, en serio – dice.

-            Tanto tanto como a vos – le contesto, y me alejo de su rostro, para mirarlo.

Sonríe. Me acaricia el pelo, que yo me pongo de costado, y le devuelvo la sonrisa.

-            A mí me encanta. Pero a vos te gusta mucho.

Lo acaricio, despacio, y apoyo una de mis manos en su barba. Después, me reclino y lo miro de cerca, muy cerca. Javier no se separa de mi en ningún sentido, por lo que el diálogo asciende a una intimidad máxima.

-            ¿Cuál es el problema? – le pregunto, mientras me muevo suave y no me separo de sus oídos – El sexo está en mi top tres.

Quiero que, antes de juzgar, o sacar conclusiones, aprenda a callarse. Javier suspira, me besa muy suave y me deja húmeda la boca. Yo me río, porque en el fondo me gusta, pero no lo felicito por todo. No quiero adularlo demás.

-            ¿Tenés un top tres?

-            Los libros, los gatos, y estas actividades sexuales – lo burlo.

Javier se ríe y me mira. Yo lo estoy cargando, quiero que se relaje y que se olvide, pero él parece curioso por mi forma de disfrutar.

-            Muuucho te gusta, sí.

-            ¿Y cuál es el problema, Javi? – le susurro, boca a boca .

-            Acá, ninguno. Acá no hay ningún problema – dice, y me besa toda, antes de devolverme todas y cada una de las intervenciones picantes, embestida con embestida.

Yo no respondo.

-            Aceptás que  te llame y te escriba sólo para esto – me dice, como frustrado.

Parece no darse cuenta que no está en condiciones de reclamarme nada. De pretender poseerme en ningún sentido, mucho menos, en el sexual. Mucho menos, a los 30 años. Mucho menos, sabiendo que el nuestro es todo un cartel silencioso que no debería pasar, y pasa. A pesar de mucho, o más bien, de todo.  Javier sigue. Empiezo a sentir que lo que me dice en estos momentos, es lo que le revienta de mí, lo que no controla, al igual que mi disfrute, mi manera, y lo que le produce.

Yo creí que en su vida había conocido a otras mujeres y que el sexo no era una novedad para él, pero también sé que la suya es una clase de posesión distinta. Parecería fastidiarle el hecho de que sólo sexo podemos compartir, de que acepte solo eso, y lo disfrute, y luego me disuelva. ¿Pero qué pretendería, si nada puede ofrecer distinto a eso?

Sosteniéndome con sus dos manos, la dupla es perfecta. Nos hacemos una fuerza y contrafuerza espectacular, que le da una intensidad distinta y la épica persiste. Yo podría quedarme en ello todo el resto del  día, o al menos, eso siento. Javier me está dando la intensidad que le pedí y toda la maquina de su cuerpo se muestra en juego.  En ese instante, mi cuerpo manda y mi cerebro es un pobre tonto que trata de decodificar la vida.

Gimo y lo llamo por su nombre.

-            Javi – digo, en mi cima.

 Lo que acaba de lograr, es decir, que lo llame, lo pida, lo mencione, es algo que nadie, jamás, en todo lo que llevo vivido, ha logrado. Y él no lo sabe, pero tengo que estar hasta las santas manos para que se me escape un nombre propio, un alguien, una identidad concreta.

Javier se da por satisfecho y quiere el revuelo final con una novedad.  Yo me pongo un poco tensa, porque lo que quiere es algo que sale un poco de mi zona de confort, hasta que finalmente comprendo su movida.  Al mismo tiempo, deseo hacerlo, así que sigo todas y cada una de sus indicaciones. Necesita verme, necesita luz, dice, y yo solo respondo que no hay problema, que lo espero.

-            Relajate – dice, y apoya una palma para infundirme confianza, mientras me acaricia – Tranquila, lo voy a hacer muy despacio ¿si?

-            Entendido, Javi – le digo, y le sonrío.

Javier avanza sin dudarlo y lo cierto es que se porta muy bien.

(…)

-            ¿Está muy feo? – dice, con tono jocoso.

-            No, está muy lindo– le digo, felicitándolo – Ya sabés cómo seguir...

Javier insiste, insiste e insiste. Yo realmente me sorprendo de mi propio disfrute, pero no reniego. Un día, él será un viejo, yo seguramente estaré casada con otro, y la única certeza será haber vivido cada uno de estos momentos, antes de que la tierra del tiempo nos caiga en la cara.

-            Toda te quiero coger toda, pendeja, entendés, toda – espeta, cuando ya no puede más.

-            Oh, y después a mi sola me gustaba, a ver cómo es… – le digo, riéndome, disfrutándolo.  

Me contesta con embestida tras embestida. El orgasmo le llega como la confirmación de un capítulo más de esa tortura. El mío, le fue exclusivamente dedicado y no sé si alguna vez, si alguna otra vez, vuelva a suceder. Pero, no en vano, me queda rebotando una frase: "acá, no hay ningún problema".

Pero ¿y si hubiera un allá, donde él no estuviera, y estuviera yo con otro? Porque, dadas las cosas como son, es necesario que exista. Como existe para él, como ha existido para mí, como podría volver a pasar.

Creo que hasta ahora, Javier jamás se había atrevido a cuestionarme en ese aspecto. ¿Qué le importa, si cada uno puede hacer lo que quiere? 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Un poco de cada mood

Mañana tengo la fiesta de fin de año en la coorpo.  Finalmente me decidí a usar: un vestido negro (ajustado, cortito) y accesorios en rojo, junto a zapatos negros.  El rojo para mí es increíble como color, una especie de color emocional, porque me hace sentir más yo, me representa. Por eso, lo añado donde puedo o considero apropiado. 

Como parte de los preparativos, fui al salón a hacerme las manos, los pies me los hice en casa como desde principios de año, y me mejoré la apariencia de la piel con autobronceante.  Por suerte, las mechas en el pelo todavía perduran, están en un gran momento, así que la movida no fue demasiado ardua.  Añadí, a último momento, un sobre que me compré y fui a retirar hoy domingo, porque la proporción de colores estaba desigual. Venía ganando el negro de los zapatos y el vestido y tenia que emparejar. 

Veré entonces qué tal me queda todo. Yo creo que voy a lograr quedar presentable y sentirme cómoda, que es lo único que en el fondo me importa.  

Al margen de la fiesta, que es mañana, también estoy enfocando energías en preparar los regalos de Navidad para mis sobrinos. Si bien no puedo gastar un dineral, establecí una suma fija para cada uno y me tomé buena parte de la noche de sábado para investigar lo que podría gustarles.  Creo que tengo varias opciones por una suma razonable y eso me dá paz. Confirma mi tesis de que mi cambio de mentalidad sigue avanzando y que lo mas importante no es el número, sino, la dedicación frente a la ocasión.  

Ademas de los regalos de la juguetería, aproveché el sábado para diseñar y escribir unas tarjetas de Navidad. Simulan ser cartas de Papa Noel para ellos, respondiendo a las que les escribieron. En esas cartas, aproveché para decirles cosas hermosas, no como su tia, sino, "como Papa Noel, desde el Polo Norte". Sumado al hecho de que mantener la ilusión es algo hermoso, porque justamente no dura para siempre, me resultó una actividad muy divertida.  

De chica, si Papa Noel me mandaba una carta desde el Polo, me hubiera sentido "re pro" como dice mi sobrinito mayor.  De adulta, escribirles me llevó esa añoranza por las Navidades de mi infancia, y me hizo pensar también que ojalá existiera una gordo barbudo vestido de rojo (justo) para cumplirnos los deseos a los adultos... 

Al final, terminé riéndome y retocando el diseño de las tarjetas, pensando que ojalá a mis sobrinos les genere una memoria positiva en su corazón y que el día de mañana recuerden cada Navidad con alegría.   Para mí seria un motivo para brindar y seguir agradecida.  

Ahora, mientras procuro relajarme, escribo estas palabras.  Hay en mi un poco de cada mood. Por un lado, la del vestido negro de mañana, la tía ayudante de Papa Noel, la niña que fui y que siempre tuvo el privilegio de encontrar algo debajo del árbol, y la adulta que haciendo números, espera poder llegar a dar lo mejor dentro de las posibilidades del presente. 

viernes, 12 de diciembre de 2025

Perder el respeto

 (Semanas atrás) 

- ¿Qué te gustaría? - me preguntó, Javier. 

- No sé - le mentí - Sucede en el momento. Ademas, te respeto Javi. Te juro. No me hagas decir cosas. 

- Pero... ¿por qué me decis que me respetas? 

- Porque te tengo que ver la cara por el barrio, después. 

- Contame, dale. ¿Qué quisieras hacer? 

- Nada distinto. Pero quiero hacerlo más intenso. 

- Entendido - Vas a tener lo que merecés. 

II.  

Javier me quita la campera de jean. Yo me saco la cartera y él me ayuda.  Me sonríe. Lo miro y le sonrío.  

- Permitime. Te ayudo con esto - dice, calmado. 

- Gracias. 

Se acerca, sin dejar distancia alguna, y pone sus manos en mis hombros. Empieza a retroceder, despacio, y  me arrincona suavemente contra la puerta de su casa. 

El límite entre el jardín delantero, la calle, el barrio y el interior, nosotros, nuestros cuerpos conocidos. La madera pesada, pintada prolijamente, se me tatua en el cuerpo.  Mofé: había capturado el pedido de mas intensidad. 

- Te acordaste de todo, Javier - le reconozco. 

- Vos me dijiste que te gustaba, yo lo estoy cumpliendo. 

Me besa, sin pensarlo, mientras me agarra del pelo. Y hace las cosas del modo en que prefiero. Me desnuda ahí mismo, sin pensarlo dos veces. Para mi, eso que acaba de hacer, mas alla de todo, es lo que deseaba.  Ese salvajismo. La prolongación de las fantasías en la realidad. 

Durante años fantaseaba consigo haciendo eso, sin dejarme que me demore. Verlo en la realidad, es mucho mas que un alivio.  ¿Cuantas veces habia querido tocarle la puerta de su casa, para que me atendiera desorientado, con el único objetivo de besarnos, acariciarnos, tener sexo inmediatamente? ¿Cuantas veces había hundido en mi misma la desesperación por hacerlo? Por hacerlo mas alla de todo bien, de todo mal, solo para cumplir una fantasía.  

Muchos años despues de esos momentos, Javier me tiene finalmente arrinconada ahí. He entrado solamente unos instantes antes, con el miedo a que el barrio tenga ojos indiscretos, y me tiene apoyada contra la propia puerta de su casa, mientras me acaricia y me muerde. 

- ¿Esto querías vos, esto me pediste?  - me pregunta, apropósito, al oido. 

- Tan acertado, Javier. Hoy te levantaste bueno - lo burlo. 

Se ríe. Lo acaricio en mi contramarcha y le saco la ropa. Necesito tocarlo en serio, sino, me es muy difícil conectar en ese grado de intensidad. Javier se me entrega. Se va desvistiendo a la misma vez, para tardar lo indispensable en hacer volar todo por los aires.  Lo miro, mientras lo avanzo, lo ssiento pegado a mi, y comprendo una vez mas que no me van a alcanzar las fuerzas. Javier es grande de contextura, tiene fuerza, me lleva mas de una cabeza y media, y yo, en cambio, tengo fuerza interior para abarcarlo.  Pero el cuerpo, me queda cortisímo. 

Me acomoda cerca de la puerta. Apenas cerca. Hay una mesa, histórica para mi, donde se daban las charlas de las reuniones en el pasado, donde liberaba la parte social del movimiento cultural barrial para el que ambos participamos.  Javier tiene algunas cosas apoyadas ahi y de un manotazo, bien decido, las limpia a todas. 

Me besa toda la espalda, me muerde como sabe que necesito y me toca. Este tipo, en ese momento, está haciendo todo tal y como lo deseo. Es un instante donde no le sacaría nada. Donde estoy disfrutando muchísimo y no puedo ni siquiera pensar en nada. Ni siquiera, en si quedo mal frente a él. 

- Te voy a dar todo lo que quieras. Solo me lo tenes que pedir - dice. 

- Vas muy bien. Te lo juro. Tranquilo.  

Javier me busca la boca, como puede e inesperadamente quiere besarme. Me roza, sutil pero luego me muerde la boca, mas salvaje. Ya comprendo, así que me doy vuelta y como veo que quiere empezar a darme besos, y aunque yo trato de correrme un poco de eso, para no confundirlo, accedo.   Me acerco, sin dudarlo, subiendo las manos y los brazos por encima, y lo beso muy intensamente, mientras me aferro a él por completo. 

Javier enloquece. Me muerde desesperado pero correcto en su técnica, todo lo que puede y se enfoca de nuevo en darme caricias muy íntimas. Las que menos le pido pero las que mas me desarman.  Mientras él lo hace, con la mano que sobra, nos unimos como se puede.  Entrelaza sus dedos con los míos y me besa los hombros como si fuera un ataque masivo.  

Gimo. 

- ¿Te gusta? 

- Esta es la manera perfecta - lo felicito, implícitamente. Y de pronto, ya sé lo que quiere. 

Cuando estoy a punto de llevarlo adelante, y él está ahi, parado, como Dios lo trajo al mundo y lo metió en el barrio, lo toco. Mientras lo toco, lo analizo, disfruto su cuerpo, preparo mi hacer. Y cuando me siento lista, es decir, muy pronto, comienzo. 

Avanzo sin pensar en nada. Solo conectada a las sensaciones. Sin pensar lo que queda bien o mal. Solo disfrutando con el cuerpo.  Y de pronto, antes de dar por terminada la visita a él mismo, lo miro a los ojos directamente. 

 Sí. Me estoy pasando en la iniciativa. Estoy usando las estrategias menos refinadas para que se sienta consentido y por eso, le incluyo la mirada.  Javier se ablanda instantáneamente cuando lo miro, y me sonríe como si fuera una guacha que le juega una batalla picante. 

Después me acaricia, me reincorpo con sus manos firmes y lo miro. Es extraño pero no me siento insegura ese día. Javier me tira de la mano, me acerca y se lo digo: 

- Quiero que sigamos, Javi.  Vamos a la cama. 

- Lo que vos quieras - me responde. 

Sin problema alguno, Javier me agarra de la mano y finalmente me conduce al dormitorio, tirando de mi, abriéndose paso. Me pasa de atrás, hacia adelante, sin rudeza, pero con determinación.  

Se acomoda, me pregunta si asi esta bien, y asiento.   Nos acomodamos para seguir. 

Ese día repartimos los roles distinto: yo cedo, para recibir y lo disfruto como jamás pensé. Él cede, para enfocarse en darme como lo necesito, y cuando se logra, la conjunción es exactamente la intensidad de la que le hablaba.