jueves, 30 de mayo de 2024

Entre el deseo y la tristeza

 Y la puta madre, sí, me lo crucé a Javier. Y en cinco minutos era Javi. Y en cinco minutos le dije que me sentía mal y me corregí y le dije que me sentía bien.

Cuando fuimos a pagar los dos en la cola del supermercado, llegó primero. Él pago, yo esperé. Yo pagué y me dijo "voy a comprar acá también", por lo que interpreté que ni quería verme. Así que cuando pagué, lo saludé. 

- Chau. Me voy. 

- Chau - dijo y se me quedo mirando - No te preocupes por el parcial. No te preocupes por un examen. 

- Lo se, sí - dije. 

Me miró. 

- ¿Vos como estás? - dije. 

- Y... Es difícil. Primero pasas el impacto y es cada vez más difícil porque extrañas. 

Me desesperó escucharlo sufrir. 

- Si, es que es un proceso. Implica un cambio profundo, de estado. Lleva su tiempo. 

- Si. Es difícil. Estoy tratando de salir... Remando. De a poco. 

- Si, es a tu tiempo. Vas a ir construyendo de a poco una nueva manera. Considero yo, al menos. 

- Si. Así estoy. 

- Si, tristón. 

Me miró y se aflojó su rostro. 

 Al escucharlo y ni poder abrazarlo, yo solamente me quería ir y al mismo tiempo no quería que me dejara ir. Qué difícil.

 Juntando valor dejo que pase el instante de silencio y junto fuerzas para irme del supermercado donde estamos charlando. 

Me doy la vuelta, levemente, esperando que agregue alguna palabra y me dice: 

- Te llevo a tu casa - mientras, paga la cuenta. 

No le digo nada. Lo espero. No quiero discutir con él. No quiero negarme. No es el momento hoy. Está triste y yo lo que quiero es distraerlo, no lo sé, algo. Algo menos verlo triste como lo veo en ese supermercado. 

Disimuladamente lo miro mientras paga la cuenta. Qué bien le queda el pelo corto, estar afeitado y eso, qué bien le queda el azul marino en un suéter precioso. Qué tipo fachero es cuando se viste bien y cómo me sigue gustando aunque esté más viejo cada año... Pero también, qué triste está. Qué destruido de cara, en un semblante de hombre angustiado que extraña a su madre y que... Qué desesperación y ganas de llenar su tristeza con algo, aunque sea una tontería, solo para distraerlo. 

Cuando me doy cuenta, le trato de hacer chistes. Le cuento de mi semana cuando me pregunta. Es importante para mí hacerlo reír. Se ríe pero con fondo triste. Mis recursos de siempre son en vano. Y me siento más desesperada. ¿Qué puedo hacer para hacerlo reír? Quiero que sea ese tipo gracioso pero sé que no puede y me duele que no pueda porque significa que sufre. 

Me pongo más charlatana y cuando me quiero dar cuenta logro que se ría. Me dice que tome whiskey. Lo miro. Se pone todo colorado y sonríe despacito pero mostrándome un atisbo de vida. Le digo que no conozco el whisky y que no sé qué hacer si no me gusta. 

- ¿Qué hago si compro y no me gusta? No sé. No sé qué elegir, así que si no me gusta lo dono. Pero no sé cuál elegir. 

- Si, a mí. Me lo das a mí y yo me lo tomo. 

- Te lo dejo en el jardín delantero, ok. 

- No, me tocas el timbre - hizo toda la mímica de cómo yo toco el timbre de su casa - pasas y me lo das. 

Sonrió. 

- Nooo. Estás loco, vos - me reí - Ahí nomás por favor - musité, dando cuenta que llegábamos a mi casa. 

-  Te dejo en la puerta, grito y todo bocina. Dale. 

Nos reímos. 

- ¿Siempre vamos a tener la misma discusión, bah, intercambio... ? No quiero que me dejes en la puerta. Déjame acá, tranqui. 

Me miró con picardía y no me dijo nada. 

- Pero no estamos haciendo nada malo. No es nada malo. 

Se puso serio. 

- No es eso. Soy una mujer discreta. No quiero que te vean conmigo. Eso. Gracias por traerme. 

- Pero vos reaccionas como si estuviéramos haciendo algo malo. ¿No podes hacer nada? ¿Tenés prohibido que te vean conmigo? - me preguntó. 

Nos saludamos con un beso en la mejilla. 

- Todo tengo prohibido. Soy una monja de clausura. 

Me miró con su cara de siempre: cara de que le simpatizo. Se rió y me hizo reír. 

- ¿No querés que te digan nada, eso es? 

- ¿Qué prohibido voy a tener?  Tengo casi treinta años, déjame de joder. Nadie puede decirme nada. Es porque soy prolija. 

Sonrió. 

- Capaz que lo tenías prohibido. No sé. Yo no sé. 

- No. No lo tengo prohibido. Vos toma algo rico, dale. Un vinito aunque sea si no tenes whisky en tu casa ahora. Tomate algo, relajate ¿si? 

- Whiskey quiero - dijo, haciéndome gestos graciosos - Quiero ¿entendés? Quiero whisky. 

- Pero un vinito tomate. ¿Seguís tomando? 

- Si, pero quiero whisky, yo. No quiero otra cosa. Necesito algo fuerte... A vos no te va a gustar, tenés razón. Es muy fuerte, no no te conviene, no. 

Lo miré seria. Me miró y me di cuenta que capaz no estábamos hablando de la bebida. 

- Chau. Yo sigo con el vinito, seguro el whisky no me gusta y lo tengo que tirar. 

- Si, te conviene. Es muy fuerte el whisky para vos. Vos sos débil, no es para vos eso. 

Lo miré y se sonrió. Me estaba cargando. Pinchando. 

- Me estoy midiendo para no decirte una barbaridad. Chau - lo saludé con un beso en la mejilla, por inercia  - Nunca lo probé al whisky pero en algún momento lo voy a probar. 

Le sonreí. 

- Es así, sos débil.  Es demasiado para vos. No lo podes tomar, no lo tomes. Es demasiado fuerte para vos, tenés razón. 

Salí del auto. 

- Dale, si, re débil- musité con sorna. 

Sonrió. 

- Si, sos re débil para eso vos. 

- La pindonga, soy débil - le tiré, picada- Sos un tontuelo. Tonto - reclamé. 

- Las dos lo son. 

- ¿Qué dijiste? - lo miré, extrañada. 

- Que las dos.... pindongas... están débiles.

 Me sonrió pícaramente. 

Mofe. Me reí. Me puse toda colorada y empecé a alejarme del auto desde donde Javier me miraba y sonreía levemente. Si estaba esperando que le responda, yo preferí no decir nada para no meterme peor en el pantano. 

¿Qué quiso decir? ¿Que no tiene ganas? Y, no se espera menos. Me alegra profundamente que esté más conectado con sus sentimientos aunque sea desde el dolor porque son golpes que implican un cambio de estado importante más allá de las bromas. Retomar el deseo ante la vida y su gente, en medio del duelo por la muerte, evidentemente lo está haciendo madurar. Tarde quizá, pero no demasiado tarde. 

¿Qué quiso plantear, por otro lado, un desafío? No creo. Creo que fue una manera "amable" de avisarme algo y yo ni sé qué es. 

- Puf, no me hagas reír - dije y me despedí con esa sorna. Javier me sonreía lo bastante cuando lo despedí. Le cerré la puerta en la cara y recorrí lentamente los pocos metros hasta mi casa. 

Cuando llegué, me saqué rápidamente el abrigo y la chaqueta del trabajo. Me quedé en camisa. 

- ¿Por qué te sacas todo, hija? - me preguntó mi mamá. 

Es que por lo general yo soy friolenta y llego para ponerme al lado de la estufa. Pero hoy, llegué y lo único que hice fue sacarme capas de abrigo. La disciplina se había traducido en un cuerpo sofocado. 

- Porque tengo calor ... - dije. 

- Qué raro. No hace tanto calor, hoy. 

- Es que vine caminando muy rápido, hoy. Me acaloré en el camino. 

miércoles, 29 de mayo de 2024

Miércoles de reflexión

Hoy trabajé en casa, por suerte. Los martes llego de tarde de la facultad y los miércoles me levanto en un estado de mutismo profundo.  Hasta que me despabilo, caigo en cuentas del mundo, y finalmente me preparo el desayuno antes de sentarme a trabajar. 

Suelo ser muy responsable cuando trabajo online. Más que en la oficina, de hecho, porque estoy concentrada.  Pero también, siento que el home office es calidad de vida y me ayuda a poder sostener un ritmo de demanda tan grande. Porque cuando uno no solamente trabaja, hay mucho para sostener. Y es mucho el espacio mental que necesitas para eso. 

Cuando terminé de trabajar, me quedé un rato más con la computadora haciendo mi tarea de inglés. Si bien las clases me las paga la empresa, se dan mediante una plataforma que está asociada a mi cuenta cooperativa por lo que yo aprovecho y cuando estoy fuera de la clase ingreso con dicha cuenta a hacer mis tareas. No puedo hacerlo en horario laboral, obvio, pero cuando termino dedico un ratito libre todos los miércoles (el único día libre en la semana) para poder avanzar muy de a poco en el aprendizaje de este idioma. 

II. 

Una vez que terminé con la tarea de inglés, qué felicidad, llegó mi momento. Me dediqué al cien a darme una buena ducha con agua caliente y fui feliz. Usé las cremas de siempre. Me arreglé el pelo y recuperé un ratito necesario - MUY- para pasar conmigo misma. 

Esto me hizo reflexionar varias cosas. Unir. Pasar en limpio cosas de mi misma que necesito corregir a tiempo. 

La realidad de la vida cotidiana no creo que esté fácil para todo el mundo. Soy consciente de eso y valoro mucho lo que tengo, cada cosita por pequeña que sea, pero sin dudas, como cualquier persona, tengo mis alegrías, mis tristezas y mis preocupaciones. Aquí, al menos, me doy un pequeño espacio para hablar de lo que siento (y es diría que uno de los pocos) pero no por eso olvido que hay mucho más que lo que estoy viviendo. Y que es necesario que pueda hablar de esto. Aunque sea, escribiendo. 

Creo que una ducha caliente hoy es un privilegio enorme. Que tener ese rato conmigo misma es bárbaro y que tengo que hacer todo lo posible para cuidar mí salud mental. Pero también entiendo que dias como ayer, por ejemplo, no pueden ser una constante en mi vida. No pueden pasar como si nada, cuando en realidad son una gran llamada de atención. 

III. 

La ansiedad y la dificultad para ponerle nombre a los emociones me hace hacer cosas de las que después me arrepiento, por ejemplo, caer en conductas destructivas. Una de ellas es la autoexigencia, pero es simplemente eso, una de ellas. Lastimosamente de esas estrategias tengo más. Miles. Y las uso como enormes pilares cuando me quiero cagar a mi misma. 

Está semana al menos note que cuando estoy fuera de foco, como mal, me desvelo, me compro comida que quizá no es saludable o no me hago la rutina completa de cuidado de la piel. Gasto en boludeces innecesarias. No disfruto las cosas simples y me voy perdiendo. Quiero todo ya, me enojo, no tengo temple. Me convierto es una muestra del capitalismo voraz y antes que relajarme me quedo mirando tiendas online y sintiendo más ansiedad. 

Cuando estoy tranquila, en cambio, me vuelvo organizada, soy un persona totalmente distinta, a la que nada le falta. Me siento en centro. Me maravilla un matecito. Me encuentro sencilla y digo che para qué tanto, para qué me compré esto, para qué esto otro, si yo puedo ser feliz igual. Voy despacio y le encuentro el sentido a las cosas, cuando estoy en calma. Me dedico el tiempo para hacerme comida que disfruto, pienso recetas, cuido más el dinero y no siento que tengo que comprar boludeces como quien necesita devorarse el mundo. Principalmente, porque todo exceso es daño y porque el daño es salirse otra vez del foco y volver al circuito que tiene mal. 

No hace mucho tiempo, en medio de semanas de ansiedad, me pasó algo que nunca antes me había ocurrido y no me animé a contárselo a nadie. Fue cuando gasté mucho dinero en algo que no necesitaba del todo y me di cuenta que me generó ansiedad y asco, si, asco. Fue tanto el nivel de consumo para mí, en pocos días, de cosas que no analice, que compré por impulso literalmente, que terminé sintiendo asco. Y eso no es menor. Como si te taparas de cosas para no reconocer la falta. ¿Cuánto se puede vivir así? ¿Para qué? ¿Falta de qué? Falta de calma, claro, de centro. 

Para mí es importante reconocer estos dos estados porque los momentos de ansiedad y de desmesura son momentos donde hago cosas y no me conozco, es decir, momentos donde no pienso y dónde solo opero para tapar emociones o para hacerlas más tolerables. 
La comida, el consumo, o la satisfacción instantánea por cualquier medio, es una gran trampa cuando me pongo ansiosa. Y todo este mes de mayo estuve pasando por picos de ansiedad silenciosos pero terribles. 

De ahí que ahora, a fin de mes, caigo en la cuenta. 
No es fácil escribir de esto. Diría que hice todo mal. Pero no. Esto también soy yo. Estos dos estados, desmedidos o no, forman parte de mí. 

Ojalá pronto pueda acomodarme y vuelva la calma. 


martes, 28 de mayo de 2024

Necesito descansar (de mi)

 Hoy fue un día complicado. Pero no complicado por el trabajo, que fue mucho, sino complicado por la incapacidad de escucharme, de entenderme y de sobrellevar la ansiedad. 

Hay días en los trabajos donde tenés mucho caudal pero lo llevas bien. Manejas la presión, ejecutas y avanzas sin que eso sea una sufrimiento. Pero hoy no fue el caso. Hoy avance, ejecute y pude cerrar cosas desde una posición de autoexigencia y presión constante. 

Por lo que sentí todo el día un nudo en el estómago y una angustia que lo único que me dice es: para, descansa. Y siento que no puedo parar. Que el ritmo y las obligaciones que diseñé no pueden esperar. 

Y si, lo sé, eso está mal porque voy a quedar culo para arriba. Pero en el momento no lo veo, solo veo el malestar y la presión y algo nuevo, que no me pasaba hasta ahora: el sentir que dependo de la adrenalina que me produce la autoexigencia para funcionar. Es como si todo el tiempo fuera una pelea interna de cuánto más puedo hacer y cuánto más puedo soportar. Cuánto más puedo ganar. Si. En esos términos. 

Cuando en realidad no se si este ganando algo con sentirme así. Creo que si lo miro relajada como ahora, acostada después de venir de la universidad, la ganancia pasa por otro lado. Pero insisto: en el momento no me doy cuenta y cuando no me presionan desde afuera yo me meto presión y me establezco plazos de locos. 

Un claro ejemplo: tengo tiempo hasta el diez de junio para finalizar un proceso, el proceso 1. En el medio, hasta el diez de junio, hay tres días como mínimo que yo necesito interrumpirlo para ejecutar el proceso 2. Y después, puedo seguir dedicándome al proceso 1. 

¿Qué pienso? Que está semana si o si tengo que terminar el proceso 1 para que no se me junte con el proceso 2. ¿Y cual es el problema? Que no siempre sale todo de acuerdo a los planes y a la perfección del orden. Y no siempre todo es tan prolijo. Tan eficiente. 

A veces, como hoy, el día transcurre con una lista de pendientes eterna. A saber: elaborar parte de una carta oferta de un cliente; emitir facturas y enviarlas. Emitir factura en USD y enviarla. Responderle consultas a la que se quedó reemplazando a mi jefa que se tomó vacaciones (y me caga a preguntas). Solicitar un retroactivo a otro cliente y armar toda una planilla para poder identificar qué retro correspondía pedir. Comentar esto con la parte comercial.  Responder un mensaje que me mandó el papá de Javier, que empezaba con hola hermosa y me estrujó la panza porque yo adoro a su papá pero estoy haciendo un esfuerzo enorme para desmarcar el amor a su hijo de la vida cotidiana y futura. 

Y a veces también te quedan cosas por hacer del trabajo y uno se apaga y uno piensa: no llegué a hacer nada de lo que quería. Pero ¿qué más podes hacer? Creo que controlar las expectativas sería bueno, además de jerarquizar lo urgente con lo importante. 

Hoy resolví cosas urgentes . Que no podían esperar. El proceso 1 también es muy importante, si, pero no era exclusivamente para ya. 

El problema es que en mí mente la presión dispara la autoexigencia y es tanta mi necesidad de cumplir y el afán de hacer todo perfecto, que lo urgente y lo importante se pisan los talones. A veces me debato entre querer demostrar que puedo todo (no se para qué tanto, por qué me hago esto) y por el otro simplemente en trabajar sin sentirme mal.

¿A quien engaño? Esto se trata de mi. En primer lugar porque si yo vivo en este nivel de presión, obviamente, que no tengo tiempo para los procesos personales que tengo que vivir. Y como son dolorosos, estoy escapando de ellos. Pero también, en segundo lugar, porque no me siento merecedora de las cosas buenas que me pasan.  Y si, es como si una persona destruida tiene que atestiguar todo el tiempo que está ahí, sin importar los pedazos. 

¿Cómo me siento? Ayer logré hacerme esa pregunta cuando venía de la oficina y me di cuenta a las ocho de la noche que estaba triste, angustiada, poco feliz. 

El único momento donde caigo en cuentas de como me siento últimamente son los viernes cuando salgo de terapia y paso directamente a los fines de semana. Pero los findes pasan muy rápido. No alcanzo a hacer ningún proceso de reconexión conmigo misma ni puedo esperar hacer procesos los sábados y domingos cuando soy una persona con sentimientos y emociones todos los días de la semana. Y menos puedo esperar si el tiempo libre de la oficina lo uso para estudiar en la universidad y estudiar inglés para (nuevamente) poder progresar en lo profesional. 

Pero si, qué remedio. Es evidente que necesito descansar. Pero que sea una descanso en serio. Consciente. 

He bajado bastante el consumo de redes sociales pero aún mismo eso, el cansancio es mental. Tengo un límite de dos horas por día como máximo para Insta y hace semanas que no paso más de dos horas allá porque estoy siempre hasta las manos. Por tanto que hacer, dejo de estar presente y noto que estoy consumiendo cosas para tapar estados de ánimo y justificar el padecimiento diario en un nivel mucho más  grande de lo que necesito, que este mes con los parciales no hice a tiempo de nadar y que la ansiedad de mi vida cotidiana es tan desbordante que NECESITO descansar de mi también. ¿Qué me pasa que estoy así y no me puedo mover de acá? 

No paro de dar y no paro a recargar. No paro de dar en el trabajo que me agota, en el viaje, en la facultad, en las clases y cursadas, en el estudio, en la tarea de inglés que me dejan y en las clases que tengo los viernes en horario de trabajo. ¿Si estoy agradecida? Si. Pero me lo tengo que tomar todo de otra forma porque sencillamente voy a terminar muy mal si no. 

Me conozco. O conocía a la mujer de antes de esta adicción a la adrenalina y se que esos lugares no son los mejores. 

¿Qué me da miedo? Perder el trabajo. La posibilidad. Pero al mismo tiempo ¿no podría encontrar otro? ¿No podría volver a conseguir algo así, en función a mi capacidad? Una parte de mí lo cree pero la otra no, y por eso me está pasando esto. Porque si yo sé que podría hacer todo lo que quiero, donde sea, este presente sería distinto. 

Pero en cambio ¿qué siento sobre el trabajo en realidad? 

Y... Que tuve suerte. Y que la suerte como tal un día se acaba. Pero... ¿fue solo suerte? ¿No podría encontrar algo más en lo que apoyarme que no sea la autoexigencia? ¿Qué pasa si un día colpaso y no me puedo levantar para ir a trabajar? ¿Qué pasa si no puedo más y me consigo un trabajo más tranquilo, con menos perspectiva de progreso, con menos beneficios y con un sueldo menor a cambio de vivir más tranquila? 

¿Puede costarme tanto generar una X cantidad de dinero mensual y gozar de ciertos beneficios a nivel interior? ¿ Vale la pena ponerme constantemente en esta disyuntiva de mierda, por un trabajo que todo el tiempo me hace sentir que todo me falta? 

Hace diez meses que estoy en la multi. Pasé por muchos estados. Espero que me llegue el momento de entender que nadie me regala el sueldo cada mes. Espero que algún día, cuando no sea demasiado tarde, yo pueda entender que me merezco todo. Que no tengo que demostrar de más a nadie. Que tengo derecho a vivir en paz. Que tengo todo para trabajar en este u otro lado y que lo más importante es que esté bien yo. 

Este discurso de amor y protección fue un signo de guía en mi vida. Pero claro, cuando empecé a moverme en este contexto donde me siento totalmente disminuida simbólicamente, no pude frenar el traapaso del qué dirán hacía el que me digo yo en función de lo que creo que dicen. 

Este, lamentablemente, es un fardo pesado. Ojalá todo fuera más fácil para mí. Ojalá la mente no me jugara tanto. Ojalá todo lo pudiera recibir y vivir con más alegría, más seguridad, más autoestima y más objetividad. 

Parte de esto es lo que me tiene tan irritada y que crece cuando no tengo momentos conmigo para poder avanzar y apoyarme en los procesos internos. Pero parte además se trata de dejar de tapar las emociones con comportamientos nocivos y así creer aún que haciendo eso puedo tener una vida feliz. 

¿Desde cuándo vivo tan confundida, no


sábado, 25 de mayo de 2024

Sábado de mayo 🇦🇷

Lo lindo de este sábado fue que resultó como esperaba, o mejor dicho, como lo necesitaba. Últimamente me estuvo costando mucho encontrar tiempo para estar conmigo misma. También me costó mucho asistir a mis propias emociones. Pero bastó poder desconectarme un día de las obligaciones laborales y universitarias para volver a percibirme humana. 

El viernes por la noche luego de volver de terapia me instalé cómodamente en la cama y terminé la primera temporada de una serie en Netflix, Bridgerton. Si bien no soy asidua espectadora de ninguna plataforma, porque siempre preferí la lectura, esta serie viene siendo amigable. Y además, me ayuda en el arte de estudiar inglés, porque es una manera de acostumbrar mi oido al idioma que llevo ya dos meses interiorizando. 

Hoy fue increíble amanecer tan tarde como lo hice, pero en el fondo, no me sorprendió del todo. Puse una alarma bien tarde, creyendo que no iba a usarla, y resultó ser la propia alarma lo que me despertó. Era evidente que mi cuerpo, una vez que relajara si estrés, iba a descansar a cuenta. Casi por las dudas, diría. Y así fue. 

Lo mejor de este día fue el no apuro. Ni bien me levanté desayuné y me puse con el primer pendiente que quería disfrutar: el orden y el aseo de mi pieza. Dios, me estresaba mucho en estas últimas semanas ver mi dormitorio patas para arriba... Sentía que todo era un lío, que no encontraba nada y que se volvía cada vez peor.  Hasta que hoy finalmente tuve el tiempo y pude dedicarlo. 

Vacié casi todo el ropero. Hice el cambio de estación, dejando a la vista todo lo más abrigado y ordenando las prendas por color y por clase, es decir, lo que va colgado, colgado. Lo que va doblado, doblado. Lo que uso para todos los días, lo que uso para la oficina, la ropa que debo enviar a remendar. 

Una vez que terminé con la ropa, que me llevó horas poner en orden, separar para donar y doblar bien, seguí con todos los productos de aseo. Y si, soy de esas mujeres que usan mil cosas primero por necesidad y luego por gusto. Hoy pensaba de hecho cuántas cosas uso para el rostro, a raíz del tratamiento. ¿Será que cada pequeña cosita que me aplico termina siendo una montaña? Lo único que me quedaron pendientes fueron dos cajones de ropa interior, de los seis en total que son ocupados con distintas cosas... Así que creo que hice un buen trabajo. Ordenar dos cajones es más fácil. 

Cuando terminé, ya habiendo ocupado en eso todo el día, me di una larga larga ducha. Mi mejor momento. Cumplí con toda la rutina de siempre, me exfolié el rostro y además me coloqué una ampolla en el pelo. 

Una vez me acosté en la cama, fui feliz sabiendo que pude ordenar y que pude aprovechar el tiempo libre haciendo algo que resta estrés... Miré unos capítulos más de la segunda temporada de Bridgerton y ahora escribo estás palabras.  Ya se sabe, es la última actividad del día y lo cierro haciendo algo que me relaja. 

Aparece un bostezo... Si, definitivamente, a descansar. El cuerpo pide seguir siendo escuchado

jueves, 23 de mayo de 2024

El chocolate ganador

 Aquí estoy, comiendo un chocolatito en la cama. Cadbury de frutilla. Una exquisitez de la industria. Hoy me levanté a las seis y diez de la mañana y estoy muy agradecida porque siendo un poco más de la noche ya pude acostarme. 

Hace casi una semana que estaba deseando comer este chocolate. Hace días que venía deseando dormirme sin el peso de tener que estudiar y sentir que mañana es tarde. Hace días que venía deseando tener la perspectiva de un fin de semana libre para poder ordenar mi ropa, hacer el cambio de estación del ropero, y preparar prendar para donar. Para ordenarlo todo, para teñir ropa, para hacerle un tratamiento en el pelo a mí mamá (que le hace falta), para organizar cosas, para también para descansar y mirar una peli básicamente. Para disfrutar un poco el oxígeno en la mente y para conectar con mí parte sensible. Porque si, el exceso de productividad te desconecta muchísimo. 

Hoy, cuando salí de la oficina y llegué a la facultad en un gasto extraordinario ( en otro capítulo de tuve que gastar extra en trasporte porque necesitaba si o si repasar y estar antes), me compré este chocolatito. Aquel que deseaba. Un simbolo. Este chocolatito que no compré antes porque no hice compras ni salí prácticamente de mi casa está semana. Y si lo hice fue solo para ir a trabajar o a estudiar. Ese chocolatito que por no salir a comprar dejé para después con tal de no perder tiempo. 

Ahora es el tiempo. Por fin. Escribirlo ya me da alivio más allá de los resultados del examen de hoy donde eran 32 múltiple choice para elegir. 

Por suerte, se me pasó el dolor de cabeza que me había agarrado antes de entrar al examen. Creo que era mi cuerpo dando su último margen de batería. Por suerte encontré el chocolate que quería. Por suerte, lo pude comprar. 

Asi que acá estoy, entonces, consintiendome un momento antes de dejarme caer en el sueño. Qué bueno es hacerse a uno mismo un mimo cuando lo re contra necesita. 

Esto me hace pensar que a veces siento que hago un esfuerzo invisible. Y no me molesta eso. Pero si debo corregir algo: hago un esfuerzo que es invisible para los otros (y está bien, porque muchas veces no cuento) pero que no debe ser invisible para mí. 

Cada vestigio se trata de mi propia vida. Hasta este chocolatito que esperé tanto tiempo. 

martes, 21 de mayo de 2024

Una semana después...

 Una semana después del parcial, me dieron los resultados y sí, afortunadamente, aprobé. Hoy me enteré cuando fui a la clase de la materia, como cada martes.

Estoy aliviada porque es algo menos en lo que pensar y algo menos por lo que preocuparme. Y estoy contenta porque si bien no me saqué una nota alta como acostumbraba a sacarme antes, sí me saqué más de 4. Y también, traté de entender que sacar más de cuatro en un contexto cotidiano como el mío, está muy bien. 

Sin embargo, siendo las doce de la noche, todavía no puedo relajarme porque el jueves vuelvo a rendir otro parcial. 

Qué largas se me están haciendo estás semanas, lo juro. Siento que hace casi veinte días no tengo momentos libres, que todo es sentir que no estoy haciendo otra cosa y es frustrante por momentos. Pero por otros, si pienso en el parcial que pude dar bien, vale la pena. 

Hoy trabajé todo el día al cien con cierre de cosas porque mi jefa se va tres semanas a Europa y tenía intenciones de cerrar algunos puntos. También, vengo trabajando a todo dar desde la semana anterior donde también tuve entregas de controles por asuntos de impuestos que deben liquidarse y que además están poniendo al día (IVA e Ingresos Brutos). 

En el medio, me llamo una compañera para sacarse unas dudas de otro lío con un cliente en términos de facturación y notas de débito emitidas por mí, con justa razón, porque el tipo no paga. No responde mails. No acepta los ajustes por IPC que le mando. Es decir, un tesoro de aquellos. 

Cuando corté, tomé literalmente dos mates que me dio mí papá. Hablamos del tema independencia. Él me dice que lo preocupa como voy a hacer el día que me mude sola con tantas obligaciones, porque seguro, eso puede influir en el precio del alquiler que tenga que pagar. Y, me dice que lo preocupa que viviendo sola tiene que ser un lugar donde me pueda manejar en distintos momentos del día, sin temor. Dice que piensa como voy a hacer para cocinarme, lavarme la ropa, pagar todo, estudiar, trabajar tanto y vivir básicamente.

Si bien yo colaboro económicamente en mi casa y con lo labores cotidianos, mi madre especialmente me ayuda. Cuando estoy llena de ocupaciones, me cocina. Cuando necesito llevar un pantalón a remendar y no tengo tiempo por las tardes, me dice yo te lo llevo y te lo busco, tranquila. Cuando se me acumulan pilas de ropa desordenada sin guardar porque estos últimos fines de semana estudiando fueron demenciales, me ordena un poco y me ayuda a que todo esté más o menos en orden, en el tiempo que yo no puedo hacerlo. 

Luego, todo vuelve a la normalidad, pero entiendo que de afuera parece un caos interminable. Yo cocino los fines de semana, ordeno, limpio, organizo y saco pendientes de la vida cuando tengo tiempo. Pero cuando ese tiempo se lo tengo que dedicar a la universidad o al trabajo o a las dos, me importa bastante poco una pila de ropa, comer bastante mal o dormir bastante menos.  Entiendo a mi papá, que me ve como una miniatura de 1.60 contra el mundo, pero sé bien que todo lo construido y lo que queda por hacer es en función de poder salir adelante.

 ¿Qué decirle? Lo comprendo, porque lo quiero, pero sé que está equivocado en dudar de mí. Sé que la ayuda de los demás es inestimable y sé que si no la tuviera no me quedaría más remedio que hacelo en otros tiempos. Es por eso que yo siempre valoré su colaboración y desestimo sus preocupaciones. Ellos me regalan un tiempo de cariño y yo lo aprecio. Pero sé que no es eterno y obro en consecuencia. 

Yo le digo que no se preocupe, aunque a mí también me preocupa mucho el tema. ¿Qué le voy a decir? ¿Que me preocupa? No. Le digo que se quede tranquilo, que voy a hacerlo como toda la gente, que no existen los cuentos de hadas y que me mudaré al lugar más seguro que pueda pagar para vivir sola. Que el tiene que entender que con el sueldo que gano, me ajustare a vivir lo mejor posible, pero que no tendré al menos en un primer momento todo el confort y la calidez que él desea para mí. Eso es algo que lo pone mal. Se lo nota angustiado cuando me lo dice pero yo le digo que se calme. Que esto es una realidad para muchos, que va a tener que hacerse a la idea, despacio, y que yo pienso siempre en función de lo que tengo ahora. Que no le puedo decir más que eso. 

Él me dice que me tome todo el tiempo que necesite porque son un montón de cosas para comprar sola. Que no me puede ayudar con plata pero que me puedo quedar en mi casa si quiero toda la vida, y que si me quiero mudar, me puedo mudar pero sin apuro así me puedo "comprar mis cositas y vivir como a mí me gusta". 

Yo suspiro. Mi papá se pasa de papa, a veces. Él cree que va a bajar una hadita madrina como en los cuentos y que me va a regalar un castillo rosado. Me da ternura porque, si fuera por él, yo merecería el mundo con todo y su esquina. Pero al mismo tiempo me da pena que se preocupe por algo que no será ya. 

 Con la rapidez que vivo últimamente, me gustaría tenerles más paciencia para explicarles las cosas como las veo. Poder dedicarles más tiempo. Pero también se que no todas las épocas me permiten compartir y dar como doy siempre. Hay momentos donde tengo que estar para mí. En todos los ámbitos y dejar que solo él y mí madre despejen sus preocupaciones. ¿Si las tienen con mis hermanas? Si. Pero descansan mucho en que mis hermanas conviven con otros y que tienen apoyo en mil sentidos. En mi caso, básicamente, no pueden descansar en eso porque no es el mismo escenario y considero que hay algo de miedo por lo diferente de la vida de cada una y no solamente por verme seguir sosteniendo tantas cosas. 

Respiro hondo. Cambio el tema con mi padre. En el corto plazo, todo el dinero por venir está destinado a un tratamiento de salud que estoy haciendo. Él sabe que la mudanza no es algo para ya, pero se preocupa por eso, y se preocupa por el tratamiento. Este tratamiento es muy costoso, me llevará tiempo, y tiene que ver con secuelas de la prematurez que sigo solucionando.  Así que es prioridad. Y es donde trato de poner el foco. Y otra cosa que mi papá siente que no puede darme. Con la que no me puede ayudar. ¿Será que algún día entienda que no me tiene que ayudar? ¿Que ya me ayudó mucho?  Todavía me repite que no me ayuda con la facultad y que se siente mal por eso porque a mis hermanas les pagó todas sus carreras y yo le repito que no hace falta que me ayude, que todo está bien así. Que es lo que elegí. Pero noto que le cuesta y le insisto con cuidado para no herirlo aunque marcando el límite. 

Cómo enseñanza de esta etapa, no sé qué me llevo. Solo puedo decir que doy una batalla a la vez. No voy a mentir: deseo con todo el corazón que un día no sean tantas las batallas, la verdad. Que la vida sea más disfrutar que solucionar. Creo que mí papá no va a dejar de preocuparse nunca. Que apoya lo que hago, si, pero que tiene miedo de lo diferente que elegí ejecutar ciertas cosas. 

Por el momento, en este día interminable, sigo estudiando un rato más para el jueves. Me quedo con el parcial que salió bien. Me preparo para el otro lo mejor que puedo... Y sigo adelante. 

lunes, 20 de mayo de 2024

La alternativa

 Cuando hace muchos años atrás tomé está decisión, para mí, era la mejor opción. Realmente, lo era. Pensé que, como había perdido la oportunidad de demostrarle a la persona que amaba, por qué era lindo estar conmigo... no iba a tener más opciones. Pensé que como había perdido la posibilidad de vivir la vida al lado de la persona que amaba, algunos deseos dejaban de ser importantes. 

Nunca deseé tan intensamente que alguien me mire, como si lo deseé de Javier. Es difícil de explicar cómo podes desear tanto algo que, sabes, probablemente, no pase nunca en la manera en que lo deseas y es difícil también saber que tenés que seguir adelante con tu vida "como sea". 

Justamente, yo sentía que había perdido mi oportunidad y que había que hacerse una vida de nuevo. Como fuera. Qué se yo, una especie de felicidad posible. ¿Qué más se puede decir uno mismo cuando siente que perdió toda chance con la persona que más quiso, con la que se vió? 

Jamás me había dado cuenta que yo quería vivir la vida con alguien más, hasta que conocí a Javier a los diecinueve años. Me dieron ganas de tener una relación, de compartir, de acompañar. Me di cuenta que yo era capaz de sentir mucho, de una forma muy pura y desinteresada. Entendí que amando era una persona distinta, mucho más valiente y feroz en la lucha por la persona que tenía al lado. Noté que por amor yo era capaz de olvidarme del que dirán, de la opinión de mi familia y de cualquier persona ajena que me dijera algo.  Si. Claro que iba a ser difícil construir un después. Un después de eso, donde parecía que todo era poco en comparación. 

En esa época, después de que me dijera que él sentía pero no podía, visité lugares tan oscuros que hasta hoy me representa un esfuerzo recordar.  Sentí que frente al amor que yo tenía para él, y él rechazaba, no me quedaba mucho por hacer. Tenía que buscar una alternativa, eso me decía por entonces. "Veinte, tenés que buscar una alternativa, enfocarte en lo que si puede pasar" y me desesperaba pensar que no había alternativa. Que no la iba a encontrar más, como si mí capacidad de amor hubiera quedado condenada en el mismo momento en que Javier había roto mi corazón en pedazos.

Y la busqué, sí, yo construí una alternativa. Pero no como camino de la felicidad, sino, como manera de seguir adelante con aquello que uno no deja de sentir nunca. Encontré a alguien que hizo todo y más de lo que Javier no había hecho en su puta vida. Aprendí a quererlo, en otra intensidad, y desde ese lugar de más recato me permiti experimentar y vivir. Encontré a alguien que me quiso aunque fuera joven, porque Javier no. Encontré a alguien que me cuido y me vió y se sentía atraído por mí, cuando Javier en cambio lo único que demostraba eran cosas muy ambiguas. 

Muy de a poquito, con mucha calma, construí una relación de muchos años que fue la alternativa. En todos estos años no lo había notado. No lo pensaba así. Galeno parecía haberlo sanado y la realidad es que en parte sanó muchísimo... Pero tampoco llegué a darme cuenta que hasta este mismo momento donde escribo, continué siempre esperándolo a él. Galeno fue algo así como una alternativa no del todo segura. Alguien que estaba conmigo y alguien con quién jamás me vio Javier. Alguien que estaba para mí de la forma en que evidentemente una parte mía lo necesitaba porque... ¿Qué implicaría que Javier me cruzara con otros, por ejemplo? Quizá, una renuncia. La renuncia que yo nunca hice, hasta ahora. 

Durante todos estos años, pensé que quizá algún día  Javier finalmente me vería. Hubo momentos donde no deseé nada mas y hubo otros donde solo quise sacse el corazón con las manos y apretujarlo como desecho para que dejara de sentir. Hubo otros momentos donde ignoré el tema. Donde fingí. Y hubo temporadas donde dejar a un lado el asunto y enfocarme en la vida que estaba - la vida alternativa - resultaba perfectamente aceptable.  Hasta diría que me hacía feliz

¿Pero lo era en verdad? Esperaba en secreto, como para adentro, a ver si me veía. Pensaba que si el me veía, yo finalmente podría mostrarle la versión original. Esa primera versión del amor que le había guardado diez putos años de mi vida. Esa versión que no era la alternativa. 

Hoy diría que Javier me vio, sí, muy tarde. Me vió para horizontes cortos que hemos disfrutado, donde se unen la piel y el sexo.  Yo también lo vi ponerse tenso en los comercios, ponerse colorado, mirarme con una intensidad inexplicable, besarme todo el cuerpo. Pedirme que lo bese. Si, lo he visto. Con todas sus miserias, sus aburrimientos, sus conflictos, sus confusiones, sus contradicciones y... Volví a confirmar lo obvio: yo le gusto pero no me prefiere. Y yo no lo prefiero, pero lo amo. Siempre lo amé. Y quizá, lo siga haciendo. ¿Quién sabe? Creo que ese no es el eje central

Porque lo central en este momento de mi vida es que acabo de caer en cuentas que hace diez años vivo en una alternativa. Una alternativa emocional que está llena de recato, cuidado, desconfianza y que yo pensé que era propia de la edad pero no es más que un mecanismo siniestro que me condujo a vivir de una manera donde la espera pudiera coexistir con el reto de construirse por otro lado una vida más impecable. 

Pienso en esto con desolación porque no amo al impecable. ¿Cómo vas a amar a alguien que no te quiere, que tiene pareja, que es desprolijo en sus sccooems, que es un charlatán? Y si, lo amo. He intentado hacer cualquier cosa menos amarlo, pero en el fondo, aún sin verlo, sin tratarnos, sin hablar, jamás en estos diez años pude controlar el corazón que se me desborda cuando lo veo. He fingido tanto al respecto. Incluso, frente a él. Le he dicho que no sentía absolutamente nada por él. 

Tuve mis motivos para mentirle. El principal, saber que mi amor no puede declinar su decisión; la decisión de no elegirme nunca a brazos abiertos; la decisión de elegirme pese a su familia, al qué dirán, a todo el mundo. 

"¿Nos vamos lejos y solos? Vamos, dale, a un lugar solos los dos, lejos de todo, nos quedamos ahí" me preguntó un día.  Y yo le dije: "¿a dónde vamos a ir, vos y yo? Deja de soñar". 

¿Quien de los dos finalmente sueña? Me he mentido. He escrito horas enteras sobre las razones por las cuales no se ama a alguien así. He mentido a otros, diciéndoles que ni ahí. He roto miles de acuerdos. Me he olvidado de muchos principios. Todo eso y más, para encasillar el sentimiento más fuerte en algo aceptable. 

Pero un día, se alteró la variable de lo aceptable. Y pasó algo que rompió el relato de la alternativa. Y que hace que hoy este en carne viva reconociendo que ya no quiero mostrar a nadie más la versión de repuesto porque aunque me de terror tengo que volver a intentarlo de verdad. 

Creyendo, apostando, mostrándome, permitiendo que la otra persona vea la versión de mi que es real y que no siempre tiene que controlar todo. 

II. 

Todavía hoy recuerdo el instante después de haberme acostado con Javier. Le di la espalda una vez que cada uno a su tiempo pisamos el orgasmo. Nos quedamos en un silencio demoledor. Desnudos

- ¿Estás bien? - me preguntó. 

No le contesté. Me tocó con sus manos la parte baja del culo y con voz más dulce me preguntó: 

- ¿Todo está bien? 

- Si, todo bien - dije. 

Unos segundos después, Javier se levantó de la cama. Me dejó sola y lo agradecí. Yo me senté en su cama, me tapé con las sábanas que tenían el mismo olor de su perfume y miré un punto fijo. Estaba en su habitación. Podía morirme ahí mismo, no me importaba. Miraba su ropa. Sus camisas, lo sabía dentro de ellas, acababa de tocar el cuerpo que se tensaria con la tela al día siguiente... "Lo hicimos, finalmente", pensé. Y un instante después lo vi volver a la habitación con una nueva cara. Una cara de seriedad impensada. Algo que no había visto nunca. 

- Discúlpame que me fui... Estoy ansioso. Me cuesta quedarme - dijo. 

Me pasó una copa de vino. 

- Es entendible que no quieras quedarte conmigo - le dije, con rencor. 

Salté de la cama. 

- Ya me voy - dije, como una manera de echarlo de su propia habitación elegantemente. 

Javier ni me podía mirar. Le costaba verme desnuda. Lo impactaba. Era como si recién se diera cuenta que se había acostado conmigo. Si, la misma de siempre. La misma a la que le había dado largos sermones sobre la imposibilidad de tener una relación con tanta diferencia de edad. 

- Terminemos el vino, primero - me dijo. 

Puso música. Relleno mí copa. Relleno la suya. Brindamos. Nunca supe por qué, pero siempre que compartimos bebida, brindamos. La primera vez que brindamos fue por nuestro bien. Esa idea se me había ocurrido a mí a los diecinueve cuando me había declarado y él me había dicho que era imposible que me viera de esa forma, porque era grande para mí. 

Era sin dudas más grande cuando nos sentamos a la mesa, un momento después, y debo admitir que yo ya sentía dos cosas: ganas de irme a mi casa y necesidad de que me hiciera alguna broma para demostrarme que todo seguía igual. 

Sin embargo, hice todo lo contrario a lo que sentía y dejé que Javier cargara con toda la confusión de ese silencio. Una parte mía no es capaz de volver a decirle nunca la verdad, y por el consejo del pasado, miente sus propios sentimientos. 

- ¿Estás bien? - me preguntó. 

- Si. ¿Vos? 

- Si. Me siento raro. 

- Entiendo. Quizá ahora sientas rechazo por mí. Te puede pasar. 

Sonrió. Negó con su cabeza. 

- No. Todo lo contrario. 

Me miró. Lo miré en silencio. 

- No me siento mal por vos. 

- ¿Y por vos? 

- Tampoco. 

- ¿Estás arrepentido de lo que acabamos de hacer? No tengas vergüenza de arrepentirte. Todos los podemos mandar una cagada. 

- No, no es eso - dijo, y me agarró del brazo - Te voy a explicar cómo me siento. Para que entiendas

(...) 

Lo escuché largamente. Finalmente, hablé: 

- Javi ¿vos confias en mí? 

- Si. Mucho. 

-Sabes entonces que yo no haría nada para hacerte daño. 

- Ya lo sé, ni lo digo por eso... Esto es nuestro. Para siempre. Yo me re contra quería acostar con vos. Ni loco me arrepiento. Pero... tengo miedo de lastimar mucho y tengo miedo de lastimarte a vos también. 

- No siempre se repiten las historias, Javi. Yo nunca voy a hablar de esto. ¿Vos sentís que cometiste un error hoy acostandote conmigo? Bueno. Úsalo como abono para una vida mejor. Y si no sentís eso, guardalo para vos como cualquier otro recuerdo. 

- No fue un error. No quiero lastimar a nadie, solo eso. Me preocupa que alguien sufra. Pero te juro que no lo hice de malo. Hacía muchos años que estaba todo ahí, y vos me podes a mi. Desde siempre. Yo no puedo pensar con vos en frente. 

- Javi, tranquilo. A mí me pasó lo mismo. Pasó. Ahora tenemos que seguir. 

Me miró. 

- Un día y después otro. Vas a ver qué nos vamos a ir olvidando y poniendo cosas alrededor y va a pasar. 

Javier me miró. No me dijo nada. 

Me levanté y le dije que lo notaba descolocado. Me dijo que si. Le prometí que todo iba a estar bien. Él me ofreció ayuda con mi trabajo de entonces y tiempo después me confesó que esperaba que yo lo llamara después de esa noche. 

Desaparecí los siguientes siete meses. Y podría haber seguido oculta toda mi vida, hasta que a la vuelta de un viaje con Galeno, él me comentó una foto que me había sacado quien era mi pareja entonces. Y hablamos. Y desde entonces, nos volvimos inimputables para el otro. 

Casi como algo guionado. 

Ahora mismo, el presente es más mío. Acaba de morir su madre. Acabo de entender que la vida pasa y que es un buen momento para desaparecer y construir la versión original. 

Apuesto a que no somos los mismos. ,

viernes, 17 de mayo de 2024

El quinto de cinco

Lo conseguí. Sí, lo conseguí. Pasé está semana maratónica de trabajo, vencimientos, entregas pesadisimas, parcial y turnos médicos. Dios, qué potencia para juntarse todo compromiso que andaba ahí dando vueltas. 

Ahora estoy acostada en la cama, descansando, paveando, después de una semana tremenda en términos de desgaste. Una semana re intensa. Todos los focos de estrés se dispararon y si, acá estoy, también aceptando que esto es vivir. 

Volví de terapia hace un ratito. Hablé largamente para seguir trabajando en los procesos. Fue movilizador como siempre porque está semana pasó por todos los tópicos pero consideré eso como un privilegio. Está siendo el único lugar donde puedo hablar de como me siento, además de este espacio, y son dos momentos muy preciados para mí en el medio de un mar de obligaciones y cosas. Es algo que me ayuda a seguir día a día. 

Cuando mí mamá me vió llegar, me dijo: "oficialmente empezó tu fin de semana". 

Y sí, me vio muy muy agotada todos estos días. Y ahora al finde que comienza ya lo estoy disfrutando, aunque tenga que estudiar para otro parcial que tengo la semana que viene. Lo estoy disfrutando porque también necesito descansar y este momento de no poner una alarma para el día siguiente es de lo más valioso que existe. Porque quiero no pensar en la lista de pendientes. En las urgencias u obligaciones. 

Hubo un momento de mi vida donde trabajé los sábados. Me levantaba tempranisimo. Y siempre pensaba que el día dónde trabajara de lunes a viernes iba a valorar ese momento del viernes a la noche. 

Hoy, que afortunadamente ya no trabajo los sábados, juro que lo disfruto. Abrazo la posibilidad de estar en la cama, tapada, cómoda, y aunque muy cansada, también agradecida. 

Lo que se hará el lunes, será tema del lunes. 

Hoy todavía es viernes. 


jueves, 16 de mayo de 2024

El cuarto de cinco

 Ya casi es viernes. Eso pienso mientras veo a mi gatito adormilarse en la camita que tiene arriba de mi cama. Es decir, de nuestra cama. 

Hoy trabajé de manera presencial. Volví a viajar pésimo en el colectivo aunque llegué en el horario en que lo necesitaba. Una de cal y una de arena. 

Mi compañera no estaba teniendo un buen día así que hablamos un rato. Me contó su cansancio con la gestión y por primera vez en muchos meses compartí las cosas (a nivel personas) que no comparto. Creo que nos hizo bien hablar porque fue un "sinceramiento" para las dos y al mismo tiempo una manera de construir un puente entre nosotras de apoyo y de mayor humanidad en un contexto acartonado donde todos tenemos observaciones sobre las personas. No es criticar a los otros sino es decir "no estás sola en lo que ves, no abandones el laburo", etc. 

Después de un largo día, de mucho trabajo y cruce de datos para que se liquide IVA, me fui de la oficina. Saludé, dejé parte del trabajo listo y corrí hacia la terminal de combis para volver. Es que hoy tenía que llegar a Provincia muy rápido por temas de logística y la combi me salía más barata que tomarme un Uber. 

Esto de vivir a las corridas tiene sus gastos asociados.  Moverse de un lado a otro de la ciudad, tener compromisos, ir a un médico, ir a la facultad, entre otras, marcan un determinado resultado. Y hay que buscar la manera de cuidar tanto el tiempo como el dinero en términos de recursos. Hacer posible todo eso, además de una aventura, es un desafío en mil sentidos para mí. Y el tema movilidad es un eje fundamental en cómo me organizo para hacer cada cosa en la semana. Porque los fines de semana son distintos, pero por otro lado, hace tres fines de semana que me quedo estudiando la mayoría del tiempo y todo lo que podría resolver vuelve a pasar para la semana. 

En fin... Cuando llegué a mi ciudad, fui al salón de belleza. Tenía que arreglarme las uñas (siempre lo hice pero en la multinacional la presencia pesa y hasta se fijan en las uñas por lo que no puedo andar con las uñas desprolijas tan groseramente) y ver si llegaba a comprar algunas cosas. Llegué a las uñas, corriendo, y le pedí si me daba cinco minutos para ir a buscar un café.  Así, mientras me esmaltaba, fui merendando y tratando de tomarme ese momento para mí. No llegué a comprar y traté de ser comprensiva conmigo misma. Traté de no cagarme a palos mentalmente, porque no tengo resto siendo franca. 

Ademas... A lo largo del día, pensé en Javier. Después de una hora, más o menos, y luego de que hablamos ayer muy brevemente por audios, noté que me stalkeo un poco. Se lo perdoné, obviamente. No me significó nada más ni nada menos en la cuenta. Cómo si no hubiese existido. Pero claro que pensé en su tristeza. Pensé en que me pone en una situación de vulnerabilidad que es muy difícil de reconocer para mí y pensé que lo mejor sería no hablarle nunca más. Es decir, aprovechar este momento también para marcar un límite y desaparecer. 

Pero ¿por qué siento tanta desesperación en ese sentido? Sobre eso, me di cuenta que alejarme es en si mismo un mecanismo. Y eso es porque sentirme vulnerable me aterra. Con él, en especial, me produce un profundo (muy profundo) temor. Me horroriza tanto mostrar mi humanidad a la misma persona que (queriendo o no, ya no sé) la destruyó hace diez años. Pero la vida a veces te pone en estas disyuntivas. Y hay que superarlas. Y por esta razón tan básica, en el primer momento donde mostré cinco milímetros mi humanidad (sin ningún fin) mi paso siguiente es ponerle freno a todo, aislarme, encerrarme y ordenar. 

¿Qué voy a ordenar si todo es un quilombo para mí, desde el punto de vista que no me permito sentir? Hay que ordenarlo, sí. 

Sentir vulnerabilidad frente a las cosas es un rasgo de humanidad. Sentir que no lo puedo controlar todo. Que me pueden lastimar, sí. Que me puede volver a lastimar con sus gestos o no gestos, diferentes a entonces, porque no siento el mismo tipo de amor. Si, asumir que esto me interpela, porque siento, porque hacer es exponerse y porque cuando sentís que vivís algo de mentira la única manera de conectar con vos es haciendo algo genuino. 

La vulnerabilidad me hace genuina aunque es difícil de sostener en lo cotidiano. Me devuelve en el espejo la mirada de una mujer que conozco. Pese a las voces del juicio moral en mi cabeza, pese a los miedos que me implica reconocer lo que me mueve y teniendo bien en claro que jamás nada se moverá de lugar entre nosotros; sin embargo, no puedo mentirme más. Y eso es como volver a casa para mí. Volver a ser quién soy pese a que lo haga con errores. 

Quizá por eso pierdo la voz. O se me corta misteriosamente. O me paralizo cuando lo veo y sé que quiero consolarlo y no se qué hacer. No sé si ser persona con el, porque es tanto el miedo que tengo a que no sepa manejar bien las cosas que prefiero quedarme ahí. Pero no, en realidad, no lo prefiero. Por eso hablé. Aunque sea por mensaje. Compensando la voz que no salió. Compensando el tema por el cual me iba a arrepentir mañana. Por eso admito que me pasa lo que me pasa, aunque me cueste. 

Porque esto soy. 

Da demasiado miedo mostrarle que detrás de este cuerpo de casi treinta, de esta realidad, de esta etapa de mi vida, todavía tengo corazón. Es impensado además que me genere semejante terror después de todo lo que vivimos, pero pese a todo es así.  Para mí fue mucho más fácil, en comparación, sacarme la ropa, besarlo, acariciarlo, intercambiar saliva, recibirlo, convocarlo y decirle cualquier oración incendiaria que asumirme humana. Es decir, capaz de ser destruida. 

Ahora el paso es entender que soy humana, que inclusive lo fui cuando lo tuve para mí ese día. Y que lo soy los días donde me negué a repetirlo. Aunque claramente lo repetiría siempre. 

¿La moraleja? 

Una persona puede ser re contra funcional y hacer mil cosas en su vida un jueves pero no se puede escapar para siempre de lo que piensa ni de lo que siente. Especialmente, de lo que siente. 

miércoles, 15 de mayo de 2024

El tercero de cinco (ya no puedo más)

 Hoy trabajé en casa. Me levanté cerca de las nueve, cansada por parcial, y rápidamente me puse como meta del día poder avanzar con las cosas que tengo para presentar. Si bien hice un reporte para mi jefa y afines, siempre tanto de actualizarla y en casos de trabajos en tiempos especiales como esta semana, aún más. Básicamente, es normal que no le de bola a nada más cuando me piden cosas muy urgentes; que las retomo después. 

Así, jerarquizando, se llega a Roma (o casi). 

 Estuve todo el día dele que dele. Avanzando con el trabajo y ansiosa porque soy una persona que se pone ansiosa en los procesos muchas veces y se prende de la ansiedad de época. Hoy, además, que también lo tenía pautado tuve que salir media hora antes para irme al dentista por lo que necesitaba organizarme muy bien. Y eso generaba una cuota extra de ansiedad. 

Después de facturar seis millones de pesos, me desconecté con previo aviso y salí corriendo hacia el consultorio del odontólogo. Llegué en Uber, porque de otra manera llegaba tarde y aunque esperé un poquito... Finalmente me atendió. El tema odontológico no me da miedo pero si me pone un poco tensa. Hoy fue un día donde una parte mía me decía que tenía que suspender el turno y seguir trabajando y la otra me decía que me tenía que ocupar de mí y que tenía que entender que yo también importaba más allá del trabajo. Así que fui, si, porque tenía que ir, porque más allá de cumplir con el trabajo del día, me tocaba cumplir conmigo. Y porque las dos cosas tienen la misma urgencia y la misma necesidad. 

Cuando salí del odontólogo, hice una pequeña parada para ir a retirar algo que se me rompió y volví en colectivo al barrio. Me bajé en el supermercado, compré unas galletitas y entré a la fiambrería que queda justo al lado. 

Se dio vuelta un hombre cuando la dueña me saludó. Un hombre de pelo morocho, con bastantes canas, y buzo verde claro. 

Era Javier, que me vio e hizo un enorme esfuerzo en darme una sonrisa. 

Me quedé en blanco cuando lo vi, como hace muchos años no me pasaba. Es que, la muerte de su mamá hace quince días se traducía en su rostro sin siquiera explicarlo. Me miró y se acercó a saludarme. Yo lo saludé con un gesto y le di un beso porque no podía ni hablar. Verlo,  ver ese dolor en su cara, fue una piña para mí. Me congeló en el medio del frío del barrio. Me volvió la cuenta a cero. Sin más. 

Lo paradójico fue que Javier me hacía caras porque estaba muy seria y yo no me podía componer para resistirme a todo lo que estaba sintiendo. El quería que yo sonría como siempre cuando lo veo, por eso me hacía caras y me comentó algo de que no me veía muy contenta, y yo me moría por dentro. Estaba seria, si, porque mi cuerpo se encaminaba. 

Valore que en un momento tan horrible de su vida se preocupara por hacerme caras en la fiambrería pero me quedé en cortocircuito por no poder abrazarlo o hablar como me hubiera gustado. Era un espacio reducido. El se estaba yendo. Yo tenía todavía una persona más adelante para poder comprar. Nos hacía falta tiempo. 

Hablamos muy poco la verdad. Se fue y me tiró un beso brevemente, me dijo que un nos vemos después. No le pude decir nada más, no, porque consideré que una fiambrería no es un lugar para hablar de la muerte, en frente de toda la gente. Y porque me quedé bloqueada. Eso también hay que reconocerlo. Me quedé bloqueada. 

Salí un momento después del negocio. Desolada. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo iba a hacer para no consolarlo, al menos, si yo sabía lo que le pasaba? ¿Cómo lo había dejado irse así, sin preguntar nada, cómo había sido tan tarada? ¿Cómo le había cerrado la puerta que quizá necesitaba hoy? 

Qué se yo. Es difícil. Por un lado, reconozco que una parte mía lo quiere y debo alejarme. Por otro lado, siento que esto no tiene que ver con quererse solamente, sino, con no querer que el otro sufra. Con estar. Simplemente. Y que ese estar no signifique demorarse, sino, estar. Para que el otro sepa que si se complica, ahí hay un lienzo. Y que si no se complica, jamás se lo molestará.  Es estar por amor, básicamente. Sin intereses. Sin estrategias. Como un tonto en el medio de la calle de tu barrio. Sin sacar números. Sin medidor de conveniencias. 

Hice dos pasos. Saqué el celu y le mandé un mensaje. Me disculpé por mi actitud en la fiambrería. Le expliqué que no quería hablar en frente de todos. Le pregunté cómo estaba por si quería hablar, a modo de tender una pequeña vía, aunque yo ya sabía que si madre había fallecido y había decidido no contactarlo hasta que pasara algún tiempo más. 

Javier me dijo que no pasaba nada por eso, que no me preocupara, que si, que estaba mal, que andaba todo mal porque se había muerto su mamá. También me dijo que, como quizá me había dado cuenta, estaba bajoneado. 

Wow, Javier hablando de cómo se siente, es casi raro. Es la primera vez en diez años que me dice de forma directa que se siente triste. Y yo no lo juzgo. Le digo que es normal, que si, y que se de su tiempo para todo. Le digo que como familia necesitaran tiempo y que él como hijo finalmente va a terminar celebrando a la mamá que tuvo. Le deseo que sea fiel a su proceso y le aseguro que todo lo que haga va a estar bien en estos momentos. Obviamente, le dije que lamentaba su pérdida, le pedí perdón si no eran las palabras que se decían. Si. No fueron las mejores palabras quizá, pero fueron dichas con amor y compasión. Fueron palabras de consuelo que no permití que llegaran tarde. Él me agradeció de nuevo. Me dijo que había que esperar. Calculo que a que todo esto pase, no lo sé. Yo solo le mandé un beso. Le dije que se cuide. Y nada más 

Ni nada menos. 

Llegar tarde siempre fue para mí un peso especial con Javier. Más de una vez sentí que llegué tarde a toda su vida. Que no alcanzaba nada. Y no es algo que haya dejado de sostener porque nada de lo mío alcanza para que él me quiera de la manera en que me hace bien y en qué lo necesito. Pero sí las palabras llegan a tiempo hoy y eso hace que frente a lo inevitable de que jamás estemos juntos, ese displacer pese menos. 

No, el no me va a querer como yo necesito. No de esa manera. Pero yo sí quiero hacer cosas que no dañen a nadie y que sean verdad. Porque soy así. Y esos gestos no implican nada más que lo que es: humanidad. Las palabras de consuelo creo que le di van en una dimensión casi primitiva y humana. Algo inexplicable. Genuino. Que me derrumba. 

Hacía muchísimo tiempo que no conectaba conmigo de este forma. Y si, este tema me coloca en un lugar de vulnerabilidad incómodo. Pero posiblemente más verdadero. 

Después semejante día, me interné en el baño. Me di una ducha más larga de lo normal. Un largo rato conmigo misma fue lo necesario para atajar las lágrimas que amenazaron con salir por su dolor. Y no salieron. Al menos, no de forma manifiesta. 

martes, 14 de mayo de 2024

El segundo de cinco

Qué novedad decir "hoy fue un día movido" si hace rato no descanso. Pero lo fue, sí, qué remedio

Trabajé en casa. Terminé de emitir algunas facturas, controlé retenciones para que liquiden el IVA porque manejo toda la parte de clientes y, finalmente, empecé con los pagos del mes. La particularidad de esta semana es que tengo que entregar cosas. Y eso activa mis rasgos más tóxicos de exigencia y regular autocuidado. Sin embargo, traté de tomarlo con calma. 

Tambien, tuve que salir al banco, porque lo tenía pautado de antes, y lo hice. Me obligué a frenar. A entender la vida más allá de esas horas con urgencias que en días como hoy es el trabajo.  Tardé bastante en el banco, aunque me atendieron muy bien. Un señor empezó a los gritos porque no lo atendían y la realidad es que yo tuve suerte porque fueron muy amables todos y sacaron rápido el asunto. 

Ni bien llegué del banco, me hice un sándwich con otras sobras de anoche que quedaron muy ricas y una sopita instantánea. Necesitaba tanto algo caliente. 

Almorcé al lado de la compu, avanzando con los temas y cuando terminé de trabajar, unos minutos antes de desconectarme, me puse a repasar porque rendía a las 19.30 hs un parcial. Si, hoy venía cargado el asunto de vivir. 

En esos minutos libres pude ver cosas muy puntuales antes de irme a la facultad con tiempo, por las dudas. 

En cuanto llegué a la universidad, me fui al aula para un último repaso. De casualidad le di una mano a algunas chicas, mostrándoles un ayuda memoria con códigos y símbolos de lógica que nos iban a tomar. Justo después de eso vino el profesor y nos tendió los exámenes. Cinco puntos con varios ejercicios en cada uno de ellos, un verdadero/falso y preguntas teóricas. 

Sinceramente, me noté nerviosa y la verdad es que estuve dedicándole a esta materia mucho mucho tiempo. Pero justamente, como sabía que estaba un poco nerviosa por el día y por la adrenalina con la que vivo, traté de entenderme. Me dolía la panza así que me repetí que todo estaba bien, que solo era un parcial y que, en caso de que me fuera mal, siempre iba a tener nuevas posibilidades. Respiré hondo, me repetí que iba a dar lo mejor, que iba a poder y que podía con estos parciales tanto como había podido con los de la otra carrera. Insistí con que todo iba a estar bien y fui bajando.

 Eso sirvió. En cuanto me relajé, pude completar el examen entero. Punto por punto y todos sus ejercicios.  

También noté que, como me sucedía en Letras, tengo pequeñas manías. Cuando estudiaba Letras y tenía que escribir mucho en los parciales, leía varias veces las preguntas y las contestaba por partes viendo lo que sabía y lo que no, si ese era el caso, y marcaba lo que ya estaba. Con Económicas, me pasa que copio los ejercicios para resolverlos en otra hoja porque no me dan espacio en la hoja original y chequeo veinte veces que todo esté bien copiado. Una vez que lo resuelvo, le hago una pequeña marca con lápiz para saber que ya está listo. Antes de pasar al otro ejercicio, miro lo que acabo de hacer. Pienso el procedimiento. Es como que mi mente lo chequea. En Letras, volvía a leer la respuesta y retocaba cosas como las comas, la coherencia y la cohesión. Si, nerviosa, me pongo pesada. Lo sé. Y con parciales soy pesada. También lo sé. 

Cuando salí, me quedé un momento en el bar merendando a las nueve de la noche un alfajor con una Coca Cola. 

Hace un ratito hice la desconexión de cada día. 

Hoy estoy feliz de haber dado finalmente el examen. Tengo que empezar a preparar el otro pero este hoy, este presente, es divino. 

El post parcial debería ser un día de vacaciones en si mismo. Para festejar únicamente que ya rendimos y volvemos a conectar con la vida. 

lunes, 13 de mayo de 2024

El primero de cinco

Me levanté seis y veinte de la mañana y treinta minutos después estaba esperando el colectivo hasta el trabajo. Tenía tanto sueño que no me maquillaje y me olvidé la comida. Esperé 30 minutos el colectivo. Era todavía de noche y hacía mucho mucho mucho frío. Puf, rogaba que viniera pronto porque era tanto lo que me estaba cagando de frío que tenía las manos duras. 

Una vez que logré subir al colectivo, después de que no me pararon dos porque estaban repletos, viajé parada. Una hora y media parada, pero ya sin frío. ¿Para qué mentir? Sentí ganas de putear. 

Cuando llegué a la oficina, finalmente, me hice algo caliente para desayunar y si bien no comí casi nada, si me sentí mucho mejor. Tenemos calefacción central por lo que con eso y el café pude recuperarme de esa media hora feroz. 

El día me tuvo cansada. Era obvio. Dormí poco, estudié mucho y no me relajé en todo el domingo. Traía un dolor de cabeza que me tenía lenta para pensar así que me tomé un ibuprofeno y me pedí una ensalada para comer liviano y no saltarme la comida que me había olvidado en casa. 

Tuve una reunión antes de almorzar. Cerré cosas, controlé algunas otras y avancé seguimiento de facturación para una reunión que tuve por la tarde, antes de irme. La reunión salió bien. De ella y de temas que surgieron hoy (como todos los días), me quedaron algunos pendientes lógicos, dado que a veces no logro cerrar los procesos el mismo día y tengo que continuar al siguiente. 

En el medio, tomé un cortadito, más tarde unos mates y así me fui sosteniendo durante toda la jornada. El viaje de vuelta fue mucho mejor que el de ida porque usé otro medio de transporte. 

Cuando bajé en mi ciudad, por suerte, el último colectivo no tardó prácticamente nada. 

Llegué a casa helada pero no tanto como por la mañana. 

Estudié un poco más. Estuve con mi gatito. Me preparé una cena rápida con algunas sobras (me quedó rica afortunadamente) e hice lo que más me gusta hacer cuando llego después de un día largo: me di un baño con agua caliente. 

Ahora, despido este día escribiendo. Me gusta que lo último que haga en el día sea positivo, disfrutable, amistoso.  

Hoy voy a descansar temprano. Me lo merezco y lo necesito para estar enfocada mañana. Decidí no quedarme estudiando porque creo que ya me exigí lo suficiente por ser lunes. 

domingo, 12 de mayo de 2024

Muy domingo

 Hoy pasé el día entero estudiando para el parcial que tengo el martes. No hice más que estudiar y parar para comer al mediodía y a la hora de la merienda. Cuando corté, a las 20.15 como lo había designado previamente para marcarme límites, me fui a dar un baño, y me tomé un tiempo para pasarme cremas, relajarme, y cortar. 

Cuando son jornadas de estudio tan intensas y largas, trato de que sean suaves en el hacer. Me doy el espacio para entender lo que estudio y no pienso solo en terminar el tema.  Me tomo el tiempo de estudiar, de ir despacio, porque no puedo hacerlo en la semana y porque vivo corriendo por el trabajo, pero no quiero también aprender todo corriendo... ¿Para qué corno estudio si no, una segunda carrera, cerca de los 30 años? 

No siempre es fácil no correr. Pero si tengo un fin de semana con éste para estudiar, no me importa dejar todo lo demás de lado para hacerlo despacio. Esa es la diferencia. Aprecio poder dedicar todo un día entero a estudiar y me siento bien cuando avanzo porque en la semana hacerlo me cuesta mucho. 

La facultad en esta etapa de mi vida es algo que disfruto, que quiero disfrutar en la medida que pueda, porque es algo para mí. Por eso, elijo hacer todo con amor. Sé que del otro lado tengo un trabajo demandante y por eso estudiar se ha convertido en mi refugio. 

Estudio para mí. Para progresar. Para estar mejor. Y por eso, merezco hacerlo en paz. Puedo laburar en miles de lugares, pero el título es un capital emocional y simbólico que habla del esfuerzo y las ganas. Y a medida que pasa el tiempo siento que quiero vivir la experiencia universitaria como la viví con la otra carrera: con apremio por estudiar, si, pero con gratitud y con conciencia. 

Una vez que me bañé y cené, seguí repasando algunas cosas. Haciendo más ejercicios de Lógica. Hasta que me frené y me dije a dormir. Hay momentos donde la ansiedad me gana y es difícil ponerme límites. En especial cuando quiero estudiar y necesito dormir porque mañana tengo que ir a trabajar. 

Ahora sigo dando vueltas en la cama sin poder dormir. Aproveché para comprar unas cremas con descuento en el Hot Sale y decidí que ese será el único gasto de esta etapa. Trataré de mantenerme alejada de todo eso porque es una tentación grande el tema de estás fechas. Ya hice otros gastos extras por el evento del trabajo y le compré un regalito a mi mamá que le hacía falta, por lo que prefiero niiiii mirar. 

Escribir me relaja y al menos ya empecé a bostezar. Eso es algo positivo. 

Ya falta menos, lo sé, para el parcial. Me voy a descansar. A pensar en cosas lindas que no sean enunciados. A visualizar todo lo que me aleje de la ansiedad. Eso, a fin de cuentas, es lo que no me deja descansar. 

En fin... Sé que me tengo que calmar y permitirme descansar porque mañana voy a necesitar esta energía. 

Lo intentaré. 


viernes, 10 de mayo de 2024

Evento institucional y cierre de la semana

 Finalmente, llegó el día del evento institucional y el cierre de una semana agotadora. Ahora, por suerte, mientras escribo, mi gatito duerme a mi lado y ambos parece que estiramos las piernas. 

Por suerte el evento salió bien. Después de eso, fui a terapia. Me ayudó a bajar, a desconectar y a pensar. Hoy en día, en este momento tan cargado de actividad, este espacio cumple la función de hacerme frenar.  Y hoy lo cumplió en particular luego de un día largo escuchando y viendo y asintiendo y haciendo un poco de presencia, básicamente. Yo uso estos espacios para aprender, observar, escuchar e inspirarme.  Veo que hay gente que logró cosas muy lindas y me hace pensar que yo también podré lograr las mías.  Eso diría que tienen en común los negocios con las personas. Ambos se pueden admirar por lo que son, dentro y fuera, y por como se han construido. 

Ahora, disfruto de los últimos momentos de conciencia del viernes. Son las diez y media de la noche. Me duele la cabeza. Ha sido un largo día, de energía mental, escuchar conferencias y un montonazo de cosas más. Mi cuerpo me pide descanso y calma. 

Me voy a dormir agotada pero agradezco haber podido afrontar la semana, el evento, y toooodo. 

jueves, 9 de mayo de 2024

Solo una parte de la semana

Después del no parcial del martes quedé cansada. Más allá de no haber rendido el examen (pospuesto para la semana próxima), estuve estudiando mucho. 

Ayer miércoles trabajé en casa y me levanté súper agotada mentalmente. Creo que me estresó el hecho de que me cambien de fecha el parcial porque se me junta bastante con el otro, de la otra materia que curso, más el ritmo elevado de trabajo, los compromisos cotidianos y la necesidad de tiempo libre. 

Cuando terminé de trabajar, tuve que ir a comprarme una remera porque mañana tengo un evento institucional interno en la multi. Es decir que me tengo que vestir un poco más elegante que de costumbre y eso implicó salir a buscar después de las 18.00 hs una opción. 

Claro, para estás alturas, si todo hubiese salido como correspondía, para ayer miércoles, ya hubiera dado mi examen. Además, estaría relajada y dispuesta. Pero no. Tocó salir cansada, pensando que era mejor quedarme estudiando, a buscar una remera para el evento. 

De todos modos, no es esto una queja, considero que soy una privilegiada porque puedo cubrir una necesidad que surgió. Solo lo comento porque forma parte de lo que es mi vida real. El agradecimiento lo siento genuinamente, con conciencia más allá de todo el agotamiento que también siento en estas últimas semanas. Creo que es justo mirar las dos caras de la moneda: la oportunidad de hacer, la gratitud por hacer, y el cansancio que implica hacer. 

Cuando llegué anoche a casa pasadas las ocho de la noche, luego de conseguir la remera e ir al supermercado con mi madre, me dediqué a hacer lo que más deseaba en el mundo: darme una ducha con agua bien calentita. Soy una persona que se regula con el agua y esto es un punto de conexión para volver a eje a diario.  Sin embargo, ayer lo necesitaba especialmente. 

No puedo explicar la felicidad que sentí cuando me metí bajo el agua. Lo agradecí mucho. Por la posibilidad de tener agua caliente y por la posibilidad de tener el espacio para poder bañarme en paz. Dentro de la ducha, hice la rutina completa de cuidado de la piel (exfoliación - jabón humectante - crema de hidratación profunda) que es una aliada para el tratamiento de la dermatóloga. En ese sentido estoy muy bien, aunque el frío hace que sea más frecuente la necesidad de hacer estás rutinas más largas, usar más productos y reforzar mi habitual cuidado personal. 

Cuando salí, cené una comida que me hizo mi madre, que tenía ganas de comer, para la que había comprado todo con el objetivo de darle el gusto a mis viejos y no había tenido tiempo de hacer. 

Luego de cenar, me puse a hacer mi tarea de inglés porque hoy tenía clase virtual a las ocho de la mañana, es decir, antes de empezar a trabajar.  El horario fue una excepción por el evento de mañana, que me obligó a modificar agenda adelantando cosas, y francamente resultó demasiado temprano para pensar. Creo que tener clase en otro idioma a las ocho de la mañana para mí lo hace más trabajoso.  Por suerte, lo afronté, pero... i‘m so tired. 

Si. En inglés o en español, estoy muy cansada. Por suerte, el jueves transcurrió medianamente normal. Me pidieron algunas cosas fuera de lo normal, por lo que eso me supuso otro desafío. ¿Será que algún día no sea un desafío o una novedad? Para mí, que soy apegada a la rutina, no es algo que vea como un valor. Al contrario, disfruto mi rutina. Mis ritualitos. Mis cúmulos de pequeños detalles que hacen el día a día más feliz... 

Cuando terminé de laburar en modalidad home office pues paro, finalmente, pude probarme la ropa para llevar mañana. Pude organizar eso. Pude hacerme las cejas, que las tenía muy descuidadas y pude tener un pequeño espacio para merendar y pasar tiempo sin hacer nada. 

Me llamo la atención lo poco que usé redes sociales como Instagram en estos días. De hecho, tengo el aviso cuando paso dos horas en la aplicación y lejos estuvo de aparecerme durante la semana.  

Si, la actividad se nota. Mañana será otro día, por suerte, viernes.

Cómo enseñanza esto me hace saber que a veces, te mueven un compromiso una semana y resulta que te mueven todo un entramado de cosas que van más allá del estudio. Sería importante que para la próxima respeten un poco eso ¿no?