Y la puta madre, sí, me lo crucé a Javier. Y en cinco minutos era Javi. Y en cinco minutos le dije que me sentía mal y me corregí y le dije que me sentía bien.
Cuando fuimos a pagar los dos en la cola del supermercado, llegó primero. Él pago, yo esperé. Yo pagué y me dijo "voy a comprar acá también", por lo que interpreté que ni quería verme. Así que cuando pagué, lo saludé.
- Chau. Me voy.
- Chau - dijo y se me quedo mirando - No te preocupes por el parcial. No te preocupes por un examen.
- Lo se, sí - dije.
Me miró.
- ¿Vos como estás? - dije.
- Y... Es difícil. Primero pasas el impacto y es cada vez más difícil porque extrañas.
Me desesperó escucharlo sufrir.
- Si, es que es un proceso. Implica un cambio profundo, de estado. Lleva su tiempo.
- Si. Es difícil. Estoy tratando de salir... Remando. De a poco.
- Si, es a tu tiempo. Vas a ir construyendo de a poco una nueva manera. Considero yo, al menos.
- Si. Así estoy.
- Si, tristón.
Me miró y se aflojó su rostro.
Al escucharlo y ni poder abrazarlo, yo solamente me quería ir y al mismo tiempo no quería que me dejara ir. Qué difícil.
Juntando valor dejo que pase el instante de silencio y junto fuerzas para irme del supermercado donde estamos charlando.
Me doy la vuelta, levemente, esperando que agregue alguna palabra y me dice:
- Te llevo a tu casa - mientras, paga la cuenta.
No le digo nada. Lo espero. No quiero discutir con él. No quiero negarme. No es el momento hoy. Está triste y yo lo que quiero es distraerlo, no lo sé, algo. Algo menos verlo triste como lo veo en ese supermercado.
Disimuladamente lo miro mientras paga la cuenta. Qué bien le queda el pelo corto, estar afeitado y eso, qué bien le queda el azul marino en un suéter precioso. Qué tipo fachero es cuando se viste bien y cómo me sigue gustando aunque esté más viejo cada año... Pero también, qué triste está. Qué destruido de cara, en un semblante de hombre angustiado que extraña a su madre y que... Qué desesperación y ganas de llenar su tristeza con algo, aunque sea una tontería, solo para distraerlo.
Cuando me doy cuenta, le trato de hacer chistes. Le cuento de mi semana cuando me pregunta. Es importante para mí hacerlo reír. Se ríe pero con fondo triste. Mis recursos de siempre son en vano. Y me siento más desesperada. ¿Qué puedo hacer para hacerlo reír? Quiero que sea ese tipo gracioso pero sé que no puede y me duele que no pueda porque significa que sufre.
Me pongo más charlatana y cuando me quiero dar cuenta logro que se ría. Me dice que tome whiskey. Lo miro. Se pone todo colorado y sonríe despacito pero mostrándome un atisbo de vida. Le digo que no conozco el whisky y que no sé qué hacer si no me gusta.
- ¿Qué hago si compro y no me gusta? No sé. No sé qué elegir, así que si no me gusta lo dono. Pero no sé cuál elegir.
- Si, a mí. Me lo das a mí y yo me lo tomo.
- Te lo dejo en el jardín delantero, ok.
- No, me tocas el timbre - hizo toda la mímica de cómo yo toco el timbre de su casa - pasas y me lo das.
Sonrió.
- Nooo. Estás loco, vos - me reí - Ahí nomás por favor - musité, dando cuenta que llegábamos a mi casa.
- Te dejo en la puerta, grito y todo bocina. Dale.
Nos reímos.
- ¿Siempre vamos a tener la misma discusión, bah, intercambio... ? No quiero que me dejes en la puerta. Déjame acá, tranqui.
Me miró con picardía y no me dijo nada.
- Pero no estamos haciendo nada malo. No es nada malo.
Se puso serio.
- No es eso. Soy una mujer discreta. No quiero que te vean conmigo. Eso. Gracias por traerme.
- Pero vos reaccionas como si estuviéramos haciendo algo malo. ¿No podes hacer nada? ¿Tenés prohibido que te vean conmigo? - me preguntó.
Nos saludamos con un beso en la mejilla.
- Todo tengo prohibido. Soy una monja de clausura.
Me miró con su cara de siempre: cara de que le simpatizo. Se rió y me hizo reír.
- ¿No querés que te digan nada, eso es?
- ¿Qué prohibido voy a tener? Tengo casi treinta años, déjame de joder. Nadie puede decirme nada. Es porque soy prolija.
Sonrió.
- Capaz que lo tenías prohibido. No sé. Yo no sé.
- No. No lo tengo prohibido. Vos toma algo rico, dale. Un vinito aunque sea si no tenes whisky en tu casa ahora. Tomate algo, relajate ¿si?
- Whiskey quiero - dijo, haciéndome gestos graciosos - Quiero ¿entendés? Quiero whisky.
- Pero un vinito tomate. ¿Seguís tomando?
- Si, pero quiero whisky, yo. No quiero otra cosa. Necesito algo fuerte... A vos no te va a gustar, tenés razón. Es muy fuerte, no no te conviene, no.
Lo miré seria. Me miró y me di cuenta que capaz no estábamos hablando de la bebida.
- Chau. Yo sigo con el vinito, seguro el whisky no me gusta y lo tengo que tirar.
- Si, te conviene. Es muy fuerte el whisky para vos. Vos sos débil, no es para vos eso.
Lo miré y se sonrió. Me estaba cargando. Pinchando.
- Me estoy midiendo para no decirte una barbaridad. Chau - lo saludé con un beso en la mejilla, por inercia - Nunca lo probé al whisky pero en algún momento lo voy a probar.
Le sonreí.
- Es así, sos débil. Es demasiado para vos. No lo podes tomar, no lo tomes. Es demasiado fuerte para vos, tenés razón.
Salí del auto.
- Dale, si, re débil- musité con sorna.
Sonrió.
- Si, sos re débil para eso vos.
- La pindonga, soy débil - le tiré, picada- Sos un tontuelo. Tonto - reclamé.
- Las dos lo son.
- ¿Qué dijiste? - lo miré, extrañada.
- Que las dos.... pindongas... están débiles.
Me sonrió pícaramente.
Mofe. Me reí. Me puse toda colorada y empecé a alejarme del auto desde donde Javier me miraba y sonreía levemente. Si estaba esperando que le responda, yo preferí no decir nada para no meterme peor en el pantano.
¿Qué quiso decir? ¿Que no tiene ganas? Y, no se espera menos. Me alegra profundamente que esté más conectado con sus sentimientos aunque sea desde el dolor porque son golpes que implican un cambio de estado importante más allá de las bromas. Retomar el deseo ante la vida y su gente, en medio del duelo por la muerte, evidentemente lo está haciendo madurar. Tarde quizá, pero no demasiado tarde.
¿Qué quiso plantear, por otro lado, un desafío? No creo. Creo que fue una manera "amable" de avisarme algo y yo ni sé qué es.
- Puf, no me hagas reír - dije y me despedí con esa sorna. Javier me sonreía lo bastante cuando lo despedí. Le cerré la puerta en la cara y recorrí lentamente los pocos metros hasta mi casa.
Cuando llegué, me saqué rápidamente el abrigo y la chaqueta del trabajo. Me quedé en camisa.
- ¿Por qué te sacas todo, hija? - me preguntó mi mamá.
Es que por lo general yo soy friolenta y llego para ponerme al lado de la estufa. Pero hoy, llegué y lo único que hice fue sacarme capas de abrigo. La disciplina se había traducido en un cuerpo sofocado.
- Porque tengo calor ... - dije.
- Qué raro. No hace tanto calor, hoy.
- Es que vine caminando muy rápido, hoy. Me acaloré en el camino.