La clave es querer, querer todo lo que uno sostenga, sin necesitar de nadie. La clave es hacer la vida de uno, desde cada uno, sin elecciones complejas en función de los deseos de terceros ni coartadas por éstos. La clave es no acostumbrarse a nada; realmente, a nada. No admitir las cosas como dadas, no asumir obligaciones, no comprometerse de antemano aún así nos estalle el corazón de buenas intenciones. La clave es, a veces, demostrar menos de lo que se es, muchísimo menos. Es esperar que el otro venga y te explique, venga y te lo diga, venga... y haga. Ni más, ni menos.
Mi clave, sin embargo, fue tirar piedras. Durante todos estos meses, mechándolo con momentos de gran vulnerabilidad, no me he cansado de tirar piedras. De decir, por todos y cada uno de los medios, "no me quieras, no vale la pena, esto es una locura" porque no es conveniente. He tirado piedras y he preferido exponerme antes que dejarlo ser y adentrarse. He tirado piedras y le he dicho cualquier cosa mala o defectuosa a mi criterio, con tal de que se alejase. Nunca, en todos mis años, hice tanta pero tanta fuerza para hacerle entender a alguien que, a la larga, se iba a ir. Que no todo era color de rosas, que no se adelantara, que no me idealizara, que no se creyera que yo era fácil de llevar porque, franca como lo fuí siempre, no me pesó admitir que soy difícil de llevar con los hombres.
Tanta, pero tanta, fue la fuerza que dió resultados. Y lo cierto es que mientras más le pedía que no siguiera por ese camino, y él más se adentraba, e iba anidándose dentro mío un campo de asociaciones inauditas e inexplicables, yo me iba rompiendo... Por dentro, me iba rompiendo progresivamente de una manera que jamás pensé poder experimentar. Porque, aún sabiendo que si no podía romper al otro antes de que me conmoviera era un peligro, jamás me imaginé que ése otro me conmoviera sin ponerme una mano encima.
Me iba rompiendo y lo atendía y tres horas en el teléfono... como si tuviera diecisiete años, cuando a los diecisiete años, jamás lo hice, porque jamás nadie me lo convocó. Me iba rompiendo, y le contaba a mi mejor amiga y le decía que " no es normal" Me iba rompiendo, y le contaba a mi familia... y le decía a mi mamá y mi mamá, entre muchas cosas, insistía en una: "vos, tenés miedo".
Me iba rompiendo y hablaba de muchísimas cosas consigo. Me iba rompiendo y le explicaba qué me hacía estar cerrada con múltiples candados. Me iba rompiendo y le decía:"yo todos los días espero que no me hables más, que te des cuenta, que entiendas cómo viene la mano...". Me iba rompiendo y le pedía, por favor, como un favor humano, que dejara de movilizarme y lo único que podía encontrar del otro lado era, simplemente, palabras y risas suavecitas. La admisión de su movilización personal, sus explicaciones, sus argumentos, sus respuestas y sus -no- justificaciones. Sus "vos a mí me bajás a la tierra", respecto a la vida que lleva cada uno. Sus explicaciones sobre "baños de humildad" que le hacían falta y que buscó en su momento y que, ahora, conmigo, a la vez, encontró no sólo el valor de los detalles nuevamente sino un remanso de naturalidad, sencillez, frescura. La admisión de sus formas, su modo de vida tan distinto al mío, su cosmovisión, sus posibilidades, su todo, frente a mi única certeza de estar revolviéndome hasta las entrañas frente a una oleada de desesperada novedad imposible de controlar.
Me iba rompiendo y le pedía, diciéndoselo, sin tapujos, que no me pusiera en esa situación tan estéril e incómoda de acostumbrarme a sus gestos porque yo no sabía vivir así, porque no estaba acostumbrada a vivir así, y uno se acostumbra fácil a lo que le hace bien, a lo que lo hace sentir vivo... Porque, al fin y al cabo, la clave es querer, querer todo lo que uno sostenga, pero sin necesitar de nadie. La clave es hacer la vida de uno, desde cada uno, sin elecciones complejas en función de los deseos de terceros ni coartadas por éstos... La clave es no acostumbrarse a nada; realmente, a nada ni a nadie. Ése es y ha sido mi axioma desde siempre; desaprendida, cautelosa, fría y racional.
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Aunque medirlo, conmensurarlo, manejarlo, sea tan difícil como respirar debajo del agua, siempre pude lograrlo. Siempre pude hacer que me gane la razón, a excepción de una vez, donde lograron llegarme hasta los huesos y cortaron mi respiración. Y sin embargo, ésto que está pasando, a lo que ni siquiera le puedo poner un nombre, tiene la potestad de sensibilizarme por dentro. Ésto que está pasando, tiene como única clave, el que yo logre volver a preguntarme qué estoy haciendo, cómo estoy haciendo ésto, porque éso signifique sólo una cosa: que lo que sea que haga no está planeado, no está estructurado, no está pensado hasta el cansancio... Sino que está signado por el corazón".
Porque, de hecho, ya me estoy quedando sin estrategias racionalmente aceptadas para atajar, controlar, evadir, no permitir. Ya casi es sólo tiempo el hecho de decirle, el juntar fuerzas para pronunciarle, finalmente, las palabras del millón. Ésas, las que hace meses yo dije y después anulé. Ésas, las que mi amiga espera, las que debate mi familia, las que si alguien, del otro lado, esta espiando éste rincón de confesiones tan peladas de tapujos, está pensando también...
Sí, esas. Sí, las del millón.




