domingo, 27 de octubre de 2019

Claves

La clave es querer, querer todo lo que uno sostenga, sin necesitar de nadie. La clave es hacer la vida de uno, desde cada uno, sin elecciones complejas en función de los deseos de terceros ni coartadas por éstos. La clave es no acostumbrarse a nada; realmente, a nada. No admitir las cosas como dadas, no asumir obligaciones, no comprometerse de antemano aún así nos estalle el corazón de buenas intenciones. La clave es, a veces, demostrar menos de lo que se es, muchísimo menos. Es esperar que el otro venga y te explique, venga y te lo diga, venga... y haga. Ni más, ni menos. 

Mi clave, sin embargo, fue tirar piedras. Durante todos estos meses, mechándolo con momentos de gran vulnerabilidad, no me he cansado de tirar piedras. De decir, por todos y cada uno de los medios, "no me quieras, no vale la pena, esto es una locura" porque no es conveniente. He tirado piedras y he preferido exponerme antes que dejarlo ser y adentrarse. He tirado piedras y le he dicho cualquier cosa mala o defectuosa a mi criterio, con tal de que se alejase.  Nunca, en todos mis años, hice tanta pero tanta fuerza para hacerle entender a alguien que, a la larga, se iba a ir. Que no todo era color de rosas, que no se adelantara, que no me idealizara, que no se creyera que yo era fácil de llevar porque, franca como lo fuí siempre, no me pesó admitir que soy difícil de llevar con los hombres. 

Tanta, pero tanta, fue la fuerza que dió resultados.  Y lo cierto es que mientras más le pedía que no siguiera por ese camino, y él más se adentraba, e iba anidándose dentro mío un campo de asociaciones inauditas e inexplicables,  yo me iba rompiendo... Por dentro, me iba rompiendo progresivamente de una manera que jamás pensé poder experimentar. Porque, aún sabiendo que si no podía romper al otro antes de que me conmoviera era un peligro, jamás me imaginé que ése otro me conmoviera sin ponerme una mano encima. 

Me iba rompiendo y lo atendía y tres horas en el teléfono...  como si tuviera diecisiete años, cuando a los diecisiete años, jamás lo hice, porque jamás nadie me lo convocó. Me iba rompiendo, y le contaba a mi mejor amiga y le decía que " no es normal" Me iba rompiendo, y le contaba a mi familia... y le decía a mi mamá y mi mamá, entre muchas cosas, insistía en una: "vos, tenés miedo". 

Me iba rompiendo y hablaba de muchísimas cosas consigo. Me iba rompiendo y le explicaba qué me hacía estar cerrada con múltiples candados. Me iba rompiendo y le decía:"yo todos los días espero que no me hables más, que te des cuenta, que entiendas cómo viene la mano...".  Me iba rompiendo y le pedía, por favor, como un favor humano, que dejara de movilizarme y lo único que podía encontrar del otro lado era, simplemente, palabras y risas suavecitas. La admisión de su movilización personal, sus explicaciones, sus argumentos, sus respuestas y sus -no- justificaciones. Sus "vos a mí me bajás a la tierra", respecto a la vida que lleva cada uno.  Sus explicaciones sobre "baños de humildad" que le hacían falta y que buscó en su momento y que, ahora, conmigo, a la vez, encontró no sólo el valor de los detalles nuevamente sino un remanso de naturalidad, sencillez, frescura. La admisión de sus formas, su modo de vida tan distinto al mío, su cosmovisión, sus posibilidades, su todo, frente a mi única certeza de estar revolviéndome hasta las entrañas frente a una oleada de desesperada novedad imposible de controlar. 

Me iba rompiendo y le pedía, diciéndoselo, sin tapujos, que no me pusiera en esa situación tan estéril e incómoda de acostumbrarme a sus gestos porque yo no sabía vivir así, porque no estaba acostumbrada a vivir así, y uno se acostumbra fácil a lo que le hace bien, a lo que lo hace sentir vivo...  Porque, al fin y al cabo, la clave es querer, querer todo lo que uno sostenga, pero sin necesitar de nadie. La clave es hacer la vida de uno, desde cada uno, sin elecciones complejas en función de los deseos de terceros ni coartadas por éstos... La clave es no acostumbrarse a nada; realmente, a nada ni a nadie. Ése es y ha sido mi axioma desde siempre; desaprendida, cautelosa, fría y racional. 


 Aunque medirlo, conmensurarlo, manejarlo, sea tan difícil como respirar debajo del agua, siempre pude lograrlo. Siempre pude hacer que me gane la razón, a excepción de una vez, donde lograron llegarme hasta los huesos y cortaron mi respiración. Y sin embargo, ésto que está pasando, a lo que ni siquiera le puedo poner un nombre, tiene la potestad de sensibilizarme por dentro. Ésto que está pasando, tiene como única clave, el que yo logre volver a preguntarme qué estoy haciendo, cómo estoy haciendo ésto, porque éso signifique sólo una cosa: que lo que sea que haga no está planeado, no está estructurado, no está pensado hasta el cansancio... Sino que está signado por el corazón". 

Porque, de hecho, ya me estoy quedando sin estrategias racionalmente aceptadas para atajar, controlar, evadir, no permitir. Ya casi es sólo tiempo el hecho de decirle, el juntar fuerzas para pronunciarle, finalmente, las palabras del millón. Ésas, las que hace meses yo dije y después anulé. Ésas, las que mi amiga espera, las que debate mi familia, las que si alguien, del otro lado, esta espiando éste rincón de confesiones tan peladas de tapujos, está pensando también... 

Sí, esas.  Sí, las del millón.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Epítome III

- En otro momento de mi vida, me hubiese escondido, no hubiese dicho la verdad - admití - pero creo que, aunque se vea muy muy extraño para mi, con Galeno, me siento vulnerable. 

- ¿Ah, sí? - consultó, elocuentemente. 

- El otro día me encontró en un momento de enojo, de mucho cansancio. ¿Viste cuando llorás de cansancio? Y no fue que le mentí, como le hubiese hecho a otros, sino que le dije la verdad... Le dije que estaba llorando. Y yo jamás le hubiese dicho que estaba llorando a otro hombre, jamás me hubiese puesto en esa posición de debilidad... - volví a admitir. 

- Pero, el llanto, no es debilidad... 

- No, eso lo sé, y estoy de acuerdo. Lo que para mí representa la vulnerabilidad más plena es que Galeno me pregunte si estoy por ahí cuando estoy llorando y yo no le pueda mentir. 

(...) 

- ¿Cómo se comportó? 

- Me dijo que escribiera si no quería hablar, que le contara, que llorar me iba a hacer bien, me iba a ayudar a sentirme mejor frente a la situación... - le expliqué - Yo le dije que me diera dos segundos así me ponía en orden un poco y le pedí que me llamara. 

- ¿Y entonces? 

- Cuando me llamó a los dos segundos lo primero que me dijo fue " ¿Estás bien? ¿Seguís llorando? ¿Me querés contar?" con un tacto que no pensé que podía tener... y... - me quedé callada. 

- ¿Y? 

- Me hizo bien...  Me parece extraño pero lo identifico con el bienestar; me hizo bien hablar consigo. Yo sé que en otro momento de mi vida jamás lo hubiera admitido, pero me di cuenta que me había hecho sentir mejor y... ¿Sabés qué? Se lo dije... 

- ¿Dijiste gracias, le agradeciste la ayuda a Galeno, admitiste que te había hecho sentir mejor, Veinteeee? - preguntó, con una sonrisa. 

- Sí. Finalmente, le dije gracias a Galeno - enfaticé -  Y al otro día, cuando me levanté, me di cuenta de lo que había significado eso para mí.  



miércoles, 16 de octubre de 2019

Dormir juntos

El sábado a la noche, mi sobrino, se quedó a dormir en mi casa. Hacía dos semanas que no lo veía entre mis casi cuarenta horas de trabajo, mis ocho horas de cursada semanal en la Facultad, las horas de estudio dedicadas al parcial recientemente rendido y un considerable tetris vital que llevo hace casi un año. Lo extraña al punto de estar todo el día preguntando por él, contando las horas para verlo y mirando mis fotos desde el celular en cada momento libre. Hasta Galeno, en nuestras charlas telefónicas, me había preguntando si tenía planes para encontrarme con él y con mi hermana, porque se notaba a kilómetros de distancia la falta que me hacía. 

En ese contexto, el domingo a la mañana, muy temprano, muy muy temprano, escuché un quejidito. El Principito duerme en medio de mi hermana y yo, para evitar que se caiga; por lo que levanté la cabeza, re-contra dormida, y lo busqué para asegurarme que estuviese bien. 



- ¿Qué, mi amor? - le dije, mientras le acariciaba la espaldita y el "culi-culi", para que siguiera durmiendo - ¿Qué pasa, qué te pasa?

Otro quejido, mezcla de sueño y mimos. 

- Vení, mi amor, vení *** loquito - le dije, muy bajito, y lo acerqué con cuidado a mi cuerpo. 

Lo besé, besé su pequeña cabecita, lo abracé y lo puse encima de mí. 

- Descansa, mi amor, descansá tranquilo... - dije, mientras lo arrullaba 

Mi sobrino volvió acomodarse, desparramándose por encima de mí, mientras lo abrazaba, acariciaba,  y él apoyaba su frente en mi rostro. Así, el amor más chiquito y más grande de mi vida, pudo retomar su modorra y finalmente, seguir con su descanso un ratito más. 

- Te amo mucho, mi chiquito - le dije, mientras le daba palmaditas suavecitas en su espalda. 



Verlo tranquilo, confiando en mis brazos, con su capacidad de dormirse intacta, soñando pegaditos, constituyó un momento de felicidad que atesoraré toda mi vida. 


jueves, 10 de octubre de 2019

Optimización del tiempo

Cuando llegué del dentista, cansada y un poco dolorida, me puse a acomodar ropa. Tanto desorden tenía en mi habitación que, todavía con la cabeza en modo trabajo y obligaciones, decidí no perder más el tiempo.  Empecé a dividir remeras, sweters, pantalones, pañuelos y demás objetos varios que andaban dando vueltas por ahí. De fondo, una canción de Lana del Rey hacía las veces de cortina musical, condimentando el cuadro previo. 



El sonido del teléfono me sobresaltó enseguida. Me dí vuelta, lo rescaté debajo de una pila de ropa, y ví su foto en la pantalla con un tubito verde sacudiéndose. Sin dudarlo, ni un solo segundo, lo atendí. 

- ¡Hola! - dije, sorprendida. 

- Eh, ¡hola! - correspondió. 

Su tonadita hizo presencia y, ya de por sí, me dulcificó. 

- ¿Me asusté mucho, sabés? ¿Me querés matar?  - me reí. 

- ¿Te asusté? ¿Por qué? ¿Tan feo, che? - se rió. 

- ¡Te juro, ***! ¡Me cagué toda, sonó fuerte mi celu! - admití riéndome y contagiándolo- Pensé que me ibas a llamar más tarde, por eso. Igual, obvio, sabía que eras vos... - admití - ¿Cómo estás? 

- Debería haberte mandando un mensaje antes, perdón - se disculpó. 

- No, no lo digo por eso... No me lo esperaba, pero me gustó - reconocí - vos llamá, vos llamá - lo burlé. 

De nuevo, se rió. 

- Bueno, bueno, yo llamo - dijo. 

Acto seguido, me contó que mientras se iba a encontrar con los amigos después de un día muy movido para ambos, se le había ocurrido charlar. No íbamos a tener otro momento, en lo que restaba de la jornada, para poder hacerlo. 

- ¿Estás seguro que podés manejar y hablar? - lo burlé. 

- Sí, estoy seguro. 

- ¿Y si te multan por mi culpa? - lo fastidié. 

Se rió. 

- Nooooo, no me van a multááár - dijo, de nuevo, con su tonada - Aproveché que es un viaje largo, porque desde casa no te iba a poder llamar antes de irme. 

- No pasa nada, me podías hablar en otro momento... Sé entender. 

- Ya sé, ya sé . Pero no me molesta. Al contrario - afirmó - ¿Cómo te fue hoy, cómo estuvo tu día en el trabajo? - quiso saber y así, cuando me quise dar cuenta, hablamos durante una hora. 

Al caso, cuando llegó a destino, se quedó alejado de sus amigos, escabullido en el auto, todavía conversando un poquito más. Yo, por mi parte, me quedé sentada en posición de indiecita, mientras me pintaba las uñas de los pies y hablábamos de nuestras respectivas posturas políticas. 

- Te mando un beso grande - me dijo, en un momento, antes de irse. 

-Sí, dale, cortemos ahora...  No sea cosa que te pase lo que me pasó el martes, que por hablar con vos, llegué tarde diez minutos a un lado... - me reí. 

Se rió, de nuevo, acordándose de lo que pasó ese día.  Yo me reí también. 

El tiempo, mientras tanto, vuela. 


miércoles, 9 de octubre de 2019

Epítome II

Galeno no está cerca mío. Galeno vive en otra Provincia, en el interior del país, desde que nació. Galeno ejerce otra profesión, humana, que lo hace dar su corazón y su tiempo en cantidades enormes para ver a los otros estar mejor. Galeno tiene muchas cosas para hacer. Galeno trabaja varias horas por día, y a veces, durante veinticuatro horas. Se ocupa de su hija, de su hermano, ve a sus amigos.  Y sin embargo ha sido el hombre que no estando físicamente aquí, conmigo, durante todo este tiempo, logró hacerme entender que la presencia es, más allá de lo físico, una cuestión absoluta de voluntad.  

Creo que, incluso, si ésta cuestión que no sé cómo llamar terminase aquí, ahora, yo me sentiría profundamente agradecida consigo por haberme hecho sentir, vivenciar cosas, en todos estos meses, sin haberme puesto una mano encima. Porque, aunque no lo haya hecho todavía, eso no quita absolutamente todo lo que sí hizo para mí durante todo este tiempo.

¿Y eso, quién lo puede negar? 

domingo, 6 de octubre de 2019

Válvula de escape

Mi día empieza siempre muy temprano. Me levanto, me visto, me arreglo, y después de abrigarme y cepillarme los dientes, salgo a la parada del colectivo; del primero de los tres colectivos que me tomo todas las mañanas para ir a trabajar. Cuando logro sentarme, en el último de ellos, saco mi termo fucsia y me pongo a desayunar o a estudiar, o a hacer las dos cosas, si es que me pude sentar antes y llegué a tomar el mate cocido bien calentito y todavía tengo bastante viaje.  A la oficina, por lo general, suelo llegar a horario. Ficho, saludo a mis compañeros, a otros chicos de diversos sectores, y me voy a mi puesto. Saco el termo, guardo el celular y los auriculares que me acompañaron durante un largo viaje y me dispongo a encender la computadora.   Una vez que prendo ese aparatejo lo primero que hago es abrir el sistema de correo electrónico de la empresa para darme unos minutos y hacerme con las novedades. Mientras, si todavía tengo tiempo, tomo algunos sorbos más de mi desayuno. Una vez que comienza mi horario, abro el archivo con el que trabajo a diario y comienzo a registrar los aparatos en el sistema, y esa es la parte que más me gusta de mi trabajo, del mismo modo que a veces me toca soportar los reclamos de la gente por culpas que no dependen de mí (aunque, con el tiempo, uno se vuelve de piedra) y esa es la parte más agotadora y tóxica del mundo entero. Luego de casi dos horas, tengo un recreo. Luego de casi una hora cuarenta más, bajo a almorzar... y luego, después, a las tres de la tarde, me voy de la oficina.  Cuando salgo de trabajar, hay días donde voy a la Universidad directamente. Eso quiere decir que me tomo un colectivo, un tren y otro colectivo desde la Estación x a la Universidad X para acercarme hasta mi segunda casa. Llego, física y mentalmente, muy cansada a estudiar, pero meriendo algo en el bar, ya que, a clase, por lo general, ingreso a las seis de la tarde y termino puntillosamente a las veintidós.  Por eso, cuando llego a mi casa, muchas veces, luego de más de doce horas fuera, lo único que deseo es comer algo, bañarme rápido e irme a dormir...  Sin embargo, hay otros días, donde mi momento preferido consiste en llegar temprano. Cuando llego temprano, meriendo tranquila, me doy un baño largo y relajante y, en el mejor de los casos, uso el tiempo extra para leer apuntes de la Universidad. Ése momento donde ceno, me cepillo los dientes, me voy a la cama y, en mi celular, sabiendo que corrí de acá para allá todo el santo día, aparece su "¿ya estás acostada?"... 

Al que, contra todo pronóstico, siempre respondo con un sí. 

II

Hace unas noches, estaba muy cansada. Había tenido un día algo movido laboralmente, estaba lidiando con fechas de exposiciones y compromisos académicos y, lo único que necesitaba, era olvidarme de todo.  Galeno, una vez llegó la hora habitual, y ya habiéndose acabado el sabor del buenos días de la mañana,  me escribió el mensaje esperado, y cuando yo le respondí con un audio me preguntó si no quería que me llamara.  Contesté, sin vueltas, que sí. Me gusta mucho más hablar por teléfono consigo que por medio de mensajes de texto o de voz. Me gusta mucho más que me llame, y que además, me pregunte antes de hacerlo. 




Sin embargo, en cuanto lo escuché, me dí cuenta que tenía mucha voz de cansado, igual que yo. 

- ¿Hola? - musité. 

- Hooola - me respondió, con su tonadita. 

Ésa tonadita que es lo más de lo más y que me hace poder estar escuchándolo durante horas sin cansarme. 

- Tenés voz de cansado, hoy... - le dije, y se rió, sorprendido. 

- ¿Te diste cuenta? 

- Sí - me reí - Se te nota el cansancio en la voz. 

- Sí, estoy cansando... - admitió, riéndose con algo parecido a la calidez - ¿Cómo estás? Contame ¿qué te pasó en el trabajo? 

(...) 

- ¿Y con vos, qué pasó, eh? - le pregunté. 

Acto seguido, pasamos a contarnos nuestras cosas. 

- Me gustó hablar por teléfono, nos hemos reído, hicimos catarsis los dos - me dijo, antes de irse. 

- A mí también... No puedo creer que se hayan pasado tan rápido estas dos horas... 

- Treeeemennndo - me contestó, de nuevo, con su tonadita - Espero que descanses mañana ¿sabés? Que tengas una buena jornada. Nos vamos a dormir habiendo conversado... 

- Seeeeh - me reí - Vos también dormí lindo. Espero que mañana los dos tengamos un día bueno, que estemos más tranquilos. Ojalá sea todo así, va a ser así - anhelé. 

- Sí, por favooor - dijo - Mañana hablamos, igual... Ahora te mando besos, cuidate mucho, descansá que mañana te tenés que levantar temprano ¿si?...  

- Sí, dale mañana hablamos. Vos también cuidate y descansá. Mañana será otro día, mucho mejor.  

- (...) 

Me reí, levemente. 

- Besos - dije. 

- Besitossss - se despidió. 

sábado, 5 de octubre de 2019

El tiempo vuela

Durante las primeras charlas, me contó bastante de su lugar. Explicó cosas y detalles que, para mí, eran ajenos. Clima, suelo, arquitectura, distancias en transporte, fenómenos climáticos, etcétera. La distancia, con eso, empezó a ser para mí, muy de a poco, un eje conmensurable... y aunque en avión sea muy poca, y fácilmente franqueable, hubo otra concepción de éste eje que me atravesó. Y fue, claro, la de el arraigo importantísimo que yo tengo por el lugar donde vivo y cómo no puedo imaginarme fácticamente ése lugar que , sin dudas, existe y se desarrolla todos los días. Que está cerca, mucho más cerca de lo que mi mente me permite admitir por el momento. 

Durante las charlas que siguieron, empezamos a comprender algo que es un enorme misterio para los dos. Me refiero a la gran cantidad de coincidencias que nos unen. Coincidencias que van desde la literatura - tenemos los mismos autores favoritos -, pasando por la música - tenemos un fanatismo por un dúo poco conocido, y por un álbum en particular y por las mismas canciones; y llegando a decir lo mismo, al mismo tiempo, sobre una misma cuestión. Coincidencias intelectuales, políticas, ideológicas. Coincidencias en puntos de vista, en posturas, en formas de ver las cosas... 

Lo extraño del asunto es que, si estuviéramos frente a frente, nos pasaríamos picándonos cada vez o chocando los cinco o riéndonos de lo increíble que parece. Hemos reunido más de cuarenta casos donde escribimos, preguntamos o decimos lo mismo a la misma vez, demostrando una sincronicidad total.   Sin dudas, por mucho que me desconcierte, jamás le dije a un tipo: "ay, sí, es tal cual, iba a decir lo mismo" tantas veces como con Galeno sucede. Y mucho menos, a una persona que no conozco de modo corpóreo, que vive en otra provincia y que por ningún motivo lógico, ni casual-temporal, tenía siquiera media chance de cruzarse conmigo.

Al día de hoy, lo hablamos mucho. No sabemos por qué, no entendemos demasiado por qué uno tuvo que cruzarse en la vida del otro, pero cada día que pasa se va tornando mucho más natural que el anterior.   A menudo pienso que, aunque me parezca lo más extraño que me pasó, la vida tiene infinidad de motivos que no se pueden explicar. Reserva cosas, circunstancias, situaciones, que no hubiéramos esperado vivir jamás... Y que, sin embargo, suceden con total fluidez, rompiendo con nuestra normalidad. Actualmente no entiendo por qué tuve que vincularme con él, que acercarlo a mi frontera, pero lo cierto es que no se puede desestimar la conexión por culpa de la distancia.  

Las primeras veces que pensé en el asunto, tuve lástima de mi misma y considerable impotencia. ¿Cómo me iba a entender con una persona que estaba lejos? ¿Cómo iba a ser tan difícil y desapacible establecer el mismo puente con alguien de acá? ¿Cómo iba a poder hablar así, de todo, y entender tan bien ciertas cosas del otro si vivía, estaba y pertenecía a otro lugar, a otra generación, a otra concepción del planeta? ¿Por qué no hacía como mis hermanas o mis pares y me ponía a chatear con alguien con quien me pudiese vincular de un modo más normal? ¿Por qué todo tenía que ser difícil, esquivo, artero, si yo estaba buscando algo fácil en éste preciso momento, o lo que es más certero, no estaba buscando absolutamente nada? ¿Quién me hubiese dicho que una mísera solicitud en una mísera red, hubiera sido capaz de hacerme cuestionarme en modo semejante? 

Ni yo lo entiendo. Ni yo sé cómo pasó. Ni yo entiendo cómo pasa que ahora hay algunas noches donde hablo durante horas por teléfono consigo.  Pero, el punto, es que pasa. El punto es que, cada vez donde me pregunta si me puede llamar, yo estoy esperando que lo haga. Que quiero que llegue, cada día, el momento donde me llega ese mensaje que anuncia el comienzo de otra página, de otra charla que se extiende durante horas y se acaba porque nos tenemos que ir a dormir, porque al otro día se labura, porque si no, ninguno de los dos se puede levantar a la mañana siguiente.  Sí. Aunque vaya contra todo lo racional que soy, y aunque me parezca una cuestión incluso muy infantil, sucede que me entiendo y puedo hablar durante horas con alguien que no estaba en mis planes, y que, sin embargo, tiene una personalidad que encaja bien con la mía. No me cuesta trabajo entenderlo, entender lo que me plantea, o conjeturar cómo podría ser o cómo es, en general, salvando cómo es conmigo. Nos agarran ataques de risa en medio de charlas sobre anécdotas, cosas cotidianas o de amigos. Pero también hay espacio para preocupaciones, miedos, problemas, o digresiones varias. 

Aunque lo fundamental es que, cuando hablamos con Galeno, de todo, y nos contamos nuestras cosas, las lindas y las no tanto, yo sólo sé que el tiempo vuela.  Sin que pueda entenderlo, se da así.

Nosotros hablamos cada uno en su provincia todas las noches y mientras se teje un campo de significados en relación a las palabras intercambiadas... el tiempo vuela.


miércoles, 2 de octubre de 2019

Caminar a través del fuego V

Son casi tres los meses que han pasado desde que hablamos por primera vez con Galeno. ¿Cuántos mensajes enviados? Miles. Apuesto a decir que ya son más de mil mensajes enviados y más de miles de pajaritos azules aludiendo la aceptación o el desencanto. Y sin embargo, ayer, por primera vez, deslizó esta pregunta: 

- ¿Te puedo llamar? 

Hace unos días pensé en la posibilidad de hablar por teléfono consigo porque ya van casi tres meses mandándonos mensajes de texto o de voz. Lo hablamos. Galeno me dijo que lo pensó pero que, en relación a cuestiones que estuvimos conversando, no estaba seguro de proponérmelo. Tenía temor - dijo - de que me asustara. Finalmente, cuando le tiré la idea para preguntarle qué le parecía, si quería hacerlo en algún momento, él acabó por confesármelo todo... y me dijo que sí. 

Ayer, entonces, por la tarde, me llamó por teléfono por primera vez. Necesitaba contarme algo sobre lo que, me dijo, tenía derecho a hacerle todas las preguntas. 

Mientras hablábamos, luego de que me contara todo el teje y maneje de la cuestión, le pregunté: 

- ¿Cómo se llama la... señora? 

Se rió. 
Yo también me reí. 

- No lo digo mal, te lo juro - le dije. 

- Yaaa seeee - respondió, con esa tonada tan característica que tiene - María Celia. 

- Ah, ok - dije, sin pensar. 

- ¿Qué pasó? - preguntó. 

- Que tiene nombre de señora, dale - le dije, y me reí, atrapada. 

Se rió considerablemente. 

- Sos tremenda, Veinteava - reconoció - De todos modos, quería contártelo por teléfono porque me pareció importante que sepas que yo me voy a juntar con ella a tomar un café... y quiero que lo sepas. 

- Está bien... Igual, ***,  tenes el derecho a juntarte con ella para hablar o hacer lo que quieras.

_Yo se que te puede hacer ruido y por eso quería decírtelo. Quiero que sepa lo que está pasando ahora... ¿Me entendes?
_¿En qué sentido?-pregunté.
_Qué yo hace tres meses estoy hablando con vos. Y que me siento involucrado con esto... Digo, yo ya antes te lo dije, pero... Quiero que ella sepa que no tengo interés. Por eso, quiero que lo sepas, que me preguntes, que me tengas confianza...

Me reí.

—Pero... Galeno, ¿Qué le vas a decir? ¿De quienes le vas a decir?-dije.

— De nosotros. Le quiero contar quien sos vos. Qué sepa que me estoy contactando con otra persona. Porque creo que ella no entendió que yo no quiero verla, ni nada de eso. Hace meses le puse un freno. Después nos conocimos.

—¿Y por eso le vas a decir que llevas chateando tres meses con una porteña, no? —ironicé — Sabes qué... Va a decir que no le importa, que ustedes son de allá.

— No. Yo le voy a decir que cuando quiero ver a alguien le propongo tomarme un avión si es necesario... ¿O no?-se rió —  Y por eso, que entienda que no tienen cabida los planteos que me hace.

Me empecé a reír. 

— Vos podes preguntarme lo que no te quede en claro. Lo que sea. Pensalo, si quieres, y me preguntas — dijo.

— Es que, en realidad, yo no tengo por qué hacerte planteos. No soy una institución en tu vida. No me siento en ningún lugar que habilite hacer preguntas. Es tu elección. Fue tu elección contarme. Es tu elección decirle. Yo siento eso, Galeno. Pero me alegro que me lo cuentes. Eso me ayuda a saber que, realmente, buscas ser honesto.

— Si. Yo quiero que lo sepas. Te quería contar.

— Está bien... Pero vos también tenes que saber que ella va a ir y volver a joder. Si no lo entiende, no es un tema tuyo. Es suyo. A veces, en el camino, se puede olvidar unas medias...

— Jajajaja — se rió — Yo te dije que estoy involucrado con esto que pasa. Por eso te cuento. Para que me creas.

— Decile a María Celia, a la señora, que acá desde Buenos Aires le mandamos un besito grande y sentido. Qué le vaya muy bien.

Nos empezamos a reír.

Suspiró.

—¿Eso sólo?
— Obvio.