lunes, 30 de julio de 2018

"Ahí lo tenés al pel...."

El sábado por la tarde estaba en mi confitería habitual con mi mejor amigo, tomando un café. Hacía bastante que no nos veíamos a solas - la última vez había sido durante un cumpleaños de nuestra amiga en común - por lo que necesitábamos una charla cercana.  Así, pese a la lluvia y con alguna que otra cosa rica de por medio, nos aventuramos en uno de los placeres más grandes que tiene la vida para mí: charlar con la gente que quiero, que suma y que antes de llevarme para abajo, me realza. 

En una de las tantas etapas de un encuentro que nos llevó horas, y estando yo sentada de espaldas a una de las entradas del local, noté que le cambió la cara y, de inmediato, sentí que me hundían un dedo a la altura de las costillas. No tuve tiempo ni siquiera de darme vuelta para entender lo que estaba pasando, que del susto, salté de la silla y cuando giré la cabeza, me encontré con el rostro de Urtubey.  Por unos segundos, me lo quedé mirando, incómoda. ¿Qué hacía ahí, y por encima de todo, por qué había pasado de entrar siempre que me ve a saludarme, de asustarme con un saludo, a sobresaltarme con sus manos? 

Traté de salvar la conversación, procurando que no se me cayera el rostro. 

- ¿Qué hacés, nena? 
- Bien, acá, tomando un cafecito con él - le hice un gesto - ¿Lo conocés, no? 

Lo saludó, y asintió con la cabeza. 

- ¿ *** como está? - le pregunté por su hijo. 
- Bien, con su mamá. Yo estoy con mi hermana. 
- Ah, pensé que lo tenías vos... 
- No, le toca con su mamá - puso cara - Ayer estuvo tu papá en mi casa. 

Sonrió. 

- Sí, sí, sí - le dije, con algo de parsimonia. 
- Comimos... un montón. Dos pizzas enormes, entre los dos - detalló- Las pedí en ***.  
- Un montón... Son gigantes las de allá. 
- Igual quedó algo en casa - me sonrió, como si me estuviera perdiendo de algo. 

Percibí que estaba raro, aunque en ese momento, lo dejé pasar. Quizá la incómoda era yo, me dije, y por eso me estaba confundiendo. 

- Por mí, llevatelo seguido. Me hacés un gran favor, últimamente - admití. 

Se rió, levemente. 

Luego de unos breves comentarios más, le dió un beso a mi amigo y otro a mí. 

- Después hablamos - dijo, mientras me hacía una caricia breve en el hombro. 

II 

Cuando se fue, miré a mi mejor amigo. 

- Ummm, bueno - suspiré - pasada ya la visita habitual... - ironicé. 
- ¿Medio incómodo, no? - se rió - ¿Qué le pasa? 
- Algo me pone incómoda cuando viene acá... ¿El día que esté con un tipo también va a pasar y se va a sentar con nosotros, no? - me reí. 

Mi amigo se rió también. 

- ¿Está en langa, no? 

Sacudí la cabeza, dándole la derecha sin dudarlo. 

- ¡Ay, visteeeeee! ¡Pensé que era yo, la mala! Sí, no sé qué le pasa, está en langa. 
- Sí, si, como chancherito, todo vestido así, con camisita - meditó - La actitud, también, más allá de la ropa. Hacía mucho que no lo veía, pero no lo recordaba así...  

Lo miré con una mueca de hartazgo. 

- ¿Viste que cuando los tipos se separan, en su mayoría, se ponen en gomas? Bueno, debe estar en esa etapa y en el horizonte le faltan dos para los cuarenta y viene la crisisssss - le avisé, en broma...  Pero en el fondo, no tanto. 

III 

Como se sabe, aprecio a Urtubey, sí, eso no cambió nunca; pero durante todo este tiempo, entendí que tiene actitudes raras, o formas de dirigirse ante mí que no me parecen cómodas, simplemente, porque yo no quiero que se sienta parte de mi familia y pueda tener total liviandad de preguntarme por mis problemas o las internas de mi casa, cuando no me apetece contar. Tampoco quiero que intente meterse en mi vida personal por la ventana, pese a que lo he escuchado. Tampoco quiero tener complicidades, ni secretos, ni internas, ni nada parecido. Porque, en todo caso tendría que procurar ésa clase de complicidad con mi padre, no conmigo, aunque sólo para lo que le convenga.  

Una cosa es hacerle una broma un día o reírme de algún chiste que me hace, pero otra, es que se meta en mi vida y, por ejemplo, me mande mensajes para ver si estoy bien con mi familia cuando eso, desde siempre, ha sido una cuestión sumamente personal. Digo ¿qué tan interesado está en saberlo, va a dejar de vivir por ello? Una cosa es que uno le cuente, con lujo de detalles su vida, y otra es su doble discurso, que yo me voy enterando por otros lados y me parece muy estéril en gente de su edad. Una cosa es que sea falluto, pero otra cosa es que tenga un discurso con mi padre, otro conmigo, y que, al resto de mi familia, no la ponga en la misma situación que a mí.  Porque o nos vé cara de tontos, o por la razón que sea, no nos puede contar la misma historia. 

¿Es entonces justo que una persona te mienta porque sí, cuando ni siquiera te interesa saber? Si  yo fuera una persona chusma, consentiría que un otro me mienta para ocultarse de mis impertinencias, de mi curiosidad; pero lejos estoy de serlo. No me importa su vida, ni sus idas y venidas, porque le he visto los hilos y me parece una persona poco trasparente (a diferencia de hace un año atrás). No me importa nada de lo que haga con las mujeres, ni cómo las trate, ni lo que le pase; justamente por eso, dejé de preguntarle y le corté ávidamente el rostro. Pero... ¿para qué contarme mentiras gratis?

IV

Yo no me cierro ante él porque sea un mal tipo, sino, porque no es un tipo claro. No parece representar desde la madurez de sus actos la edad que tiene y no tengo paciencia para soportarlo, no quiero ser parte de su juego. No es una persona tan importante en la vida de las personas para creérselo así. ¿Nadie le ha dicho que el mundo va a seguir girando sin él el día donde no lo habite? Cree que a todos nos importa lo que le sucede, y en realidad, personalmente, hace rato siento que se convirtió en un tipo fastidioso con su pena, insostenible en sus preguntas, en sus idas y venidas, en sus cambios de ánimos, en sus actitudes de adolescente tardío y canchero mal parado...  Al fin y al cabo, todos tenemos nuestros aciertos y nuestras derrotas.

V

¿Qué detonó esto?

Cuando me lo encontré el fin de semana, sacó el tópico de la cena de la noche anterior a relucir, pero jamás me confesó que cenó con mi padre y una de sus novias - tiene dos o tres, dado vueltas - en su casa. Se encargó de decirme muy orgulloso algo que, finalmente, resultó ser mentira sin que se lo hubiera preguntado.  ¿Para qué, no? ¿Se cree que es langa para compartir a Juana con sus amigos, como es lógico, pero es más langa también por esconderla de la hija de uno de ellos? ¿Se creerá vivo, galán de América, misterioso?  ¿Creerá que alguien le importa si cenó en su casa o en Cocodrilo con una amiga francesa o eslovaca? 

Yo me quedo con la actitud, inmadura e indeseable, porque todo lo demás, no me interesa.  Agradecería que no me cuente cosas que no sean ciertas y que deje de intentar meterse en mi familia por la ventana. ¿O será mucho pedirle? Porque al margen de quedar como un completo idiota, uno se va alejando de gente así, en especial cuando no se sabe muy bien de qué la juega. 

Ojalá se mantenga en el lugar que le corresponde, se ubique en él, lo enganchen en su doble discurso y lo pongan en vereda. Porque no es normal, honestamente, que me esté mintiendo uno de los amigos de mi padre, en algo de ésta índole, y que le omita cosas a él que tienen que ver conmigo y que con nadie más de la familia haga esto.  ¿Qué estará ocultando, no? ¿Qué será lo que cree que a todos nos interesa tanto? ¿Qué creerá que es tan exclusivo e íntimo de su existencia?

Cansa. La gente así, cansa mucho. 

Ojalá, algún día, a este tipo se le caiga la careta y se vea, a sus anchas, la verdadera piel. 

VI

Todo ésto, me remontó a dicha escena de una de mis películas favoritas , y desde ya, emblemáticas a nivel nacional:

sábado, 28 de julio de 2018

Posibilidad

La vida está llena de posibilidades, de réplicas, de atenuantes, de circunstancias que parecen posibles , e incapaces de cambiar. La vida está llena de precarias seguridades que, cada uno de nosotros, tomamos a pie juntillas.

 Creemos, llegado cierto punto en la vida, que con estudios nos sentimos más capacitados y eso nos ayuda a sentirnos más seguros. Creemos que con un buen trabajo, y con un sueldo que nos alcance para vivir y darnos algunos gustitos, podemos aspirar a la normalidad, a la estabilidad, a la opulencia. Creemos que con una casa, que con un auto, que con unas vacaciones en un lugar paradisíaco, que con otro auto, que con otra cosa, que con otras vacaciones... Que con ése viajecito relámpago, que con esa reforma, que con esa prenda nueva... 

Y no es así. Lejos, realmente lejos, está de ser la vida así. Las cosas que a menudo las personas creen que son importantes, o capaces de garantizar algo, en buena medida, decaen ante las cuestiones realmente importantes en la vida... Ésas frente a las que no se puede hacer nada.  Ésas para las que sólo resta esperar, y confiar, en que saldrá todo bien.  Ésas en las que uno siente que se juega todo lo que tiene, que no puede haber tanta perversidad, que a ciertas personas tan buenas no les pueden pasar las cosas. 

Ésas cuestiones frente a las que uno, simplemente, no sabe. Y debe convivir con la desesperación, con el miedo, con la incertidumbre, con la tristeza, pero además con la esperanza, con la fe y con el afán de edificar para adelante pase lo que pase. 

II 

Mi hermana está esperando su primer hijo, es decir, mi primer sobrino. ¿Alguna vez llegué a poder expresar cuánto deseé tener un sobrino, que crezca feliz, sano, fuerte, enamorado de su vida? ¿Alguna vez me cansé de proclamar que mi mayor felicidad era pensar que el día de mañana iba a ser tía de unos pequeños sanitos, hermosos, con los ojos y las caras de mis hermanas? ¿Alguna vez me animé a poner en duda que yo lo iba a amar de un modo infinito? No en vano, el día donde me enteré que estaba en camino, me puse a llorar de la felicidad y no en vano, ahora, las lágrimas se me caen de impotencia, de desolación, de miedo. 

Luego de unos estudios, sabemos que hay una probabilidad de que mi sobrino nazca con Sindrome de Down, entre ciento cincuenta  embarazos, mientras que lo corriente, es un caso en trescientos. Luego de este estudio, también sabemos que el riesgo que indica puede ser por ésto o por índices de bajo peso. Que puede pasarle todo, como también, puede salir ileso y ser el niño o la niña sana y fuerte que me imaginé desde siempre, corriendo por mi casa, pegada a mis hermanas, a upa mío. 

Luego de ese estudio también sabemos que hay que los próximos siete meses serán de incertidumbre... Desde la panza no hay manera de saber, a menos que sea realizándose un estudio invasivo, con riesgo de aborto, cómo será el trascurso de su vida. Ni si nacerá bien, ni si nacerá con dificultades, ni si nacerá prematuro, ni si tendrá o no Síndrome de Down. 

III 

No tengo demasiada idea de cómo seguir adelante en estos momentos. No sé qué se hace, ni qué se dice, ni tampoco como se afrontan seis meses viviendo con esta incertidumbre, con éste miedo.  Pero estoy segura que nunca necesité tener tanta fe en que todo saldrá bien, que nunca deseé tanto algo, que nunca tuve el miedo que tengo hoy. Y, en especial, que frente a lo que sea que pase, jamás me sentí tan pero tan impotente, tan insegura, tan frágil, con los deseos tan precarios como en éste momento. 

Aunque, de lo que no dudo, de lo que voy a ser incapaz de dudar hasta el último día de mi vida, es del amor que siento por mi sobrino. Y del amor que voy a sentir toda mi vida, sean cuales sean las circunstancias, y sea lo que sea que la vida nos depare porque, en cualquier caso, ahí va a estar su tía para amarlo y cuidarlo siempre... Lo demás, en éste momento, es una posibilidad de entre millones. 

Daría todo porque estos meses por delante pasen rápido, estén llenos de buenas noticias, y en enero pueda estar contando otra historia.  Eso también es una posibilidad. 

Lo que tengo en frente, es un túnel, y lo único que me queda por hacer, desde mi lugar, es atravesarlo. 


viernes, 27 de julio de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: Apuesta

Ése día volvíamos de su casa. Acabábamos de vivir una situación tensa con Pedro, y, entremezclados en medio de una reunión de compañeros, las cosas parecían haberse calmado. Sin embargo, no en vano, mi percepción llegaba a hacerme comprender lo que todavía no había acontecido. El repudio aguardaba tal y como lo imaginaba, a la vuelta de todas las esquinas. 

Salimos de aquél departamento donde nos habíamos juntado varias personas, a eso de las ocho de la noche. Cuando todos empezaron a dividirse, saludándose entre sí, me acerqué enseguida al cuerpo de Él interpelándolo con un beso, buscándole a fuerza de buena voluntad la mejilla y no los labios, porque hasta ése momento no tenía cabida tácita en ello. Él todavía estaba tenso, a modo de residuo del asunto anterior; todavía faltaba deshacerse de Pedro, y al final del día, quedarse a solas con sus deseos.   

Si bien horas antes nuestro dialogo se había tornado por momentos divertido, yo tenía bien en claro cuánto costaba sacarlo de sus verdaderas estructuras; y cuánto más, ayudarlo a ser un hombre libre. Por eso, y sin renegar de ello, decidí que a mi casa iba a volverme sola. No estaba ya en condiciones de poder soportar esa atmósfera intransitable, donde el olor fétido se me metía en el alma. No, no y no. Mejor era irme silbando bajo, aunque sin renunciar a mis sentimientos y mucho menos a mi posición. 

- Chau, *** - le susurré y me abrazó. 
Pedro nos miró de lejos, y aún mismo supe que me había seguido con la mirada durante el recorrido, sin perderme pisada, lo mismo me había acercado. ¿Cómo no corresponder a su abrazo, cuando de forma literal, le estaba dando la espalda a tantas cosas? 
- ¿Qué, te vas? ¡No! 
- Sí, ¿cómo que no? – me reí. 
- Vamos – dijo, solamente y empezó a saludar a todos. 

Enseguida, Pedro puso cara de disgusto. Era obvio que no quería que esté a mi lado, que no quería que su querido reaccionara así, pero el punto era que lo estaba haciendo y, con ello, llevándose por delante todos y cada uno de sus preceptos. ¿Por qué eso podía a alguien molestarle tanto? 

- Ah, ¿vos también te vas, negro? Pará que te saludo…  – le dijo una de mis compañeras –Chau, Veinte – me dijo a mí, entendiendo el mensaje, considerando que él pasaba una mano por mi cintura denotando consideraciones diferentes, actuando como un hombre, sin agacharse todavía. 
- Chau, nos vemos – me despedí de todos, dándole besos rápidos y ciertamente desinteresados. 

Le llegó el turno a Pedro. Me miró con distancia y me saludó como si no estuviera allí, mirando más allá de mi perfil, a quien estaba detrás de mí acompañándome en la retirada. 

- ¿Dónde miramos el partido, hoy? – lo interpeló de lleno, a pocos metros de distancia
- En casa… - dijo, aún mismo eso ya estuviera pactado desde antes y lo supiera incluso yo. 

Le revoleó las llaves de su casa y Pedro las atajó sin remedio quedándose desconcertado. 

- Andá con él para casa… - le marcó, comportándose como un hombre finalmente – En la heladera hay imanes, vayan pidiendo algo de comer… – remachó. 

El suegro que no fue, amplio lector de la jugada, y basado en su propia experiencia, hizo una pregunta para mediar en el tenso intercambio. 

- ¿Paso por casa a buscar un vino, querés? – preguntó. 
- Nah, viejo, estás loco…– le respondió, enseguida – En la bodega hay. Abrí el que quieras, fijate todo, que está a mano– lo despidió. 

Luego de esa despedida en silencio, que intentaba ser lo más sintética posible, nos dimos media vuelta casi a la misma vez y comenzamos a caminar hacia donde estaba estacionado su auto.  

No solamente estaba indignada por la pretensión de Pedro de meterse hasta debajo de las piedras, sino que además estaba asustada. De la situación, de mis propios sentimientos, de no tener las fuerzas suficientes, de que Él no pudiera hacer frente a las críticas…  En diecinueve años, nunca había tenido tanto miedo de que algo no funcionara como durante esa noche en la que todo parecía ser la revisión técnica antes de que se largase a rodar una historia.    Era la primera vez que me enamoraba, que podía gozar del conocimiento del otro sobre esa situación y que estaba sintiéndome libre. Sin embargo, ya no me causaba gracia notar la preocupación y la tensión implícita que hacía incluso más difíciles las cosas entre nosotros. Porque ¿qué tanto nos podían castigar, como muestrario pequeño de una sociedad con el dedo alzado? ¿A quién le estábamos haciendo daño? No había hijos suyos en medio, no había mujer, no había terceros siendo desplazados de un rol anterior.  Éramos, simplemente, dos personas – una más joven que la otra – atraídas entre sí, solteras, con la posibilidad de ver. 

II

Cuando ni siquiera habíamos doblado la esquina del todo, se frotó las manos, acusando frío. Yo iba caminando a su lado, callada, con la cabeza gacha, mirando la vereda. Lo recuerdo, patente, sin confusiones. El preciso instante donde sabemos que estamos trayendo una complicación en la vida de alguien a quien amamos y rogamos que pueda hacerle frente, sabiendo que la felicidad puede estar detrás del pomo, de ésa puerta, de ése posibilidad. El preciso instante donde no sabemos si hay que renunciar, si hay que seguir adelante o si, en el fondo, todos los demás están en lo correcto. Sí, quizá, y en alguna medida, el instante antes de claudicar… 

- ¿Vos vas a ir el sábado, no? – musitó. 
- Sí, sí. Dije que iba a ir – le recordé, mirando todavía para abajo. Acababa de estar presente en la reunión y, era obvio, intentaba sacar charla con una pregunta inofensiva para que diera la cara; pero yo no podía mirarlo. 

De refilón percibí cómo se calzó la capucha del buzo que llevaba puesto e implícitamente lo esperé, intentando frenar mi paso para acompasarme al suyo. Aflojándose, quizá al ver algo en mi cara de lo que yo misma no me había percatado, pasó una mano por mi cintura y me atrajo hacia él, dándome un beso en la cabeza, pegándome a su cuerpo. ¿Aquélla fue también la primera vez que me abrazó de esa manera, y me llevó caminando a su lado, bien cerquita? Sí, y por eso, se mantiene en mi corazón su recuerdo, pese a paso del tiempo de aquélla noche donde por primera vez que había llamado para preguntarme si podía pasar a buscarme por mi casa después del trabajo para llegar juntos a un lugar. Era la primera vez donde, por lo demás, empezaba a asociarle un sentido a cada escenario diferente al de buenos compañeros que tenía que ver con un nosotros. Era la primera vez donde se comportaba como un hombre que no se escondía frente a las cosas que le estaban pasando con una mujer, joven quizá, pero mujer después de todo. Y durante esa primera vez, yo estaba preocupada por lo que pudieran decirle, pero en el fondo, estaba más aterrorizada porque nada de eso volviera a repetirse; porque lo venciera el miedo, porque no tuviera el carácter ni el valor suficiente para seguir jugándosela. No podía explicar con palabras cuánto apreciaba ese gesto, por eso, andaba callada y apenas me salían las palabras. Lo único que podía pensar se resumía en un “está pudiendo” que, al mismo tiempo, habilitaba un sinfín de ramificaciones felices en mi cerebro, en mi corazón y en buena parte de mi vida. 



Mirándolo en perspectiva,  ese momento, pese a que todavía éramos lo más parecido a dos “amigos que se gustaban mucho”, fue el indicador más claro de que las cosas estaban cerca de cambiar. La bandera levantada cinco minutos antes de la largada oficial, del comienzo formal. Abrazados todavía, sin despegarnos el uno del otro, seguimos caminando unos metros. Para mí, ése instante fue como si me dijera “yo te cuido”. Sonreí por dentro, gratamente sorprendida por el confort de sus caricias, aunque la cabeza me iba a mil por hora, procesando y procesando los latidos de un corazón desencajado.  Me dije, honestamente, que yo estaba dispuesta a hacer cualquier cosa y a enfrentarme con cualquier persona, porque se repitiera constantemente aquéllos gestos... Es que, quizá para cualquiera pueda parecer algo normal, dado de antemano, andar abrazado por la calle con la persona que ama, pero al menos para mí esa caminata representaba su coraje, todo su valor para poder hacerse cargo de todo lo que estaba pasando aún mismo su familia se le pusiera en contra.  Me abrazaba, sí, mientras recorríamos la esquina de aquélla salita, pese a todos los obstáculos y pese a todo su pasado, sus miedos, sus errores, su más profundo temor y sus innumerables complejos respecto de las apariencias.  Me abrazaba pese a los veintitrés años de diferencia que tanto pero tanto le pesaron desde el minuto cero.  Me abrazaba con la certidumbre del reproche al regresar con los suyos. Me abrazaba y caminaba conmigo, aún sabiendo que le iban a decir que estaba loco; que era un degenerado, que yo era apenas mayor de de edad, que cómo iba a hacer eso y tantos otros grandes éxitos.  Y yo lo abrazaba también, caminando a su lado, como si con ello pudiera decir el primer yo te cuido de toda mi vida. 

- Vení, vos…   – espetó, apretándome más fuerte – Puta madre… - suspiró. 
- - Sí, ay, ay, ay… – musité, con doble sentido. 
Seguimos caminando abrazados.  
- Rompen los huevos, que se dejen de hinchar las pelotas… – sentenció. 
- Tranqui. Podía volverme sola a casa, no te calientes…  - musité, riéndome un poco por el modo.
- No, no señor… No va así la cosa. 

Me dió ternura. 

- Yo te llamé – me recordó – así que, tal y como te pasé a buscar, te voy a llevar a tu casa. Y, los demás, que no rompan las pelotas… - dijo. 
Sonreí. 

- Estás peleador - susurré, con picardía. 

Mofó. 

- ¿Sabés ahora, no? Dios mío… - sacudió la cabeza. 
- No te enojes. 
- Nah… - musitó. 
- Puedo volverme sola, en serio, andá. 
- No – espetó, más flojo - Que se vayan todos a la mierda.  
El viaje fue breve, pero valió por mil. Era, de nuevo, la noción simbólica todo lo que estaba en juego. Era la condensación de las palabras, la actitud evidenciada a través de ellas y la asociación con el aval de los gestos. Fuimos parloteando todo el recorrido, hasta que en un determinado momento, se lo dije: 
- Vos nunca uses máscaras conmigo. 
- No uso máscaras con vos, yo – me miró, de reojo. 
- Lo que quiero decir es que podés ser como sos, que conmigo no pasa nada. 

Sonrió. 

- Yo siempre soy como soy con vos… 
- No sé…  - le dije, dudando – A veces sos el Señor ***, otras veces te escapas con el humor de los demás, y ahí es como que te ponés una máscara – argumenté – Ojo, yo no te juzgo.  Te sirve y me parece que con algunos está muy bien…  

Se quedó callado, escuchándome. 

- … pero, igual, en serio, conmigo no hace falta. Relajate. 
- ¿Por qué me decís eso? 
- Para que te quedes tranquilo. 
- No estoy intranquilo, yo… 

Sonreímos. 

- Para que sepas que no te voy a hacer nada malo. 
- Ya lo sé …  - sonrió, mimoso. 
- Para que te saques la máscara conmigo – confesé, finalmente – porque no te voy a morder. 
- No uso máscaras con vos – musitó. 
- Bueno, mejor entonces… - sonreí, algo tensa – Igual lo sabés, ahora, ese era el tema. 
- ¿Cantarme las cuarenta? 
- Desde hace unos días ya que venimos, nosotros, bastante densos… - me reí. 
- ¿Por lo de la zamba? Es viejísima esa zamba, no la ibas a conocer… ¿Por qué te importa tanto? 
- No era la zamba en sí, era el que me dejes con la intriga, con las ganas… - le escupí y añadí la última parte, como contra mi voluntad – de saber… 

Sacudió la cabeza. 

- ¿Qué querés que haga? ¿Qué es lo que tenés ganas de saber? 
- Lo del otro día… Bien. Con detalles. De punta a punta, quiero que me lo cuentes todo. De dónde salió ese grupo, qué te gusta de lo que cantan, de dónde lo conocés. Quiero saber. Dame por perdida la apuesta, no me importa. 
- ¿En serio? 
- Sí. 
- ¿No te importa perder? 
- No. 
- ¿Por qué te rendís tan rápido? ¡Vos no sos así, no seas así, no te tenés que rendir rápido! 
- No me rindo, ése es el tema.  Me importan más otras cosas en éste caso… 

Sonrió. 

- ¿Me vas a contar? – musité. 
- Bueno – sonrió – Igual, no perdiste. Tranquila. No habíamos apostado nada. 
- ¿Qué me importa perder? – me reí. 
- Es importante ganar, a veces… ¿O qué, preferís perder? 
- Lo importante es participar, otras veces. Así se gana, aunque no lo parezca de movida… - sentencié – Es una victoria más fina, más sigilosa…  -lo miré, y sonrió sin mostrarme los dientes. 
- Bueno, voy a pensarlo… Es válido ése punto de vista, no lo había tenido en cuenta. Me das un rato ¿te parece? Te prometo que te voy contar todo -  me dijo. 
Estacionó en la puerta de casa.
- Sí, no hay problema. Lo mío es ver para creer… – le sonreí. 
- Me están esperando para ver un partido en mi propia casa – sonrió, con cara de zonzo – Mañana a la mañana temprano,  revisá el mail. 
- ¿Seguro? 
- Si – se rió – Te lo prometo. 
- Mhhhhmmm ¡te lo prometo, me dice! ¡Chau, cagamos!– dudé, apropósito. 
- Creeme. Te lo prometo, sí. 
- Vos cumplí y después vemos si yo creo– ironicé. 

 Habíamos pasado una tarde áspera y yo, a esa altura, tenía un miedo formal a que se desanimara y se dejara vencer por la presión a la que estaba siendo sometido.  Puso una mano encima de mi pierna, para frenarme. 

- Te voy a escribir algo… ¿está bien? 
- ¿Pensaste los fundamentos de la apuesta tan rápido? – le pregunté, divirtiéndome un poco, seduciéndolo, o al menos, haciendo el mejor de los intentos. 
Se mordió los labios y sacudió la cabeza, entrecerrando los ojos. 
- ¿Y vos qué sabés lo que es? Esperá hasta mañana, ansiosa… 

Sonreí, avergonzada. 

- ¿Ansiosa, yo? Uf, un montón…. – me acerqué a saludarlo – A vos hay que pedirte coordenadas de las cosas que prometés porque si no, no sé, eh… 
- No seas mala conmigo… - murmuró, juguetón – Esperá unas horas. 
- ¿Yo también tengo que pensar los términos de la apuesta y enviarlos por mail a tu casilla personal? – ironicé, levemente. 

Se rió. 

- Ya te dije que yo no perdías la apuesta. No voy a apostar para que pierdas. 
- Pero en la vida hay  apuestas… Se pierde y se gana, esa es la dinámica que tienen.  Tenemos que elegir qué apostamos. 
- No. Vas a perder. 
- Vos ponele valor a la apuesta y yo me fijo si pierdo o no pierdo– rectifiqué – ¡No seas ansioso que no me lees la mente! 

Sonrió. 

- Mañana, te lo prometo. 
Nos miramos durante algunos segundos. 
- Ese mañana suena a nunca – consideré para molestarlo un poco, y me volteé en dirección a la puerta el copiloto, sonriéndole.  Me atajó de nuevo. Se puso colorado. 

- Mañana a la mañana, apenas llego a la oficina, antes de ponerme a trabajar, te escribo un mail – sonrió - Te lo prometo – dijo, con más consistencia. 
- Dale, ansioso – sonreí. 
- Te lo prometo. 
- Ya sé, yo te jodo, aunque a veces no tanto – le confesé – Hablamos después *** - lo despedí – Que te diviertas con el partido. 
- Gracias, guacha…– me sonrió, así – Mañana hablamos, dale. 
- No sé , no sé, no sé, eh– le aclaré, más relajada, para dar cuenta de que sólo era una especie de gran chiste. 
- Mañana, siiiiiiiiiiii – intensificó. 
- Bases y condiciones, consulte en la oficina del señor ***… - dije, solamente. 

Bajé del auto riéndome y lo último que ví esa noche, fue su cuerpo reclinado a la altura de la ventanilla del acompañante, cerciorándose de que ya estuviese adentro de casa. Me miraba con una sonrisa.  

Al día siguiente, temprano por la mañana, descubrí un correo nuevo en la bandeja de entrada.que empezaba con un "Muy buenos días, señorita..." que me dibujaba una sonrisa en el rostro desde el primer segundo.  

Parecía posible, al menos por esos días, sobrevivir a las múltiples tormentas, aunque después hundirnos le resultara inevitable. Sin embargo, las apuestas a medias, siempre salen mal. 

jueves, 26 de julio de 2018

Rosácea V

Ayer, a las ocho y media de la mañana, tenía mi turno con la dermatóloga. Fue la primera vez que me tocó verla después de esa primera consulta donde me diagnosticó y me dió todo un tratamiento para seguir.  Las novedades, por lo general, son buenas. Mejoré mucho, mucho, mucho, la apariencia de mi rostro aunque todavía tengo una buena parte del brote inicial que me queda por combatir. Quizá, con unos meses más de tratamiento, tal y como lo sospeché desde el comienzo, pueda decir que aplaqué la cuestión del todo y sólo tenga que ocuparme de controlarla (la rosácea es una afección crónica).

 De la parte izquierda, todo ha desaparecido por completo y, del lado derecho, es de dónde iré trabajando aquí en más. 

Con respecto a los medicamentos por vía oral, tengo que seguir tomándolos al menos por veintiocho días más. Me cambió la procedencia de las pastillas de nacionales a francesas, especulando con que "la molécula se absorbiera mejor" y el proceso fuese todavía más rápido y notorio. Si bien resultaron ser un poco más caras que las anteriores (me constaron $740 pesos, con un descuento del treinta, los veintiocho comprimidos), lo único que me importa es poder tolerarlas ya que se caracterizan por ser fuertes y no quisiera sostener en un plazo demasiado largo de tiempo su toma. 

II

Una de las cosas que más me llamó la atención fue cuando la Doctora me mostró la fotografía que me había tomado al iniciar el tratamiento. Siendo totalmente franca, y no desde lo superficial solamente, me costó creer que era yo y que había llegado a tener el rostro así de destrozado.  Fue como si durante todo ese tiempo, previo a la consulta, yo hubiera vivido dentro de una nebulosa entre el estudio, mi trabajo eventual, las búsquedas de mi vida personal y afines, que me mantuvieron anestesiada mientras mi cuerpo me estaba pasando múltiples facturas de diferentes talonarios y yo era incapaz de darme cuenta. 

Ahora, cada mañana, cuando me miro al espejo, ya asumo que la rojez estará allí porque forma parte de las características de mi cara, del mismo modo en que deseo que esté todo lo necesario para tratarla y poder hacer una vida normal (no desde lo estético, simplemente, sino evitando el ardor y la picazón que ésta infección acarrea). De todos modos, no me quejo. Desde una enormidad de lugares, y hace meses, estoy tratando de buscarle un lado bueno a ésto y, ahora que me veo mejor, siento que no puedo quejarme...  Sí, esto me sucedió e implica gastos elevados para mi, pero al menos pude comprarme todo lo necesario para tratarme y mis padres me han estado ayudando con éste asunto y con el asunto de los ojos sin lamentarse por eso, sólo tratando de darme una mano para que tuviera disponible todo y pudiera reponerme pronto. También agradezco que pude ir a una médica que, en primera instancia, me diagnosticó bien (eso no siempre ocurre en éstos casos) y, por encima de todo, se tomó en serio la situación dándome un asesoramiento detallado.   Porque, en caso de que tuviera exactamente lo mismo que hace unos meses atrás y no hubiera podido contar con cerca de tres mil pesos para gastarlos en cremas, pomadas, geles, pastillas, consultas médicas, geles de limpieza y lociones hidratantes; no podría estar aliviada del ardor, ni de la picazón, y ni qué decir, respecto a lo que suma o resta en el autoestima verse de ese modo y no poder tratarse. 

Sí, quizá para otras personas pueda ser una tontería, pero al menos en mi caso, tengo plena noción de éstos privilegios. 

III

El próximo paso según lo charlado con la Doctora, quien es especialista en medicina estética, será pensar en el después, es decir, en mi vida común, en el cuidado diario.  A partir de ahora:  

1-  Tendré que lavarme dos veces por día la cara con el jabón especial, o en el mejor de los casos, con un gel hipoalergénico de venta en farmacias (nada de toallitas desmaquillantes, nada de lociones desmaquillantes y nada de jabones comunes). 


2- Tendré que untarme el gel para las rojeces, y sin falta, esté el clima como esté, el protector solar específico para pieles con ésta clase de afecciones. 




3- Más adelante, podré aplicarme un maquillaje específico que va casi como al cuidado supremo de mis mejillas y, en general, de toda la piel. 


Con el tiempo, si quiero, y puedo, en el mejor de los casos, podré sellarlo también con un agua termal (¡algo que tengo de antes, bien!), y también será posible pensar en un rubor del mismo laboratorio, específico para pieles súper sensibles o con rosácea: 

Diría mi madre: " mirá que sos coqueta Viente, pero ahora la vida te está haciendo cuidar la cara como si fueras una re concheta "... (jajaja, cuánta razón)

¡Veremos que me dice la Doctora y la vida, más o menos, en un mes! 

martes, 24 de julio de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: Frágil II




- Sí, boludo, yo soy media boluda... - le había dicho, unos momentos antes, en el afán de taparle el vacío producto de su incapacidad de decirme. Acababa de quedar a la vista uno de los escollos más fuertes entre nosotros. A menudo, y pese a que yo estaba segura de que algo serio le producía, era más fuerte el miedo y la cerrazón a la hora de expresarme sus sentimientos que cualquier otra cosa. Había dejado de hacerlo hacía muchísimos años. De éso me había enterado, precisamente, en la última charla mantenida unos diez días antes de aquél mediodía de agosto, donde había confesado no poder más. No poder expresar, verbalmente, lo que le estaba pasando, lo que yo representaba, cómo se sentía con eso. 

II


- ¿Eso te pasa conmigo solamente? - le había preguntado, la madrugada del veinte de julio queriendo saber, sin juzgar. Pensé que yo era el problema, en un primer momento, por el caso de moral que le representé desde el comienzo. 

Negó con la cabeza. 

- Me pasa desde hace muchos años. Con mi familia es igual... - dijo solamente - Yo te juro que no soy una mala persona, no soy un tipo que te quiero hacer sufrir, ni que todo esto te lo estoy haciendo apropósito. Perdón - me había dicho - pero no puedo. 

Yo me había quedado callada. 

- No es que vos seas el problema. Al contrario. Te lo juro, es todo lo contrario, Veinte, vos no sos el problema acá. Soy yo el problema para vos, y no al revés, vos hacés todo bien, demasiado bien... - suspiró - Pero yo cuando tengo que decirle a alguien las cosas, no puedo - dictaminó - Eso no quiere decir que no siento, porque te juro que siento - me miró - Sí, no es como me decís vos; yo tengo sentimientos, siento, por dentro me pasan un montón de cosas a mí... Pero no puedo expresar el amor. No puedo... demostrar...  - se puso muy serio y miró para abajo. 

Me lo quedaría mirando con la sensación de que nunca iba a haber nada que se comparase con ese momento. Finalmente, me estaba abriendo su corazón, ya demasiado agrietado, capaz de recibirme sólo hasta el hall. 

-  A veces, está en que te pasen las cosas... - cuidé mis palabras. Me miró, sin comprender - A lo que voy es que, muchas veces, uno no puede estar con el corazón en la mano, pero la otra persona te ayuda a ir demostrando las cosas. Lo que pasa es que tendrías que querer, y me estás diciendo que ya no te querés hacer preguntas, y es medio difícil ver qué onda, así...  - dije, sin juzgar - Además, ojo, ésto te puede pasar conmigo... - le advertí - quizá, el día de mañana, con otra mina va todo re bien y te sale... 

Agachó la cabeza, negando despacio. 

- Hay cosas que salen y hay cosas que no, *** - dictaminé - Conmigo no te sale, aunque a mí me re salga con vos - me reí, amargamente - Mala suerte tuvimos en conocernos. 

Levantó la cabeza. 

- Me pasa con todo el mundo ésto (...) ¿Sabés? Más de una vez veo a las nenas o veo a lo veo a *** y me encantaría poder ir, darle un abrazo y decirle que lo amo. Pero no puedo. 
- Igual, él lo sabe - le diría yo - No es lo mismo que conmigo. Con él, lo va a saber toda la vida. Y, supongamos que tenga dudas, te mira a los ojos y se le van - le recordé. 

Me miró, extrañado. 

- A vos el cariño se te nota en los ojos. Siempre, cuando te miraba al principio, pensaba en eso. A vos hay que mirarte a los ojos, que ahí está la verdad de la milanesa...  - le confesé - Hay que prestar atención, nomás, no es tan difícil ver cómo te cambian los ojos cuando estás con tu hermano, se nota a dos kilómetros que lo querés. 

Sonrió, con un gesto agridulce. 
No se atrevió a mirarme. 

- Igual, no te sientas amenazado - lo cargué - no te voy a espiar. Entiendo a donde vas, pero conmigo no es así. 

Suspiró. 

- No te imaginas lo que es sentir un montón de cosas y no poder agarrar, hacer como él hace, y abrazarlo. O amar a una persona y no poder decírselo - se restregó la cara, enérgicamente - pero es así. A mí hace muchos años se me trabó algo (...) y no pude... no puedo arreglarlo para vos. 

- Está bien, no te justifiques - lo calmé - ¿Sabés lo que te pasa? Vos no me querés a mí. Y te juro que es una mierda hacer que te des cuenta de eso, pero sigo sosteniendo que debe ser por eso. 

Suspiró y negó con la cabeza. 

- No digas esas cosas... 
- Bueno, pero puede ser que sea eso. Yo no sé, ***, pero por momentos siento que te importo un carajo, que todo esto no te importa de la misma forma.  Por eso, necesito que me lo digas, para poder seguir adelante. 
- ¿Qué te diga qué cosa? 
- Que esto no te importa... - me reí, amargamente. 

Mofó. 

- Es que no es que no me importa... - tomó aire, con esfuerzo - Pero yo ya estoy grande para vos y, lo único que yo tengo claro, es que no quiero que sufras. Lo demás, o cómo me sienta yo, no me importa, pero lo que sí quiero evitar de cualquier forma es que vos sufras - me miró - Y no estoy en condiciones, no sé en realidad si estoy en condiciones de soportar que entre los dos las cosas salgan mal. Es muy difícil para mí abrirme, después de tantos años. ¿Y si sale mal, y si te lastimo? - me dijo, mirando al piso - Yo me muero. Te llega a pasar algo a vos, y yo me muero. Tenés toda la vida por delante, no quiero que sufras por mí. Vas a conocer a tipos mucho mejores. 

Me aguanté las ganas de llorar como una campeona. 
Hice silencio hasta disolver el nudo en la garganta. 

- Está bien, ***, yo entiendo. Dejá, no me expliques - suspiré - Y no me mandes con otro. Por favor. 

Me miró. 

- ¿Por qué decís eso? 
- Porque yo te quiero a vos; ése es el problema. No pasa porque yo solamente me quiero acostar con vos para sacarme las ganas, no, no es eso solo... Ojalá lo fuera, te digo, por cómo viene la mano porque es unnnn bajonnnn ésto  - le dije, por primera vez y me miró, haciéndome caras. 

Suspiré y bajé la cabeza, como si dejara a medias el argumento, por ser consciente de que no servía de nada planteárselo. 

- ¿Qué? - preguntó - Decilo, dale. 

- Que estoy enojada conmigo, por ser tan tarada - admití - Porque aún mismo en este momento, en el medio de toda esta mierda que estamos sacando, por un lado estoy muy enojada con vos, y estoy hecha mierda, pero por el otro, me pasa esto porque te quiero... mucho más de lo que pensaba - sacudí la cabeza - Ay, Dios - corrí la vista - Es una mierda esto. 

Me miró. 

- ¿Qué pasa? - le pregunté. 
- ¿Qué es lo que es una mierda? ¿Estar acá? ¿Hablar de ésto? ¿Qué?
- El amor, la vida, que es una mierda porque te pone delante a personas como vos y después te dice "mirá que no se puede, eh", cuando ya cagaste... - le dije - Pero bueno, hay que seguir adelante. Viviendo - suspiré. 

Nos miramos. 

- ¿Por qué me ponés esa cara? - pregunté - ¿A vos no te parece una mierda todo esto o soy yo que estoy loca oficialmente? 
- Sí. Es una mierda - suspiró - Yo sé que es una mierda. Pero... 
- voy a conocer a muchos jovenes en el futuro y por arte de magia se me va a revelar el Universo - musité - 
- ¿Por qué decís eso? - 
-  Porque lo estás pintando así, más o menos. 
- Porque es lo normal que pase eso. 
- ¿Y vos sólo pensás que puede pasar lo normal en la vida? - le pregunté, formalmente - Digo, acá, ésta charla entre nosotros, que la podamos tener con veinte años de diferencia, no es muy normal que digamos - le recordé - y como pasar, pasa. 
- Vos te merecés tener cosas mucho pero mucho mejores en tu vida. Ése es el tema. ¿Qué pensás, que es fácil para mí todo esto? Es muy difícil, yo siento que me voy a volver loco en cualquier momento, pero vos tenés que tener una vida normal. El día de mañana, tenés que poder formar una familia, tener hijos, un tipo al lado tuyo que te diga todo que sí. Vos te merecés éso, no menos. Vos no te ves, Veinte, no te das cuenta... Yo sé que no te das cuenta lo que sos... - admitió - pero el día que te des cuenta, mamita... Vas a elegir con el dedo al que querés que esté a tus pies - mofó -  La vida a vos te va a presentar un montón de cosas buenas. Vas a encontrarte con tipos que te convengan más, no porque sean jovenes, sino porque se van a poder quedar toda la vida con vos; van a disponer de la misma fuerza para enfrentar las cosasy, además, no te van a dejar sola; se van a poder quedar con vos toda la vida, porque no van a ser viejos como yo ¿entendés? Yo ya a mi edad no puedo hacer eso... No puedo permitir que esto pase, vas a sufrir -  dijo, solamente. 

Lo miré pensando que Él era, pese a todo, una de ellas. 

- No claro, ahora la estoy pasando bomba - espeté. 
- Haceme caso... - sonrió, levemente - Yo sé lo que te estoy diciendo. ¡Vos porque no te ves, si no...! 
- Sí, ya sé que sos un hombre experimentado y sabés cosasssss - ironicé - Igual no es el momento para decirme esto. Ahora, la verdad, a mi me dicen qué es el amor, y sos vos. No me importa el futuro, no quiero a otra persona y no es porque esté encaprichada, sino porque estoy... interesada en vos.  Y sí, ya lo sé - lo atajé - me tengo que despegar, olvidarme de vos, hacer mi vida y no darte bola, no verte, no hablar. 

Nos miramos, sonriendo amargamente, aunque se quedó callado. 

-  Bueno, tampoco para tanto... 
- ¿Te pensás que esto se resuelve de otra forma? 
- ¿No podemos ser amigos? ¿Está mal eso? 
- No, siempre y cuando, no nos estemos mirando con ganas todo el tiempo y el otro no nos cague la vida, supongo que no hay drama - ironicé. 

Se rió. 

- En serio te lo digo... 

Suspiré. 

- ¿Qué? Cantamelo, dale. 
- Que si yo me hubiera conformado y hubiera querido ser tu amiga, no habría hablado con vos. Y después no hubiera pasado nada de lo que pasó en esta casa - le recordé. 

Se quedó callado. 

- Yo sé eso. Pero estoy buscando que esto sea lo menos doloso y difícil para los dos. Podemos seguir siendo amigos. Siempre vas a poder contar conmigo para todo. Siempre voy a querer saber lo que me quieras decir. Lo que sea que te pase, voy a querer ayudarte. No sé, lo que vos quieras. 

Aguantaría las ganas de llorar. 

-  No mientas, ***. 
- ¿Por qué decís eso? Te lo digo en serio. Siempre voy a querer saber de vos, si estás bien, si tenés algún problema, si estás contenta, cómo estás...  - me explicó - No es que no me importa, Veinte, lo que pasa es que hay que buscar la forma de que sea menos doloroso para los dos ésto. 
- ¿Hay forma? - le pregunté. 
- Sí, obvio que sí - me insistió - ser amigos, por lo menos. ¿No te parece bien? ¿No es buena idea? 

Sonreí, levemente. 

- Cómo se nota que no te pasa nada conmigo - me tapé la boca con una mano y sacudí la cabeza. 

Negó. 

- ¿Sabés cuál es el tema? Yo sé cómo termina ésto, y es muy feo que las cosas terminen de una manera dolorosa, triste, que las personas no se hablan más. Es una mierda, no quiero que pase eso. 

Tomé aire. 

- ¿Cómo lo querés? 
- Bien. Que esté todo bien con vos. Siempre. Que no te pongas triste, ni llores, ni sufras. Y que no me odies, que no te enojes conmigo, porque no tuve malas intenciones. Al contrario. 
- Bueno... - asentí. 
- ¿Bueno, qué? 
- Que yo no te odio. Nunca te voy a odiar - confesaría - Yo me enojo con vos para poder... pasar ésto. 
- ¿No me odiás, no estás enojada conmigo? 

Negué con la cabeza. 

- En el fondo, yo soy incapaz de odiarte a vos. Sí, estoy re caliente, pero esto se me va a pasar y eso es lo peor. Porque todo lo que viene después del enojo, es una mierda tan grande... 
- Por eso, no es cuestión de no hablarse más, de enojarse, de terminar mal. Te matan, esas cosas. Va a ser mejor que esto lo pasemos de la mejor forma posible. 

Miraría para abajo. 

- ¿Cómo no te duele? 
- Me duele. 
- ¿Y cómo hacés? 
-  A la larga, vas a ver, es mejor terminar bien que mal. Siempre. 
- ¿Vos querés ser mi amigo, de verdad? - le preguntaría. 

Guardaría silencio. 

- Es un premio consuelo para mí, no es que yo no quiera. Por eso te lo digo. No te estoy cargando. 

Se me acercaría un poco. 

- Hay que buscar la manera menos dolorosa para aprender a vivir con lo que nos pasa - admitió - Nosotros vamos a tener que hacer eso, aprender a vivir con lo que nos pasa - buscaría aire - Hay que hacer el esfuerzo para que todo esto no sea más doloroso de lo que ya es - la cocina de esa casa, quedaría en silencio - Para mí esto es terrible. Te juro que no aguanto más. No puedo más. Por eso hay que sacarle dolor a esto, hacerlo menos triste de lo que ya es. 

III

El paralelismo estaba instalado. 

Aquél mediodía de agosto, en el afán de descargarme, y habiéndonos encontrando de casualidad en esa callecita vacía, sin embargo, cuando intentaba adjudicarme solamente un adjetivo que diera cuenta de sus verdaderos sentimientos, no podía.  Él también, a su manera, se hallaba frágil.  No importaba, de hecho, que fuera yo la persona que lo estuviera esperando del otro lado. Tampoco importaba que, desde ese lugar, todavía lo quisiera. No le resultaba colchón posible para confesarse. 

- No importa, dejalo así - le diría, para atajarlo - No la caguemos más, mejor.  


lunes, 23 de julio de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: Frágil I

Hacía poco, todavía, hacia muy poco. Menos de una semana había pasado desde la última vez en que lo había visto. Era la primera en que me veía llorar, en todo ese tipo, de tantos sobresaltos. Había estacionado su auto de casualidad muy cerca del lugar donde yo estaba sentada por puro azar, con las piernas un poco abiertas, escondiendo mi cabeza entre las rodillas. Vencida; así me sentía, vencida por las circunstancias, cargando el peso de muchas cosas que – de antemano, sabia- no iba a poder modificar. 



Con un semblante desconcertado, con su cuerpo justo y necesario, se quedó en silencio en esa misma vereda cuando me encontró. Me hizo varias preguntas, preocupado, y le aseguré que estaba bien, aunque le pedí que se fuera porque no quería ni que me viera así, ni mucho menos, que me consolara por dolores en los que había tenido mucho que ver, no desde la maldad, pero sí desde el haber sido desprolijo y escurridizo en su accionar.

- Anda. Por favor, esta es la que me falta, dale. Anda, en serio, ***  – insistí, con su apodo cariñoso.


Se me quedó mirando, estupefacto.

-           ¿Qué pasa, Veinte?
-           Nada, no es nada – me tragué las lágrimas a la fuerza y negué con la cabeza.
-          ¿Te sentís bien?
-           Sí, sí.

Me miró, de nuevo, dudando.

-         No me mientas. ¿Te pasó algo? Estás acá sentada, en la calle, ¿te pasó algo? Estás temblando.
-. No, no me pasó nada.
- ¿Y entonces por qué estás acá? Te puede pasar algo, no te podés venir a sentar acá sola. ¿Mirá si te llega a pasar algo, sos loca vos? – me surruró.

Respiré hondo.

-           Bueno, pero me senté acá. Anda a tu casa, nos encontramos de casualidad, ni sabía que estabas acá… – me queje – Si no, obvio, no voy a llorarte al lado del auto.

Se acercó un poco más.

-           No, para… - se atajo – Perdón, no lo digo mal. Es que es peligroso que estés acá sola,  sentada, así… ¿Qué te pasa? Estás llorando…¿o no?

Sacudí la cabeza.

-           Volvió la ansiedad – le anuncié – Dentro de diez o quince minutos se me pasa. Eso nomás. ¿Por qué no te vas a tu casa, mejor? Es re deprimente que estés acá.
                                                              
Sonrió, muy levemente.

-           Bueno, pero vos tranquila… ¿sí?  – me atajo – Tratá de calmarte, de pensar en otra cosa, así te ayuda … ¿eh? – me preguntó, de refilón -
-            – Ya estoy mejor, en serio – me aguanté -  Por favor te lo pido, ***, todo bien con vos, pero anda a tu casa. Dejame sola.

Se negó, inflexible y se sentó a mi lado.

-           ¡No! ¿Vos estás loca? ¡Ni en pedo, ni en pedo, ni loco! – exclamó - ¿Qué te deje sola, acá, sola? ¿Estás loca, Veinte? No me voy a ir un carajo.

Lo mire, sin ganas de pelear, intentando empezar a llevarme mejor con mi cuerpo para poder irme sola cuanto antes, ya que Él no se quería ir.

-           Shhh – lo calme - ¿Podes esperar un cachito? Calmate, relájate – me tome un momento de paz – Me siento mejor, en cinco minutos, estoy nueva. Ya se me pasa, no empieces… Andate, por favor. No me estas ayudando. Te prometo que cuando me sienta mejor, me voy. No me voy a quedar sola acá, andá tranquilo, ***-

Suspiro y se quedo callado, copiando mi expresión, aunque sin una especie de ataque de ansiedad, es decir, la representación de la angustia sobre el cuerpo, usándolo como escenario.

-           No me voy a ir – susurro, más calmo.

Me quedé mirando la vereda, con la cabeza gacha.
-           ¿Para que te queres quedar? Yo no quiero que vos, precisamente, me veas así – le confesé.
       - Sonsa, por favor, no pasa nada conmigo… – sonrió -  ¿Qué me importa eso? Conmigo está todo bien, siempre. No pasa nada. Soy yo ¿o te olvidaste?

Mofé.

-           Sos vos, justamente – musite, sin mirarlo y me quede un rato en silencio . Una vez más repuesta, le insistí: Andate, por favor. Anda a tu casa. En serio. Yo sé cómo es esto, es un proceso, no quiero que te quedes.

Me miró, serio.

-           Yo  no me voy a ir. No voy a dejarte sola acá. ¿Estás en pedo? Me muero si te llega a pasar algo… - suspiró, rascándose la barba.

Lo miré a la distancia, con cierto resentimiento.

-           Vos te morirás pero yo no quiero que te quedes conmigo. En ésta situación no… no me sumas – le dije, sin intención de herirlo, pero sí, de espantarlo.  Sin responder nada a esa ofensa,  se acomodo a mi lado. Se saco el celular del bolsillo, para no aplastarlo, y su mirada se perdió en la calle vacía, muy cerca de nosotros.

Fue la primera vez donde me sentí tan vulnerable al lado de una persona. Lo miré, por eso, esperando a que se arrepintiera – de la misma forma en que se había arrepentido de todo lo demás -, y se dispusiera a retirarse. Sin embargo, cuando mis propios síntomas se hicieron un poco más intensos momentáneamente, me puse a mirar las hojas tiradas en la vereda sucia y todavía otoñal. Me puse a mirar las hojas con detalle, para intentar pensar en otra cosa y respirar mejor, para evitarme mirarlo.

 Él, en cambio se acomodó muy cerca de mi, mientras me sacaba restos de hojas secas que tenia en las calzas, con ternura. Me miraba de una forma muy fuerte, pero yo no tenía fuerzas para corresponderlo. No lo podía mirar a los ojos, pero si miraba sus manos perfectas componerme, como si fuera una muñeca vieja, al mismo tiempo que sacaba el resto de maquillaje corrido de mis mejillas, con sus pulgares.

Eso era, sin ir más lejos, y sin haberlo planeado en lo absoluto, la demostración concreta de cómo me sentía por dentro después de todo lo que me había dicho, y de todo lo que había pasado. Él sentía pero no podía. Él estaba aterrado ante la idea de hacerme daño y no podía permitirme que me acercase, pero al mismo tiempo, no podía controlarlo. Él sentía, “cómo no iba a sentir conmigo” pero no podía. Él era un cobarde y ya no tenía la fuerza para arriesgarse a tener una relación con una chica de diecinueve años.  Esa chica, por otra parte, era yo. Y un par de semanas luego de ésa despedida, empezaba a caerme la ficha de muchísimas cosas que nunca iba a ser capaz de modificar. Una de ellas, sin ir más lejos, era el que todo lo nuestro se hubiera acabado.  

-           ***,  por favor – cerré los ojos – no me toques.
-        Pero… - suspiró.
-       No te acerques ahora, por favor – le expliqué.

Saco sus manos de mi ropa, pero no se alejo ni un centímetro de mi lado. Pasamos un rato en silencio, mientras yo me reponía y secretamente también esperaba que se fuera.

-           ¿Qué, te vas a quedar? ¿De verdad te vas a quedar hasta que me vaya a mi casa, no me podés dejar sola? – le pregunte, fastidiada.

Me miró, por encima de su hombro.

-           Si yo me voy de acá, es con vos – sonrió -  Te venis conmigo, vamos a donde quieras; pero acá no te dejo ni en pedo. ¿Por qué te querés quedar sola? No seas cabezadura, dale – insistió.
-           Yo no me quiero ir, ni tampoco me quiero quedar sola acá porque esté loca, quiero que vos te vayas, poder llorar dos segundos en paz e irme a mi casa – le expliqué – En mi casa preocupo a todos si hago esto. Por eso estoy acá. Me arreglo mejor sola.

Me escuchó, con cautela.

-           No te vas a quedar acá sola. O nos quedamos los dos, acá, o nos vamos los dos para donde vos quieras… – argumento.

Le sonó el teléfono por novena vez.  Lo cortó, sin siquiera mirarlo.

-           Ay, en serio ***, te están llamando hace dos horas. Andate a tu casa, a comer con tu mama, te está esperando seguro. A mi, por favor te lo pido, dejame de joder.

Sonrió, levemente.
-           No – dijo, inflexible - No me interesa mi vieja ahora, ni me interesa comer. Puede esperar todo – insistió- ¿No querés venir a comer comingo? – me preguntó.


Lo mire por un momento, incrédula.  Cierto, claro, que me sentía de lo mejor y estaba sumamente presentable para ir a almorzar con su familia.

-           No, no quiero ir a comer. ¿Por qué vos estás empeñado en que te queres quedar aca? Ya me siento mejor, en serio – le aseguré.
-           ¿No entendés? Yo me voy a quedar aca con vos, hasta que aceptes venir – me explico – Te juro, no me importa si estamos dos horas…  – hizo la señal del juramento un poco torcida, con cara de bueno – Te juro que no te molesto. Me quedo acá, callado, quieto, como vos quieras… Pero no me eches – me pidió
.
Suspire y me quede en silencio, esperando que la angustia mermara, que tuviera fuerzas de nuevo para levantarme y conducirme con normalidad. Pasaron unos cuantos minutos en donde no hablamos, ni siquiera, nos miramos. Era, efectivamente, estar pero no estar sola, más bien, todo lo contrario.

Luego de un largo silencio, me dijo:

- Escuchame, no tenes que venirte aca. ¡Me querés decir que hacés acá sola! ¿Por qué no te quejaste con mi papa y conmigo? Mi viejo te invito a tomar algo, con los dos, ¿por que no te quedaste a tomar un café, aunque sea, con nosotros? – me preguntó, con tono de reproche -  Me decias a mi, te llevaba a tu casa si querías, no se, me decias si te sentías mal – lo frené.

Lo miré por unos instantes.

-           ¿A vos te voy a decir, ***? ¿Justo a vos? Escuchate un poco.  Me sentía mal, necesitaba estar sola y me iba a quedar tomando algo con tu papa y con vos, justamente, pero no me dio la cara para quedarme. ¿No te das cuenta que no quería que me veas mal y por eso me fui? No quiero que me ayudes, ni tomarme un café con ustedes, ni que me veas destruida, aunque yo lo re quiero a tu papá y quería ir. – suspiré - Soy una piba fuerte, a mi no me gusta que la gente me vea asi y de vos ni hablar – musite – Odio que la gente me tenga lástima.

Mofó, sonoramente.
-           Pero, escuchame, ¿por qué no me dijiste? … - suspiro – Si necesitabas hablar de algo o si estabas triste, me hubieras dicho, zonza, e íbamos a algún lado. Nos tomábamos algo los dos, nos reíamos un rato ¿eh? ¿Por qué no me dijiste?

Lo mire, como si no lo entendiera del todo. Nosotros acabábamos de terminar las cosas por un montón de motivaciones adversas, entre las cuales, estaba su incapacidad de expresar sentimientos, el ataque de moral por la diferencia abultada de edad, lo mucho que yo le gustaba, la culpa que eso le generaba, el miedo a hacerme daño, el miedo, en general, sobre lo que representaba encarar una relación con una chica de mi edad, llevándome El tantos años. ¿Y me decía de ir a tomar algo ante la primera adversidad, ante mi primer desmoronamiento? Así, no íbamos a poder separar las cosas y a nosotros mismos, nunca.

-            Es que yo no te voy a ir a decir nada. ¿No entendés que no quiero que me veas así?  Me sentía mareada, por eso me senté acá, no estoy para el psiquiátrico – ironice.

Suspiro.

-           Ya lo sé, ya sé eso yo… - me miro, dulcemente –Por favor, dejá que te lleve a tu casa, por favor, no estás bien, estas llorando acá, sola, no está bien… - susurro.

Apoye la cabeza contra el marco de la puerta de entrada, a la derecha del escalón, donde estaba sentada.  Me pesaba bastante el cuerpo, agarrotado, y no lo podía mover pese a que ya pudiera hablar bastante más que unos minutos antes.

-           Yo estas cosas las paso sola *** - le explique – Por eso, como me conozco el cuerpo mejor que nadie, sabia donde me tenía que sentar, que me pasa si contengo el estrés y que me hace bien llorar. Aunque le quiera poner onda la vida se me esta cayendo a pedazos, se ve, porque si no esto no me pasaría.  Vine aca, no porque estoy loca, sino porque no quiero que nadie me vea en esta situación de mierda, que lo ultimo que me da es dignidad – me limpie la cara - ¿Y que me pasa, la puta madre? ¡A vos, te cruzo, a vos precisamente! – exclamé, sórdida.

Sacudí la cabeza, indignada.

-           Ay, pero si soy yo… ¿Qué tiene de malo? - se quedo mirándome - ¿Qué te pasa, me vas a contar? ¿Puedo saber?

Negué con la cabeza.

-           Veinte, yo te juro que entiendo que soy la ultima persona con la que queres hablar, yo te aseguro que lo sé; pero por favor, contame.

Suspiré y se me empezaron a caer las lágrimas de los ojos, sin que pudiera controlarlo. Empecé, supongo que por orgullo, a esconder mi cara mientras Él me iba secando las lágrimas, en silencio.  No tenia ganas de hablar, solamente, tenía ganas de llorar y no había encontrado otro momento ni otro lugar para hacerlo. ¿Qué iba a decirle a mis padres, si me veían llorar de esa manera? ¿Como los iba a tranquilizar después? ¿Qué le iba a decir a mi mejor amiga, que se iba a contagiar de mi pena e iba a llorar conmigo? ¿Qué podría decirle a mi padre, sabedor más que mi madre sobre los posibles motivos, si me veía llorar como una descocida?  Nadie iba a creer que El no tenía la culpa, nadie iba a creer que era una acumulación de cosas. Nadie iba a limitarse a lo indispensable: pocas preguntas y un buen abrazo, hasta que se me pasara la luna, hasta que se mitigara la angustia que estaba usando mi cuerpo para su expresión.   Pero ni siquiera Él, era capaz de entender que o me lanzaba a llorar a sus brazos o terminaba de apretar la herida, para que supure, hasta el final.

De pronto, contra todo pronóstico, me escuché decirle:

-           No pego una. Estoy muy cansada, te lo juro, no puedo más – sacudí la cabeza -  Últimamente, no puedo hacerme cargo de nada, y todo me sale como el culo – le confesé – Y, además, ahora me siento una pelotuda, llorando aca, con vos. Deberia poder con todo, y punto. Yo soy una piba fuerte, no me puede estar pasando algo asi – le explique – Soy una persona fuerte, que dice la verdad, que se hace cargo. No puedo estar perdiendo el tiempo, llorando. No puedo estar acá, llorando como una pelotuda, si tengo diecinueve años. ¿Qué me queda, si no el día de mañana? No voy a tener toda la vida diecinueve años, tengo que aprovechar, no llorar – me queje – Y te das cuenta que no me sale nada. Lloro igual, me sale todo como el culo, te encuentro, me ves toda demacrada y horrible – suspiré – Envidio a mi propia suerte ¿sabés?

Se rió, levemente.

-           Primero que nada, cabezona tremenda, no sos una pelotuda por llorar, y segundo, no estas perdiendo el tiempo. Estas triste,  eso es lo que pasa. Y si, es una mierda pasarla mal, pero no va a ser siempre así para vos. Estás triste, y bueno, esas cosas pasan… No sos boluda ni nada… - me sonrió -  ¿Qué pasa, que es lo que te tiene así?

Lo mire con un fuerte dejo de ironía y El entendió el concepto sin chistar.

-          No quiero hablar con vos, precisamente, del tema.
-          Yo ya lo sé, ya me lo imaginé que no querés hablar conmigo de nada… - vaciló – pero contame. Algo. Algo aunque sea de lo que te pasa, algo – insistió.

“Algo de todo este desastre que no tenga que ver con vos, claro “ me dije, con sorna.


-           La facultad de Letras no es lo que yo esperaba. No doy abasto con todo. No me alcanzan las horas del día, y siempre, se me está cayendo la carrera que amo en la cabeza. ¿Te das cuenta? Siempre quise estudiar esto, boludo. Cuando era mas chica, todavía iba al colegio, y estaba segura de que esto era. ¿Y ahora que hago? Ahora que lo tengo, no lo disfruto, me pongo nerviosa, me estreso, padezco esto que antes me importaba tanto. ¿Qué mas quiero, decime? No valoro todo lo que hacen por mi mis viejos, mis hermanas; mi familia me quiere. Se ponen mal si me ven asi, se preocupan mucho. No quiero que me vean mal. Ellos la pasan mal si estoy asi, y yo soy una pelotuda que lloro. ¿Dónde viste que los problemas se resuelvan llorando con vos? – me queje.

Sonrió, levemente. Luego de mirarme como si no me conociera, me sonrió con la misma dulzura. Atormentado, recién en ese instante pareció darse cuenta que, aunque fuera tímida, aunque fuera diplomática y aunque hubiera sabido ser inesperadamente dulce consigo; en el fondo, yo también era blanda igual que un pedazo de pan remojado en la leche, como los que se usan para hacer budín.

-           No sos una pelotuda – susurró – Lo primero que tenes que hacer es calmarte con la facultad, bajar un par de cambios. A vos te encanta esto, Veinte, se nota que te encanta. Sos muy capaz para lo que estudias, pero te pones nerviosa, al re pedo. Te vas a recibir, estoy seguro, pero si estas mal, no, no te va a salir nada. Estás triste, ahora, y es normal si sentís que no podés, pero tomalo con calma– suspiro – Lo más importante de todo, de todo, es que vos estés bien. En serio, eso siempre va a ser lo más importante de todo, para todos lo que te quieren. Tu familia, si a vos te ve bien, no se va a preocupar por vos, ellos se preocupan porque no te ven bien, porque te quieren. Es normal. No lo vas a poder evitar, y si lo querés evitar, te vas a tener que ocupar de vos, primero…  – me explico – Sobre la carrera, no la sufras, zonza.  Disfrutala, si te encanta esto, se re nota; disfrutala. ¿Qué cambia que te recibas mas tarde? ¿Cuánto más tarde la podés terminar? No pasa nada. Nada cambia, no pasa nada… Creéme – sonrio – Y escuchame una cosa – me advirtió – frenar, de vez en cuando, esta bien. No estas perdiendo el tiempo. Asi que si necesitas frenar, reconsiderar las cosas, ver que queres hacer, pausar la carrera por un tiempo, hasta que estes mejor, hacelo ¿estamos? – insistió – Necesitás estar bien, antes que nada; antes que la facultad o los demás. Si no, no va la cosa…

Lo escuché atentamente. Suspiré, buscando aire.

-           Vos no entendes *** - le dije, sin querer atacarlo – Yo soy una persona muy lenta, en muchos aspectos hago todo al revés a lo que tendría que hacer, vos me conocés; , pero si hay algo que me importa es tener mis cosas el dia de mañana y cuidar de mi gente. Eso es lo único que me importa, ahora: mi familia, mis amigos, y ocuparme de mi carrera. Yo no la quiero dejar, no, la quiero seguir pero no puedo con ella, y me da bronca. Quiero cumplir el objetivo que me pacte, poder tener una profesión, ayudar a mi familia, comprarme libros de Cortazar – lo mire, con una sonrisa amarga – No estar llorando acá, con vos, como una boluda…

-           Y daaaaleeee con lo de la boluda, dale – sacudió la cabeza - Vas a poder hacer todo eso, todo lo que quieras. Te vas a recibir, vas a poder tener todo lo que quieras el dia de mañana y ayudar a tus viejos y todo eso, que esta re bien – me calmó - Pero antes, ponete bien vos, date el tiempo. No puede ser que estes mal vos y pienses en los demás, no puede ser que seas así– sonrió.

Lo mire, sonriendo muy levemente.

-           Suelo ser bastante pero bastante boluda, a veces – musite – Mirame aca, por ejemplo, cortando hojas con vos, llorando como una boluda… ¿Me decis que tiene de normal?
-           ¿Cuándo vas a dejar de castigarte? ¡Por favor, deja de castigarte un poco! – junto las manos, pidiéndomelo – No sos ninguna boluda, todo lo contrario. Te estas castigando un montón. Para un poco, para un poquito, haceme el favor. ¿Sabes quien pareces, asi? ¡El de La Pasion de Cristo, la viste? – lo mire y sacudi la cabeza

Sonrió e hizo una parodia del protagonista dándose latigazos en la espalda ensangrentada.

-           ¿Qué tengo que decir yo, entonces? – me miro, fijamente, durante largos momentos  – Mirame, acá estoy, hecho mierda, a los cuarenta y dos años… - vaciló – Y sí, estamos acá sentados, los dos – musito, y se quedó callado – ¿Sabés una cosa, no? Nosotros dos somos muy tercos.

Lo miré, sorprendida por esa reflexión.

-           No estás hecho mierda… - musite – No empecemos con eso, por favor. Sabes cual es mi punto de vista sobre eso. No empieces – lo frené.

Chasqueó la lengua.

-           Veinte, tengo que operarme de una rodilla y no me opero; me tendría que cuidar con la comida, y no lo hago; sí, estoy re hecho mierda – insistió.

-           Te podes operar – le recordé-  y comer mejor, más sanito. En serio te lo digo, yo creo que vos podés hacerlo …. – le confesé - Estas a tiempo, todavía, de todo lo que quieras hacer, estas a tiempo – dije.

No lo mire. Ya no sabía de que o quienes estamos hablando. Si su rodilla era también nosotros dos, si todo lo que sentía que no podía hacer por ella, era lo que quedaría pendiente para siempre, en nosotros.

-           No, es demasiado tarde, ya. Ya está. Ya pasó… – me dijo.
-           No, nunca es demasiado tarde. Es tu salud y tenes que hacer todo por vos – argumente – Tomate unas vacaciones en el trabajo, anda al medico, dale. Operate, no tengas miedo – lo alenté, imprevistamente -  No te va a pasar nada malo, vas a estar re bien, no te va a doler después.  Mil veces te dije lo de la obra social, aprovecha, tonto – suspiré – Y, de verdad, vos no estás hecho mierda ni en pedo…  - me lo quedé mirando, largamente. Me di cuenta que estaba discurriendo los límites – Ay, Dios. Mejor me callo, sino, soy la pelotuda del año… - me tape la cara con las manos. Tome aire, porque todo era demasiado cotidiano, demasiado  parecido a lo anterior, demasiado nosotros.
-           No, no sos una pelotuda – me dijo, sin mirarme – Somos muy tercos nosotros dos, muy tercos, los dos.
-           Vos no me vas a decir la verdad, en esta situación de mierda. Te conozco. Es mas, me dijiste cada boludez desde que estamos acá, pero nada malo. No sé qué te pasa. Quedate tranquilo, en serio, miles de veces me paso algo asi. No es la muerte, las paso sola, para que no se asusten. No estoy invalida.

Sonrió, brevemente.
-           No es la muerte, no es la muerte – me burlo y lo mire, intentando apaciguar mis temblores que se iban apagando como las ultimas brasas de un incendio emocional.
-           No te pongas en boludo, por favor.
-           Al contrario. Me voy a poner en boludo hasta que se te pase todo esto. Voy a decir todas las boludeces del mundo para que te rias, no llores, me cantes las cuarenta de nuevo – sonrio, pensativo – Vas a ver que te voy a terminar ganando y vas a querer venir conmigo.
-           Suelo ser media boluda, si.
-           No, vos no sos boluda, no digas esas cosas... Boluda no … – miro para abajo – Vos sos… - susurro y lo mire, asombrada por su silencio, porque especulaba con que terminara la frase y se había quedado congelado, mirando el piso. 

Cuando le busque los ojos, me di cuenta que  se había puesto muy serio y ahora la que estaba preocupada era yo. Otra vez, esperé, mirándolo algo asustada. Espere con muchísimo dolor, porque no pudiera encontrarme siquiera un mísero adjetivo. Sacudió la cabeza, levantándola, y me hizo un gesto que fue mitad apertura de manos y mitad sacudida de cabeza, como si no encontrara las palabras precisas, como si fuese mucho, o grande o demasiado; o quizá nadie, importante para el caso. 

-         - Sí, boludo, yo soy  … media boluda, ya lo se,  no me lo digas, media boluda – lo mire, y le sonreí con la misma compasión que El me estaba teniendo, para llenarle ese vacío.


Esa jornada no termino allí. Pero después de ese mediodía de agosto, nada volvió a ser igual. Un año antes acabábamos de conocernos; y un año después, habíamos pasado tantas cosas, que hasta me podía ver llorar sin espantarse del todo.

*imagen ilustrativa.