Hacía
poco, todavía, hacia muy poco. Menos de una semana había pasado desde la última
vez en que lo había visto. Era
la primera en que me veía llorar, en todo ese tipo, de tantos sobresaltos.
Había estacionado su auto de casualidad muy cerca del lugar donde yo estaba
sentada por puro azar, con las piernas un poco abiertas,
escondiendo mi cabeza entre las rodillas. Vencida; así me sentía, vencida por
las circunstancias, cargando el peso de muchas cosas que – de antemano, sabia-
no iba a poder modificar.
Con
un semblante desconcertado, con su cuerpo justo y necesario, se quedó en silencio en esa misma vereda cuando me encontró. Me
hizo varias preguntas, preocupado, y le aseguré que estaba bien, aunque le pedí
que se fuera porque no quería ni que me viera así, ni mucho menos, que me
consolara por dolores en los que había tenido mucho que ver, no desde la
maldad, pero sí desde el haber sido desprolijo y escurridizo en su accionar.
-
Anda. Por favor, esta es la que me falta, dale. Anda, en serio, *** – insistí, con su apodo cariñoso.
Se
me quedó mirando, estupefacto.
- ¿Qué
pasa, Veinte?
- Nada, no es nada – me tragué las
lágrimas a la fuerza y negué con la cabeza.
- ¿Te sentís bien?
- Sí, sí.
Me
miró, de nuevo, dudando.
- No me mientas. ¿Te pasó algo? Estás acá
sentada, en la calle, ¿te pasó algo? Estás temblando.
-.
No, no me pasó nada.
-
¿Y entonces por qué estás acá? Te puede pasar algo, no te podés venir a sentar
acá sola. ¿Mirá si te llega a pasar algo, sos loca vos? – me surruró.
Respiré
hondo.
- Bueno,
pero me senté acá. Anda a tu casa, nos encontramos de casualidad, ni sabía que
estabas acá… – me queje – Si no, obvio, no voy a llorarte al lado del auto.
Se
acercó un poco más.
- No,
para… - se atajo – Perdón, no lo digo mal. Es que es peligroso que estés acá
sola, sentada, así… ¿Qué te pasa? Estás
llorando…¿o no?
Sacudí
la cabeza.
- Volvió
la ansiedad – le anuncié – Dentro de diez o quince minutos se me pasa. Eso
nomás. ¿Por qué no te vas a tu casa, mejor? Es re deprimente que estés acá.
Sonrió,
muy levemente.
- Bueno,
pero vos tranquila… ¿sí? – me atajo –
Tratá de calmarte, de pensar en otra cosa, así te ayuda … ¿eh? – me preguntó,
de refilón -
- –
Ya estoy mejor, en serio – me aguanté - Por favor te lo pido, ***, todo bien con vos,
pero anda a tu casa. Dejame sola.
Se
negó, inflexible y se sentó a mi lado.
- ¡No!
¿Vos estás loca? ¡Ni en pedo, ni en pedo, ni loco! – exclamó - ¿Qué te deje
sola, acá, sola? ¿Estás loca, Veinte? No me voy a ir un carajo.
Lo
mire, sin ganas de pelear, intentando empezar a llevarme mejor con mi cuerpo
para poder irme sola cuanto antes, ya que Él no se quería ir.
- Shhh
– lo calme - ¿Podes esperar un cachito? Calmate, relájate – me tome un momento
de paz – Me siento mejor, en cinco minutos, estoy nueva. Ya se me pasa, no
empieces… Andate, por favor. No me estas ayudando.
Te prometo que cuando me sienta mejor, me voy. No me voy a quedar sola acá,
andá tranquilo, ***-
Suspiro
y se quedo callado, copiando mi expresión, aunque sin una especie de ataque de ansiedad,
es decir, la representación de la angustia sobre el cuerpo, usándolo como
escenario.
- No
me voy a ir – susurro, más calmo.
Me
quedé mirando la vereda, con la cabeza gacha.
- ¿Para
que te queres quedar? Yo no quiero que vos, precisamente, me veas así – le confesé.
- Sonsa,
por favor, no pasa nada conmigo… – sonrió - ¿Qué me importa eso? Conmigo
está todo bien, siempre. No pasa nada. Soy yo ¿o te olvidaste?
Mofé.
- Sos
vos, justamente – musite, sin mirarlo y me quede un rato en silencio . Una vez
más repuesta, le insistí: Andate, por favor. Anda a tu casa.
En serio. Yo sé cómo es esto, es un proceso, no quiero que te quedes.
Me
miró, serio.
- Yo
no me voy a ir. No voy a dejarte sola
acá. ¿Estás en pedo? Me muero si te llega a pasar algo… - suspiró, rascándose
la barba.
Lo
miré a la distancia, con cierto resentimiento.
- Vos
te morirás pero yo no quiero que te quedes conmigo. En ésta situación no… no me
sumas – le dije, sin intención de herirlo, pero sí, de espantarlo. Sin responder nada a esa ofensa, se acomodo a mi lado. Se saco el celular del
bolsillo, para no aplastarlo, y su mirada se perdió en la calle vacía, muy
cerca de nosotros.
Fue
la primera vez donde me sentí tan vulnerable al lado de una persona. Lo miré,
por eso, esperando a que se arrepintiera – de la misma forma en que se había
arrepentido de todo lo demás -, y se dispusiera a retirarse. Sin embargo,
cuando mis propios síntomas se hicieron un poco más intensos momentáneamente, me
puse a mirar las hojas tiradas en la vereda sucia y todavía otoñal. Me puse a
mirar las hojas con detalle, para intentar pensar en otra cosa y respirar
mejor, para evitarme mirarlo.
Él, en cambio se acomodó muy cerca de mi,
mientras me sacaba restos de hojas secas que tenia en las calzas, con ternura. Me
miraba de una forma muy fuerte, pero yo no tenía fuerzas para corresponderlo. No
lo podía mirar a los ojos, pero si miraba sus manos perfectas componerme, como
si fuera una muñeca vieja, al mismo tiempo que sacaba el resto de maquillaje
corrido de mis mejillas, con sus pulgares.
Eso
era, sin ir más lejos, y sin haberlo planeado en lo absoluto, la demostración
concreta de cómo me sentía por dentro después de todo lo que me había dicho, y de
todo lo que había pasado. Él sentía pero no podía. Él estaba aterrado ante la
idea de hacerme daño y no podía permitirme que me acercase, pero al mismo tiempo,
no podía controlarlo. Él sentía, “cómo no iba a sentir conmigo” pero no podía.
Él era un cobarde y ya no tenía la fuerza para arriesgarse a tener una relación
con una chica de diecinueve años. Esa
chica, por otra parte, era yo. Y un par de semanas luego de ésa despedida,
empezaba a caerme la ficha de muchísimas cosas que nunca iba a ser capaz de modificar.
Una de ellas, sin ir más lejos, era el que todo lo nuestro se hubiera acabado.
- ***,
por favor – cerré los ojos – no me
toques.
- Pero… - suspiró.
- No te acerques ahora, por favor – le expliqué.
Saco
sus manos de mi ropa, pero no se alejo ni un centímetro de mi lado. Pasamos un
rato en silencio, mientras yo me reponía y secretamente también esperaba que se
fuera.
- ¿Qué,
te vas a quedar? ¿De verdad te vas a quedar hasta que me vaya a mi casa, no me
podés dejar sola? – le pregunte, fastidiada.
Me
miró, por encima de su hombro.
- Si
yo me voy de acá, es con vos – sonrió -
Te venis conmigo, vamos a donde quieras; pero acá no te dejo ni en pedo.
¿Por qué te querés quedar sola? No seas cabezadura, dale – insistió.
- Yo
no me quiero ir, ni tampoco me quiero quedar sola acá porque esté loca, quiero
que vos te vayas, poder llorar dos segundos en paz e irme a mi casa – le expliqué
– En mi casa preocupo a todos si hago esto. Por eso estoy acá. Me arreglo mejor
sola.
Me
escuchó, con cautela.
- No
te vas a quedar acá sola. O nos quedamos los dos, acá, o nos vamos los dos para
donde vos quieras… – argumento.
Le
sonó el teléfono por novena vez. Lo
cortó, sin siquiera mirarlo.
- Ay,
en serio ***, te están llamando hace dos horas. Andate a tu casa, a comer con
tu mama, te está esperando seguro. A mi, por favor te lo pido, dejame de joder.
Sonrió,
levemente.
- No
– dijo, inflexible - No me interesa mi vieja ahora, ni me interesa comer. Puede
esperar todo – insistió-
¿No querés venir a comer comingo? – me preguntó.
Lo
mire por un momento, incrédula. Cierto,
claro, que me sentía de lo mejor y estaba sumamente presentable para ir a
almorzar con su familia.
- No,
no quiero ir a comer. ¿Por qué vos estás empeñado en que te queres quedar aca?
Ya me siento mejor, en serio – le aseguré.
- ¿No
entendés? Yo me voy a quedar aca con vos, hasta que aceptes venir – me explico
– Te juro, no me importa si estamos dos horas… – hizo la señal del juramento un poco torcida,
con cara de bueno – Te juro que no te molesto. Me quedo acá, callado, quieto,
como vos quieras… Pero no me eches – me pidió
.
Suspire
y me quede en silencio, esperando que la angustia mermara, que tuviera fuerzas
de nuevo para levantarme y conducirme con normalidad.
Pasaron unos cuantos minutos en donde no hablamos, ni siquiera, nos miramos.
Era, efectivamente, estar pero no estar sola, más bien, todo lo contrario.
Luego
de un largo silencio, me dijo:
-
Escuchame, no tenes que venirte aca. ¡Me querés decir que hacés acá sola! ¿Por
qué no te quejaste con mi papa y conmigo? Mi viejo te invito a tomar algo, con
los dos, ¿por que no te quedaste a tomar un café, aunque sea, con nosotros? –
me preguntó, con tono de reproche - Me
decias a mi, te llevaba a tu casa si querías, no se, me decias si te sentías
mal – lo frené.
Lo
miré por unos instantes.
- ¿A
vos te voy a decir, ***? ¿Justo a vos? Escuchate un poco. Me sentía mal,
necesitaba estar sola y me iba a quedar tomando algo con tu papa y con vos,
justamente, pero no me dio la cara para quedarme. ¿No te das cuenta que no
quería que me veas mal y por eso me fui? No quiero que me ayudes, ni tomarme un
café con ustedes, ni que me veas destruida, aunque yo lo re quiero a tu papá y
quería ir. – suspiré - Soy una piba fuerte, a mi no me gusta que la gente me
vea asi y de vos ni hablar – musite – Odio que la gente me tenga lástima.
Mofó,
sonoramente.
- Pero,
escuchame, ¿por qué no me dijiste? … - suspiro – Si necesitabas hablar de algo
o si estabas triste, me hubieras dicho, zonza, e íbamos a algún lado. Nos
tomábamos algo los dos, nos reíamos un rato ¿eh?
¿Por qué no me dijiste?
Lo
mire, como si no lo entendiera del todo. Nosotros acabábamos de terminar las
cosas por un montón de motivaciones adversas, entre las cuales, estaba su
incapacidad de expresar sentimientos, el ataque de moral por la diferencia
abultada de edad, lo mucho que yo le gustaba, la culpa que eso le generaba, el
miedo a hacerme daño, el miedo, en general, sobre lo que representaba encarar una
relación con una chica de mi edad, llevándome El tantos años.
¿Y me decía de ir a tomar algo ante la primera adversidad, ante mi primer
desmoronamiento? Así, no íbamos a poder separar las cosas y a nosotros mismos,
nunca.
- Es
que yo no te voy a ir a decir nada. ¿No entendés que no quiero que me veas así?
Me sentía mareada, por eso me senté acá,
no estoy para el psiquiátrico – ironice.
Suspiro.
- Ya
lo sé, ya sé eso yo… - me miro, dulcemente –Por favor, dejá que te lleve a tu
casa, por favor, no estás bien, estas llorando acá, sola, no está bien… -
susurro.
Apoye
la cabeza contra el marco de la puerta de entrada, a la derecha del escalón,
donde estaba sentada. Me
pesaba bastante el cuerpo, agarrotado, y no lo podía mover pese a que ya pudiera
hablar bastante más que unos minutos antes.
- Yo
estas cosas las paso sola *** - le explique – Por eso, como me conozco el
cuerpo mejor que nadie, sabia donde me tenía que sentar, que me pasa si
contengo el estrés y que me hace bien llorar. Aunque le quiera poner onda la
vida se me esta cayendo a pedazos, se ve, porque si no esto no me pasaría.
Vine aca, no porque estoy loca, sino porque no quiero que nadie me vea en
esta situación de mierda, que lo ultimo que me da es dignidad – me limpie la
cara - ¿Y que me pasa, la puta madre? ¡A vos, te cruzo, a vos precisamente! –
exclamé, sórdida.
Sacudí
la cabeza, indignada.
- Ay,
pero si soy yo… ¿Qué tiene de malo? - se quedo mirándome - ¿Qué te pasa, me vas
a contar? ¿Puedo saber?
Negué
con la cabeza.
- Veinte,
yo te juro que entiendo que soy la ultima persona con la que queres hablar, yo
te aseguro que lo sé; pero por favor, contame.
Suspiré
y se me empezaron a caer las lágrimas de los ojos, sin que pudiera controlarlo.
Empecé, supongo que por orgullo, a esconder mi cara mientras Él me iba secando
las lágrimas, en silencio. No tenia
ganas de hablar, solamente, tenía ganas de llorar y no había encontrado otro
momento ni otro lugar para hacerlo. ¿Qué iba a decirle a mis padres, si me
veían llorar de esa manera? ¿Como los iba a tranquilizar después? ¿Qué le iba a
decir a mi mejor amiga, que se iba a contagiar de mi pena e iba a llorar
conmigo? ¿Qué podría decirle a mi padre, sabedor más que mi madre sobre los
posibles motivos, si me veía llorar como una descocida? Nadie iba a creer
que El no tenía la culpa, nadie iba a creer que era una acumulación de cosas.
Nadie iba a limitarse a lo indispensable: pocas preguntas y un buen abrazo,
hasta que se me pasara la luna, hasta que se mitigara la
angustia que estaba usando mi cuerpo para su expresión.
Pero ni siquiera Él, era capaz de entender que o me lanzaba a llorar a sus
brazos o terminaba de apretar la herida, para que supure, hasta el final.
De
pronto, contra todo pronóstico, me escuché decirle:
- No
pego una. Estoy muy cansada, te lo juro, no puedo más – sacudí la cabeza - Últimamente, no puedo hacerme cargo de nada, y
todo me sale como el culo – le confesé – Y, además, ahora me siento una
pelotuda, llorando aca, con vos. Deberia poder con todo, y punto. Yo soy una
piba fuerte, no me puede estar pasando algo asi – le explique – Soy una persona
fuerte, que dice la verdad, que se hace cargo. No puedo estar perdiendo el
tiempo, llorando. No puedo estar acá, llorando como una pelotuda, si tengo
diecinueve años. ¿Qué me queda, si no el día de mañana? No voy a tener toda la
vida diecinueve años, tengo que aprovechar, no llorar – me queje – Y te das
cuenta que no me sale nada.
Lloro igual, me sale todo como el culo, te encuentro, me ves toda demacrada y
horrible – suspiré – Envidio a mi propia suerte ¿sabés?
Se
rió, levemente.
- Primero
que nada, cabezona tremenda, no sos una pelotuda por llorar, y segundo, no
estas perdiendo el tiempo. Estas triste, eso es lo que pasa. Y si, es una
mierda pasarla mal, pero no va a ser siempre así para vos. Estás triste, y
bueno, esas cosas pasan… No sos boluda ni nada… - me sonrió - ¿Qué pasa, que es lo que te tiene así?
Lo
mire con un fuerte dejo de ironía y El entendió el concepto sin chistar.
-
No quiero hablar con vos, precisamente, del tema.
-
Yo ya lo sé, ya me lo imaginé que no querés hablar conmigo de nada…
- vaciló – pero contame. Algo. Algo aunque sea de lo que te pasa, algo –
insistió.
“Algo
de todo este desastre que no tenga que ver con vos, claro “ me dije, con sorna.
- La
facultad de Letras no es lo que yo esperaba. No doy abasto con todo. No me
alcanzan las horas del día, y siempre, se me está cayendo la carrera que amo en
la cabeza. ¿Te das cuenta? Siempre quise estudiar esto, boludo. Cuando era mas
chica, todavía iba al colegio, y estaba segura de que esto era. ¿Y ahora que
hago? Ahora que lo tengo, no lo disfruto, me pongo nerviosa, me estreso,
padezco esto que antes me importaba tanto. ¿Qué mas quiero, decime? No valoro
todo lo que hacen por mi mis viejos, mis hermanas; mi familia me quiere. Se
ponen mal si me ven asi, se preocupan mucho. No quiero que me vean mal. Ellos
la pasan mal si estoy asi, y yo soy una pelotuda que lloro. ¿Dónde viste que
los problemas se resuelvan llorando con vos? – me queje.
Sonrió,
levemente. Luego de mirarme como si no me conociera, me sonrió con la misma
dulzura. Atormentado, recién en ese instante pareció darse cuenta que, aunque
fuera tímida, aunque fuera diplomática y aunque hubiera sabido ser
inesperadamente dulce consigo; en el fondo, yo también era blanda igual que un
pedazo de pan remojado en la leche, como los que se usan para hacer budín.
- No
sos una pelotuda – susurró – Lo primero que tenes que hacer es calmarte con la
facultad, bajar un par de cambios. A vos te encanta esto, Veinte, se nota que
te encanta. Sos muy capaz para lo que estudias, pero te pones nerviosa, al re
pedo. Te vas a recibir, estoy seguro, pero si estas mal, no, no te va a salir
nada. Estás triste, ahora, y es normal si sentís que no podés, pero tomalo con
calma– suspiro – Lo más importante de todo, de todo, es que vos estés bien. En
serio, eso siempre va a ser lo más importante de todo, para todos lo que te
quieren. Tu familia, si a vos te ve bien, no se va a preocupar por vos, ellos
se preocupan porque no te ven bien, porque te quieren. Es normal. No lo vas a
poder evitar, y si lo querés evitar, te vas a tener que ocupar de vos, primero…
– me explico – Sobre la carrera, no la
sufras, zonza. Disfrutala, si te encanta
esto, se re nota; disfrutala. ¿Qué cambia que te recibas mas tarde? ¿Cuánto más
tarde la podés terminar? No pasa nada. Nada cambia, no pasa nada… Creéme –
sonrio – Y escuchame una cosa – me advirtió – frenar, de vez en cuando, esta
bien. No estas perdiendo el tiempo. Asi que si necesitas frenar, reconsiderar
las cosas, ver que queres hacer, pausar la carrera por un tiempo, hasta que
estes mejor, hacelo ¿estamos? – insistió – Necesitás estar bien, antes que
nada; antes que la facultad o los demás. Si no, no va la cosa…
Lo
escuché atentamente. Suspiré, buscando aire.
- Vos
no entendes *** - le dije, sin querer atacarlo – Yo soy una persona muy lenta,
en muchos aspectos hago todo al revés a lo que tendría que hacer, vos me
conocés; , pero si hay algo que me importa es tener mis cosas el dia de mañana
y cuidar de mi gente. Eso es lo único que me importa, ahora: mi familia, mis
amigos, y ocuparme de mi carrera. Yo no la quiero dejar, no, la quiero seguir
pero no puedo con ella, y me da bronca. Quiero cumplir el objetivo que me
pacte, poder tener una profesión, ayudar a mi familia, comprarme libros de
Cortazar – lo mire, con una sonrisa amarga – No estar llorando acá, con vos,
como una boluda…
- Y
daaaaleeee con lo de la boluda, dale – sacudió la cabeza - Vas a poder hacer
todo eso, todo lo que quieras. Te vas a recibir, vas a poder tener todo lo que
quieras el dia de mañana y ayudar a tus viejos y todo eso, que esta re bien –
me calmó - Pero antes, ponete bien vos, date el tiempo. No puede ser que estes
mal vos y pienses en los demás, no puede ser que seas así– sonrió.
Lo
mire, sonriendo muy levemente.
- Suelo
ser bastante pero bastante boluda, a veces – musite – Mirame aca, por ejemplo,
cortando hojas con vos, llorando como una boluda… ¿Me decis que tiene de normal?
- ¿Cuándo
vas a dejar de castigarte? ¡Por favor, deja de castigarte un poco! – junto las
manos, pidiéndomelo – No sos ninguna boluda, todo lo contrario. Te estas
castigando un montón. Para un poco, para un poquito, haceme el favor. ¿Sabes
quien pareces, asi? ¡El de La Pasion de Cristo, la viste? – lo mire y sacudi la
cabeza
Sonrió
e hizo una parodia del protagonista dándose latigazos en la espalda
ensangrentada.
- ¿Qué
tengo que decir yo, entonces? – me miro, fijamente, durante largos
momentos – Mirame, acá estoy, hecho
mierda, a los cuarenta y dos años… - vaciló – Y sí, estamos acá sentados, los
dos – musito, y se quedó callado – ¿Sabés una cosa, no? Nosotros dos somos muy
tercos.
Lo
miré, sorprendida por esa reflexión.
- No
estás hecho mierda… - musite – No empecemos con eso, por favor. Sabes cual es
mi punto de vista sobre eso. No empieces – lo frené.
Chasqueó
la lengua.
- Veinte,
tengo que operarme de una rodilla y no me opero; me tendría que cuidar con la
comida, y no lo hago; sí, estoy re hecho mierda – insistió.
- Te
podes operar – le recordé- y comer
mejor, más sanito. En serio te lo digo, yo creo que vos podés hacerlo …. – le confesé
- Estas a tiempo, todavía, de todo lo que quieras hacer, estas a tiempo – dije.
No
lo mire. Ya no sabía de que o quienes estamos hablando. Si su rodilla era
también nosotros dos, si todo lo que sentía que no podía hacer por ella, era lo
que quedaría pendiente para siempre, en nosotros.
- No,
es demasiado tarde, ya. Ya está. Ya pasó… – me dijo.
- No,
nunca es demasiado tarde. Es tu salud y tenes que hacer todo por vos –
argumente – Tomate unas vacaciones en el trabajo, anda al medico, dale.
Operate, no tengas miedo – lo alenté, imprevistamente - No te va a pasar nada malo, vas a estar re
bien, no te va a doler después. Mil veces te dije lo de la obra social,
aprovecha, tonto – suspiré – Y, de verdad, vos no estás hecho mierda ni en
pedo… - me lo quedé mirando, largamente.
Me di cuenta que estaba discurriendo los límites – Ay, Dios. Mejor me callo,
sino, soy la pelotuda del año… - me tape la cara con las manos. Tome aire,
porque todo era demasiado cotidiano, demasiado parecido a lo anterior, demasiado nosotros.
- No,
no sos una pelotuda – me dijo, sin mirarme – Somos muy tercos nosotros dos, muy
tercos, los dos.
- Vos
no me vas a decir la verdad, en esta situación de mierda. Te conozco. Es mas,
me dijiste cada boludez desde que estamos acá, pero nada malo. No sé qué te
pasa. Quedate tranquilo, en serio, miles de veces me paso algo asi. No es la
muerte, las paso sola, para que no se asusten. No estoy invalida.
Sonrió,
brevemente.
- No
es la muerte, no es la muerte – me burlo y lo mire, intentando apaciguar mis
temblores que se iban apagando como las ultimas brasas de un incendio emocional.
- No
te pongas en boludo, por favor.
- Al
contrario. Me voy a poner en boludo hasta que se te pase todo esto. Voy a decir
todas las boludeces del mundo para que te rias, no llores, me cantes las
cuarenta de nuevo – sonrio, pensativo – Vas a ver que te voy a terminar ganando
y vas a querer venir conmigo.
- Suelo
ser media boluda, si.
- No,
vos no sos boluda, no digas esas cosas... Boluda no … – miro para abajo – Vos sos… - susurro y lo
mire, asombrada por su silencio, porque especulaba con que terminara la frase y se había quedado congelado, mirando el piso.
Cuando
le busque los ojos, me di cuenta que se había puesto muy serio y ahora la
que estaba preocupada era yo. Otra vez, esperé, mirándolo algo asustada. Espere con muchísimo dolor,
porque no pudiera encontrarme siquiera un mísero adjetivo. Sacudió la cabeza, levantándola, y me hizo un gesto que
fue mitad apertura de manos y mitad sacudida de cabeza, como si no encontrara
las palabras precisas, como si fuese mucho, o grande o demasiado; o quizá nadie, importante para el caso.
- - Sí, boludo, yo soy …
media boluda, ya lo se, no me lo digas, media boluda – lo mire, y le sonreí con la misma
compasión que El me estaba teniendo, para llenarle ese vacío.
Esa
jornada no termino allí. Pero
después de ese mediodía de agosto, nada volvió a ser igual. Un año antes
acabábamos de conocernos; y un año después, habíamos pasado tantas cosas, que
hasta me podía ver llorar sin espantarse del todo.
*imagen ilustrativa.