lunes, 29 de enero de 2018

Fortuna mutabile


* del Latín, traducido en su uso vulgar: la fortuna cambia






viernes, 26 de enero de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: Calavera

Si bien hasta ésa etapa parecía ser todo una cuestión de buenos amigos, la preservación de su parte fue una cualidad que estuvo lo bastante realzada, en especial, cuando nuestro vínculo progresó. De eso me dí cuenta rápidamente, observando la actitud que tomó una madrugada donde me llevó hasta mi casa. 

- Y... ¿mañana, vas a venir? 

Me reí. 

- Es decir, dentro de tres horas... 
- Sí - sonrió - es cierto. No sé ni que hora es. 
- Casi las seis - admití, mirándolo cariñosamente. 
- ¿Te vas a levantar? 
- No estoy segura de poder... - sonreí. 

Me miró, en silencio, intentando convencerme con los ojos. 

- ¿Querés que vaya?  ¿Me vas a soportar de nuevo un montón de horas más? - pregunté, gratamente sorprendida. 
- Sí, quiero que vengas... - explicitó, calmo y centrado -  Dale, no seas vaga - me pinchó - Si no querés venir a las nueve, vení una hora más tarde, dos... 
- ¿Te mando un mensajito cuando me despierto? - bromeé. 
- ¿Por qué no vas a venir? 
- Voy, voy, voy - le prometí - Te prometo que me levanto y, si no llueve... 
- ¿Venís? 
- Sí, señor... 
- ¿Y me vas a cebar mate? - quiso saber.

Justamente así habían sido nuestros primeros contactos que, vaya paradoja, desembocaban en los más intensos y recientes de todos.

- Sí, si lo traés, obvio - le dije, poniéndolo a prueba. 
- Lo llevo - me prometió ,sonriendo.  
- Bueno - lo despedí , antes de saludarlo con un beso - Nos vemos mañana... - dije, confundida, de ante los nervios y el amor. 

Se rió, asomándose rápido por la ventanilla del acompañante: 

- En tres horas - me corrigió, antes que yo entrara a mi casa.  

Horas, sí, era solamente una cuestión de horas. Y, efectivamente, aunque demoré un buen rato con otros menesteres hasta que pude dormirme, en cuanto me acosté en mi cama, me desmayé del sueño y del cansancio con la consideración de, antes, haberme puesto el despertador.

Aunque en el transcurso de la noche me desperté sobresaltada varias veces, supuse que eso era consecuencia de lo mucho que necesitaba pensar y lo mucho que mi corazón me arrimaba a sentir.  Dormir era una exigencia del cuerpo, pero pensar y disfrutar, era un requerimiento de la mente. 



II


Casi tres horas después, en efecto, ya tenía los ojos abiertos; todavía dentro de la cama pensaba dónde había dejado ese pantalón de jean y dónde había dejado esa bufanda extensa para taparme el cuello porque la necesitaba más que nunca. Poco había sido mi sueño, poco el descanso, pero además, mucha la intensidad de los acontecimientos anteriores como para que no se me notasen en la cara, inclusive, a veinte cuadras de distancia.  ¿Si estaba feliz? Sí, claro, lo estaba; pero además, todo mi alrededor me sorprendía. La noche anterior, en definitiva, me parecía haber estado en un sueño, junto a la persona que los poblaba dentro de la realidad. La charla y todos los demás menesteres dados eran para mí, todo lo que deseaba, todo por lo que me había jugado varios meses antes y todo lo que me abstraía del mundo y sus aledaños por aquellos días.   

Luego de un rápido desayuno llegué un rato más tarde al  punto de encuentro, pero llegué; cumpliendo con mi promesa. Lo reconocí, de lejos, trajinando con sus conocidos que también, por esos tiempos, eran los míos. Estaba serio, y conforme avanzaba, saludando a algunos compañeros, Él me percibió al mismo momento donde yo lo estaba observando con total y despiadada alevosía; y, al primer contacto visual, sin ningún tipo de heroísmo desmedido,  fueron floreciendo por debajo de mi piel un millón de sentimientos que hallaron correspondencia en su sonrisa.

Me pregunté si siempre me iba a sonreír así... porque era maravilloso. Mi corazón latía desbocado conforme daba los primeros pasos hasta volver a verlo y todo iba aún mejor si me encontraba con esa sonrisa de implícita aceptación. Recuerdo que, algo asustada, extrañada de mi misma y de ese otro, me hice algunas preguntas, invocando a la razón:  ¿me iba a poder acostumbrar? ¿Y el día donde no estuviera, qué? ¿ Y si todo se acababa alguna vez, cómo iba a seguir, a enamorarme de otro hombre si para mí su sonrisa era el nombre del amor?  Seguí caminando, o en realidad, descontando pasos hasta su encuentro.  De nuevo, pensé - lo recuerdo - que había pasado toda mi juventud creyendo que eso del corazón desencajado sucedía solamente  en las novelas. Hoy me digo que, además, creía que las Odas podían componerse por pericia y disciplina; que la descripción de los momentos de amor era un mecanismo para aceitar la literatura; o que dependía de los excelentes escritores, es decir, inaccesible para una chica joven, común como cualquier otra, que no poesía ningún atributo exclusivo o delirante que fuera capaz de poner de la cabeza a ninguna persona, mucho menos, a un hombre próximo a cumplir los 43 años.  Hasta ese momento tampoco pensaba -ni tenía demasiada esperanza- en poder manifestar tanto amor por alguien, iba por el mundo lo bastante ciega.  Sin embargo, esa mañana de sábado, que amenazaba con llover... ahí estaba, sucediendo, sucediéndose todo, sin preguntas, sin problemas; como un toque de pelota de fútbol corto que te queda al pie.

Supongo que, en más de un sentido, me estaba despertando.

¿Cómo era posible? ¡Solamente habíamos pasado sin vernos tres horas y...! Mi cuerpo saltaba dando cuenta del hallazgo, como si quien caminara hacia Él no fuera una chica de diecinueve años , sino, una recién nacida, desconcertadísima ante su propia naturaleza. Es que, honestamente, el amor me poblaba los lugares más inesperados, y resultaba imposible de negar.  Todo lo que a mí me había parecido mentira, imposible o improbable durante años, se cumplía consigo. Todos los adjetivos le cabían a su sonrisa, todos los poemas de Gelman cuadraban con sus ojos; ante esa manera suya de mirarme o de confortarme y mimarme deteniendo todos los tiempos verbales.  Porque, si para manifestar lo que no podía decir apelaba a la cercanía y al cariño en su índole más tierna, alejada por completo de la lascivia per sé; yo ni siquiera me acordaba cómo articular palabras cada vez que me abrazaba, me sonreía y me miraba de esa manera.

III

 Cuando me acerqué a su lado, su rostro enseguida declinó por una sonrisa cálida y sus ojos me miraron sin sorpresa, con una paz admirable, que lograba darme calma enseguida; aunque sus ojos revivieron. Hoy, tantos años después, cuando pienso en esa mañana, y en su mirada, comprendo que es la misma con la que me observaba comer, adormilarme en el asiento de su auto, cebarle mates, mirar películas, leer poemas, avergonzarme por las cosas o medir a la gente que me rodeaba. Es decir, con la que me miraba siempre, en cualquier situación, pero especialmente, cuando nadie ni nada nos condicionaba.

 ¿Cuántas veces me había estremecido con ellas, mientras estaba acostada en su sillón, mirando un recital en pantalla gigante?  ¿Cuántas veces los había descubierto, haciéndolo, mientras fingía cocinar, y yo hablaba con sus padre, dándole una mano con la tecnología? ¿Cuántas veces el ritual se había repetido, al esconderse su sobrina amada detrás de su cintura, ante un ataque de besos inminente de su parte?  No iba a saberlo nunca, pero estaba segura de que siempre, por lo menos a mí, me miraba con vida, y aunque tuviera tanta dificultad en expresar sus sentimientos - es decir, esa especie de muerte constante -, sus ojos eran la evidencia de lo que adentro pervivía pese a todo.  Siendo una persona tan distante en muchas cosas, tan de escaparse, tan de negar, el que fuera capaz de elaborar ese pequeño gesto me dejaba sin palabras, ayudándome a creer las suyas. Solamente, rogaba que no se rindiera, porque no  dejaba de asombrarme cómo me podía sonreír así y pretender, al mismo tiempo, que repensara mi vida al lado de alguien joven, acreedor de una edad igual.  ¿Se miraba en el espejo, al verme? ¿Notaba el modo en el que se reblandecía su cara? Deseaba con todas las fuerzas del mundo que no se escapara, que por favor, por una vez, se diera a si mismo la oportunidad que, de mi lado, estaba servida en bandeja. Anhelaba que nunca dejara de confiar en esa otra manera de tratarnos, de vincularnos; y que apostara por esos instantes donde, ajenos a todos, nos encontrábamos riendo juntos, a carcajadas, contra todos los pronósticos.  Rogaba que, finalmente, diera vuelta sus preceptos, olvidara sus prejuicios, y todos los días que pudiéramos vivir juntos, fueran como la noche anterior.

Todavía rodeado de sus contemporáneos me retuvo unos segundo hasta quedarnos a solas, apartados de los demás. Era evidente que no quería que lo saludara y me fuera a hablar con los demás, ocupándome en alguna tarea, entonces, haciéndome un poco la tonta, me quedé; segundos después, nos alejamos hacia un costado. 

- Tenés una carita - sonrió, de un modo todavía mejor - ¿Pusiste dormir o no pegaste un ojo?
- Un poquito nada más...  - suspiré - ¿Vos?
- No mucho... - admitió - Llegué acá a las nueve pero estaba levantado desde las ocho.
- ¡Entonces no dormiste nada! - reflexioné - Te juro que yo me estoy durmiendo parada - sonreí con disimulo.

Me pasó una mano por la espalda, ascendiendo hasta el cuello y bajando por la cintura. Me evité mirarlo más de cerca, consciente de que no podría disimular más y solamente le sonreí, esperando que viera todo en mi expresión, tal y como me decían mis amigos, acusándome en broma de que el amor por Él se me notaba a dos cuadras, se me notaba en los ojos, en la forma que lo nombraba ante el mundo.

- ¿Qué pasó anoche que te desvelaste? - le pregunté, atendiendo a la llegada de su padre que andaba por allí, para saludarme.
- Tuve visitas - musitó,.
- Ah, claro, te habrás quedado hasta tarde - fingí desconocer el hecho - Dormí un ratito a la tarde... - especule.

Su padre nos miró, intermitentemente, hasta poder intervenir:

- Hola a la más hermosa, el baluarte de este lugar - me dijo aquel hombre alto, completamente canoso, que había contribuido al nacimiento de ese otro hombre que yo amaba, y permanecía parado al lado nuestro. De inmediato, le sonreí y lo enfundé en un abrazo.

- Holaaa, señor *** - lo llamé por su apellido - ¿Cómo está mi salamero preferido? - se carcajeó.

- Bien, extrañándote. ¿No te dijo nada este? - señaló a su hijo, con total naturalidad  - Me la paso hablando de vos en mi casa; de lo buena que sos conmigo... - enumeró -   Sos la única que me tiene paciencia con el celular, el otro día estaba hablando de eso con Andre - sonrió.

- ¿Y cómo no te voy a tener paciencia, si yo te quiero? - me reí.

Él nos observó en silencio.

- A ver cuando nos juntamos a comer, eh, asi no te extraño tanto, no está bueno pasármela llorando en casa porque te quiero ver, querida - bromeó.
- Ay, no me digas así...  - me avergoncé - Hay que hacer una campaña para no extrañar, no hace falta que te lo diga, vos sabés que yo te quiero... - trajiné.
- Hijo... - miró a mi Él, divertido - ¿Te das cuenta que es la mujer perfecta, no? ¿Cómo es que no está de novia? ¿No te diste cuenta? Es dulce, inteligente, y también es bellísima... ¿Son boludos los tipos? - le preguntó.

Él se rió pero no dijo nada. Se quedó mirándome muy pensativo. Yo los miré divertida y seguí charlando con su padre:

- Yo no sé los hombres, en general, pero vos sos un salamero tan-tan grande que me derretís, te juro - admití, siendo totalmente sincera - Te voy a cocinar una torta para retribuir tanto afecto, así te la vas comiendo y me extrañás menos...  - prometí.
- ¿En serio? ¡Listo, señores, la grande belleza va a cocinar...! - exclamó, contento - ¿Te das cuenta que sos la mujer casi- perfecta, no? Ninguna persona es perfecta por eso vos sos casi perfecta - me aclaró -  ¿En que están pensando los tipos, son boludossss, querida? ¿Cómo no se dan cuenta la clase de chica que sos? - sacudió la cabeza, teniendo a su lado al dueño absoluto de todo mi corazón - En serio te lo digo: el hombre que esté al lado tuyo, con vos, se saca la lotería, va a tener al lado suyo a un baluarte.

- ¿Vos decís? - dudé, con picardía, porque me había entrado la vergüenza más enorme de todas.
- Si yo fuera un hombre joven, ni siquiera de tu edad, sólo si fuera un hombre mucho más joven, no sería tan tonto. Te invitaría a salir, no perdería el tiempo... ¿Mirá si te vas con otro, eh?

Me reí, sacudí la cabeza dominada por el pudor y le apoyé una mano en su brazo, con cariño, abrazándolo de costado. Él me dió otro abrazo, también, a modo de correspondencia, riéndose.


- Es terrible lo de ustedes , eh - musité, suspirando - Piropean con nivel, tienen cada salida... - los burlé a ambos.


Él me sonrió callado.
Su padre me sonrió.


- Después le voy a pasar la película a este - me dijo, mirándome -  Estaría bueno que la vean juntos ¿no? - lo miró, significativamente - ¿Sabes por qué seria interesante que la vean juntos? - le dijo a su hijo, aunque luego me miró a mí:  - Porque tenes la cabeza suficiente para esa película; estoy seguro que la vas a comprender. Asi que mirala - me sugirió, sin un pelo de tonto.

- Sí, seguramente en cualquier momento la veremos... Quizá nos podemos juntar todos, algún día - dije, sin comprometerlo a Él, ni tampoco, sin hacerlo poner en un compromiso que, quizá, no quería asumir de esa manera.

- ¡Aprovechen el fin de semana! - exclamó - Júntense ustedes, podés ir a lo de éste pibe, ahí la van a venir re cómodos y de paso, debaten juntos...  - lo señaló, de nuevo -  Después me dicen que les pareció - aconsejó, seriecito.

Fueron dos segundos, nada más, donde me dí cuenta de que lo sabía todo, y de que, por lo demás, también lo promovía a pie juntillas, como si fuera el barrabrava de una historia de amor. Y como si, además, tuviera puestas fichas en mi, conociera mejor que yo las reacciones de su hijo y, por si fuera poco, la experiencia de una pareja con cierta diferencia de edad, desde el lugar opuesto a los prejuicios.

 - Yo la miré muchas veces con Andre - dijo, como al pasar, añadiendo información.  Andrea era y sigue siendo su segunda esposa con la que lleva un matrimonio de más de dos décadas, con la que se conocieron cuando ella era muy joven.  Andre, probablemente, tuviera la misma diferencia de edad respecto a su marido, que la presente entre Él y yo.


IV

 *un rato después* 

- Te estás durmiendo - me susurró, mientras pasaba de largo haciendo una tarea - No sé dónde habrás estado pero muy mal que no duermas... - dijo, en un altísimo grado de sarcasmo, teniendo en cuenta de que estaba rodeada de otras personas. - ¿Saliste anoche, fuiste a bailar, no ? - me preguntó

Asentí con la cabeza y la mirada, aguantando la risa.

- Sí, fui a un boliche. Dormí poco, muy mal... - espeté, hasta que mi compañero se corrió del cuadro, dejándonos solos de nuevo.

- Anoche, fui a la casa de un hombre muy lindo - le susurré - ¿Le avisaste lo que te pedí el otro día, en la cartita? - pregunté muy seria - ¿Se enteró de todo, todo?

Nos miramos, como si estuviéramos hablando de cualquier cosa, pese a que supiéramos los hechos mejor que nadie.

- Sí, claro. Yo le avisé... - musitó con cariño.
- No te voy a preguntar que dijo, porque quizá no te acuerdes ahora acá, pero...- hice una pausa, evaluando todos quienes nos rodeaban -  ¿Le dijiste que me gustan los ataques que me hace? - insistí, muy seria, bajando la voz al punto mínimo e indispensable.
- Sí, le comenté  - volvió a decirme, serio, como si estuviera hablando de sus negocios, aunque delatándose con la mirada.
- ¿Y qué dijo, mi chico? - le pregunté.
- Tuuuu chicooooo, dijo que "calavera no chilla" - me comunicó.

Me agarró un considerable arranque de risa por el uso del refrán, con el que se le caían varias sotas, e hice todo lo posible por disimularlo un poco. Le hice muchos gestos con las manos, porque no podía recuperarme, hasta que volví a mi cauce.

- ¿Habla con dichos populares, mi chico? - pregunté juguetonamente.
- Si, los usa. Me dijo que te diga eso, de hecho... - admitió sonriéndome.
- Sos un boludo ¿sabés? - me reí.
- ¿Yo que tengo que ver? Si tu chico es medio boludo, y bueno nena... Fijate lo que elegís.
- Decile que no...
- ¿Que no qué?
- Que  no chilla, que se queja de llena. Y, a mi chico, si lo ves por ahí, decile que no es ningún boludo, que donde pongo el ojo, por suerte, también puse la bala...  - musité.

Se rió mostrándome los dientes aunque intentase disimular.

- Sos te-rri- ble - me dijo, moviendo los labios.
- No chilles, calavera - musité.


Me di media vuelta, abocándome de nuevo en mis asuntos.


- ¿Vas a venir conmigo, no? Me imagino que no me vas a decir que no, ahora, para que te lleve a tu casa y te desmayes en la cama... - elucubró.
- ¿Por qué ya peleándome, antes de que responda? ¿Sabés qué? Hoy sí te voy a decir que sí - le expliqué - ¿Vos no estás cansado?
- Sí. Estoy fusilado - me dijo, hablando en serio.

Imité su cara, y modulé la palabra fu - si - la - do, cargándolo. Reblandecieron sus ojos, y se tapó la cara con las manos, aguantando la risa.

- Bueeeeeno - dije, revoleándole los ojos - ¿Cómo es? ¿Te me quejas? Chito la boca - lo señalé -  - Junto las cosas y vamos. Hoy es el día donde jugás al remisero conmigo... - lo burlé.
- No chillo - se atajó - ¡Diossssss, esto es un milagro; me está diciendo que sí, sin sentirse mal, sin dudar de mí! ¡Gracias, Dios! - exclamó.
- Uy, qué intenso que estamos con el temita, señor *** - lo llamé por su apellido.
- Yo ya sé, a vos, no hay que dejarte dormir... - espetó - Está a la vista, se te nota muy bien.

Lo miré, sorprendida.

- ¿Parece, no? - especulé - Hasta dejo que te hagas el bueno, con tu carita de perrito mojado, con tus ojos de cachorrito - me reí, fingiendo indignación - ¡Ahora te hacés el servicial conmigo y me dejo!  ¡imaginate, Dios mío, a lo que llegamos!

¿Y qué era? ¿A qué habíamos llegado?

Por lo menos de mi parte, al amor.

Lo que no era poco para la chica sin fe que era entonces, antes de encontrarlo. 


miércoles, 24 de enero de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: Las apariencias engañan

Fue necesario que entre nosotros pasaran muchas cosas para llegar a aquél momento de definición. Fue necesario ser valiente, sincera, y en especial, que aprendiera a hacerme cargo de mis sentimientos; una valiosa lección que hasta el día de hoy me acompaña y me muestra la vida como el balance entre causas y consecuencias  en relación a lo que elijo, como también, a lo que acepto.

Aquélla noche no parecía ser demasiado diferente a las demás. Había reunión con el equipo en un local de comidas al que íbamos siempre, así que me dirigí hasta allí luego de esperar el colectivo en la parada de mi barrio.  Mi papá, al ver que era bastante tarde, se ofreció a acompañarme hasta que pasara mi línea, ya que vivimos en un barrio paqutesímo pero igual de desolado.

-       ¿Hoy va ***? – me preguntó, refiriéndose a Él.
-       Sí, supongo que sí… - musité, sin ganas de hablar mucho del asunto con mi padre, más que nada, porque era y sigue siendo un hombre muy perceptivo.

Me miró, se quedó callado unos segundos y finalmente me lo preguntó:

-       ¿Te cae bien, no? ¿Es bueno con vos?
-       Sí, es un buen tipo…
-       Pero... – dudó-  ¿Con vos?
-       Sí, siempre me trata bien; es un tipo muy educado, muy ubicado.
-       Pero, con vos, se lleva bien ¿no? – me miró – La vez que vino a casa, hace unos meses, me dio esa sensación. Se preocupa, me parece… Y, ojo, como hombre te lo digo, no como tu papá – me aclaró.

Hice silencio. Mi padre no sabía que yo hacía tan poco tiempo le había confesado a Él que estaba enamorada y que me había dicho que no, o al menos, no me había dicho que sí, tal y como lo deseaba, siendo que para mí las cosas solían ser a suerte o a verdad consigo.

-       ¿Y no tiene pareja, ahora? – quiso saber, intentando reunir los datos que estaba buscando, especialmente, ante las actitudes suyas que no le cerraban y mi hermetismo de siempre.
-       Hasta donde yo sé, no.
-       No parece un mal tipo…  – dijo, mi padre, aunque yo lo miré con desconfianza – Vaya a saber qué le habrá pasado para que esté solo a ésta edad – meditó – Porque no parece un mal tipo, de hecho. Y, la verdad, tampoco es una persona que parezca que tiene problemas de salud, ni mucho menos de guita – musitó . 

Lo miré, básicamente, esperando que me hiciera la pregunta que necesitara para sacarse las dudas, dejando así de sacarle una radiografía inmerecida. ¿Es que, de verdad, lo estaba evaluando como un buen o mal partido?

-       Bueno, pero… Andá a saber. Debe haber cosas que ni vos ni yo vamos a entender nunca. Él parece un buen tipo, sí, conmigo se porta bien y es un muy buen compañero. De salud, aparentemente, está bien; no tiene ninguna cosa visible que haga pensar lo contrario. Y, en cuanto a la situación económica, no tengo idea. Tiene trabajo, eso ya es suficiente.

Sonrió.

-       No, más vale que es suficiente – me aclaró mi padre – A lo que yo me refiero es que, además de tener trabajo, tiene un muy buen trabajo.
-       Supongo que sí… - me encogí de hombros – Yo jamás le saqué las cuentas.
-       No, ya te conozco a vos – sonrió, enorgullecido - ¿Te… - dijo, y se quedó callado - ¿te interesa?

Lo miré.

-       Ay, papá, no me podés estar preguntando esto… - exclamé, riéndome, de los nervios. Mi padre se rió, porque era igual de incómodo para él.
-       ¿Qué tiene de malo? Yo te pregunto porque quiero saber qué te pasa a vos, como hija. Es un hombre que está constantemente cerca , más que el resto de tus compañeros… ¿Cómo no voy a querer saber? – me explicó.
-       Lo valoro – musité – Es un hombre muy respetuoso conmigo.

Mi padre sonrió y se quedó callado.

-       ¿Sabés? Yo me pregunto por qué, cada vez que lo veo, no define – me dijo, riéndose – Se nota, como hombre te lo digo, esas cosas se notan. Y veo que te trae, te pasa a buscar, se porta veinte puntos, y sin embargo, no define.
-       Ay, no puedo creer que estemos hablando de esto, te lo juro, es cualquier cosa ¡por Dios! – exclamé.
-       Bueno, hija, pero me estás diciendo que tiene salud, que tiene trabajo, y que tiene adelante suyo una mina como vos ¿qué es lo que está esperando?

Mofé

-       Quizá no me quiere a mí. Andá a saber, papá, quizá tiene otra metida adentro de la casa y nadie se enteró.
-       ¿Lo cagaron mucho, no? – dijo, luego de unos minutos largos en silencio - ¿Te habló alguna vez de su pasado?

Asentí con la cabeza.

-       Sí, hablamos.
-       ¿Y lo re cagaron, no?
-       Sí, con cosas bravas.
-       ¿Y?
-       Y salió adelante, como todos… - musité – No sé, de todos modos, cómo quedó de esas cosas que le pasaron en su vida, antes de… Digo, antes de ahora – le dije, cambiando las palabras casi cuando ya estaban flotando en esa esquina oscura.

Mi padre se quedó callado, meditabundo.

-       Mirá, esto no te lo digo porque seas mi hija – me advirtió – Teniendo la edad que él tiene, es decir, más de cuarenta años, sabe cómo viene la mano con vos. Tiene delante suyo una piba que es joven, hermosa, pero además, que lo saca todo el tiempo de foco, con las cosas que le debés decir, o con cómo reaccionás. ¿Te pensás que no lo  nota? Sabe que vos no le mirás la billetera, que sos una chica muy inteligente, pero no por eso, tenés maldad – se confesó – Pero, éste cristiano, va a tener que tener muchísimo coraje para estar al lado tuyo.
-       Pero… ¿cómo llegamos a esto? – me quejé, débilmente.
-       Sí, daaaale, no la caretees conmigo; hagámosla corta – dijo mi padre, sin perder el humor – Él va a tener que ser muy valiente para bancarse estar al lado de una tipa como vos, en especial, si lo cagaron mucho, si la sufrió – sentenció, abriéndome los ojos, como si hubiese escuchado sus pensamientos ya que, de todo lo que decía, no le estaba errando en nada – Porque es bravo para un hombre que pasó muchas animarse a confiar así, al lado de una mina como vos, que encima sos más joven, mucho más linda que él, más despierta… - enumeró.

Lo miré, sacudí la cabeza y me asomé más cerca del cordón de la calle para evaluar cuánto le faltaba a mi colectivo y rezar por su proximidad.

-       Yo sinceramente no entiendo cómo te hiciste tal película – le dije a mi padre, entre risas - ¿De dónde sacaste todo eso? ¡Este tipo ni me tiene en cuenta a mí! Yo lo valoro, sí… Pero Él no me mira de otra manera – le dije, para mantener los papeles.

Por suerte, a pocas cuadras, reconocí el colectivo con mi vista infalible.

-       Bueno, no sé. A mí me late que es así como te digo – me miró, con elocuencia
-       Te salvó el bondi – le avisé.
-       Divertite hoy, pasala lindo – deseó.
-       Gracias. Después nos vemos , igual.
-       ¿Qué van a comer con tu Romeo?
-       ¿Perdón?
-       Mandame un mesajito así me quedo tranquilo cuando estés acompañada ¿eh? – me dijo, a modo de despedida – No te enojes, no te enojes – me cargó.

II

Los dichos de mi padre anunciaban otra realidad posible que, sin embargo, para mí, era bastante dislocada. Podía estar en lo cierto, pero también, podía estar completamente equivocado. Decidí, por ende, no llevarle demasiado el apunte.

Él y yo, aún mismo fuera un secreto para todos los demás, pasábamos un punto de cierta distancia. No estábamos enojados con el otro ni mucho menos; simplemente, yo no hacía demasiado tiempo que me había confesado consigo y, sin obtener los resultados que quería, lo mejor me parecía tomar un poco de aire, sin tener tanto contacto.  ¿Si su negativa me resultaba dudosa, frágil, capaz de caerse al menor temblor? Claro que sí, pero en ese momento, no tenía las garantías de nada y, de suscribir a especulaciones, iba a ser el doble de doloroso estarme allí en caso de que mi intuición no se cumpliera.  

Sentado en la puerta del mismo restaurante de siempre, con aires desconcertados, me vió bajar del colectivo. Recuerdo que suspiré, internamente, esquivado la mirada que verme hacer eso le producía. Al parecer, pese a que me diera rabia, lo que mi padre me decía era cierto en un aspecto: había cosas que se  traslucían en su mirada y eso no era posible negárselo, ni a él ni a nadie que me lo planteara, porque a mí me daba la misma sensación sin cuenta de terceros. Claro, lo entiendo hoy: Él me miraba de esa manera porque su deseo estaba puesto en un lugar que no se animaba a recorrer y a palpar nuevamente; pero que tampoco tenía la fuerza para fumigar.  Él me miraba así porque todavía estaba procesando mi gesto, nuestra charla, la formas de abordarlo y, al mismo tiempo, estaba tomando en cuenta cómo iba transitarlo todo lo posterior. Y, siendo honesta, pese a que me estaba manteniendo erguida, lo disimulaba lo bastante, bastante bien.

-      Hola, linda – otro de mis compañeros, que estaba allí, a unos metros de Él, me saludó en cuanto me vió caminar hacia ellos, una vez abajo del colectivo. Lo saludé con un abrazo, me devolvió la sonrisa y me encaré definitivamente hacia Él, que no se movió ni un centímetro. 

       -   Veinte… - suspiró – Hola... ¿cómo estás?
   - ¿Todo bien? 
 - Sí – dijo, y señaló la puerta de entrada, cerrada peor que el trasero de un muñequito.

Examiné el cuadro, repentinamente sorprendida.

-      ¿Qué pasó?
-      Está cerrado hoy, no sé por qué razón. Vamos a tener que buscar otro lugar – me anotició.
-      ¿Le avisaste a los demás? – dije, sin ningún drama.
-      Sí, sí, ya hice la cadena. Estábamos esperando que viniera alguien más para irnos a *** - me comentó, dando una dirección – Me parece que podemos ir yendo, ya.  Ahí viene ** - dijo, señalando a una compañera que acababa de estacionar su auto.

Mi compañera y yo viajamos juntas hasta el sitio indicado. Lo mismo, todo el resto del equipo, que fue llegando más tarde o más temprano, para que se ejecutara lo pactado.  Así, una vez inmersos en la charla, el ambiente empezó a modificarse, yendo de lo agradable a lo tenso. Y terminó decantándose por lo tenso a través de algo muy simple (de lo que yo ya estaba al tanto, por haberlo visto en vivo): una de las mujeres del grupo habían querido presentarle una amiga suya, durante el evento anterior. Las chicas, durante la semana habían hablando y el cuadro de situación era uno: ni siquiera la había llamado una sola vez durante esos siete días, pese a la buena onda de ella y también pese a que, se notaba, lo estaba midiendo de todas las maneras aplicables. Y, claro, desde el imaginario de todos mis compañeros ¿cómo podía ser que no la hubiera llamado, si la mujer tenía más ganas de salir a la chancha que el cinco de Defensa y Justicia?  Yo lo había visto, en la cena, lo había visto todo, y que lo atormentaran con preguntas me daba un poco de pena y otro poco de rabia: Él no le había faltado el respeto pero tampoco la había considerado. Hablaba con ella un poco por compromiso, pero al mismo tiempo (y eso no me hacía ninguna gracia) no dejaba de estar pendiente de todo lo que hacía yo como si la libertad mutua no fuera un acto consumado.    Pese a que me había puesto bastante – muy– celosa, algo dentro de mí me dijo que, ésa vez, no iba a prosperar y, las noticias, me daban un poco de razón. Él durante esa cena donde ella le hablaba hasta por los codos de su vida había estado pendiente de ver si yo si tenía los cubiertos dispuestos para cortar mi comida caliente, al punto de dejar de cortar la suya para dármelos – y cortar en seco a la susodicha en la progresión de su relato – mientras aparentemente parecía compenetrado en la charla.  Luego de que la pajarraca se hubiera quedado media descolocada, pero además luego de que yo también lo hubiera hecho por ese repentino gesto de Él, me dediqué a comer en silencio, dejándola hacer, mirándolo a veces con sorna, pero, en general, respetando lo que fuera a ser de nosotros, sin intervenir como una nena caprichosa.

Los celos no me dejaban pensar demasiado, más bien, me hacían perder mi objetividad, me molestaban. Nunca, hasta esa noche, yo me había puesto celosa de ninguna persona, y mucho menos, había sentido celos de otra mujer. ¿Qué me estaba pasando, y por qué me daba tanta rabia? ¡Si yo sabía que no era su dueña…! ¿Por qué no podía evitar querer borrar de la escena de un manotazo, a esa vieja estúpida, que le querían encajar? No, definitivamente, por dentro, echaba humo.  Sabía que me tocaba aprender a soportar las mecánicas de mis compañeros para presentarle una mina a toda máquina, con tal de que no terminara  "mandándose una cagada con la pendeja" pero no podía dejar de enojarme la intromisión de los demás, como una manera de ejercer presión y de boicotear todo lo que, desde otro lugar, a mí me estaba costando tantos miedos dejados a un lado. Sin embargo… ¿A quién eso le importaba? ¿A quién le podía importar cómo me sentía yo? ¿Quién, quiénes en realidad, al fin y al cabo, éramos nosotros – todos nosotros – para meternos en su vida, erigir juicios sobre su felicidad?     Aunque los celos me dislocaban la fuerza, me dije que si  a Él le servía esa modalidad para afrontar todo lo que venía pasando subterráneamente entre nosotros,  yo no podía juzgarlo. Por eso, en presencia de la señora y en los días posteriores, mi actitud no cambió en ningún aspecto.  Me dolía pensar que se enganchara con otra mujer, sí, pero para mí el fracaso era una posibilidad que tenía siempre en juego, inclusive, quizá, más que el éxito.   ¿Cómo iba a negar lo evidente? Yo no estaba en condiciones de competir, pero además, no me sentía capaz de hacerlo desde mis propios valores. Con su contemporánea,  las ventajas eran muchísimas y quizá yo podía tener la juventud o la frescura de la juventud, pero ella, a mi manera de ver , tenía la experiencia y algo que era todavía más fundamental: no corría con el peso de los prejuicios acuñados por Él contra la diferencia de edad.   
¿Qué chances podía tener? Para mí, casi ninguna. Yo parecía representar, precisamente todo lo contrario a lo que Él había sostenido toda su vida con tanta fijeza y eso no consistía en un punto a favor (sumado a lo que implica, además, cambiar de opinión a cierta edad, darse cuenta que uno nunca se las va a saber todas…).  En el mapa de su vida, todas mis cartas ya estaban echadas, flotando, y al menos hasta esa noche, no había valido en lo más mínimo la pena. 

III

“¡Vos arrugaste de una manera, Negro lindo! ” le dijo, una compañera – la celestina en cuestión, mejor dicho – apenas lo vio sentado en frente mío, la noche donde habíamos cambiado de escenario, la noche de aquél presente, donde el ambiente se vislumbrada tenso, una semana después de las tácticas fallidas. Nadie se imaginó que con esa frase iba a empezar el asedio, pero, todos los presentes – que habían estado la semana anterior- a partir de esa exclamación no dejaron de preguntarle por qué no la había llamado; por qué no se había acostado con ella, y, en especial, por qué la había mandando hasta la casa sin ofrecerle llevarla hasta allí, ya que había venido de tan lejos, (como si la susodicha fuera un paquete… ) es decir, siendo sintéticos: ¿por qué Él, que estaba soltero, disponible, y apto para hacer lo que quisiera, había arrugado?

El interpelado, para sorpresa de todos – incluida yo - no decía casi nada. Se quedaba callado aguantando los golpes, las acusaciones y las puestas en duda sobre su virilidad, incluso, por parte de algunos de sus pares. Mirando todo aquello, que me rodeaba y me parecía muy vulgar, intentaba no pensar en que me estaba incendiando por dentro. Lo sabía, sí, yo me los quería comer a todos usando cuchara, cuchillo y un gigante tenedor; pero no estaba en mis manos frenar la avalancha, no estaba en mi poder comerlos vivos a todos.  Pero… ¿qué le pasaba a Él, el centro de mi importancia, pese a las estupideces ajenas, con todo lo que se estaba especulando? ¿No iba a decir nada, no se iba a defender?  Lo bastante serio esquivaba las bromas, rebatía los dichos con delicadeza y esgrimía un solo argumento: “yo no me voy a acostar con cualquier mujer, porque sí, ni porque venga a una cena y se ponga a hablar conmigo”. También, decía:   “ ¿por qué, qué, yo no tengo derecho a elegir con quién quiero estar?  ¿Qué, la tenía que llevar hasta la casa, estaba obligado, tenía que acostarme con ella?  No es todo hablar en una cena, que la traigan para presentármela de la nada, y yastá. Todo bien, pero me la quisieron encajar. ¡Y  yo no tenía idea de quién era, pobre! ¡No, viejo, no soy un prostituto... ” ,  argumentaba, entre la broma y la sinceridad.

Solamente lo miraba mientras comía la picada con parsimonia, solamente lo miraba, pese a que tenía muchos insultos para decir. Aprovechaba que no de mis compañeros, sentado a mi lado, me ofrecía con extrema cortesía picada, trayéndome los bocados pinchados desde la tabla, por medio de sus manos o sirviéndome bebida cada vez que hacía falta. Sí, parecía adrede, pero lo cierto es que no estaba armado, ni premeditado. Él hablaba conmigo, como un caballero, y yo aprovechaba, dado que ese “montaje” no dejaba de darme réditos, muchos réditos; pese a que lo estuviera haciendo simplemente para evitar ponerme a llorar.        Creo que si alguien me observaba, por fuera, podría decir que pasé casi toda la noche, mientras siendo tratada como a una reina, abastecida personalmente de comida y bebida, como medio de constante seducción y fomento de la intimidad. Es decir, que había pasado toda una noche parloteando y comiendo, en especial, con un tipo que, en realidad, no me interesaba para nada y con el cual no estaba haciendo nada apropósito.

Por dentro me estaba muriendo; pero de eso, al parecer, nadie se daba cuenta. Quizá mi actuación, modestia aparte, era digna de un Martín Fierro, pero yo no tenía otro remedio que enmascarar mis sentimientos, pese a que sintiera todo aquéllo como una gran señal de provocación. ¿Qué esperaban, que me pusiera mal, que hiciera un bollo de papel con mi amor, que me diera cuenta de algo en especial? ¿Esperaban que me alejara, que no lo corrompiera más? Estúpidos. Yo no me iba a asustar de su opinión, ni de esos intentos infantiles por poner piedras en el camino. Era obvio (y luego lo confirmaría cuando Él me contara todo lo demás): mis compañeros se daban cuenta de mis intenciones y les importaban un carajo, porque consideraban que lo nuestro era una locura. Consideraban inmoral y descolocado que un hombre como Él “sucumbiera” ante una pendeja, que si bien era macanuda, no por eso se tenía que enamorar de ninguno de los muchachos y llevarlo por el camino del desastre… (digamos…).   Cuando las bromas mermaban, y las cosas se calmaban por un rato, lo paradójico era que Él buscaba mis ojos. Sentado en frente, aún teniendo una mesa larga alrededor para juntarse hablar de la susodicha, estaba sentado ahí, en frente, sólo a unas tablitas de manera barnizada de distancia.  Ateniendo el panorama, no era lo justo corresponder a su mirada. ¿Quién se pensaba que era, quién se pensaba que era yo para tener que estar siempre en sus orillas? Basta, basta de condescender.      Me ocupé de charlar y de comer con el compañero que, a mi lado, picardía de por medio, me trataba “lindo”. No dejé de consultar mi teléfono o de reírme – falsamente – de muchos de los chistes que todos hacían. Sí, una mostración muy grande de cinismo que, por lo demás, me pareció absolutamente necesaria para combatir la perfidia ajena.  Es que ¡¿cómo iba a pasar esa noche sin hacerle sentir celos, cómo?? La oportunidad estaba servida y yo estaba cansada de ser buena, de ser rechazada… Pero sí había una sola cosa que yo quería y era hacerlo desear. Quería, por primera vez buscarle el punto débil, intentar algo distinto, ver si podía pegarle en algún costado flojo, para que no creyera que yo estaría siempre a su alcance.  Quería hacerlo desearme, hacer que deseara también estar en el lugar de mi compañero. Quería obturar allí donde le ardía, donde le molestaba, donde le daba bronca, sólo para que tomara conciencia de todo lo que me estaba doliendo escuchar las cosas que le decían. Quería que viera con sus propios ojos lo mismo que yo había tenido que ver, exactamente, una semana atrás.

Y, aunque mi intención era clara, lo juro, yo no imaginé que tuviera tales efectos… Porque tal y como jamás me había puesto celosa, hasta esa noche, había sido incapaz de imaginarme dándole celos a nadie. Para mí, eso, representaba lo bajo, lo vulgar, lo fétido, en otro momento de mi vida, objetivamente, desde el lado racional… Pero, como estaba movida por mis sentimientos, aquélla estrategia infantil era el modo de devolverle tanta pero tanta generosidad.  

IV

En un momento de la cena mi teléfono sonó. Me entraba un llamado, lo atendí sin problemas y monosilábicamente di por terminada la charla. En cuanto apoyé el teléfono en la mesa, quizá al ver mi cara de disgusto por lo inoportuno,  me hizo un gesto. Le sostuve la mirada y esperé a que hablara, como mínimo, por tener el semejante descaro de pedirme explicaciones sobre un llamado… ¿Qué le importaba con quién estaba hablando, al fin y al cabo, si Él tenía otros numeritos que discar?

-      ¿Todo bien? – musitó, señalando el teléfono.
-      Sí, todo bien – le contesté, terminante, sin demostrar enojo, solamente, distancia.  
-      ¿Segura? – presionó.

Le sonreí, con ironía.

-      Sí, ***, segura – reforcé, y roté la cabeza hacia mi compañero, pidiéndole “de mil amores” que me alcanzara una servilletita de papel.  Noté, en paralelo, cómo se quedó mirándome, frustrado - igual de frustrado que yo; ante la realidad: era incapaz de decirle nada ni a mi compañero – contemporáneo a Él – ni a mí, que aunque no lo supiera, la estaba sufriendo en igual medida, porque no tenía derecho, y mucho menos, si al mismo tiempo lo estaban interpelando por otros asuntillos.   

 Durante el transcurso de esa reunión, noté que su cara de enojado iba ascendiendo con el correr de las horas. No reaccionaba igual que siempre; todo le molestaba. No tenía la misma paciencia para responder, ni para organizar las cosas, ni para consensuar los métodos con la opinión ajena. Y yo, plácidamente sentada en mi sillita, lo observaba tironear sin aportar absolutamente nada, mientras tomaba cerveza con mi compañero, hablaba con otro, y pasaba el rato.  ¡Cuánto fue posible engañarlo!   Permanecí como si no me importara, en lo más mínimo nada de lo que hiciera, como si no existiera, profundizando la llaga. Me quedé quieta, parca,  como si   su presencia, sus acciones, la última vez que había tenido sexo, el estado de su pierna o el haber arrugado con aquélla pajarraca verborrágica por demás; fueran temas de otro, un ajeno, otro más en la lista de los pendeviejos.

Y se ve que, a Él, mucho, eso no le gustó.

-      ¡Bueno, viejo, no sé, me pudrí, hagan lo que quieran! – dijo, elevando como nunca la voz, y golpeando la mesa con ambas manos.   

Levanté la vista de mi celular, sorprendida, porque hubiera reventado en público. Me encontré con su rostro colorado, producto de la impaciencia y la bronca. Me encontré con sus ojos desprendiendo impotencia, hartazgo y, especialmente, con un costado de ese hombre que no conocía: el tajante, el impiadoso, el terminante.

-      ¡Pero no es para que te enojes, boludo!
-      ¿No es para que me enoje, por qué no lo hacés vos, entonces? Hace dos horas que estoy intentando que nos escuchemos, que nos pongamos de acuerdo en cosas, que hagamos para cumplir, y no se puede acordar nada.
-      Bueno, escuchá, no te calientes así, Negro… ¿Qué pasa? ¿Te pasa algo más, te sentís bien? – le preguntó, su padre.
-      No, viejo, no es con vos, no te metás – le dijo, y ahí yo definitivamente me quedé anonadada.

Miré a su padre, compadeciéndome de él. Todos, sin embargo, estaban igual de estupefactos que yo y nadie se empeñaba en esconderlo. Él los miraba, enojadísimo, devolviéndoles el favorcito anterior, tirando dardos acumulados para todos los costados, exceptuándome a mí.  Porque conmigo no se metía, porque a mí no tenía nada que pudiera reprocharme en público, pese a que estuviera haciéndome sentir todo su desagrado.

-      Yo no sé si a ustedes les interesa seguir con esto, sinceramente, porque no le ponen ganas. Muchachos, esto es simple, nosotros somos autónomos, nosotros nos gestionamos. No podemos esperar de nadie nada, más que de nuestro esfuerzo. Si nadie le quiere dedicar un mínimo de su tiempo a éste proyecto ¿de qué sirve?

  -      No, Negro, es que todos tenemos cosas que hacer, a veces se nos complica – le dijo, uno de mis compañeros.   

-      ¡¿Y vos qué te pensás, que yo no estoy complicado?! – lo interpeló -  No tengo ningún problema en disponer de mi tiempo, cuando llego de la oficina, para hacer cultura; no tengo problema en poner plata para esto.  En todo quiero ayudar; me gusta esto, pero necesito que se comprometan si realmente les interesa. Me parece que es lindo para todos hacer estas cosas; pero las cosas tienen que estar bien hechas. No podemos escribir un día si y al otro día no; tampoco podemos organizar los eventos a los que todos les ponen el cuerpo, en base a supuestos – siguió, enardecido -  Si no les gustan mis ideas, o mis propuestas, se hacen dos cosas: o me voy, o proponen algo ustedes y lo ajustamos.  Yo soy totalmente flexible a lo que digan los demás; de hecho, una puta aportación es lo que estoy esperando, por si nadie se dio cuenta, somos un grupo, no soy yo solo hablando hace dos horas – remachó.

Se hizo un silencio, profundo, incuestionable. Lo miré, ahora sí, realmente preocupada, buscando sus ojos, para darle calma. Pero, curiosamente, Él me esquivaba la vista constantemente, sin posarse por un segundo en mis ojos.

-      Pero, escuchá, ¿cómo te vas a ir? – le dijo El Canciller – Vos y *** crearon este espacio ¿cómo te vas a ir, boludo, qué te pasa?
-      Pasa que estoy cansado, harto, re podrido de todo – dijo, y hasta a mí me dio un vuelco el estómago.
-      Bueno, yo sabés que estoy para todo lo que necesites, todo. Lo que pasa es que *** tiene razón, a veces, las cosas, se complican y estamos justos con los tiempos, estamos inseguros, como todo… Pero ¿sabés? Las cosas salen muy lindas, se nota que las hacemos con amor, no es para que te pongas así.
-      Mirá, vamos a hacer una cosa, yo me abro – dictaminó - Hagan, decidan, consideren y especulen ustedes. De mi parte, tienen todo a disposición, pero yo no puedo más. Sinceramente se los digo, no puedo soportar absolutamente nada más.

Su hermano, presente en esa charla, intervino:

-      Escuchá, boludo, aflojá un poco… - lo frenó – ¿Qué te pasa que te pusiste así? Vos sabés cómo son las cosas, no sé qué bicho te picó. Todos tenemos quilombos, tomate un descaso, no te vayas a la mierda. Escuchá lo que *** te está diciendo, no te calientes por demás… - lo retó.
-      Mirá, boludo, vos no me rompas las pelotas ¿estamos? Yo no tengo energía para afrontar que a todo lo que digo le pongas un pero; tampoco tengo energía para aguantar el desinterés. Así que nos ponemos las pilas o se buscan otro que tome mi lugar; no tengo ningún drama en adoptar una posición pasiva y acompañar el proyecto desde otro lugar. Ningún problema. Es más, me voy  a ir a la mierda… Me pudrí. No quiero saber más nada.

Otra vez, intenté que buscara mis ojos. Otra vez, esquivó mi mirada. “Negro, pará, pará, pará” pensaba, mientras lo escuchaba, desbocarse. “Ay por favor, no te expongas así, mantené la calma. ¡Sé frío, sé frío! ”  pensé, acto seguido, cuando ví que las cosas se estaban desmadrando.

-      Pero… - intervino otro de mis compañeros, el mismo que lo había estado pinchando con la otra - ¿En qué te puedo ayudar? ¿Tenés algún problema personal, ***? – dijo, más serio, llamándolo por su sobrenombre. Precisamente ése le había dicho que cómo iba a arrugar, que no podía hacer eso, y bla bla bla…

Sacudió la cabeza, indignado; colorado como un tomate, de la misma bronca.

-      Sí, boludo. Tengo problemas personales, lleno de quilombos estoy - dijo, elevando de nuevo la voz, fastidiado -  ¡Me están pasando muchísimas cosas, que no puedo manejar y de las que no tengo ganas de hablar; sí!  Me siento sobrepasado, realmente, se los digo en serio, me están pasando muchas cosas y no tengo paciencia para que la pasemos mal.  No puedo dormir a la noche, no trabajo del todo bien, y cuando vengo acá para relajarme, nos terminamos peleando y me rompe los huevos que todos estén en esa postura, loco. ¡Me rompe muchísimo los huevos...!  – admitió, enérgico, y se pasó una mano por la frente – No tengo mala disposición, no, al contrario; pero no estoy con la cabeza para sumarme más problemas. Quiero venir, sentarme y que la pasemos más o menos bien, no que nos estemos puteando – suspiró.
-      Pero… - lo frenó - ¿Te sentís bien?
-      Sí, me siento bien, boludo. Pero estoy con otras cosas en la cabeza en este momento. Tengo la cabeza en otro lado, muchas cosas para resolver, cosas en las que necesito pensar, y no son esto. Sinceramente, cuando todo acá se pone así, yo tengo más ganas de irme que de quedarme – dictaminó - Así que, todo bien, no estoy enojado, pero yo me abro. Hagan lo que quieran, ya no me importa más nada de lo que se esté discutiendo – formalizó, haciendo un gesto conclusivo con las manos.

Por unos segundos, mi tiempo, se detuvo. ¿Cómo que se iba a ir, cómo iba a ser tan cobarde? ¿Cómo se iba a escapar, por qué abandonaba un proyecto que Él mismo había comenzado y por el que nos habíamos conocido? ¿Qué se le estaba pasando por la cabeza?
Pasado el silencio primero, los demás, empezaron a charlar de los temas relacionados al objetivo del grupo, buscando soluciones. Él, una vez hecho el descargo ( y esbozados los mismos argumentos que más tarde me daría a mí para expresar la manera en que “lo había vuelto loco” ); se veía más tranquilo.  Escuchaba de lejos todo, como si efectivamente se hubiera retirado del asunto pero, por otra parte, no era capaz de abandonar la cena.   

Yo me recuperaba de su descargo y ya no me importaba darle celos con nada ni con nadie.  Sabía perfectamente que, a nivel grupal, no era la dueña de ninguno de sus reproches, al contrario, Él siempre me decía que me relajara con relación a eso, que lo disfrutara. Pero ¿a nivel personal, participaba de ese desmoronamiento interior, de ese estar sobrepasado o no tenía nada que ver y todo se trataba de otra cosa? ¿Y, en caso de ser partícipe, qué parte en su estado de agotamiento me cabía? ¿Le hacía daño, mucho daño, un daño pequeño?  ¿Podían ser celos la razón de su disgusto? ¿O primaba la impotencia como producto de su propia cobardía, del no poder decirle lo que verdaderamente le estaba pasando a los otros? ¿Qué era en realidad lo que estaba sintiendo?  Jamás lo había visto así, jamás se había mostrado desde lo agresivo, con ninguno de nosotros y jamás se había animado a decir las cosas que acababa de decir, frente a todos, dándole su merecido a cada quien.  

Sí, parecía estar enojadísimo, pero no pude resistirme a mirarlo. Al fin y al cabo, no había recibido ni una sola queja, ni siquiera, una mirada furiosa de su parte y eso, al momento de orientarme dentro del dislate general, en cierta medida, me ayudó a entender mejor la jugada para actuar en consecuencia. Así que, mientras todos los demás charlaban y yo fingía prestar atención a los hechos, me animé a buscar sus ojos sólo una vez, para probar, para medir un chiquitito la gravedad de tan delicado menester.    Él me estaba mirando, como si lo esperase, con las manos apretando su boca, dobladas en un puño, emulando vanamente la posición de un rezo.  No parecía enojado conmigo, más bien, todo lo contrario; me estaba dedicando una mirada calma, amigable y pacífica, que lo que menos llevaba encima era enojo. Estaba dejando la puerta abierta a todo tipo de consideraciones, otra vez, con ese gesto invaluable, por lo que lo que junté fuerzas, entonces, y le sonreí discretamente.  Me devolvió la sonrisa en modo automático y, para reforzar la salvedad, también me guiñó un ojo, a modo de complicidad.

Un rato después, miré su vaso de cerveza, y le hice un gesto cómico, con el que fingía retarlo, porque me había contado que estaba tomando un medicamento.  Sonrió, de nuevo, como si no le importara el curso de esa otra charla, y me dijo “es un poquito”. Revoleé los ojos, le hice un guiño de paz y, acomodados los tantos, me dediqué a prestar real atención a la conversación mantenida entre todo el resto de mis compañeros que, por otra parte, ya se estaban poniendo de acuerdo, sin grandes dificultades.

-      Viejo – le escuché decir, luego de nuestro intercambio de miradas – te pido perdón. De verdad, perdóname, no era con vos en particular el tema.
-      Ya sé, ***, ya te conozco. Sos un cabrón, pero no dejás de ser mi hijo – bromeó, exponiendo toda su ternura.

Una vez que la reunión fue decayendo, viendo su ocaso, las pautas habían quedado claras y el evento estaba encaminado. No había habido espacio para los chistes tontos, las cargadas fútiles, ni tampoco, para ningún otro cuestionamiento. Él, sin embargo, no había definido si seguía en su rol o adoptaba una posición pasiva que, más adelante, declinaría en largas ausencias.

Terminando de organizar mis tareas, con El Canciller, en un sitio apartado de la larga mesa, un rato después, Él se sentó con nosotros. Lo miré, concentrada en la charla que estaba manteniendo y rogué, al mismo tiempo, poder tener unos minutos a solas consigo. No quería pedirle que se quedara, ni que se fuera, pero sí quería pedirle que se calmara, porque me disgustaba mucho verlo así, y su angustia – de la que desconocía todavía mi responsabilidad, en el mejor de los sentidos - me hacía revalidar mis enormes ganas de confortarlo.  

Milagrosamente, antes de irme, se me concedió la oportunidad por primera vez en la noche, una noche atípica, movida, cargada y bastante pedregosa.

-      ¿Cómo estás de tu pierna? – le pregunté, como si nada, en el mejor de los tonos. 
-      Bien, no me duele casi – sonrió.
-      ¿Terminaste con el remedio? 
-      Hoy debería tomar un comprimido más – me indicó.

Lo miré, haciéndole un gesto con la cara para que se diera cuenta de que me acordaba perfectamente de eso.

-      Pero el señor bebió, borrachín, y ahora no puede tomarse su pastilla mágica – ironicé - ¿Cuándo este paciente se va a portar bien? – le dije, improvisando un cantito.

Sonrió.

-      ¿Sos mi enfermera? ¿Por eso me perseguís?
-      Nah, yo no te persigo, te lo digo. Ya sos grande, podés tomar los remedios solo ¿no?
-      Los voy a tomar, te lo prometo.
-      Mejor así. Tu cuerpo sabrá responder a las futuras hazañas, a los partidos de fútbol, a las aventuras del destino, tenés que estar fuerte como…  ¿una lechuga? – me reí – Y buscar una enfermera sexy, además, no seas boludo, aprovechá gaviota... - musité -  A ver si le hacés caso por lo linda, aunque sea, y no por tu salud… ¿no? - bromeé.

Sonrió, reblandecido y se rió con la broma. Sabía que, por lo demás, era incapaz de hacerle algo desde el mal gusto, ajeno a lo que ya me había cobrado en referencia a la Señora, aprovechando la picardía de mi compañero que, como si hubiera planeado todo, por suerte, durante esa noche, se deshacía en atenciones. 

Y hablando de compañeros... 

-      ¡Che, vos, enojado, no te calientes; no te dijimos lo de *** para joderte, vos sabés que está todo bien, no te queremos casar, hacé lo que se te cante el culo con ella o con lo que sea! – vino a decirle, en “privado” uno de los muchachos, nuestro compañero ante todo, sin imaginarse que yo tenía capital interés en ese temita.

Suspiró, más tranquilo, y asintió con la cabeza. 

- Yo no me caliento por eso, ni por lo que me jodan, todo bien – reflexionó –Además, la mujer que esté conmigo, ya sabe que no es cosa de venir y decirme que se quiere acostar conmigo, o que quiere salir, así, medio de prepo, sin que yo la conozca; como si yo o fuera una cosa. Es un trabajo, un paso a paso… – bromeó – Es un laburo, boludo, no me prostituyo y ella, hasta donde sé, tampoco venía con esas intenciones…

Mi compañero mofó.

-      - Esa te la debo, boludo. Estamos frente a una dama, por favor, no nos desubiquemos.
-     -  Ni hagan comentarios machistas… - añadí – El laburito, como lo llamás vos – le dije a Él en particular, medio bromeando – se llama cariño y suele ser mutuo. Lo demás, es un toco y me voy.

Éste tercero, "El abogado", se rió a carcajadas por mi sintética aportación, acompañando mi risa irónica. 

- La mina que esté con vos, boludo, se ganó a un pelotudo, pero también a un romántico… ¿Cómo es? ¿Un laburo? Dale, papá, nos hablamos, eh… ¡Un laburo, sí, un laburo! – lo despidió, divertidísimo, riéndose.

Ya en la puerta, antes de irnos cada uno a su casa, Él me miró y se acercó a saludarme.



 No te llevo porque vine con mi hermano, hoy – me avisó
- No, no hacía falta – le susurré, ajeno a las miradas indiscretas - ¿Te vas a acordar del remedio, no? – le sonreí. 
- Sí, sí, sí – insistió , antes de abrazarme.

Estando unidos, durante esos minutos, fue la primera vez que me dí cuenta que el contacto tenía una carga diferente, como si lo hubiera estado anhelado más de la cuenta.

- Tranquilo ¿sí? Ya está, por hoy, no te pelees con nadie más…  – le susurré al oído – Hoy, dormí ¿sí? Descansá, soñá con los angelitos, no te estreses ¿eh?

Sonrió, y aunque me faltaba un tiempo para averiguarlo, esa noche, me dio la sensación de que lo aliviaba nuestro contacto.  



 Graciassss – musitó, apoyando una mano en mi hombro, y yo una en su otro brazo, antes de separarnos.

“¿Qué es lo que te estará pasando?” pensé, una vez que llegué a casa, me desmaquillé y me acosté, como si se lo pudiera preguntar.  Me pareció una pregunta lastimera, en especial, porque no le encontraba respuestas y porque era una locura intentar obtenerlas, considerando su negativa anterior, en la que yo creía pese a su carácter endeble desde tantos otros lugares.

 Por eso, nunca creí, durante todo lo que transitó por mi cabeza esa noche, que solamente faltaba un mes y medio para obtener lo que andaba buscando. Mucho menos, pensé que un mes y medio después, Él confesaría cuánto de responsabilidad – en el buen sentido – tenía yo frente a su estado.  Nunca pensé que pronunciara, finalmente, su tan repensado “vos a mí me volviste loco, completamente loco”. Nunca pensé que yo fuera motivo de su desvelo, tal y como lo estaba siendo del mío, durante esa jornada inusual.


Hoy, mientras lo recuerdo afín de ponerlo en palabras, sonrío con cierto dejo de humor…  Pienso lo mucho que las apariencias nos engañan y, lo enorme que puede ser nuestro engaño ante las especulaciones de todos los demás. También en que no hay fuerza comparada con lo inevitable.

Por eso, hoy sé que esto desde una esquina u otra, pese a que no pudiera comprenderlo en aquél presente, tarde o temprano, estaba destinado a reventar. De allí, las innumerables intuiciones que, aún por encima de mi escepticismo, acabaron teniendo un sentido.