sábado, 30 de junio de 2018

Rosácea II

Uno de los tantos productos que me recetó la dermatóloga fue una pomada francesa específica para éste asuntito. Al margen de los tecnicismos y ni qué decir del precio, debo admitir la enorme efectividad que tiene a la hora de bajarme los colores en la cara y dejarme la piel en vías de mejora.  El primer día , ni bien la abrí, me llamó la atención el envoltorio, el formato; pura paquetería son para presentar sus productos los laboratorios franceses.Más adelante lo relacione con el costo y pensé que era, al menos, algo razonable que las pomadas e incluso los jabones vinieran bien presentados. 

Cuando me coloqué el gel, me llevó un instante entender el sistema de cómo abrirlo, y debo decir que no comprendía su finalidad o su efecto. Una baba trasparente, sin olor, sin ningún tipo de consistencia específica, se me pegoteó en el dedo y arrancó la odisea. Una vez aplicado ese ungüento parecía que me había pasado por la cara algo así como una delgada línea de gelatina sin sabor lo que me parecía bastante raro. ¿Se absorbería por la mañana, podría volver a maquillarme alguna vez, sería buena en verdad? 

Un ratito, unos minutitos después, me dije, asombrada, que parecerá gelatina y toda la pelota, pero su efecto es di - vi - no. Sí, nunca había probado cosas tan específicas a nivel dermatológico, ni tampoco aspiraba a comprar cosas tan caras, pero debo admitir que valen cada centavo, siendo que me tengo que reconstruir el lado derecho de mi cara. 

Voy llevando días en tratamiento. La rutina es estricta y la mayor cantidad de cosas se concentra por la noche, pero por el momento, voy respetándolo todo. Una cosa lleva a la otra: desde ahora, cuando termino de comer, también me lavo la cara, me aplico la pomada, me cepillo los dientes, me tomo el remedio, tomo mi otra pastilla puntualmente y con el deber cumplidito en todo aspecto ¡a dormir!  

Es irónico pero la piel me queda espectacular en los lugares donde no tengo los brotes. Así las cosas que nunca tuve tan mal y tan bien la cara. No me quiero imaginar la felicidad que me va a dar levantarme un día y ver que no tengo escamas, y otro, para notar que tengo menos hinchado; y otro más, para notar  que ya no me duele cuando me paso la mano por accidente y quizá un par de semanas más hasta corroborar que ya no me pica a niveles que me pongan tan nerviosa, por no poder rascarme.  Me va a dar mucha felicidad ver la cara que tenía hace unos meses, en todo sentido. Realmente, puede sonar superficial, pero no lo es para mí, por eso considero que será motivo de felicidad. 

Progresivamente, de un tiempo a ésta parte, me miro al espejo y no me reconozco; es como si me extrañara de lo que veo, como si no pudiera creer que ésa sea yo y la imagen cotidiana de mi misma se estuviese disputando con lo que me está pasando. 

No exagero cuando digo que lo único que veo y soy es un compendio de ojeras, rosácea y orzuelos, en pocas palabras. Incluso un profesor de la facultad me dijo algo de la cara, en frente de mis compañeros, antes de entregarme un parcial para hacer la semana pasada (desubicado, pero bien intencionado, supongo) y yo no pude evitar pensar que hay gente que no tiene espejo en la casa, pero al mismo tiempo, le dí la razón: tampoco yo estoy acostumbrada a verme tan desmejorada. 

Sin embargo, lo único en lo que me quiero concentrar por éstos instantes es en descansar, hacer foco en el estudio, seguir adelante con el tratamiento. Más adelante, en cuanto pueda, anhelo planificar cosas que me ayuden a bajar el estrés, anhelo poder dormir un poco mejor y ponerme más atención luego de que pase el aluvión de estudio y pueda poner un poco más los pies en la tierra.  Supongo que eso va a ser fundamental para contribuir a que no aparezcan nuevos brotes.De todos modos, no me doy por vencida. Toda esta clase de cosas que me han pasado, de diversa índole, desde que empezó este año, me ayudaron a hacerme comprender que soy una persona fuerte, que cada día soy un poco más fuerte frente a las cosas donde necesito serlo. 

Ojalá que grandes cosas buenas vengan pronto. 
Ojalá que acumular fortaleza no sea sinónimo de perder la ternura. 
Ojalá que todo, de a poco, empiece a encaminarse para mejor. 

No he perdido las esperanzas.  

viernes, 29 de junio de 2018

Al ataque

La semana anterior fue totalmente exigida para mí; y actualmente, estoy pasando por una de las semanas más estresantes de las que tengo memoria desde hace cuatro años. Fueron quince días de extremo estrés, hacía mucho tiempo que algo así no me pasaba.  

Partiendo de la base, la semana pasada cursé, trabajé y leí. Cuando me llegó el momento de poder distenderme, finalmente, no me quedó otra que pasarme leyendo todo el fin de semana. Venía de una semana muy movida, considerando que se iba a poner bravo el asunto de los examenes, por lo cual le mentí mano alevosa al estudio. Estoy teniendo muchos chispazos cotidianos, realmente, parece que se han puesto TODOS de acuerdo para venirme con planteos, problemas, quejas e idioteces que no puedo resolver, justo en una semana donde necesito ocuparme de mí y no puedo, y ya no quiero, estar pendiente de los demás (leáse mi familia). Así, el post- universidad lo paso entre discusiones con mi padre (creo que hace un mes que no hablo bien, como una persona normal, porque está totalmente enemistado con la vida y yo ya no me siento capaz de aguantarlo), entre límites a mi madre y la reproducción a sus quejas, entre mensajes de problemas y problemas y problemas frente a los cuales me hago una sola pregunta: "¿no podía ser lo mismo joderme la semana que viene, donde no tengo que estudiar todo el tiempo? ". 

Esta semana, el panorama, fue igualito. El lunes estudié, trabajé y volví a estudiar por la noche. El martes estudié y rendí un examen por la noche. El miércoles, me levanté muy temprano para ir al médico, y cuando llegué a mi casa me interné a estudiar para la materia que rendía el jueves por lo que preparé, porque no tuve tiempo ni forma de hacerlo mejor, un parcial en un día. El jueves, cuando salí del examen, mis compañeros de facultad me insistieron mucho para ir a una fiesta, esa misma noche, pero me quedé desplomada en cuanto toqué la cama. Fue una de las pocas veces donde necesitaba mucho despejarme y tomar cerveza para cortar el día, pero mi cuerpo no me acompañaba y no había modo en que mi cabeza reaccione. Estaba atontada, como en otra dimensión.  Hoy viernes me levanté lo más tarde que pude, pero sigo con la cabeza bloqueada; aunque fui a dar asistencia y a entregar un trabajo a la Universidad. Cuando llegué a mi zona, me interné en una cafetería a resumir un texto que le tengo que mandar a un grupo de estudio con el que estamos preparando el próximo parcial, que rindo el siguiente martes, "cuanto antes mejor, porque así lo estudiamos pronto" (Y sí, claro, imaginate que vivo pendiente de vos, y para joderte, que te voy a mandar los resúmenes el día antes y que te estoy avisando que no puedo antes porque soy mala, viste, porque me la paso rascándome la panza, tesoro...). 

Para coronar el ámbito universitario, hoy cuando salía del campus, lo crucé al Cerdo. No fue la primera vez que nos vimos desde que empecé el año, pero sí, la primera vez que nos cruzamos de frente. Me reconoció, antes que yo, porque evidentemente todavía se acuerda del asunto. Por mi parte, cuando me llevé la sorpresa desagradable, agradecí estar entre compañeros y le dediqué una mirada funesta, de un breve segundo. No me inmuté. El estrés, también, te vuelve fuerte y hace que las cosas que antes te atemorizaban, en el mismo instante de derrape, apenas te toquen.  Hay algo curioso en su mirada, sin embargo: él no parecía enojado, al contrario, parecía haberse quedado con la sangre en el ojo, entre el miedo y el "si decís algo, jamás nadie te va a creer, pendeja boluda". Ojalá que un día se le acabe la impunidad. No se puede ir de éste mundo, maldito cuarentón, e intelectual falluto, sin haber pagado las que hace. 

 Hacía mucho tiempo que no me sentía tan cansada, y en especial, considero que durante estos últimos seis meses  se ha mezclado demasiado lo interpersonal con lo universitario, haciéndome hacer bastante malasangre.   No en vano, uno para estudiar tanto necesita estar tranquilo, o lo más parecido a eso, pero cuando viene la racha, viene... Y también es necesario hacerle frente. 

De brazos cruzados, no me voy a quedar. 

Ése es mi nuevo lema. 


miércoles, 27 de junio de 2018

Rosácea

Hace bastante tiempo venía con la piel deteriorada. Si bien la cuido muchísimo, en general, mi cara transitaba otros cantares de los que poco comprendía. Permanentemente estaba enrojecida, como si estuviera ruborizada las veinticuatro horas del día y, un tiempo después, comenzaron a salirme algo que - aparentemente, en mi ignorancia - pensé que eran simples e inofensivos granos. Es que... ¿quién no ha tenido acné alguna vez? Sumado al desbarajuste hormonal, y todas esas cosas que le pasan a las mujeres, fue que me dije: "Debe ser pasajero, esto". Sin embargo, persistió. Y pasó un mes, y otro y otro, hasta que lo que parecía solamente un impar de granitos se descontroló. Y allí, en ese punto, no me valió ningún tipo de cuidado que hace años - desde los veinte, siendo exacta - vengo teniendo con la cara. Porque recién hoy me enteré que yo no tengo la piel sensible, y que no es rubor lo que se me aparece en las mejillas, sino, rosácea. 

Durante todo este tiempo, la apariencia de mi rostro se deterioró. La piel se me caía, en pequeñas escamas. Lo que yo creía que eran granos (ahora sé que no lo son,  que se llaman pápulas), finalmente resultaron  una manifestación más de esta enfermedad crónica de la piel.  ¿Lo más curioso? Ésta enfermedad tiene mucho que ver con todo lo que también me está pasando en los ojos desde hace un año.  Uno de los efectos secundarios cuando comienza a empeorar la piel es que te afecte la zona ocular, promoviendo la aparición de alergias, entre otras cosas (y sí, al parecer, me saqué todos los números...). 

más o menos así, tengo la cara. 


II 

Honestamente, no puedo decir que esté contenta, ni aliviada por saber qué es. No quería, por ningún camino, que me diagnosticaran éste tipo de afecciones porque sabía lo rebeldes que son y, especialmente, el alto costo que representan... Pero, aunque parezca mentira, ahora que lo sé,  tampoco puedo decir que esté triste.  Creo que no tengo tiempo para ponerme triste, ni para exteriorizar nada, cuando me están tapando los parciales en la Universidad y cuando no estoy durmiendo bien desde el lunes, pero también creo que tengo que sacar fuerzas de alguna parte, para seguir adelante. ¿Qué más puedo hacer, si no es ésto? El tener la cara destruida, el mirarme al espejo y notar cómo un día donde parecía haberme levantado bien, finalmente, "detoné", no me causa ninguna gracia, de hecho logró que mi autoestima descendiera por el quinto subsuelo, pero... ¿qué puedo hacer más que obedecer y entregarme a la ciencia? Uno de los motivos a través de los cuales ésta afección dérmica se desencadena, es producto del estrés. Porque no solo son los cambios de clima, si hace veintitrés años vivo en el mismo lugar, pero sí, los cambios de vida. ¿Y quién puede controlar esto, a decir verdad? Probablemente, lo mejor sea intentar quedarme tranquila,  seguir adelante y concentrarme en no empeorar desde lo emocional algo que ya está lo suficientemente malogrado desde lo orgánico. 

El tratamiento que estoy siguiendo es riguroso, y por encima de todo, excesivamente caro.  Me recetaron: pastillas específicas; un gel francés para ponerme de noche, un jabón para lavarme diariamente el rostro, también francés, y un protector solar del mismo laboratorio y de la misma procedencia. Ésto último me preocupa un poco, porque hay una serie de productos que necesitaré utilizar siempre y, como no son de laboratorios nacionales, el tipo de cambio juega muchísimo en el precio. Pero tampoco ésto puedo controlar (de hecho, si no lo puede controlar un gabinete económico especializado en la tarea, ¿qué quedara para los simples mortales?).  Siendo honesta, e intentando hacer un poco de reflexión con ésto, entre la flotación sucia y el equilibrio "natural " propio del libre mercado, no sé demasiado bien cómo me podrá quedar el rostro, entre otras cosas, siendo una mundana jovencita oriunda del Conurbano Bonaerense; pero reconozco que haré lo posible en la medida que pueda con el correr de los meses. 

III 

Dentro de un mes tengo que volver a controlarme, para ver si progresé, con la dermatóloga. Antes de eso, tengo turno con el especialista oftalmológico para revisar el asunto de la operación, para que me examine y diagramemos mejor las cosas (como para no estar ansiosa, pucha...). Pero, por encima de ambas cuestiones médicas, ayer rendí un parcial, mañana tengo otro (el viernes quizá otro y el martes otro), por lo que una vez que tome la pastilla para la cara, la otra pastilla, y termine de leer las veinticuatro hojas que me quedan; quizá me voy a dormir en unas cuatro horas. 

Al ataque. 

No sé contra quién o contra qué, pero al ataque. 

De brazos cruzados, no me voy a quedar. 

martes, 26 de junio de 2018

Hablar de amor IX

- ¿Estás cómoda? - me preguntó, como siempre. 

Ese como siempre, lejos de ser una mera manera de decir, construía una constante: el respeto, la noción de mis descubrimientos y el tomarlos como una aventura de orden personal, donde contribuir en forma positiva. 

- Sí, todo bien. 
- No sé eso - se rió. 
- Yo sí sé. Está todo bien. 
- ¿Todo? ¿Vos decís? 
- Todo - intensifiqué. 

Suspiró y me miró, sorprendido. 

- ¿Por qué no te me acercás? - dijo, en voz muy baja - ¿Me tenés cuiqui? ¿Soy feo, te asusté?
- No - dije. 
- ¿No querés que me acerque? 

Negué con la cabeza, como si le dijera "no empieces, bobo". 

- ¿Y qué pasa? 
- No sé - me reí, al descubierto - Creo que no lo puedo creer. Me lo imaginé tantas pero tantas veces que ahora estás, así, al lado mío, y lo único que pienso es "qué loco, está pasando" - le confesé y se rió - Y es re loco decir "che, lo podes tocar eh, no se disuelve en agua" 

Acostado a mi lado, mirándome, levantó un poco la cabeza y yo hice lo mismo en consecuencia. Quería mirar donde Él miraba, pero lo más cómico, era que me estaba observando a mí y acababa de notarlo. Tenia una mirada curiosa, pero predominantemente tierna, como si quisiera verme la expresión al confesarme más allá del amor, de nuevo, de los límites del amor que sentía y del que estaba al corriente. 

- ¿Qué? - le pregunté. 
- ¿Te imaginabas estar así, conmigo? - su voz denotaba incredulidad. 
- Ay, no me hagas decirlo.... 
- No, por favor, no me dejes asi. Decimelo. Me vuelvo loco si no sé,  Por favor. 
- Sí, más vale. Me lo imaginé durante meses. Me daba ganas de pegarme un cachetazo, es re estúpido ya lo sé pero mi mente volaba, volaaaba. Terrible era. Yo me decía "Bueno, Veinte, aflojá porque este tipo ni bola" pero a la noche, casi todas las noches me dormía pensando "¿y si un día pasa y lo puedo tener así acostado conmigo, cerca, cerca ,cerca?". 

Suspiró, dulcemente. 

- Y ahora, te veo acostado acá, así, tan cerquita, tan cerquita y es una locura... 
- Sí, es una locura. 
- Pero es genial - admití. 

Se rió, despacio. Estaba muy callado, pero en su rostro, no había rastro de infelicidad. Mas bien, cautela, y por sobre todo, dulzura, mucha, muchísima, dulzura.  

- ¿Sos de verdad, no? - le pregunté a modo de chiste. 
- No sé, no sé si no desaparezco, eh... - me burló - ¿No estarás soñando, vos? 
- Acabo de confir,mar que sos de verdad. El de mi fantasía no tendría respuestas tannnnn tuyas, querido, taaaaan tuyas...  - le dije, riéndome. 

Un ratito después, luego del parloteo juguetón, me acarició las manos, despacio y fue ascendiendo con todo cuidado, con toda delicadeza, pasando por sitios en los que nadie había tenido posibilidad de habilitación, despertando una tormenta en cada uno de los músculos por los que se hallaban sus manos andariegas.  Puso la calidez, pero además, el escalofrío propio del estremecimiento, puso el vaivén de sensaciones tan particulares que fueron amenizando mis temblores, toda mi verguenza, mi miedo, mi incredulidad. Me besó la frente, jugó con mi pelo, se dedicó a masajearme la cabeza, revolver los mechones, dejarme besos en la nuca y en los hombros. 

Logró, como era de esperarse por el particular y afectivo trato que me estaba dando, que yo me rindiera ante el acurrucarme consigo. Más allá del sexo, más allá de todo, del bien y del mal; acurrucarnos. Sí, eso de quedarse abrazado conmigo durante horas y hablar a veces y otras veces, no. Abrazarme y darme besos, acariciarme. Recibir mis caricias, mis palabras, mis besos por toda su cara. Saber, decididamente, que me estaba sacando las ganas de si mismo, de esos momentos de inocente y mágica intimidad con una persona. Saber que, en ese momento, en esa noche donde la tierra seguía siendo la misma y el mundo incurría en las mismas trampas, yo estaba navegando en Marte, en Plutón o en Mercurio. Nada más que Él y yo importábamos. La gente, la sociedad, la diferencia de veinte años de edad, la muerte, el paso del tiempo o el dolor posible, eran poca cosa, insignificantes índices a medida que me iba elevando, como si flotara en el espacio, sin gravedad. Todo cuanto hacía me sorprendía para bien, porque no pensaba que fuera capaz de ser tan dulce conmigo, no es que lo imaginase brusco, al contrario, pero en todo momento me daba la sensación de que la dulzura y la ternura en todos sus gestos estaban acompañadas de un cariño, de una pretensión de cuidarme.  Todo cuanto hacía, y todo lo que me permitía hacer, incluso la forma en que me miraba cuando le pedía permiso para darle un beso, o le contaba que quería acariciarle la cabeza y perder mis manos en su pelo, me sorprendía para bien. El modo en que me cedía su cabeza, su cara, sus manos, su cuerpo, como si fuera una redundancia y pudiera hacer de todo consigo, porque no podía oponer resistencia alguna, era maravilloso. 

 La sonrisa suavecita que se le dibujaba en el rostro mientras le pasaba las yemas de mis dedos por la barba ciento ocho millones de veces y la forma en que cerraba los ojos, como los perros,  cuando disfrutan mucho algo. La forma en que ascendía por su cara y mimaba su frente, y traspasaba sus entradas para jugar con su pelo. La forma en que lo quería. En que buscaba que mis caricias fueran, antes que nada, otra manera de decirle estoy enamorada de vos. La forma en que acariciaba suavecito las bolsas debajo de sus ojos, y sus patitas de gallo, y su mentón, y sus labios y todo ese rostro, toda la identidad del hombre que amaba y que quería cuidar del mundo, y que quería que estuviera así, con los ojos cerrados, vulnerable, mío en el mundo.  La forma en que, luego de ésto, abriría los ojos y me miraría, como si estuviera conmovido y deslumbrado por mi manera de demostrar cariño. El verle unos ojitos divinos, como si estuvieran embelesados. 

- Tenía ganas de hacer éso en particular - le diría yo, motivada por la confianza - Te juro. Te quería acariciar toda la cara, tantas veces... Y era un decir, ay Dios mío, me tengo que comer mis propias manos, si no puedo... - suspiraría. 
- ¿Sí, en serio? ¿Cómo nunca me di cuenta? ¡Lo escondiste muy bien, eh! 
- Sí. Imaginate que si no lo escondía un poco, ya no respondía de mí. Era un "calmate Veinteava. Ubicate un poco, si no, este chabón va a salir rajando". 

Lograría hacerlo reír. 



Un rato después, mejor acomodado, habiendo buscado la posición exacta para confortarme, me abrazaría por detrás y me rodearía con todo su cuerpo, amparándome del resto de la realidad. 

- ¿Estás calentita? 
- Sí. 
- ¿Segura? 
- Tengo los pies fríos, pero siempre me pasa. No nos movamos nunca más - añadiría. 
- Mmmmm - diría, a su manera, juguetona - ¿Y tus pies, por qué no los encuentro yo? ¿Dónde andan? 

Los extendería, y Él los entrelazaría con los suyos. 

Un rato después, el medio de un sopor, una especie de ensoñación mágica, preguntaría. 

- ¿Y? No se te escuchó mas, eh... ¿Mejor? 
- Estoy muerta, es eso - le diría yo - Hacés milagros. 
- Vamos todavía - la siguió - Toda hecha un bollito, así, te ponés,  - me hizo burla porque era pequeña bajo su cuerpo y lo contundente de su arrope.  
- Siempre los tengo fríos los pies. Menos ahora. 
-  En cinco minutos, se te va a pasar, vas a ver... 

Sonreiría sin que me viera. 
Estaba más mimosa que destemplada, a decir verdad. 

- ¿No te resulta incómodo, no están muy fríos? - le sacaría charla, porque sí. 
- Nah. No me molesta que tengas los pies fríos.  
-  Me caes mejor ahora 
- ¿Ah si? 
- Sí, me caés bien. ¿ No te diste cuenta todavía? - lo agarraría de la mano, para acariciarla con cariño, acompañando el descanso que traía debajo de la ropa.  
- Yo de lo único que me di cuenta que es vos sos tan brava, tan terrible conmigo...  Qué te parió, che... Tan brava, sos. 
- ¿Qué me parió, qué? Te faltó decirme algo... - lo recordé. 
- ¿Qué me faltó decirte? 
- El "quuuuuuué guacha que sos, Dios mio, Dios mío, Diossssssssss míooooooo" y así, con muchos "Dios mío"- lo burlé. 

Se reiría. 

- Mirá si serás guacha, de verdad. ¿Me cargás? ¿Me querés decir de donde saliste con esas ocurrencias, vos? 
-  Es que me gusta reírme de vos, con vos, todo... Me gusta. 
- Sos mala ¿sabés? En el fondo, te me cagás de risa.  
- Nah. Me comprás cuando me calentas los pies y no me río. Cagué, de hecho. 
- ¿Qué te voy a comprar yo a vos, que estás diciendo? 
-  ¿Tenés dudas?
- Es mentira. 
- No.  
- Meeeeentira es.  
- Vos un día abriste un contenedor en Aduana, como estás acostumbrado, y salí yo - le hice burla a su voz -  Eso te pasó. Ahora estoy casi de contrabando abajo de las mantas con vos, pero la historia en realidad es así. De un día para el otro, pum, mercadería de procedencia que mamita ... Agarresé ahora, el Despachante. 

Nos reímos. Me abrazó más fuerte.  Sentí su sonrisa en mi nuca. 

- Sos terrible, vos. Sos terrible, te juro,  para mí. 
- Es la idea. Agarrese ahora, el Despachante. 

domingo, 24 de junio de 2018

Hacerse desde abajo

Hoy, mientras estudiaba, abrí mi casilla de correo electrónico y por equivocación dí con la carpeta donde tengo archivados los e-mails que envié a cada uno de los colegios privados desde que empecé a buscar trabajo referido a lo que estudio.  Desde Diciembre pasado, sin embargo, en cuanto terminé con las clases, dejé y mandé numerosos curriculum vitae para trabajar en otras cosas que no tuvieran nada que ver en lo que hago y aunque no tuve ni un poquito de suerte con eso, "la vida" no me dejó en Pampa y la Vía del  todo. Por eso, pensé en jugármela definitivarmente por empezar a ver lo que estudio como una potencialidad de empleo y no solamente como una cuestión de vocación y desde allí me aboqué a mandar e-mails a editoriales, colegios, biblotecas y afines. 

Entre el dejo agridulce del intento que no encuentra vías por el momento, me dí cuenta que llegué a los veintinueve envíos sólo contando los colegios, dentro de las diversas zonas. Y eso, sin contar la gestión estatal a la que llegado en momento accederé en cuanto resuelva cuestiones del porcentaje de materias que exigen.


 Haciendo un balance, hace unos meses, solamente obtuve un llamado para una entrevista que, vaya a saber por qué, pese a mi decepción posterior porque me gustaba el colegio y me quedaba a la distancia justita para seguir estudiando por las noches; no se concretó nunca, aunque contaba con la disponibilidad y estaba en zona. ¡Tendrían que haberme visto evaluando planificaciones del Ministerio de Educación y programas, de diferentes divisiones, aliviada por corroborar que había visto todos los temas, que podía enseñarles a Prácticas del Lenguaje o Literatura, según las horas que estuvieran disponibles! Y todo, para que al final, no me llamaran...

II

Aún con la duda respecto a qué pasó, considerando que quedaron en llamar felizmente al día siguiente y eso nunca pasó, desde esos momentos donde empecé con la búsqueda específica hace casi tres meses, ahora me pasa algo que me causa mucha gracia (porque si me amargo no busco más y en mi noción del mundo, yo no me puedo dar ese lujo...): cada vez que voy por la calle, esté paseando, mirando vidrieras, buscando libros, volviendo de la Universidad, charlando con una amiga, yendo a visitar a mi hermana a su casa ubicada en el traste del mundo a la vuelta;  busco colegios. 

Y, la parte más graciosa de mi búsqueda, es el mirar de reojo a niños o niñas con uniformes que me parezcan desconocidos procurando identificar la procedencia de los mismos. Porque la pregunta que le sigue, cada vez que doy con una combinación de colores que me hace entrar en duda es: ¿a éste mandé o no mandé? Acto seguido, hago memoria, me fijo en la carpetita, y de no ser así, al ratito agarro el celu o la compu para dejarles el regalito.  De otra manera, ¿para qué estoy estudiando ésto, no? ¿Para qué todo este sacrificio? 

III

Ojalá que en algún momento me llegue lo que espero,  que no me deje plantada, porque el tener un trabajo estable es parte de toda una cadena de cosas que he venido proyectando durante todo este tiempo para las cuales, antes que nada, necesito tener un trabajo estable para poder costearlas con mi esfuerzo y, en especial, hacerlas sin apuro y sin urgencia.  

Mientras tanto, yo sigo caminando.
Según los dichos de Machado, así se hace el camino.
Ya veremos. 


jueves, 21 de junio de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: Narrar por experiencia

Hace unos días, me levanté, le respondí un mensaje a una amiga para seguir con el hilo de un chiste y, de paso, me di  una pasada por las notificaciones de redes diversas. Estaba buscando algo en particular, que es motivo de gracia para nosotras, cuando encontré que Él - sí, Él, el mismo que viste y calza - se había pegado una vuelta a eso de las nueve de la mañana por mis fronteras, dejando seña gráfica del hecho.

II

Miré treinta veces la pantalla y algo de lo que veo me molesta. Todo parece indicar que ese nombre, esa irrupción, esa rotura, molesta, pero me siento extraña, desconectada. En medio de esos instantes primeros de confusión, no entiendo que efectivamente el nombre que aparece allí corresponde al nombre con el cual lo bautizaron a Él. Es como si me estuvieran hablando de otra persona; y como si, especialmente, las ideas referidas a la vida de Él se cruzaran de lleno con la realidad de sus gestos. 

Por dentro, cimbra todo. Mis supuestos empiezan a caerse y, de nuevo, no puedo evitar la pregunta más dolorosa de todas, al día de hoy: ¿para qué hace éstas cosas? ¿para qué más dolor, para qué ese fisgoneo, cobarde e incapaz de cambiar el curso de los acontecimientos? De verdad, ésa es mi pregunta del presente... ¿para qué más de ésta historia que no se muere nunca?

III

Lo quiero matar, éso es lo que me sucede. Por primera vez en cuatro años siento unas ganas de ir, putearlo y pedirle a su fantasma, a esa manía de estar y no estar, que me deje tranquila. Quiero decirle que termine de hacer estas estupideces de adolescente. Quiero decirle que se ocupe de su vida, que se quede con Ella, y que no se le ocurra ni mirarme - si total, el papel de boludo es el que mejor le sale - la próxima vez que pase por mi casa y pretenda hacer como que no existo.

Quiero decirle que es un tonto, que es un gran tonto, por pensar que con mirarme a la distancia después de todos estos años, algo se puede arreglar. Quiero decirle que es un tonto por no saber que la tecnología lo está delatando. Quiero decirle que a las nueve y media de la mañana un hombre de su talente, y con su cargo, está trabajando en el Centro Porteño para seguir ganando grandes cantidades de dinero y no debe estar, ya, en especial, por la decisión que tomó en su momento, pendiente de las fotos que sube o deja de subir una pendeja. Quiero decirle que se deje de joder, de removerme la vida con su curiosidad.

Quiero pedirle por favor que no me obligue de nuevo a hacerme esas preguntas. Quiero pedirle por favor que no nos volvamos a ver, aunque se me parta el corazón en pedazos, porque ya entendí que la felicidad no tiene nada que ver consigo; sí, ya entendí que mientras siga siendo tan cobarde y mientras eso a mí me siga molestando en cuanto lo vuelvo a percibir, nosotros nunca vamos a poder estar a gusto con el otro.

Quiero pedirle por favor que no me haga remover, con esto, nuestra despedida. Que por favor, si no va a hacer nada por mí, si sólo es mera curiosidad lo que siente, ése desliz de una mañana de lunes jamás vuelva a repetirse.

¿De qué sirve que vea, si no va a poder hablar, si no va a tener jamás en lo que le reste de vida el coraje para verbalizar lo que sea que le sucedió conmigo y, en especial, la razón por la que sigue observando fotos a la distancia? ¿Qué importancia tiene, qué importancia tengo, qué se le pasará por la cabeza, en qué pensará mientras indaga?

Quiero matarlo, sí, por molestar; por remover. Pero en especial, por ser cobarde, por no haberse jugado en su momento, por jugar con el celular justo  a fin de cuatrimestre, donde tengo que tener la mejor de las energías y la mayor concentración. Quiero matarlo, por obligarme a ser más fuerte de lo normal en una semana donde estoy en la previa a cuatro parciales.

IV

Me levanto. Se me quitan las ganas de desayunar. Me siento en la mesa de la cocina, como si me hubieran comido la lengua los ratones, y no puedo evitar que los ojos se me llenen de lágrimas. " Dios mío, ***, cómo se nota que estás al pedo, cómo se nota que sos un cagón de mierda, cómo se nota que vos ya hiciste tu vida y uno tiene que salir todos los días a remontar la suya, cómo se nota que no te duele ...", pienso. Tomo aire, hondamente y pasa un rato largo hasta que mi cabeza logra ajustarse al día donde estoy. Un rato después, almuerzo, me quedo un rato sentada al sol,  evalúo sin poder concentrarme unas cosas para la Facultad, me ducho y me voy a trabajar.  Mi labor la hago callada, aunque me debo el concentrarme para que no se me mezclen los papeles. Cuando me quiero acordar, planeo levantarme muy temprano al día siguiente para seguir con mis resumenes.

Pero estoy vacía. Me siento inesperadamente vacía en cuanto llega la noche y hago un enorme esfuerzo para no preguntarme qué le pasa por la cabeza a un hombre de casi 47 años para jugar con el celular como un pendejo. ¿No le duele saber? ¿No le duele ver a la distancia la vida de una persona, tal y como me pasa a mí, en caso de ser tan estúpida de interesarme por detalles de la suya?

V

Cuando habíamos hablado, hace ya seis meses, de corazón creí que ésta vez íba a poder ser distinto. Suena ingenuo pero, lo juro por lo que sea, yo pensé que como ya no le gustaba, como ya no le producía nada - por el paso del tiempo, etc - no había razón por la que tuviera que escaparse de mí. ¿No me había pedido más de una vez que fuéramos amigos, que buscáramos la variante menos dolorosa de la relación, que nos quedáramos con lo bueno de todo lo vivido junto al otro? Él, la noche de la despedida, había sido el de esas ideas, no yo. ¿Por qué no pensar que quizá tuviera razón y hubiera podido procesar la vivencia? Al fin y al cabo, la que lo había querido era yo; y el que había esgrimido sentir cosas por mí pero no poder, había sido Él. ¿Quién estaba juzgándolo por eso ahora? ¿Quién lo estaba atormentando por su decisión?

Mientras me ducho con la cabeza en otro lado, me digo que yo sé manejar éste dolorcito mejor que cualquier otro, porque ya llevo muchos años conviviendo con él. Sin embargo, hay algo que me derruye: no puedo evitar que su irrupción auténticamente innecesaria me desordene y eso es lo que no puedo perdonarle.  Porque una vez más el mundo construido se me revuelve y tengo que seguir adelante, sabiendo que todos los días le pongo lo mejor. Y me digo que tengo que seguir y salir adelante porque además tengo la obligación y el derecho de forjarme un futuro, y de progresar, y de seguir haciendo cosas para salir adelante. Me enojo consigo, o mejor dicho, con lo que su actitud tibia vuelve a representar, porque no se imagina lo que me duele pensar: "¿qué hubiera pasado si...?" una vez más; cuando la noche en que me dijo no poder seguir adelante, no poder considerar la posibilidad de que yo sufriera a largo plazo, no poder superar la diferencia de edad, fui yo la que llegó a su casa y se dió cuenta que se le había estallado el corazón y buena parte de su vida.

VI

Yo sé que no lo hace porque es una mala persona, pero volver a preguntarme por qué hace esto - no es la primera vez, y por lo general, siempre en la misma época- implica que miles de supuestos sobre su vida, se me caigan.  Sí, suena tonto, pero yo siempre lo imaginé feliz. O al menos, siempre pensé que desde su punto de vista, al dejarme, se había sentido aliviado, había tomado una decisión que le permitiera estar mejor. Siempre pensé que tanto dolor no había podido pasar en vano, que había una razón general para ésto, que quizá lo había ayudado a cambiar. ¿Pero qué lugar tiene la reincidencia en este planteo? La reincidencia me habla de cosas sin resolver, del recuerdo, del interés por saber y todo eso no me ayuda a pensar que, al menos uno de los dos, tuvo un porvenir más feliz. La reincidencia no coincide con mi tesis de que "se sacó de encima un problema". La reincidencia no coincide con la idea de que, por lo menos, tiene una pareja estable que lo debe querer y debe estar bien. La reincidencia no justifica, ni explica, ni pone lógica al hecho de que su sentir pero no poder no haya sido, necesariamente, sólo una buena excusa.

Por eso me duele. Porque siembra dudas respecto de cosas que no podré responder nunca. Porque toca puntos que yo ya tengo cerrados. Porque rompe mis argumentos, los argumentos que han mantenido mi cordura o al menos que me han ayudado a pensar un lado positivo de esta situación, y los tira al tacho de basura. Porque me demuestra que la vida tiene historias truncas, porque me demuestra que no siempre la gente es valiente, por mucho que te quiera, y no siempre la cobardía implica falta de amor.

Sí, me duele, porque no puedo decirle que quiero verlo, para que se escape, del espanto que le da cruzarme, y al mismo tiempo, no entiendo cómo una mañana me levanto y ahí, frente a mis ojos, tengo la prueba fehaciente de su curiosidad.  ¿Curiosidad, sobre qué? ¿No se da cuenta que soy yo, la misma chica por la que no se jugó, la misma piba que dejó a los diecinueve años de un día para el otro, la misma chica a la que le pidió un abrazo fuerte y que lo perdonara, la misma pibita con la que no pudo superar los veinte años de diferencia, por prejucioso y cagón? ¿Qué cree que va a encontrar de nuevo, en ese cúmulo de dolor, en ese nido de renunciamiento, en todo lo que hubiera podido ser y no fue - porque él no quiso - para nosotros dos?

Los años me han demostrado que hay gente mucho peor, dispuesta a hacer de todo con uno, y que hay gente que aún equivocándose en el camino, muchas veces, lo que pretende es cuidarte. De hecho, sin ánimos de justificarlo, el paso del tiempo, el haber tenido otras experiencias, y el haber madurado, me ayudó a comprender cuán difícil había sido, seguramente, para un hombre como Él la situación en la que yo, sin querer, desde el amor más honesto que alguna vez sentí por alguien, lo había puesto.

Sin embargo, cuando la noche del primero de enero, luego de haber roto el muro del silencio, luego de que me dejase likes en mis fotos; se escabulló como una rata, y trazó una diagonal alevosa para no dar la cara, estando con su novia, yo no pude comprenderlo más. ¿No era capaz de darse cuenta que yo no lo quería de esa manera, que no había motivos para tener temor o esquivarme así? Tonto, innecesariamente tonto. Una semana después, como si algo me faltara, me enviaría un mensaje para mi cumpleaños deseándome felicidad, diciéndome que aprovechase todos estos años porque se me iban a pasar muy rápido. Y yo, de nuevo, volvería a responderle como si nada, dejando a un lado todo, pero quedaría asombrada por el capital poder de esa pelea interna entre el deber ser y su deseo que, parecería, lleva todavía a cuestas.

Sin embargo, y por vez número dos, yo llegaría a darme cuenta que  la cercanía, en cualquiera de sus presentaciones, es equivalente del más profundo dolor.

VII

 No hay dudas de eso, aunque parezca mentira, ya sea de su lado o del mío: toda alusión suya me duele, pero más doloroso es para mí, seguir siendo testigo de su pelea interna, de su lucha entre el deber ser y el impulso de querer saber sobre la vida de una persona que, de tener la oportunidad, no volvería a elegir; por la cual no le darían los huevos para jugarse. Porque ¿cómo se va a jugar una persona que todo el tiempo me miraba como si no mereciera que lo quisiera, como si no pudiera hacerme bien? ¿Cómo se la juega una persona que no confía en si mismo, en su capacidad de conquistar a una chica - mucho, mucho más joven sí - pero que no deja de ser una persona? ¿Cómo se la juega un cobarde crónico? ¿Cómo cree en el amor de una un tipo que te dice no poder sentirlo más y al mismo tiempo te dice que no puede creer lo que le está pasando a esa altura de su vida, que se ha mirado por dentro y no puede ser?

Es imposible y muy muy doloroso, demasiado doloroso para mí. Porque yo sé lo que sigue, y porque sé de qué se trata.     Lo ví en su momento, cuando teniendo todas las oportunidades, no se la jugó. Lo ví, durante muchos años después, cuando aún estando con otra persona me miraba como si me quisiera e intentaba hacer buenas migas, sin notar que era Él quien había elegido que las cosas fueran distintas. Lo ví incluso cuatro años y medio después de haber estado juntos, en los esfuerzos por esquivarme y, al mismo tiempo, en la blandura de su voluntad a la hora de no enviarme un mensaje de cumpleaños. Lo ví en la fortaleza para abandonar todos los espacios en común, aún a costa de compartir cosas con su familia. Y lo sigo viendo ahora,  en la debilidad de seguir chusménadome la vida, un lunes a las nueve y media de la mañana.

Porque de todas las maneras y bajo todas las condiciones posibles, lo que produce el mayor nivel de dolor es saber, es estar completamente segura y sin un sólo ápice de duda, que aunque existan vacilaciones e incluso pensamientos de su parte que lo interpelen y que nunca supe, nada va a cambiar; nunca. Nada de lo que pueda pasar, en relación a Él, va a cambiar ni el dolor, ni el estado de las cosas.

  Y no es, ésto, un mero pesimismo, sino el haber llegado al fondo de un asunto y el no poder resistir una vida llena de recuerdos, el no quererla, el saber que no me hace feliz. El saber que el vacío que siento en este momento y en esta etapa de mi vida, es diez veces mejor que el dolor. Porque no es una vacuidad absurda, sino que es el vacío positivo, el que deja lugar al presente, el que no se escurre en el pasado y el que no se agita por el futuro que desconoce. Es el vacío del que ya no le importa lo de antes y no quiere pensar en lo de mañana. Es el vacío del que prefiere que no le vuelva a doler el corazón por amor.

Así, del mismo modo en que creí en Él, en su capacidad de ser un buen hombre y de respetarme a los diecinueve años, hoy a los veintitrés, lo creo incapaz de mirarse al espejo, ser honesto consigo mismo, poner lo que hay que poner, y dejarse de jugar con el celular mirando fotos de una mujer que no le importa.  En el fondo, jamás dejará de ser el mismo cobarde, al margen de que lo haya querido, y al margen de todo el amor que haya podido sentir por él.

domingo, 17 de junio de 2018

Noches frías

Me levanto de la silla para prender una hornallita de la cocina. Espero y espero, procurando dilatar el momento, pero no doy más del frío. También me arrimo a poner la pava y busco en la alacena un mate cocido casi por inercia, mientras voy frotándome las manos durante unos segundos. Estoy envuelta en una frazada, preparando de antemano un examen parcial en una noche de domingo, donde quisiera irme a dormir, intentando adelantar las cosas antes de la semana que va apretando, respecto del final de cuatrimestre. Pienso en cómo terminar de hacer lo que estoy diagramando mientras se calienta el agua. Le busco el derecho, el revés, y la diagonal a ése asunto de englobar tantos artículos en un par de párrafos para mi resumen. Me saco los lentes, me froto los ojos y camino un poco por la cocina, envuelta como un canelón. 

Pienso, pienso y pienso. 



Ojalá, dentro de un mes, cuando se termina toda esta bataola de examanes - cuatro parciales diferentes en una semana -, pueda irme a dormir más temprano con los hechos consumados. 

Mientras tanto, hoy es una noche fría de domingo...  Y sigo adelante. 


miércoles, 13 de junio de 2018

Doctor

Hace ya bastante tiempo saqué turno por mi obra social para el - coloquialmente conocido como... - oculista.

Desde hace un año  - lo comenté aquí en su momento - estoy con problemas en los ojos. Tengo orzuelos con periodicidad exagerada y nunca termino de curarme de ellos. Fui a varios médicos y me fueron recetando cosas distintas que, en mayor o menor medida, me ayudaron aunque sin darme solución. Repetí entonces la consulta con otra profesional y le llevé a la ribera de su escritorio todo lo que me anduvieron recetando desde ese pasado junio al corriente mes. 

Me atendió una doctora de apariencia distante, que me recibió con un apretón de manos y me interpeló de lleno con unos modales ciertamente fríos.  Una vez pude explicarle todo el proceso por el que estoy pasando; que pude mostrarle los remedios y contextualizar la situación; la mujer se aflojó y, evidentemente, dejó traslucir un poco de su informalidad. 

Pese a que en un comienzo me sentí un poco cohibida cuando remarcó insistentemente el hecho de que tengo la cara destruida por la dermatitis atópica - con la que también estoy guerreando, llena de pomadas, geles y diferentes ungüentos -;terminó recomendándome un especialista para ése asunto, ahorrándome así todo el papeleo y los turnos de la obra social y hasta me contó un par de cosas sobre sus hijos.  

Sin embargo luego de las correspondientes indicaciones, y en lo que se refiere a su materia en particular, me derivó a un especialista en materia ocular porque tengo altas chances de tener que operarme. 

No sé cuándo. No sé el método, es decir, si tengo que quedar internada o si me puedo volver a casa. No sé hasta qué punto me cubre la obra social. No sé cuánto costará en forma particular. No sé en qué momento me intervendrían, tampoco, y el modo en que me organizaré con la facultad y mi eventual empleo y ni qué decir en el camino arduo de buscar algo relacionado a lo que hago. 

Sin embargo, acá estoy, con un piquete en la cara y luciendo lentes nuevos, anhelando que afloje un poco todo y se vaya acomodando. Sí, acá estoy. Super sensible, super, super, super, como si me hubieran descascarado. Sensible ante todo, sin exagerar, ante lo bueno y lo malo, como si me estuviera derritiendo por dentro. 

Paciencia es lo que me sobra, y lo que hace años vengo cultivando. Lo demás, como dicen por ahí, depende de un lema: "orden y progreso". Que el orden, entonces, se vaya dando y que el progreso ansiado esté a la vuelta de todas las esquinas que pueda recorrer de aquí en más. 

Huyo a ver las disertaciones que están teniendo lugar en el Congreso. 

miércoles, 6 de junio de 2018

Cambios

I

Las previsiones se me fueron escapando conforme fue pasando también el tiempo. Las experiencias, buenas y malas, gestaron una perspectiva que reformó y modeló un nuevo concepto de verosimilitud. Los regresos, las ausencias, las faltas y en especial las llegadas que no había avizorado nunca, empezaron a marcar un ritmo que me interpeló de lleno... y lo sigue haciendo. 

No sé cuándo fue exactamente que se me fue mi última certeza. No sé cuándo fue exactamente el momento donde, en definitiva, dejó de cerrarme todo. No sé, ni idea tengo, respecto del instante donde las cosas empezaron a cambiar.  Lo único que creo saber, porque ya no me animo a dar afirmaciones tajantes, es que progresivamente, a lo largo de éste último bloque de meses, yo perdí todas mis respuestas.  

Las viejas contestaciones no me conforman ahora. Las viejas soluciones no me consuelan. Mi umbral ante lo posible, otra vez, está empezando a dejar de ser lo que aparentaba, para mostrarse en todo su esplendor, siendo lo que es. 

II 

¿Cuánto falta para recibirme? 

Es una carrera larga, lo sé. Es una carrera donde avanzás lento, lo sé. Es una carrera maravillosa, que te rompe los ojos y la cabeza, eso también lo sé. Es una de las carreras que más campo de lectura tiene, al menos, en mi Universidad; claro que lo sé. Es una carrera que pide, que pide, y que tarda en dar. Es una carrera poco valorada, en la masividad de la gente, que desconoce el esfuerzo. Es una carrera que hace "la gente grande" luego de jubilarse. Es una carrera maravillosa, que me sostiene cuando las otras cosas se han perdido de vista. Es la carrera que soñé con hacer desde los quince años.  Es, en definitiva, con sus procesos, sus tiempos, sus fracasos, sus alegrías y su ritmo, mi sueño hecho realidad. 

A veces, recuerdo el momento donde pensé en dejarla definitivamente y no puedo creer cómo estoy donde estoy. Promedio mi carrera universitaria desde el tiempo en relación al sacrificio y al trabajo. Eso último me trae el sinsabor de lo incierto, después de meses de búsqueda. Y de nuevo, el estudio, la pasión, la curiosidad, el bichito de la recreación a la vuelta de la esquina, mi fuente de progreso, el destino de mis energías, el afán incansable de conocimiento, mi curiosidad, esa curiosidad que me condena o me llena de vida.  ¿Hasta dónde se puede querer estudiar, hasta dónde se puede extender la etapa de formación académica en una persona, sin dejar de lado su región interpersonal? 

III

Las ideas que me repetí, incansablemente, a veces como un juego, hoy son la realidad.
Las ideas o los pensamientos respecto de las cosas que conozco ahora, también hicieron buena parte de mi realidad.

La clave está en responderme, de acuerdo a los pensamientos que estoy teniendo ahora, ¿hasta dónde se puede querer estudiar, hasta dónde se puede aspirar a una formación académica, sin dejar de lado el porcentaje de materia humana?

Sé que, antes de una estudiante universitaria, soy una mujer, jovencita, de casi veinticuatro años. Sé que hay cosas que, mientras no las haga en el radio de los próximos años, más adelante, se volverán más complicadas. Sé que en mi afán por estudiar, ciertas otras cosas, cada vez me importan menos o en realidad, sé que en detrimento de todo lo demás que no entiendo, mi formación es lo único que me rescata, lo único que me hace imaginar un porvenir diferente en buena medida.

IV

¿Qué es lo curioso?

Desde pequeña, me imaginé estudiando, me imaginé estudiando mucho, aprendiendo cosas, satisfaciendo mi curiosidad, pero además, trabajando mucho por mis sueños personales. Sí, es extraño, pero una de las cosas que más me insumía tiempo en mis ensoñaciones era el profundizar mi costado intelectual y profesional, casi por encima de cualquier otro aspecto. No me veía como madre, pero sí, me veía haciendo formación superior; no me veía en pareja, pero sí, llevando al hombro mi casa y continuando con mi formación.

Hoy me doy cuenta que no soñé con ser madre, ni con tener un marido, aunque sí con encontrar una persona con quien vivir el amor. Mi vida se formuló siempre teniendo por delante dos pilares: mi familia de origen y mi formación, dejando a un lado todo lo demás.

Y ahora, cuando la consideración que tengo sobre mis estudios va cambiando a través de cada materia que hago, me doy cuenta que esos pensamientos son la realidad que vivo todos los días. Que nunca elegí, aunque lo pareció en su momento, a ciegas.

No es de extrañarse ahora, ni siquiera para mi misma, que vea más factible todo lo que dependa de mí, y de mi autosuficiencia, en relación a todo lo que pueda construir con un otro. Porque ése es el punto: nunca encontré a un hombre que me gustara y que, en relación a eso, no me temiera como para orientarme a "negociar mis aspiraciones" por encima de una relación afectiva.  Nunca encontré a un hombre que se la bancara, pero sí encontré música, arte, libros, conocimiento y una cantidad mortal de cosas por descubrir, con las que yo me la banqué, con las que yo me nutrí.

Y a través de todo eso me di cuenta que, en realidad, a mí la vida quizá me había reservado ésto, y que era hora de aceptarlo, soltando la obligación de pensar en instancias de la vida como casilleros.  ¿Qué esperaba, además, si poco era lo que comprendía del mundo como para entenderme con alguien, formar una pareja, convivir con un otro, tener hijos en algún momento? ¿Cómo iba a lograr todo eso si en todos estos años fueron tan pocas las personas que me gustaron realmente?

V

Al día de hoy, me acostumbré. Puede sonar raro, porque soy joven, pero me acostumbré a estar sola, y, como solía decirme mi terapeuta en su momento, tengo una asombrosa habilidad para estar sola; una relación muy especial con los espacios que yo considero propios. Es como si no quisiera perderlos nunca, ni tampoco, ponernos por detrás de cualquier hombre. Como si, entre mis aspiraciones y mis ambiciones personales y un hombre promedio, yo eligiera siempre lo que depende de mí, dejando el costado más humano de lado, que en realidad, siempre me trajo más sufrimiento que alegrías.

El hecho de no entender cómo funcionan las relaciones entre mis pares etarios y el desencuentro inevitable con quienes no son mis pares, me ha llevado a pensar seriamente qué quiero, qué estoy esperando, qué deseos tienen cabida en mí y cuáles ya han vencido. Así, me resigné en lo afectivo, y lo más curioso, es que dejé de considerarlo realmente como un aspecto susceptible de transformarse en el largo plazo.  Me voy a quedar sola, pienso, a menudo y cada día lo veo más cierto, más concreto, más afianzado al correlato de mi vida, como si fuera parte de mi nombre y de mi apellido, un elemento más de mi ADN y no, por su parte, una circunstancia que se puede modificar.

VI

 Antes me daba una inquietud terrible la sola idea de decir que yo no iba a ser como mis hermanas, con sus novios formalitos, ni tampoco, como mucha gente que conozco, pero en realidad,  hoy ya ni miedo le tengo si ésa es la dirección que tomará mi vida. Sí, evidentemente, quizá ese sea el destino para mí, el de ser la solterona. Quizá, como me pregunto por estos días, ésa sea la deuda en mi vida, a diferencia de muchas otras personas que, probablemente, tienen la deuda ubicada en otra esfera de su vida y se vinculan a ella.

Y eso ya no me asusta, ni siquiera, me apena. Lo entiendo, más bien, como un hecho desafortunado pero posible. Porque ¿de dónde se ha sacado la frase de que siempre hay un roto para un descosido? ¿Y si no hay roto y el descosido se arregló solo?

He llegado al punto de entenderlo, y he llegado a comprender, además, que entre más pasan los años menos siento la necesidad de estar con alguien, porque la ausencia de ese otro compatible conmigo, me ayudado a pensarme desde mi misma, a tomar las decisiones para mi vida sin interferencia de la de un ajeno, y a las de pensar qué hacer primero y qué hacer después, sin que me corra la impaciencia de un otro. Porque que nunca te encuentres del todo con nadie que te guste puede ser doloroso, pero también, puede hacerse productivo. Y  a través de esa productividad, quizá, el día donde quiera estar con alguien va a ser por un interés real y no por una cuestión de pensar el ponerme en pareja como una adhesión al mandato.   Porque lo que estoy rompiendo ahora, y desde hace años, es mi propio mandato familiar. Y esto, aún contra mi propia voluntad manifiesta, parece ser sólo el principio de un largo recorrido de diferencias respecto de la vida de mis hermanas, sin ir más lejos, y para establecer una linealidad.

VII

Por lo demás, y en lo que de mi dependa, me alegraré con intentar tener la mayor cantidad de motivos para sentirme contenta. Lejos estoy, ya, de quedarme tejiendo y destejiendo a la espera de un Odiseo que está varado en Ítaca. Si alguna vez aparece alguien digno de mención, bienvenido sea, y ojalá que también correspondido, claro. Pero, si no aparece nunca, también bienvenido sea.  La vida, al fin y al cabo, se la construye uno. Para bien y para mal.






martes, 5 de junio de 2018

Hablar de amor VIII (o hablar de odio)

-  Yo te elegí, boludo, no me jodas. 

Me miró, pícaro.

- ¿Ah si? ¿Me elegiste?
- Sí, si señor, lo elegí.
- Estás loca... - admitió, con un dejo de amargura.
- Puede ser... Pero igual... - insistí.
- Pero... - dudó, entretenido - Hay muchísimos tipos grandes, ya que te gustan los tipos grandes, que quisieran estar en mi lugar con vos... - dudó - Encima eso,  en especial con vos - suspiró - Y vos, diciéndome todo esto a mí... ¡A mi, encima!

Me puse seria.

- Ay, qué tipo que sos... - musité - ¿Sabés lo que pasa con vos? No te interesa lo que te estoy diciendo, estás esquivando el bulto. ¿No querés entenderme o qué?
 - Qué.

Me reí, de nuevo y levanté un pulgar en señal de rendición. Era mi equivalente cortés de mandarlo a la mierda.  De nuevo, arremetí: 

- La próxima vez, cuando empezamos a bordear un tema del que te vas a escapar, notificame así no gasto saliva... - dije, irónicamente.
- No me escapo. Te escucho.

Me miró con su cara de tonto.
Le advertí con los ojos.

- ¿Y cómo se habla en serio con vos, si todo el tiempo tenés esa carita? - apelé - Me hacés reír, así no se puede, che... Además, te digo algo, y todo te lo tomás a joda. ¡Dale, boludo! - me reí, porque me contagiaba con solo verle la cara.

Me observó, con la misma picardía, y una sonrisa burlona. ¿Quién era la que estaba tentada, al final?

- Tampoco se puede hablar en serio con vos - me recriminó.

Mofé.

- ¿Por qué no se puede ? Qué prejuicioso que sos, por Dios... 
- Porque no se puede hablar en serio con vos durante mucho tiempo... Es obvio que no se puede.
 ¿Me crees boluda? ¿O crees que no voy a frenar dos minutos para entenderte y escucharte? - le pregunté, con sincera curiosidad - Me encanta escucharte.
- No. No se puede porque  volvés loca a la gente... - admitió - Uno no habla, ya, ni hablar puede... 

Pensé que me estaba cargando.

- ¡En serio!
- En serio te lo digo... - sonrió.
- Pero...  - dudé, unos instantes - ¿ Me tomás para la joda o no me creés? Yo soy incapaz de hacerte algo malo, de hacerte mal... - musité.
- Yo no dije eso... - frenó - Yo dije que vos volvés loca a la gente...
- Bueno, pero decime un motivo por el cual pasa eso, supuestamente... - lo pinché - Argumentá. Si no, no sirve. 
- Porque sí, es así.
- ¿Y quién dice que es así? ¿Qué te hacés tanto el piola?
- Lo digo yo... Y es así, y estoy seguro, y es así... Y lo digo yo - canturreó.


Me reí. 

- ¿Con qué autoridad? Sos un Ser muy despótico ¿sabías eso, no?   - se la seguí.

Mofó, con una carcajada.

- Lo vivo en carne propia, hace meses - se rió -  Me estás volviendo loco vos a mí, por eso lo sé.  Yo estoy loco ¿no te das cuenta? Me vuelvo loco con tus caras, con cómo me hablás, con las cosas que se te ocurren, las cosas que me decís... ¿Qué me viste, a mí? ¿Por qué no elegís a otro?

Me reí, sacudiendo la cabeza. Suspiré, enternecida.

- Es que... - pensé - el mundo está lleno de hombres y de mujeres, yo no puedo justificarte lo que me pasa, pero vos, de tu lado, sabé que me pasa, sí, me pasa un montón - intenté explicarle de una manera lo suficientemente sencilla considerando la maraña interior - A veces  lo que gusta, lo que hace que a uno le pasen cosas, es sentir que una persona entre todas es distinta. Ves en ella  algo que nunca le podes ver a otros a la misma vez, que la representa o que te gusta, o que te asombra, no sé... Es esa persona, más allá de que uno tenga a otras más jovenes, menos jovenes, más lindas, menos lindas, con el que las cosas serían más fáciles...  -  Uno dice, no sé si me conviene, pero vos sabés que es esa persona, te convenga o no - consideré - Es como que la ves y aunque te hayas dicho mil veces que no, que es complicado, que te estás metiendo en un quilombo; no importa en ese momento.  Insisto, la ves y chau, te jodiste.

Sonrió.

- Pero... yo no tengo nada de distinto... - musitó - Soy un tipo grande, completamente hecho mierda; no tengo nada que a una chica joven como vos le pueda gustar tanto. Pensalo, por favor.
- Para mí, sí, sos distinto al resto de los tipos.
- Soy viejo.
- El resto de tus amigos, nuestros compañeros, tus conocidos, todos tienen tu edad. No sos el  primer hombre en la luna, eh - ironicé, haciéndoselo saber. 

Sonrió.

- ¿Y entonces? ¿Por qué no te pasa con ellos?
- Porque tendrás la misma edad, serás parecido a ellos en la edad, serán del mismo equipo de fútbol, sabrán de literatura o de arte; pero para mí ninguno de ellos es como vos, más allá de todo.
- Son mejores que yo... - consideró.

Negué con la cabeza, progresivamente más agotada.

- A veces sería muy fácil si te pudiera meter adentro mío, adentro de mi cabeza, de mi panza, de todo el cuerpo y decirte "mirá, ves, así sos vos con mis ojos ¿Ves que sos distinto, para mí, boludo?

Me puso una cara muy particular, una mezcla entre el pudor, la ternura y la incredulidad.

- Yo soy un tipo igual a cualquiera. De hecho, hay dos millones de tipos mejores que yo para tener al lado una tipa como vos. Más allá de la edad, eh, es la verdad...
- Bueno, no me creas si no querés, lavate las manos si querés, no te hagas cargo - le aclaré - pero yo no voy a cambiar de parecer para hacerte las cosas fáciles. ¿Tan feo es que te diga todo esto, tan mal te cae? No sé para qué te confieso las cosas, al final...

Siguió escuchándome: 

-   Seguramente vos no te das cuenta, pero es muy simple para mí, porque yo te veo sin juzgarte. Tenés acciones con la gente, formas de manejarte, que no son las que muchos de los chicos tendrían. No es como sos conmigo, como fuiste siempre, sino en general. No sé, me gustás mucho, me gustás mal, bien, como carajo sea... ¿ por eso matamos a alguien?  Lo que me gusta de vos es ver que sos un tipo de base buena - dije y me miró, muy avergonzado - Sos capaz de ir y cruzar la calle sin mirar, como hiciste el otro día, para evitar que atropellen a un abuelito. ¿Y los demás, qué hicieron? Decime, ¿qué hicieron? Se quedaron mirándolo, así, pasivos.  Y yo sé, me dí cuenta que lo  mismo pasaría conmigo a otro nivel; ellos no se preguntarían nada, pero a mi me gusta que vos corras para salvar a un abuelito y que te preguntes cosas, y que no sepas hablar en serio...

Se rió, despacio.

- Bueno, es que... ¿cómo te lo puedo explicar? - dudó - Vos sos joven y... sos... - se aclaró la voz - Mirá, tenés que tener un gusto un poco mejor... - dijo, opacándose a si mismo -  ¿En qué te vas a fijar, qué te va a gustar de mi? Físicamente, yo estoy arruinado... Es más, no me cuido físicamente, ni siquiera, o sea, ni buen lomo tengo - dijo -  Soy viejo para vos, te llevo una cantidad infernal de años, me hago preguntas, no me cuido con la comida, estoy arrugado, no me cuido las piernas, y vos me venís a decir que soy distinto... ¿¡Cómo te voy a gustar yo, si soy semejante viejo?!

Lo dejé hablar, sacar todo afuera, todos sus miedos y sus inseguridades, toda la imagen negativa de si mismo. Luego le dije: 

- ¿Y?  
- ¿Cómo y? - se rió, descolocado  - ¡Y, me dice, y! - sacudió la cabeza, desconcertado.

- ¡Y sí! - junté las manos en el aire, como si estuviera rezando - ¿Yo te voy a mirar menos por eso, o no te voy a mirar o no voy a venir acá por eso que estás nombrando? Como mucho, del otro lado, te voy a querer ayudar, no sé, voy a tratar de no complicártela. ¿Qué me importa si sos viejo, el cuerpo, la cara, las arrugas? Son cosas pelotudas, no seas tonto, vos no sos así.  Yo te miro por lo que sos, no por lo que tenés, ni por nada ajeno, absolutamente nada ajeno a eso. Me gustás, no me importa nada más ¿por qué tanto quilombo?

Se me quedó mirando, estupefacto. Parecía no entender que yo lo quería, que lo iba a querer de todos los modos posibles, que mi amor no era una cuestión de apariencia, sino, de esencia. ¿Por qué no podía confiar en mi, creerme, creer que se merecía eso y muchísimo más?

- Cuando vos me decís que me llevás años, parece algo malo, algo trágico. Ponele que será algo difícil, pero no es tan maaaalo.  ¿ Vos creés que yo pienso que tenemos la misma edad, que soy una boluda?  - le pregunté, a modo de desafío, pero también como retórica - Yo sé que tenés más de cuarenta años y sé, también, que la imagen tuya va a ser la de un tipo que tiene tu edad, no la de un nene, ni la de un chico que tenga la misma edad que yo ¿entendés? - espeté - Si yo quisiera estar con un pibe joven por la imagen, no me gustarías vos ni me hubiese fijado en vos, ni en ningún tipo grande.  Si yo fuera más de hacer las cosas prácticas, buscaría otro, qué se yo, como hacen las demás chicas de diecinueve y no estaría acá... - suspiré - Pero evidentemente, nunca lo sentí así y, en cambio, con vos, pasaron otras cosas, entonces, la edad me dejó de importar en el fondo - hice una breve pausa - ****,  yo no puedo decir que me pasan cosas con vos si no te acepto antes. Entonces, acepto tu edad, te acepto así, como sos, en todo sentido...  - mofé -  En tu caso, aún mismo no siendo una persona de mi edad, tenés cosas no tienen los chicos de diecinueve, veinte, veinticinco años... - admití -  Y, sinceramente, no lo espero, no me gustaría que fueras así.  Acepto que sos un tipo adulto ya y me gusta que te comportes como tal. De hecho, cuando nosotros nos conocimos, a mi me trataste como un hombre de cuarenta y dos años; y no como un pibe de veinte... Pensalo... - ironicé - A mí me gustó que fueras así, que me trataras así, que estés siendo así ahora.  Y si no lo quisiera de esa forma, no estaría acá, sino, en la casa de un chico de veinte años, cenando con la mamá y el papá,  seguramente, como corresponde por mi edad, pero no por cómo soy yo.

Se quedó mirándome, callado. ¿Siempre lo iba a dejar sin palabras?

- Vos sé como sos, siempre, no uses máscaras conmigo. No te voy a hacer nada malo... Soy pura espuma - lo burlé. 

Sonrió.

 - Es que yo estoy siendo como soy, y no entiendo qué me ves. Yo no soy un tipo tan inteligente como Nicolás, por ejemplo, con el que podrías hablar un montón vos. Él es  arquitecto, lee todo lo que te gusta, sabe de todo lo que te gusta,  y también te lleva un par de años. ¿Qué me vas a decir?

- Que sos un pelotudo, antes que nada - me sinceré y se rió con ello - Y que si tanto te molesta que me gustes, no hablemos nunca más del tema.
- No me molesta...
- A mí tampoco, pero de vos, no parece...

Puso cara de azotado. Lo miré, durante unos segundos, y sonreí. Él en si mismo me gustaba. Inclusive hacía que me ría todo el tiempo y mientras que otro hubiera podido parecerme insoportable en esa postura, de su mano, lo mismo la apreciaba. Inclusive sí, en ese momento donde quería matarlo, el asesinato tenía como móvil el ser un homicidio por besos y caricias, premeditado y llevado a cabo con mis propias manos.

- No puedo explicarlo con palabras... - suspiré - Creo que, es más, si pudiera decirte qué fue puntualmente lo que me gustó de vos no encuentro una cosa puntual. No puedo decir " ah, claro, me enamoré de los ojos, de un buen culo" ni tampoco sería lo mismo en el caso de Nico. Nicolás un gran tipo, pero es distinto a vos, más allá de que sea un arquitecto de puta madre, que lea, que sea super culto - le aclaré, argumentando - Sí, puedo estar horas hablando con él, pero eso no implica que me atraiga, ni que me preocupe por él, ni que quiera saber de él, ni que me acueste pensando en él, ni que me levante pensando en él.. - consideré, a modo de guiño - ¿Vos me preguntás por los otros, que tienen tu misma edad, no? - le recordé, para explicárme mejor - ¿Qué hago con ellos si no son ni la mitad de lo que sos vos para mi? Pueden tener la misma edad, pueden ser más débiles a la tentación, pueden no ponerse a pensar en nada, ni siquiera, en que son viejos... - lo miré - Pero no es ese el hecho, no es lógica, esto... - suspiré - Por momentos, te juro, parece que renegas de mi. Es horrible.

- No es eso...  - musitó - Ningún otro tipo, en mi lugar, se quemaría la cabeza así... Pero yo no reniego de vos.
- No parece...
- No reniego de vos, no es eso... Es que me es tan complicado. Todo. Todo se me hace muy difícil, no por vos, sino por mí. Por eso te lo digo, habiendo tantos... ¡Tantos tipos que quisieran estar así, con vos, que les dijeras todas estas cosas! ¿Cómo venís a elegirme a mí, dónde tenías los ojos? Nico es un buen partido, no sé, otro... Cualquiera accede con vos, eso desde ya, ni se cuestiona. Cualquier tipo, estoy seguro, te dice que sí, no se resiste a vos. Podés elegir, inclusive, al que se te ocurra y con una sola cosa que le hagas, cae. Así de fácil es para vos. ¿No te das cuenta, todavía? 

Me enojé, levemente.

¿Por qué se tiraba siempre al Infierno y me elevaba a mí hacia límites que tampoco eran reales?

- ¿Buen partido? ¿Elegir como si fuera un supermercado la vida? - retomé, brevemente -  Desde que nos conocimos, a mí personalmente, no me interesa si conocés o no a fondo la obra de Borges; si lees tanto como Nico; si editaste; si sos Arquitecto o no - ejemplifiqué -  ¿Sabés qué me interesa?  Enterarme cómo salió el partido de ****, porque sé que tiene que ver con vos, con las cosas que  disfrutás. De hecho miro el partido pensando que lo voy a comentar con vos, porque quiero tener una excusa como buena tarada que soy para acercarme y sacarte tema ¿no entendés? Es al revés, todo es al revés - le dije, llena de pudor - Te juro que no sé cómo pasó, no sé qué hice, ni que hiciste vos de raro... Parece chamuyo, pero es la verdad, no te lo puedo explicar, pero me pasa.  No sé que es, no voy a mentir, pero está, estoy segura de eso, porque de otra forma no estaría en tu casa a los diecinueve añossssssss, Dios me libre y me guarde ¿no? - lo burlé.

Se rió. Mofé porque me encantaba gastarlo con eso, para sacarle la carga negativa. Aunque de nuevo me miró, vacilante.

-  Por favor, no me hagas sentir humillada - le pedí -  Te miro y...  siento que te estoy atacando.
- No, tranquila, tranqui, no es eso - me dijo, susurrando.

Esperé unos momentos. Tragué saliva, eludiendo el miedo y finalmente admití el paso a mi miedo más profundo: 

- ***, si vos querés, no te pongo más entre la espada y la pared, y me alejo. En serio, te lo digo de verdad...  -  dije me miró - Te lo juro, me porto bien, me alejo. Vos me decís que querés eso, y listo, yo lo hago... Te lo prometo. No importa lo que sienta, si vos me lo pedís, lo haría aunque vaya en contra de todo lo que te acabo de decir...  - le ofrecí.

Me miró con una expresión seria, muy seria. Parecía estar entremezclada con cierta tristeza y con cierta ternura la intensidad de su observación; aunque no me dijo nada respecto a lo que acababa de poner sobre el tapete. 

- Si querés, hacemos eso... - proseguí - Te juro que me corto las bolas, pero cumplo. Soy así, yo - le recordé. 
- No digas eso... - susurró. 
- ¡Es que no sé qué más hacer! - dije - Pero si vos me lo pedís, yo me levanto, me voy a mi casa, nunca te digo más nada, y  listo, ya fue, qué vamos a hacer... Cada uno hace la suya, no nos vemos más, no te jodo más, hago como que estás  muerto para mí, chau, se acabó - suspiré, algo crispada.

Me observó. 

- ¿Por qué me decís eso? - preguntó.
- Porque no me gusta que me trates como si fuera pendeja boluda que no sabe nada de lo que siente - rectifiqué -  El que vos no lo sientas o no sepas qué onda quizá, no es lo mismo a mi caso. Yo lo sé, y no va a cambiar fácilmente. Por eso, una alternativa, es que si todo esto te causa semejante malestar en tu vida, yo me levante sin hacer lío, sin quejas, sin situaciones feas y me vaya a la mierda... Simple.

Le cambió la voz y se puso serio.

- ¿Así de fácil te pensás que es? - me preguntó con un dejo de ironía.

Lo pasé por alto.

- No estoy diciendo que sea fácil, pero te veo la cara y digo "éste tipo está sufriendo conmigo, ¿qué sentido tiene?" - le advertí - Por eso, ya está, para que lleves esto como una carga, te tacho y vos te sacás al peso de encima... 

Y Él redobló la apuesta, negando la cabeza.

- Yo te digo que no es así de fácil, no es que cada uno hace la suya, así nomás y listo, todo fácil, todo así... - me advirtió.

Bajé un poco la guardia y fui más honesta:

- ¡Pero! - suspiré - ¿Qué me decís? Vos ya sabés que me costaría un montón por más que me quiera hacer la fuerte... Ya te lo dije, la paso horrible cuando estoy lejos tuyo. ¿Estás contento, ahora? Te lo dije, mirá. Me cuesta, me re cuesta no darte bola, me cuesta un montón hacerme la dura; pero si vos vas a estar todo el tiempo pidiéndome que no te quiera, diciéndome que no, que esto, que lo otro; yo no puedo hacer nada. Bah, sí, irme a casa, tragarme el amor y cagarme, por pelotuda, por haberme fijado en un tipo que me repele, que me tiene alergia, que no me quiere, a quien no le importo...  - consideré, enérgicamente - ¿Qué más queres que te diga? Es la verdad, qué querés que te diga...  - insistí, terca como una mula.

Me sonrió, luego de ése argumento. Bajó la vista unos instantes.

"Si querés, no me ves más, me voy a mi casa, y estás muerto, eh, estás muerto"  - me imitó, haciendo un gesto de desecho - Estás loca, vos. Eso es lo único que te voy a decir, estás loca. Y si te querés ir, te llevo a tu casa, pero por mí... - me sonrió.

Inspiré hondo, sacudiendo la cabeza y cerrando los ojos en una invocación a la santa paciencia.

 - Otra vez la misma: pasamos del cariño al odio... - dije.
- En especial, al odio - se rió - Igual, tranquila, a mi también me caen mal las de Letras, no me las banco, así que puedo entender lo que me decís...




- ¿Las de Letras, por la carrera? - dije, de pura inocente, cayendo en la trampa, intentando disolver la tensión del intercambio anterior.
-  Las que estudian Letras, sí; esas que leen mucho, hablan con palabras raras, escriben cartas que son una bomba, le cantan a uno las cuarenta todo el tiempo -  describió.

Le puse cara.

-Yo detesto a esas minas que son sinceras, que vienen a mi casa a visitarme y no me aceptan nada de lo que les ofrezco porque no piensan que me deben algo, que me dicen que soy distinto, que son tímidas con todo el mundo menos conmigo - enumeró - No las soporto.

Dudé.

- Está a la vista, claro, parece que no lo podés bancar... - ironicé - Lo que no entiendo es para qué estoy acá, si vos ya sabés que soy así - lo enfrenté.
- ¿Quién te dijo que eras vos?
- Me estás describiendo, no soy tarada - rivalicé, enseguida.
- No te hagas cargo... - me aclaró, muy serio - ¿Quién dijo que yo iba a estar hablando de vos? ¿Por qué pensás que voy a estar hablando siempre de vos? - insistió - ¿Pensás que yo tengo que decir cosas que encajen con vos todo el tiempo y no puedo darte una opinión o un punto de vista? - me pinchó - ¿Quién te dijo que yo pienso eso de vos? ¿Quién te dijo, eh?

Estaba tan serio que daba gusto.

- Pensá lo que quieras...  - musité.
-  Es curioso porque - se quedó callado, meditabundo y cuando volvió a hablar lo hizo con un dedo en alza -  Lo que menos me gusta de esas tipas es que se enojan. Uno no puede joder que ya se enojan. ¡Después cuesta ablandarlas, hacerles creer en uno, que le tengan un poquitititito de confianza!

Me mordí la lengua, pero, no obstante eso, le solté:

- Andá a cagar...

Sonrió, complacido.

- Y es más, a veces, me mandan a cagar.

Me reí, corroborando el carácter bromista, al extremo, pero no le contesté más nada.

- No me gustan, te juro, no me gustan para nada... - dijo, muy serio.
- ¿Ni un poquito? - empecé a seguirle la corriente.
- No, no, no... No me mueven un pelo... - reforzó - Además, por lo general, son muy calentonas...

Me lo quedé mirando. Era un gran esfuerzo para mí identificar qué era broma y qué era real en sus palabras.

-  No sabía que estaba hablando con un premio Nobel...  - mofé - Calmate conmigo... 

Se rió, a carcajadas.

- ¿Las estás defendiendo a las Señoras de Letras?
- A mí no me gustan los tipos que hablan como hablás vos,  con esa postura de que se las saben todas. Eso es de lo que me defiendo... - le recordé - Me molesta que te pongas en ese lado soberbio, porque no sos así.  Vení a éste lado del mundo, y no te hagas el superado conmigo, dale, que no mordemos... - le eché en cara.

Se rió.

- Es el odio, ¿viste lo que produce...? - se encogió de hombros - Pensé que nos llevábamos bien, nosotros, que no eras como esas tipas de Letras que tanto pero tanto me disgustan y al final resulta que las defendés, me tildás de soberbio - aseveró.

Nos miramos, fijamente, durante unos segundos.

- ¿Cómo nos vamos a llevar bien si no te gusta nada de mí? 
- ¿Y por qué te importa tanto?
- No, es que no me importa si te disgusta, porque soy así - le aclaré - Pero sabés perfectamente que esa descripción me encaja... 
- ¿Y cómo sabés que no me gusta nada de lo que sos? - dijo.

Nos miramos.
Se sonrió, toreándome.

- Te detesto tanto, tanto, tanto - me tapé la cara con las manos - ¡NO ME VOY A ENOJAR! - reí, intentando mantener la seriedad.  De inmediato, lo miré, advirtiéndole: ¡YO QUIERO SER MEJOR CON VOS Y VOS TE HACÉS EL VIVO..!

Se encogió de hombros.

- A mí también me caés mal - dijo, serio, aunque con cara de pícaro.
- Qué tarado, qué tarado, qué taradooo - espeté, en voz baja.

Se puso serio.

- Vos porque sos una amarga - picó.
- Vos porque sos un payaso - contesté.  -No se puede hablar, así...
- Y además de amarga, sos una vieja chota... - contratacó.
- No tendría drama... - musité, desafiante.
- Y también sos una piba joven a la que le gustan los tipos viejos - pegó y se rió, levemente.
- Mucho menos problema... - mofé, riéndome - ¿No?

Se quedó callado unos instantes.

- Sos una piba muy raaaaara - dijo - Muy rara...  -dictaminó.

Y eso, con tono peyorativo, sí me tensó nuevamente, porque sentí que tenía mucho de verdad y poco de broma. Yo era, por momentos, terrible, loca, rara; y todo, esencialmente, porque lo quería.

- Basta - lo frené, por primera vez.
- Basta, dice, basta, basta - burló.
- Basta, en serio, no me causa gracia... - lo frené, por segunda vez.
- ¿Qué basta? ¿Por qué basta? - insistió - Aguantátela, ahora, nena...

Agaché la cabeza. Luego, sin poder explicarle nada, me lo quedé mirando, unos segundos.

- No me digas eso como si fuera un insulto - musité, inspirando hondo - Porque vas a hacer que me vaya. 
- Hacé lo que quieras. No me interesa. Odiame si querés, andate, no sé, hacé la tuya, no me interesa..  - dijo, muy en serio.

Me quedé callada, de nuevo. A la mente, a mi mente, vinieron épocas dolorosas. Y, por un momento, a través de eso, el dolor me jugó una mala pasada.

- Te miro y pareces muy convencido de todo lo que estás diciendo... - dije, creyendo buena parte de su chiste.

- Sí, estoy convencido. No es un chiste...  - aseveró.

Lo miré, intentando que se fracture su rostro, intentando conectar las vivencias del presente con el amor y no con el dolor del pasado.

- ¿Por qué me tratás así? - le dije, aunque hoy entiendo que lo que le estaba diciendo es "¿cómo me vas a decir eso?".

- Yo no te estoy tratando a vos así,  yo estoy diciendo lo que no me gusta.

II

Me alejé de su lado un poco, incrédula. Es que, más allá de quererlo, necesitaba que me estuviese haciendo una broma porque, de otra manera, era revivir años difíciles, o más bien, tristes, en una época de mi vida donde más allá de las dificultades por fin sentía que estaba pudiendo ser feliz. ¿Por qué la vida me iba a devolver el mismo espejo, ahora, años después, cuando las cosas podían ser posibles de una buena vez por todas?

-  Está bien. Yo seré rara y todo para vos... - me disgusté - pero no hace falta que me lastimes, si te parezco un bicho ni que me rechaces como a un perro cuando te digo que siento cosas por vos. No sirve así, porque aunque no te pase lo mismo, no voy a permitir que ni vos ni nadie me humille  - musité, y le alejé de su lado, despectiva - Te cuento las cosas para que me creas, no para que me lastimes, ni para que me digas que soy rara, como si fuera malo. ¡Qué insensible que sos al final, eh! 

Me buscó, enseguida.

- Uy, no, pará, pará, pará, pará - se dió cuenta -  Mirame, mirame. Dos segundos, mirame.
- ¡No, es que te vas a la mierda! ¿Qué se yo si es chiste, a ésta altura, qué se yo si es verdad?
- Veinte, para, pará un cachito, mirame, por favor... - susurrró, reteniéndome - Mirame.
- Ay, no, es si te miro te voy a putear... No quiero. Basta. 
- Bueno - me dijo, como si se quisiera reír - Puteame, dale, puteame, pero mirarme un cachito.

No lo miré.

- Dale, yo sé que me estás puteando por dentro, sacalo afuera. Vos podés decirme lo que sea, dale, sacalo... - me alentó.
- Es que sos un pelotudo, porque sos vivo, tenés capacidad para darte cuenta de todo... - le susurré, más vulnerable que altanera - ¿A vos te parece que, con cómo te estoy hablando, a mi me causa gracia? ¿Que no me soportás me decís, pelotudo ? Y yo como una estúpida diciéndote "sí, sos distinto" - chasqueé la lengua - Andate a la mierda... ¿La verdad? Ya no sé qué carajo hacer, así que hacé lo que se te antoje... 

- Mirame, Veinte, perdón...  - insistió  - Perdón, me pasé, me fui al carajo, perdón, por favor. No me di cuenta que te iba a molestar lo de rara, es más, yo pensé que te ibas a reír, como hasta ahora... ¿sí? Por eso lo dije. 

Lo miré, de nuevo, intentando separar aquél presente de ese otro pasado donde, no obstante la diferencias abismales entre emisores, no obstante el tiempo, no obstante los contextos... Pero la angustia y la tristeza que me producían era, indudablemente, la misma.  Por dentro, me ardía todo. Todavía permanecía con cierto rencor.

- Era una joda... - dijo.
- Siempre decís lo mismo, no es el hecho.
- Bueno, pero no lo hice de hijo de puta ¿eh?
- Yo también puedo ser hija de puta y no hago jodas.
- Hacelas, dale - me alentó, haciendo un gesto con sus manos, como si quisiera ser castigado por su metida de pata con un ojo por ojo - Decime cosas, puteame, cargame con algo. 

Traté de disolver la asociación. Él de esas malas pasadas, no tenía la culpa. Desconocía el origen, desconocía parte del alcance y yo, para restarle peso, le había contado muy superficialmente una época que, por el contrario, había sido muy dura para mí.  Era, en parte, también, una mala mía.

Decidiendo no decirle nada realmente feo, sólo contesté:

- Duelen esas cosas. 
- A mí decimelas... ¿Qué importa? Dale, las escucho. Seguramente estás pensando mandarme a la mierda, dale, hacelo, no hay problema... - insistió - No te va a doler. 

Negué con la cabeza, enérgicamente.

- Ay, Dios, no... - me exasperé.
- Pero ¿por qué? No me voy a enojar, animate - insistió.

Negué, obstinada, con la cabeza.

- ¿Por qué?

- ¡Porque yo no te puedo lastimar a vos! - exclamé -  Porque no me da la cabeza para decirte algo feo, ni en broma, ni siquiera para joder, porque no quiero que sufras ni con un chiste, boludo... ¡Es cuidarte! - ¡Me importás, la puta madre, a ver si lo entendés! Me importás.

Se quedó callado, muy serio, y todavía algo sorprendido.

- No importa si es para hacerte una broma. Lo que yo no tolero que tengas un duda, no quiero que dudes, ni te quiero atacar-  le confesé - ¡A la gente que se quiere no se la jode, no se le hacen bromas, no se la insulta ni se la ataca! - afirmé, tajante - Vos pensás que soy una amargada, pero tengo una relación muy especial con la burla, algún día vas a entender - le anticipé - ¿Cómo te voy a agredir, si yo te quiero? Para mí, cuando vos querés a alguien, no se le dicen éstas cosas porque vos no sabés cómo le puede caer... ¿Mirá si me paso de chistosa y te duele? ¿Cómo hago para que me perdones, después?

Aunque estaba mirándome fijamente, se le ablandó el rostro. 

- No pasa nada - me tranquilizó - Vos a mí me podés decir lo que quieras... Te perdono igual - evidenció.

Hecho que, por su parte, demostraba seguido con su equivalente en caudales enormes de paciencia.

- Es que... ***,  - le aclaré -  lo que no quiero es lastimarte. Son dos cosas distintas - lo miré -  Parece una locura lo que te digo, me mirás con una cara - musité - ¿Qué, no tenés corazón, vos?
- No, no tengo corazón - espetó, rápidamente.
- Entonces estoy perdiendo el tiempo... - le dije.
- Sí, yo te lo dije siempre - aseveró - Te conviene más ponerte a salir con un pibe joven, quizá el tiene corazón...

Lo miré, de nuevo, herida.

- ¿Vos disfrutás de algo que yo me estoy perdiendo, no? No puedo creer, parece que me lo hacés apropósito. Mirá que no te sirve hacer como si fueras otra persona conmigo. Cagaste, te mostraste como sos y ya te saqué la ficha, y cagaste doblemente porque encima me gustás así como sos, no te compré el cuentito, el del señor galán por suerte... - le dije, con notorio sarcasmo - y me encontré con lo mejor, la pulpa del señor ***. 

Puso cara de sota, pero no lo creí fácilmente.

- No sé de qué me estás hablando, en lo más mínimo...  - insinuó.
-  Entonces debo importante muy poco, si te ponés en esta postura todo el tiempo. Dejá. No me saques más de encima. 

Me atrajo hacia él.

- Escuchame una cosa, sacar de encima, hay algo que disfruto muchísimo... - admitió, juguetón -  

Lo miré, llena de desconcierto aunque consintiendo el contacto.

- ¿Verme sufrir, argumentar, o algo así?- murmuré en sus brazos, abrazada a Él  con las manos alrededor de su cuello, de nuevo. Negó con la cabeza, enérgicamente, rozándome los hombros, porque se escondía allí en simultáneo.

- Me encanta cuando te enojás conmigo. Me encanta.

Quedé más desconcertada.

- Pero... ¿cómo te puede gustar eso? - me reí, descolocada.

Sonrió.

- Cada vez que vos te enojás, te mostrás - me confirmó - Me gusta que te muestres, por eso, te hago enojar. Sé que cuando te enojás conmigo, sos totalmente sincera. Me gusta, no sé, es como que se te va la vergüenza.
- Pero... yo con vos siempre soy auténtica... - le recordé.
- Ya lo sé, pero cuando te enojás conmigo, mostrás toooooodo - sonrió - Sos una loca, vas y me decís lo que es, no te importa nada, no tenés filtro. Por eso me gusta verte enojada, porque sacás todo. Me tranquiliza conversar de éstas cosas, y de otra manera, a veces, no sé cómo llegar a vos, a que me digas esas cosas, porque no sos fácil, no me dejás acercarme o me cuesta muchísimo llegar a vos, a que me digas las cosas, a que confíes.

Su argumento, en cierto modo, tenía mucha razón. Enojada, yo, me liberaba. Enojada, en especial por la burla, también en el pasado había llegado a defenderme de formas muy fuertes, plantándole batalla ruda a esas maldades. Y, quizá en un aspecto muy profundo, mi reflejo, frente a una situación parecida, fatalmente, era el mismo... Aunque la persona era distinta, y por si fuera poco, yo la amaba.  ¿Cómo la burla, algo que  tanto odiaba y que me había traído tanto dolor iba a estar asociada a una persona que  quería y que me hacía feliz?  Me costaba bromar consigo, por momentos, hasta ésta charla, aunque más adelante se me daría con enorme asiduidad, porque tenía miedo de que pasara por un gramo del dolor que yo había sentido cuando era chica. Era, aunque suene muy extraño, una forma de protegerlo, de cuidarlo, no hacerle bromas.

- Podría contarte las cosas ¿no? No hace falta que estemos tirándonos tiros... Si me decís que te cuesta acercarte, conmigo sé literal. Porque a mi me cuesta mucho, también, pensar que tu forma de acercarte quizá es una broma.
- Es que me gusta mucho verte enojada conmigo, es diferente a que me lo cuentes... - se rió, pudoroso - Me ponés unas caras, me hacés unos gestos, me decís cada cosa... Me encanta que te enojes conmigo, qué querés que te diga... Me vuelvo loco...
- Porque te doy bola...
- Porque me das bola, sí, es cierto...  - repitió, mimoso - Y mirá que yo te jodo, te jodo, pero te seguís calentando. Te seguís creyendo las cosas que te digo, todo, te creés.
- Es que yo pienso que me lo decis de verdad, te lo juro - admití - Sé que no debería, pero... Reacciono mal. Perdón. Me mando todas las cagadas posibles con vos, encima, que siempre me gustaría mostrarte el lado bueno, saco mis defectos.

Suspiró, más dulce, acercándose.

- Escuchame: ¿cómo te voy a decir esas cosas?
- Sí, yo sé que es una cuestión de que te respeten, pero como sé que me respetás, me enoja doblemente...  - le expliqué - Me duele, no sé, pienso que en el fondo me las decís de verdad...
- Bueno, vos también me decís que me odiás...- me dijo, un poco más serio.

Sacudió la cabeza.

- Pero ¡no! - hice un gesto, como buena atropellada - ¿ Cómo te voy a odiar a vos, boludo?  ¡Sí, claro, te odio, total, no te am...! - espeté, cortando la palabra e inspirando hondo, a modo de reinicio: - Escuchame, por favor, a ver: cuando te digo eso, es al revés - le aclaré, eludiendo esa palabra de tanto peso que había estado al borde del abismo.

Asintió con la cabeza y se inclinó un poco más cerca de mí.

- Perdón, soy un boludo...
- No, no pasa nada - suspiré, muy profundamente - Creo que yo también soy una boluda...  - le sonreí.

Se quedó en silencio, sonriéndome y me miró de un modo muy profundo.

- ¿Qué? - lo miré, acostada a su izquierda ya.

Estaba mirándome de una forma dulce y había vuelto la cabeza, con sus ojos, perdidos en el techo.

- Que te odio - sonrió, levemente - y  que me caés muy mal, Señora de Letras.
- ¡Tarado que sos! - me acerqué a su lado para vengarme y de un movimiento certero me acostó encima suyo, sin ninguna dificultad. Cuando quise darme cuenta, me tenía capturada, sin presentar resistencia a mi peso.

 Y yo que no había querido invadirlo...

-  Te odio - me repitió, en voz baja - Te odio, cabezona... 
- Yo también - me reí, reblandecida -  Mucho, mucho.
- Y como te odio, voy a hacerte cosquillas. 
- ¡No, no, no, no seas guacho! ¡ Te voy a matar! 

 Mientras me retorcía de la risa, no en vano, pensé que ese te odio era, en realidad, exactamente lo contrario.  

Qué lindas las épocas donde jugábamos con las palabras.