- Yo te elegí, boludo, no me jodas.
Me miró, pícaro.
- ¿Ah si? ¿Me elegiste?
- Sí, si señor, lo elegí.
- Estás loca... - admitió, con un dejo de amargura.
- Puede ser... Pero igual... - insistí.
- Pero... - dudó, entretenido - Hay muchísimos tipos grandes, ya que te gustan los tipos grandes, que quisieran estar en mi lugar con vos... - dudó - Encima eso, en especial con vos - suspiró - Y vos, diciéndome todo esto a mí... ¡A mi, encima!
Me puse seria.
- Ay, qué tipo que sos... - musité - ¿Sabés lo que pasa con vos? No te interesa lo que te estoy diciendo, estás esquivando el bulto. ¿No querés entenderme o qué?
- Qué.
Me reí, de nuevo y levanté un pulgar en señal de rendición. Era mi equivalente cortés de mandarlo a la mierda. De nuevo, arremetí:
- La próxima vez, cuando empezamos a bordear un tema del que te vas a escapar, notificame así no gasto saliva... - dije, irónicamente.
- No me escapo. Te escucho.
Me miró con su cara de tonto.
Le advertí con los ojos.
- ¿Y cómo se habla en serio con vos, si todo el tiempo tenés esa carita? - apelé - Me hacés reír, así no se puede, che... Además, te digo algo, y todo te lo tomás a joda. ¡Dale, boludo! - me reí, porque me contagiaba con solo verle la cara.
Me observó, con la misma picardía, y una sonrisa burlona. ¿Quién era la que estaba tentada, al final?
- Tampoco se puede hablar en serio con vos - me recriminó.
Mofé.
- ¿Por qué no se puede ? Qué prejuicioso que sos, por Dios...
- Porque no se puede hablar en serio con vos durante mucho tiempo... Es obvio que no se puede.
¿Me crees boluda? ¿O crees que no voy a frenar dos minutos para entenderte y escucharte? - le pregunté, con sincera curiosidad - Me encanta escucharte.
- No. No se puede porque volvés loca a la gente... - admitió - Uno no habla, ya, ni hablar puede...
Pensé que me estaba cargando.
- ¡En serio!
- En serio te lo digo... - sonrió.
- Pero... - dudé, unos instantes - ¿ Me tomás para la joda o no me creés? Yo soy incapaz de hacerte algo malo, de hacerte mal... - musité.
- Yo no dije eso... - frenó - Yo dije que vos volvés loca a la gente...
- Bueno, pero decime un motivo por el cual pasa eso, supuestamente... - lo pinché - Argumentá. Si no, no sirve.
- Porque sí, es así.
- ¿Y quién dice que es así? ¿Qué te hacés tanto el piola?
- Lo digo yo... Y es así, y estoy seguro, y es así... Y lo digo yo - canturreó.
Me reí.
- ¿Con qué autoridad? Sos un Ser muy despótico ¿sabías eso, no? - se la seguí.
Mofó, con una carcajada.
- Lo vivo en carne propia, hace meses - se rió - Me estás volviendo loco vos a mí, por eso lo sé. Yo estoy loco ¿no te das cuenta? Me vuelvo loco con tus caras, con cómo me hablás, con las cosas que se te ocurren, las cosas que me decís... ¿Qué me viste, a mí? ¿Por qué no elegís a otro?
Me reí, sacudiendo la cabeza. Suspiré, enternecida.
- Es que... - pensé - el mundo está lleno de hombres y de mujeres, yo no puedo justificarte lo que me pasa, pero vos, de tu lado, sabé que me pasa, sí, me pasa un montón - intenté explicarle de una manera lo suficientemente sencilla considerando la maraña interior - A veces lo que gusta, lo que hace que a uno le pasen cosas, es sentir que una persona entre todas es distinta. Ves en ella algo que nunca le podes ver a otros a la misma vez, que la representa o que te gusta, o que te asombra, no sé... Es esa persona, más allá de que uno tenga a otras más jovenes, menos jovenes, más lindas, menos lindas, con el que las cosas serían más fáciles... - Uno dice, no sé si me conviene, pero vos sabés que es esa persona, te convenga o no - consideré - Es como que la ves y aunque te hayas dicho mil veces que no, que es complicado, que te estás metiendo en un quilombo; no importa en ese momento. Insisto, la ves y chau, te jodiste.
Sonrió.
- Pero... yo no tengo nada de distinto... - musitó - Soy un tipo grande, completamente hecho mierda; no tengo nada que a una chica joven como vos le pueda gustar tanto. Pensalo, por favor.
- Para mí, sí, sos distinto al resto de los tipos.
- Soy viejo.
- El resto de tus amigos, nuestros compañeros, tus conocidos, todos tienen tu edad. No sos el primer hombre en la luna, eh - ironicé, haciéndoselo saber.
Sonrió.
- ¿Y entonces? ¿Por qué no te pasa con ellos?
- Porque tendrás la misma edad, serás parecido a ellos en la edad, serán del mismo equipo de fútbol, sabrán de literatura o de arte; pero para mí ninguno de ellos es como vos, más allá de todo.
- Son mejores que yo... - consideró.
Negué con la cabeza, progresivamente más agotada.
- A veces sería muy fácil si te pudiera meter adentro mío, adentro de mi cabeza, de mi panza, de todo el cuerpo y decirte "mirá, ves, así sos vos con mis ojos ¿Ves que sos distinto, para mí, boludo?
Me puso una cara muy particular, una mezcla entre el pudor, la ternura y la incredulidad.
- Yo soy un tipo igual a cualquiera. De hecho, hay dos millones de tipos mejores que yo para tener al lado una tipa como vos. Más allá de la edad, eh, es la verdad...
- Bueno, no me creas si no querés, lavate las manos si querés, no te hagas cargo - le aclaré - pero yo no voy a cambiar de parecer para hacerte las cosas fáciles. ¿Tan feo es que te diga todo esto, tan mal te cae? No sé para qué te confieso las cosas, al final...
Siguió escuchándome:
- Seguramente vos no te das cuenta, pero es muy simple para mí, porque yo te veo sin juzgarte. Tenés acciones con la gente, formas de manejarte, que no son las que muchos de los chicos tendrían. No es como sos conmigo, como fuiste siempre, sino en general. No sé, me gustás mucho, me gustás mal, bien, como carajo sea... ¿ por eso matamos a alguien? Lo que me gusta de vos es ver que sos un tipo de base buena - dije y me miró, muy avergonzado - Sos capaz de ir y cruzar la calle sin mirar, como hiciste el otro día, para evitar que atropellen a un abuelito. ¿Y los demás, qué hicieron? Decime, ¿qué hicieron? Se quedaron mirándolo, así, pasivos. Y yo sé, me dí cuenta que lo mismo pasaría conmigo a otro nivel; ellos no se preguntarían nada, pero a mi me gusta que vos corras para salvar a un abuelito y que te preguntes cosas, y que no sepas hablar en serio...
Se rió, despacio.
- Bueno, es que... ¿cómo te lo puedo explicar? - dudó - Vos sos joven y... sos... - se aclaró la voz - Mirá, tenés que tener un gusto un poco mejor... - dijo, opacándose a si mismo - ¿En qué te vas a fijar, qué te va a gustar de mi? Físicamente, yo estoy arruinado... Es más, no me cuido físicamente, ni siquiera, o sea, ni buen lomo tengo - dijo - Soy viejo para vos, te llevo una cantidad infernal de años, me hago preguntas, no me cuido con la comida, estoy arrugado, no me cuido las piernas, y vos me venís a decir que soy distinto... ¿¡Cómo te voy a gustar yo, si soy semejante viejo?!
Lo dejé hablar, sacar todo afuera, todos sus miedos y sus inseguridades, toda la imagen negativa de si mismo. Luego le dije:
- ¿Y?
- ¿Cómo y? - se rió, descolocado - ¡Y, me dice, y! - sacudió la cabeza, desconcertado.
- ¡Y sí! - junté las manos en el aire, como si estuviera rezando - ¿Yo te voy a mirar menos por eso, o no te voy a mirar o no voy a venir acá por eso que estás nombrando? Como mucho, del otro lado, te voy a querer ayudar, no sé, voy a tratar de no complicártela. ¿Qué me importa si sos viejo, el cuerpo, la cara, las arrugas? Son cosas pelotudas, no seas tonto, vos no sos así. Yo te miro por lo que sos, no por lo que tenés, ni por nada ajeno, absolutamente nada ajeno a eso. Me gustás, no me importa nada más ¿por qué tanto quilombo?
Se me quedó mirando, estupefacto. Parecía no entender que yo lo quería, que lo iba a querer de todos los modos posibles, que mi amor no era una cuestión de apariencia, sino, de esencia. ¿Por qué no podía confiar en mi, creerme, creer que se merecía eso y muchísimo más?
- Cuando vos me decís que me llevás años, parece algo malo, algo trágico. Ponele que será algo difícil, pero no es tan maaaalo. ¿ Vos creés que yo pienso que tenemos la misma edad, que soy una boluda? - le pregunté, a modo de desafío, pero también como retórica - Yo sé que tenés más de cuarenta años y sé, también, que la imagen tuya va a ser la de un tipo que tiene tu edad, no la de un nene, ni la de un chico que tenga la misma edad que yo ¿entendés? - espeté - Si yo quisiera estar con un pibe joven por la imagen, no me gustarías vos ni me hubiese fijado en vos, ni en ningún tipo grande. Si yo fuera más de hacer las cosas prácticas, buscaría otro, qué se yo, como hacen las demás chicas de diecinueve y no estaría acá... - suspiré - Pero evidentemente, nunca lo sentí así y, en cambio, con vos, pasaron otras cosas, entonces, la edad me dejó de importar en el fondo - hice una breve pausa - ****, yo no puedo decir que me pasan cosas con vos si no te acepto antes. Entonces, acepto tu edad, te acepto así, como sos, en todo sentido... - mofé - En tu caso, aún mismo no siendo una persona de mi edad, tenés cosas no tienen los chicos de diecinueve, veinte, veinticinco años... - admití - Y, sinceramente, no lo espero, no me gustaría que fueras así. Acepto que sos un tipo adulto ya y me gusta que te comportes como tal. De hecho, cuando nosotros nos conocimos, a mi me trataste como un hombre de cuarenta y dos años; y no como un pibe de veinte... Pensalo... - ironicé - A mí me gustó que fueras así, que me trataras así, que estés siendo así ahora. Y si no lo quisiera de esa forma, no estaría acá, sino, en la casa de un chico de veinte años, cenando con la mamá y el papá, seguramente, como corresponde por mi edad, pero no por cómo soy yo.
Se quedó mirándome, callado. ¿Siempre lo iba a dejar sin palabras?
- Vos sé como sos, siempre, no uses máscaras conmigo. No te voy a hacer nada malo... Soy pura espuma - lo burlé.
Sonrió.
- Es que yo estoy siendo como soy, y no entiendo qué me ves. Yo no soy un tipo tan inteligente como Nicolás, por ejemplo, con el que podrías hablar un montón vos. Él es arquitecto, lee todo lo que te gusta, sabe de todo lo que te gusta, y también te lleva un par de años. ¿Qué me vas a decir?
- Que sos un pelotudo, antes que nada - me sinceré y se rió con ello - Y que si tanto te molesta que me gustes, no hablemos nunca más del tema.
- No me molesta...
- A mí tampoco, pero de vos, no parece...
Puso cara de azotado. Lo miré, durante unos segundos, y sonreí. Él en si mismo me gustaba. Inclusive hacía que me ría todo el tiempo y mientras que otro hubiera podido parecerme insoportable en esa postura, de su mano, lo mismo la apreciaba. Inclusive sí, en ese momento donde quería matarlo, el asesinato tenía como móvil el ser un homicidio por besos y caricias, premeditado y llevado a cabo con mis propias manos.
- No puedo explicarlo con palabras... - suspiré - Creo que, es más, si pudiera decirte qué fue puntualmente lo que me gustó de vos no encuentro una cosa puntual. No puedo decir " ah, claro, me enamoré de los ojos, de un buen culo" ni tampoco sería lo mismo en el caso de Nico. Nicolás un gran tipo, pero es distinto a vos, más allá de que sea un arquitecto de puta madre, que lea, que sea super culto - le aclaré, argumentando - Sí, puedo estar horas hablando con él, pero eso no implica que me atraiga, ni que me preocupe por él, ni que quiera saber de él, ni que me acueste pensando en él, ni que me levante pensando en él.. - consideré, a modo de guiño - ¿Vos me preguntás por los otros, que tienen tu misma edad, no? - le recordé, para explicárme mejor - ¿Qué hago con ellos si no son ni la mitad de lo que sos vos para mi? Pueden tener la misma edad, pueden ser más débiles a la tentación, pueden no ponerse a pensar en nada, ni siquiera, en que son viejos... - lo miré - Pero no es ese el hecho, no es lógica, esto... - suspiré - Por momentos, te juro, parece que renegas de mi. Es horrible.
- No es eso... - musitó - Ningún otro tipo, en mi lugar, se quemaría la cabeza así... Pero yo no reniego de vos.
- No parece...
- No reniego de vos, no es eso... Es que me es tan complicado. Todo. Todo se me hace muy difícil, no por vos, sino por mí. Por eso te lo digo, habiendo tantos... ¡Tantos tipos que quisieran estar así, con vos, que les dijeras todas estas cosas! ¿Cómo venís a elegirme a mí, dónde tenías los ojos? Nico es un buen partido, no sé, otro... Cualquiera accede con vos, eso desde ya, ni se cuestiona. Cualquier tipo, estoy seguro, te dice que sí, no se resiste a vos. Podés elegir, inclusive, al que se te ocurra y con una sola cosa que le hagas, cae. Así de fácil es para vos. ¿No te das cuenta, todavía?
Me enojé, levemente.
¿Por qué se tiraba siempre al Infierno y me elevaba a mí hacia límites que tampoco eran reales?
- ¿Buen partido? ¿Elegir como si fuera un supermercado la vida? - retomé, brevemente - Desde que nos conocimos, a mí personalmente, no me interesa si conocés o no a fondo la obra de Borges; si lees tanto como Nico; si editaste; si sos Arquitecto o no - ejemplifiqué - ¿Sabés qué me interesa? Enterarme cómo salió el partido de ****, porque sé que tiene que ver con vos, con las cosas que disfrutás. De hecho miro el partido pensando que lo voy a comentar con vos, porque quiero tener una excusa como buena tarada que soy para acercarme y sacarte tema ¿no entendés? Es al revés, todo es al revés - le dije, llena de pudor - Te juro que no sé cómo pasó, no sé qué hice, ni que hiciste vos de raro... Parece chamuyo, pero es la verdad, no te lo puedo explicar, pero me pasa. No sé que es, no voy a mentir, pero está, estoy segura de eso, porque de otra forma no estaría en tu casa a los diecinueve añossssssss, Dios me libre y me guarde ¿no? - lo burlé.
Se rió. Mofé porque me encantaba gastarlo con eso, para sacarle la carga negativa. Aunque de nuevo me miró, vacilante.
- Por favor, no me hagas sentir humillada - le pedí - Te miro y... siento que te estoy atacando.
- No, tranquila, tranqui, no es eso - me dijo, susurrando.
Esperé unos momentos. Tragué saliva, eludiendo el miedo y finalmente admití el paso a mi miedo más profundo:
- ***, si vos querés, no te pongo más entre la espada y la pared, y me alejo. En serio, te lo digo de verdad... - dije me miró - Te lo juro, me porto bien, me alejo. Vos me decís que querés eso, y listo, yo lo hago... Te lo prometo. No importa lo que sienta, si vos me lo pedís, lo haría aunque vaya en contra de todo lo que te acabo de decir... - le ofrecí.
Me miró con una expresión seria, muy seria. Parecía estar entremezclada con cierta tristeza y con cierta ternura la intensidad de su observación; aunque no me dijo nada respecto a lo que acababa de poner sobre el tapete.
- Si querés, hacemos eso... - proseguí - Te juro que me corto las bolas, pero cumplo. Soy así, yo - le recordé.
- No digas eso... - susurró.
- ¡Es que no sé qué más hacer! - dije - Pero si vos me lo pedís, yo me levanto, me voy a mi casa, nunca te digo más nada, y listo, ya fue, qué vamos a hacer... Cada uno hace la suya, no nos vemos más, no te jodo más, hago como que estás muerto para mí, chau, se acabó - suspiré, algo crispada.
Me observó.
- ¿Por qué me decís eso? - preguntó.
- Porque no me gusta que me trates como si fuera pendeja boluda que no sabe nada de lo que siente - rectifiqué - El que vos no lo sientas o no sepas qué onda quizá, no es lo mismo a mi caso. Yo lo sé, y no va a cambiar fácilmente. Por eso, una alternativa, es que si todo esto te causa semejante malestar en tu vida, yo me levante sin hacer lío, sin quejas, sin situaciones feas y me vaya a la mierda... Simple.
Le cambió la voz y se puso serio.
- ¿Así de fácil te pensás que es? - me preguntó con un dejo de ironía.
Lo pasé por alto.
- No estoy diciendo que sea fácil, pero te veo la cara y digo "éste tipo está sufriendo conmigo, ¿qué sentido tiene?" - le advertí - Por eso, ya está, para que lleves esto como una carga, te tacho y vos te sacás al peso de encima...
Y Él redobló la apuesta, negando la cabeza.
- Yo te digo que no es así de fácil, no es que cada uno hace la suya, así nomás y listo, todo fácil, todo así... - me advirtió.
Bajé un poco la guardia y fui más honesta:
- ¡Pero! - suspiré - ¿Qué me decís? Vos ya sabés que me costaría un montón por más que me quiera hacer la fuerte... Ya te lo dije, la paso horrible cuando estoy lejos tuyo. ¿Estás contento, ahora? Te lo dije, mirá. Me cuesta, me re cuesta no darte bola, me cuesta un montón hacerme la dura; pero si vos vas a estar todo el tiempo pidiéndome que no te quiera, diciéndome que no, que esto, que lo otro; yo no puedo hacer nada. Bah, sí, irme a casa, tragarme el amor y cagarme, por pelotuda, por haberme fijado en un tipo que me repele, que me tiene alergia, que no me quiere, a quien no le importo... - consideré, enérgicamente - ¿Qué más queres que te diga? Es la verdad, qué querés que te diga... - insistí, terca como una mula.
Me sonrió, luego de ése argumento. Bajó la vista unos instantes.
- "Si querés, no me ves más, me voy a mi casa, y estás muerto, eh, estás muerto" - me imitó, haciendo un gesto de desecho - Estás loca, vos. Eso es lo único que te voy a decir, estás loca. Y si te querés ir, te llevo a tu casa, pero por mí... - me sonrió.
Inspiré hondo, sacudiendo la cabeza y cerrando los ojos en una invocación a la santa paciencia.
- Otra vez la misma: pasamos del cariño al odio... - dije.
- En especial, al odio - se rió - Igual, tranquila, a mi también me caen mal las de Letras, no me las banco, así que puedo entender lo que me decís...
- ¿Las de Letras, por la carrera? - dije, de pura inocente, cayendo en la trampa, intentando disolver la tensión del intercambio anterior.
- Las que estudian Letras, sí; esas que leen mucho, hablan con palabras raras, escriben cartas que son una bomba, le cantan a uno las cuarenta todo el tiempo - describió.
Le puse cara.
-Yo detesto a esas minas que son sinceras, que vienen a mi casa a visitarme y no me aceptan nada de lo que les ofrezco porque no piensan que me deben algo, que me dicen que soy distinto, que son tímidas con todo el mundo menos conmigo - enumeró - No las soporto.
Dudé.
- Está a la vista, claro, parece que no lo podés bancar... - ironicé - Lo que no entiendo es para qué estoy acá, si vos ya sabés que soy así - lo enfrenté.
- ¿Quién te dijo que eras vos?
- Me estás describiendo, no soy tarada - rivalicé, enseguida.
- No te hagas cargo... - me aclaró, muy serio - ¿Quién dijo que yo iba a estar hablando de vos? ¿Por qué pensás que voy a estar hablando siempre de vos? - insistió - ¿Pensás que yo tengo que decir cosas que encajen con vos todo el tiempo y no puedo darte una opinión o un punto de vista? - me pinchó - ¿Quién te dijo que yo pienso eso de vos? ¿Quién te dijo, eh?
Estaba tan serio que daba gusto.
- Pensá lo que quieras... - musité.
- Es curioso porque - se quedó callado, meditabundo y cuando volvió a hablar lo hizo con un dedo en alza - Lo que menos me gusta de esas tipas es que se enojan. Uno no puede joder que ya se enojan. ¡Después cuesta ablandarlas, hacerles creer en uno, que le tengan un poquitititito de confianza!
Me mordí la lengua, pero, no obstante eso, le solté:
- Andá a cagar...
Sonrió, complacido.
- Y es más, a veces, me mandan a cagar.
Me reí, corroborando el carácter bromista, al extremo, pero no le contesté más nada.
- No me gustan, te juro, no me gustan para nada... - dijo, muy serio.
- ¿Ni un poquito? - empecé a seguirle la corriente.
- No, no, no... No me mueven un pelo... - reforzó - Además, por lo general, son muy calentonas...
Me lo quedé mirando. Era un gran esfuerzo para mí identificar qué era broma y qué era real en sus palabras.
- No sabía que estaba hablando con un premio Nobel... - mofé - Calmate conmigo...
Se rió, a carcajadas.
- ¿Las estás defendiendo a las Señoras de Letras?
- A mí no me gustan los tipos que hablan como hablás vos, con esa postura de que se las saben todas. Eso es de lo que me defiendo... - le recordé - Me molesta que te pongas en ese lado soberbio, porque no sos así. Vení a éste lado del mundo, y no te hagas el superado conmigo, dale, que no mordemos... - le eché en cara.
Se rió.
- Es el odio, ¿viste lo que produce...? - se encogió de hombros - Pensé que nos llevábamos bien, nosotros, que no eras como esas tipas de Letras que tanto pero tanto me disgustan y al final resulta que las defendés, me tildás de soberbio - aseveró.
Nos miramos, fijamente, durante unos segundos.
- ¿Cómo nos vamos a llevar bien si no te gusta nada de mí?
- ¿Y por qué te importa tanto?
- No, es que no me importa si te disgusta, porque soy así - le aclaré - Pero sabés perfectamente que esa descripción me encaja...
- ¿Y cómo sabés que no me gusta nada de lo que sos? - dijo.
Nos miramos.
Se sonrió, toreándome.
- Te detesto tanto, tanto, tanto - me tapé la cara con las manos - ¡NO ME VOY A ENOJAR! - reí, intentando mantener la seriedad. De inmediato, lo miré, advirtiéndole: ¡YO QUIERO SER MEJOR CON VOS Y VOS TE HACÉS EL VIVO..!
Se encogió de hombros.
- A mí también me caés mal - dijo, serio, aunque con cara de pícaro.
- Qué tarado, qué tarado, qué taradooo - espeté, en voz baja.
Se puso serio.
- Vos porque sos una amarga - picó.
- Vos porque sos un payaso - contesté. -No se puede hablar, así...
- Y además de amarga, sos una vieja chota... - contratacó.
- No tendría drama... - musité, desafiante.
- Y también sos una piba joven a la que le gustan los tipos viejos - pegó y se rió, levemente.
- Mucho menos problema... - mofé, riéndome - ¿No?
Se quedó callado unos instantes.
- Sos una piba muy raaaaara - dijo - Muy rara... -dictaminó.
Y eso, con tono peyorativo, sí me tensó nuevamente, porque sentí que tenía mucho de verdad y poco de broma. Yo era, por momentos, terrible, loca, rara; y todo, esencialmente, porque lo quería.
- Basta - lo frené, por primera vez.
- Basta, dice, basta, basta - burló.
- Basta, en serio, no me causa gracia... - lo frené, por segunda vez.
- ¿Qué basta? ¿Por qué basta? - insistió - Aguantátela, ahora, nena...
Agaché la cabeza. Luego, sin poder explicarle nada, me lo quedé mirando, unos segundos.
- No me digas eso como si fuera un insulto - musité, inspirando hondo - Porque vas a hacer que me vaya.
- Hacé lo que quieras. No me interesa. Odiame si querés, andate, no sé, hacé la tuya, no me interesa.. - dijo, muy en serio.
Me quedé callada, de nuevo. A la mente, a mi mente, vinieron épocas dolorosas. Y, por un momento, a través de eso, el dolor me jugó una mala pasada.
- Te miro y pareces muy convencido de todo lo que estás diciendo... - dije, creyendo buena parte de su chiste.
- Sí, estoy convencido. No es un chiste... - aseveró.
Lo miré, intentando que se fracture su rostro, intentando conectar las vivencias del presente con el amor y no con el dolor del pasado.
- ¿Por qué me tratás así? - le dije, aunque hoy entiendo que lo que le estaba diciendo es "¿cómo me vas a decir eso?".
- Yo no te estoy tratando a vos así, yo estoy diciendo lo que no me gusta.
II
Me alejé de su lado un poco, incrédula. Es que, más allá de quererlo, necesitaba que me estuviese haciendo una broma porque, de otra manera, era revivir años difíciles, o más bien, tristes, en una época de mi vida donde más allá de las dificultades por fin sentía que estaba pudiendo ser feliz. ¿Por qué la vida me iba a devolver el mismo espejo, ahora, años después, cuando las cosas podían ser posibles de una buena vez por todas?
- Está bien. Yo seré rara y todo para vos... - me disgusté - pero no hace falta que me lastimes, si te parezco un bicho ni que me rechaces como a un perro cuando te digo que siento cosas por vos. No sirve así, porque aunque no te pase lo mismo, no voy a permitir que ni vos ni nadie me humille - musité, y le alejé de su lado, despectiva - Te cuento las cosas para que me creas, no para que me lastimes, ni para que me digas que soy rara, como si fuera malo. ¡Qué insensible que sos al final, eh!
Me buscó, enseguida.
- Uy, no, pará, pará, pará, pará - se dió cuenta - Mirame, mirame. Dos segundos, mirame.
- ¡No, es que te vas a la mierda! ¿Qué se yo si es chiste, a ésta altura, qué se yo si es verdad?
- Veinte, para, pará un cachito, mirame, por favor... - susurrró, reteniéndome - Mirame.
- Ay, no, es si te miro te voy a putear... No quiero. Basta.
- Bueno - me dijo, como si se quisiera reír - Puteame, dale, puteame, pero mirarme un cachito.
No lo miré.
- Dale, yo sé que me estás puteando por dentro, sacalo afuera. Vos podés decirme lo que sea, dale, sacalo... - me alentó.
- Es que sos un pelotudo, porque sos vivo, tenés capacidad para darte cuenta de todo... - le susurré, más vulnerable que altanera - ¿A vos te parece que, con cómo te estoy hablando, a mi me causa gracia? ¿Que no me soportás me decís, pelotudo ? Y yo como una estúpida diciéndote "sí, sos distinto" - chasqueé la lengua - Andate a la mierda... ¿La verdad? Ya no sé qué carajo hacer, así que hacé lo que se te antoje...
- Mirame, Veinte, perdón... - insistió - Perdón, me pasé, me fui al carajo, perdón, por favor. No me di cuenta que te iba a molestar lo de rara, es más, yo pensé que te ibas a reír, como hasta ahora... ¿sí? Por eso lo dije.
Lo miré, de nuevo, intentando separar aquél presente de ese otro pasado donde, no obstante la diferencias abismales entre emisores, no obstante el tiempo, no obstante los contextos... Pero la angustia y la tristeza que me producían era, indudablemente, la misma. Por dentro, me ardía todo. Todavía permanecía con cierto rencor.
- Era una joda... - dijo.
- Siempre decís lo mismo, no es el hecho.
- Bueno, pero no lo hice de hijo de puta ¿eh?
- Yo también puedo ser hija de puta y no hago jodas.
- Hacelas, dale - me alentó, haciendo un gesto con sus manos, como si quisiera ser castigado por su metida de pata con un ojo por ojo - Decime cosas, puteame, cargame con algo.
Traté de disolver la asociación. Él de esas malas pasadas, no tenía la culpa. Desconocía el origen, desconocía parte del alcance y yo, para restarle peso, le había contado muy superficialmente una época que, por el contrario, había sido muy dura para mí. Era, en parte, también, una mala mía.
Decidiendo no decirle nada realmente feo, sólo contesté:
- Duelen esas cosas.
- A mí decimelas... ¿Qué importa? Dale, las escucho. Seguramente estás pensando mandarme a la mierda, dale, hacelo, no hay problema... - insistió - No te va a doler.
Negué con la cabeza, enérgicamente.
- Ay, Dios, no... - me exasperé.
- Pero ¿por qué? No me voy a enojar, animate - insistió.
Negué, obstinada, con la cabeza.
- ¿Por qué?
- ¡Porque yo no te puedo lastimar a vos! - exclamé - Porque no me da la cabeza para decirte algo feo, ni en broma, ni siquiera para joder, porque no quiero que sufras ni con un chiste, boludo... ¡Es cuidarte! - ¡Me importás, la puta madre, a ver si lo entendés! Me importás.
Se quedó callado, muy serio, y todavía algo sorprendido.
- No importa si es para hacerte una broma. Lo que yo no tolero que tengas un duda, no quiero que dudes, ni te quiero atacar- le confesé - ¡A la gente que se quiere no se la jode, no se le hacen bromas, no se la insulta ni se la ataca! - afirmé, tajante - Vos pensás que soy una amargada, pero tengo una relación muy especial con la burla, algún día vas a entender - le anticipé - ¿Cómo te voy a agredir, si yo te quiero? Para mí, cuando vos querés a alguien, no se le dicen éstas cosas porque vos no sabés cómo le puede caer... ¿Mirá si me paso de chistosa y te duele? ¿Cómo hago para que me perdones, después?
Aunque estaba mirándome fijamente, se le ablandó el rostro.
- No pasa nada - me tranquilizó - Vos a mí me podés decir lo que quieras... Te perdono igual - evidenció.
Hecho que, por su parte, demostraba seguido con su equivalente en caudales enormes de paciencia.
- Es que... ***, - le aclaré - lo que no quiero es lastimarte. Son dos cosas distintas - lo miré - Parece una locura lo que te digo, me mirás con una cara - musité - ¿Qué, no tenés corazón, vos?
- No, no tengo corazón - espetó, rápidamente.
- Entonces estoy perdiendo el tiempo... - le dije.
- Sí, yo te lo dije siempre - aseveró - Te conviene más ponerte a salir con un pibe joven, quizá el tiene corazón...
Lo miré, de nuevo, herida.
- ¿Vos disfrutás de algo que yo me estoy perdiendo, no? No puedo creer, parece que me lo hacés apropósito. Mirá que no te sirve hacer como si fueras otra persona conmigo. Cagaste, te mostraste como sos y ya te saqué la ficha, y cagaste doblemente porque encima me gustás así como sos, no te compré el cuentito, el del señor galán por suerte... - le dije, con notorio sarcasmo - y me encontré con lo mejor, la pulpa del señor ***.
Puso cara de sota, pero no lo creí fácilmente.
- No sé de qué me estás hablando, en lo más mínimo... - insinuó.
- Entonces debo importante muy poco, si te ponés en esta postura todo el tiempo. Dejá. No me saques más de encima.
Me atrajo hacia él.
- Escuchame una cosa, sacar de encima, hay algo que disfruto muchísimo... - admitió, juguetón -
Lo miré, llena de desconcierto aunque consintiendo el contacto.
- ¿Verme sufrir, argumentar, o algo así?- murmuré en sus brazos, abrazada a Él con las manos alrededor de su cuello, de nuevo. Negó con la cabeza, enérgicamente, rozándome los hombros, porque se escondía allí en simultáneo.
- Me encanta cuando te enojás conmigo. Me encanta.
Quedé más desconcertada.
- Pero... ¿cómo te puede gustar eso? - me reí, descolocada.
Sonrió.
- Cada vez que vos te enojás, te mostrás - me confirmó - Me gusta que te muestres, por eso, te hago enojar. Sé que cuando te enojás conmigo, sos totalmente sincera. Me gusta, no sé, es como que se te va la vergüenza.
- Pero... yo con vos siempre soy auténtica... - le recordé.
- Ya lo sé, pero cuando te enojás conmigo, mostrás toooooodo - sonrió - Sos una loca, vas y me decís lo que es, no te importa nada, no tenés filtro. Por eso me gusta verte enojada, porque sacás todo. Me tranquiliza conversar de éstas cosas, y de otra manera, a veces, no sé cómo llegar a vos, a que me digas esas cosas, porque no sos fácil, no me dejás acercarme o me cuesta muchísimo llegar a vos, a que me digas las cosas, a que confíes.
Su argumento, en cierto modo, tenía mucha razón. Enojada, yo, me liberaba. Enojada, en especial por la burla, también en el pasado había llegado a defenderme de formas muy fuertes, plantándole batalla ruda a esas maldades. Y, quizá en un aspecto muy profundo, mi reflejo, frente a una situación parecida, fatalmente, era el mismo... Aunque la persona era distinta, y por si fuera poco, yo la amaba. ¿Cómo la burla, algo que tanto odiaba y que me había traído tanto dolor iba a estar asociada a una persona que quería y que me hacía feliz? Me costaba bromar consigo, por momentos, hasta ésta charla, aunque más adelante se me daría con enorme asiduidad, porque tenía miedo de que pasara por un gramo del dolor que yo había sentido cuando era chica. Era, aunque suene muy extraño, una forma de protegerlo, de cuidarlo, no hacerle bromas.
- Podría contarte las cosas ¿no? No hace falta que estemos tirándonos tiros... Si me decís que te cuesta acercarte, conmigo sé literal. Porque a mi me cuesta mucho, también, pensar que tu forma de acercarte quizá es una broma.
- Es que me gusta mucho verte enojada conmigo, es diferente a que me lo cuentes... - se rió, pudoroso - Me ponés unas caras, me hacés unos gestos, me decís cada cosa... Me encanta que te enojes conmigo, qué querés que te diga... Me vuelvo loco...
- Porque te doy bola...
- Porque me das bola, sí, es cierto... - repitió, mimoso - Y mirá que yo te jodo, te jodo, pero te seguís calentando. Te seguís creyendo las cosas que te digo, todo, te creés.
- Es que yo pienso que me lo decis de verdad, te lo juro - admití - Sé que no debería, pero... Reacciono mal. Perdón. Me mando todas las cagadas posibles con vos, encima, que siempre me gustaría mostrarte el lado bueno, saco mis defectos.
Suspiró, más dulce, acercándose.
- Escuchame: ¿cómo te voy a decir esas cosas?
- Sí, yo sé que es una cuestión de que te respeten, pero como sé que me respetás, me enoja doblemente... - le expliqué - Me duele, no sé, pienso que en el fondo me las decís de verdad...
- Bueno, vos también me decís que me odiás...- me dijo, un poco más serio.
Sacudió la cabeza.
- Pero ¡no! - hice un gesto, como buena atropellada - ¿ Cómo te voy a odiar a vos, boludo? ¡Sí, claro, te odio, total, no te am...! - espeté, cortando la palabra e inspirando hondo, a modo de reinicio: - Escuchame, por favor, a ver: cuando te digo eso, es al revés - le aclaré, eludiendo esa palabra de tanto peso que había estado al borde del abismo.
Asintió con la cabeza y se inclinó un poco más cerca de mí.
- Perdón, soy un boludo...
- No, no pasa nada - suspiré, muy profundamente - Creo que yo también soy una boluda... - le sonreí.
Se quedó en silencio, sonriéndome y me miró de un modo muy profundo.
- ¿Qué? - lo miré, acostada a su izquierda ya.
Estaba mirándome de una forma dulce y había vuelto la cabeza, con sus ojos, perdidos en el techo.
- Que te odio - sonrió, levemente - y que me caés muy mal, Señora de Letras.
- ¡Tarado que sos! - me acerqué a su lado para vengarme y de un movimiento certero me acostó encima suyo, sin ninguna dificultad. Cuando quise darme cuenta, me tenía capturada, sin presentar resistencia a mi peso.
Y yo que no había querido invadirlo...
- Te odio - me repitió, en voz baja - Te odio, cabezona...
- Yo también - me reí, reblandecida - Mucho, mucho.
- Y como te odio, voy a hacerte cosquillas.
- ¡No, no, no, no seas guacho! ¡ Te voy a matar!
Mientras me retorcía de la risa, no en vano, pensé que ese te odio era, en realidad, exactamente lo contrario.
Qué lindas las épocas donde jugábamos con las palabras.