- Galeno - exclamé , en pleno San Telmo - ¿Nos sacamos una foto? Es lindo este lugar
Galeno me observó, asintió con la cabeza y se frenó.
-Dale. Vení. La saco yo, que soy más alto - me indicó, manoteando su celular.
Me acerqué a su cuerpo, y él activó la cámara selfie. Le pasé una mano por el cuerpo mientras apoyaba parte de la cabeza en un gesto de afecto y familiaridad y sonreí. Él puso cara de contento y se pegó a mi cuerpo con un resto de afecto palpable.
- Está muy linda - dijo, observándola - Después te la voy a pasar.
- Por favor, dale - musité, y seguimos paseando.
Al rato, cuando me la pasó, le hice un comentario:
- Ah, pero qué linda foto, fuera de joda - musité - Cara de contentos, ellos.
- Cara de feliz cumpleaños... - aludió.
- Cara de dormimos bien anoche, mi *** - musité, con el apodo cariñoso que había creado para él.
- ¡Uf! - dijo, mientras continuábamos paseando - Y sí... Si estás activando mis sentidos a todas horas...
- Es como un don, casi un regalo de los Dioses- le dije, en broma y nos sonreímos - Encima que sos así... - advertí, mientras miraba una vidriera.
- Encima que te hablo así ¿eh? Como esa gente del interior del interior - me contestó, en broma, deteniéndose a mirar algunos objetos.
- Uy, sí - se la seguí - encima que me hablás así...
- Lo mismo digo - evidenció - Para mí, la que tiene tonada sos vos - insistió, imitándome, en cada una de las frases donde, según él, más relucía mi tonada: - "Me llevé la shave", "vamos para ashá", "me hacés ver estreshitas", "ya shegué", "ay, estoy shorando".
Me reí con enorme ternura.
- ¡Ah, bueno, por favor! Discúlpeme, señor... ¡Cierrrrto que usted no tiene esa tonadita que tanto pero tanto me gusta! - lo toreé.
- No tengo la tonada oficial de *** - me explicó - Cuando vengas, te vas a dar cuenta, vas a ver que no te miento... - deslizó.
Me di cuenta que Galeno estaba expresando ese deseo de una forma muy natural.
- Igual, yo confío en vos, aunque es cierto que no me imagino las otras variantes... Seguro que allá me doy cuenta cuando vaya... - le dije, tímidamente, porque él me había dicho hacía mucho que deseaba que fuera algún día a su casa pero hasta el momento yo no había reflotado el tema pensando que era, naturalmente, sólo un decir.
- Cuando vengas, las vas a escuchar. Son muy claras. Yo no tengo tanta tonada, aunque para vos parezca que sí.
- Mirá, mi *** - le dije , despreocupada y libre - a mí me encanta cómo hablás. Me da ternura, me pone blandiiita... Así que, aunque no sea la oficial, me puede igual.
Galeno me sonrió.
- ¿****, vos? - dijo, sabiendo que era mi frase favorita, dicha con su tonada.
- Sí, mi hombre de la provincia de ***, sí - le dije, edulcorada - La tonada, tu tonada, me tiene así.
II
Febrero 2020 (pocos días antes de la pandemia)
- Mirá - me dijo, cuando estábamos haciendo la recorrida de la ciudad capital de su provincia por primera vez y me estaba mostrando todos los lugares que consideraba lindos - ¿Escuchás algo?
Asistíamos a una conversación en la vía pública, algo casual. Se notaba la diferencia de la cual Galeno me había comentado paseando por Buenos Aires. En cuanto me frenó, yendo yo entretenida por las atracciones del centro, lo miré y se me escapó una sonrisa.
- A ver - observé - ay, sí, se re nota... - le dije, con franca sorpresa .
- ¿Viste, eh? - me sonrió, atento a ese descubrimiento tan inocente.
- Igual mi preferida es la tuya - le aclaré, revoléandole los ojos, en señal de ironía y continuamos paseando bajo el rayo del sol, que nos regalaba un día soleado, como en los cuentos, de esos donde no hay ni una sola nube y todo se puede apreciar muchísimo mejor.
- La tusha - me dijo, con ternura, repitiendo las palabras como las digo yo - A mí la túia me gusta más - reconoció.
Nos reímos y mientras me contaba la historia de la ciudad, y la historia de su vida en relación a los lugares que visitábamos, seguía sintiéndome muy afortunada por poder estar ahí. De hecho, Galeno me mostró el departamento donde vivió de estudiante, la zona donde se compró su primera casa junto a la madre de su hija, y el café donde se sentó a desayunar en los momentos lindos o más inciertos de su vida. En ese café mantuvimos las primeras charlas y recordamos con ternura cuando me mandaba fotos del café o las delicias dulces para contarme que estaba comiendo.
- Tenemos que venir acá, ojalá mañana esté abierto, creo que te va a encantar - me dijo, sabiendo que yo amo tomar la merienda fuera de casa.
III
Cuando volvíamos del paseo, al ingresar al barrio privado donde vive Galeno, saludamos a la gente de seguridad.
- Buenas noches - le dijeron a Galeno y a mí.
- Buenas noches - contestó él, con un gesto serio, como si impusiera cierta distancia con su semblante protocolar.
- Hola, qué tal - lo saludé yo, con un gesto discreto pero indudablemente más fresco.
El tipo se me quedó mirando por unos instantes y siguió haciendo sus cosas dentro de aquélla garita ubicada en la entrada principal, antes de las barreras de seguridad que le daban paso a los autos. De camino, por las calles internas hasta la torre donde nos esperaba el octavo piso, nos cruzamos con algunas vecinas una vez que descartamos el auto en la playa de estacionamiento.
Nosotros veníamos conversando, muy en la nuestra, riéndonos y susurrando, cuando noté que las señoras se detenían a mirarme con especial interés, y me sentí un poco ajena. Las miré, sin decir nada, y aguardé a que nos acercáramos más a ellas como parte del recorrido inevitable. Galeno me abrazó de costado, mientras caminábamos, como si pudiera protegerme de las miradas y yo lo abracé agradeciendo secretamente esa deferencia tan crucial. Realmente la necesitaba aunque no por incomodidad estética de lo que vieran, sino, por una cuestión de pertenencia. Yo sabía que no vivía ahí y ellos sabían lo mismo.
- Buenas nochesssss ¿cómo están? - le dijeron, incluyéndome - ¿Qué taal? - me dijeron a mí, mirándome a arriba a abajo.
- Hola, buenas noches - les dije, con una sonrisa y seguí hablando con Galeno en voz baja.
Se notó en los ojos que no les resultó ninguna sorpresa que no fuera de allí. Evidentemente, algo más allá de mi forma de hablar me delataba. Y eso que no estaba mal vestida, ni desentonaba con el lugar. Al contrario. Me había puesto un pantalón de jean oscuro muy lindo, junto con una camisa de verano, una campera de cuero negra, que hacía juego con los zapatos y una de mis carteras preferidas, que encajaba perfecta con la camisa.
Por suerte, una vez que Galeno pasó las verificaciones de seguridad, y yo pasé detrás suyo, la vecindad fue historia.
IV
Un ratito después, Galeno me desprendía la misma camisa antes mencionada, y se deshacía de esa remera negra que tan linda le quedaba. En esos contextos tan diferentes y esperados las viejas chusmas no me importaban en lo más mínimo.
- ¡Mi ****, no seas así que me muero! - lo cargaba, de buen humor - ¡Van a escuchar tus vecinossssssss!
Galeno se reía, divertido.
- Me chupan un huevo los vecinos - respondía y me besaba a la vez - Vos podés hacer lo que quieras conmigo - me repetía, entre beso y beso, desconectándonos del contexto, y conectándonos entre nosotros, mientras nos reíamos y revoleábamos la ropa
- En serio - lo llamé, desbordada de deseo - perdón si tenés a alguien arriba o abajo... Pero... si supieran las cosas que podés hacer para hacerme olvidar de cómo me llamo...
Él se rió, nuevamente:
- ¿De qué? ¿De cómo te shamas? - me susurró, con dulzura, mientras me besaba, y procedía a hacerlo en todo el cuerpo, para motivarme.
- Ya está. Me cago en las viejas - musité, y me entregué, entre risas, sin importarme un comino el qué dirán en ninguna de sus formas.
Fue tan real mi entrega, y la suya, tan ajena a los condicionamientos esperables, que, un rato después, Galeno también estaba en otro planeta.
V
Al día siguiente, la conclusión quedaría flotando en el aire.
- Estoy sorprendido - dijo, visiblemente en ese estado.
Yo lo miré.
- ¿Por lo que puedan decirte los vecinos sobre ruidos molestos? Soy un angelito, yo - lo burlé y parpadeé con velocidad, apropósito, para hacerlo reír.
Se rió, levemente, y me miró con deseo.
- Esos no son ruidos molestos para mí - me contestó, con una sorna deliciosa y le sonreí con descarado deseo - Estoy sorprendido por lo que hiciste ayer (...)
- Sí , bien que lo recuerdo... ¿Entendí mal el concepto, lo modificamos? - le pregunté, enarcando una ceja.
- Noooo - se apuró a decir, temiendo que entendiera todo al revés - A mí me encantó. Fue un flash.
Asentí con la cabeza y le pregunté algo que me intrigaba en serio.
- Fue algo... particular para vos ¿no? - esperé su contestación con una sonrisa .
- Bueno, sí, es que es muy difícil de lograr tanta comodidad y placer de esta forma... - me dijo, pensativo.
- Sí, me pareció.
- Vos fuiste suavecita, y estabas muy atenta a cómo me sentía... generosamente... comprendiste lo que hacía falta para que saliera bien - me miró, y sonrió - Por eso fue tan intenso.
- Galeno, yo siempre voy a ser suavecita con vos. No sos una bolsa de papas, sos mi **** - le dije, utilizando el gentilicio de su provincia.
Me sonrió con ternura.
- ¿Está aprobada esta actividad? - me preguntó.
- Obvio que sí - le dije - Tengo la sensación de que le encontramos el punto, de hecho ¿o no?
- Sí. Vos estabas tan cómoda y feliz, me relajó muchísimo eso...
- Ahora cuando salgamos las viejas van a percibir que tuvimos actividades nocturnas muy placenteras y se van a abanicar. Un incendio intencional va a ser eso, chiiiicooos - seguí con el chiste.
- Por favor, qué querés, con los estímulos presentes... - me contestó.
Nos reímos.
Galeno se fue a bañar. Cuando salió, me observó chateando envuelta en sus sábanas
- ¿Vamos a empezar el día, pendeja, o te querés quedar así? - me preguntó, con un gesto divertidísimo - ¿Querés salir a comer más tarde o querés que te cocine?
- ¡Quiero que me cociiiiineeees! - admití, haciendo fiaca en la cama y festejando - Qué emoción ¡voy a probar tus platos finalmente!
- Bah, que tampoco es para tanto... Te cocino, entonces. Ahora voy a preparar nuestro desayuno que hay que juntar energía...
- Graciasssss, mi *** - le dije, tratando de ser compradora - Me voy a ir a bañar y a juntar fuerzas.
Sonrió y se fue a hacer de las suyas culinariamente.
Me gritó desde la cocina una frase en inglés.
Me reí, sonoramente, entendiéndola.
- Ay, cierto que él es un Galeno que habla en dos lenguas... ¡cierto! - lo burlé.